Habitación 1204: Una Noche sin Destino

Por Tonkix
Habitación 1204: Una Noche sin Destino
**Habitación 1204: Una Noche sin Destino** El vestíbulo del *Grand Hotel Excelsior* respiraba el mismo aire acondicionado de siempre, ese frescor artificial que prometía alivio a los cuerpos exhaustos, pero que, en realidad, solo disfrazaba el peso del día. Las luces doradas de las lámparas de cristal se reflejaban en el mármol pulido del suelo, creando un juego de sombras y brillos que danzaba bajo los pasos apresurados de los huéspedes. El murmullo de las conversaciones en voz baja, el tintineo ocasional de copas en el bar a la izquierda, el aroma suave de jazmín mezclado con el olor terroso del café recién hecho—todo contribuía a la ilusión de un refugio, un lugar donde el mundo exterior dejaba de existir. Clara ajustó la correa del bolso de cuero italiano en su hombro, los dedos aún hormigueando por el contacto prolongado con el volante del taxi. El tráfico de São Paulo había sido implacable, como siempre, y las tres reuniones consecutivas habían dejado una fina capa de cansancio sobre su piel, ese agotamiento que no se resolvía con un baño o una noche de sueño, sino que se filtraba en los huesos. Pasó la mano por su cabello oscuro, recogido en un moño bajo e impecable, y sintió el peso de los aretes de perla en las orejas—pequeños detalles que la mantenían anclada a la versión de sí misma que presentaba al mundo. La ejecutiva. La mujer que no vacilaba, que no se equivocaba, que convertía cada palabra en una moneda de cambio. El recepcionista, un joven de ojos atentos y sonrisa profesional, tecleó algo en la computadora antes de levantar la mirada. — Buenas noches, señora Vasconcelos. Su habitación está lista, como solicitó. La 1204. — Gracias, Rodrigo. — Su voz era baja, controlada, pero no fría. Había un calor allí, contenido, como si cada sílaba fuera calculada para no revelar más de lo necesario. — El ascensor privado está a su disposición, o prefiere subir por la zona común. Clara dudó por un segundo. El ascensor privado era tentador—sin paradas, sin miradas curiosas, sin la posibilidad de tropezar con alguien conocido. Pero algo en ella, quizás el cansancio, quizás la necesidad de sentirse parte del mundo unos minutos más, la hizo negar con la cabeza. — Iré por la zona común. Gracias. Rodrigo asintió y le entregó la tarjeta magnética, los dedos rozando levemente los suyos. Un toque breve, casi imperceptible, pero suficiente para que Clara registrara la textura lisa del plástico y el leve hormigueo que recorrió su mano. Se alejó antes de poder pensar demasiado en el gesto, los tacones altos resonando en el mármol mientras se dirigía a los ascensores. Al otro lado del vestíbulo, Daniel observaba la escena con una sonrisa perezosa, como si el mundo fuera una película que veía con interés moderado. Había llegado hacía diez minutos, tiempo suficiente para dejar su mochila de lona en el mostrador de recepción y cambiar algunas palabras con la empleada, una mujer de cabello rojizo y risa fácil. No era su primera vez en ese hotel—de hecho, ya conocía a la mitad del personal por su nombre—, pero había algo diferente esa noche. Quizás fuera la forma en que la luz de la lámpara incidía sobre el mostrador, o el aroma a lavanda que provenía de los arreglos florales, o simplemente el hecho de que, por primera vez en meses, no tenía ningún compromiso al día siguiente. — Daniel Costa, habitación 1210 — dijo la recepcionista, entregándole la llave con una sonrisa que sugería más que profesionalismo. — Espero que le guste la vista. — Ah, siempre me gusta la vista — respondió él, guiñando un ojo. La mujer rio, y Daniel se alejó antes de que pudiera malinterpretar el comentario. Ajustó la correa de la mochila en su hombro, los músculos de los brazos moviéndose bajo la camisa de lino ligeramente arrugada. La tela clara contrastaba con su piel bronceada, marcada por pequeñas cicatrices—una en el antebrazo izquierdo, otra cerca de la clavícula—, recuerdos de viajes, de obras en construcción, de noches en las que el cansancio lo hacía olvidar tener cuidado. El cabello castaño, un poco más largo de lo convencional, caía en ondas desordenadas sobre su frente, y la barba de varios días le daba un aire de quien no se preocupaba por las reglas, pero que, de alguna manera, siempre lograba salir airoso de ellas. Los ascensores estaban casi vacíos cuando entró, pero el espacio parecía más pequeño de lo habitual. Quizás fuera el reflejo de las puertas espejadas, que multiplicaban la imagen de su cuerpo alto y esbelto, o quizás fuera el perfume que flotaba en el aire—algo floral, con un toque de vainilla, que no le pertenecía. Inhaló profundamente, sintiendo el aroma mezclarse con el olor a cuero de la mochila y el leve sudor que aún persistía en su piel, a pesar de la ducha rápida en el aeropuerto. Las puertas comenzaron a cerrarse, pero un movimiento rápido de manos las detuvo. Una mujer entró, y el espacio pareció encogerse aún más. Clara. Ella no lo miró de inmediato, pero Daniel la reconoció al instante. No por la ropa—aunque el traje sastre gris, impecable, y la blusa de seda crema fueran inconfundibles—, sino por la postura. La forma en que se mantenía erguida, como si una línea invisible la jalara hacia arriba, como si el mundo entero fuera un escenario y ella, la única actriz que conocía su papel de memoria. Sus ojos, oscuros y profundos, se fijaron en el panel de los pisos, como si la simple presencia de otra persona en el ascensor fuera un detalle irrelevante. Daniel sonrió para sí mismo. Le encantaban las mujeres así. Las que fingían indiferencia, las que se escondían tras capas de profesionalismo, las que, en el fondo, estaban tan hambrientas de algo real como él. — Buenas noches — dijo él, la voz baja, pero no susurrada. Clara giró el rostro lentamente, como si cada movimiento requiriera un esfuerzo calculado. Sus ojos se encontraron con los de él, y por un segundo, Daniel tuvo la impresión de que ella lo evaluaba, lo pesaba, decidía si valía la pena responder. Entonces, una sonrisa casi imperceptible curvó sus labios. — Buenas noches. El ascensor comenzó a subir, y el silencio entre ellos se extendió, lleno solo por el zumbido suave del motor y el leve crujido de los cables. Daniel observó a Clara por el rabillo del ojo, notando la manera en que sostenía el bolso con ambas manos, como si fuera un salvavidas, y cómo los dedos, largos y bien cuidados, apretaban levemente el cuero. Había algo vulnerable allí, algo que ella no mostraba al mundo. Se preguntó qué pasaría si extendiera la mano y tocara el dorso de la suya, solo para ver si retrocedía. Pero no lo hizo. En cambio, se inclinó ligeramente hacia atrás, apoyándose en la pared del ascensor, y cruzó los brazos. — ¿Acaba de llegar? — preguntó, como si la conversación fuera lo más natural del mundo. Clara dudó, pero respondió. — Sí. Después de un día… largo. — Yo también. — Daniel sonrió. — ¿Reuniones? — Entre otras cosas. — Ah, las *otras cosas*. Siempre las peores. Ella casi sonrió. Casi. Pero el ascensor se detuvo en el duodécimo piso, y las puertas se abrieron con un *ding* suave. Daniel hizo un gesto para que ella saliera primero, y Clara pasó junto a él, su perfume—ese mismo, floral y dulce—quedándose en el aire como una promesa. Él la siguió, los pasos silenciosos sobre la gruesa alfombra del pasillo. — ¿Cuál es su habitación? — preguntó él, aunque ya sabía que estaría cerca de la suya. — 1204. — Yo estoy en la 1210. — Señaló hacia el final del pasillo, donde un letrero indicaba la dirección de las habitaciones. — Vecinos. Clara asintió, pero no dijo nada. Sus tacones resonaban en el suelo en un ritmo constante, y Daniel la acompañó, sintiendo el peso de esa proximidad. El pasillo era estrecho, iluminado por luces indirectas que creaban un juego de sombras en las paredes beige. Había algo íntimo en ese espacio, como si el mundo exterior hubiera dejado de existir en el momento en que las puertas del ascensor se cerraron. Se detuvieron frente a su habitación. Clara sacó la tarjeta magnética del bolso con movimientos precisos, pero los dedos le temblaban levemente. Daniel observó, fascinado, mientras intentaba insertar la tarjeta en la cerradura. El primer intento falló. El segundo también. — Déjame ayudarte — ofreció él, extendiendo la mano. — No es necesario — respondió ella, demasiado rápido. Pero la tarjeta no entraba. Y entonces, sin que pudiera evitarlo, la punta de sus dedos rozó los de ella cuando tomó la tarjeta de su mano. Un toque breve, casi accidental, pero suficiente para que ambos sintieran el calor que se extendía entre ellos. — A veces son tercos — murmuró Daniel, girando la tarjeta en la dirección correcta. La luz verde parpadeó, y la puerta se abrió con un clic suave. Clara no se movió. Miró a Daniel, los ojos oscuros ahora más abiertos, como si estuviera sorprendida por su propia reacción al contacto. Daniel sostuvo su mirada, sintiendo el peso de esa conexión silenciosa. Podría haberse despedido allí. Podría haberle deseado buenas noches y seguido hacia su habitación. Pero algo lo detuvo. — ¿Vas a tomar algo en el bar? — preguntó él, la voz baja, casi casual. Ella dudó. Por un segundo, pensó que diría que no. Que retrocedería, como siempre lo hacía, hacia la seguridad de la habitación, del silencio, de la soledad elegida. Pero entonces, respiró hondo. — Tal vez. Y con eso, entró en la habitación, dejando la puerta entreabierta. Daniel sonrió para sí mismo, sintiendo el corazón latir un poco más rápido. La noche apenas comenzaba. El ascensor subía con la lentitud de un suspiro contenido, el zumbido de los cables metálicos amortiguado por el revestimiento acolchado de las paredes. Clara ajustó la correa del bolso en su hombro, sintiendo el peso del día aún pegado a su piel—el aire acondicionado de las oficinas, el café frío en las tazas desechables, las voces que resonaban en su mente como un coro de exigencias. Presionó el botón del duodécimo piso por segunda vez, como si eso pudiera acelerar la máquina. La puerta se cerró con un *clang* suave, y se encontró sola, excepto por un hombre que entró en el último segundo, deslizándose entre las puertas antes de que se cerraran por completo. Daniel. Él no la miró de inmediato. En cambio, se inclinó ligeramente hacia adelante, como si verificara el número del piso en el panel iluminado, y Clara aprovechó para observarlo sin ser notada. Los dedos de él eran largos, las uñas cortas y limpias, la mano apoyada en la barra de metal con una naturalidad que sugería confianza. La camisa de vestir, de un azul desvaído que combinaba con sus ojos, estaba ligeramente arrugada a la altura de los hombros, como si hubiera pasado horas sentado en reuniones o quizás en un avión. Su aroma llegó hasta ella—una mezcla de jabón cítrico y algo más cálido, como cuero o madera quemada. Clara sintió que el estómago se le contraía. Fue él quien rompió el silencio primero. — ¿Duodécimo también? — La voz era grave, un poco ronca, como si hubiera hablado demasiado durante el día. O quizás no lo suficiente. Clara asintió, sorprendida por el sonido de su propia voz cuando respondió: — Sí. Habitación 1204. Daniel sonrió, un lado de la boca levantándose más que el otro, y algo en esa sonrisa—despreocupada, casi cómplice—hizo que el aire entre ellos se volviera más denso. — 1208 — dijo él. — Casi vecinos. El ascensor se detuvo en el noveno piso, y las puertas se abrieron para una pareja de ancianos que hablaba en voz alta sobre la cena. Clara se apartó instintivamente, apoyándose en la pared opuesta, y Daniel hizo lo mismo, creando un espacio mínimo entre ellos. Pero el ascensor era pequeño, y cuando la pareja entró, el perfume de la mujer—floral, demasiado dulce—invadió el espacio, mezclándose con el aroma de Daniel de una manera que dejó a Clara mareada. Contuvo la respiración por un segundo, observando las manos del hombre a su lado. Él tamborileaba los dedos en la barra, un gesto distraído, pero cuando el ascensor volvió a subir, el movimiento hizo que el dorso de su mano rozara levemente su brazo. Fue un toque casi imperceptible. Un accidente. Pero Clara sintió la piel hormiguear donde él la había tocado, como si una corriente eléctrica hubiera recorrido su cuerpo. Lo miró, esperando que desviara la mirada, pero Daniel la observaba a su vez, los ojos azules fijos en los suyos con una intensidad que la hizo contener la respiración. Por un momento, ninguno de los dos se movió. El ascensor continuó su lenta ascensión, la pareja de ancianos ajena a la tensión que se había instalado entre los dos desconocidos. — ¿Siempre estás tan callada? — preguntó Daniel, la voz lo suficientemente baja para que solo ella lo escuchara. Clara sintió que el rostro se le calentaba. — Solo cuando estoy cansada. — O cuando estás nerviosa. Ella no respondió. No era necesario. La sonrisa de él se amplió, como si hubiera descubierto un secreto, y Clara se encontró devolviéndole la sonrisa, a pesar de todo. Era una sonrisa tímida, casi involuntaria, y cuando él se acercó un poco más—lo suficiente para que el calor de su cuerpo irradiara contra el de ella—no se apartó. — ¿Nerviosa por qué? — murmuró él, inclinándose ligeramente, como si fuera a contar un chiste. Clara tragó saliva. El ascensor se detuvo nuevamente, esta vez en el undécimo piso, y las puertas se abrieron a un pasillo vacío. La pareja de ancianos salió, dejándolos solos. El silencio que siguió fue ensordecedor. — No sé — admitió, finalmente. — Tal vez porque no suelo hablar con desconocidos en ascensores. — ¿Desconocidos? — Daniel arqueó una ceja. — Creí que ya habíamos pasado esa etapa. Después de todo, compartimos el mismo piso. Clara rio, un sonido bajo e inesperado que resonó en el espacio confinado. Daniel la observaba con una expresión que ella no logró descifrar—curiosidad, quizás, o algo más peligroso. — Está bien — dijo ella, cediendo. — Entonces ya no somos desconocidos. — Excelente. — Él extendió la mano, como si fueran a sellar un acuerdo. — Daniel. Clara dudó por un segundo antes de estrecharla. La palma de él era cálida, los dedos cerrándose alrededor de los suyos con una firmeza que le hizo sentir un escalofrío recorrerle la espalda. — Clara. El ascensor llegó al duodécimo piso con un *ding* suave. Las puertas se abrieron, revelando el pasillo iluminado por una luz ámbar, las paredes forradas con un papel tapiz discreto, los números de las habitaciones brillando en dorado. Clara soltó la mano de Daniel y salió primero, los tacones hundiéndose en la gruesa alfombra. Sentía los ojos de él en su espalda, como una presencia física, y cuando se giró para despedirse, casi chocó contra él. — Disculpa — murmuró, retrocediendo un paso. — No hay por qué disculparse. — Daniel sonrió, pero no se apartó. En cambio, se inclinó ligeramente hacia adelante, como si fuera a compartir un secreto. — Creo que se te cayó algo. Clara frunció el ceño, mirando al suelo. Y entonces lo vio: la llave de la habitación, la tarjeta magnética brillando contra la alfombra oscura. Se agachó para recogerla, pero Daniel fue más rápido, agachándose al mismo tiempo. Sus dedos se tocaron nuevamente, esta vez con más intensidad, y Clara sintió el calor de su piel contra la suya. — Yo la tomo — dijo, la voz un poco entrecortada. — Yo ayudo. — Él no soltó la tarjeta. Por un segundo, ninguno de los dos se movió. Clara podía escuchar su propia respiración, demasiado rápida, mientras Daniel la observaba con una expresión que mezclaba diversión y algo más oscuro, más urgente. Entonces, lentamente, él se levantó, arrastrándola consigo. El movimiento los dejó muy cerca, los cuerpos casi tocándose, y Clara sintió nuevamente el aroma de su piel—más fuerte ahora, mezclado con el calor de su cuerpo. — Gracias — murmuró, finalmente tomando la tarjeta de vuelta. — De nada. — Daniel no se apartó. — ¿Siempre pierdes las cosas así? Clara rio, pero el sonido salió tembloroso. — Solo cuando estoy distraída. — ¿Y qué te distrajo esta vez? Ella no respondió. No era necesario. Los ojos de él descendieron hacia su boca por un segundo, y Clara sintió que el corazón le latía tan fuerte que estaba segura de que él podía escucharlo. — Buenas noches, Clara — dijo él, finalmente, dando un paso atrás. — Buenas noches, Daniel. Él se giró y caminó por el pasillo, los pasos firmes, la camisa pegada a su espalda ancha. Clara lo observó hasta que desapareció en la curva, luego respiró hondo y miró la tarjeta en su mano. La luz verde parpadeó cuando la insertó en la cerradura, pero la puerta no se abrió. Lo intentó de nuevo. Nada. Con un suspiro, se giró hacia el pasillo, esperando ver a Daniel ya dentro de su habitación. Pero él aún estaba allí, apoyado en la pared opuesta, los brazos cruzados, observándola con una sonrisa que decía *yo sabía que esto iba a pasar*. Clara sintió que el rostro le ardía. Y entonces, sin decir una palabra, él se acercó nuevamente. Daniel no se movió de inmediato. Se quedó allí, parado a pocos pasos de ella, el cuerpo aún girado hacia el pasillo como si dudara entre seguir adelante o volver. El aire entre ellos parecía más denso, cargado con el peso de esa pregunta no respondida—*¿qué te distrajo esta vez?*—y la forma en que sus ojos habían recorrido su boca, como si ya supiera la respuesta. Clara apretó la tarjeta-llave entre los dedos, sintiendo el plástico delgado moldearse a su piel húmeda. La luz verde parpadeó de nuevo, insistente, pero la puerta seguía cerrada. Un suspiro escapó de sus labios, mezclado con una risa nerviosa. — Debe estar defectuosa — murmuró, más para sí misma que para él. Pero Daniel ya se acercaba, los pasos lentos, deliberados. El aroma de su perfume—algo cítrico, con un toque de especias—llegó hasta ella incluso antes de que estuviera lo suficientemente cerca como para que sus hombros casi se tocaran. — Déjame ver — dijo él, la voz baja, casi un susurro. Clara dudó. No era necesario. Podría llamar a recepción, esperar a que alguien subiera con una llave de repuesto. Pero la idea de quedarse allí, sola en el pasillo, mientras él se alejaba, parecía insoportable. Entonces, sin decir nada, le tendió la tarjeta. Daniel la tomó, pero sus dedos rozaron los de ella un segundo más de lo necesario. Un toque ligero, casi imperceptible, pero suficiente para hacer que su respiración fallara. Examinó la tarjeta, dándole vueltas entre los dedos, como si buscara algún defecto visible. — A veces se desmagnetizan — comentó, casual, como si no fuera consciente de la forma en que el cuerpo de ella reaccionaba a su proximidad. — Sobre todo si están cerca del celular. Clara asintió, pero no pudo responder. Estaba demasiado ocupada observando la forma en que los músculos de su antebrazo se movían bajo la piel bronceada, la manera en que la camisa se ajustaba a sus hombros anchos cuando levantó la tarjeta hacia la luz. — Voy a intentarlo de nuevo — dijo él, inclinándose ligeramente para insertar la tarjeta en la cerradura. Sus cuerpos casi se tocaron. Clara sintió el calor irradiando de él, mezclado con el aroma del jabón que debía haber usado en la ducha. Un olor limpio, masculino, que la hizo imaginar cómo sería presionar el rostro contra su cuello e inhalar profundamente. La luz verde parpadeó. Nada. — Mierda — murmuró él, pero había una sonrisa en su voz. — Puedo bajar y pedir otra. — O… — Daniel se giró hacia ella, los ojos oscuros brillando con algo que Clara no logró descifrar. — O puedo intentar golpear la puerta. A veces funciona. Ella frunció el ceño. — ¿Golpear la puerta? — Sí. Con fuerza. — Levantó la mano, demostrando. — El impacto puede destrabar el mecanismo. Clara rio, incrédula. — Te lo estás inventando. — No, no me lo invento. — Se encogió de hombros, la sonrisa ampliándose. — Ya me pasó. En un hotel en Buenos Aires. — ¿Y funcionó? — Funcionó. — Se acercó más, hasta que sus zapatos casi se tocaron. — Pero estaba solo. No había nadie para presenciarlo. El tono era ligero, pero la intensidad en su mirada no dejaba dudas: no estaba hablando solo de la puerta. Clara sintió que el corazón se le aceleraba. El pasillo parecía más pequeño de repente, las paredes cerrándose a su alrededor. Debería retroceder. Debería insistir en bajar a recepción. Pero sus pies no se movieron. — Está bien — dijo, finalmente. — Vamos a intentarlo. Daniel asintió, pero no hizo ademán de alejarse. En cambio, levantó la mano lentamente, como si le diera tiempo para retroceder. Pero Clara no retrocedió. Se quedó allí, inmóvil, mientras los nudillos de él rozaban levemente su hombro antes de apartarse para golpear la puerta. *Toc. Toc. Toc.* El sonido resonó en el silencio del pasillo, demasiado fuerte. Clara contuvo la respiración. Nada. Daniel golpeó de nuevo, más fuerte esta vez. *Toc. Toc. Toc.* Y entonces, con un clic suave, la puerta se abrió. — ¿Ves? — dijo él, girándose hacia ella con una sonrisa triunfal. — Funciona. Clara rio, aliviada y frustrada al mismo tiempo. Aliviada porque no tendría que bajar y enfrentar la vergüenza de explicar que se había quedado fuera. Frustrada porque, ahora que la puerta estaba abierta, no había más excusa para que él se quedara allí. — Gracias — dijo, extendiendo la mano para tomar la tarjeta. Pero Daniel no la soltó de inmediato. En cambio, sus dedos se cerraron alrededor de los de ella, reteniéndola por un segundo antes de soltarla. — De nada — murmuró. El aire entre ellos se cargó. Clara podía sentir el peso de su mirada en su rostro, recorriendo sus labios, descendiendo por la curva de su cuello, como si estuviera memorizando cada detalle. Debería entrar. Debería cerrar la puerta y terminar esa noche antes de que algo pasara. Pero entonces Daniel dio un paso adelante, reduciendo aún más la distancia entre ellos. — Clara — dijo él, la voz ronca. Ella no respondió. No podía. Solo levantó los ojos para encontrarse con los de él, y en ese momento supo que estaba perdida. Él se inclinó, lentamente, dándole tiempo para retroceder. Pero ella no retrocedió. En cambio, también se inclinó, los labios entreabiertos, el cuerpo entero vibrando con la expectativa del contacto. Y entonces, cuando sus bocas estaban a centímetros de distancia, la puerta de la habitación contigua se abrió de golpe. — *¡Carajo, qué ruido es este?!* — gruñó una voz masculina, alta e irritada. Clara dio un salto hacia atrás, el corazón desbocado, mientras un hombre de mediana edad aparecía en el pasillo, vestido solo con una toalla enrollada en la cintura. — Disculpe — balbuceó, el rostro ardiendo. — Fue… fue un accidente. El hombre murmuró algo ininteligible y cerró la puerta de un portazo. El silencio volvió a reinar, pero la magia del momento se había roto. Clara miró a Daniel, avergonzada, esperando verlo reírse de la situación. Pero él no se reía. Su mirada seguía fija en ella, oscura e intensa, como si nada hubiera cambiado. — Creo que es mejor que me vaya — dijo ella, la voz temblorosa. Daniel asintió, pero no se movió. — Sí — coincidió, finalmente. — Es mejor. Pero ninguno de los dos hizo ademán de alejarse. Clara respiró hondo, tratando de ignorar la forma en que su cuerpo aún anhelaba su contacto. — Buenas noches, Daniel. — Buenas noches, Clara. Entró en la habitación y cerró la puerta tras de sí, pero no escuchó sus pasos alejándose. Se quedó allí, apoyada en la madera fría, escuchando el silencio del pasillo, imaginando si él aún estaba del otro lado. Y entonces, cuando ya estaba a punto de alejarse, escuchó un suave *toc* en la puerta. Su corazón se detuvo. Lentamente, abrió una rendija. Daniel estaba allí, la tarjeta-llave en la mano. — Se te cayó — dijo, tendiéndosela. Clara miró la tarjeta, luego a él. Y entonces, sin decir una palabra, la tomó. Pero cuando intentó cerrar la puerta, Daniel colocó la mano en la madera, impidiéndolo. — Clara — dijo él, la voz baja, urgente. Ella lo miró, los labios entreabiertos, el pecho subiendo y bajando demasiado rápido. Y entonces, antes de que pudiera pensar, él se inclinó y la besó. El ascensor subía en silencio, las luces doradas de los pisos parpadeando en el panel como estrellas fugaces. Clara sentía el peso de la mirada de Daniel sobre ella, cálida como un roce, incluso sin tocarla. Él estaba demasiado cerca—lo suficiente para que percibiera el aroma de su colonia, algo amaderado con un fondo cítrico, mezclado con el leve rastro de whisky que aún flotaba entre ellos. Su mano rozó la de ella al presionar el botón del duodécimo piso, y ella no se apartó. — ¿Siempre te hospedas en hoteles así? — preguntó él, la voz baja, casi íntima, como si estuvieran compartiendo un secreto. — ¿Así cómo? — respondió ella, sin mirarlo, los dedos apretando la correa del bolso. — Tan… elegantes. — Sonrió, inclinándose ligeramente hacia ella. — ¿O es solo para impresionar a los clientes? Clara rio, un sonido suave que hizo que el pecho de él se apretara. — Impresionar a los clientes es parte del trabajo. — Finalmente lo miró, los ojos verdes brillando bajo la luz artificial. — Pero no es por eso que elijo hoteles así. — Entonces, ¿por qué? — Porque me gusta el confort. — Mordió su labio inferior, un gesto involuntario que lo hizo seguir el movimiento con los ojos. — Y porque, a veces, uno merece un poco de lujo. Daniel asintió, como si entendiera algo que ella no había dicho. El ascensor se detuvo con un *ding* suave, y las puertas se abrieron al pasillo vacío. Clara salió primero, los tacones hundiéndose en la gruesa alfombra, pero sintió cuando él la acompañó, manteniéndose a su lado. — ¿Y tú? — preguntó, mirándolo de reojo. — ¿Siempre viajas así, o solo cuando buscas… distracciones? Él sonrió, lento y peligroso. — Depende de lo que llames distracción. Ella se detuvo frente a la puerta de la habitación 1204, sacando la tarjeta-llave del bolso con manos que, de repente, parecían menos firmes. El metal estaba frío contra sus dedos, un contraste agudo con el calor que subía por su piel. — ¿Y qué *tú* llamarías a esto? — murmuró, girándose hacia él. Daniel no respondió de inmediato. En cambio, dio un paso adelante, reduciendo la distancia entre ellos hasta que pudo sentir el calor de su cuerpo, su respiración lenta y controlada. Levantó la mano, los nudillos rozando el costado de su rostro, descendiendo por el cuello, deteniéndose en la base de la garganta, donde el pulso latía descompasado. — Yo lo llamaría… inevitable — dijo, la voz ronca. Clara tragó saliva. La tarjeta-llave se le escapó de los dedos, cayendo al suelo con un *clink* amortiguado. Ninguno de los dos se movió para recogerla. — Entonces creo que deberías entrar — susurró. Daniel no necesitó más invitación. Se inclinó, capturando sus labios en un beso que comenzó lento, casi reverente, pero pronto se transformó en algo más urgente, más hambriento. Clara gimió contra su boca, las manos subiendo para agarrar la solapa de su saco, acercándolo más. El sabor a whisky y menta se mezcló con el de ella, dulce e intoxicante. Él la empujó suavemente contra la puerta, el cuerpo presionando el de ella, y Clara sintió cada centímetro de su rigidez contra su vientre. Una ola de calor la atravesó, concentrándose entre sus piernas, y arqueó la espalda, buscando más contacto. Daniel gimió, las manos deslizándose hacia abajo, agarrando la curva de su cintura, los dedos apretando posesivamente. — ¿Tienes idea de lo que me haces? — murmuró contra sus labios, la respiración cálida. — Espero que sea lo mismo que tú me haces a mí — respondió ella, jadeante, las uñas clavándose en la tela del saco. Él rio, un sonido bajo y vibrante, antes de capturar su boca nuevamente, la lengua explorando, exigente. Clara correspondió con la misma intensidad, los dientes rozando su labio inferior, tirando de él levemente. Daniel gimió, las manos descendiendo para agarrar sus muslos, levantándola con facilidad. Ella envolvió las piernas alrededor de su cintura, los tacones clavándose en la parte posterior de sus piernas. — Tarjeta — murmuró él, la voz ronca, los labios recorriendo su mandíbula, descendiendo por el cuello. Clara extendió la mano a ciegas, tanteando hasta encontrar el plástico frío en el suelo. Con un movimiento rápido, lo pasó por el lector. La luz verde parpadeó, y la puerta se abrió con un *clic*. Cayeron dentro de la habitación, aún entrelazados, los cuerpos chocando contra la pared tan pronto como la puerta se cerró tras ellos. Clara rio, sin aliento, pero el sonido murió en su garganta cuando Daniel la giró, presionándola contra la superficie fría de la pared, las manos subiendo para inmovilizar sus muñecas por encima de la cabeza. — Eres hermosa — dijo él, los ojos oscuros fijos en los de ella, la voz áspera. — Desde el primer segundo en que te vi. Clara sintió que el corazón le latía tan fuerte que parecía que iba a salírsele del pecho. Se retorció bajo su peso, no para soltarse, sino para acercar sus cuerpos aún más. — Entonces muéstramelo — lo desafió, la voz temblorosa. — Muéstrame cuánto me deseas. Daniel no necesitó más incentivo. Soltó sus muñecas, las manos descendiendo para agarrar el dobladillo de su vestido, subiéndolo con un movimiento rápido. La tela se deslizó por su piel, dejando un rastro de escalofríos, hasta que quedó solo con la lencería negra, de encaje, el sujetador sin tirantes destacando la curva de sus senos, las bragas finas cubriendo apenas lo que él tanto deseaba. — Joder — murmuró, los ojos recorriendo cada centímetro de ella, como si estuviera memorizando cada detalle. Clara no se sintió expuesta. Al contrario, la forma en que la miraba, como si fuera lo más preciado que había visto, la hizo sentirse poderosa. Extendió la mano, tirando de su corbata, desatándola con dedos ágiles. Luego, desabotonó la camisa, un botón a la vez, revelando el pecho musculoso, la piel cálida bajo sus dedos. — Tú también eres hermoso — susurró, inclinándose para besar el valle entre sus pectorales, la lengua trazando un camino hasta el pezón, mordisqueándolo levemente. Daniel gimió, las manos apretando sus caderas, acercándola más. La levantó de nuevo, llevándola hasta la cama, depositándola sobre las sábanas suaves. Clara se apoyó en los codos, observando mientras él se quitaba el resto de la ropa, los músculos definidos moviéndose bajo la piel, la erección evidente, pulsando bajo la tela de los calzoncillos. Mordió el labio, los ojos fijos en él, el cuerpo ya palpitando de anticipación. — Ven aquí — pidió, extendiendo la mano. Daniel no dudó. Se arrodilló en la cama, arrastrándose sobre ella, los cuerpos encajando como si hubieran sido hechos para eso. Clara arqueó la espalda cuando él tomó sus senos, los pulgares rozando los pezones endurecidos, enviando oleadas de placer directamente a su vientre. Gimió, las uñas clavándose en su espalda, acercándolo más. — ¿Te gusta esto? — preguntó él, la voz ronca, los labios descendiendo para capturar un pezón entre los dientes, mordisqueándolo levemente antes de calmarlo con la lengua. — Sí — jadeó, la cabeza cayendo hacia atrás. — Más. Daniel obedeció, la boca moviéndose hacia el otro seno, mientras una mano descendía, los dedos encontrando el elástico de las bragas. Las apartó, el toque ligero, exploratorio, haciendo que Clara arqueara el cuerpo contra su mano. — Tan mojada — murmuró, los dedos deslizándose entre sus pliegues, provocándola. — Tan lista para mí. Clara gimió, las piernas abriéndose más, invitándolo a continuar. Daniel no la hizo esperar. Insertó un dedo, luego otro, moviéndolos lentamente, mientras la boca volvía a la suya, tragándose sus gemidos. Clara se retorció bajo él, el placer creciendo en oleadas, cada movimiento de sus dedos acercándola más al límite. — Daniel — jadeó, su nombre una súplica. — Por favor. Él sonrió contra sus labios, los dedos saliendo de ella solo para bajar las bragas, arrojándolas al suelo. Clara se sentó, empujándolo de espaldas sobre la cama, montándose sobre él. Se quitó el sujetador, arrojándolo a un lado, los senos balanceándose levemente mientras se inclinaba para besarlo, las manos explorando su cuerpo, descendiendo hasta los calzoncillos. — Tu turno — susurró, bajando la tela, liberando su erección. Daniel gimió cuando ella lo envolvió con la mano, moviéndola lentamente, los dedos explorando cada centímetro. Agarró sus caderas, acercándola, posicionándola sobre él. — Te deseo — dijo, la voz ronca. — Ahora. Clara no respondió. En cambio, se bajó, tomándolo dentro de sí con un movimiento lento, delicioso, ambos gimiendo al mismo tiempo cuando lo envolvió por completo. Se quedó quieta por un momento, sintiéndolo palpitar dentro de ella, antes de comenzar a moverse, las caderas ondulando en un ritmo que los hizo perder el aliento. Daniel tomó sus senos, los pulgares rozando los pezones, mientras ella se movía sobre él, cada movimiento enviando oleadas de placer a través de sus cuerpos. Clara echó la cabeza hacia atrás, el cabello cayendo en cascada por su espalda, los gemidos escapando de sus labios entreabiertos. — Así — murmuró él, la voz tensa. — Así. Clara aceleró el ritmo, las caderas chocando contra las de él, el sonido de piel contra piel llenando la habitación. Daniel gimió, las manos descendiendo para agarrar sus muslos, ayudándola a moverse más rápido, más profundo. El placer creció dentro de ella, una espiral apretada que amenazaba con estallar en cualquier momento. — Voy a… — jadeó, las uñas clavándose en su pecho. — Córrete para mí — ordenó él, la voz ronca. — Ahora. Y ella obedeció. Clara arqueó la espalda, un grito escapando de sus labios mientras el orgasmo la atravesaba, las oleadas de placer haciendo que su cuerpo temblara. Daniel gimió, los dedos apretando sus caderas con fuerza, antes de dejarse llevar también, el cuerpo tensándose bajo el de ella mientras encontraba su propia liberación. Quedaron allí, jadeantes, los cuerpos aún unidos, el sudor escurriéndose entre ellos. Clara se desplomó sobre su pecho, sintiendo el corazón de él latir descompasado bajo su mejilla. Daniel la rodeó con los brazos, acercándola más, los labios besando su frente. — Esto fue… — comenzó, pero no terminó la frase. — Lo sé — murmuró ella, sonriendo contra su piel. Permanecieron en silencio por un largo momento, solo escuchando la respiración del otro, los cuerpos relajándose lentamente. Clara se movió, saliendo de encima de él, pero Daniel la atrajo de vuelta, acurrucándola contra su costado. — Quédate — pidió, la voz suave. Ella no discutió. En cambio, se acurrucó más cerca, los dedos trazando patrones aleatorios en su pecho. — ¿Crees que esto va a complicar las cosas? — preguntó, después de un rato. Daniel rio, bajo y ronco. — Probablemente. Clara sonrió, levantando la cabeza para mirarlo. — Entonces creo que deberíamos aprovechar mientras es simple. Él no respondió. En cambio, la hizo rodar sobre ella, inmovilizándola bajo su cuerpo, los ojos oscuros fijos en los de ella. — Creo que tienes razón — murmuró, antes de capturar sus labios en un beso lento, profundo, que hizo que su cuerpo respondiera al instante. Y cuando se apartó, Clara supo que la noche estaba lejos de terminar. La habitación estaba sumida en una penumbra dorada, cortada solo por la luz ámbar de la lámpara que Clara había dejado encendida sobre la mesita de noche. El aire olía a sudor limpio, al perfume cítrico que ella usaba y al leve rastro de whisky que aún flotaba entre ellos. Daniel la atrajo hacia sí con una urgencia que no era brusca, sino calculada—como si cada movimiento formara parte de una coreografía que solo ellos dos conocían. Las sábanas de seda se deslizaban bajo sus cuerpos, frías en algunos puntos, cálidas donde la piel se tocaba, y el contraste hacía que Clara jadeara. Sintió las manos de él deslizándose por su espalda, los dedos largos trazando la línea de su columna como si memorizaran cada vértebra. Cuando llegaron a la curva de sus caderas, la atrajo con más fuerza, encajándola contra él, y Clara pudo sentir su rigidez presionando su vientre. Un gemido bajo escapó de sus labios antes de que pudiera contenerlo, y Daniel sonrió contra su cuello, los dientes rozando la piel sensible justo debajo de la oreja. — ¿Te gusta cuando hago esto? — murmuró, la voz áspera, mientras una mano se enredaba en su cabello, tirando suavemente de su cabeza hacia atrás. Clara no respondió con palabras. En cambio, dejó que su cuerpo hablara por ella, arqueándose contra él, los senos rozando el pecho desnudo de Daniel. Él soltó un sonido gutural, casi un gruñido, y capturó sus labios en un beso que no tenía prisa. Su lengua exploraba su boca con una lentitud torturante, como si tuviera todo el tiempo del mundo para saborearla. Ella respondió con la misma intensidad, las uñas clavándose en sus hombros cuando él mordió su labio inferior, tirando de él levemente antes de soltarlo. — Eres tan receptiva — susurró, los dedos descendiendo hasta el cierre del sujetador, desabrochándolo con una habilidad que delataba experiencia. — Cada toque, cada respiración… es como si tu cuerpo ya supiera lo que quiere antes de que tú lo pidas. Clara sintió el aire fresco de la noche rozar sus senos cuando el sujetador cayó, y un escalofrío recorrió su piel. Daniel no perdió tiempo—bajó la cabeza, capturando un pezón entre los labios, la lengua girando en círculos lentos mientras la mano libre apretaba el otro seno, el pulgar rozando el pezón endurecido. Ella gimió, los dedos enredándose en su cabello, acercándolo más, como si quisiera fundirse con él allí mismo. — Daniel… — su nombre escapó como una súplica, y él sonrió contra su piel, levantando la cabeza lo suficiente para mirarla a los ojos. — Dime qué quieres — pidió, la voz cargada de deseo, pero también de algo más profundo, algo que ella no se atrevió a nombrar. Clara dudó por un segundo, pero la necesidad era mayor que cualquier vergüenza. Deslizó una mano entre ellos, envolviéndolo con firmeza, sintiéndolo palpitar en su palma. Daniel cerró los ojos por un instante, la mandíbula tensándose, antes de soltarla y rodar hacia un lado, alcanzando la mesita de noche. Escuchó el sonido de un paquete siendo rasgado, y entonces él estaba de vuelta, cubriéndola con su cuerpo, las rodillas separando sus piernas con una naturalidad que la hizo sentirse deseada, no solo usada. — ¿Estás segura? — preguntó, la voz ronca, los ojos oscuros fijos en los de ella mientras se posicionaba entre sus muslos. Clara no respondió con palabras. En cambio, levantó las caderas, invitándolo, y él entró en ella con una lentitud deliberada, llenándola centímetro a centímetro, hasta que estuvo completamente dentro. Un gemido escapó de sus labios, y Daniel se detuvo por un momento, dejándola adaptarse, los dedos entrelazados con los de ella, apretando con fuerza. — ¿Estás bien? — murmuró, la frente apoyada en la de ella. Ella asintió, incapaz de hablar, y él comenzó a moverse, primero despacio, cada embestida profunda y controlada, como si quisiera prolongar el momento. Clara sintió el placer crecer dentro de ella en oleadas, cada movimiento de él enviando chispas por su cuerpo. Clavó las uñas en su espalda, arañándolo levemente, y Daniel gimió, acelerando el ritmo. — Joder, Clara… — gruñó, los labios encontrando los de ella en un beso hambriento mientras sus cuerpos se movían al unísono. La habitación se llenó con el sonido de piel contra piel, gemidos ahogados y respiraciones entrecortadas. Clara sintió el orgasmo acercarse, una presión deliciosa creciendo en su vientre, y se aferró a él con más fuerza, las piernas enredándose en su cintura. — No pares — susurró, la voz temblorosa. — Por favor, no pares. Daniel no paró. En cambio, aumentó el ritmo, las caderas chocando contra las de ella con una fuerza que la hizo gritar, el sonido ahogado contra su hombro. Ella sintió que su cuerpo se tensaba, los músculos contrayéndose, y entonces él alcanzó entre sus piernas para masajear su clítoris, y ella se corrió de nuevo, el cuerpo temblando violentamente. Daniel la sostuvo con fuerza, enterrándose hasta el fondo antes de correrse con un gemido ronco, el cuerpo entero tensándose. Por un momento, permanecieron así, inmóviles, solo escuchando la respiración del otro calmarse. Entonces, él rodó hacia un lado, atrayéndola consigo, acurrucándola contra su pecho. Clara cerró los ojos, sintiendo el calor de él, el olor a sexo y sudor mezclado con el perfume de las sábanas. — Esto fue… — comenzó, pero no encontró las palabras. — Lo sé — murmuró él, besando su sien. Permanecieron en silencio, los cuerpos aún entrelazados, los dedos de Daniel trazando círculos perezosos en su espalda. Clara sintió que el sueño comenzaba a vencerla, pero no quería que la noche terminara. Todavía no. — ¿Tienes hambre? — preguntó, levantando la cabeza para mirarlo. Daniel sonrió, los ojos oscuros brillando con algo que ella no logró descifrar. — Hambriento — respondió, la voz baja. — Pero no de comida. Y antes de que pudiera responder, la hizo rodar de nuevo bajo él, los labios encontrando los de ella en un beso lento, profundo, que hizo que su cuerpo respondiera al instante. Clara sintió que él se endurecía nuevamente contra su muslo, y una sonrisa cómplice curvó sus labios. — Creo que esta noche va a ser larga — murmuró, las manos deslizándose por su pecho. Daniel no respondió. En cambio, capturó sus labios una vez más, y Clara supo que estaba lejos de terminar con ella. La luz de la mañana se filtraba por las rendijas de la pesada cortina, pintando franjas doradas sobre la piel aún cálida de Clara. Se despertó lentamente, como si emergiera de un sueño líquido, los músculos relajados y la mente nublada por el delicioso cansancio de la noche anterior. A su lado, Daniel respiraba profundamente, un brazo echado sobre su cintura, la mano abierta posesivamente contra su cadera. El peso era reconfortante, casi demasiado íntimo para alguien que conocía desde hacía menos de doce horas. Clara se giró con cuidado, estudiando su rostro a media luz. Sus rasgos eran más suaves en el sueño, la línea de la mandíbula menos severa, los labios ligeramente entreabiertos. Un mechón de cabello oscuro caía sobre su frente, y resistió el impulso de apartarlo. En cambio, dejó que sus dedos recorrieran el contorno de su hombro, trazando la curva del músculo bajo la piel bronceada. Daniel murmuró algo ininteligible y la atrajo más cerca, como si incluso inconsciente supiera que ella estaba allí. El despertador en la mesita de noche marcaba las seis y cuarenta y siete. Demasiado temprano, demasiado tarde. Clara sabía que debía levantarse, ducharse, vestirse para el desayuno de negocios que la esperaba. Pero el cuerpo de Daniel era un imán, y se permitió hundirse en él unos segundos más, inhalando el aroma a sudor seco y sexo mezclado con el perfume amaderado de su colonia. Era embriagador. Fue su estómago el que decidió por ambos, rugiendo bajo, casi tímido. Daniel abrió los ojos lentamente, parpadeando contra la claridad. Por un momento, pareció desorientado, como si no reconociera dónde estaba. Entonces, sus labios se curvaron en una sonrisa lenta, perezosa, y la atrajo para un beso que sabía a sueño y promesas. — Buenos días — murmuró contra su boca, la voz ronca. — Buenos días — respondió ella, sintiendo el rubor subir por su cuello. Era ridículo, considerando todo lo que habían hecho durante la noche, pero había algo vulnerable en despertar junto a un desconocido que ahora conocía tan bien. Daniel rodó sobre ella, apoyándose en los codos para no aplastarla. El cabello de Clara estaba esparcido sobre la almohada, y él enrolló un mechón entre sus dedos, observando cómo la luz de la mañana lo convertía en fuego líquido. — ¿Tienes reuniones hoy? — preguntó, trazando el contorno de su clavícula con la punta del dedo. — Sí. — Clara arqueó ligeramente el cuerpo bajo su toque. — ¿Y tú? — Tengo una presentación a las nueve. — Suspiró, dejando la frente descansar contra la de ella. — Odio las mañanas. — Mentiroso. — Rio, pasando las uñas por su espalda. — Estabas despierto antes que yo. — Solo porque alguien aquí ronca. — ¡Yo no ronco! — Roncas. Como un leoncito satisfecho. — Le pellizcó suavemente el lóbulo de la oreja, haciéndola estremecer. — Pero es lindo. Clara lo empujó en broma, pero Daniel sujetó sus muñecas, inmovilizándolas por encima de su cabeza con una sola mano. El movimiento fue tan rápido que no tuvo tiempo de reaccionar, y de repente estaba inmovilizada, el cuerpo de él presionando el suyo, su erección matutina rozando su muslo. — Daniel… — protestó, pero la voz le salió más como un gemido. — ¿Qué? — Sonrió, malicioso, rozando los labios contra su cuello. — Dijiste que tenías que trabajar. — Y tú también. — Tengo una hora. — Los dientes de él le rozaron la piel sensible bajo la oreja. — Y pretendo usarla bien. Clara debería haber dicho que no. Debería haberse levantado, tomado una ducha fría, puesto la armadura de ejecutiva que usaba como escudo. Pero su cuerpo ya estaba respondiendo, los pezones endureciéndose bajo la sábana, el calor acumulándose entre sus piernas. Cuando Daniel soltó sus muñecas y deslizó la mano entre sus cuerpos, abrió las piernas sin dudar. — Eres un problema — murmuró, mientras los dedos de él encontraban el punto exacto donde más lo necesitaba. — Y a ti te encanta — respondió él, besándola con fuerza mientras la penetraba con dos dedos, lento, deliberado. Clara arqueó la espalda, las uñas clavándose en sus hombros. El placer era casi insoportable, tan intenso que rozaba el dolor. Daniel observaba cada reacción, los ojos oscuros fijos en los de ella, como si quisiera memorizar cada detalle. Cuando se corrió, fue con un grito ahogado contra su hombro, el cuerpo temblando en oleadas que parecían no tener fin. Él no le dio tiempo para recuperarse. Con un movimiento fluido, la hizo rodar boca abajo y le levantó las caderas, posicionándose detrás de ella. Clara sintió la cabeza ancha de su miembro presionando su entrada, y mordió el labio inferior, anticipando. — Dios, estás empapada — gimió, deslizándose dentro con un solo movimiento. Ella jadeó, las manos agarrando las sábanas mientras él la llenaba por completo. Daniel comenzó despacio, cada embestida profunda y controlada, pero pronto el ritmo se aceleró, los cuerpos chocando uno contra el otro en una cadencia primitiva. El sonido de piel contra piel resonaba en la habitación, mezclado con los gemidos ahogados de Clara y los gruñidos bajos de él. — Más fuerte — pidió, la voz ronca. Daniel obedeció, sujetando sus caderas con fuerza mientras la penetraba con embestidas brutales, cada una más profunda que la anterior. Clara sintió que el orgasmo se construía de nuevo, una presión deliciosa en el vientre, y cuando él alcanzó entre sus piernas para masajear su clítoris, se corrió otra vez, el cuerpo temblando violentamente. Daniel la sostuvo con fuerza, enterrándose hasta el fondo antes de correrse con un gemido ronco, el cuerpo entero tensándose. Por un momento, permanecieron así, los dos jadeantes, los cuerpos aún unidos. Entonces, él se desplomó sobre ella, rodando hacia un lado para no aplastarla. Clara quedó boca abajo, los músculos temblando levemente, la piel cubierta por una fina capa de sudor. Daniel apartó el cabello de su rostro, besando su nuca con ternura. — No quiero que esto termine — confesó, la voz baja. Ella giró la cabeza para mirarlo. — Yo tampoco. El silencio que siguió estuvo cargado de algo no dicho. Clara sabía que debía levantarse, que el mundo exterior no se detendría por una noche de pasión. Pero por ahora, allí, entre las sábanas arrugadas y el olor a sexo en el aire, lo único que importaba era el hombre a su lado. Daniel se sentó, pasando la mano por su cabello despeinado. — Tengo que irme. — Suspiró, mirando el reloj. — Pero no quiero. — Yo tampoco. — Clara también se sentó, tirando de la sábana para cubrir sus senos. — Pero los dos tenemos cosas que hacer. Él la observó por un momento, como si estuviera tratando de memorizar cada detalle. Entonces, extendió la mano y tomó el celular de la mesita de noche. — Dame tu número. Clara dudó solo un segundo antes de recitar los dígitos. Daniel los tecleó rápidamente, guardando el contacto con el nombre "Clara (Habitación 1204)". Ella rio. — Original. — Me gusta mantener las cosas simples. — Sonrió, inclinándose para besarla. — Te mando un mensaje más tarde. — ¿Lo prometes? — Lo juro. Se vistieron en silencio, intercambiando miradas furtivas mientras Clara abotonaba la blusa y Daniel ajustaba la corbata. Cuando ella abrió la puerta de la habitación, el pasillo estaba vacío, la gruesa alfombra amortiguando sus pasos. Daniel se detuvo en el umbral, vacilante. — Yo… — Sacudió la cabeza, como si estuviera tratando de encontrar las palabras adecuadas. — Esta noche fue… — Inesperada — completó ella, sonriendo. — Perfecta. Clara sintió que el corazón le latía más rápido. Por un momento, pensó en invitarlo a entrar de nuevo, en cerrar la puerta y olvidarse del resto del mundo. Pero el ascensor sonó a lo lejos, recordándole que la vida real estaba esperando. — Te llamo — prometió él. — Espero que lo hagas. Daniel le tomó el rostro entre las manos y la besó una última vez, lento, profundo, como si quisiera dejar una marca. Cuando se apartó, sus ojos brillaban con algo que Clara no logró descifrar. — Hasta luego, Clara. — Hasta luego, Daniel. Lo observó caminar por el pasillo hasta su habitación, la puerta cerrándose tras él con un clic suave. Solo entonces Clara entró en el ascensor, sintiendo el peso de la noche anterior en cada músculo, en cada respiración. El desayuno fue un borrón de presentaciones y tazas de café fuerte. Clara apenas logró concentrarse, la mente volviendo constantemente a la habitación 1204, a las manos de Daniel en su piel, a la forma en que la miraba como si fuera la única mujer en el mundo. Cuando su celular vibró en el bolsillo del blazer, casi derramó el vaso de jugo. El nombre de él parpadeaba en la pantalla. *"Todavía estoy pensando en ti. Y en tu ronquido."* Clara rio, tecleando una respuesta rápida. *"Mentiroso. Pero yo también estoy pensando en ti. Y en cosas que no involucran ronquidos."* La respuesta llegó casi al instante. *"¿Cosas como…?"* Mordió el labio, sintiendo el calor subir por su cuello. *"Ven a cenar conmigo hoy y te lo muestro."* Hubo una pausa. Entonces, apareció su mensaje. *"Estoy contando los minutos."* Clara guardó el celular, una sonrisa tonta en los labios. La reunión aún no había terminado, pero de repente, el día parecía mucho más brillante. No sabía qué les deparaba el futuro, no sabía si esa noche en la habitación 1204 se convertiría en algo más. Pero, por primera vez en mucho tiempo, no quería controlar cada detalle. Solo quería dejar que las cosas sucedieran.

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