Bajo la Luz de la Luna Corporativa

Por Tonkix
Bajo la Luz de la Luna Corporativa
**Bajo la Luz de la Luna Corporativa** El reloj de pared en el vestíbulo del piso 12 marcaba las 20:47 cuando Clara apagó el monitor con un suspiro largo, los dedos aún flotando sobre el teclado como si se resistieran a abandonar la danza frenética de las últimas horas. La oficina de *Nexus Consultoría* estaba sumida en un silencio denso, roto solo por el zumbido bajo de los servidores y el ocasional crujido de los fluorescentes, que parpadeaban como estrellas moribundas. Se frotó los ojos, sintiendo el ardor de las horas de concentración, y estiró los brazos por encima de la cabeza, los músculos de la espalda protestando en un espasmo delicioso. La tela de la blusa formal, antes impecable, ahora se adhería levemente a la piel sudada de su nuca, e imaginó cómo debía verse—el cabello recogido en un moño descuidado, ojeras profundas, la boca entreabierta en un bostezo que no llegaba a nacer. Pero el informe no podía esperar. El cliente, un gigante del retail, exigía los números revisados para las 8 de la mañana siguiente, y Clara sabía que, si entregaba algo menos que impecable, el director comercial no dudaría en arrojarla a los leones. No era de fallar. Nunca lo había sido. Por eso estaba allí, sola entre los cubículos vacíos, con una taza de café frío al lado del ratón y la pantalla de Excel reflejándose en sus gafas como un espejo distorsionado. Fue entonces cuando lo escuchó. Un ruido seco, metálico, proveniente del pasillo que llevaba a la sala de reuniones. Clara se quedó inmóvil, los dedos aún en el aire, como si el sonido tuviera el poder de paralizarla. No era el viento—conocía el aullido de las corrientes de aire en los conductos de ventilación. No era el edificio acomodándose—el edificio ya tenía años, pero no crujía así. Era algo más... humano. Un paso. Después otro. Su corazón se aceleró, no de miedo, sino de una expectativa extraña, casi irracional. Se levantó despacio, los tacones bajos hundiéndose en la alfombra gris, y rodeó la mesa, los ojos fijos en la puerta entreabierta de su cubículo. La luz del pasillo era más débil allí, un halo amarillento que se extendía por el suelo como miel derramada. Y entonces, como si se materializara de las sombras, apareció. Lucas. El gerente de proyectos se detuvo en medio del pasillo, una carpeta de cuero marrón colgando de una de sus manos, la otra ajustando las gafas de montura fina sobre la nariz. Por un segundo, ninguno de los dos se movió. Clara sintió el aire quedarse atrapado en su garganta, no solo por la sorpresa, sino por la manera en que su presencia parecía llenar el espacio—como si, incluso quieto, Lucas irradiara una energía que hacía que la oficina pareciera más pequeña, más íntima. Llevaba una camisa formal azul oscuro, las mangas arremangadas hasta los codos, revelando antebrazos definidos, cubiertos por un vello oscuro y ligero. La corbata estaba aflojada, el nudo deshecho, y el primer botón de la camisa abierto dejaba entrever la base del cuello, donde una vena latía lenta, hipnótica. —Clara —dijo, y su voz era más grave de lo que ella recordaba, como si el silencio de la noche la hubiera profundizado—. No esperaba encontrar a nadie aquí. Ella tragó saliva, de repente consciente de cómo debía verse—desaliñada, cansada, vulnerable. Pero algo en su expresión la hizo erguirse, como si la presencia de Lucas fuera un llamado a recomponerse. —Yo podría decir lo mismo —respondió, intentando sonar casual, pero fallando. La voz le salió más ronca de lo que pretendía—. El informe del Grupo Marcondes no se hará solo. Lucas sonrió, una comisura de la boca levantándose en un gesto que Clara ya había visto decenas de veces en las reuniones, pero que ahora parecía cargado de algo nuevo. Dio un paso adelante, y el movimiento hizo que la luz del pasillo incidiera directamente sobre su rostro, destacando los ángulos marcados de la mandíbula, la sombra de barba incipiente que oscurecía su piel. —Olvidé unos documentos en la sala de proyectos —explicó, levantando la carpeta como prueba—. No quería dejarlos para mañana. Parece que no soy el único adicto al trabajo por aquí. Clara rio, un sonido breve, casi nervioso. —Adicto al trabajo o masoquista. Aún no lo he decidido. Él inclinó la cabeza, los ojos oscuros recorriéndola de arriba abajo, no de manera invasiva, sino con una curiosidad que hizo que el calor le subiera por el cuello. Cuando sus miradas se encontraron de nuevo, había algo allí—una chispa, una pregunta no dicha. —¿Llevas mucho tiempo aquí? —preguntó Lucas, acercándose más. Ahora, Clara podía sentir su aroma: una mezcla de jabón caro, café y algo más sutil, tal vez el propio calor de su piel. —Horas —admitió—. Desde que se puso el sol, al menos. Él silbó suavemente, como si estuviera impresionado. —Y yo que pensaba que era el único que no podía soltar el trabajo. —Siempre has sido bueno ocultando tus neurosis —bromeó, pero las palabras salieron más afiladas de lo que pretendía. Lucas rio, y el sonido reverberó por el pasillo vacío, haciéndola darse cuenta de lo diferente que parecía la oficina de noche. Menos una máquina de productividad, más un laberinto de sombras y posibilidades. —Touché —murmuró, deteniéndose a pocos pasos de ella—. Pero, hablando en serio, no deberías estar sola aquí. Es tarde. Clara arqueó una ceja. —¿Y tú sí? —Yo soy gerente. Tengo inmunidad diplomática. Ella rio, y esta vez el sonido fue más ligero, más natural. Había algo liberador en hablar con Lucas fuera del horario laboral, lejos de las miradas de los colegas y de las formalidades de las reuniones. Era como si, bajo la luz tenue de los fluorescentes, pudieran ser solo Clara y Lucas, y no la analista dedicada y el gerente encantador. —Bueno, ya que estamos los dos aquí... —comenzó, pero dudó, como si eligiera las palabras con cuidado—. ¿Quieres compañía mientras terminas? Puedo ayudarte, si necesitas. Clara sintió el corazón latir más fuerte. No era una oferta inocente—no viniendo de él, no con ese tono de voz, no con esa mirada. Pero tampoco era una propuesta indecente. Era una invitación, un hilo tendido entre ellos, y le correspondía a ella decidir si lo tomaba o lo dejaba caer. —Yo... —comenzó, pero fue interrumpida por el sonido agudo del teléfono fijo de la mesa de al lado. Los dos se sobresaltaron, como si los hubieran despertado de un sueño. Clara miró el aparato, que parpadeaba con una llamada interna, y luego a Lucas, que parecía tan sorprendido como ella. —Debe ser seguridad —murmuró—. Hacen rondas nocturnas y llaman a los pisos vacíos para asegurarse de que no haya nadie. Clara asintió, pero no se movió. El momento se había roto, pero la tensión seguía allí, flotando entre ellos como una niebla. Lucas dio un paso atrás, como si de repente recordara dónde estaban. —Voy a buscar mis documentos —dijo, la voz volviendo al tono profesional—. Pero... si necesitas ayuda con el informe, ya sabes dónde encontrarme. Ella lo observó alejarse por el pasillo, los pasos amortiguados por la alfombra, hasta que desapareció en la curva que llevaba a la sala de proyectos. Solo entonces Clara exhaló, dándose cuenta de que había estado conteniendo la respiración. El teléfono dejó de sonar, y el silencio volvió a reinar, ahora cargado de algo más—algo que no estaba allí antes. Regresó a su cubículo, pero las palabras de Excel parecían borrosas ante sus ojos. En lugar de números, veía el contorno de la mandíbula de Lucas, la manera en que sus dedos se movían al ajustarse las gafas, el calor que emanaba de él incluso a distancia. Y, por primera vez en años, Clara se preguntó si el trabajo era realmente lo único que la mantenía allí, a esa hora, en esa oficina vacía. Al otro lado del piso, una puerta se abrió y se cerró. Pasos resonaron de nuevo, más cerca esta vez. Clara no necesitó mirar para saber que era él. Y cuando Lucas apareció en la entrada de su cubículo, sosteniendo la carpeta y una sonrisa que ya no era profesional, supo que la noche estaba lejos de terminar. Lucas se detuvo en la entrada del cubículo de Clara, la carpeta de cuero negro colgando flojamente de sus dedos, como si el peso de los documentos dentro se hubiera vuelto irrelevante. Sus ojos, antes solo atentos, ahora cargaban una intensidad diferente—algo que Clara sintió recorrer su piel antes incluso de levantar la vista del monitor. El aire entre ellos parecía más denso, como si la electricidad estática de la oficina se hubiera concentrado allí, en el espacio exiguo donde sus sillas casi se tocaban. —Olvidé recoger el informe de cierre del trimestre —dijo, la voz más baja de lo habitual, como si temiera romper el silencio nocturno—. ¿Todavía tienes la copia impresa? Clara dudó por un segundo, los dedos flotando sobre el teclado. No era la pregunta lo que la ponía nerviosa, sino la manera en que él la miraba: no como una subordinada, no como una colega, sino como alguien que, de repente, se había vuelto interesante de una forma nueva. Señaló la pila de papeles junto al monitor, donde el informe descansaba bajo un clip de metal. —Está aquí. —Su voz salió más ronca de lo que pretendía—. Iba a llevarlo mañana por la mañana, pero si lo necesitas ahora... —Ahora es mejor. —Lucas dio un paso adelante, y el aroma de su colonia—algo cítrico, con un toque de sándalo—invadió el espacio entre ellos. Se inclinó para tomar los papeles, y Clara contuvo la respiración cuando su brazo rozó el suyo. El contacto fue breve, casi imperceptible, pero suficiente para que una ola de calor le subiera por la nuca. Se recostó en la silla, intentando parecer casual, pero sus dedos delataron la tensión al tamborilear sobre la mesa. Lucas hojeó el informe con una lentitud deliberada, los ojos recorriendo las páginas como si cada línea exigiera su total atención. Sin embargo, Clara notó el momento exacto en que él desvió la mirada hacia ella, rápido, casi furtivo, antes de volver al papel. —¿Siempre te quedas hasta tan tarde? —preguntó, sin levantar los ojos. —Solo cuando el plazo apremia. —Clara cruzó las piernas, sintiendo el roce de la tela de la falda contra la piel—. ¿Y tú? —A veces. —Cerró la carpeta con un chasquido seco—. Me gusta el silencio. Es más fácil pensar cuando no hay nadie interrumpiendo cada cinco minutos. Ella sonrió, una sonrisa pequeña, casi involuntaria. —Yo también. Se instaló un silencio, pero no era incómodo. Era el tipo de silencio que llevaba preguntas no hechas, el tipo que se extendía entre dos personas que sabían que algo estaba a punto de suceder, pero ninguna de las dos tenía el valor de dar el primer paso. Clara volvió a mirar la pantalla, pero sus pensamientos estaban lejos de los gráficos de Excel. Se encontró observando a Lucas por el rabillo del ojo: la manera en que mordisqueaba el labio inferior mientras leía, cómo sus dedos tamborileaban sobre la tapa de la carpeta, cómo la luz azulada del monitor se reflejaba en sus gafas, dándole un aire casi etéreo. —¿Tienes hambre? —La pregunta salió antes de que pudiera contenerse. Lucas levantó la vista, sorprendido. —Un poco. —Dudó, como si evaluara si debía aceptar la invitación implícita—. ¿Hay algo en la cocina? —Solo café viejo y esas galletas de agua y sal que nadie come. —Clara hizo una mueca—. Pero si quieres, podemos pedir algo. Hay un japonés cerca que entrega hasta tarde. Él rio, un sonido bajo y ronco que hizo que el estómago de Clara se contrajera. —¿Japonés a las dos de la mañana? —Sacudió la cabeza, pero sus ojos brillaron—. ¿Por qué no? Siempre que no pidas wasabi extra. —No estoy loca. —Tomó el móvil, los dedos temblando levemente al teclear—. Pero tendrás que ayudarme a comer todo esto. No soy de desperdiciar comida. Lucas se acercó aún más, apoyando la cadera en el borde de la mesa. El movimiento fue casual, pero Clara sintió el calor de su cuerpo irradiando hacia ella, como si se hubiera inclinado solo para invadir su espacio personal. —Trato hecho. —Extendió la mano, como si fuera a sellar el acuerdo con un apretón. Clara dudó un segundo antes de colocar la palma sobre la suya. El contacto fue breve, pero suficiente para que una corriente eléctrica le recorriera el brazo. Pidieron sushi—salmón, atún, un poco de tempura—y mientras esperaban, volvieron a trabajar lado a lado. O al menos fingieron trabajar. Clara tecleaba números sin sentido, los dedos deslizándose sobre el teclado con una lentitud que no encajaba con la urgencia del informe. Lucas, por su parte, hojeaba documentos con una concentración exagerada, como si cada palabra exigiera un análisis profundo. La verdad era que ninguno de los dos podía concentrarse. La presencia del otro era una distracción constante, un peso en el aire que hacía imposible ignorar la tensión creciente. Clara sentía la mirada de Lucas sobre ella cada vez que pasaba una página de un informe, cada vez que se ajustaba el cabello detrás de la oreja. Y él, a su vez, parecía hipnotizado por la manera en que mordisqueaba la punta del bolígrafo cuando pensaba, por cómo sus labios se curvaban levemente al encontrar un error en los datos. —¿Siempre haces eso? —preguntó Lucas de repente, rompiendo el silencio. —¿El qué? —Morder el bolígrafo. —Señaló el objeto en cuestión, que Clara sostenía entre los dientes sin darse cuenta—. Es... distractivo. Ella se sonrojó, quitando el bolígrafo de la boca como si la hubieran pillado haciendo algo prohibido. —Perdona. Es un hábito tonto. —No es tonto. —Se inclinó hacia adelante, los codos apoyados en la mesa—. Es... interesante. Clara sintió que el corazón se le aceleraba. Había algo en el tono de voz de él, en la manera en que sus ojos se clavaron en los suyos, que la hizo querer acercarse. Pero antes de que pudiera responder, el interfono sonó, anunciando la llegada del repartidor. Comieron en el sofá de la sala de reuniones, las cajas de comida esparcidas sobre la mesa de cristal, los palillos flotando sobre los sushis como si ninguno de los dos supiera por dónde empezar. Clara tomó un trozo de salmón, pero los dedos le temblaban levemente, y el sushi se le resbaló de vuelta a la caja. —Mierda —murmuró, intentando de nuevo. Lucas rio, un sonido suave que le hizo dar un vuelco al estómago. —Déjame ayudarte. —Se acercó, tomando un trozo de atún entre los palillos—. Abre la boca. Clara dudó un segundo, pero luego obedeció, sintiendo el sabor fresco del pescado y el leve roce de los dedos de Lucas contra sus labios. Él no apartó la mano de inmediato, como si estuviera saboreando el momento tanto como ella. Cuando por fin se alejó, sus ojos estaban más oscuros, más intensos. —¿Mejor? —preguntó, la voz ronca. Ella asintió, sin confiar en su propia voz. Siguieron comiendo, pero el ambiente había cambiado. Cada movimiento estaba cargado de significado: el roce de los dedos al tomar un palillo, la mirada que se demoraba un segundo más de lo necesario, la sonrisa que aparecía en los labios de ambos cada vez que sus ojos se encontraban. Clara sentía el calor extendiéndose por su cuerpo, una sensación que comenzaba en la boca del estómago y se irradiaba a todos lados, como si cada terminación nerviosa estuviera despertando de un sueño largo y profundo. —¿Has pensado en esto antes? —preguntó Lucas de repente, rompiendo el silencio. —¿En qué? —En nosotros. —Dejó los palillos a un lado, girándose para mirarla—. En cómo sería si... esto pasara. Clara sintió que la garganta se le secaba. Quería mentir, decir que no, que nunca había imaginado nada más allá del profesionalismo entre ellos. Pero la verdad estaba escrita en su rostro, en el rubor que le subía por las mejillas, en cómo los labios se le entreabrían sin que saliera ninguna palabra. —Sí —admitió, por fin—. Pero nunca pensé que tú... —¿Que yo qué? —Se acercó más, la pierna rozando la suya—. ¿Que yo también lo pensaba? Ella asintió, sintiendo el corazón latir tan fuerte que estaba segura de que él podía oírlo. Lucas sonrió, una sonrisa lenta y peligrosa. —Pienso. Mucho. El aire entre ellos se cargó aún más, como si cada palabra intercambiada fuera un fósforo encendido en un ambiente lleno de gas. Clara sintió que el deseo crecía dentro de ella, una presión casi insoportable que la hacía querer acercarse, tocar, probar. Pero antes de que pudiera actuar, Lucas se levantó, tendiéndole la mano. —Ven conmigo. Ella no dudó. Puso la mano en la suya y se dejó llevar fuera de la sala de reuniones, los pasos resonando en el pasillo vacío. Se detuvieron frente a la ventana de la oficina, donde la ciudad se extendía ante ellos, un mar de luces parpadeantes y edificios iluminados. Lucas se colocó detrás de ella, las manos posándose suavemente sobre sus hombros. —Mira eso —murmuró, la voz ronca en su oído—. Todo el mundo ahí fuera durmiendo, mientras nosotros estamos aquí, despiertos, sintiendo... esto. Clara cerró los ojos por un segundo, sintiendo el calor del cuerpo de él en su espalda, el aliento cálido contra su piel. Cuando los abrió de nuevo, vio el reflejo de ambos en el cristal: ella, con los labios entreabiertos y los ojos brillantes; él, con una expresión que mezclaba deseo y algo más profundo, algo que la hizo estremecer. —¿Qué estamos haciendo, Lucas? —susurró, aunque sabía la respuesta. Él no respondió con palabras. En cambio, sus manos se deslizaron de los hombros de ella a la cintura, atrayéndola contra sí. Clara sintió la dureza del cuerpo de él contra su espalda, la prueba innegable de que el deseo era mutuo. Se inclinó hacia atrás, dejando que la cabeza descansara en su hombro, los ojos fijos en el reflejo de ambos en la ventana. —Lo que tú quieras que sea —murmuró, los labios rozando la piel sensible de su cuello. Y entonces, sin aviso, una de sus manos se deslizó hacia abajo, los dedos trazando un camino lento por el muslo de ella, bajo la falda. Clara contuvo la respiración, sintiendo el tacto quemar a través de la tela fina de las medias. Quería más. Necesitaba más. Pero antes de que pudiera girarse, antes de que pudiera atraerlo para un beso, un sonido agudo cortó el silencio: el teléfono de Lucas vibrando en la mesa junto a ellos. Los dos se quedaron inmóviles. El momento se quebró como cristal, la realidad invadiendo el espacio entre ellos. Lucas soltó un suspiro frustrado, apartándose solo lo suficiente para tomar el aparato. —Es seguridad —dijo, mirando la pantalla—. Debe ser la ronda nocturna. Clara asintió, intentando recuperar el aliento. Su cuerpo aún zumbaba con la electricidad del tacto de él, pero la interrupción les había devuelto la conciencia del lugar donde estaban: una oficina vacía, en medio de la madrugada, con cámaras de seguridad y protocolos que seguir. Lucas respondió al teléfono, la voz profesional enmascarando cualquier rastro del deseo que aún ardía entre ellos. —Sí, estoy aquí. Todo bien. Mientras hablaba, Clara se giró, observándolo. El cabello ligeramente despeinado, los labios aún entreabiertos como si estuvieran listos para continuar donde lo habían dejado. Sabía que, si quería, podía terminar lo que habían empezado allí mismo, contra la ventana, con toda la ciudad como testigo. Pero algo la detuvo. Tal vez fuera el miedo a lo que vendría después, al profesionalismo que tendrían que mantener durante el día. O tal vez fuera solo el deseo de prolongar la tensión, de dejar el momento suspendido en el aire, como una promesa no cumplida. Cuando Lucas colgó el teléfono, sus ojos se encontraron con los de ella, y supo que él estaba pensando lo mismo. —Van a pasar por el piso en cinco minutos —dijo, la voz baja. Clara asintió, mordiéndose el labio inferior. —Mejor volvemos a los cubículos. Se alejaron, pero el espacio entre ellos parecía cargado de algo que ninguno de los dos se atrevía a nombrar. Clara regresó a su mesa, sintiendo el cuerpo aún hormiguear con el recuerdo del tacto de él. Lucas se quedó parado un momento, observándola, antes de girarse finalmente y caminar hacia su oficina. Pero antes de desaparecer por el pasillo, lanzó una última mirada por encima del hombro, una mirada que lo decía todo sin necesidad de palabras. Y Clara supo, con una certeza que la hizo estremecer, que la noche estaba lejos de terminar. El aire acondicionado zumbaba suavemente, un sonido casi imperceptible bajo el espeso silencio de la oficina vacía. Clara mantenía los ojos fijos en la pantalla, los dedos danzando sobre el teclado con precisión mecánica, pero su mente ya no estaba en el informe. Desde que Lucas había reaparecido, con esa camisa ligeramente arrugada y el aroma a cedro y café fresco emanando de él, cada uno de sus movimientos parecía cargado de una intención oculta. Sentía el peso de su mirada sobre ella, como si cada vez que desviaba los ojos, una corriente eléctrica le recorriera la piel. Fue entonces cuando sucedió. El vaso de café, ya por la mitad, se le resbaló de los dedos cuando intentó alcanzar el ratón. El líquido oscuro se esparció sobre la mesa en un movimiento lento, casi grácil, como si el destino hubiera decidido intervenir. Clara soltó un suspiro entre los dientes, un sonido ahogado que contenía más frustración que sorpresa. Antes de que pudiera reaccionar, Lucas ya estaba de pie, moviéndose con una agilidad que desmentía su postura normalmente controlada. —Mierda —murmuró, tomando un puñado de servilletas del cajón con manos ligeramente temblorosas. —Déjame ayudarte —la voz de él sonó cerca, demasiado cerca, y cuando levantó la vista, ya estaba a su lado, un rollo de papel de cocina en la mano. Clara no tuvo tiempo de protestar. Lucas se inclinó sobre la mesa, el cuerpo casi rozando el suyo, y comenzó a absorber el café con movimientos firmes pero cuidadosos. El tejido áspero del papel contrastaba con la suavidad de la madera barnizada, y el sonido húmedo del líquido siendo absorbido parecía amplificado en el silencio. Contuvo la respiración cuando los dedos de él, cálidos y ligeramente callosos, rozaron los suyos al tomar una servilleta que se había resbalado. Fue un contacto breve, casi accidental, pero suficiente para hacer que el estómago se le contrajera. Clara miró hacia abajo, observando sus manos lado a lado sobre la mesa—la de él, más grande, con venas discretas marcando el dorso; la suya, más delicada, con las uñas cortas y sin esmalte. El contraste la hizo sentir una ola de calor subirle por el cuello. —¿Estás bien? —preguntó Lucas, la voz más baja de lo normal, como si temiera romper el hechizo del momento. Ella asintió, pero no pudo responder. La garganta le ardía, y cuando intentó tragar, sintió el sabor metálico de la adrenalina. Él no se apartó. En cambio, siguió limpiando, ahora más despacio, como si cada movimiento fuera una excusa para prolongar la proximidad. —Creo que ya está —dijo finalmente, la voz más ronca de lo que pretendía. Lucas no respondió de inmediato. En cambio, sus dedos se demoraron sobre la superficie de la mesa, trazando círculos lentos alrededor de la mancha de café, como si estuviera probando el límite de lo que podía hacer sin traspasarlo. Clara sintió que el corazón le latía más fuerte, cada latido resonando en sus oídos. El aire entre ellos parecía cargado de algo que ninguno de los dos se atrevía a nombrar. —Clara —murmuró, y la forma en que dijo su nombre, como si fuera una confesión, le erizó la piel. Ella levantó la vista. Los ojos de él estaban oscuros, intensos, y por un segundo, estuvo segura de que iba a besarla. Pero entonces, como si despertara de un sueño, Lucas se enderezó, apartándose solo lo suficiente para romper la tensión. El movimiento fue abrupto, casi brusco, y Clara sintió una punzada de decepción. —Mejor voy a buscar un trapo húmedo —dijo, la voz volviendo al tono profesional, pero con un temblor casi imperceptible—. Solo para asegurarme de que no manche. Ella asintió, observándolo alejarse hacia la cocina. La oficina parecía más grande de repente, el espacio entre ellos una distancia insalvable. Clara se llevó la mano al rostro, tocándose los labios con los dedos, como si aún pudiera sentir el calor del cuerpo de él allí. Cuando Lucas regresó, traía un trapo húmedo en la mano y una expresión cuidadosamente neutra. Pero sus ojos delataban otra cosa—algo más primitivo, más urgente. Se arrodilló junto a la mesa, pasando el trapo sobre la superficie con movimientos lentos, deliberados. Clara no pudo evitar seguir cada gesto, cada flexión de los músculos de sus brazos bajo la camisa, cada respiración más profunda que él tomaba. —¿Siempre trabajas hasta tan tarde? —preguntó, sin mirarla. —Solo cuando es necesario —respondió, la voz casi un susurro. —¿Y hoy es necesario? Clara dudó. Había algo en la pregunta, una capa oculta que no lograba descifrar. O tal vez fuera solo la manera en que él la miraba, como si estuviera esperando una respuesta que fuera más allá de las palabras. —A veces —admitió—. Pero hoy... hoy fue diferente. Lucas dejó de limpiar. El trapo quedó inmóvil sobre la mesa, y por un instante, ninguno de los dos se movió. Luego, lentamente, levantó la vista. Lo que Clara vio en sus ojos la hizo contener la respiración. —¿Diferente cómo? —La pregunta salió baja, casi un murmullo. Ella no respondió de inmediato. En cambio, dejó que sus ojos recorrieran el rostro de él—la línea firme de la mandíbula, la sombra de la barba incipiente, los labios entreabiertos. Sintió un calor extenderse por su cuerpo, una necesidad que había crecido desde el momento en que él había entrado en la oficina. —Tú sabes cómo —dijo, por fin. Lucas no apartó la mirada. En cambio, sus dedos se cerraron alrededor del trapo, apretándolo con fuerza, como si luchara contra el impulso de hacer algo más. El silencio entre ellos se extendió, cargado de palabras no dichas, de deseos que ambos habían reprimido durante demasiado tiempo. Entonces, sin aviso, se levantó. El movimiento fue rápido, casi brusco, y por un segundo, Clara pensó que se alejaría. Pero en lugar de eso, dio un paso adelante, reduciendo la distancia entre ellos a casi nada. Sintió el calor de su cuerpo, el aroma de su colonia mezclado con el olor a café derramado, y el corazón se le disparó. —Clara —dijo de nuevo, y esta vez no había duda en la forma en que pronunció su nombre. Ella no se movió. No respiró. Solo esperó, sintiendo el peso del momento, la anticipación creciendo dentro de sí como una ola a punto de romper. —Qué estás haciendo? —preguntó, la voz poco más que un susurro. Lucas no respondió. En cambio, se inclinó hacia adelante, tan cerca que podía sentir su aliento contra los labios. El mundo a su alrededor pareció desaparecer—la oficina, el informe, la ciudad allá afuera. Solo quedaban ellos dos, y el espacio mínimo entre sus bocas, cargado de una promesa que ninguno de los dos se atrevía a romper. —No lo sé —admitió, la voz ronca—. Pero creo que ya no puedo parar. El silencio que siguió fue denso, casi palpable, como si el propio aire entre ellos se hubiera solidificado. Clara aún sentía el calor de los dedos de Lucas entrelazados con los suyos, la presión suave pero insistente, como si temiera que pudiera desvanecerse si la soltaba. La oficina, antes solo un espacio de trabajo, ahora parecía un territorio desconocido, donde cada sonido—el zumbido lejano del aire acondicionado, el tictac del reloj en la pared—resonaba como una advertencia. O una invitación. Lucas no la soltó. En cambio, sus pulgares comenzaron a trazar círculos lentos sobre el dorso de sus manos, un gesto pequeño, casi imperceptible, pero que le hizo contraer el estómago. Levantó la vista, encontrando los ojos de él—oscuros, intensos, como si intentara descifrar algo mucho más allá de las palabras. Y entonces, como si hubiera tomado una decisión, respiró hondo, el pecho expandiéndose bajo la camisa formal. —Clara —dijo, y había algo vulnerable en la forma en que pronunció su nombre, como si se estuviera despojando de una armadura—. No vine aquí hoy por casualidad. Ella sintió que el corazón le latía más fuerte, pero no apartó la mirada. Había una pregunta no dicha flotando entre ellos, y sabía que, si no la respondía ahora, tal vez nunca más tendría el valor. —¿Qué quieres decir? —preguntó, la voz más firme de lo que esperaba. Lucas dudó, como si las palabras estuvieran atrapadas en algún lugar entre el pecho y la garganta. Luego, con un movimiento casi imperceptible, se inclinó un poco más hacia adelante, reduciendo aún más la distancia entre ellos. El aroma de él—una mezcla de jabón caro, café y algo más primitivo, masculino—invadió sus sentidos, recordándole todas las veces que había fantaseado con ese momento. Con él. —Siempre te he encontrado... —se detuvo, buscando la palabra adecuada—. Diferente. Desde el primer día en que entraste en esa sala de reuniones, con ese blazer ajustado y las gafas resbalando por la nariz mientras presentabas los datos. No me mirabas como lo hacían los demás. Clara sintió que el rostro se le calentaba. *Diferente.* Era una palabra simple, pero cargada de significado. Sabía exactamente a qué se refería. Porque ella también lo había observado—la forma en que se movía con confianza por la oficina, cómo sus ojos se entrecerraban cuando estaba concentrado, cómo su voz se volvía más grave cuando daba órdenes. Y, sobre todo, cómo la hacía sentir cuando la miraba de esa manera, como si pudiera ver a través de todas sus defensas. —¿Y cómo me miraban los demás? —preguntó, desafiándolo con la mirada. Lucas sonrió, una sonrisa lenta, casi depredadora, y por un segundo, Clara se preguntó si él sabía el efecto que eso tenía en ella. —Como si fuera intocable —respondió, la voz baja—. Como si estuviera hecho de cristal. Pero tú... tú siempre me miraste como si estuviera hecho de carne y hueso. Las palabras flotaron en el aire, cargadas de una verdad que ninguno de los dos podía seguir ignorando. Clara sintió que todo su cuerpo reaccionaba—el calor extendiéndose por el pecho, bajando hasta el vientre, los pezones endureciéndose bajo la blusa fina. Sabía que debería decir algo, pero las palabras parecían haberse perdido en algún lugar entre el deseo y el miedo. —¿Y qué hiciste con eso? —logró preguntar finalmente, la voz ronca. Lucas soltó una risa suave, casi incrédula, como si él mismo no pudiera creer lo que estaba a punto de decir. —Fingí que no me daba cuenta —admitió—. Porque eras la mejor analista que había visto nunca, y no quería arruinar eso. Pero luego empezaste a quedarte hasta tarde, y yo comencé a inventar excusas para pasar por tu mesa. Y hoy... —Se detuvo, los ojos recorriendo su rostro, como si memorizara cada detalle—. Hoy ya no pude seguir fingiendo. Clara sintió que le faltaba el aire. Era como si todas las barreras entre ellos se hubieran derrumbado de golpe, dejando solo la verdad cruda e inevitable. Sabía que debería retroceder, que debería mantener el profesionalismo, pero la parte racional de su cerebro parecía haber sido silenciada por el deseo que le latía en las venas. —Yo también —confesó, las palabras escapando antes de que pudiera detenerlas—. Yo también fantaseaba con esto. Los ojos de Lucas se oscurecieron, y por un momento, Clara pensó que se alejaría. Pero entonces, con un movimiento rápido, soltó sus manos solo para tomar su rostro, los dedos cálidos contra su piel. Ella no se resistió. No quería resistirse. —¿Con qué? —preguntó, la voz un susurro áspero. Clara tragó saliva, sintiendo el peso de la confesión a punto de salir de sus labios. —Contigo acorralándome contra la mesa —dijo, la voz temblorosa—. Contigo besándome como si no hubiera un mañana. Con... —Se detuvo, sintiendo que el rostro le ardía—. Contigo tocándome como si fuera lo único que importara. Lucas soltó un sonido bajo, casi un gemido, y antes de que Clara pudiera reaccionar, la atrajo hacia sí, pegando los labios a los suyos en un beso que no tenía nada de vacilante. Fue como si se hubiera roto un dique—años de deseo contenido estallando en un solo momento. Clara sintió el sabor de él, cálido y adictivo, y respondió con la misma intensidad, las manos subiendo para agarrarse a sus hombros anchos, atrayéndolo más cerca. El beso se profundizó, las lenguas encontrándose en un ritmo frenético, como si ambos intentaran compensar todo el tiempo perdido. Lucas la levantó con facilidad, sentándola sobre la mesa más cercana, las piernas de ella abriéndose instintivamente para acomodar el cuerpo de él entre ellas. Clara gimió contra su boca, sintiendo la dureza de él presionando justo donde más lo necesitaba, y el sonido pareció inflamar aún más a Lucas. —Joder, Clara —murmuró, apartándose solo lo suficiente para mirarla a los ojos mientras sus manos descendían por su cuerpo, explorando cada curva—. ¿Tienes idea de cuánto he querido esto? Ella no respondió con palabras. En cambio, lo atrajo de vuelta para otro beso, las manos deslizándose bajo su camisa, sintiendo la piel cálida y los músculos definidos bajo las yemas de los dedos. Lucas gimió, el sonido vibrando contra sus labios, y entonces sus manos estaban por todas partes—en las caderas, en la cintura, subiendo por la espalda hasta encontrar el cierre del sujetador. La oficina a su alrededor parecía haber desaparecido. Ya no había informes, plazos ni jerarquías—solo el calor de los cuerpos, el sonido de las respiraciones entrecortadas y el delicioso roce de las telas siendo apartadas. Clara arqueó la espalda cuando los dedos de Lucas encontraron sus pechos, los pulgares rodeando los pezones ya rígidos, arrancándole un gemido bajo de la garganta. —Eso es —susurró, la voz ronca de deseo—. Déjame oírte. Y ella lo hizo. Dejó que la tocara, que explorara cada centímetro de su piel, que la hiciera retorcerse de placer entre las mesas de trabajo. Cuando sus manos descendieron hasta el dobladillo de la falda, subiéndola lentamente, Clara no protestó. En cambio, levantó las caderas, permitiéndole deslizar los dedos bajo la tela fina de las bragas, encontrándola ya húmeda, lista. —Dios —murmuró Lucas, los dedos trazando círculos lentos sobre el clítoris, haciendo que Clara se arqueara contra la mesa—. Estás tan lista para mí. Ella no pudo responder. Las palabras se perdieron en un gemido cuando él introdujo un dedo, luego dos, moviéndolos en un ritmo torturante mientras su boca encontraba su cuello, mordisqueando y chupando la piel sensible. Clara se agarró a sus hombros, las uñas clavándose en la tela de la camisa, mientras el placer se acumulaba en su vientre, cada vez más intenso. —Lucas —logró decir, la voz entrecortada—. Yo... no puedo... —Puedes —murmuró contra su piel, aumentando el ritmo de los dedos—. Déjate ir, Clara. Quiero sentirte correrte para mí. Y ella se corrió. Con un grito ahogado contra su hombro, todo su cuerpo se contrajo en oleadas de placer, mientras Lucas la sostenía firme, prolongando cada espasmo con movimientos precisos. Cuando finalmente se calmó, Clara estaba jadeante, los miembros pesados, pero aun así, no quería que aquello terminara. Lucas no la dejó retroceder. En cambio, la atrajo más cerca, besándola de nuevo, despacio, como si tuvieran todo el tiempo del mundo. Y entonces, con un movimiento fluido, la levantó de la mesa, llevándola hacia la sala de reuniones más cercana, donde la mesa larga y pulida brillaba bajo la luz fría de los monitores. —Todavía no hemos terminado —dijo, la voz cargada de promesas—. Ni de lejos. La sala de reuniones los recibió con un silencio cómplice, el brillo azulado de los monitores reflejándose en la superficie pulida de la mesa como una invitación. Lucas la depositó allí con cuidado, pero sin demasiada delicadeza—como si supiera que Clara no quería gentilezas, no ahora. Sus manos se deslizaron por los muslos de ella, apretando levemente antes de subirle la falda, los dedos trazando líneas cálidas sobre la piel expuesta. Clara se estremeció, no por el frío del aire acondicionado, sino por la manera en que él la miraba: como si pudiera devorarla allí mismo, sin prisa, sin vacilación. —¿Tienes idea de cuántas veces he pensado en esto? —Su voz era ronca, casi un susurro, pero cargada de una urgencia que hizo que Clara arqueara la espalda involuntariamente—. ¿Cuántas veces me imaginé así, abierta para mí, mientras fingía prestar atención en reuniones aburridas? Clara se mordió el labio inferior, sintiendo el calor extenderse entre sus piernas. Las palabras de él eran una provocación, y ella no se resistió. —¿Y qué más te imaginaste? —preguntó, la voz temblorosa, pero desafiante—. Cuéntamelo. Lucas sonrió, una sonrisa lenta y peligrosa, mientras una de sus manos subía por su vientre, empujando la tela de la blusa hacia arriba hasta dejar al descubierto el sujetador de encaje negro. Sus dedos juguetearon con el elástico, tirando de él levemente, antes de sumergirse bajo la tela y encontrar el pezón ya endurecido. Clara gimió cuando lo pellizcó, no con fuerza, pero con la precisión de quien conocía su cuerpo mejor que ella misma. —Imaginé que gemías mi nombre —murmuró, inclinándose para capturar su boca en un beso voraz—. Imaginé que te retorcías mientras te tocaba, mientras te probaba. —Su lengua invadió su boca, explorando, dominando, y Clara respondió con la misma hambre, las manos agarrándose a su cabello con fuerza. Cuando se apartó, estaba jadeante, los labios hinchados—. Y ahora, Clara? —La pregunta era un desafío—. ¿Qué quieres que haga? Ella no vaciló. —Quiero que me lo muestres. Las palabras fueron como un detonante. Lucas la atrajo hacia el borde de la mesa, las manos firmes en sus caderas, y luego la giró de espaldas, presionándola contra la superficie fría. Clara sintió que el aire se le escapaba de los pulmones cuando él se pegó a ella por detrás, el bulto rígido de su erección presionando contra sus nalgas. Una de sus manos se deslizó por su vientre, bajando hasta encontrar el punto húmedo entre sus piernas, y gimió en voz alta cuando sus dedos la invadieron sin aviso, moviéndose en un ritmo que la hizo arquear la espalda. —Joder, estás empapada —susurró contra su oído, los dientes mordisqueando el lóbulo antes de descender por su cuello, dejando un rastro de besos húmedos—. ¿Esto es por mí? Clara no pudo responder. Las palabras se perdieron en un gemido cuando él aumentó el ritmo, los dedos curvándose dentro de ella mientras el pulgar presionaba el clítoris con movimientos circulares. El placer era casi insoportable, una ola que crecía y amenazaba con arrastrarla. Se agarró a la mesa, las uñas arañando la madera pulida, mientras todo su cuerpo temblaba. —Lucas... —Su nombre salió como una súplica, y él rio suavemente, el aliento cálido contra su piel. —¿Qué pasa, Clara? —Su voz era pura provocación—. ¿Quieres correrte otra vez? Ella asintió, incapaz de formar frases coherentes, y él la recompensó. Sus dedos se movieron más rápido, más profundo, mientras la otra mano subía para apretar su pecho, pellizcando el pezón con la fuerza suficiente para hacerla gritar. El orgasmo la golpeó como un rayo, todo su cuerpo contrayéndose en espasmos violentos, y tuvo que morderse el brazo para no gritar demasiado fuerte. Antes de que pudiera recuperarse, Lucas la giró de nuevo, levantándola con facilidad y sentándola sobre la mesa. Sus piernas se abrieron instintivamente, y él se colocó entre ellas, los ojos oscuros fijos en los suyos mientras se desabrochaba el pantalón. Clara observó, hipnotizada, mientras liberaba su erección, gruesa y palpitante, y la envolvía con la mano, moviéndola lentamente. —¿Lo quieres? —La pregunta era innecesaria, pero él quería oírla decirlo. —Sí —susurró, la voz ronca—. Por favor. Él no necesitó más incentivo. Con un movimiento rápido, la atrajo hacia el borde de la mesa y la penetró de una sola vez, llenándola por completo. Clara gritó, las uñas clavándose en sus hombros, y Lucas gimió contra su cuello, las caderas comenzando a moverse en embestidas profundas y rítmicas. —Dios, qué estrecha eres —gruñó, aumentando el ritmo, cada embestida más fuerte que la anterior—. Tan deliciosa... Clara no podía pensar. El placer era abrumador, una mezcla de dolor y éxtasis que la dejaba al borde del abismo. Se aferró a él, las piernas envolviendo su cintura, mientras él la follaba con una intensidad que la hacía ver estrellas. La mesa crujía bajo ellos, el sonido mezclándose con los gemidos y el sonido húmedo de los cuerpos encontrándose. —Lucas... —logró decir, la voz entrecortada—. No aguanto... —Aguanta —ordenó, los dedos apretando su cintura con fuerza—. Tú puedes. Y entonces la giró de nuevo, de espaldas a él, y la empujó contra la mesa, entrando en ella por detrás con una embestida brutal. Clara gritó, las manos resbalando sobre la madera pulida, pero él no se detuvo. Sus caderas chocaban contra sus nalgas en un ritmo implacable, cada movimiento arrancándole más gemidos de la garganta. —Mira hacia afuera —murmuró, la voz ronca—. Mira la ciudad. Clara obedeció, los ojos dirigiéndose hacia la ventana. Abajo, São Paulo dormía, las luces de los edificios parpadeando como estrellas distantes. Pero allí, en las alturas, solo existían ellos, dos cuerpos entrelazados, moviéndose en una danza primitiva y desesperada. La visión de la ciudad dormida, unida al placer que la consumía, era casi demasiado. —¿Te gusta saber que ellos no tienen idea de lo que estamos haciendo aquí? —preguntó Lucas, la voz un susurro perverso en su oído—. ¿Que mientras todos duermen, tú estás siendo follada como mereces? Sus palabras la llevaron al límite. Clara sintió que el orgasmo se acercaba, una ola que crecía y amenazaba con arrastrarla. Intentó contenerse, pero era imposible. Con un grito ahogado, el placer la atravesó, todo su cuerpo contrayéndose en espasmos violentos mientras Lucas seguía moviéndose dentro de ella, prolongando cada ola de éxtasis. Él no tardó en seguirla. Con un gemido ronco, se enterró profundamente y se corrió, el cuerpo temblando mientras se derramaba dentro de ella. Por un momento, los dos se quedaron inmóviles, jadeantes, los cuerpos pegados, los latidos acelerados. Pero entonces, como si supiera que aquello no era suficiente, Lucas la atrajo hacia sí, besándola con una urgencia renovada. Y cuando se apartó, sus ojos brillaban con una promesa. —Todavía no hemos terminado —dijo, la voz cargada de intenciones—. Tenemos toda la noche. La primera luz del amanecer se filtraba por las persianas entreabiertas, pintando franjas doradas sobre los cuerpos aún entrelazados. Clara sentía el peso cálido de Lucas contra su espalda, el brazo de él rodeando su cintura como si temiera que pudiera desaparecer con el amanecer. La piel de ambos estaba húmeda, marcada por los vestigios de la noche—arañazos leves en los hombros, mordiscos en la curva del cuello, el aroma mezclado de sudor, sexo y algo más profundo, algo que ninguno de los dos se atrevía a nombrar. Giró el rostro para mirarlo, los labios hinchados por los besos, los ojos aún pesados de placer. Lucas no había dormido. Estaba despierto, observándola con una intensidad que la hizo estremecer, como si memorizara cada detalle antes de que la realidad los separara. —¿Te irás en cuanto salga el sol? —preguntó, la voz ronca, casi un susurro. Él sonrió, lento, y rozó sus labios con los de ella en un beso suave, casi casto, si no fuera por la manera en que su mano se deslizó posesivamente por su muslo. —No tengo elección. Si alguien me ve saliendo de aquí por la mañana, empezarán a hacer preguntas. Clara sabía que tenía razón. La oficina era un lugar de apariencias, donde cada mirada, cada gesto, era pesado e interpretado. Pero la idea de verlo marcharse, de volver a la rutina como si nada hubiera pasado, le oprimía algo por dentro. —¿Y qué hacemos ahora? —murmuró, trazando círculos perezosos en el pecho de él. Lucas le tomó la barbilla, obligándola a mirarlo. —¿Ahora? —repitió, la voz baja, cargada de algo que no logró descifrar—. Ahora fingimos que no ha pasado nada. Las palabras dolieron más de lo que deberían. Clara intentó apartarse, pero él la sujetó con más fuerza, atrayéndola para un nuevo beso, este más urgente, como si quisiera borrar cualquier duda con el tacto. —¿No es eso lo que quieres oír? —preguntó contra su boca—. ¿Que vamos a actuar como profesionales? ¿Que esto fue solo una noche, algo que no repetiremos? Ella dudó. Parte de ella quería creer que sí, que era mejor así. Pero otra parte, aquella que había pasado meses perdiéndose en fantasías con él, sabía que no sería tan simple. —¿Y si no quiero fingir? —admitió, las palabras escapando antes de que pudiera detenerlas. Lucas se quedó en silencio por un largo momento. Luego, con un suspiro, rodó hacia un lado, dejando que el aire frío de la mañana reemplazara el calor de su cuerpo. Clara se sentó, abrazándose las rodillas contra el pecho, de repente consciente de su desnudez. Él la observaba con una mirada que no lograba descifrar—entre el deseo y la cautela. —Clara —comenzó, la voz cuidadosa—, sabes cómo es. Yo soy tu superior. Esto... —hizo un gesto entre los dos— puede complicar todo. —O simplificarlo —replicó, sorprendiéndose a sí misma con la audacia—. Si dejamos de fingir que no sentimos nada el uno por el otro. Lucas rio, pero no había humor en el sonido. Se levantó, tomando la camisa del suelo y vistiéndola con movimientos bruscos. —Haces que parezca fácil. —¿Y no lo es? —insistió—. ¿O vas a decirme que nunca lo has pensado antes? Él la miró, los ojos oscuros brillando con algo peligroso. —Todos los malditos días. El corazón de Clara se aceleró. Dio un paso adelante, pero él levantó la mano, deteniéndola. —Pero eso no cambia el hecho de que, ahí fuera, yo soy el tipo que firma tu nómina. Y tú eres la analista que no puede permitirse el lujo de ser vista como la mujer que se acostó con el jefe. Las palabras la golpearon como un balde de agua fría. Sabía que tenía razón. Sabía los riesgos. Pero, por primera vez, odió la lógica que los mantenía atrapados. —¿Entonces es eso? —preguntó, la voz quebrándose—. ¿Vamos a volver a tratarnos como extraños? Lucas cerró los ojos por un instante, como si las palabras le dolieran tanto como a ella. Cuando los abrió de nuevo, había una determinación en ellos que Clara no esperaba. —No —dijo, por fin—. Vamos a volver a tratarnos como siempre lo hemos hecho. Con respeto. Con profesionalismo. —Hizo una pausa, acercándose a ella, los dedos rozando su brazo en una caricia leve—. Pero no como extraños. Ella sintió que el alivio le recorría el cuerpo, mezclado con una nueva ola de deseo. Él tenía razón. No necesitaban etiquetas, no ahora. Lo que tenían era suficiente. —Entonces... —comenzó, pero él la interrumpió con un beso rápido, posesivo. —Entonces vemos qué pasa —completó, la voz ronca—. Pero hoy, cuando nos crucemos en el pasillo, me mirarás a los ojos y no apartarás la mirada. Y yo haré lo mismo. Clara sonrió, sintiendo que el peso de la noche se disipaba, reemplazado por una ligereza que no sentía desde hacía mucho tiempo. —Trato hecho. Se vistieron en silencio, intercambiando miradas furtivas y sonrisas cómplices. Clara se recogió el cabello en un moño descuidado, los dedos temblando levemente. Lucas la observaba, como si memorizara cada movimiento. Cuando estuvieron listos, él tomó la carpeta que había ido a buscar la noche anterior y se volvió hacia ella. —Saldré primero. Tú espera unos diez minutos. Ella asintió, pero antes de que pudiera alejarse, Clara lo atrajo por la corbata, acercándolo para un último beso. Fue lento, profundo, lleno de promesas no dichas. —Diez minutos —susurró contra sus labios. Él sonrió, rozando su nariz con la de ella antes de apartarse. —Diez minutos. Y entonces se fue, dejándola sola en la oficina vacía, con su aroma aún pegado a su piel y la certeza de que nada sería como antes. --- El ascensor bajó en silencio, pero Lucas no podía dejar de sonreír. La imagen de Clara, desnuda y saciada, aún danzaba en su mente, mezclada con el recuerdo de su sabor, del sonido de sus gemidos ahogados contra su boca. Sabía que debería estar preocupado—por las consecuencias, por las miradas, por los rumores. Pero, por primera vez en mucho tiempo, no le importaba. Cuando las puertas se abrieron en el vestíbulo, ajustó la corbata y caminó con pasos firmes hacia la salida. El guardia nocturno lo saludó con un gesto, sin sospechar nada. Afuera, la ciudad aún despertaba, los primeros rayos de sol reflejándose en los edificios de cristal. Lucas respiró hondo, sintiendo el aire frío de la mañana llenar sus pulmones. No sabía qué traería el día. No sabía si podría mantener el profesionalismo cuando volviera a ver a Clara. Pero una cosa era segura: esa noche lo había cambiado todo. Y, por primera vez, no tenía miedo de lo que vendría. --- Clara contó los minutos en el reloj del ordenador, los dedos tamborileando sobre la mesa. Cuando por fin se levantó, sintió las piernas ligeramente temblorosas, el cuerpo aún resonando con los vestigios del placer. Pasó la mano por el vestido arrugado, intentando alisar las marcas de la noche, pero sabía que era inútil. Lo que había sucedido estaba grabado en ella—en la piel, en los labios, en la manera en que su cuerpo aún vibraba con el recuerdo. Al salir de la sala, encontró el pasillo vacío. Caminó despacio, cada paso una promesa silenciosa. Cuando llegó al vestíbulo, vio a Lucas fuera, parado en la acera, mirando hacia el cielo que clareaba. Él se giró al escuchar la puerta abrirse, y sus miradas se encontraron. Ninguno de los dos apartó la vista. Y, por ahora, eso era suficiente.

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