Bajo el Techo de Estrellas: Una Noche en la Posada del Deseo

Por Tonkix
Bajo el Techo de Estrellas: Una Noche en la Posada del Deseo
**Bajo el Techo de Estrellas: Una Noche en la Posada del Deseo** La nieve caía en espirales lentas, como si el cielo hubiera rasgado un almohadón de plumas y dejara que los copos danzaran al ritmo del viento. Entre las montañas que se alzaban como centinelas silenciosos, la Posada Estrella Polar emergía como un refugio de luz dorada, sus ventanas iluminadas como ojos somnolientos espiando la oscuridad. El sendero sinuoso que llevaba hasta ella estaba cubierto por un manto blanco, inmaculado, excepto por las marcas recientes de los neumáticos del coche que había traído a Clara hasta allí. Ella bajó del vehículo con cuidado, las botas hundiéndose levemente en la nieve fresca, y respiró hondo. El aire gélido le quemaba las fosas nasales, pero era un ardor agradable, revitalizante, como si cada partícula de frío pudiera barrer los últimos vestigios de la ciudad: el ruido, las obligaciones, el peso de un manuscrito inacabado que la perseguía como un fantasma. Clara ajustó la bufanda de lana alrededor del cuello, los dedos entumecidos a pesar de los guantes, y alzó la vista hacia la fachada de la posada. Madera oscura, piedra rústica, un porche envolvente donde mecedoras vacías esperaban el verano. Ahora, sin embargo, el invierno reinaba, y todo allí parecía suspendido en el tiempo, como si el mundo exterior hubiera dejado de girar solo para ella. Dentro, el calor la envolvió como un abrazo. El olor a leña quemándose en la chimenea principal se mezclaba con el aroma a canela y clavo, proveniente de algún lugar de la cocina. Clara se quitó los guantes y frotó las manos una contra la otra, sintiendo la sangre volver a circular, mientras sus ojos recorrían el vestíbulo. Una alfombra persa, desgastada por el tiempo, cubría el suelo de tablones anchos; en las paredes, cuadros de paisajes nevados y retratos de antiguos huéspedes—algunos sonrientes, otros con miradas perdidas, como si hubieran dejado pedazos de sí mismos allí. Una escalera de caracol llevaba a las habitaciones superiores, y a su izquierda, una puerta entreabierta revelaba el brillo ámbar de un comedor, donde voces bajas y el tintineo de cubiertos sugerían que no estaba sola. — Bienvenida, señora. — La voz era suave, casi musical, y Clara se volvió para encontrarse con una mujer de cabellos grises recogidos en un moño severo, pero con ojos que sonreían. — Soy Doña Elvira, la propietaria. Espero que su viaje haya sido tranquilo. — Fue... revigorizante — respondió Clara, entregándole la mochila a la mujer. — Necesitaba esto. Doña Elvira asintió, como si entendiera exactamente lo que «esto» significaba. — Su habitación es la número siete, en el segundo piso. La cena se servirá en media hora, si desea acomodarse antes. Clara agradeció y subió las escaleras, los peldaños crujiendo levemente bajo sus pies. La habitación era exactamente como la había imaginado: una cama con dosel y colchas pesadas, una chimenea ya encendida, un escritorio de madera oscura frente a la ventana, desde donde se veía el bosque cubierto de nieve. Dejó la mochila sobre la cama y se acercó al cristal, presionando la palma de la mano contra el frío del vidrio. Afuera, la noche caía rápidamente, y las luces de la posada proyectaban sombras largas sobre la nieve, como dedos extendidos. Por un momento, pensó en quedarse allí, envuelta en las mantas, con una botella de vino y el silencio como única compañía. Pero la promesa de una cena caliente y, tal vez, de conversaciones interesantes la atrajo. Deshizo el equipaje rápidamente, se cambió de ropa—un vestido de lana negro que moldeaba sus curvas sin ser vulgar, botas altas—y bajó, siguiendo el aroma a comida que ahora se intensificaba. El comedor era más pequeño de lo que esperaba, pero acogedor. Una mesa larga de madera maciza ocupaba el centro, rodeada de sillas tapizadas en terciopelo verde oscuro. La chimenea crepitaba en un rincón, lanzando reflejos dorados sobre los cubiertos de plata y las copas de cristal. Solo había otro huésped allí, sentado de espaldas a ella, los hombros anchos cubiertos por un suéter de lana gruesa, el cabello castaño ligeramente despeinado, como si hubiera pasado las manos por él varias veces. Clara dudó en la puerta, pero Doña Elvira ya la había visto y le hizo un gesto para que se acercara. — Señora Clara, este es el señor Lucas — dijo la mujer, señalando al hombre con un ademán. — Él llegó esta tarde. Lucas se levantó, girándose hacia ella con una sonrisa que parecía a la vez tímida y segura. Sus ojos eran de un verde profundo, como musgo a la sombra de un árbol, y había algo en ellos—una intensidad, una curiosidad—que hizo que Clara sintiera un leve cosquilleo en la nuca. — Un placer — dijo, extendiendo la mano. La voz era grave, con un timbre cálido que encajaba con el ambiente. — Espero no estar invadiendo su retiro. — En absoluto — respondió Clara, estrechando su mano. Los dedos de él eran largos, callosos, los de alguien que pasaba horas tocando un instrumento. — Soy Clara. Escritora. — Lucas. Músico. — Sonrió de nuevo, y había algo provocador en la forma en que pronunció la palabra, como si supiera que ella ya lo había deducido. — O al menos intentando serlo. Doña Elvira los dejó solos, cerrando la puerta tras de sí con un clic suave. El silencio que siguió no era incómodo, pero sí cargado, como si ambos supieran que aquella noche podría ser el comienzo de algo... o solo una historia más para contar. — Entonces, ¿qué la trae a la Estrella Polar? — preguntó Lucas, acercando una silla para que ella se sentara. — Inspiración — respondió Clara, acomodándose. — O la falta de ella. ¿Y usted? — Lo mismo. — Rió, un sonido bajo y ronco. — Creo que los artistas somos todos iguales: huimos cuando las cosas se ponen difíciles. — O cuando necesitamos que se pongan más difíciles — replicó ella, arqueando una ceja. Lucas inclinó la cabeza, como si la evaluara. — Me gusta esa teoría. La cena llegó poco después: una sopa de calabaza con jengibre, seguida de un conejo asado con hierbas y puré de castañas. Clara comió despacio, saboreando cada bocado, mientras Lucas contaba historias de sus giras por el interior, de las posadas donde se había alojado, de los músicos que había conocido. Ella escuchaba, pero también observaba—la forma en que gesticulaba al hablar, cómo sus dedos tamborileaban levemente sobre la mesa cuando la música surgía en la conversación, cómo sus ojos se iluminaban al mencionar una melodía que lo perseguía. — ¿Y usted? — preguntó él, después de un sorbo de vino. — ¿Alguna historia interesante para contar? Clara dudó. No solía hablar de su trabajo, no antes de terminarlo. Pero algo en su tono, en la forma en que la miraba—como si ya supiera que había más detrás de sus palabras—la hizo responder. — Estoy escribiendo sobre una mujer que se pierde en un bosque — dijo, eligiendo las palabras con cuidado. — No literalmente. Está buscando algo, pero no sabe qué. Y entonces, un día, encuentra a alguien que... lo complica todo. Lucas sonrió, lento y deliberado. — ¿Complica cómo? — De maneras que no esperaba. — Clara sostuvo su mirada, sintiendo el calor subir por el cuello. — Maneras que la hacen cuestionarse si lo que buscaba era realmente lo que necesitaba. Hubo un momento de silencio. El fuego crepitó en la chimenea, proyectando sombras que danzaban en las paredes como amantes furtivos. Lucas alzó su copa, como si brindara por algo no dicho. — Creo que me gusta esa historia — murmuró. Clara no respondió. En cambio, llevó la copa a los labios, dejando que el vino—dulce, con un toque de especias—bajara por su garganta, calentándola por dentro. Afuera, la nieve seguía cayendo, silenciosa e implacable, cubriendo el mundo con su manto blanco. Y allí, entre el calor de la chimenea y la mirada persistente de Lucas, sintió que algo despertaba. No era solo deseo. Era algo más peligroso: la promesa de que, aquella noche, las reglas que se había impuesto podrían doblarse. O romperse. La nieve caía en espirales perezosas contra las ventanas de la posada, como si el propio invierno dudara en interrumpir el silencio acogedor que se había instalado tras la cena. Clara se apartó de la mesa con un suspiro satisfecho, los dedos aún ligeramente cálidos por el contacto con la porcelana de la taza de té. El salón principal estaba casi vacío ahora, los demás huéspedes ya dispersos por los pasillos o retirados en sus habitaciones. Solo el murmullo apagado de voces lejanas y el crepitar ocasional de la leña en la chimenea permanecían como testigos de aquella noche. Dudó por un instante, los ojos recorriendo los estantes oscuros de la biblioteca al fondo. Había algo invitador en aquellas estanterías repletas de libros de lomos gastados, como si cada volumen guardara secretos que solo revelarían bajo la luz ámbar de las lámparas de lectura. Clara ajustó el chal de lana sobre los hombros y caminó hacia la puerta entreabierta, los pasos amortiguados por la alfombra persa que cubría el suelo de madera. La biblioteca era más pequeña de lo que había imaginado, pero infinitamente más acogedora. El techo bajo, las vigas a la vista y el olor a papel envejecido y cuero se mezclaban con el aroma del fuego que crepitaba en la chimenea de piedra. Un sillón de terciopelo verde oscuro ocupaba un rincón, flanqueado por una mesa de lectura donde una lámpara de vidrio opaco proyectaba un círculo de luz dorada. Y allí, de espaldas a ella, estaba Lucas. No la escuchó entrar. Estaba absorto en un libro de tapa dura, los dedos largos hojeando las páginas con una delicadeza que sorprendió a Clara. Lo observó por un momento, notando la forma en que los hombros anchos se curvaban ligeramente sobre el volumen, como si intentara descifrar cada palabra con todo el cuerpo. El cabello oscuro, aún húmedo del baño, caía en mechones rebeldes sobre la frente, y la luz de la chimenea danzaba en su perfil, destacando la línea firme de la mandíbula. Fue el crujido de un leño en la chimenea lo que lo hizo alzar los ojos. Se volvió lentamente, como si no quisiera asustarla, y por un segundo, Clara sintió que el aire se le atascaba en los pulmones. Los ojos de él—oscuros, casi negros bajo aquella luz—se encontraron con los suyos, y algo en ellos brilló, algo que no era sorpresa, sino reconocimiento. — Disculpe — murmuró, aunque no sabía exactamente por qué se disculpaba. — No quería interrumpir. Lucas cerró el libro con un movimiento suave, dejándolo sobre la mesa junto a una copa de coñac a medio terminar. — No interrumpió. — La voz de él era baja, ronca, como si hubiera pasado horas en silencio. — Solo estaba... posponiendo lo inevitable. Clara arqueó una ceja, intrigada. — ¿Lo inevitable? — La soledad. — Sonrió, un gesto lento que no llegó del todo a los ojos. — O quizá la compañía. Ella rió, un sonido ligero que resonó entre los estantes. — ¿Eso es una trampa para hacerme quedarme? — Depende. — Lucas inclinó la cabeza, estudiándola con una intensidad que la hizo sentirse expuesta. — ¿Suele caer en trampas? Clara se acercó a la chimenea, extendiendo las manos hacia el calor. Las llamas se reflejaban en sus ojos, dándoles un brillo ámbar. — Solo en las bien construidas. La sonrisa de él se ensanchó, genuina esta vez, y Clara sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Había algo peligroso en la forma en que la miraba, como si ya supiera exactamente dónde tocarla para hacerla temblar. — Entonces quizá deba esforzarme más — murmuró. Ella desvió la mirada, fingiendo interés en los libros del estante más cercano. Los dedos rozaron los lomos, sintiendo el relieve de las letras doradas bajo las yemas. — Usted es músico, ¿verdad? — preguntó, intentando mantener la voz firme. — Le escuché tocar el piano antes. — Sí. — Lucas se levantó, acercándose a ella con la misma lentitud de antes. — Y usted es escritora. Clara se volvió para mirarlo, sorprendida. — ¿Cómo lo sabe? — La recepcionista lo mencionó. — Se encogió de hombros, como si no fuera importante. — Dijo que había venido aquí en busca de inspiración. — ¿Y usted? — Cruzó los brazos, desafiándolo con la mirada. — ¿También vino por inspiración? — Algo así. — Lucas se detuvo a pocos pasos de ella, lo suficientemente cerca como para que Clara sintiera el calor de su cuerpo, pero sin tocarla. — A veces, la música necesita silencio para nacer. Y a veces... necesita algo más. El aire entre ellos parecía cargado, como si cada palabra intercambiada fuera una cerilla frotada contra la superficie áspera del deseo. Clara tragó saliva, sintiendo la garganta seca. — ¿Algo como qué? Lucas no respondió de inmediato. En cambio, extendió la mano, tomando un mechón suelto de su cabello entre los dedos. El contacto fue leve, casi imperceptible, pero suficiente para hacer que Clara contuviera el aliento. — Como pasión — dijo, por fin. — O al menos, la promesa de ella. Ella debería haber retrocedido. Debería haber reído y cambiado de tema, mantenido la distancia educada que había establecido desde la cena. Pero algo en la forma en que la miraba—como si ya la hubiera visto desnuda, como si ya supiera el sonido que haría cuando la tocara—hacía que cada célula de su cuerpo clamara por más. — ¿Y si le digo que no creo en la pasión? — Su voz salió más baja de lo que pretendía, casi un susurro. Lucas soltó el mechón de cabello, pero no se apartó. En cambio, se inclinó ligeramente hacia adelante, los labios casi rozando su oreja. — Entonces diría que nunca la ha sentido. El aliento cálido de él hizo que Clara cerrara los ojos por un instante. Cuando los abrió de nuevo, Lucas la miraba con una intensidad que la dejó sin aliento. — Está jugando sucio — murmuró. — No estoy jugando. — Retrocedió solo lo suficiente para que ella pudiera ver la sonrisa en sus labios. — Solo estoy diciendo la verdad. Clara sintió que el corazón le latía más rápido. El fuego crepitaba en la chimenea, proyectando sombras que danzaban en las paredes como ecos de lo que podría suceder entre ellos. Sabía que debería irse, que debería volver a su habitación y cerrar la puerta con llave. Pero algo más fuerte que la razón la mantenía allí, atrapada en ese momento, en esa mirada. — ¿Y si quiero demostrarle que se equivoca? — La pregunta escapó antes de que pudiera detenerla. Lucas arqueó una ceja, intrigado. — ¿Cómo? Clara no respondió. En cambio, se acercó aún más, hasta que sus cuerpos casi se tocaron. Podía olerlo ahora—jabón, cuero y algo más oscuro, más primitivo. Levantó la mano lentamente, rozando los dedos contra el cuello de su camisa, sintiendo el calor de su piel bajo la tela. — Quizá necesite una lección — susurró. Por un segundo, Lucas permaneció inmóvil. Luego, con un movimiento rápido, le sujetó la muñeca, no con fuerza, pero con una firmeza que la hizo estremecer. — Cuidado, Clara — murmuró, la voz ronca. — No sabes lo que estás pidiendo. Ella sonrió, sintiendo el poder de aquel juego fluir entre ellos como una corriente eléctrica. — Quizá sea exactamente lo que quiero. El fuego crepitó en la chimenea, lanzando una lluvia de chispas que iluminó el rostro de Lucas por un instante. Cuando la luz se apagó, él aún la miraba con esa intensidad que le retorcía el estómago. — Mañana — dijo, por fin. — Veremos si aún piensas lo mismo cuando salga el sol. Clara sintió la decepción recorrerla, pero también una excitación aún mayor. Había algo en la forma en que la desafiaba, como si supiera que ella retrocedería—o que, por el contrario, iría hasta el final. — Mañana, entonces — aceptó, dando un paso atrás. Lucas le soltó la muñeca, pero no antes de pasar el pulgar sobre la piel sensible de la parte interna, un toque tan leve que podría haber sido accidental. O no. — Que duermas bien, Clara — murmuró. Ella se volvió para salir, sintiendo su mirada quemándole la espalda. Cuando llegó a la puerta, dudó, mirando hacia atrás por encima del hombro. — Tú también. Lucas no respondió. Solo alzó la copa de coñac en un brindis silencioso, los ojos fijos en ella hasta que la puerta se cerró tras Clara. Afuera, la nieve seguía cayendo, cubriendo el mundo con un manto de silencio. Pero dentro de aquella biblioteca, entre las páginas de los libros y el calor de la chimenea, algo había despertado. Y ninguno de los dos sabía con certeza cómo—o si—lograrían volver a dormir. El primer rayo de sol de la mañana atravesó las cortinas de lino blanco como una hoja dorada, posándose sobre los párpados de Clara antes incluso de que abriera los ojos. El calor suave en la piel fue suficiente para sacarla del sueño, pero fue el sonido—ah, el sonido—lo que la hizo incorporarse en la cama como si la arrastraran hilos invisibles. Una melodía fluía por el pasillo, notas graves y aterciopeladas que parecían deslizarse bajo la puerta y enredarse en sus tobillos. El piano. Reconoció la pieza casi al instante: *Gymnopédie No. 1*, de Satie, pero con un ritmo más lento, casi lánguido, como si cada nota fuera un suspiro prolongado. No era una ejecución técnica, perfecta—había vacilaciones, pequeños desvíos, como si el pianista estuviera improvisando, dejando que los dedos siguieran el impulso del momento. Y era justamente eso lo que hacía la música irresistible. Clara cerró los ojos por un instante, dejando que el sonido la envolviera, e imaginó las manos que tocaban las teclas. Manos que, la noche anterior, habían sostenido una copa de coñac con la misma precisión con que ahora acariciaban el marfil de las teclas. Se levantó despacio, los pies descalzos hundiéndose en la alfombra mullida. No se molestó en ponerse la bata de seda que estaba tirada a los pies de la cama. En su lugar, se puso la camisa de dormir de algodón fino—aquella que se deslizaba por los hombros con facilidad—y siguió el sonido como si fuera una llamada. El salón principal de la posada era un espacio amplio, con ventanas altas que dejaban que la luz de la mañana inundara el ambiente. La nieve afuera brillaba como cristales esparcidos, y el reflejo plateado danzaba en las paredes de madera oscura. En el centro del salón, el piano de cola negro relucía bajo la claridad, y Lucas estaba sentado frente a él, de espaldas a la puerta, los hombros ligeramente curvados sobre el teclado. Llevaba una camisa de lino blanca, las mangas dobladas hasta los codos, y Clara pudo ver la tensión en los músculos de sus antebrazos mientras tocaba. Dudó en la entrada, no queriendo interrumpir. Pero entonces él se detuvo, como si hubiera sentido su presencia, y se volvió lentamente. Sus ojos se encontraron con los de ella, y por un segundo, ninguno de los dos dijo nada. La música aún flotaba en el aire entre ellos, vibrando en las paredes, en el suelo de madera, en la propia piel de Clara. — Buenos días — dijo él, la voz ronca de sueño, o quizá de algo más. — Buenos días — respondió ella, acercándose. — Tocas bien. Lucas sonrió, un lado de la boca levantándose. — Reconociste la pieza. — Es difícil no reconocer a Satie. — Clara se detuvo junto al piano, los dedos rozando levemente la superficie pulida. — Pero le diste tu toque. — Es lo que hace la música, ¿no? — Deslizó los dedos por las teclas, produciendo una secuencia de notas al azar, como si estuviera probando el instrumento. — Se moldea a quien la toca. Clara inclinó la cabeza, observándolo. — ¿Y qué *estabas* moldeando ahora? Lucas alzó los ojos, y había algo en ellos—un brillo travieso, casi depredador. — Una pregunta interesante. — Se levantó, rodeando el piano hasta quedar a solo unos pasos de ella. — Quizá la respuesta dependa de quién esté escuchando. Ella no retrocedió. En cambio, sostuvo su mirada, sintiendo el calor subirle por el cuello. — ¿Y si soy yo? — Entonces diría que estaba intentando capturar el sonido de alguien despertando. — Dio un paso más, reduciendo la distancia entre ellos. — La forma en que la respiración se vuelve más profunda cuando sales del sueño. Cómo los músculos se estiran, como si estuvieras recordando cómo ocupar tu propio cuerpo. Clara sintió un escalofrío recorrerle la espalda. — ¿Siempre eres así... poético? — Solo cuando la inspiración golpea. — Extendió la mano, tomando un mechón de su cabello entre los dedos. — Y tú, Clara, eres una gran fuente de inspiración. Ella debería haber retrocedido. Debería haber dicho algo ingenioso, mantenido el control de la situación. Pero la forma en que él enrollaba aquel mechón de cabello alrededor de su dedo, como si estuviera probando su textura, la hizo contener el aliento. — No me conoces lo suficiente como para decir eso. — Ah, pero sí te conozco. — Lucas soltó el cabello, dejando que el mechón se deslizara entre sus dedos. — Conozco la forma en que muerdes el labio cuando piensas en algo que no quieres decir. Cómo tus ojos se oscurecen cuando algo te excita. Cómo sostienes la copa de vino con los dedos demasiado apretados, como si te estuvieras conteniendo para no hacer algo impulsivo. Clara sintió que el rostro le ardía. — Has prestado mucha atención. — Es difícil no hacerlo. — Inclinó la cabeza, como si estuviera evaluando algo. — Especialmente cuando la persona en cuestión es tan... intrigante. Ella cruzó los brazos, intentando recuperar algo de control. — ¿Y qué es lo que te intriga de mí, exactamente? Lucas no respondió de inmediato. En cambio, volvió al piano y tocó una sola nota, grave y vibrante. — ¿Quieres la respuesta honesta? — Siempre. Él sonrió, pero era una sonrisa diferente—más afilada, más peligrosa. — Lo que me intriga es que actúas como si no quisieras nada, pero tus ojos dicen lo contrario. Como si estuvieras esperando a que alguien te desafiara. A que te obligara a admitir lo que realmente deseas. Clara sintió que el corazón le latía más fuerte. — ¿Y crees que eres ese alguien? — No lo sé. — Tocó otra nota, más aguda esta vez. — Pero estoy dispuesto a descubrirlo. El silencio que siguió fue cargado. Clara podía escuchar su propia sangre pulsando en los oídos, la respiración de Lucas, el crepitar lejano de la chimenea en la biblioteca. Debería haber dicho algo inteligente, algo que lo pusiera en su lugar. Pero sus palabras habían dado en un blanco que ni siquiera sabía que existía. — ¿Siempre eres tan seguro de ti mismo? — preguntó, por fin. — No. — Lucas se levantó de nuevo, acercándose. — Pero contigo, Clara, no necesito estar seguro. Solo necesito seguir el instinto. Ella debería haberse apartado. Debería haber dicho que era presuntuoso, que las cosas no funcionaban así. Pero cuando él extendió la mano, tomando la suya con delicadeza, no se resistió. Los dedos de él eran cálidos, ásperos en algunos puntos—callos de quien toca instrumentos desde hace años. Le dio la vuelta a su palma y trazó una línea con el pulgar, desde la muñeca hasta la base de los dedos. — Tienes manos de escritora — murmuró. — Dedos largos, uñas cortas. Pero no son manos frágiles. Son manos que saben lo que quieren. Clara tragó saliva. — ¿Y qué crees que quieren? Lucas alzó los ojos, y el deseo en ellos era tan palpable que casi podía tocarlo. — Quieren ser guiadas. Antes de que pudiera responder, él soltó su mano y dio un paso atrás, como si estuviera recomponiéndose. — Hoy hace buen tiempo. — Miró por la ventana, donde el sol brillaba sobre la nieve. — Pensé en dar un paseo por el bosque. ¿Te gustaría venir? Clara parpadeó, sorprendida por el cambio repentino de tono. — ¿Un paseo? — Sí. — Sonrió, esa sonrisa fácil de nuevo, como si no acabara de dejarla sin aliento. — A menos que tengas otros planes. Ella debería haber rechazado. Debería haber dicho que necesitaba trabajar, que tenía un capítulo por escribir, que no era buena idea. Pero la verdad era que no quería rechazar. No después de la noche anterior. No después de ese momento. — Está bien — dijo, intentando sonar casual. — Pero solo si prometes no dejarme perdida en el bosque. Lucas rió, un sonido bajo y ronco. — Nunca dejaría que te perdieras, Clara. — Extendió la mano de nuevo, esta vez solo para indicar la dirección. — ¿Vamos? Ella dudó por un segundo, pero luego colocó su mano en la de él. Los dedos de él se cerraron alrededor de los suyos, firmes y cálidos, y Clara sintió que algo se agitaba dentro de ella—algo que no era solo deseo, sino una especie de anticipación, como si supiera que aquel paseo sería el comienzo de algo que no podría deshacerse. Mientras se dirigían hacia la puerta trasera de la posada, donde estaban guardadas las botas y los abrigos, Clara miró hacia atrás una última vez. El piano seguía allí, silencioso ahora, pero juraría que aún escuchaba el eco de las notas que Lucas había tocado. Y, de alguna manera, sabía que aquella música no había terminado. Todavía no. El aire de la montaña estaba cortante, pero Clara apenas sentía el frío. El calor de la mano de Lucas en la suya era como una brasa encendida, un contraste delicioso con la nieve que cubría los pinos a su alrededor. Caminaban por un sendero estrecho, los pasos hundiéndose levemente en la capa fresca de hielo, mientras el sol de la mañana se filtraba entre las ramas, dibujando patrones dorados en el suelo. El silencio entre ellos no era incómodo—estaba cargado, como si cada respiración, cada movimiento, fuera una pregunta esperando respuesta. — ¿Vienes aquí a menudo? — preguntó Clara, rompiendo el hechizo solo para prolongarlo. Su voz sonó más baja de lo que pretendía, casi perdida en el crujido de las hojas. Lucas la miró de reojo, una sonrisa lenta formándose en sus labios. — No tan a menudo como me gustaría. Pero cuando necesito... perderme, es aquí donde vengo. — ¿Perderte? — Arqueó una ceja, desafiante. — ¿O encontrarte? Él rió, un sonido que reverberó en el pecho de ella. — Ambas cosas, quizá. Clara mordió su labio inferior, sintiendo el sabor helado del aire. Había algo en Lucas que la hacía querer provocarlo, poner a prueba los límites de esa tensión que flotaba entre ellos desde la noche anterior. Desde el piano. Desde el fuego en la chimenea. Desde la primera mirada. — ¿Y tú? — preguntó él, deteniéndose de repente. Su mano aún sostenía la de ella, pero ahora los dedos se entrelazaban con más firmeza. — ¿Qué busca una escritora cuando se esconde en una posada en medio de la nada? Ella sonrió, inclinando la cabeza. — Inspiración. O quizá... algo que no sé nombrar. — ¿Algo como qué? — Como... — Dudó, pero sus ojos, oscuros e intensos, la atraían más cerca. — Como si estuviera esperando algo que aún no ha sucedido. Lucas no respondió de inmediato. En cambio, llevó la mano libre al rostro de ella, apartando un mechón de cabello que el viento insistía en colocar sobre sus ojos. El contacto fue leve, casi imperceptible, pero Clara sintió que la piel le ardía donde sus dedos la rozaron. — Quizá lo hayas encontrado — murmuró. Antes de que pudiera responder, un trueno resonó a lo lejos, bajo y amenazador. Clara miró al cielo, sorprendida. Las nubes, antes dispersas y blancas, ahora se acumulaban en tonos de gris oscuro, pesadas y cargadas. El viento comenzó a soplar con más fuerza, sacudiendo las ramas de los árboles. — Mierda — maldijo Lucas, mirando alrededor con urgencia. — No vi el pronóstico del tiempo esta mañana. — ¿Es malo? — preguntó Clara, aunque ya sabía la respuesta. — Mucho. — Apretó su mano. — Tendremos que volver. Pero antes de que pudieran dar más que unos pasos, las primeras gotas gruesas comenzaron a caer. No era una lluvia común—era una tormenta de verano que se desataba sobre ellos con violencia, como si el cielo hubiera decidido descargar toda su furia de una vez. En segundos, estaban empapados. — ¡Por aquí! — gritó Lucas, arrastrándola fuera del sendero. Corrieron entre los árboles, los pies resbalando en el barro, hasta que Clara vio una estructura de madera a lo lejos, casi oculta por la vegetación. Una cabaña abandonada, con las paredes cubiertas de musgo y el techo parcialmente derrumbado. Lucas no dudó. Empujó la puerta, que crujió en protesta, y la arrastró hacia dentro. El interior era oscuro y húmedo, olía a madera vieja y tierra mojada. Una única ventana, sucia y agrietada, dejaba entrar una luz pálida, suficiente para ver los restos de muebles rotos y una vieja estufa de leña en un rincón. El suelo estaba cubierto de hojas secas y polvo, pero al menos estaban protegidos de la tormenta. — No es el Ritz — bromeó Lucas, sacudiendo el agua del cabello —, pero servirá. Clara rió, pasando las manos por los brazos para entrar en calor. La blusa fina estaba pegada a su cuerpo, y podía sentir los pezones endurecidos bajo la tela. Lucas lo notó. Sus ojos bajaron por un segundo antes de volver a su rostro, pero fue suficiente para que Clara sintiera el calor subirle por el cuello. — Estás temblando — dijo, la voz más grave. — Estoy bien. — No lo estás. — Se quitó el abrigo y, antes de que pudiera protestar, se lo colocó sobre los hombros. La tela aún guardaba el calor de su cuerpo, y Clara cerró los ojos por un instante, inhalando el olor a jabón y algo más—algo masculino, amaderado, que le hizo contraer el estómago. — Gracias — murmuró. Lucas no respondió. En cambio, se acercó, las manos posándose en sus hombros por encima del abrigo. El contacto era firme, posesivo, y Clara sintió que el corazón se le aceleraba. — Clara... — Su nombre salió como un susurro ronco. Ella alzó el rostro, encontrando sus ojos. La cabaña estaba fría, pero el aire entre ellos ardía. La tormenta afuera rugía, pero allí dentro, el único sonido era el de sus respiraciones, entrecortadas, urgentes. — ¿Qué? — preguntó, aunque sabía exactamente lo que él quería. Lucas no dijo nada. En cambio, se inclinó y capturó sus labios con los suyos. Fue como si un dique se rompiera. El beso no fue suave. No fue vacilante. Fue hambriento, desesperado, como si ambos hubieran esperado ese momento desde que se vieron por primera vez. Clara gimió contra su boca, las manos agarrando la camisa mojada de Lucas, atrayéndolo más cerca. Él la empujó contra la pared de madera, su cuerpo presionando el de ella, y sintió cada centímetro de él—duro, caliente, exigente. Las manos de Lucas bajaron por su espalda, atrayéndola hacia sí, mientras su lengua invadía su boca con una urgencia que la dejó sin aliento. Clara se arqueó contra él, las caderas rozando las suyas, sintiendo la evidencia del deseo de Lucas contra su vientre. Un gemido escapó de sus labios, perdido en el beso, y él respondió con un gruñido bajo, las manos deslizándose hacia abajo, agarrando sus muslos. — Joder, Clara... — murmuró contra su boca, los dientes mordisqueando su labio inferior. — No tienes idea de lo que me haces. — Entonces muéstramelo — desafió, la voz ronca. Lucas no necesitó más incentivo. Con un movimiento rápido, la levantó, sus piernas envolviendo su cintura. Clara sintió la pared áspera en la espalda, pero no le importó. Lo único que importaba era su cuerpo contra el de ella, su boca devorando la suya, sus manos explorando cada curva como si quisiera memorizarla. — Te deseo — confesó, los labios trazando un camino caliente por su cuello. — Desde el momento en que te vi. Clara inclinó la cabeza hacia atrás, exponiendo más de su piel para él. — Entonces tómame. Las palabras fueron como un detonante. Lucas la bajó al suelo solo el tiempo suficiente para arrancarle el abrigo de los hombros, dejándolo caer al suelo sucio. La blusa mojada siguió el mismo camino, y Clara quedó allí, con el sujetador, los pezones duros visibles a través de la tela fina. Lucas no perdió tiempo. Su boca encontró uno de los pechos, succionando a través de la tela, mientras las manos le apretaban la cintura. — Lucas... — gimió, las uñas clavándose en sus hombros. Él alzó la cabeza, los ojos oscuros de deseo. — Di que lo quieres. — Lo quiero — respondió, sin dudar. — Te quiero a ti. Con un gruñido, Lucas la besó de nuevo, las manos deslizándose hacia el botón de sus vaqueros. Clara ayudó, pateando las botas para quitárselas, mientras él hacía lo mismo con las suyas. En segundos, estaban solo en ropa interior, los cuerpos presionados uno contra el otro, la piel húmeda y caliente. Lucas la levantó de nuevo, llevándola hasta la vieja estufa de leña. La sentó allí, sus piernas envolviendo su cintura, y Clara sintió el metal frío contra la piel sensible de los muslos. No importaba. Nada importaba más que el calor de su cuerpo, su boca en sus pechos, sus manos explorando cada centímetro de ella. — Eres hermosa — murmuró, los dedos deslizándose dentro de sus bragas. Clara se arqueó con el contacto, un gemido escapando de sus labios. — Tan mojada... — Es por ti — admitió, la voz temblorosa. Lucas sonrió, una sonrisa depredadora, antes de arrodillarse frente a ella. Clara no tuvo tiempo de protestar. Él apartó las bragas a un lado y su boca encontró su centro, la lengua caliente y hábil. — Ah, Dios... — gimió, las manos enredándose en su cabello. Él no se detuvo. Lamió, succionó, exploró cada pliegue con una precisión que la dejó al borde del abismo. Clara sintió que las piernas le temblaban, el orgasmo acercándose como una ola, pero antes de que pudiera llegar al clímax, Lucas se apartó. — Todavía no — dijo, la voz ronca. — Quiero estar dentro de ti cuando te corras. Clara apenas tuvo tiempo de recuperar el aliento antes de que él la arrastrara hacia abajo, acostándola sobre el abrigo en el suelo. La madera áspera le raspó la espalda, pero no le importó. Lucas se quitó los calzoncillos, y Clara lo vio por primera vez—duro, grueso, listo para ella. — Condón — recordó, jadeante. Lucas maldijo en voz baja, pero metió la mano en el bolsillo de los pantalones tirados en el suelo. Sacó un paquetito plateado, rasgándolo con los dientes. Clara lo observó, hipnotizada, mientras se colocaba el preservativo, los ojos nunca dejando los suyos. — ¿Estás segura? — preguntó, posicionándose entre sus piernas. Clara asintió, atrayéndolo hacia abajo. — Absolutamente. Y entonces él entró en ella. Fue como si el mundo entero se redujera a ese momento. Clara se arqueó, un grito ahogado escapando de sus labios, mientras Lucas la llenaba por completo. Comenzó despacio, dándole tiempo para adaptarse, pero la lentitud no duró. En segundos, los movimientos se volvieron más rápidos, más profundos, cada embestida arrancándole gemidos a ambos. — Joder, Clara... — gruñó Lucas, las caderas golpeando contra las de ella. — Estás tan apretada... Ella no pudo responder. Las palabras se perdieron en un torbellino de sensaciones—su cuerpo sobre el de ella, sus manos sujetándole las muñecas por encima de la cabeza, su boca encontrando la suya en un beso voraz. Clara sintió que el orgasmo se acercaba, una presión deliciosa creciendo dentro de ella, hasta que estalló en un clímax que la dejó sin aliento. Lucas la siguió segundos después, un gemido gutural escapando de sus labios mientras se enterraba profundamente en ella una última vez. Sus cuerpos temblaron juntos, la respiración entrecortada, el sudor mezclándose con la humedad de la lluvia. Por un largo momento, ninguno de los dos se movió. Solo permanecieron allí, acostados en el suelo de la cabaña abandonada, los corazones latiendo al mismo ritmo acelerado. Afuera, la tormenta seguía rugiendo, pero allí dentro, todo estaba quieto. Clara giró la cabeza, encontrando los ojos de Lucas. Él sonrió, una sonrisa satisfecha y un poco perversa, antes de inclinarse y besarla suavemente. — Esto — murmuró contra sus labios — fue solo el comienzo. Y Clara supo, sin sombra de duda, que tenía razón. La cabaña abandonada había quedado atrás, pero el fuego que había encendido entre ellos aún ardía, vivo y hambriento. La tormenta seguía azotando las montañas cuando Clara y Lucas regresaron a la posada, los cuerpos mojados por la lluvia, los labios hinchados de besos robados en el camino de vuelta. Las botas dejaban marcas húmedas en el suelo de madera del vestíbulo, y el olor a pino y cera se mezclaba con el aroma salado de su piel, el sudor fresco, el deseo que no se había disipado ni por un segundo. Clara sintió los dedos de Lucas entrelazados con los suyos, firmes, posesivos. Él no la soltó ni cuando llegaron a la puerta de su habitación, ni cuando la empujó contra la madera con un movimiento suave pero decidido. La llave tintineó en la cerradura, y entonces estuvieron dentro, encerrados en el silencio acogedor de la habitación, interrumpido solo por el crepitar de la chimenea y el sonido áspero de sus respiraciones. La habitación era un refugio de tonos cálidos—cortinas de terciopelo burdeos, una colcha de lana gruesa, cojines esparcidos por el suelo. Pero nada de eso importaba ahora. Los ojos de Lucas recorrieron el cuerpo de Clara como si la viera por primera vez, despacio, apreciando cada curva, cada sombra. Ella aún llevaba puesta la blusa de lana fina, ahora húmeda, pegada a los pechos, los pezones visibles bajo la tela. Él mordió el labio inferior, un gesto que ella ya reconocía como señal de que estaba perdiendo el control. — Estás empapada — murmuró, la voz ronca, mientras pasaba el pulgar por su clavícula, siguiendo el rastro de gotas que resbalaban por su escote. Clara arqueó la espalda, presionándose contra su mano. — Y a ti te gusta. No era una pregunta. Lucas sonrió, lento, perverso, y entonces la atrajo hacia sí, las manos deslizándose por su espalda hasta alcanzar el dobladillo de la blusa. Con un movimiento rápido, se la quitó por la cabeza, arrojándola al suelo sin ceremonia. El aire frío de la noche le rozó la piel, haciéndola estremecer, pero antes de que pudiera sentir el frío por mucho tiempo, los labios de Lucas estaban sobre los suyos, cálidos, exigentes. La besó como si quisiera devorarla, la lengua explorando cada rincón de su boca, los dientes mordisqueando su labio inferior hasta arrancarle un gemido. Clara respondió con la misma hambre, las uñas clavándose en sus hombros, atrayéndolo más cerca, como si pudiera fundir sus cuerpos allí mismo. Las manos de Lucas bajaron por su espalda, desabrochándole el sujetador con un solo movimiento hábil. Sus pechos saltaron libres, pesados, los pezones ya rígidos de excitación. — Joder — susurró, apartándose solo lo suficiente para admirarla. — Eres preciosa. Clara rió, un sonido bajo y provocador, y lo empujó hacia atrás, haciéndolo caer sobre la cama. Lucas aterrizó en el colchón con un gruñido, pero no perdió tiempo—en un segundo, estaba de pie de nuevo, atrayéndola hacia él. Ella se sentó a horcajadas sobre su regazo, las piernas abiertas sobre sus muslos, sintiendo su erección presionando contra los vaqueros mojados. — Tú tampoco estás nada mal — murmuró, rozando los labios contra su cuello, sintiendo el sabor salado de su piel, el olor a lluvia y hombre. — Pero creo que llevamos demasiada ropa. Lucas no necesitó más incentivo. Sus manos fueron hacia el botón de sus vaqueros, desabrochándolo con urgencia, mientras Clara se levantaba lo suficiente para que él pudiera bajarle los pantalones y las bragas. Ella pateó las prendas a un lado, quedándose completamente desnuda sobre él. Lucas la observó, los ojos oscuros de deseo, antes de pasar las manos por sus muslos, subiendo hasta sus caderas, apretándolas con fuerza. — Ahora tú — ordenó, la voz temblorosa de anticipación. Él obedeció, quitándose la camisa con un movimiento rápido, revelando el pecho esculpido, los músculos definidos bajo la piel bronceada. Clara no se resistió—bajó las manos por su abdomen, sintiendo cada protuberancia, cada contracción bajo sus dedos, hasta llegar al cinturón de sus pantalones. Lo desabrochó con lentitud deliberada, los dedos rozando su erección por encima de la tela, haciéndolo gemir. — Clara... — Shhh — susurró, bajando la cremallera. — Déjame cuidar de ti. Los pantalones fueron descartados, seguidos por los calzoncillos, y entonces él estuvo tan desnudo como ella, su erección rígida, palpitante, apuntando hacia ella como una promesa. Clara no perdió tiempo—bajó de su regazo, arrodillándose entre sus piernas, los dedos envolviendo la base de su miembro con firmeza. Lucas gimió cuando se lo llevó a la boca, la lengua girando alrededor de la cabeza, los labios succionando con fuerza. — Hostia — gruñó, las manos enredándose en su cabello, tirando ligeramente. — Eso... joder, Clara... Ella sonrió contra su piel, disfrutando del poder que tenía sobre aquel hombre fuerte, sobre aquel músico que hacía temblar al mundo con sus notas, pero que ahora temblaba bajo su toque. Su boca se deslizó hacia abajo, llevándolo más profundo, la garganta relajándose para acomodarlo. Lucas gimió, las caderas moviéndose instintivamente, buscando más. Pero él no quería correrse así. Todavía no. Con un movimiento rápido, la atrajo hacia arriba, acostándola en la cama y posicionándose entre sus piernas. Clara arqueó la espalda, ofreciéndose, los ojos entrecerrados de placer. — Eres una tentación — murmuró, la voz ronca, mientras pasaba la mano por su muslo, sintiendo la humedad entre sus piernas. — Y no puedo resistirme. Ella gimió cuando sus dedos la encontraron, deslizándose dentro con facilidad, moviéndose en un ritmo lento y torturador. Clara mordió el labio, intentando contener los sonidos que escapaban de su garganta, pero era inútil. Lucas sabía exactamente cómo tocarla, cómo hacerla perder el control. — Lucas... — jadeó, las uñas clavándose en las sábanas. — Te necesito. Ahora. Él no necesitó que se lo dijeran dos veces. Con un movimiento fluido, se posicionó entre sus piernas, su erección presionando contra su entrada. Clara alzó las caderas, suplicando en silencio, y él la penetró en un solo movimiento, llenándola por completo. Los dos gimieron al unísono, el placer tan intenso que casi dolía. Lucas comenzó a moverse, lento al principio, cada embestida profunda, deliberada, arrancándole suspiros a Clara. Pero la lentitud no duró mucho. Pronto, el ritmo se aceleró, los cuerpos chocando uno contra el otro, la cama crujiendo bajo ellos. Clara envolvió las piernas alrededor de su cintura, atrayéndolo más cerca, más profundo, mientras sus manos exploraban cada centímetro de su cuerpo—los pechos, los pezones, la curva de su cintura, las caderas. Sintió cada toque como una descarga eléctrica, cada beso como una marca de posesión. — Eres mía — gruñó contra su oído, la voz cargada de deseo. — Solo mía. — Sí — gimió, las palabras perdiéndose en un grito cuando él cambió el ángulo, alcanzando un punto que la hizo ver estrellas. — Solo tuya. El orgasmo la golpeó con fuerza, un calor líquido extendiéndose por su cuerpo mientras se contraía alrededor de él. Lucas gimió, sintiendo cómo las paredes de ella lo apretaban, y se dejó llevar, corriéndose con un rugido, el cuerpo temblando mientras se enterraba profundamente en ella una última vez. Por un largo momento, permanecieron allí, inmóviles, los cuerpos sudorosos, las respiraciones entrecortadas. La tormenta afuera seguía rugiendo, el viento aullando contra las ventanas, pero dentro de la habitación, todo estaba quieto, cálido, perfecto. Lucas rodó hacia un lado, atrayendo a Clara hacia sí, los brazos envolviéndola con fuerza. Ella se acurrucó contra él, sintiendo el latido de su corazón contra el suyo, los dos aún conectados de alguna manera, incluso después de separarse. — Esto fue... — comenzó, pero las palabras le fallaron. — Increíble — completó él, besándole la coronilla. Clara sonrió, cerrando los ojos. Por primera vez en mucho tiempo, se sentía completa. Pero sabía que aquella noche era solo eso—una noche. Y, a pesar del placer, a pesar de la conexión, había algo en el aire que la hacía preguntarse si los dos realmente podrían seguir caminos separados cuando saliera el sol. Pero eso era una preocupación para mañana. Por ahora, solo estaba el calor de su cuerpo contra el de ella, el sonido de la lluvia, y la promesa silenciosa de que aquella noche estaba lejos de terminar. La luz de la mañana invadía la habitación como un huésped tardío, tímida al principio, luego audaz, deslizándose por las cortinas entreabiertas y posándose sobre la piel de Clara con la delicadeza de una caricia. Se despertó antes que Lucas, el cuerpo aún envuelto en el calor residual de las sábanas, en el olor mezclado de sudor, sexo y madera quemada de la chimenea. El viento había cesado, reemplazado por el silencio cristalino de la nieve fresca, que amortiguaba todos los sonidos del mundo exterior. Por un instante, permaneció inmóvil, escuchando la respiración profunda de Lucas a su lado, el ritmo lento y constante de quien duerme sin prisa. Entonces, como si presintiera su mirada, él se movió. Un brazo pesado se extendió sobre su cintura, atrayéndola de vuelta contra su pecho desnudo. Clara sonrió, dejándose hundir en el abrazo, los dedos trazando círculos perezosos en su antebrazo. — Buenos días — murmuró Lucas, la voz ronca de sueño, los labios rozando su oreja. — Buenos días — respondió ella, girándose para mirarlo. Sus ojos, aún somnolientos, tenían un brillo diferente bajo aquella luz fría de la mañana. Menos urgentes, más profundos. Como si la noche hubiera excavado algo entre ellos que la luz del día no podía borrar. Lucas acarició su rostro con el dorso de los dedos, deteniéndose en la línea de la mandíbula, en el contorno de sus labios. — Estás preciosa así — dijo, la voz baja. — Despeinada. Sin maquillaje. Con mi olor en ti. Clara rió, un sonido ligero, casi avergonzado. — Es un cumplido extraño. — Es el mejor tipo de cumplido. Ella no respondió. En cambio, se inclinó y lo besó, un beso lento, sin prisa, como si tuvieran todo el tiempo del mundo. Pero ambos sabían que no lo tenían. El reloj en la pared marcaba las nueve y media, y el sol ya estaba lo suficientemente alto como para derretir las sombras de la noche anterior. Cuando se separaron, Lucas suspiró, pasando la mano por el cabello despeinado. — ¿Desayuno? — Desayuno — aceptó ella. El salón principal de la posada estaba casi vacío, excepto por una mesa en el rincón donde una señora de cabellos grises tomaba té con un libro en las manos. El aroma a pan recién horneado y café recién hecho se mezclaba con el olor a leña quemada, creando una atmósfera de calidez casi palpable. Clara y Lucas eligieron una mesa cerca de la ventana, donde la nieve acumulada en el alféizar reflejaba la luz del sol en mil pequeños prismas. La camarera, una chica de mejillas sonrojadas por el frío, trajo una bandeja con croissants dorados, mermelada de frambuesa, mantequilla derritiéndose lentamente y dos tazas humeantes. Clara tomó un trozo de pan, mordisqueándolo mientras observaba a Lucas echar azúcar en el café con una lentitud deliberada. — ¿Siempre tomas el café así? — preguntó, curiosa. — ¿Así cómo? — Con tres cucharadas de azúcar. Él sonrió, revolviendo la bebida con la cuchara. — Solo cuando estoy de buen humor. — ¿Y estás de buen humor? — Lo estoy. — La miró. — Mucho. Clara sintió que el calor le subía a las mejillas. Bajó la vista hacia la taza, jugando con la cuchara. — Yo también. Un silencio cómodo se instaló entre ellos. No era el silencio cargado de la noche anterior, lleno de palabras no dichas y promesas susurradas. Era un silencio ligero, casi cómplice, como si ambos supieran que no necesitaban llenarlo con nada más que la presencia del otro. — ¿Te vas hoy? — preguntó Lucas, por fin. Clara dudó. No había pensado en eso hasta ese momento. La posada era un refugio temporal, un lugar para escribir, para respirar. Pero ahora, con la nieve derritiéndose afuera y el sol iluminando cada detalle de su rostro, la idea de marcharse parecía más difícil de lo que debería. — No... sé — admitió. — ¿Y tú? — Mi retiro termina hoy — dijo, pasando el pulgar por el borde de la taza. — Pero puedo quedarme un día más, si quieres. Ella sonrió, pero negó con la cabeza. — No. No es justo. — ¿Justo con quién? — Con nosotros. Con lo que pasó. Lucas frunció levemente el ceño, como si no entendiera. Clara respiró hondo, intentando encontrar las palabras adecuadas. — Anoche fue... — buscó el término, pero desistió. — Fue perfecto. Pero fue una noche. Una tormenta. Una excepción. Si nos quedamos, intentaremos convertir esto en algo que no es. — ¿Y si lo es? — insistió, la voz baja. — ¿Y si es más que una noche? Clara lo miró, realmente lo miró. Lucas no era el tipo de hombre que hacía promesas vacías. Era intenso, sí, pero también práctico. Sabía, como ella, que algunas cosas estaban hechas para durar solo un momento. — Entonces lo estropearemos — dijo, con suavidad. — Porque las mejores cosas son así. Efímeras. Como la nieve. Hermosa mientras dura, pero se derrite con el sol. Él no respondió de inmediato. Tomó un croissant, lo partió por la mitad, observando cómo el vapor se elevaba. Luego, le ofreció la mitad a ella. — ¿Tienes miedo de arrepentirte? — preguntó. — No — respondió, sincera. — Tengo miedo de acostumbrarme. Lucas asintió, como si entendiera. O quizá solo respetara. Desayunaron en silencio durante unos minutos, hasta que él apartó la silla y se levantó. — Voy a por más café. Clara lo observó alejarse, la forma en que sus hombros anchos llenaban el suéter de lana, el modo en que sus dedos largos sostenían la taza. Cuando regresó, traía dos tazas humeantes y una sonrisa que no llegaba a los ojos. — Le pedí a la camarera que trajera la cuenta — dijo, sentándose de nuevo. — La tuya y la mía. Clara sintió un nudo en el pecho. No era una sorpresa, pero aun así dolía. — ¿Tan pronto? — Mejor así — respondió, pasando la mano por el cabello. — Antes de que cambiemos de opinión. Ella no discutió. En cambio, tomó la taza y dio un sorbo largo, dejando que el calor se extendiera por su cuerpo. El café estaba fuerte, amargo, exactamente como le gustaba. — ¿Vas a volver a la ciudad? — preguntó él. — Probablemente. Tengo un plazo para entregar un libro. — Y yo tengo un álbum que terminar. — ¿Música? — Sí. — ¿De qué tipo? — Del tipo que hace que la gente cierre los ojos y sienta cosas — dijo, con una sonrisa irónica. — O al menos eso espero. Clara rió. — Me gustaría escucharlo algún día. — Me gustaría que lo escucharas. Otro silencio. Esta vez, cargado de algo que ninguno de los dos se atrevía a nombrar. Lucas extendió la mano sobre la mesa, los dedos rozando los suyos. Clara entrelazó los suyos, sintiendo la aspereza de su piel, las cicatrices casi imperceptibles en los nudillos. — Si nos encontramos de nuevo... — comenzó. — No lo haremos — interrumpió, con suavidad. — No por casualidad. Él asintió, apretando su mano una última vez antes de soltarla. — Entonces es mejor aprovechar el ahora. Clara no respondió. En cambio, se inclinó sobre la mesa y lo besó. Un beso suave, casi casto, pero que llevaba toda la intensidad de la noche anterior. Cuando se apartó, Lucas tenía los ojos cerrados, como si estuviera memorizando la sensación. — Gracias — dijo, en voz baja. — ¿Por qué? — Por anoche. Por hoy. Por no hacer esto más difícil de lo que tiene que ser. Él sonrió, una sonrisa triste y hermosa. — Gracias por dejar que sucediera. La camarera trajo las cuentas en dos pequeñas bandejas de madera. Clara tomó la suya, pasando la tarjeta antes de que Lucas pudiera protestar. Él no insistió. Solo guardó la cartera en el bolsillo y se levantó, tendiéndole la mano para ayudarla. — Voy a por mis cosas — dijo. — Yo también. Subieron las escaleras en silencio, cada uno dirigiéndose a su habitación. Clara entró en la suya, cerrando la puerta tras de sí. El espacio parecía más grande ahora, vacío. Las maletas estaban listas, excepto por algunos objetos esparcidos sobre la cómoda. Tomó el cepillo de dientes, la crema hidratante, el libro que había empezado a leer la noche anterior. Mientras lo metía todo en la bolsa, sus ojos se posaron en la cama. Las sábanas estaban arrugadas, las almohadas aún marcadas por sus cabezas. Clara pasó la mano por el edredón, sintiendo la tela fría donde antes había estado el calor de sus cuerpos. Por un instante, pensó en acostarse de nuevo, en cerrar los ojos e imaginar que aún era de noche, que aún estaban allí, enredados el uno en el otro. Pero el sol ya había ganado la batalla contra las sombras. Con un suspiro, terminó de hacer las maletas y bajó las escaleras. Lucas ya estaba en el vestíbulo, con una mochila a la espalda y una guitarra colgada del hombro. Sonrió al verla, pero no dijo nada. Solo abrió la puerta de la posada, dejando que el aire gélido de la mañana entrara. Afuera, el mundo estaba blanco y silencioso. La nieve fresca cubría el camino hasta el aparcamiento, donde los coches estaban cubiertos por una capa gruesa. Clara y Lucas caminaron uno al lado del otro, los pasos crujiendo en la nieve, hasta llegar a sus respectivos vehículos. — Conduce con cuidado — dijo él, deteniéndose junto a la puerta de su coche. — Tú también. — Lo intentaré. Una sonrisa cómplice. Clara abrió la puerta, pero antes de entrar, se volvió hacia él. — Lucas... — ¿Sí? — Si algún día tocas una canción que haga que la gente cierre los ojos... espero que sea sobre esto. Él no respondió. Solo asintió, los ojos brillando con algo que ella no se atrevió a descifrar. Entonces, dio un paso adelante y la besó una última vez. Un beso rápido, casi casto, pero que llevaba toda la intensidad de una despedida. Cuando se apartó, Clara entró en el coche y encendió el motor. Lucas permaneció quieto, observándola, hasta que ella dio marcha atrás y comenzó a alejarse. En el espejo retrovisor, lo vio levantar la mano una vez, antes de desaparecer en la curva del camino. La radio sonaba una canción antigua, algo sobre amores que se van y recuerdos que quedan. Clara subió el volumen, dejando que la melodía llenara el silencio. La nieve se derretía a los lados de la carretera, formando pequeños arroyos que brillaban bajo el sol. No miró atrás.

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