Bajo Luces Frías

Por Tonkix
Bajo Luces Frías
**Bajo Luces Frías** El almacén de *GlobalTech* quedaba en la parte trasera del edificio principal, un laberinto de estanterías metálicas que se extendían hasta el techo alto, iluminado solo por lámparas fluorescentes de luz fría. Era un lugar donde el silencio reinaba después del horario laboral, roto únicamente por el zumbido ocasional de los congeladores industriales y el crujido de las carretillas elevadoras estacionadas en un rincón. Las cajas de cartón apiladas formaban pasillos estrechos, y el olor a plástico, papel y metal se mezclaba con el aire acondicionado mal regulado, creando una atmósfera densa, casi opresiva. Lara tenía veintidós años, cabello castaño recogido en una coleta descuidada y ojos verdes que brillaban con una curiosidad casi infantil. Era su primera semana como pasante en el departamento de logística, y aunque le habían advertido sobre la rigidez del gerente del área, no esperaba encontrar a alguien como Daniel. Él tenía treinta y cinco años, hombros anchos bajo la tela fina de la camisa de vestir, siempre impecablemente planchada, y una voz grave que parecía resonar en las paredes del almacén. Desde el primer día, Lara notó la manera en que él la observaba cuando creía que ella no miraba—una mirada rápida, casi imperceptible, pero cargada de algo que no lograba descifrar. Aquel viernes, la jornada había terminado a las seis, pero Lara seguía en el almacén, organizando un informe de inventario que el jefe había pedido con urgencia. Daniel, por su parte, revisaba documentos en su escritorio improvisado en un rincón del galpón, un escritorio de metal rodeado de pilas de carpetas. El lugar estaba vacío, excepto por ellos dos, y el silencio entre ellos parecía más pesado de lo normal. Lara sentía el sudor resbalar por su nuca, no solo por el calor, sino por la tensión que se había instalado en el aire desde que él le había pedido que se quedara hasta más tarde. — No tienes que terminar esto hoy —dijo Daniel, sin levantar la vista de los papeles. Su voz era calma, pero había un tono diferente, algo que hizo que Lara alzara la mirada. — Prefiero adelantar —respondió ella, intentando sonar profesional, pero su voz salió más baja de lo que pretendía. Él por fin la miró, y por un segundo, Lara sintió el peso de esa mirada oscura, intensa. Daniel tenía una cicatriz fina sobre el labio superior, casi imperceptible, pero que le daba un aire de misterio a su rostro anguloso. — Eres dedicada —murmuró, cerrando la carpeta con un chasquido—. Eso está bien. Lara tragó saliva. No era solo la dedicación lo que la hacía querer quedarse allí, sino la manera en que su cuerpo reaccionaba a su presencia—el calor que subía por sus muslos, la respiración que se acortaba cuando él se acercaba. Volvió a teclear en la notebook, pero sus dedos temblaban levemente sobre el teclado. Fue entonces cuando la luz parpadeó. Un destello breve, seguido de un chasquido seco, y de repente, el almacén se sumió en la oscuridad. Lara soltó un gritito ahogado, los dedos apretando el borde de la mesa. — Tranquila —dijo Daniel, su voz cerca. Tan cerca que sintió su aliento cálido contra la oreja—. Debe ser solo un fusible. La luz vuelve en un minuto. Pero el minuto se alargó, y la oscuridad se volvió casi palpable. Lara podía escuchar su propia respiración, acelerada, y el sonido de los pasos de Daniel acercándose. Él no encendió la linterna del celular. En cambio, dejó que la oscuridad los envolviera, como si supiera que, sin luz, las barreras entre ellos se disolverían. — ¿Estás bien? —preguntó, y su mano encontró el brazo de ella en la oscuridad. Lara se estremeció con el contacto, la piel erizada bajo sus dedos. — Sí —susurró, pero la palabra salió temblorosa. Daniel no apartó la mano. En lugar de eso, deslizó los dedos por su antebrazo, despacio, como si probara hasta dónde podía llegar. Lara no se movió. No quería que parara. El corazón le latía tan fuerte que estaba segura de que él podía escucharlo. — Eres nueva aquí —murmuró, la voz ronca—. Pero ya me he dado cuenta de cómo me miras. Lara sintió que el rostro le ardía. — Yo no… — No mientas —la interrumpió, la mano subiendo hasta su hombro, los dedos trazando círculos lentos sobre la tela fina de la blusa—. Yo también te miro. Ella no respondió. No podía. El aire entre ellos estaba cargado, denso, como si cada palabra pudiera romper el hechizo. Daniel se acercó más, y Lara sintió el calor de su cuerpo contra el suyo, incluso sin tocarse. Su aroma—una mezcla de colonia amaderada y algo más primitivo, masculino—llenó sus sentidos. — Si te beso ahora —dijo, su boca casi rozando su oreja—, ¿me detendrás? Lara cerró los ojos. La oscuridad hacía que todo fuera más intenso, más peligroso. Debería decir que no. Debería apartarse, encender la linterna, terminar el informe e irse a casa. Pero las palabras no salieron. — No —susurró, al fin. Daniel no dudó. Su mano se deslizó hacia la nuca de ella, los dedos enredándose en los cabellos sueltos de la coleta, acercándola más. Lara sintió su aliento cálido contra los labios antes incluso de que la besara, y cuando por fin ocurrió, fue como si se rompiera una represa. El beso fue voraz, hambriento, como si él hubiera estado esperando ese momento durante semanas. Lara respondió con la misma intensidad, las manos agarrando su camisa, acercándolo más. La lengua de Daniel invadió su boca, explorando, dominando, y Lara gimió bajito, el sonido ahogado contra sus labios. Él la empujó contra la mesa, su cuerpo presionando el de ella, y Lara sintió su rigidez contra el muslo. El deseo la atravesó como una corriente eléctrica, dejándola sin aliento. — No tienes idea de lo que quiero hacerte —murmuró Daniel contra su boca, los dientes mordisqueando su labio inferior antes de descender por el mentón, por el cuello. Lara inclinó la cabeza hacia atrás, exponiendo la piel sensible, y él no perdió tiempo. Su boca cálida encontró el punto pulsante en la base de la garganta, succionando con fuerza suficiente para dejar una marca. — Daniel… —gimió, las manos deslizándose por sus hombros anchos, sintiendo los músculos tensos bajo los dedos. — Di mi nombre otra vez —ordenó, la voz ronca de deseo. — Daniel… Él la levantó con facilidad, sentándola sobre la mesa, y Lara abrió las piernas instintivamente, permitiendo que se acomodara entre ellas. La falda del uniforme subió hasta la mitad de los muslos, y Daniel no perdió tiempo. Sus manos grandes se deslizaron por sus piernas, los dedos ásperos contra la piel suave, subiendo hasta el borde de su ropa interior. — ¿Estás mojada? —preguntó, su voz un gruñido bajo. Lara mordió el labio, avergonzada, pero no lo negó. Él rio, un sonido oscuro, satisfecho, y deslizó un dedo bajo la tela, encontrándola ya húmeda, palpitante. — Joder —gimió, los dedos explorando, rodeando, presionando. Lara arqueó la espalda, las uñas clavándose en sus hombros. — Así… —susurró, la voz quebrada—. No pares. Daniel no paró. La besó de nuevo, su lengua invadiendo su boca mientras los dedos trabajaban entre sus piernas, lento al principio, luego más rápido, más profundo. Lara sintió el placer enroscándose dentro de ella, una presión deliciosa que amenazaba con estallar en cualquier momento. Se aferró a él, las caderas moviéndose al ritmo de sus dedos, buscando más, más, más. — Córrete para mí —ordenó, su boca contra su oreja—. Ahora. Y Lara obedeció. El orgasmo la golpeó como una ola, fuerte, avasalladora, y gritó, el sonido ahogado contra su hombro mientras temblaba, los músculos internos contrayéndose alrededor de los dedos de Daniel. Él no se detuvo hasta que ella se desplomó contra él, jadeante, los labios hinchados, el cuerpo laxo de placer. Pero Daniel no había terminado. La atrajo fuera de la mesa, dándole la vuelta para quedar de espaldas a él, y Lara sintió sus manos en su espalda, bajando el cierre de la falda. La tela se deslizó por sus piernas, cayendo al suelo, seguida por la blusa, que él desabotonó con prisa, los dedos ágiles. Lara quedó solo con la ropa interior y el sujetador, el aire frío del almacén erizando su piel, pero el calor del cuerpo de él detrás la mantenía cálida. — Eres hermosa —murmuró, las manos deslizándose por sus caderas, apretando, marcando—. Quería verte así desde el primer día. Lara mordió el labio, el corazón aún acelerado. Escuchó el sonido del cinturón siendo desabrochado, el cierre bajando, y entonces sintió su rigidez presionando contra sus nalgas. Daniel apartó la ropa interior a un lado, los dedos probándola de nuevo, asegurándose de que estuviera lista. — ¿Lo quieres? —preguntó, la voz ronca. Lara no dudó. — Sí. Él no necesitó más incentivo. Con un movimiento rápido, la penetró, llenándola por completo, y Lara gimió fuerte, las manos agarrando el borde de la mesa frente a ella. Daniel sujetó sus caderas con fuerza, atrayéndola hacia atrás mientras se movía, cada embestida profunda, posesiva. — Joder, qué apretada estás —gimió, los dedos clavándose en su piel—. Tan deliciosa. Lara no podía responder. El placer era demasiado intenso, cada movimiento de él enviando oleadas de calor por su cuerpo. Se apoyó en la mesa, los senos balanceándose con cada embestida, y Daniel no perdió tiempo. Una mano dejó su cadera y se deslizó hacia adelante, los dedos encontrando el punto sensible entre sus piernas, frotando en círculos mientras seguía moviéndose dentro de ella. — Así… —gimió, la voz entrecortada—. Así… Daniel aumentó el ritmo, las embestidas volviéndose más rápidas, más fuertes, y Lara sintió el orgasmo acercándose de nuevo, más intenso que el primero. Apretó los ojos, el cuerpo entero temblando, y cuando llegó al clímax, fue como si una explosión la atravesara, dejándola sin aire, sin fuerzas. Daniel no tardó en seguirla. Con un gemido ronco, la atrajo contra sí, enterrándose profundo, y Lara sintió el calor de él dentro, marcándola de una manera que iba más allá de lo físico. La sostuvo allí por un momento, los cuerpos pegados, la respiración entrecortada, antes de separarse por fin. El silencio volvió a llenar el almacén, roto solo por el sonido de sus respiraciones pesadas. Lara se giró lentamente, sus ojos encontrando los de él en la penumbra. Daniel la miraba con una intensidad que la hizo estremecer, como si estuviera memorizando cada detalle de ella. — Esto no volverá a pasar —dijo, la voz baja, pero firme. Lara sintió un nudo formarse en el estómago. — ¿Por qué? — Porque soy tu jefe —respondió, recogiendo la camisa del suelo y vistiéndola con movimientos rápidos—. Y esto fue un error. Lara no dijo nada. Se agachó, recogiendo la ropa interior y la falda, vistiéndose en silencio. La realidad comenzaba a filtrarse entre ellos, fría, implacable. Cuando por fin lo miró de nuevo, Daniel ya estaba de espaldas, ajustándose el cinturón. — Termina el informe y vete a casa —dijo, sin mirarla—. Y no comentes esto con nadie. Lara asintió, aunque sabía que él no podía verla. Terminó de vestirse, tomó la notebook y salió del almacén sin mirar atrás. Pero mientras caminaba por el estacionamiento vacío, una cosa quedó clara en su mente: aquello no había sido un error. Y no iba a permitir que fuera la última vez.

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