Toque Prohibido en la Fiesta de las Máscaras

Por Tonkix
Toque Prohibido en la Fiesta de las Máscaras
**Toque Prohibido en la Fiesta de las Máscaras** La noche caía sobre la mansión de los Vianna como un manto de terciopelo negro, bordado con el brillo discreto de las estrellas y el reflejo dorado de las luces que se escapaban por las ventanas altas. El aire estaba cargado del perfume de las gardenias plantadas a lo largo de la entrada, mezclado con el aroma dulzón de los puros cubanos que algunos invitados fumaban bajo la marquesina. Clara se detuvo por un instante en lo alto de la escalinata de mármol, los dedos enguantados apretando levemente la barandilla de hierro forjado. La máscara de encaje negro, delicada como una telaraña, cubría la mitad de su rostro, dejando al descubierto solo los labios pintados de un rojo oscuro, casi vino, y los ojos verdes que parpadeaban bajo la luz de los candelabros como esmeraldas bajo el agua. Respiró hondo, sintiendo cómo la tela del vestido se adhería a su piel. Era un modelo largo, de seda azul oscura, con un escote discreto que apenas insinuaba la curva de sus senos, pero que, de alguna manera, parecía revelar más de lo que ocultaba. La tela se deslizaba entre sus piernas con cada paso, susurrando promesas que ella no se atrevía a descifrar. Clara no era de fiestas. No era de multitudes, de risas altas, de miradas que se demoraban demasiado. Era de tribunales, de procesos, de noches en vela inclinada sobre libros de derecho civil. Pero allí estaba, porque Mariana, su amiga de la facultad, había insistido. *«Tienes que salir, Clara. Tienes que vivir un poco»*. Y, en contra de todos sus instintos, había cedido. Las puertas dobles del salón de baile se abrieron ante ella, y el sonido de la orquesta invadió el vestíbulo como una ola. Violines, cellos, el ritmo suave de un piano—todo se mezclaba con el murmullo de las voces, el tintineo de las copas de champán, el frufrú de los vestidos de seda y los trajes bien cortados. Clara dudó en el umbral, los dedos apretando el asa de su pequeño bolso de terciopelo. La máscara, a pesar de ser elegante, parecía pesar sobre su rostro, como si fuera una segunda piel que no le perteneciera. La ajustó con un gesto rápido, casi imperceptible, y entró. El salón era un espectáculo de luz y sombras. Los candelabros de cristal arrojaban reflejos dorados sobre los invitados, que bailaban en parejas o se reunían en pequeños grupos, riendo, coqueteando, susurrando secretos tras abanicos y copas de cristal. Las mujeres llevaban vestidos que brillaban como joyas—rojos rubí, verdes esmeralda, azules zafiro—y los hombres, trajes oscuros que se movían con la precisión de engranajes bien lubricados. Clara se sintió fuera de lugar, como si fuera una pieza que no encajaba en un tablero de ajedrez. Pero no podía negar la belleza de la escena. Había algo mágico en aquello: la música, las luces, la forma en que los cuerpos se movían en armonía, como si cada gesto estuviera coreografiado. Se acercó a la barra, donde un camarero de guantes blancos servía bebidas con la precisión de un cirujano. Pidió un gin-tonic, sin hielo, y llevó la copa a los labios. El líquido frío bajó por su garganta, dejando un rastro de calor. Clara observó a los invitados por encima del borde del vaso. Había algo hipnótico en aquello—en la forma en que las personas se tocaban sin tocarse, en cómo las miradas se encontraban y se desviaban, en cómo las sonrisas escondían más de lo que revelaban. Era como presenciar un juego cuyas reglas desconocía. — Pareces perdida. La voz llegó desde atrás, suave y ronca, como el sonido de un violonchelo en un concierto nocturno. Clara se giró lentamente, sintiendo cómo el corazón se le aceleraba. La mujer frente a ella era alta, con cabellos negros y ondulados que caían sobre sus hombros como una cascada de tinta. Llevaba un vestido largo, de un rojo tan oscuro que parecía negro bajo la luz de los candelabros, con un escote profundo que revelaba la curva de sus senos y un collar de perlas que brillaba como gotas de luna. Su máscara, de cuero negro y dorado, cubría solo los ojos, dejando al descubierto una boca carnosa, pintada de un rojo casi negro. — No estoy perdida — respondió Clara, intentando sonar más segura de lo que se sentía. — Solo observando. La mujer sonrió, una sonrisa lenta y deliberada, como si supiera algo que Clara desconocía. — Observar puede ser peligroso. A la gente no le gusta que la vean demasiado. Clara sintió el calor subir por su cuello. Había algo en esa mujer—en la forma en que la miraba, como si pudiera ver a través de la máscara, a través del vestido, a través de todas las capas de timidez y reserva que Clara había construido a lo largo de los años. — ¿Y tú? — preguntó Clara, intentando cambiar de tema. — ¿Qué haces aquí? — Lo mismo que tú, imagino. Buscando algo que no sé nombrar. La respuesta fue tan sincera, tan inesperada, que Clara no supo qué decir. La mujer extendió la mano, los dedos largos y elegantes, con las uñas pintadas de un rojo que combinaba con el vestido. — Sofía. Clara dudó por un segundo antes de estrechar su mano. La piel de Sofía estaba cálida, casi febril, y su apretón fue firme, pero no invasivo. — Clara. — Clara — repitió Sofía, como si el nombre fuera una nota musical que quisiera memorizar. — Me gusta ese nombre. Combina contigo. Clara sintió que el rostro se le encendía. No estaba acostumbrada a los elogios, y mucho menos a la intensidad de esa mirada. Sofía la observaba como si fuera una obra de arte, algo raro y precioso que merecía ser estudiado en detalle. — ¿Vienes seguido a estas fiestas? — preguntó Clara, intentando mantener la conversación en terreno seguro. — A veces. Me gusta la energía. Las máscaras. Las posibilidades. — ¿Posibilidades? Sofía se acercó un poco más, y Clara sintió su perfume—una mezcla de jazmín, ámbar y algo más oscuro, más primitivo, como el olor de la tierra después de la lluvia. — Sí. Posibilidades. De ser quien quieras por una noche. De hacer lo que quieras. De olvidar quién eres. Clara tragó saliva. Había algo peligroso en esas palabras, algo que hacía que su cuerpo reaccionara de una manera que no podía controlar. Sintió el corazón latir más rápido, las manos sudar levemente dentro de los guantes. — ¿Y tú? — preguntó Sofía, inclinando la cabeza. — ¿Qué quieres olvidar esta noche? Clara no tuvo tiempo de responder. La música cambió, volviéndose más lenta, más sensual. Sofía extendió la mano de nuevo, esta vez no para saludarla, sino para invitarla. — Baila conmigo. No era una pregunta. Era una invitación. O quizá una orden. Clara miró la mano extendida, luego los ojos de Sofía, oscuros e insondables tras la máscara. Sintió el peso de la decisión, como si estuviera al borde de un precipicio, a punto de saltar. Y entonces, sin saber exactamente por qué, colocó su mano en la de ella. La mano de Clara aún hormigueaba donde los dedos de Sofía se habían entrelazado con los suyos, como si el calor de ese contacto hubiera dejado una marca invisible en su piel. Siguió a la artista por el salón, los tacones hundiéndose levemente en el piso de mármol pulido, mientras la multitud se disolvía tras ellas en un borrón de risas ahogadas y telas ondeantes. La música, antes una invitación al movimiento, ahora parecía un murmullo distante, ahogado por los latidos acelerados de su propio corazón. Clara no sabía por qué había aceptado. Tal vez fuera el vino, tal vez la forma en que Sofía la miraba—como si ya conociera secretos que ella misma ignoraba. O quizá fuera simplemente el peso de esa noche, la promesa de algo más allá de las paredes blancas de su oficina, de las peticiones firmadas con tinta fría, de las miradas de reojo de sus colegas cuando creían que no prestaba atención. *Una noche*, pensó. *Solo una noche*. Se alejaron del centro de la fiesta, donde los cuerpos se movían en una sincronía perezosa, y entraron en un pasillo iluminado por velas dispuestas en candelabros de plata. Las llamas danzaban, proyectando sombras alargadas en las paredes forradas de seda oscura, y el aire olía a cera derretida y a algo más—una fragancia cálida, amaderada, que Clara no lograba identificar, pero que parecía enroscarse en sus sentidos como humo. Fue entonces cuando Sofía se detuvo. No de repente, sino con la lentitud de quien sabe que el momento exige pausa. Se giró hacia Clara, y por un segundo, el mundo pareció contener solo a las dos: la luz ámbar de las velas reflejada en los ojos de la artista, la curva suave de sus labios entreabiertos, la forma en que la máscara de encaje negro—delicada como una telaraña—realzaba la línea afilada de sus pómulos. — Estás huyendo — dijo Sofía, la voz baja, casi un susurro. No era una acusación, sino una constatación, como si ya supiera la respuesta antes de preguntar. Clara dudó. *Huyendo*. La palabra sonaba absurda, pero también exacta. No estaba acostumbrada a ser observada así, con tanta intensidad, como si cada detalle suyo—la forma en que los dedos apretaban la copa de cristal, el rubor que subía por su cuello, la respiración un poco más rápida—fuera una pista en un juego cuyas reglas solo Sofía conocía. — No estoy acostumbrada a… esto — admitió, gesticulando vagamente hacia el salón, la gente, la propia fiesta. — A tanta gente. Sofía inclinó la cabeza, una sonrisa lenta dibujándose en sus labios. — *Esto* — repitió, como si la palabra fuera un objeto que pudiera examinar desde todos los ángulos. — ¿Te refieres a *la vida*? Clara rio, sorprendida por su propia reacción. El sonido salió más ligero de lo que pretendía, casi un suspiro. — No seas dramática. — No lo soy. — Sofía dio un paso adelante, reduciendo la distancia entre ellas a casi nada. Clara sintió el perfume de nuevo, más fuerte ahora, mezclado con el calor de su piel. — Estás aquí, pero no estás. Como si tuvieras miedo de que, si respiras hondo, alguien vaya a darse cuenta de que no perteneces a este lugar. Las palabras dieron en el blanco. Clara desvió la mirada, fijándose en un punto cualquiera de la pared—un cuadro enmarcado en dorado, un paisaje brumoso que no lograba distinguir bien. Pero Sofía no le permitió esconderse. Con un dedo enguantado, levantó el mentón de Clara, obligándola a mirarla. — ¿O será que el miedo es otro? — murmuró, la voz ahora un hilo de seda rozando la oreja de Clara. — ¿El miedo a que, si *perteneces*, ya no puedas volver atrás? El contacto fue breve, pero suficiente para hacer reaccionar el cuerpo de Clara como si hubiera sido quemada. Contuvo la respiración, sintiendo el aire atrapado en los pulmones, mientras Sofía retrocedía solo lo suficiente para observarla—como un cazador evaluando a su presa, o una amante saboreando el momento antes del beso. — ¿Siempre hablas así con desconocidas? — preguntó Clara, intentando recuperar el control. Su voz sonó más firme de lo que se sentía. Sofía rio, un sonido bajo y ronco que pareció vibrar directamente en la piel de Clara. — Solo con las que valen la pena. Y entonces, como si el tema estuviera zanjado, extendió la mano de nuevo, pero esta vez no para bailar. Los dedos se deslizaron por la manga del vestido de Clara, trazando un camino lento hasta la muñeca, donde el guante terminaba y comenzaba la piel desnuda. El contraste entre la tela fría y el calor de los dedos de Sofía hizo estremecer a Clara. — Eres abogada, ¿verdad? — preguntó Sofía, como si estuviera comentando el clima. Clara parpadeó, sorprendida por el cambio de tema. — ¿Cómo…? — Tu amiga lo mencionó. — Sofía se encogió de hombros, como si no fuera importante. — Pero no es eso lo que me interesa. — ¿Qué, entonces? Los labios de Sofía se curvaron en una sonrisa que era puro pecado. — El hecho de que pasas los días defendiendo a otras personas, pero nunca te preguntas qué *quieres tú*. Clara debería haberse ofendido. Debería haberse alejado, dicho algo cortante, recordado que no conocía a esa mujer, que no debía confiar en ella. Pero las palabras de Sofía se enredaron en su mente como enredaderas, ahogando cualquier protesta. Porque, en el fondo, *sabía* que era verdad. — ¿Y qué *quieres tú*? — logró preguntar, la voz más ronca de lo que pretendía. Sofía no respondió de inmediato. En cambio, se inclinó más cerca, hasta que Clara pudo sentir su aliento cálido contra su propia boca. No era un beso—todavía no. Era una promesa. — Quiero ver qué pasa cuando dejas de pensar — susurró. Y entonces, antes de que Clara pudiera reaccionar, Sofía se apartó, dejándola allí, con el corazón latiendo tan fuerte que parecía querer escapar de su pecho. Se giró y caminó hacia una puerta entreabierta al final del pasillo, donde la luz de las velas no llegaba. Se detuvo en el umbral, mirando por encima del hombro. — ¿Vienes? No era una invitación. Era un desafío. Clara miró hacia atrás, hacia el salón donde la fiesta continuaba, ajena a la tensión que se desarrollaba entre bastidores. Podía volver. Podía fingir que nada de aquello había sucedido, que no había sentido el contacto de Sofía, que no había escuchado las palabras que resonaban en su mente como un mantra: *¿qué quieres tú?* Pero entonces, como si la moviera una fuerza mayor que su propia voluntad, dio el primer paso. Y luego otro. Y otro. Hasta que estuvo lo suficientemente cerca para sentir el calor del cuerpo de Sofía, para ver cómo la luz de las velas jugaba con las sombras en su rostro, para saber—con una certeza que no podía explicar—que, lo que fuera que sucediera a continuación, nada volvería a ser igual. Clara cruzó la puerta entreabierta como si atravesara un umbral entre dos mundos. El pasillo estrecho olía a cera derretida y madera antigua, un aroma que se mezclaba con el perfume de Sofía—algo cítrico y cálido, como bergamota quemándose en una chimenea. La luz de las velas temblaba en las paredes revestidas de madera, proyectando sombras danzantes que parecían susurrar secretos. Se detuvo a un paso de distancia, consciente de cada latido de su propio corazón, de cómo el aire parecía más denso allí, cargado de algo que no era solo el calor de las llamas. Sofía no se giró de inmediato. Permaneció de espaldas, los dedos deslizándose por el borde de una consola de mármol, como si probara la textura de la piedra. El vestido negro, ajustado en la cintura y suelto en las caderas, se movía con ella en un ritmo lento, deliberado. Cuando por fin miró por encima del hombro, sus labios se curvaron en una sonrisa que no era solo de bienvenida, sino de reconocimiento—como si ya supiera que Clara vendría. — Te has demorado — dijo, la voz baja, casi un murmullo, pero cargada de una ironía que hizo sentir a Clara el rubor subir por su cuello. — Yo… no sabía si debía. — Pero viniste. No era una pregunta. Sofía giró el cuerpo lentamente, apoyándose en la consola con ambas manos, los dedos largos y elegantes presionando levemente el mármol. El movimiento hizo que la tela del vestido se ajustara a los contornos de sus senos, y Clara desvió la mirada por un segundo, solo para darse cuenta de que Sofía la observaba con una intensidad que la dejaba sin aliento. — ¿Por qué no debería? Sofía inclinó la cabeza, como si considerara la pregunta. Luego, con un gesto casi imperceptible, extendió la mano. No para tocar a Clara, no todavía. Solo para señalar el espacio entre ellas, como si dijera: *mira qué fácil es*. — Porque has pasado toda la noche fingiendo que no me veías — respondió, los ojos oscuros brillando bajo la luz amarillenta. — Y ahora estás aquí, en la oscuridad, conmigo. Clara tragó saliva. La máscara que llevaba puesta de repente pareció pesada, como si estuviera hecha de plomo, no de encaje y strass. Llevó la mano al rostro, vacilante, pero Sofía negó con la cabeza. — No. Déjala. — ¿Por qué? — Porque así puedo verte. La forma en que dijo *verte* hizo sentir a Clara como si Sofía estuviera hablando de algo más profundo que solo su rostro. Como si, detrás de la máscara, hubiera algo que ella quisiera descubrir, capa por capa. El silencio se extendió entre ellas, lleno solo por el crepitar lejano de la música de la fiesta, un sonido amortiguado que parecía venir de otro universo. Entonces, Sofía sonrió. Una sonrisa lenta, peligrosa, que hizo recordar a Clara cómo era ser joven e impulsiva, antes de que el mundo le enseñara a medir cada palabra, cada gesto. — Eres abogada, ¿verdad? Clara parpadeó, sorprendida por el cambio de tema. — Sí. — Entonces debes ser buena argumentando. — Depende del caso. — ¿Y si el caso fueras *tú*? — Sofía dio un paso adelante, reduciendo la distancia entre ellas a menos de un metro. — Si yo dijera que quiero demostrar que te estás mintiendo a ti misma sobre lo que sientes ahora, ¿qué responderías? Clara sintió el calor subir por su cuerpo, quemándole las mejillas. Sabía exactamente de qué hablaba Sofía—de la electricidad que recorría su piel desde el momento en que sus miradas se encontraron en el salón, de cómo su cuerpo reaccionaba a la presencia de la otra mujer como si reconociera algo dormido desde hacía mucho tiempo. — Diría que eres presuntuosa. Sofía rio, un sonido grave y melodioso que hizo estremecer a Clara. — ¿Presuntuosa? — Dio otro paso, y ahora Clara podía sentir el calor del cuerpo de Sofía, su aliento cálido contra su rostro. — ¿O solo observadora? — Las dos cosas. — Hum. — Sofía se inclinó levemente, como si fuera a compartir un secreto. — Entonces dime, Clara… ¿cuándo fue la última vez que alguien te tocó así? No esperó respuesta. Con la punta de los dedos, trazó una línea lenta por el brazo de Clara, desde la muñeca hasta el codo, un contacto tan ligero que podría confundirse con un accidente. Pero no lo era. Clara sintió cómo cada nervio de su cuerpo se encendía, como si ese simple contacto hubiera despertado algo que llevaba años reprimiendo. — Yo… no me acuerdo — admitió, la voz más ronca de lo que pretendía. — Mentira — murmuró Sofía, los labios casi rozando la oreja de Clara. — Te acuerdas. Solo no quieres admitirlo. Clara cerró los ojos por un segundo, intentando recomponerse. Cuando los abrió de nuevo, Sofía estaba más cerca, los cuerpos casi tocándose. El perfume de Sofía ahora envolvía a Clara por completo, una mezcla embriagadora de especias y algo dulce, como miel derramada sobre piel caliente. — ¿Y tú? — preguntó Clara, intentando recuperar el control. — ¿Cuándo fue la última vez que *tú* tocaste a alguien así? Sofía no respondió de inmediato. En cambio, llevó la mano al rostro de Clara, los dedos deslizándose por la mandíbula, por el cuello, hasta detenerse en el cuello del vestido. El contacto era suave, casi reverente, pero había una firmeza en él, como si Sofía estuviera probando hasta dónde podía llegar antes de que Clara retrocediera. — Hoy — dijo, finalmente. — Ahora. Clara contuvo la respiración. El pulgar de Sofía rozó el punto donde su pulso latía acelerado, y supo que la otra mujer podía sentir el ritmo descompasado, la prueba de que su cuerpo no estaba tan bajo control como su mente hubiera querido. — ¿Siempre eres así? — preguntó, intentando sonar más segura de lo que se sentía. — ¿Así cómo? — Tan… directa. Sofía sonrió, los dientes blancos brillando en la penumbra. — Solo cuando vale la pena. El aire entre ellas parecía vibrar. Clara podía sentir el calor irradiando del cuerpo de Sofía, la forma en que sus propios pezones se endurecían bajo la tela fina del vestido, delatando el deseo que intentaba ocultar. Sabía que debería retroceder, que debería volver a la fiesta, a la seguridad de la multitud. Pero algo en ella—algo que había estado dormido durante mucho tiempo—se negaba a obedecer. — ¿Y yo valgo la pena? — preguntó, sorprendiéndose a sí misma con la audacia. Sofía no respondió con palabras. En cambio, se inclinó aún más, hasta que sus labios estuvieron a un hilo de distancia de los de Clara. El aliento cálido, ligeramente dulce, hizo cerrar los ojos a Clara por un instante, anticipando el beso. Pero Sofía no la besó. En cambio, retrocedió lo suficiente para que Clara pudiera ver el brillo en sus ojos, la promesa de algo que aún estaba por venir. — Vamos a descubrirlo — susurró. Y entonces, con un movimiento fluido, tomó la mano de Clara y la atrajo hacia sí, no hacia sus labios, sino hacia el pasillo oscuro que se extendía más allá, donde las sombras parecían susurrar invitaciones y la música de la fiesta era solo un eco lejano. Clara siguió, el corazón latiendo tan fuerte que estaba segura de que Sofía podía oírlo. Y quizá podía. El pasillo era estrecho, revestido de paneles de madera oscura que absorbían la luz de las arandelas, dejando solo un rastro dorado y trémulo para guiar sus pasos. Las sombras danzaban en las paredes de papel de seda, estirándose como dedos curiosos mientras Sofía guiaba a Clara entre puertas entreabiertas y pasajes que parecían hechos para amantes fugitivos. El olor a cera quemada se mezclaba con el perfume dulce de Sofía, un aroma a jazmín y algo más oscuro, como ámbar o piel caliente. Clara sentía el corazón latir tan fuerte que temía que se le escapara por la garganta, cada paso resonando al ritmo acelerado de una música que ya no venía de la fiesta, sino de dentro de ella. — Estás temblando — murmuró Sofía, deteniéndose de repente. Su voz era baja, casi un susurro, pero Clara sintió el impacto como si fuera un toque. — No estoy acostumbrada a… esto — admitió, sin saber si se refería al pasillo, a la mano que la guiaba, o al fuego lento que se encendía entre sus piernas. Sofía sonrió, un destello de dientes blancos en la penumbra. Se giró hacia ella, aún sosteniendo su mano, y con la otra trazó un camino lento por el brazo de Clara, subiendo hasta el hombro, el cuello, deteniéndose en la máscara. Los dedos rozaron el borde de encaje, como si probaran el límite de lo que podía ser removido. — Esto es un juego, Clara. Y las reglas son simples: puedes parar cuando quieras. Pero mientras estemos en él… — la voz bajó a un susurro, y Sofía se inclinó hasta que sus labios casi tocaron la oreja de Clara — …me dejarás mostrarte qué pasa cuando dejamos de fingir. Un escalofrío recorrió la espalda de Clara. Debería haberse alejado. Debería haber recordado que era una mujer de rutinas, de procesos, de decisiones calculadas. Pero allí, en ese pasillo que olía a secretos, todo en lo que podía pensar era en el peso de esa mano en la suya, en la forma en que Sofía la miraba como si ya conociera cada curva de su cuerpo. — ¿Y si no sé jugar? — preguntó, la voz quebrándose. Sofía rio, un sonido bajo y ronco que vibró en el pecho de Clara. — Ya estás jugando. Y entonces, sin aviso, la atrajo hacia adelante, cruzando una puerta estrecha que daba a un jardín interior. El contraste fue abrupto: de repente, estaban bajo un cielo estrellado, el aire fresco de la noche cargado con el perfume de los jazmines y la tierra húmeda. La música de la fiesta llegaba amortiguada, como si viniera de otro mundo. Allí, entre las sombras de los arbustos podados y las fuentes de piedra, el mundo parecía haberse encogido hasta caber solo en las dos. Sofía soltó su mano y caminó hasta el centro del jardín, donde un banco de mármol se escondía bajo una enredadera de flores blancas. Se giró, los ojos brillando bajo la luz de la luna, y extendió la mano de nuevo, invitando. — Siéntate. Clara obedeció, los tacones hundiéndose levemente en la hierba. El vestido, que antes le había parecido elegante, ahora parecía una armadura—demasiado pesado, demasiado ajustado. Sofía se acercó, despacio, como si tuviera todo el tiempo del mundo, y se detuvo frente a ella. Se inclinó, apoyando las manos en los brazos del banco, atrapando a Clara entre sus brazos sin tocarla. — Eres hermosa — dijo, la voz ronca. — Pero apuesto a que eres aún más hermosa sin esa máscara. Clara tragó saliva. Las palabras de Sofía eran una caricia, una provocación. Sabía que debería decir que no. Sabía que, una vez que comenzara, no habría vuelta atrás. Pero el deseo, ese monstruo dormido, ya se había despertado, y ahora rugía dentro de ella, hambriento. — ¿Y si no quiero quitármela? — desafió, sorprendiéndose a sí misma. Sofía sonrió, los labios curvándose en una sonrisa lenta y peligrosa. — Entonces tendré que convencerte. Antes de que Clara pudiera responder, Sofía tomó su mentón con una mano, inclinando su rostro hacia arriba. Los labios se encontraron en un beso suave, casi vacilante, como si Sofía le estuviera dando una última oportunidad para retroceder. Pero Clara no retrocedió. En cambio, entreabrió los labios, dejando que la lengua de Sofía se deslizara dentro, cálida y húmeda, explorándola con una lentitud torturante. El gemido que escapó de su garganta fue involuntario. Sofía lo absorbió, profundizando el beso, las manos deslizándose ahora hacia los hombros de Clara, atrayéndola más cerca. El cuerpo de Clara reaccionó por instinto, arqueándose contra el de Sofía, las manos encontrando la cintura de esta, sintiendo la curva de sus caderas bajo la tela fina del vestido. — Te gusta esto — murmuró Sofía contra sus labios, la voz cargada de satisfacción. — Lo sabía. Clara no respondió. No podía. Estaba demasiado ocupada intentando respirar, intentando procesar la forma en que Sofía la besaba—como si quisiera devorarla, pero al mismo tiempo saborearla lentamente, como si cada toque fuera una promesa. Sofía retrocedió lo suficiente para mirarla a los ojos, los dedos aún sosteniendo su mentón. — Ahora — dijo, la voz firme —, quítate la máscara. Esta vez, Clara no dudó. Levantó las manos temblorosas y desató los lazos de seda, dejando que la máscara cayera en su regazo. El aire fresco de la noche tocó su rostro, y se sintió expuesta, vulnerable. Pero la mirada de Sofía, oscura y hambrienta, la hizo sentirse también poderosa. — Perfecta — susurró Sofía, y entonces sus labios volvieron, más urgentes ahora, como si ya no pudiera esperar. Las manos de Sofía descendieron por el cuello de Clara, por los hombros, hasta encontrar la cremallera del vestido en su espalda. Con un movimiento lento, la bajó, el sonido de la tela abriéndose resonando en el silencio del jardín. Clara tembló cuando el vestido se deslizó de sus hombros, revelando la piel desnuda, el sujetador de encaje negro que apenas contenía sus senos. Sofía no dijo nada. Solo observó, los ojos recorriendo cada centímetro de Clara como si estuviera memorizándola. Luego, con un movimiento fluido, se quitó su propia máscara, dejándola caer al suelo. Su rostro estaba iluminado por la luna, los labios entreabiertos, la respiración acelerada. — Ahora solo estamos nosotras dos — dijo, la voz ronca. Y entonces, sin aviso, empujó a Clara de vuelta contra el banco, cubriendo su cuerpo con el suyo. Los senos de Clara presionaron contra los de Sofía, los pezones endureciéndose bajo el encaje, y jadeó cuando sintió el muslo de Sofía encajarse entre sus piernas, presionando exactamente donde más lo necesitaba. — Sofía… — gimió, el nombre escapando como una súplica. Sofía sonrió, los labios rozando el cuello de Clara, los dientes mordisqueando levemente la piel sensible. — Shhh — susurró. — Déjame mostrarte lo bueno que es perder el control. Y entonces sus manos estuvieron por todas partes—deslizándose por el cuerpo de Clara, apretando sus senos, bajando el encaje del sujetador hasta que los pezones quedaron expuestos al aire frío de la noche. Clara se arqueó, un gemido escapando de sus labios cuando Sofía bajó la cabeza y tomó uno de ellos en su boca, la lengua cálida y húmeda rodeando la punta sensible. El placer era casi insoportable. Clara enredó los dedos en el cabello de Sofía, atrayéndola más cerca, mientras la otra mano descendía por su muslo, levantando el vestido hasta que sus dedos encontraron la piel desnuda. Sofía gimió contra su seno cuando Clara tocó su ropa interior, sintiendo la humedad que ya la empapaba. — Estás mojada — murmuró Clara, sorprendida por su propia audacia. Sofía rio, un sonido bajo y ronco. — Por ti. Y entonces, sin aviso, se levantó, atrayendo a Clara consigo. El vestido de Clara cayó al suelo, dejándola solo con el sujetador y las bragas, mientras Sofía la guiaba hacia una fuente de piedra cercana, donde el agua caía en un hilo plateado bajo la luz de la luna. — Date la vuelta — ordenó Sofía, la voz firme. Clara obedeció, dándose la vuelta de espaldas a ella. Sintió las manos de Sofía en sus caderas, atrayéndola hacia atrás hasta que su trasero presionó contra la pelvis de Sofía. Luego, Sofía deslizó las manos hacia adelante, desabrochando el sujetador de Clara con un movimiento rápido, dejándolo caer al suelo. — Mírate — susurró Sofía, los labios rozando la oreja de Clara. — Tan hermosa, tan lista. Clara cerró los ojos, sintiendo el cuerpo de Sofía contra el suyo, las manos deslizándose por su vientre, bajando hasta el borde de sus bragas. Sofía no se las quitó. En cambio, deslizó los dedos por debajo de la tela, encontrando el punto más sensible de Clara con una precisión que la hizo gemir en voz alta. — Por favor — suplicó Clara, las piernas temblando. Sofía no respondió. Solo aumentó el ritmo, los dedos deslizándose dentro de ella con una lentitud torturante, mientras la otra mano apretaba su seno, el pulgar rodeando el pezón endurecido. Clara nunca se había sentido así—como si se estuviera deshaciendo, como si cada toque de Sofía la acercara más a algo que no sabía nombrar. Gimió, arqueándose contra ella, las uñas clavándose en los brazos de Sofía mientras el placer crecía, crecía, hasta que estalló en olas cálidas e intensas, dejándola sin aliento. Sofía la sostuvo mientras temblaba, los labios besando su hombro, su cuello, su oreja. — Esto fue solo el comienzo — susurró. Clara se giró, los ojos oscuros de deseo, y atrajo a Sofía hacia un beso hambriento, las manos deslizándose por su cuerpo, ansiosas por devolverle el placer. Pero antes de que pudiera ir más lejos, Sofía tomó sus muñecas, sonriendo. — Todavía no. Y entonces, con un movimiento rápido, tomó la mano de Clara y la atrajo de vuelta al pasillo, donde las sombras parecían susurrar secretos y la música de la fiesta era solo un eco lejano. — Hay un lugar más que quiero mostrarte — dijo Sofía, los ojos brillando con promesas. Clara no sabía qué la esperaba. Pero, por primera vez en su vida, no le importaba. El pasillo era estrecho, revestido de paneles de madera oscura que absorbían la luz de las velas, dejando solo un rastro dorado y trémulo para guiar sus pasos. Las sombras danzaban en las paredes de papel de seda, estirándose como dedos curiosos mientras Sofía guiaba a Clara entre puertas entreabiertas y pasajes que parecían hechos para amantes fugitivos. El olor a cera quemada se mezclaba con el perfume dulce de Sofía, un aroma a jazmín y algo más oscuro, como ámbar o piel caliente. Clara sentía el corazón latir tan fuerte que temía que se le escapara por la garganta, cada paso resonando al ritmo acelerado de una música que ya no venía de la fiesta, sino de dentro de ella. — Aquí — murmuró Sofía, deteniéndose frente a una puerta de madera oscura, casi invisible en la penumbra. Con un empujón suave, reveló una habitación que parecía suspendida en el tiempo: paredes forradas de terciopelo rojo oscuro, un diván bajo cubierto de cojines bordados, una mesa de mármol con botellas de cristal y copas medio llenas. En el centro, una cama con dosel y cortinas de seda negra, entreabiertas como una invitación. La música de la fiesta llegaba amortiguada, un murmullo lejano de violines y risas, como si el mundo exterior hubiera dejado de existir. Clara dudó por un segundo, los dedos rozando el picaporte frío. — ¿Cómo conoces este lugar? Sofía sonrió, una sonrisa lenta y peligrosa, y cerró la puerta tras ellas con un clic suave. — Esta mansión tiene más secretos de los que imaginas. — Se acercó, las manos deslizándose por la cintura de Clara, atrayéndola contra sí. — Y me gusta descubrirlos todos. El beso fue diferente a los anteriores. Ya no había provocación ni juegos de seducción calculados. Era hambre pura, los labios de Sofía devorando los de Clara con una urgencia que hacía temblar sus piernas. Las manos de Clara encontraron el camino hacia el cabello de Sofía, tirando levemente mientras sentía el cuerpo de esta arquearse contra el suyo. La máscara de Clara ya había caído en algún momento del jardín, pero la de Sofía aún estaba en su lugar, un detalle que, de repente, le pareció insoportable. Clara la arrancó con un movimiento brusco, revelando los ojos verdes oscuros, entrecerrados de deseo. — Quiero verte — susurró Clara, la voz ronca. — Toda. Sofía no respondió con palabras. En cambio, llevó las manos a la espalda de Clara y bajó la cremallera del vestido con una lentitud deliberada, los dedos rozando la piel expuesta como si memorizaran cada centímetro. La tela se deslizó por los hombros de Clara, acumulándose a sus pies en un charco de seda azul oscura. Debajo, llevaba solo una lencería fina de encaje negro, algo que había elegido sin pensar esa mañana, como si una parte de ella ya supiera que esa noche sería diferente. Sofía retrocedió un paso, los ojos recorriendo el cuerpo de Clara con una intensidad que la hizo estremecer. — Eres hermosa — dijo, la voz baja, casi reverente. — Más de lo que imaginaba. Clara sintió que el rostro se le encendía, pero no apartó la mirada. En cambio, extendió la mano y atrajo a Sofía hacia sí, desabotonando su blusa con dedos temblorosos. Cada botón revelaba más piel, más tinta—Sofía tenía un tatuaje que serpenteaba por el lado izquierdo de su cuerpo, una vid de flores y espinas que desaparecía bajo la falda. Clara siguió el diseño con los dedos, maravillada, hasta que Sofía capturó su mano y la llevó a sus labios, besando la palma. — Acuéstate — ordenó, la voz un susurro ronco. Clara obedeció, recostándose en los cojines del diván. Sofía se arrodilló frente a ella, las manos deslizándose por los muslos de Clara, empujándolos para abrir espacio. El primer contacto fue ligero, solo las puntas de los dedos trazando círculos perezosos en la parte interna de sus piernas, subiendo hasta el encaje de sus bragas. Clara se arqueó, un gemido escapando de sus labios cuando Sofía finalmente presionó la palma de su mano contra ella, sintiendo el calor incluso a través de la tela. — Estás mojada — murmuró Sofía, los labios rozando la oreja de Clara. — Tan mojada por mí. Clara no pudo responder. Las palabras murieron en su garganta cuando Sofía apartó el encaje y deslizó un dedo dentro de ella, lentamente, como si saboreara cada centímetro. El placer fue inmediato, una ola que la hizo agarrarse a los brazos de Sofía, las uñas clavándose en su piel. Sofía no pareció importarle. De hecho, gimió cuando Clara se apretó alrededor de su dedo, las caderas moviéndose en un ritmo instintivo. — Así — animó Sofía, añadiendo un segundo dedo. — Déjame sentirte. Clara cerró los ojos, perdida en la sensación. La música de la fiesta aún resonaba de fondo, pero ahora parecía formar parte del ritmo de sus cuerpos, cada nota mezclándose con los sonidos que escapaban de sus labios. Sofía se inclinó hacia adelante, reemplazando los dedos con su boca, la lengua explorándola con una precisión que hizo gritar a Clara. Intentó contenerse, pero Sofía sujetó sus caderas con fuerza, manteniéndola en su lugar. — No te contengas — susurró contra su piel. — Quiero oírte. Y Clara se escuchó. Escuchó los gemidos, los suspiros, las palabras inconexas que escapaban de sus labios mientras Sofía la llevaba cada vez más alto. El placer creció en espiral, apretándose en su vientre hasta que ya no pudo soportarlo más. Cuando llegó, fue con un grito ahogado contra el hombro de Sofía, el cuerpo temblando mientras olas de éxtasis la atravesaban. Sofía no se detuvo. Incluso cuando Clara intentó empujarla, demasiado débil para continuar, la mantuvo en su lugar, besándola con una ternura que contrastaba con la urgencia de antes. — Dije que esto era solo el comienzo — murmuró, los labios rozando los de Clara. Clara apenas podía respirar, pero logró sonreír. — Entonces muéstrame el resto. Sofía no necesitó más incentivo. Se levantó y se desnudó por completo, dejando caer la falda al suelo y revelando el resto del tatuaje, que serpenteaba hasta la cadera y desaparecía entre sus piernas. Clara la observó, fascinada, mientras Sofía se acercaba a la cama y corría las cortinas de seda, creando un capullo oscuro e íntimo. Luego, extendió la mano hacia Clara. — Ven. Clara se levantó, temblorosa, y dejó que Sofía la guiara hacia la cama. El colchón era suave, las sábanas frescas contra su piel caliente. Sofía se acostó a su lado, los cuerpos encajando como si hubieran sido hechos el uno para el otro. Las manos de Clara exploraron a Sofía con una curiosidad nueva, aprendiendo los contornos de su cuerpo, la suavidad de su piel, los puntos que la hacían gemir. Cuando encontró el centro de Sofía, ya húmedo y palpitante, no dudó. Deslizó los dedos dentro de ella con la misma lentitud que Sofía había usado antes, observando cómo los ojos verdes se oscurecían de placer. — Clara — susurró Sofía, su nombre sonando como una plegaria. Se movieron juntas, los cuerpos sincronizados en un ritmo que parecía natural, como si siempre hubieran sabido cómo tocarse. La música de la fiesta aún estaba allí, un recordatorio lejano de que el mundo exterior existía, pero en ese momento, nada más importaba. Solo estaba el calor, el sudor, los sonidos ahogados de placer, las manos que no podían dejar de tocarse. Cuando Sofía llegó al clímax, fue con un grito que Clara ahogó con un beso, tragándose el sonido mientras sentía el cuerpo de Sofía temblar bajo sus manos. Permanecieron así, entrelazadas, los corazones latiendo al mismo ritmo acelerado, hasta que la respiración de ambas comenzó a calmarse. Sofía se giró hacia Clara, los ojos aún brillantes. — ¿Todavía quieres ver qué más esconde esta mansión? Clara sonrió, atrayéndola más cerca. — Muéstramelo todo. Lo primero que sintió Clara fue el peso cálido de un brazo sobre su cintura, la piel suave de Sofía pegada a la suya como si hubieran sido moldeadas para encajar. La habitación aún estaba sumida en una penumbra azulada, la luz de la mañana filtrándose por las cortinas de seda como agua a través de un velo. El aire olía a sexo y a algo más dulce—el perfume de Sofía, quizá, o solo el aroma de su cuerpo después de una noche de placer. Clara respiró hondo, sintiendo el pecho subir y bajar contra la espalda desnuda de la otra, y por un momento, se quedó allí, inmóvil, absorbiendo la sensación. No era solo el cansancio lo que la mantenía atrapada en ese instante. Era algo más profundo, una especie de reconocimiento silencioso. Como si, durante la noche, algo dentro de ella se hubiera desplegado, revelando capas que ni siquiera sabía que existían. Clara cerró los ojos y recordó la forma en que Sofía la había tocado—no solo con las manos, sino con los ojos, con la voz, con esa sonrisa lenta y peligrosa que parecía prometer secretos. Y ella, que siempre había sido tan cuidadosa, tan contenida, se había entregado sin reservas. — Estás despierta — la voz de Sofía murmuró contra su hombro, ronca por el sueño y por horas de gemidos ahogados. Los labios de Sofía rozaron la piel de Clara, un beso ligero que le provocó un escalofrío en la espalda. — ¿Cómo lo sabes? — preguntó Clara, girándose lentamente para mirarla. El rostro de Sofía estaba parcialmente oculto por el cabello oscuro, pero sus ojos verdes brillaban, alertas, como si ya la estuvieran esperando. — Porque tu respiración cambió — respondió Sofía, pasando los dedos por el contorno de la cadera de Clara, trazando círculos perezosos. — Y porque estás pensando demasiado. Clara rio bajito, sorprendida por la facilidad con que Sofía la leía. — Es difícil no pensar después de… todo esto. — ¿Todo esto? — Sofía arqueó una ceja, una sonrisa jugando en sus labios. — Lo dices como si fuera algo simple. Como si no hubiéramos pasado la noche descubriendo exactamente cómo hacernos perder el control. El calor subió por el rostro de Clara, pero no apartó la mirada. En cambio, extendió la mano y tocó el rostro de Sofía, trazando la línea de su mandíbula, el contorno de sus labios. — No es eso. Es solo que… no lo esperaba. — ¿Qué? — Que fuera así. Que *yo* fuera así. Sofía guardó silencio por un momento, los dedos deteniéndose sobre la piel de Clara. Luego, con un movimiento suave, se inclinó y la besó, un contacto lento y deliberado que hizo reaccionar el cuerpo de Clara antes de que su mente pudiera procesarlo. Cuando se apartó, los labios de Sofía estaban húmedos, los ojos más oscuros. — Tú siempre fuiste así — dijo, la voz baja. — Solo necesitabas a alguien que te lo mostrara. Clara sintió un nudo en la garganta. No era solo deseo—era algo más peligroso, más profundo. Algo que la asustaba y la fascinaba en igual medida. Extendió la mano y tocó el rostro de Sofía, trazando la línea de su mandíbula, el contorno de sus labios. — ¿Y ahora? — Ahora — Sofía capturó los dedos de Clara entre los suyos y besó las puntas, una por una — ya no tienes excusas para fingir que no sabes. El sol ya estaba más alto cuando por fin se levantaron, los cuerpos aún perezosos, los movimientos lentos como si estuvieran nadando en miel. Sofía se puso una bata de seda que encontró tirada sobre una silla—probablemente dejada allí por algún invitado de la fiesta—y Clara la observó, fascinada, mientras la tela se deslizaba sobre su piel, delineando las curvas que ahora conocía tan íntimamente. Por un momento, sintió una punzada de celos irracionales, como si esa bata perteneciera a otra persona, a otra vida. — ¿Qué pasa? — preguntó Sofía, notando su mirada. — Nada — murmuró Clara, poniéndose su propio vestido, ahora arrugado y ligeramente perfumado con el aroma de Sofía. — Solo pienso en lo diferente que parece todo a la luz del día. — ¿Diferente cómo? — Menos… prohibido. — Ah. — Sofía sonrió, una sonrisa lenta y satisfecha. — Entonces admites que fue prohibido. Clara no pudo evitar reír. — Sabes a qué me refiero. — Lo sé. — Sofía se inclinó y la besó de nuevo, esta vez más despacio, como si tuviera todo el tiempo del mundo. — Pero me gusta escucharte decirlo. Bajaron las escaleras de la mansión juntas, los pasos resonando en el mármol frío. La fiesta ya había terminado, los últimos invitados se marchaban o dormían en rincones esparcidos por la casa. El salón principal estaba vacío, excepto por algunas botellas vacías y máscaras abandonadas, como si los invitados hubieran dejado atrás no solo objetos, sino pedazos de sí mismos. Clara se detuvo frente a una de ellas—una máscara dorada, elegante, muy parecida a la que ella había usado la noche anterior. — ¿Te la vas a llevar? — preguntó Sofía, observándola. — No — respondió Clara, dejándola donde estaba. — Ya no la necesito. Sofía sonrió y tomó su mano, entrelazando los dedos con los suyos. — Bien. Salieron al jardín, donde el aire de la mañana estaba fresco y cargado con el perfume de las flores. El sol brillaba sobre las hojas, creando patrones de luz y sombra en el suelo, y por un momento, Clara se sintió como si estuviera emergiendo de un sueño. Pero entonces Sofía apretó su mano, y la sensación de realidad volvió—más vívida, más intensa que cualquier cosa que hubiera experimentado antes. — ¿Qué vas a hacer ahora? — preguntó Clara, girándose hacia ella. — Después de que termine la fiesta, quiero decir. Sofía inclinó la cabeza, considerando. — Depende. — ¿De qué? — De ti. Clara sintió que el corazón le latía más rápido. — ¿De mí? — Sí. — Sofía dio un paso adelante, hasta que sus cuerpos casi se tocaron. — Porque no quiero que esto sea solo una noche. Quiero más. Las palabras flotaron en el aire entre ellas, cargadas de promesas no dichas. Clara miró a Sofía—a los ojos verdes que la habían observado con tanta intensidad desde el primer momento, a los labios que la habían besado como si fuera algo raro y precioso. Y entonces, sin decir nada, se acercó y la besó, un beso suave, pero lleno de todo lo que no podía expresar con palabras. Cuando se separaron, Sofía sonrió. — ¿Eso es un sí? — Es un «veremos». Sofía rio, un sonido bajo y delicioso. — Me gustan los desafíos. — Ya me di cuenta. Caminaron juntas hasta la verja de la mansión, donde un coche las esperaba. Sofía abrió la puerta para Clara, pero antes de que entrara, tomó su rostro entre las manos y la besó una última vez—un beso lento, profundo, que hizo olvidar a Clara, por un instante, que el mundo exterior existía. — Llámame — murmuró Sofía contra sus labios. — Lo haré. — ¿Prometes? Clara sonrió. — Prometo. Y entonces entró en el coche, sintiendo el peso de la mirada de Sofía sobre ella hasta que el vehículo se alejó. Cuando miró por el retrovisor, vio a Sofía aún parada allí, una silueta contra la luz de la mañana, y supo, con una certeza que no podía explicar, que aquella no sería la última vez. En el camino a casa, Clara pasó los dedos por sus labios, aún sintiendo el sabor de Sofía. El sol ya estaba alto en el cielo, y la ciudad comenzaba a despertar, pero dentro de ella, algo permanecía—una llama que no se apagaría fácilmente. Sonrió para sí misma, cerrando los ojos por un momento. Sí, llamaría. Y entonces, sin máscaras ni secretos, descubrirían juntas qué más había por revelar.

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