Susurros en el Piso de Arriba
Por Tonkix

**Susurros en el Piso de Arriba**
El apartamento de Lucas olía a café viejo y papel arrugado, un aroma que se adhería a las paredes como una segunda piel. Las ventanas, siempre entreabiertas, dejaban entrar el murmullo de la ciudad—motores lejanos, bocinas amortiguadas, la risa ocasional de alguien en la acera—pero allí dentro, el silencio era casi palpable. Le gustaba así: el mundo allá afuera, él aquí dentro, solo con las palabras y el peso de sus propios pensamientos.
La mesa de trabajo, una reliquia de madera oscura que había heredado de su abuelo, estaba cubierta de hojas garabateadas, algunas arrugadas en bolas de frustración, otras alineadas con cuidado, como soldados en formación. La computadora portátil, abierta, mostraba un documento titulado *"Capítulo 7"*, pero las líneas estaban detenidas, congeladas en medio de una frase inacabada. Lucas pasaba los dedos por el teclado, sintiendo la aspereza de las teclas bajo las yemas de los dedos, como si pudiera extraer de ellas la inspiración que se empeñaba en escapar.
Fue entonces cuando lo escuchó.
Un sonido amortiguado, como pasos arrastrados, llegó desde el techo. No era la primera vez—desde que se había mudado a ese edificio de tres pisos, con sus paredes delgadas como papel de seda, Lucas había aprendido a descifrar los ruidos de los vecinos. El viejo del 201 tosía de madrugada. La estudiante del 103 escuchaba música alta las tardes de sábado. Pero ese ruido era nuevo. Ritmado. Deliberado.
Inclinó la cabeza, escuchando.
Otro paso. Más ligero. Después, un crujido—el sonido de una tabla del suelo cediendo bajo un peso cuidadoso. Lucas cerró los ojos, imaginando. Una mujer. Siempre era una mujer en sus ensoñaciones. Tal vez por eso los ruidos del piso de arriba lo intrigaban tanto. Desde que la había visto en el pasillo, semanas atrás, una sombra de cabellos oscuros y ojos que se desviaron demasiado rápido, como si la hubieran sorprendido en flagrante.
Clara.
Ni siquiera sabía su nombre, pero ya la había bautizado así. Clara. Un nombre que combinaba con su forma reservada, casi furtiva, de moverse. La única vez que cruzaron miradas, ella llevaba una bolsa del mercado, los dedos finos apretando las asas con fuerza, como si temiera dejarla caer. Lucas sonrió, un gesto automático, educado, pero ella solo asintió, rápido, y desapareció escaleras arriba antes de que él pudiera decir algo.
Ahora, los sonidos volvían. Pasos. Un arrastre de muebles. El tintineo de algo metálico—tal vez una cuchara golpeando una taza. Y entonces, lo que hizo que su cuerpo se tensara: un gemido.
Bajo. Sofocado. Como si alguien hubiera tapado su boca con la mano en el último segundo.
Lucas abrió los ojos de golpe, el corazón latiendo más fuerte. ¿Era posible? ¿O no? Se levantó, la silla crujiendo bajo su peso, y caminó hasta la ventana, como si pudiera ver a través del techo. El edificio era antiguo, con vigas de madera y aislamiento acústico que dejaba mucho que desear. Si prestaba atención, tal vez lograra distinguir más.
Volvió al centro de la sala, se detuvo, escuchó.
Silencio.
Entonces, de nuevo: un suspiro largo, seguido de un ruido que no logró identificar—algo entre un jadeo y una risa contenida. Su sangre se calentó. La imaginación, siempre ávida, comenzó a trabajar.
*Está sola. Acostada en la cama, tal vez. Las piernas abiertas, los dedos deslizándose entre los muslos. O quizá está a cuatro patas, las manos apoyadas en el colchón, el cuerpo moviéndose en círculos lentos, como si buscara algo que solo ella sabe qué es.*
Tragó saliva. La erección llegó rápido, incómoda, presionando contra la tela del pantalón de sudadera. Lucas dudó, luego llevó la mano al cierre, despacio. No era la primera vez que se tocaba pensando en ella—de hecho, era casi un ritual nocturno, desde que la había visto por primera vez. Pero ahora, con los sonidos reales, la fantasía adquiría una textura nueva, casi tangible.
*Gime de nuevo. Esta vez, más alto. ¿Estará masturbándose? ¿O hay alguien allá arriba? ¿Un amante? ¿Un novio?*
La idea lo incomodó. No por celos—apenas la conocía—, sino porque, si hubiera otra persona, los sonidos no serían solo de ella. Y él quería que fueran de ella. Quería que fuera ella, sola, entregada a su propio placer, sin pudores, sin vergüenza.
Apretó la base de su miembro con fuerza, como si pudiera contener la excitación. No era el momento. Todavía no. Primero, necesitaba estar seguro.
Fue a la cocina, llenó un vaso de agua y bebió despacio, dejando que el líquido frío calmara su garganta seca. Después, volvió a la sala y se sentó en el sofá, frente al techo. Cerró los ojos.
Los sonidos continuaron.
Pasos. Un crujido. Y entonces, lo que hizo que su respiración fallara: un golpe sordo, como si algo—o alguien—hubiera caído al suelo. Después, silencio. Un silencio cargado, tenso, como si el mismo aire estuviera conteniendo la respiración.
Lucas se levantó de un salto y fue hasta la puerta del apartamento. Puso la mano en el picaporte, dudó. ¿Qué diría si ella abría? *"Disculpe, escuché unos ruidos y pensé que podría estar en peligro"*? Ridículo. *"Escuché que gemía y quise saber si necesitaba ayuda"*? Peor aún.
Pero la curiosidad era más fuerte que el sentido común. Abrió la puerta despacio y asomó la cabeza al pasillo. Vacío. Las luces fluorescentes zumbaban suavemente, proyectando sombras alargadas en las paredes descascaradas. Dio un paso adelante, los pies descalzos silenciosos sobre el piso frío.
Entonces, lo escuchó de nuevo.
Esta vez, no venía del techo. Venía de la escalera.
Pasos ligeros, casi imperceptibles, bajando. Alguien venía.
Lucas retrocedió hacia el interior del apartamento, pero no cerró la puerta. Se quedó allí, quieto, el corazón latiendo tan fuerte que estaba seguro de que ella lo escucharía. Los pasos se acercaron. Más cerca. Más cerca.
Y entonces, apareció.
Clara.
Llevaba puesto un pijama—una camisa holgada de algodón, a rayas azules y blancas, que le llegaba hasta la mitad de los muslos, dejando al descubierto unas piernas largas y pálidas. Los cabellos, antes recogidos en un moño desordenado, ahora caían sueltos sobre los hombros, aún húmedos, como si acabara de salir de la ducha. Llevaba una cesta de ropa sucia contra el pecho, como un escudo.
Cuando lo vio, se detuvo.
Sus ojos—verdes, intensos, como dos hojas de jazmín iluminadas por el sol—se abrieron por un segundo, antes de entrecerrarse, desconfiados. Pero no fue miedo lo que Lucas vio en ellos. Fue algo más peligroso: reconocimiento.
—Hola —dijo él, la voz más ronca de lo que pretendía.
Ella no respondió de inmediato. Solo lo observó, como si lo estuviera midiendo, evaluando. Después, humedeció los labios con la punta de la lengua, un gesto rápido, casi imperceptible, pero que hizo que el estómago de Lucas se contrajera.
—Hola —respondió, por fin. Su voz era baja, un poco ronca, como si acabara de despertar. O de gritar.
Un silencio incómodo se instaló entre ellos. Lucas podía escuchar su propia sangre latiendo en los oídos. Clara desvió la mirada primero, como si hubiera decidido que ya lo había estudiado lo suficiente.
—Yo... —comenzó, pero se detuvo, como si se hubiera arrepentido de lo que iba a decir—. Olvidé el jabón en polvo.
Él parpadeó, confundido.
—¿Qué?
—En la lavandería —explicó ella, levantando un poco más la cesta, como si eso lo aclarara todo—. Olvidé el jabón.
Lucas asintió, como si aquello tuviera todo el sentido del mundo. Como si no hubiera pasado los últimos veinte minutos imaginándola desnuda, retorciéndose de placer en el piso de arriba.
—Ah. Entiendo.
Otro silencio. Esta vez, más cargado. Clara dio un paso adelante, como si fuera a pasar junto a él, pero entonces se detuvo de nuevo. Sus ojos recorrieron el apartamento de Lucas—el sofá desordenado, los libros apilados en el suelo, la mesa de trabajo con la computadora abierta—, antes de volver a mirarlo.
—¿Escribes? —preguntó, inclinando la cabeza hacia un lado.
—Sí. Novelas.
—¿Qué tipo de novelas?
—Las que a la gente le gusta leer bajo las sábanas.
Ella rio. Un sonido corto, casi sorprendido, como si no esperara que él fuera gracioso. O quizá como si no esperara reírse ella misma.
—Interesante —murmuró, y había algo en la forma en que lo dijo, algo que hizo que Lucas se preguntara si ella ya habría leído alguno de sus libros. Si ya se habría tocado pensando en él.
—¿Y tú? —preguntó él, antes de poder contenerse—. ¿Qué haces?
—¿Yo? —Ella dudó, como si la pregunta la hubiera tomado por sorpresa—. Soy profesora. De literatura.
Lucas sonrió.
—Entonces tenemos algo en común.
—¿Ah, sí? —Arqueó una ceja—. ¿Y qué sería?
—Nos gustan las historias.
Clara no respondió. Solo lo miró por un segundo más, como si estuviera decidiendo algo. Después, dio un paso atrás, alejándose.
—Tengo que irme —dijo, la voz de vuelta al tono reservado de antes—. La lavandería cierra en media hora.
—Claro.
Ella pasó junto a él, el aroma a jabón y algo más—algo dulce, como vainilla—quedándose en el aire. Lucas la observó bajar las escaleras, las caderas moviéndose bajo la camisa holgada, los pies descalzos pisando con cuidado los escalones.
Solo cuando ella desapareció de vista fue que se dio cuenta de que había estado conteniendo la respiración.
Volvió al interior del apartamento y cerró la puerta, apoyándose en ella. Los sonidos del piso de arriba habían cesado. Pero ahora, sabía que no eran solo ruidos aleatorios.
Eran invitaciones.
Y él tenía intención de aceptarlas.
La lavandería del edificio era uno de esos espacios olvidados por el tiempo, con paredes de azulejos blancos descascarados y un olor permanente a lejía y humedad. Las lavadoras, antiguas y ruidosas, vibraban como animales atrapados en jaulas de metal, y la luz amarillenta de los fluorescentes le daba a todo un aire de sueño febril. Lucas solía evitar el lugar—prefería lavar su ropa en el silencio de su propio apartamento, donde podía controlar el ambiente. Pero esa noche, una mancha de café en su camisa favorita lo había obligado a bajar.
Llegó sin esperar encontrar a nadie. Después de todo, eran casi las diez de la noche, y el edificio parecía dormido, excepto por los ruidos habituales del piso de arriba. Pero allí estaba ella.
Clara.
Sentada en uno de los bancos de madera sucios, las piernas cruzadas bajo una falda larga de lino, los dedos finos hojeando un libro de tapa dura. El cabello oscuro, aún húmedo, caía en ondas sueltas sobre los hombros, y llevaba puesta una blusa sencilla, de tirantes finos, que dejaba al descubierto la curva suave de los hombros y la sombra entre los senos. Lucas se detuvo en la puerta, de repente consciente de su propio cuerpo—de las manos demasiado grandes, de la torpeza con que sostenía la cesta de ropa sucia, del calor que subía por su cuello.
Ella levantó los ojos despacio, como si ya supiera que él estaba allí.
—Buenas noches —dijo, la voz baja, casi un murmullo.
Lucas tragó saliva.
—Buenas noches. —La cesta se deslizó un poco en sus brazos, y la apretó contra su pecho, como si fuera un escudo—. No esperaba encontrar a nadie aquí.
Clara cerró el libro, marcando la página con un dedo.
—A mí me gusta lavar la ropa de noche. Es más silencioso.
—Y más peligroso —dejó escapar él, antes de poder contenerse.
Ella sonrió, un extremo de la boca levantándose de forma casi imperceptible.
—El peligro es relativo.
El aire entre ellos se volvió más denso, cargado de algo que no era solo el olor a jabón en polvo. Lucas se acercó a la lavadora junto a la de ella, intentando actuar con naturalidad, pero cada movimiento parecía calculado, como si estuviera bailando una coreografía que solo él conocía. Abrió la tapa, arrojó la camisa manchada dentro, luego el resto—calzoncillos, calcetines, unos jeans que no lavaba hacía días. Clara lo observaba, los ojos oscuros siguiendo el movimiento de sus manos.
—¿Siempre lavas la ropa a esta hora? —preguntó ella, como si estuvieran hablando del clima.
—No. —Cerró la tapa con más fuerza de la necesaria. El ruido resonó en el espacio pequeño—. Solo hoy.
—Qué mala suerte la mía.
Lucas se volvió hacia ella, sorprendido. Clara sostuvo su mirada, desafiante, y por un segundo pensó que había entendido mal. Pero entonces ella desvió los ojos hacia el libro, pasando la uña por el título grabado en la tapa.
—*El amante*, de Marguerite Duras —leyó él, reconociendo la edición antigua—. ¿Te gusta la literatura francesa?
—Me gustan las historias que queman —respondió ella, levantando los ojos de nuevo—. Historias que dejan marcas.
Lucas sintió el peso de esas palabras en el pecho. La lavadora comenzó a girar, el tambor golpeando rítmicamente, como un corazón acelerado. Se apoyó en la pared, cruzando los brazos, intentando parecer casual. Pero la tela de su camiseta estaba húmeda de sudor.
—¿Y qué tipo de marca te gusta dejar?
Clara no respondió de inmediato. En cambio, cerró el libro y lo colocó sobre el banco, levantándose despacio. El movimiento hizo que la falda se ajustara a sus caderas, delineando la curva de los muslos. Dio un paso hacia él, luego otro, hasta estar lo suficientemente cerca como para que Lucas sintiera el calor de su cuerpo, el aroma a vainilla mezclado con algo más oscuro, como cuero o tabaco.
—Escuchaste los ruidos del piso de arriba —dijo ella, la voz baja, casi un susurro—. ¿No es así?
Lucas no pudo mentir.
—Los escuché.
—¿Y qué creíste que eran?
Él dudó. La verdad era que había imaginado cosas—cuerpos moviéndose, gemidos ahogados, el crujido de la cama contra la pared. Pero decirlo en voz alta parecía una confesión de algo prohibido.
—No lo sé —murmuró.
Clara sonrió, satisfecha con la respuesta.
—Sí lo sabes.
Levantó la mano, lentamente, y tocó su pecho, justo encima del corazón. El contacto fue ligero, casi imperceptible, pero Lucas sintió como si una corriente eléctrica hubiera pasado por él. Los dedos de ella se deslizaron hacia abajo, siguiendo el contorno de su abdomen, deteniéndose en el borde de la camiseta.
—Estás temblando —observó ella.
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque me estás tocando.
Clara inclinó la cabeza, los labios entreabiertos.
—¿Y eso te asusta?
—No. —Contuvo la respiración cuando los dedos de ella subieron de nuevo, esta vez deslizándose bajo la camiseta, la piel caliente contra la suya—. Me excita.
Ella sonrió, una sonrisa lenta, peligrosa.
—Entonces somos dos.
La lavadora se detuvo de repente, el silencio que siguió fue ensordecedor. Lucas no sabía qué hacer—si debía acercarla, si debía besarla allí mismo, contra la pared fría de la lavandería, o si debía esperar. Clara parecía leer sus pensamientos. Se acercó aún más, los labios casi rozando su oreja cuando habló:
—¿Quieres saber qué estaba haciendo en el piso de arriba?
Lucas cerró los ojos, sintiendo el aliento cálido de ella contra su piel.
—Quiero.
—Estaba pensando en ti.
Las palabras lo golpearon como un puñetazo. Abrió los ojos, buscando los de ella, pero Clara ya se estaba alejando, volviendo al banco donde había dejado el libro. Lo tomó, lo abrió en una página cualquiera, como si nada hubiera pasado.
—Tu ropa estará lista en cuarenta minutos —dijo, la voz de vuelta al tono neutro de antes—. Creo que deberías irte.
Lucas se quedó quieto, el cuerpo aún vibrando con su toque, la mente dando vueltas. Cuarenta minutos. Cuarenta minutos hasta que pudiera escapar de allí, hasta que pudiera encerrarse en su apartamento e intentar entender qué demonios acababa de pasar.
—¿Y tú? —logró preguntar.
Clara levantó los ojos, la sonrisa aún en los labios.
—Yo voy a esperar.
No sabía si se refería a la ropa.
Pero cuando salió de la lavandería, los pasos resonando en el pasillo vacío, una cosa quedó clara: cuarenta minutos no serían suficientes.
Ni de lejos.
El trueno estalló como un disparo en el cielo, tan cerca que las ventanas del apartamento de Lucas temblaron. Levantó los ojos del cuaderno, donde garabateaba frases sueltas sobre soledad y deseo, y miró hacia el techo. Arriba, el sonido de pasos apresurados, el arrastre de una silla, el estruendo de algo cayendo al suelo. Clara.
Ya conocía el ritmo de sus ruidos—la forma en que caminaba, ligera pero firme, como si midiera cada paso para no molestar. Pero esa noche, el andar era diferente. Desesperado. Como si estuviera huyendo de algo.
Otro trueno. Las luces parpadearon, amenazando con apagarse. Lucas cerró el cuaderno de golpe y se levantó, los músculos tensos. No era asunto suyo. No lo era. Pero el edificio viejo crujía con el viento, y los ruidos de Clara sonaban más fuertes, más urgentes, como si ella estuviera llamando sin decir una palabra.
Y entonces, sonó el timbre.
Dudó antes de abrir la puerta, como si supiera que, a partir de ese momento, algo iba a cambiar. Cuando giró el picaporte, allí estaba ella, encogida bajo el marco, los cabellos oscuros pegados a la frente y al cuello, la blusa blanca adherida al cuerpo como una segunda piel. Los ojos de Clara encontraron los suyos, oscuros y brillantes, y por un segundo, ninguno de los dos dijo nada.
—Se fue la luz arriba —dijo ella, la voz baja, casi tragada por el rugido de la tormenta—. Y mi ventana… no cierra bien. Está entrando agua.
Lucas miró por encima de su hombro. El pasillo estaba inundado, un hilo de agua escurriéndose por las grietas del piso. Dio un paso a un lado, dejándola entrar. Clara pasó junto a él, el aroma a lluvia y algo más dulce, algo que no lograba identificar, invadiendo el espacio entre ellos.
—Estás empapada —murmuró él, cerrando la puerta.
Ella se volvió, los brazos cruzados sobre el pecho, como si intentara protegerse del frío. O de algo más.
—No tengo ropa seca aquí.
Las palabras flotaron en el aire, cargadas de una intención que ninguno de los dos se atrevía a nombrar. Lucas sintió el calor subir por su cuello, la garganta seca. Sabía lo que ella estaba pidiendo. O mejor dicho, lo que estaba ofreciendo.
—Puedo prestarte una camisa —dijo él, la voz ronca.
Clara sonrió, una sonrisa lenta, casi perezosa, como si supiera exactamente el efecto que esas palabras tenían en él.
—Sería muy amable de tu parte.
Fue hasta el dormitorio, los pasos pesados, la mente acelerada. Tomó una camiseta negra, sencilla, del fondo del cajón. Cuando volvió a la sala, Clara estaba de pie cerca de la ventana, mirando la lluvia que golpeaba contra el cristal. La blusa mojada delineaba su espalda, la curva de la columna, la forma en que los hombros se estrechaban en la cintura.
—Aquí —dijo, extendiendo la camiseta.
Ella se volvió, y por un momento, Lucas pensó que se quitaría la blusa allí mismo, frente a él. Pero Clara solo tomó la prenda, los dedos rozando los suyos, demorándose un segundo más de lo necesario.
—Gracias.
Él asintió, sin saber qué hacer con las manos. La sala parecía más pequeña de repente, el aire más denso. Clara lo miró, los labios entreabiertos, como si estuviera a punto de decir algo. Pero en lugar de eso, se dio la vuelta y comenzó a desabotonar la blusa.
Lucas debería haber apartado la mirada. Debería haber ido a la cocina, preparado un té, cualquier cosa para romper la tensión que crecía entre ellos. Pero no pudo. Se quedó quieto, observando mientras ella dejaba caer la blusa al suelo, revelando la piel húmeda, los hombros desnudos, el sujetador de encaje negro que apenas cubría sus senos.
—¿Me ayudas? —preguntó ella, la voz suave, casi un susurro.
—¿Con qué?
Clara levantó los brazos, sosteniendo la camiseta contra su pecho, pero sin ponérsela.
—Con el cierre.
Lucas dudó, pero entonces dio un paso adelante. Los dedos le temblaban cuando alcanzó el gancho del sujetador, la espalda de ella caliente bajo las yemas de sus dedos. Sintió su respiración acelerarse cuando los dedos rozaron su piel, y por un segundo, pensó que ella se volvería, que lo atraería hacia sí.
Pero Clara solo se quedó quieta, esperando.
Desabrochó el sujetador con un clic suave, y la tela se aflojó. Ella no se lo quitó, pero dejó caer los brazos a los lados, la camiseta aún presionada contra su pecho.
—Gracias —murmuró, volviéndose despacio.
Sus ojos se encontraron con los de él, y Lucas sintió que el mundo se detenía. Clara estaba allí, semidesnuda, la piel brillando bajo la luz tenue de la sala, los pezones visibles a través de la tela fina de la camiseta que él le había prestado. No hizo ningún movimiento para cubrirse. En cambio, dio un paso adelante, tan cerca que podía sentir el calor irradiando de ella.
—Eres un caballero —dijo, la voz baja, provocadora—. Pero no pedí ayuda solo por la lluvia.
Lucas sintió el corazón latirle en la garganta.
—¿Qué pediste, entonces?
Clara sonrió, los dedos deslizándose por su pecho, trazando un camino lento hasta el cuello de su camisa.
—Pedí porque quería ver si me tocarías.
Él no pensó. No había más espacio para pensamientos. Solo acción. Lucas tomó su rostro entre las manos y la besó, los labios cálidos, urgentes, como si hubiera estado esperando ese momento desde la primera vez que escuchó sus pasos en el piso de arriba.
Clara gimió contra su boca, los dedos enredándose en su cabello, atrayéndolo más cerca. Él la empujó contra la pared, el cuerpo presionando el de ella, sintiendo cada curva, cada respiración entrecortada. La camiseta que él le había prestado se levantó un poco, revelando la piel suave del muslo, y no resistió. Su mano se deslizó hacia abajo, los dedos rozando la parte interna de su pierna, sintiendo el calor, la humedad que no provenía de la lluvia.
—Te gusta jugar con fuego —murmuró contra sus labios.
Clara sonrió, los dientes mordisqueando el labio inferior.
—Y a ti te gusta fingir que no.
La besó de nuevo, más profundo, la lengua explorando su boca mientras su mano subía, encontrando el elástico de su tanga. Clara arqueó la espalda, las caderas moviéndose contra sus dedos, como si estuviera suplicando por más.
—Lucas —susurró, su nombre sonando como una plegaria.
Él se detuvo, los dedos flotando sobre su piel, sintiendo el temblor que recorría el cuerpo de Clara. Estaba tan cerca. Tan lista. Pero algo lo hizo dudar.
—¿Qué pasa? —preguntó ella, la voz ronca.
—No quiero que pienses que esto es solo por la tormenta.
Clara rio, un sonido bajo y sensual.
—No lo es. Pero si te detienes ahora, juro que me iré y nunca más tocaré a tu puerta.
No necesitó más incentivo. Los dedos se deslizaron dentro de su tanga, sintiendo la humedad, el calor, y Clara gimió, las caderas moviéndose contra su mano. Lucas la besó de nuevo, tragándose los sonidos que ella hacía, mientras sus dedos exploraban, provocaban, hasta que ella estuvo jadeante, los dedos clavados en sus hombros.
—Por favor —murmuró, la voz quebrada.
Él sabía lo que ella quería. Y él también lo quería. Pero no allí. No de esa manera.
Lucas la tomó en brazos, los brazos de ella rodeando su cuello, las piernas enroscadas en su cintura. Clara rio, un sonido delicioso, mientras él la llevaba al dormitorio, la lluvia golpeando contra las ventanas, los truenos ahogando cualquier sonido que no fuera el de los dos.
Cuando la acostó en la cama, Clara lo atrajo hacia abajo, los labios encontrando los suyos de nuevo, las manos explorando su cuerpo con una urgencia que dejaba claro que no quería esperar más.
—Te quiero —susurró, los dedos desabotonando su camisa, los labios dejando un rastro de besos en su pecho.
Lucas cerró los ojos, sintiendo el peso de su cuerpo bajo el suyo, la piel caliente, la respiración acelerada. Sabía que, después de esa noche, nada sería igual.
Y no quería que lo fuera.
La cama crujió suavemente cuando Lucas se acostó sobre Clara, el peso de su cuerpo hundiendo el colchón bajo los dos. Ella arqueó la espalda, los dedos aún enredados en su cabello, atrayéndolo para otro beso—esta vez más lento, más profundo, como si quisiera memorizar el sabor de su boca. Su lengua se deslizó contra la de él, cálida y húmeda, mientras las manos bajaban por su pecho, trazando los contornos de los músculos con una lentitud deliberada.
—¿Tienes idea de cuánto he querido esto? —murmuró contra sus labios, los dientes mordisqueando su labio inferior antes de soltarlo con un chasquido suave.
Lucas sonrió, los ojos oscuros brillando bajo la luz tenue de la lámpara.
—Desde que te escuché caminar allá arriba. —Su mano se deslizó por el muslo de ella, levantando la tela fina de la camisa que llevaba puesta—su camisa, en realidad, robada del tendedero días antes—. Cada paso. Cada suspiro.
Clara rio, un sonido ronco que vibró contra su piel.
—Eres un voyeur, Lucas.
—Solo curioso. —Sus dedos encontraron el borde de su tanga, trazando el elástico con la punta del índice—. Y tú eres una provocación andante.
Ella gimió cuando él apartó la tela a un lado, exponiendo la piel húmeda y caliente.
—Entonces castígame.
La petición salió en un susurro, pero cargaba una urgencia que hizo que su sangre hirviera. Lucas no necesitó más estímulo. Bajó por la cama, los labios dejando un rastro de besos por su cuello, por sus senos—donde se detuvo para succionar los pezones, primero uno, luego el otro, hasta que Clara se retorció bajo él, los dedos clavados en las sábanas.
—Dios, Lucas…
Él sonrió contra su piel, el aliento cálido contra su vientre.
—¿Te gusta?
—Sabes que sí.
—Entonces dime qué más te gusta.
Clara dudó por un segundo, los ojos entrecerrados fijos en él. Luego, con un movimiento lento, llevó la mano entre sus piernas, los dedos deslizándose por su propia humedad.
—Me gusta cuando haces esto. —Separó los labios, exponiendo el clítoris hinchado—. Con la boca.
Lucas no necesitó más invitación. Bajó entre sus muslos, la lengua trazando un camino lento y húmedo desde la entrada hasta el punto más sensible. Clara arqueó la espalda, un gemido escapando de sus labios entreabiertos, el sonido ahogado por la mano que llevó a su boca para contener el ruido.
—No te contengas —murmuró él, la voz ronca—. Quiero escucharte.
Ella negó con la cabeza, los dedos aún presionados contra sus labios.
—Los vecinos…
—Que se jodan los vecinos.
Y entonces la probó de verdad, la lengua presionando, rodeando, succionando, mientras sus dedos entraban en ella, primero uno, luego dos, curvándose en busca de ese punto que la haría perder el control. Clara no pudo contenerse más. Los gemidos escaparon, altos, desesperados, resonando en la habitación como una sinfonía erótica. Se aferró a su cabello, tirando de él con fuerza, las piernas temblando mientras el placer la consumía.
—Lucas, voy a—
Él no se detuvo. Aceleró los movimientos, la lengua y los dedos trabajando al unísono, hasta que ella llegó al clímax con un grito ahogado contra su propio brazo, el cuerpo entero contrayéndose en oleadas de placer.
Lucas se incorporó, los labios brillantes, los ojos oscuros fijos en ella.
—Eso fue solo el comienzo.
Clara aún jadeaba cuando él se arrodilló entre sus piernas, atrayéndola hacia el borde de la cama. Sus dedos temblaban mientras desabotonaban su pantalón, bajándolo junto con el bóxer, liberando su erección dura y palpitante. Ella lo envolvió con la mano, los dedos deslizándose por su longitud, sintiendo la textura aterciopelada de su piel.
—Eres hermoso —susurró, la voz aún temblorosa.
Lucas tomó su rostro entre las manos, besándola con fuerza antes de posicionarse entre sus piernas.
—Mírame.
Clara obedeció, los ojos fijos en los suyos mientras él la penetraba lentamente, centímetro a centímetro, hasta estar completamente dentro. Los dos gimieron al unísono, el placer tan intenso que casi dolía. Él comenzó a moverse, primero despacio, las caderas rozando contra las de ella en un ritmo torturante, luego más rápido, más profundo, cada embestida arrancando un nuevo gemido de sus labios.
—Más fuerte —pidió ella, las uñas clavadas en su espalda.
Lucas obedeció, aumentando el ritmo, los cuerpos chocando uno contra el otro con un sonido húmedo y rítmico. La habitación se llenó de los sonidos de los dos—gemidos, respiraciones entrecortadas, el crujido de la cama, la lluvia afuera golpeando contra la ventana como un acompañamiento perfecto.
—Dios, Clara… —gruñó, sintiendo el placer acumularse en la base de su columna, los testículos tensándose.
Ella envolvió las piernas alrededor de su cintura, atrayéndolo más profundo, los talones clavados en su trasero.
—Córrete conmigo.
Las palabras fueron suficientes. Lucas sintió el orgasmo explotar, el cuerpo entero contrayéndose mientras se derramaba dentro de ella, los gemidos ahogados contra su cuello. Clara llegó al clímax poco después, el cuerpo temblando bajo el suyo, los músculos internos apretándolo en espasmos deliciosos.
Por un largo momento, solo hubo silencio. El sonido de sus respiraciones entrecortadas, el aroma a sexo en el aire, el peso del cuerpo de ella sobre el suyo. Lucas besó su hombro, el sabor salado del sudor mezclado con el perfume de su piel.
—Esto fue… —Clara comenzó, pero no terminó la frase.
—Increíble —completó él, rodando a un lado y atrayéndola hacia sí.
Ella se acurrucó contra su pecho, los dedos trazando círculos perezosos en su piel húmeda.
—¿Y ahora?
Lucas sonrió, besando la parte superior de su cabeza.
—Ahora vemos hasta dónde llega esto.
Pero, incluso mientras lo decía, una sombra de duda pasó por sus ojos. Porque, por primera vez en mucho tiempo, no quería que esa noche terminara.
Y eso lo asustaba más que cualquier otra cosa.
El despertador de Lucas sonó a las siete de la mañana, un zumbido irritante que cortó el silencio pesado de la habitación. Extendió la mano, tanteando la mesita de noche hasta encontrar el botón, y lo apagó con un gemido. Su cuerpo aún palpitaba, un recuerdo vivo de la noche anterior—cada músculo, cada centímetro de piel marcado por la intensidad de lo que habían compartido. Al girarse, esperaba encontrar a Clara allí, enredada en las sábanas, los cabellos oscuros esparcidos sobre la almohada. Pero la cama estaba vacía.
El espacio a su lado estaba frío.
Se sentó bruscamente, los ojos recorriendo la habitación. Nada. Ni un rastro de ropa en el suelo, ni el aroma de su perfume en el aire—solo el olor residual del sexo, mezclado con el sudor y el calor de la piel. Lucas se pasó una mano por el rostro, intentando disipar la niebla del sueño. Tal vez ella estaba en el baño. O en la cocina, preparando café. Pero algo en su pecho ya sabía que no era así.
Se levantó, poniéndose el pantalón de pijama que había sido arrojado al suelo en la prisa de la noche anterior. El apartamento estaba en silencio, excepto por el sonido de la lluvia fina golpeando contra la ventana—un remanente de la tormenta que los había unido. Llamó su nombre, primero en voz baja, luego más alto, como si el volumen pudiera conjurarla de vuelta. Nada.
Fue a la sala y encontró la puerta principal entreabierta. Un escalofrío recorrió su columna. Clara no tenía llave. ¿Había salido así, sin avisar, sin despedirse? Empujó la puerta, asomándose al pasillo vacío. El edificio parecía dormido, como si nada de aquello hubiera sucedido. Como si ella nunca hubiera estado allí.
Lucas cerró la puerta con un clic seco y se apoyó en ella, los dedos apretando la madera fría. ¿Qué demonios estaba pasando? Habían tenido sexo—*Dios, cómo habían tenido sexo*—y ahora ella simplemente se había evaporado. Volvió al dormitorio, buscando alguna señal, cualquier cosa. Fue entonces cuando lo vio: doblado sobre la almohada, un pedazo de papel blanco, con una caligrafía elegante e inclinada.
*"Lucas,
Si estás leyendo esto, es porque ya te despertaste y notaste que me fui. No te preocupes, no es nada personal—al menos no en el sentido que estás pensando. Me gustó lo que pasó anoche. Me gustó mucho. Pero yo no hago relaciones tibias. O es todo, o es nada. Y yo quiero todo.
Si tú también lo quieres, aquí están las reglas:
1. Esto es un juego. Y los juegos tienen límites. Los míos son claros: sin preguntas sobre el pasado, sin promesas para el futuro. Solo el presente, crudo e intenso.
2. Nos encontramos cuando yo decida. Tú no me buscas, no me esperas. Yo aparezco. Y cuando aparezca, estarás listo.
3. Sin nombres completos, sin redes sociales, sin intentar rastrearme. Si quiero que sepas algo sobre mí, te lo diré. De lo contrario, no es asunto tuyo.
4. El placer es la única moneda de cambio. Nada de celos, nada de reclamos. Si en algún momento crees que esto es demasiado, solo dilo. Desapareceré sin explicaciones.
5. Y, por último: cuando estemos juntos, no habrá espacio para dudas. Te diré lo que quiero, y tú me lo darás. Sin vacilación.
Si estas reglas te asustan, rompe este papel y olvida que existo. Pero si aceptas… deja la puerta de tu apartamento sin llave mañana por la noche, a las diez. No me hagas esperar.
— C."
Lucas leyó la nota dos veces, tres veces, los dedos temblando ligeramente al sostener el papel. La tinta aún estaba fresca, como si ella la hubiera escrito minutos antes de irse. El tono era frío, casi clínico, pero las palabras llevaban una promesa que hizo reaccionar a su cuerpo al instante. Se pasó una mano por el cabello, soltando una risa baja e incrédula. ¿Quién demonios era esa mujer?
Volvió a la cama, sentándose en el borde mientras releía las líneas. Cada regla era un desafío, una invitación a algo que no sabía si estaba preparado. Pero, *Dios*, cómo quería estarlo. El recuerdo de su cuerpo contra el suyo, de la forma en que lo había tomado—sin vacilación, sin pudor—hizo que su sangre hirviera. Cerró los ojos, imaginando lo que sucedería si aceptaba. Clara no era como las demás. No quería romance, no quería conversaciones largas ni cenas a la luz de las velas. Lo quería a *él*. Puro, crudo, entregado.
Y eso lo excitaba más que cualquier cosa en años.
Lucas dobló la nota con cuidado y la guardó en el cajón de la mesita de noche. Después, se levantó y fue a la cocina, encendiendo la cafetera con movimientos automáticos. Mientras el café pasaba, miró por la ventana. La lluvia había cesado, dejando el cielo gris y pesado. El edificio del otro lado de la calle parecía observarlo, las ventanas reflejando la luz pálida de la mañana.
Tomó el café en silencio, el líquido amargo quemándole la lengua. A las diez de la noche siguiente, tendría que decidir. Dejar la puerta sin llave o cerrarla para siempre.
Y, por primera vez en mucho tiempo, Lucas no sabía qué quería. O mejor dicho—sabía. Solo no sabía si tendría el valor de admitirlo.
La puerta estaba entreabierta cuando Lucas llegó del trabajo esa noche. No una rendija accidental, sino una invitación deliberada, como si Clara ya supiera que él vendría. Dudó por un segundo—el tiempo suficiente para escuchar el crujido de una tabla en el piso de arriba, el sonido amortiguado de pasos ligeros sobre el suelo. Entonces empujó la puerta con la punta de los dedos, sintiendo el peso de la decisión caer sobre sus hombros como un manto.
El apartamento estaba en penumbra, iluminado solo por la luz amarillenta que se filtraba desde la cocina. El aire olía a café recién hecho y algo más sutil, algo que reconoció instintivamente: el perfume de Clara, una mezcla de jazmín y piel caliente. Ella no estaba allí. Pero estaba cerca. Podía sentirlo.
—Cierra la puerta —la voz llegó desde la oscuridad, baja y ronca—. Y échale llave.
Lucas obedeció, girando la llave con un clic que resonó como un disparo. El sonido lo hizo estremecer, no de miedo, sino de anticipación. Cuando se volvió, ella estaba parada en el marco de la puerta que llevaba al pasillo, vestida solo con una camisa masculina—probablemente suya—que apenas cubría sus muslos. Los botones abiertos dejaban entrever la curva de sus senos, la sombra entre ellos.
—Viniste —dijo, como si fuera una sorpresa.
—Dejaste la puerta abierta.
—Sabía que vendrías.
—¿Y si no hubiera venido?
Clara sonrió, una sonrisa lenta, peligrosa.
—Entonces habría bajado y tocado a tu puerta. Y entonces, Lucas, ¿me habrías dejado entrar?
Él no respondió. No necesitaba hacerlo. Ella ya lo sabía.
Se acercó, los pies descalzos silenciosos sobre el piso frío. Se detuvo a centímetros de él, lo suficientemente cerca como para que sintiera el calor de su cuerpo, pero sin tocarlo. Todavía no.
—Leíste la nota —afirmó.
—La leí.
—¿Y?
—¿Y qué?
—¿Aceptas?
Lucas respiró hondo.
—¿Cuáles son las reglas?
Clara inclinó la cabeza, los cabellos oscuros cayendo sobre un hombro.
—Las reglas son aburridas. Pero si insistes… —Levantó la mano, trazando un camino lento por su pecho, deteniéndose sobre su corazón—. Primera: esto es solo nuestro. Nadie más lo sabe, nadie más lo ve. Segunda: cuando yo toque a tu puerta, tú abres. Cuando yo diga que te vayas, te vas. Tercera… —Se acercó más, los labios casi rozando su oreja—. Tercera: no haces preguntas. No sobre lo que hago cuando no estoy aquí. No sobre lo que pienso. No sobre lo que esto significa.
—¿Y si no puedo?
—Entonces me lo dices ahora. —Su mano se deslizó hacia abajo, deteniéndose en su cintura, los dedos apretando ligeramente—. Porque no te lo pediré dos veces.
Lucas tomó su muñeca, no para apartarla, sino para mantenerla allí.
—Acepto.
Clara sonrió, satisfecha.
—Buen chico.
Y entonces lo besó.
No fue un beso suave, de descubrimiento. Fue un beso de posesión, de hambre acumulada, su lengua invadiendo su boca con una urgencia que hizo que sus rodillas flaquearan. Lucas la atrajo hacia sí, las manos deslizándose por su espalda, sintiendo la piel desnuda bajo la camisa, la curva de su columna, la forma en que arqueaba el cuerpo contra el suyo. Cuando ella mordió su labio inferior, él gimió, el sonido ahogado en su garganta.
—¿Te gusta que te manden, no es así? —susurró ella, apartándose solo lo suficiente para hablar—. Te gusta cuando te digo qué hacer.
—Sí.
—Entonces dime qué quieres.
—A ti. —La palabra salió áspera, casi un gruñido—. Solo a ti.
Clara rio, un sonido bajo y perverso.
—Eso no es suficiente. —Lo empujó contra el pecho, obligándolo a retroceder hasta que su espalda chocó contra la pared—. Dime *cómo*.
Lucas cerró los ojos por un segundo, sintiendo la sangre latir en sus sienes, en su miembro, en cada centímetro de piel expuesta. Cuando los abrió, Clara estaba arrodillada frente a él, las manos ya trabajando en su cinturón.
—Así —dijo, la voz ronca—. Exactamente así.
Ella no dudó. Abrió el cierre con una lentitud torturante, bajando el pantalón junto con el bóxer, liberándolo. El aire frío del apartamento contrastó con el calor de su boca cuando lo envolvió, su lengua girando alrededor de la cabeza antes de tragárselo entero. Lucas gimió, las manos enredándose en su cabello, no para guiarla, sino para anclarse. Ella sabía lo que hacía—cada movimiento calculado, cada succión un recordatorio de quién estaba al mando.
—Dios, Clara…
Ella lo soltó con un chasquido húmedo, los labios brillantes.
—Silencio. —Sus ojos oscuros encontraron los suyos, desafiantes—. No quieres que los vecinos escuchen, ¿verdad?
Antes de que pudiera responder, ella se levantó, quitándose la camisa por la cabeza y dejándola caer al suelo. Estaba desnuda por debajo. Completamente desnuda. Y hermosa—los senos llenos, los pezones duros, la piel marcada por pequeñas cicatrices que aún no había tenido tiempo de explorar. Se acercó, presionando su cuerpo contra el de él, su miembro encajando entre sus muslos, húmedo con su saliva.
—Vas a follarme aquí, contra la pared —murmuró, mordisqueando su mentón—. Y va a ser rápido. Porque quiero sentirte correrte dentro de mí antes de que alguien decida investigar los ruidos.
Lucas no necesitó más incentivo. La levantó, las manos bajo sus muslos, y la empaló en un solo movimiento. Clara gritó, un sonido agudo y delicioso, las uñas clavándose en sus hombros. No le dio tiempo para adaptarse—comenzó a moverse de inmediato, embestidas profundas y brutales, cada una arrancándole un gemido a ella, un gruñido a él.
Todo el apartamento parecía temblar con el ritmo. La pared golpeaba contra su espalda, el sonido ahogado por sus respiraciones entrecortadas. Clara mordió su hombro para contener un grito, el sabor a sangre mezclándose con el sudor. Lucas sintió el orgasmo acercarse como una ola, pero se contuvo—no quería que terminara. Todavía no.
—Espera —logró decir, la voz quebrada—. Quiero… quiero verte.
Clara entendió. Con un empujón, lo hizo retroceder hasta el sofá, donde cayó de espaldas, atrayéndola consigo. Ahora era ella quien estaba arriba, las rodillas apoyadas en el sofá, las manos en su pecho. Se levantó despacio, dejándolo casi salir antes de hundirse de nuevo, las caderas girando en círculos lentos y torturantes.
—¿Así? —preguntó, la voz dulce, casi inocente. Pero sus ojos no mentían. Brillaban con malicia.
—Dios, sí.
Se movió más rápido, los senos balanceándose, el cuerpo entero envuelto en el ritmo. Lucas tomó sus caderas, guiándola, sintiendo cómo se apretaba alrededor de él con cada embestida. Cuando inclinó la cabeza hacia atrás, los cabellos cayendo por su espalda, supo que no duraría.
—Córrete para mí —ordenó, la voz ronca—. Córrete en mi miembro.
Clara obedeció. Con un gemido largo y gutural, se contrajo alrededor de él, los músculos internos apretándolo en espasmos deliciosos. Su orgasmo fue el detonante del de él—Lucas la sujetó con fuerza, enterrándose profundo mientras se corría, el placer explotando en oleadas que lo dejaron sin aliento.
Por un momento, solo hubo silencio. El sonido de sus respiraciones entrecortadas, el aroma a sexo en el aire, el peso del cuerpo de ella sobre el suyo. Entonces Clara se levantó, el semen escurriéndose por sus muslos, y sonrió.
—Primera ronda —dijo, tomando la camisa del suelo y vistiéndola sin prisa—. ¿Aguantas más?
Lucas rio, aún jadeante.
—Eres insaciable.
—Y a ti te encanta.
Él no podía negarlo.
Los encuentros se convirtieron en un juego peligroso. A veces, Clara aparecía a medianoche, tocando a su puerta con los nudillos ligeros, como si fuera una visita casual. Otras veces, era Lucas quien subía las escaleras hasta su apartamento, encontrándola con lencería negra y tacones altos, lista para comandar la noche. Follaron en el suelo de la cocina, contra la ventana de la sala con las cortinas abiertas (nadie los vería, ella lo aseguró), en la ducha, donde el agua caliente se mezclaba con el sudor y los gemidos ahogados.
Siempre había el riesgo de ser descubiertos. Una vez, sonó el timbre mientras Clara estaba a cuatro patas sobre la mesa de la sala, Lucas detrás de ella, las manos marcando la piel de sus nalgas. Los dos se quedaron paralizados, los cuerpos aún unidos, los ojos muy abiertos. Era el conserje, preguntando por una fuga en el piso de arriba. Clara mordió su labio para contener una risa, y Lucas tuvo que apartarse de ella con un movimiento rápido, poniéndose el pantalón a toda prisa mientras ella se escondía en el dormitorio.
—Vas a matarme —susurró después, cuando el peligro pasó.
—Pero qué muerte más gloriosa —respondió ella, atrayéndolo de vuelta a la cama.
Otra vez, fue la vecina de al lado quien casi los descubre. Clara había dejado la puerta del apartamento de Lucas entreabierta mientras lo chupaba en el pasillo, los sonidos húmedos resonando en el vestíbulo. Cuando se abrió la puerta del ascensor, ella lo soltó con una sonrisa maliciosa y desapareció escaleras arriba, dejándolo duro y solo, con el corazón en la garganta. Tuvo que recomponerse antes de saludar a la anciana que pasaba, rogando para que no notara la erección evidente en su pantalón.
Pero el peligro solo aumentaba la excitación. Cada encuentro era una ruleta rusa de placer y miedo, cada toque una promesa de algo más intenso. A Clara le gustaba jugar con los límites—atarlo a la cabecera de la cama con una corbata, vendarlo con una bufanda de seda, susurrarle cosas obscenas al oído mientras lo masturbaba hasta que él suplicaba por alivio. Y a Lucas le encantaba cada segundo.
—Eres una diosa —murmuró una noche, después de que ella lo hiciera correrse solo con la boca, las manos atadas a su espalda.
—No —corrigió ella, pasando los dedos por su pecho sudado—. Solo soy una mujer que sabe lo que quiere.
—¿Y qué quieres?
Clara sonrió, pero no respondió. En cambio, se levantó y fue hasta su bolso, sacando algo de dentro. Cuando volvió, sostenía un vibrador pequeño y elegante, el cuerpo de silicona brillando bajo la luz de la luna que entraba por la ventana.
—Hoy —dijo, subiendo a la cama y montándose en sus muslos—, quiero jugar.
La última noche antes de que Clara viajara por trabajo fue la más intensa de todas.
Comenzaron en el sofá, Clara sentada en su regazo, los cuerpos moviéndose en un ritmo lento y perezoso, como si tuvieran todo el tiempo del mundo. Pero entonces ella se levantó, tomó su mano y lo llevó hasta la ventana de la sala. El edificio del otro lado de la calle estaba oscuro, la mayoría de las ventanas apagadas. Clara presionó las palmas de las manos contra el cristal, arqueando la espalda, y lo miró por encima del hombro.
—Fóllame aquí —ordenó—. Con fuerza.
Lucas no necesitó más estímulo. La sujetó por las caderas, entrando en ella con un solo movimiento, sus gemidos resonando en el apartamento vacío. Con cada embestida, su cuerpo golpeaba contra el cristal, las manos apoyadas, los senos balanceándose. Podía ver el reflejo de los dos en la ventana—ella, con los ojos cerrados, los labios entreabiertos; él, los dientes apretados, las manos marcando su piel.
—Más —pidió ella, la voz ronca—. Más fuerte.
Obedeció, las caderas golpeando contra ella con tanta fuerza que el sonido se mezclaba con los gemidos, los suspiros, el sonido húmedo de sus cuerpos uniéndose. Cuando se corrió, fue con un grito ahogado, los dedos clavados en sus nalgas, el cuerpo entero temblando.
Clara se volvió, los labios hinchados, los ojos brillantes.
—Ahora —dijo, empujándolo hacia el suelo—, es mi turno.
Y entonces lo montó, el vibrador en la mano, y lo llevó al límite nuevamente.
A la mañana siguiente, Lucas despertó solo. La cama estaba fría, las sábanas revueltas, el aroma de ella aún impregnado en las almohadas. En la mesita de noche, una nueva nota.
*"Cuando vuelva, traeré juguetes nuevos. Y me dejarás usarlos en ti. — C."
Sonrió, doblando el papel y guardándolo en el bolsillo. Afuera, el sol brillaba, el día comenzaba. Pero dentro de él, algo había cambiado para siempre.
Y apenas podía esperar por lo que vendría.