Seda y Deseo a Medianoche

Por Tonkix
Seda y Deseo a Medianoche
**Seda y Deseo a Medianoche** La lluvia caía en gruesas láminas sobre la ciudad, transformando las calles en espejos oscuros donde los faros de los coches se fragmentaban en mil reflejos temblorosos. Dentro del apartamento en el duodécimo piso, Clara encendía las luces con movimientos lentos, como si cada gesto formara parte de un ritual. El ambiente, decorado en tonos caramelo y gris, olía a velas de vainilla quemándose a fuego lento y al perfume cítrico que ella se había aplicado en la muñeca antes de salir de casa. A los cuarenta años, su cuerpo aún guardaba la memoria de la juventud, pero ahora con curvas más generosas, la piel suave marcada por pequeñas líneas que solo aparecían cuando sonreía —algo que hacía poco esa noche. Había pasado todo el día en la oficina de la inmobiliaria, negociando contratos y almorzando un sándwich frío entre reuniones. Ahora, con el cabello castaño recogido en un moño descuidado y los pies descalzos sobre la alfombra mullida, Clara se permitía relajarse. El vestido de seda azul marino, que había elegido por la mañana por ser "profesional", ahora parecía una segunda piel, adhiriéndose a su cuerpo con el leve sudor de la ansiedad que la acompañaba desde que había pedido la pizza. No era hambre. O, al menos, no el hambre que el estómago reclamaba. El interfono sonó a las nueve y media, y ella supo, incluso antes de contestar, que sería él. El repartidor nuevo, aquel que aparecía en las noches de lluvia con el cabello oscuro pegado a la frente y los ojos verdes brillando bajo la luz amarilla del vestíbulo. Lo había notado por primera vez dos semanas antes, cuando entregó un pedido equivocado y regresó corriendo, empapado, para cambiarlo. Clara le había dado una propina generosa y una sonrisa que lo hizo tartamudear. Desde entonces, cada vez que arreciaba la lluvia, ella pedía una pizza demasiado grande para una sola persona. — Buenas noches —su voz era ronca, ligeramente jadeante—. Pizza cuatro quesos y una Coca. — Sube —respondió ella, y el sonido de su propia voz la sorprendió. Sonaba más grave, casi íntima. Cuando abrió la puerta, el olor a lluvia y jabón barato invadió el apartamento. Él estaba allí, con la caja de pizza equilibrada en una mano y la otra sujetando la mochila impermeable que goteaba en el felpudo. Los ojos verdes se encontraron con los suyos por un segundo antes de bajar, rápidos, hacia el escote del vestido. Clara no se movió. Dejó que la mirara, que sintiera el peso de ese silencio cargado de algo que ninguno de los dos se atrevía a nombrar. — ¿Señora... quiere que la ponga en la mesa? —preguntó él, rompiendo el hechizo. — Clara —corrigió ella, sonriendo—. Y sí, por favor. Él entró, los zapatos dejando marcas húmedas en el suelo de madera. Clara cerró la puerta despacio, cerrándola con un clic que sonó demasiado fuerte. El apartamento estaba cálido, el aire acondicionado apagado desde hacía horas, y el calor de su cuerpo parecía llenar el espacio entre ellos. Cuando se giró para entregarle el cambio, sus dedos rozaron los de ella. Un toque rápido, casi accidental, pero suficiente para que sintiera la electricidad subir por su brazo. — Perdón —murmuró él, pero no retrocedió. — No hace falta que te disculpes —respondió Clara, sosteniendo el dinero sin soltar su mano—. Estás empapado. Él miró hacia abajo, como si solo entonces se diera cuenta de que la camisa blanca se pegaba a su pecho, delineando los músculos definidos de quien pasaba el día pedaleando por la ciudad. Clara sintió la garganta seca. Había algo vulnerable en esa exposición involuntaria, algo que la hacía querer tocar, explorar. — ¿Puedo ofrecerte una toalla? —preguntó ella, con voz suave. Él dudó, pero asintió. Clara fue al baño y tomó una toalla limpia, tendiéndosela. Cuando él la tomó, sus dedos se encontraron de nuevo, y esta vez ninguno de los dos se apartó. El silencio se extendió, pesado, hasta que él finalmente habló: — Yo... no debería estar aquí. — ¿Por qué no? —Clara dio un paso adelante, acortando la distancia entre ellos—. Ya entregaste la pizza. Él tragó saliva, los ojos verdes oscureciéndose—. Porque usted... porque eres hermosa. Ella rio bajito, un sonido que vibró en su pecho—. Y tú eres demasiado joven para saber lo que le haces a una mujer como yo. — Sé lo que quiero —respondió él, la voz firme ahora. Clara sintió el corazón acelerarse. La lluvia golpeaba contra la ventana, creando una cortina de sonido que aislaba a los dos del resto del mundo. Extendió la mano y tocó su pecho, sintiendo la tela mojada y el calor de la piel debajo. Él no se movió. Dejó que ella explorara, que sus dedos se deslizaran hasta la cintura, atrayéndolo más cerca. — Entonces muéstramelo —susurró ella. Él no necesitó más incentivo. La toalla cayó al suelo cuando la atrajo hacia sí, su boca encontrando la de ella en un beso urgente, hambriento. Clara gimió contra sus labios, sintiendo el sabor a lluvia y menta. Sus manos eran firmes, deslizándose por su espalda, bajando la cremallera del vestido. La tela resbaló por sus hombros, revelando la piel desnuda, los pechos pesados y los pezones ya endurecidos. — Joder —murmuró él, apartándose solo lo suficiente para mirarla—. Eres aún más hermosa de lo que imaginaba. Clara sonrió, atrayéndolo de vuelta para otro beso. Esta vez no había prisa. Dejó que él la explorara, que sus manos grandes recorrieran cada curva, cada centímetro de piel expuesta. Cuando le tomó los pechos, apretándolos con cuidado, ella arqueó la espalda, ofreciéndose. Él gimió, bajando la cabeza para lamer un pezón, luego el otro, los dientes raspando suavemente. — Así —susurró ella, enredando los dedos en su cabello—. Justo así. Él la empujó contra la pared, su cuerpo caliente presionando el de ella. Clara sintió su erección contra su vientre, dura e insistente. Bajó la mano, acariciándolo por encima del pantalón vaquero, sintiéndolo palpitar bajo la tela. Él gimió, las caderas moviéndose instintivamente contra su palma. — Necesito tocarte —murmuró él, con voz ronca. — Entonces tócame —respondió ella, guiando su mano hacia abajo, hasta el borde de su tanga. Él no dudó. Sus dedos se deslizaron bajo la tela, encontrándola húmeda, lista. Clara gimió fuerte cuando la penetró con dos dedos, el pulgar presionando su clítoris en movimientos circulares. Se aferró a sus hombros, las uñas clavándose en su piel mientras el placer la inundaba. — Eres tan deliciosa —susurró él, besando su cuello—. Tan mojada. — Solo para ti —respondió ella, jadeante. Él la levantó en brazos, llevándola hasta el sofá. Clara se recostó, atrayéndolo sobre sí. Las ropas fueron arrancadas a toda prisa, arrojadas al suelo sin cuidado. Cuando finalmente estuvo desnudo, ella lo atrajo hacia sí, sintiendo el peso de su cuerpo sobre el suyo. Era más joven, más fuerte, pero había una dulzura en sus movimientos, como si aún no pudiera creer que aquello estuviera sucediendo. — ¿Tienes condón? —preguntó ella, con voz urgente. Él asintió, sacando la cartera del bolsillo del pantalón. Clara lo observó mientras se lo ponía, los dedos ágiles, el pene grueso y duro. Cuando volvió hacia ella, lo guió hacia su interior, gimiendo cuando la llenó por completo. — Joder, qué apretada estás —gimió él, comenzando a moverse. Clara envolvió las piernas alrededor de su cintura, atrayéndolo más profundo. Los movimientos fueron lentos al principio, pero pronto se volvieron más rápidos, más urgentes. El sofá crujía bajo ellos, el sonido mezclándose con los gemidos y la lluvia afuera. Clara sentía cada embestida como una ola de placer, su cuerpo respondiendo instintivamente al ritmo de él. — Más fuerte —pidió, clavando las uñas en su espalda. Él obedeció, acelerando el ritmo. Clara sintió el orgasmo acercarse, una presión deliciosa creciendo en su vientre. Cuando él cambió el ángulo, alcanzando un punto sensible, ella llegó al clímax con un grito, su cuerpo temblando bajo el de él. — Me corro —gimió él, sintiéndola apretarse a su alrededor—. Voy a correrme. — Córrete dentro de mí —susurró ella, atrayéndolo para un beso. Él se corrió con un gemido ronco, su cuerpo tensándose mientras se derramaba dentro de ella. Clara lo sostuvo con fuerza, sintiendo los espasmos de su placer, el calor del semen incluso a través del preservativo. Cuando él se desplomó sobre ella, los dos estaban jadeantes, los cuerpos cubiertos de sudor. Clara pasó los dedos por su cabello, sintiendo su corazón latir acelerado contra su pecho. — Esto fue... —empezó él, pero no terminó la frase. — ¿Inesperado? —completó ella, sonriendo. — Perfecto —respondió él, besándola suavemente. Clara cerró los ojos, sintiendo el peso de su cuerpo sobre el suyo. La lluvia seguía cayendo afuera, pero dentro del apartamento, el calor era otro. Un calor que no venía del aire acondicionado apagado, sino de los cuerpos entrelazados, de los gemidos ahogados, de la promesa de que esa noche no sería la última. Cuando él finalmente se apartó, recogiendo la ropa del suelo, Clara lo observó vestirse. Había algo triste en esos movimientos, como si supiera que, en cuanto saliera, la realidad volvería a imponerse. — ¿Volverás? —preguntó ella, envolviéndose en la sábana. Él la miró, los ojos verdes brillando—. Si pides una pizza en la próxima lluvia, vendré. Clara sonrió—. Entonces será mejor que empiece a desear tormentas. Él rio, un sonido ligero que resonó en el apartamento silencioso. Cuando la puerta se cerró tras él, Clara se quedó allí, escuchando el sonido de sus pasos alejándose por el pasillo. La lluvia seguía cayendo, pero ahora había algo nuevo en el aire. Algo que hacía latir su corazón más rápido, algo que la hacía desear que llegara pronto la próxima tormenta.

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