Habitación 1208: Una Noche sin Destino

Por Tonkix
Habitación 1208: Una Noche sin Destino
**Habitación 1208: Una Noche sin Destino** El vestíbulo del Grand Hotel Miramar olía a cuero envejecido y jazmín, una mezcla que se adhería a las paredes de mármol negro como un perfume demasiado caro para ser lavado. Lara cruzó el piso pulido con los tacones finos de sus escarpines golpeando un ritmo seco, cada paso resonando el agotamiento de doce horas de vuelo, tres conexiones perdidas y un retraso que había convertido su traje de lino impecable en un trapo arrugado. El aire acondicionado soplaba en su cuello, frío como una hoja, pero ella apenas lo sentía—su piel estaba entumecida, los músculos de la espalda anudados en tensiones que ningún spa del mundo podría deshacer esa noche. El recepcionista, un hombre de rostro anguloso y voz untuosa, deslizó la llave magnética sobre el mostrador con una sonrisa profesional. *«Habitación 1208, señorita Viana. Espero que su estancia sea… revitalizante»*. Lara tomó la tarjeta con dedos que temblaban levemente, no de frío, sino de una irritación contenida. Revitalizante. Como si una noche en un hotel cinco estrellas pudiera borrar el hecho de que había perdido la reunión más importante del trimestre, de que su jefe la había mirado con esa mezcla de lástima y decepción al teléfono, de que, por primera vez en cinco años, su carrera parecía deslizarse entre sus dedos como arena. No miró atrás mientras se dirigía a los ascensores. No vio los candelabros de cristal que goteaban luz dorada sobre los sofás de terciopelo, ni las palmeras en macetas que se balanceaban levemente con la brisa artificial. Su enfoque era el reflejo distorsionado en el metal pulido de las puertas del ascensor—una mujer de cabello castaño recogido en un moño severo, ojeras profundas bajo los ojos verdes, labios pintados de un rojo que ahora parecía demasiado agresivo para su rostro pálido. Lara soltó el aire lentamente, como si pudiera expulsar junto con él la tensión que le apretaba las costillas. El ascensor llegó con un *ding* suave, y ella entró, presionando el botón del duodécimo piso con más fuerza de la necesaria. --- Al otro lado del vestíbulo, sentado en un banco alto de cuero rojo, Daniel giraba el vaso de whisky entre los dedos, observando el líquido ámbar reflejar la luz ámbar de las lámparas. El bar del lobby era uno de esos lugares que existían para ser vistos, no para ser usados—muebles de diseño frío, música ambiental que nadie escuchaba, camareros que circulaban como sombras discretas. Pero a él le gustaba allí. Le gustaba la manera en que la gente entraba y salía, cada uno cargando sus propias historias, sus propios cansancios. Era como ver una película muda, solo que mejor, porque a veces, si prestabas atención, podías escuchar los diálogos que no decían. Daniel no era de beber mucho. Tres dedos de whisky eran suficientes para soltar la lengua sin embotar los sentidos. Y necesitaba los sentidos afilados esa noche. Había algo en el aire—una electricidad estática, como si el hotel estuviera conteniendo la respiración. Tal vez fuera el hecho de que, por primera vez en meses, no tenía un concierto programado, ningún contrato que firmar, ninguna groupie esperando en la habitación de al lado. Solo él, su guitarra en el estuche a sus pies, y la promesa de una noche sin destino. Fue entonces cuando ella pasó. Lara. La vio antes incluso de que entrara en su campo de visión—el sonido de los tacones en el mármol, primero, un *clack-clack* urgente que cortaba el murmullo de las conversaciones en el lobby. Después, el olor. No era perfume. Era algo más sutil, más íntimo: el aroma de una mujer que acababa de desembarcar de un avión, una mezcla de cuero de asiento de primera clase, café de aeropuerto y ese sudor leve, casi imperceptible, que viene después de horas de tensión. Cuando finalmente apareció, Daniel sintió el cuerpo reaccionar antes incluso de procesar la imagen—un calor en la nuca, un apretón en el pecho, como si alguien hubiera tirado de un hilo invisible entre ellos. Era alta, pero no tanto como las modelos que solían circular entre bastidores en sus conciertos. Llevaba un traje sastre que gritaba «ejecutiva exitosa», pero la chaqueta estaba abierta, la blusa ligeramente desaliñada, como si hubiera luchado contra la tela durante el vuelo. El cabello, recogido en un moño que parecía a punto de deshacerse, dejaba al descubierto la curva delicada del cuello, e Daniel imaginó cómo sería pasar los labios por allí, sentir el pulso acelerado bajo la piel. Tomó un sorbo de whisky, dejando que el líquido le quemara la garganta. No era del tipo que abordaba mujeres en el bar. No era del tipo que creía en el destino, en encuentros fortuitos, en ninguna de esas tonterías románticas que solían explorar las letras de sus canciones. Pero había algo en ella—algo en la forma en que se movía, como si llevara el peso del mundo sobre los hombros, pero aún así se negara a dejar que él viera cuánto dolía. El ascensor se cerró tras ella con un suspiro metálico. Daniel sonrió a su propio reflejo en el vaso. --- Lara apoyó la espalda contra la pared del ascensor, cerrando los ojos por un segundo. El metal frío alivió el ardor en su piel, pero no lo suficiente. Necesitaba una ducha. Necesitaba una cama. Necesitaba, sobre todo, que esa noche terminara. Las puertas comenzaron a cerrarse cuando una mano se interpuso entre ellas. *—Disculpe, ¿puede sujetarlo?* La voz era baja, ronca, con un acento que no logró identificar de inmediato. Lara abrió los ojos y se encontró con un hombre de camisa negra ligeramente abierta en el cuello, los primeros botones desabrochados revelando una cadena fina de plata. Tenía ojos castaños, casi dorados bajo la luz artificial, y una barba incipiente que le daba un aire de quien acababa de despertar de un sueño profundo—o de quien no había dormido en días. Vaciló un segundo antes de apretar el botón que mantenía las puertas abiertas. *—Claro.* El hombre entró con un movimiento de cabeza, cargando una guitarra en un estuche negro. *—Gracias. Estos ascensores son traicioneros.* Lara no respondió. Miró al frente, hacia los números que se encendían uno a uno en el panel, sintiendo el calor del cuerpo de él a su lado. Olía a jabón barato y humo de cigarrillo, una combinación extrañamente reconfortante. Cuando el ascensor se detuvo en el séptimo piso, sintió una punzada de decepción—como si, de alguna manera, hubiera esperado que él fuera hasta el duodécimo con ella. *—Buenas noches* —dijo él, saliendo con una media sonrisa. *—Buenas noches* —respondió ella, y las puertas se cerraron antes de que pudiera evitar mirar una última vez. El ascensor reanudó su ascenso, y Lara soltó el aire que ni siquiera había notado que estaba conteniendo. Su cuerpo aún zumbaba donde el brazo de él había rozado el suyo, un hormigueo leve que se extendía por el antebrazo, el hombro, hasta alojarse en la base de la nuca. Sacudió la cabeza, irritada consigo misma. Esa noche ya había sido demasiado larga. Y, sin embargo, cuando las puertas se abrieron en el duodécimo piso, no pudo evitar pensar que tal vez—solo tal vez—aún no había terminado. Lara presionó el botón del ascensor con más fuerza de la necesaria, como si la urgencia del gesto pudiera acelerar la llegada de la cabina. El pasillo del hotel olía a moqueta nueva y desinfectante de limón, un aroma artificial que se mezclaba con el cansancio acumulado en sus hombros. Apenas había quitado los zapatos de tacón al salir del taxi, y ahora sus pies latían en protesta contra el suelo frío de mármol. Las puertas del ascensor se abrieron con un *ding* suave, revelando un espacio vacío e iluminado por una luz amarillenta, casi íntima. Lara entró, aliviada por no tener que compartir el espacio con nadie más. Apretó el botón del duodécimo piso y se apoyó en la pared espejada, observando su reflejo—el cabello castaño, antes recogido en un moño impecable, ahora deshecho en mechones rebeldes; los ojos verdes marcados por ojeras discretas; la blusa de seda blanca, antes inmaculada, ahora arrugada por el cinturón de seguridad del avión. Fue entonces cuando escuchó pasos apresurados en el pasillo. Un hombre apareció en la entrada del ascensor, los dedos golpeando rápidamente el marco de la puerta para mantenerla abierta. Lara se enderezó instintivamente, como si su postura pudiera compensar el hecho de que estaba a punto de compartir un espacio diminuto con un desconocido. Él entró con un movimiento fluido, casi danzante, y apretó el botón del séptimo piso antes de que las puertas se cerraran. *—Disculpa* —dijo, la voz ronca, como si acabara de despertar o de cantar durante horas—. *No quería asustarte.* Lara negó con la cabeza, una sonrisa automática en los labios. *—Está bien. Yo tampoco soy muy buena con el timing.* El ascensor comenzó a subir, y el silencio entre ellos se extendió, denso como el aire antes de una tormenta. Ella sintió el peso de la mirada de él sobre sí antes incluso de girar el rostro. Cuando finalmente lo hizo, encontró ojos oscuros, casi negros, fijos en ella con una intensidad que la hizo contener la respiración. Tenía un rostro anguloso, marcado por una barba incipiente que le daba un aire de descuido seductor. Los labios, ligeramente entreabiertos, parecían hechos para sonrisas perezosas y palabras susurradas. *—Estás en el duodécimo* —comentó, como si eso lo explicara todo—. *¿Largo viaje?* *—Vuelo retrasado* —respondió ella, sorprendida por la facilidad con que las palabras salieron—. *¿Y tú?* *—Bar del lobby.* —Inclinó la cabeza, como si evaluara si ella merecía más explicaciones—. *A veces me gusta observar a la gente. Son más interesantes cuando creen que nadie las mira.* Lara rio, un sonido bajo e inesperado. *—¿Y qué has descubierto hoy?* *—Que las ejecutivas en viajes de negocios tienen una forma específica de sujetar el asa del bolso.* —Imitó el gesto, los dedos apretando un objeto imaginario con fuerza—. *Como si estuvieran listas para salir corriendo en cualquier momento.* Ella miró su propia mano, aún cerrada alrededor del asa del bolso, y rio de nuevo. *—Culpa del estrés.* *—O de la desconfianza.* —Dio un paso adelante, acortando la distancia entre ellos—. *¿Siempre viajas sola?* *—La mayoría de las veces.* —Lara sintió el calor subir por el cuello—. *¿Y tú?* *—Siempre.* —Su voz era suave, casi un murmullo—. *Pero hoy estoy empezando a pensar que tal vez no sea la mejor idea.* El ascensor se detuvo en el séptimo piso con un leve sacudón, y Lara contuvo la respiración. Él no se movió. En cambio, se inclinó ligeramente hacia atrás, como si se estuviera preparando para algo. *—Este es mi piso* —dijo, pero no hizo ademán de salir. *—Ah.* —Ella sintió el corazón latir más rápido—. *Buenas noches, entonces.* *—Buenas noches.* —Vaciló, los dedos rozando el marco de la puerta—. *Por cierto, me llamo Daniel.* *—Lara.* *—Mucho gusto, Lara.* —Su nombre sonó diferente en su boca, como si estuviera saboreando cada sílaba—. *Espero que tu noche sea… menos estresante que el vuelo.* Ella sonrió, sintiendo el peso de la insinuación. *—Yo también.* Las puertas comenzaron a cerrarse, y Lara extendió la mano instintivamente, como si quisiera detenerlas. Daniel rio, un sonido bajo y ronco, y dio un paso atrás. *—Hasta luego, ejecutiva.* *—Hasta luego.* Las puertas se cerraron, y Lara soltó el aire que ni siquiera había notado que estaba conteniendo. El ascensor reanudó su ascenso, pero ahora el espacio parecía más pequeño, como si el olor de él—jabón barato, humo de cigarrillo, algo más oscuro y masculino—aún estuviera allí, impregnado en el aire. Se tocó los labios con los dedos, como si pudiera guardar el eco de esa conversación. El duodécimo piso nunca había parecido tan lejos. Y, por primera vez esa noche, no tenía prisa por llegar. El ascensor la dejó en el duodécimo piso con un *ding* suave, como si el edificio también estuviera conteniendo la respiración. Lara caminó por el pasillo alfombrado, los tacones hundiéndose levemente en la tela espesa, mientras el olor a productos de limpieza y aire acondicionado reciclado se mezclaba con el rastro del perfume de Daniel—algo cítrico, con un fondo amaderado, que parecía haberse adherido a su piel. Pasó la mano por el brazo, como si aún pudiera sentir el calor de su roce en el ascensor, ese roce casual que no había sido nada casual. La habitación 1208 tenía una puerta pesada, de madera oscura, con una cerradura electrónica que parpadeó en verde en cuanto acercó la tarjeta. Dentro, la oscuridad era casi completa, rota solo por la luz azulada de los números del despertador y el brillo tenue de la ciudad afuera, filtrándose por las cortinas entreabiertas. Lara arrojó el bolso en el sofá de la esquina, se quitó los zapatos con un suspiro de alivio y fue directamente al minibar. Necesitaba algo fuerte. Algo que quemara. El whisky single malt estaba frío, pero lo sirvió puro, sin hielo, y bebió la mitad de un trago. El líquido bajó quemando, una línea de fuego que se extendió por el pecho y se alojó en el estómago, como si pudiera incinerar las últimas veinticuatro horas—el vuelo retrasado, la reunión cancelada, el cliente que la había tratado como si fuera una becaria incompetente. Cerró los ojos, sintiendo el alcohol hacer efecto casi de inmediato, una ola cálida que aflojó los músculos tensos de los hombros. Pero no era suficiente. Lara se quitó la chaqueta, dejándola caer sobre la cama, y desabotonó los primeros botones de la blusa. El aire acondicionado estaba fuerte, pero no le importó. Necesitaba movimiento, ruido, algo que no fuera el silencio hueco de la habitación. Tomó el teléfono y marcó el número del servicio a la habitación, pidiendo un segundo trago—un gin tonic esta vez, con mucho limón y una pizca de pimienta. *«Para cortar lo dulce»*, explicó a la recepcionista, que no pareció sorprendida. Mientras esperaba, se miró en el espejo del baño. El cabello castaño, normalmente impecable, estaba ligeramente deshecho, algunos mechones escapando del moño bajo. Los ojos verdes, siempre tan afilados, tenían un brillo diferente—algo entre el cansancio y una excitación que no quería nombrar. Pasó los dedos por las ojeras, como si pudiera borrarlas, y entonces se rio de sí misma. ¿A quién intentaba engañar? No era el sueño lo que la mantenía despierta. El toque en la puerta la hizo saltar. El camarero, un joven con una sonrisa profesional, entregó la bandeja con el vaso alto, lleno de hielo y una rodaja de limón flotando en la superficie. Lara agradeció, dio una generosa propina y cerró la puerta con el pie. El gin tonic estaba perfecto—frío, ácido, con ese toque picante que le hacía cosquillas en la nariz. Tomó un largo sorbo, sintiendo el sabor de la ginebra y el alcohol mezclándose en la lengua, y entonces decidió: no se quedaría allí. El bar del hotel era uno de esos lugares diseñados para parecer sofisticado sin ser pretencioso—luces doradas, sofás de cuero oscuro, una pared de botellas que reflejaban el brillo ámbar de las lámparas. Había poca gente a esa hora, solo algunos ejecutivos con el traje desabotonado y una pareja mayor que parecía estar celebrando algo, riendo demasiado alto. Lara eligió un taburete en la esquina de la barra, donde la luz era más tenue, y pidió un tercer trago—ahora un negroni, porque necesitaba algo amargo para equilibrar lo dulce que comenzaba a extenderse por su cuerpo. Fue entonces cuando lo vio. Daniel estaba sentado a unos taburetes de distancia, con un vaso de whisky en la mano y una sonrisa perezosa en el rostro. Llevaba una camisa negra, los primeros botones abiertos, y el cabello oscuro ligeramente despeinado, como si hubiera pasado la mano por él varias veces. Cuando sus ojos se encontraron, levantó el vaso en un brindis silencioso, y Lara sintió el calor subir por el cuello. *—Ejecutiva* —dijo, acercándose con la misma naturalidad de quien retoma una conversación interrumpida—. *No me digas que estás bebiendo sola.* *—¿Y si lo estoy?* —Lara levantó una ceja, girando el vaso entre los dedos. *—Entonces diría que es un desperdicio de un buen negroni.* —Se sentó en el taburete a su lado, tan cerca que podía sentir el calor de su cuerpo—. *Y también que estás perdiendo la oportunidad de escuchar una historia muy interesante.* *—Ah, ¿sí?* —Tomó un sorbo, dejando que el amargor de la bebida se mezclara con la sonrisa que amenazaba con escapar—. *¿Y cuál sería esa historia?* Daniel se inclinó un poco, como si fuera a compartir un secreto. *—La historia de cómo conocí a la mujer más hermosa del hotel esta noche, y cómo me dejó plantado en el ascensor sin siquiera decirme su nombre.* Lara rio, un sonido ligero que la sorprendió incluso a ella. Era la primera vez en días que reía de verdad, sin ese peso en el pecho. *—Eres ridículo.* *—Y tú estás evitando la pregunta.* —Señaló su vaso—. *¿Puedo?* Ella vaciló un segundo, pero luego empujó el negroni hacia él. Daniel tomó un sorbo, los ojos nunca dejando los suyos, y luego lamió los labios de una manera que hizo que Lara se removiera en el taburete. *—Bueno* —dijo, devolviendo el vaso—, *pero no tan bueno como sería el sabor de tu boca.* Lara casi se atraganta con su propia bebida. Él rio, un sonido bajo y ronco, y pidió al barman otro whisky. *—¿Siempre eres así?* —preguntó, intentando recuperar el control. *—¿Así cómo?* *—Tan… directo.* Daniel se encogió de hombros, como si la respuesta fuera obvia. *—La vida es corta. ¿Por qué perder el tiempo con rodeos?* *—Porque a veces la gente no está lista para escuchar la verdad.* *—¿Y tú lo estás?* —Se acercó aún más, la voz bajando a un susurro—. *¿Lista para escuchar que desde que te vi en el ascensor no he podido dejar de pensar en cómo sería besarte?* Lara sintió el corazón acelerarse. El bar de repente parecía más cálido, el aire más denso. Miró sus labios—llenos, ligeramente húmedos por el whisky—y luego sus ojos, oscuros y brillantes, como si supieran exactamente el efecto que estaban causando. *—Eres peligroso* —murmuró. *—Y a ti te gusta.* —Sonrió, lento y confiado—. *Puedo verlo en tus ojos.* Debería haber dicho que no. Debería haber terminado la bebida, pagado la cuenta y vuelto a su habitación. Pero en lugar de eso, Lara se inclinó hacia adelante, hasta que sus labios casi rozaron su oreja. *—Demuéstralo.* Daniel no vaciló. Tomó su rostro con una mano, los dedos cálidos contra su piel, y la besó. No fue un beso suave, de prueba—fue un beso hambriento, como si hubiera estado esperando por eso desde el ascensor. Lara sintió el sabor del whisky y de algo más dulce, algo que solo podía ser él, y gimió suavemente contra su boca. Cuando se separaron, ambos estaban jadeando. *—Eso* —dijo, la voz ronca— *fue mejor de lo que imaginé.* Lara rio, pero el sonido salió tembloroso. Pasó la lengua por los labios, como si pudiera guardar el sabor de él. *—¿Y ahora?* Daniel sonrió, esa sonrisa que prometía cosas que ella ni siquiera se atrevía a nombrar. *—Ahora decidimos si nos quedamos aquí, donde cualquiera puede vernos…* —pasó el pulgar por su labio inferior, lento, deliberado— *o si vamos a un lugar más privado.* Lara miró el vaso casi vacío, luego sus ojos. El bar de repente parecía demasiado pequeño, las paredes demasiado cercanas. Se levantó, sintiendo las piernas un poco inestables, y tomó su mano. *—Vamos.* El ascensor subió lentamente, como si el tiempo se hubiera estirado entre ellos. Lara apretó el botón del duodécimo piso con dedos que temblaban levemente, no de nerviosismo, sino de esa anticipación eléctrica que recorría su piel desde el momento en que Daniel entrelazó sus dedos con los suyos en el bar. El espejo opaco de las paredes reflejaba solo siluetas borrosas, pero ella sentía el peso de su mirada, cálida y persistente, como si pudiera desnudarla allí mismo, sin prisa. *—Estás callada* —murmuró, la voz baja, ronca, mientras se acercaba por detrás. Su aliento olía a whisky y menta, y ella sintió el calor de su cuerpo contra su espalda antes incluso de que la tocara. Un escalofrío recorrió su columna cuando sus labios rozaron la curva de su cuello, un beso ligero, casi imperceptible, pero suficiente para hacer que su corazón latiera más rápido. *—Estoy pensando* —respondió, la voz saliendo más entrecortada de lo que pretendía. *—¿En qué?* —Sus dedos se deslizaron por su cintura, atrayéndola contra sí. Lara sintió la firmeza de su deseo contra su espalda, y un gemido escapó de sus labios antes de que pudiera contenerlo. *—En lo loco que es esto* —admitió, girándose para mirarlo. El ascensor se detuvo con un suave sacudón, y las puertas se abrieron, revelando el pasillo vacío e iluminado por una luz ámbar—. *En lo poco que te conozco.* Daniel sonrió, esa sonrisa lenta y peligrosa que ella ya comenzaba a reconocer. *—A veces, la locura es lo único que tiene sentido* —dijo, atrayéndola fuera del ascensor. Las puertas se cerraron tras ellos con un clic suave, y el pasillo pareció encogerse a su alrededor, como si el mundo entero se hubiera reducido a ese momento, a ese espacio entre ellos. Lara no respondió. En cambio, lo llevó hasta la puerta de la habitación 1208, los dedos temblorosos mientras intentaba insertar la tarjeta magnética en la cerradura. Daniel no la apuró. En su lugar, se quedó detrás de ella, las manos apoyadas en la pared a cada lado de su cuerpo, aprisionándola sin tocarla. Sintió su calor contra su espalda, el olor de su piel mezclado con el perfume amaderado que usaba, y un escalofrío recorrió su cuerpo cuando sus labios rozaron el lóbulo de su oreja. *—Déjame ayudar* —susurró, y sus dedos cubrieron los suyos, guiando la tarjeta hasta que la luz verde parpadeó y la puerta se abrió con un clic. La habitación estaba sumida en penumbra, iluminada solo por la luz tenue que provenía de la ciudad a través de las cortinas entreabiertas. Lara entró primero, sintiendo la alfombra suave bajo sus pies descalzos—había dejado los zapatos en el bar, sin siquiera darse cuenta. Daniel cerró la puerta tras de sí y, por un momento, solo se quedaron allí, quietos, mirándose como si estuvieran memorizando cada detalle. Entonces, Lara se acercó a él, despacio, como si se moviera bajo el agua. Sus dedos encontraron el cuello de su camisa, atrayéndolo más cerca, y cuando sus labios se encontraron de nuevo, no hubo más vacilación. El beso fue profundo, hambriento, como si ambos intentaran devorarse el uno al otro. Daniel la empujó contra la pared junto a la puerta, las manos deslizándose por sus caderas, apretándola contra sí mientras su lengua exploraba su boca con una urgencia que hacía flaquear sus piernas. *—Joder* —murmuró contra sus labios, la voz ronca—. *¿Tienes idea de lo que me haces?* Lara rio, un sonido bajo y entrecortado, mientras sus manos bajaban por su pecho, sintiendo los músculos definidos bajo la camisa. *—Creo que tengo una idea* —respondió, sacando su camisa de los pantalones con movimientos rápidos e impacientes. Los botones se abrieron uno a uno, revelando la piel bronceada y los contornos firmes de su abdomen. Pasó la punta de los dedos por su pecho, sintiendo el corazón latir con fuerza bajo su palma. Daniel gimió cuando ella inclinó la cabeza y pasó la lengua por su pezón, mordisqueando suavemente antes de continuar su exploración. Sus manos se enredaron en su cabello, atrayéndola más cerca, mientras ella bajaba, besando cada centímetro de piel expuesta, sintiendo el sabor salado y el olor masculino que emanaba de él. *—Lara* —susurró, su nombre sonando como una plegaria—. *Si sigues así, no voy a durar.* Ella sonrió contra su piel, los labios rozando su ombligo mientras sus manos bajaban hacia su cinturón. *—¿Quién dijo que quiero que dure?* Daniel soltó un gemido ronco cuando ella abrió la cremallera de su pantalón y envolvió su miembro con la mano, sintiendo el pulso cálido y firme bajo sus dedos. Estaba duro, listo, y el simple acto de tocarlo hizo que un calor líquido se extendiera entre sus piernas. Lara lo acarició lentamente, explorando cada centímetro, mientras él se apoyaba en la pared con una mano, la otra aún enredada en su cabello, atrayéndola más cerca con cada movimiento. *—Eres peligrosa* —murmuró, los ojos oscuros fijos en ella mientras se arrodillaba frente a él. *—Todavía no has visto nada* —respondió, antes de llevarlo a su boca. Daniel soltó un sonido gutural cuando ella lo envolvió con los labios, la lengua deslizándose a lo largo de su longitud en movimientos lentos y deliberados. Era grande, y lo tomó despacio, sintiéndolo palpitar en su boca mientras sus manos se enredaban en su cabello con más fuerza. A Lara le gustaba el control que tenía en ese momento, la manera en que él temblaba bajo su toque, la forma en que sus gemidos llenaban la silenciosa habitación. *—Mierda* —gimió, atrayéndola hacia arriba antes de que pudiera llevarlo al límite—. *Te quiero. Ahora.* Lara no discutió. En cambio, dejó que la levantara, las manos fuertes sosteniéndola por los muslos mientras la llevaba hasta la cama. Cayó de espaldas sobre el colchón suave, y Daniel se posicionó entre sus piernas, los ojos ardiendo de deseo mientras la observaba. Le subió el vestido, exponiendo su tanga de encaje negro, y pasó los dedos por el borde de la tela, provocándola. *—Eres hermosa* —murmuró, inclinándose para besar la parte interna de su muslo—. *Cada centímetro tuyo.* Lara arqueó la espalda cuando sus labios encontraron la piel sensible, besando y mordisqueando lentamente, mientras sus manos se deslizaban hacia abajo, apartando la tanga. Estaba mojada, lista, y cuando su lengua la tocó por primera vez, un gemido escapó de sus labios. *—Daniel* —susurró, las manos enredándose en las sábanas mientras él la exploraba con la boca, lento y deliberado. Sabía exactamente lo que estaba haciendo, cada movimiento calculado para llevarla al borde del abismo antes de retroceder, dejándola jadeante y desesperada. *—¿Qué quieres?* —preguntó, levantando los ojos hacia ella mientras sus dedos la penetraban lentamente, sintiendo cómo se contraía alrededor de ellos. *—A ti* —respondió, la voz temblorosa—. *Dentro de mí. Ahora.* Daniel no necesitó que se lo dijeran dos veces. Se levantó, quitándose los pantalones y los calzoncillos con movimientos rápidos, antes de posicionarse entre sus piernas. Lara lo observó, los ojos oscuros de deseo, mientras tomaba un condón de su billetera y lo colocaba con manos firmes. Luego, se inclinó sobre ella, sus labios encontrando los suyos en un beso profundo mientras se posicionaba en su entrada. *—Mírame* —pidió, la voz ronca. Lara obedeció, los ojos fijos en los suyos mientras la penetraba lentamente, centímetro a centímetro, llenándola de una manera que hacía temblar todo su cuerpo. Gimió cuando se detuvo, dándole un momento para adaptarse, antes de comenzar a moverse, lento al principio, pero ganando velocidad a medida que el placer crecía entre ellos. *—Joder, Lara* —gimió, las manos sujetando sus caderas con fuerza mientras aumentaba el ritmo—. *Eres tan deliciosa.* Ella no respondió. En cambio, envolvió las piernas alrededor de su cintura, atrayéndolo más cerca, sintiéndolo más profundo con cada embestida. La habitación se llenó con el sonido de sus cuerpos encontrándose, de gemidos y suspiros, mientras el placer crecía dentro de ella, una ola que amenazaba con consumirla por completo. Daniel se inclinó para besarla de nuevo, la lengua explorando su boca mientras sus manos se deslizaban hacia abajo, encontrando el punto sensible entre sus piernas. Lara gritó cuando la tocó, el placer intensificándose con cada movimiento, hasta que ya no pudo contenerse. *—Daniel* —gimió, el cuerpo entero temblando mientras el orgasmo la atravesaba con fuerza, haciéndola arquear la espalda y apretarlo con fuerza. Él no se detuvo. En cambio, siguió moviéndose, prolongando su placer mientras buscaba el suyo. Lara sintió cuando llegó al límite, su cuerpo tensándose mientras la penetraba con más fuerza, antes de soltar un gemido ronco y desplomarse sobre ella. Por un momento, se quedaron allí, jadeantes, los cuerpos entrelazados, el sudor mezclándose con la piel del otro. Lara pasó los dedos por su espalda, sintiendo los músculos temblar bajo su toque, mientras él enterraba el rostro en su cuello, respirando hondo. *—Eso* —murmuró, la voz ahogada— *fue mucho mejor de lo que imaginé.* Lara rio, un sonido suave y satisfecho, mientras lo abrazaba con más fuerza. *—Todavía no ha terminado* —susurró, los labios rozando su oreja. Daniel levantó la cabeza, los ojos oscuros brillando con una nueva ola de deseo. *—¿No?* *—No* —respondió, atrayéndolo más cerca—. *La noche aún es larga.* Daniel no necesitó más incentivo. Con un movimiento fluido, la hizo rodar hacia un lado, llevándola consigo, hasta que ella quedó encima de él, las rodillas hundiéndose en el colchón suave, sus manos ahora libres para explorar cada curva de su cuerpo. La luz tenue de la lámpara proyectaba sombras doradas sobre su piel, destacando el brillo del sudor que ya comenzaba a formarse entre sus senos, en la curva de su cintura, en la línea de sus caderas. *—Eres hermosa así* —murmuró, los dedos trazando círculos lentos en la parte interna de sus muslos, haciéndola arquear la espalda—. *Toda abierta, toda mía.* Lara mordió su labio inferior, sintiendo el peso de su mirada sobre ella, la manera en que la observaba como si fuera lo más preciado que hubiera visto. Había algo liberador en estar allí, desnuda, expuesta, sin vergüenza, sin reservas. Se inclinó hacia adelante, apoyando las manos en su pecho, sintiendo el ritmo acelerado de su corazón bajo la palma. *—Y tú* —susurró, rozando sus labios contra su cuello, sintiendo el sabor salado de su piel— *eres mucho más de lo que esperaba.* Daniel rio, un sonido bajo y ronco, mientras sus manos se deslizaban hacia sus nalgas, apretando con firmeza. *—Entonces muéstrame qué más quieres* —desafió, los pulgares trazando líneas peligrosas cerca del centro de su placer. Lara no vaciló. Se levantó un poco, guiándolo dentro de sí con una lentitud deliberada, sintiendo cada centímetro de él llenándola, estirándola, hasta que estuvieron completamente unidos. Un gemido escapó de sus labios, largo y tembloroso, mientras comenzaba a moverse, primero despacio, luego con más confianza, encontrando un ritmo que los hacía jadear a ambos. Daniel sujetó sus caderas, ayudándola a mantener el control, pero dejando que ella marcara el ritmo. Sus ojos nunca dejaron los de ella, incluso cuando la respiración se volvió más pesada, más urgente. Lara sintió cada movimiento como una ola de placer, cada vez más intensa, cada vez más profunda. Se inclinó hacia atrás, apoyando las manos en sus muslos, cambiando el ángulo, y fue como si una corriente eléctrica la atravesara. *—Ah, Dios* —gimió, los dedos clavándose en su piel—. *Así… así…* Daniel no necesitó más instrucciones. Se sentó, envolviéndola con los brazos, atrayéndola más cerca, mientras su boca encontraba uno de sus pezones, succionando con fuerza. Lara gritó, el placer mezclándose con el leve dolor, pero delicioso, y aceleró los movimientos, persiguiendo el clímax que ya comenzaba a formarse en el fondo de su vientre. *—Córrete para mí* —ordenó, la voz ronca, mientras una de sus manos se deslizaba entre sus cuerpos, encontrando el punto exacto que la haría perder el control. Lara no pudo resistirse. El orgasmo la golpeó como una ola, rompiendo sobre ella en espasmos violentos, haciéndola temblar mientras gritaba su nombre, los músculos internos apretándolo con fuerza. Daniel gimió, sintiendo su cuerpo contraerse alrededor del suyo, pero no se detuvo. La sostuvo con firmeza, continuando moviéndose dentro de ella, prolongando el placer hasta que quedó laxa, sin aliento, los labios entreabiertos en un suspiro satisfecho. *—Todavía no* —murmuró, besándola con una urgencia renovada—. *Todavía no ha terminado.* Lara apenas tuvo tiempo de recuperar el aliento antes de que la volteara de espaldas, atrayéndola hacia el borde de la cama, las piernas colgando hacia afuera. Se arrodilló en el suelo, atrayéndola más cerca, hasta que sus caderas quedaron alineadas con su boca. Lara abrió los ojos, una protesta ya formándose en sus labios, pero él no le dio oportunidad. *—Confía en mí* —dijo, los ojos oscuros fijos en los suyos mientras sus labios rozaban la parte interna de su muslo. Lara tragó saliva, el corazón latiendo tan fuerte que podía sentirlo en la garganta. Nunca había dejado que nadie hiciera eso antes, nunca se había sentido tan vulnerable, tan expuesta. Pero había algo en la manera en que la miraba, como si ella fuera lo único que importaba, que la hizo asentir, aunque con vacilación. Daniel no perdió tiempo. La primera lamida fue lenta, deliberada, trazando una línea caliente y húmeda desde su entrada hasta el punto más sensible. Lara arqueó la espalda, un gemido escapando de sus labios mientras sus dedos se enredaban en las sábanas. Él no tenía prisa, explorando cada pliegue, cada centímetro, como si estuviera memorizando su sabor, su textura, la manera en que reaccionaba a cada toque. *—Joder* —gimió, las piernas temblando mientras aumentaba la presión, su lengua trabajando en círculos lentos, luego rápidos, luego lentos de nuevo, como si estuviera jugando con ella, probando sus límites. Daniel sujetó sus muslos con firmeza, manteniéndola en su lugar mientras su boca la devoraba, los labios succionando, la lengua penetrando, hasta que Lara se retorcía, las caderas moviéndose por cuenta propia, buscando más, siempre más. Nunca había sentido nada así antes, una sensación tan intensa que rozaba el dolor, pero era demasiado buena para detenerse. *—Daniel… voy a…* —logró decir, la voz entrecortada, las uñas clavándose en su piel. Él no se detuvo. En cambio, aumentó el ritmo, su lengua ahora trabajando al unísono con sus dedos, que se deslizaron dentro de ella, curvándose en el ángulo perfecto. Lara gritó, el cuerpo entero contrayéndose mientras otro orgasmo la atravesaba, más fuerte que el anterior, dejándola sin aire, sin fuerzas, completamente a su merced. Daniel se levantó, los labios brillantes, los ojos oscuros llenos de satisfacción. Se inclinó sobre ella, besándola con fuerza, dejándola probar su propio sabor en su lengua. Lara gimió contra su boca, los brazos envolviendo su cuello, atrayéndolo más cerca. *—Eres increíble* —murmuró, la voz ronca, mientras su mano se deslizaba entre sus cuerpos, guiándose de vuelta dentro de ella. Lara gimió cuando la llenó de nuevo, sus movimientos ahora más lentos, más profundos, como si quisiera saborear cada segundo. Envolvió las piernas alrededor de su cintura, atrayéndolo más cerca, sintiendo cada embestida como una promesa. *—Más* —susurró, los labios rozando su oreja—. *Más fuerte.* Daniel no necesitó más incentivo. La volteó de lado, levantando una de sus piernas, cambiando el ángulo de nuevo, y Lara sintió como si estuviera tocando lugares dentro de ella que nunca antes habían sido alcanzados. Sus gemidos se volvieron más fuertes, más urgentes, mientras la llevaba cada vez más cerca del límite. *—Córrete conmigo* —ordenó, la voz tensa, los dedos encontrando su clítoris una vez más. Lara no pudo resistirse. El placer la golpeó como una explosión, haciéndola gritar mientras su cuerpo se contraía alrededor de él, arrastrándolo al abismo junto con ella. Daniel gimió, el cuerpo entero tensándose mientras se derramaba dentro de ella, los movimientos volviéndose más lentos, más suaves, hasta que ambos quedaron inmóviles, jadeantes, los cuerpos aún unidos. Por un largo momento, ninguno de los dos habló. Lara sintió el corazón de él latiendo contra su pecho, el sudor de ambos mezclándose, el calor de sus cuerpos aún palpitando. Pasó los dedos por su cabello, sintiendo la humedad en su nuca, mientras él enterraba el rostro en su cuello, respirando hondo. *—Eso* —murmuró, la voz ahogada— *fue incluso mejor de lo que imaginé.* Lara rio, un sonido suave y satisfecho, mientras lo abrazaba con más fuerza. *—Todavía no ha terminado* —susurró, los labios rozando su oreja. Daniel levantó la cabeza, los ojos oscuros brillando con una nueva ola de deseo. *—¿No?* *—No* —respondió, atrayéndolo más cerca—. *La noche aún es larga.* Y mientras los primeros rayos de sol comenzaban a filtrarse por las cortinas de la habitación 1208, ninguno de los dos tenía la menor intención de dormir. El primer rayo de sol no fue una advertencia, sino una invasión. Una línea dorada y terca que se arrastró por la alfombra, subió por el borde de la cama deshecha y se posó, como un dedo curioso, sobre la piel de Lara. Ella parpadeó, las pestañas pegadas por el sueño y el sudor de la noche anterior, y sintió el peso del cuerpo de Daniel aún sobre el suyo—ya no en el ritmo frenético de los últimos encuentros, sino ahora inmóvil, como si el tiempo hubiera decidido dar una tregua. Él respiraba despacio, el aliento cálido contra su hombro, los brazos aún enredados en su cintura como si temiera que, al soltarla, ella se disolviera en el aire. Lara movió los dedos lentamente, trazando círculos perezosos en su espalda. La piel allí era suave, marcada por pequeñas cicatrices—una línea fina cerca del hombro, tal vez de una caída de bicicleta en la infancia; otra, más profunda, cerca de las costillas, que no había tenido tiempo de preguntar. Daniel murmuró algo incomprensible y se acurrucó más, la cadera presionando la suya de una manera que hizo que un escalofrío recorriera su columna. —Estás despierto —dijo, la voz ronca por el sueño y por horas de gemidos ahogados contra la almohada. —No —refunfuñó, pero la sonrisa contra su piel lo delató—. Todavía estoy soñando. —¿Soñando con qué? —Con una mujer que me despertó en medio de la noche solo para decirme que no lo estaba haciendo bien. Lara soltó una risa baja, los dedos deslizándose hacia su cabello. —¿Y lo estabas? —Claro que no. —Levantó la cabeza, los ojos entrecerrados contra la luz que ahora inundaba la habitación—. Pero mejoré. —Mejoraste mucho —asintió, atrayéndolo para un beso lento, perezoso, como si tuvieran todo el tiempo del mundo. Sus labios sabían a whisky y a algo más dulce, algo que no podía nombrar. Tal vez fuera el sabor de la noche que quedaba atrás. Cuando se separaron, Daniel apoyó el mentón en su pecho, observándola con una intensidad que la hizo sentir expuesta, incluso después de todo lo que habían compartido. —Tienes que irte —dijo, antes de que él pudiera hablar. No era una pregunta, ni una orden. Solo una constatación. —Ya lo sé. —No se movió—. Pero no quiero. —Yo tampoco. Un silencio se instaló entre ellos, cargado de cosas no dichas. La habitación olía a sexo y a sudor, a sábanas arrugadas y a perfume caro mezclado con el aroma terroso de su piel. Lara cerró los ojos por un instante, dejando que la realidad se asentara a su alrededor: el ruido amortiguado de un carrito de servicio pasando por el pasillo, el zumbido del aire acondicionado, el peso de su cuerpo sobre el suyo. Era real. Y, al mismo tiempo, ya parecía un sueño. —¿Qué vas a hacer hoy? —preguntó Daniel, rompiendo el silencio. —Tomar un taxi al aeropuerto. Vuelo a São Paulo en tres horas. —¿Negocios? —Siempre. —Suspiró—. ¿Y tú? —Ensayo con la banda por la tarde. Después, probablemente, beber hasta olvidar que esta noche terminó. Lara rio, pero había una punzada de tristeza en el sonido. —No vas a olvidar. —No. —Se apoyó en los codos, mirándola con una seriedad que la hizo contener la respiración—. Ni tú tampoco. Ella no respondió. No era necesario. En cambio, extendió la mano y tocó su rostro, los dedos trazando la línea de su mandíbula, la barba incipiente que raspaba suavemente. Daniel giró el rostro y besó la palma de su mano, los labios cálidos y suaves. —Debería irme —murmuró, pero no hizo ademán de levantarse. —Deberías. —Sé que debería. Pero no puedo. —Yo sé. Se quedaron así unos minutos más, solo mirándose, como si estuvieran tratando de memorizar cada detalle—la forma de los ojos del otro, la curva de los labios, la manera en que la luz de la mañana pintaba sombras en sus rostros. Lara sentía el corazón latir despacio, como si supiera que algo estaba terminando, aunque ella no quisiera admitirlo. Finalmente, Daniel se apartó, rodando hacia un lado con un gemido. El aire frío de la habitación golpeó su piel donde antes estaba su cuerpo, y Lara se cubrió con la sábana hasta los hombros, de repente consciente de su desnudez. Él se sentó en el borde de la cama, los pies descalzos sobre la alfombra, y se pasó las manos por el rostro, como si intentara despertar de verdad. —Voy a ducharme —dijo, mirándola por encima del hombro—. ¿Vienes? Lara vaciló. Parte de ella quería decir que sí, quería dejar que el agua caliente lavara el sudor y el cansancio, quería sentir sus manos enjabonando su espalda, sus labios besando su cuello mientras el vapor los envolvía. Pero otra parte, la parte que sabía que la noche tenía que terminar, negó con la cabeza. —Ya me duché. Anoche. —Forzó una sonrisa—. Antes de que llegaras. Daniel asintió, como si entendiera. Se levantó y caminó hacia la silla donde estaba su ropa, tomando primero los jeans. Lara observó los músculos de su espalda moverse mientras se vestía, la manera en que sus hombros se contraían al ponerse la camiseta. Era injusto que alguien fuera tan guapo después de una noche como esa. Cuando terminó, se sentó en la cama de nuevo, esta vez frente a ella. Sacó el celular del bolsillo y escribió algo rápidamente antes de tendérselo. —Mi número —dijo—. Por si algún día pasas por Porto Alegre. Lara tomó el teléfono, los dedos rozando los suyos. El contacto fue breve, pero suficiente para hacer que su estómago se contrajera. Guardó el número y le devolvió el celular, luego se inclinó para tomar su bolso de la mesa de noche. De dentro, sacó una tarjeta de visita—blanca, con letras negras elegantes: *Lara Mendes, Directora de Marketing, Grupo Vanguard*. —Por si necesitas una excusa para ir a São Paulo —dijo, entregándosela. Daniel tomó la tarjeta, los dedos rozando los suyos a propósito esta vez. —La guardaré con cariño —murmuró, y ella no supo si estaba bromeando o no. Entonces, se levantó. Lara hizo lo mismo, envolviéndose en la sábana mientras caminaba hacia la puerta. Daniel se detuvo frente a ella, los ojos recorriendo su rostro como si estuviera tratando de grabar cada detalle. —No quiero que esto sea un adiós —dijo, la voz baja. —No lo es —respondió, aunque sabía que era una mentira. Él sonrió, una sonrisa triste y hermosa, y se inclinó para besarla. Fue un beso diferente a los otros—lento, casi reverente, como si estuviera tratando de guardar su sabor para más tarde. Lara cerró los ojos y se dejó llevar, los dedos enredándose en su cabello una última vez. Cuando se separaron, Daniel apoyó la frente contra la suya. —Si cambias de opinión sobre la ducha… —Yo no lo haré. Él rio, un sonido suave y resignado. —Lo sé. Entonces, se apartó, abrió la puerta y dio un paso hacia afuera. Lara se quedó parada en el umbral, la sábana aún enrollada en su cuerpo, observando mientras caminaba por el pasillo. Él no miró atrás. No era necesario. La puerta se cerró con un clic suave. Lara se quedó allí un momento, escuchando el sonido de sus pasos alejándose, el ruido del ascensor llegando, las puertas abriéndose y cerrándose. Luego, volvió a entrar en la habitación y se apoyó en la puerta, dejando caer la sábana al suelo. La habitación estaba exactamente como la habían dejado—cortinas entreabiertas, cama deshecha, botellas vacías de agua mineral sobre la mesa de noche. Caminó hasta la ventana y abrió las cortinas por completo, dejando que la luz del sol inundara el espacio. Afuera, la ciudad ya despertaba, coches tocando el claxon, gente caminando apresurada por las aceras, el mundo siguiendo adelante como si nada hubiera pasado. Pero algo había pasado. Lara respiró hondo y se giró, tomando la tarjeta de Daniel de la mesa. Pasó los dedos sobre el número escrito a mano, sintiendo la tinta ligeramente irregular, como si hubiera presionado el bolígrafo con más fuerza de la necesaria. Luego, la guardó en su bolso, junto a su propia tarjeta, que ahora parecía llevar un peso diferente. No sabía si lo llamaría. No sabía si él la llamaría. Pero, por ahora, eso no importaba. Lo que importaba era que, por una noche, se habían perdido el uno en el otro de una manera que ni el tiempo ni la distancia podrían borrar. Y eso, pensó mientras se dirigía al baño para una ducha de verdad, ya era más de lo que la mayoría de la gente tenía.

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