Susurros en el Horario Laboral
Por Tonkix

**Susurros en el Horario Laboral**
El aire acondicionado de la oficina de *Nexus Consultoría* zumbaba como un enjambre de abejas perezosas, arrojando un frío artificial que apenas disimulaba el calor húmedo de São Paulo afuera. Las paredes de vidrio reflejaban el movimiento constante del piso 12: teléfonos sonando, teclados siendo martillados, risas ahogadas en los pasillos. Era uno de esos días en los que la rutina parecía una coreografía ensayada, todos sabiendo sus pasos de memoria, menos él.
Lucas Almeida entró al espacio abierto como si el lugar ya le perteneciera. Vestía una camisa social azul claro, las mangas dobladas hasta los codos, revelando antebrazos marcados por venas sutiles y una piel bronceada que delataba fines de semana en la playa. La tela se ajustaba a sus hombros anchos, y el primer botón abierto dejaba entrever un trozo de piel que, por alguna razón, hacía que Clara contuviera la respiración. Llevaba una carpeta de cuero bajo el brazo y una sonrisa fácil en los labios, de esas que desarman a cualquiera—menos a ella.
Clara Vasconcelos estaba sentada en su escritorio, los dedos ágiles sobre el teclado, tecleando un informe con la precisión de quien teme cometer errores. Los lentes de armazón fina se deslizaban por su nariz recto, y ella los empujaba de vuelta con un gesto automático, los labios apretados en una línea fina. Su cabello castaño, recogido en un moño bajo, parecía contener toda la tensión de su cuerpo—cada hebra en su lugar, ninguna fuera de orden. Usaba un blazer gris sobre una blusa de seda crema, y aunque estaba sentada, daba la impresión de estar siempre a punto de levantarse, como si el asiento estuviera hecho de agujas.
Lo vio antes de que él la viera.
Un destello por el rabillo del ojo: la manera en que saludaba a la recepcionista con un gesto desenfadado, como si conociera al mundo entero y el mundo entero lo conociera a él. La risa de Camila, la pasante, sonó más alta de lo necesario, y Clara apretó los labios. No era celos—nunca serían celos. Era solo... atención. Una atención no deseada, que la hacía desviar la mirada cada vez que él pasaba cerca, como si el simple contacto visual pudiera revelar algo que prefería mantener oculto.
—Clara, este es Lucas, nuestro nuevo diseñador gráfico —anunció Ricardo, el gerente, deteniéndose junto a su escritorio con ese tono de voz que reservaba para las buenas noticias—. Él va a ocupar el lugar de Marcos.
Ella levantó los ojos lentamente, como si el movimiento doliera. Lucas ya la observaba, sus ojos verdes claros fijos en ella con una intensidad que la hizo sentirse expuesta, como si pudiera ver más allá de la fachada profesional. Una sonrisa lenta se dibujó en su rostro, y Clara tuvo la impresión de que él sabía exactamente el efecto que causaba.
—Mucho gusto —dijo él, extendiendo la mano.
La de ella vaciló por un segundo antes de corresponder. La palma de Lucas estaba caliente, los dedos largos envolviendo los suyos con una firmeza que no era agresiva, pero tampoco tímida. Un apretón calculado. El tipo de apretón de manos que decía *yo sé lo que estoy haciendo*.
—Clara Vasconcelos —respondió ella, retirando la mano con un poco más de prisa de lo que pretendía.
—Clara —repitió él, como si probara el nombre en su lengua—. Te queda bien.
Ella no supo qué responder. Algo en la manera en que lo dijo—no como un cumplido, sino como una constatación—hizo que su estómago se contrajera. Ricardo ya se alejaba, llamando a Lucas para presentarlo al resto del equipo, pero él aún la miraba, como si esperara algo.
—Espero que nos llevemos bien —dijo él, por fin.
—Yo... —Clara carraspeó—. No suelo tener problemas con los colegas.
Lucas rio en voz baja, un sonido que vibró en el aire entre ellos.
—Eso no fue lo que pregunté.
Antes de que ella pudiera responder, él se dio la vuelta y siguió a Ricardo, dejando atrás solo el aroma de una colonia amaderada mezclada con algo más fresco, como limón y mar. Clara soltó el aire que ni siquiera había notado que estaba conteniendo y volvió los ojos a la pantalla de la computadora. Las palabras del informe danzaban ante ella, sin sentido.
Al otro lado de la oficina, Lucas se acomodó en su nuevo escritorio, arrojando la carpeta sobre el vidrio del escritorio. Observó a Clara por unos segundos, lo suficiente para notar cómo se ajustaba los lentes, cómo mordisqueaba el labio inferior cuando creía que nadie la miraba. Una sonrisa jugueteó en sus labios.
—Ella es interesante —comentó Ricardo, siguiendo la mirada de Lucas.
—Mucho —coincidió él, sin apartar los ojos de ella.
Clara sintió el peso de esa mirada como una caricia no deseada. Apretó los dedos sobre el ratón, forzándose a concentrarse. Pero, por primera vez en años, la hoja de cálculo frente a ella parecía menos importante que el hombre que la observaba desde el otro lado de la sala.
Y eso, más que cualquier otra cosa, la asustó.
La sala de reuniones olía a café recalentado y al perfume cítrico de Ana, la gerente de proyectos, que insistía en rociar su *Dior J’adore* como si el ambiente fuera una pasarela. Clara ajustó los lentes sobre su nariz, los dedos rozando el armazón frío mientras intentaba concentrarse en la presentación de PowerPoint que se arrastraba en la pantalla. Gráficos de ventas, proyecciones trimestrales, metas inalcanzables—todo pasaba frente a ella como un borrón de colores y números, menos importante que la presencia de Lucas a tres sillas de distancia.
Él estaba inclinado hacia adelante, los codos apoyados sobre la mesa de vidrio, los dedos largos tamborileando distraídamente sobre la superficie. La luz fluorescente se reflejaba en su reloj de pulsera, un *Seiko* plateado que brillaba cada vez que movía el brazo. Clara sabía esto porque, sin querer, contaba los segundos entre un movimiento y otro, como si el ritmo de ese golpeteo pudiera revelarle algo sobre él. Sobre *ellos*.
—Clara, ¿podrías pasar los informes del último trimestre? —La voz de Ana cortó el silencio, afilada como una hoja.
Ella parpadeó, saliendo del trance. La carpeta con los documentos estaba en el centro de la mesa, junto al vaso de agua de Lucas. Él también extendió la mano, los dedos casi tocando los suyos cuando ambos se inclinaron para tomarla. Un segundo. Un único segundo de vacilación, de piel contra piel, de uñas rozando levemente la articulación de su dedo medio.
Fue como si una corriente eléctrica hubiera recorrido su brazo, subiendo por el hombro, bajando por la columna. Clara retiró la mano bruscamente, como si hubiera sido quemada, y el movimiento hizo que la carpeta se deslizara entre los dedos de Lucas. Los papeles se esparcieron por el suelo, hojas blancas con gráficos azules y rojos desparramándose como confeti.
—Mierda —murmuró él, más para sí mismo que para ella, mientras se agachaba para recogerlos.
Clara hizo lo mismo, las rodillas chocando contra las de él bajo la mesa. Esta vez, el contacto fue más largo, más deliberado—muslo contra muslo, la tela de su pantalón rozando sus medias finas. Sintió el calor de su piel incluso a través de las capas de ropa, y un escalofrío le recorrió la nuca, erizando los vellos de sus brazos.
—Perdón —susurró, pero la palabra salió más como un suspiro, casi inaudible.
Lucas levantó los ojos, encontrando los de ella por una fracción de segundo antes de que ambos se apresuraran a desviar la mirada. Él tenía pestañas absurdamente largas, notó, oscuras como tinta, contrastando con el verde claro de sus iris. Y en ese instante, mientras sostenía uno de los papeles entre los dedos, sonrió—no una sonrisa de burla o de mofa, sino algo más suave, casi cómplice.
—No fue nada —dijo, la voz baja, ronca—. La culpa fue mía.
Ana carraspeó, impaciente, y Clara se apresuró a recoger los últimos papeles, evitando tocarlo nuevamente. Pero el daño ya estaba hecho. El calor de su muslo aún ardía en el suyo, el recuerdo del roce de sus dedos aún hormigueaba en la piel.
La reunión continuó, pero Clara no escuchó nada más. Cada vez que Lucas cruzaba las piernas, el sonido de la tela de su pantalón rozando contra sí mismo era como un susurro en su oído. Cada vez que llevaba el bolígrafo a la boca para morder la tapa, ella imaginaba cómo sería sentir esos dientes en otro lugar. Y cuando, sin querer, sus miradas se encontraban por encima de la mesa, era como si el aire entre ellos se volviera más denso, cargado de algo que ninguno de los dos se atrevía a nombrar.
Al final, cuando todos comenzaron a levantarse, Lucas se acercó a ella bajo el pretexto de recuperar la carpeta.
—¿Estás bien? —preguntó, la voz tan baja que solo ella podía escuchar.
Clara asintió, pero las palabras murieron en su garganta cuando él rozó el dorso de su mano contra la de ella, un gesto casi imperceptible, pero deliberado. Un recordatorio.
—Yo también —murmuró, antes de alejarse.
Ella se quedó parada, observándolo salir de la sala, el aroma de su colonia—amaderado, con un toque de limón—aún flotando en el aire. Y cuando finalmente logró moverse, fue con la sensación de que algo había cambiado. Algo pequeño, casi insignificante, pero que ahora la perseguía como una sombra.
En el baño, más tarde, se miró al espejo. Las mejillas estaban ligeramente sonrojadas, los labios entreabiertos, como si estuviera a punto de decir algo. O de ser besada.
Y por primera vez en mucho tiempo, Clara no se reconoció.
Clara pasó los dedos sobre la superficie lisa del escritorio, como si pudiera borrar las marcas invisibles que el día había dejado allí. La oficina ya estaba casi vacía, las luces de los pisos superiores parpadeando a intervalos perezosos, como estrellas demasiado lejanas para iluminar de verdad. Le gustaban esos momentos—el silencio espeso, la sensación de que el mundo allá afuera había parado para respirar. Era cuando lograba pensar sin el ruido constante de las voces, de los teléfonos, de los tacones golpeando el piso de mármol.
Fue entonces cuando lo vio.
Un trozo de papel doblado por la mitad, equilibrado precariamente sobre el teclado. No era un post-it común, de esos amarillos y cuadrados que al equipo de marketing le encantaba esparcir como confeti. Este era diferente: papel de carta, tal vez, o un recorte de algo más antiguo, con los bordes ligeramente desgastados, como si hubiera sido manoseado muchas veces antes de llegar allí. Clara frunció el ceño. No había nadie cerca—ni siquiera la sombra de un colega pasando apresurado hacia los ascensores.
Con un movimiento lento, casi ritualístico, desdobló el papel.
*"Tu cuello es el tipo de curva que hace olvidar a un hombre su propio nombre."*
Las palabras estaban escritas a mano, con tinta negra, en una caligrafía cuidadosa, inclinada hacia la derecha como si quien las trazara estuviera apurado, pero no quisiera equivocarse. Clara sintió que el aire se le atascaba en los pulmones. No era un cumplido cualquiera—era íntimo, casi invasivo, como si quien lo hubiera escrito la hubiera observado el tiempo suficiente para saber exactamente qué la haría sonrojar. Y se sonrojó. El calor subió por su cuello, extendiéndose por las mejillas, quemando como si alguien hubiera soplado brasas contra su piel.
Miró a su alrededor, de repente consciente de cada sonido: el zumbido del aire acondicionado, el clic distante de un mouse, el crujido de una silla girando en el piso de arriba. Nadie. Ningún par de ojos curiosos, ninguna sonrisa maliciosa. Solo ella, el papel y la pregunta que martilleaba en su mente: *¿quién?*
Fue entonces cuando lo escuchó.
Pasos.
Ligeros, pero deliberados, como si alguien intentara no ser notado, pero al mismo tiempo quisiera serlo. Clara no necesitó darse la vuelta para saber que era él. Había algo en el ritmo de esos pasos—una confianza perezosa, un control calculado—que solo podía pertenecer a Lucas. Él se detuvo junto a su escritorio, tan cerca que sintió el calor de su cuerpo irradiando, incluso sin tocarla.
—¿Encontraste algo interesante? —Su voz era baja, un murmullo que se enredaba alrededor de las palabras como humo.
Clara dobló el papel rápidamente, como si pudiera esconder la evidencia de su propio rubor. Pero era demasiado tarde. Los ojos de él ya habían captado el movimiento, la manera en que sus dedos temblaban levemente al guardar el papel en el bolsillo del pantalón.
—No es nada —dijo, pero la voz le salió más fina de lo que pretendía.
Lucas inclinó la cabeza, una sonrisa lenta dibujándose en sus labios. No se sentó, no se acercó demasiado—solo se quedó allí, una presencia magnética, como si el simple hecho de existir en el mismo espacio que ella ya fuera una provocación.
—¿Nada? —Repitió la palabra como si la saboreara—. Qué pena. Esperaba que fuera algo... *memorable*.
Clara levantó los ojos, encontrando los de él. Había algo allí, una chispa, un desafío. Él sabía. Claro que sabía. Y no estaba ni un poco avergonzado por ello.
—¿No tienes trabajo que hacer? —Intentó sonar firme, pero la pregunta salió más como una súplica que como una reprimenda.
Lucas rio, un sonido bajo y ronco que hizo que los vellos de sus brazos se erizaran.
—Tengo. Pero parece que tú encontraste una distracción primero. —Hizo un gesto vago hacia el bolsillo de ella, donde el papel ahora quemaba como un secreto—. Espero que te haya gustado.
Clara sintió que el corazón le latía más fuerte. Él no lo estaba negando. No lo estaba confirmando. Estaba *jugando* con ella, como un gato con un ratón, dejándola adivinar, dejándola *querer* que fuera verdad.
—¿No deberías estar en otro lugar? —Intentó cambiar de tema, pero las palabras sonaron débiles incluso para ella misma.
—Debería. —Dio un paso atrás, pero no se alejó. En cambio, apoyó las manos en el respaldo de su silla, inclinándose ligeramente hacia adelante. El movimiento hizo que su aroma—amaderado, con un toque de limón, como ya había notado antes—se esparciera en el aire entre ellos—. Pero me gusta verte así.
—¿Así cómo? —La pregunta se le escapó antes de que pudiera contenerla.
Lucas sonrió, los ojos oscuros brillando con algo que ella no supo descifrar.
—Sonrojada. —Extendió la mano, como si fuera a tocarle el rostro, pero se detuvo a mitad de camino, los dedos flotando en el aire—. Nerviosa. Como si estuvieras a punto de huir.
Clara no se movió. No pudo. El espacio entre ellos parecía cargado, como el momento antes de una tormenta, cuando el aire se vuelve pesado y cada respiración es un esfuerzo.
—No huyo —mintió.
—¿No? —Bajó la mano, pero no retrocedió—. Entonces demuéstralo.
Fue un desafío. Una invitación. Una promesa. Clara sintió el peso de las palabras entre ellos, como si él hubiera extendido la mano y le hubiera ofrecido algo que no estaba segura de poder rechazar.
Por un segundo, pensó en responder. En decir algo ingenioso, algo que lo hiciera retroceder, que restaurara el orden de las cosas. Pero las palabras murieron en su garganta cuando él se inclinó aún más, el rostro tan cerca del suyo que pudo sentir el calor de su aliento contra sus labios.
—Me voy ahora —murmuró—. Pero este papelito... no será el último.
Y entonces, con una sonrisa que era a la vez una amenaza y una promesa, Lucas se alejó. Clara se quedó allí, inmóvil, los dedos aún apretando el papel en el bolsillo, el cuerpo entero vibrando con la certeza de que algo había cambiado.
Algo que ya no podría ignorar.
Cuando finalmente logró moverse, fue para tomar su bolso y salir apresurada de la oficina. Pero incluso mientras caminaba hacia los ascensores, incluso mientras las puertas se cerraban tras ella, una pregunta resonaba en su mente, insistente, peligrosa:
*¿Qué haría él a continuación?*
El reloj en la pared de la sala de reuniones marcaba las ocho y cuarenta y siete cuando Clara finalmente cerró la laptop con un suspiro. La oficina, antes un hervidero de voces y teclados, ahora estaba sumida en un silencio espeso, roto solo por el zumbido lejano del aire acondicionado y el sonido amortiguado de sus propios pasos sobre la alfombra. Se frotó los ojos, sintiendo el maquillaje ligero del día ya desvanecido bajo los párpados, y estiró los brazos por encima de la cabeza, los músculos de la espalda protestando en una serie de crujidos sutiles.
Fue entonces cuando lo escuchó.
Un tintineo de llaves, seguido por el crujido suave de la puerta de la cocina siendo abierta. Clara no necesitó darse la vuelta para saber quién era. La presencia de Lucas llenaba el espacio antes incluso de que apareciera, como si el aire a su alrededor llevara una electricidad propia. Contuvo la respiración cuando él surgió en el vano de la puerta, los hombros anchos ocupando casi todo el espacio, la camisa social ligeramente arrugada en los puños, las mangas dobladas hasta los codos revelando antebrazos marcados por venas discretas.
—¿Aún aquí? —Su voz era baja, ronca, como si hubiera pasado el día entero hablando en susurros.
Clara fingió revisar algo en la pantalla del celular, pero sus manos temblaban levemente.
—Solo terminando unos ajustes. —Mentira. El informe ya estaba listo hacía horas. Solo no quería irse. Todavía no.
Lucas entró en la sala sin prisa, cerrando la puerta tras de sí con un clic que resonó como un punto final. Se acercó a la mesa donde ella estaba, los dedos deslizándose sobre la superficie pulida mientras observaba los papeles esparcidos, los post-its de colores, el vaso de café frío olvidado junto al teclado.
—¿Siempre haces horas extras? —preguntó, deteniéndose a pocos centímetros de ella. Lo suficientemente cerca como para sentir el calor de su cuerpo irradiando, lo suficientemente cerca como para que su perfume—algo cítrico, con un fondo amaderado—la envolviera como una segunda piel.
—Solo cuando tengo trabajo atrasado. —Otra mentira. Clara nunca tenía trabajo atrasado.
Él sonrió, lento, como si lo supiera. Como si lo supiera todo.
—O cuando quieres evitar algo. O a alguien.
Ella levantó los ojos, finalmente, y encontró los de él. Oscuros, intensos, con una chispa que le hizo contraer el estómago. Por un segundo, ninguno de los dos habló. El silencio entre ellos no era incómodo; estaba cargado, como la calma antes de una tormenta. Clara podía escuchar su propio corazón latiendo, demasiado fuerte, demasiado rápido.
—¿Crees que estoy evitándote? —La pregunta salió más desafiante de lo que pretendía.
Lucas inclinó la cabeza, los labios curvándose en una media sonrisa.
—No sé. ¿Lo estás?
Debería haber dicho que sí. Debería haber inventado una excusa, tomado su bolso y salido de allí antes de que las cosas se salieran de control. Pero las palabras murieron en su garganta cuando él se acercó más, apoyando las manos en la mesa, una a cada lado de su cuerpo, aprisionándola sin tocarla.
—Porque yo no te estoy evitando, Clara. —Su voz era un hilo de seda enroscándose alrededor de ella—. Al contrario.
Ella tragó saliva. El aire entre ellos parecía más denso, como si el oxígeno hubiera sido reemplazado por algo más pesado, más intoxicante. Lucas no se movió, pero sus ojos recorrieron su rostro como si lo estuviera memorizando—la curva de la mejilla, el contorno de los labios, la manera en que sus pupilas se dilataban cuando él se inclinaba aún más.
—¿Qué estás haciendo? —La pregunta salió en un susurro.
—Nada que tú no quieras. —Levantó una mano, vacilante, y rozó los nudillos contra la línea de su mandíbula, trazando un camino lento hasta su mentón—. Pero si quieres que me detenga, solo dilo.
Clara debería haberlo dicho. Debería haber retrocedido, empujado la silla hacia atrás, puesto distancia entre ellos. Pero cuando sus dedos se deslizaron hacia su nuca, atrayéndola suavemente hacia adelante, no se resistió. En cambio, cerró los ojos y dejó que su respiración se mezclara con la de él, cálida, húmeda, cargada de promesas no dichas.
—No voy a decirlo —murmuró.
Fue suficiente.
Los labios de Lucas encontraron los suyos en un beso que no era suave ni vacilante. Era urgente, hambriento, como si hubiera pasado el día entero esperando ese momento. Clara respondió con la misma moneda, las manos subiendo para agarrar su camisa, atrayéndolo más cerca, sintiendo su cuerpo presionando el suyo contra la mesa. El sabor de él era a café y menta, mezclado con algo más primitivo, más masculino, y ella gimió en voz baja cuando su lengua invadió su boca, explorando, exigiendo.
Él la levantó con facilidad, sentándola sobre la mesa, sus piernas abriéndose instintivamente para acomodar su cuerpo entre ellas. Las manos de Lucas se deslizaron por sus muslos, apretando levemente, mientras sus labios bajaban por su cuello, dejando un rastro de besos húmedos que hacían arder su piel. Clara inclinó la cabeza hacia atrás, ofreciendo más acceso, los dedos enredados en su cabello, atrayéndolo más cerca.
—Dios, Clara... —Su voz era un gruñido contra su piel—. No tienes idea de lo que quería hacerte desde el primer día.
Ella rio, sin aliento.
—Creo que tengo una idea.
Él la silenció con otro beso, más profundo, más desesperado, mientras sus manos subían por su falda, los dedos rozando el encaje de su ropa interior. Clara arqueó la espalda, un gemido escapando cuando él presionó la palma de su mano contra ella, sintiendo el calor a través de la tela fina.
—Esto es una locura —murmuró, pero no lo apartó.
—La mejor locura —respondió él, mordisqueando su labio inferior—. Y los dos sabemos que lo deseas tanto como yo.
Ella lo deseaba. Dios, cómo lo deseaba. Cada toque, cada caricia, cada respiración entrecortada era una confirmación silenciosa. Pero entonces, en medio del beso, en el momento en que sus dedos se deslizaron bajo el encaje y encontraron el punto más sensible de ella, un sonido agudo cortó el aire.
El ascensor.
El *ping* resonó en la sala como un disparo, seguido por el ruido metálico de las puertas abriéndose. Lucas se congeló, la mano aún entre sus piernas, los ojos muy abiertos fijos en los de ella. Clara lo empujó hacia atrás con un movimiento brusco, saltando de la mesa y ajustando su falda con manos temblorosas, el corazón latiendo tan fuerte que estaba segura de que quienquiera que estuviera afuera podría escucharlo.
—Mierda —susurró él, pasando una mano por su cabello, la respiración tan irregular como la de ella.
Clara no respondió. No podía. Su cuerpo entero aún vibraba con la cercanía de él, con la promesa de lo que casi había sucedido. Alisó su blusa, intentando recuperar algo de compostura, mientras escuchaba pasos acercándose por el pasillo.
—¿Clara? —La voz de Mariana, la pasante, sonó desde afuera—. ¿Aún estás ahí?
Lucas retrocedió hasta la pared opuesta, cruzando los brazos como si hubiera estado allí durante horas, como si no hubiera tenido los dedos a centímetros de hacerla llegar al clímax sobre la mesa de reuniones. Clara respiró hondo, intentando calmar su voz antes de responder.
—Sí, estoy terminando. Ya me voy.
—Ah, está bien. Solo quería avisarte que el guardia va a pasar haciendo la ronda en un rato.
—Gracias.
Los pasos de Mariana se alejaron, seguidos por el sonido del ascensor cerrándose nuevamente. El silencio regresó, pero ahora llevaba una tensión diferente—la de algo interrumpido, algo que necesitaba ser terminado.
Lucas soltó una risa baja, sacudiendo la cabeza.
—Eso estuvo cerca.
Clara no rio. Lo miró, los labios aún hinchados por los besos, los ojos oscuros de deseo no saciado.
—No terminó.
Él levantó una ceja, una sonrisa lenta extendiéndose por su rostro.
—¿No?
—No. —Dio un paso adelante, luego otro, hasta estar lo suficientemente cerca como para sentir el calor de su cuerpo nuevamente—. Pero la próxima vez, vamos a elegir un lugar donde no nos interrumpan.
Los ojos de él brillaron, oscuros y peligrosos.
—¿Y dónde sería ese lugar?
Clara sonrió, dándose la vuelta hacia la puerta.
—Ya lo descubrirás.
Y con eso, salió de la sala, dejándolo allí, solo, con la promesa de mucho más flotando en el aire.
La puerta del baño de mujeres se cerró con un clic suave, el sonido amortiguado por el zumbido lejano de los aparatos de aire acondicionado. Clara apoyó las manos en el lavabo de mármol frío, inclinándose ligeramente hacia adelante, los ojos fijos en su propio reflejo. Las mejillas aún ardían, el labial corrido alrededor de los labios como una marca de guerra. Respiró hondo, intentando calmar el pulsar acelerado entre sus piernas, pero el eco del beso interrumpido en la sala de reuniones aún quemaba en su piel.
Fue entonces cuando lo escuchó.
Un crujido casi imperceptible de la puerta abriéndose detrás de ella. Un segundo de vacilación, como si el tiempo se hubiera detenido para evaluar el riesgo. Clara no se dio la vuelta. Sabía quién era. Lo sentía en el aire, en la forma en que el espacio entre ellos parecía contraerse, cargado de electricidad.
—No deberías estar aquí —murmuró, pero no había convicción en su voz. Solo un hilo de desafío, una invitación disfrazada.
Lucas no respondió. La puerta se cerró con un chasquido seco, y el pestillo giró, el sonido metálico resonando en las paredes de azulejos blancos. Clara contuvo la respiración cuando él se acercó, los pasos lentos, deliberados. Su perfume—algo cítrico y amaderado, mezclado con el calor de su cuerpo—invadió el espacio antes incluso de que sus manos la tocaran.
—Lo sé —dijo él, finalmente, la voz ronca—. Pero tú tampoco deberías haber dicho lo que dijiste allá afuera.
Ella sonrió, aún de espaldas a él, los dedos apretando el borde del lavabo.
—¿Y qué fue lo que dije?
—Que no había terminado.
La palabra flotó en el aire, pesada, cargada de promesas. Clara sintió el calor de su cuerpo acercándose, sin aún tocarla. Solo lo suficiente para que la tela de su blusa rozara su espalda, un contacto mínimo que la hizo estremecer.
—¿Y crees que iba a dejarlo así? —La pregunta salió como un susurro, casi un gemido, cuando sus labios encontraron la curva de su cuello.
Ella inclinó la cabeza hacia un lado, exponiendo más de su piel, y Lucas no dudó. Los dientes rozaron levemente, seguidos por su lengua caliente, trazando un camino húmedo hasta su oreja. Clara soltó un suspiro entrecortado, las uñas clavándose en el mármol.
—Estás loco —murmuró, pero arqueó el cuerpo contra el de él, sintiendo la prueba de que él tampoco tenía control.
—Loco por ti —corrigió él, su mano deslizándose por su cintura, atrayéndola con firmeza contra su cadera—. Desde el primer día que te vi fingiendo no notarme.
Clara rio, un sonido bajo y tembloroso.
—No fingía.
—Mentira. —Sus dedos subieron, acariciando el costado de su seno por encima de la blusa, provocando escalofríos—. Desviabas la mirada cada vez que sonreía. Como si tuvieras miedo de quemarte.
—¿Y ahora? —Volvió el rostro, los labios casi tocando los de él—. ¿Aún tengo miedo?
Lucas le sujetó el mentón, obligándola a mirarlo. Sus ojos estaban oscuros, hambrientos, pero había algo más allí—una urgencia que iba más allá del deseo.
—Ahora sabes que vas a quemarte conmigo.
Y entonces la besó.
No fue suave. No fue vacilante. Fue un beso de posesión, de hambre acumulada, los labios moviéndose con una intensidad que le robó el aliento. Ella respondió con la misma voracidad, las manos subiendo para enredarse en su cabello, atrayéndolo más cerca, como si pudiera fundir sus cuerpos allí mismo.
Lucas la empujó contra la pared, su cuerpo presionando el de ella con la fuerza suficiente para que sintiera cada músculo, cada centímetro de su excitación. Clara gimió contra su boca, el sonido ahogado por el beso, pero él lo tragó como si fuera su derecho.
—Dios —gruñó, apartándose solo lo suficiente para respirar—. Quería follarte desde la primera vez que te vi con esa blusa ajustada, los botones a punto de reventar.
Clara rio, pero el sonido se transformó en un jadeo cuando él le mordió el labio inferior, tirando de él suavemente.
—Y yo quería que lo hicieras —confesó, la voz ronca—. Pero no aquí. No así.
—¿No? —Deslizó la mano bajo su falda, los dedos encontrando el borde de su ropa interior—. Entonces dime que pare.
Clara no dijo nada. Solo mordió el labio cuando él rozó los nudillos contra la tela húmeda, un toque ligero que la hizo arquear la espalda.
—¿Es eso lo que quieres? —Lucas susurró, la boca cerca de su oído—. ¿Que pare?
Ella negó con la cabeza, los ojos cerrados, el cuerpo entero temblando de expectación.
—No.
—Entonces dime qué quieres.
Clara abrió los ojos, encontrando su mirada. Había un desafío allí, una provocación, pero también algo más profundo—una necesidad que resonaba con la suya.
—Quiero que me toques —dijo, la voz firme, a pesar del temblor—. Como si no hubiera un mañana.
Lucas no necesitó más incentivo.
Con un movimiento rápido, apartó su ropa interior a un lado, los dedos encontrando el calor húmedo entre sus piernas. Clara soltó un gemido fuerte, ahogándolo contra su hombro cuando él comenzó a explorarla con una precisión que la hizo temblar.
—Joder, estás empapada —murmuró, los dedos deslizándose con facilidad, provocándola en círculos lentos que la dejaban al borde del precipicio—. ¿Es por mí?
Clara no respondió. No podía. Solo se aferró a sus hombros, las uñas clavándose en la tela de su camisa mientras él la llevaba cada vez más alto.
—Responde —ordenó, deteniéndose de repente, los dedos inmóviles dentro de ella.
—Sí —jadeó, las caderas moviéndose en busca de más contacto—. Solo por ti.
Lucas sonrió, satisfecho, y volvió a moverlos, ahora con más presión, más velocidad. Clara mordió el labio para no gritar, el cuerpo entero tenso, a punto de deshacerse.
—Córrete para mí —susurró, la voz áspera—. Quiero sentirte apretando mis dedos.
Y ella se corrió.
El orgasmo la atravesó como una ola, el cuerpo sacudiéndose contra la pared, los gemidos ahogados contra su pecho. Lucas no se detuvo, prolongando el placer hasta que ella quedó laxa en sus brazos, las rodillas débiles, la respiración descontrolada.
Cuando abrió los ojos, él la observaba con una intensidad que la hizo estremecer.
—Esto fue solo el comienzo —dijo, retirando los dedos lentamente, llevándolos a sus labios para probarla.
Clara lo observó, hipnotizada, mientras él chupaba sus dedos, los ojos nunca dejando los suyos.
—Eres peligroso —murmuró, pero no había miedo en su voz. Solo anticipación.
Lucas sonrió, acercándose nuevamente, los labios rozando los de ella.
—Y a ti te encanta.
Ella no lo negó.
La puerta del baño crujió de repente, el sonido de pasos del otro lado. Ambos se congelaron, los corazones latiendo al unísono. Alguien intentó abrir la puerta, pero el pestillo resistió.
—¿Hay alguien ahí? —llamó una voz femenina.
Clara y Lucas se miraron, una sonrisa cómplice formándose entre ellos. Él se apartó lentamente, ajustando su ropa con movimientos rápidos y precisos, mientras Clara intentaba recuperar el aliento.
—¡Un minuto! —respondió, la voz sorprendentemente firme.
Lucas dio un paso atrás, los ojos aún ardiendo de deseo, pero ahora había algo más allí—una promesa silenciosa.
—Esto no terminó —murmuró, antes de escabullirse hacia uno de los cubículos, cerrando la puerta tras de sí.
Clara arregló su falda, pasó los dedos por su cabello y respiró hondo antes de destrabar la puerta. Cuando salió, encontró a una compañera de otro departamento esperando, con una expresión de impaciencia.
—Tardaste —refunfuñó la mujer.
Clara sonrió, el rubor aún evidente en sus mejillas.
—Perdón. Fue un día largo.
Y mientras caminaba por el pasillo de regreso a la oficina, sabía que Lucas la observaba desde el cubículo, esperando el momento adecuado para salir. También sabía que, muy pronto, encontrarían un lugar donde no serían interrumpidos.
Pero, por ahora, el juego continuaba.
El sol de la mañana invadía la oficina a través de las persianas entreabiertas, pintando franjas doradas sobre los escritorios de metal y los teclados dormidos. Clara llegó más temprano de lo habitual, como si su cuerpo aún guardara el calor de los dedos de Lucas en sus muslos, el peso de sus labios en su cuello. El café de la máquina automática desprendía un aroma fuerte, casi amargo, pero lo tomó a pequeños sorbos, dejando que la cafeína se mezclara con lo que aún vibraba bajo su piel.
La puerta se abrió con un clic suave. Lucas entró, la chaqueta colgada del antebrazo, la camisa blanca ligeramente arrugada en el cuello—como si se la hubiera puesto deprisa, o como si alguien la hubiera jalado con urgencia. Sus ojos encontraron los de ella antes incluso de cruzar el umbral de la cocina, y allí, en ese segundo de reconocimiento mutuo, el aire entre ellos se espesó.
—Buenos días —dijo, la voz baja, ronca de sueño o de otra cosa.
Clara sonrió, los labios aún sensibles por el beso interrumpido en el baño.
—¿Dormiste bien?
Lucas se acercó a la máquina, el cuerpo ladeado hacia ella, como si necesitara ese mínimo espacio para no ceder al impulso de tocarla allí mismo. Presionó el botón del café negro, y el líquido oscuro fluyó en la taza con un silbido que pareció hacer eco del sonido de sus propios pensamientos.
—No mucho —admitió, finalmente girándose para mirarla—. Soñé contigo.
Ella levantó una ceja, fingiendo indiferencia, pero el rubor traicionero subió por su cuello.
—Debe haber sido un sueño intenso.
—Lo fue. —Llevó la taza a los labios, los ojos fijos en los de ella por encima del borde—. Me desperté con la mano en mi polla.
Clara casi se atraganta con el café. El líquido caliente le quemó la garganta, pero fue la imagen—Lucas acostado en la cama, la sábana enredada entre las piernas, los dedos moviéndose con el recuerdo de su cuerpo—lo que la hizo apretar los muslos bajo la mesa. Bajó la mirada, fingiendo ajustar la correa de su bolso, pero la verdad era que no podía mirarlo sin ver el reflejo de lo que habían hecho la noche anterior.
—Eres terrible —murmuró, pero no había censura en su voz.
—Y a ti te encanta.
Ella no lo negó. En cambio, empujó la taza vacía a un lado y se levantó, pasando junto a él con un roce deliberado de caderas. La tela fina de su falda se deslizó contra su pierna, y sintió el músculo contraerse bajo el contacto.
—Tengo una reunión en diez minutos —dijo, deteniéndose en la puerta—. No llegues tarde.
Lucas sonrió, lento y peligroso.
—No sueñes conmigo otra vez.
—No prometo nada.
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La oficina volvió a la rutina como si nada hubiera pasado. Los teclados hacían clic, los teléfonos sonaban, y el olor a papel y café viejo se mezclaba con el perfume discreto de Clara, que ahora llevaba un rastro del jabón de Lucas—algo cítrico, masculino, que la hacía recordar su piel contra la suya. Se concentró en los informes, en los números que bailaban en la pantalla, pero cada vez que levantaba la vista, allí estaba él, al otro lado de la sala, fingiendo revisar un diseño mientras la observaba por encima de la pantalla de la computadora.
Era un juego. Un juego delicioso de miradas robadas, de sonrisas que solo ellos entendían, de toques que no ocurrían, pero que ambos sentían como si fueran reales. Cuando llegó la hora del almuerzo, Clara pidió una ensalada y comió en su escritorio, los dedos temblorosos sosteniendo el tenedor mientras Lucas pasaba detrás de ella, la mano rozando levemente el respaldo de su silla.
—Estás distraída —comentó, lo suficientemente bajo para que solo ella lo escuchara.
—Y tú estás provocando.
—Tal vez.
Ella mordió el labio, resistiendo el impulso de darse la vuelta y atraerlo hacia sí. En cambio, empujó el plato a un lado y cruzó los brazos sobre la mesa, inclinándose ligeramente hacia atrás.
—¿Qué quieres, Lucas?
Él se acercó aún más, su voz un susurro cálido contra su oído.
—Quiero verte a cuatro patas sobre mi escritorio después de que todos se vayan. Quiero escucharte gemir mi nombre mientras te follo con los dedos hasta que te corras. Quiero sentir tu sabor en mi lengua antes de doblarte sobre la fotocopiadora y follarte hasta que no aguantes más.
Clara sintió que todo su cuerpo se incendiaba. Sus palabras eran como un toque físico, una caricia entre sus piernas, un apretón en sus pezones que se endurecían bajo la blusa fina. Tragó saliva, intentando mantener la compostura, pero su voz salió temblorosa cuando respondió:
—No juegas limpio.
—Nunca dije que lo hiciera.
Él se alejó, dejándola con la respiración acelerada y el cuerpo palpitando de deseo. Clara miró a su alrededor, pero nadie parecía haber notado el intercambio. Todos estaban inmersos en sus propias vidas, ajenos al fuego que ardía entre ellos.
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A las seis de la tarde, la oficina comenzó a vaciarse. Los pasos apresurados, las despedidas, el sonido de los cajones cerrándose. Clara fingió organizar algunos papeles, los dedos temblando mientras esperaba. Lucas fue el último en irse, pero en lugar de dirigirse al ascensor, se detuvo junto a su escritorio.
—¿Vienes? —preguntó, como si estuvieran hablando de algo completamente inocente.
Ella lo miró, los ojos oscuros brillando de anticipación.
—Necesito terminar algo.
—No tardes.
Él se alejó, y Clara contó hasta sesenta antes de levantarse. La oficina estaba casi vacía, solo el zumbido de las lámparas fluorescentes y el sonido lejano de una aspiradora en el piso de abajo. Caminó hasta la sala de reuniones, donde Lucas la esperaba, recostado contra la mesa de vidrio, los brazos cruzados sobre el pecho.
—Por fin —murmuró, cuando ella cerró la puerta tras de sí.
Clara no respondió. En cambio, caminó hacia él, los tacones altos resonando en el suelo de madera. Se detuvo a centímetros de distancia, lo suficientemente cerca para sentir el calor de su cuerpo, el aroma de su colonia mezclado con el sudor limpio de un día de trabajo.
—¿Qué vas a hacerme? —preguntó, la voz baja, desafiante.
Lucas sonrió, lento y peligroso, y extendió la mano para tocar su rostro, los dedos deslizándose por su mandíbula antes de sujetar su mentón con firmeza.
—Todo lo que me dejes hacer.
Y entonces la besó.
No fue un beso suave. Fue urgente, hambriento, como si ambos estuvieran recordando el sabor del otro después de horas de abstinencia. Clara gimió contra su boca, las manos agarrando su camisa, atrayéndolo más cerca. Lucas la levantó sin esfuerzo, sentándola sobre la mesa, y ella abrió las piernas para acomodarlo entre ellas, la tela de su falda subiendo por sus muslos.
—¿Pensaste en esto todo el día? —preguntó él, los labios bajando por su cuello, los dientes rozando su piel sensible.
—Sí.
—¿En qué, exactamente?
—En que me tocaras. —Arqueó la espalda cuando su mano encontró su seno, apretándolo por encima de la blusa—. En que me follaras.
Lucas rio, un sonido bajo y satisfecho, y le subió la blusa, exponiendo su sujetador de encaje negro. Los dedos ágiles abrieron el broche, y sus pechos saltaron libres, los pezones ya duros, pidiendo atención.
—Dios, Clara —murmuró, antes de bajar la cabeza y envolver un pezón con la boca.
Ella gimió, las uñas clavándose en sus hombros mientras él succionaba, mordisqueaba, lamía. La sensación era casi insoportable, una corriente eléctrica que bajaba directamente al centro de sus piernas. Cuando cambió al otro seno, su mano libre se deslizó por su muslo, levantando la falda hasta la cintura.
—Estás mojada —constató, los dedos rozando el encaje de su ropa interior.
—Lo sé.
—¿Quieres que te haga correrte?
—Sí.
Él no necesitó más incentivo. Con un movimiento rápido, apartó su ropa interior a un lado y deslizó dos dedos dentro de ella, curvándolos en el ángulo perfecto. Clara arqueó la espalda, un gemido escapando de sus labios mientras él la penetraba con los dedos, la palma de su mano presionando contra su clítoris.
—Así —susurró—. Justo así.
Lucas aceleró el ritmo, los dedos entrando y saliendo de ella mientras su boca volvía a capturar la suya, tragándose sus gemidos. Clara sintió que el orgasmo se acercaba, una ola caliente que comenzaba en su vientre y se extendía por todo su cuerpo. Cuando se corrió, fue con un grito ahogado contra sus labios, las paredes internas contrayéndose alrededor de sus dedos.
Él no se detuvo hasta que ella quedó completamente laxa, los brazos apoyados en la mesa para no caer. Entonces, con una sonrisa satisfecha, llevó los dedos a su boca y los lamió, los ojos nunca dejando los de ella.
—Mejor que en el sueño —murmuró.
Clara rio, aún jadeante, y lo atrajo para otro beso, sintiendo su propio sabor en su lengua.
—Todavía no termina —dijo, cuando se separaron.
—Ya lo sé.
Y entonces, con un movimiento rápido, ella lo empujó hacia atrás y se arrodilló frente a él, los dedos ya trabajando en su cinturón, la hebilla, el cierre. Cuando el pantalón cayó, su polla saltó libre, dura y lista. Clara la envolvió con la mano, sintiendo cómo palpitaba bajo su toque, y entonces, sin aviso, se la llevó a la boca.
Lucas gimió, los dedos enredándose en su cabello mientras ella lo chupaba, lenta y profundamente, la lengua girando alrededor de la cabeza antes de tragárselo de nuevo. Era grande, casi demasiado, pero le encantaba la sensación de tenerlo en la boca, el poder de hacerlo perder el control.
—Joder, Clara —gruñó, las caderas moviéndose involuntariamente—. Vas a hacer que me corra.
Ella lo soltó solo para responder, la voz ronca de deseo:
—Esa es la idea.
Y entonces volvió a chuparlo, más rápido ahora, las manos trabajando en sincronía con su boca. Lucas no resistió mucho tiempo. Con un gemido ahogado, le sujetó la cabeza con más fuerza y se corrió, el semen caliente llenando su boca mientras ella tragaba cada gota.
Cuando terminó, Clara se levantó, limpiándose los labios con el dorso de la mano. Lucas la atrajo para un beso, saboreándose a sí mismo en su lengua.
—Eso fue... —No terminó la frase, pero la sonrisa en su rostro lo decía todo.
—Solo el comienzo —completó ella.
Él asintió, los ojos oscuros llenos de promesas.
—Solo el comienzo.
Y mientras la oficina a su alrededor permanecía vacía y silenciosa, sabían que esa noche no sería la última. Que habría otras. Que el juego apenas había comenzado.