Sudor y Deseo: El Vestuario Prohibido

Por Tonkix
Sudor y Deseo: El Vestuario Prohibido
**Sudor y Deseo: El Vestuario Prohibido** El aire del gimnasio olía a goma de cinta de correr, a sudor limpio y al perfume cítrico de los productos de limpieza que se mezclaban al final del día. Las luces fluorescentes se reflejaban en los espejos, creando una atmósfera casi irreal, como si el lugar existiera fuera del tiempo—un limbo donde los cuerpos se moldeaban, los músculos se contraían y los deseos se enredaban en silencio. Lara ajustó la tira de su top deportivo, sintiendo cómo la tela elástica se adhería a su piel aún húmeda del último entrenamiento. Veintiocho años, fisioterapeuta, manos acostumbradas a descifrar dolores ajenos, pero allí, entre mancuernas y barras, ella era solo una alumna más intentando domar su propia inquietud. Al otro lado de la sala, Daniel observaba al grupo de estiramientos con los brazos cruzados sobre el pecho amplio. La camiseta negra, lo suficientemente ajustada para delinear los contornos de los hombros y el abdomen definido, parecía una segunda piel. Treinta y dos años, entrenador personal, voz grave que sonaba como un comando suave, pero firme. Tenía el don de hacer que las personas se sintieran vistas—no solo como clientes, sino como cuerpos capaces, deseables. Y Lara lo sabía. Lo sabía por la forma en que la miraba cuando creía que ella no se daba cuenta, por esa media sonrisa que aparecía cuando sus miradas se encontraban en el espejo, demasiado rápido para ser casual. Se acercó a la zona de musculación, fingiendo interés en las pesas libres, pero sus ojos la traicionaron. Daniel estaba corrigiendo la postura de una alumna en la máquina de prensa de piernas, sus manos grandes rodeando las rodillas de ella para alinear el movimiento. Lara sintió un calor subir por el cuello. No era celos—o tal vez lo fuera, un poco. Era algo más primitivo, más urgente. La alumna rio por algo que él dijo, y Daniel sonrió, esa sonrisa que iluminaba su rostro anguloso y hacía aparecer los hoyuelos. Lara apartó la mirada, pero no antes de notar que él la observaba a través del reflejo del espejo. — Tienes las caderas desalineadas — dijo de repente, su voz atravesando el espacio entre ellos como un hilo invisible. — Necesitas distribuir mejor el peso. Lara se giró, sorprendida. Él ya no miraba a la alumna. La miraba a ella. — ¿Yo? — preguntó, tocándose la cadera como si pudiera sentir la imperfección. — Sí, tú. — Daniel se acercó, sus pasos silenciosos sobre el piso de goma. — Cuando haces sentadillas, tiendes a inclinar el cuerpo hacia adelante. Eso sobrecarga las rodillas. Ella mordió su labio inferior, sintiendo el sabor salado del sudor que resbalaba por su sien. Él estaba lo suficientemente cerca como para que percibiera el aroma del jabón que usaba—algo amaderado, con un toque de especias. El calor de su cuerpo irradiaba, mezclándose con el suyo. — ¿Y cómo lo corrijo? — preguntó, su voz más baja de lo que pretendía. Daniel no respondió de inmediato. En cambio, colocó sus manos sobre sus hombros, los pulgares presionando levemente la base del cuello, como si midiera la tensión allí. Lara contuvo la respiración. — Relájate — murmuró. — No voy a morderte. Todavía. Ella soltó el aire de golpe, sintiendo cómo todo su cuerpo reaccionaba a esa última palabra. *Todavía.* Una advertencia. Una promesa. Daniel deslizó sus manos por los brazos de ella, deteniéndose en los codos, y luego bajó hasta sus caderas, ajustando su postura con una firmeza que no dejaba espacio para dudas. Lara sintió cómo los dedos de él quemaban a través de la tela fina de sus shorts, como si no hubiera barrera alguna entre ellos. — Así — dijo, su voz ronca. — Ahora sí. Ella se giró lentamente, encontrando sus ojos. Oscuros, intensos, como si pudieran ver más allá de la superficie. Por un segundo, Lara pensó que la besaría allí mismo, frente a todos. Pero Daniel solo sonrió, esa sonrisa lenta y peligrosa, y retrocedió un paso. — Entrena bien hoy — dijo, antes de alejarse hacia el grupo de spinning que comenzaba a formarse. Lara se quedó quieta, sintiendo cómo su corazón latía con tanta fuerza que parecía resonar en las paredes de vidrio del gimnasio. El sudor le resbalaba por la espalda, pero no era solo por el esfuerzo físico. Era por la forma en que la había tocado. Por la forma en que la había mirado. Por la forma en que, incluso ahora, podía sentir el calor de sus manos marcando su piel. Y entonces, como si el universo quisiera poner a prueba su determinación, el aire acondicionado falló por un instante. El calor se volvió sofocante, y Lara supo que necesitaba salir de allí antes de hacer algo de lo que se arrepintiera—o peor, algo de lo que *no* se arrepintiera. Se dirigió a los vestuarios con pasos rápidos, pero no sin antes lanzar una última mirada por encima del hombro. Daniel estaba de espaldas, ajustando los manillares de una bicicleta, pero ella sabía que la observaba a través del espejo. Lo sabía por la forma en que los músculos de su espalda se contraían, como si él también estuviera luchando contra algo. Lara empujó la puerta del vestuario femenino, pero algo la hizo dudar. El pasillo estaba vacío, las luces de ambos lados parpadeaban levemente, como si estuvieran a punto de apagarse. Miró la placa a su izquierda: *MUJERES*. A la derecha: *HOMBRES*. Y entonces, sin saber exactamente por qué, sus pies la llevaron hacia el lado equivocado. El vestuario masculino olía a jabón de eucalipto y testosterona. Lara se detuvo en el umbral de la puerta, los dedos aún crispados en el picaporte frío, el aire atrapado en los pulmones como si se hubiera sumergido en agua helada. El error tardó un segundo en instalarse—el tiempo suficiente para que sus ojos registraran el azulejo gris, los bancos de madera oscura, los ganchos vacíos donde las toallas colgaban como lenguas perezosas. Y entonces, el sonido del agua. Un chorro fino, irregular, golpeando contra el piso de cerámica. La ducha del rincón, aquella más alejada, donde la luz del techo parpadeaba a intervalos perezosos, proyectando sombras alargadas en las paredes. Lara debería haber retrocedido. Debería haber murmurado una disculpa, dado media vuelta y cerrado la puerta con un clic discreto. Pero sus pies, rebeldes, avanzaron un paso. Luego otro. El sonido del agua se mezclaba con su respiración acelerada, y de repente estaba lo suficientemente cerca como para ver el vapor elevándose en espirales lentas, como el humo de un incienso prohibido. Daniel estaba de espaldas. El agua resbalaba por su columna, dibujando ríos entre los músculos definidos, aquellos que ella ya había visto de reojo en las clases, cuando él se estiraba o corregía la postura de algún alumno. Pero nunca así. Nunca tan *expuesto*. Los hombros anchos, los omóplatos moviéndose bajo la piel húmeda, la curva de las nalgas firmes, marcadas por dos hoyuelos justo encima. La toalla—blanca, casi translúcida—estaba tirada sobre el banco más cercano, como si la hubiera abandonado allí en un gesto de prisa o de desafío. Lara sintió la garganta seca. El sudor de la clase de spinning aún le pegaba a la piel, mezclado con el calor que ahora le subía por el cuello, quemándole las mejillas. Debería irse. *Ahora.* Pero algo la mantenía allí, inmóvil, los dedos de los pies encogiéndose dentro de los tenis, como si el suelo estuviera vivo y pudiera tragársela en cualquier momento. Fue entonces cuando él se giró. El agua resbalaba por su pecho, deslizándose por los gajos del abdomen, acumulándose en el ombligo antes de seguir su camino hasta la línea oscura que desaparecía bajo la superficie del agua. Los ojos de Daniel encontraron los suyos al instante, y Lara sintió el impacto como un puñetazo en el estómago. No había sorpresa en ellos. Ni siquiera un destello de vergüenza. Solo una calma depredadora, como si la hubiera estado esperando allí todo el tiempo. — ¿Te perdiste, Lara? — Su voz era baja, ronca, el tipo de sonido que se siente más de lo que se oye. No hizo ningún movimiento para cubrirse. Ni siquiera cuando cerró el grifo de la ducha, dejando que el silencio se instalara entre ellos, pesado como una cortina de terciopelo. Ella tragó saliva. — Yo… me equivoqué. — Las palabras salieron débiles, casi inaudibles. Todo su cuerpo vibraba, como si cada terminación nerviosa hubiera sido encendida al mismo tiempo. — Perdón. Daniel inclinó la cabeza, una sonrisa lenta extendiéndose por sus labios. — Las disculpas son para quienes se arrepienten. — Dio un paso adelante, el agua goteando de su cabello oscuro, resbalando por su mandíbula cuadrada. — Y tú pareces más… *curiosa* que arrepentida. Lara retrocedió instintivamente, pero la pared fría del vestuario la detuvo. El metal de los casilleros le heló la espalda a través de la camiseta fina, y notó, con un sobresalto, que estaba temblando. No de miedo. De algo mucho más peligroso. — ¿Siempre te pones así cuando invades espacios que no son tuyos? — Dio otro paso, y ahora estaba lo suficientemente cerca como para que ella sintiera el calor irradiando de su piel, el olor a jabón mezclado con el sudor limpio, con la sal, con el hombre. — ¿O solo cuando es conmigo? Ella abrió la boca para responder, pero las palabras murieron en su garganta cuando él levantó la mano y, con un gesto deliberadamente lento, apartó un mechón de cabello mojado que se le pegaba a la frente. Los dedos de él rozaron su piel, y Lara sintió el contacto como una descarga eléctrica, un hormigueo que le bajó por la nuca, por la columna, hasta concentrarse entre las piernas. — Daniel… — Su nombre salió como un suspiro, una súplica, una rendición. Él sonrió, los ojos oscuros brillando con algo que ella no se atrevió a nombrar. — Eso es. — Su mano bajó, los nudillos rozando el contorno de su mandíbula, el pulgar presionando levemente su labio inferior. — Di mi nombre otra vez. Lara sintió el sabor salado en la lengua. El pulgar de él era áspero, calloso por el trabajo, por la rutina de pesas y cuerdas. Quería morderlo. Quería lamerlo. Quería *algo*, pero no sabía qué, hasta que él se inclinó y susurró contra su boca: — ¿Sabes que te observo, verdad? — Su aliento era caliente, húmedo, y Lara cerró los ojos cuando sintió sus labios rozar los suyos, sin besarla, solo *prometiendo*. — Todas las noches. Cuando te estiras. Cuando te recoges el pelo en esa coleta alta. Cuando muerdes el labio mientras intentas hacer esa sentadilla perfecta. Ella gimió bajito, el sonido ahogado por la presión de sus cuerpos tan cerca. — Y tú… — La voz le falló. — Siempre te aseguras de corregir mi postura. — Porque me gusta tocarte. — Sus dedos se deslizaron por su cuello, apretando levemente, probando. — Aunque sea solo un ajuste en el hombro. Aunque sea solo un segundo. Lara arqueó el cuerpo contra la pared, la necesidad creciendo dentro de ella como una ola. — Entonces, ¿por qué nunca…? — Porque no quería asustarte. — Su mano bajó más, los dedos enredándose en el elástico de sus leggings, atrayéndola hacia él. — Pero ahora estás aquí. En mi territorio. — Presionó su cadera contra la de ella, y Lara sintió la prueba innegable de su deseo, dura, caliente, incluso a través de las capas de tela. — Y yo no soy un hombre paciente. El aire entre ellos se volvió denso, cargado de electricidad. Lara sabía que debería empujarlo. Sabía que debería salir corriendo, que aquel era un juego peligroso, que las consecuencias podrían ser devastadoras. Pero cuando él inclinó la cabeza y capturó su boca en un beso voraz, ella no se resistió. No cuando su lengua invadió su boca, exigente, posesiva. No cuando sus manos agarraron sus caderas, levantándola con facilidad contra la pared. No cuando él gimió contra sus labios, el sonido gutural, animal, haciéndola temblar de anticipación. Y ciertamente no cuando él se apartó lo suficiente para susurrar, la voz ronca de deseo: — Última oportunidad, Lara. — Sus dedos apretaron su cintura, las uñas marcando su piel a través de la tela fina. — Si no quieres esto, vete ahora. Ella lo miró a los ojos, oscuros, hambrientos, y supo que no había vuelta atrás. — Cállate y bésame — murmuró, atrayéndolo de nuevo hacia sí. Y entonces, no hubo más palabras. El vapor aún danzaba en el aire cuando Lara se dio cuenta de que había cometido un error. No era el vestuario femenino. El olor a jabón masculino, mezclado con el aroma cálido de la piel recién lavada, invadió sus fosnas nasales antes de que pudiera retroceder. Las paredes de azulejos, los bancos de madera oscura, los espejos empañados—todo gritaba que aquel no era su lugar. Pero entonces sus ojos se encontraron con los de él. Daniel estaba allí, parado a pocos pasos, con una toalla blanca enrollada holgadamente en la cintura. Gotas de agua resbalaban por los surcos definidos de su abdomen, deslizándose hasta la línea oscura que desaparecía bajo la tela. No parecía sorprendido. Solo… expectante. Como si ya supiera que ella terminaría allí, tarde o temprano. Lara sintió el corazón latir tan fuerte que tuvo la certeza de que él podía oírlo. Su mano aún estaba en el picaporte de la puerta, pero su cuerpo se negaba a moverse. El calor del ambiente, húmedo y pesado, se le pegaba a la piel, haciendo que la tela de su blusa de gimnasia se adhiriera a su espalda. Tragó saliva, intentando encontrar palabras, pero su mente estaba vacía, excepto por una sola pregunta: *¿Y si él no quiere que me vaya?* Daniel no dijo nada. Solo sostuvo su mirada, los ojos oscuros recorriendo su rostro, bajando por su cuello, deteniéndose en sus labios entreabiertos. Dio un paso adelante, luego otro, los músculos de sus muslos contrayéndose con cada movimiento. La toalla, ya baja, amenazaba con ceder en cualquier momento. Lara contuvo la respiración. Cuando se detuvo a centímetros de ella, el calor de su cuerpo irradiaba como un horno. Lara se apoyó en la pared, las manos húmedas de sudor presionadas contra el azulejo frío. Él levantó una mano, despacio, como si ella fuera un animal asustadizo, y rozó los nudillos contra la curva de su mejilla. El contacto fue leve, casi imperceptible, pero ella lo sintió como si una corriente eléctrica la atravesara. — ¿Te perdiste, Lara? — Su voz era ronca, baja, cargada de algo que ella no podía nombrar. No era enojo. No era sorpresa. Era algo más primitivo, más urgente. Ella debería haber reído. Debería haber dicho que sí, que era un error, que se iba. Pero las palabras murieron en su garganta cuando él inclinó el rostro, acercando sus labios a los de ella sin tocarlos. El aliento cálido de Daniel olía a menta y a algo más, algo salvaje, como el sudor de un hombre que acababa de ejercitarse hasta el agotamiento. — ¿O viniste aquí a propósito? — murmuró, los labios casi rozando los de ella. Lara sintió todo su cuerpo temblar. No era miedo. Era algo mucho más peligroso: deseo puro, crudo, el tipo de deseo que había estado reprimiendo durante meses, desde la primera vez que lo vio corrigiendo la postura de una alumna con sus manos firmes, los dedos presionando su piel con una intimidad que la había llenado de celos. Ahora, allí, solos, no había más excusas. — ¿Y si digo que sí? — lo desafió, la voz temblorosa, pero firme. Sus labios se curvaron en una sonrisa lenta, depredadora. La mano que estaba en su rostro se deslizó hacia su nuca, los dedos enredándose en su cabello húmedo. La atrajo más cerca, hasta que sus cuerpos casi se tocaron, hasta que ella pudo sentir su rigidez contra su vientre. — Entonces diría que eres una mujer muy valiente… — susurró, su boca ahora flotando sobre la de ella. — O muy imprudente. Lara no respondió. No necesitaba hacerlo. Su cuerpo ya había decidido por ella. Los pezones se endurecieron bajo la tela fina del top, la respiración se volvió superficial, y entre las piernas, un latido insistente comenzó a pulsar. Alzó la barbilla, desafiándolo a cerrar la distancia. Daniel no dudó. Sus labios capturaron los de ella en un beso que no era gentil. Era hambriento, exigente, como si hubiera esperado ese momento tanto como ella. Su lengua invadió su boca, explorando, saboreando, mientras sus manos se deslizaban hacia abajo, agarrando su cintura con fuerza. Lara gimió contra su boca, los dedos enredándose en el cabello mojado de su nuca. El beso se profundizó, y el mundo a su alrededor desapareció. No había más gimnasio, no había más reglas, no había más consecuencias. Solo existían ellos, el calor, el sudor, la urgencia de cuerpos que se reconocían incluso antes de tocarse de verdad. Cuando él se apartó, sus labios estaban hinchados, todo su cuerpo vibrando. Daniel apoyó la frente contra la de ella, los ojos cerrados, como si intentara controlarse. — Última oportunidad — murmuró, la voz áspera. — Puedes irte ahora. Nadie tiene que saberlo. Lara lo miró, a sus labios entreabiertos, a la toalla que apenas se sostenía en sus caderas, a la evidencia de su deseo presionando contra ella. Sabía lo que estaba en juego. Sabía que, si cruzaba esa línea, no habría vuelta atrás. Pero entonces sonrió. — ¿Y perderme lo mejor? — susurró, atrayéndolo de nuevo hacia sí. — Nunca. El aire entre ellos estaba denso, cargado con el olor a jabón masculino y la sal del sudor que aún resbalaba por los hombros de Daniel. Lara sintió el peso de su mirada como una caricia física, cada centímetro de su piel erizándose bajo la intensidad de esos ojos oscuros. Él no habló. No necesitaba hacerlo. El lenguaje entre ellos ya había sido establecido mucho antes, en las miradas robadas durante las clases, en las sonrisas contenidas cuando se cruzaban en el pasillo, en las veces en que ella fingía no notar cuando él ajustaba la postura de otra alumna solo para acercarse más. Ahora, allí, en el silencio húmedo del vestuario masculino, no había más espacio para fingimientos. Daniel dio un paso adelante, y Lara contuvo la respiración. El suelo de azulejos fríos contrastaba con el calor que emanaba de su cuerpo, aún húmedo por la ducha, la toalla blanca enrollada holgadamente en sus caderas. Podía ver el contorno de sus músculos bajo la piel bronceada, los hombros anchos marcados por gotas que resbalaban lentamente, como si el tiempo se hubiera ralentizado solo para que ella pudiera apreciar cada detalle. Levantó la mano, vacilante por un segundo, pero Lara no retrocedió. En cambio, alzó la barbilla, una invitación muda. Sus dedos la tocaron primero en la línea de la mandíbula, ásperos, callosos por el peso de las barras y las mancuernas. Lara se estremeció, no de frío, sino de la electricidad que recorrió su cuerpo con ese contacto mínimo. Él deslizó la mano hacia la nuca de ella, atrayéndola con firmeza, pero sin prisa, como si quisiera darle la oportunidad de retroceder. Lara no lo hizo. En cambio, alzó los brazos y los enredó alrededor de su cuello, los dedos perdiéndose en su cabello aún mojado, atrayéndolo más cerca. El primer beso fue lento, casi cauteloso, como si ambos estuvieran probando los límites. Pero la cautela duró poco. Lara sintió el sabor a menta en su lengua, mezclado con el sabor salado de su piel, y algo dentro de ella se quebró. Mordió su labio inferior, no con fuerza, pero lo suficiente para arrancarle un gemido ronco del fondo de la garganta. Fue como encender una mecha. De repente, sus manos estaban por todas partes—agarrando su cintura, atrayéndola contra su cuerpo rígido, explorando las curvas bajo la tela fina de sus leggings y su top deportivo. Lara gimió contra su boca, el sonido ahogado por el beso, pero cargado de una urgencia que no podía contener. Las manos de Daniel se deslizaron hacia abajo, apretando sus muslos, levantándola con facilidad hasta que ella envolvió su cintura con las piernas. El metal frío de los casilleros presionó su espalda, pero Lara apenas lo notó. Todo lo que importaba era la sensación de su cuerpo contra el de ella, el calor que se extendía entre sus piernas, la forma en que la sostenía como si fuera algo precioso y frágil, pero al mismo tiempo la besaba como si quisiera devorarla. El vapor de la ducha aún llenaba el ambiente, empañando los espejos y dejando el aire pesado, como si estuvieran atrapados en una burbuja donde solo existían ellos dos. Lara sintió sus manos subir por su espalda, tirando del top hacia arriba, los dedos trazando la línea de su columna vertebral hasta llegar al cierre del sujetador. Un tirón, y la tela se soltó. Daniel se apartó lo suficiente para mirarla, los ojos oscuros quemando con una pregunta silenciosa. Lara respondió quitándose el top y el sujetador por encima de la cabeza, dejándolos caer al suelo con un sonido húmedo. El aire frío del vestuario tocó sus pechos desnudos, pero el contraste solo la hizo arder más. Daniel no dudó. Se inclinó hacia adelante, capturando un pezón entre sus labios, la lengua caliente y húmeda rodeando la punta sensible. Lara arqueó la espalda, las uñas clavándose en sus hombros, los gemidos escapando sin control. Él alternaba entre sus pechos, mordisqueando, succionando, mientras sus manos exploraban el resto de su cuerpo—apretando sus nalgas, deslizándose bajo sus leggings, los dedos encontrando el calor entre sus piernas. — *Joder*— murmuró contra su piel, la voz ronca, casi irreconocible. — Estás empapada. Lara no pudo responder. Las palabras se perdieron en un suspiro cuando él deslizó un dedo dentro de ella, luego otro, moviéndolos con una lentitud torturante. Apretó las piernas alrededor de su cintura, intentando atraerlo más cerca, pero Daniel solo sonrió contra su cuello, los dientes rozando la piel sensible justo debajo de la oreja. — Paciencia— susurró, su aliento caliente haciéndola estremecer. — Quiero sentirte correrte así primero. Lara quería protestar, quería decirle que no aguantaba más, que lo necesitaba dentro de ella *ahora*, pero las palabras murieron en su garganta cuando él aumentó el ritmo, los dedos curvándose dentro de ella mientras el pulgar presionaba el punto exacto. El placer la golpeó como una ola, fuerte e inesperada, y se aferró a él, los gemidos ahogados contra su hombro musculoso mientras su cuerpo temblaba. Daniel no se detuvo. Siguió moviendo los dedos, prolongando el orgasmo hasta que Lara quedó laxa en sus brazos, los labios entreabiertos, la respiración irregular. Solo entonces la soltó, dejándola deslizarse lentamente hasta que sus pies tocaron el suelo. Lara apenas podía mantenerse en pie, las piernas temblorosas, pero Daniel la sostuvo por la cintura, manteniéndola firme. — Todavía no termina— murmuró, la voz cargada de promesas. Lara lo miró, los ojos entrecerrados, el cuerpo aún hormigueando. Vio el momento en que la toalla cayó al suelo, revelándolo por completo, y no pudo contener una sonrisa satisfecha. Extendió la mano, envolviéndolo con los dedos, sintiendo cómo palpitaba contra su palma. Daniel gimió, las caderas moviéndose instintivamente hacia su toque. — Me vas a matar— dijo, pero no había queja en su voz. Lara lo soltó solo para bajarse los leggings, pateándolos lejos junto con su tanga. Ahora, estaban los dos desnudos, su cuerpo presionando contra el de ella, la piel caliente y húmeda tocándose en todos los lugares posibles. Daniel la levantó de nuevo, sus manos firmes bajo sus muslos, y Lara envolvió los brazos alrededor de su cuello, sus labios encontrando los de él en un beso desesperado. Sintió la punta de él presionando contra su entrada, y gimió contra su boca, las uñas clavándose en su espalda ancha. Daniel dudó por un segundo, los músculos tensos, como si estuviera luchando contra su propio deseo. — ¿Estás segura?— preguntó, la voz ronca. Lara no respondió con palabras. En cambio, inclinó las caderas hacia adelante, dejándolo deslizarse dentro de ella con una lentitud agonizante. Ambos gimieron al mismo tiempo, el sonido resonando en el vestuario vacío. Daniel la llenó por completo, y Lara sintió cada centímetro de él, la presión deliciosa, la forma en que la estiraba, como si estuvieran hechos el uno para el otro. Por un momento, ninguno de los dos se movió. Solo se quedaron allí, respirando hondo, los cuerpos unidos, las miradas fijas. Entonces Daniel comenzó a moverse, despacio al principio, como si quisiera memorizar cada sensación. Lara gimió, los dedos enredándose en su cabello, atrayéndolo para otro beso. El ritmo fue aumentando poco a poco, las embestidas volviéndose más profundas, más urgentes, los cuerpos chocando uno contra el otro con un sonido húmedo y primitivo. El metal de los casilleros crujía detrás de ella con cada movimiento, el sonido mezclándose con los gemidos ahogados y la respiración entrecortada. Lara sintió cómo el placer se construía de nuevo, más intenso esta vez, más abrumador. Daniel lo notó y aceleró, una de sus manos deslizándose entre ellos para tocar el punto exacto, los dedos presionando con precisión mientras seguía moviéndose dentro de ella. — Córrete para mí— ordenó, la voz baja y ronca. — Quiero sentirte. Lara no pudo resistirse. El orgasmo la golpeó con fuerza, su cuerpo temblando mientras olas de placer la atravesaban. Apretó los músculos internos alrededor de él, y Daniel gimió, sus movimientos volviéndose erráticos antes de llegar también al clímax, su cuerpo tensándose mientras se derramaba dentro de ella. Por un largo momento, ninguno de los dos se movió. Solo se quedaron allí, los cuerpos aún unidos, las respiraciones mezclándose en el aire húmedo del vestuario. Lara apoyó la frente en su hombro, sintiendo su corazón latir acelerado contra su pecho. Daniel la soltó lentamente, dejándola deslizarse hasta que sus pies tocaron el suelo. Lara sintió su ausencia de inmediato, pero antes de que pudiera protestar, él la atrajo para un beso suave, casi reverente. — Esto fue…— comenzó, pero Lara puso un dedo sobre sus labios, silenciándolo. — No lo arruines— susurró, sonriendo. Daniel rio bajito, pero no insistió. En cambio, recogió la toalla del suelo y se la enrolló de nuevo en la cintura, antes de inclinarse para recoger su ropa. Lara lo observó, el cuerpo aún hormigueando, la mente ya anticipando lo que vendría después. Porque sabía, sin sombra de duda, que aquello era solo el comienzo. El vapor de las duchas aún flotaba en el aire, denso y caliente, envolviéndolos como un manto invisible. Lara sintió el peso de la mirada de Daniel incluso antes de que él se moviera—un calor que no provenía solo del ambiente sofocante del vestuario, sino de la promesa silenciosa que se había estado gestando entre ellos durante semanas. Sus dedos, antes temblorosos, ahora se aferraban al borde del lavabo de mármol frío, como si necesitara algo sólido para anclarse a la realidad. Pero la realidad, allí, era resbaladiza. Era sudor, era respiración entrecortada, era el sonido del agua goteando de su cabello sobre el azulejo. Daniel dio un paso adelante, y Lara contuvo la respiración. La toalla blanca, ya húmeda, colgaba baja en sus caderas, delineando la curva de los músculos de sus muslos y el contorno inconfundible de su excitación, que él no se molestaba en ocultar. No dijo nada. No necesitaba hacerlo. Su cuerpo hablaba por sí solo—la forma en que sus hombros se contraían bajo la piel bronceada, cómo sus dedos se flexionaban a su lado, como si luchara contra el impulso de tocarla. Lara mordió su labio inferior, sintiendo el sabor salado de su propio sudor, y dejó que sus ojos recorrieran cada centímetro de él, como si memorizara el mapa de sus cicatrices y venas prominentes. — ¿Solo vas a mirar? — Su voz era ronca, casi un gruñido, pero había una sonrisa maliciosa en sus labios. Lara arqueó una ceja, fingiendo indiferencia, pero el temblor en su voz la traicionó cuando respondió: — Tal vez. O tal vez espere a que te vistas y finja que nada de esto pasó. Daniel rio, un sonido grave y vibrante que reverberó en el pecho de ella. Con un movimiento rápido, la atrajo por la cintura, pegando sus cuerpos de una vez. Lara soltó un jadeo sorprendido, sus manos apoyándose instintivamente en sus hombros anchos. La piel de Daniel estaba caliente, casi febril, y el contraste con el mármol frío bajo su espalda la hizo estremecer. Él inclinó la cabeza, sus labios rozando su oreja mientras susurraba: — Mentira. No quieres que me vista. Ella no lo negó. No podía. El olor de él—jabón mezclado con algo más primitivo, más masculino—invadió sus sentidos, y el peso de su cuerpo contra el suyo era un ancla deliciosamente sofocante. Lara enlazó los brazos alrededor de su cuello, atrayéndolo más cerca, y esta vez fue ella quien inició el beso. No había más vacilación. No había más espacio para dudas. Su lengua encontró la de él con una urgencia que arrancó un gemido de su garganta, y las manos de Daniel bajaron por su espalda, apretándola contra sí como si quisiera fundir los dos cuerpos en uno solo. — Joder, Lara… — murmuró contra sus labios, la voz cargada de un deseo que resonaba con el suyo propio. — Te deseo desde la primera vez que te vi en esa clase de spinning, sudando como si estuvieras huyendo de algo. Ella rio, pero el sonido se transformó en un suspiro cuando él mordisqueó suavemente su labio inferior. — ¿Y crees que yo no me di cuenta de cómo me mirabas en el espejo? — Lara lo desafió, sus dedos enredándose en su cabello mojado. — Siempre corrigiendo la postura de los demás, menos la mía. Daniel soltó un gruñido bajo, sus manos deslizándose hacia abajo, agarrando sus muslos con fuerza. — Porque no podía quitarte los ojos de encima. — La confesión salió áspera, casi dolorosa. — Cada vez que subías a la bicicleta, imaginaba cómo sería tenerte así… sudada, jadeante, entregada. Lara sintió cómo todo su cuerpo reaccionaba a esas palabras. El calor entre sus piernas se intensificó, y se apretó contra él, buscando alivio para la tensión que crecía dentro de sí. Daniel no la hizo esperar. Con un movimiento fluido, la levantó del suelo, sus piernas envolviendo automáticamente su cintura. Lara gimió cuando el contacto entre sus cuerpos se volvió más íntimo, la fricción de la toalla húmeda contra su piel sensible casi insoportable. — Agárrate fuerte — ordenó, su voz un comando ronco. Ella obedeció, sus brazos cerrándose alrededor de su cuello mientras Daniel la llevaba hacia los casilleros metálicos en el rincón del vestuario. El metal frío contra su espalda fue un choque delicioso, y Lara arqueó el cuerpo, ofreciéndose a él. Daniel no perdió tiempo. Con una mano, sujetó sus muñecas por encima de su cabeza, inmovilizándolas contra el casillero, mientras la otra bajaba por su cuerpo, explorando cada curva con una lentitud torturante. — Eres hermosa así — murmuró, sus labios trazando un camino de besos por su cuello, bajando hasta su escote. — Toda mojada, toda mía. Lara cerró los ojos, dejando que las sensaciones la dominaran. El aliento caliente de Daniel contra su piel, el roce de sus dientes en el punto sensible entre el cuello y el hombro, la presión firme de sus dedos apretando su cintura. Quería más. Necesitaba más. Y cuando él finalmente bajó la mano hasta el dobladillo de su camiseta, subiéndola con un movimiento brusco, Lara no protestó. La prenda voló al suelo, seguida por su sujetador deportivo, dejando sus pechos expuestos al aire húmedo del vestuario. Daniel se detuvo por un instante, sus ojos oscuros recorriendo su cuerpo con una intensidad que la hizo retorcerse. — Mierda… — susurró, casi reverente. Entonces, sin aviso, bajó la cabeza y capturó un pezón entre sus labios, succionando con fuerza. Lara jadeó, su espalda arqueándose contra el casillero, las uñas clavándose en sus hombros. La sensación era casi demasiado—el calor de su boca, la humedad de su lengua, el leve mordisco que enviaba olas de placer directamente al centro de su cuerpo. Daniel alternaba entre sus pechos, lamiendo y chupando, mientras su mano libre se deslizaba dentro de sus leggings, los dedos encontrando el punto exacto donde más lo necesitaba. — Daniel… — Su nombre salió como un gemido, una súplica. Él alzó la cabeza, los labios brillantes e hinchados, los ojos entrecerrados de deseo. — Dime qué quieres. Lara mordió su labio, dudando solo un segundo antes de responder: — Te quiero a ti. Ahora. Daniel no necesitó que se lo dijeran dos veces. Con un movimiento rápido, la soltó lo suficiente para bajarle los leggings y la tanga, dejándola completamente desnuda contra el metal frío del casillero. Lara se estremeció, pero el frío duró poco. Daniel se arrodilló frente a ella, sus manos firmes en sus muslos, y antes de que pudiera protestar, su boca estuvo sobre ella. El primer contacto de su lengua la hizo gritar, el sonido resonando en el vestuario vacío. Lara se aferró a su cabello, los dedos enredándose en los mechones mojados mientras Daniel la devoraba con una voracidad que la dejaba sin aliento. Él no era gentil. No allí. No en ese momento. Su lengua exploraba cada pliegue, cada punto sensible, mientras sus dedos se hundían en la carne de sus muslos, manteniéndola inmóvil. Lara sintió el orgasmo acercarse como una ola, pero antes de que pudiera alcanzarlo, Daniel se apartó, dejándola jadeante y frustrada. — Todavía no — murmuró, levantándose con una sonrisa perversa. Lara abrió la boca para protestar, pero las palabras murieron en su garganta cuando él soltó la toalla, dejándola caer al suelo. Su cuerpo estaba completamente expuesto ahora—cada músculo definido, cada cicatriz, cada centímetro de piel bronceada. Y entre sus piernas, su erección palpitante, lista para ella. Lara tragó saliva, el deseo renovándose con una intensidad casi dolorosa. Daniel se acercó de nuevo, sus manos volviendo a sujetar sus muslos, levantándola contra el casillero. Lara envolvió las piernas alrededor de su cintura, sintiendo la punta caliente y dura presionando contra su entrada. Él no entró de una vez. En cambio, la provocó, frotándose contra ella, haciéndola gemir y retorcerse en busca de más. — Por favor… — suplicó, la voz quebrada. Daniel sonrió, satisfecho, y entonces, con un movimiento firme, la llenó por completo. Lara gritó, el sonido ahogado contra su hombro, las uñas clavándose en su espalda mientras él comenzaba a moverse. Cada embestida era profunda, precisa, arrancándole gemidos que resonaban en el vestuario. El metal del casillero crujía bajo el peso de sus cuerpos, mezclándose con el sonido húmedo de sus cuerpos uniéndose, con el ritmo acelerado de sus respiraciones. Lara sintió cómo el placer se construía de nuevo, más intenso esta vez, más abrumador. Daniel lo notó y aceleró, una de sus manos deslizándose entre ellos para tocar el punto exacto, los dedos presionando con precisión mientras seguía moviéndose dentro de ella. — Córrete para mí — ordenó, su voz baja y ronca. Lara no pudo resistirse. El orgasmo la golpeó con fuerza, su cuerpo temblando mientras olas de placer la atravesaban. Se aferró a él, los labios encontrando los suyos en un beso desesperado, las lenguas entrelazándose mientras sus cuerpos se movían al unísono. Sintió cómo el placer crecía de nuevo, una presión en su vientre, y cuando Daniel cambió el ángulo, alcanzando un punto que la hizo gritar, no hubo más vuelta atrás. — Córrete para mí — repitió él, su voz un susurro ronco contra sus labios. Y Lara obedeció. El placer la golpeó como una explosión, su cuerpo contrayéndose alrededor de él mientras olas de éxtasis la recorrían. Daniel no se detuvo. Siguió moviéndose, prolongando su orgasmo hasta que quedó sin fuerzas, los gemidos convirtiéndose en susurros incoherentes. Solo entonces se permitió llegar al clímax, su cuerpo tensándose mientras se derramaba dentro de ella. Por un largo momento, ninguno de los dos se movió. Solo se quedaron allí, los cuerpos aún unidos, las respiraciones mezclándose en el aire húmedo del vestuario. Lara apoyó la frente en su hombro, sintiendo su corazón latir acelerado contra su pecho. Daniel la soltó lentamente, dejándola deslizarse hasta que sus pies tocaron el suelo. Lara sintió su ausencia de inmediato, pero antes de que pudiera protestar, él la atrajo para un beso suave, casi reverente. — Esto fue…— comenzó, pero Lara puso un dedo sobre sus labios, silenciándolo. — No lo arruines— susurró, sonriendo. Daniel rio bajito, pero no insistió. En cambio, recogió la toalla del suelo y se la enrolló de nuevo en la cintura, antes de inclinarse para recoger su ropa. Lara lo observó, el cuerpo aún hormigueando, la mente ya anticipando lo que vendría después. Porque sabía, sin sombra de duda, que aquello era solo el comienzo. Y cuando Daniel le tendió la mano, los ojos oscuros brillando con una promesa, Lara no dudó en aceptarla. El sol de la mañana aún no se había rendido del todo cuando Lara empujó la puerta de vidrio del gimnasio, el aire acondicionado frío golpeando su rostro como una invitación. Llevaba en el cuerpo el recuerdo del vestuario—el olor a jabón masculino mezclado con el sudor, el calor húmedo que le pegaba la piel, el sonido ahogado de los gemidos contra los azulejos fríos. Y, más que nada, la certeza de que Daniel estaría esperando. No era una esperanza tímida. Era una promesa. Llevaba puesto un conjunto de lycra negro, tan ajustado que parecía una segunda piel, la tela moldeando cada curva como si hubiera sido cosida para él. El escote profundo dejaba poco a la imaginación, y ella lo sabía. El cabello, recogido en una coleta alta, se balanceaba con cada paso, como si bailara al ritmo de los pensamientos que no habían abandonado su mente desde la noche anterior. En la muñeca, una pulsera fina de cuero, regalo de una ex que nunca supo qué hacer con ella—ahora, parecía un amuleto. El gimnasio estaba más vacío que de costumbre a esa hora, lo que solo facilitaba las cosas. Lara dejó su bolso en el casillero del vestuario femenino, pero no sacó nada más que su celular. No lo necesitaba. El plan ya estaba trazado. Se acercó a la zona de musculación con pasos deliberados, las zapatillas casi sin hacer ruido en el piso de goma. Daniel estaba allí, ajustando los pesos de un alumno, los músculos de su espalda definidos bajo la camiseta blanca, los brazos flexionados mientras explicaba la postura correcta. Lara se detuvo a unos metros de distancia, cruzó los brazos y esperó. Él la vio a través del reflejo del espejo. Un segundo. Dos. El tiempo suficiente para que el alumno notara el cambio en la expresión del entrenador personal, una sonrisa casi imperceptible curvando los labios de Daniel antes de que se girara. — Buenos días, Lara — dijo, su voz ronca, como si aún llevara el peso de la noche anterior. — Viniste a entrenar temprano hoy. Ella sonrió, lenta, sus ojos recorriendo su cuerpo con la misma audacia con la que sus manos lo habían hecho horas antes. — O tarde — murmuró, acercándose. — Depende del punto de vista. El alumno, un chico de poco más de veinte años, carraspeó, claramente incómodo con la tensión que flotaba en el aire. — Entonces… ¿puedo seguir solo? — preguntó, mirando de uno a otro. Daniel no apartó los ojos de Lara. — Claro. Solo no olvides mantener la columna recta. El chico asintió y se alejó, lanzando una última mirada curiosa a los dos antes de desaparecer en dirección a las mancuernas. En cuanto se quedaron solos, Daniel acortó la distancia entre ellos, pero no la tocó. Todavía no. — No respondiste mi pregunta — dijo, su voz baja, casi un susurro. — ¿Viniste a entrenar? Lara inclinó la cabeza, los labios entreabiertos. — Vine a ver si estás tan bueno por la mañana como anoche. Una risa ronca escapó de su garganta. — ¿Y? Ella se lamió los labios, deliberadamente lenta. — Todavía lo estoy decidiendo. Daniel le agarró la muñeca, atrayéndola más cerca, hasta que sus cuerpos casi se tocaron. Lara sintió el calor irradiando de él, el olor a jabón mezclado con el sudor fresco, el perfume del deseo que ya conocía tan bien. — Entonces vamos a ayudarte a decidir — murmuró, sus dedos deslizándose por su brazo hasta envolver su nuca. — Pero no aquí. Lara no se resistió cuando él la guió hacia el fondo del gimnasio, donde estaban los almacenes y los vestuarios de los empleados. Era un lugar más reservado, con menos cámaras, menos posibilidades de ser interrumpidos. Su corazón se aceleró, pero no era miedo. Era anticipación. La puerta del vestuario de los empleados estaba sin llave. Daniel la empujó, atrayendo a Lara hacia adentro antes de cerrarla con un clic suave. El ambiente era más pequeño que el vestuario masculino, más estrecho, con solo dos cabinas de ducha y un banco de madera apoyado contra la pared. El olor a cloro y desinfectante era más fuerte aquí, pero por debajo de eso, Lara aún podía percibir el aroma de Daniel—amaderado, masculino, intoxicante. Él la apoyó contra la puerta, sus manos sujetando sus caderas con firmeza. — No tienes idea de cuánto pensé en ti hoy — dijo, su voz áspera, mientras sus labios rozaban su cuello. — En cómo gemiste cuando te toqué. En cómo respondió tu cuerpo al mío. Lara arqueó la espalda, ofreciéndose más. — ¿Y qué hiciste mientras pensabas en mí? Daniel sonrió contra su piel, sus dientes rozando levemente el punto sensible debajo de la oreja. — ¿Qué crees? Ella rio, baja y provocadora, sus manos deslizándose por su pecho hasta encontrar el dobladillo de su pantalón. — Apuesto a que fue rápido. — Me subestimas — murmuró, capturando sus labios en un beso hambriento. No hubo gentileza esta vez. No hubo vacilación. Era puro deseo, la urgencia de dos cuerpos que ya se conocían, que sabían exactamente lo que querían. Las manos de Daniel se deslizaron bajo su blusa, sus dedos callosos rozando levemente la piel suave de su espalda, mientras Lara le quitaba la camiseta, desesperada por sentir el calor de su cuerpo contra el suyo. — Quítatela — ordenó, la voz entrecortada. Daniel obedeció, arrancándose la camiseta y arrojándola al suelo antes de volver a besarla, sus manos ahora explorando sus pechos por encima del sujetador deportivo. Lara gimió contra su boca, los pezones ya duros, sensibles al tacto. — Eres hermosa — susurró, sus labios bajando por su cuello hasta encontrar el valle entre sus pechos. — Tan hermosa que casi no puedo creer que esto esté pasando. Lara le sujetó el rostro, obligándolo a mirarla. — Créelo — dijo, firme. — Porque no me voy a ir a ningún lado. Daniel no necesitó que se lo dijeran dos veces. Con un movimiento rápido, la levantó sin esfuerzo, sus manos firmes bajo sus muslos, y la llevó hasta el banco de madera. Lara envolvió las piernas alrededor de su cintura, sintiendo su erección presionando contra la tela fina de su pantalón, el calor atravesando la lycra como una promesa. — Te quiero — murmuró, sus labios rozando su oreja. — Ahora. Daniel no necesitó más incentivo. Con manos ágiles, le bajó el pantalón junto con la tanga, dejándola desnuda de la cintura para abajo. Lara se recostó en el banco, los ojos fijos en él mientras se arrodillaba entre sus piernas, sus dedos deslizándose por la humedad entre sus muslos. — Tan mojada — murmuró, la voz cargada de satisfacción. — ¿Solo por verme? Lara mordió su labio, su cuerpo arqueándose cuando sus dedos encontraron el punto exacto. — Tú sabes que sí. Daniel no la hizo esperar. Con un movimiento rápido, reemplazó sus dedos por su boca, su lengua caliente y húmeda explorándola con precisión. Lara se aferró a su cabello, los gemidos escapando sin control mientras la llevaba al borde del precipicio. — Daniel… — jadeó, su cuerpo temblando. — No… no voy a aguantar… Él alzó los ojos, su rostro mojado con su excitación, y sonrió. — Entonces no aguantes. Y no aguantó. Lara se corrió con un grito ahogado, las uñas clavándose en sus hombros mientras olas de placer la atravesaban. Daniel no se detuvo, prolongando el orgasmo hasta que quedó completamente laxa, los músculos temblorosos, la respiración entrecortada. Cuando finalmente se levantó, los labios brillantes, Lara lo atrajo para un beso, saboreando su propio sabor en su lengua. — Ahora es mi turno — susurró, sus manos ya trabajando en su cinturón. Daniel no protestó. Dejó que lo desnudara, sus ojos oscuros fijos en ella mientras el pantalón caía al suelo, revelando cuánto la deseaba. Lara lo envolvió con la mano, sintiendo cómo palpitaba, caliente y duro, antes de guiarlo dentro de sí. El gemido que escapó de los labios de Daniel fue casi animal. — Joder, Lara… Ella lo atrajo más cerca, sus piernas envolviendo su cintura mientras la llenaba, centímetro a centímetro, hasta que no hubo más espacio entre ellos. El banco crujió bajo el peso de ambos, el sonido ahogado mezclándose con los suspiros y los gemidos. — Más — pidió, la voz ronca. — Más fuerte. Daniel obedeció, sus movimientos firmes, profundos, cada embestida arrancándole un nuevo gemido. Lara sintió cómo el placer crecía de nuevo, el calor extendiéndose por su cuerpo, sus músculos contrayéndose alrededor de él. — Me voy a… — logró decir, antes de que las palabras se perdieran en un grito. Daniel la acompañó segundos después, su cuerpo tensándose mientras se corría dentro de ella, sus labios encontrando los de ella en un beso desesperado. Por un largo momento, ninguno de los dos se movió. Solo se quedaron allí, los cuerpos entrelazados, las respiraciones mezclándose en el aire húmedo del vestuario. Lara apoyó la frente en su hombro, sintiendo su corazón latir acelerado contra su pecho. — Esto — murmuró, finalmente — fue mejor que anoche. Daniel rio, bajo y satisfecho, antes de besarle la coronilla. — Todavía no termina. Lara alzó los ojos, sorprendida. — ¿No? Él negó con la cabeza, una sonrisa maliciosa en los labios. — Todavía tenemos una hora antes de mi próximo alumno. Ella sonrió, sintiendo su cuerpo hormiguear de anticipación. — Entonces es mejor que no perdamos tiempo.

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