Sudor y Deseo: El Vestuario Prohibido

Por Tonkix
**Sudor y Deseo: El Vestuario Prohibido** El gimnasio olía a sudor viejo y desinfectante de limón, un aroma que se adhería a las paredes de concreto y a los espejos empañados por el vapor de las duchas. El reloj en la pared marcaba las ocho y media de la noche, pero el lugar aún palpitaba con la energía de los últimos asistentes, aquellos que transformaban el cansancio en endorfina, los músculos en cuerdas tensas, los cuerpos en máquinas de resistencia. Lara empujó la puerta de vidrio con el hombro, los dedos aún hormigueando por el frío de afuera, el aire acondicionado de la entrada golpeando su rostro como una bofetada helada. Respiró hondo, sintiendo el peso del día desplomarse de sus hombros—horas de pie, manos sumergidas en geles terapéuticos, voces de pacientes quejándose de dolores que ella sabía eran más profundos que solo físicos. Su reflejo en los espejos laterales la acompañaba mientras caminaba: la coleta rubia sujetada con una liga gastada, mechones rebeldes escapando y pegándose a la nuca sudada; las mallas negras marcando el contorno de los muslos, ya un poco desgastadas en las rodillas; el top deportivo azul marino, lo suficientemente ajustado como para dejar claro que, bajo la tela técnica, había curvas que no se rendían al cansancio. Lara no era del tipo que se arreglaba para entrenar—no lo necesitaba. Su cuerpo hablaba por sí solo, un mapa de fuerza y flexibilidad, cada músculo entrenado para saber exactamente cómo moverse, cómo ceder, cómo resistir. Al otro lado de la sala, entre las mancuernas y las barras olímpicas, Daniel ajustaba la correa de la mochila en el hombro, los ojos recorriendo el espacio como si buscara algo—o a alguien. Había terminado su última clase hacía diez minutos, pero aún sentía el calor de los alumnos en su piel, la vibración de los pies golpeando el suelo durante las sentadillas, la voz ronca de tanto dar órdenes. La camiseta negra, pegada al torso, delineaba la V de la espalda ancha, los hombros que parecían esculpidos para cargar más que pesos. Los brazos, marcados por venas prominentes, descansaban a los lados del cuerpo, pero la tensión en ellos era palpable, como si estuvieran listos para extenderse, agarrar, tirar. Fue el tintineo de las pesas al caer en el soporte lo que llamó la atención de Lara. Giró la cabeza hacia el sonido y encontró los ojos de Daniel reflejados en el espejo frente a ella. Un segundo. Dos. Tiempo suficiente para que el aire entre ellos se cargara de algo más que el olor a goma y sudor. Él no sonrió de inmediato, pero sus labios se curvaron en algo lento, casi perezoso, como si supiera que ella estaba allí incluso antes de que entrara. Lara sintió el calor subir por el cuello, una ola que no tenía nada que ver con el esfuerzo físico. Desvió la mirada primero, fingiendo ajustar la correa de la bolsa, pero sabía que él la observaba. Y sabía que él sabía que ella lo sabía. — *Buenas noches* — la voz de Daniel cortó el espacio entre ellos, grave y suave al mismo tiempo, como un riff de guitarra que comienza bajo y va creciendo. Dio un paso adelante, las zapatillas de entrenamiento crujiendo levemente en el piso de goma. Lara se giró, enfrentándolo ahora de frente. La luz fluorescente del gimnasio bañaba su rostro en tonos fríos, pero sus ojos—castaños, casi dorados bajo esa iluminación—ardían con algo caliente, algo que hacía que su estómago se contrajera. — *Buenas noches* — respondió, la voz un poco más ronca de lo que pretendía. — *¿Terminaste ahora?* — *Sí. Última clase.* Pasó la mano por el cabello húmedo, los mechones oscuros pegándose a la frente. — *¿Y tú? ¿Llegaste ahora?* — *Hace unos diez minutos.* Cruzó los brazos, no por defensa, sino porque necesitaba hacer algo con las manos. — *Día largo. Necesitaba moverme.* Daniel asintió, como si entendiera exactamente lo que ella quería decir. Y quizá lo entendía. Conocía esa necesidad—el cuerpo pidiendo movimiento, la mente rogando por silencio, la piel anhelando contacto, aunque fuera solo la fricción de la tela contra el sudor. — *Si quieres compañía, puedo enseñarte unos ejercicios nuevos* — ofreció, la voz casual, pero los ojos fijos en los de ella, como si estuviera probando el terreno. — *O solo vigilarte, si prefieres.* Lara rió, un sonido corto y bajo, y negó con la cabeza. — *Creo que puedo arreglármelas sola.* Pero entonces, casi sin darse cuenta, añadió: — *Aunque no rechazaría una segunda opinión.* Los labios de Daniel se curvaron de nuevo, esta vez con un toque de malicia. — *La segunda opinión siempre es bienvenida.* El silencio que siguió estaba cargado. No era incómodo, sino más bien el tipo de silencio que precede a una tormenta—cuando el aire se vuelve pesado, los vellos del brazo se erizan, y sabes que algo está a punto de suceder, solo que no sabes exactamente qué. Lara rompió el momento primero, girándose hacia el área de musculación. — *Voy a empezar con unos estiramientos* — dijo, caminando hacia las colchonetas. — *Si quieres corregirme, siéntete libre.* Daniel la siguió, los pasos lentos, medidos. Sabía que no se trataba solo de estiramientos. Y ella también. Mientras se inclinaba para tocar los dedos de los pies, Lara sintió su mirada recorrer su espalda, la curva de la columna, la manera en que las mallas se estiraban sobre la cadera. No era la primera vez que Daniel la observaba así—ya lo había notado antes, en las miradas rápidas durante los entrenamientos, en las sonrisas intercambiadas en el café del gimnasio, en las veces en que él «accidentalmente» rozaba su mano al pasarle una pesa. Pero hoy había algo diferente. Hoy, el aire entre ellos parecía más denso, como si cada molécula estuviera cargada de electricidad. Y cuando se enderezó, girándose para enfrentarlo, Daniel estaba más cerca que antes. Lo suficientemente cerca como para sentir el calor de su cuerpo, el olor a jabón mezclado con el sudor limpio, el aliento cálido cuando habló: — *Estás tensa.* No era una pregunta. Lara tragó saliva. — *Lo estoy.* — *Puedo ayudarte con eso.* Debería haber dicho que no. Debería haber dado un paso atrás, mantenido la distancia profesional, recordado que él era solo un compañero de gimnasio, nada más. Pero las palabras murieron en su garganta cuando los dedos de él rozaron su hombro, ligeros como una pluma, trazando el contorno del músculo hasta la base del cuello. — *Daniel…* — *Solo un estiramiento* — murmuró, la voz ronca. — *Te lo prometo.* Y antes de que pudiera responder, su mano se deslizó hacia la nuca, los dedos presionando con firmeza, pero sin fuerza excesiva. Lara cerró los ojos por un segundo, sintiendo la tensión disolverse bajo el toque, reemplazada por algo más peligroso—un hormigueo que bajaba por la columna, un calor que se concentraba entre las piernas. Cuando abrió los ojos, Daniel la miraba con una intensidad que la hizo contener la respiración. — *¿Mejor?* — preguntó, la voz baja, casi un susurro. Lara asintió, sin confiar en su propia voz. Él sonrió, satisfecho, y dejó caer la mano. — *Bien. Porque el próximo ejercicio es mucho más… intenso.* Ella no preguntó qué quería decir. No necesitaba hacerlo. El espejo frente a ellos reflejaba a los dos, lado a lado, los cuerpos cerca, las miradas entrelazadas. Y, por un instante, Lara se preguntó si él también podía verlo—si podía distinguir, en ese reflejo, el mismo deseo que ardía dentro de ella. Daniel se apartó primero, girándose hacia las mancuernas. — *Empecemos con curl de bíceps* — dijo, tomando un par de pesas. — *Tres series de doce.* Lara lo siguió, los pasos ligeros, el corazón latiendo más rápido de lo que debería. Y mientras los músculos comenzaban a arder, mientras el sudor resbalaba por las sienes, mientras las miradas se encontraban y se desviaban entre los espejos, una cosa quedó clara: Aquello estaba lejos de terminar. Lara ajustó las tiras del top deportivo, sintiendo la tela elástica pegarse a la piel aún húmeda de sudor. El aire acondicionado del gimnasio soplaba frío contra sus brazos, pero el calor que subía por su cuello no tenía nada que ver con el entrenamiento. Daniel estaba a unos pasos, corrigiendo la postura de un alumno en el press de banca, los músculos de la espalda definidos bajo la camiseta negra, las venas marcándose en los antebrazos mientras sostenía la barra con firmeza. Desvió la mirada rápidamente, pero no antes de notar cómo sus ojos—oscuros, casi negros—se detenían en ella una fracción de segundo más. El espejo frente a ella era un enemigo traicionero. Reflejaba todo: la curva de sus caderas al inclinarse para tomar las mancuernas, la forma en que los labios de él se entreabrían al observarla, la tensión en los hombros de ambos, como si estuvieran a punto de ceder a algo que ninguno de los dos se atrevía a nombrar. Lara respiró hondo y comenzó la serie de curl de bíceps, las pesas subiendo y bajando en un ritmo controlado, los bíceps ardiendo. Con cada repetición, sentía su mirada como un toque físico, caliente e insistente. — *Postura, Lara.* — La voz de él sonó detrás de ella, baja y demasiado cerca. — *Codos pegados al cuerpo. No dejes que el peso te domine.* Ella obedeció, ajustando la posición, pero el calor de sus manos sobre sus hombros la hizo estremecer. Él no la tocó—no exactamente. Solo se acercó lo suficiente para que el olor a sudor limpio y desodorante masculino invadiera sus fosnas nasales, mezclado con el aroma a menta del chicle que masticaba. Lara mordió el labio inferior, sintiendo el pulso latir entre las piernas. — *¿Así?* — preguntó, la voz un poco más ronca de lo que pretendía. Daniel no respondió de inmediato. En cambio, se inclinó sobre ella, los brazos rozando los suyos mientras ajustaba la posición de las mancuernas en sus manos. El contacto fue breve, pero suficiente para que Lara sintiera el calor irradiando de su cuerpo, la aspereza de los callos en las palmas que rozaron sus dedos. — *Perfecto.* — La palabra salió como un murmullo, casi un suspiro. — *Ahora, controla el descenso. No dejes caer el peso.* Ella obedeció, pero la concentración se le escapaba. Cada vez que sus ojos se encontraban en el espejo, era como si una corriente eléctrica la atravesara. Daniel no apartaba la mirada. Al contrario, parecía deleitarse con la forma en que ella se sonrojaba, mordía el labio, apretaba los dedos alrededor de las mancuernas con más fuerza de la necesaria. Cuando terminó la serie, Lara soltó las pesas con un suspiro de alivio, pero el alivio duró poco. — *Ahora, sentadillas.* — Daniel señaló el área libre cerca de los espejos. — *Con barra.* Lara dudó. Las sentadillas con barra eran uno de los ejercicios que más le exigían, y la idea de agacharse frente a él, las caderas en alto, los muslos ardiendo, hizo que su estómago se contrajera. Pero no había forma de negarse sin parecer débil. O peor: sin admitir que su presencia la afectaba. — *¿Todo bien?* — Alzó una ceja, una sonrisa maliciosa jugando en sus labios. — *¿Necesitas ayuda para cargar la barra?* — *Puedo sola.* — Se giró hacia el estante de pesas, pero Daniel fue más rápido, tomando la barra antes de que pudiera alcanzarla. Sus dedos rozaron los de ella, y Lara contuvo la respiración. — *Déjame a mí.* — Colocó la barra sobre los soportes, los músculos de los brazos contrayéndose bajo la camiseta. — *Solo no olvides mantener la espalda recta.* Lara asintió y se posicionó bajo la barra, sintiendo el peso frío contra la nuca. Daniel se quedó detrás de ella, las manos flotando cerca de su cintura, como si estuviera listo para sujetarla en caso de que perdiera el equilibrio. Pero no era equilibrio lo que ella estaba perdiendo. — *Inhala.* — Su voz era una orden suave. — *Y baja.* Ella obedeció, doblando las rodillas, empujando las caderas hacia atrás. El short deportivo se subió un poco en los muslos, y Lara sintió el aire frío del gimnasio contra la piel expuesta. O quizá era solo la conciencia de que Daniel la miraba—realmente la miraba. Cuando se levantó, los músculos de las piernas temblando, escuchó un sonido bajo, casi imperceptible, escapar de sus labios. — *Bien.* — La palabra no encajaba con el tono profesional. — *Ocho más.* Lara repitió el movimiento, consciente de que cada descenso era una invitación, cada ascenso una provocación. Daniel no la tocaba, pero estaba lo suficientemente cerca como para que sintiera el calor de su cuerpo en la espalda, el aliento cálido contra su nuca cuando se inclinaba para corregir su postura. — *Más abajo.* — Murmuró, y Lara obedeció, bajando hasta que los muslos quedaron casi paralelos al suelo. — *Así. Perfecto.* No sabía si hablaba de la sentadilla o de otra cosa. No sabía si quería saberlo. Cuando terminó la serie, Lara se levantó, la barra crujiendo en los soportes. Daniel estaba tan cerca que, al girarse, sus cuerpos casi se tocaron. Por un segundo, ninguno de los dos se movió. Lara podía ver los latidos de su corazón pulsando en la base del cuello, tan rápidos como los suyos. Podía oler el sudor mezclado con el perfume cítrico que usaba, algo que hacía que su boca salivara. — *Necesito…* — Tragó saliva. — *Necesito agua.* Daniel no se movió. Solo la observó, los ojos oscuros recorriendo su cuerpo, deteniéndose en los puntos donde la tela se pegaba a la piel húmeda. — *Claro.* — Finalmente dio un paso al lado, pero no sin antes rozar su brazo contra el de ella. — *Te acompaño.* Lara no protestó. No podía. El bebedero estaba cerca de los vestuarios, en un pasillo estrecho donde la luz era más tenue y el sonido del gimnasio parecía amortiguado. Llenó el vaso y bebió despacio, sintiendo el agua fría bajar por la garganta, intentando calmar el fuego que ardía por dentro. Daniel se apoyó en la pared junto a ella, los brazos cruzados, observándola con una intensidad que hacía que su piel hormigueara. — *Vas bien.* — Dijo, la voz baja. — *Pero creo que puedes más.* Lara bajó el vaso, los dedos apretando el plástico. — *¿Más ejercicios?* — *O más intensidad.* — Sus ojos brillaron. — *Depende de lo que aguantes.* Ella no respondió. No necesitaba hacerlo. Daniel se acercó, el cuerpo casi tocando el de ella, y Lara sintió el corazón acelerarse. Él no la tocó, pero estaba lo suficientemente cerca como para que sintiera el calor irradiando de su cuerpo, para que viera cómo sus pupilas se dilataban, oscureciéndose aún más. — *Lara.* — Su nombre salió como un susurro, casi un ruego. Ella alzó los ojos, encontrando los de él. Y entonces, sin pensar, sin planearlo, se inclinó hacia adelante. Sus labios estaban a centímetros de distancia cuando un grupo de alumnos pasó por el pasillo, riendo fuerte, rompiendo el hechizo. Lara retrocedió rápidamente, el rostro ardiendo, el vaso de agua temblando en su mano. Daniel no se movió, pero sus ojos no se apartaron de los de ella. — *Creo que…* — Tragó saliva. — *Creo que necesito terminar mi entrenamiento.* — *Claro.* — Asintió, pero la sonrisa que curvó sus labios no era de conformidad. Era una promesa. — *Pero no tardes.* Lara no respondió. No confiaba en su propia voz. Se giró y volvió al área de musculación, los pasos más rápidos de lo necesario. Pero incluso de espaldas, podía sentir su mirada quemándole la piel, como si ya estuviera imaginando lo que vendría después. Y, Dios, ella también. El aire en el vestuario femenino estaba cargado de vapor, el olor a champú de coco mezclado con el sudor seco de docenas de cuerpos que habían pasado por allí a lo largo del día. Lara se quitó las zapatillas con movimientos lentos, los dedos aún hormigueando por el esfuerzo del entrenamiento, los músculos de las piernas ardiendo de una manera deliciosa. La toalla enrollada en su cuerpo parecía pesada, como si el algodón absorbiera no solo la humedad, sino también la tensión que se enroscaba en su nuca desde que había dejado a Daniel atrás en el gimnasio. Debería irse a casa. Tomar una ducha larga, pedir comida, ver algo banal en la televisión hasta que el sueño la venciera. Pero algo la impulsaba hacia adelante, un calor que no venía del ejercicio, sino de la forma en que él la había mirado antes de despedirse—como si ya supiera que ella iría. Lara pasó la mano por el espejo empañado, dejando un rastro claro en el vidrio. Al otro lado de la pared delgada, el sonido del agua corriendo en el vestuario masculino llegó hasta ella, amortiguado, pero inconfundible. Una ducha. Solo una. Suficiente para saber que él estaba solo. Su corazón latió más rápido. No era del tipo que invadía espacios ajenos, que se arriesgaba así. Pero allí, con la piel aún caliente y el recuerdo de sus ojos quemando los suyos, las reglas parecían menos importantes. Respiró hondo, los dedos apretando el borde de la toalla. Entonces, sin permitir que la duda la detuviera, abrió la puerta que separaba los dos ambientes. El vestuario masculino era más oscuro, iluminado solo por una bombilla amarillenta al fondo. El vapor subía en espirales perezosas, envolviendo las paredes de azulejos grises. Y allí, bajo el chorro fuerte de la ducha, estaba Daniel. El agua resbalaba por su cuerpo como si el propio líquido lo reverenciara, deslizándose por los hombros anchos, contorneando los músculos definidos de los brazos, trazando caminos sinuosos por el pecho y bajando hacia el abdomen esculpido. Lara contuvo la respiración. Estaba de espaldas a ella, la cabeza inclinada hacia adelante, las manos apoyadas en la pared mientras dejaba que el agua lavara el sudor del entrenamiento. El sonido del chorro era hipnótico, mezclado con el ritmo de su propio pulso en los oídos. Por un instante, dudó. Quizá debería volver. Quizá él no quería ser interrumpido. Pero entonces, como si sintiera su presencia, Daniel giró ligeramente la cabeza, los ojos entrecerrados encontrando los de ella por encima del hombro. — *¿Perdida?* — Su voz era baja, ronca, como si el agua hubiera arrastrado consigo cualquier rastro de formalidad. Lara tragó saliva. — *Yo… pensé que el vestuario femenino estaba por aquí.* Él no respondió de inmediato. Solo la observó, la mirada recorriendo su cuerpo cubierto por la toalla, deteniéndose en los hombros desnudos, en la curva de los senos que la tela apenas ocultaba. Luego, lentamente, se giró por completo, el agua resbalando por su rostro, por el cuello, goteando de los labios entreabiertos. — *Curioso.* — Dio un paso adelante, saliendo del chorro, pero sin acercarse. — *Juraría que sabías exactamente dónde estabas.* Ella no retrocedió. No podía. No cuando él estaba allí, tan cerca, tan *real*, la piel brillando bajo la luz tenue, los músculos tensos como si se estuviera conteniendo para no abalanzarse. Lara sintió que el aire le faltaba. La toalla de repente parecía demasiado pesada, demasiado caliente, como si quemara su piel. — *¿Siempre te duchas con la puerta sin llave?* — preguntó, intentando sonar casual, pero la voz le salió temblorosa. Daniel sonrió, una comisura de la boca levantándose. — *Solo cuando estoy esperando a alguien.* Las palabras flotaron entre ellos, cargadas de significado. Lara sintió el calor extenderse por su cuerpo, subiendo por el cuello, quemándole las mejillas. Debería decir algo. Debería girarse e irse. Pero sus pies parecían clavados en el suelo. — *¿Y si no hubiera venido?* — murmuró, desafiándolo, desafiándose a sí misma. Él dio otro paso, el agua goteando del cabello oscuro, resbalando por el pecho. — *Entonces habría desperdiciado una ducha muy buena.* Lara soltó una risa nerviosa, pero el sonido murió en su garganta cuando él extendió la mano, los dedos rozando el nudo de la toalla en su cintura. El contacto fue leve, casi imperceptible, pero suficiente para que todo su cuerpo se estremeciera. — *¿Puedo?* — La pregunta era innecesaria. Ella ya se estaba deshaciendo por dentro. Lara no respondió. Solo asintió, los labios entreabiertos, los ojos fijos en los de él. Daniel tiró de la tela con un movimiento lento, como si quisiera saborear cada segundo, cada centímetro de piel que se revelaba. La toalla cayó a sus pies, y ella quedó allí, desnuda, expuesta, el aire frío del vestuario contrastando con el calor que emanaba de su cuerpo. Él la observó en silencio, la mirada recorriendo cada curva, cada sombra, como si estuviera memorizando cada detalle. Lara sintió el peso de esa mirada como un toque físico, quemándola por dentro. Cuando finalmente alzó los ojos para encontrar los de ella, había algo salvaje en ellos, algo que hizo que su estómago se contrajera. — *Eres hermosa.* — Su voz era áspera, casi un gruñido. — *Y estoy intentando no agarrarte aquí mismo.* Debería haber reído. Debería haber bromeado, aliviado la tensión. Pero sus palabras la golpearon como un puñetazo, robándole el aliento. Lara dio un paso adelante, eliminando la distancia entre ellos, y apoyó la mano en su pecho. La piel estaba caliente, húmeda, los músculos firmes bajo sus dedos. — *Entonces no lo intentes.* — susurró. Daniel no necesitó más incentivo. Con un movimiento rápido, la atrajo hacia sí, las manos grandes envolviendo su cintura, apretándola contra su cuerpo. Lara sintió la dureza de su erección presionando su vientre, y un gemido escapó de sus labios antes de que pudiera contenerlo. Él la besó con hambre, la boca caliente, exigente, la lengua invadiéndola sin ceremonia. Ella respondió con la misma intensidad, las manos subiendo por sus hombros, enredándose en su cabello mojado, atrayéndolo más cerca. El agua de la ducha aún corría, salpicándolos ahora, mezclándose con el sudor, la saliva, el calor que emanaba de sus cuerpos. Daniel la empujó contra la pared de azulejos, la superficie fría contrastando con la piel ardiente de Lara. Interrumpió el beso solo para bajar los labios por su cuello, mordisqueando, lamiendo, dejando un rastro de fuego en su piel. — *Quería probarte desde la primera vez que te vi.* — murmuró contra su clavícula, los dientes rozando la piel sensible. — *Pero no pensé que me dejarías.* Lara arqueó la espalda, ofreciéndose más, los dedos clavados en sus hombros. — *Yo también quería.* — confesó, la voz ronca. — *Pero no sabía cómo pedirlo.* Daniel alzó la cabeza, los ojos oscuros fijos en los de ella, las pupilas dilatadas de deseo. — *Ahora no tienes que pedir.* — Bajó una de las manos por su cuerpo, los dedos trazando círculos lentos en su seno, pellizcando el pezón hasta que ella gimió. — *Solo di que sí.* Lara no dudó. — *Sí.* Él sonrió, una sonrisa peligrosa, antes de arrodillarse frente a ella. Lara sintió el corazón acelerarse cuando él alzó una de sus piernas, apoyándola en su propio hombro, exponiéndola por completo. Intentó cerrar los muslos, avergonzada, pero él sujetó sus caderas con firmeza, manteniéndola abierta. — *No.* — La orden era suave, pero no dejaba espacio para discusión. — *Déjame verte.* Y entonces, sin aviso, la lamió. Un toque largo, lento, desde la entrada hasta el clítoris, haciéndola estremecer violentamente. Lara soltó un grito ahogado, las manos buscando apoyo en la pared detrás de sí. Daniel no tuvo piedad. La devoró con la misma intensidad con la que la había besado, la lengua explorando cada pliegue, cada punto sensible, mientras los dedos la penetraban en movimientos rítmicos. El placer era casi insoportable. Lara sintió que las piernas le temblaban, el cuerpo entero contrayéndose mientras él la llevaba cada vez más alto. Intentó apartarse, abrumada, pero él la sujetó con más fuerza, los labios succionando su clítoris con una precisión cruel. — *Daniel…* — gimió, su nombre saliendo como una súplica. — *No… no puedo…* — *Sí puedes.* — Alzó los ojos, la boca brillando con sus propios fluidos. — *Y vas a correrte para mí, Lara. Ahora.* Y entonces, con un último toque de la lengua, la empujó al abismo. Lara arqueó la espalda, los dedos arañando los azulejos, mientras el orgasmo la atravesaba en olas violentas. Gritó, el sonido resonando en el vestuario húmedo, pero él no se detuvo, prolongando el placer hasta que quedó flácida, jadeante, apoyada contra la pared. Daniel se levantó despacio, los labios húmedos, los ojos oscuros de satisfacción. La atrajo para un beso, dejándola probar su propio sabor, y Lara respondió con un hambre renovada, las manos deslizándose por su cuerpo, desesperadas por sentirlo por completo. Cuando la alzó en brazos, las piernas de ella se enredaron automáticamente en su cintura, y sintió la punta de su erección presionando su entrada. Lara gimió contra su boca, las caderas moviéndose instintivamente, buscando más. — *Joder, Lara…* — Daniel gruñó, los dedos clavados en la carne de sus muslos. — *No tengo condón aquí.* Ella mordió el labio inferior, el cuerpo aún palpitando de deseo. — *Tomo la píldora.* — susurró. — *Y estoy limpia.* Él dudó por un segundo, los ojos buscando los de ella, como si quisiera asegurarse de que hablaba en serio. Lara no apartó la mirada. — *Yo también.* — dijo, la voz ronca. — *Pero si quieres parar, lo entiendo.* Ella negó con la cabeza, los dedos enredándose en su cabello. — *No quiero parar.* Daniel no necesitó más. Con un movimiento rápido, la penetró, llenándola por completo, haciéndola gritar de placer. Lara apretó las piernas alrededor de él, las caderas moviéndose al unísono con las suyas, mientras la empujaba contra la pared, los cuerpos chocando en un ritmo primitivo. El sonido de la piel golpeando contra la piel, los gemidos ahogados, el agua aún corriendo, llenaba el vestuario, creando una sinfonía de placer que solo ellos podían escuchar. Lara sintió que el orgasmo se acercaba de nuevo, más intenso, más urgente. Clavó las uñas en su espalda, los dientes en su hombro, intentando contener el grito que amenazaba con escapar. — *Córrete conmigo.* — Daniel ordenó, la voz ronca en su oído. — *Córrete en mi polla, Lara.* Y ella obedeció. Con un último empujón, la llevó al límite, y Lara se deshizo en sus brazos, el cuerpo entero temblando mientras el placer la consumía. Daniel la siguió segundos después, enterrándose profundo y corriéndose con un gemido ronco, el cuerpo tenso contra el de ella. Por un largo momento, permanecieron así, inmóviles, jadeantes, los cuerpos aún unidos, el agua resbalando sobre ellos. Lara apoyó la frente en su hombro, intentando recuperar el aliento, los dedos trazando círculos perezosos en su espalda mojada. Daniel besó su cuello, los labios cálidos contra la piel húmeda. — *Esto fue…* — *Intenso.* — Lara completó, sonriendo. Él rió bajito, el sonido vibrando contra su cuerpo. — *Es una palabra.* Ella alzó la cabeza, encontrando sus ojos. — *¿Y ahora?* Daniel la bajó con cuidado, pero no la soltó. — *¿Ahora?* — Rozó sus labios con los de ella, un beso suave, casi reverente. — *Ahora vemos adónde nos lleva esto.* Lara sonrió, el cuerpo aún hormigueando, la mente ya imaginando todas las posibilidades. — *Me gusta ese plan.* Él la besó de nuevo, más profundo esta vez, como si quisiera sellar la promesa. Y cuando se apartó, había algo en sus ojos que hizo que su estómago se contrajera de anticipación. — *Vamos.* — Tomó su mano, entrelazando los dedos con los de ella. — *Aún tenemos que secarnos.* Lara lo siguió, pero no sin antes lanzar una última mirada a la ducha, a la pared donde se habían perdido el uno en el otro. El vestuario estaba silencioso ahora, el agua apagada, el vapor disipándose lentamente. Y supo, sin sombra de duda, que aquello era solo el comienzo. La puerta del vestuario masculino se cerró con un clic suave tras ella, el sonido amortiguado por el rumor del agua cayendo en el azulejo. Lara dudó por un segundo, los dedos aún en el picaporte frío, el corazón latiendo tan fuerte que parecía resonar entre las paredes. El aire estaba denso, cargado con el olor a jabón masculino y el vapor que subía del cubículo abierto, donde Daniel ya estaba bajo el chorro caliente, de espaldas a ella. El agua resbalaba por los músculos definidos, trazando caminos sinuosos entre los omóplatos anchos, bajando por la columna hasta perderse en la curva firme de las nalgas. Él no la había visto aún, y por un instante, Lara solo observó, la garganta seca, el cuerpo entero palpitando con una necesidad que ya no sabía cómo contener. Entonces él se giró. Los ojos oscuros encontraron los de ella al instante, como si ya supiera que estaría allí. Una sonrisa lenta se dibujó en sus labios, algo entre la sorpresa y la satisfacción de quien acaba de ganar una apuesta silenciosa. El agua caía sobre el cabello negro, goteando del mentón, de los hombros, resbalando por el pecho esculpido hasta el abdomen marcado. Lara sintió que el aire le faltaba. No era la primera vez que lo veía sin camisa—en el gimnasio, entre los espejos, las miradas furtivas durante los ejercicios—pero allí, bajo la luz amarillenta del vestuario, con el vapor envolviéndolos como un velo, era diferente. Era íntimo. Era peligroso. — *Te tardaste* — su voz era baja, ronca, cargada de algo que hizo que su estómago se contrajera. Lara no respondió. Solo dio un paso adelante, luego otro, hasta que el agua comenzó a mojar la punta de sus zapatillas, luego los tobillos, las piernas. La tela de las mallas se pegó a la piel, pesada, mientras avanzaba bajo el chorro. Daniel no se movió, pero sus ojos la siguieron, quemándola por completo. Cuando finalmente se detuvo frente a él, tan cerca que podía sentir el calor de su cuerpo incluso a través de la cortina de agua, él alzó una mano y sujetó su mentón con firmeza, pero sin prisa. — *¿Tienes miedo?* — murmuró, los labios casi tocando los de ella. Ella negó con la cabeza, lenta. — *Curiosa.* Él rió, un sonido profundo que vibró contra su piel. — *Buena respuesta.* Y entonces la atrajo. El impacto del agua caliente contra su cuerpo fue casi un shock, pero antes de que pudiera reaccionar, la boca de Daniel estaba sobre la suya, voraz, exigente. Lara gimió contra sus labios, las manos instintivamente agarrando sus hombros anchos, las uñas clavándose en la piel mojada mientras él la empujaba contra la pared de azulejos. El frío del revestimiento contrastaba con el calor de su cuerpo, con la presión de sus caderas contra las de ella, con la dureza que sentía incluso a través de la ropa. Daniel no pidió permiso—no lo necesitaba. Ella ya estaba allí, ya estaba mojada, ya estaba jadeante, y cuando él mordió suavemente su labio inferior, Lara supo que no había vuelta atrás. Sus manos bajaron por su cuerpo con una urgencia calculada, como si estuviera memorizando cada curva, cada hueco. Los dedos se enredaron en el dobladillo de la blusa, tirando de ella hacia arriba con un movimiento brusco, y Lara levantó los brazos sin dudar, dejando que la desvistiera. La tela mojada cayó al suelo del cubículo con un golpe sordo, y entonces quedó solo con el sujetador deportivo, el encaje fino ya transparente por el agua, los pezones duros bajo la tela. Daniel no perdió tiempo. Se inclinó y capturó uno entre los labios, succionando con fuerza a través del encaje, la lengua caliente provocando escalofríos que recorrieron toda su columna. — *Joder* — arqueó, las manos enredándose en su cabello, atrayéndolo más cerca. Daniel rió contra su piel, el aliento caliente haciéndola temblar. — *¿Te gusta?* — preguntó, antes de morder suavemente el pezón, luego calmando el dolor con un beso húmedo. Lara no pudo responder. Su boca ya estaba de nuevo sobre la de ella, la lengua invadiendo, posesiva, mientras una de sus manos se deslizaba hacia abajo, entre sus cuerpos, encontrando el elástico de las mallas. Los dedos se infiltraron bajo la tela, bajando hasta encontrar el calor entre sus piernas, y cuando la tocó, Lara gimió fuerte, el sonido ahogado por el ruido del agua, pero aún resonando en el espacio cerrado. — *Dios, estás empapada* — murmuró contra su boca, los dedos moviéndose en círculos lentos, presionando, provocando. — *Y no es solo por el agua.* Ella no pudo contener la risa, incluso con el cuerpo entero en llamas. — *Cállate y bésame.* Daniel obedeció. Pero no antes de murmurar, con una sonrisa maliciosa: — *Sí, señora.* Y entonces su boca estaba en todas partes—en los labios, en el cuello, en los senos, mientras las manos continuaban su trabajo implacable. Lara sintió que la tela de las mallas era bajada, las piernas siendo abiertas con un movimiento brusco de sus rodillas, y entonces no hubo nada entre los dedos de Daniel y su piel sensible, solo el calor húmedo, la presión perfecta, el ritmo que él imponía con una precisión que la dejaba al borde del abismo. Se aferró a sus hombros, las uñas clavándose, las caderas moviéndose por instinto, buscando más, siempre más. — *Daniel…* — su nombre salió como un gemido, una súplica, y él respondió con un beso aún más profundo, los dedos acelerando, la palma de la mano presionando su clítoris con una firmeza que la hizo ver estrellas. — *Córrete para mí* — ordenó, la voz ronca en su oído. — *Ahora.* Y Lara obedeció. El orgasmo la golpeó como una ola, violento e inesperado, arrancándole un grito ahogado de la garganta mientras todo su cuerpo se contraía. Daniel la sostuvo firme, los brazos rodeando su cintura, la boca capturando sus gemidos mientras el agua seguía cayendo, lavando el sudor, el placer, la tensión de horas—días—de miradas furtivas y roces accidentales. Cuando finalmente abrió los ojos, jadeante, él la miraba con una intensidad que la hizo estremecer. Lara no necesitó palabras. Bajó las manos por su pecho, sintiendo los músculos contraerse bajo sus dedos, y entonces encontró el elástico de su pantalón de entrenamiento. La tela ya estaba mojada, pegada a su cuerpo, y cuando lo bajó, revelando su erección dura y palpitante, Daniel soltó un suspiro entrecortado. — *Joder, Lara…* Ella sonrió, maliciosa, y lo envolvió con la mano, sintiendo el calor, el pulso, la fuerza. — *Ahora es mi turno de dejarte sin aliento.* Él rió, pero el sonido se transformó en un gemido cuando ella comenzó a moverse, los dedos deslizándose arriba y abajo, explorando cada centímetro. Daniel cerró los ojos, la cabeza cayendo hacia atrás, el agua resbalando por su rostro mientras ella lo tocaba con una confianza que lo sorprendió. Pero no duró mucho. Con un movimiento rápido, la sujetó por las muñecas y la giró, empujándola contra la pared de azulejos, sus manos ahora sobre su cabeza, sujetas por una de las suyas. — *Tu turno terminó* — murmuró, los labios rozando su oreja. — *Ahora es el mío.* Lara sintió su cuerpo encajarse entre sus piernas, la punta de su erección presionando contra su entrada. Un escalofrío recorrió su columna. — *Entonces hazlo ya.* Daniel no necesitó otra invitación. Con un movimiento rápido, la alzó, las piernas de ella enredándose automáticamente en su cintura, y entonces—finalmente—estuvo dentro de ella. Lara arqueó, los dedos clavándose en sus hombros mientras la llenaba por completo, cada centímetro una promesa de placer. Él no se movió de inmediato, solo se quedó quieto, los ojos en los de ella, los cuerpos unidos, el agua cayendo sobre ellos como una bendición. — *¿Lista?* — preguntó, la voz ronca. Ella no respondió. Solo atrajo su cabeza hacia abajo y lo besó con un hambre que no dejaba dudas. Y entonces comenzó a moverse. El ritmo fue lento al principio, como si quisiera saborear cada segundo, cada gemido, cada temblor de su cuerpo. Pero Lara no quería lentitud. Quería fuego. Quería que el vestuario entero resonara con los sonidos de sus cuerpos chocando, quería el azulejo frío contra su espalda mientras él la tomaba con fuerza, quería sentir cada embestida como una marca, un recuerdo de lo que estaba sucediendo allí. Y cuando clavó los talones en su trasero, atrayéndolo más profundo, Daniel entendió. Los movimientos se volvieron más rápidos, más brutales, el agua salpicando entre sus cuerpos, los gemidos mezclándose con el ruido de la lluvia artificial. Lara sintió que el placer se acumulaba de nuevo, una presión deliciosa en el vientre, y cuando Daniel cambió el ángulo, alcanzando un punto que la hizo ver estrellas, supo que no duraría mucho. — *Ven conmigo* — ordenó, la voz un gruñido contra su cuello. Y Lara vino. El orgasmo la golpeó con una fuerza avasalladora, arrancándole un grito ronco de la garganta mientras todo su cuerpo se contraía alrededor de él. Daniel gimió, los movimientos volviéndose erráticos, hasta que, con un último empujón profundo, la siguió, el calor extendiéndose dentro de ella mientras se aferraban el uno al otro, exhaustos, saciados, pero aún hambrientos. El agua siguió cayendo, lavando el sudor, el placer, los vestigios de esa locura. Lara apoyó la frente en su hombro, los brazos flojos alrededor de su cuello, la respiración aún descompasada. Daniel la sostuvo un momento más, los labios rozando su sien en un beso suave, casi reverente. — *No deberíamos haber hecho esto* — murmuró, pero no había arrepentimiento en su voz. Lara rió bajito, el cuerpo aún hormigueando. — *Sí deberíamos.* Él alzó la cabeza, los ojos oscuros encontrando los de ella. — *Sí, creo que sí.* Y entonces, sin prisa, la bajó, pero no la soltó. Las manos se deslizaron por su espalda, bajando hasta la curva de su trasero, apretando levemente, como si aún no estuviera listo para dejarla ir. Lara sonrió, sabiendo exactamente lo que él estaba pensando. Porque ella tampoco lo estaba. El agua aún resbalaba por sus cuerpos cuando Daniel la alzó en brazos, como si no pesara más que una pluma. Lara enredó las piernas alrededor de su cintura, sintiendo la rigidez de su miembro presionando contra su intimidad, ya palpitante de anticipación. La ducha apagada había dejado el aire pesado, cargado con el olor a jabón y sexo, un perfume que hacía arder su piel. La llevó fuera del cubículo, los pies mojados dejando marcas en el piso frío del vestuario. El banco de madera pulida, apoyado contra la pared opuesta, parecía esperarlos. Daniel la acostó con cuidado, pero no hubo delicadeza en la forma en que sus manos la exploraron a continuación. Los dedos se deslizaron por sus muslos, abriéndolos lentamente, como si estuviera desenvolviendo un regalo. Lara arqueó la espalda, los pezones duros rozando contra su pecho, pidiendo atención. — Eres hermosa así — murmuró, la voz ronca, mientras los labios trazaban un camino de besos húmedos por su cuello, bajando hasta el valle entre sus senos. — Mojada, jadeante… toda mía. Ella no respondió. No podía. Su lengua ya había encontrado un pezón, succionándolo con fuerza, los dientes raspando levemente, arrancándole un gemido que resonó entre las paredes de azulejo. Lara se aferró a su cabello, atrayéndolo más cerca, sintiendo todo su cuerpo temblar bajo el ataque de esa boca voraz. Cada movimiento era una promesa de algo más intenso, más profundo. Daniel no tenía prisa. O mejor dicho, la tenía, pero se negaba a ceder a ella. Sus manos se deslizaron por los costados de su cuerpo, contorneando las curvas con una reverencia casi religiosa, antes de aferrarse a sus caderas. Lara sintió sus dedos apretar su carne, marcándola, como si quisiera asegurarse de que era real. Entonces, sin aviso, se arrodilló en el suelo frío del vestuario, atrayéndola hacia el borde del banco. — Daniel… — susurró, su nombre saliendo como una súplica. Él no respondió. En cambio, sujetó sus piernas, abriéndolas aún más, exponiéndola por completo. Lara sintió el aire fresco tocar su intimidad húmeda, un contraste delicioso con el calor que ya la consumía. Y entonces, sin ninguna vacilación, la probó. La primera lamida fue lenta, deliberada, como si quisiera memorizar cada centímetro de ella. Lara cerró los ojos, los dedos clavándose en la madera del banco, las uñas arañando la superficie pulida. El gemido que escapó de su garganta fue fuerte, casi animal, reverberando en el ambiente cerrado. Daniel no se inmutó. De hecho, pareció gustarle. Su lengua se movió con más rapidez, explorando cada pliegue, cada punto sensible, hasta encontrar su clítoris y comenzar a rodearlo con una precisión torturante. — Dios… — gimió, la voz quebrada. — No pares… no pares… Él obedeció. O mejor dicho, intensificó. Los labios se cerraron alrededor del punto hinchado, succionando con fuerza, mientras dos dedos se deslizaban dentro de ella, curvándose en el ángulo perfecto. Lara sintió que el orgasmo se acercaba como una ola, creciendo, creciendo, hasta que estalló en un espasmo violento. Arqueó la espalda, los músculos contrayéndose alrededor de sus dedos, todo su cuerpo temblando mientras el placer la atravesaba en olas sucesivas. Daniel no se detuvo. Siguió lamiendo, prolongando el éxtasis, hasta que lo apartó tirando de su cabello, obligándolo a subir. — Basta — jadeó, la voz ronca. — Te quiero a ti. Ahora. Él no necesitó más incentivo. Con un movimiento rápido, se quitó el bóxer mojado, liberando su erección dura, palpitante. Lara lo observó, los ojos entrecerrados, la respiración aún descompasada. Estaba hermoso así, todo músculos y deseo, la piel brillando bajo la luz tenue del vestuario. Y cuando se posicionó entre sus piernas, Lara no dudó. Lo envolvió con las piernas, atrayéndolo más cerca, sintiendo la punta de su miembro rozar su entrada. — ¿Segura? — preguntó, la voz tensa, como si se estuviera conteniendo por un hilo. Ella respondió guiándolo hacia dentro con las manos, sintiéndolo llenarla lentamente, centímetro a centímetro, hasta que estuvo completamente enterrado. Los dos gimieron al unísono, el sonido ahogado por el ambiente húmedo. Daniel comenzó a moverse, primero despacio, como si quisiera saborear cada sensación, cada apretón de sus músculos alrededor de él. Pero Lara no quería lentitud. Quería fuego. Quería que el vestuario entero resonara con los sonidos de sus cuerpos chocando. Clavó las uñas en su espalda, atrayéndolo más profundo, más rápido. — Más fuerte — pidió, la voz casi un gruñido. Él obedeció. Los movimientos se volvieron más intensos, más urgentes, el banco crujiendo bajo el peso de ambos, el sonido mezclándose con los gemidos y el goteo del agua aún cayendo de sus cuerpos. Lara sintió que el placer crecía de nuevo, una presión deliciosa formándose en su vientre, mientras Daniel la llenaba con embestidas profundas, cada una más intensa que la anterior. — Voy a… — logró decir, la voz fallando. — Córrete para mí — ordenó, la voz ronca. — Córrete en mi polla. Y ella obedeció. El orgasmo la golpeó con fuerza, haciéndola arquear la espalda, los músculos contrayéndose alrededor de él en espasmos rítmicos. Daniel no se detuvo. Siguió moviéndose, persiguiendo su propio placer, hasta que, con un gemido gutural, la siguió, el calor extendiéndose dentro de ella mientras se aferraban el uno al otro, exhaustos, saciados, pero aún hambrientos. El silencio que siguió solo fue roto por el sonido de sus respiraciones jadeantes y el goteo del agua. Lara sintió el peso de su cuerpo sobre el de ella, cálido, reconfortante. Sus manos aún la sujetaban con fuerza, como si no quisiera soltarla. Y ella no quería que lo hiciera. Pero entonces, un sonido distante de voces resonó por el pasillo del vestuario. Alguien se acercaba. Daniel alzó la cabeza, los ojos oscuros encontrando los de ella. Había una sonrisa cómplice en sus labios. — Creo que deberíamos irnos — murmuró, pero no hizo ningún movimiento para apartarse. Lara sonrió, pasando los dedos por su cabello mojado. — O podemos quedarnos y ver qué pasa — provocó, sintiendo su cuerpo reaccionar dentro de ella. Él rió bajito, el sonido vibrando contra su piel. — Eres peligrosa, ¿sabías? — Y a ti te encanta — respondió, atrayéndolo para otro beso. Pero el sonido de las voces se acercó, y los dos supieron que era hora de irse. Con un suspiro, Daniel se apartó, ayudándola a levantarse. Lara sintió el vacío que dejó, un contraste frío con el calor que aún ardía entre sus piernas. Se vistieron en silencio, las miradas encontrándose de vez en cuando, sonrisas cómplices intercambiadas entre los movimientos apresurados. Lara pasó los dedos por su cabello, intentando domar los mechones mojados, mientras Daniel se ponía la camisa, los músculos aún tensos de excitación. Cuando estuvieron casi listos, él se acercó, atrayéndola para un último beso. — Esto no ha terminado — murmuró contra sus labios. Lara sonrió, sintiendo todo su cuerpo hormiguear con la promesa. — Espero que no. Daniel tomó su mano mientras salían del cubículo, los dedos entrelazados como si ya fueran cómplices de un secreto antiguo. El agua aún resbalaba por sus cuerpos, goteando en el piso de cerámica frío, mezclándose con el sudor que se secaba lentamente bajo el aire acondicionado del vestuario. Lara sintió el frío subir por sus piernas, pero no era incómodo—era solo otra capa de sensación, un contraste delicioso con el calor que aún palpitaba entre sus muslos. La atrajo hacia sí antes de que alcanzara la toalla, los labios rozando el lóbulo de su oreja en un susurro ronco. — Estás temblando. — No es de frío — respondió, la voz baja, casi un gemido. Daniel rió, un sonido grave que reverberó en su pecho, y la envolvió en sus brazos, frotando las manos grandes por su espalda desnuda, como si quisiera calentarla. Pero lo que realmente hacía era prolongar el contacto, los dedos deslizándose por su piel húmeda, memorizando cada curva, cada cicatriz minúscula, cada hueco que ya había explorado con la boca. — Vamos a vestirnos antes de que entre alguien — murmuró, pero no hizo ningún movimiento para apartarse. Lara asintió, pero sus ojos traicionaron su reticencia. Se inclinó hacia adelante, presionando sus senos contra su pecho por un segundo más de lo necesario, sintiendo los pezones endurecerse al contacto. Daniel gimió bajito, los dedos apretando su cintura con fuerza suficiente para dejar marcas pálidas en su piel. — Me vas a matar — dijo, pero la sonrisa en su rostro desmentía la queja. — Promesas, promesas — provocó, apartándose finalmente para tomar la toalla. La tela felpuda absorbió el agua de su cabello con movimientos lentos, casi perezosos, mientras Daniel la observaba, los brazos cruzados sobre el pecho desnudo. Lara sabía que la estaba mirando—sentía el peso de su mirada como una caricia física, quemando dondequiera que se posara. Dejó caer la toalla sobre sus hombros, exponiendo sus senos por un instante antes de envolverse en ella, sujetándola entre los brazos. — ¿Te gusta verme así, verdad? — preguntó, girándose para enfrentarlo. — Me gusta verte de cualquier manera — respondió, la voz áspera. — Pero mojada, sudada, con los labios hinchados de besarme… esa es una imagen que me llevaré a la tumba. Lara sonrió, sintiendo el rostro calentarse. Se acercó a él, los pies descalzos haciendo un ruido suave en el piso húmedo, y pasó los dedos por su abdomen definido, sintiendo los músculos contraerse bajo el toque. — Tú tampoco estás nada mal — murmuró, inclinándose para besar su pecho, justo encima del pezón. — Pero creo que ya hemos explorado eso lo suficiente por hoy. Daniel sujetó su mentón, alzando su rostro para que sus ojos se encontraran. — Por hoy — repitió, enfatizando las palabras. — Esto no fue un adiós. — No lo fue — coincidió, la voz firme. — Pero tenemos que salir de aquí antes de que alguien nos atrape. Él suspiró, pero asintió, apartándose finalmente para tomar su propia toalla. Lara lo observó mientras se secaba, los movimientos eficientes, casi mecánicos, pero aún así cargados de una sensualidad inconsciente. Cada vez que pasaba la toalla por los brazos, los músculos se flexionaban; cuando se inclinó para secarse las piernas, la espalda ancha se estiró, mostrando la curva de la columna, los omóplatos prominentes. Mordió el labio, resistiendo el impulso de tocarlo de nuevo. — Me estás mirando como si quisieras devorarme — comentó, sin mirarla, una sonrisa jugando en sus labios. — Y a ti te encanta — respondió, tomando su ropa del banco donde la había dejado. Daniel rió, pero no lo negó. Vestirse después de algo así era una experiencia extraña. La ropa parecía ajena contra la piel, áspera y desconocida tras la suavidad del contacto mutuo. Lara se puso las bragas, sintiendo la tela húmeda pegarse a su piel aún sensible. Daniel la observaba, los ojos oscuros siguiendo cada movimiento, como si quisiera memorizar el ritual. — Tenemos que intercambiar números — dijo, finalmente, cuando ella estaba abotonándose la blusa. — Pensé que ya sabías el mío — bromeó, recordando las veces que había mirado su ficha en recepción. — Lo sé — admitió, sacando el celular del bolsillo de la mochila. — Pero quiero el tuyo personal. No el del gimnasio. Lara sonrió, tomando el aparato de su mano y tecleando su número rápidamente. Cuando terminó, no lo devolvió de inmediato. En cambio, lo sostuvo entre los dedos, mirándolo con una expresión pensativa. — ¿Y si quedamos para vernos fuera de aquí? — sugirió, la voz baja, casi vacilante. — En algún lugar donde no tengamos que preocuparnos por alumnos entrando o por el horario de cierre. Daniel arqueó una ceja, una sonrisa lenta extendiéndose por su rostro. — ¿Me estás invitando a una cita, Lara? — Te estoy invitando a algo más que una cita — respondió, devolviéndole el celular. — Te estoy invitando a una noche entera. — ¿Cuándo? — Mañana — dijo, sin dudar. — Mi apartamento. Ocho en punto. — Estaré allí — prometió, guardando el celular en el bolsillo. Lara terminó de vestirse en silencio, los movimientos ahora más rápidos, casi frenéticos. Sentía el tiempo presionando, como si cada segundo que pasaban allí fuera un riesgo innecesario. Cuando finalmente estuvo lista, se giró hacia Daniel, que ya se había puesto la camiseta y las zapatillas. — ¿Lista? — preguntó, extendiendo la mano. Ella entrelazó los dedos con los suyos, sintiendo la fuerza reconfortante de su apretón. — Más que nunca. Salieron del vestuario juntos, los pasos sincronizados, los cuerpos aún vibrando con la energía residual de lo que habían compartido. El pasillo estaba vacío, pero Lara sentía los ojos imaginarios de todos los asistentes del gimnasio sobre ellos, como si el olor a sexo y sudor fuera una marca visible en su piel. Daniel apretó su mano cuando llegaron a la recepción, un gesto discreto, pero cargado de significado. — Hasta mañana — murmuró, inclinándose para besar su mejilla. — Hasta mañana — respondió, sintiendo el calor de su aliento contra su piel. Y entonces se fue, empujando la puerta de vidrio y desapareciendo en la noche. Lara se quedó parada un momento, observándolo cruzar el estacionamiento, su silueta alta y ancha recortada contra la luz de los faroles. Cuando entró en el auto y encendió el motor, finalmente se giró, caminando hacia la salida con una sonrisa en los labios. El aire de la noche estaba fresco, pero apenas lo sintió. Su cuerpo aún ardía, la piel hormigueaba, como si cada terminación nerviosa estuviera sintonizada con la promesa de lo que estaba por venir. Abrió el auto, entró y encendió el motor, pero no se fue de inmediato. En cambio, apoyó la cabeza en el respaldo del asiento y cerró los ojos, dejando que las sensaciones la inundaran. El recuerdo de los labios de Daniel en los suyos. El peso de su cuerpo sobre el de ella. El sonido ahogado de los gemidos resonando en el vestuario. La forma en que la había mirado, como si fuera la única mujer en el mundo. Lara sonrió, sintiendo el corazón latir más rápido. Mañana. Apenas podía esperar. Con un suspiro, puso el auto en marcha y salió del estacionamiento, los faros cortando la oscuridad mientras conducía hacia casa. La noche apenas comenzaba. Y, si todo salía como esperaba, sería larga. Muy larga.

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