Sudor y Deseo

Por Tonkix
Sudor y Deseo
**Sudor y Deseo** Fernanda siempre iba al gimnasio a las seis de la mañana. Le gustaba el horario: poca gente, equipos libres, sin colas para nada. Tenía su rutina: cinta de correr veinte minutos, musculación cuarenta, estiramientos diez. Auriculares, playlist de electrónica, cero interacción social. Hasta que él apareció. Empezó un lunes. Fernanda estaba en la prensa de piernas cuando notó a un tipo nuevo en la zona de pesas libres. Alto, cabello oscuro cortado al rape, barba de dos días. Camiseta gris que se pegaba al pecho sudado. Brazos gruesos, espalda ancha, ese tipo de cuerpo que no viene de suplementos, sino de años de trabajo duro. Él la pilló mirando. Fernanda apartó la vista rápido, fingiendo ajustar el peso de la máquina. Sintió el rostro arder. El martes, él estaba allí de nuevo. Misma hora, misma zona. Esta vez, cuando sus miradas se cruzaron, él sonrió. Una sonrisa rápida, de medio lado, que hizo que algo se apretara en su estómago. El miércoles, él se acercó. Fernanda estaba llenando su botella en el bebedero cuando sintió a alguien detrás. —Hola. Disculpa que moleste. ¿Sabes si hay clase de spinning a las siete? La voz era grave, con un acento que ella no logró identificar. De cerca, era aún más guapo. Ojos verdes, una cicatriz en la ceja, olor a desodorante mezclado con sudor fresco. —Creo que sí. Está el cartel ahí en recepción —respondió, intentando sonar casual. —Gracias. Soy Marcos, por cierto. —Fernanda. Él le tendió la mano. El apretón fue firme, la palma cálida y áspera. Duró un segundo más de lo necesario. A partir de ahí, se volvió rutina. Llegaban a la misma hora, se saludaban con un gesto, a veces una frase entre series. Fernanda empezó a arreglarse más para el gimnasio: leggings nuevos, top que realzaba, perfume suave. Ridículo, lo sabía. Pero no podía evitarlo. El viernes de la segunda semana, Marcos apareció a su lado en el banco de press de banca. —¿Necesitas a alguien que te asegure? Fernanda aceptó. Él se colocó detrás de ella, manos posicionadas bajo la barra. Cuando empujó el peso, los ojos de él estaban fijos en ella, no en la barra. Sintió su mirada como un contacto físico. —¿Una más? —preguntó él. —Una más. En la última repetición, los brazos le fallaron. Marcos sujetó la barra con facilidad y la colocó de nuevo en el soporte. Luego se inclinó, el rostro cerca del suyo. —Buena serie —dijo en voz baja. El aliento de él era cálido en su rostro. Fernanda tragó saliva. Después del entrenamiento, fue al vestuario femenino. Se quitó la ropa sudada y entró en la ducha. El agua caliente cayó sobre sus hombros tensos y cerró los ojos, pensando en Marcos. En sus manos. En su mirada. En lo que haría si él estuviera allí con ella. Estaba tan perdida en sus pensamientos que casi no escuchó la puerta del vestuario abrirse. Casi. —¿Fernanda? La voz de Marcos. En el vestuario femenino. A las seis y cuarenta de la mañana, cuando no había nadie más. El corazón le latió con fuerza. Debería gritar. Debería echarlo. En cambio: —Aquí. Él apareció en la entrada del cubículo de la ducha. Todavía con la ropa de entrenamiento, la camiseta empapada de sudor. Sus ojos recorrieron el cuerpo desnudo de ella bajo el agua, sin prisa, sin vergüenza. —No aguanto más —dijo él—. Dos semanas mirándote. Necesito tocarte. Fernanda lo atrajo de la camiseta hacia dentro de la ducha. El agua empapó su ropa al instante. No importaba. Su boca encontró la de ella con un hambre que le quitó el aire de los pulmones. El beso era duro, urgente, con sabor a preentreno y deseo. Las manos de él —esas manos grandes con las que ella había fantaseado— agarraron su cintura, su trasero, sus muslos. La levantó contra los azulejos mojados. Fernanda gimió en su boca. Le quitó la camiseta empapada por encima de la cabeza. El pecho desnudo contra sus senos, el agua deslizándose entre sus cuerpos. Sintió su erección contra el vientre, dura incluso a través del short. —Quítatelo —ordenó, tirando del elástico del short. Marcos se lo quitó todo de un movimiento. Desnudo bajo el agua con ella. Su cuerpo era exactamente como ella lo había imaginado: músculos definidos, piel caliente, un camino de vello oscuro bajando desde el ombligo. La apretó contra la pared. Una mano le sujetó el muslo en alto mientras la otra bajaba entre sus piernas. Cuando los dedos de él la tocaron, Fernanda echó la cabeza hacia atrás y gimió fuerte. —Empapada —murmuró él en su oído—. ¿Todo esto es por mí? —Dos semanas pensando en esto —confesó jadeante. Marcos la estimuló con los dedos, rápido, preciso, el pulgar en el clítoris mientras dos dedos entraban y salían. El agua de la ducha caía sobre ellos, el vapor subía, el sonido de sus gemidos resonaba en los azulejos. —Te quiero ahora —dijo ella, atrayéndolo por las caderas. Marcos la levantó del suelo. Fernanda enredó las piernas alrededor de su cintura; los músculos de sus brazos ni siquiera temblaron con el peso. La posicionó y entró despacio, los dos gimiendo con el contacto. —Joder —soltó él entre dientes. Fernanda le clavó las uñas en los hombros. Era grande, la llenaba por completo. Cuando empezó a moverse —embestidas lentas y profundas—, ella perdió la capacidad de pensar. La pared mojada en la espalda, el agua cayendo, el cuerpo fuerte de él contra el suyo. Cada movimiento golpeaba en un punto perfecto. Fernanda gemía sin control, sin importarle si alguien los escuchaba. Marcos aceleró el ritmo. Los músculos de sus brazos se contraían al sostenerla en el aire. El sonido de los cuerpos chocando se mezclaba con el agua. —Más fuerte —pidió Fernanda. Él obedeció con un gruñido. Las embestidas se volvieron más duras, más rápidas. Fernanda sintió el orgasmo construirse, rápido, intenso, inevitable. —Marcos… voy a… —Córrete para mí —dijo él en su oído. Ella llegó con un grito que resonó en todo el vestuario. Su cuerpo se apretó alrededor de él, las piernas temblando, olas de placer que no cesaban. Marcos la siguió segundos después: hundió el rostro en su cuello, un gemido grave, el cuerpo entero tenso antes de relajarse. Se quedaron así bajo el agua, jadeantes, las frentes pegadas. —Esto fue… —empezó ella. —Mucho mejor que spinning —completó él. Fernanda rio. Él la bajó al suelo con cuidado, las piernas de ella temblorosas. Se vistieron en silencio, intercambiando miradas y sonrisas. En la puerta del vestuario, Marcos le sujetó el brazo. —¿Mañana, misma hora? Fernanda sonrió. —Mañana. Y todos los días después. El gimnasio a las seis de la mañana nunca volvió a ser el mismo.

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