Bajo la Luz de la Luna Traicionada

Por Tonkix
Bajo la Luz de la Luna Traicionada
**Bajo la Luz de la Luna Traicionada** La noche caía sobre la costa como un manto de seda negra, bordado con el brillo plateado de las olas que se quebraban contra los riscos. La sal en el aire llevaba el perfume dulzón de las gardenias que adornaban los jardines del *Club Marítimo*, un refugio de mármol y cristal donde la élite de la ciudad se reunía para celebrar, o fingir celebrar, lo que fuera que los hubiera llevado hasta allí. Las luces doradas de las arañas se reflejaban en las copas de cristal, en los collares de perlas y en las miradas furtivas que se cruzaban entre los invitados, como si cada uno supiera que, bajo la superficie pulida de aquella noche, algo más oscuro y urgente palpitaba. Laura ajustó el escote del vestido, una tela azul oscuro que se ceñía a su cuerpo como una segunda piel, cortado para revelar lo suficiente como para provocar, pero no tanto como para escandalizar. Los tacones finos se hundían levemente en el césped bien cortado, y sintió el peso de la mirada de alguien sobre ella incluso antes de girarse. No necesitaba confirmarlo—sabía de quién se trataba. Ricardo estaba allí, como siempre, un paso detrás de la multitud, observándola con esa expresión que ella conocía tan bien: una mezcla de admiración y algo más peligroso, algo que se negaba a nombrar. Él llevaba un traje gris plomo, sin corbata, la camisa blanca abierta en el cuello, como si se hubiera vestido deprisa, o como si supiera que la noche exigiría menos formalidad de la esperada. Los cabellos castaños, ligeramente despeinados, caían sobre su frente, y los ojos—verdes, intensos—parecían absorber cada detalle de ella, desde el brillo del labial en sus labios hasta el modo en que las manos le temblaban levemente al sostener la copa de champán. —Estás hermosa —dijo él, acercándose con la naturalidad de quien no necesita invitación. La voz era baja, ronca, como si las palabras hubieran sido arrancadas de algún lugar profundo. Laura sonrió, pero el gesto no llegó a sus ojos. —Siempre dices eso. —Porque siempre es verdad. Ella desvió la mirada, fingiendo interés en las olas que se desplegaban en la oscuridad. El mar, esa noche, estaba más ruidoso de lo normal, como si supiera que algo estaba a punto de suceder. —Carlos no pudo venir —murmuró, casi para sí misma—. Reunión de última hora. Ricardo no respondió de inmediato. Tomó una copa de champán de la bandeja de un camarero que pasaba y se la ofreció, sus dedos rozando los de ella un segundo más de lo necesario. —Pareces aliviada. —No seas ridículo. —No lo soy. —Llevó la copa a los labios, observándola por encima del borde—. Respiras diferente cuando él no está cerca. Laura sintió el calor subir por su cuello. —Eso es absurdo. —¿Ah, sí? —Ricardo se inclinó levemente, lo suficiente para que el perfume amaderado de su colonia se mezclara con el aroma salado del aire—. Entonces, ¿por qué tus dedos están apretando la tela del vestido como si intentaran rasgarlo? Ella miró hacia abajo y, en efecto, los nudillos estaban blancos de tanta fuerza. Relajó las manos, irritada consigo misma. —Estás imaginando cosas. —¿De verdad? —Sonrió, una sonrisa lenta, conocedora—. ¿O eres tú la que está tratando de convencerse de que no sientes lo mismo que yo? El silencio entre ellos se extendió, cargado de todo lo que no se decía. Laura sabía que debería alejarse, que debería buscar otra compañía, que debería, por el amor de Dios, dejar de mirarlo como si él fuera lo único que importaba en esa fiesta. Pero los pies no se movían. Los ojos no se apartaban. Y cuando la orquesta comenzó a tocar un vals lento, algo dentro de ella se deshizo, como un hilo que se rompe bajo demasiada tensión. Ricardo extendió la mano. —Baila conmigo. No era una petición. Laura vaciló. Cada célula de su cuerpo gritaba que aceptar sería un error, que bailar con él era como jugar con fuego sabiendo que, tarde o temprano, acabaría quemada. Pero la mano de él estaba allí, firme, invitadora, y el calor de su palma contra su piel cuando finalmente la tocó fue como una descarga eléctrica, despertando algo que había enterrado hacía mucho tiempo. —Solo un baile —murmuró, más para sí misma que para él. Ricardo no respondió. Simplemente la atrajo hacia sí, una mano en su cintura, la otra sosteniendo la suya con una intimidad que iba más allá del decoro. La tela del vestido rozaba contra su traje, y Laura sintió el olor del jabón en su piel, mezclado con el aroma del whisky que había bebido antes. Era embriagador. —Estás temblando —susurró él, los labios tan cerca de su oreja que el aliento cálido le hizo cosquillas en la piel sensible. —No es verdad. —Sí lo estás. —Su mano se deslizó por su espalda, presionándola un poco más contra él—. Y yo también. Laura cerró los ojos. El salón giraba a su alrededor, un borrón de colores y risas, pero todo lo que podía sentir era el cuerpo de él, el ritmo de la música, el latido de su propio corazón resonando en sus oídos como un tambor. Cuando abrió los ojos nuevamente, encontró la mirada de Ricardo fija en ella, oscura, hambrienta. —¿Qué estamos haciendo? —preguntó, la voz casi un gemido. Él no respondió. En cambio, se inclinó aún más, los labios rozando el lóbulo de su oreja cuando murmuró: —Algo que deberíamos haber hecho hace mucho tiempo. Y entonces, como si el mundo a su alrededor hubiera dejado de existir, Laura se dejó llevar. No por la música. No por la fiesta. Sino por el deseo que, finalmente, no tenía fuerzas para negar. La música cambió sin que Laura lo notara. Una de esas baladas antiguas, de melodía densa y letras que hablaban de amores prohibidos, comenzó a fluir por los altavoces discretos del salón, envolviendo a las parejas en un abrazo sonoro. Las luces bajaron aún más, transformando el ambiente en un remolino de sombras doradas y reflejos plateados, como si el propio mar de afuera hubiera invadido el salón con sus olas luminosas. Ricardo no preguntó. Simplemente extendió la mano, la palma hacia arriba, una invitación silenciosa que no requería palabras. Laura dudó por un segundo—solo lo suficiente para que el aire entre ellos se cargara de electricidad—, antes de posar los dedos sobre los suyos. La piel de él estaba caliente, casi febril, y el contacto envió un escalofrío por su brazo, como si un hilo invisible los conectara desde la punta de los dedos hasta el centro del pecho. Él la atrajo hacia sí con una lentitud deliberada, una mano deslizándose por su cintura hasta encontrar la curva de su columna, los dedos extendiéndose posesivos contra la tela fina del vestido. El cuerpo de Laura se moldeó al de él antes incluso de que pudiera pensar en resistirse. El olor de Ricardo—una mezcla de cuero envejecido, cedro y algo más primitivo, como el sudor limpio de un hombre que acababa de salir del mar—invadió sus fosnas nasales, haciéndola contener la respiración. —Bailas como si tuvieras miedo de romperte —murmuró él, la voz ronca, los labios rozando su sien mientras se movían. —No es miedo —mintió, sintiendo el calor subir por su cuello—. Es cautela. Ricardo rió bajo, un sonido que vibró contra su pecho, y la atrajo un poco más hacia sí. Ahora no había espacio entre ellos. Su cadera presionaba la de ella, el muslo musculoso encajándose entre sus piernas de un modo que la hizo morderse el labio inferior para contener un gemido. Podía sentir cada respiración de él, cada latido de su corazón, como si sus cuerpos se hubieran fundido en un solo ritmo. —La cautela es para quienes aún tienen algo que perder —susurró, los dedos trazando círculos lentos en la base de su espalda—. Y los dos sabemos que tú ya perdiste hace mucho tiempo. Laura cerró los ojos. La culpa debería haber llegado, pero en su lugar, lo que la invadió fue una ola de algo mucho más peligroso: alivio. Como si, al entregarse a ese momento, por fin pudiera respirar después de años de asfixia. Los dedos de él subieron por su columna, encontrando su nuca, e inclinó su cabeza hacia atrás con un gesto suave, pero firme. —Mírame —ordenó, la voz un hilo de seda áspera. Ella obedeció. Los ojos de él eran oscuros, casi negros bajo la luz tenue, pero brillaban con una intensidad que la dejó sin aliento. No sonreía. No necesitaba hacerlo. El deseo estaba allí, crudo, expuesto, y Laura sintió su propio cuerpo responder antes de que su mente pudiera protestar. —¿Sabes lo que quiero hacerte? —preguntó él, los labios tan cerca de los suyos que podía sentir el sabor del whisky en su aliento. Laura tragó saliva. Quería decir que no, que no quería saber, pero las palabras murieron en su garganta cuando él se inclinó aún más, su boca rozando el lóbulo de su oreja. —Primero, te quitaría este vestido —murmuró, los dedos recorriendo ahora el cierre oculto en su espalda, trazando el camino que pronto seguirían—. Despacio. Tan despacio que me rogarías que acelerara. Un escalofrío recorrió la espalda de Laura. Podía sentir la tela del vestido volviéndose insoportablemente pesada, como si cada centímetro de su piel estuviera hambriento de su toque. —Después —continuó, su mano descendiendo hasta la curva de su cadera, apretando levemente—, te arrojaría en ese sillón de allí en el rincón. Las piernas abiertas, las manos agarrando los brazos de la silla para que no pudieras moverte. Laura soltó un suspiro tembloroso. La imagen era tan vívida que casi podía sentir sus manos sobre ella, los dedos explorando cada centímetro de piel expuesta. —Y entonces —susurró, la voz ahora un gruñido—, te haría gemir mi nombre hasta que toda la fiesta lo escuchara. Ella tembló. No era solo lo que decía, sino cómo lo decía—con una certeza tan absoluta que era como si ya hubiera sucedido. Como si su futuro estuviera escrito en cada toque, en cada palabra susurrada. —Estás loco —logró decir, pero su voz salió débil, sin convicción. —No —corrigió él, sus labios finalmente tocando la piel sensible bajo su oreja—. Estoy desesperado. El beso fue suave, casi casto, pero suficiente para hacer que el cuerpo de Laura se arqueara contra el de él. Ricardo gimió contra su piel, un sonido gutural que vibró hasta sus huesos, y entonces sus manos estaban por todas partes—en su cabello, en su cintura, apretando la carne de sus caderas como si quisiera memorizar cada curva. —Vámonos —murmuró, sus labios ahora en su cuello, succionando levemente, dejando una marca que sabía sería visible al día siguiente—. Ahora. Laura abrió los ojos. El salón aún giraba a su alrededor, un borrón de rostros y risas, pero todo parecía distante, irrelevante. Lo único real era el calor del cuerpo de él, la presión de sus dedos contra su piel, la promesa de algo que iba mucho más allá de ese baile. —No podemos —susurró, pero no había fuerza en la negación. —Podemos —insistió él, la voz ronca de deseo—. Nadie está mirando. Nadie se dará cuenta. Y entonces, antes de que ella pudiera responder, la arrastró fuera de la pista de baile, los cuerpos aún pegados, los pasos sincronizados como si ya supieran el camino. Laura no resistió. No cuando la guió lejos de las luces, lejos de las miradas, hacia las puertas de cristal que llevaban a la terraza. El aire afuera estaba fresco, cargado con el olor salado del mar, pero Laura apenas lo sintió. El único calor que importaba era el del cuerpo de Ricardo contra el suyo, el único sonido que escuchaba era el de su propia respiración, acelerada, entrecortada. Él la empujó suavemente contra la pared de piedra fría de la terraza, sus manos enmarcando su rostro, los pulgares acariciando sus mejillas con una ternura que contrastaba con la urgencia de sus cuerpos. —Di que lo deseas —pidió, los ojos ardiendo en los de ella—. Di que no estoy solo en esto. Laura vaciló. Pero entonces, con un suspiro que era casi un sollozo, levantó la mano y atrajo su cabeza hacia abajo, sus labios encontrándose en un beso que ya no era suave ni vacilante. Era hambre. Y cuando él la atrajo más cerca, sus manos descendiendo por su espalda hasta apretar la curva de sus nalgas, Laura supo que no había vuelta atrás. La terraza estaba vacía. La luna, traicionera, iluminaba lo suficiente para que pudieran verse los rostros—y los deseos que, finalmente, no podían seguir negando. El aire salado del mar invadió sus pulmones cuando Ricardo la guió lejos de la multitud, sus dedos entrelazados con los de ella como si temiera que pudiera escapar. Laura se dejó llevar, los tacones altos hundiéndose levemente en la arena suave que rodeaba la terraza lateral de la mansión, un rincón escondido entre columnas de piedra y enredaderas floridas. La música de la fiesta aún resonaba amortiguada, un murmullo distante que se mezclaba con el sonido de las olas rompiendo contra los riscos abajo. Él la atrajo detrás de una columna ancha, donde la luz de la luna apenas llegaba, y por un instante, permanecieron allí, inmóviles, los cuerpos casi tocándose, pero no lo suficiente. Laura podía sentir el calor de su piel incluso a través de la tela fina del vestido, el aroma de su perfume—algo amaderado, con un toque de especias—mezclándose con el olor del mar. Era embriagador. Y peligroso. —Aquí —murmuró Ricardo, la voz ronca, mientras apartaba una cortina de hojas para revelar un banco de hierro forjado, cubierto por cojines de terciopelo oscuro—. Nadie nos verá. Laura vaciló, los dedos apretando con fuerza su bolso. La culpa ya comenzaba a insinuarse, un peso en el pecho, pero el deseo era más fuerte, una corriente eléctrica recorriendo sus venas. Se sentó, las piernas temblorosas, y cuando él se arrodilló frente a ella, las rodillas rozando el suelo de piedra, no lo detuvo. Los dedos de Ricardo se deslizaron por su pantorrilla, subiendo lentamente, como si explorara un territorio prohibido. Laura contuvo la respiración cuando alcanzó el dobladillo del vestido, levantándolo solo lo suficiente para exponer la piel suave de su muslo. El contacto era ligero, casi reverente, pero el efecto era devastador. Un escalofrío recorrió su espalda, y mordió su labio inferior para contener un gemido. —Estás temblando —observó él, los ojos oscuros fijos en los de ella, como si pudiera leer cada pensamiento que pasaba por su mente. —Es solo el viento —mintió, la voz quebrada. Ricardo sonrió, una sonrisa lenta, conocedora. —No es el viento. —Se inclinó hacia adelante, los labios rozando su oreja, y susurró—: Es lo que sientes cuando hago esto. Y entonces, su mano subió más alto, los dedos trazando círculos perezosos en la parte interna de su muslo, cada vez más cerca del punto donde el calor se concentraba, donde la humedad ya comenzaba a acumularse. Laura cerró los ojos, la cabeza cayendo hacia atrás contra la columna, y cuando él finalmente—*finalmente*—rozó la tela de su tanga, no pudo contener un suspiro entrecortado. —Joder, Laura… —La voz de él estaba áspera, cargada de deseo—. Estás empapada. Debería haberse avergonzado. Debería haberlo empujado, levantarse y volver a la fiesta, a su marido, a la vida que conocía. Pero en lugar de eso, abrió los ojos y encontró los de él, oscuros, hambrientos, reflejando la misma locura que la consumía. —No pares —pidió, la voz casi un susurro—. Por favor, no pares. Ricardo no necesitó más incentivo. Con un movimiento rápido, apartó la tela de la tanga a un lado y deslizó un dedo dentro de ella, despacio, como si saboreara cada centímetro. Laura arqueó la espalda, las uñas clavándose en sus brazos, y cuando comenzó a mover la mano, primero en círculos lentos, luego con más presión, supo que estaba perdida. —Así… —murmuró él, los labios ahora en su cuello, besando, mordisqueando, mientras el pulgar encontraba el punto exacto que la hacía temblar—. Déjame sentirte correrte, Laura. Déjame oírte. No podía responder. Las palabras se disolvían en gemidos ahogados, el cuerpo entero contrayéndose alrededor de sus dedos, cada movimiento una ola de placer que la arrastraba más profundo. Ricardo la observaba, los ojos entrecerrados, la respiración tan acelerada como la de ella, y cuando finalmente llegó al clímax, él cubrió su boca con la mano para amortiguar el grito, sintiéndola estremecerse contra él. Por un momento, permanecieron allí, inmóviles, los cuerpos pegados, el sudor mezclándose con la sal del mar. Laura respiraba con dificultad, el corazón latiendo tan fuerte que estaba segura de que él podía oírlo. Cuando retiró la mano, los dedos brillando bajo la luz tenue de la luna, sintió un pinchazo de vergüenza—pero también un hambre renovada. —Eso fue… —comenzó, pero las palabras fallaron. —Solo el principio —completó Ricardo, la voz baja, peligrosa. Se levantó, atrayéndola consigo, y antes de que pudiera protestar, sus labios estaban sobre los de ella, besándola con una urgencia que no dejaba espacio para dudas. Laura correspondió, las manos enredándose en su cabello, atrayéndolo más cerca, como si pudiera fundir sus cuerpos allí mismo. El sabor de él era adictivo—alcohol, deseo, algo más profundo que no podía nombrar. Cuando la empujó contra la pared de piedra fría, las manos deslizándose bajo el vestido para agarrar sus nalgas, supo que no había vuelta atrás. —Ricardo… —gimió, su nombre una súplica y una rendición. Él no respondió con palabras. En cambio, sus dedos encontraron el cierre lateral del vestido y lo bajaron lentamente, hasta que la tela se deslizó por sus hombros, revelando sus senos desnudos bajo la luz plateada de la luna. Laura no llevaba sujetador—nunca lo usaba con vestidos así—y ahora, con el aire fresco de la noche rozando su piel, los pezones se endurecieron al instante. Ricardo no perdió tiempo. Bajó la cabeza y capturó uno de ellos entre sus labios, la lengua rodeando la punta sensible antes de succionarla con fuerza. Laura arqueó la espalda, las manos clavándose en sus hombros, y cuando repitió el movimiento en el otro seno, sintió una nueva ola de humedad entre sus piernas. —Eres hermosa —murmuró, los labios aún húmedos, mientras sus manos bajaban hacia el dobladillo del vestido, subiéndolo—. Tan hermosa que duele. Laura no resistió cuando la levantó, sus piernas envolviendo su cintura, el vestido ahora arrugado en su cintura. Podía sentir su dureza presionando contra ella, incluso a través de los pantalones, y la sensación era casi insoportable. —Te necesito —admitió, la voz ronca—. Ahora. Ricardo no necesitó escucharlo dos veces. Con un movimiento rápido, la puso de pie y la giró de espaldas, presionándola contra la pared. Laura apoyó las manos en la piedra fría, el corazón latiendo tan fuerte que parecía que iba a explotar. Escuchó el sonido de su cremallera siendo abierta, el crujido de la tela, y entonces, la punta caliente y rígida de él rozando entre sus piernas. —Por favor —suplicó, empujándose contra él. No la hizo esperar. Con un solo movimiento, Ricardo la penetró, llenándola de una vez, y Laura tuvo que morderse el labio para no gritar. Era grande, mucho más grande de lo que esperaba, y la sensación de ser llenada así, contra una pared, bajo la luz de la luna, era casi demasiado. —Joder —gimió él, los dedos clavándose en sus caderas—. Estás tan apretada… Laura no pudo responder. Las palabras se perdieron en un gemido largo, mientras él comenzaba a moverse, primero despacio, luego con más fuerza, cada embestida arrancándole un nuevo sonido de placer. La pared de piedra le raspaba las manos, pero no le importaba. Lo único que importaba era la sensación de él dentro de ella, el ritmo implacable, la manera en que la sostenía como si nunca fuera a soltarla. —Más fuerte —pidió, la voz quebrada—. Por favor, más fuerte. Ricardo obedeció. Con un gruñido, la atrajo más cerca, las embestidas volviéndose más profundas, más rápidas, cada una de ellas arrancándole un nuevo gemido. Laura sintió el orgasmo acercarse nuevamente, una ola que comenzaba en los dedos de sus pies y subía, subía, hasta que estalló en un grito ahogado, el cuerpo entero contrayéndose alrededor de él. Ricardo no se detuvo. Siguió moviéndose, prolongando su placer hasta que sus propios gemidos se volvieron más urgentes, hasta que finalmente se enterró profundo y se corrió con un sonido gutural, el cuerpo temblando contra el de ella. Por un largo momento, permanecieron allí, jadeantes, los cuerpos pegados, el sudor mezclándose. Laura podía sentir el corazón de él latiendo contra su espalda, tan rápido como el suyo. Cuando finalmente se apartó, sintió un vacío repentino, una sensación de pérdida que la hizo estremecer. Ricardo la giró para quedar frente a él, los ojos oscuros buscando los de ella. —Laura… —comenzó, pero ella lo interrumpió con un beso, lento, profundo, como si quisiera probar que aquello no había sido un error. Cuando se separaron, él sostuvo su rostro entre sus manos, el pulgar acariciando su mejilla. —Eso no fue suficiente —murmuró—. Quiero más. Laura sabía lo que estaba pidiendo. Y, por primera vez, no dudó. —Entonces vámonos —dijo, la voz firme—. Antes de que alguien nos encuentre. Ricardo sonrió, una sonrisa que prometía pecado, y tomó su mano, arrastrándola lejos de la terraza, hacia las sombras que los llevarían lejos de las miradas curiosas. Y hacia mucho, mucho más. Las sombras del jardín los engulleron como un secreto antiguo, los pasos de Laura y Ricardo ahogados por la hierba espesa y el murmullo distante de la fiesta. El aire estaba cargado con el aroma del jazmín y la sal, una mezcla hecha para confundir los sentidos. Ella sentía el calor de su mano en la suya, los dedos entrelazados como si hubieran pertenecido el uno al otro desde hacía siglos. Cuando llegaron a una fuente de mármol, escondida entre arbustos altos, Ricardo la atrajo detrás de una columna, donde la luz de la luna apenas llegaba. —Aquí —murmuró, la voz ronca—. Nadie nos verá. Laura se apoyó en la piedra fría, el contraste con el calor del cuerpo de él haciendo que su piel se erizara. Ricardo no se apartó. En cambio, se acercó aún más, las manos apoyadas en la columna, una a cada lado de ella, aprisionándola sin tocarla. Podía sentir su aliento, cálido y dulce con el vino que habían bebido, y cerró los ojos por un instante, dejando que la sensación la invadiera. —Estás temblando —observó él, la voz baja, casi un susurro. —No es de frío —admitió, abriendo los ojos para encontrar los de él, oscuros e intensos bajo la penumbra. Ricardo sonrió, una sonrisa lenta, peligrosa. —Lo sé. Se inclinó, los labios rozando su oreja, y Laura sintió todo su cuerpo responder, un escalofrío recorriendo su espalda. —¿Desde cuándo? —preguntó, la voz temblorosa. —Desde siempre —respondió él, la boca deslizándose por su cuello, dejando un rastro de fuego—. Desde la primera vez que te vi, con ese vestido azul, en esa cena aburrida de tu marido. Estabas tan hermosa, tan distante… y supe que quería sacarte de allí. Laura soltó un suspiro entrecortado, las manos subiendo hacia sus hombros, los dedos clavándose en la tela de su chaqueta. —Nunca dijiste nada. —Era tu amigo —murmuró, los labios ahora en su clavícula, la lengua trazando un camino lento—. Y estabas casada. Pero eso nunca me impidió imaginar. Ella arqueó el cuerpo, involuntariamente, buscando más contacto. —¿Imaginar qué? Ricardo levantó la cabeza, los ojos ardiendo en los de ella. —Todo. Cómo sería tocarte así —sus manos se deslizaron por su cintura, atrayéndola contra sí—, besarte así —su boca encontró la de ella, voraz, posesiva—, escucharte gemir mi nombre. Laura gimió contra sus labios, el sonido ahogado por la urgencia del beso. Cuando se separaron, estaba jadeante, el corazón latiendo tan fuerte que parecía a punto de estallar. —Yo también imaginé —confesó, la voz casi un susurro—. Más veces de las que debería. Ricardo se detuvo, los dedos deteniendo su exploración del cuerpo de ella. —¿Qué? Ella desvió la mirada, avergonzada, pero él le sujetó la barbilla, obligándola a mirarlo. —Laura. —Yo… —vaciló, pero las palabras salieron antes de que pudiera detenerlas—. Me pregunto cómo sería. Cómo sería estar con alguien que realmente me desea, que no me trata como un trofeo o una obligación. El silencio que siguió fue cargado, pesado. Ricardo la observaba con una intensidad que la hacía sentir desnuda, expuesta. —Tu matrimonio… —comenzó, pero ella lo interrumpió con un movimiento de cabeza. —Es una mentira —dijo, la voz firme ahora, como si admitirlo en voz alta la liberara—. Una farsa bonita, pero vacía. Él no me toca desde hace meses. No me mira como tú me estás mirando ahora. Ricardo respiró hondo, las manos apretando su cintura. —¿Y cómo te estoy mirando? —Como si yo fuera lo único que importa —respondió, sin dudar. Él cerró los ojos por un instante, como si las palabras lo golpearan con fuerza. Cuando los abrió nuevamente, había algo nuevo en ellos, algo hambriento, desesperado. —Lo eres —murmuró, la voz ronca—. Para mí, siempre lo has sido. Laura sintió que las lágrimas le quemaban los ojos, pero no las dejó caer. En cambio, lo atrajo más cerca, sus labios encontrando los de él en un beso que era al mismo tiempo una promesa y una rendición. Ricardo respondió con urgencia, las manos deslizándose por su espalda, atrayéndola contra sí como si quisiera fundirlos en un solo cuerpo. —No quiero fingir más —susurró contra su boca—. No aquí. No ahora. Ricardo se apartó lo suficiente para mirarla a los ojos, los dedos trazando el contorno de su rostro con una ternura que contrastaba con la pasión en su mirada. —¿Estás segura? Laura no respondió con palabras. En cambio, tomó su mano y la guió hacia abajo, presionándola contra su propio pecho, donde el corazón latía descontrolado. —¿Sientes esto? —preguntó, la voz temblorosa—. Es por ti. Ricardo no necesitó más incentivo. Con un gemido bajo, la empujó contra la columna, su boca encontrando la de ella en un beso que era puro deseo, pura necesidad. Sus manos exploraron su cuerpo con una urgencia que la hizo arquearse, los dedos deslizándose bajo la tela del vestido, buscando la piel cálida debajo. —Te necesito —murmuró, los labios ahora en su cuello, los dientes rozando la piel sensible—. Ahora. Laura asintió, las manos ya trabajando en los botones de su camisa, desesperada por sentir su piel desnuda contra la suya. —Sí —susurró—. Pero no aquí. Ricardo levantó la cabeza, los ojos oscuros brillando con una pregunta silenciosa. Laura sonrió, una sonrisa que prometía pecado, y tomó su mano. —Vámonos —dijo, la voz firme—. Hay un hotel a dos cuadras de aquí. Él no dudó. Con un movimiento rápido, la levantó en brazos, haciéndola soltar un gritito de sorpresa, y comenzó a caminar hacia la puerta lateral del jardín, donde la oscuridad los esperaba. Laura rió, un sonido ligero y libre, y rodeó su cuello con los brazos, sintiéndose más viva de lo que se había sentido en años. —Estás loco —murmuró, los labios rozando su oreja. —¿Por ti? —respondió Ricardo, la voz cargada de promesas—. Siempre. Salieron a la calle, el aire nocturno fresco contra su piel caliente, los pasos apresurados hacia lo desconocido. Laura sabía que estaba cruzando una línea de la que no habría vuelta atrás. Pero en ese momento, con el corazón latiendo fuerte y el cuerpo ardiendo de deseo, no le importaba. Porque, por primera vez en mucho tiempo, se sentía libre. El ascensor subía en silencio, un cubo de metal y espejos que reflejaba sus cuerpos entrelazados como fragmentos de un sueño prohibido. Laura sentía el peso de la mirada de Ricardo sobre las curvas expuestas por el vestido ahora arrugado, sus dedos trazando líneas invisibles en la piel sensible de su cintura, como si mapeara cada centímetro de ella antes incluso de poseerla. El aire estaba cargado con el aroma de su perfume caro mezclado con el sudor leve del baile, un olor que se había vuelto irresistible para él a lo largo de los años de amistad forzada. Cuando las puertas se abrieron en el último piso, Ricardo la arrastró hacia afuera con una urgencia que la hizo reír, pero el sonido murió en su garganta cuando la presionó contra la pared del pasillo, sus manos grandes sujetando su rostro con una posesividad que Laura nunca había visto en él antes. —No tienes idea de cuánto he esperado por esto —murmuró, los labios rozando los de ella sin aún besarla, solo provocando, mientras sus dedos bajaban el cierre del vestido con una lentitud torturante. La tela se deslizó por sus hombros, revelando el sujetador de encaje negro que había elegido sin pensar esa mañana, como si una parte de ella ya supiera que ese momento llegaría. Ricardo soltó un gemido bajo al ver los pezones endurecidos bajo la tela fina, y Laura arqueó la espalda instintivamente, ofreciéndose. —Entonces muéstramelo —lo desafió, la voz ronca, las uñas clavándose en sus brazos—. Muéstrame lo que soñaste. Él no necesitó más incentivo. Con un movimiento ágil, se quitó la chaqueta y la arrojó al suelo, atrayéndola hacia sí con una fuerza que la dejó sin aliento. Sus labios encontraron los de ella en un beso hambriento, lenguas entrelazándose mientras Ricardo la empujaba hacia el interior de la habitación, cerrando la puerta de una patada. La suite era un refugio de lujo, con ventanas del suelo al techo que mostraban el mar negro bajo la luna, pero ninguno de los dos miró hacia afuera. Laura apenas tuvo tiempo de registrar los detalles del ambiente antes de ser levantada y depositada sobre la cama king size, el colchón hundiéndose bajo el peso de ambos mientras Ricardo se posicionaba entre sus piernas, los dedos ya trabajando en el cierre del sujetador. —Dios, Laura —susurró cuando la prenda cayó, revelando sus senos llenos, los pezones rosados implorando atención. No se resistió. Bajó la cabeza y capturó uno de ellos en su boca, la lengua rodeando la areola antes de succionarlo con fuerza, arrancándole un gemido alto. Laura enredó los dedos en su cabello, atrayéndolo más cerca, mientras su otra mano se deslizaba hacia abajo, encontrando su erección palpitante bajo el pantalón. Ricardo gimió contra su piel, el sonido vibrando por su cuerpo, y ella sonrió, satisfecha con el poder que tenía sobre él en ese momento. —¿Te gusta esto, verdad? —lo provocó, apretándolo con más firmeza, sintiéndolo estremecer—. Te gusta verme perder el control. —Desde que tengo uso de razón —admitió, levantando la cabeza para mirarla a los ojos, las pupilas dilatadas de deseo—. Pero nunca imaginé que sería así. Que tú serías así. Laura no respondió con palabras. En cambio, lo empujó hacia atrás, haciéndolo acostarse en la cama mientras ella se arrodillaba entre sus piernas. Con movimientos deliberadamente lentos, desabotonó su camisa, revelando su pecho musculoso, marcado por algunas cicatrices antiguas que ella nunca había notado antes. Pasó las uñas ligeramente sobre ellas, sintiendo a Ricardo contener la respiración, antes de bajar hacia el cinturón. El sonido del cuero deslizándose por la hebilla resonó en la habitación, seguido por el cierre del pantalón al abrirse. Cuando finalmente liberó su erección, gruesa y palpitante, Laura no resistió. Se inclinó y lamió la punta, sintiendo el sabor salado del presemen, antes de envolverlo completamente con su boca. —¡Joder, Laura! —Ricardo arqueó la espalda, las manos agarrando las sábanas mientras ella lo chupaba con una habilidad que lo dejó al borde del abismo. Sabía exactamente qué hacer, alternando entre movimientos profundos y lamidas lentas a lo largo de su eje, los labios apretados, la lengua trabajando en círculos torturantes. Él intentó controlarse, pero cuando ella tomó sus testículos con una mano, masajeándolos mientras lo succionaba con más fuerza, Ricardo no aguantó. Con un gruñido, la atrajo hacia arriba, invirtiendo las posiciones con una rapidez que la dejó sin aliento. —Mi turno —gruñó, los ojos oscuros ardiendo con una intensidad que la hizo estremecer. Antes de que pudiera reaccionar, le arrancó la tanga con un tirón brusco, arrojando los restos de encaje al suelo. Laura soltó un gritito de sorpresa, pero el sonido se transformó en un gemido cuando Ricardo enterró su rostro entre sus piernas, la lengua encontrando su clítoris con una precisión devastadora. Ella agarró su cabello, arqueando las caderas contra su boca, mientras él la devoraba con un hambre que parecía insaciable. Cada lamida, cada succión, cada mordisco leve enviaba olas de placer por su cuerpo, dejándola al borde del orgasmo en cuestión de minutos. —Ricardo, voy a… —logró decir, la voz entrecortada, pero él no se detuvo. En cambio, introdujo dos dedos dentro de ella, curvándolos para encontrar ese punto sensible mientras seguía chupándola, y Laura estalló. El orgasmo la golpeó como una ola, haciéndola gritar mientras su cuerpo se retorcía, los músculos internos apretando sus dedos en espasmos deliciosos. Ricardo no cedió. Siguió lamiéndola, prolongando el placer hasta que quedó laxa, los gemidos transformándose en suspiros débiles. Cuando finalmente se apartó, Laura apenas podía abrir los ojos. Sintió su peso moverse sobre ella, su cuerpo caliente presionando el suyo mientras Ricardo capturaba sus labios en un beso profundo, permitiéndole saborear su propio gusto en su lengua. Ella envolvió sus piernas alrededor de su cintura, sintiendo su erección rozar su entrada, ya húmeda y lista. —Quiero que estés dentro de mí —murmuró contra sus labios, las uñas clavándose en su espalda ancha—. Ahora. Ricardo no necesitó escucharlo dos veces. Con un movimiento fluido, se posicionó y entró en ella de una sola vez, llenándola por completo, estirándola de una manera que la hizo gemir fuerte. Se detuvo por un segundo, los ojos cerrados, como si saboreara la sensación, antes de comenzar a moverse. Los primeros embates fueron lentos, profundos, cada uno arrancándole un suspiro a ambos, pero pronto el ritmo aumentó. Ricardo le sujetó los muslos, abriéndolos más, y comenzó a embestir con fuerza, cada movimiento haciendo crujir la cama, los cuerpos chocando uno contra el otro en un ritmo primitivo. Laura sentía cada centímetro de él, cada movimiento, cada respiración entrecortada contra su cuello mientras la poseía con una intensidad que iba más allá de lo físico. Era como si años de deseo reprimido se liberaran de una sola vez, cada gemido, cada toque, cada palabra sucia susurrada en su oído llevando el peso de una pasión que nunca había podido ser confesada. Y Laura se entregaba, correspondiendo a cada movimiento, las uñas marcando su espalda, los dientes mordiendo su hombro ancho mientras el placer se acumulaba nuevamente dentro de ella. —Córrete conmigo —ordenó Ricardo, la voz ronca, las caderas golpeando contra las de ella con una urgencia que no dejaba espacio para resistencia—. Córrete en mi polla, Laura. Las palabras, combinadas con el ritmo implacable, fueron demasiado. Laura sintió el orgasmo acercarse como una tormenta, y cuando Ricardo introdujo su mano entre sus cuerpos, presionando el pulgar contra su clítoris, no aguantó. Gritó su nombre mientras se corría, el cuerpo temblando, los músculos internos apretándolo con fuerza. Ricardo gimió, sintiéndola contraerse alrededor de él, y con unas pocas embestidas brutales más, se enterró profundo y se corrió, el calor de su semen inundándola mientras murmuraba palabras incoherentes contra su piel. Durante largos minutos, permanecieron allí, jadeantes, los cuerpos sudorosos pegados, los latidos del corazón poco a poco volviendo a la normalidad. Laura pasó los dedos por su espalda, sintiendo las marcas que había dejado, mientras Ricardo besaba su cuello, los labios ahora suaves, casi tiernos, como si pidiera disculpas por la violencia del momento anterior. —Esto fue… —comenzó, pero no pudo terminar. No había palabras para describir lo que acababa de suceder. —Ya lo sé —respondió Ricardo, levantando la cabeza para mirarla a los ojos. Había algo diferente en ellos ahora, una vulnerabilidad que nunca había visto antes—. Y no fue solo sexo. Laura sabía que tenía razón. Aquello había sido más que una traición. Había sido una confesión. Una rendición. Y, por primera vez, permitió que el miedo a lo que vendría después se infiltrara en su mente. Porque ahora no había vuelta atrás. Y, al mirar a Ricardo, supo que él también lo sabía. Afuera, el cielo comenzaba a clarear, anunciando el amanecer. Y con él, la inevitabilidad del arrepentimiento. La luz grisácea del amanecer se filtraba por las cortinas del hotel, pintando franjas pálidas sobre las sábanas arrugadas. Laura abrió los ojos lentamente, como si despertar fuera un acto de valentía, y encontró la habitación ya vacía a su lado. La almohada de Ricardo aún guardaba el contorno de su cabeza, el olor a sudor seco y perfume masculino mezclado con el aroma dulzón del sexo. Extendió la mano, tocó la tela fría, y por un instante deseó que él aún estuviera allí, cálido, pesado, vivo. Pero el silencio era respuesta suficiente. Se levantó con cuidado, los músculos protestando en lugares que ni siquiera sabía que existían. Cada paso hacia el baño era un recordatorio: las marcas en sus caderas, el ardor entre sus piernas, la piel demasiado sensible al roce de la bata de seda que encontró colgada detrás de la puerta. El agua de la ducha cayó sobre ella como una bendición y una maldición, lavando el sudor, el semen, los rastros de la noche, pero no los recuerdos. Nunca los recuerdos. Mientras se secaba, observó su reflejo en el espejo empañado. Los labios estaban hinchados, los pezones aún oscuros por haber sido succionados, y había una marca morada justo debajo de la clavícula, donde Ricardo la había mordido con más fuerza de la que pretendía. Pasó los dedos sobre la marca, sintiendo el leve dolor, y sonrió. Una sonrisa pequeña, casi culpable, como si el espejo pudiera juzgarla. Se vistió en silencio, eligiendo prendas que no delataran lo sucedido. La tanga de encaje negro, ahora inservible, fue guardada en el fondo del bolso. El vestido de la noche anterior estaba arrugado en el suelo, y lo recogió con dos dedos, como si fuera algo sucio. Al doblarlo, encontró una nota doblada entre los pliegues de la falda. *"No me arrepiento de nada. Pero sé que tú necesitarás fingir que sí. Hasta pronto, L."* Las palabras le quemaron los dedos. Laura arrugó el papel en la palma de su mano, sintiendo la tinta borronearse bajo la presión. Hasta pronto. No un adiós, no una promesa, solo un reconocimiento de que aquello—lo que fuera que aquello fuera—no podría continuar. No sin destruirlo todo. --- El taxi la dejó frente a su casa cuando el sol ya subía en el horizonte, tiñendo las fachadas de los edificios con un dorado falso e hipócrita. Laura pagó al conductor con manos firmes, pero en cuanto pisó la acera, el peso de la realidad la golpeó como un puñetazo. La puerta principal, la misma que ella y su marido habían elegido juntos en una tienda de muebles finos, parecía ahora una boca lista para tragársela. Respiró hondo y giró la llave en la cerradura. El apartamento estaba en silencio, como siempre. Su marido, Daniel, solía levantarse temprano para hacer ejercicio antes del trabajo, pero hoy el gimnasio estaba cerrado por mantenimiento—recordó eso con un pinchazo de alivio. Se quitó los zapatos y caminó descalza por el pasillo, cada paso resonando como un secreto siendo revelado. En la cocina, encontró una taza de café a medio terminar sobre la encimera, aún tibia. Daniel debía haber salido deprisa. Fue entonces cuando vio la nota pegada en la nevera con un imán de viaje. *"Fui a resolver unos problemas en la oficina. Vuelvo tarde. No me esperes despierta."* Laura soltó una risa baja, amarga. Claro. Siempre era así. Daniel nunca estaba presente, ni siquiera cuando estaba. Se sirvió una copa de vino—sí, a las siete de la mañana, ¿por qué no?—y la llevó al balcón. La ciudad despertaba poco a poco, los sonidos del tráfico mezclándose con los gritos de las gaviotas. Abajo, el mar golpeaba contra los riscos, indiferente. Bebió el vino a sorbos lentos, sintiendo el alcohol quemar su garganta ya irritada por los gemidos de la noche anterior. Pensó en Ricardo. ¿Dónde estaría ahora? ¿En la ducha, como ella? ¿O ya en algún café, tomando un expreso doble mientras leía el periódico, como si nada hubiera pasado? La idea la irritó, luego la entristeció. Él tenía razón en la nota: ella necesitaría fingir. Fingir que no sentía su sabor en la boca cada vez que tragaba saliva. Fingir que no sabía exactamente cómo sonaba cuando se corría. Fingir que no deseaba, en ese mismo instante, estar de vuelta en esa habitación de hotel, con las piernas abiertas y las uñas clavadas en su espalda. El teléfono vibró en el bolsillo de la bata. Era un mensaje de Daniel. *"Olvidé preguntar: ¿cómo estuvo la fiesta?"* Laura miró la pantalla por un largo rato. Luego, escribió una respuesta cuidadosa. *"Aburrida. Como siempre."* Envió. Bloqueó el teléfono. Y entonces, porque no había nada más que hacer, fue al dormitorio y se acostó en la cama que compartía con su marido. La almohada aún olía a suavizante, a rutina, a mentira. Se acurrucó de lado, abrazando sus rodillas contra el pecho, y cerró los ojos. --- Ricardo estaba en el aeropuerto cuando recibió el mensaje de Laura. *"Necesito verte."* Leyó las palabras tres veces antes de responder. Sabía lo que ella quería. Sabía lo que *él* quería. Pero también sabía que no había futuro en aquello. No para ellos. *"Ahora no puedo. Me voy a São Paulo por trabajo. Vuelvo en una semana."* La respuesta de ella llegó en segundos. *"Una semana es demasiado tiempo."* Ricardo sonrió, a pesar de todo. Guardó el teléfono en el bolsillo y tomó su maleta de mano. Mientras caminaba hacia la puerta de embarque, pensó en la noche anterior. En cómo Laura se había entregado, como si cada toque fuera una confesión. En el sonido que hizo cuando la penetró por primera vez, ese gemido bajo, casi un sollozo. En cómo lo había abrazado después, como si temiera que desapareciera. Él no desaparecería. Pero tampoco volvería con ella. No así. En el avión, pidió un whisky y recostó la cabeza en el asiento. Cerró los ojos y dejó que los recuerdos lo invadieran: el sabor de Laura, dulce y salado al mismo tiempo. La textura de su piel, suave en algunos lugares, áspera en otros. La manera en que susurró su nombre en la oscuridad, como si fuera una plegaria. Una semana. En una semana, quizá ella ya se habría arrepentido. O quizá él ya habría encontrado una excusa para volver antes. Ricardo abrió los ojos y miró por la ventana. Las nubes abajo eran un mar de algodón, indiferentes a los deseos humanos. Sabía que había hecho lo correcto. Pero eso no hacía las cosas más fáciles. --- Laura pasó los días siguientes en un estado de aturdimiento. Iba al trabajo, sonreía a sus colegas, respondía los correos de Daniel con mensajes cortos y neutros. Por las noches, cuando él llegaba tarde y caía en la cama exhausto, fingía dormir, pero permanecía despierta durante horas, escuchando su respiración lenta y regular. A veces, cuando se movía, contenía la respiración, temiendo que notara el olor de otro hombre en su piel. Al cuarto día, encontró una caja de preservativos vacía en el fondo del cajón de su ropa interior. Daniel no usaba condón con ella desde hacía años. Sostuvo el paquete entre los dedos, sintiendo el plástico frío, y por un momento consideró tirarlo a la basura. Pero luego lo pensó mejor y lo guardó de nuevo. Era una prueba. Un recordatorio. Algo que la haría sentirse menos loca cuando llegaran las dudas. El viernes, Ricardo volvió. Lo supo porque él le envió un mensaje. *"Llegué. ¿Estás bien?"* Laura miró la pantalla por un largo rato. ¿Lo estaba? No. Pero tampoco estaba mal. Estaba en un lugar intermedio, donde el placer y la culpa se mezclaban en una niebla espesa. *"Estoy bien. ¿Y tú?"* *"Te extraño."* Ella cerró los ojos. Sabía lo que quería decir. Sabía que no debería responder. Pero sus dedos se movieron solos. *"Yo también."* Ricardo tardó en responder. Cuando lo hizo, fue con una pregunta. *"¿Puedo verte?"* Laura vaciló. Luego, escribió: *"Sí. Pero no hoy. Mañana. En el mismo hotel."* Envió. Bloqueó el teléfono. Y entonces, porque no había nada más que hacer, fue al baño y abrió la ducha. Mientras el agua caliente caía sobre su cuerpo, se tocó, pensando en él. Pensando en cómo sería al día siguiente. En lo fácil que sería caer de nuevo. Y en cómo, esta vez, no habría vuelta atrás.

🔥 Keep the fantasy going

Chat, tease and live out your desires with an AI girlfriend available 24/7 - she is up for anything you imagine.

Meet your AI girlfriend →

Publicidade +18