Toques Prohibidos en el Paraíso

Por Tonkix
Toques Prohibidos en el Paraíso
**Toques Prohibidos en el Paraíso** El aire acondicionado del vestíbulo del *Luxor Spa* susurraba en voz baja, como si temiera perturbar el silencio dorado que envolvía el lugar. Las paredes, revestidas de mármol negro pulido, reflejaban la luz ámbar de las lámparas de cristal, creando un juego de sombras y brillos que danzaba sobre los muebles de cuero italiano. Lara ajustó la correa de su bolso en el hombro, sintiendo el peso del día aún adherido a su piel: reuniones interminables, decisiones que no podían esperar, el olor a café recalentado y el sudor frío de las manos que apretaban las suyas en acuerdos que valían millones. Pero allí, en aquel refugio, el mundo exterior parecía un recuerdo lejano, algo que podía dejarse atrás como un abrigo viejo. Respiró hondo, inhalando el perfume del ambiente: lavanda, sándalo y algo más sutil, casi imperceptible, como el roce de una mano que apenas hubiera rozado su nuca. El recepcionista, un hombre de sonrisa impecable y voz aterciopelada, alzó la vista de la tableta. — Buenas noches, señora Viana. El señor Daniel ya la está esperando. Lara asintió, dejando que sus dedos se deslizaran sobre el mostrador de madera oscura. No era la primera vez que visitaba el *Luxor*, pero había algo diferente esa noche. Tal vez fuera el cansancio, ese tipo de agotamiento que no provenía solo del cuerpo, sino del alma, como si cada músculo estuviera rígido no solo por el estrés, sino por una tensión más antigua, más profunda. O tal vez fuera el nombre que había resonado en los labios del recepcionista—*Daniel*—un nombre que ya había escuchado susurrar entre sus amigas, siempre acompañado de adjetivos como *mágico*, *intuitivo*, *peligroso*. — ¿Él sabe que soy yo? — preguntó, más por curiosidad que por preocupación. El recepcionista sonrió, enigmático. — El señor Daniel prefiere no saber los nombres antes de las sesiones. Dice que eso le ayuda a leer el cuerpo sin prejuicios. Lara arqueó una ceja. *Interesante.* Le gustaban los hombres que sabían jugar. Y, por lo que había oído, Daniel no solo era bueno en lo que hacía—convertía un simple masaje en una experiencia casi... *sagrada*. — Por aquí, señora. Siguió al recepcionista por un pasillo iluminado por pequeñas lámparas empotradas en el suelo, cada paso amortiguado por la gruesa alfombra. Las puertas de los salones eran de madera maciza, con pomos de bronce, y al pasar junto a una de ellas, Lara escuchó un suspiro bajo, casi un gemido, seguido de una risa ahogada. *Alguien estaba disfrutando más de lo debido.* Se mordió el labio inferior, sintiendo un calor inesperado subir por sus muslos. El recepcionista se detuvo frente a una puerta al final del pasillo y la abrió con un gesto discreto. — El señor Daniel la recibirá ahora. Lara entró. El ambiente era más pequeño de lo que esperaba, pero no menos lujoso. Las paredes, pintadas en un tono azul petróleo, absorbían la luz suave de las velas dispuestas en nichos, creando una atmósfera de intimidad casi religiosa. En el centro, una camilla de masajes cubierta con sábanas de lino blanco, impecablemente estiradas, parecía flotar sobre una alfombra persa. A un lado, una pequeña mesa de madera sostenía frascos de vidrio ámbar, botellas de aceite y un difusor de aromas que exhalaba un perfume cálido, amaderado, con notas de patchouli y vainilla. Y entonces, él. Daniel estaba de espaldas, ajustando la temperatura del ambiente con un control remoto. La camisa blanca, con las mangas dobladas hasta los codos, se ceñía a sus hombros anchos, y los músculos de su espalda se movían bajo la tela con una fluidez que delataba años de práctica. El cabello oscuro, ligeramente húmedo, caía en ondas desordenadas sobre su nuca, y Lara sintió el súbito deseo de pasar los dedos por ellos, de comprobar si eran tan suaves como parecían. Él se giró. Y allí estaba: ese rostro. No era guapo en el sentido clásico—los rasgos eran marcados, casi rústicos, con una mandíbula fuerte y cejas gruesas que sombreaban unos ojos verdes, profundos como charcos de agua estancada. Pero había algo en él, una intensidad que hacía vibrar el aire entre ellos. Cuando sus miradas se encontraron, Lara sintió un escalofrío recorrer su columna, como si él ya la estuviera tocando. — Buenas noches — dijo él, la voz baja, ronca, como si acabara de despertar. — Por favor, póngase cómoda. Lara dudó por un segundo. Normalmente, ya estaría desvistiéndose, entregándose a la rutina del masaje. Pero algo esa noche la hacía querer prolongar el momento. Tal vez fuera la forma en que él la miraba—no como a una clienta, sino como a una mujer. O tal vez fuera el aroma del aceite que frotaba entre las palmas de sus manos, cálido y seductor, prometiendo algo más que alivio muscular. — ¿Siempre prepara el ambiente así? — preguntó, dejando que el bolso se deslizara de su hombro y cayera sobre un sillón de terciopelo. Daniel inclinó la cabeza, una sonrisa lenta dibujándose en sus labios. — Depende. Algunas personas necesitan silencio. Otras, música. — Señaló un pequeño altavoz empotrado en la pared, de donde fluía una melodía suave, una mezcla de arpa y sonidos de agua corriente. — Y algunas... — dio un paso hacia adelante, los ojos nunca apartándose de los suyos — necesitan algo más. Lara sintió que el corazón se le aceleraba. *Él estaba coqueteando con ella.* O tal vez fuera solo su manera de trabajar, una técnica para relajar a los clientes. Pero, por primera vez en mucho tiempo, no le importó ser solo una más. — ¿Y qué *yo* necesito? — preguntó, la voz saliendo más baja de lo que pretendía. Daniel no respondió de inmediato. En cambio, se acercó aún más, hasta que su perfume—jabón, cuero y algo salvaje, como tierra mojada—llenó el espacio entre ellos. Extendió la mano, no para tocarla, sino como si ofreciera algo invisible. — Déjeme descubrirlo. Lara contuvo la respiración. Había una promesa en esas palabras, una promesa que iba más allá de lo profesional. Y, Dios, cómo deseaba aceptarla. Sin romper el contacto visual, llevó las manos a su espalda y bajó el cierre del vestido, dejándolo deslizarse por sus hombros y caer a sus pies en un movimiento fluido. Debajo, solo llevaba un tanga de encaje negro, tan fino que apenas parecía existir. El aire frío del ambiente rozó su piel, haciendo que los pezones se endurecieran. Daniel no se movió. Pero sus ojos—ah, sus ojos—bajaron por su cuerpo como una caricia, lentos, deliberados, como si memorizaran cada curva, cada sombra. Cuando volvió a mirarla, había fuego en ellos. — Acuéstese — dijo, la voz ahora más áspera. — Boca abajo. Lara obedeció, subiendo a la camilla y acostándose sobre la sábana fresca. La tela era suave contra su piel, pero no tanto como imaginaba que serían las manos de él. Cuando se acercó, sintió el calor de su cuerpo irradiando, incluso antes de cualquier contacto. — Cierre los ojos — murmuró Daniel, y Lara obedeció. El primer contacto fue ligero, casi imperceptible. Sus dedos rozaron su nuca, trazando un camino lento hasta los hombros, como si estuviera dibujando algo sobre su piel. Lara suspiró, sintiendo cómo los músculos se relajaban bajo ese toque, pero también algo más—una chispa, una expectativa, una pregunta sin palabras. — Está muy tensa — murmuró él, y sintió su aliento caliente cerca de su oído. — Pero no es solo el trabajo, ¿verdad? Lara no respondió. No podía. Porque, en ese momento, las manos de él se deslizaron hacia abajo, contorneando los omóplatos, presionando con una firmeza que hizo que los dedos de sus pies se curvaran. Y entonces, cuando menos lo esperaba, sus pulgares encontraron un punto específico en su espalda, justo encima de la cintura, y presionaron con una precisión quirúrgica. Un gemido escapó de sus labios. Daniel se detuvo. Lara contuvo la respiración. Y entonces, muy despacio, él se inclinó sobre ella, hasta que sus labios casi tocaron su piel, cerca del oído. — Veamos qué más puedo aliviar — susurró. Y en ese instante, Lara supo que el masaje acababa de comenzar. El aire en el ambiente estaba denso, cargado con el aroma del aceite de sándalo y algo más—algo que Lara no podía nombrar, pero que parecía enroscarse en su piel como una invitación. Las manos de Daniel se habían detenido por un instante, como si él también sintiera el peso de ese momento, la línea tenue entre lo profesional y lo prohibido. Respiró hondo, el pecho presionado contra la camilla, los pezones ya rígidos bajo la tela fina de la bata que apenas la cubría. Entonces, él volvió a moverse. Los dedos se deslizaron por su columna en un ritmo lento, casi perezoso, como si tuvieran todo el tiempo del mundo. Lara cerró los ojos, pero la oscuridad tras los párpados solo amplificó la sensación: el calor de sus manos, la textura áspera de las yemas de sus dedos, la presión calculada que hacía que sus músculos se rindieran. Era un masaje, sí, pero había algo diferente ahora. Algo que no estaba en los manuales. — Usted guarda muchas cosas — murmuró él, la voz baja, casi un ronroneo. — Aquí. Uno de sus pulgares presionó la base de su cuello, donde la tensión se acumulaba como un nudo. Lara soltó un suspiro involuntario, el sonido mezclándose con el suave ruido de la música ambiental. Pero entonces, en lugar de continuar, Daniel se detuvo nuevamente. Sintió el peso de su cuerpo acercarse, el calor de su respiración contra su nuca. — Y aquí — continuó, y sus dedos se deslizaron hacia abajo, contorneando la curva de su espalda hasta encontrar su cintura. — Aprieta tanto que hasta duele. Lara se mordió el labio inferior. No era solo el masaje. Ya no. Las manos de él trazaban caminos que no tenían nada que ver con el alivio muscular, y ambos lo sabían. Cuando sus dedos rozaron el borde de la bata, ella no se movió. No dijo nada. Solo esperó. Daniel no retrocedió. En cambio, se inclinó más, hasta que su boca estuvo cerca de su oído, el aliento caliente provocando escalofríos. — ¿Puedo? — preguntó, la voz ronca. Lara sabía lo que él estaba preguntando. No era sobre la bata. Era sobre todo. Sobre hasta dónde podían llegar. Sobre lo que pasaría si ella decía *sí*. No respondió con palabras. En su lugar, arqueó levemente la espalda, un gesto casi imperceptible, pero suficiente. Sus manos entendieron el mensaje. Con un movimiento deliberado, Daniel deshizo el nudo de la bata, dejándola deslizarse por sus hombros. El aire fresco del ambiente tocó su piel expuesta, pero fue el calor de sus manos lo que realmente la hizo estremecer. Él no la tocó de inmediato. En cambio, se quedó allí, quieto, como si estuviera memorizando cada detalle—el contorno de su columna, la curva suave de sus caderas, la manera en que la luz tenue del spa danzaba sobre su piel. — Hermosa — murmuró, y el cumplido no sonó como algo que diría a una clienta. Sonó como algo que diría a una amante. Entonces, por fin, la tocó. Las manos se deslizaron por sus hombros, bajando por sus brazos, como si trazaran el camino de regreso a casa. Lara sintió cada callo en las palmas de él, cada diferencia de presión, cada pausa calculada. Cuando sus dedos llegaron a sus muñecas, las sostuvo por un instante, como si estuviera midiendo el ritmo de su corazón. Y entonces, muy despacio, guió sus manos hacia arriba, colocándolas sobre su cabeza, como si la estuviera preparando para algo. — Quédese así — ordenó, la voz baja, pero firme. Lara obedeció. Daniel volvió a masajearla, pero ahora no había dudas sobre la naturaleza de ese toque. Sus manos exploraban cada centímetro, deslizándose por el costado de su cuerpo, contorneando las costillas, rozando la curva de sus senos sin jamás tocarlos directamente. Lara sintió todo su cuerpo hormiguear, una corriente eléctrica recorriéndola desde la nuca hasta los dedos de los pies. Cada vez que él se acercaba a una zona más sensible, contenía la respiración, esperando, deseando. — ¿Le gusta esto? — preguntó, los dedos rozando la parte interna de su muslo, lo suficientemente cerca como para hacer que su cuerpo temblara, pero sin cruzar nunca la línea. — Sí — susurró, la voz casi inaudible. — ¿Y esto? — Sus dedos subieron un poco más, deteniéndose justo debajo de la curva de sus nalgas. Lara se mordió el labio con fuerza, intentando contener un gemido. — Sí. — ¿Y esto? — Ahora, los dedos se deslizaron hacia adelante, rozando su vientre, bajando hacia el punto donde el calor se concentraba. No pudo responder. Solo arqueó la espalda, una invitación muda. Daniel no avanzó. En cambio, retrocedió, dejando que sus manos volvieran a su espalda, como si estuviera jugando con ella. Lara soltó un suspiro frustrado, pero antes de que pudiera protestar, él se inclinó nuevamente, su boca cerca de su oído. — Paciencia — murmuró. — Todo a su tiempo. Y entonces, como para probar su punto, comenzó a masajear sus hombros nuevamente, los pulgares presionando puntos que hacían que sus músculos se relajaran, pero también que su mente diera vueltas. Lara cerró los ojos, intentando concentrarse en la sensación, pero era imposible. Cada toque era una pregunta. Cada movimiento, una promesa. Fue entonces cuando lo sintió. Los dedos de él se deslizaron hacia su nuca, los pulgares masajeando la base de su cráneo, mientras los otros dedos se enredaban en su cabello, tirando de él levemente. Lara inclinó la cabeza hacia atrás, exponiendo su garganta, y fue entonces cuando lo vio. Daniel la estaba mirando. No como un profesional miraría a una clienta. No como un hombre miraría a una mujer que acababa de conocer. La miraba como si ya la conociera. Como si ya hubiera soñado con ese momento. Sus ojos estaban oscuros, intensos, y cuando sus miradas se encontraron, Lara sintió que algo dentro de ella se rompía. — ¿Siente eso? — preguntó, la voz ronca. No necesitó preguntar a qué se refería. Lo sentía. Lo sentía en el calor de sus manos, en la manera en que su cuerpo reaccionaba, en la electricidad que parecía recorrer el aire entre ellos. — Sí — admitió, la voz casi un susurro. Daniel sonrió, una sonrisa lenta, peligrosa. — Yo también. Y entonces, sin aviso, se inclinó y presionó sus labios contra su piel, justo debajo de la oreja. No fue un beso. Fue algo más primitivo, más urgente. Lara sintió su lengua rozar su piel, caliente y húmeda, y un escalofrío recorrió todo su cuerpo. — Daniel… — comenzó, pero las palabras murieron en su garganta cuando él la giró de repente, levantándola hasta que quedó sentada en la camilla, frente a él. Sus ojos ardían. — Diga que quiere que me detenga — ordenó, la voz baja, pero firme. Lara lo miró, el corazón latiendo tan fuerte que podía escucharlo en sus oídos. Sabía lo que él le estaba pidiendo. Sabía que, si decía *detente*, él retrocedería. Pero no quería que se detuviera. No ahora. No cuando cada fibra de su cuerpo clamaba por más. En lugar de responder, extendió la mano y tocó su rostro, los dedos trazando la línea de su mandíbula, sintiendo la barba incipiente contra su piel. Daniel cerró los ojos por un instante, como si estuviera saboreando el contacto, y entonces, cuando los abrió nuevamente, la decisión estaba tomada. — Lara — murmuró, y el sonido de su nombre en sus labios fue casi demasiado. Ella no dijo nada. Solo lo atrajo más cerca, hasta que sus cuerpos estuvieron pegados, hasta que pudo sentir su calor a través de la ropa. Y entonces, con un movimiento rápido, deshizo el nudo de la toalla que él llevaba en la cintura, dejándola caer al suelo. Daniel no se movió. Solo la observó, los ojos recorriendo su cuerpo desnudo, como si estuviera memorizando cada detalle. Lara sintió su mirada como un toque físico, cada centímetro de su piel hormigueando bajo esa inspección. — Eres hermosa — dijo, por fin, la voz ronca. Y entonces, antes de que ella pudiera responder, la atrajo hacia un beso. No fue un beso suave. No fue un beso de masajista. Fue un beso hambriento, desesperado, como si ambos hubieran esperado ese momento toda la vida. Lara sintió su lengua invadir su boca, explorando, exigiendo, y respondió con la misma intensidad, las manos enredándose en su cabello, atrayéndolo más cerca. Daniel gimió contra sus labios, el sonido vibrando entre ambos, y entonces, sin aviso, la empujó de vuelta contra la camilla, cubriendo su cuerpo con el suyo. Lara sintió su peso, la dureza de su deseo presionando contra su muslo, y un calor líquido se extendió entre sus piernas. — Daniel — susurró, su nombre una súplica. Él no respondió con palabras. En cambio, bajó los labios por su cuello, mordisqueando, lamiendo, dejando un rastro de fuego en su piel. Cuando llegó a sus senos, Lara arqueó la espalda, ofreciéndose a él, y él no dudó. Su boca se cerró sobre un pezón, succionando con fuerza, mientras su mano libre apretaba el otro, los dedos rodando el pezón rígido entre ellos. Lara gimió, el sonido resonando en el ambiente, y Daniel sonrió contra su piel, como si estuviera saboreando su reacción. Entonces, sin aviso, bajó más, los labios trazando un camino por su vientre, hasta que su boca estuvo exactamente donde ella más lo deseaba. — Por favor — suplicó, las manos agarrando las sábanas. Daniel la miró, los ojos oscuros de deseo. — ¿Por favor, qué? — preguntó, la voz un ronroneo perverso. Lara se mordió el labio, pero no retrocedió. — Por favor, tócame. Él sonrió, una sonrisa lenta, llena de promesas. — Con gusto. Y entonces, sin más palabras, bajó la cabeza y hizo exactamente lo que ella le pidió. La sala estaba sumida en una penumbra dorada, el aire denso con el perfume del aceite de jazmín y sándalo, mezclado con el calor que emanaba de sus cuerpos. Lara sentía cada toque de Daniel como una corriente eléctrica, lenta y deliberada, recorriendo su piel. Él había comenzado por los hombros, deshaciendo nudos de tensión que ni siquiera sabía que llevaba, pero ahora sus manos se deslizaban con una intención diferente—más lentas, más exploratorias. Sus pulgares presionaron la base de su columna, trazando círculos profundos, y Lara no pudo contener un escalofrío. La tela fina de la bata de algodón que llevaba puesta parecía una barrera demasiado frágil entre ellos. Daniel lo notó. Sin decir nada, se inclinó un poco más, su aliento caliente contra su nuca mientras sus dedos bajaban, ahora contorneando la curva de su cintura, sus caderas. — Está muy tensa aquí — murmuró, la voz baja, casi un susurro. — Necesito trabajar estas zonas con más cuidado. Lara cerró los ojos. *Cuidado.* La palabra sonó como una provocación. Sabía que él no estaba hablando solo de músculos. Sus manos se detuvieron justo encima de sus nalgas, los dedos extendidos, como si midieran el límite de lo que podía hacer. Entonces, con una lentitud torturante, deslizó las palmas hacia abajo, siguiendo el contorno de sus muslos, hasta llegar a sus rodillas. — Date la vuelta — ordenó, la voz ronca. Ella obedeció, el corazón latiendo tan fuerte que parecía resonar en el ambiente silencioso. Cuando quedó frente a él, Daniel no apartó la mirada. Sus ojos oscuros recorrieron su cuerpo con una intensidad que la hizo sentir desnuda, incluso con la bata aún puesta. Levantó una de sus manos, llevándola a sus labios, y depositó un beso suave en su palma, los labios demorándose un segundo más de lo necesario. — Eres hermosa — dijo, como si fuera un secreto. Lara sintió que el rostro se le calentaba, pero no bajó la mirada. Había algo en la forma en que él la miraba—como si fuera la única mujer en el mundo, como si cada curva de su cuerpo fuera un descubrimiento. Daniel tomó sus tobillos, levantándolos suavemente para apoyar sus pies en la camilla. Entonces, con movimientos lentos, comenzó a masajear sus pantorrillas, los dedos presionando puntos que no sabía que existían, liberando una ola de placer que se extendía como miel caliente por sus venas. — ¿Te gusta? — preguntó, la voz cargada de una malicia sutil. — Sí — respondió, la palabra saliendo en un suspiro. Él sonrió, satisfecho, y subió las manos, ahora contorneando sus rodillas, los dedos trazando círculos perezosos en la parte interna de sus muslos. Lara contuvo la respiración. Cada toque era una pregunta, cada movimiento una promesa. Daniel no tenía prisa, como si tuviera todo el tiempo del mundo para explorarla. Cuando sus manos llegaron a la unión de sus piernas, se detuvo, los pulgares flotando a centímetros de esa parte de ella que ya latía, ansiosa. — Aquí también estás tensa — murmuró, los labios casi rozando su oído. — ¿Puedo? Lara dudó por un segundo. No era una pregunta profesional. Ambos lo sabían. Pero la forma en que él la miraba, como si ya conociera la respuesta, hizo que asintiera casi imperceptiblemente. — Puedes. Daniel no perdió tiempo. Sus dedos se deslizaron bajo la tela de la bata, encontrando la piel suave de la parte interna de sus muslos. Lara se mordió el labio inferior, intentando contener un gemido, pero el sonido escapó de todos modos, bajo y tembloroso. Él sonrió, como si ese fuera el sonido más dulce que hubiera escuchado, y continuó, los dedos trazando líneas imaginarias cada vez más cerca del centro de su deseo. — ¿Te gusta esto? — preguntó, la voz un ronroneo. — Sí — admitió, la voz quebrada. — ¿Y esto? — Sus dedos rozaron levemente el contorno de su tanga, sin invadir, solo provocando. Lara arqueó la espalda, un suspiro escapando entre sus labios entreabiertos. — *Dios, sí.* Daniel rió bajito, un sonido oscuro y delicioso. — Todavía no — murmuró. — Pero pronto. Apartó las manos, dejándola jadeante, y volvió a masajear sus muslos, ahora con más firmeza, como si nada hubiera pasado. Lara casi protestó, pero entonces sintió sus dedos regresar, esta vez deslizándose bajo el elástico de su tanga, los pulgares encontrando el punto exacto donde más lo necesitaba. — Ah — gimió, las caderas moviéndose involuntariamente contra su mano. — Shhh — susurró, los labios rozando el lóbulo de su oreja. — No querrás que alguien nos escuche, ¿verdad? Lara se mordió el labio con fuerza, intentando controlarse, pero era imposible. Los dedos de él trabajaban con una precisión enloquecedora, deslizándose, presionando, explorando cada centímetro de ella con una lentitud que rayaba en la crueldad. Sentía el placer acumulándose, una ola a punto de romper, pero entonces, de repente, él se detuvo. — No — protestó, la voz casi un gemido. Daniel sonrió, los dedos aún húmedos de su deseo. — Todavía no — repitió. — Primero, quiero verte. Con un movimiento rápido, le quitó la bata, dejándola completamente expuesta. Lara debería haberse sentido avergonzada, pero la forma en que él la miraba—como si fuera una obra de arte, como si cada curva de su cuerpo fuera sagrada—la hizo sentirse poderosa. Daniel se inclinó, los labios rozando la piel sensible de su vientre, mientras sus manos se deslizaban hacia arriba, encontrando sus senos. — Perfecta — murmuró, los pulgares rozando sus pezones rígidos. Lara arqueó la espalda, ofreciéndose a él, los dedos agarrando las sábanas. Daniel no resistió. Bajó la cabeza, su boca cerrándose sobre un pezón, succionando con fuerza mientras su mano libre bajaba nuevamente, los dedos encontrando el calor húmedo entre sus piernas. — Por favor — suplicó, la voz quebrada. Daniel alzó la cabeza, los ojos oscuros brillando con una promesa perversa. — ¿Por favor, qué? Lara no respondió con palabras. En su lugar, tomó su muñeca, guiando sus dedos dentro de sí. Daniel no necesitó más estímulo. Con un gemido bajo, la penetró con dos dedos, la palma de su mano presionando contra su clítoris mientras su boca volvía a capturar la suya en un beso hambriento. Lara se deshizo bajo él, el placer explotando en olas que la dejaron sin aliento. Daniel no se detuvo, sus dedos moviéndose con una precisión implacable, prolongando cada espasmo, cada temblor, hasta que estuvo completamente entregada. Cuando por fin se detuvo, la atrajo hacia sí, los labios rozando su sien en un beso suave. — Esto fue solo el comienzo — murmuró. Lara abrió los ojos, el cuerpo aún temblando, y encontró su mirada. Había algo allí—una pregunta, una invitación. Y supo que, si respondía, no habría vuelta atrás. El aceite aún resbalaba por los contornos del cuerpo de Lara cuando sintió que el último resquicio de control se le escapaba entre los dedos. La camilla, antes un refugio de lino fresco, ahora parecía un escenario donde cada movimiento reverberaba en olas de calor. Daniel estaba allí, inmóvil por un segundo que pareció una eternidad, los dedos aún húmedos del contacto con ella, el pecho subiendo y bajando en un ritmo demasiado acelerado para alguien que, minutos antes, mantenía la compostura de un profesional. Fue el olor lo que la decidió. No el aroma dulzón del aceite de jazmín, ni el perfume cítrico que emanaba de su piel, sino algo más primitivo—el olor a piel caliente, a deseo contenido, a límites a punto de romperse. Lara se giró lentamente, los músculos aún temblorosos del orgasmo, y encontró los ojos de Daniel fijos en ella. Había fuego en ellos, pero también una pregunta silenciosa. *¿Hasta dónde quieres llegar?* No respondió con palabras. Con un movimiento fluido, Lara se incorporó sobre los codos, los senos aún cubiertos por una fina capa de aceite que reflejaba la luz tenue del ambiente. La camilla crujió levemente bajo su peso, un sonido casi inaudible, pero suficiente para romper el silencio. Daniel no retrocedió. No apartó la mirada. Solo inclinó la cabeza, como si hubiera estado esperando esto desde el primer toque. — Lara… — Su voz era un susurro ronco, cargado de advertencia y deseo. — ¿Sabes lo que estás haciendo? Ella sonrió, lenta, los labios entreabiertos aún húmedos del beso anterior. — Sé exactamente lo que estoy haciendo. Y entonces, con un gesto que no admitía retroceso, lo atrajo hacia sí. El primer contacto fue eléctrico. Las manos de Daniel, antes tan seguras y precisas, ahora temblaban levemente al apoyarse en la camilla, una a cada lado de su cuerpo. Lara sintió su peso, el calor de su piel contra la suya, la aspereza de los vellos de su pecho rozando sus pezones ya endurecidos. El beso no fue suave. Fue hambriento, desesperado, como si ambos hubieran pasado horas—días—conteniendo algo que ahora se desbordaba sin control. La lengua de Daniel invadió su boca con una urgencia que la hizo gemir, el sonido ahogado contra sus labios. Lara enredó los dedos en el cabello corto de su nuca, atrayéndolo más cerca, como si quisiera fundir sus cuerpos allí mismo. El sabor de él era intoxicante—menta, sudor, algo salado y masculino que la hizo desear más. Sus manos se deslizaron por su espalda, marcando cada vértebra con los dedos, como si memorizara la geografía de ese cuerpo. — No tienes idea de lo que me estás haciendo — murmuró contra su boca, la voz tan baja que Lara sintió las palabras vibrar en su propio pecho. — Entonces muéstramelo — desafió, arqueando el cuerpo para presionar sus caderas contra las de él. Daniel no necesitó más estímulo. Con un gemido gutural, bajó la boca por su cuello, los dientes rozando la piel sensible justo debajo de la oreja. Lara inclinó la cabeza hacia atrás, exponiéndose, sintiendo cada mordisco leve, cada lamida que dejaba un rastro de fuego. Sus manos exploraban ahora con una confianza renovada, bajando por los costados de su cuerpo, contorneando sus senos sin tocarlos aún, como si supiera que la espera la enloquecería. — Daniel… — Su nombre escapó de sus labios como una súplica, y no le importó. Él rió bajito, un sonido oscuro y delicioso, antes de finalmente envolver un seno con la mano, el pulgar rodeando el pezón ya dolorido de tanto deseo. Lara arqueó la espalda, un gemido escapando mientras repetía el movimiento en el otro seno, los dedos ahora más audaces, apretando, tirando, hasta que estuvo jadeante. — ¿Te gusta esto? — La pregunta era retórica, pero quería escucharla decirlo. — Sí — admitió, la voz entrecortada. — Más. Daniel obedeció. Su boca reemplazó los dedos, la lengua caliente y húmeda envolviendo el pezón, succionando con una presión que hizo que Lara clavara las uñas en sus hombros. El placer era casi insoportable, una línea tenue entre el éxtasis y el dolor, y se aferró a él como si fuera lo único que la mantenía anclada a la realidad. Mientras tanto, sus manos no se detenían. Bajaron por su vientre, los dedos trazando círculos perezosos alrededor de su ombligo, antes de finalmente—*finalmente*—deslizarse entre sus muslos. Lara se abrió para él sin dudar, las rodillas separándose, la respiración acelerándose cuando sintió sus dedos rozar sus labios ya hinchados. — Tan húmeda — murmuró, la voz cargada de satisfacción. — Tan lista. Lara no respondió. No podía. Solo gimió cuando la penetró con un dedo, luego dos, los movimientos lentos, deliberados, como si tuviera todo el tiempo del mundo para explorarla. Se retorció bajo él, las caderas moviéndose en un ritmo instintivo, buscando más presión, más profundidad. Daniel observaba cada reacción suya con una intensidad casi perturbadora. Sus ojos oscuros brillaban bajo la luz tenue del spa, las pupilas dilatadas, la respiración tan acelerada como la de ella. Cuando Lara extendió la mano para tocar la dureza bajo la toalla que aún llevaba puesta, contuvo la respiración, los músculos de su abdomen contrayéndose bajo su toque. — ¿Quieres esto? — preguntó, la voz ronca, mientras ella envolvía su erección con los dedos, sintiendo el calor, la pulsación, la promesa de algo mucho mayor. — Lo quiero — susurró, apretándolo levemente. — Lo quiero todo. Fue suficiente. Con un movimiento rápido, Daniel apartó su mano y se deshizo de la toalla, arrojándola al suelo sin ceremonia. Lara tuvo solo un segundo para admirar su cuerpo—los músculos definidos, la piel bronceada, la erección orgullosa—antes de que la atrajera más cerca, sus cuerpos encajando como si hubieran sido hechos el uno para el otro. El primer impulso fue lento, casi vacilante, como si aún quisiera asegurarse de que ella estaba lista. Lara no lo permitió. Envolvió las piernas alrededor de su cintura, atrayéndolo dentro de sí con un movimiento brusco que arrancó un gemido de ambos. Daniel sujetó sus caderas, los dedos clavándose en su carne mientras comenzaba a moverse, cada embestida más profunda, más intensa, hasta que no hubo más espacio entre ellos. Lara se aferró a sus hombros, las uñas marcando su piel, los gemidos mezclándose con los suyos en una sinfonía de placer. La camilla crujía bajo el peso de sus cuerpos entrelazados, el aceite resbalando entre ellos, facilitando cada movimiento, cada deslizamiento de piel contra piel. Daniel aceleró el ritmo, las caderas golpeando contra las suyas con una fuerza que la hacía ver estrellas, y Lara supo que no duraría mucho. — Voy a… — logró decir, la voz quebrada. — Córrete para mí — ordenó, la voz un gruñido. — Ahora. Y ella obedeció. El orgasmo la golpeó como una ola, arrastrándola a un mar de sensaciones donde no había más pensamiento, solo placer puro y abrumador. Lara gritó, el cuerpo contorsionándose bajo el de Daniel, las paredes internas apretándolo en espasmos que lo llevaron al límite. Con un gemido ronco, se enterró profundamente en ella una última vez, el cuerpo temblando mientras se derramaba, los labios encontrando los suyos en un beso desesperado. Por un largo momento, no hubo sonido más allá de sus respiraciones entrecortadas, de los corazones latiendo al unísono. Daniel se desplomó sobre ella, el peso reconfortante, los cuerpos aún unidos, aún temblorosos. Lara pasó los dedos por su cabello, sintiendo el sudor en su nuca, el calor de su piel. — Esto — murmuró, la voz ahogada contra su hombro — fue solo el comienzo. Lara sonrió, los labios rozando su oreja. — Entonces muéstrame el resto. Daniel no perdió tiempo. Con un movimiento fluido, se incorporó sobre los codos, los músculos de sus brazos definidos bajo la luz dorada que se filtraba por las cortinas entreabiertas. El aceite aún brillaba en su piel, mezclándose con el sudor que comenzaba a resbalar por sus sienes, su pecho, los surcos entre sus abdominales. Lara lo observaba con los ojos entrecerrados, los labios entreabiertos, la respiración aún acelerada del orgasmo que acababa de desgarrarla. Pero él no tenía intención de dejarla descansar. — ¿Crees que ha terminado? — preguntó, la voz baja, casi un susurro, mientras una de sus manos se deslizaba por su cuerpo, contorneando el contorno de sus senos, bajando por su vientre tembloroso. — Apenas he empezado a probarte. Lara arqueó la espalda cuando sus dedos encontraron el punto sensible entre sus muslos, ya hinchado y palpitante. Un gemido escapó de su garganta, ronco, casi animal. No se reconocía en ese momento—ya no era la ejecutiva controlada, la mujer que calculaba cada movimiento, cada palabra. Allí, sobre esa camilla que olía a sándalo y sexo, era solo un cuerpo en llamas, entregado a ese hombre que parecía saber exactamente cómo desarmarla. — Daniel… — su nombre salió como una súplica, pero él solo sonrió, lento y peligroso. — Dime qué quieres — ordenó, los dedos rodeando, presionando, sin darle nunca exactamente lo que necesitaba. — Quiero escucharlo. Lara se mordió el labio inferior, los dientes hundiéndose en la carne suave. La frustración y el deseo se entrelazaban, volviendo su voz más áspera. — Te quiero… dentro de mí. Otra vez. Él rió, un sonido oscuro y satisfecho, y retiró la mano solo para posicionarse entre sus piernas, las rodillas separando sus muslos con una presión firme. Lara sintió la punta gruesa de su erección rozar su entrada, húmeda y caliente, y un escalofrío recorrió su columna. Pero Daniel no la penetró. No aún. En cambio, se inclinó sobre ella, los labios flotando sobre los suyos, tan cerca que podía sentir el calor de su aliento. — ¿Así? — preguntó, empujando solo lo suficiente para hacerla gemir, pero retrocediendo antes de que pudiera adaptarse a su tamaño. — No… — jadeó, las uñas clavándose en sus hombros anchos. — Más. — ¿Más qué? — provocó, los labios rozando los suyos mientras hablaba, la lengua trazando el contorno de su boca. — Dilo. — Más profundo. — Las palabras salieron en un susurro desesperado. — Por favor. Daniel no necesitó más incentivo. Con un movimiento único, se enterró en ella hasta el fondo, su cuerpo abriéndose para recibirlo con un espasmo de placer. Lara gritó, la espalda arqueándose fuera de la camilla, los dedos aferrándose a las sábanas de seda. Él no le dio tiempo para acostumbrarse—comenzó a moverse de inmediato, las caderas golpeando contra las suyas en un ritmo implacable, cada embestida más profunda que la anterior. El sonido de piel contra piel llenó el ambiente, mezclándose con los gemidos de Lara y los gruñidos roncos de Daniel. Apoyó una mano junto a su cabeza, la otra deslizándose por su cuerpo, apretando un seno, pellizcando un pezón, bajando para sujetar su muslo y levantarlo, cambiando el ángulo para que cada movimiento lo llevara aún más profundo. — ¿Te gusta esto? — preguntó, la voz áspera, los ojos fijos en los suyos mientras se enterraba una y otra vez. — ¿Te gusta sentirme llenándote? — Sí — logró decir, la voz quebrada. — Dios, sí… Daniel aceleró el ritmo, las caderas moviéndose con una urgencia que hacía crujir levemente la camilla bajo ellos. Lara sentía cada centímetro de él, cada vena, cada pulsación, como si estuviera grabando su marca dentro de ella. Y entonces, sin aviso, salió completamente, dejándola vacía, jadeante. — ¿Qué…? — comenzó, confundida, pero él ya la estaba girando boca abajo con un movimiento rápido. — Te quiero así — murmuró, sus manos grandes sujetando sus caderas y levantándolas, dejándola de rodillas sobre la camilla, el rostro presionado contra las sábanas. — Quiero verte abriéndote para mí. Lara no tuvo tiempo de responder. Daniel la penetró nuevamente, esta vez por detrás, y el nuevo ángulo la hizo gritar, las uñas arañando la seda mientras él la llenaba de una manera completamente diferente. Su mano se deslizó por su espalda, los dedos enredándose en su cabello, tirando de él levemente mientras embestía con fuerza. — Eres tan deliciosa — gruñó, los dientes rozando la curva de su hombro. — Tan apretada… tan húmeda… Lara no podía formar palabras. Cada embestida la acercaba más al límite, el placer acumulándose en su vientre como una tormenta a punto de estallar. Daniel sintió el cambio en su cuerpo—los músculos internos apretándolo, los gemidos volviéndose más agudos, más desesperados. Soltó su cabello y deslizó la mano hacia su frente, los dedos encontrando su clítoris hinchado y comenzando a rodearlo con movimientos rápidos y precisos. — Córrete para mí — ordenó, la voz un gruñido contra su piel. — Córrete en mi polla. Y fue demasiado. Lara no pudo resistir. El orgasmo la golpeó como una ola, arrastrándola a un abismo de sensaciones donde no había más control, solo placer puro y abrumador. Gritó, el cuerpo contorsionándose mientras las paredes internas lo apretaban en espasmos rítmicos, cada pulsación arrancándole a él un gemido ronco. Daniel no se detuvo. Incluso cuando comenzó a temblar, incluso cuando sus gemidos se convirtieron en sollozos ahogados, siguió moviéndose, prolongando el placer hasta que estuvo completamente exhausta, el cuerpo laxo bajo el suyo. Solo entonces permitió que su propio clímax lo tomara, enterrándose profundamente en ella una última vez antes de derramarse en chorros calientes, el cuerpo temblando mientras se vaciaba. Por un largo momento, no hubo sonido más allá de sus respiraciones entrecortadas, de los corazones latiendo al unísono. Daniel se desplomó sobre ella, el peso reconfortante, los cuerpos aún unidos, aún temblorosos. Lara pasó los dedos por su cabello, sintiendo el sudor en su nuca, el calor de su piel. — Esto — murmuró, la voz ahogada contra su hombro — fue solo el comienzo. Lara sonrió, los labios rozando su oreja. — Entonces muéstrame el resto. Daniel rió bajito, el sonido vibrando contra su piel, y rodó hacia un lado, atrayéndola consigo. Lara se acurrucó contra él, el cuerpo aún hormigueando, la mente ya anticipando lo que vendría después. Sus manos comenzaron a explorarla nuevamente, lentas, deliberadas, como si tuvieran todo el tiempo del mundo. Y tal vez lo tuvieran. Después de todo, la noche aún era una promesa. El primer rayo de sol atravesó las cortinas entreabiertas del cuarto de masajes, pintando franjas doradas sobre las sábanas arrugadas. Lara despertó con el peso cálido de Daniel detrás de ella, un brazo musculoso rodeando su cintura, la respiración lenta y profunda contra su nuca. El aire olía a sexo y aceite de sándalo, mezclado con el sudor seco de su piel. Cerró los ojos por un instante, dejándose hundir en la sensación de plenitud—el cuerpo adolorido en los lugares correctos, la mente ligera como no se sentía en años. Daniel se movió, los labios rozando la curva de su hombro en un beso perezoso. Una de sus manos se deslizó por su vientre, deteniéndose justo debajo de sus senos, como si aún no estuviera listo para soltar ese contacto. — Buenos días — murmuró, la voz ronca por el sueño y el placer. Lara sonrió, girándose lentamente para mirarlo. Su rostro estaba medio oculto entre las almohadas, el cabello oscuro despeinado, los labios ligeramente hinchados. Pasó los dedos por su barba incipiente, sintiendo la aspereza contra su piel sensible. — Buenos días — respondió, la voz igualmente ronca. — O buena madrugada, dependiendo de cómo lo veas. Él rió, bajo, y la atrajo más cerca, hasta que sus cuerpos encajaron perfectamente, muslo contra muslo, pecho contra pecho. Lara sintió el calor de su erección matutina presionando contra su cadera y no pudo evitar una sonrisa maliciosa. — Estás insaciable — provocó, mordisqueando su labio inferior. — ¿Y tú te quejas? — Daniel arqueó una ceja, los dedos ya trazando círculos perezosos en la parte interna de su muslo. — Ni un poco. Él la besó entonces, lento y profundo, como si aún tuvieran todo el tiempo del mundo. Lara se entregó al contacto, al sabor a café y pecado que aún permanecía en su boca, a las manos que ahora la conocían como si la hubieran explorado toda la vida. Pero cuando él comenzó a atraerla sobre sí, lo detuvo con un gesto suave. — Tengo que irme — dijo, la voz saliendo más firme de lo que pretendía. Daniel se quedó inmóvil por un segundo, los ojos oscuros buscando los suyos. Luego, asintió, como si ya supiera que ese momento tendría un final. Se apoyó en los codos, observando mientras ella se sentaba en el borde de la camilla, las sábanas deslizándose y revelando las marcas rojizas en su espalda—vestigios de sus uñas, de sus dientes, de los besos urgentes. — ¿Tienes compromisos? — preguntó, la voz neutra, pero había algo detrás, una curiosidad que no era solo profesional. Lara tomó la toalla que había sido dejada sobre la silla y se la envolvió alrededor del cuerpo, sintiendo la tela áspera contra su piel aún sensible. — Tengo una reunión a las nueve. — Miró el reloj en la pared, las manecillas marcando las seis y cuarenta y cinco. — Y necesito pasar por casa para cambiarme. Daniel se levantó con un movimiento fluido, desnudo, sin ningún pudor. Lara no pudo evitar dejar que su mirada recorriera su cuerpo—los músculos definidos, las cicatrices finas en sus brazos, la línea oscura de vello que bajaba desde su ombligo hasta su sexo semierecto. Tomó unos pantalones de chándal del suelo y se los puso, sin prisa. — Puedo llevarte — ofreció, mientras tomaba una camiseta limpia del armario. Lara dudó. Parte de ella quería aceptar, prolongar ese momento, fingir que el mundo exterior no existía. Pero la ejecutiva dentro de ella sabía que no podía permitirse mezclar las cosas. — Mejor no — dijo, finalmente, forzando una sonrisa. — Pero gracias. Daniel no insistió. Solo asintió, como si entendiera perfectamente la línea tenue entre lo que habían compartido y la realidad. Se acercó a ella, las manos encontrando su cintura por encima de la toalla, los pulgares trazando círculos lentos en su piel expuesta. — Entonces, ¿esto es un adiós? — preguntó, la voz baja, casi casual. Lara sintió que el pecho se le apretaba. No era un adiós, no exactamente. Pero tampoco era un

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