Verano de Deseos Ardientes
Por Tonkix

**La arena aún guardaba el calor del día cuando Clara bajó los escalones de madera de la posada, los pies descalzos hundiéndose levemente en el grano fino. El verano en Praia do Forte era siempre así: un ciclo interminable de sol abrasador, mar azul turquesa y noches que olían a sal y jazmín. Ajustó la tira del bikini bajo el vestido ligero de algodón, sintiendo la piel ya húmeda de sudor. Veintiún años, cursando el tercer semestre de Oceanografía en la UFBA, Clara había venido a pasar las vacaciones a la casa de sus tíos, como hacía desde niña. Pero este año era diferente. Este año, ya no era la niña que corría tras las olas con sus primos. Este año, miraba el mar y sentía algo nuevo, un hambre que no era de comida.**
**Su rutina en la playa seguía un ritmo casi monástico. Se despertaba antes del amanecer, tomaba un café rápido en el porche mientras observaba a los pescadores regresar con sus redes, y luego se dirigía a la arena, donde pasaba horas nadando o leyendo bajo la sombra de una sombrilla. Por la tarde, cuando el sol se volvía insoportable, se refugiaba en su habitación, encendía el ventilador al máximo y se tendía desnuda sobre las sábanas, dejando que el aire caliente acariciara cada centímetro de su piel. A veces, cerraba los ojos e imaginaba manos que no eran las suyas recorriendo su cuerpo, dedos callosos deslizándose entre sus muslos. En esos momentos, mordía el labio inferior hasta sentir el sabor metálico de la sangre, avergonzada y excitada al mismo tiempo.**
**Fue en una de esas tardes sofocantes cuando lo vio por primera vez. O mejor dicho, lo vio de verdad. Ya lo conocía de vista, claro—Rafael, el instructor de surf que daba clases en la playa desde que ella tenía uso de razón. Siempre con bermudas holgadas y camiseta desgastada, el cabello rubio descolorido por el sol, la piel bronceada marcada por finas cicatrices en los hombros, probablemente de tablas o corales. Pero ese día, estaba diferente. Estaba parado en la orilla del agua, hablando con un grupo de turistas, y cuando rió, echando la cabeza hacia atrás, Clara sintió algo contraerse dentro de ella. Tenía una risa ronca, casi sucia, y los músculos de su espalda se movían bajo la piel como si estuvieran hechos de cuerdas tensadas.**
**Se acercó sin darse cuenta, fingiendo interés en las olas. Rafael la notó casi de inmediato. Sus ojos—verdes como el mar en días de resaca—parpadearon en su dirección, y una comisura de su boca se alzó en una sonrisa perezosa.**
—*¿Y bien, universitaria?* —dijo, arrastrando las palabras con acento bahiano—. *¿Viniste a aprender a surfear o solo a admirarme?*
**Clara sintió el rostro arder. No era la primera vez que la provocaba, pero nunca había sido así, tan directo.**
—*Ya sé surfear* —mintió, levantando la barbilla—. *Solo no tengo tabla.*
—*Mentira* —replicó él, acercándose. El olor a protector solar mezclado con sudor y sal invadió sus fosnasales—. *Miras las olas como si les tuvieras miedo.*
—*Y tú me miras como si quisieras ahogarme.*
**Rafael rió de nuevo, y esta vez el sonido reverberó en el pecho de ella. Extendió la mano y, antes de que Clara pudiera reaccionar, sus dedos rozaron la piel húmeda de su brazo, trazando una línea lenta hasta el codo.**
—*Ven conmigo mañana* —dijo, la voz baja—. *Te enseño a tomar olas sin miedo.*
**Debería haber dicho que no. Debería haber dado media vuelta y regresado a la sombra de la sombrilla, donde estaría a salvo. Pero en lugar de eso, asintió, sintiendo el corazón latir tan fuerte que temió que él lo escuchara.**
**El sol del día siguiente era aún más despiadado, y Clara llegó a la playa con el cuerpo ya cubierto por una fina capa de sudor. Rafael la esperaba cerca del puesto de alquiler de tablas, vestido solo con una bermuda azul marino que colgaba baja en sus caderas. Cuando ella se acercó, la recorrió con la mirada de arriba abajo, deteniéndose en los senos marcados por el bikini blanco, en los pezones ya rígidos bajo la tela.**
—*Ven* —dijo, entregándole una tabla más pequeña, de fibra de vidrio—. *Primero, entramos al agua.*
**El mar estaba tranquilo, las olas suaves como una invitación. Rafael entró primero, el agua le llegaba a las rodillas, y le tendió la mano. Clara dudó, pero al final aceptó. Sus dedos se entrelazaron, y sintió el calor de su palma, áspera por los callos, envolviendo la suya. Cuando el agua le llegó a la cintura, él la soltó, pero se quedó cerca, los cuerpos casi tocándose.**
—*Ahora, acuéstate en la tabla* —instruyó, la voz ronca—. *Y rema.*
**Ella obedeció, sintiendo la tabla balancearse bajo su peso. Rafael se colocó detrás, las manos grandes sujetando el borde de la tabla para mantenerla estable. Cuando una ola pequeña se acercó, empujó con fuerza, y Clara sintió el impulso, el viento en el rostro, la adrenalina subiendo por su columna.**
—*¡Levántate!* —gritó.
**Intentó hacerlo, pero perdió el equilibrio y cayó al agua, riendo. Rafael la arrastró a la superficie, sujetándola por la cintura. Por un segundo, sus cuerpos chocaron, y ella sintió cada centímetro de él contra el suyo—el pecho ancho, el abdomen firme, la presión insistente de su erección contra su vientre.**
—*Perdón* —murmuró, pero no la soltó. En cambio, sus dedos apretaron levemente la carne suave de su cintura.
**Clara tragó saliva. El agua salada le escurría por el rostro, y tuvo que parpadear para apartar las gotas de sus pestañas. Cuando abrió los ojos, encontró los de él, oscuros de deseo.**
—*Eres una distracción* —dijo, la voz casi un gruñido—. *No puedo enseñarte nada así.*
—*Entonces no me enseñes* —respondió ella, sorprendiéndose a sí misma.
**Rafael no necesitó más incentivo. Con un movimiento rápido, la atrajo contra sí, y sus labios se encontraron en un beso hambriento. Clara sintió el sabor a sal y cerveza en su boca, la lengua invadiendo la suya con una urgencia que la dejó sin aliento. Sus manos se deslizaron por su espalda, sintiendo los músculos contraerse bajo la piel mojada, las cicatrices ásperas bajo las yemas de sus dedos. Él gimió contra su boca, y el sonido vibró en su pecho, endureciendo aún más sus pezones.**
—*Joder, Clara* —murmuró, apartándose solo lo suficiente para hablar—. *No tienes idea de lo que me haces.*
—*Entonces muéstramelo* —susurró, atrayéndolo de vuelta para otro beso.
**Salieron del agua a trompicones, los cuerpos aún entrelazados, las manos desesperadas. Rafael la guió hasta una parte más aislada de la playa, donde las dunas formaban una barrera natural. El sol ya comenzaba a ponerse, tiñendo el cielo de naranja y rosa, y el aire estaba cargado con el olor a mar y hierba húmeda. La tendió sobre la arena, cubriendo su cuerpo con el suyo, y Clara sintió el peso delicioso, la presión de su erección contra su muslo.**
—*¿Estás segura?* —preguntó, los labios rozando el lóbulo de su oreja—. *Porque una vez que empiece, no voy a poder parar.*
**Ella respondió enredando las piernas alrededor de su cintura, atrayéndolo más cerca.**
—*No quiero que pares.*
**Rafael no necesitó más. Sus manos grandes se deslizaron por su cuerpo, quitándole el bikini con una urgencia que la dejó sin aliento. Primero, la parte de arriba, los dedos callosos rozando sus pezones sensibles, haciéndola arquear la espalda. Luego, la parte de abajo, arrancada con un movimiento rápido que dejó su piel hormigueando. Se apartó por un segundo, los ojos devorando cada centímetro de ella—los senos pequeños pero firmes, el vientre liso, las caderas estrechas, el vello rubio entre sus piernas.**
—*Mierda* —murmuró, pasando una mano por su rostro—. *Eres jodidamente hermosa.*
**Clara sintió el rostro arder, pero no apartó la mirada. En cambio, extendió la mano y bajó su bermuda, liberando su erección. Era grande, más de lo que imaginaba, la cabeza ya húmeda de excitación. Envolvió los dedos alrededor de su miembro, sintiendo la piel caliente y suave, la vena palpitando bajo su toque. Rafael gimió, echando la cabeza hacia atrás, y ella aprovechó para explorar, deslizando la mano arriba y abajo, sintiendo la textura aterciopelada.**
—*Para* —dijo, sujetando su muñeca—. *Si sigues, voy a correrme en tu mano.*
**Ella sonrió, maliciosa.**
—*¿Y cuál es el problema?*
—*El problema es que quiero correrme dentro de ti* —respondió, la voz ronca—. *Y antes de eso, quiero probarte.*
**Antes de que pudiera reaccionar, Rafael se arrodilló entre sus piernas, sujetándolas abiertas con las manos. Clara sintió su aliento caliente contra la piel sensible de su muslo, y luego su lengua, lenta y deliberada, lamiéndola desde el ano hasta el clítoris. Gimió, las uñas clavándose en la arena, y cuando él chupó su clítoris con fuerza, un espasmo recorrió su cuerpo.**
—*Rafael…* —susurró, la voz temblorosa.
**Él no respondió. En cambio, introdujo dos dedos dentro de ella, curvándolos ligeramente, mientras seguía chupando. Clara sintió el orgasmo acercarse, una ola de placer que comenzó en los dedos de sus pies y subió por su columna, dejándola tensa. Cuando llegó al clímax, fue con un grito ahogado, el cuerpo retorciéndose en la arena, los músculos internos apretando sus dedos.**
**Rafael no se detuvo. Siguió lamiendo, succionando, prolongando el placer hasta que quedó jadeante, los ojos llorosos. Solo entonces se incorporó, los labios brillando con sus jugos, y se posicionó entre sus piernas.**
—*Ahora* —dijo, la voz casi irreconocible—. *Ahora te voy a follar.*
**Clara sintió la cabeza de su miembro presionando su entrada, y por un segundo, el miedo regresó. Nunca antes había hecho esto, nunca había dejado que nadie entrara en ella. Pero entonces Rafael se inclinó, besándola con ternura, y el miedo se desvaneció.**
—*Relájate* —murmuró contra sus labios—. *Voy a ir despacio.*
**Ella asintió, y él comenzó a empujar. Clara sintió una presión, un dolor agudo que la hizo contener la respiración. Rafael se detuvo, dándole tiempo para adaptarse, y luego continuó, centímetro a centímetro, hasta estar completamente dentro de ella. El dolor se transformó en una sensación de plenitud, de algo que estaba bien, que siempre debió haber estado ahí.**
—*Joder, qué apretada estás* —gimió, comenzando a mover las caderas en movimientos lentos—. *Tan apretada que voy a enloquecer.*
**Clara envolvió los brazos alrededor de su cuello, atrayéndolo más cerca. Sintió el sudor escurrir por su espalda, el olor a sal y hombre invadiendo sus sentidos. Rafael aumentó el ritmo, las caderas chocando contra las suyas, la arena moviéndose bajo sus cuerpos. Cada embestida enviaba olas de placer por su cuerpo, y Clara sintió el orgasmo construirse de nuevo, más intenso esta vez.**
—*Rafael… yo… voy a correrme otra vez* —logró decir, la voz entrecortada.
—*Córrete* —ordenó, los dientes apretados—. *Córrete en mi verga.*
**Y ella lo hizo. El placer la golpeó como una ola gigante, haciendo temblar su cuerpo, los músculos internos apretándolo con fuerza. Rafael gimió, los movimientos volviéndose más erráticos, y entonces sintió el calor de él dentro de ella, su miembro palpitando mientras se corría.**
**Por un largo momento, permanecieron así, jadeantes, los cuerpos aún unidos. Rafael besó su frente, sus párpados, sus mejillas, como si no pudiera dejar de tocarla. Clara cerró los ojos, sintiendo su peso sobre ella, el corazón latiendo contra el suyo.**
—*Esto fue…* —comenzó, pero no pudo terminar.
—*Lo sé* —respondió él, rodando a un lado y atrayéndola hacia sus brazos—. *Yo también lo sentí.*
**El cielo ya estaba oscuro, las estrellas comenzando a aparecer. Clara se acurrucó contra su pecho, escuchando el ritmo constante del corazón de Rafael. Sabía que aquello no era solo sexo. Sabía que, de alguna manera, acababa de cruzar una línea de la que no había retorno.**
**Y por primera vez en su vida, no tenía miedo de lo que vendría después.**