Susurros en el Ascensor
Por Tonkix

**Susurros en el Ascensor**
El reloj en la pared de la oficina marcaba las 20:47 cuando Clara ajustó las gafas de montura fina sobre su nariz, los dedos aún levemente temblorosos por tanto teclear. La pantalla del ordenador proyectaba un brillo azulado sobre su rostro, iluminando los mechones castaños que escapaban del moño severo, sujeto con dos lápices —un hábito antiguo, de la época de la universidad, cuando no tenía dinero para horquillas—. Exhaló lentamente, los labios entreabiertos dejando escapar un suspiro que parecía cargar el peso de horas de cálculos, hojas de cálculo e informes que nadie más en el piso se molestaba en revisar con tanto cuidado.
La oficina estaba casi vacía. Solo el zumbido bajo de los ordenadores en modo de espera y el ocasional clic de las teclas rompía el silencio. Los cubículos, antes ocupados por colegas charlatanes, ahora parecían cuevas abandonadas, con monitores apagados y sillas giratorias vacías. A Clara le gustaba esa hora. Era cuando el mundo profesional se reducía a ella, a los números y a esa sensación de control que solo encontraba entre columnas de débitos y créditos perfectamente alineados.
Estiró los brazos por encima de la cabeza, los músculos de la espalda protestando tras horas encorvada sobre el teclado. La blusa de seda, antes impecable, ahora mostraba pliegues sutiles en los hombros, y el olor del café frío que había tomado horas antes aún flotaba en el aire, mezclado con el perfume discreto de lavanda que usaba. A Clara nunca le gustaron las fragancias fuertes —prefería algo que apenas se notara, como si hasta su aroma fuera una extensión de su discreción.
Fue entonces cuando escuchó el sonido de pasos.
No eran los pasos apresurados de alguien corriendo a tomar el ascensor, ni los tacones altos y decididos de una colega retrasada. Eran pasos lentos, deliberados, como si quien los daba estuviera saboreando cada movimiento. Clara no necesitó mirar para saber que no era alguien del departamento de finanzas. Los pasos se acercaron a la cocina, y escuchó el tintineo de una taza siendo colocada sobre la encimera, seguido del sonido de la máquina de café al encenderse.
Un aroma rico y intenso se esparció por el aire, invadiendo el espacio antes ocupado solo por el olor a papel viejo y aire acondicionado. Clara cerró los ojos por un instante, inhalando profundamente. Era un café fuerte, de esos que queman la lengua si se toman sin cuidado, pero que dejan un sabor amargo y envolvente en la boca. Sabía que era él.
Daniel.
Había llegado hacía tres semanas, un nuevo gerente de proyectos traído de otra sucursal para "oxigenar el equipo", como había dicho el director en una reunión general. Clara no había prestado mucha atención a la presentación —estaba demasiado ocupada revisando los números del trimestre anterior—. Pero desde el primer día, había notado la manera en que él ocupaba el espacio. No era solo la altura, ni los hombros anchos que llenaban bien el traje bien cortado. Era algo en su postura, en la forma en que se movía como si el mundo a su alrededor fuera un escenario y él, el único actor que conocía todas las líneas.
Clara escuchó el sonido de la taza siendo colocada nuevamente, seguido de un suspiro satisfecho. Él tomaba el café solo, sin azúcar. Sabía eso porque, en una de las pocas veces en que habían intercambiado más que saludos formales, él había mencionado que el azúcar era "un crimen contra el café". La frase la había hecho sonreír, a pesar de sí misma.
—¿Aún aquí?
La voz de Daniel era baja, pero clara, como si hubiera calculado el volumen exacto para no asustarla. Clara abrió los ojos y lo encontró parado en la entrada de su cubículo, una mano apoyada en el marco, la otra sosteniendo la taza humeante. Se había quitado el saco, y las mangas de la camisa estaban enrolladas hasta los codos, revelando antebrazos fuertes, cubiertos por una ligera capa de vello oscuro. Los primeros botones de la camisa estaban desabrochados, y podía ver la sombra de una cadena fina de plata contra la piel bronceada.
—El informe del tercer trimestre no se va a escribir solo —respondió, intentando mantener el tono profesional, pero la voz le salió más ronca de lo que pretendía.
Daniel inclinó la cabeza, los ojos oscuros —casi negros— fijos en ella con una intensidad que la hizo moverse inquieta en la silla. No sonrió, pero había algo en la forma en que la observaba que la hacía sentir incómoda, como si él estuviera viendo más de lo que ella quería.
—¿Siempre te quedas hasta tarde?
—Solo cuando es necesario.
—¿Y quién decide lo que es necesario? ¿Tú o el informe?
Clara parpadeó, sorprendida por la pregunta. Nadie había cuestionado su rutina antes. Dudó, los dedos tamborileando levemente sobre la mesa.
—Ambos.
Daniel finalmente sonrió, una sonrisa lenta, casi perezosa, como si supiera que había ganado un punto en esa conversación. Dio un paso adelante, entrando en el cubículo, y el espacio pareció encogerse. Clara sintió el olor del café mezclado con su perfume —algo amaderado, con un toque de especias que no lograba identificar—. Era un aroma que la hacía pensar en noches calurosas y sábanas revueltas, aunque nunca hubiera experimentado nada parecido.
—¿Sabes que te pagan por el horario laboral, no? —murmuró, inclinándose ligeramente hacia adelante, los dedos ahora apoyados en su mesa—. No por tu sacrificio personal.
Clara miró su mano, tan cerca de la suya que podía sentir el calor irradiando de su piel. Tragó saliva.
—No es un sacrificio. Es responsabilidad.
—Responsabilidad —repitió, como si la palabra tuviera un sabor interesante—. Me gusta eso. Pero a veces, Clara, la responsabilidad puede ser una excusa para no vivir.
Ella levantó los ojos, encontrándose con los suyos. Había algo allí, una chispa que no podía nombrar, pero que la hizo contener la respiración un segundo más de lo necesario.
—¿Y qué sugieres que haga, Daniel? ¿Dejar el trabajo a medias?
Él enderezó el cuerpo, tomando un sorbo de café antes de responder.
—No. Sugiero que termines lo que empezaste. Pero también sugiero que, a veces, te permitas mirar alrededor. El mundo no se detiene cuando levantas los ojos de la pantalla.
Clara no respondió. No sabía qué decir. Daniel la observó unos segundos más, como si estuviera memorizando cada detalle de su rostro —la curva de los labios, la manera en que las gafas se deslizaban un poco cuando inclinaba la cabeza, la sombra de cansancio bajo los ojos—. Luego, con un gesto casi imperceptible, se dio la vuelta y caminó de regreso a la cocina.
Ella se quedó allí, inmóvil, escuchando el sonido de sus pasos alejándose, el tintineo de la taza siendo lavada, el ruido de la máquina de café apagándose. Cuando finalmente se permitió respirar hondo, notó que sus manos estaban húmedas.
Y, por primera vez en mucho tiempo, Clara se preguntó qué pasaría si, solo una vez, levantara la vista antes de terminar el trabajo.
Clara tardó tres días en darse cuenta de que la invitación de Daniel no era solo profesional. No es que él hubiera dicho algo fuera de tono —por el contrario, sus palabras fueron impecablemente formales, como siempre—. *"Necesito tu análisis sobre el informe de la sucursal de Curitiba. Hay un error en la proyección que puede comprometer el cierre del trimestre. ¿Podemos revisarlo juntos en la sala de reuniones 4? Es más tranquila allí"*. Su voz, grave y modulada, no delataba ninguna intención más allá de la eficiencia. Pero había algo en la forma en que sus dedos rozaron los suyos al entregarle el archivo impreso, algo en la pausa calculada antes de añadir: *"Si tienes tiempo, claro"*.
Ella tenía tiempo. O, mejor dicho, se hizo tiempo.
La sala de reuniones 4 estaba al final del pasillo, lejos de las miradas curiosas del equipo de ventas, que aún circulaba por el piso incluso después de las siete de la noche. Las paredes de vidrio esmerilado daban una ilusión de privacidad, pero Clara sabía que, desde fuera, cualquiera podría ver sus siluetas moviéndose como sombras chinescas. La idea la inquietó. O la excitó. Tal vez ambas cosas.
Daniel ya estaba allí cuando llegó, inclinado sobre la mesa de caoba, los codos apoyados en las páginas esparcidas. La luz fría de los focos en el techo resaltaba los ángulos de su rostro —la mandíbula definida, la línea recta de la nariz, la sombra de barba que nunca dejaba crecer del todo—. Levantó los ojos cuando la puerta se cerró tras ella, y por un segundo, Clara tuvo la impresión de que la estaba midiendo, no como colega, sino como algo por descubrir.
—¿Trajiste la laptop? —preguntó, señalando la silla frente a él.
—Sí. —Dejó el bolso sobre la mesa, los dedos temblorosos al abrir la cremallera—. Pero creo que podemos resolver esto en papel. Solo es cuestión de ajustar los valores de la columna D.
—Estoy de acuerdo. —Empujó un bolígrafo hacia ella—. Pero me gusta verte trabajar.
Clara se quedó helada. La frase podría haber sido inocente, pero el tono no lo era. Había una suavidad allí, una curva peligrosa en la entonación, como si las palabras hubieran sido elegidas a propósito para probar límites. Respiró hondo, sintiendo el aroma de su perfume —algo amaderado, con notas de cuero y pimienta— mezclado con el olor a café que aún impregnaba su piel.
—¿Siempre observas a la gente así? —Tomó el bolígrafo, haciéndolo rodar entre los dedos—. ¿O solo a las analistas financieras?
Daniel sonrió, lento, como si supiera exactamente el efecto que causaba.
—Solo a las que tienen la costumbre de morderse el labio inferior cuando están concentradas.
Clara llevó la mano a la boca por instinto, tocando el punto exacto donde sus dientes habían presionado segundos antes. Él rio en voz baja, un sonido que vibró en el aire entre ellos, denso y cargado.
—No te preocupes. Es uno de tus gestos que más me gustan.
Ella debería haber apartado la mirada. Debería haberse concentrado en los números frente a ella, en las hojas de cálculo, en el motivo oficial de ese encuentro. Pero no pudo. En cambio, se inclinó ligeramente hacia adelante, apoyando los antebrazos en la mesa, y dejó que la blusa se abriera un poco más en el escote.
—¿Y cuáles son los otros?
Daniel no respondió de inmediato. Sus ojos se oscurecieron, recorriendo el contorno de su cuello, la curva de los senos presionados contra el tejido fino de la camisa. Cuando volvió a mirarla, había algo depredador en su mirada.
—¿De verdad quieres saber?
Clara tragó saliva. El aire acondicionado estaba demasiado alto, o tal vez era solo la temperatura de su propio cuerpo subiendo, quemándola por dentro. Asintió, casi imperceptiblemente.
—Me gusta la forma en que tus dedos tamborilean sobre la mesa cuando estás impaciente. —Extendió la mano, rozando los nudillos de ella con los suyos, un toque ligero como una pluma—. Me gusta cómo te recoges el pelo con fuerza cuando estás cansada, como si quisieras castigarte por no ser perfecta. —Sus dedos subieron, deslizándose por el costado de su rostro, deteniéndose justo debajo de la oreja—. Y me gusta especialmente cómo cambia tu respiración cuando alguien invade tu espacio personal.
Clara no se movió. No podía. El toque de él era una corriente eléctrica, recorriendo su piel, haciendo que sus pezones se endurecieran bajo el sujetador. Olió su propio perfume —algo floral, con un toque de vainilla— mezclándose con el de él, creando una combinación intoxicante.
—Eso es… —Buscó la palabra correcta, pero su mente estaba nublada—. Inapropiado.
—Mucho. —Daniel no sonrió esta vez. Su voz era baja, casi un susurro—. Pero no me vas a pedir que pare, ¿verdad?
Debería. Debería levantarse, tomar sus cosas y salir de allí antes de que la situación se saliera de control. Pero en lugar de eso, se encontró inclinándose aún más, hasta que sus labios estuvieron a centímetros de los suyos.
—No.
El beso ocurrió como una inevitabilidad. No hubo vacilación, ni un momento de duda. Los labios de Daniel eran cálidos, firmes, exigentes. La atrajo por la nuca, profundizando el contacto, y Clara gimió contra su boca, un sonido ahogado que parecía venir de algún lugar profundo dentro de ella. Sus manos encontraron los hombros de él, los músculos tensos bajo el saco, y se aferró a él como si fuera a caer.
Cuando se separaron, ambos estaban jadeando. Daniel apoyó la frente contra la de ella, los ojos cerrados por un instante.
—Sabía que te gustaría —murmuró.
Clara rio, un sonido tembloroso y sin aliento.
—Eres insoportable.
—Y a ti te encanta.
Ella no lo negó. En cambio, pasó la mano por su pecho, sintiendo el ritmo acelerado de su corazón bajo la camisa. El informe, la sala de reuniones, toda la oficina —todo parecía distante, como si existiera en otro plano. Solo importaba el calor entre ellos, la promesa tácita de algo más.
Daniel le sujetó la muñeca, atrayéndola más cerca.
—Tenemos dos opciones. —Su voz era ronca—. Podemos terminar esta revisión como profesionales responsables. O podemos ver hasta dónde llega esto.
Clara miró hacia la puerta de vidrio. Afuera, el pasillo estaba vacío. Nadie los vería. Nadie lo sabría.
—¿Y si alguien entra?
—Entonces tendremos un problema. —Sonrió, una sonrisa lenta y peligrosa—. Pero creo que vale la pena el riesgo.
Ella no respondió. En cambio, acercó la silla, hasta que sus piernas se enredaron con las de él bajo la mesa. Daniel soltó un suspiro bajo, las manos deslizándose hacia su cintura, atrayéndola hacia su regazo con un movimiento fluido. Clara sintió su dureza contra el muslo y mordió el labio, conteniendo un gemido.
—¿Tienes idea de lo que me haces? —murmuró, los labios rozando la piel sensible bajo su oreja.
—Creo que tengo una noción. —Arqueó la espalda, presionándose contra él—. Pero aún no me lo has mostrado todo.
Daniel rio, un sonido oscuro y delicioso.
—Paciencia, Clara. —Sus dedos se deslizaron hacia el dobladillo de su falda, subiéndola con movimientos lentos, deliberados—. Aún tenemos un informe que revisar.
Ella debería haber protestado. Debería haberle recordado —y recordarse a sí misma— que estaban en un ambiente de trabajo, que cualquier desliz podría tener consecuencias. Pero cuando sus dedos encontraron el encaje de su tanga, húmeda y caliente, todas las objeciones se disolvieron en un suspiro.
—Entonces revisa —susurró, atrayéndolo para otro beso—. Rápido.
La luz parpadeó una, dos veces, como si el propio hotel dudara antes de sumergirlos en la oscuridad. Clara presionó el botón del ascensor por tercera vez, aunque sabía que era inútil: el panel ya mostraba un rojo apagado, y el zumbido mecánico había enmudecido. A su lado, Daniel soltó un suspiro bajo, más de resignación que de irritación.
—Parece que tendremos que esperar —dijo, la voz calmada, pero con un tono que Clara ya había aprendido a descifrar: algo entre diversión y desafío.
Ella cruzó los brazos, más por instinto que por frío, aunque el aire acondicionado del hotel parecía ajustado a temperaturas árticas. El vestido de lino que había elegido para la reunión de la mañana siguiente —un tono de azul que combinaba con sus ojos y, según la vendedora, "transmitía profesionalismo sin ser monótono"— ahora parecía demasiado fino, casi transparente bajo la luz de emergencia que se encendió con un clic metálico. La iluminación era tenue, amarillenta, como filtrada por un lente antiguo, y proyectaba sombras alargadas sobre el rostro de Daniel, resaltando el contorno de su mandíbula, la curva de sus labios.
—El generador debería encenderse en unos minutos —murmuró Clara, más para sí misma que para él. Su voz sonó más firme de lo que se sentía. Odiaba los ascensores. Odiaba la sensación de estar atrapada, el olor a metal y desinfectante, la forma en que el espacio parecía encogerse con cada segundo. Pero odiaba aún más cómo su cuerpo reaccionaba a su presencia allí, tan cerca, tan *consciente* de ella.
Daniel se apoyó en la pared opuesta, los brazos relajados a los lados, pero los ojos —esos ojos oscuros, siempre observadores— fijos en ella. Era una mirada que la hacía sentir como si él estuviera leyendo cada línea de su cuerpo, cada vacilación, cada deseo mal disimulado.
—Estás temblando —observó, la voz baja.
—No es cierto —mintió, pero sus manos la traicionaron al temblar cuando las presionó contra los muslos.
Él sonrió, lento, como si supiera exactamente el efecto que tenía sobre ella.
—¿De qué tienes miedo?
—¿De qué? ¿De quedarme atrapada en un ascensor? —Clara resopló, intentando sonar desdeñosa—. No seas ridículo.
—No es del ascensor de lo que tienes miedo —corrigió, separándose de la pared con un movimiento fluido. Un paso. Dos. El espacio entre ellos se redujo, y Clara retrocedió instintivamente, hasta que su espalda tocó el espejo frío—. Es de lo que pasa cuando ya no hay reglas. Cuando no hay oficina, informes, reuniones. Cuando solo somos tú y yo.
Ella tragó saliva. El aire parecía más denso, cargado con su aroma —una mezcla de jabón cítrico y algo más cálido, más íntimo, que asociaba con el calor de su piel—. Su respiración se aceleró cuando Daniel levantó la mano, no para tocarla, sino para apartar un mechón de cabello que había caído sobre su hombro. El gesto fue lento, deliberado, como si tuviera todo el tiempo del mundo.
—Te gusta fingir que no sientes esto —murmuró, los dedos rozando la curva de su cuello—. Pero yo lo veo. En las miradas que desvías cuando crees que no estoy mirando. En la forma en que tus pupilas se dilatan cuando me acerco. En cómo tu voz se vuelve más ronca cuando hablamos de cosas que no son trabajo.
Clara cerró los ojos por un segundo, intentando recuperar el control. Pero el toque de él —ligero, casi imperceptible— era como una corriente eléctrica, despertando cada terminación nerviosa de su piel. Cuando los abrió, Daniel estaba más cerca, tan cerca que podía sentir el calor de su cuerpo, la sombra de su aliento contra sus labios.
—¿Y qué ves cuando me miras? —preguntó, la voz saliendo en un susurro.
Él no respondió de inmediato. En cambio, inclinó la cabeza, los labios casi rozando la piel bajo su oreja, donde el pulso latía descontrolado.
—Veo a una mujer que se esconde detrás de hojas de cálculo e informes porque es más fácil que admitir que quiere algo que no puede controlar. —Su mano se deslizó hacia la base de su columna, atrayéndola suavemente contra él—. Veo a alguien que se muerde el labio cuando está nerviosa. Que contiene la respiración cuando la toco. Que finge no notar cuando miro su boca.
Clara sintió todo su cuerpo tensarse, no de miedo, sino de anticipación. El ascensor parecía más pequeño ahora, las paredes cerrándose a su alrededor, el aire enrarecido. Debería retroceder. Debería recordarle —y recordarse a sí misma— que aún estaban en un hotel, en un viaje de trabajo, que cualquier error allí tendría consecuencias. Pero las palabras murieron en su garganta cuando los dedos de Daniel se deslizaron bajo el dobladillo de su vestido, subiéndolo lo suficiente para exponer la piel sensible del muslo.
—Daniel… —comenzó, pero su nombre salió como un gemido cuando su mano encontró el encaje de su tanga, ya húmeda.
—Shhh —susurró, los labios rozando el lóbulo de su oreja—. Nadie nos escuchará aquí. Nadie lo sabrá.
Era una promesa. Una tentación. Clara sabía que debería detenerlo, pero cuando sus dedos se deslizaron bajo la tela, encontrando el punto más sensible entre sus piernas, toda resistencia se desvaneció. Un suspiro escapó de sus labios, y arqueó la espalda, presionándose contra su mano.
—Eso es —murmuró, la voz ronca—. Eso es lo que quería ver.
Su pulgar la rodeó lentamente, explorando, provocando, mientras los otros dedos se deslizaban dentro de ella con una facilidad que la hizo morderse el labio para contener un gemido. Clara se aferró a sus hombros, las uñas clavándose en el tejido de su camisa, pero Daniel no pareció importarle. En cambio, se inclinó para capturar su boca en un beso profundo, hambriento, como si hubiera estado esperando ese momento durante semanas.
El ascensor se balanceó levemente, como si todo el edificio estuviera conteniendo la respiración junto a ellos. Clara sintió todo su cuerpo temblar, no de frío, sino de placer, de una necesidad que crecía con cada movimiento de sus dedos. Cuando interrumpió el beso, fue solo para susurrar contra sus labios:
—Estás tan mojada, Clara. ¿Es por el ascensor? ¿O es por mí?
No pudo responder. Las palabras se perdieron en un gemido cuando aceleró el ritmo, los dedos trabajando con una precisión que la hizo arquearse contra la pared, las piernas temblando. El placer era casi insoportable, una ola que crecía, crecía, hasta que ya no pudo contenerse.
—Daniel, yo… —jadeó, pero él cubrió su boca con la mano libre, ahogando el sonido.
—No aquí —murmuró, aunque sus dedos no se detuvieron—. Aún no.
Clara sintió el orgasmo acercarse, una presión deliciosa que la hacía temblar, que la hacía querer más, más, *más*. Pero antes de que pudiera llegar al clímax, Daniel retiró la mano, dejándola jadeante, frustrada, *hambrienta*.
—¿Qué…? —logró decir, los ojos muy abiertos.
Él sonrió, lento, satisfecho, mientras llevaba los dedos a su boca y los lamía, sin apartar la mirada de ella.
—Paciencia, Clara. —Su voz era un gruñido bajo—. Te quiero entera. Y esto… —hizo un gesto hacia el ascensor, hacia el espacio estrecho, hacia la oscuridad que los envolvía— …esto fue solo el principio.
El panel del ascensor parpadeó de repente, las luces volviendo a la vida con un zumbido. El sonido de una alarma lejana resonó en el pasillo, seguido por el ruido de pasos apresurados. Alguien gritó algo sobre "generador" y "mantenimiento".
Daniel retrocedió un paso, ajustando la camisa con una calma irritante, mientras Clara luchaba por recuperar el aliento, por alisar el vestido arrugado, por fingir que no estaba al borde del colapso. Le tendió la mano, los ojos brillando con una promesa silenciosa.
—¿Vamos?
Clara dudó por un segundo, pero luego colocó su mano en la de él, sintiendo el calor de su piel, la fuerza de sus dedos cerrándose alrededor de los suyos. El ascensor comenzó a moverse de nuevo, descendiendo lentamente, como si todo el edificio supiera que necesitaban más tiempo.
Pero el tiempo, ahora, era un lujo que ninguno de los dos estaba dispuesto a esperar.
El ascensor los escupió en el vestíbulo del hotel como si el edificio no quisiera contener más lo que había comenzado entre sus paredes de acero. Clara sintió el mármol frío bajo los tacones mientras caminaba junto a Daniel, los dedos aún entrelazados con los suyos, la palma húmeda por un calor que no provenía del aire acondicionado. El recepcionista levantó la vista del mostrador, pero ninguno de los dos se inmutó. El mundo exterior se había reducido al tamaño de un ascensor, y ahora, al espacio entre sus cuerpos.
Daniel no soltó su mano ni cuando llegaron al pasillo del duodécimo piso. Solo la apretó con más fuerza, como si temiera que pudiera desaparecer en el aire. Clara observó el movimiento de sus hombros bajo el saco, la forma en que los músculos se contraían con cada paso, la respiración ligeramente acelerada —no por cansancio, sino por algo más urgente—. Conocía ese ritmo. Ya lo había visto en hojas de cálculo de flujo de caja, en gráficos de proyecciones: era el momento en que los números dejaban de ser fríos y se convertían en una promesa.
La puerta de la habitación se abrió con un clic suave. Daniel entró primero, encendiendo la luz con un gesto automático, pero Clara se detuvo en el umbral, los dedos aún hormigueando donde él la había tocado. La habitación era impersonal —la cama king-size con sábanas impecables, el escritorio con un portátil cerrado, la ventana que daba a las luces de la ciudad, parpadeando como estrellas atrapadas en el concreto—. Nada de eso importaba. Lo que importaba era el espacio entre ellos, ahora reducido a centímetros, a milímetros, a nada.
—Estás pensando demasiado —murmuró, la voz ronca.
Clara levantó los ojos. Daniel estaba a un paso de distancia, los dedos ya desabrochando los primeros botones de la camisa, los ojos oscuros fijos en ella con una intensidad que la hizo contener la respiración. Sabía lo que él veía: el vestido ligeramente arrugado, los labios entreabiertos, el pulso visible en la base del cuello. Ya no había espacio para el profesionalismo allí. Solo para lo que siempre había estado latente.
—¿Y si no quiero dejar de pensar? —desafió, pero la voz le salió temblorosa, traicionándola.
Daniel sonrió, lento, peligroso. Dio un paso más, hasta que el tejido de su camisa rozó su brazo. Clara sintió el calor de su cuerpo atravesar la seda fina de su vestido, como si el propio aire entre ellos estuviera cargado de electricidad.
—Entonces tendré que distraerte —susurró, y antes de que pudiera responder, su mano se deslizó hacia su nuca, atrayéndola para un beso.
No hubo gentileza. No en ese primer contacto. Era como si todas las semanas de miradas furtivas, de conversaciones cortadas a medias, de roces accidentales que no eran tan accidentales hubieran estallado en un solo momento. La boca de Daniel era cálida, exigente, los dientes rozando su labio inferior antes de que la lengua invadiera, posesiva. Clara gimió contra él, las manos subiendo instintivamente hacia sus hombros, aferrándose al tejido de la camisa como si necesitara algo a qué agarrarse.
Daniel la empujó contra la pared con un movimiento fluido, el cuerpo presionando el suyo de arriba abajo. Clara sintió cada centímetro de él —el pecho ancho, las caderas estrechas, la erección dura contra su vientre—. Un escalofrío recorrió su columna, y arqueó la espalda involuntariamente, buscando más contacto. Él rio en voz baja, el sonido vibrando contra sus labios.
—Impaciente —murmuró, pero no había crítica en su voz. Solo deseo.
—Tú no tienes idea —respondió, las uñas arañando levemente el tejido de su camisa.
Daniel le sujetó la muñeca, guiando su mano hacia abajo, hasta que sus dedos rozaron la hebilla de su cinturón. Clara dudó por un segundo, pero luego él la soltó, dejando que decidiera. No necesitó más incentivo. Deslizó la mano dentro de su pantalón, sintiendo la piel cálida y suave, la rigidez pulsando bajo sus dedos. Daniel gimió, la cabeza cayendo hacia atrás por un instante antes de sujetarla por la barbilla, obligándola a mirarlo.
—Vas a matarme —dijo, la voz ronca.
—Aún no —respondió, apretándolo levemente.
Daniel no esperó más. Con un movimiento rápido, la levantó, sus piernas envolviendo su cintura mientras la llevaba hacia la cama. Clara rio, sorprendida, pero el sonido se transformó en un suspiro cuando la depositó sobre las sábanas, el peso de su cuerpo cubriendo el suyo. Las manos de él se deslizaron por sus muslos, levantando el vestido hasta la cintura, los dedos trazando círculos lentos en la piel sensible de la parte interna de sus piernas.
—Eres hermosa —murmuró, los labios rozando la curva de su rodilla—. Siempre lo supe. Incluso cuando fingías no darte cuenta.
Clara arqueó la espalda contra la cama, los dedos enredándose en las sábanas. No había espacio para la vergüenza allí, no con él mirándola de esa manera, como si fuera lo único en el mundo que importaba. Daniel le subió el vestido, quitándoselo por la cabeza con un movimiento fluido, dejándola solo con la tanga y el sujetador de encaje negro. Se detuvo por un instante, los ojos recorriendo su cuerpo como si estuviera memorizando cada detalle.
—Perfecta —susurró, y entonces su boca estuvo sobre su seno, la lengua trazando círculos alrededor del pezón a través del tejido fino del sujetador.
Clara gimió, los dedos enredándose en su cabello, atrayéndolo más cerca. Daniel rio contra su piel, el aliento cálido haciéndola estremecer. Desabrochó el sujetador con una mano, arrojándolo a un lado antes de volver su atención a sus senos, ahora libres. Su boca era implacable, succionando, mordisqueando, mientras las manos se deslizaban hacia abajo, enganchándose en la tanga y bajándola.
Clara levantó las caderas, ayudándolo, y entonces estuvo desnuda ante él, completamente expuesta. Daniel no apartó la mirada. Solo se arrodilló entre sus piernas, las manos apoyadas en sus muslos, abriéndola más.
—Daniel… —comenzó, pero la voz le falló cuando bajó la cabeza, la lengua encontrando su clítoris en un movimiento lento y deliberado.
Arqueó la espalda contra la cama, un gemido escapando de sus labios. Daniel no tuvo prisa. Exploró cada pliegue, cada punto sensible, como si tuviera todo el tiempo del mundo. Clara sintió el placer acumulándose en oleadas, cada vez más intenso, hasta que sus piernas comenzaron a temblar. Él levantó los ojos, los labios brillantes, y sonrió.
—Córrete para mí —ordenó, la voz ronca.
Y ella obedeció. El orgasmo la golpeó con fuerza, haciendo que su cuerpo se retorciera, los dedos de los pies curvándose mientras gritaba su nombre. Daniel no se detuvo. Siguió lamiendo, prolongando el placer hasta que quedó jadeante, los miembros pesados, el cuerpo entero vibrando.
Se levantó, quitándose la camisa con movimientos rápidos, los músculos del abdomen contrayéndose bajo la luz tenue de la habitación. Clara lo observó, los ojos entrecerrados, aún recuperando el aliento. Daniel desabrochó el pantalón, dejándolo caer al suelo antes de arrodillarse nuevamente entre sus piernas, el pene duro y palpitante contra su muslo.
—Preservativo —murmuró, la voz ronca.
Daniel extendió la mano hacia la mesa de noche, abriendo el cajón con un movimiento rápido. Clara lo observó mientras se lo colocaba, los dedos largos y hábiles, el movimiento casi hipnótico. Luego estuvo sobre ella de nuevo, el peso de su cuerpo cubriendo el suyo, la punta de su pene rozando su entrada.
—¿Estás segura? —preguntó, los ojos oscuros fijos en los suyos.
Clara sonrió, lenta, peligrosa. Envolvió las piernas alrededor de su cintura, atrayéndolo más cerca.
—No me hagas repetirlo —susurró.
Daniel no necesitó más incentivo. Se hundió en ella con un movimiento lento, llenándola por completo. Clara gimió, las uñas clavándose en su espalda mientras comenzaba a moverse, cada embestida profunda y deliberada. Se apoyó en los codos, los ojos nunca dejando los suyos, como si quisiera grabar cada expresión, cada sonido que escapaba de sus labios.
—Estás tan apretada —gimió, la voz ronca—. Tan perfecta.
Clara no respondió. No podía. El placer era demasiado intenso, cada movimiento de él enviando oleadas de calor por su cuerpo. Levantó las caderas, encontrando sus embestidas, los cuerpos moviéndose en un ritmo perfecto. Daniel aceleró el ritmo, las manos sujetando sus caderas con fuerza, los dedos dejando marcas en su piel.
—Córrete conmigo —ordenó, la voz tensa.
Y ella obedeció. El orgasmo la golpeó como una ola, haciendo que su cuerpo se contrajera alrededor de él. Daniel gimió, enterrando el rostro en su cuello mientras se corría, el cuerpo temblando con la fuerza del clímax.
Por un largo momento, ninguno de los dos se movió. Solo permanecieron allí, jadeantes, los cuerpos entrelazados, el sudor mezclándose en la piel. Clara sintió el corazón de él latiendo contra el suyo, demasiado rápido, como si también hubiera sido sorprendido por la intensidad de lo que acababa de suceder.
Daniel levantó la cabeza, los ojos oscuros buscando los suyos, como si buscara algo más allá de lo físico.
—Esto fue… —comenzó, pero se detuvo, como si las palabras fueran insuficientes.
—Yo sé —respondió, la voz suave.
Él rodó hacia un lado, atrayéndola cerca, los brazos envolviéndola como si no quisiera soltarla. Clara apoyó la cabeza en su pecho, escuchando el sonido de su respiración calmándose, el ritmo del corazón volviendo a la normalidad.
—¿Y ahora? —preguntó, después de un rato.
Daniel le besó la frente, los labios demorándose allí.
—Ahora —murmuró—, vemos en qué se convierte esto.
Clara sonrió, cerrando los ojos. Sabía que las cosas no serían fáciles. Que la oficina, las miradas, las reglas no escritas seguirían allí, esperándolos. Pero, en ese momento, nada de eso importaba.
Porque, por primera vez, no quería pensar en el mañana.
Solo quería sentir.
La lluvia caía en cortinas pesadas sobre la ciudad, golpeando contra las ventanas del apartamento de Daniel como dedos impacientes contra un cristal. Clara observaba las gotas deslizarse por el parabrisas del taxi, los faros de los autos difuminados en manchas de luz amarilla y blanca. El aire dentro del coche estaba cargado de humedad y del olor a cuero mojado, mezclado con el perfume cítrico que se había aplicado en la muñeca horas antes —un gesto automático, como si ya supiera que necesitaría esa armadura invisible.
No había planeado aquello. O tal vez sí, en algún rincón oscuro de su mente, donde los deseos se enredaban como raíces bajo la tierra. La fiesta de la empresa había sido un borrón de risas forzadas, copas de champán tintineando y miradas furtivas entre ella y Daniel, siempre interrumpidas por alguien que necesitaba una firma, un informe, un *feedback* cualquiera. Él estaba diferente esa noche —más relajado, los primeros botones de la camisa desabrochados, la corbata floja como si hubiera sido tironeada por manos impacientes. Cuando sus dedos rozaron los suyos al tomar un canapé, Clara sintió el calor subir por su brazo, quemándole hasta la nuca.
Y entonces, la lluvia. El tráfico congestionado. El momento en que él se despidió con un gesto discreto, los ojos oscuros prometiendo algo que no se atrevió a descifrar. Clara pagó el taxi antes de decidir. El portero del edificio la reconoció —*"Buenas noches, Srta. Almeida"*— y ella respondió con una sonrisa educada, como si no estuviera a punto de cometer un error delicioso.
El ascensor subió lentamente, como si supiera que necesitaba esos segundos para respirar hondo. El apartamento de Daniel estaba en el último piso, y cuando las puertas se abrieron, el silencio la recibió, roto solo por el repiqueteo de la lluvia en la terraza. La puerta estaba entreabierta. Un haz de luz dorada se filtraba hacia el pasillo, junto con el sonido bajo de una música —algo con piano y cuerdas, melancólico y sensual.
Clara empujó la puerta con la punta de los dedos, el corazón latiendo tan fuerte que tuvo la certeza de que él lo escucharía. El apartamento era más grande de lo que esperaba, con ventanas del suelo al techo que enmarcaban la tormenta como un cuadro vivo. Daniel estaba de espaldas, parado frente al cristal, una copa de whisky en la mano. La camisa blanca se adhería levemente a su espalda, delineando la curva de los hombros, la línea de la columna. No se giró.
—Tardaste —dijo, la voz baja, casi ahogada por la música.
Clara cerró la puerta tras de sí, el clic de la cerradura resonando como un punto final. El aroma del ambiente la envolvió —madera envejecida, cuero, el toque cítrico del whisky, y algo más, algo cálido y masculino que reconoció como *él*.
—No estaba segura de venir —admitió, quitándose los tacones con un suspiro. Los pies se hundieron en la alfombra mullida, un alivio después de horas en zapatos apretados.
Daniel finalmente se giró. Sus ojos oscuros la recorrieron de arriba abajo, lentos, como si memorizaran cada detalle: el vestido negro ajustado, que había elegido sin pensarlo dos veces; la forma en que la tela se ceñía a sus caderas, a la curva de sus senos; el cabello recogido en un moño suelto, algunos mechones rebeldes enmarcando su rostro. Llevó la copa a los labios, pero no bebió. Solo la observó por encima del borde, el pulgar trazando círculos en el cristal.
—Estás empapada.
Clara se miró. La lluvia había mojado el tejido del vestido, dejándolo transparente en algunos puntos, pegado a la piel como una segunda capa. Los pezones, duros por el frío, se marcaban contra el escote. Cruzó los brazos, no por pudor, sino porque la sensación era buena —su propio cuerpo traicionándola, reaccionando a su mirada.
—No es mi culpa —murmuró—. Dejaste la puerta abierta.
Una sonrisa lenta curvó los labios de Daniel. Dejó la copa sobre la mesa de centro y dio un paso adelante, luego otro, hasta que el espacio entre ellos fuera solo el suficiente para que ella sintiera el calor de su cuerpo irradiando.
—Te estaba esperando.
Las palabras flotaron en el aire, pesadas, cargadas de intención. Clara tragó saliva. Había algo peligroso en la forma en que la miraba —como si ya la poseyera, como si cada toque, cada suspiro, ya hubiera sido ensayado en su mente.
—¿Y si no hubiera venido? —provocó, levantando el mentón.
Daniel alzó la mano, los dedos rozando la línea de su mandíbula, bajando por el cuello, hasta detenerse en el valle entre sus senos. El toque era ligero, casi reverente, pero suficiente para hacerla arquear.
—Viniste —dijo, la voz ronca—. Eso es lo que importa.
Ella no tuvo oportunidad de responder. Sus labios encontraron los suyos en un beso que no pedía permiso, que tomaba. Clara se abrió a él como una flor al sol, las manos aferrándose a sus hombros anchos, las uñas clavándose en el tejido de la camisa. El sabor del whisky se mezcló con el suyo, dulce y ardiente, mientras las lenguas se enredaban en un ritmo antiguo, urgente.
Daniel la atrajo más cerca, una mano sujetándole la nuca, la otra deslizándose por su espalda, bajando el cierre del vestido con un movimiento preciso. La tela cayó a sus pies como un charco de sombra, dejándola solo con la tanga de encaje negro —tan fina que apenas existía.
—Joder —murmuró contra su boca, los dedos trazando la línea de su columna, bajando hasta la curva de sus nalgas—. Eres preciosa.
Clara rio, un sonido bajo y tembloroso, mientras le sacaba la camisa del pantalón, los botones volando. La piel de Daniel estaba caliente bajo sus manos, los músculos tensos, como si se estuviera conteniendo. No quería que se contuviera.
—Basta de hablar —susurró, mordisqueándole el labio inferior.
Daniel no necesitó más incentivo. Con un movimiento rápido, la levantó, sus piernas envolviendo su cintura, las manos de él sujetándola con firmeza mientras la llevaba hacia el sofá. Clara cayó sobre los cojines suaves, el cuerpo de él cubriendo el suyo, su peso una presión deliciosa. Le besó el cuello, los dientes rozando la piel sensible, mientras sus manos exploraban cada centímetro —los senos, la cintura, las caderas, como si quisiera memorizar la geografía de su cuerpo.
—He soñado con esto —confesó, la voz ronca, los labios contra su oreja—. Contigo, así. Mojada, jadeante, deseándome tanto como yo a ti.
Clara arqueó la espalda, las uñas clavándose en su espalda.
—Entonces deja de soñar y muéstramelo.
Daniel rio, un sonido oscuro y satisfecho, antes de descender por su cuerpo, los labios dejando un rastro de fuego. Cuando llegó a la tanga, no se la quitó. Solo la apartó con los dedos, exponiéndola, y entonces su boca estuvo allí —cálida, húmeda, implacable.
Clara gritó, las manos aferrándose a su cabello, las caderas moviéndose por sí solas, buscando más presión, más fricción. La devoró como si fuera su última comida, la lengua trabajando en círculos lentos, luego rápidos, luego lentos de nuevo, hasta que ella estuvo temblando, al borde de algo que amenazaba con destrozarla.
—Daniel… —gimió, su nombre una súplica.
Él levantó la cabeza, los labios brillantes, los ojos oscuros como la noche afuera.
—Córrete para mí —ordenó, la voz un gruñido—. Quiero sentirte.
Y entonces volvió a chuparla, los dedos entrando en ella al mismo tiempo, y Clara no tuvo elección. El orgasmo la golpeó como una ola, rompiéndola en mil pedazos, el cuerpo sacudiéndose mientras gritaba su nombre. Daniel no se detuvo. Siguió lamiendo, prolongando el placer hasta que quedó jadeante, los miembros pesados, el cuerpo entero vibrando.
Se incorporó, quitándose la camisa con movimientos rápidos, los músculos del abdomen contrayéndose bajo la luz tenue del apartamento. Clara lo observó, los ojos entrecerrados, aún recuperando el aliento. Daniel se desabrochó el pantalón, dejándolo caer al suelo antes de arrodillarse nuevamente entre sus piernas, el pene duro y palpitante contra su muslo.
—Espera —gruñó, sujetándole la muñeca—. Condón.
Clara negó con la cabeza, los ojos fijos en los suyos.
—Tomo la píldora. Y confío en ti.
Daniel dudó por un segundo, lo suficiente para que ella viera la lucha en sus ojos —el profesionalismo, el cuidado, luchando contra el deseo—. Pero entonces la besó de nuevo, con una urgencia renovada, y se hundió en ella con un solo movimiento, profundo.
Clara gimió contra su boca, las uñas clavándose en sus hombros. Él era grande, llenándola de una manera que hacía temblar sus piernas, cada movimiento una promesa de más. Daniel comenzó a moverse, lento al principio, como si quisiera saborear cada segundo, cada gemido, cada suspiro. Pero entonces Clara envolvió las piernas alrededor de su cintura, atrayéndolo más profundo, y él perdió el control.
Los movimientos se volvieron más rápidos, más duros, el sonido de la piel chocando contra la piel resonando en el apartamento junto con sus gemidos. Clara sintió cada centímetro de él, cada embestida una reivindicación, una marca. Le mordió el hombro, luego el cuello, los dientes dejando marcas que sabía que durarían días.
—Eres mía —gruñó, la voz ronca de deseo—. Di.
Clara arqueó la espalda contra él, el placer creciendo de nuevo, una espiral apretada en su vientre.
—Tuya —gimió, las palabras entrecortadas—. Solo tuya.
Daniel gimió, los movimientos volviéndose erráticos, y entonces se corrió con un gruñido bajo, el cuerpo temblando mientras se derramaba dentro de ella. Clara sintió el calor extendiéndose, el latido de él dentro de sí, y entonces ella también se corrió de nuevo, el orgasmo desgarrándola como un rayo, dejándola sin aliento.
Por un largo momento, no hubo nada más que el sonido de sus respiraciones entrecortadas, el olor a sexo y sudor, el peso de su cuerpo sobre el suyo. Daniel se apoyó en los codos, los ojos oscuros buscando los suyos, como si buscara algo más allá de lo físico.
—Esto fue… —comenzó, pero se detuvo, como si las palabras fueran insuficientes.
Clara sonrió, los dedos trazando círculos perezosos en su pecho.
—Yo sé.
Él rodó hacia un lado, atrayéndola cerca, los cuerpos aún entrelazados. La lluvia seguía cayendo afuera, un sonido constante e hipnótico. Clara cerró los ojos, escuchando el latido de su corazón, sintiendo el calor de su piel contra la suya.
—¿Y ahora? —preguntó, después de un tiempo.
Daniel le besó la frente, los labios demorándose allí.
—Ahora —murmuró—, vemos en qué se convierte esto.
Clara sonrió, pero no respondió. Porque, en ese momento, sabía que las cosas apenas comenzaban. Y que, de vuelta en la oficina, nada sería como antes.
El ascensor subía con la lentitud de quien sabe que el destino es inevitable. Clara ajustó la correa del bolso en el hombro, sintiendo el peso de la tela de la blusa pegándose a su piel aún húmeda de la ducha matutina. El aire acondicionado del edificio estaba al máximo, pero el calor que la recorría venía de dentro, un fuego lento que Daniel había sabido encender y que, ahora, llevaba consigo como un secreto.
Cuando las puertas se abrieron en el duodécimo piso, la oficina ya zumbaba con la energía de otro día de trabajo. Mesas ordenadas, cafés humeantes, el suave clic de los teclados. Clara respiró hondo, cruzando el vestíbulo con pasos calculados, como si cada movimiento pudiera delatar la noche anterior —las sábanas revueltas, las uñas marcadas en su espalda, el sabor a whisky y deseo en la boca de ambos.
Pero nadie parecía notar. O, si lo hacían, eran demasiado discretos para demostrarlo.
—Buenos días, Clara.
La voz de Daniel vino de atrás, baja y casual, como si nada hubiera cambiado. Se giró y lo encontró parado junto a la máquina de café, una taza en la mano y los ojos oscuros fijos en ella con una intensidad que le hizo contraer el estómago.
—Buenos días —respondió, acercándose.
El espacio entre ellos era mínimo, pero suficiente para que su perfume —algo amaderado, con un toque de especias— se infiltrara en sus sentidos. Clara tomó una taza vacía, los dedos rozando los suyos un segundo más de lo necesario. Un toque accidental, si alguien estuviera mirando. Pero no había nadie cerca.
—¿Dormiste bien? —preguntó Daniel, llevando la taza a los labios.
Ella sonrió, inclinándose ligeramente hacia adelante, como si fuera a compartir un secreto.
—Mejor que en mucho tiempo.
Sus ojos brillaron, y por un instante, Clara tuvo la certeza de que recordaba exactamente el motivo. Pero entonces se alejó, volviendo a su oficina con un gesto discreto, dejándola allí, con el café en la mano y el cuerpo aún vibrando.
---
El día transcurrió como una danza lenta, llena de miradas furtivas y sonrisas que solo ellos entendían. Clara revisaba un informe cuando sintió vibrar el celular en el bolsillo de la falda. Un mensaje:
*"Sala de reuniones 3. Cinco minutos.""
No respondió. Solo guardó el archivo, se levantó y caminó por el pasillo con la naturalidad de quien va a buscar agua. Pero cuando abrió la puerta de la sala, encontró a Daniel apoyado en la mesa, los brazos cruzados y una sonrisa que prometía mucho más que palabras.
—Tardaste —murmuró, cerrando la puerta tras ella.
—Tenía que terminar algo —respondió Clara, acercándose.
La sala estaba vacía, las persianas semiabiertas dejando entrar solo una luz dorada que bañaba los muebles de caoba. Daniel no se movió, pero sus ojos la devoraban, como si cada centímetro de ella fuera un mapa que ya conocía de memoria.
—¿Y ahora que terminaste? —preguntó, la voz ronca.
Clara se detuvo a centímetros de él, sintiendo el calor de su cuerpo atravesando la tela fina de la blusa. Levantó la mano, trazando el contorno de su mandíbula con la punta de los dedos, sintiendo la aspereza de la barba incipiente.
—Ahora —susurró—, tengo una reunión.
Daniel le sujetó la muñeca, atrayéndola más cerca hasta que sus cuerpos encajaron. El beso fue lento, profundo, lleno de promesas no dichas. Clara gimió contra su boca, las manos deslizándose hacia sus hombros anchos, sintiendo los músculos tensos bajo la camisa.
—Vas a volverme loco —murmuró, mordisqueándole el labio inferior.
—Ese es el plan —respondió, sonriendo.
Pero entonces, un ruido en el pasillo. Pasos. Se separaron rápidamente, Clara ajustándose la blusa mientras Daniel volvía a apoyarse en la mesa, como si nada hubiera pasado. La puerta se abrió segundos después, revelando a una pasante con una pila de papeles.
—Perdón, pensé que la sala estaba vacía —dijo, mirando de uno a otro con curiosidad.
—Ya nos íbamos —respondió Daniel, con una sonrisa profesional—. Clara me estaba ayudando con un dato del informe.
La pasante asintió, pero Clara notó la mirada desconfiada. Cuando la puerta se cerró de nuevo, soltó una risa baja.
—"Ayudando con un dato del informe"? ¿En serio?
Daniel se encogió de hombros, pero sus ojos brillaban con malicia.
—Fue lo primero que se me ocurrió. ¿Tienes una sugerencia mejor?
Ella se acercó de nuevo, esta vez pasando los brazos alrededor de su cuello.
—Tengo varias. Pero creo que es mejor guardarlas para después.
---
Los días siguientes fueron un juego del gato y el ratón, donde cada encuentro casual en la cocina, cada intercambio de miradas durante una reunión, cada mensaje inocente escondía algo mucho más peligroso. Clara comenzó a usar faldas un poco más cortas, blusas un poco más ajustadas, y notó que Daniel lo notaba. Él, a su vez, empezó a "olvidar" la puerta de su oficina entreabierta cuando ella entraba a discutir algún proyecto, como si quisiera que alguien los descubriera.
Y tal vez eso era lo que hacía todo aún más excitante: el riesgo.
Una tarde, Clara estaba sola en la sala de archivos, organizando documentos antiguos, cuando sintió una presencia detrás de ella. No necesitó girarse para saber que era él.
—¿Necesitas ayuda? —preguntó Daniel, la voz baja y demasiado cerca.
Ella se giró lentamente, encontrándolo parado en la puerta, los brazos cruzados y una sonrisa que prometía problemas.
—Depende —respondió, apoyándose en el estante—. ¿Qué tipo de ayuda ofreces?
Él entró, cerrando la puerta tras de sí. El clic de la cerradura resonó como un disparo.
—Del tipo que te involucra a ti, a mí y a esta mesa —murmuró, acercándose.
Clara no se resistió cuando la atrajo para un beso, las manos deslizándose por su espalda hasta apretar su cintura. La mesa de madera estaba fría contra sus muslos cuando la levantó, sentándola allí, sus piernas envolviéndolo mientras profundizaba el beso.
—Alguien puede entrar —susurró, pero no lo apartó.
—Entonces es mejor que seamos rápidos —respondió, las manos ya subiendo por su falda.
Y lo fueron. Rápidos, intensos, silenciosos. El único sonido en la sala era el de sus respiraciones entrecortadas, el crujido suave de la mesa, el suspiro ahogado de Clara cuando la tocó exactamente donde ella quería. Cuando terminaron, ella tenía el cabello despeinado, los labios hinchados, y Daniel tenía ese brillo en los ojos que decía que aquello estaba lejos de terminar.
---
El viernes, después de una semana de provocaciones y roces robados, Clara decidió que era hora de subir la apuesta. Esperó hasta que la oficina estuviera casi vacía, entonces envió un mensaje a Daniel:
*"Mi apartamento. Hoy. 20:00. No llegues tarde.""
La respuesta llegó segundos después:
*"Allí estaré. Y me pagarás por cada minuto que esperé.""
Ella sonrió, guardando el celular. Sabía que cumpliría la promesa.
Cuando llegó a casa, se dio un baño largo, eligiendo con cuidado qué ponerse —o mejor dicho, qué *no* ponerse—. Una bata de seda negra, nada debajo. El interfono sonó a las 20:00 en punto.
Daniel entró como si fuera el dueño del lugar, los ojos oscuros recorriéndola de la cabeza a los pies antes de que ella cerrara la puerta.
—Eres cruel —murmuró, atrayéndola para un beso.
Clara rio, pasando los brazos alrededor de su cuello.
—Y a ti te encanta.
No llegaron al dormitorio. Ni al sofá. La puerta apenas se había cerrado cuando Daniel la empujó contra la pared, las manos explorando cada curva, cada centímetro de piel expuesta. Clara arqueó la espalda contra él, sintiendo el tejido áspero de su camisa contra sus pezones endurecidos, el calor de su boca en su cuello.
—Te deseo —susurró, los dientes rozando su oreja—. Aquí. Ahora.
Y ella se dejó.
---
De vuelta en la oficina el lunes, Clara se sentía diferente. Más ligera, más viva. Daniel, por su parte, parecía aún más peligroso, como si supiera exactamente el efecto que tenía sobre ella y estuviera dispuesto a explotarlo al máximo.
Durante una reunión de equipo, se sentó a su lado, los dedos rozando discretamente su muslo bajo la mesa. Clara contuvo la respiración, intentando concentrarse en lo que decía el director, pero era imposible. Cada toque era una chispa, cada mirada una promesa.
Cuando terminó la reunión, Daniel se inclinó para susurrarle al oído:
—Hoy, después del trabajo. Mi oficina. No llegues tarde.
Ella asintió, mordiéndose el labio para contener una sonrisa.
El juego había comenzado. Y, esta vez, no había forma de detenerlo.