Toque Entre las Páginas

Por Tonkix
Toque Entre las Páginas
**La luz de la mañana** entraba tímida por la ventana del cuarto, filtrada por las cortinas finas que Clara había colgado el primer día en la residencia. El espacio era pequeño, pero acogedor: dos camas individuales pegadas a paredes opuestas, un escritorio abarrotado de libros y cuadernos, y un armario estrecho que apenas contenía la ropa de ambas. El aroma del café recién hecho se mezclaba con la fragancia dulce del champú de coco que emanaba del cabello de Lara, aún húmedo por la ducha matutina. Ella estaba sentada en el borde de la cama, envolviendo una toalla alrededor de su cuerpo, mientras Clara, acostada boca abajo, hojeaba distraídamente un libro de anatomía. —¿Vas a la clase de bioquímica hoy? —preguntó Lara, pasando los dedos por sus mechones oscuros y lisos. Clara levantó la vista, encontrando el reflejo de Lara en el espejo del tocador. Su compañera de cuarto tenía una manera de moverse que siempre llamaba su atención: gestos fluidos, casi perezosos, como si cada movimiento estuviera calculado para atraer miradas. No es que a Clara le importara. De hecho, en los últimos meses, desde que se habían conocido a principios del semestre, había notado que sus propias miradas se detenían más de lo debido. —Iré —respondió, cerrando el libro de golpe—. ¿Y tú? —Solo por la tarde. Me quedaré aquí estudiando un poco. —Lara sonrió, arrojando la toalla sobre la silla y poniéndose una camiseta holgada que apenas cubría sus muslos—. A menos que quieras compañía. Clara sintió el calor subir por su cuello. No era la primera vez que Lara hacía comentarios así, siempre con ese tono de broma que dejaba en el aire la duda: *¿era solo una broma o había algo más?* Mordió su labio, tratando de ignorar el hormigueo en la punta de los dedos. Desde que se había mudado a la residencia, lejos de los ojos vigilantes de sus padres, Clara se había permitido explorar pensamientos que antes encerraba en el fondo de su mente. Y Lara, con sus sonrisas provocativas y su manera de desperezarse en la cama de al lado, no facilitaba las cosas. Aquella noche, el cuarto estaba más caliente de lo normal. El ventilador de techo giraba perezosamente, esparciendo el aire sofocante sin mucho efecto. Clara estaba acostada de lado, fingiendo leer, mientras Lara, sentada en el suelo con las piernas cruzadas, veía una película en la laptop. La trama era banal —una comedia romántica cualquiera—, pero Clara no podía concentrarse. Sus ojos se desviaban constantemente hacia la espalda desnuda de Lara, expuesta por la camiseta sin mangas que llevaba puesta. La piel bronceada brillaba levemente bajo la luz azulada de la pantalla, y Clara se encontró imaginando cómo sería pasar los dedos por allí, sentir el calor de esa piel contra la suya. —¿Estás prestando atención? —preguntó Lara de repente, volviéndose hacia ella con una sonrisa pícara. —¿Qué? —Clara parpadeó, sintiendo el rostro arder. —A la película. Tienes cara de estar en otro planeta. —Perdón, yo… estaba pensando en el examen de mañana. Lara alzó una ceja, claramente sin creerle. —Ya. —Se levantó con un movimiento grácil y se sentó en el borde de la cama de Clara—. ¿O será que estás pensando en otra cosa? Clara tragó saliva. El colchón se hundió levemente bajo el peso de Lara, y el aroma dulce de su perfume —algo floral, con un toque de vainilla— invadió sus fosnasales. Podía sentir el calor del cuerpo de la otra chica, tan cerca que bastaría un pequeño movimiento para que sus rodillas se tocaran. —¿Como qué? —logró decir, intentando sonar casual. Lara inclinó la cabeza, los labios curvándose en una sonrisa lenta. —No sé. Tal vez en cómo sería besar a alguien que no puedes sacarte de la cabeza. El corazón de Clara se aceleró. Sabía que Lara estaba bromeando, pero había algo en su tono de voz, algo más serio, que la hizo contener la respiración. Antes de que pudiera responder, Lara se acercó aún más, hasta que sus rostros estuvieron a centímetros de distancia. Clara podía ver las pequeñas pecas esparcidas por la nariz de Lara, las iris marrones salpicadas de dorado, los labios entreabiertos, húmedos. —¿Has besado alguna vez a una chica, Clara? —susurró Lara, la voz ronca. Clara negó con la cabeza lentamente, sin poder apartar los ojos de la boca de Lara. Sentía el cuerpo entero hormiguear, como si cada terminación nerviosa estuviera a flor de piel. —Entonces tal vez sea hora de descubrirlo. Lara cerró la distancia entre ellas, y sus labios se encontraron en un beso suave, vacilante. Clara sintió el sabor a menta del chicle que Lara había masticado antes, mezclado con el calor húmedo de su boca. Era diferente a besar a un chico —más delicado, más lento, como si Lara estuviera saboreando cada segundo. Las manos de Clara, antes apoyadas en el colchón, se movieron por cuenta propia, encontrando la cintura de Lara y acercándola más. Lara gimió suavemente contra su boca, y el sonido hizo estremecer a Clara. Nunca había sentido algo así —ese fuego lento extendiéndose por su cuerpo, esa necesidad urgente de más, de todo. Lara profundizó el beso, la lengua deslizándose entre los labios de Clara, explorando con una lentitud torturante. Una de las manos de Lara subió, enredándose en el cabello de Clara, mientras la otra se deslizaba por su muslo, atrayéndola para que se sentara. Clara obedeció sin pensar, las piernas abriéndose instintivamente para acomodar a Lara entre ellas. La tela fina de su short de dormir no hacía nada para ocultar el calor que se acumulaba allí, y cuando Lara presionó su cadera contra la de ella, Clara arqueó la espalda con un suspiro tembloroso. —¿Te gustó? —murmuró Lara contra sus labios, los dedos trazando círculos lentos en la nuca de Clara. —Sí —logró decir Clara, la voz quebrada. Lara sonrió, los dientes mordisqueando levemente el labio inferior de Clara antes de descender con besos por su mentón, por su cuello, hasta encontrar la clavícula. Clara inclinó la cabeza hacia atrás, dándole más acceso, mientras las manos de Lara se deslizaban por debajo de su camiseta, subiendo por sus costillas. Los dedos eran cálidos, ásperos en algunos puntos, y cuando encontraron los pechos de Clara, ella soltó un gemido fuerte, sorprendida por la intensidad de la sensación. —Shhh —rió Lara en voz baja, los labios rozando la oreja de Clara—. Toda la residencia va a escuchar. Clara mordió su labio, intentando contener los sonidos que insistían en escapar. Lara, sin embargo, no parecía importarle. Su boca continuó explorando, descendiendo por el valle entre los pechos de Clara, mientras los pulgares trazaban círculos alrededor de sus pezones, ya duros y sensibles. Clara sintió las piernas temblar, el cuerpo entero respondiendo al toque de Lara como si estuviera sintonizado solo para ella. —Lara… —susurró, las uñas clavándose en los hombros de la otra chica. —¿Qué? —Lara levantó la vista, los labios brillantes. —Yo… yo nunca… Lara sonrió, una sonrisa lenta y llena de promesas. —Lo sé. —Se inclinó para besarla de nuevo, más despacio esta vez, como si tuviera todo el tiempo del mundo—. Déjame mostrarte cómo es. Las manos de Lara descendieron, deslizándose por el vientre de Clara, hasta encontrar el elástico de su short. Clara contuvo la respiración cuando los dedos de Lara lo bajaron, junto con la braguita, dejándola completamente expuesta. El aire fresco del cuarto contrastaba con el calor entre sus piernas, y sintió un rubor subir por su rostro. —Hermosa —murmuró Lara, los ojos oscuros recorriendo el cuerpo de Clara con una intensidad que la hizo estremecer—. Tan hermosa. Antes de que Clara pudiera responder, Lara se arrodilló entre sus piernas, los labios trazando un camino húmedo por la parte interna de sus muslos. Clara agarró las sábanas, los nudillos poniéndose blancos, mientras la expectativa crecía dentro de ella. Cuando la boca de Lara finalmente encontró su punto más sensible, arqueó la espalda con un grito ahogado, las piernas abriéndose aún más por instinto. Lara no tuvo prisa. Su lengua era cálida, húmeda, explorando cada pliegue con una lentitud agonizante. Clara sentía como si se estuviera derritiendo, como si cada toque la acercara más a algo que ni siquiera sabía nombrar. Los dedos de Lara se unieron al juego, deslizándose dentro de ella con una facilidad que la hizo gemir en voz alta, el sonido resonando en el pequeño cuarto. —Eso es —murmuró Lara, la voz vibrando contra la piel de Clara—. Eso es, déjame sentirte. Clara no podía pensar, no podía hacer nada más que sentir. El placer se enroscaba dentro de ella como un resorte, cada vez más tenso, hasta que estalló en olas cálidas que la hicieron temblar de pies a cabeza. Lara no se detuvo, prolongando el momento hasta que Clara quedó jadeante, los dedos aún enredados en su cabello. Cuando Lara finalmente se apartó, Clara estaba laxa, el cuerpo entero hormigueando. Miró a Lara, que estaba de rodillas entre sus piernas, los labios brillantes, los ojos oscuros de deseo. —¿Te gustó? —preguntó Lara, pasando el pulgar por su labio inferior. Clara asintió, sin palabras. Lara rio suavemente y se acostó a su lado, atrayéndola hacia un abrazo. Clara se acurrucó contra ella, sintiendo el corazón de Lara latir con fuerza contra el suyo. —Esto es solo el comienzo —susurró Lara, besando su sien. Clara cerró los ojos, sabiendo que, después de esa noche, nada volvería a ser igual. Y, por primera vez, no le tenía miedo a eso.

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