Sudor y Deseo: Después de la Última Serie
Por Tonkix

**Sudor y Deseo: Después de la Última Serie**
El gimnasio respiraba en silencio, un suspiro largo y cansado después de horas de gruñidos, pesas golpeando el suelo y el zumbido constante de las máquinas. Las luces de los reflectores, amarillentas y difusas, recortaban sombras alargadas sobre el piso de goma negra, como si hasta las mancuernas abandonadas se hubieran arrastrado para descansar. Solo tres lámparas seguían encendidas sobre el área de musculación, dejando el resto del espacio sumido en penumbra—lo suficiente para que los espejos reflejaran solo fragmentos: un brazo aquí, una pierna allá, el brillo de un anillo olvidado sobre un banco.
Laura apoyó las manos en las rodillas, los dedos hundiéndose en la piel húmeda de los muslos, y dejó escapar el aire lentamente entre los dientes. El sudor le resbalaba por la nuca, pegando los mechones sueltos de la coleta a la piel, y sintió el peso del entrenamiento en los músculos—ese ardor placentero, casi adictivo, que comenzaba en las pantorrillas y subía hasta la zona lumbar, como si cada fibra estuviera siendo estirada y rehecha. Cinco series de sentadillas con barra. Veinte repeticiones. La última había sido la más difícil, pero ella no se rendiría. Nunca se rendía.
— *Una más.* La voz de Rafael llegó baja, casi un murmullo, pero cargada de una autoridad que no admitía discusión.
Ella alzó la mirada. Él estaba parado a dos pasos de distancia, los brazos cruzados sobre el pecho ancho, los bíceps marcando la camiseta negra ajustada. La luz suave de los reflectores delineaba el contorno de sus hombros, la línea firme de la mandíbula, la sombra de una barba incipiente que Laura sabía que raspaba cuando él hablaba demasiado cerca. Sus ojos—oscuros, casi negros bajo las cejas gruesas—estaban fijos en ella, evaluando, calculando. No era solo una mirada profesional. Había algo más allí, algo que hacía que su estómago diera un vuelco lento, como si estuviera en la cima de una montaña rusa.
— *Dijiste que era la última,* protestó, pero la voz le salió entrecortada, delatando el cansancio.
Rafael sonrió, un lado de la boca levantándose en un gesto que Laura ya conocía bien: era la sonrisa de quien sabía que iba a ganar. Dio un paso adelante, acortando la distancia entre ellos, y extendió la mano.
— *Mentí.*
Las yemas de sus dedos rozaron la barra de hierro que ella aún sostenía, y Laura sintió el calor de esa mano incluso a través del metal. Él no la tocó—no todavía—, pero la proximidad fue suficiente para que percibiera su olor: sudor limpio, mezclado con el aroma cítrico de un desodorante caro y algo más, algo primitivo, que le secó la boca.
— *Postura,* ordenó, la voz ahora más grave, casi un gruñido. — *Pies alineados con los hombros. Las rodillas no pueden pasar la punta de los pies. Y respira hondo antes de bajar, como si te estuvieras sumergiendo.*
Laura obedeció, ajustando los pies en el suelo. El peso de la barra en la espalda era familiar, casi reconfortante, pero la presencia de Rafael detrás de ella—tan cerca que podía sentir el calor de su cuerpo irradiando contra su espalda—lo convertía todo en algo nuevo. Algo peligroso.
— *Así.* Su mano se deslizó por su columna, firme, corrigiendo la curvatura de la espalda. — *Mantén el pecho abierto. Te estás cerrando.*
Los dedos de Rafael bajaron hasta la zona lumbar, presionando levemente, y Laura tuvo que morderse el labio para no gemir. No era dolor. Era otra cosa—una corriente eléctrica que recorrió su columna y se instaló entre sus piernas, latiendo al ritmo acelerado de su corazón.
— *Ahora baja.*
Ella obedeció, controlando el movimiento, sintiendo cada músculo arder. Cuando llegó al punto más bajo, Rafael se inclinó sobre ella, la boca casi rozando su oreja.
— *Perfecta.* La palabra fue un susurro cálido, húmedo, y Laura sintió su aliento en el cuello, erizando los vellos de sus brazos. — *Ahora sube. Despacio.*
Ella subió, pero no fue solo el peso de la barra lo que la hizo temblar. Fue su mano, que ahora se deslizaba por el costado de su cuerpo, acompañando el movimiento, como si estuviera memorizando cada curva. Cuando finalmente enderezó el cuerpo, Rafael no se apartó. Se quedó allí, detrás de ella, tan cerca que Laura podía sentir su pecho rozando su espalda con cada respiración.
— *Bien,* murmuró, y esta vez no había duda: su voz sonaba diferente. Más ronca. Más íntima. — *Muy bien.*
Laura se giró lentamente, aún sosteniendo la barra, y encontró sus ojos. Por un segundo, ninguno de los dos se movió. El aire entre ellos parecía cargado, como antes de una tormenta, y Laura sintió el impulso de inclinarse hacia adelante, de cerrar los pocos centímetros que los separaban. Pero entonces Rafael parpadeó, como si despertara de un sueño, y dio un paso atrás.
— *Eso es todo por hoy,* dijo, la voz volviendo al tono profesional. Casi. — *Lo hiciste bien.*
Laura soltó la barra con un *clank* que resonó en el salón vacío, y el sonido pareció romper el hechizo. Se pasó la mano por el rostro, secándose el sudor, e intentó ignorar cómo su cuerpo aún palpitaba, como si cada terminación nerviosa estuviera sintonizada con él.
— *Necesito agua,* dijo, más para sí misma que para él.
Rafael asintió, pero no se movió. En cambio, extendió la mano nuevamente, esta vez para tocar su brazo—un gesto rápido, casi imperceptible, pero que hizo que Laura contuviera la respiración.
— *Después del estiramiento,* sugirió, los dedos rozando la piel húmeda de su antebrazo. — *Tengo una técnica nueva. Ayuda con la flexibilidad.*
Laura lo miró, tratando de descifrar qué había detrás de esas palabras. ¿Era una invitación? ¿Una provocación? ¿O solo otra parte del entrenamiento?
— *Está bien,* aceptó, porque no había otra respuesta posible. Porque, en el fondo, quería saber hasta dónde podía llegar aquello.
Rafael sonrió, lento y satisfecho, como si acabara de ganar una apuesta que ni siquiera sabía que estaba haciendo.
— *Entonces vamos.* Hizo un gesto hacia las colchonetas en el rincón del gimnasio, donde la luz de los reflectores se derramaba en un círculo dorado, invitador. — *Después de la última serie, viene el estiramiento.*
Laura siguió a Rafael hasta las colchonetas, el piso frío del gimnasio contrastando con el calor que aún irradiaba de su piel. El sudor se secaba lentamente, dejando una capa fina de sal en los hombros, la espalda, entre los senos—un recordatorio táctil de cada repetición, cada gota que había resbalado mientras él la observaba con esos ojos oscuros, atentos. Ahora, bajo la luz dorada de los reflectores, el espacio parecía más pequeño, más íntimo, como si el resto del mundo se hubiera disuelto en las sombras.
— *Acuéstate aquí,* dijo, señalando la colchoneta más cercana. Su voz era baja, profesional, pero había un timbre nuevo en ella, algo que hizo que el estómago de Laura se contrajera.
Ella obedeció, acostándose boca arriba, los músculos aún temblando levemente por el esfuerzo. Rafael se arrodilló a su lado, sus manos grandes posándose sobre sus rodillas. El contacto fue ligero, casi clínico, pero Laura sintió cada yema de sus dedos como una marca caliente contra su piel.
— *Primero, las piernas,* murmuró, presionando una de ellas contra su pecho. — *Respira hondo.*
Ella obedeció, inhalando lentamente, y cuando soltó el aire, Rafael profundizó el estiramiento, empujando la rodilla un poco más cerca. Laura mordió su labio inferior, no por dolor, sino por la sensación inesperada—el músculo estirándose, sí, pero también la palma de su mano deslizándose por el muslo, los dedos demorándose un segundo más de lo necesario en la parte interna de la pierna.
— *¿Lo sientes?* preguntó, los ojos fijos en los de ella.
— *Sí,* respondió, la voz más ronca de lo que pretendía.
Rafael sonrió, un lado de la boca levantándose. — *Bien. Eso significa que está funcionando.*
Repitió el movimiento con la otra pierna, y esta vez, cuando sus dedos rozaron la piel sensible de la ingle, Laura no pudo contener un escalofrío. Rafael lo notó. Claro que lo notó. Sus ojos se oscurecieron por un instante, pero no se detuvo, no retrocedió. Solo continuó, como si ese contacto fuera parte natural del proceso.
— *Ahora la espalda,* dijo, ayudándola a girarse boca abajo.
Laura apoyó la frente en los brazos cruzados, sintiendo la colchoneta áspera contra su mejilla. Rafael se colocó detrás de ella, sus manos grandes apoyadas sobre sus hombros. Comenzó a masajear en círculos lentos, los pulgares presionando puntos específicos—no solo para aliviar la tensión, sino para explorar, para descubrir dónde era más sensible.
— *Aquí,* murmuró, los dedos bajando por su columna. — *Estás muy tensa.*
Laura gimió suavemente cuando llegó a la base de la espalda, justo encima de la cintura. — *Es el peso de las sentadillas,* intentó explicar, pero las palabras le salieron entrecortadas.
— *O es el peso de algo más,* respondió, la voz casi un susurro.
Ella no tuvo tiempo de responder. Sus manos se deslizaron hacia las caderas, tirando de ella levemente hacia atrás, como si quisiera ajustar su posición. Pero el movimiento la hizo arquear la espalda sin querer, y de repente, Laura sintió el calor de su cuerpo más cerca, su respiración caliente contra la nuca.
— *Rafael…*
— *Shhh,* la interrumpió, los dedos trazando un camino lento por el costado de su cuerpo, desde la cintura hasta la costilla. — *Solo un poco más.*
Laura cerró los ojos, tratando de concentrarse en la sensación—el peso de sus manos, la presión firme pero cuidadosa, la forma en que sus dedos parecían memorizar cada curva. Pero era imposible ignorar cuánto aquello se alejaba de ser solo un estiramiento. Cada contacto era una pregunta, cada movimiento una provocación.
— *Date la vuelta otra vez,* ordenó, la voz más áspera ahora.
Ella obedeció, girando boca arriba, y encontró su mirada esperando. Rafael no apartó los ojos mientras sus manos se deslizaban por sus muslos, separándolos levemente. Laura contuvo la respiración cuando sus dedos rozaron la parte interna, casi—*casi*—donde más lo deseaba.
— *Flexibilidad,* murmuró, pero el tono era puro desafío.
— *Te está gustando esto,* acusó, sin aliento.
Rafael sonrió, lento, peligroso. — *Y tú estás fingiendo que no.*
Se inclinó hacia adelante, los brazos apoyados a cada lado de su cabeza, el cuerpo flotando sobre el suyo. Laura sintió su olor—sudor mezclado con algo más, algo amaderado y masculino, el perfume que ya conocía de las horas pasadas en el gimnasio, pero que ahora parecía más intenso, más presente.
— *Última parte,* dijo, la boca demasiado cerca de su oído. — *El cuello.*
Sus manos envolvieron su nuca, los dedos masajeando en movimientos circulares. Laura cerró los ojos, dejando caer la cabeza hacia atrás, exponiendo la garganta. Rafael no resistió. Se inclinó más, los labios rozando la piel sensible justo debajo de la oreja.
— *¿Mejor?* preguntó, la voz un susurro.
Laura no respondió. En cambio, giró el rostro, capturando su boca en un beso que no tenía nada de tímido. Rafael dudó por un segundo—un segundo de sorpresa, tal vez—antes de responder con la misma intensidad, las manos deslizándose hacia su cabello, acercándola más.
El beso duró segundos, minutos, una eternidad. Cuando se separaron, los dos estaban jadeando, los labios hinchados, los cuerpos vibrando con algo que iba mucho más allá del deseo físico.
Rafael se apartó lentamente, los ojos ardiendo en los de ella. — *Creo que el estiramiento funcionó,* dijo, la voz ronca.
Laura rio, baja y temblorosa, pasando una mano por su rostro. — *Sin duda.*
Él se levantó, extendiendo la mano para ayudarla. Laura aceptó, sintiendo sus dedos entrelazados con los suyos, el contacto firme, posesivo. Cuando se puso de pie, notó que sus piernas aún temblaban—no por el entrenamiento, sino por él.
Rafael la observó por un momento, como si estuviera decidiendo algo. Entonces, con una sonrisa que prometía mucho más, dijo: — *Ve a cambiarte. Te espero afuera.*
Laura asintió, pero antes de que pudiera alejarse, él la tomó de la muñeca, atrayéndola para un último beso—rápido, intenso, una promesa sellada.
— *No tardes,* murmuró contra sus labios.
Y entonces la soltó, dejándola allí, con el corazón latiendo fuerte y la certeza de que nada entre ellos sería igual después de esa noche.
El vestuario femenino olía a cloro y jabón de coco, un aroma fresco que contrastaba con el calor húmedo que aún palpitaba bajo la piel de Laura. Se apoyó en el lavabo de mármol frío, los dedos apretando el borde hasta que los nudillos se pusieron blancos. El agua del grifo corría en chorros helados sobre sus manos, pero no era suficiente para apagar el fuego que se extendía bajo su piel. Cada respiración le salía entrecortada, como si el aire estuviera cargado de electricidad.
*Mierda.*
Cerró los ojos, tratando de concentrarse en el ritmo de su propia respiración, pero el recuerdo de las manos de Rafael era demasiado insistente. La forma en que sus dedos habían deslizado por la curva de su espalda durante el estiramiento, firmes pero cuidadosos, como si supiera exactamente dónde presionar para hacerla temblar. Y ella había temblado. No de cansancio, no de frío—sino de ese calor que comenzaba en la nuca y bajaba en oleadas hasta los dedos de los pies.
Laura abrió los ojos y se miró en el espejo. Las mejillas estaban sonrojadas, los labios ligeramente entreabiertos, como si aún sintiera su sabor. Pasó los dedos por el cuello, siguiendo la línea que la boca de Rafael había recorrido minutos antes, y se estremeció. *Esto no era profesional. Esto no estaba bien.* Pero, Dios, qué bien se sentía.
Se apartó del lavabo con un suspiro y comenzó a cambiarse, tratando de ignorar la forma en que la tela de su ropa interior rozaba entre sus piernas, demasiado sensible. Cada movimiento parecía amplificado, como si todo su cuerpo estuviera sintonizado en una frecuencia diferente. El sujetador deportivo salió con un tirón rápido, y mordió el labio al sentir el aire fresco contra los pezones endurecidos. *No. Para con esto.* Pero era imposible. Rafael había despertado algo en ella que ya no podía ignorarse.
Se puso los vaqueros lentamente, como si pospusiera el momento de salir de allí, de enfrentar lo que vendría después. La camiseta fue más fácil—algodón suave contra la piel aún caliente. Cuando se calzó las zapatillas, los cordones parecían más apretados de lo normal, como si hasta los objetos a su alrededor conspiraran para hacerla aún más consciente de cada sensación.
Antes de salir, Laura se detuvo frente al espejo una última vez. Se pasó los dedos por el cabello húmedo, tratando de domar los mechones rebeldes, pero desistió. No había forma de disimular el brillo en sus ojos, la tensión en los hombros, la manera en que su cuerpo parecía vibrar, a la espera. Respiró hondo y abrió la puerta.
Y allí estaba él.
Rafael apoyado en la pared del pasillo, una pierna doblada, la suela de la zapatilla contra el concreto. La luz amarillenta de los reflectores del gimnasio proyectaba sombras sobre su rostro, destacando el contorno de su mandíbula, la curva de sus labios. Sostenía una botella de agua con una mano, los dedos largos envolviendo el plástico como si fuera algo precioso. Cuando la vio, una sonrisa lenta se dibujó en su rostro, de esa manera que hacía que su estómago se encogiera.
— *Tardaste,* dijo, la voz baja, casi un murmullo. Pero no había impaciencia en esas palabras. Solo algo más peligroso. Algo que hacía que el aire entre ellos se volviera más denso.
Laura cruzó los brazos, como si eso pudiera protegerla. — *Tuve que cambiarme.*
— *Lo sé.* Se apartó de la pared con el hombro, poniéndose de pie. La botella de agua se balanceó levemente en su mano. — *Pero pensé que ibas a escapar por la salida trasera.*
Ella rio, pero el sonido salió más frágil de lo que le hubiera gustado. — *No soy cobarde.*
— *¿No?* Rafael dio un paso adelante, acortando la distancia entre ellos. Su olor invadió el espacio—sudor limpio, jabón masculino, algo más profundo, como cuero y especias. — *Porque llevo cinco minutos aquí, y no has salido del vestuario.*
Laura tragó saliva. — *Quizá estaba pensando.*
— *¿En qué?*
*En lo grandes que son tus manos. En cómo me tocaron como si fuera algo frágil. En cómo quiero que lo hagas de nuevo, pero sin ropa de por medio.*
— *En cómo me van a doler los músculos mañana,* mintió.
Rafael inclinó la cabeza, los ojos oscuros recorriendo su rostro como si supiera exactamente en qué estaba pensando. — *Por eso te traje esto.* Levantó la botella de agua, balanceándola levemente. — *Hidratación post-entrenamiento. Esencial.*
— *¿Siempre traes agua para tus alumnas?*
— *Solo para las que terminan el entrenamiento con las piernas temblando.*
Laura sintió que el rostro le ardía. *Mierda.* Él lo había notado. Claro que lo había notado.
Rafael dio otro paso, ahora lo suficientemente cerca como para que sintiera el calor de su cuerpo, incluso sin tocarla. — *Y las que me dejan tocarlas como si no hubiera nadie más en el gimnasio.*
Ella contuvo la respiración. — *Rafael…*
— *Laura.* Pronunció su nombre como si lo estuviera saboreando, como si fuera algo dulce en su lengua. — *Vivo a dos manzanas de aquí. Tengo vino en la nevera. Y un sofá que es perfecto para estiramientos.*
Sabía que debería decir que no. Sabía que debería irse a casa, darse una ducha fría y fingir que nada de aquello había pasado. Pero la forma en que la miraba—como si ya la estuviera imaginando desnuda, como si ya supiera exactamente lo que le haría—era demasiado.
— *¿Me estás invitando a un *trago de recuperación*?* preguntó, la voz más ronca de lo que pretendía.
— *Te estoy invitando a algo que hará que tus músculos duelan de una manera completamente diferente mañana.*
Laura soltó una risa nerviosa, pero no se apartó. — *¿Eso es una invitación o una amenaza?*
— *Las dos cosas.* Extendió la mano, los dedos rozando levemente los suyos. — *Ven.*
Y ella fue.
No porque fuera fácil. No porque fuera seguro. Sino porque, en ese momento, con el corazón latiendo fuerte y el cuerpo aún palpitando con el recuerdo de su tacto, no había otra opción.
Rafael entrelazó los dedos con los suyos, atrayéndola suavemente por el pasillo. Laura lo siguió, sintiendo el peso de su mirada en su espalda, como si cada paso que daba fuera una rendición.
Y quizá lo fuera.
Cuando llegaron a la puerta del gimnasio, el aire de la noche estaba fresco, pero Laura apenas lo sintió. El calor de Rafael a su lado era suficiente para mantenerla caliente. Él no soltó su mano mientras caminaban por la acera, los pasos sincronizados, como si ya conocieran el ritmo del otro.
— *Estás callada,* comentó, después de unos minutos.
— *Estoy pensando.*
— *¿En qué?*
Ella lo miró, los ojos brillando bajo la luz de las farolas. — *En que no debería estar haciendo esto.*
Rafael se detuvo de repente, girándose hacia ella. La mano libre subió, los nudillos rozando su mejilla. — *¿Y quieres?*
Laura no respondió. No con palabras. En cambio, inclinó el rostro, presionando los labios contra la palma de su mano. Un beso suave, pero lleno de promesas.
Rafael respiró hondo, los dedos cerrándose levemente sobre su mejilla. — *Última oportunidad para echarte atrás.*
Ella sonrió. — *No.*
Y entonces él la atrajo hacia sí, los labios encontrando los suyos en un beso que ya no era tímido. Era hambriento. Era una confirmación.
Laura cerró los ojos, dejándose llevar. El mundo a su alrededor desapareció—solo quedaban ellos, el calor, el deseo, y la certeza de que, esa noche, no habría vuelta atrás.
El ascensor subió en silencio, el zumbido metálico llenando el espacio entre ellos. Laura sentía el peso de la mirada de Rafael sobre ella, cálida como la mano que mantenía apoyada en la base de su espalda, los dedos presionando levemente contra la tela húmeda de su camiseta. El olor a sudor seco mezclado con el perfume cítrico de él—aquel aroma que ya asociaba con noches largas y músculos tensos—llenó sus fosnas nasales, haciendo que su estómago se contrajera.
— *Cuarto piso,* murmuró, la voz ronca, como si ya supiera que las siguientes palabras serían innecesarias.
La puerta se abrió con un *ping* suave, y Rafael le indicó que saliera primero. Laura dudó por un segundo, los dedos apretando la correa de su mochila. El pasillo estaba vacío, iluminado por una luz amarillenta que proyectaba sombras alargadas bajo sus pies. Cuando él pasó a su lado, rozándole el brazo, el contacto fue suficiente para hacer que su piel hormigueara.
El apartamento era exactamente como ella lo había imaginado: minimalista, con muebles oscuros y paredes desnudas, excepto por un cuadro abstracto en tonos rojos y negros que parecía palpitar bajo la luz indirecta. Rafael dejó las llaves en una bandeja de metal sobre la mesa de centro y se giró hacia ella, los ojos oscuros recorriéndola de arriba abajo.
— *¿Quieres agua?* preguntó, pero el tono era demasiado casual, como si estuviera ganando tiempo.
Laura negó con la cabeza, dejando caer la mochila al suelo con un golpe sordo.
— *No.*
Él sonrió, lento, los labios curvándose de una manera que le hizo apretar el pecho.
— *Entonces siéntate.* Señaló el sofá de cuero negro, pero no se movió para unirse a ella. En cambio, se quedó parado, observándola con una intensidad que la hizo sentir como si estuviera bajo un foco.
Laura se sentó en el borde del sofá, los muslos apretados uno contra el otro, las manos apoyadas en las rodillas. La tela de la malla aún estaba húmeda de sudor, pegándose a la piel, y podía sentir el calor irradiando de sí misma, como si el entrenamiento no hubiera terminado, sino que se hubiera transformado en algo más.
Rafael se acercó lentamente, deteniéndose a pocos centímetros de ella. Se inclinó, apoyando las manos en los brazos del sofá, atrapándola entre sus brazos. Su olor—ahora más fuerte, mezclado con el calor de su cuerpo—invadió sus sentidos.
— *Estás tensa,* murmuró, los labios casi rozando su oreja.
— *No lo estoy.*
— *Sí lo estás.* Sus dedos se deslizaron por su brazo, lentos, deliberados, hasta encontrar la curva de su hombro. — *Puedo arreglar eso.*
Laura tragó saliva. El contacto era ligero, casi casto, pero suficiente para hacer que su respiración fallara.
— *¿Cómo?*
Rafael no respondió de inmediato. En cambio, se apartó lo justo para mirarla, los ojos oscuros fijos en los suyos, una sonrisa lenta extendiéndose por su rostro.
— *Primero, dime una cosa.* Su mano subió, los nudillos rozando la línea de su mandíbula. — *¿Habías pensado en esto antes? ¿En cómo sería?*
Laura sintió que el rostro le ardía. No era una pregunta que esperara, no allí, no en ese momento. Pero la verdad escapó antes de que pudiera detenerla.
— *Sí.*
— *¿Cuándo?*
— *En el vestuario.* Las palabras salieron bajas, casi un susurro. — *Cuando me ayudaste a estirar.*
Él sonrió, satisfecho.
— *Yo también.*
El pulgar de Rafael trazó el contorno de su labio inferior, tirando de él levemente hacia abajo. Laura contuvo la respiración, sintiendo cómo todo su cuerpo reaccionaba al contacto, como si cada terminación nerviosa estuviera conectada a ese punto.
— *¿Y qué imaginaste?* preguntó, la voz ahora más grave, más áspera.
Ella dudó, pero su mano ya estaba descendiendo, los dedos deslizándose por su cuello, presionando levemente la base de su garganta, donde el pulso latía descontrolado.
— *Que me besabas.* Admitió, la voz quebrándose. — *Contra la pared.*
Rafael soltó una risa baja, casi un gruñido.
— *Me gusta ese plan.*
Antes de que pudiera responder, la atrajo hacia arriba, sus manos firmes en su cintura. Laura soltó un jadeo cuando la giró, presionándola contra la pared de la sala, el cuerpo cálido y sólido contra el suyo. El aire escapó de sus pulmones cuando él le sujetó las muñecas, levantándolas por encima de su cabeza y aprisionándolas allí con una mano.
— *¿Así?* murmuró, los labios flotando sobre los suyos, tan cerca que podía sentir el calor de su aliento.
Laura asintió, las palabras atrapadas en su garganta.
Él no la besó. Todavía no. En cambio, se inclinó, los labios rozando la curva de su cuello, donde la piel aún estaba húmeda de sudor. Ella se estremeció cuando pasó la lengua por allí, lenta, deliberada, como si estuviera saboreando cada centímetro de ella. Sus dientes rozaron levemente, y Laura soltó un gemido bajo, las piernas temblando.
— *Rafael…*
— *Shhh.* Su mano libre se deslizó por su cuerpo, los dedos trazando la línea de su clavícula, descendiendo por el esternón, hasta encontrar el borde de su camiseta. — *Dije que iba a arreglarlo.*
Tiró del tejido hacia arriba, exponiendo la piel caliente de su abdomen. Laura arqueó la espalda instintivamente cuando él bajó la cabeza, los labios calientes presionando un beso justo debajo del ombligo. Sus dedos siguieron el mismo camino, deslizándose bajo la banda de la malla, encontrando el elástico de su ropa interior.
— *Estás tan mojada,* murmuró, la voz ronca, mientras sus dedos rozaban la tela húmeda. — *¿Es por el entrenamiento o por mí?*
Laura mordió su labio inferior, tratando de contener el gemido que subía por su garganta.
— *Por los dos.*
Rafael soltó un sonido bajo, casi animal, y entonces su boca estuvo sobre la de ella, finalmente. El beso no fue suave. Fue hambriento, desesperado, como si estuviera tratando de devorarla. Laura respondió con la misma intensidad, sus manos luchando contra su agarre, queriendo tocar, agarrar, atraerlo más cerca.
Él la soltó solo el tiempo suficiente para quitarle la camiseta por encima de la cabeza, dejándola solo con el sujetador deportivo negro, la tela fina apenas conteniendo sus senos. Rafael retrocedió un paso, los ojos recorriéndola de arriba abajo, como si estuviera memorizando cada curva.
— *Joder,* murmuró, la voz áspera. — *Eres preciosa.*
Laura sintió que el calor le subía por el cuello, pero no tuvo tiempo de responder. Él ya estaba de vuelta, sus manos grandes cubriendo sus senos, los pulgares rozando los pezones a través de la tela. Ella arqueó la espalda, un gemido escapando cuando apretó con más fuerza.
— *Rafael, por favor…*
— *¿Por favor qué?* Inclinó la cabeza, los labios rozando la curva de su hombro. — *Dímelo.*
— *Yo quiero…* Tragó saliva, las palabras atrapadas en su garganta. — *Te quiero a ti.*
Él soltó una risa baja, satisfecha, y entonces sus manos estuvieron en su cintura, atrayéndola lejos de la pared. Laura tropezó, pero él la sostuvo con firmeza, guiándola hacia el sofá. Antes de que pudiera sentarse, la giró de espaldas a él, presionándola contra el respaldo del mueble.
— *Manos aquí,* ordenó, guiando sus dedos hasta el borde del sofá.
Laura obedeció, sintiendo el cuero frío bajo las palmas. Rafael se inclinó sobre ella, el pecho caliente contra su espalda, la erección presionando la curva de sus nalgas. Ella mordió el labio cuando él apartó su cabello hacia un lado, exponiendo su cuello.
— *¿Confías en mí?* murmuró, los labios rozando la piel sensible detrás de su oreja.
Laura asintió, el corazón latiendo tan fuerte que estaba segura de que él podía escucharlo.
— *Entonces no te muevas.*
Sintió sus manos deslizarse por su cintura, los dedos enganchándose en el elástico de la malla. Un tirón, y la tela bajó por sus piernas, arrastrando la ropa interior con ella. El aire fresco de la sala rozó su piel expuesta, haciéndola estremecer.
Rafael no le dio tiempo para acostumbrarse a la sensación. Una mano grande cubrió su sexo, los dedos deslizándose entre sus labios húmedos, encontrando su clítoris con una precisión que la hizo arquearse.
— *¡Rafael!*
— *Quieta,* susurró, la voz un gruñido bajo. — *Me vas a volver loco si sigues haciendo esos ruidos.*
Laura mordió su labio con fuerza, tratando de contener los gemidos mientras la tocaba, los dedos girando, presionando, explorando cada centímetro de ella. Podía sentir cómo su propio cuerpo la traicionaba, las caderas moviéndose instintivamente contra su mano, buscando más fricción.
— *Por favor,* suplicó, la voz quebrándose. — *Te necesito…*
— *¿Qué?* Se detuvo de repente, los dedos inmóviles. — *Dímelo.*
— *Dentro de mí.*
Rafael soltó un sonido gutural, y entonces su mano abandonó su cuerpo. Laura escuchó el sonido de un cierre siendo abierto, el crujido de la ropa cayendo al suelo. Intentó girarse, pero él la mantuvo en su lugar, una mano firme en su nuca.
— *Aún no.*
Sintió el calor de su cuerpo alejarse por un segundo, y entonces algo frío y liso presionó contra su entrada. Laura contuvo la respiración, reconociendo la textura del preservativo.
— *Rafael…*
— *Shhh.* Se inclinó sobre ella nuevamente, los labios rozando su oreja. — *Relájate.*
Y entonces entró, lento, implacable, llenándola centímetro a centímetro. Laura soltó un gemido largo, las uñas clavándose en el cuero del sofá mientras su cuerpo se ajustaba a la invasión. Rafael se detuvo cuando estuvo completamente dentro de ella, la respiración pesada contra su cuello.
— *Joder, Laura,* murmuró, la voz ronca. — *Estás tan apretada.*
No pudo responder. Todo lo que pudo hacer fue arquear la espalda, empujándose contra él, pidiendo en silencio más.
Rafael entendió. Sus manos encontraron sus caderas, sujetándola con firmeza mientras comenzaba a moverse, las embestidas lentas al principio, pero ganando velocidad rápidamente. El sonido de piel contra piel llenó la sala, mezclado con sus gemidos y los gruñidos bajos de él.
Laura sintió cómo el placer se enroscaba dentro de ella, apretando, creciendo, hasta que no hubo espacio para nada más que la sensación de él dentro de ella, alrededor de ella, llenándola de todas las formas posibles. Sus dedos encontraron su clítoris nuevamente, girando en movimientos rápidos y precisos, y fue suficiente.
Se corrió con un grito ahogado, el cuerpo temblando mientras olas de placer la atravesaban. Rafael no se detuvo, continuando moviéndose dentro de ella, prolongando el orgasmo hasta que estuvo flácida, sin fuerzas, apoyada solo en las manos y las rodillas.
La sujetó con más fuerza, las embestidas volviéndose más rápidas, más urgentes, hasta que él también llegó al clímax, un gruñido bajo escapando de sus labios mientras se enterraba profundamente en ella una última vez.
Por un momento, no hubo nada más que el sonido de sus respiraciones entrecortadas, el olor a sudor y sexo mezclándose en el aire. Rafael se inclinó sobre ella, los labios rozando su hombro antes de apartarse lentamente.
Laura se giró, las piernas temblorosas, y encontró su mirada. Rafael estaba jadeando, el cabello húmedo de sudor, los labios entreabiertos. La observó por un segundo, como si estuviera evaluando algo, y entonces extendió la mano.
— *Ven.*
Ella dudó solo un segundo antes de entrelazar sus dedos con los de él. Rafael la atrajo hacia sí, besándola suavemente, los labios suaves contra los suyos.
— *Esto fue solo el principio,* murmuró, la voz aún ronca.
Laura sintió un escalofrío recorrer su columna.
— *Lo sé.*
La habitación de Rafael era un espacio de contrastes—paredes oscuras, casi aterciopeladas bajo la luz ámbar de la lámpara de noche, sábanas de algodón egipcio tan suaves que parecían derretirse bajo la piel, y el aroma persistente de sándalo mezclado con el olor salado del sudor que aún impregnaba a ambos. Laura apenas tuvo tiempo de absorber los detalles antes de que él la guiara hacia la cama, sus manos firmes en sus caderas, como si aún estuviera corrigiendo su postura, pero ahora con una intención completamente diferente.
Se dejó caer sobre el colchón, los músculos de las piernas ardiendo de una manera deliciosa, la tela de la malla pegándose a su piel húmeda. Rafael no se apresuró. Se quedó de pie junto a la cama, los ojos recorriendo cada centímetro de ella, como si estuviera memorizando el mapa de su cuerpo antes de reclamarlo. La luz dorada dibujaba sombras en las líneas definidas de su abdomen, en los surcos de sus brazos, en la curva de su mandíbula donde un músculo se contraía levemente, como si estuviera conteniéndose.
— *Estás preciosa así,* murmuró, la voz baja, casi un gruñido. — *Toda sudada, jadeante… como si hubieras sido hecha para esto.*
Laura mordió su labio inferior, sintiendo cómo el calor le subía por el cuello. Sus palabras eran una caricia en sí mismas, ásperas y dulces al mismo tiempo. Extendió la mano, los dedos rozando su muslo, sintiendo cómo la tela de su pantalón de chándal cedía bajo la presión.
— *Y tú estás hablando demasiado,* respondió, la voz temblorosa, pero con una sonrisa que desmentía la provocación.
Rafael rio, un sonido grave que vibró en el aire entre ellos. Entonces, sin prisa, se arrodilló en el borde de la cama, sus manos deslizándose por sus muslos, apretando levemente antes de subir hasta el dobladillo de la malla. Laura arqueó la espalda involuntariamente cuando sus dedos rozaron la piel sensible de su cintura, el contacto tan ligero que era casi una tortura.
— *Paciencia,* susurró, inclinándose para besar el hueso de su cadera, justo encima del elástico. — *Quiero saborear cada pedazo.*
Ella gimió cuando sus labios encontraron la piel expuesta, la lengua trazando un camino lento hasta su ombligo. Laura enredó los dedos en su cabello, atrayéndolo más cerca, pero Rafael resistió, sujetando sus muñecas con una mano y aprisionándolas por encima de su cabeza.
— *Aún no,* dijo, la voz ronca. — *Déjame desnudarte.*
La primera prenda en salir fue la camiseta. Rafael la levantó lentamente, los nudillos rozando el costado de su cuerpo, haciéndola estremecer. Cuando la tela pasó finalmente por sus brazos, no la arrojó a un lado—en cambio, la dobló con cuidado sobre la mesita de noche, como si cada movimiento formara parte de un ritual. Laura sintió el aire fresco de la noche acariciar sus senos, los pezones ya rígidos, pidiendo atención. Pero él aún no los tocó. En su lugar, se inclinó para besar su clavícula, la lengua trazando la línea del hueso antes de descender, lenta, inexorablemente, hasta el valle entre sus senos.
— *Rafael…* susurró, su nombre saliendo como una súplica.
— *¿Qué?* murmuró contra su piel, los dientes rozando levemente un pezón antes de soplar aire caliente sobre él. — *¿Quieres que me detenga?*
— *No te atrevas.*
Él rio de nuevo, pero el sonido se ahogó cuando finalmente cerró los labios alrededor del pezón, succionando con la fuerza suficiente para hacerla arquear la espalda, un gemido escapando de sus labios entreabiertos. Laura sintió cómo la humedad se acumulaba entre sus piernas, la tela de la malla ahora una barrera insoportable. Rafael lo notó. Siempre lo notaba.
Con un movimiento fluido, soltó sus muñecas y deslizó las manos hacia la cintura de la malla, tirando de ella hacia abajo junto con la ropa interior. Laura levantó las caderas para ayudarlo, los dedos de los pies curvándose cuando el aire alcanzó su piel desnuda. Rafael no se la quitó de una vez—la arrastró lentamente, besando cada centímetro de piel que dejaba al descubierto: la parte interna de los muslos, las rodillas, las pantorrillas, hasta que estuvo completamente desnuda ante él, vulnerable y temblorosa.
— *Joder,* murmuró, los ojos oscuros recorriéndola como si fuera la primera vez que la veía. — *Eres perfecta.*
Laura sintió que las mejillas le ardían, pero no apartó la mirada. En cambio, extendió la mano, atrayéndolo hacia sí. Rafael no resistió. Se acostó sobre ella, el peso de su cuerpo presionándola contra el colchón, la piel caliente y húmeda contra la suya. Laura envolvió las piernas alrededor de su cintura, sintiendo su erección a través de la tela del pantalón, y gimió cuando se frotó contra ella, la fricción casi insoportable.
— *Te necesito,* susurró, las uñas clavándose en su espalda. — *Ahora.*
Rafael no necesitó que se lo repitiera. Se apartó solo lo suficiente para quitarse el pantalón, los ojos nunca dejando los suyos mientras se deshacía de la última barrera entre ellos. Laura lo observó, hipnotizada, la forma en que los músculos de su abdomen se contraían con el movimiento, cómo la luz jugaba con las gotas de sudor que resbalaban por su pecho. Cuando volvió hacia ella, estaba desnudo, la piel ardiente, el miembro rígido presionando contra su muslo.
— *¿Estás segura?* preguntó, la voz tensa, como si se estuviera conteniendo por un hilo.
Laura respondió envolviendo los dedos alrededor de él, sintiendo cómo palpitaba en su mano. Rafael cerró los ojos por un segundo, un gemido bajo escapando de sus labios.
— *No me provoques,* gruñó, pero había una sonrisa en sus labios.
— *Entonces no me hagas esperar.*
No esperó. Con un movimiento rápido, se posicionó entre sus piernas, la cabeza de su miembro rozando su entrada húmeda. Laura mordió su labio inferior, las caderas levantándose instintivamente, buscando más. Rafael la sujetó por las caderas, manteniéndola en su lugar.
— *Despacio,* murmuró, inclinándose para besarla. — *Quiero sentir cada centímetro.*
Y entonces, finalmente, la penetró.
Laura arqueó la espalda, un gemido alto escapando de sus labios cuando él entró en ella, lento, deliberado, cada movimiento una tortura deliciosa. Rafael no se apresuró. Se retiró casi por completo antes de volver a empujar, los ojos fijos en los suyos, observando cada reacción, cada temblor, cada suspiro. Laura enredó los dedos en su cabello, atrayéndolo hacia un beso desesperado, las lenguas enredándose mientras él la llenaba, cada embestida más profunda que la anterior.
— *Más,* suplicó, las uñas clavándose en sus hombros. — *Por favor.*
Rafael obedeció. Aumentó el ritmo, las caderas golpeando contra las suyas, el sonido de la piel chocando resonando en la habitación. Laura sintió cómo el placer se enroscaba dentro de ella, una ola creciente que amenazaba con engullirla por completo. Cerró los ojos, perdida en la sensación, pero Rafael le sujetó la barbilla, obligándola a mirarlo.
— *Mírame,* ordenó, la voz ronca. — *Quiero verte correrte.*
Laura no pudo resistirse. Sus ojos se abrieron, encontrando los de él, oscuros e intensos, llenos de un hambre que reflejaba la suya propia. Sintió cómo el orgasmo se acercaba, cada músculo de su cuerpo contrayéndose en anticipación. Rafael lo notó. Soltó sus caderas y deslizó una mano entre ellos, los dedos encontrando su clítoris hinchado, presionando en círculos lentos y firmes.
— *Córrete para mí,* susurró, la voz un mandato y una súplica al mismo tiempo.
Y Laura obedeció.
El placer la golpeó como una ola, rompiendo sobre ella en espasmos violentos. Gritó, el cuerpo contorsionándose bajo el de él, las uñas clavándose en su espalda mientras continuaba moviéndose dentro de ella, prolongando el orgasmo hasta que quedó flácida, sin fuerzas, apoyada solo en las manos y las rodillas.
La sujetó con más fuerza, las embestidas volviéndose más rápidas, más urgentes, hasta que él también llegó al clímax, un gruñido bajo escapando de sus labios mientras se enterraba profundamente en ella una última vez.
Por un momento, no hubo nada más que el sonido de sus respiraciones entrecortadas, el olor a sudor y sexo mezclándose en el aire. Rafael se inclinó sobre ella, los labios rozando su hombro antes de apartarse lentamente.
Laura se giró, las piernas temblorosas, y encontró su mirada. Rafael estaba jadeando, el cabello húmedo de sudor, los labios entreabiertos. La observó por un segundo, como si estuviera evaluando algo, y entonces extendió la mano.
— *Ven.*
Ella dudó solo un segundo antes de entrelazar sus dedos con los de él. Rafael la atrajo hacia sí, besándola suavemente, los labios suaves contra los suyos.
— *Esto fue solo el principio,* murmuró, la voz aún ronca.
Laura sintió un escalofrío recorrer su columna.
— *Lo sé.*
La habitación aún guardaba el calor de los cuerpos entrelazados, el aire denso con el perfume almizclado del sexo y el leve rastro cítrico del sudor de Rafael. Las sábanas, antes impecables, estaban arrugadas, corridas hacia un lado en desorden, como si hubieran sido testigos de una batalla silenciosa y placentera. Laura se acurrucó contra su pecho, los dedos trazando círculos perezosos sobre su piel húmeda, sintiendo el ritmo desacelerado de su corazón bajo las costillas. Él la envolvió con un brazo, atrayéndola más cerca, como si quisiera fundir sus cuerpos en uno solo.
— *Mañana me odiarás,* murmuró Rafael, la voz ronca aún cargada de la urgencia que los había consumido minutos antes. Los labios rozaron su sien, cálidos y húmedos, mientras una risa baja vibraba en su pecho. — *Esas sentadillas? Vas a sentir cada una de ellas en los muslos.*
Laura soltó un gemido fingido de protesta, pero la sonrisa que se dibujó en sus labios delataba el placer secreto que sentía ante la idea. Levantó la cabeza, los ojos brillando bajo la luz tenue de la lámpara, y mordisqueó levemente su mentón, sintiendo la barba incipiente raspar su piel.
— *Es justo,* respondió, la voz arrastrada, casi un susurro. — *Después de todo, tú también vas a sentirlo. Y no solo en las piernas en las que trabajé hoy.*
Rafael rio, un sonido profundo y genuino que resonó en la habitación. Sus manos se deslizaron por su espalda, bajando hasta la curva de sus caderas, donde los dedos se apretaron levemente, como si estuviera probando la firmeza de los músculos bajo la piel suave.
— *Ah, ¿sí?* provocó, los ojos oscuros brillando con malicia. — *Entonces, ¿quiere decir que fui tu *equipo* favorito hoy?*
Ella no respondió con palabras. En cambio, se inclinó para besarlo, los labios suaves encontrando los suyos en un contacto lento, casi perezoso. El beso se profundizó naturalmente, las lenguas encontrándose en una danza conocida, como si ya hubieran memorizado el ritmo del otro. Rafael gimió suavemente contra su boca, las manos subiendo para enredar los dedos en su cabello húmedo, atrayéndola más cerca, como si incluso ahora, exhaustos, no pudieran saciarse.
Cuando se separaron, los labios de Laura estaban ligeramente hinchados, los ojos entrecerrados en una expresión de satisfacción perezosa.
— *Sabes que no me refería solo al entrenamiento,* murmuró, la voz cargada de promesas. — *Pero si quieres una evaluación honesta… sí. Fuiste *muy* eficiente.*
Rafael soltó una risa ahogada, el cuerpo temblando levemente bajo el de ella. La hizo rodar sobre su espalda con un movimiento suave, aprisionándola bajo su peso, los antebrazos apoyados a cada lado de su cabeza. La sábana se deslizó, revelando la piel dorada de Laura, aún marcada aquí y allá por sus manos, por sus uñas, por las huellas pasajeras de un deseo que no se había conformado con ser saciado solo una vez.
— *¿Eficiente, eh?* repitió, los labios rozando su oreja mientras hablaba. — *Entonces creo que merezco una estrella dorada en mi certificado de entrenador personal.*
Laura rio, pero el sonido se transformó en un suspiro cuando sus dientes encontraron el lóbulo de su oreja, mordisqueando levemente. Arqueó la espalda instintivamente, las uñas clavándose en sus hombros anchos.
— *Dos estrellas,* corrigió, la respiración ya acelerándose de nuevo. — *Y un… *bono*.*
Rafael levantó la cabeza, los ojos oscuros fijos en los de ella, una sonrisa lenta extendiéndose por su rostro.
— *¿Un bono, eh?* repitió, la voz baja, peligrosa. — *¿Y qué exactamente tienes en mente?*
Ella no respondió de inmediato. En cambio, dejó que sus manos se deslizaran por su pecho, sintiendo los músculos definidos bajo la piel caliente, los pezones endurecidos por el aire fresco de la habitación. Sus dedos trazaron un camino descendente, contorneando su abdomen, hasta encontrar la línea fina de vello que llevaba hacia abajo. Rafael inhaló profundamente cuando lo envolvió con la mano, ya duro de nuevo, el miembro palpitando bajo su tacto suave.
— *Estaba pensando,* murmuró Laura, los labios rozando su cuello mientras hablaba, — *que el próximo entrenamiento debería ser… *doblemente intenso*.*
Rafael gimió, las caderas moviéndose instintivamente contra su mano. Capturó su boca en un beso hambriento, las manos explorando su cuerpo con una urgencia renovada, como si las horas que habían pasado juntos no hubieran sido suficientes. Cuando se apartó, sus ojos estaban oscuros de deseo, la respiración irregular.
— *Doblemente intenso,* repitió, la voz ronca. — *Me gusta cómo suena eso.*
Laura sonrió, los dedos apretando levemente alrededor de él, arrancándole otro gemido bajo.
— *Entonces será mejor que te prepares,* susurró, atrayéndolo más cerca. — *Porque no planeo ponértelo fácil.*
Rafael no necesitó más incentivo. Con un movimiento rápido, la hizo girar boca abajo, las manos firmes en sus caderas, atrayéndola hacia arriba hasta que quedó de rodillas, la espalda arqueada, las nalgas en alto. Laura soltó un suspiro cuando sintió su cuerpo alinearse detrás del suyo, la punta de su miembro rozando su entrada húmeda y sensible. Se apoyó en los codos, los dedos enredándose en las sábanas, la respiración ya entrecortada de anticipación.
— *Joder, Laura,* murmuró Rafael, la voz ronca de deseo. — *Eres perfecta así.*
Ella no respondió. No necesitaba hacerlo. Su cuerpo ya hablaba por sí mismo, la piel erizada, los músculos tensos, la humedad resbalando por sus muslos. Rafael se inclinó sobre ella, una mano apoyada en el colchón junto a su cabeza, la otra deslizándose por su vientre, bajando hasta encontrar el punto donde sus cuerpos se encontrarían. Laura gimió cuando sus dedos la tocaron, lentos, exploratorios, como si quisiera memorizar cada curva, cada recoveco.
— *Rafael…* susurró, su nombre una súplica y una promesa al mismo tiempo.
Él no la hizo esperar. Con un movimiento suave, entró en ella, llenándola por completo, las caderas moviéndose en un ritmo lento y deliberado, como si quisiera prolongar cada sensación. Laura arqueó la espalda, los gemidos escapando al compás de sus embestidas, el cuerpo respondiendo instintivamente, buscando más, siempre más.
— *Eso es,* murmuró Rafael, la voz tensa. — *Córrete para mí otra vez.*
Y ella obedeció.
Sus manos apretaron sus caderas con fuerza, las embestidas volviéndose más rápidas, más profundas, cada movimiento arrancándole un gemido más alto. Laura sintió cómo el orgasmo se construía dentro de ella, una ola lenta e inexorable que comenzó en los dedos de los pies y se extendió por todo su cuerpo, hasta que no quedó nada más que la sensación de él dentro de ella, alrededor de ella, llenándola de todas las formas posibles.
Cuando se corrió, fue con un grito ahogado contra la almohada, el cuerpo temblando, los músculos contrayéndose alrededor de él. Rafael no se detuvo, las manos firmes en sus caderas, guiándola a través de las olas de placer hasta que él también alcanzó su límite, enterrándose profundamente con un gruñido ronco, el cuerpo temblando mientras se derramaba dentro de ella.
Por un largo momento, no hubo nada más que el sonido de sus respiraciones entrecortadas, los cuerpos sudorosos pegados el uno al otro, la sensación de plenitud que los envolvía. Rafael se inclinó sobre ella, los labios rozando su nuca, los brazos envolviéndola con fuerza, como si no quisiera dejarla ir.
— *Doblemente intenso,* murmuró, la voz aún cargada de satisfacción. — *Diría que cumplimos la meta.*
Laura rio suavemente, girando la cabeza para besarlo, los labios suaves encontrando los de él en un contacto tierno.
— *Y ni siquiera ha empezado el próximo entrenamiento,* respondió, los ojos brillando con malicia.
Rafael sonrió, los dedos trazando patrones perezosos en su espalda.
— *Entonces será mejor que descansemos,* murmuró, atrayéndola más cerca, los cuerpos encajando perfectamente bajo las sábanas. — *Porque mañana… mañana va a ser épico.*
Laura cerró los ojos, el cuerpo relajándose contra el de él, el calor de Rafael envolviéndola como una manta. Sabía que, al despertar, estaría adolorida, marcada, satisfecha de una manera que ningún entrenamiento solitario en el gimnasio podría jamás igualar.
Y, por primera vez en mucho tiempo, apenas podía esperar a que llegara el mañana.