Susurros en el Ascensor

Por Tonkix
Susurros en el Ascensor
**Susurros en el Ascensor** El aire acondicionado central de *Marketing Horizon* susurraba entre los conductos, un zumbido constante que se mezclaba con el clic suave de los tacones de Clara contra el piso de mármol pulido. Ajustó la correa del bolso en el hombro, los dedos rozando la tela áspera del blazer azul marino mientras verificaba, por tercera vez, la hora en su reloj de pulso. Ocho y cuarenta y siete. Todavía tenía trece minutos antes de la reunión con el departamento de creación, tiempo suficiente para revisar los números del último trimestre en la tablet. El pasillo estaba casi vacío a esa hora, solo el eco lejano de una risa femenina proveniente de la cocina y el ruido metálico de alguien vaciando la máquina de café. Clara respiró hondo, sintiendo el olor a limón y alcohol de las superficies recién higienizadas, mezclado con el perfume cítrico que ella misma había elegido esa mañana—*Bergamota y Cardamomo*, algo discreto, profesional, pero que dejaba un rastro cálido en la piel cuando se movía demasiado rápido. Fue entonces cuando lo vio. Rafael. Estaba parado frente al tablero de anuncios de la empresa, las manos metidas en los bolsillos del pantalón de vestir de corte impecable, la tela gris oscura moldeándose a los muslos sin una sola arruga fuera de lugar. La luz fría de los focos empotrados en el techo incidía sobre sus hombros anchos, destacando el contorno de los músculos bajo la camisa blanca, las mangas dobladas hasta los codos en un gesto que parecía casual, pero que Clara sabía calculado—un equilibrio perfecto entre autoridad y accesibilidad. Ella disminuyó el paso, involuntariamente, como si el aire a su alrededor fuera más denso, exigiendo más esfuerzo para atravesarlo. Rafael aún no la había notado, demasiado ocupado leyendo el memorándum fijado en el tablero, los labios entreabiertos en una expresión de concentración que hacía que Clara se preguntara cómo sería tenerlos presionados contra los suyos. El pensamiento la sorprendió, rápido como un relámpago, y sintió el calor subir por el cuello, quemándole las orejas. — *Buenos días.* La voz de él la alcanzó antes de que pudiera desviar la mirada. Profunda, ligeramente ronca, como si acabara de despertar—o como si hubiera pasado la noche hablando bajito por teléfono. Rafael se giró lentamente, los ojos oscuros encontrando los suyos con una intensidad que la hizo contener la respiración. Había algo depredador en esa mirada, algo que él mantenía cuidadosamente oculto bajo una capa de encanto profesional, pero que Clara captó en el instante en que sus miradas se cruzaron. — *Buenos días*, señor Viana —respondió ella, la voz firme, pero el tono un poco más agudo de lo habitual. Apretó la tablet contra el pecho, como si el objeto pudiera servir de barrera entre ellos. — *Rafael* —corrigió él, una sonrisa lenta dibujándose en su rostro. Los dientes eran blancos, perfectos, y Clara imaginó, por un segundo absurdo, cómo sería sentirlos rozando la piel sensible de la parte interna del muslo—. *A menos que prefieras mantener las formalidades. Pero creo que, después de tres semanas trabajando en el mismo piso, podemos prescindir de los títulos.* Clara asintió, sintiendo la garganta seca. Tres semanas. Desde que él había asumido el cargo de gerente senior, reemplazando a la antigua jefa, ella había estado tratando de ignorar la manera en que su estómago se revolvía cada vez que él pasaba por su escritorio. Ignorar el modo en que inclinaba la cabeza cuando escuchaba a alguien hablar, como si cada palabra fuera importante. Ignorar el hecho de que, en todas las reuniones, sus miradas se encontraban al menos una vez, y que, en todas esas veces, sentía el mismo escalofrío en la nuca. — *Rafael, entonces* —aceptó, permitiéndose una sonrisa tímida—. *Disculpe, todavía me estoy acostumbrando a los cambios.* — *Los cambios son buenos* —dijo él, dando un paso adelante. El movimiento fue sutil, pero suficiente para que su perfume—esa mezcla de sándalo, cuero y algo más oscuro, casi animal—llegara hasta ella, envolviéndola como una niebla—. *Nos sacan de la zona de confort. Y tú, Clara… tú pareces alguien a quien le gusta tener el control.* Las palabras flotaron entre ellos, cargadas de un doble sentido que hizo que su corazón latiera más rápido. Clara alzó la barbilla, desafiante, aunque por dentro estuviera temblando. — *Me gusta saber lo que estoy haciendo* —respondió, la voz suave, pero firme—. *Y hacerlo bien.* Rafael rio bajito, un sonido que vibró en su pecho y se esparció por el aire como una caricia. Se inclinó ligeramente hacia adelante, los dedos rozando el tablero de anuncios detrás de él, como si estuviera a punto de compartir un secreto. — *Yo también* —murmuró—. *Pero a veces, lo mejor es cuando las cosas… escapan de nuestro control.* El ascensor al final del pasillo pitó, las puertas abriéndose con un *ding* metálico. Rafael se enderezó, el momento roto, pero la tensión permaneciendo como un hilo tenso entre ellos. Miró su reloj—un Rolex plateado que brilló bajo la luz—y luego a ella, los ojos oscuros brillando con algo que Clara no logró descifrar. — *Tengo que irme. Reunión con el consejo en cinco minutos.* Hizo una pausa, como si estuviera considerando algo—. *Pero me gustó nuestra conversación. Deberíamos repetirla.* Clara asintió, sintiendo la piel hormiguear donde la mirada de él había pasado—labios, cuello, la curva de los senos bajo el blazer. Cuando Rafael se alejó, caminando hacia el ascensor con pasos largos y seguros, ella notó que estaba conteniendo la respiración. Solo soltó el aire cuando las puertas se cerraron tras él, dejándola sola en el pasillo silencioso, con su perfume aún flotando en el aire y la certeza de que algo había cambiado. Algo que ninguno de los dos podría seguir ignorando. Miró el reloj. Ocho y cincuenta y dos. Ocho minutos hasta la reunión. Tiempo suficiente para recomponerse. Tiempo suficiente para recordarse que, en el mundo corporativo, el control lo era todo. Pero, por primera vez en años, Clara se preguntó si tal vez—solo tal vez—valdría la pena perder un poco de él. El ascensor siempre había sido un espacio neutral para Clara. Un cubículo de acero y espejos donde podía ajustarse el blazer, verificar que no hubiera pintalabios en los dientes o ensayar mentalmente los puntos de la próxima presentación. Pero esa noche, después de tres horas de reunión sobre la campaña de lanzamiento—gráficos, proyecciones, argumentos que se enredaban como hilos sueltos—el ascensor se convirtió en otra cosa. Un limbo. Un lugar donde las reglas de la oficina parecían suspendidas, como si todo el edificio hubiera contenido la respiración junto con ellos. Rafael entró primero, con ese paso amplio que hacía que los botones de la camisa se estiraran ligeramente sobre los hombros. Clara dudó un segundo, los dedos apretando la correa del bolso, antes de seguirlo. Las puertas se cerraron con un *clank* metálico, y el panel de botones parpadeó, iluminando su rostro con un tono azulado, casi fantasmal. Ella se posicionó en el rincón opuesto, la espalda recta contra la pared fría, los ojos fijos en el visor que marcaba los pisos en cuenta regresiva. — *Cuatro, tres…* La luz titiló. Un zumbido bajo, como un gemido eléctrico, llenó el espacio entre ellos. Clara sintió el estómago contraerse cuando las luces se apagaron por completo, sumiéndolos en una oscuridad tan densa que por un momento pensó que había cerrado los ojos. El ascensor se detuvo con una sacudida, y el silencio que siguió fue tan absoluto que pudo escuchar su propia sangre latiendo en los oídos. — *Mierda.* La voz de Rafael cortó la oscuridad, baja y cercana. Tan cercana que Clara dio un paso involuntario hacia atrás, golpeándose el codo contra la pared—. *¿Estás bien?* — *Sí.* La respuesta salió más aguda de lo que pretendía. Carraspeó—. *Debe ser la tormenta. Todo el edificio está teniendo problemas de energía.* Un clic. La pantalla del celular de Rafael se encendió, proyectando un halo verdoso sobre su rostro. Tecleó algo rápidamente, los dedos largos moviéndose con precisión, antes de maldecir en voz baja. — *Sin señal. Creo que estamos atrapados.* Clara no respondió. La palabra *atrapados* resonó entre ellos, cargada de un peso que iba más allá de la situación. Cruzó los brazos, como si pudiera protegerse del calor que de repente irradiaba el cuerpo de él, incluso a dos metros de distancia. El aire dentro del ascensor parecía más espeso, cargado con el olor a cuero envejecido de los zapatos de Rafael, el perfume cítrico que usaba—algo con bergamota y sándalo—y el leve aroma a café que aún persistía en su propia respiración. — *¿Tienes agua?* La pregunta sonó ridícula incluso para sus propios oídos, pero era mejor que el silencio. — *No.* Una pausa—. *Pero tengo esto.* El celular de Rafael se apagó. Por un segundo, Clara pensó que lo había apagado a propósito, pero entonces una luz tenue apareció—un encendedor. La llama titiló, iluminando su rostro desde abajo, transformando sus rasgos en algo casi sobrenatural. Los ojos oscuros brillaban, reflejando el fuego, y la sombra de la barba incipiente dibujaba una línea áspera a lo largo de la mandíbula. — *Es mejor que nada.* Levantó el encendedor, y Clara vio que su mano no temblaba—. *A menos que tengas miedo a la oscuridad.* — *No lo tengo.* Mintió. No era la oscuridad lo que la asustaba, sino la forma en que su cuerpo reaccionaba a él. La forma en que, incluso en la penumbra, podía sentir su mirada recorriéndola, como si cada centímetro de su piel estuviera siendo mapeado. El encendedor se apagó. La oscuridad regresó, más intensa ahora, como si se hubiera alimentado de la luz anterior. Clara contuvo la respiración cuando escuchó el sonido de pasos—lentos, deliberados—acercándose. El calor del cuerpo de Rafael la envolvió antes incluso de que la tocara. Podía sentir el roce de su camisa contra su brazo, el aliento cálido cuando habló, la voz ronca: — *Estás temblando.* — *Es el frío.* Otra mentira. El aire acondicionado del edificio estaba apagado, y el calor acumulado del día aún flotaba en el ascensor, húmedo y pesado. — *Claro.* Él no lo creyó. Ella lo supo por el tono, por la forma en que la palabra se arrastró, como si estuviera saboreando la mentira—. *Entonces quizá esto ayude.* Su mano encontró la de ella en la oscuridad. No fue un apretón, ni un gesto de consuelo—solo los dedos de él rozando ligeramente los suyos, como si estuviera probando la textura de su piel. Clara debería haberse apartado. Debería haberse recordado que él era su superior, que Recursos Humanos tenía políticas claras sobre relaciones en el trabajo, que ella no era el tipo de mujer que se dejaba llevar por impulsos. Pero cuando los dedos de Rafael se entrelazaron con los suyos, no se movió. Solo cerró los ojos y dejó que la sensación la invadiera—el calor de su palma, la aspereza de los callos en las yemas de sus dedos, la presión suave que decía *yo sé que tú quieres esto tanto como yo*. — *Rafael…* — *Shhh.* Se acercó más, y ahora podía sentir el olor a whisky en su aliento, mezclado con el perfume—. *No digas nada. Solo… siente.* Su mano libre encontró su cintura, los dedos extendiéndose contra la tela fina de la blusa. Clara contuvo la respiración cuando la atrajo más cerca, hasta que sus cuerpos estuvieron alineados, separados solo por capas de ropa que de repente parecían excesivas. Podía sentir el contorno de su cuerpo—el pecho amplio, la firmeza de los músculos bajo la camisa, la evidencia del deseo presionando contra su cadera. — *Esto es una pésima idea.* Las palabras salieron en un susurro, pero no se apartó. — *Probablemente.* La boca de Rafael encontró su cuello, no con un beso, sino con un soplo cálido, como si estuviera probando la reacción de su piel. Clara arqueó ligeramente la espalda, los dedos apretando los suyos con más fuerza—. *Pero ¿desde cuándo las pésimas ideas son tan tentadoras?* Ella no respondió. No podía. No cuando su boca finalmente encontró la suya, no con un beso suave, sino con una urgencia que hizo que sus rodillas flaquearan. Fue un beso de dientes y lenguas, de manos que se movían con una familiaridad que no deberían tener, como si ya conocieran cada curva, cada punto sensible. Clara gimió contra sus labios, el sonido ahogado por el espacio estrecho, y Rafael respondió con un gruñido bajo, la mano deslizándose de la cintura a la parte baja de la espalda, atrayéndola aún más contra sí. El encendedor cayó al suelo con un *clink* metálico, apagándose. La oscuridad los envolvió de nuevo, pero ahora era diferente. Ahora, Clara podía sentir cada punto de contacto entre ellos—el pecho de él presionando el suyo, su muslo entre los suyos, la mano que subía lentamente por su costado, los dedos rozando la curva de su seno por encima de la blusa. Arqueó el cuerpo contra su palma, una invitación muda, y Rafael respondió apretándola con más fuerza, la respiración cálida contra su oído. — *Joder, Clara…* Su voz estaba ronca, casi irreconocible—. *Si seguimos así, no voy a poder parar.* Ella debería haber parado. Debería haberse recordado dónde estaban, quiénes eran, las consecuencias. Pero cuando su mano se deslizó hacia abajo, los dedos encontrando el dobladillo de la falda y subiéndola, Clara no dijo nada. Solo levantó un poco la cadera, permitiéndole explorar la piel desnuda del muslo, el encaje de las medias, el calor entre sus piernas. El ascensor dio una sacudida repentina, como si alguien lo hubiera pateado desde dentro. Clara se quedó inmóvil, el corazón latiendo tan fuerte que estuvo segura de que Rafael podía escucharlo. La luz de emergencia parpadeó, débil y amarillenta, iluminándolos por un segundo antes de apagarse de nuevo. — *Mierda.* Rafael se apartó bruscamente, la respiración tan acelerada como la de ella—. *Debe ser el generador de emergencia. Saldremos de aquí en unos minutos.* Clara asintió, pero no se movió. Todavía podía sentir el calor de sus manos en su piel, la humedad entre las piernas, su sabor en la boca. Se alisó la falda con manos temblorosas, tratando de recuperar algo de control, pero la tela parecía pegarse a su piel, como si todo su cuerpo estuviera marcado por ese momento. Cuando las luces finalmente volvieron, cegadoras e implacables, Rafael ya estaba al otro lado del ascensor, la expresión cerrada, los dedos pasando por su cabello como si intentara recomponerse. Clara evitó mirarlo directamente, pero en el espejo del fondo del ascensor pudo ver el reflejo de ambos—ella, sonrojada, los labios hinchados, el blazer ligeramente torcido; él, la camisa fuera del pantalón, los ojos oscuros aún brillando con algo que no quería nombrar. Las puertas se abrieron con un *ding* alegre, como si nada hubiera pasado. Rafael salió primero, sin mirar atrás. — *Voy a llamar al mantenimiento. Deben estar en camino.* Clara lo siguió, los tacones resonando en el piso de mármol del vestíbulo. El aire acondicionado frío la golpeó como una bofetada, pero no hizo nada para apagar el fuego que aún ardía bajo su piel. — *Clara.* Ella se detuvo, pero no se giró. — *¿Sí?* — *Mañana. Mi oficina. Nueve en punto.* Una pausa—. *Tenemos que revisar ese proyecto.* Ella sabía que no era del proyecto de lo que él estaba hablando. Y, por primera vez en mucho tiempo, a Clara no le importaron las reglas. No le importó lo que era correcto o incorrecto. Solo asintió, sintiendo el peso de su mirada en la espalda mientras se alejaba. En el taxi, de camino a casa, pasó los dedos por sus labios, aún sensibles. Y sonrió. El pasillo estaba vacío cuando Clara llegó a la puerta de la oficina de Rafael, los pasos amortiguados por la gruesa alfombra. El reloj marcaba las nueve y dos—siempre llegaba temprano, pero hoy, por primera vez, dudó antes de llamar. La madera oscura de la puerta parecía más pesada, como si guardara algo más que carpetas y hojas de cálculo. Respiró hondo, ajustó la correa del bolso en el hombro y levantó la mano. — *Adelante.* Su voz atravesó la madera, baja y ronca, como si ya supiera que era ella. Clara giró el picaporte y empujó la puerta, sintiendo el aire acondicionado frío de la oficina mezclarse con el calor que subía por su cuello. Rafael estaba de pie junto a la ventana, la espalda ancha delineada por la luz dorada del atardecer que entraba por las persianas entreabiertas. Se giró lentamente, los dedos aún sosteniendo el vaso de whisky a medio terminar. — *Viniste.* No era una pregunta. Clara cerró la puerta tras de sí, el clic de la cerradura resonando como un punto final en cualquier posibilidad de retroceso. La oficina olía a cuero envejecido, papel y algo más—su perfume amaderado, mezclado con el alcohol y el calor de su piel. — *Dijiste que teníamos que revisar el proyecto.* Rafael sonrió, un lado de la boca levantándose en algo entre diversión y desafío. Dejó el vaso sobre la mesa, sin prisa, y rodeó el escritorio hasta detenerse a pocos pasos de ella. Clara sintió el olor del whisky en su aliento cuando se acercó, pero no retrocedió. — *Ah, sí. El proyecto.* Extendió la mano, los dedos rozando ligeramente su muñeca al tomar la carpeta que Clara traía—. *Pero creo que ya revisamos estos números esta tarde. En la reunión.* — *Quizá haya algo que no hayamos visto.* — *O quizá solo quieras una excusa para estar a solas conmigo.* Clara no apartó la mirada. El corazón le latía tan fuerte que estaba segura de que él podía escucharlo. Rafael dejó la carpeta sobre la mesa y se inclinó hacia atrás, apoyando las manos en el borde de la madera pulida. El movimiento hizo que su camisa se estirara sobre los hombros, los botones inferiores abriéndose ligeramente, revelando un trozo de piel bronceada. — *Siéntate.* Ella obedeció, acercando la silla de cuero que estaba frente a la suya. El asiento aún guardaba el calor de su cuerpo, y Clara se preguntó si era su imaginación o si Rafael se había sentado allí antes, esperándola. Cuando se acomodó, sus piernas se rozaron por un segundo—accidental, quizá. O no. Rafael abrió la carpeta y fingió examinar los papeles, pero sus ojos no estaban en los gráficos. Estaban en ella. En la forma en que la blusa de seda se ajustaba a sus senos cuando respiraba, en el brillo discreto del pintalabios que se había reaplicado en el baño antes de subir. Clara cruzó las piernas, sintiendo cómo la tela de la falda se levantaba unos centímetros por encima de las rodillas. Él siguió el movimiento con la mirada, la lengua pasando lentamente por su labio inferior. — *Estás nerviosa.* — *No lo estoy.* — *Mentira.* Se inclinó hacia adelante, los codos apoyados en la mesa, las manos casi tocando las suyas—. *Tu respiración está acelerada. Y te has mordido el labio tres veces desde que entraste.* Clara soltó una risa baja, incrédula. — *¿Las contaste?* — *Lo cuento todo cuando se trata de ti.* El silencio que siguió fue cargado, eléctrico. Rafael extendió la mano y tomó un mechón de su cabello, enrollándolo entre los dedos antes de soltarlo. El contacto fue ligero, casi imperceptible, pero Clara sintió como si él hubiera pasado la mano por todo su cuerpo. — *¿Qué quieres, Clara?* Ella no respondió de inmediato. En lugar de eso, se inclinó hacia adelante también, hasta que sus rostros estuvieron a pocos centímetros de distancia. Su perfume la envolvió, cálido y masculino, y tuvo que contenerse para no cerrar los ojos e inhalar profundamente. — *Lo mismo que tú.* Rafael sonrió, lento y peligroso. Entonces, sin aviso, extendió la mano y sujetó su mentón, el pulgar presionando ligeramente su labio inferior. Clara entreabrió la boca por instinto, sintiendo el sabor salado de su piel cuando él pasó el dedo sobre su lengua. Un gemido bajo escapó de la garganta de Rafael. — *Joder.* Se levantó de repente, tirando de ella de la mano. Clara se puso de pie, los tacones haciéndola casi de su altura. Rafael la empujó contra la mesa, las carpetas y papeles esparciéndose por el suelo con un ruido sordo. Sus manos se deslizaron por sus muslos, levantando la falda hasta que la tela se arremolinó en su cintura. Clara jadeó cuando la levantó y la sentó sobre la madera fría, los dedos hundiéndose en la carne suave de sus piernas. — *Di que quieres esto* —murmuró, su boca flotando sobre la de ella—. *Di que me deseas tanto como yo a ti.* Clara sujetó su rostro entre las manos, los dedos enredándose en el cabello corto de su nuca. — *Lo quiero. Pero no aquí.* Rafael se detuvo, la respiración pesada. Por un segundo, pensó que la ignoraría, que le arrancaría las bragas allí mismo y la tomaría sobre el escritorio. Pero entonces retrocedió, los ojos oscuros brillando con algo más que deseo—algo como respeto. O quizá solo estrategia. — *Tienes razón.* Pasó la mano por su rostro, como si necesitara recomponerse—. *No aquí. No así.* Clara se deslizó de la mesa, arreglando la falda con manos temblorosas. Rafael la observaba, el pecho subiendo y bajando en un ritmo acelerado. — *Entonces ¿dónde?* Él sonrió, sacando el celular del bolsillo. La pantalla iluminó su rostro por un segundo, revelando una expresión que Clara nunca había visto en él—vulnerable, casi hambrienta. — *Te enviaré un mensaje. Con una dirección.* — *¿Cuándo?* — *Mañana. En el after office.* Clara asintió, tomando su bolso del suelo. Cuando llegó a la puerta, se detuvo con la mano en el picaporte. — *Rafael.* — *¿Sí?* — *No tardes.* Él rio, bajo y ronco. — *Ni un segundo más de lo necesario.* La mesa de caoba del bar estaba llena de vasos de cerveza, copas de vino tinto y platos con aperitivos a medio terminar. El after office de la empresa siempre era así: un ritual de descompresión donde las sonrisas se ensanchaban, las voces se mezclaban en un zumbido agradable y, por unas horas, el peso de los plazos y las metas parecía evaporarse. Clara estaba sentada en un rincón discreto, cerca de la ventana, con una copa de espumante frío entre los dedos. El líquido dorado reflejaba la luz ámbar de la lámpara, y giraba el tallo de la copa lentamente, como si el movimiento pudiera calmar el calor que subía por sus muslos cada vez que sus ojos se encontraban con los de Rafael al otro lado del salón. Él estaba rodeado por colegas del departamento financiero, riendo de alguna broma interna, la chaqueta colgada en el respaldo de la silla, las mangas de la camisa blanca arremangadas hasta los codos. La corbata floja, el cuello abierto lo suficiente para revelar la curva de su cuello—un detalle que Clara ya había memorizado. Cuando llevó el vaso de whisky a los labios, sus ojos oscuros recorrieron el ambiente y, por un segundo, se posaron en ella. No fue una mirada casual. Fue una promesa. El celular vibró en su bolso. Clara lo sacó con discreción, deslizando el dedo por la pantalla. El mensaje era de un número desconocido, pero sabía de quién era. *"Estás hermosa hoy. Pero creo que te prefiero sin nada."* El corazón le dio un vuelco. Levantó la vista, pero Rafael ya había vuelto a conversar con los demás, como si nada hubiera pasado. Respiró hondo y tecleó, los dedos temblando ligeramente. *"¿Esto es una invitación o una amenaza?"* La respuesta llegó casi al instante. *"Las dos cosas. Pero depende de ti."* Clara mordió su labio inferior, sintiendo el sabor del pintalabios. A su alrededor, las risas y conversaciones continuaban, pero ella se sentía aislada en una burbuja de anticipación. Miró el reloj—20:15. El after office terminaba oficialmente a las 21:00, pero nadie se iba nunca a tiempo. Escribió otro mensaje. *"Tengo miedo de responder."* *"¿Miedo de qué?"* *"De no poder parar."* Hubo una pausa. Lo suficientemente larga como para que Clara imaginara a Rafael leyendo el mensaje, el pulgar flotando sobre la pantalla, los labios curvándose en una sonrisa lenta. Cuando llegó la respuesta, fue como si hubiera susurrado las palabras en su oído. *"Entonces no pares."* Cerró los ojos por un segundo, sintiendo el peso de la decisión. Cuando los abrió, Rafael estaba de pie, despidiéndose de los colegas con un gesto. Caminó hasta la barra, pidió la cuenta y Clara lo vio pagar con una tarjeta, los dedos largos golpeando ligeramente el mármol. Antes de salir, se giró y lanzó una última mirada en su dirección—una mirada que decía *sígueme*. Clara esperó cinco minutos. Cinco minutos interminables, donde cada segundo parecía estirarse como una goma a punto de romperse. Luego, tomó su bolso, dejó un billete de veinte reales sobre la mesa y salió. El aire de la noche estaba fresco, cargado con el olor a lluvia reciente y asfalto mojado. Rafael estaba apoyado en un poste de luz, el celular en la mano, los ojos fijos en la pantalla. Cuando la vio, guardó el aparato en el bolsillo y se apartó del poste, caminando hacia ella con pasos largos y decididos. — Te tardaste —dijo él, la voz baja, casi ronca. — Necesitaba asegurarme de que nadie estuviera mirando. Rafael sonrió, una sonrisa que no era profesional ni amistosa, sino algo entre la complicidad y el hambre. — ¿Y lo están? — No. — Perfecto. Extendió la mano, no para tocarla, sino como una invitación. Clara dudó un segundo antes de colocar la suya sobre la de él. Su piel estaba cálida, los dedos entrelazándose con los suyos con una naturalidad que la sorprendió. Caminaron en silencio por la acera, los pasos sincronizados, como si ya hubieran hecho esto antes. — ¿Adónde vamos? —preguntó ella, aunque ya sabía la respuesta. — A un lugar donde nadie nos conozca. El hotel estaba a tres cuadras de allí, un edificio discreto de fachada gris, con un letrero de neón azul que parpadeaba *Habitaciones* en letras pequeñas. Rafael empujó la puerta de vidrio y la sostuvo para que Clara pasara. El vestíbulo era sencillo, con un mostrador de madera oscura y un empleado de mediana edad detrás, leyendo un periódico. Apenas levantó la vista cuando Rafael se acercó. — Buenas noches. Una habitación, por favor. El hombre asintió, tecleó algo en la computadora y deslizó una llave magnética sobre el mostrador. — Habitación 407. El ascensor está a la izquierda. Rafael tomó la llave sin decir nada y se giró hacia Clara. Sus ojos brillaban con una intensidad que la hizo contener la respiración. — ¿Vamos? Ella asintió. El ascensor era estrecho, con paredes espejadas que reflejaban sus cuerpos lado a lado. Clara podía ver su propio reflejo—el vestido negro ajustado, el cabello castaño cayendo sobre los hombros, los labios entreabiertos. Rafael estaba lo suficientemente cerca como para sentir el calor irradiando de su cuerpo, pero no la tocaba. Todavía no. Cuando las puertas se abrieron en el cuarto piso, él salió primero, siguiendo por el pasillo hasta la puerta 407. Clara lo observó insertar la llave magnética, el movimiento preciso, casi ritualístico. La luz verde parpadeó, y empujó la puerta, haciendo un gesto para que ella entrara. La habitación era sencilla, pero limpia. Una cama matrimonial con sábanas blancas, una lámpara en la mesita de noche, una ventana con cortinas pesadas que bloqueaban la luz de la calle. Rafael cerró la puerta y la cerró con llave, el clic de la cerradura resonando como un punto final en cualquier vacilación que aún pudiera existir. Clara dejó el bolso sobre la cómoda y se giró hacia él. Rafael estaba parado en medio de la habitación, las manos en los bolsillos, observándola con una expresión que mezclaba deseo y algo más—algo como curiosidad, como si estuviera tratando de descifrarla. — Estás nerviosa —dijo él, no como una pregunta, sino como una constatación. — Un poco. — ¿Por qué? — Porque yo no hago esto. Nunca. Rafael dio un paso adelante, luego otro, hasta quedar lo suficientemente cerca como para que ella sintiera el olor de su colonia—algo amaderado, con un toque de especias. Levantó la mano y tomó un mechón de su cabello entre los dedos, enrollándolo lentamente. — Yo tampoco. — Mentiroso. Él rio, bajo. — Tal vez. Pero no con alguien del trabajo. — Entonces ¿por qué conmigo? Rafael soltó su cabello y deslizó la mano hasta su rostro, el pulgar trazando el contorno de su labio inferior. — Porque me desafías. Porque cuando te miro, no veo a una colega. Veo a una mujer que sabe lo que quiere y no tiene miedo de ir por ello. Clara contuvo la respiración cuando sus dedos bajaron por su cuello, deteniéndose en la base de la garganta, donde el pulso latía descontrolado. — ¿Y qué crees que quiero? — Lo mismo que yo. Se inclinó, los labios flotando a centímetros de los suyos. Clara podía sentir su aliento cálido, el olor a whisky y menta. — ¿Y qué es? — Esto. Y entonces la besó. No fue un beso suave. Fue voraz, como si hubiera estado esperando ese momento desde la primera vez que la vio en los pasillos de la empresa. Clara respondió con la misma intensidad, las manos subiendo a sus hombros, atrayéndolo más cerca. Rafael la empujó contra la pared, su cuerpo presionando el de ella, y sintió cada centímetro de él—duro, hambriento, perfecto. Sus manos se deslizaron por su espalda, bajando el cierre del vestido. La tela se deslizó por sus hombros, cayendo en un montón a sus pies. Clara quedó solo con la lencería negra, los tacones aún puestos, y Rafael retrocedió un paso para mirarla. — Joder —murmuró, la voz ronca. Clara sonrió, sintiéndose poderosa bajo esa mirada. — ¿Te gusta? — No tienes idea. La atrajo de nuevo, las manos explorando cada curva, cada centímetro de piel expuesta. Clara gimió cuando sus labios encontraron su cuello, los dientes rozando la clavícula. Enredó los dedos en su cabello, atrayéndolo más cerca, mientras la otra mano bajaba por su pecho, por los botones de la camisa, hasta encontrar el cinturón. — Hablas demasiado —susurró, desafiante. Rafael rio, un sonido oscuro y delicioso, y la tomó en brazos, llevándola hasta la cama. La acostó sobre las sábanas y se arrodilló entre sus piernas, los ojos nunca dejando los suyos mientras se desabotonaba la camisa, revelando un torso musculoso, marcado por algunas cicatrices finas. Clara extendió la mano, trazando una de ellas con la punta de los dedos. — ¿Qué es esto? — Una historia para otro momento. Se inclinó sobre ella, los labios encontrando los suyos nuevamente, y Clara olvidó todas las preguntas. Sus manos estaban en todas partes—desabrochando el sujetador, bajando las bragas, explorando cada curva con una precisión que la volvía loca. Cuando sus dedos encontraron el punto exacto entre sus piernas, arqueó la espalda, un gemido escapando de sus labios. — Rafael… — Shh —murmuró, el aliento cálido contra su oído—. *Todavía no.* Se deslizó hacia abajo, los labios reemplazando los dedos, y Clara se aferró a las sábanas, las uñas clavándose en la tela. Cada movimiento de su lengua era una ola de placer, cada susurro una promesa de más. Cuando estuvo al borde del abismo, él se detuvo, levantándose sobre ella con una sonrisa satisfecha. — Porque quiero que te corras conmigo dentro. Las palabras fueron dichas con una crudeza que la hizo estremecer. Rafael se levantó, se quitó el resto de la ropa y tomó un preservativo de la billetera, rasgando el paquete con los dientes. Clara lo observó, el cuerpo palpitando de anticipación, mientras se posicionaba entre sus piernas. — ¿Estás segura? —preguntó, la voz ronca. Clara asintió, atrayéndolo hacia sí. — Absolutamente. Y entonces entró en ella. Fue como si todo el aire hubiera sido succionado de la habitación. Clara gimió, las uñas clavándose en su espalda, mientras Rafael se movía con una lentitud torturante, cada embestida profunda y deliberada. Envolvió las piernas alrededor de sus caderas, atrayéndolo más profundo, y él gimió contra su cuello, los dientes rozando la piel sensible. — Joder, Clara… Ella no respondió. No podía. Las palabras se habían disuelto en un enredo de sensaciones—el peso de él sobre ella, el ritmo de sus cuerpos moviéndose juntos, el sonido húmedo y perfecto de cada embestida. Rafael aceleró, las manos sujetando sus caderas con fuerza, y sintió el orgasmo acercarse como una ola, cada vez más alta, cada vez más inevitable. — Córrete conmigo —susurró él, la voz tensa. Y ella obedeció. El placer la golpeó como un rayo, dejándola sin aire, sin pensamientos, solo sensaciones. Rafael la siguió segundos después, el cuerpo tensándose sobre el de ella, un gemido ronco escapando de sus labios mientras se derramaba dentro de ella. Por un largo momento, ninguno de los dos se movió. Solo respiraban, los cuerpos aún entrelazados, el sudor mezclándose en la piel. Rafael apoyó la frente contra la de ella, los ojos cerrados, como si estuviera saboreando cada segundo. — Esto —dijo finalmente, la voz baja— fue mejor de lo que imaginé. Clara sonrió, pasando los dedos por su cabello. — ¿Y lo imaginaste mucho? — Más de lo que debería. Rodó hacia un lado, atrayéndola hacia sí, y Clara se acurrucó contra su pecho, escuchando el ritmo acelerado de su corazón. La habitación estaba en silencio, salvo por el sonido de sus respiraciones calmándose. — ¿Qué hacemos ahora? —preguntó ella, después de un rato. Rafael besó la parte superior de su cabeza. — Volvemos al trabajo. Como si nada hubiera pasado. — ¿Y después? Sonrió contra su cabello. — Después, vemos. Clara cerró los ojos, sintiendo el peso de su cuerpo, el calor de su piel, la promesa implícita en sus palabras. Sabía que no sería sencillo. Sabía que el riesgo de ser descubiertos hacía que todo fuera más peligroso, más excitante. Y, por primera vez en mucho tiempo, no quería que fuera sencillo. Quería que fuera exactamente así. La habitación del hotel olía a sábanas recién cambiadas y al perfume cítrico que Rafael usaba, un aroma que Clara ya asociaba con la anticipación. La luz tenue de la lámpara de la mesita de noche bañaba las paredes en tonos ámbar, creando sombras que danzaban mientras se movían. Aún sentía un cosquilleo en el estómago, el mismo que la había acompañado desde el momento en que escribió *"Estoy en la habitación 1204"* en el celular, los dedos temblando ligeramente sobre las teclas. Rafael cerró la puerta tras de sí con un clic suave, pero el sonido resonó como un trueno en el silencio cargado entre ellos. Por un instante, ninguno de los dos se movió. Clara estaba de pie junto a la cama, las manos entrelazadas frente al cuerpo, como si aún pudiera aferrarse al último hilo de control. Rafael la observaba, los ojos oscuros recorriendo cada detalle—el pintalabios ligeramente corrido, la blusa ajustada que había elegido con cuidado, la manera en que sus dedos apretaban la correa del bolso. — Estás hermosa —dijo él, la voz ronca. Ella rio, un sonido bajo y nervioso. — Ya me has visto así en el trabajo. — No así. —Dio un paso adelante, acortando la distancia entre ellos—. No con este vestido. Clara miró hacia abajo. La tela negra moldeaba sus curvas, el escote discreto lo suficiente para la oficina, pero ahora, bajo su mirada, parecía hecho para ser arrancado. Rafael levantó la mano, los dedos rozando el contorno de su mentón antes de deslizarse por su cuello, deteniéndose en el pulso acelerado bajo la piel. — Estás nerviosa —murmuró. — ¿Y tú no? Él sonrió, lento y peligroso. — Lo estoy. Pero de una manera buena. Su mano bajó más, los dedos trazando la línea del escote, provocando un escalofrío que recorrió todo su cuerpo. Clara cerró los ojos por un segundo, sintiendo el calor de su palma contra su piel. Cuando los abrió, Rafael estaba más cerca, su aliento cálido contra su boca. — ¿Puedo? —preguntó, la voz un susurro. Ella no respondió con palabras. En su lugar, se inclinó hacia adelante, sus labios encontrando los de él en un beso que comenzó suave, casi tímido, pero pronto se transformó en algo más urgente. Las manos de Rafael se deslizaron por su espalda, atrayéndola contra sí, y Clara sintió su cuerpo reaccionar, duro e insistente contra su vientre. Un gemido escapó de su garganta, ahogado por su boca, y Rafael aprovechó para profundizar el beso, la lengua explorando con un hambre que la hizo temblar. — He pensado en esto —confesó él, apartándose solo lo suficiente para hablar, los labios aún rozando los suyos—. En cómo sería tocarte sin tener que parar. Clara mordió su labio inferior, sintiendo el deseo pulsar entre sus piernas. — ¿Y cómo es? — Mejor de lo que imaginé. La empujó suavemente hacia atrás, hasta que sus piernas encontraron el borde de la cama. Clara se sentó, los ojos fijos en él mientras Rafael se arrodillaba frente a ella, las manos deslizándose por sus muslos, empujando el vestido hacia arriba. La tela se acumuló en su cintura, exponiendo la piel suave y las medias de seda que terminaban justo por encima de las rodillas. — Planeaste esto —dijo él, los dedos trazando círculos lentos en la parte interna de sus muslos. — Tal vez. — Me gusta. Rafael se inclinó hacia adelante, los labios reemplazando los dedos, besando la piel sensible mientras sus manos subían más, los pulgares rozando el encaje de las bragas. Clara arqueó la espalda, un suspiro escapando cuando encontró el punto exacto donde la tela estaba húmeda. — Rafael… — Shh. —Besó la parte interna de su muslo, la lengua dejando un rastro cálido—. Déjame probarte. Sus manos apartaron las bragas a un lado, y Clara sintió el primer contacto de su lengua, lento y deliberado, como si quisiera memorizar cada reacción. Se aferró a las sábanas, los nudillos palideciendo, mientras Rafael la exploraba con una paciencia que era casi cruel. Cada movimiento de su lengua, cada succión suave de sus labios, hacía que su cuerpo se retorciera, los gemidos escapando en oleadas. — Por favor —suplicó, la voz quebrada. Rafael levantó la cabeza, los labios brillantes. — ¿Por favor qué? — Necesito… —Clara mordió el labio, avergonzada y excitada a la vez para terminar la frase. — Dilo. — Te necesito. Él sonrió, satisfecho, y se levantó, quitándose la camisa con movimientos rápidos. Clara lo observó, fascinada, mientras los músculos de su pecho y brazos se movían bajo la piel, la luz de la lámpara destacando cada curva. Rafael se inclinó sobre ella, las manos apoyadas en la cama, y Clara instintivamente se recostó, atrayéndolo para otro beso. Esta vez, no hubo vacilación—solo dientes, lenguas y el sonido húmedo de bocas hambrientas. Sus manos encontraron el cierre del vestido, bajándolo con un movimiento fluido. La tela se deslizó por sus hombros, exponiendo sus senos, los pezones ya duros y sensibles. Rafael no perdió tiempo. Bajó la cabeza, su boca envolviendo uno mientras la mano masajeaba el otro, los dedos pellizcando con la presión exacta para hacerla gemir. — Rafael… —Arqueó el cuerpo, ofreciéndose más—. No aguanto más. Él levantó la cabeza, los ojos oscuros de deseo. — Aguantas. Y entonces, con un movimiento rápido, la volteó boca abajo, atrayéndola hacia el borde de la cama hasta que sus rodillas tocaron el suelo. Clara sintió el aire frío contra su piel expuesta, pero pronto sus manos estuvieron allí, masajeando sus nalgas, los dedos deslizándose entre ellas, provocando. — Eres perfecta —murmuró, la voz ronca. Clara sintió su peso detrás de ella, el calor de su cuerpo desnudo contra su espalda. Una mano le sujetó el mentón, girando su rostro para que pudiera besarla de nuevo, mientras la otra bajaba, los dedos encontrando el punto donde más lo necesitaba. Gimió contra su boca, el cuerpo entero temblando cuando la penetró con dos dedos, lento y profundo. — Así —susurró Rafael, la respiración cálida en su oído—. Córrete para mí. Clara no pudo resistirse. El placer la golpeó en oleadas, el cuerpo contrayéndose alrededor de sus dedos, los gemidos ahogados contra la almohada. Rafael no se detuvo, continuando los movimientos hasta que estuvo flácida y jadeante, el cuerpo entero hormigueando. La volteó de nuevo, acostándola sobre las sábanas, y Clara lo observó mientras se quitaba el resto de la ropa, los ojos fijos en la erección dura entre sus piernas. Rafael tomó un preservativo de la billetera, rasgando el paquete con los dientes antes de colocárselo con movimientos precisos. — ¿Estás segura? —preguntó, la voz tensa. Clara extendió la mano, atrayéndolo hacia sí. — Nunca he estado más segura. Él no necesitó más incentivo. Se posicionó entre sus piernas, la punta de su miembro rozando su entrada, provocando. Clara mordió el labio, los ojos fijos en los suyos, y Rafael finalmente empujó, lento y profundo, llenándola de una sola vez. — Joder —gimió, la cabeza cayendo hacia atrás. Clara envolvió las piernas alrededor de su cintura, atrayéndolo más adentro, y Rafael comenzó a moverse, las caderas encontrando un ritmo que pronto se volvió frenético. Cada embestida la hacía gemir, los dedos clavándose en su espalda, marcando su piel. Rafael bajó la cabeza, capturando un pezón entre los dientes, mordisqueando mientras continuaba penetrándola con fuerza. — ¿Te gusta así? —preguntó, la voz ronca. — Sí —jadeó—. Más. Obedeció, aumentando el ritmo, los cuerpos chocando uno contra el otro en un ritmo primitivo. Clara sintió el placer crecer de nuevo, una presión deliciosa en el vientre, y supo que no duraría mucho. Rafael también parecía cerca—los músculos tensos, la respiración irregular, los movimientos cada vez más descontrolados. — Córrete conmigo —pidió, la voz un susurro urgente. Y ella lo hizo. El orgasmo la golpeó con fuerza, el cuerpo entero contrayéndose alrededor de él, los gemidos ahogados contra su hombro. Él la siguió segundos después, el cuerpo estremeciéndose mientras encontraba su propia liberación, los labios presionados contra su cuello en un beso que parecía una marca. Por un largo momento, ninguno de los dos se movió. La habitación estaba en silencio, salvo por el sonido de sus respiraciones jadeantes y el corazón latiendo fuerte en el pecho de Clara. Rafael finalmente se apartó, cayendo a su lado, atrayéndola hacia sí. — Esto —dijo finalmente, la voz baja— fue mejor de lo que imaginé. Clara sonrió, pasando los dedos por su cabello. — ¿Y lo imaginaste mucho? — Más de lo que debería. Rodó hacia un lado, atrayéndola contra su pecho, y Clara se acurrucó en él, escuchando el ritmo acelerado de su corazón. La habitación estaba en silencio, salvo por el sonido de sus respiraciones calmándose. — ¿Qué hacemos ahora? —preguntó ella, después de un rato. Rafael besó la parte superior de su cabeza. — Volvemos al trabajo. Como si nada hubiera pasado. — ¿Y después? Sonrió contra su cabello. — Después, vemos. Clara cerró los ojos, sintiendo el peso de su cuerpo, el calor de su piel, la promesa implícita en sus palabras. Sabía que no sería sencillo. Sabía que el riesgo de ser descubiertos hacía que todo fuera más peligroso, más excitante. Y, por primera vez en mucho tiempo, no quería que fuera sencillo. Quería que fuera exactamente así. Clara ajustó la correa del bolso en el hombro mientras cruzaba el vestíbulo acristalado de la empresa, los tacones resonando en el piso de mármol pulido. El aire acondicionado soplaba fresco contra su piel, aún sensibilizada por los toques de la noche anterior, y reprimió un escalofrío. Al pasar por la recepción, la chica del turno de la mañana levantó la vista de la computadora y sonrió, pero Clara apenas lo registró. Su mente estaba en otro lugar—en las sábanas revueltas, en el sabor de Rafael en su boca, en la manera en que sus dedos habían trazado caminos invisibles en su piel. En el ascensor, presionó el botón del sexto piso y se recostó contra la pared de espejos, observando su reflejo. El pintalabios rojo estaba impecable, pero sus labios aún guardaban la hinchazón de los besos. Pasó la punta de los dedos sobre ellos, como si pudiera borrar las marcas del pecado. *Como si quisiera*, pensó, sonriendo para sí misma. La puerta se abrió con un *ding* suave, y enderezó la postura, adoptando su expresión neutral de siempre. Los pasillos estaban casi vacíos a esa hora, solo algunos empleados del turno de la mañana moviéndose entre los cubículos. Clara saludó con gestos discretos, pero sus ojos buscaban algo—alguien—que aún no estaba allí. Se sentó en su escritorio, encendió la computadora y fingió revisar correos mientras el reloj en la pared marcaba los minutos con una lentitud torturante. Fue entonces cuando lo vio. Rafael apareció al final del pasillo, camisa blanca impecable, mangas arremangadas hasta los codos, los antebrazos marcados por venas que Clara ahora conocía de memoria. Llevaba una carpeta de cuero bajo el brazo y saludaba a los colegas con esa sonrisa fácil, profesional, que no delataba nada de lo que había sucedido entre ellos. Pero cuando sus miradas se encontraron, algo cambió. Un destello rápido, casi imperceptible, cruzó sus ojos. Clara sintió que el estómago se le contraía. Pasó junto a su escritorio sin detenerse, pero su mano rozó levemente el respaldo de su silla—un toque tan breve que podría ser accidental. O no. — Buenos días, Clara —dijo, la voz baja, pero lo suficientemente clara para que ella escuchara el tono ronco bajo la formalidad. — Buenos días, Rafael —respondió, levantando la vista como si estuviera sorprendida de verlo allí. Él siguió adelante, pero no antes de lanzar una última mirada por encima del hombro, los labios curvados en una media sonrisa que decía *más tarde*. La mañana se arrastró. Clara tecleaba informes con precisión mecánica, pero su mente vagaba entre los recuerdos de la noche anterior y la expectativa de lo que vendría. El celular vibró en el bolsillo de su blazer, y lo sacó bajo la mesa, fingiendo revisar algo en el sistema. El mensaje de Rafael apareció en la pantalla: *"Sala de reuniones 3. 12:30. No almuerces."* El corazón le dio un vuelco. Miró a su alrededor, pero nadie parecía haber notado. Escribió una respuesta rápida: *"¿Y si alguien nos ve?"* La respuesta llegó en segundos: *"Ese es el punto."* Clara mordió su labio inferior, sintiendo el calor extenderse entre sus piernas. Guardó el celular e intentó concentrarse en el trabajo, pero las palabras de Rafael resonaban en su mente. *Ese es el punto.* El peligro, la adrenalina, la posibilidad de ser descubiertos—todo eso solo hacía que la idea fuera más excitante. A las 12:25, Clara se levantó con un pretexto cualquiera—necesitaba recoger un documento de la impresora, dijo. Nadie cuestionó. Caminó por el pasillo con pasos firmes, pero por dentro temblaba. La puerta de la sala de reuniones 3 estaba entreabierta. La empujó con cuidado y entró, cerrándola tras de sí. Rafael estaba de pie junto a la ventana, las manos en los bolsillos, mirando la ciudad abajo. Se giró al escuchar el clic de la cerradura, y la sonrisa que le dirigió era puro pecado. — Viniste —dijo, como si hubiera alguna duda. — Tú lo pediste —respondió ella, apoyándose en la puerta. Él dio un paso adelante, luego otro, hasta que estuvieron a solo unos centímetros de distancia. Clara podía sentir el olor de su colonia, mezclado con el aroma del café que había tomado. El perfume era embriagador. — No puedo dejar de pensar en ti —confesó Rafael, la voz baja—. En cómo gemiste cuando te toqué. En cómo tu cuerpo respondió al mío. Clara sintió que el rostro le ardía, pero no apartó la mirada. — ¿Y crees que yo puedo? —replicó, la voz temblorosa—. Pasé toda la mañana tratando de no recordar cómo fue estar contigo. Rafael levantó la mano y rozó los nudillos contra su mejilla, bajando por su cuello hasta el cuello de la blusa. Clara contuvo la respiración. — ¿Qué hacemos ahora? —preguntó él, repitiendo la pregunta que ella había hecho la noche anterior. — Fingimos que no pasó nada —respondió Clara, pero su voz falló cuando los dedos de él se deslizaron dentro de la blusa, encontrando el broche del sujetador. — ¿Eso es lo que quieres? —murmuró Rafael, inclinándose para besar la comisura de su boca—. ¿Fingir? Clara cerró los ojos, sintiendo el calor de su cuerpo tan cerca. — No —admitió—. Pero no tenemos opción. — Siempre tenemos opción —susurró él, atrayéndola más cerca—. Y yo elijo *a ti*. El beso fue urgente, hambriento, como si ambos estuvieran muriendo de sed y solo ahora hubieran encontrado agua. Clara se aferró a su camisa, atrayéndolo contra sí, mientras Rafael la empujaba contra la puerta. Sus manos exploraban su cuerpo por encima de la ropa, apretando, acariciando, como si quisiera memorizar cada curva. — Alguien puede entrar —murmuró Clara entre besos, pero no hizo nada para detenerlo. — Cerré la puerta con llave —respondió Rafael, mordisqueando su labio inferior—. Pero si quieres parar, solo dilo. Clara no quería parar. No cuando sus dedos ya estaban desabotonando su blusa, no cuando su mano se deslizó bajo la falda, encontrando el encaje de sus bragas. Gimió bajito, arqueándose contra él. — No pares —pidió, la voz ronca. Rafael sonrió contra su piel. — No era mi intención. La mesa de reuniones estaba fría contra su espalda cuando Rafael la acostó sobre ella, empujando papeles y bolígrafos a un lado. Se arrodilló entre sus piernas, bajando sus bragas con movimientos lentos, deliberados. Clara mordió el labio para no gemir en voz alta cuando su boca encontró su sexo, la lengua cálida y húmeda explorándola con una precisión torturante. — Rafael… —susurró, las manos enredándose en su cabello—. Alguien puede escuchar. — Entonces quédate callada —respondió él, levantando la vista para mirarla—. O paro. Clara sabía que no pararía. No cuando el deseo entre ellos era tan palpable, tan urgente. Se obligó a permanecer en silencio, pero los gemidos se le escapaban entre los dientes apretados mientras su lengua la llevaba cada vez más cerca del límite. Cuando se corrió, fue con un espasmo violento, el cuerpo temblando mientras intentaba ahogar el sonido contra su brazo. Rafael no le dio tregua—se levantó, abrió la cremallera del pantalón y la penetró con un movimiento único, profundo. Clara mordió el labio hasta sentir el sabor a sangre, las uñas clavándose en sus hombros. — Joder, Clara —gimió Rafael, las caderas moviéndose en un ritmo implacable—. Eres tan deliciosa. Ella no respondió. No podía. Solo se aferró a él, sintiendo cómo el placer crecía de nuevo, más intenso, más urgente. Cuando se corrió por segunda vez, fue con un grito ahogado contra su pecho, los dientes marcando su piel. Rafael la siguió poco después, el cuerpo tensándose antes de desplomarse sobre ella, jadeante. Se arreglaron en silencio, intercambiando miradas cómplices mientras ajustaban la ropa. Clara se pasó los dedos por el cabello, tratando de domar los mechones rebeldes, y Rafael la observó con una sonrisa satisfecha. — Estás hecha un desastre —dijo, atrayéndola para un último beso. — Tú tienes la culpa —replicó ella, pero no había reproche en su voz. Rafael rio bajito y abrió la puerta, asomándose al pasillo antes de hacerle una señal de que estaba despejado. Clara salió primero, las piernas aún temblorosas, el cuerpo aún hormigueando. Rafael la siguió unos minutos después, como si nada hubiera pasado. Pero algo había cambiado. Los días siguientes fueron una danza de miradas furtivas, mensajes codificados y encuentros rápidos en lugares improbables—el archivo del sótano, el baño del piso de arriba, una vez incluso en el estacionamiento, en el asiento trasero de su auto. Cada vez era más intenso, más peligroso, más excitante. Clara descubrió que le encantaba el riesgo. Le encantaba la manera en que el corazón le latía con fuerza cuando Rafael pasaba junto a su escritorio y dejaba una nota doblada bajo el teclado. Le encantaba la tensión en los pasillos, la posibilidad de ser descubiertos en cualquier momento. Le encantaba la manera en que la miraba cuando creía que nadie lo veía—como si ella fuera lo único que importaba. ¿Y Rafael? No podía quitarle las manos de encima. Cada vez que estaban a solas, aunque fuera por unos segundos, necesitaba tocarla—una mano en la cintura, un dedo rozando el suyo, un beso robado en el cuello. Era como si el deseo entre ellos se hubiera convertido en una entidad viva, algo que los consumía y los unía al mismo tiempo. Un viernes por la noche, después de que la mayoría de los empleados ya se habían ido, Clara estaba terminando un informe cuando escuchó pasos detrás de ella. Se giró y encontró a Rafael apoyado en el marco de la puerta, los brazos cruzados, una sonrisa perezosa en los labios. — Todavía estás aquí —dijo, como si fuera una sorpresa. — Tenía trabajo que terminar —respondió ella, pero sus ojos delataban el deseo. Rafael entró en la oficina y cerró la puerta tras de sí. — Yo también —murmuró, acercándose—. Pero acabo de darme cuenta de que olvidé revisar un detalle importante. Clara arqueó una ceja. — ¿Ah, sí? ¿Y qué detalle sería ese? Se detuvo frente a ella, las manos apoyadas en el escritorio, aprisionándola entre sus brazos. — Este —dijo, y la besó. Fue un beso lento, profundo, lleno de promesas. Clara se aferró a él, sintiendo cómo su cuerpo respondía al instante. Cuando Rafael se apartó, los dos estaban jadeantes. — Sabes que esto es una locura, ¿verdad? —preguntó ella, aunque no había convicción en su voz. — La mejor locura que he vivido —respondió Rafael, besándola de nuevo—. Y no quiero que termine. Clara sonrió contra sus labios. — Yo tampoco. Y así, entre miradas cómplices y encuentros secretos, descubrieron que el peligro no era un obstáculo—era el condimento que hacía que todo fuera más dulce. El riesgo de ser descubiertos solo aumentaba la excitación, la adrenalina, la sensación de que cada momento juntos era robado, precioso. Clara aprendió a reconocer el sonido de los pasos de Rafael en el pasillo. Rafael aprendió a leer las señales sutiles—el rubor en sus mejillas, la manera en que mordía el labio cuando estaba excitada, cómo sus ojos se oscurecían cuando el deseo hablaba más fuerte. No sabían qué les deparaba el futuro. No sabían si algún día podrían ser algo más que amantes secretos. Pero, por ahora, eso bastaba. Porque, al fin y al cabo, lo prohibido siempre había sido lo más delicioso.

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