Bajo las Luces del Amanecer
Por Tonkix

**Bajo las Luces del Amanecer**
La luz fría de los tubos de LED se derramaba sobre el escritorio de Clara como un charco de mercurio, reflejándose en las esquinas de los papeles esparcidos y en los bordes metálicos de las grapadoras. La oficina, antes vibrante con el murmullo de voces y el tintineo de tazas en la cocina, ahora estaba sumida en un silencio espeso, roto solo por el zumbido bajo del aire acondicionado y el clic ocasional del ratón. Ella ajustó sus gafas de montura fina, los dedos deslizándose por la sien mientras hojeaba una página más del informe trimestral. Los números danzaban ante sus ojos, pero su mente insistía en divagar lejos de las hojas de cálculo—hacia el olor a café viejo que impregnaba la alfombra, hacia el peso del aire reciclado que resecaba sus labios, hacia la manera en que la blusa de seda se adhería levemente a su espalda cada vez que se inclinaba hacia adelante.
Clara no solía quedarse hasta tarde. De hecho, detestaba la idea de que alguien pudiera pensar que necesitaba compensar horas para terminar el trabajo. Pero allí estaba ella, a las diez y media de un jueves, porque el maldito informe de flujo de caja tenía más agujeros que un queso suizo, y si el departamento de auditoría lo veía antes de que ella lo corrigiera, sería un desastre. Además, había algo casi íntimo en trabajar cuando todos ya se habían ido. La oficina se transformaba en un territorio solo suyo, donde las reglas del día a día—sonrisas forzadas, reuniones interminables, la eterna danza de quien camina sobre huevos para no desagradar—desaparecían. Afuera, la ciudad respiraba a un ritmo diferente, pero allí, entre las paredes de vidrio y acero, podía perderse en el ritmo mecánico de las teclas y el susurro de las páginas.
Fue el sonido de pasos lo que la sacó del trance.
No eran los pasos apresurados de alguien que olvidó el celular en el escritorio, ni el arrastrar perezoso de quien aún no había apagado la computadora. Eran pasos firmes, decididos, pero con una cadencia que sugería familiaridad—como si quien los daba conociera cada centímetro de ese suelo encerado. Clara alzó los ojos por encima de la pantalla del portátil, el cuerpo ya tenso antes incluso de ver quién era. El pasillo que llevaba a la sala de reuniones estaba vacío, pero el sonido se acercaba, acompañado por el tintineo de llaves.
Entonces apareció.
Daniel.
El nuevo gerente de proyectos, aquel que había sido transferido de la sucursal de São Paulo tres semanas antes y ya tenía a las mujeres del departamento de marketing en ascuas con su sonrisa fácil y los hombros demasiado anchos para los trajes corporativos. Se detuvo en la entrada de su oficina, las manos metidas en los bolsillos del pantalón de vestir, la corbata ligeramente aflojada como si hubiera pasado el día entero tirando de ella sin darse cuenta. Los ojos—verdes, Clara notó ahora, un verde oscuro como musgo después de la lluvia—se abrieron por un segundo antes de fijarse en ella con una intensidad que hizo que su estómago diera un vuelco.
—Tú aún estás aquí —dijo, y no era una pregunta.
Clara se quitó las gafas, más por instinto que por necesidad, y las colocó sobre el escritorio. El gesto fue lento, deliberado, como si quisiera ganar tiempo para recomponerse.
—Y tú también —respondió, sorprendida por el tono firme de su propia voz—. Pensé que todos ya se habían ido.
Daniel dio un paso adelante, y el aroma de su colonia—algo cítrico, con un toque de especias—llegó hasta ella, mezclándose con el aire viciado de la oficina. Clara contuvo la respiración por un segundo, luego soltó el aire lentamente, intentando no dejar traslucir cuánto ese simple detalle la afectaba.
—Olvidé unos documentos en la sala de reuniones —explicó, señalando con la barbilla hacia el pasillo detrás de él—. El contrato con la nueva proveedora. Necesito revisarlo antes de la reunión de mañana.
—Ah. —Clara asintió, como si aquello tuviera todo el sentido, como si no fuera extraño que él hubiera vuelto a la oficina después de las diez de la noche por un papel—. Podría haberte avisado si lo hubiera sabido. No vi a nadie pasar por aquí.
—No quise interrumpir —dijo él, y había algo en la manera en que las palabras salieron, lentas, casi perezosas, que hizo que Clara se preguntara si era eso realmente lo que quería decir—. Parecías… ocupada.
Ella miró la pantalla de la computadora, donde los números aún parpadeaban en rojo, acusadores. El cursor parpadeaba al final de una frase incompleta, como si se burlara de su incapacidad para concentrarse ahora.
—Siempre estoy ocupada —murmuró, más para sí misma que para él.
Daniel rio, un sonido bajo y ronco que reverberó en el pecho de Clara como un ronroneo. Se acercó al escritorio, los dedos rozando levemente el borde de madera mientras inclinaba el cuerpo hacia adelante, como si quisiera espiar lo que ella estaba haciendo. Clara sintió el calor subir por el cuello y resistió el impulso de cruzar los brazos sobre el pecho.
—Ya me he dado cuenta —dijo, y su voz ahora estaba más cerca, más íntima—. Eres la última en irte y la primera en llegar. Siempre con ese cuaderno de tapa negra bajo el brazo, anotando todo.
Clara alzó los ojos, sorprendida.
—¿Te fijas en esas cosas?
—Me fijo en ti —respondió él, y la sonrisa que acompañó las palabras fue tan repentina, tan desarmada, que Clara sintió algo soltarse dentro de ella, como una goma que se rompe después de meses de tensión.
Por un segundo, ninguno de los dos dijo nada. El aire entre ellos parecía cargado, como si una tormenta estuviera a punto de desatarse, pero Clara no podía decidir si quería correr a refugiarse o quedarse allí, quieta, y dejar que la lluvia la empapara. Daniel rompió el silencio primero, enderezando el cuerpo y pasando una mano por el cabello castaño, ligeramente despeinado, como si hubiera hecho eso varias veces a lo largo del día.
—Bueno, no te molesto más —dijo, retrocediendo un paso—. Solo… si necesitas ayuda con algo, ya sabes dónde encontrarme.
Clara abrió la boca para responder, pero las palabras murieron en su garganta cuando él se dio la vuelta para irse. Fue entonces cuando notó que estaba sujetando el bolígrafo con tanta fuerza que los nudillos se le habían puesto blancos.
—Daniel —lo llamó, y su voz sonó más alta de lo que pretendía en el silencio de la oficina.
Él se detuvo, mirándola por encima del hombro.
—¿Sí?
—Los documentos… —vaciló, pero luego se obligó a continuar—. Si quieres, puedo echarles un vistazo mañana por la mañana. Antes de la reunión. Solo para asegurarme de que todo esté bien.
Los labios de él se curvaron en una sonrisa que no era exactamente profesional.
—Me encantaría —dijo, y había una promesa en esas palabras, algo que iba más allá de la simple petición de ayuda.
Clara asintió, sintiendo el corazón latir tan fuerte que estaba segura de que él podía oírlo. Cuando Daniel finalmente se dio la vuelta y desapareció por el pasillo, soltó el aire que ni siquiera había notado que estaba conteniendo. La oficina parecía más fría ahora, como si la presencia de él hubiera calentado el ambiente y, con su salida, el frío hubiera vuelto con fuerza.
Miró el informe frente a ella, pero las palabras habían perdido el sentido. En cambio, su mente se llenó con la imagen de Daniel parado allí, tan cerca que podía sentir el calor de su cuerpo incluso sin tocarlo. Con el recuerdo del aroma de su colonia, del tono ronco de su voz cuando dijo *me fijo en ti*.
Y entonces, como si el universo quisiera poner a prueba su fuerza de voluntad, el sonido de pasos volvió a resonar por el pasillo.
Esta vez, más lentos. Más deliberados.
Clara no necesitó girarse para saber que él estaba allí de nuevo. Podía sentirlo. Podía *sentirlo*.
La puerta de la oficina crujió levemente cuando Daniel la empujó, el sonido amortiguado por el zumbido constante del aire acondicionado. Clara no alzó los ojos de inmediato, pero cada fibra de su cuerpo se tensó, como si un hilo invisible la arrastrara hacia él. Los dedos, antes ágiles sobre el teclado, vacilaron un segundo más de lo necesario. El cursor parpadeaba en la pantalla, un punto de interrogación luminoso en medio de la hoja de cálculo.
—Todavía estás aquí.
La voz de él era baja, casi un susurro, pero cargaba el peso de algo no dicho. Clara finalmente alzó el rostro, encontrándolo parado en el umbral, las manos metidas en los bolsillos del pantalón de vestir. La luz fría de los fluorescentes dibujaba sombras bajo sus ojos, resaltando el contorno de la mandíbula. No sonreía, pero había algo en la manera en que la observaba—como si estuviera memorizando cada detalle de ella.
—Los informes no se revisan solos —respondió, intentando sonar casual. La voz le salió más ronca de lo que pretendía.
Daniel entró, cerrando la puerta tras de sí con un clic suave. El sonido resonó en el silencio de la oficina vacía, amplificado por la ausencia de otras voces, otros pasos, otros ruidos que no fueran el zumbido electrónico de las computadoras en modo de espera. Se acercó al escritorio de ella, los zapatos de cuero crujiendo levemente contra el piso de linóleo. Clara contuvo la respiración cuando él se detuvo junto a la silla, lo suficientemente cerca como para sentir el calor que irradiaba su cuerpo, lo suficientemente cerca como para que el aroma de su colonia—algo amaderado, con un toque de especias—se mezclara con el aire reciclado de la sala.
—Vine por unos documentos que olvidé —dijo, señalando la carpeta sobre la mesa de reuniones—. Pero puedo esperar, si estás ocupada.
Clara miró la pantalla, donde las columnas de números danzaban en un borrón de píxeles. El plazo para entregar el proyecto era al día siguiente, y aún faltaban ajustes. Debería haber dicho que sí, que estaba ocupada, que él podía tomar lo que necesitaba e irse. Pero las palabras murieron en su garganta cuando Daniel se inclinó levemente, apoyando una mano en el respaldo de su silla. El movimiento fue sutil, casi imperceptible, pero suficiente para que la tela de su camisa rozara el hombro de ella.
—No es nada que no pueda esperar cinco minutos —murmuró, intentando ignorar cómo su cuerpo traicionaba su voz, inclinándose levemente hacia él.
Daniel no se movió. Por un largo momento, ninguno de los dos habló. El aire entre ellos parecía más denso, cargado de algo que ninguno de los dos se atrevía a nombrar. Clara podía escuchar su propia respiración, superficial e irregular, mientras los ojos de él recorrían su rostro—los labios entreabiertos, la línea del cuello, el punto donde la blusa se abría levemente, revelando la curva de la clavícula. Se preguntó si él podía ver el pulso acelerado en la base de su garganta.
—¿Siempre te quedas hasta tan tarde? —preguntó él, finalmente.
—Solo cuando el trabajo lo exige.
—¿Y el trabajo siempre lo exige?
Clara sonrió, un gesto pequeño e involuntario. —Tú ya sabes cómo es.
—Ya sé —respondió él, la voz baja—. Pero a veces creo que exageramos. Que dejamos que el trabajo ocupe más espacio del que debería.
Ella alzó una ceja, desafiante. —¿Estás sugiriendo que debería irme a casa?
Daniel sostuvo su mirada, los ojos oscuros brillando con algo que Clara no logró descifrar. —Estoy sugiriendo que tal vez deberías respirar un poco.
El comentario quedó suspendido entre ellos, cargado de doble sentido. Clara sintió el calor subir por el cuello, extendiéndose por las mejillas. Desvió la mirada, fingiendo ajustar la pantalla de la computadora, pero la mano le temblaba levemente. Daniel se enderezó, alejándose un paso, y por un segundo pensó que se iría. Pero entonces él rodeó el escritorio, deteniéndose a su lado, lo suficientemente cerca como para que ella sintiera el calor de su cuerpo contra el brazo.
—Este gráfico aquí —dijo, señalando la pantalla—. Los números no cuadran.
Clara frunció el ceño, siguiendo su dedo. Era cierto, había una discrepancia allí, algo que ella no había notado antes. Se inclinó hacia adelante, acercándose a la pantalla, y sintió el hombro de él rozar el suyo. Un escalofrío le recorrió la espalda.
—Tienes razón —admitió, intentando concentrarse—. Debe ser un error en la fórmula.
Daniel se acercó aún más, el pecho casi tocando su espalda. Clara contuvo la respiración cuando él extendió la mano, los dedos flotando sobre el teclado. Podía sentir el calor de su piel, incluso sin tocarla.
—¿Puedo? —preguntó, la voz un murmullo cerca de su oído.
Clara asintió, incapaz de hablar. Los dedos de Daniel rozaron los suyos cuando tomó el control del ratón, y el contacto fue como una chispa, enviando una descarga eléctrica por su cuerpo. Él corrigió el error con movimientos precisos, pero Clara apenas podía seguirlo. Toda su atención estaba en cómo el pulgar de él, accidental o intencionalmente, acariciaba el dorso de su mano mientras trabajaba.
—Listo —dijo él, finalmente, recostándose en la silla—. Así está mejor.
Clara se giró para mirarlo, los labios entreabiertos. Daniel no se apartó. Por un segundo, ninguno de los dos se movió, las miradas fijas una en la otra, el aire entre ellos cargado de algo que ninguno de los dos se atrevía a romper. Entonces, lentamente, él alzó la mano, los dedos rozando levemente su mentón, como si estuviera a punto de acercarla más.
Pero el teléfono de Clara vibró sobre el escritorio, el sonido estridente cortando el silencio. Los dos se sobresaltaron, apartándose como si los hubieran quemado. Ella miró la pantalla—un mensaje de su hermana, preguntando si aún estaba en el trabajo. Clara sintió el corazón martillear en el pecho, la respiración acelerada.
—Yo… necesito responder —murmuró, sin saber si hablaba con él o consigo misma.
Daniel asintió, retrocediendo un paso. —Claro.
Se dio la vuelta hacia la mesa de reuniones, tomando la carpeta que había venido a buscar. Clara tecleó una respuesta rápida, las manos temblorosas. Cuando alzó los ojos nuevamente, él estaba parado en la puerta, observándola.
—Buenas noches, Clara —dijo, la voz suave.
—Buenas noches, Daniel.
Él vaciló por un segundo, como si quisiera decir algo más, pero entonces salió, cerrando la puerta tras de sí. La oficina pareció más vacía que antes, como si la presencia de él hubiera llenado cada rincón de la sala y, ahora, solo quedara el eco de lo que podría haber sucedido.
Clara soltó el aire lentamente, intentando calmar el corazón. Miró la pantalla de la computadora, pero las palabras no tenían sentido. En cambio, su mente se llenó con el recuerdo de su tacto, del calor de su cuerpo tan cerca del suyo, de la promesa no dicha que flotaba en el aire entre ellos.
Y entonces, como si el destino estuviera jugando con ella, el sonido de pasos volvió a resonar por el pasillo.
Más lentos esta vez. Más deliberados.
Clara no necesitó girarse para saber que él estaba allí de nuevo. Podía sentirlo. Podía *sentir* cómo el aire cambiaba, como si el propio espacio a su alrededor se contrajera, anticipando lo que estaba por venir.
La puerta se abrió con un clic casi imperceptible, pero Clara supo, en el instante en que el aire de la sala se espesó, que él había regresado. No se giró. No necesitaba hacerlo. El aroma de él ya invadía el espacio—una mezcla de jabón cítrico, café recién hecho y algo más profundo, como cuero y especias, que parecía adherirse a su garganta. Los pasos eran más lentos ahora, deliberados, como si cada movimiento estuviera calculado para prolongar la expectativa. La tela de su camisa rozó levemente el respaldo de la silla de ella cuando pasó por detrás, y Clara contuvo la respiración, los dedos apretando el ratón con demasiada fuerza.
—¿Ese gráfico te está dando problemas? —La voz de Daniel era baja, demasiado cerca de su oído. Casi un susurro.
Clara tragó saliva, intentando ignorar el calor que subía por su cuello. El cursor parpadeaba en la pantalla, una línea roja temblorosa en medio de un mar de datos que, de repente, parecían incomprensibles. Señaló el punto donde el programa se trababa, los números mezclándose en columnas que no tenían sentido.
—Es el eje secundario. No logro alinear los valores sin desordenar la escala.
Él se inclinó sobre su hombro, tan cerca que Clara podía sentir el calor de su cuerpo irradiando contra su espalda. Un escalofrío le recorrió la columna cuando su brazo se extendió, la manga de la camisa arremangada hasta los codos revelando antebrazos fuertes, venas discretas bajo la piel morena. Los dedos largos flotaron sobre el teclado, vacilantes, como si él también fuera consciente del límite tenue que separaba la ayuda profesional de algo mucho más peligroso.
—Déjame ver. —Su aliento le rozó la nuca, cálido y húmedo, y Clara tuvo que morderse el labio para no gemir.
Los dedos de Daniel encontraron los suyos sobre el ratón, y por un segundo—solo un segundo—quedaron así, inmóviles, las yemas de los dedos tocándose como por accidente. Pero Clara sabía que no era un accidente. Nada de aquello lo era. El contacto fue leve, casi imperceptible, pero suficiente para hacer que todo su cuerpo se contrajera, como si una corriente eléctrica hubiera recorrido su piel. No apartó la mano. No pudo.
—Así —murmuró él, guiando el cursor con movimientos precisos, los dedos deslizándose sobre los de ella en un ritmo lento, deliberado—. Solo necesitas ajustar la referencia aquí. —Su voz era áspera, más grave de lo normal, como si las palabras tuvieran que luchar para salir.
Clara sintió su aliento cálido contra la oreja cuando se inclinó aún más, el pecho casi tocando su espalda. Su perfume la envolvió, mezclándose con el olor a papel y café viejo de la oficina, creando una atmósfera densa, cargada. Cerró los ojos por un instante, intentando concentrarse en la pantalla, pero lo único que podía procesar era la presión de sus dedos sobre los suyos, el calor de su palma rozando levemente el dorso de su mano.
—Listo. —La palabra salió como un suspiro, y por un segundo, Clara creyó escuchar algo más detrás de ella, algo que no tenía que ver con gráficos ni informes. Pero entonces él se apartó, solo lo suficiente para que el aire frío del aire acondicionado reemplazara el calor de su cuerpo, y ella casi gimió ante la pérdida.
Daniel se apoyó en el borde del escritorio, cruzando los brazos, los ojos fijos en ella con una intensidad que hizo que Clara desviara la mirada. Pero no antes de notar cómo su camisa se estiraba levemente sobre los hombros, cómo los músculos de su antebrazo se contraían cuando se movía.
—Sabes, Clara —dijo, la voz baja, casi íntima—, creo que trabajamos mejor en equipo.
Ella alzó los ojos, encontrándose con los suyos. La oficina a su alrededor parecía haber desaparecido, quedando solo ellos dos, el brillo frío de las pantallas reflejándose en sus ojos oscuros. Había algo allí, algo que iba más allá del profesionalismo, más allá de las bromas sobre plazos y metas. Algo que hacía que su estómago se contrajera de anticipación.
—¿En equipo? —Su voz salió más débil de lo que pretendía.
Daniel sonrió, una sonrisa lenta, peligrosa, que no alcanzó sus ojos. Se inclinó hacia adelante, apoyando las manos en el escritorio, una a cada lado de su cuerpo, aprisionándola sin tocarla. Clara sintió el corazón latir tan fuerte que tuvo la certeza de que él podía escucharlo.
—Sí. —Sus labios rozaron levemente su oreja cuando habló, y ella sintió todo su cuerpo estremecerse—. A veces, necesitamos un poco más de... proximidad para resolver las cosas.
El aire entre ellos estaba cargado, tan denso que Clara apenas podía respirar. Sabía que debería retroceder, que debería empujarlo lejos y recordarle que estaban en la oficina, que cualquier cosa más allá de un apretón de manos podría complicar todo. Pero entonces sus dedos rozaron los suyos de nuevo, esta vez a propósito, un toque rápido, casi imperceptible, en la parte interna de su muñeca, donde la piel era más sensible.
Y Clara supo que estaba perdida.
El sonido de su respiración, más rápida ahora, resonaba en el silencio de la oficina. Los ojos de Daniel descendieron hacia sus labios, y por un segundo, Clara pensó que la besaría allí mismo, sobre el escritorio, entre hojas de cálculo e informes. Pero no lo hizo. En cambio, retrocedió solo lo suficiente para que el espacio entre ellos volviera a existir, aunque la tensión permaneciera, vibrante, casi palpable.
—Mañana terminamos esto —dijo, la voz ronca—. Juntos.
Y antes de que Clara pudiera responder, antes de que pudiera pedirle que se quedara o que se fuera, él se dio la vuelta y caminó hacia la puerta, dejándola sola con el corazón acelerado y la certeza de que, esa noche, nada volvería a ser igual.
Miró la pantalla de la computadora, pero las palabras danzaban ante sus ojos, sin sentido. En cambio, todo lo que podía ver era el reflejo de Daniel en la ventana oscura, el contorno de su cuerpo alejándose, la promesa silenciosa de que aquello—lo que fuera—apenas estaba comenzando.
Y entonces, como si el destino estuviera jugando con ella una vez más, el sonido de sus pasos se detuvo.
Clara no necesitó girarse para saber que él se había detenido en la puerta, que la estaba mirando, esperando. Esperando a que ella dijera algo. Esperando a que lo llamara de vuelta.
Pero no dijo nada.
Solo respiró hondo, sintiendo el sabor del deseo en el aire, y esperó.
La puerta se cerró con un clic suave, casi imperceptible, pero el sonido reverberó en el pecho de Clara como un trueno ahogado. Permaneció inmóvil, los dedos aún flotando sobre el teclado, la piel hormigueando donde los ojos de Daniel la habían tocado por última vez. El aire parecía más denso ahora, cargado de algo que no era solo el olor a papel viejo y café recalentado, sino el peso de una pregunta sin respuesta—o quizá, de una respuesta que ambos ya conocían, pero no se atrevían a nombrar.
Por un momento, pensó en llamarlo de vuelta. La palabra *vuelve* ardía en la punta de la lengua, pero algo la detuvo. Tal vez el miedo a romper el hechizo, tal vez la terquedad de no ceder primero. O quizá, en el fondo, sabía que la espera haría todo más dulce.
Suspiró, pasando las manos por los brazos como si quisiera disipar el calor que aún latía bajo su piel. El reloj en la pared marcaba las doce y veintitrés. La oficina estaba sumida en un silencio tan profundo que podía escuchar el zumbido de la lámpara fluorescente sobre su cabeza, un sonido casi hipnótico. Se giró hacia la mesa de reuniones, donde los informes se amontonaban en pilas desordenadas, y tomó un bolígrafo azul que rodaba cerca del borde. Fue un movimiento automático, casi mecánico, pero cuando alzó los ojos, él estaba allí.
Daniel.
Parado en el vano de la puerta, como si nunca se hubiera ido. Los hombros anchos llenaban el espacio, la camisa de vestir, antes impecable, colgaba abierta en el pecho, revelando la marca de sus labios justo debajo de la clavícula. Clara desvió la mirada antes de que la visión la hiciera perder el poco control que aún le quedaba.
—Olvidé mi celular —dijo, la voz ronca, como si cada palabra llevara el peso de la noche que habían compartido. No era una excusa. Era una confesión.
Clara no respondió. Solo sujetó el bolígrafo con más fuerza, los nudillos blancos. Él dio un paso adelante, luego otro, el sonido de los zapatos contra el piso resonando como un latido acelerado. Cuando se detuvo a menos de un metro de ella, su aroma la envolvió—sándalo mezclado con algo más cálido, más íntimo, como cuero y sudor limpio. Tragó saliva.
—Tú tampoco te has ido —murmuró, inclinando levemente la cabeza, como si la estudiara—. ¿Por qué?
Porque no puedo. Porque cada vez que cierro los ojos, te veo. Porque la oficina vacía es menos solitaria cuando estás aquí.
No dijo nada de eso. En cambio, alzó el mentón, desafiante.
—Todavía tengo trabajo.
Daniel sonrió, una sonrisa lenta, peligrosa. Extendió la mano, los dedos rozando el borde de la mesa entre ellos, tan cerca que Clara podía sentir el calor de su piel incluso sin tocarla.
—Mentira.
El aire entre ellos crepitó. Ella debería haberse alejado. Debería haber tomado sus papeles, apagado la computadora, haberse ido antes de que algo sucediera. Pero los pies estaban clavados en el suelo, y todo su cuerpo parecía pesado, como si el deseo fuera una corriente invisible arrastrándola hacia él.
—Eres insoportable —susurró, pero no había ira en su voz. Solo un hilo de rendición.
—Y a ti te gusta —respondió él, dando un paso más. Ahora estaban tan cerca que Clara podía ver las pequeñas motas doradas en sus iris oscuros, podía sentir su aliento cálido contra los labios.
Ella no lo negó.
Fue un accidente. O quizá no. Quizá ambos habían estado esperando ese momento desde la primera vez que sus miradas se cruzaron en el pasillo, desde la primera reunión en la que él la observó por encima de los lentes con una intensidad que la dejó sin aliento. Clara se giró para tomar otro bolígrafo—o quizá solo para huir de esa mirada que la desarmaba—, pero el movimiento fue demasiado brusco. Su cadera chocó contra la mesa, su cuerpo giró, y de repente, estaban cara a cara.
Sus labios se encontraron.
No fue un beso suave. No fue vacilante. Fue como si algo dentro de ellos se rompiera, una represa de meses de tensión reprimida, de miradas robadas, de roces accidentales que duraban un segundo más de lo debido. La boca de Daniel era cálida, exigente, y Clara gimió contra él, los dedos enredándose en su camisa antes incluso de darse cuenta de lo que hacía. Él la atrajo más cerca, una mano sujetando su nuca, la otra deslizándose por su cintura, apretándola contra sí como si quisiera fundir sus cuerpos.
La oficina, antes silenciosa, ahora resonaba con sonidos que Clara apenas reconocía como suyos—suspiros ahogados, el crujido de la tela, el chirrido de la mesa de reuniones bajo el peso de ambos cuando Daniel la levantó y la sentó sobre la superficie fría. Los papeles volaron al suelo, los bolígrafos rodaron, pero a ninguno de los dos le importó. Lo único que importaba era su boca sobre la de ella, sus manos explorando cada curva, cada punto sensible que hacía que su cuerpo se arqueara en respuesta.
—Joder, Clara —murmuró él contra sus labios, la voz ronca de deseo—. Lo intenté. Juro que lo intenté.
Ella no respondió. En cambio, tiró de su camisa para sacarla del pantalón, los dedos deslizándose bajo la tela, sintiendo la piel cálida, los músculos tensos. Daniel gimió, un sonido gutural que hizo que algo dentro de ella se contrajera, y entonces sus manos estaban por todas partes—desabotonando su blusa, bajando el sujetador, los pulgares rozando los pezones ya endurecidos. Clara arqueó la espalda, un gemido escapando de sus labios cuando él bajó la cabeza y tomó uno de ellos en la boca, succionando con fuerza.
El placer era casi insoportable. Se aferró a sus hombros, las uñas clavándose en su piel, mientras él la devoraba con una urgencia que dejaba claro que aquello no era solo un impulso del momento. Era una necesidad. Un hambre.
—Daniel… —susurró, su nombre sonando como una súplica.
Él alzó la cabeza, los labios húmedos, los ojos oscuros de lujuria.
—Di mi nombre otra vez.
Clara no vaciló. Rodeó su rostro con las manos, atrayéndolo hacia otro beso, más profundo, más desesperado. Sus piernas se abrieron instintivamente cuando él se acomodó entre ellas, la erección presionando contra la tela fina del pantalón, haciéndola jadear. Daniel gimió contra su boca, las manos bajando hacia sus caderas, atrayéndola hacia el borde de la mesa, frotándose contra ella con movimientos lentos y deliberados.
—¿Tienes idea de lo que me haces? —preguntó, la voz un gruñido—. Cada vez que entras en una reunión, cada vez que cruzas las piernas bajo la mesa, yo…
—¿Qué? —lo desafió, los dedos enredándose en su cabello—. ¿Qué haces?
Daniel no respondió con palabras. En cambio, sujetó sus muñecas y las inmovilizó sobre su cabeza, inclinándose para morderle suavemente el lóbulo de la oreja.
—Imagino esto —susurró, su aliento cálido contra su piel—. Imagino cómo sería tenerte aquí, ahora, sin nadie que nos interrumpa.
Clara se estremeció. La imagen era demasiado vívida—ella, tendida sobre la mesa de reuniones, las piernas alrededor de su cintura, los gemidos ahogados contra la palma de su mano mientras él la tomaba con fuerza. El pensamiento la dejó mojada, el cuerpo palpitando de necesidad.
—Entonces deja de imaginar —dijo, la voz temblorosa—. Y hazlo.
Daniel soltó un sonido que era mitad risa, mitad gemido, y entonces sus manos estuvieron por todas partes—desabotonando su pantalón, bajándolo junto con las bragas, dejándola desnuda de la cintura para abajo. Clara no tuvo tiempo de sentir vergüenza. Él la atrajo hacia el borde de la mesa nuevamente, los dedos encontrando su centro, húmedo y listo.
—Joder —murmuró, los ojos fijos en ella mientras deslizaba un dedo dentro, luego otro—. Estás empapada.
Clara mordió el labio, intentando contener el gemido, pero el placer era demasiado. Se aferró a sus hombros, las uñas clavándose en su piel mientras él la penetraba con los dedos, el pulgar rodeando su clítoris con movimientos lentos y tortuosos.
—Daniel, por favor… —suplicó, la voz quebrada.
Él no la hizo esperar. Con un movimiento rápido, abrió la cremallera del pantalón y liberó su erección, dura y pesada en sus manos. Clara no apartó la mirada cuando él se posicionó entre sus piernas, la punta presionando contra ella, provocándola.
—Mírame —ordenó, la voz áspera.
Ella obedeció. Sus ojos estaban oscuros, hambrientos, y cuando empujó dentro de ella, lentamente, centímetro a centímetro, Clara sintió cada parte de sí misma estirarse para recibirlo. Fue una sensación abrumadora—el placer mezclado con un dolor suave, la plenitud, el calor de él dentro de ella.
—Joder —gimió Daniel, los dedos clavándose en sus caderas—. Estás tan apretada…
Clara no pudo responder. Solo se aferró a él, las piernas envolviendo su cintura mientras él comenzaba a moverse, primero despacio, luego más rápido, cada embestida más profunda que la anterior. El sonido de sus cuerpos chocando resonaba en la oficina vacía, mezclado con los gemidos ahogados y los suspiros entrecortados.
La mesa crujía bajo ellos, los papeles caídos al suelo, el mundo fuera de esas cuatro paredes reducido a nada. Clara sentía cada movimiento, cada roce, cada respiración de él contra su piel. Cuando Daniel inclinó la cabeza para capturar un pezón entre sus labios nuevamente, ella arqueó la espalda, el placer acumulándose en olas cada vez más intensas.
—No pares —suplicó, la voz casi irreconocible—. No pares, no pares…
Él no paró. Aceleró el ritmo, las embestidas volviéndose más urgentes, más desesperadas. Clara sintió el orgasmo acercarse, una presión creciente en el vientre, y cuando él cambió el ángulo, alcanzando ese punto dentro de ella que la hizo ver estrellas, llegó al clímax con un grito ahogado, el cuerpo temblando, las paredes internas apretándolo con fuerza.
Daniel gimió, los movimientos volviéndose erráticos, y entonces él también llegó al clímax, enterrando el rostro en su cuello mientras se derramaba dentro de ella con un gruñido ronco.
Por un momento, no hubo otro sonido que sus respiraciones entrecortadas. Clara sintió el peso de él sobre ella, el corazón latiendo con fuerza contra el suyo, la piel húmeda de sudor. Él alzó la cabeza, los ojos aún oscuros, pero ahora con algo más—algo que ella no logró descifrar.
—Esto —murmuró, la voz ronca— fue un error.
Clara debería haber estado de acuerdo. Debería haberse levantado, vestido y marchado antes de que las cosas se complicaran aún más. Pero en lugar de eso, pasó los dedos por su cabello, atrayéndolo hacia otro beso, lento y profundo.
—Entonces cometamos otro.
El aire acondicionado de la oficina zumbaba suavemente, un sonido casi imperceptible bajo el ritmo acelerado de sus respiraciones entrecortadas. Daniel aún estaba dentro de ella, el cuerpo pesado apoyado sobre los codos, los músculos de los brazos temblando levemente con el esfuerzo de no aplastarla. Clara sentía cada centímetro de él, palpitante, cálido, como si hubiera sido hecho para llenarla así, exactamente así. El aroma a sudor mezclado con su perfume amaderado invadía sus fosnas nasales, embriagador, y pasó la lengua por los labios secos, sintiendo el sabor salado de su propia piel.
—Estás hermosa así —murmuró él, la voz ronca, los labios rozando el lóbulo de su oreja antes de descender por su cuello, dejando un rastro de besos húmedos—. Deshecha. Mía.
Clara arqueó la espalda involuntariamente, las uñas clavándose en sus hombros anchos. La mesa de reuniones estaba fría bajo su espalda, el contraste con el calor de su cuerpo enviando escalofríos por su columna. No quería pensar en lo incorrecto que era aquello, en cómo podrían ser descubiertos, en cómo todo podría derrumbarse si alguien decidía trabajar hasta tarde también. Pero el pensamiento fugaz solo sirvió para aumentar la excitación, una chispa prohibida que ardía con más fuerza a cada segundo.
Daniel se incorporó lentamente, los ojos oscuros fijos en los de ella mientras se retiraba casi por completo, solo para volver a hundirse con una lentitud torturante. Clara mordió el labio inferior para contener un gemido, pero el sonido escapó de todos modos, ahogado contra la palma de la mano que llevó a su boca. Él sonrió, un gesto depredador, y repitió el movimiento, esta vez más rápido, más profundo.
—No te escondas —ordenó, apartando su mano—. Quiero escucharte.
Ella obedeció, porque no había nada que pudiera hacer más que obedecer. Los sonidos que escapaban de su garganta eran animales, primitivos, y cada vez que él la llenaba, sentía el placer enroscándose más y más dentro de sí, un resorte a punto de soltarse. Daniel sujetó sus caderas con fuerza, los dedos marcando su piel suave mientras la atraía para encontrarse con cada embestida, y Clara sintió las piernas temblar, los músculos internos apretándolo en espasmos involuntarios.
—Joder, Clara —gimió él, la voz quebrada—. Me vas a matar.
Ella no respondió. No podía. En cambio, envolvió las piernas alrededor de su cintura, atrayéndolo más adentro, más profundo, hasta que no hubo más espacio entre ellos. Daniel soltó un gruñido y se inclinó para capturar sus labios en un beso hambriento, la lengua invadiendo su boca con la misma urgencia con la que su cuerpo la invadía. Clara sintió sus manos deslizarse por su espalda, atrayéndola hacia arriba hasta que quedó sentada sobre su regazo, las piernas abiertas sobre sus muslos musculosos.
La nueva posición le permitió penetrarla aún más profundamente, y Clara echó la cabeza hacia atrás con un suspiro largo, el cabello cayendo en ondas sobre sus hombros. Daniel aprovechó para enterrar el rostro entre sus pechos, la lengua caliente trazando círculos alrededor de sus pezones antes de succionarlos con fuerza, arrancándole un grito ahogado. Ella se aferró a su cabello, atrayéndolo más cerca, y él rio contra su piel, un sonido bajo y vibrante que ella sintió reverberar en su propio pecho.
—¿Te gusta esto? —preguntó, los dientes rozando un pezón sensible antes de mordisquearlo levemente—. ¿Te gusta que te toquen así?
Clara asintió, las palabras fallándole. Él no esperó una respuesta verbal. Una de sus manos se deslizó entre sus cuerpos, los dedos encontrando el punto donde se unían, y comenzó a masajearlo en círculos lentos y precisos. Clara arqueó la espalda, las caderas moviéndose instintivamente contra su mano, buscando más presión, más fricción. Daniel gimió, los movimientos volviéndose más rápidos, más urgentes, y ella sintió el placer crecer nuevamente, una ola que amenazaba con tragársela por completo.
—Daniel —susurró, su nombre sonando como una plegaria—. Yo... no aguanto...
—Aguanta —murmuró él, la voz áspera—. Solo un poco más.
Cambió el ángulo nuevamente, alcanzando ese punto mágico dentro de ella que la hacía ver estrellas, y Clara sintió el orgasmo acercarse como una tormenta. Sus dedos trabajaban en sincronía con los movimientos de sus caderas, y ella se aferró a sus hombros, las uñas clavándose en su piel mientras el placer la consumía. Cuando finalmente llegó al clímax, fue con un grito ahogado, el cuerpo temblando violentamente, las paredes internas apretándolo con fuerza.
Daniel gimió, los movimientos volviéndose erráticos, y entonces él también llegó al clímax, enterrando el rostro en su cuello mientras se derramaba dentro de ella con un gruñido ronco. Por un momento, no hubo otro sonido que sus respiraciones entrecortadas. Clara sintió el peso de él sobre ella, el corazón latiendo con fuerza contra el suyo, la piel húmeda de sudor. Él alzó la cabeza, los ojos aún oscuros, pero ahora con algo más—algo que ella no logró descifrar.
—Esto —murmuró, la voz ronca— fue un error.
Clara debería haber estado de acuerdo. Debería haberse levantado, vestido y marchado antes de que las cosas se complicaran aún más. Pero en lugar de eso, pasó los dedos por su cabello, atrayéndolo hacia otro beso, lento y profundo. Daniel correspondió, la lengua explorando su boca con una intimidad que iba más allá de lo físico, como si estuviera intentando memorizar su sabor.
Cuando se separaron, él la miró por un largo momento antes de levantarse, ayudándola a bajar de la mesa. La oficina era un desastre—papeles esparcidos, ropa amontonada en el suelo, el aroma a sexo flotando en el aire. Clara sintió un escalofrío recorrer su cuerpo al darse cuenta de la realidad de lo que habían hecho, pero no había arrepentimiento en su pecho. Solo una satisfacción profunda, un hambre que no había sido saciada.
Daniel tomó su camisa del suelo y se la puso, los músculos de la espalda moviéndose bajo la piel mientras abotonaba los botones. Clara observó cada movimiento, hipnotizada, antes de tomar su propia blusa, ahora arrugada y ligeramente húmeda. Se la puso, sintiendo la tela rozar sus pezones sensibles, y un nuevo escalofrío la recorrió.
—¿Qué hacemos ahora? —preguntó, la voz baja.
Daniel la miró, los ojos aún oscuros, pero con un brillo que ella no logró interpretar. Se acercó, tomando un mechón de su cabello entre los dedos y enrollándolo lentamente.
—Ahora —murmuró, la voz ronca—, fingimos que esto nunca sucedió.
Clara sintió un apretón en el pecho, pero asintió. Era lo más sensato. Aun así, cuando él se inclinó para besarla nuevamente, no lo detuvo. El beso fue suave, casi dulce, pero cargaba la promesa de algo más, algo que ninguno de los dos estaba listo para admitir.
Cuando se separaron, el silencio entre ellos estaba cargado de palabras no dichas. Clara miró el reloj en la pared y vio que ya pasaban de las tres de la madrugada. La oficina estaba sumida en una oscuridad casi completa, iluminada solo por la luz fría de las lámparas de emergencia. Tomó su bolso del suelo, sintiendo el peso de la realidad asentándose sobre sus hombros.
—Necesito irme —dijo, la voz más firme de lo que se sentía.
Daniel asintió, pero no se movió. Clara dio un paso hacia la puerta, pero se detuvo, mirándolo por encima del hombro. Él estaba allí parado, los brazos cruzados sobre el pecho, los ojos fijos en ella. Había algo en su mirada que la hizo vacilar, algo que la hizo querer retroceder, atraerlo hacia otro beso, una vez más.
Pero no lo hizo. En cambio, abrió la puerta y salió, dejándolo solo en la oficina vacía. El sonido de sus tacones resonando en el pasillo parecía demasiado fuerte, como si estuviera anunciando al mundo lo que habían hecho. Clara respiró hondo, intentando calmar el corazón acelerado, pero sabía que no sería tan fácil olvidar.
Y, por la mirada que Daniel le lanzó antes de que saliera, él tampoco.
La madrugada ya había cedido paso al amanecer cuando Clara ajustó la correa de su bolso sobre el hombro, sintiendo la tela de la blusa adherirse levemente a su piel sudada. El aire acondicionado de la oficina, apagado hacía horas, había dejado el ambiente con una humedad pesada, cargada del olor a papel, café viejo y algo más—algo que solo podía describirse como el aroma del deseo satisfecho, mezclado con el perfume cítrico de Daniel aún impregnado en su propia piel.
Él estaba de pie cerca de la mesa de reuniones, los dedos tamborileando distraídamente sobre la superficie de madera pulida, donde horas antes sus cuerpos se habían entrelazado en una urgencia que ahora parecía casi irreal. La camisa de vestir, antes impecable, colgaba abierta en el pecho, revelando la marca de sus labios justo debajo de la clavícula. Clara desvió la mirada antes de que la visión la hiciera perder el poco control que aún le quedaba.
—Llegarás a casa antes de que salga el sol —dijo él, la voz ronca, como si cada palabra llevara el peso de la noche que habían compartido. No era una pregunta, sino una constatación, casi un pedido disfrazado para que se quedara.
Clara sonrió, un gesto lento, cómplice, mientras acomodaba un mechón de cabello detrás de la oreja. El gesto era automático, pero sus dedos temblaban levemente.
—Y tú tendrás que explicar por qué tienes esa cara de quien acaba de correr un maratón —respondió, arqueando una ceja—. ¿O es que tus empleados ya están acostumbrados a ver al gerente de proyectos con ojeras y una sonrisa idiota?
Daniel rio, un sonido bajo y gutural que hizo que su estómago se contrajera. Dio un paso adelante, acortando la distancia entre ellos, y por un instante Clara pensó que la atraería de vuelta a sus brazos. Pero él solo extendió la mano, los dedos rozando su muñeca en un toque tan leve que podría haber sido accidental—si no fuera por cómo sus ojos se oscurecieron al hacerlo.
—Diría que fue una reunión productiva —murmuró, la voz cargada de ironía—. Aunque *reunión* no sea la palabra correcta.
Clara soltó una risa, ahogándola con la mano. El sonido resonó en la oficina vacía, y por un momento ambos se quedaron en silencio, escuchando el latido de sus propios corazones, el zumbido lejano de los ascensores, el crujido casi imperceptible del edificio despertando para un nuevo día.
—Nadie puede saberlo —dijo ella, finalmente, la voz más seria. No era un pedido, sino una condición. Clara conocía los riesgos: un escándalo en el trabajo, chismes en los pasillos, la posibilidad de ser etiquetada como "la que se acostó con el jefe". Y, peor aún, la chance de que todo aquello—esa conexión explosiva, esa química que ninguno de los dos había logrado ignorar—se convirtiera en algo feo, contaminado por la política corporativa.
Daniel asintió, pero sus ojos no se apartaron de los de ella. Había algo allí, una promesa no dicha, que hizo que el corazón de Clara latiera más rápido.
—Entre nosotros —aceptó—. Pero no hoy.
Ella frunció el ceño.
—¿Qué quieres decir?
Él se acercó más, hasta que sus cuerpos casi se tocaron, hasta que Clara pudo sentir el calor irradiando de él, el aroma a jabón mezclado con el sudor de la noche. Sus labios rozaron su oreja cuando habló, las palabras una caricia:
—Hoy fue solo el comienzo.
Clara tragó saliva, sintiendo su cuerpo reaccionar al instante—los pezones endureciéndose bajo el sujetador, un calor líquido extendiéndose entre sus piernas. Debería haberse alejado. Debería haber dicho algo ingenioso, algo que rompiera la tensión, algo que los recordara que eran profesionales, que aquello no podía repetirse.
Pero en lugar de eso, inclinó el rostro, sus labios encontrando los de él en un beso lento, profundo, que sabía a despedida y promesa al mismo tiempo. Daniel la atrajo contra sí, una mano sujetando su nuca, la otra deslizándose por la curva de su espalda hasta encontrar su cintura, apretándola con posesividad. Cuando se separaron, ambos estaban jadeando.
—Lunes —dijo él, como si fuera una amenaza—. En el ascensor.
Clara no respondió. Solo sonrió, tomó su bolso y salió, dejándolo parado allí, con la camisa aún desabotonada y el deseo claramente estampado en el rostro.
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El lunes llegó con la misma eficiencia impersonal de siempre: el aroma a café quemado en la cocina, el sonido de los teclados cliqueando al unísono, los saludos secos en los pasillos. Clara se había vestido con cuidado—una blusa de seda azul marino que resaltaba sus ojos, una falda lápiz que abrazaba sus curvas sin ser vulgar, tacones altos que la hacían sentir poderosa. Sabía que Daniel la observaría. Y quería que la viera.
El ascensor estaba lleno cuando las puertas se abrieron en el décimo piso, y Clara vaciló por un segundo antes de entrar, como si supiera que ese espacio confinado sería una trampa. Daniel ya estaba allí, apoyado en el fondo, los brazos cruzados sobre el pecho, los ojos fijos en ella antes incluso de que las puertas se cerraran.
Los otros empleados conversaban entre sí, ajenos, pero Clara sintió el calor de su mirada como una marca a fuego. Se colocó de espaldas a él, fingiendo interés en el panel digital que indicaba los pisos, pero cada fibra de su cuerpo estaba consciente de su presencia detrás de ella. Cuando el ascensor se detuvo en el séptimo piso y la mitad de las personas salió, Clara sintió el aliento cálido de Daniel rozar su nuca.
—Estás hermosa —murmuró, tan bajo que solo ella podría escucharlo.
Ella no se giró. No podía. Pero sus labios se curvaron en una sonrisa involuntaria.
—Estás abusando de tu suerte —respondió, en el mismo tono.
—Yo no prometí nada —replicó él, y Clara sintió sus dedos rozar levemente el dorso de su mano, un toque tan rápido que podría haber sido accidental. Pero no lo era.
El ascensor se detuvo nuevamente, y más personas salieron. Ahora solo quedaban ellos dos, y el espacio entre ellos parecía cargado de electricidad. Clara finalmente se giró, encontrando la mirada de Daniel, oscura e intensa.
—No podemos hacer esto aquí —dijo, pero su voz carecía de convicción.
—Ya lo sé —asintió él, dando un paso adelante. Ahora estaban lo suficientemente cerca como para que Clara sintiera el calor de su cuerpo, para que notara cómo sus pupilas se dilataban cuando ella mordió su labio inferior—. Pero eso no me impide desearlo.
Las puertas del ascensor se abrieron en la planta baja, y Clara retrocedió un paso, respirando hondo. Daniel no se movió. Solo sonrió, esa sonrisa lenta y peligrosa que ella ya conocía tan bien.
—Hasta luego, Clara —dijo, como si no acabara de dejarla mojada y temblorosa.
Ella salió del ascensor sin mirar atrás, pero sabía que él la observaba. Y sabía, también, que aquello no había terminado.
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Esa noche, Clara estaba en casa, acostada en la cama con un libro que no podía leer, cuando su celular vibró. Lo tomó, esperando un mensaje de trabajo, pero el nombre de Daniel brilló en la pantalla.
*"¿Estás pensando en mí?"*
Sonrió, pasando los dedos sobre las teclas antes de responder.
*"¿Y si lo estoy?"*
La respuesta llegó casi al instante.
*"Entonces diría que estás perdiendo el tiempo. Porque yo estoy del otro lado de la ciudad, duro como una roca, solo de recordar tu sabor."*
Clara soltó una risa, sintiendo su cuerpo reaccionar a la provocación. Escribió de vuelta, las palabras saliendo antes de que pudiera pensarlo dos veces.
*"¿Y qué vas a hacer al respecto?"*
La respuesta tardó un poco más esta vez. Cuando llegó, era una foto—una imagen borrosa, tomada a prisa, mostrando la mano de Daniel sujetando un pene erecto, los dedos enrollados alrededor de la base en un apretón firme.
*"Esto es lo que voy a hacer cada vez que me ignores en la oficina."*
Clara mordió su labio, sintiendo el calor extenderse entre sus piernas. Pasó los dedos por la pantalla, como si pudiera tocarlo a través de la imagen, antes de escribir un último mensaje.
*"Entonces será mejor que te prepares. Porque el lunes está por llegar."*
Y cuando apagó el celular, supo que no podría dormir. Porque ahora, más que nunca, estaba claro que aquello—lo que fuera—apenas estaba comenzando.