Sudor y Deseo: El Vestuario Prohibido
Por Tonkix

**Sudor y Deseo: El Vestuario Prohibido**
El gimnasio *Iron & Fire* olía a sudor limpio y desinfectante de eucalipto, una mezcla que, para Lara, ya no era solo un aroma, sino un preludio. El aire acondicionado central zumbaba bajo, insuficiente para domar el calor que subía de las cintas de correr y de los cuerpos en movimiento, pero a ella le gustaba esa atmósfera pesada, casi viscosa. Era como si el propio ambiente conspirara para que la ropa se pegara a la piel, para que los músculos ardieran bajo la tela húmeda, para que cada respiración fuera un poco más difícil, un poco más profunda.
Ajustó la tira de su top deportivo, sintiendo el elástico presionar la curva de sus senos. La tela era fina, casi transparente cuando estaba mojada, y ella lo sabía. Elegía las prendas con cuidado, aunque no admitiera para sí misma el porqué. Hoy, el conjunto era negro, con detalles en rosa neón que resaltaban el tono dorado de su piel. Las mallas moldeaban sus muslos y el contorno firme de sus nalgas, y se permitió un segundo de vanidad al pasar la mano por la cadera, sintiendo la costura interna rozar donde sabía que sería sensible.
Lara tenía 28 años, pero llevaba en el cuerpo la disciplina de quien ha pasado la vida entre pacientes y hojas de cálculo de rehabilitación. Los hombros eran anchos, marcados por horas de natación en la adolescencia, y los brazos, aunque esbeltos, tenían una fuerza silenciosa, de esas que no llaman la atención hasta que necesitan sujetar a alguien contra el suelo. Su cabello, castaño y ondulado, estaba recogido en una coleta alta, pero algunos mechones rebeldes se escapaban, pegándose a su nuca sudorosa. Los apartaba con impaciencia, los dedos dejando un rastro húmedo en la piel.
Al otro lado de la sala de musculación, Daniel corregía la postura de un alumno en el press de banca. Incluso desde lejos, Lara podía ver la tensión en sus antebrazos, las venas marcándose bajo la piel morena, bronceada por el sol de las carreras al aire libre. Llevaba una camiseta gris, lo suficientemente ajustada para delinear los hombros anchos y la espalda definida, y unos shorts negros que terminaban por encima de las rodillas, revelando piernas musculosas, cubiertas por una ligera capa de vello oscuro. La tela de la camiseta estaba húmeda en el centro de la espalda, y Lara imaginó cómo sería pasar la lengua por allí, sentir el sabor salado de su esfuerzo.
Desvió la mirada antes de que él la notara, pero no lo suficientemente rápido. Daniel alzó la cabeza, como si hubiera sentido el peso de su atención, y sus ojos se encontraron. Una sonrisa lenta se dibujó en su rostro, de esa manera que hacía preguntarse a Lara si él sabía exactamente el efecto que causaba. Los labios eran llenos, casi demasiado sensuales para un hombre, y cuando hablaba, las palabras salían con una cadencia perezosa, como si tuviera todo el tiempo del mundo para provocarla.
—¿Lara, verdad? —dijo, acercándose mientras el alumno se levantaba del banco. Su voz era grave, con un timbre que vibraba en el pecho de ella—. Fisioterapeuta, ¿no?
—Así es. —Cruzó los brazos, fingiendo indiferencia, pero el movimiento solo hizo que sus senos se apretaran uno contra el otro, y notó que la mirada de él bajaba por una fracción de segundo—. Tienes buena memoria.
—Solo para lo que me interesa. —Inclinó la cabeza, los ojos oscuros recorriéndola de arriba abajo, sin prisa—. ¿Siempre entrenas a esta hora?
—Cuando logro escaparme de la consulta. —Mordió su labio inferior, un gesto involuntario que hizo que la mirada de él se clavara en su boca—. ¿Y tú? ¿Siempre aquí, haciendo sufrir a los demás?
Daniel rio, un sonido ronco que ella sintió en la piel como una caricia.
—Alguien tiene que mantener a esta gente en forma. —Se acercó más, el olor a sudor mezclado con el perfume cítrico de su colonia invadiendo el espacio entre ellos—. Pero confieso que hoy estoy más interesado en quien no necesita ayuda para mantenerse firme.
Lara sintió que el corazón se le aceleraba. Él estaba coqueteando, claro, pero había algo más detrás de las palabras, una intensidad que iba más allá del juego. Conocía esa mirada —la misma que le daban sus pacientes cuando estaban a punto de quebrarse, cuando el dolor se volvía insoportable y solo quedaba rendirse. Pero con Daniel, no era dolor lo que sentía. Era algo más caliente, más urgente.
—Firme es poco —respondió, la voz saliendo más ronca de lo que pretendía—. Yo diría *implacable*.
Él sonrió, esa sonrisa que le quitaba el aliento, y extendió la mano, los dedos rozando levemente la piel expuesta de su brazo. Un escalofrío recorrió la espalda de Lara, y tuvo que controlarse para no inclinarse hacia él.
—Implacable, entonces. —Su mano bajó lentamente, deteniéndose justo por encima del codo—. Me gusta.
Debería haberse alejado. Debería haber recordado que estaban en un gimnasio lleno de gente, que cualquiera podría ver, que apenas lo conocía. Pero su toque era demasiado ligero, demasiado provocador, y cuando finalmente se apartó, dejándola con la sensación de que algo le había sido robado, Lara supo que ya estaba perdida.
—Hasta luego, Lara —murmuró, volviéndose hacia otro alumno que lo llamaba.
Ella se quedó allí, observándolo alejarse, los músculos de su espalda moviéndose bajo la camiseta húmeda. El sudor le corría por la nuca, y pasó la mano por allí, sintiendo la piel caliente. Necesitaba una ducha. Necesitaba algo que aliviara esa tensión que se enroscaba dentro de ella, apretando cada vez más.
Pero, por primera vez en meses, Lara no fue al vestuario de mujeres.
Esperó. Y cuando vio a Daniel dirigirse hacia el fondo del gimnasio, donde estaban los casilleros de hombres, supo que no era casualidad.
El cordón de su zapatilla estaba desatado. O al menos, eso fue lo que se dijo a sí misma cuando se agachó, lentamente, para ajustarlo.
El pasillo que llevaba a los vestuarios era estrecho, iluminado por lámparas fluorescentes que zumbaban en voz baja, como si susurraran los secretos de quienes pasaban por allí. Lara sentía el calor de la clase de spinning aún quemando bajo su piel, el sudor resbalando entre sus senos, pegando la tela de la camiseta a su cuerpo. Cada paso resonaba en el piso de cerámica, un ritmo que latía al compás de su corazón acelerado. Respiró hondo, tratando de convencerse de que aquello era solo un día más en el gimnasio, una clase más, una ducha rápida antes de volver a casa.
Pero entonces lo vio.
Daniel estaba parado en la entrada del vestuario de hombres, las manos apoyadas en el marco de la puerta, los brazos musculosos estirados, los bíceps marcándose bajo la piel bronceada. La camiseta negra, pegada al torso, delineaba cada curva de sus hombros, cada surco de su abdomen. Todavía no la había visto, y Lara aprovechó para observarlo un segundo más—la manera en que los mechones oscuros del cabello caían levemente sobre su frente, la sombra de la barba incipiente que le daba un aire aún más salvaje al rostro anguloso. Cuando finalmente giró la cabeza, sus ojos se encontraron, y Lara sintió que el aire se le escapaba de los pulmones.
Por un instante, ninguno de los dos se movió.
Daniel arqueó una ceja, una sonrisa lenta formándose en sus labios. No era la sonrisa profesional que les daba a los alumnos, esa que decía *«buen entrenamiento hoy, sigue así»*. Era algo más peligroso, más íntimo. Lara tragó saliva, sintiendo la garganta seca, y bajó la mirada hacia sus propios pies, como si de repente hubiera recordado algo importante.
—El cordón —murmuró para sí misma, aunque no hubiera nadie cerca para escucharla.
Se arrodilló lentamente, los dedos temblorosos encontrando la zapatilla. El olor a goma mezclado con el sudor del gimnasio le llegó, pero por debajo de eso había otra cosa—el perfume de Daniel, una nota amaderada y fresca que parecía haberse impregnado en el aire alrededor de él. Lara mordió su labio inferior, tirando del cordón con más fuerza de la necesaria, como si eso pudiera distraerla de su presencia, tan cerca.
—¿Problemas con la zapatilla? —La voz de Daniel era baja, ronca, como si él también estuviera luchando por mantener el control.
Lara alzó la mirada. Él estaba más cerca ahora, los brazos cruzados sobre el pecho, los músculos tensos bajo la camiseta. La tela se estiraba sobre sus hombros, y podía ver la sombra de un tatuaje serpenteando por su bíceps izquierdo, algo que nunca había notado antes.
—Solo... ajustando —respondió, la voz saliendo más entrecortada de lo que pretendía—. A veces se afloja.
Daniel inclinó la cabeza, los ojos oscuros recorriendo su cuerpo de arriba abajo, como si la estuviera desnudando con la mirada. Lara sintió el calor subir por su cuello, quemándole las mejillas. Sabía que él podía ver el sudor brillando en su clavícula, la manera en que la camiseta se pegaba a sus senos, los pezones ya endurecidos bajo la tela fina.
—Estás sudando —comentó, como si fuera lo más interesante del mundo.
—Es por el spinning —dijo, tratando de sonar casual—. Ese instructor no tiene piedad.
—Ya lo sé. —Daniel dio un paso adelante, y Lara sintió que su olor se intensificaba, mezclado con el calor de su propio cuerpo—. Yo ya he tomado su clase. Es un sádico.
Ella rio, pero el sonido salió estrangulado, porque en ese mismo instante Daniel se agachó, quedando a la altura de sus ojos. Sus rostros estaban tan cerca que Lara podía ver las pequeñas gotas de sudor en su sien, el brillo de sus ojos oscuros, la manera en que sus pupilas se dilataban al mirarla.
—¿Siempre te pones así de roja después del entrenamiento? —preguntó, la voz un susurro.
Lara sintió que todo su cuerpo se calentaba. No era solo el rostro—era todo. Los senos, los muslos, el centro de sus piernas, que de repente latía, como si la hubieran tocado.
—Solo cuando alguien no deja de mirarme —respondió, desafiándolo con la mirada.
Daniel sonrió, lento, depredador. Extendió la mano, y por un segundo Lara pensó que iba a tocar su rostro. Pero en lugar de eso, sus dedos rozaron levemente su rodilla, trazando un camino invisible por su pierna, subiendo hasta el muslo.
—¿Y si te digo que no puedo evitarlo?
Lara contuvo la respiración. El toque era ligero, casi imperceptible, pero quemaba como fuego. Miró a los lados, asegurándose de que estuvieran solos. El pasillo estaba vacío, pero en cualquier momento alguien podría aparecer—un alumno, un empleado, cualquiera. La idea de que los descubrieran solo aumentaba la excitación, haciendo que su corazón latiera aún más fuerte.
—Estás jugando con fuego —murmuró, pero no se apartó.
—Me gusta el fuego —respondió Daniel, los dedos subiendo un poco más, hasta el borde de sus shorts—. Y tú pareces estar ardiendo.
Debería haberse levantado. Debería haberse alejado. Debería haber fingido que no sentía lo que estaba sintiendo—ese deseo repentino, esa necesidad de ser tocada, de ser tomada allí mismo, contra la pared fría del vestuario. Pero en lugar de eso, Lara se inclinó hacia adelante, los labios entreabiertos, los ojos fijos en los de él.
Daniel no se movió. Esperó. Como si supiera que la decisión era suya.
Y entonces, con un gemido bajo que apenas escapó de su garganta, Lara extendió la mano y agarró su camiseta, atrayéndolo más cerca.
El beso fue urgente, desesperado. Los labios de Daniel eran cálidos, suaves, y la barba incipiente le raspaba levemente el rostro, una sensación áspera que contrastaba con la suavidad de su boca. Lara gimió contra él, las manos deslizándose hacia sus hombros anchos, sintiendo los músculos tensos bajo sus dedos. Daniel la atrajo más cerca, una mano sujetando su nuca, la otra bajando por su columna, hasta la curva de su trasero, apretando con fuerza.
—Joder —murmuró contra su boca, la voz ronca de deseo—. No tienes idea de cuánto he querido esto.
Lara no respondió. No podía. En lugar de eso, mordió su labio inferior, tirando de él suavemente, sintiendo el sabor salado del sudor mezclado con el de menta. Daniel gimió, y el sonido vibró entre ellos, haciendo que su cuerpo temblara.
Pero entonces, de repente, él se apartó.
Lara abrió los ojos, confundida, el pecho subiendo y bajando con la respiración acelerada. Daniel la miraba, los ojos oscuros, la expresión indescifrable.
—No aquí —dijo, la voz baja, pero firme—. No así.
Lara sintió una punzada de frustración. Quería más. Lo necesitaba. Pero antes de que pudiera protestar, Daniel tomó su mano y la ayudó a levantarse.
—Ven conmigo —susurró, los dedos entrelazados con los suyos.
Y entonces, sin esperar respuesta, la condujo hacia el interior del vestuario de hombres.
El vestuario masculino era un territorio de ecos ahogados y olores mezclados—desodorante barato, cuero envejecido de los bancos, el aroma metálico del sudor seco en las toallas colgadas. Lara dudó en el umbral, los dedos aún entrelazados con los de Daniel, como si ese contacto fuera lo único que la impidiera flotar. La puerta se cerró tras ellos con un clic suave, y el sonido pareció reverberar en los azulejos fríos, amplificando la conciencia de cada respiración, cada latido acelerado del corazón.
Él la guió hasta los casilleros del fondo, donde la iluminación era más tenue, las lámparas fluorescentes parpadeando levemente, como si hasta la electricidad sintiera la tensión en el aire. Lara soltó su mano solo para apoyar la espalda contra el metal frío del casillero, los dedos aferrándose al borde hasta que los nudillos se le pusieron blancos. Daniel no se apartó. En cambio, se inclinó hacia adelante, uno de sus brazos apoyado en la puerta junto a su cabeza, su cuerpo demasiado grande, demasiado cerca, ocupando todo el espacio entre ellos.
—Estás callada —murmuró, la voz baja, casi un ronroneo. Los labios rozaron su oreja al hablar, y Lara sintió el aliento cálido contra su piel, un contraste delicioso con el aire acondicionado que soplaba frío por las rejillas del techo—. No es propio de ti.
Tragó saliva, tratando de ignorar cómo su cuerpo reaccionaba a su proximidad—los pezones endureciéndose bajo la tela fina del top deportivo, la humedad entre los muslos, el pulso latiendo en lugares que no deberían estar tan sensibles. *Concéntrate*, pensó. Pero ¿cómo hacerlo cuando él estaba allí, tan cerca que podía contar los vellos de la barba incipiente que sombreaban su mandíbula, tan cerca que su olor—a jabón cítrico mezclado con el sudor limpio del entrenamiento—la invadía como una droga?
—Tal vez estoy cansada —respondió, la voz más ronca de lo que pretendía.
Daniel rio, un sonido grave e íntimo, y se acercó aún más, la rodilla rozando levemente su muslo. Lara contuvo la respiración.
—¿Cansada? —repitió, los dedos deslizándose por su brazo en un toque ligero, casi imperceptible, como si estuviera probando si ella retrocedería—. Apenas sudaste en la clase. Y eso que yo estaba observando.
Lara sintió el calor subir por su cuello, quemándole las mejillas. *Mentira*, quería decir. *Sí sudé, pero fue por tu culpa.* Pero las palabras murieron en su garganta cuando los dedos de él trazaron un camino perezoso desde su muñeca hasta el codo, deteniéndose allí, como si esperara una reacción.
—Increíblemente concentrada, en realidad —continuó, la voz bajando a un susurro. Los labios rozaron su sien, y Lara cerró los ojos, sintiendo que todo su cuerpo se erizaba—. Cada movimiento tuyo... perfecto. Como si supieras exactamente lo que estabas haciendo.
Abrió los ojos y encontró su mirada—oscura, intensa, como si pudiera ver a través de ella. Daniel ya no sonreía. Su expresión era seria, casi depredadora, y Lara sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
—¿Y qué estaba haciendo? —preguntó, desafiante, aunque su voz salió más débil de lo que le hubiera gustado.
Sus dedos apretaron levemente su brazo, no lo suficiente para lastimarla, pero sí para hacerla consciente de cada punto de contacto. Luego, lentamente, se inclinó hasta que sus labios estuvieron a un pelo de los suyos.
—Provocándome —murmuró, el aliento cálido contra su boca—. Sin siquiera darte cuenta.
Debería haberse apartado. Debería haber recordado que estaban en un vestuario, que en cualquier momento alguien podría entrar, que aquello era una locura. Pero su cuerpo no obedecía. En cambio, alzó la barbilla, acortando aún más la distancia entre ellos, hasta que sus labios casi se tocaron.
—¿Y si lo estoy haciendo a propósito? —susurró.
Daniel no respondió con palabras. En su lugar, su mano libre se deslizó por su cintura, atrayéndola contra su cuerpo con un movimiento firme. Lara sintió la dureza de su erección presionando contra su cadera, y un gemido escapó de sus labios antes de que pudiera contenerse. Él sonrió, satisfecho, y finalmente cerró la distancia entre ellos, capturando su boca en un beso que no era suave ni vacilante.
Fue como si se rompiera un dique.
Sus labios eran cálidos, exigentes, moviéndose contra los de ella con una urgencia que hizo que Lara olvidara todo—dónde estaban, quién podría verlos, qué era correcto o incorrecto. Se aferró a su camiseta, atrayéndolo más cerca, mientras su lengua invadía su boca, explorando, dominando, como si tuviera todo el derecho. Y quizá lo tuviera. Porque Lara no estaba resistiendo. Estaba correspondiendo, los dientes mordisqueando su labio inferior, las uñas clavándose en sus hombros anchos, el cuerpo arqueándose contra el suyo en busca de más contacto, más fricción, más *todo*.
Daniel gimió contra su boca, el sonido vibrando entre ellos, y la mano que estaba en su cintura se deslizó hacia abajo, apretando la curva de su trasero con fuerza. Lara jadeó, el aire escapando de sus pulmones cuando él la levantó ligeramente, encajándola mejor contra sí, como si quisiera fusionar sus cuerpos.
—Joder, Lara —murmuró, apartándose solo lo suficiente para respirar, los labios aún rozando los suyos—. No tienes idea de lo que me haces.
Ella hizo un sonido que era mitad risa, mitad gemido, y volvió a morderle el labio, esta vez con más fuerza.
—Entonces muéstramelo.
Sus ojos se oscurecieron aún más, y por un segundo, Lara pensó que cedería. Que la empujaría contra el casillero y haría exactamente lo que ella estaba pidiendo. Pero entonces, como si hubiera accionado un interruptor, Daniel se apartó, los dedos soltando su trasero con renuencia, la respiración tan acelerada como la suya.
Lara parpadeó, confundida, el cuerpo aún latiendo de deseo, la piel hormigueando donde él la había tocado. Antes de que pudiera preguntar qué estaba pasando, Daniel tomó su mano de nuevo, entrelazando los dedos con fuerza.
—No aquí —repitió, la voz ronca, pero firme—. No así.
Ella abrió la boca para protestar, pero las palabras murieron cuando él la atrajo hacia adelante, guiándola hacia el fondo del vestuario, donde las sombras eran más densas y el sonido del agua corriendo en las duchas distantes resonaba como una invitación.
Lara no se resistió.
No cuando él la empujó suavemente contra la pared fría del fondo, no cuando sus manos volvieron a explorar su cuerpo por encima de la ropa, no cuando sus labios encontraron los suyos de nuevo en un beso que era a la vez urgente y controlado.
Solo sabía que, ahora, no había vuelta atrás.
El aire entre ellos estaba cargado, denso como el vapor que se acumulaba en los rincones del vestuario, mezclándose con el olor a sudor limpio y desinfectante. Lara sintió el peso de la mirada de Daniel sobre ella, la intensidad de esos ojos oscuros quemándole la piel incluso a través de la distancia. Él no se movió de inmediato, como si esperara una señal, una confirmación de que ella no retrocedería. Y ella no retrocedería.
Con un movimiento rápido, casi instintivo, Lara tomó el dobladillo de su camiseta, los dedos cerrándose en la tela húmeda de sudor. El calor de su cuerpo irradiaba a través del algodón, calentándole las manos. Lo atrajo hacia sí, no con fuerza, pero con una urgencia que no dejaba espacio para dudas. Él se acercó, los pasos firmes, el cuerpo moldeándose al suyo antes de que pudiera pensar en retroceder.
El rincón del vestuario era estrecho, escondido entre filas de casilleros y una pared de azulejos fríos. La luz allí era más tenue, filtrada por bombillas amarillentas que proyectaban sombras alargadas sobre sus cuerpos entrelazados. Lara sintió el metal frío de un casillero contra su espalda cuando Daniel la presionó contra él, las manos grandes deslizándose por los costados de su cuerpo, como si memorizaran cada curva. Se arqueó levemente, las caderas moviéndose en respuesta, buscando más contacto, más fricción.
—¿Tienes idea de cuánto he querido esto? —Su voz era un susurro ronco, las palabras entrecortadas mientras sus labios rozaban su cuello. Lara inclinó la cabeza hacia un lado, exponiendo más la piel sensible, sintiendo el aliento cálido de Daniel contra su clavícula—. Desde la primera vez que te vi sudando en esa cinta, con esa cara de quien no quiere saber de nada más que de su propio entrenamiento...
Ella rio bajito, el sonido transformándose en un gemido cuando sus dientes rozaron levemente el lóbulo de su oreja. Las manos de Daniel no se detenían, deslizándose por su espalda, apretando su cintura, atrayéndola más cerca hasta que no hubo espacio entre los dos. Lara sintió la rigidez de su erección contra su vientre, y el saber que era ella quien causaba eso la hizo estremecer.
—Y tú... —logró decir, las palabras perdiéndose cuando sus dedos encontraron el dobladillo de sus mallas, deslizándose por debajo de la tela elástica—. Siempre tan serio, tan... profesional.
Daniel rio, un sonido bajo y vibrante que reverberó en su cuerpo. —¿Profesional? —repitió, la boca ahora pegada a la suya en un beso que comenzó lento, casi perezoso, pero que pronto se volvió voraz. Su lengua exploraba, exigente, mientras sus manos continuaban su camino, una de ellas colándose bajo su blusa, los dedos callosos encontrando la piel suave de su espalda—. No tienes idea de lo que pasa por mi cabeza cuando te veo así.
Lara gimió contra su boca, las caderas moviéndose en círculos lentos, buscando alivio para la presión que crecía entre sus piernas. Sus manos no se quedaron quietas, deslizándose por el pecho ancho de Daniel, sintiendo los músculos definidos bajo la camiseta, los latidos acelerados de su corazón. Tiró de la tela hacia arriba, interrumpiendo el beso solo el tiempo suficiente para quitársela por la cabeza, arrojándola al suelo sin ceremonia.
El pecho desnudo de Daniel era una visión que ya había imaginado más veces de las que le gustaría admitir. La piel bronceada, marcada por algunas cicatrices finas—recuerdos de entrenamientos intensos o quizá de algo más—, los pezones oscuros contraídos por el aire frío del vestuario. No se resistió: se inclinó hacia adelante y pasó la lengua sobre uno de ellos, sintiendo cómo se endurecía aún más bajo su toque. Daniel soltó un suspiro entrecortado, las manos enredándose en su cabello, atrayéndola más cerca.
—Joder, Lara...
Ella sonrió, satisfecha con la reacción, y bajó los labios por su pecho, besando, mordisqueando, hasta llegar a su abdomen definido. Los dedos de Daniel apretaron su cabello con más fuerza cuando contorneó su ombligo con la lengua, sus caderas moviéndose involuntariamente en respuesta. Pero antes de que pudiera ir más allá, él la atrajo de vuelta hacia arriba, capturando su boca en un beso hambriento, como si no soportara la idea de que estuviera en cualquier lugar que no fuera contra sus labios.
Sus manos volvieron a explorar, esta vez con más audacia. Una de ellas se deslizó dentro de sus mallas, los dedos encontrando la humedad que ya empapaba su ropa interior. Lara arqueó la espalda, un gemido escapando cuando él presionó el pulgar contra su clítoris, moviéndolo en círculos lentos y tortuosos. La otra mano de Daniel sujetó su nuca, manteniéndola inmóvil mientras besaba su cuello, los dientes marcando levemente la piel sensible.
—Estás tan mojada... —murmuró, la voz cargada de satisfacción—. Tan lista.
Lara no pudo responder. Las palabras se perdieron en un suspiro cuando dos de sus dedos se deslizaron dentro de ella, llenándola de una sola vez. Apretó los ojos, todo su cuerpo contrayéndose alrededor de esa invasión deliciosa. Daniel no dio tregua: comenzó a mover los dedos en un ritmo constante, mientras el pulgar seguía trabajando su clítoris, cada movimiento calculado para llevarla al borde del abismo.
—Daniel... —Su nombre salió como una súplica, los dedos aferrándose a sus hombros, las uñas clavándose en su piel—. Yo no... no puedo...
—Puedes —susurró, la boca pegada a su oído, el aliento cálido haciéndola estremecer—. Córrete para mí, Lara. Quiero sentir cómo aprietas mis dedos.
No tuvo opción. Su cuerpo respondió antes de que su mente pudiera protestar, las paredes internas contrayéndose en espasmos mientras el orgasmo la atravesaba como una ola. Lara mordió su labio para contener el grito, el cuerpo temblando contra el de él, las rodillas flaqueando. Daniel la sostuvo firme, los dedos continuando el movimiento hasta que se calmó, los gemidos transformándose en suspiros entrecortados.
Cuando abrió los ojos, encontró su mirada, oscura y hambrienta, observándola con una intensidad que la hizo sentir expuesta, vulnerable. Pero no hubo tiempo para pensar en eso. Antes de que pudiera recuperar el aliento, Daniel la giró, presionándola contra el casillero, las manos ahora en sus caderas, atrayéndola hacia atrás hasta que sintió su rigidez contra su trasero.
—Mi turno —murmuró, los labios rozando su nuca mientras una mano se deslizaba hacia adelante, encontrando el botón de sus mallas. Lara sintió la tela siendo bajada, la ropa interior siguiendo el mismo camino, hasta quedar completamente expuesta, el aire frío del vestuario contrastando con el calor del cuerpo de él contra su espalda.
No protestó. No cuando la inclinó levemente hacia adelante, no cuando sintió la cabeza de su miembro rozando su entrada, no cuando la penetró con un solo movimiento, llenándola de una manera que la hizo gemir en voz alta, sin importarle si alguien podía escucharlos.
Daniel no se movió de inmediato. Se quedó quieto, las manos sujetando sus caderas con fuerza, como si necesitara ese momento para controlarse. Lara sintió cada centímetro de él dentro de sí, latiendo, pulsando. Entonces, con un gemido ronco, comenzó a moverse.
El ritmo fue lento al principio, cada embestida profunda y deliberada, como si quisiera memorizar la sensación de estar dentro de ella. Lara apoyó las manos en el casillero, los dedos cerrándose en puños mientras el placer crecía de nuevo, más intenso, más urgente. Empujó las caderas hacia atrás, encontrando cada movimiento de él, los gemidos mezclándose con el sonido ahogado de su respiración acelerada.
—Más rápido —logró decir, la voz quebrada—. Por favor.
Daniel no necesitó más incentivo. Sus manos apretaron sus caderas con más fuerza, los movimientos volviéndose más rápidos, más brutales. Lara sintió el metal frío del casillero contra su frente, el contraste con el calor del cuerpo de él contra su espalda, la sensación de estar siendo tomada de una manera que nunca antes había experimentado.
—Joder, Lara... —gruñó, la voz ronca, los dedos clavándose en su carne—. Eres tan...
Las palabras se perdieron en un gemido cuando la penetró con más fuerza, su cuerpo chocando contra el casillero con cada embestida. Lara sintió que el orgasmo se acercaba de nuevo, más intenso, más abrumador. Mordió su labio, tratando de contener los sonidos, pero era imposible. Los gemidos escapaban, altos, desesperados, mientras su cuerpo se contraía alrededor de él.
Daniel no se detuvo. Siguió moviéndose, cada embestida más profunda, más urgente, hasta que Lara sintió el calor de él expandiéndose dentro de ella, su cuerpo temblando contra el suyo mientras encontraba su propia liberación. Por un momento, los dos se quedaron quietos, jadeantes, los cuerpos pegados, las pieles resbaladizas de sudor.
Luego, lentamente, Daniel se apartó, los dedos soltando sus caderas con renuencia. Lara se giró, los ojos encontrando los suyos, aún oscuros de deseo, pero ahora con un brillo diferente—algo como satisfacción, o quizá anticipación.
No dijo nada. Solo tomó su rostro entre las manos y la besó de nuevo, un beso lento, profundo, que parecía prometer mucho más de lo que ese momento en el vestuario podía ofrecer.
Cuando se apartó, Lara aún sentía el cuerpo hormigueando, el sabor de él en sus labios, la sensación de que aquello era solo el comienzo.
Y entonces, como si se hubiera accionado un interruptor, Daniel se apartó, los dedos soltando su trasero con renuencia, la respiración tan acelerada como la suya.
Daniel no necesitó palabras para entender lo que ella quería. La manera en que Lara arqueó la espalda cuando la atrajo más cerca, cómo sus dedos se clavaron en sus hombros, todo gritaba *más*. Y él estaba dispuesto a darlo.
Con un movimiento rápido, la levantó, las manos firmes bajo sus muslos, sintiendo la piel caliente y húmeda de sudor. Lara instintivamente envolvió las piernas alrededor de su cintura, los talones presionando la parte baja de su espalda, como si temiera que la soltara. Pero Daniel no tenía intención de soltarla. No ahora. No cuando su olor—una mezcla de perfume cítrico y el salado del esfuerzo—lo envolvía como una promesa.
La pared fría del vestuario contrastó con el calor de su cuerpo cuando la apoyó contra ella, la espalda de Lara pegándose al azulejo húmedo. Ella soltó un gemido bajo, casi un suspiro, mientras él se inclinaba para besarla de nuevo, la lengua explorando su boca con una urgencia que hacía temblar sus propios músculos. Sus manos se deslizaron bajo su blusa de gimnasia, sintiendo la piel suave, los contornos ahora intensificados por la adrenalina del momento.
*—No tienes idea de cuánto he querido esto*— murmuró contra sus labios, la voz ronca, mientras sus dedos encontraban el cierre del sujetador. Lara rio, un sonido ahogado y deliciosamente provocador.
*—Creo que sí*— respondió, tirando de su camiseta hacia arriba, los dedos trazando los músculos definidos de su abdomen—. *No eres tan discreto como crees.*
Daniel sonrió, los dientes rozando su cuello antes de bajar hacia el valle entre sus senos. Lara inclinó la cabeza hacia atrás, los dedos enredándose en su cabello cuando tomó uno de sus pezones en la boca, succionando con la fuerza suficiente para arrancarle un gemido más fuerte. El sonido resonó levemente en el vestuario, ahogado por el ruido distante de las duchas y las voces que se acercaban y alejaban.
*—Shhh*— susurró, levantando la cabeza para mirarla, los ojos oscuros brillando con una mezcla de diversión y deseo—. *A menos que quieras público.*
Lara mordió su labio, las caderas moviéndose contra él en un ritmo instintivo, buscando alivio para la presión que crecía entre sus piernas. *—No me importa*— mintió, porque, en realidad, la idea de que los descubrieran solo hacía que todo fuera más intenso—. *Pero si te detienes ahora, juro que—*
No la dejó terminar. Con un movimiento brusco, Daniel bajó sus mallas de gimnasia, los dedos encontrando la tela ya húmeda de su ropa interior. Lara soltó un suspiro tembloroso cuando la tocó, los dedos deslizándose con facilidad, explorando cada curva, cada punto sensible. Se aferró a sus hombros, las uñas marcando su piel, mientras la provocaba, rodeando su clítoris con movimientos lentos y deliberados.
*—Joder*— gimió, la cabeza golpeando levemente contra la pared—. *Esto... esto es...*
*—¿Qué?*— preguntó, la voz baja, los labios rozando su oreja mientras un dedo, luego dos, entraban en ella, el ritmo aumentando poco a poco—. *¿Placentero?*
Lara no respondió. En su lugar, tiró de su mano, guiándola hacia donde realmente la quería. Daniel entendió. Con una sonrisa maliciosa, se arrodilló, apartando su ropa interior y reemplazando los dedos con su boca.
El primer contacto de su lengua fue como una descarga eléctrica. Lara arqueó la espalda, un sonido estrangulado escapando de su garganta mientras la lamía con una precisión enloquecedora. Sus dedos se enredaron en su cabello, tirando con fuerza, pero Daniel no se inmutó. Estaba perdido en su sabor, en la manera en que se retorcía contra su boca, en los gemidos ahogados que trataba de contener.
*—Daniel*— jadeó, el cuerpo temblando—. *Yo... yo no voy a...*
*—Sí vas*— ordenó, levantando los ojos para encontrarse con los suyos, la boca brillante—. *Córrete para mí.*
Y se corrió. Con un grito ahogado, Lara se deshizo, todo su cuerpo temblando mientras olas de placer la atravesaban. Daniel no se detuvo, prolongando el momento, bebiendo cada temblor, cada suspiro, hasta que lo atrajo hacia arriba, los labios buscando los suyos con una urgencia renovada.
*—Ahora*— susurró contra su boca, los dedos ya trabajando en el elástico de su pantalón—. *Te necesito ahora.*
Daniel no necesitó que lo convencieran. En segundos, su ropa estaba en el suelo, y Lara pudo finalmente ver el cuerpo que solo había imaginado—los músculos definidos, las cicatrices antiguas, la erección dura y palpitante. Extendió la mano, envolviéndolo con los dedos, sintiendo su calor y rigidez.
*—Carajo*— gruñó, las caderas moviéndose instintivamente contra su mano.
*—¿Te gusta?*— preguntó, apretando levemente, observando cómo sus ojos se cerraban.
*—Sabes que sí.*
Lara lo empujó de vuelta al sofá, montándolo, la seda del albornoz deslizándose por sus hombros. *—Entonces muéstramelo.*
Daniel no dudó. Agarró sus caderas y la atrajo hacia abajo, penetrándola en un movimiento fluido y profundo. Lara gritó, las uñas clavándose en sus hombros mientras su cuerpo se ajustaba a la invasión. Era diferente ahora—más lento, más intenso, como si tuvieran todo el tiempo del mundo para explorarse.
*—Joder, Lara*— gruñó, los dedos apretando su carne con la fuerza suficiente para dejar marcas—. *Eres tan deliciosa.*
Ella comenzó a moverse, contoneándose lentamente, sintiendo cada centímetro de él llenándola. *—Más rápido*— pidió, la voz ronca.
Daniel obedeció. La sujetó con fuerza y la volteó, colocándola a cuatro patas en el sofá, las manos grandes sujetando sus caderas mientras entraba y salía en embestidas profundas y rítmicas. Lara arqueó la espalda, empujándose contra él, los gemidos mezclándose con el sonido de la piel chocando contra la piel.
*—Así*— gruñó, una mano deslizándose hacia adelante, los dedos encontrando su clítoris hinchado—. *Córrete para mí otra vez.*
Lara no pudo resistirse. El orgasmo la golpeó como una ola, todo su cuerpo temblando mientras gritaba su nombre. Daniel no se detuvo, continuando las embestidas hasta que, con un gemido gutural, se corrió dentro de ella, su cuerpo temblando mientras se vaciaba.
Cayeron en el sofá, exhaustos, los cuerpos entrelazados, la respiración entrecortada. Lara sintió el sudor de él contra su piel, el olor a sexo mezclado con el perfume de las velas, y sonrió.
*—Esto*— murmuró, los dedos trazando círculos perezosos en su pecho— *fue mejor que el vestuario.*
Daniel rio, besando la parte superior de su cabeza. *—Solo el comienzo.*
Lara cerró los ojos, sintiendo el peso de su cuerpo, el ritmo lento de su corazón latiendo contra el de ella. *Solo el comienzo*, pensó. Y apenas podía esperar por el próximo capítulo.
El aire del vestuario aún estaba cargado con el olor a sudor, cuero de los bancos y algo más—algo dulce y animal, el perfume inconfundible del deseo saciado. Lara se apoyó contra la pared fría, sintiendo el contraste entre la humedad de su piel y el frescor del azulejo en su espalda. Daniel estaba a pocos pasos, ajustando la toalla alrededor de su cintura, los músculos de su espalda aún tensos por el esfuerzo, los hombros anchos moviéndose con una lentitud perezosa, como si todo su cuerpo saboreara el agotamiento.
Observó cómo las gotas de agua resbalaban por su cuello, siguiendo el camino de las venas marcadas hasta desaparecer bajo la toalla. Un escalofrío recorrió su columna, no de frío, sino del recuerdo vivo de cómo esos dedos habían explorado cada centímetro de ella. Lara mordió su labio inferior, sintiendo el latido entre sus piernas, un eco de lo que acababa de suceder.
—¿Estás bien? —La voz de Daniel era ronca, pero había un dejo de diversión en ella, como si supiera exactamente lo que estaba pensando.
Lara rio bajito, pasando la mano por su cabello húmedo. —Mejor que bien. Solo estoy tratando de recordar cómo voy a lograr caminar hasta el auto.
Él se giró hacia ella, los ojos oscuros brillando con una malicia que le hizo dar un vuelco al estómago. —Si necesitas ayuda, te cargo.
—Ah, ¿sí? —Alzó una ceja, desafiante—. ¿Y si quiero que hagas algo más que cargarme?
Daniel dio un paso adelante, acortando la distancia entre ellos. Su olor—a jabón mezclado con el sudor limpio del post-entrenamiento—llenó sus fosas nasales, y sintió que su cuerpo reaccionaba al instante. —Entonces tendrás que decirme exactamente lo que quieres. Porque, por lo que vi, no eres del tipo que espera a que las cosas caigan del cielo.
Ella sonrió, sintiendo el calor subir por su cuello. —¿Y si quiero que lo descubras?
Él inclinó la cabeza, los labios curvándose en una sonrisa lenta, depredadora. —Eso puede ser peligroso.
—Me gusta el peligro.
Daniel soltó una risa baja, el sonido vibrando en su pecho y resonando en el espacio cerrado del vestuario. Extendió la mano, los dedos rozando levemente su brazo, trazando un camino hasta su muñeca, donde el latido acelerado delataba cuánto aún lo deseaba. —Entonces hagamos un trato: me das tu teléfono, y prometo que la próxima vez no tendremos que conformarnos con un rincón del vestuario.
Lara sintió un cosquilleo en el estómago. *La próxima vez.* Las palabras sonaron como una promesa, una amenaza, una invitación. Sacó el celular del bolsillo de su mochila, los dedos temblando levemente mientras desbloqueaba la pantalla. —¿Y dónde nos encontraremos?
—En algún lugar donde podamos hacer ruido —murmuró, tecleando su número en el teléfono antes de devolvérselo—. Donde pueda escucharte gemir sin preocuparme por quién está al otro lado de la puerta.
Tragó saliva, sintiendo la humedad acumularse entre sus piernas. —Eres cruel.
—No. —Se acercó aún más, el aliento cálido contra su oreja—. Solo estoy planeando con anticipación.
Lara cerró los ojos por un segundo, dejando que el calor de su cuerpo la invadiera. Cuando los abrió, había una nueva determinación en ellos. —Mañana. Ocho de la noche. Mi apartamento.
Daniel alzó una ceja. —¿Tan pronto?
—Dijiste que no te gusta esperar.
Él rio, un sonido profundo y satisfecho. —Y tú dijiste que te gusta el peligro.
—Entonces no me hagas esperar.
Sus dedos apretaron levemente su muñeca, como si estuviera probando su resistencia. —No lo haré.
Se quedaron allí, quietos, el aire entre ellos cargado de promesas no dichas. Lara podía sentir su corazón latiendo fuerte, no solo por lo que acababa de suceder, sino por lo que aún estaba por venir. Miró el reloj en la pared—ya pasaban de las diez. El vestuario estaba vacío, pero en cualquier momento alguien podría entrar. La idea de que los descubrieran, incluso ahora, después de todo, envió un escalofrío delicioso por su columna.
Daniel pareció leer sus pensamientos. —Mejor salgamos de aquí antes de que decida que el peligro vale la pena.
Lara sonrió, mordiendo su labio. —Tú primero.
Él no discutió. Ajustó la mochila en su hombro y caminó hacia la puerta, lanzándole una última mirada por encima del hombro. —No llegues tarde.
—Nunca lo hago.
Daniel salió, dejando que la puerta se cerrara con un clic suave. Lara se quedó sola por un momento, escuchando el eco de sus pasos alejándose. Respiró hondo, sintiendo el peso de lo que acababa de suceder—de lo que *iba* a suceder.
Se vistió lentamente, saboreando cada movimiento, cada roce de la tela contra su piel aún sensible. La ropa interior estaba húmeda, pegándose a sus curvas, y Lara no resistió pasar los dedos por allí, solo para sentir el latido insistente. Un gemido bajo escapó de sus labios, y sonrió, imaginando lo que Daniel haría si la viera en ese momento.
*Pronto*, pensó. *Pronto.*
El apartamento de Lara era pequeño pero acogedor, con una vista a la ciudad que, de noche, se transformaba en un mar de luces titilantes. Pasó la mano por el sofá de terciopelo, verificando que todo estuviera en orden—velas encendidas, música baja, una botella de vino abierta para respirar. No era una cena romántica. No era una cita convencional. Era una rendición.
El interfono sonó a las ocho en punto.
Lara sonrió, sintiendo que el corazón se le aceleraba. Respondió, la voz más ronca de lo que pretendía. —Quinto piso.
Dejó la puerta entreabierta y volvió a la sala, ajustando el albornoz de seda que apenas cubría sus muslos. La tela se deslizaba sobre su piel, fría y suave, y se preguntó si Daniel notaría que no llevaba nada debajo.
Pasos en el pasillo. La puerta se abrió.
Daniel entró, los ojos oscuros recorriendo el ambiente antes de posarse en ella. La sonrisa que se dibujó en su rostro fue lenta, hambrienta. —No pierdes el tiempo.
—Dijiste que no te gusta esperar —repitió, cruzando los brazos, lo que hizo que el albornoz se abriera ligeramente.
Él cerró la puerta con el pie, sin apartar la mirada de ella. —Y tú dijiste que te gusta el peligro.
Lara dio un paso atrás, sintiendo el sofá contra sus piernas. —Entonces demuéstrame que a ti también.
Daniel no respondió con palabras. En dos pasos, estuvo frente a ella, las manos grandes envolviendo su rostro, atrayéndola hacia un beso que no tenía nada de suave. Era urgente, posesivo, como si estuviera reclamando algo que ya era suyo. Lara gimió contra sus labios, las manos deslizándose por su pecho ancho, sintiendo los músculos tensos bajo la camiseta.
—Hueles a vino —murmuró, los labios bajando por su cuello, mordisqueando la piel sensible.
—Es para dar suerte —respondió, arqueando el cuerpo cuando encontró el punto justo debajo de su oreja.
—No necesito suerte.
Lara rio, pero el sonido se transformó en un suspiro cuando sus manos se deslizaron dentro del albornoz, encontrando sus senos desnudos. Los pulgares rodearon sus pezones, ya duros, y sintió que todo su cuerpo se arqueaba en respuesta. —Daniel...
—¿Qué? —Beliscó levemente, arrancándole un gemido.
—Yo quiero... —Las palabras murieron en su garganta cuando él se arrodilló frente a ella, las manos fuertes sujetando sus caderas.
—Sé lo que quieres.
Y entonces la atrajo hacia el borde del sofá, sus piernas abriéndose casi por instinto. Lara sintió el aire frío contra su piel húmeda antes de que su boca la cubriera, cálida y húmeda, la lengua explorando con una precisión que la hizo aferrarse a su cabello con fuerza.
*—Joder*— gimió, la espalda arqueándose, los dedos de los pies curvándose.
Daniel no se detuvo. La devoró como si fuera su última comida, los dedos clavándose en sus muslos, manteniéndola abierta mientras su lengua trabajaba en movimientos circulares, lentos y luego rápidos, alternando entre succiones y lamidas que la llevaban al borde del abismo. Lara sintió que el orgasmo se construía, una ola caliente y pulsante, y cuando él introdujo dos dedos dentro de ella, curvándolos en el ángulo perfecto, no pudo contenerse.
*—¡Daniel!*— Su nombre salió como un grito ahogado, todo su cuerpo temblando mientras el placer la atravesaba.
Él no se apartó. Siguió allí, lamiendo y succionando hasta que estuvo demasiado sensible, los gemidos transformándose en pequeños sollozos de placer. Solo entonces se levantó, los labios brillantes, los ojos oscuros de deseo.
—Ahora —dijo, la voz gruesa—, me dirás exactamente lo que más quieres.
Lara sonrió, aún jadeante, y tiró de su camiseta por la cabeza. —Te quiero a ti. Todo.
Daniel no necesitó más incentivo. En segundos, su ropa estaba en el suelo, y Lara pudo finalmente ver el cuerpo que solo había imaginado—los músculos definidos, las cicatrices antiguas, la erección dura y palpitante. Extendió la mano, envolviéndolo con los dedos, sintiendo su calor y rigidez.
—Carajo —gruñó, las caderas moviéndose instintivamente contra su mano.
—¿Te gusta? —Apretó levemente, observando cómo sus ojos se cerraban.
—Sabes que sí.
Lara lo empujó de vuelta al sofá, montándolo, la seda del albornoz deslizándose por sus hombros. —Entonces muéstramelo.
Daniel no dudó. Agarró sus caderas y la atrajo hacia abajo, penetrándola en un movimiento único y profundo. Lara gritó, las uñas clavándose en sus hombros mientras su cuerpo se ajustaba a la invasión. Era diferente ahora—más lento, más intenso, como si tuvieran todo el tiempo del mundo para explorarse.
—Joder, Lara —gruñó, los dedos apretando su carne con la fuerza suficiente para dejar marcas—. Eres tan deliciosa.
Ella comenzó a moverse, contoneándose lentamente, sintiendo cada centímetro de él llenándola. —Más rápido —pidió, la voz ronca.
Daniel obedeció. La sujetó con fuerza y la volteó, colocándola a cuatro patas en el sofá, las manos grandes sujetando sus caderas mientras entraba y salía en embestidas profundas y rítmicas. Lara arqueó la espalda, empujándose contra él, los gemidos mezclándose con el sonido de la piel chocando contra la piel.
—Así —gruñó, una mano deslizándose hacia adelante, los dedos encontrando su clítoris hinchado—. Córrete para mí otra vez.
Lara no pudo resistirse. El orgasmo la golpeó como una ola, todo su cuerpo temblando mientras gritaba su nombre. Daniel no se detuvo, continuando las embestidas hasta que, con un gemido gutural, se corrió dentro de ella, su cuerpo temblando mientras se vaciaba.
Cayeron en el sofá, exhaustos, los cuerpos entrelazados, la respiración entrecortada. Lara sintió el sudor de él contra su piel, el olor a sexo mezclado con el perfume de las velas, y sonrió.
—Esto —murmuró, los dedos trazando círculos perezosos en su pecho— fue mejor que el vestuario.
Daniel rio, besando la parte superior de su cabeza. —Solo el comienzo.
Lara cerró los ojos, sintiendo el peso de su cuerpo, el ritmo lento de su corazón latiendo contra el de ella. *Solo el comienzo*, pensó. Y apenas podía esperar por el próximo capítulo.