Bajo la Luz de la Luna Corporativa
Por Tonkix

**Bajo la Luz de la Luna Corporativa**
El aire acondicionado susurraba en voz baja, un zumbido constante que se mezclaba con el sonido amortiguado de los dedos de Clara tecleando en el portátil. La luz azulada de la pantalla iluminaba su rostro en ángulos precisos, destacando la línea firme de la mandíbula, la curva suave de los labios entreabiertos mientras mordisqueaba la punta del bolígrafo. La oficina, normalmente un hervidero de voces y teléfonos sonando, era ahora una catedral de silencio, interrumpido solo por el ocasional crujido de una silla o el susurro de papeles.
Clara ajustó las gafas de montura fina, los dedos deslizándose por la sien en un gesto automático. Los informes de la semana estaban casi listos, pero algo la impedía terminar la jornada. Tal vez fuera el miedo a entregar un trabajo imperfecto, o tal vez solo la soledad reconfortante de esa hora, cuando las frías paredes del edificio parecían pertenecerle solo a ella. Le gustaba quedarse allí, entre números y hojas de cálculo, como si el mundo exterior hubiera dejado de girar. O como si, por unas horas, pudiera ser solo una mujer frente a una pantalla, sin etiquetas, sin expectativas.
El ascensor pitó al final del pasillo, un sonido metálico que resonó en el piso vacío. Clara levantó los ojos por instinto, pero no se movió. Probablemente era el guardia haciendo su ronda nocturna. O algún colega tan obsesivo como ella, perdido en sus propios fantasmas profesionales. Volvió a mirar la pantalla, pero entonces escuchó pasos—firmes, rítmicos, nada parecidos a los pasos arrastrados del viejo Seu Jorge.
Los tacones de Daniel cortaban el silencio como cuchillos.
Ella conocía ese sonido. Conocía la forma en que él caminaba, como si cada paso fuera una afirmación, como si el suelo de la oficina fuera su territorio y él, el rey. Clara contuvo la respiración sin querer, los dedos congelados sobre el teclado. No debería sorprenderse—Daniel siempre había sido de los que volvían a buscar lo que olvidaban, ya fuera un móvil, un bolígrafo o, como ahora, un maldito documento que bien podría esperar hasta el lunes.
Apareció en el pasillo, la silueta recortada por la luz tenue de las lámparas de emergencia. La corbata estaba ligeramente aflojada, la chaqueta colgando del antebrazo, las mangas de la camisa blanca arremangadas hasta los codos, revelando antebrazos fuertes, marcados por venas que Clara ya había visto de reojo en reuniones, pero nunca se había atrevido a observar con tanta atención. Se detuvo por un segundo, como si también él estuviera sorprendido por la ausencia de vida en el piso, y entonces sus ojos se encontraron con los de ella a través del cristal de la sala de reuniones.
Clara sintió el calor subir por el cuello.
Daniel sonrió. No esa sonrisa profesional, ensayada, que usaba en presentaciones para clientes, sino algo más lento, más íntimo. Como si los dos compartieran un secreto. Levantó la mano en un saludo casual, pero sus dedos se demoraron en el aire un segundo más de lo necesario, como si dudara entre saludar o invitarla a acercarse.
—¿Aún aquí? —Su voz era baja, casi ronca, como si hubiera pasado el día hablando y ahora solo quisiera susurrar.
Clara se quitó las gafas, doblándolas con cuidado antes de colocarlas sobre la mesa. El gesto era innecesario, pero necesitaba hacer algo con las manos.
—Y tú también —respondió, intentando sonar natural—. ¿Olvidaste algo?
—Un archivo. —Daniel se encogió de hombros, como si el motivo fuera trivial—. El cliente quiere revisarlo mañana temprano, y prefiero no tener que explicar por qué dejé pasar un detalle.
Ella asintió, aunque sabía que mentía. Daniel no era de los que se preocupaban por detalles—delegaba, confiaba en el equipo, sabía que el trabajo se haría. Si había vuelto, no era por un archivo. Era por otra cosa. O por otra persona.
—Siempre has sido dedicado —dijo ella, y la frase sonó más cargada de lo que pretendía.
Daniel inclinó la cabeza, los ojos oscuros fijos en ella. La luz de la pantalla se reflejaba en sus pupilas, dándoles un brillo casi depredador.
—Y tú siempre te quedas hasta tarde.
—Alguien tiene que asegurarse de que los números cuadren.
—O a alguien le gusta estar sola.
Clara sintió el corazón latir más fuerte. Él lo había notado. Claro que lo había notado. Daniel no era solo encantador—era observador, de los que notaban las cosas que los demás fingían no ver. Como la forma en que se recogía el pelo cuando estaba concentrada, o cómo sus dedos tamborileaban sobre la mesa cuando estaba nerviosa. Como ahora.
—Tal vez me guste el silencio —admitió, y la confesión quedó suspendida entre ellos como una invitación.
Daniel dio un paso adelante, luego otro, hasta quedar parado en la puerta de la sala. Su aroma llegó antes—una mezcla de colonia amaderada y algo más cálido, más íntimo, como el olor de la piel después de un día entero de trabajo. Clara contuvo la respiración.
—El silencio está bien —murmuró—. Pero creo que prefiero compañía.
Ella no respondió. No necesitaba hacerlo. Toda la oficina parecía contener la respiración junto a ella, como si el edificio supiera que algo estaba a punto de suceder. Daniel extendió la mano, no para tocarla, sino como si le ofreciera guiarla. Clara miró esos dedos largos, la alianza que él no llevaba—ella sabía que estaba divorciado, pero nunca había pensado en lo que eso significaba hasta ahora.
—¿Vamos por un café? —preguntó, la voz suave, casi un susurro—. La máquina aún debe estar encendida.
Clara dudó. Sabía que debería decir que no. Sabía que debería recoger sus cosas e irse, que ese momento era peligroso, que las paredes de la oficina no estaban hechas de ladrillos y cemento, sino de reglas no escritas y miradas malintencionadas. Pero entonces Daniel sonrió de nuevo, y algo dentro de ella se quebró.
—Está bien —dijo, levantándose—. Pero solo uno.
Él no respondió. Solo sonrió, como si supiera que un café era solo el principio.
El pasillo se extendía ante ella como un túnel de posibilidades, las luces de emergencia arrojando charcos de ámbar pálido sobre la alfombra gris. Clara ajustó el asa del bolso en el hombro, los dedos aún hormigueando con el calor residual de la mano de Daniel—o sería solo el recuerdo de ella? Con cada paso, el sonido de los tacones resonaba, multiplicándose en las paredes vacías, como si el propio edificio estuviera susurrando advertencias que ella se negaba a escuchar. Detrás de ella, la puerta de la sala de reuniones se cerró con un clic suave, un sonido tan definitivo como un punto final en una frase que no quería terminar.
Entonces lo vio.
Daniel estaba parado bajo el débil halo de una lámpara del techo, los brazos cruzados, la camisa ligeramente arrugada en los hombros—señal de un día largo, de reuniones que se habían alargado hasta la noche. La corbata, antes impecable, colgaba suelta alrededor del cuello, el nudo deshecho como si hubiera tirado del tejido con impaciencia. Cuando sus miradas se encontraron, algo se reavivó entre ellos, una chispa que Clara juraría haber visto danzar en el aire, visible solo para los dos.
—¿Tú también? —La voz de él rompió el silencio, baja y ronca, como si las palabras hubieran estado guardadas por demasiado tiempo.
Clara sonrió, pero fue un gesto frágil, casi inseguro. —Podría preguntarte lo mismo. —Se detuvo a unos pasos de distancia, lo suficiente para mantener las apariencias, pero cerca como para sentir el calor que irradiaba de él, como si el cuerpo de Daniel fuera una chimenea encendida en medio del frío del aire acondicionado. —¿Olvidaste algo importante?
Él levantó un sobre manila, balanceándolo ligeramente. —El contrato de Megacorp. Necesito revisar unos detalles antes de la firma mañana. —Una pausa. —¿Y tú? No sueles quedarte hasta tan tarde.
—Informes. —Se encogió de hombros, intentando sonar casual, pero la palabra salió cargada de algo más, como si "informes" fuera un código para todo lo que no podía decirse. —Ese proyecto de la sucursal de Curitiba. Los números no cuadraban, y no quería dejarlo para el lunes.
Daniel asintió, pero sus ojos no la dejaron. Recorrieron su rostro con una intensidad que hizo que Clara contuviera la respiración—no por miedo, sino por anticipación. Era como si él la estuviera viendo por primera vez, no como la analista eficiente que siempre entregaba todo antes de plazo, sino como algo nuevo, algo *peligroso*.
—Curioso —murmuró, dando un paso adelante—. Siempre pensé que tenías una relación… saludable con los plazos.
Ella rió, un sonido corto y nervioso. —¿Saludable?
—Sí. —Otro paso. Ahora estaba lo suficientemente cerca como para que Clara distinguiera su aroma: café viejo mezclado con algo más profundo, amaderado, como sándalo o cuero envejecido. —Nunca dejas nada para el último momento. Nunca te retrasas. Nunca… improvisas.
La palabra quedó suspendida entre ellos, cargada de significado. Clara sintió su peso en el pecho, como si "improvisar" fuera una invitación, una puerta entreabierta. Se humedeció los labios, de repente consciente de cómo el labial se había desvanecido a lo largo del día, de cómo la blusa de seda se pegaba ligeramente a su espalda por el sudor nervioso.
—¿Y tú? —preguntó, intentando desviar el enfoque—. ¿Qué te hace improvisar, Daniel?
Él no respondió de inmediato. En cambio, inclinó la cabeza, como si estuviera evaluando hasta dónde podía llegar. —A veces, las mejores cosas pasan cuando dejamos de planear.
El pasillo pareció estrecharse. Clara sintió el aire volverse más denso, más cálido, como si el oxígeno hubiera sido reemplazado por algo más pesado, más intoxicante. Sabía que debería retroceder, que debería inventar una excusa—una llamada urgente, un compromiso olvidado—, pero sus pies se negaban a obedecer. En cambio, se encontró inclinándose ligeramente hacia él, como una planta buscando la luz.
—¿Y qué planeaste para hoy? —La pregunta escapó antes de que pudiera detenerla, la voz más baja, casi un susurro.
Daniel sonrió, lento y deliberado. —Nada. —Extendió la mano, no para tocarla, sino para indicar el camino—. Vamos. La cocina está justo ahí.
Clara dudó. La cocina. Un lugar seguro, neutral. Un lugar donde podrían fingir que aquello era solo un café entre colegas, que la opresión en su pecho era solo cansancio, que el brillo en los ojos de él era solo el reflejo de la luz tenue. Pero cuando sus dedos rozaron los de él—accidentalmente, o no—supo que no había vuelta atrás.
—Está bien —aceptó, siguiéndolo por el pasillo.
Sus pasos resonaban al unísono, como si estuvieran bailando una coreografía ensayada. Cada vez que la manga de la camisa de Daniel rozaba su brazo, Clara sentía un escalofrío recorrer su columna, como una corriente eléctrica atravesando su piel. Él caminaba despacio, deliberadamente despacio, como si supiera que ella necesitaba tiempo para acostumbrarse a la proximidad, a su aroma, a la forma en que su cuerpo parecía gravitar hacia el de él sin que tuviera que pensar.
—Estás temblando —observó, sin mirarla.
—Frío —mintió Clara, aunque la oficina estaba sofocante, el aire acondicionado apagado hacía horas.
Daniel se detuvo de repente, girándose para mirarla. Estaban en medio del pasillo ahora, lejos de las oficinas, lejos de las cámaras—o al menos eso quería creer Clara. La luz allí era aún más tenue, transformando sus rasgos en sombras y ángulos, como una escultura tallada en penumbra.
—Clara —dijo, y la forma en que pronunció su nombre hizo que sintiera como si la estuviera tocando—. Si quieres irte, lo entiendo.
Ella debería haber dicho que sí. Debería haber asentido, dado media vuelta y salido corriendo de ese edificio, de ese momento, de ese hombre que la miraba como si quisiera devorarla. Pero en cambio, se encontró dando un paso adelante, acortando la distancia entre ellos hasta poder contar los vellos de la barba incipiente en su mandíbula, hasta poder ver las pequeñas arrugas de expresión en las comisuras de sus ojos, marcas de noches mal dormidas y decisiones difíciles.
—No quiero irme —admitió, la voz casi inaudible.
Daniel no se movió. No la tocó. Pero algo en su postura cambió, como si hubiera soltado un aliento que venía conteniendo desde hacía mucho tiempo. —¿Estás segura?
Ella no respondió con palabras. En cambio, levantó la mano—lenta, vacilante—y rozó los nudillos contra el dorso de la mano de él. Su piel estaba caliente, casi febril, y Clara sintió su propio corazón acelerarse, como si hubiera recibido una descarga eléctrica. Daniel cerró los ojos por un segundo, como si el contacto de ella fuera demasiado, como si necesitara un momento para recomponerse.
Cuando los abrió de nuevo, había algo nuevo en ellos. Algo hambriento.
—Última oportunidad —murmuró.
Clara sonrió, una sonrisa que era a la vez desafío y rendición. —No huyo de los desafíos.
Por un instante, solo se miraron, el aire entre ellos cargado de promesas no dichas, de cosas que ambos sabían que sucederían, pero que ninguno se atrevía a nombrar. Entonces, como si hubieran llegado a un acuerdo silencioso, Daniel extendió la mano de nuevo, esta vez con más firmeza.
—Vamos por ese café —dijo, la voz ronca—. Antes de que cambie de opinión y haga algo de lo que los dos nos arrepintamos.
Clara entrelazó los dedos con los de él, sintiendo la aspereza de su palma contra la suya, más suave. —O algo que los dos queramos repetir.
La sonrisa que Daniel le dedicó fue lenta, peligrosa. —Eso también.
Y entonces, juntos, reanudaron la marcha por el pasillo, los pasos ahora más ligeros, como si estuvieran flotando. Clara sabía que se dirigían a la cocina, pero también sabía que el café era solo una excusa, una excusa para quedarse más tiempo allí, en ese limbo entre lo profesional y lo personal, entre lo permitido y lo prohibido.
Y cuando llegaron a la puerta de la cocina, Daniel se detuvo, girándose hacia ella con una expresión que hizo que el estómago de Clara se contrajera.
—Solo una cosa más —dijo, la voz baja, casi conspirativa—. Si vamos a hacer esto…
—No estamos haciendo nada —lo interrumpió ella, pero el tono juguetón de su voz traicionaba la seriedad de las palabras.
Daniel rió, un sonido bajo e íntimo. —Todavía. —Se inclinó, acercándose lo suficiente como para que Clara sintiera su aliento caliente contra la oreja—. Si vamos a hacer esto, Clara, quiero que sea porque los dos lo deseamos. No por presión, no por casualidad. Porque cuando suceda… —Hizo una pausa, los labios casi tocando el lóbulo de su oreja—. Quiero que sea inolvidable.
Ella cerró los ojos, sintiendo el cuerpo entero hormiguear. Cuando los abrió de nuevo, Daniel se estaba alejando, pero su sonrisa lo decía todo.
El café podía esperar.
El pasillo parecía más estrecho ahora, como si las paredes se hubieran acercado para ser testigos de lo que sucedería entre ellos. Clara caminaba al frente, los tacones golpeando levemente contra el piso de mármol pulido, cada paso resonando en el silencio de la oficina vacía. Daniel la seguía a medio paso de distancia, lo suficientemente cerca como para que el perfume cítrico de su desodorante se mezclara con el aroma dulce del perfume de ella—algo floral, con un toque de vainilla que él ya asociaba con ella sin darse cuenta.
No lo miró cuando giró a la izquierda, hacia la cocina, pero sintió su presencia como una corriente eléctrica recorriendo su columna. La mano de Clara temblaba ligeramente al agarrar el borde de la puerta de vidrio esmerilado, los dedos rozando el metal frío. Daniel extendió el brazo para empujarla, y por un segundo—un segundo que pareció una eternidad—los nudillos de sus dedos se tocaron.
Fue rápido. Accidental. Pero el contacto envió una descarga directa al centro del cuerpo de Clara, como si alguien hubiera encendido un fósforo dentro de ella. Contuvo la respiración, los labios entreabiertos en un suspiro mudo, y Daniel, al notar la reacción, dejó la mano flotando en el aire un instante más de lo necesario antes de retirarla.
—Perdón —murmuró, la voz ronca, pero los ojos fijos en los de ella, como si supiera exactamente el efecto que ese mínimo contacto había causado.
Clara tragó saliva, forzando una sonrisa que no llegó a los ojos. —Está bien. Fue sin querer.
—¿De verdad? —La pregunta quedó suspendida entre ellos, cargada de algo que ninguno de los dos se atrevía a nombrar.
Ella desvió la mirada, fingiendo ajustar el asa del bolso en el hombro, pero Daniel no se movió. Estaba demasiado cerca, el calor de su cuerpo irradiando contra el de ella, incluso sin contacto. El aire entre ellos parecía denso, como si el oxígeno hubiera sido reemplazado por algo más pesado, más intoxicante.
—Vamos —dijo ella, finalmente, la voz un poco más aguda de lo que pretendía—. El café se va a enfriar.
Él asintió, pero no se apartó de inmediato. En cambio, se inclinó ligeramente, como si fuera a susurrarle algo, y por un momento Clara pensó que la besaría allí mismo, en medio del pasillo, bajo la luz fría de los fluorescentes. Pero entonces retrocedió, pasando la mano por el cabello oscuro, despeinándolo de una manera que hizo que el estómago de ella se encogiera.
—Después de ti —dijo, señalando hacia la cocina con una galantería exagerada, como si estuvieran en un baile y no en una oficina desierta a las once de la noche.
Clara entró primero, encendiendo la luz con un clic seco. La cocina era pequeña, funcional, con una máquina de café antigua que gorgoteaba como un animal moribundo y una nevera que zumbaba suavemente. Se acercó al fregadero, fingiendo lavarse las manos—cualquier cosa para mantener los dedos ocupados, para no pensar en la forma en que el cuerpo de él parecía llenar el espacio detrás de ella.
Daniel se apoyó en la encimera, cruzando los brazos, observándola con una intensidad que la hacía sentir expuesta. —¿Siempre te quedas hasta tan tarde? —preguntó, rompiendo el silencio.
—Solo cuando tengo plazo —respondió, secándose las manos con el papel toalla con más fuerza de la necesaria—. ¿Y tú?
—Documentos olvidados. —Se encogió de hombros, pero sus ojos no la dejaron—. O tal vez solo me gustaba la idea de tener la oficina solo para mí.
Clara rió, un sonido nervioso que resonó extrañamente en el ambiente pequeño. —Eso da un poco de miedo.
—Depende del punto de vista. —Se acercó, despacio, como si se estuviera acercando a un animal salvaje—. Algunas cosas son más interesantes cuando no hay público.
Ella sintió el calor subir por el cuello, quemándole las mejillas. —¿Estás hablando de la oficina o de otra cosa?
Daniel sonrió, lento, peligroso. —Tú decides.
El aire entre ellos estaba cargado, como antes de una tormenta. Clara podía sentir el peso de su mirada en cada centímetro de su piel, como si él estuviera trazando líneas invisibles con los ojos—del cuello hasta la clavícula, bajando por la curva de los senos, deteniéndose en la cintura. Contuvo la respiración cuando él extendió la mano, pero en lugar de tocarla, tomó la taza que ella había dejado sobre la encimera, los dedos rozando levemente los suyos en el proceso.
—¿Te gusta el azúcar? —preguntó, la voz baja, como si estuvieran compartiendo un secreto.
—No —respondió, la garganta seca—. Solo negro.
—Como yo. —Llenó la taza, el líquido oscuro salpicando ligeramente, y cuando se la entregó, sus dedos se demoraron un segundo más de lo necesario—. Cuidado. Está caliente.
Clara sostuvo la taza con ambas manos, sintiendo el calor extenderse por las palmas. —Gracias.
Se quedaron allí, en silencio, bebiendo café como si fuera lo más normal del mundo, mientras el reloj en la pared marcaba los segundos con un tictac irritante. Cada sorbo que Clara daba parecía quemar más que el anterior, no por el calor del líquido, sino por la tensión que crecía entre ellos, implacable.
—Estás temblando —observó Daniel, la voz suave.
—No es verdad.
—Sí que lo estás. —Dio otro paso más cerca, hasta que la tela de su chaqueta rozó su brazo—. ¿Es el café o es otra cosa?
Clara no respondió. No podía. Si abría la boca, temía lo que saldría—un suspiro, un gemido, una confesión que no estaba lista para hacer. En cambio, lo miró, los ojos oscuros encontrándose con los de él, y vio allí el mismo hambre que sentía, reflejada, multiplicada.
Daniel no se movió. No habló. Solo observó, como si estuviera esperando una señal, un consentimiento, un permiso que ella aún no se atrevía a dar. Pero entonces, como si hubiera tomado una decisión, extendió la mano de nuevo, esta vez deliberadamente, y tocó su muñeca con la punta de los dedos.
Fue un toque ligero, casi imperceptible, pero Clara sintió como si él hubiera sumergido la mano dentro de su pecho y apretado. Un escalofrío recorrió su cuerpo, y cerró los ojos por un segundo, intentando controlarse.
—Daniel… —Su nombre salió como un susurro, una pregunta, una súplica.
Él no respondió. En cambio, deslizó los dedos por su brazo, despacio, como si estuviera memorizando la textura de su piel, hasta llegar al codo. Entonces, con un movimiento casi imperceptible, la atrajo más cerca, hasta que sus cuerpos casi se tocaron, separados solo por un hilo de aire cargado de electricidad.
—Puedo parar —murmuró, la voz ronca—. Si quieres.
Clara abrió los ojos. Él estaba tan cerca que podía ver las pequeñas motas doradas en sus iris oscuros, podía sentir el olor del café en su aliento, mezclado con el perfume amaderado que ya asociaba con él. Y entonces, sin pensar, sin permitir que la razón la detuviera, levantó la mano y tocó su rostro, los dedos trazando la línea de la mandíbula, la barba incipiente áspera contra la piel sensible.
—No pares —dijo, la voz firme, a pesar del temblor.
Daniel cerró los ojos por un instante, como si saboreara el momento, y cuando los abrió de nuevo, había algo salvaje en ellos, algo que hizo que el corazón de Clara latiera aún más rápido. Tomó su rostro entre las manos, los pulgares acariciando sus mejillas, y entonces, finalmente, se inclinó.
Pero no la besó.
En cambio, se detuvo a pocos centímetros de sus labios, el aliento caliente mezclándose con el de ella, las narices casi tocándose. —¿Estás segura? —preguntó, la voz un susurro.
Clara no respondió con palabras. En cambio, cerró la distancia entre ellos, presionando los labios contra los de él en un beso que comenzó suave, vacilante, pero que rápidamente se convirtió en algo más urgente, más hambriento. Daniel gimió contra su boca, las manos deslizándose hacia su nuca, atrayéndola más cerca, como si quisiera fundir sus cuerpos en uno solo.
El café olvidado se enfrió sobre la encimera.
Las luces de la cocina parpadearon, como si protestaran contra la oscuridad que los envolvía.
Y en algún lugar, muy lejos, el reloj siguió marcando los segundos, indiferente al hecho de que, en ese momento, el tiempo se había detenido.
El café ya había perdido el calor hacía mucho tiempo, pero ninguno de los dos parecía notarlo. El vapor que antes subía en espirales perezosas de la taza de Clara se había disipado en el aire acondicionado frío de la oficina, dejando solo el olor amargo del grano tostado y el peso del silencio entre ellos. Daniel aún estaba demasiado cerca, el cuerpo inclinado hacia adelante como si estuviera equilibrado al borde de un precipicio, los dedos tamborileando levemente contra el borde de la encimera. El ritmo era irregular, siguiendo el compás descompasado de su respiración.
Clara observaba esas manos, la piel morena contrastando con el mármol blanco, los nudillos marcados por pequeñas cicatrices—vestigios de aventuras que solo podía imaginar. Cuando él finalmente levantó la vista, había algo en sus ojos que la hizo contener la respiración: un hambre contenida, sí, pero también una vulnerabilidad que no esperaba. Como si, detrás de esa postura confiada, él también estuviera al borde de algo.
—Estás pensando en algo —murmuró, la voz baja, casi ronca. No era una pregunta.
Ella se humedeció los labios, sintiendo el sabor del labial que ya se había desvanecido horas antes. El gesto no pasó desapercibido; los ojos de Daniel siguieron el movimiento de su lengua, oscureciéndose.
—Estoy pensando que… —Clara dudó, pero la verdad ya estaba en la punta de la lengua, ardiendo como un secreto guardado por demasiado tiempo—. Que siempre me pareciste atractivo. Desde la primera vez que te vi, en la reunión de integración. Estabas de pie, cerca de la ventana, con esa camisa azul que resaltaba tus ojos. Y yo… no podía dejar de mirarte.
Las palabras flotaron en el aire, pesadas, cargadas. Daniel no se movió, pero algo en él cambió. Su postura se relajó, como si un peso invisible hubiera sido retirado de sus hombros. Soltó una risa corta, sin humor, y se pasó la mano por el cabello, despeinándolo aún más.
—Joder, Clara —dijo, y su nombre en su boca sonó como una confesión—. Pensaba que solo era yo.
Ella sintió el corazón latir con fuerza contra las costillas, como si quisiera escapar. Las luces sobre ellos parpadearon de nuevo, un destello rápido que iluminó su rostro por un instante, revelando la sombra de la barba incipiente y la línea tensa de su mandíbula. Cuando la oscuridad volvió, fue como si el mundo se hubiera encogido, reducido solo a ese espacio entre ellos.
—¿Y por qué nunca dijiste nada? —preguntó, la voz casi un susurro.
Daniel dio un paso adelante, acortando aún más la distancia. Ahora podía sentir el calor de su cuerpo, la forma en que el aire entre ellos parecía cargado, como si una tormenta estuviera a punto de desatarse.
—Porque eras la analista nueva. Porque yo era tu jefe. Porque… —hizo una pausa, los ojos fijos en los de ella, y entonces sonrió, una sonrisa lenta, peligrosa—. Porque no sabía si me darías una bofetada o me besarías si lo intentaba.
Clara rió, pero el sonido salió tembloroso. Levantó la mano, vacilante, y tocó su pecho, sintiendo el ritmo acelerado de su corazón bajo la camisa. Su piel estaba caliente, casi febril.
—No te habría dado una bofetada —admitió.
Los dedos de Daniel se cerraron alrededor de su muñeca, no con fuerza, pero con una intensidad que la hizo estremecer. Guió su mano hacia arriba, hasta que la palma de ella estuvo contra su cuello, sintiendo el pulso acelerado bajo la piel.
—¿Entonces qué habrías hecho? —preguntó, la voz un hilo de sonido.
Ella no respondió. En cambio, se inclinó hacia adelante, los labios rozando su oreja mientras susurraba:
—Esto.
Daniel soltó un gemido bajo, casi un gruñido, y de repente sus manos estaban en su cintura, atrayéndola contra él. El cuerpo de ella chocó con el de él, y Clara sintió cada centímetro de esa proximidad—el bulto de su erección presionando contra su vientre, la rigidez de los músculos bajo la ropa, su aroma, una mezcla de colonia amaderada y algo más primitivo, masculino.
—Clara —murmuró, su nombre sonando como una plegaria. Sus labios rozaron su sien, luego su mejilla, bajando hacia su boca, pero sin llegar a tocarla realmente. Era una tortura, una provocación deliberada.
Ella cerró los ojos, sintiendo su aliento caliente contra la piel, la forma en que sus dedos apretaban su cintura, como si estuviera luchando contra el impulso de arrancarle la ropa allí mismo. Cuando finalmente habló, su voz estaba ronca, cargada de deseo:
—Quiero besarte. Pero no aquí.
Clara abrió los ojos, confundida.
—¿Dónde, entonces?
Daniel miró a su alrededor, como si solo entonces se diera cuenta de dónde estaban. La cocina vacía, las paredes de vidrio que solo reflejaban la oscuridad de la oficina, las luces parpadeando sobre ellos como estrellas lejanas. Sonrió, una sonrisa lenta, llena de promesas.
—Hay una sala de reuniones arriba. Sin ventanas. Sin cámaras.
El corazón de ella dio un salto.
—¿Y si entra alguien?
—Nadie va a entrar —dijo, la voz firme—. No a esta hora.
Clara sintió todo su cuerpo temblar, no de miedo, sino de anticipación. Sabía que debería pensar en las consecuencias, en lo que aquello significaba, en el hecho de que estaban cruzando una línea sin retorno. Pero en ese momento, con sus manos en su cintura y la promesa de algo más en sus labios, no podía importarle.
—Llévame allí —susurró.
Daniel no necesitó más incentivo. Tomó su mano, entrelazando los dedos con los de ella, y la arrastró fuera de la cocina. El pasillo estaba aún más oscuro ahora, las luces de emergencia arrojando un brillo azulado sobre las paredes, transformando la oficina en un laberinto de sombras. Clara sintió el aire frío contra su piel expuesta, la excitación creciendo con cada paso, con cada respiración entrecortada.
Cuando llegaron a la sala de reuniones, Daniel abrió la puerta con un empujón suave y la atrajo hacia adentro. El ambiente estaba sumido en la oscuridad, pero él no encendió las luces. En cambio, cerró la puerta tras ellos y la empujó contra ella, las manos apoyadas en la madera a cada lado de su cabeza, atrapándola allí.
—Última oportunidad —murmuró, los labios tan cerca de los de ella que Clara podía saborear el deseo en su boca—. Si quieres parar, es ahora.
Ella no respondió con palabras. En cambio, levantó la mano y tiró de su corbata, deshaciendo el nudo con un movimiento rápido. Daniel soltó una risa baja, satisfecha, y entonces, finalmente, sus labios se encontraron.
El beso no fue suave. Fue hambriento, desesperado, como si ambos estuvieran intentando recuperar el tiempo perdido. Las manos de Daniel se deslizaron hacia abajo, agarrando sus muslos y levantándola, haciendo que envolviera las piernas alrededor de su cintura. Clara gimió contra su boca, sintiendo su dureza presionando exactamente donde más lo necesitaba, la tela fina de su ropa interior y el pantalón siendo la única barrera entre ellos.
—Joder, Clara —gruñó, mordisqueando su labio inferior—. No tienes idea de cuánto he querido esto.
Ella no respondió. No podía. Las palabras se habían perdido en algún lugar entre su boca y la sensación de sus manos subiendo por su espalda, sacando la blusa de la falda, los dedos calientes contra su piel desnuda. Cuando finalmente la soltó, fue solo para girarla y empujarla contra la mesa de reuniones, la superficie fría contra su espalda.
—Quiero verte —dijo, la voz ronca, los ojos oscuros fijos en los de ella mientras desabotonaba su blusa con movimientos rápidos, precisos—. Toda.
Clara arqueó la espalda cuando sus dedos rozaron el encaje del sujetador, los pezones ya duros, sensibles. Él no perdió tiempo; con un movimiento rápido, abrió el cierre y bajó la prenda, exponiendo sus pechos al aire frío de la oficina. Ella se estremeció, pero no de frío. La mirada de Daniel sobre ella era como un toque físico, quemándola por dentro.
—Hermosa —murmuró, y entonces su boca estuvo sobre ella, los labios cerrándose alrededor de un pezón, la lengua girando, provocando. Clara gimió, las manos enredándose en su cabello, atrayéndolo más cerca, necesitando más.
Daniel obedeció. Una de sus manos se deslizó hacia abajo, encontrando la cremallera de su falda y bajándola con un movimiento rápido. La prenda cayó al suelo, dejándola solo con la ropa interior, los tacones aún en los pies. Se apartó por un instante, los ojos recorriendo su cuerpo, deteniéndose en las curvas, en las marcas de la lencería en su piel.
—Eres perfecta —dijo, y entonces su mano estuvo entre sus piernas, los dedos deslizándose bajo el elástico de su ropa interior, encontrándola ya mojada, lista.
Clara arqueó la espalda contra la mesa, las caderas moviéndose instintivamente contra su mano, buscando alivio para la presión que crecía dentro de ella. Daniel no la hizo esperar. Con un gemido, se arrodilló frente a ella, apartando la ropa interior a un lado y reemplazando los dedos con su boca.
El primer contacto de su lengua fue como una descarga eléctrica. Clara gritó, las manos agarrando el borde de la mesa, los nudillos blancos. Daniel no fue gentil. La devoró, la lengua trabajando en movimientos rápidos y precisos, los labios succionando, los dientes rozando levemente su clítoris. Era demasiado y no suficiente al mismo tiempo, y Clara sintió el orgasmo acercarse como una ola, lista para arrastrarla.
—Daniel, yo… —gimió, las palabras perdiéndose en un suspiro.
Él levantó la cabeza, los labios brillantes, los ojos oscuros de deseo.
—Córrete para mí —ordenó, y entonces volvió a chuparla, dos dedos deslizándose dentro de ella al mismo tiempo.
Fue suficiente. Clara se corrió con un grito ahogado, todo su cuerpo temblando, las piernas apretando su cabeza mientras las olas de placer la atravesaban. Daniel no se detuvo, prolongando el orgasmo hasta que ella quedó laxa, sin fuerzas, los gemidos reducidos a suspiros entrecortados.
Cuando finalmente se levantó, había una sonrisa satisfecha en su rostro, los labios aún húmedos. Se inclinó sobre ella, los brazos apoyados en la mesa a cada lado de su cuerpo, y la besó, dejándola saborearse en su boca.
—Esto fue solo el principio —murmuró contra sus labios.
Clara sonrió, débil, pero llena de promesas.
—Entonces muéstrame el resto.
El aire entre ellos ya estaba cargado, denso como el olor a papel viejo y café recalentado que impregnaba la oficina a esa hora. Clara apenas podía respirar cuando Daniel tomó su muñeca, los dedos calientes envolviendo su piel con una firmeza que no admitía retirada. Había algo depredador en la forma en que la atrajo hacia sí, como si cada segundo de vacilación fuera un desperdicio imperdonable. Ella tropezó un paso, pero él la sostuvo con el otro brazo, encajándola contra su cuerpo antes de que pudiera protestar—no es que tuviera intención de hacerlo.
La sala de reuniones estaba a oscuras, iluminada solo por la luz plateada de la luna que se filtraba por las persianas entreabiertas, dibujando franjas pálidas sobre la alfombra gris y la mesa de caoba pulida. Las cámaras de seguridad, Daniel le había asegurado en un susurro ronco mientras la guiaba por el pasillo, estaban apagadas por mantenimiento. Nadie los vería. Nadie los interrumpiría. Ese pensamiento debería haber asustado a Clara, pero en cambio, encendió algo dentro de ella, una audacia que no sabía que poseía.
La empujó contra la pared con un movimiento fluido, su cuerpo presionando el de ella antes de que pudiera recuperar el aliento. Las manos de Daniel subieron por sus brazos, lentas, posesivas, como si estuviera memorizando cada curva a través de la tela fina de la blusa. Clara se arqueó instintivamente, buscando más contacto, y él rió en voz baja, su aliento caliente contra su cuello.
—No tienes idea de cuánto he querido hacer esto —murmuró, los labios rozando la piel sensible justo debajo de su oreja.
Clara se estremeció. Las palabras eran una confesión, un pecado compartido. Levantó las manos, vacilante al principio, hasta encontrar sus hombros anchos, los músculos tensos bajo la chaqueta. Daniel soltó un gemido ahogado cuando ella lo atrajo más cerca, eliminando cualquier espacio entre ellos. El beso llegó entonces, voraz, como si ambos estuvieran hambrientos de algo que solo ahora se daban cuenta de haber negado por tanto tiempo.
Los labios de él eran suaves, pero la forma en que la besaba no tenía nada de gentil. Era una reivindicación, una marca. Clara respondió con la misma intensidad, las uñas clavándose en la tela de la chaqueta mientras su lengua encontraba la de él, luchando, explorando. El sabor a café y menta invadió sus sentidos, mezclado con el perfume amaderado que ya asociaba con Daniel—y que ahora se convertía en parte de un recuerdo que sabía que la perseguiría mucho después de esa noche.
Sus manos bajaron hasta su cintura, apretándola con fuerza antes de subir por su espalda, atrayéndola aún más contra él. Clara sintió el bulto duro contra su vientre y un escalofrío la recorrió, una mezcla de excitación y urgencia. Necesitaba más. Lo necesitaba *a él*.
—Daniel… —susurró entre besos, la voz ronca, casi irreconocible.
Él respondió tirando de su blusa para sacarla de la falda, los dedos deslizándose bajo la tela hasta encontrar la piel desnuda de su espalda. Clara gimió cuando la tocó, las yemas de sus dedos calientes trazando círculos lentos, bajando hasta la curva de su cintura. Se retorció, impaciente, y él rió contra su boca, un sonido oscuro y satisfecho.
—Paciencia —murmuró, pero sus propias manos traicionaban la calma que intentaba imponer.
Con un movimiento rápido, desabotonó los primeros botones de su blusa, exponiendo el sujetador de encaje negro que llevaba—una elección inconsciente, como si parte de ella ya supiera que esa noche terminaría así. Daniel se apartó solo lo suficiente para admirar lo que había revelado, los ojos oscuros brillando bajo la luz de la luna.
—Joder, Clara… —maldijo, la voz áspera.
Ella no respondió con palabras. En cambio, tomó su corbata y lo atrajo de vuelta a un beso, esta vez más desesperado, más urgente. Las manos de Daniel fueron a los botones restantes de su blusa, abriéndolos uno a uno con una lentitud torturante, hasta que la tela se abrió por completo, revelando su piel pálida y los pezones endurecidos bajo el encaje.
Él no perdió tiempo. Se inclinó y capturó uno entre sus labios, la lengua caliente y húmeda a través de la tela fina. Clara arqueó la espalda, un gemido escapando de sus labios mientras él succionaba, mordisqueaba, provocaba. La sensación era casi insoportable—el contraste entre el frío del aire acondicionado y el calor de su boca, la humedad del encaje pegándose a su piel, la forma en que alternaba entre sus pechos, como si no pudiera decidir cuál prefería.
—Daniel, por favor… —suplicó, las manos enredadas en su cabello, atrayéndolo más cerca.
Él levantó la cabeza, los labios hinchados y húmedos, una sonrisa maliciosa en las comisuras de su boca.
—¿Por favor qué? —provocó, los dedos deslizándose hacia el cierre del sujetador.
Clara no respondió. En cambio, tiró de su corbata con fuerza, haciéndolo reír antes de capturar su boca en otro beso. Esta vez, fue ella quien tomó la iniciativa, empujándolo contra la pared opuesta con una fuerza que sorprendió a ambos. Daniel arqueó una ceja, divertido, pero no protestó cuando ella comenzó a desabotonar su camisa con manos temblorosas.
—¿Impaciente, eh? —murmuró, pero su voz estaba ronca, los ojos fijos en sus dedos mientras trabajaban en los botones.
—Tú no tienes idea —respondió, la voz baja y desafiante.
Cuando la camisa finalmente se abrió, revelando su pecho musculoso y ligeramente bronceado, Clara no resistió. Se inclinó y presionó los labios contra su piel, sintiendo el sabor salado y el olor a jabón mezclado con el sudor leve. Daniel gimió cuando pasó la lengua sobre un pezón, los dedos enredándose en su cabello, atrayéndola más cerca.
—Carajo, Clara… —gruñó, la voz tensa.
Ella sonrió contra su piel, satisfecha con la reacción. Siguió explorando, bajando con besos y mordiscos leves hasta llegar al cinturón de su pantalón. Daniel contuvo la respiración cuando ella desabrochó el cinturón, los dedos ágiles trabajando en la cremallera. El sonido metálico resonó en la sala silenciosa, amplificado por la tensión entre ellos.
—No me vas a matar —murmuró, pero no hizo nada para detenerla.
Clara no respondió. En cambio, bajó su pantalón y su ropa interior con un movimiento rápido, liberándolo. Daniel estaba duro, la punta ya húmeda, y ella no resistió el impulso de envolver los dedos alrededor de él, sintiendo el pulso caliente bajo su palma.
—Joder —gimió, las caderas moviéndose instintivamente hacia su mano.
Clara lo acarició lentamente, observando sus reacciones—los ojos cerrados, la respiración entrecortada, los músculos del abdomen contrayéndose con cada movimiento. Se inclinó y reemplazó la mano con su boca, la lengua trazando círculos lentos en la punta antes de llevarlo más profundo.
Daniel soltó un improperio ahogado, las manos apretando su cabello con fuerza. Clara lo llevó hasta el fondo de su garganta, sintiéndolo pulsar contra su lengua, y él gimió algo incomprensible, un sonido animal que hizo que su propio cuerpo latiera de deseo.
—Basta —ordenó de repente, levantándola con un movimiento brusco.
Antes de que Clara pudiera protestar, la giró de espaldas contra la pared, las manos subiendo por su falda hasta encontrar el borde de su ropa interior. Contuvo la respiración cuando él la apartó con un movimiento rápido, los dedos encontrándola mojada y lista.
—Siempre tan preparada —murmuró contra su oído, la voz cargada de satisfacción.
Clara no tuvo oportunidad de responder. Daniel deslizó dos dedos dentro de ella de una sola vez, y ella gimió en voz alta, las uñas clavándose en sus hombros. Él comenzó a mover los dedos, despacio al principio, luego más rápido, mientras la otra mano apretaba su pecho, el pulgar rodeando su pezón a través del encaje.
—¿Te gusta esto, verdad? —susurró, los dientes rozando el lóbulo de su oreja—. ¿Te gusta que te toquen así, en medio de la oficina, donde cualquiera podría entrar?
Clara gimió, el cuerpo temblando bajo su toque. Las palabras eran sucias, prohibidas, y eso solo la excitaba más.
—Sí —admitió, la voz quebrada.
Daniel sonrió, satisfecho, y aumentó el ritmo, los dedos moviéndose con una precisión que la dejó al borde del abismo. Clara sintió el orgasmo acercarse, una ola caliente e inevitable, pero antes de que pudiera llegar al clímax, él se detuvo abruptamente, retirando los dedos.
—No tan rápido —murmuró, llevando los dedos húmedos a su boca y lamiéndolos lentamente, los ojos fijos en los de ella.
Clara casi se corrió solo con esa imagen.
—Daniel… —suplicó, la voz quebrada.
Él no respondió. En cambio, levantó su falda, exponiéndola por completo, y entonces la levantó, sus piernas envolviendo su cintura. Clara sintió la punta de él presionando contra su entrada y contuvo la respiración, esperando.
—¿Lo quieres? —preguntó, la voz ronca, los ojos oscuros de deseo.
Clara no dudó.
—Sí —susurró—. Por favor.
Daniel no necesitó más incentivo. Con un movimiento rápido, la penetró, llenándola de una sola vez. Clara gritó, su cuerpo adaptándose a la invasión, las paredes internas apretándose alrededor de él. Daniel gimió, los dedos clavándose en sus caderas mientras comenzaba a moverse, despacio al principio, luego más rápido, más profundo.
La sala de reuniones se llenó con el sonido de los cuerpos chocando, los gemidos ahogados, la respiración entrecortada de ambos. Clara se aferró a él, las uñas marcando su espalda mientras la embestía contra la pared, cada embestida más intensa que la anterior. Sintió el orgasmo acercarse de nuevo, una presión deliciosa creciendo dentro de ella, y supo que no duraría mucho más.
—Daniel, voy a… —logró decir, la voz entrecortada.
—Córrete para mí —ordenó, la voz áspera—. Córrete en mi polla.
Las palabras fueron suficientes. Clara se corrió con un grito, el cuerpo temblando violentamente mientras las olas de placer la atravesaban. Daniel no se detuvo, continuando moviéndose dentro de ella, prolongando el orgasmo hasta que quedó laxa en sus brazos, los gemidos reducidos a suspiros débiles.
La sostuvo con fuerza, las caderas aún moviéndose en un ritmo implacable, hasta que finalmente gimió, enterrándose profundamente dentro de ella mientras encontraba su propia liberación. Clara sintió el calor de él extendiéndose dentro de ella, los dos jadeantes, los cuerpos sudorosos pegados el uno al otro.
Por un largo momento, ninguno de los dos se movió. Daniel apoyó la frente contra la de ella, su aliento caliente contra sus labios. Clara cerró los ojos, saboreando la sensación de plenitud, el peso de él contra ella, el olor a sexo y sudor mezclado con el perfume de la oficina.
—Esto —murmuró finalmente, la voz ronca— fue mejor de lo que imaginé.
Clara sonrió, débil, pero satisfecha.
—¿Y tú imaginaste mucho?
Daniel rió, un sonido bajo y satisfecho, y la besó de nuevo, lento y profundo.
—Más de lo que puedes imaginar.
La dejó en el suelo con cuidado, sus cuerpos separándose con un sonido húmedo que hizo sonrojar a Clara. Daniel la observó mientras se acomodaba, los ojos oscuros recorriendo cada centímetro de piel expuesta, como si estuviera memorizando el momento.
—Tendremos que repetir esto —dijo, la voz cargada de promesas.
Clara no respondió. En cambio, miró la mesa de reuniones junto a ellos, las carpetas y los informes esparcidos, la pantalla del portátil aún encendida, mostrando gráficos y números que, en ese momento, parecían completamente irrelevantes.
—Sí —aceptó, una sonrisa lenta formándose en sus labios—. Pero no aquí.
Daniel arqueó una ceja, intrigado.
—¿No?
Clara negó con la cabeza, los ojos brillando con una audacia que él aún no conocía en ella.
—Aquí fue solo el principio. —Dio un paso hacia la puerta, lanzando una mirada por encima del hombro—. Hay otros lugares en este edificio que quiero explorar contigo.
Y con eso, salió de la sala, dejando a Daniel parado allí, el cuerpo aún vibrando, la mente ya imaginando todas las posibilidades que esa noche—y todas las que vendrían—todavía guardaban.
Daniel aún sentía el calor de la piel de Clara en las yemas de los dedos, como si cada toque hubiera dejado una marca invisible, pero indeleble. El aire de la sala de reuniones estaba cargado con su olor—sudor, perfume cítrico de ella, el leve aroma amaderado del jabón que él usaba por la mañana, ahora mezclado con lo salado de la excitación. Las luces fluorescentes, antes frías e impersonales, ahora parecían pulsar al ritmo de los latidos lentos de sus corazones, como si el propio edificio respirara junto a ellos.
Clara se apartó primero, los labios hinchados por el beso, el cabello ligeramente despeinado donde las manos de él se habían enredado. Miró a su alrededor, como si solo entonces se diera cuenta del caos que habían dejado atrás: carpetas abiertas sobre la mesa, una taza de café volcada, la corbata de Daniel colgando del respaldo de una silla como una serpiente dormida. Una risa baja escapó de su garganta, mitad avergonzada, mitad triunfal.
—Creo que vamos a necesitar una buena excusa para el equipo de limpieza mañana —murmuró, pasando los dedos por el cuello de la camisa, ahora desabotonada hasta la mitad del pecho.
Daniel siguió el movimiento, la visión de sus dedos rozando su propia piel enviando un escalofrío tardío por su columna. Se acercó, recogiendo la corbata del suelo con un gesto lento, deliberado, como si aún no estuviera listo para dejarla ir. Cuando habló, la voz salió ronca, más grave de lo normal.
—O podemos simplemente decir que tuvimos una reunión *muy* productiva.
Clara arqueó una ceja, una sonrisa maliciosa danzando en sus labios.
—¿Productiva? —Dio un paso hacia él, los tacones altos resonando en el piso de mármol—. No sé si esa es la palabra que yo usaría.
—¿No? —Daniel enrolló la corbata alrededor de su puño, atrayéndola suavemente hacia sí—. Entonces, ¿cuál sería?
Ella no respondió de inmediato. En cambio, se inclinó hacia adelante, los labios rozando el lóbulo de su oreja mientras susurraba:
*—Inolvidable.*
El aliento caliente hizo que Daniel cerrara los ojos por un segundo, luchando contra el impulso de atraerla de vuelta hacia sí. Cuando los abrió, Clara ya se estaba alejando, recogiendo el bolso que había dejado caer al suelo durante la prisa. Se ajustó la falda, alisó la blusa con las manos, como si pudiera borrar los rastros de lo que habían hecho solo con gestos prácticos. Pero Daniel sabía que no era tan simple. Había algo entre ellos ahora, algo palpable, que ningún ajuste de ropa podría disimular.
—Tenemos que irnos de aquí —dijo, mirando el reloj en la pared—. Ya son casi las once.
Daniel asintió, pero no se movió. En cambio, la observó con una intensidad que hizo que Clara dudara, como si estuviera tratando de memorizar cada detalle: la forma en que sus dedos temblaban ligeramente al cerrar el cierre del bolso, el rubor que aún coloreaba sus mejillas, cómo sus labios, ahora sin labial, parecían más suaves, más tentadores.
—Tú sales primero —dijo, finalmente—. Yo espero unos diez minutos.
Clara frunció el ceño.
—¿Por qué?
—Porque si salimos juntos, alguien podría vernos. —Inclinó la cabeza hacia las cámaras de seguridad en la esquina de la sala—. Y aunque a mí no me importa lo que piensen, no quiero que tú tengas que lidiar con chismes mañana.
Ella abrió la boca para protestar, pero algo en su expresión la detuvo. Era un gesto de protección, sí, pero también de posesión. Como si estuviera diciendo: *Eres mía, pero solo yo puedo decidir cuándo el mundo lo sabrá*.
—Está bien —aceptó, después de un momento—. Pero no tardes.
Daniel sonrió, lento y peligroso.
—No lo haré.
Clara se giró para salir, pero antes de que pudiera dar más de dos pasos, él la llamó.
—Clara.
Ella miró por encima del hombro.
—¿Sí?
—El lunes. —Hizo una pausa, como si eligiera las palabras con cuidado—. En mi apartamento. A las ocho.
Ella no respondió de inmediato. En cambio, dejó que el silencio se extendiera, saboreando el poder que tenía en ese momento. Entonces, con una sonrisa que prometía mucho más que palabras, asintió.
—El lunes.
Y salió.
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El pasillo estaba vacío, iluminado solo por las luces de emergencia, que proyectaban sombras alargadas en las paredes. Clara caminaba con pasos firmes, pero por dentro, se sentía como si estuviera flotando. El aire acondicionado, ahora más frío que antes, hacía que su piel se erizara, pero no era solo el frío—era el recuerdo de las manos de Daniel, de sus labios, del peso de su cuerpo contra el suyo.
Pasó por la cocina, donde habían tomado café horas antes, y por un segundo, casi rió. *Tan inocente*, pensó. Como si un café pudiera haber disimulado la tensión que ya existía entre ellos. Como si algo pudiera haber impedido lo que estaba destinado a suceder.
Al llegar al ascensor, presionó el botón con más fuerza de la necesaria. Mientras esperaba, sacó el teléfono del bolso y fingió revisar mensajes, pero en realidad, solo intentaba calmar su respiración. No quería que el guardia de seguridad la viera así—despeinada, con los labios hinchados, los ojos brillando con una satisfacción que ningún informe de trabajo podría explicar.
Las puertas del ascensor se abrieron con un *ping* suave. Entró, presionó el botón de la planta baja y, cuando las puertas comenzaron a cerrarse, vio a Daniel aparecer al final del pasillo. Estaba parado, observándola, las manos en los bolsillos, la postura relajada, pero los ojos—*esos ojos*—aún ardían con la misma intensidad de antes.
Por un segundo, pensó en llamarlo, en pedirle que bajara con ella. Pero entonces las puertas se cerraron, y Clara se quedó sola con su reflejo en el espejo del ascensor.
Y qué reflejo era ese.
El cabello, antes recogido en un moño impecable, ahora caía en ondas sueltas sobre sus hombros. La blusa, antes abotonada hasta el cuello, estaba entreabierta, revelando la curva de sus senos y la marca roja de un chupetón justo debajo de la clavícula. Los labios estaban rojos, los ojos oscuros, las pupilas dilatadas. Parecía una mujer que acababa de ser *devorada*—y le había gustado.
El ascensor llegó a la planta baja. Las puertas se abrieron, y Clara respiró hondo antes de salir, enderezando los hombros como si pudiera dejar atrás, allí mismo, la versión de sí misma que se había entregado al placer sin reservas.
El vestíbulo estaba vacío, excepto por el guardia de seguridad, un hombre de mediana edad con una barriga prominente y un aire de aburrimiento. Levantó la vista del periódico cuando ella pasó, pero no dijo nada. Clara le agradeció mentalmente por eso.
—Buenas noches, doña Clara —murmuró, volviendo a su sección de deportes.
—Buenas noches —respondió, la voz sorprendentemente firme.
Y entonces estuvo afuera.
El aire de la noche era fresco, cargado con el olor a asfalto mojado y el leve perfume de los árboles que bordeaban la acera. Clara respiró hondo, sintiendo el viento acariciar su piel, como si el propio universo intentara calmarla. Pero no había calma posible. No después de lo que había sucedido. No después de lo que aún estaba por venir.
Caminó hasta la parada de taxis más cercana, los tacones resonando en la acera con un ritmo que imitaba los latidos acelerados de su corazón. Mientras esperaba, sacó el teléfono del bolsillo y abrió la aplicación de mensajes. Había una notificación de Daniel, enviada segundos antes.
*"Lunes. No llegues tarde."*
Clara sonrió, escribiendo una respuesta rápida.
*"Ni en sueños."*
Y entonces, cuando el taxi se detuvo frente a ella, entró, cerró la puerta y dejó que la ciudad la engullera, llevándola lejos de ese edificio—pero no lejos *de él*.
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Mientras tanto, en la oficina vacía, Daniel seguía parado en el mismo lugar, mirando el pasillo ahora desierto. Se pasó la mano por el rostro, sintiendo la barba incipiente arañando su palma. Su cuerpo aún palpitaba, la adrenalina de la noche aún corriendo por sus venas.
Se giró y caminó de vuelta a la sala de reuniones, donde el olor a sexo aún flotaba en el aire. Por un momento, consideró quedarse, dejar que el recuerdo de lo que habían hecho lo envolviera unos minutos más. Pero entonces su mirada cayó sobre la mesa, sobre los papeles esparcidos, sobre la taza de café volcada.
*Lunes*, pensó. *Solo dos días más*.
Y con eso, apagó las luces y salió.