Seda, Sudor y Secretos

Por Tonkix
Seda, Sudor y Secretos
**El Espejo de la Noche** El apartamento olía a jazmín y a algo más antiguo, un perfume de piel caliente que solo se revelaba cuando el aire acondicionado se apagaba y el calor de la ciudad se colaba por las rendijas de las ventanas. Laura estaba de espaldas a la puerta del dormitorio, los dedos deslizándose por la seda del vestido negro que apenas cubría sus muslos. La tela susurraba contra su piel mientras ajustaba el escote, inclinándose ligeramente hacia adelante, como si ofreciera un vistazo calculado del valle entre sus senos. Al otro lado de la sala, escondido tras la puerta entreabierta del estudio, Daniel observaba. El corazón le latía con tanta fuerza que estaba seguro de que ella podría escucharlo, un tambor ahogado contra sus costillas. Habían hablado de esto antes, por supuesto. No era la primera vez que el tema surgía, envuelto en risas nerviosas y copas de vino medio vacías. *«¿Y si lo probáramos?»*, le había preguntado cierta noche, los labios húmedos de Merlot rozando su oreja. Daniel siempre decía que sí, pero en el fondo, sabía que era una de esas cosas que se dicen para no parecer anticuado, para no romper el hechizo de una relación que, a pesar de todo, aún lo hacía sentir vivo. Ahora, sin embargo, la pregunta ya no era hipotética. Laura había concertado un encuentro. *«Solo para ver»*, había dicho, pero sus ojos brillaban con algo más peligroso que simple curiosidad. El hombre llegó puntual. Daniel lo vio por la rendija de la puerta: alto, hombros anchos bajo una camisa social azul oscuro, el tipo de hombre que hacía que las mujeres en el bar se volvieran al pasar. Ricardo. El nombre sonaba como una promesa o una amenaza, dependiendo del ángulo. Laura abrió la puerta con una sonrisa que Daniel nunca le había visto antes—lenta, casi perezosa, como si cada movimiento fuera una caricia pospuesta. Ricardo entró, y el aire en el apartamento cambió. Era como si trajera consigo el olor de la noche afuera, una mezcla de cuero, perfume caro y algo más primitivo, algo que hizo que los dedos de Daniel se crisparan alrededor del picaporte. —Estás hermosa —murmuró Ricardo, la voz grave, casi un ronroneo. Laura rio, un sonido bajo e íntimo, y Daniel sintió el estómago contraerse. Ella no reía así con él. No así, con los labios entreabiertos y los ojos semicerrados, como si ya estuviera saboreando algo prohibido. —Gracias —respondió, pasando la mano por el brazo de él, los dedos trazando el contorno del bíceps—. ¿Quieres tomar algo? Ricardo no respondió de inmediato. En cambio, tomó su mentón entre el pulgar y el índice, inclinando su rostro hacia arriba. Daniel contuvo la respiración. El beso fue lento, deliberado, como si los dos tuvieran todo el tiempo del mundo. Laura suspiró contra la boca del hombre, y Daniel sintió el sabor amargo de la bilis subiendo por su garganta. No era celos. No exactamente. Era algo más complejo, una mezcla de excitación y vergüenza, de deseo y miedo a que, una vez que aquello comenzara, nada volviera a ser igual. Y entonces, como si supiera que estaba siendo observado, Ricardo desvió los ojos por un segundo—directo hacia la rendija de la puerta del estudio. Daniel retrocedió instintivamente, pero no antes de ver la sonrisa del hombre. Una sonrisa que decía: *Sé que estás ahí.* --- Laura no estaba segura de cuándo había decidido que esa noche sería diferente. Tal vez había sido cuando Daniel, semanas antes, mencionó casualmente que le gustaría verla con otro hombre. *«Solo para ver cómo es»*, había dicho, como si fuera una película que pudieran alquilar y ver juntos. Ella se rio en ese momento, pero las palabras quedaron resonando en su mente, como una canción que no podía sacarse de la cabeza. O quizá había sido cuando conoció a Ricardo en una fiesta de trabajo, un hombre cuya mirada la hacía sentir desnuda incluso con toda la ropa puesta. Ahora, con los labios aún hormigueando por su beso, se permitió un momento para respirar. Ricardo estaba detrás de ella, las manos grandes apoyadas en su cintura, los dedos presionando levemente la seda del vestido. Podía sentir el calor de su cuerpo, la firmeza de su pecho contra su espalda, y eso la hizo arquearse instintivamente, como una gata frotándose contra un poste. —¿Te gusta que te observen? —preguntó él, la voz un susurro ronco contra la curva de su cuello. Laura cerró los ojos. La pregunta era una trampa. Si decía que sí, estaría admitiendo algo que ni ella misma estaba segura de querer. Si decía que no, estaría mintiendo. Así que, en lugar de responder, se giró lentamente, los dedos deslizándose por su pecho hasta encontrar el botón de la camisa. —¿Por qué no lo descubres? —murmuró, acercándolo más. Ricardo no necesitó más incentivo. Sus manos subieron por el cuerpo de ella, apretando, explorando, como si estuviera memorizando cada curva. Laura gimió cuando sus dedos encontraron el cierre en la espalda del vestido, bajándolo con una lentitud agonizante. La tela se deslizó por sus hombros, acumulándose en su cintura, dejándola expuesta, excepto por el sujetador de encaje negro que apenas cubría los pezones ya endurecidos. —Joder —gruñó Ricardo, los ojos oscuros fijos en sus senos—. Eres aún más hermosa de lo que imaginaba. Laura sonrió, pero antes de que pudiera responder, él la atrajo hacia un nuevo beso, más urgente esta vez. Sus manos estaban por todas partes—en su cabello, en su espalda, apretando sus nalgas con la fuerza suficiente para dejar marcas. Ella se frotó contra él, sintiendo su dureza presionando contra su vientre, y eso la hizo gemir contra su boca. Al otro lado de la puerta, Daniel observaba, los nudillos blancos de tanto apretar el picaporte. Cada sonido que Laura emitía era como un cuchillo girando en su pecho, pero al mismo tiempo, no podía apartar la vista. Era como si estuviera viendo una película, solo que la película era su propia vida, y la protagonista era la mujer que amaba, ahora entregada a otro hombre con una pasión que nunca había visto en ella. --- Laura no recordaba la última vez que se había sentido tan deseada. Ricardo la empujó contra la pared, las manos sujetando sus muñecas por encima de la cabeza mientras su boca descendía por su cuello, dejando un rastro de besos húmedos que la hacían temblar. Ella arqueó la espalda, ofreciéndose, y él aceptó, los dientes rozando la piel sensible justo debajo de la oreja. —¿Te gusta esto? —preguntó, la voz un gruñido bajo. —Sí —susurró ella, las piernas temblorosas. Ricardo soltó sus muñecas solo para bajar el vestido, dejándolo caer al suelo en un montón de seda. Laura quedó allí, con el sujetador y las bragas, los pezones visibles a través de la tela fina, los senos subiendo y bajando con su respiración acelerada. Él la observó por un momento, como si estuviera decidiendo por dónde empezar, y entonces se arrodilló frente a ella. —Abre las piernas —ordenó. Laura obedeció, los muslos temblando levemente. Ricardo no dudó. Con un movimiento rápido, apartó su braga a un lado y hundió el rostro entre sus piernas. Laura gritó, las manos aferrándose a su cabello mientras la lengua caliente y hábil la exploraba sin piedad. Era diferente a todo lo que Daniel había hecho. Ricardo no tenía prisa, no tenía vergüenza. La lamía como si estuviera saboreando algo delicioso, los dedos apretando sus nalgas para mantenerla en su lugar. —Dios mío —gimió Laura, las caderas moviéndose involuntariamente contra su boca. Al otro lado de la puerta, Daniel sintió su propio cuerpo reaccionar, a pesar de todo. Era incorrecto. Era sucio. Era lo más excitante que había visto en su vida. Podía escuchar cada sonido, cada gemido, cada suspiro, y eso lo volvía loco. Quería entrar en la habitación, apartar a Laura de ese hombre, pero al mismo tiempo, quería ver hasta dónde llegaba aquello. Quería saber qué sentiría ella, qué haría, cómo sería cuando finalmente cediera. Ricardo se levantó de repente, los labios brillantes, los ojos oscuros de deseo. —Date la vuelta —ordenó. Laura obedeció, girándose de espaldas a él, las manos apoyadas en la pared. Ricardo bajó su braga, dejándola caer en los tobillos, y entonces desabotonó su propio pantalón. Laura escuchó el sonido de la cremallera al abrirse y sintió su cuerpo presionándose contra el suyo, la piel caliente y áspera contra su espalda. —¿Lo quieres? —preguntó él, la voz ronca en su oído. Laura no respondió. En cambio, empujó las caderas hacia atrás, sintiendo su dureza rozándola. Ricardo gimió y tomó su cabello con una mano, tirando de su cabeza hacia atrás mientras la otra mano guiaba su cuerpo dentro de ella. —Joder —gritó Laura, las uñas arañando la pared. Ricardo no fue gentil. La penetró con fuerza, las caderas golpeando contra sus nalgas en un ritmo implacable. Laura sintió cada centímetro de él, cada movimiento, cada embestida profunda que la hacía ver estrellas. Nunca había sido tomada así, con tanta pasión, tanta urgencia. Era como si él estuviera tratando de marcarla, como si quisiera que lo recordara para siempre. Al otro lado de la puerta, Daniel sintió que el mundo giraba. Podía verlo todo—el sudor escurriendo por la espalda de Laura, los músculos de ella contrayéndose con cada embestida, el rostro de Ricardo contorsionado de placer. Era demasiado. Era poco. Quería más. Y entonces, como si hubiera escuchado sus pensamientos, Ricardo miró directamente hacia la puerta del estudio. —¿Te gusta mirar, verdad? —preguntó, la voz un gruñido mientras seguía moviéndose dentro de Laura. Daniel no respondió. No podía. Pero Ricardo sonrió, como si la respuesta estuviera escrita en su rostro. —Entonces ven aquí —dijo, sin dejar de moverse—. Ven aquí y mira de cerca. Laura giró la cabeza, los ojos semicerrados de placer, y vio a Daniel parado en la puerta. Por un momento, dudó, pero entonces Ricardo la atrajo más cerca, las caderas golpeando contra ella con aún más fuerza. —No pares —gimió, los ojos fijos en Daniel—. Por favor, no pares. Daniel entró en la habitación.

🔥 Keep the fantasy going

Chat, tease and live out your desires with an AI girlfriend available 24/7 - she is up for anything you imagine.

Meet your AI girlfriend →

Publicidade +18