Sudor y Deseo: Después de la Última Serie

Por Tonkix
Sudor y Deseo: Después de la Última Serie
**Sudor y Deseo: Después de la Última Serie** El gimnasio olía a sudor viejo y goma quemada, ese aroma acre que se impregnaba en las paredes después de horas de esfuerzo. Las luces fluorescentes zumbaban en voz baja, proyectando un brillo pálido sobre los equipos abandonados, como si hasta las mancuernas hubieran desistido de resistir al cansancio del día. El reloj en la pared marcaba veinte para las nueve, y la mayoría de los usuarios ya habían cambiado el crujido de las pesas por el silencio de las duchas o el ruido de las llaves en la cerradura. Solo quedaban algunos cuerpos testarudos, aquellos que insistían en exprimir hasta la última gota de energía antes de rendirse a la noche. Laura era una de ellos. Sus zapatillas chirriaban en el piso de goma mientras completaba la última repetición de la sentadilla, los músculos de los muslos ardiendo en protesta. El aire escapaba entre sus labios entreabiertos en un suspiro controlado, y cada descenso era un ejercicio de disciplina, cada ascenso una victoria minúscula. La barra de hierro apoyada sobre sus hombros no era ligera—nunca lo era—, pero a ella no le importaba. El peso era solo una prueba más de que aún podía ir más allá, de que aún no había llegado a su límite. Al otro lado de la sala, Rafael observaba. Estaba recostado en el soporte de mancuernas, los brazos cruzados sobre el pecho, los ojos oscuros fijos en ella con una intensidad que iba más allá del profesionalismo. No era la primera vez que la veía entrenar, pero había algo diferente esa noche. Tal vez fuera la forma en que el sudor resbalaba por la curva de su columna, desapareciendo bajo la tela húmeda de la camiseta negra. Tal vez fuera la manera en que mordía el labio inferior cuando el cansancio amenazaba con vencerla, un gesto involuntario que hacía que su estómago se contrajera. O tal vez fuera simplemente el hecho de que, después de meses de entrenamientos, finalmente admitía para sí mismo que ya no podía ignorar el deseo que se enroscaba en su pecho cada vez que ella entraba al gimnasio. —¿Una serie más? —preguntó él, la voz ronca, como si hubiera pasado el día entero hablando. Laura alzó los ojos, encontrándose con los suyos. Había un brillo desafiante allí, mezclado con algo más cálido, más peligroso. Se secó las palmas de las manos en las mallas, dejando marcas húmedas en la tela. —Solo dijiste que eran tres. —Ya lo sé. —Rafael dio un paso adelante, los dedos rozando levemente la barra de hierro antes de ajustar el peso—. Pero tienes cara de quien aguanta más. Ella rió, un sonido bajo y provocador que hizo que su sangre se calentara. —Solo quieres verme sufrir. —No lo niego. —Él sonrió, los dientes blancos contrastando con la piel bronceada—. Pero también quiero verte fuerte. Laura sostuvo su mirada un segundo más de lo necesario, como si estuviera evaluando hasta dónde podía llegar. Luego, respiró hondo y asintió. —Está bien. Solo una más. Él no se movió mientras ella se posicionaba nuevamente, los pies separados al ancho de las caderas, la espalda recta. Rafael conocía cada detalle de ese movimiento—la forma en que distribuía el peso, cómo inclinaba ligeramente la cadera hacia atrás, cómo sus dedos de los pies se curvaban dentro de las zapatillas cuando la carga se volvía demasiado pesada. Pero hoy, por primera vez, no estaba pensando en la técnica. Estaba pensando en cómo sería pasar las manos por esos muslos firmes, en cómo sería sentir el calor de su piel bajo los dedos. Laura comenzó a descender, lenta, controlada, y él siguió el movimiento con los ojos, hipnotizado. La tela de las mallas se estiraba sobre sus glúteos, delineando cada músculo en acción, y Rafael tuvo que tragar saliva. Cuando ella llegó al punto más bajo, las piernas temblando levemente, él dio un paso adelante sin pensar. —Respira —murmuró, la voz casi un susurro—. Expulsa el aire al subir. Ella obedeció, los labios abriéndose en un «ah» silencioso mientras se erguía, los músculos de las piernas contraídos en un esfuerzo visible. Rafael no resistió. Su mano derecha se movió por cuenta propia, posándose en la base de su columna, los dedos extendiéndose sobre la tela húmeda de la camiseta. —Así —dijo él, la voz más grave de lo que pretendía—. Perfecto. Laura no se apartó. El contacto fue leve, casi imperceptible, pero suficiente para enviar una corriente eléctrica por todo su cuerpo. Terminó la serie, colocando la barra de vuelta en el soporte con un estruendo metálico, y solo entonces se giró para enfrentarlo. El sudor le resbalaba por las sienes, pegando algunos mechones de cabello rubio en la frente, y sus ojos—verdes, intensos—brillaban con algo que iba más allá del cansancio. —¿Siempre tocas así a tus alumnas? —preguntó ella, la voz baja, casi un desafío. Rafael no se intimidó. En cambio, dejó que sus dedos se deslizaran suavemente por el costado de su cuerpo, siguiendo la curva de la cintura hasta el borde de la camiseta. —Solo a las que lo merecen —respondió, sonriendo. Laura no retrocedió. En lugar de eso, se inclinó ligeramente hacia adelante, acortando la distancia entre ellos. El olor a sudor y jabón de coco se mezclaba en el aire, y Rafael sintió el calor irradiando de ella, como si su cuerpo estuviera emitiendo una invitación silenciosa. —¿Y qué hice para merecerlo? —murmuró ella, los labios casi rozando su oreja. Él no respondió. En cambio, su mano subió, los dedos enredándose en la goma de su coleta, acercándola más. Laura no opuso resistencia. Sus cuerpos se aproximaron, la tela de las ropas rozándose, y por un segundo, el mundo pareció detenerse. Entonces, el sonido de una botella de agua siendo aplastada en el suelo rompió el hechizo. Los dos se apartaron bruscamente, como si los hubieran sorprendido haciendo algo prohibido. Rafael se pasó la mano por el rostro, intentando recuperar el control, mientras Laura ajustaba su camiseta, los dedos temblando ligeramente. —Tú… —empezó él, pero su voz falló. Carraspeó—. ¿Terminaste por hoy? Laura lo miró, los ojos aún oscuros de deseo, pero también con un destello de diversión. —Depende. ¿Me vas a dejar irme así? Rafael sonrió, lento y peligroso. —Ni lo sueñes. Ella mordió el labio, conteniendo una sonrisa. —Entonces creo que aún no he terminado. El gimnasio ya estaba casi vacío cuando Laura soltó las mancuernas con un suspiro controlado, las gotas de sudor resbalando por su sien y perdiéndose en el escote de la camiseta pegada a su cuerpo. El aire acondicionado zumbaba bajo, insuficiente para disipar el calor que aún emanaba de ella, un calor que no provenía solo del esfuerzo. Rafael observaba cada uno de sus movimientos, los brazos cruzados sobre el pecho amplio, los ojos oscuros siguiendo el camino de las gotas como si pudiera mapear cada curva bajo la tela húmeda. —Hoy arrasaste —dijo él, la voz ronca, rompiendo el silencio cargado—. Pero necesitas estirar. Esas sentadillas te pasarán factura mañana. Laura se giró hacia él, los labios entreabiertos en una sonrisa que no era solo de cansancio. Había algo más allí, una chispa que saltaba entre ellos desde la primera vez que él ajustó su postura, las manos firmes en su cintura, los dedos presionando levemente su piel. —¿Y tú me vas a ayudar con eso? —preguntó, la voz baja, casi desafiante. Rafael no respondió de inmediato. Solo extendió la mano, señalando el tatami en un rincón de la sala, donde ya estaba extendida una colchoneta. Laura fue delante, las caderas balanceándose de una manera que no era intencional, pero que hacía hervir su sangre. Cuando se acostó boca arriba, los músculos aún temblando levemente por el esfuerzo, él se arrodilló a su lado, las manos flotando sobre sus piernas antes de tocarla. —Relájate —murmuró, los dedos finalmente posándose en su pantorrilla, cálida y firme—. No muerdo. Laura soltó una risa corta, pero el sonido murió en su garganta cuando las manos de él comenzaron a deslizarse hacia arriba, presionando con precisión los puntos de tensión. El toque era profesional, pero había una lentitud deliberada, una atención que iba más allá del estiramiento. Rafael masajeaba la parte posterior de su muslo, los pulgares trazando círculos profundos, y Laura sintió que el aire se le atascaba en los pulmones cuando los dedos rozaron el pliegue de su rodilla, un punto tan sensible que casi gimió. —Eso… —susurró, los ojos cerrándose por un instante—. Es bueno. —¿Solo bueno? —La voz de él era un murmullo, casi un ronroneo. Las manos subieron más, deteniéndose en la curva de su cadera, los dedos infiltrándose bajo el dobladillo de la camiseta para encontrar la piel desnuda—. Puedo hacerlo mejor. Laura abrió los ojos. El rostro de él estaba demasiado cerca, los labios a centímetros de los suyos, su aliento caliente mezclándose con el de ella. El olor a sudor y jabón masculino invadió sus sentidos, y por un momento, se preguntó si él podía escuchar el latido acelerado de su corazón. —Entonces hazlo —desafió, la voz más ronca de lo que pretendía. Rafael no necesitó más incentivo. Sus manos se deslizaron hacia sus costillas, los dedos extendiéndose como si quisiera memorizar cada centímetro. Laura arqueó ligeramente la espalda, un movimiento instintivo que hizo que la camiseta subiera aún más, exponiendo la piel húmeda de su vientre. Él no apartó la mirada. En cambio, se inclinó un poco más, los labios casi rozando el lóbulo de su oreja cuando habló: —¿Tienes idea de lo que me haces cuando entrenas así? —La pregunta era retórica, pero él esperó, los dedos trazando círculos perezosos en su costado—. Cada gota de sudor, cada gemido cuando el peso se vuelve demasiado… Me quedo imaginando cómo sería escucharte gemir por otros motivos. Laura sintió que todo su cuerpo reaccionaba a esas palabras. Un calor líquido se extendió entre sus piernas, y mordió el labio para contener un sonido que amenazaba con escapar. Rafael lo notó. Claro que lo notó. Sus ojos se oscurecieron, y sus manos, antes contenidas, ahora se deslizaban con más audacia, los pulgares rozando la parte inferior de sus senos por encima de la tela deportiva. —Rafael… —Su nombre salió como una súplica, pero no sabía si le pedía que parara o que continuara. —¿Qué? —Él sonrió, lento, peligroso—. ¿Quieres que pare? Ella no respondió. En cambio, levantó la mano y enredó los dedos en el cuello de su camiseta, acercándolo más. El movimiento fue suficiente para que sus cuerpos se alinearan, su muslo presionando entre las piernas de ella, el calor de su cuerpo atravesando la tela fina de las mallas. Rafael no resistió. Se inclinó hasta que sus labios estuvieron a un hilo de distancia de los de ella, pero no la besó. Todavía no. En cambio, dejó que su aliento cálido la provocara, mientras sus manos bajaban para sujetar sus caderas con firmeza, los dedos clavándose levemente en su carne. —Estás temblando —observó, la voz un susurro ronco. —No es de frío —admitió ella, los ojos fijos en los de él. —Ya lo sé. Y entonces, por fin, la besó. No fue un beso suave, de descubrimiento. Fue un beso hambriento, de quien se había contenido demasiado tiempo. Sus labios eran cálidos, exigentes, y cuando su lengua invadió su boca, Laura gimió contra él, las uñas clavándose en sus hombros anchos. Rafael respondió con un gruñido bajo, las manos deslizándose hacia su espalda, acercándola más, como si quisiera fundir sus cuerpos. Por un momento, el mundo se redujo a ese contacto: el sabor salado del sudor mezclado con el mentolado del chicle que él había masticado antes, el calor de su piel contra la de ella, el sonido ahogado de los gemidos que escapaban entre sus labios. Pero entonces, como si despertara de un sueño, Rafael se apartó bruscamente, los ojos muy abiertos por un segundo. —Mierda —murmuró, pasándose la mano por el rostro—. No podemos hacer esto aquí. Laura parpadeó, el cuerpo aún palpitando por el beso interrumpido. Sabía que él tenía razón, pero la frustración era casi insoportable. —¿Entonces dónde? —preguntó, la voz firme a pesar del temblor en sus manos. Rafael la miró, los ojos oscuros ardiendo de deseo. Por un instante, dudó. Pero entonces, como si hubiera tomado una decisión, se levantó con un movimiento fluido y le tendió la mano. —Ven conmigo. Laura no preguntó adónde. Solo tomó su mano y dejó que la arrastrara fuera del tatami, los cuerpos aún vibrando con la tensión no resuelta. Mientras caminaban por el pasillo casi vacío del gimnasio, sintió su mirada sobre ella, intensa, como si pudiera desnudarla allí mismo. Y, por primera vez, no le importó. El pasillo del gimnasio estaba casi desierto, iluminado solo por las luces indirectas que bañaban las paredes en un tono ámbar suave. El aire olía a sudor seco y desinfectante, pero bajo eso, Laura percibía el perfume de Rafael—algo cítrico y amaderado, mezclado con el calor de su piel aún cerca de la suya. Las manos que la habían guiado hasta allí ahora sostenían la suya con firmeza, los dedos entrelazados como si temieran soltarse. No necesitaba mirar para saber que sus ojos la quemaban, escudriñando cada curva bajo la tela húmeda de las mallas y el top deportivo. —Estás temblando —murmuró él, la voz ronca, casi un susurro. Laura no respondió. No era solo el frío del aire acondicionado lo que la hacía estremecer. Era el eco de aquel beso interrumpido, el recuerdo de su lengua explorando la suya con una hambre que nunca antes había visto en él. Y ahora, con su mano en la suya, cada paso hacia la sala de masajes parecía un paso más profundo en un territorio prohibido. La puerta se abrió con un clic suave. Rafael la empujó hacia adentro y, antes de que Laura pudiera procesar el ambiente—el tatami en el suelo, las paredes acolchadas, la luz tenue filtrada por una cortina de lino—, la empujó contra la puerta en cuanto esta se cerró. Su cuerpo era una pared de músculos calientes, el pecho subiendo y bajando contra el de ella en un ritmo acelerado. —Rafael… —empezó ella, pero las palabras murieron cuando él inclinó la cabeza, los labios rozando el lóbulo de su oreja. —Di mi nombre otra vez —pidió él, la respiración caliente contra su piel—. Di que te duele. Laura cerró los ojos. No era mentira. Los músculos de su espalda palpitaban, tensos por el esfuerzo de las sentadillas, pero la incomodidad ahora parecía insignificante frente al fuego que se extendía por su cuerpo. Mordió el labio inferior, sintiendo el sabor metálico de la sangre, y dejó escapar un gemido bajo cuando sus manos se deslizaron por su cintura, acercándola más. —En la espalda —logró decir, la voz quebrada—. Me… molesta. Rafael soltó un sonido gutural, algo entre una risa y un gruñido, y la giró bruscamente, presionándola contra la puerta ahora con su espalda pegada al pecho de él. Sus manos grandes descendieron por sus brazos, lentas, posesivas, como si estuviera memorizando cada centímetro de esa piel bajo sus dedos. Cuando llegaron a sus hombros, presionó los pulgares en la base de su cuello, masajeando en círculos firmes. —¿Aquí? —preguntó, la voz un gruñido. Laura arqueó la espalda involuntariamente, un suspiro escapando de sus labios. Los dedos de él eran mágicos, aliviando la tensión y, al mismo tiempo, creando una nueva, más profunda, más peligrosa. Sintió el calor de su cuerpo en su espalda, la erección presionando contra la curva de su trasero, y un escalofrío recorrió su columna. —Más… abajo —pidió, la voz casi inaudible. Rafael no dudó. Sus manos se deslizaron por su columna, los dedos abriéndose paso bajo el elástico del top, empujando la tela hacia arriba hasta que la piel desnuda quedó expuesta a su tacto. Laura se estremeció cuando sus palmas cálidas se extendieron por su espalda, los pulgares trazando líneas lentas a lo largo de su columna, bajando, bajando, hasta detenerse justo encima de la cintura de las mallas. —¿Aquí? —repitió, la voz más áspera. Ella asintió, incapaz de hablar. Sus manos eran una contradicción—lo suficientemente firmes para aliviar el dolor, lo suficientemente suaves para enloquecerla. Cuando sus dedos se movieron hacia los lados, contorneando sus costillas, Laura contuvo la respiración. Él estaba tan cerca, tan *dentro* de su espacio, que podía oler el sudor de él mezclado con el perfume del jabón que usaba. Era embriagador. —Rafael… —gimió, cuando sus manos finalmente encontraron el punto exacto de tensión, justo debajo de los omóplatos. —Shhh —murmuró él, los labios rozando la curva de su hombro—. Déjame cuidar de ti. Laura no tenía elección. No cuando la tocaba así, como si cada centímetro de ella fuera algo precioso. Sus manos bajaron más, los dedos enganchándose en el elástico de las mallas, tirando de ellas hacia abajo solo lo suficiente para exponer la parte superior de sus nalgas. Sintió el aire frío de la sala contra su piel húmeda, pero el calor de su cuerpo pronto la calentó de nuevo. —Eres hermosa —susurró él, los labios ahora en su cuello, besando, mordisqueando, mientras sus manos continuaban su exploración lenta y torturante—. Tan fuerte… tan perfecta. Laura gimió cuando sus dedos encontraron un punto particularmente sensible, justo encima del coxis. Se arqueó contra él, sintiendo su erección presionar con más fuerza, y un sonido estrangulado escapó de la garganta de Rafael. —Mierda, Laura… —gruñó, sus manos apretando sus caderas por un segundo antes de volver a masajear, ahora con más urgencia—. No tienes idea de lo que me haces. Ella sí lo sabía. Porque sentía lo mismo—una necesidad cruda, un deseo que iba más allá de lo físico. Era como si, después de meses de entrenamientos, de miradas robadas, de palabras no dichas, por fin hubieran cruzado una línea de la que no había vuelta atrás. Las manos de Rafael se deslizaron hacia adelante, contorneando su cintura, los dedos infiltrándose bajo el top hasta encontrar la piel suave de su vientre. Laura contuvo la respiración cuando la atrajo hacia atrás, pegándola aún más contra su cuerpo. Podía sentir cada músculo de él, cada latido acelerado de su corazón contra su espalda. —Rafael… —susurró, la voz temblorosa—. Esto ya no es masaje. Él rio bajito, un sonido oscuro y delicioso, y mordió el lóbulo de su oreja. —¿No? —preguntó, sus manos subiendo hasta que sus dedos rozaron la parte inferior de sus senos—. ¿Entonces qué es? Laura no respondió. No podía. Porque en el momento en que sus pulgares encontraron sus pezones, ya duros bajo la tela deportiva, perdió la capacidad de formar palabras. Un gemido escapó de sus labios, y se apretó contra él, las caderas moviéndose en un ritmo instintivo. Rafael gimió, sus manos apretando sus senos por un segundo antes de soltarlos y girarla nuevamente, esta vez para enfrentarlo. Sus ojos estaban oscuros, casi negros, llenos de un hambre que nunca antes había visto. La empujó contra la puerta, las manos sujetando su rostro con una urgencia que la dejó sin aliento. —¿Quieres que pare? —preguntó, la voz ronca. Laura sabía que debería decir que sí. Sabía que aquello estaba mal, que estaban cruzando una línea profesional, que después de esto nada sería igual. Pero cuando la miraba así, como si ella fuera lo único que importaba en el mundo, no podía pensar en nada más. —No —susurró, sus manos subiendo para agarrar sus hombros—. No pares. Rafael no necesitó más incentivo. Con un gruñido, la levantó del suelo, sus manos firmes bajo sus muslos, los dedos hundiéndose en su carne mientras ella instintivamente envolvía las piernas alrededor de su cintura. El peso de ella le resultaba familiar, pero ahora llevaba un significado diferente—ya no era el de una alumna bajo su cuidado, sino el de una mujer que lo deseaba tanto como él a ella. Laura soltó un suspiro cuando su espalda encontró la pared fría, un contraste delicioso con el calor que ardía entre ellos. Sus brazos se enredaron en su cuello, los dedos perdiéndose en los mechones oscuros y húmedos de sudor que escapaban de su moño deshecho. —¿Tienes idea de lo que me haces? —La voz de Rafael era un gruñido ronco, los labios rozando el lóbulo de su oreja mientras hablaba. Cada palabra vibraba contra su piel sensible, arrancándole un escalofrío que recorrió su columna—. Cada vez que gimes, cada vez que tu cuerpo responde a mi toque… pierdo un poco más el control. Ella no respondió con palabras. En cambio, lo acercó más, las caderas moviéndose en un ritmo lento y provocador, buscando la fricción que ambos anhelaban. La tela fina de sus mallas y el short de Rafael eran una barrera insuficiente, y el roce entre ellos era casi insoportable. Laura mordió su labio inferior, los dientes hundiéndose en la carne suave mientras sentía su erección presionando exactamente donde más lo necesitaba. Un gemido escapó de su garganta, demasiado alto, y no le importó. Rafael gimió en respuesta, sus dedos apretando aún más sus muslos, como si quisiera marcarla. —*Mierda, Laura…* —Inclinó la cabeza, capturando su boca en un beso voraz, su lengua invadiendo con una urgencia que no dejaba espacio para dudas. Ella correspondió con la misma intensidad, sus labios moviéndose contra los de él en un ritmo que imitaba lo que sus cuerpos pronto harían. Cuando se apartó, fue solo lo suficiente para respirar, sus ojos oscuros fijos en los de ella, ardiendo con una promesa que hizo que su estómago se contrajera. —*Voy a follarte aquí, contra esta pared* —murmuró, la voz áspera, casi una advertencia—. *Y vas a correrte tan fuerte que olvidarás hasta tu propio nombre.* Debería haberse sentido intimidada. Debería haber dudado, al menos un poco. Pero todo lo que logró fue una sonrisa lenta, los labios aún hinchados por los besos, mientras arqueaba la espalda, ofreciéndose a él. —*Entonces deja de hablar y hazlo.* Fue suficiente. Rafael no perdió tiempo. Con una mano, apartó sus mallas, los dedos encontrando la humedad que ya resbalaba entre sus piernas. Laura gimió alto, el sonido resonando en la pequeña sala, las uñas clavándose en sus hombros mientras la tocaba con una precisión que la dejaba al borde del abismo. —*Tan mojada…* —susurró, los dedos rodeando su clítoris con una presión que la hizo temblar—. *¿Todo esto es para mí?* —Solo para ti —logró decir, la voz entrecortada, las caderas moviéndose en busca de más—. Siempre ha sido solo para ti. Las palabras parecieron encender algo dentro de él. Con un gruñido, Rafael apartó los dedos y, con un movimiento rápido, bajó su short, liberando su erección, ya palpitante de deseo. Laura no apartó la mirada, sus labios entreabriéndose en anticipación mientras él se posicionaba entre sus piernas. El primer contacto fue casi demasiado—el calor, la presión, la sensación de ser llenada de una manera que iba más allá de lo físico. —Respira —ordenó él, la voz baja, los labios rozando su sien mientras se enterraba lentamente, centímetro a centímetro, dándole tiempo para adaptarse. Pero Laura no quería lentitud. Quería todo. Con un movimiento brusco de sus caderas, lo atrajo hacia adentro, hasta que no hubo más espacio entre ellos. Rafael soltó un improperio ahogado, sus manos apretando sus muslos con fuerza suficiente para dejar marcas. —*Joder, Laura…* —Se retiró solo para volver con más fuerza, estableciendo un ritmo que era a la vez castigador y delicioso. Cada embestida le arrancaba un gemido, el sonido mezclándose con los ruidos húmedos de sus cuerpos unidos, con el sonido de sus respiraciones entrecortadas, con el crujido suave de la pared detrás de ellos. Laura se aferró a él como si su vida dependiera de ello, las uñas arañando su espalda ancha, los dientes hundiéndose en su hombro cuando la sensación se volvió casi insoportable. —*Más* —suplicó, la voz quebrada—. *Más fuerte.* Rafael no necesitó más incentivo. Cambió el ángulo, sus caderas golpeando contra las de ella con una fuerza que hacía temblar la pared, cada movimiento calculado para alcanzar el punto exacto que la hacía ver estrellas. Laura sintió que el orgasmo se acercaba, una ola de calor que comenzaba en su vientre y se extendía por todo su cuerpo, dejándola mareada, desesperada. —*Voy a… voy a…* —Córrete para mí —ordenó él, la voz un gruñido contra su cuello—. *Ahora.* Y ella obedeció. El clímax la golpeó como un rayo, todo su cuerpo contrayéndose en espasmos mientras olas de placer la atravesaban, robándole el aliento. Laura gritó, el sonido ahogado contra el hombro de Rafael, sus piernas temblando alrededor de él mientras se entregaba por completo a la sensación. Él no se detuvo, sus movimientos volviéndose más erráticos, más desesperados, como si quisiera prolongar su placer lo más posible. Pero entonces, con un gemido gutural, Rafael se enterró profundamente dentro de ella, su cuerpo tensándose mientras encontraba su propia liberación. Laura sintió cada pulsación, cada espasmo, el calor extendiéndose dentro de ella mientras él se corría, sus labios presionados contra su cuello en un beso que era a la vez posesivo y reverente. Por un momento, los dos se quedaron allí, inmóviles, los cuerpos sudorosos pegados el uno al otro, sus respiraciones entrecortadas mezclándose en el aire cargado de la sala. Rafael apoyó su frente contra la de ella, los ojos cerrados, como si estuviera tratando de memorizar cada detalle de ese momento. Laura pasó los dedos por su cabello húmedo, el toque suave contrastando con la intensidad de lo que acababa de suceder. —Esto fue… —empezó ella, la voz aún temblorosa, sin saber cómo poner en palabras lo que sentía. Rafael abrió los ojos, su mirada oscura fija en la de ella, llena de algo que iba más allá del deseo. —*Solo el principio* —completó, la voz baja, pero firme, como una promesa. Y entonces, antes de que ella pudiera responder, la besó de nuevo, lento y profundo, como si tuviera todo el tiempo del mundo. Laura sintió que su cuerpo respondía, incluso exhausto, incluso saciado—porque sabía, en el fondo, que él tenía razón. No habían terminado. Ni de cerca. El tatami frío bajo su espalda contrastaba con el calor que aún palpitaba entre ellos, como brasas bajo cenizas. Laura dejó que el peso de su cuerpo se hundiera en el suelo, los músculos relajándose en una languidez que solo el placer más profundo podía proporcionar. Cada respiración era un suspiro largo, el aire escapando de sus labios entreabiertos mientras observaba a Rafael acostarse a su lado, el pecho amplio subiendo y bajando en un ritmo que imitaba el suyo. El sudor se secaba lentamente en su piel, dejando una capa fina de sal que brillaba bajo la luz amarillenta de la sala, como si hasta el aire estuviera impregnado de su olor—hierro, cuero de los equipos, el perfume cítrico del desodorante de Rafael mezclado con el almizcle natural de sus cuerpos. Él giró el rostro hacia ella, un mechón de cabello húmedo pegado a su frente, los labios aún rojos por los besos. Una sonrisa lenta se dibujó en su rostro, perezosa, satisfecha, como si acabara de descubrir un secreto que solo ellos dos compartían. —Estás destrozada —murmuró, la voz ronca, pasando el pulgar por el contorno de su hombro, donde la piel aún temblaba con los últimos espasmos del orgasmo. Laura rió, un sonido bajo y gutural, y extendió la mano para tocar su pecho, sintiendo el corazón latir con fuerza bajo sus dedos. —Y tú te estás jactando —replicó, pero no había acusación en su voz, solo una complicidad que calentaba más que cualquier toque—. Pensé que los entrenadores personales estaban entrenados para no dejar así a sus alumnas. Rafael arqueó una ceja, sus ojos oscuros brillando con malicia. —Nunca dije que siguiera las reglas. —Se apoyó en un codo, inclinándose sobre ella, su cuerpo grande proyectando una sombra que la envolvió como un manto—. Además, aguantaste más de lo que esperaba. La mayoría de la gente habría abandonado a la mitad. —Es porque no me conoces bien —Laura lo provocó, enredando un mechón de su cabello entre los dedos—. No me rindo fácilmente. —Ya me di cuenta. —Su mano se deslizó por su brazo, trazando venas y músculos con una intimidad que iba más allá de lo físico—. Y es por eso que el próximo entrenamiento será aún más intenso. Ella soltó una risa, pero su cuerpo reaccionó antes que su mente, un escalofrío recorriendo su columna. No era miedo. Era anticipación. —¿Ah, sí? —Laura alzó la barbilla, desafiante—. ¿Y qué es exactamente lo que tienes en mente? Rafael no respondió de inmediato. En cambio, se inclinó más, sus labios rozando su oreja mientras susurraba: —Estaba pensando en trabajar estos músculos aquí… —Su mano bajó, los dedos trazando círculos lentos en la parte interna de su muslo, lo suficientemente cerca para hacer que todo su cuerpo se contrajera—. Y aquí… —El toque subió, pasando por su vientre, hasta detenerse sobre su seno, el pulgar rozando su pezón ya sensible—. Y, por supuesto, no podemos olvidarnos de este. —La otra mano se deslizó entre sus piernas, dos dedos presionando levemente contra su clítoris aún hinchado, haciéndola arquear ligeramente la espalda. Laura mordió su labio, los ojos cerrándose por un instante. Cuando los abrió, encontró su mirada, oscura y hambrienta, como si ya estuviera imaginando cada detalle de lo que vendría. —Eres imposible —murmuró, pero no había fuerza en su queja. Solo un deseo que ya comenzaba a despertar de nuevo, como una llama que se negaba a apagarse. —Y a ti te encanta —respondió Rafael, su voz un ronroneo. Se acercó, sus labios casi tocando los de ella—. Admítelo. Ella no lo admitió. En cambio, lo atrajo hacia un beso, lento y profundo, sus lenguas enredándose con una familiaridad que los sorprendió. Cuando se separaron, Laura sonrió, sus dedos aún entrelazados en su cabello. —Está bien —dijo, la voz baja, casi un secreto—. Pero esta vez, yo elijo los ejercicios. Rafael rió, un sonido rico y vibrante, y rodó sobre su espalda, atrayéndola sobre su pecho. Laura se acomodó sobre él, sintiendo el ritmo firme de su corazón contra su rostro, sus manos deslizándose por su espalda en una caricia que era a la vez posesiva y tierna. —Trato hecho —aceptó—. Pero solo si prometes no ir con tanta sed al cántaro. Todavía tengo que verte mañana, ¿recuerdas? —No prometo nada —respondió Laura, levantándose para besarlo de nuevo, su cabello cayendo como una cortina alrededor de ambos—. Después de todo, tú eres el profesional. Si no aguantas, el problema es tuyo. Rafael gimió, pero era un sonido de rendición, no de protesta. Sus manos apretaron su cintura, acercándola más, como si quisiera fundir sus cuerpos en uno solo. —Vas a matarme —murmuró contra sus labios. —Pero qué dulce muerte —susurró Laura de vuelta, antes de perderse de nuevo en el calor de su boca. El reloj en la pared marcaba casi la medianoche cuando finalmente se levantaron, los cuerpos aún temblorosos, la ropa arrugada y olvidada en algún rincón de la sala. Rafael ayudó a Laura a ponerse la camiseta, sus dedos demorándose más de lo necesario en su piel, como si no quisiera que ese momento terminara. Cuando ella se giró hacia él, ya lista para irse, la tomó del rostro entre sus manos y la besó una última vez, lento y prolongado, como si estuviera grabando su sabor en la memoria. —Mañana —dijo él, la voz firme, pero sus ojos llenos de una promesa que iba más allá de las palabras. Laura sonrió, pasando los brazos alrededor de su cuello. —Mañana —repitió, y entonces, con una última mirada cargada de deseo, salió de la sala, dejando atrás el eco de una risa baja y satisfecha. Afuera, la noche estaba fresca, pero Laura apenas sintió el viento. El calor que llevaba dentro era suficiente para calentarla por horas. Mientras caminaba hacia su auto, una sensación de plenitud la invadió, algo que iba más allá del placer físico. Era la certeza de que, por primera vez en mucho tiempo, no estaba solo entrenando su cuerpo. Estaba entrenando para algo mucho, mucho más intenso.

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