Paredes Delgadas, Deseos Más Fuertes
Por Tonkix
**Paredes Delgadas, Deseos Más Fuertes**
El cambio llegó como un suspiro de alivio después de meses de asfixia. Clara arrastró la última caja por el pasillo estrecho del edificio, los tacones finos resonando en el piso de mármol frío, cada paso un recordatorio de que, finalmente, estaba sola. No en el sentido triste de la palabra, sino en ese alivio agudo de quien se quita un zapato apretado después de horas de reunión. El divorcio había sido limpio, casi aséptico —ningún grito, ningún plato roto, solo la firma fría en el papel y la sensación de que algo dentro de ella se había desprendido, como una piel vieja cayendo sin dolor.
El apartamento era pequeño, pero perfecto. Paredes blancas, ventanas amplias que dejaban que la luz de la tarde se esparciera en charcos dorados sobre el piso de madera clara. Pasó la mano por el marco de la puerta, sintiendo la aspereza de la pintura descascarada en algunos puntos, y sonrió. Era real. Era suyo. Y, más importante aún, era silencioso.
Al menos, durante el día.
La primera noche fue un shock. Clara acababa de acostarse, el cuerpo aún tenso con el recuerdo de los últimos meses —las noches en vela, las miradas de lástima de los colegas, la forma en que Daniel la miraba ahora, como si fuera una pieza de porcelana agrietada. El edredón olía a lavanda, la almohada aún guardaba el perfume del detergente, y cerró los ojos, lista para sumergirse en el olvido.
Fue entonces cuando lo escuchó.
Un gemido bajo, casi un suspiro, pero cargado de algo que hizo reaccionar a su cuerpo antes incluso de que su mente lo procesara. Venía de la pared junto a la cama, aquella que separaba su habitación del apartamento vecino. Clara abrió los ojos, el corazón latiendo más rápido. Otro sonido, esta vez más largo, más profundo, como si alguien estuviera intentando contener algo que no podía ser contenido. Se incorporó, los dedos apretando la sábana.
No era posible.
Pero lo era.
Los sonidos continuaron, rítmicos, creciendo en intensidad hasta transformarse en algo casi musical —una melodía de placer que atravesaba la pared delgada como si no hubiera barrera alguna. Clara sintió el calor subir por el cuello, los muslos apretándose involuntariamente. Era incorrecto escuchar, era invasivo, pero no podía moverse. Cada suspiro del vecino resonaba dentro de ella, despertando un hambre que creía haber enterrado junto con el matrimonio.
Al día siguiente, Clara despertó con la sensación de haber sido tocada. No por manos, sino por algo más sutil —el eco de un deseo que no era suyo, pero que ahora habitaba en su piel. Se levantó despacio, las piernas aún temblorosas, y fue hasta la pared. Apoyó la palma de la mano en el yeso, como si pudiera sentir el calor del otro lado.
—¿Quién eres? —murmuró, la voz ronca por el sueño y algo más.
El edificio era antiguo, de esos que guardan secretos en las grietas del piso y en los murmullos de las tuberías. Conocía a los vecinos de vista —la señora del 302, que siempre llevaba bolsas del mercado y saludaba con un gesto tímido; la pareja del 401, que discutía en voz alta los domingos; el hombre del 503, que nunca miraba a nadie a los ojos. Pero el 204, aquel al lado del suyo, era un misterio.
Solo lo había visto una vez, de pasada, cuando llegó con la mudanza. Alto, cabello oscuro un poco despeinado, como si acabara de despertar —o de hacer otra cosa. Llevaba una camisa de botones abierta en el cuello, las mangas arremangadas mostrando antebrazos fuertes, marcados por venas que Clara imaginó cálidas al tacto. Cargaba un altavoz portátil, los auriculares colgando del cuello como un collar. Cuando sus miradas se cruzaron en el pasillo, él dudó por un segundo, como si quisiera decir algo, pero entonces solo asintió y siguió adelante.
Clara pasó el día intentando no pensar en él. O mejor dicho, intentando no pensar *en eso*. Pero los sonidos de la noche anterior volvían en destellos —el ritmo, la respiración entrecortada, la forma en que el placer parecía enroscarse alrededor de él como una cuerda. Se sorprendió mordiéndose el labio mientras ordenaba los libros en el estante, los dedos resbalando sobre los lomos de cuero como si fueran otra cosa.
Por la noche, se acostó más temprano de lo habitual, el cuerpo aún sensible al más mínimo roce. El apartamento estaba en silencio, pero sabía que era solo cuestión de tiempo. Y entonces sucedió.
Primero, un sonido ahogado, como si alguien se moviera en la oscuridad. Después, un suspiro largo, seguido de un gemido que hizo estremecer a Clara. Cerró los ojos, las manos cerrándose en puños a los lados del cuerpo. No era justo. No era justo que él estuviera allí, tan cerca, tan *vivo*, mientras ella se sentía como una estatua de hielo derritiéndose poco a poco.
Los sonidos se intensificaron, y Clara no resistió. Deslizó la mano bajo el edredón, los dedos encontrando la piel cálida del vientre, bajando despacio hasta el borde de las bragas. Estaba mojada. Más de lo que esperaba. Más de lo que admitiría.
Al otro lado de la pared, el ritmo se aceleró, y Clara lo siguió, los dedos moviéndose en círculos lentos, presionando donde dolía. Mordió el labio para no hacer ruido, pero un gemido se le escapó de todos modos, bajo, casi inaudible. Y entonces, del otro lado, hubo una pausa.
Silencio.
Clara se quedó inmóvil.
¿La habría escuchado?
El corazón le latía tan fuerte que estaba segura de que él podría oírlo. Pero entonces los sonidos recomenzaron, más urgentes, como si él también hubiera sido sorprendido. Y esta vez, Clara no se contuvo. Dejó que los dedos trabajaran más rápido, la respiración volviéndose irregular, hasta que el placer la atravesó como una ola, dejándola temblorosa y jadeante.
Al otro lado de la pared, un último gemido resonó, largo y satisfecho, antes de que el silencio volviera a reinar.
Clara quedó acostada, los dedos aún húmedos, el cuerpo entero vibrando con la intensidad de lo que acababa de suceder. No sabía su nombre. No sabía nada de él. Pero ahora, de alguna manera, estaban conectados. Y tenía la sensación de que aquello era solo el comienzo.
Clara despertó con el sol dándole de lleno en el rostro, el recuerdo de la noche anterior aún palpitando entre las piernas. La sábana estaba enredada a sus pies, la piel húmeda de sudor, y por un instante se preguntó si todo no habría sido un sueño. Pero entonces, al girar el cuerpo, sintió el leve palpitar en el vientre, el recuerdo de sus propios dedos explorándose con una urgencia que nunca antes había tenido.
Y el silencio al otro lado de la pared.
O mejor dicho, el silencio *antes* del silencio.
Se levantó despacio, los músculos protestando levemente, como si el cuerpo aún guardara la tensión de la noche. En el baño, al mirarse en el espejo, notó las marcas leves de los dientes en el labio inferior, el enrojecimiento de los pezones, el brillo en los ojos. *Él escuchó*, pensó, y la idea la hizo estremecer. No de vergüenza, sino de algo más cálido, más peligroso. Algo que la hacía querer repetir.
El desayuno fue rápido, casi mecánico. Clara encendió la televisión mientras preparaba una tostada, cambiando de canal sin interés, hasta que se detuvo en una vieja película de romance. La escena era banal: una pareja besándose bajo la lluvia, los cuerpos pegados, las manos explorando bajo la ropa mojada. Pero algo en la forma en que la cámara captaba el deseo, en la manera en que los actores se miraban, le hizo contraer el estómago. Subió el volumen, solo un poco, lo suficiente para que el sonido de los gemidos ahogados llenara la sala.
Y entonces, como si fuera una prueba, dejó que la película siguiera.
El apartamento estaba en silencio, excepto por el murmullo sensual de la televisión. Clara se sentó en el sofá, las piernas dobladas bajo el cuerpo, y fingió leer un documento legal que había traído de la oficina. Pero sus ojos no lograban fijarse en las palabras. En cambio, escuchaba. Esperaba.
Nada.
Quizás él no estaba en casa. Quizás estaba durmiendo. Quizás—
Un sonido ahogado vino de la pared. Clara contuvo la respiración. No era un gemido, no exactamente. Era más como… ¿una nota musical? Un acorde bajo, casi un ronroneo, proveniente de un instrumento que no reconocía. *Está tocando*, comprendió, y la idea la hizo sonreír. Lucas, el músico reservado, respondiendo a la provocación sin siquiera saber que era una provocación.
Se levantó, se acercó a la pared que los separaba y apoyó la palma de la mano allí, como si pudiera sentir las vibraciones de la música a través del yeso. La melodía era lenta, sinuosa, llena de curvas y pausas calculadas. Era el tipo de música que hacía que el cuerpo se moviera solo, que invitaba a las caderas a balancearse, a los dedos a recorrer la propia piel.
Clara cerró los ojos y dejó que el sonido la envolviera.
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Lucas estaba sentado en el suelo del estudio improvisado, la espalda apoyada en la pared que dividía su apartamento del de ella. La guitarra descansaba en su regazo, pero no era ella la que estaba tocando ahora. Era el piano eléctrico, cuyas teclas respondían al más leve toque con una suavidad casi pecaminosa.
No había planeado componer nada esa mañana. De hecho, había despertado con una erección dolorosa, el recuerdo de los gemidos de la noche anterior quemando en su mente. *Ella*, pensó, sin saber su nombre, sin tener idea de cómo era su rostro. Solo una voz, un suspiro, un cuerpo que se entregaba al placer al otro lado de la pared.
Y ahora, esa música.
No sabía de dónde había salido. Las notas simplemente surgieron, como si ya estuvieran escritas en algún lugar dentro de él, esperando ser liberadas. Era una melodía sensual, casi hipnótica, con un ritmo que imitaba el palpitar de la sangre, el subir y bajar de una respiración acelerada. Tocaba despacio, dejando que los dedos se deslizaran sobre las teclas, sintiendo el placer de crear algo que parecía vivo.
Entonces, de repente, un gemido.
Lucas se detuvo, el corazón latiendo fuerte. *No*, pensó. *No puede ser.* Pero allí estaba, inconfundible: el sonido ahogado de una mujer entregándose al placer. Y venía del apartamento de al lado.
*Ella lo está haciendo a propósito.*
La idea lo golpeó como un puñetazo en el estómago. Se levantó, la guitarra casi cayendo al suelo, y apoyó la oreja contra la pared. El sonido de la televisión estaba más alto ahora, y entre los diálogos y la banda sonora, podía distinguir los suspiros, los movimientos rítmicos, el sonido de la tela siendo arrastrada.
*Me está provocando.*
Y, Dios, cómo funcionaba.
Lucas volvió al piano, pero ahora sus manos temblaban. La música que salía de allí ya no era solo una melodía —era una respuesta. Cada nota era una invitación, un desafío, una promesa. Tocaba más alto, más intenso, dejando que el sonido llenara el espacio entre ellos, como si pudiera atravesar la pared y tocarla *a ella* directamente.
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Clara no aguantó.
El sonido del piano era demasiado. La forma en que se entrelazaba con los gemidos de la televisión, como si los dos estuvieran bailando juntos, era insoportablemente erótico. Se levantó, las piernas temblorosas, y fue a la cocina a buscar un vaso de agua. Pero la mano le resbaló en la encimera, y el vaso cayó en el fregadero con un *clink* fuerte.
Se quedó inmóvil.
Al otro lado, el piano se detuvo abruptamente.
Silencio.
Clara contuvo la respiración, los dedos apretando el borde del fregadero. *Él escuchó. Sabe que estoy aquí.* Y entonces, como para confirmarlo, el sonido volvió —pero ahora diferente. Más lento. Más deliberado. Casi… *personal.*
Era como si él estuviera tocando *para ella.*
Cerró los ojos y dejó caer la cabeza hacia atrás, los labios entreabiertos. El sonido la envolvía, la penetraba, hacía reaccionar a su cuerpo de maneras que no sabía que fueran posibles. Sin pensar, llevó la mano al botón de los pantalones de chándal que llevaba puestos, deslizando los dedos hacia dentro.
Un gemido se le escapó antes de que pudiera contenerlo.
Al otro lado, el piano respondió con una nota larga, vibrante, como si él hubiera sentido el sonido en su propia piel.
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Lucas no podía pensar más.
La música se había transformado en algo primitivo, instintivo. Cada vez que escuchaba el suspiro de Clara —*sí, ya sabía que era ella*— sus manos se movían más rápido, más urgentes. Se imaginaba cómo estaría: ¿tumbada en el sofá? ¿Sentada en el suelo, la espalda contra la pared, como él? ¿Estaría desnuda? ¿O aún con ropa, los dedos trabajando bajo la tela?
Quería saber. Necesitaba saber.
Entonces, sin aviso, dejó de tocar.
El silencio que siguió fue ensordecedor. Lucas contuvo la respiración, esperando. Un segundo. Dos. Tres.
Y entonces, como si fuera una señal, un sonido suave llegó del otro lado: el crujido de una puerta abriéndose.
Clara estaba saliendo de casa.
Se levantó de un salto, el corazón martilleándole en el pecho. *Se va a ir. Se va a ir y nunca sabré quién es.* Pero entonces escuchó otro sonido: el tintineo de las llaves, el clic de la cerradura.
Estaba *volviendo.*
Lucas corrió hacia la puerta del apartamento, pero se detuvo antes de abrirla. ¿Qué diría? *Hola, soy tu vecino que te escuchó tocarte anoche y ahora estoy obsesionado contigo.* No. Eso sería una locura.
Pero entonces la puerta de Clara se cerró con un *clack* suave, y escuchó sus pasos acercándose.
Ella estaba en el pasillo.
Él estaba en el pasillo.
Y, de repente, el mundo pareció detenerse.
El pasillo del edificio olía a cera para pisos y algo más sutil, casi imperceptible —el perfume cítrico que Clara se había rociado en el cuello esa mañana, mezclado con el sudor limpio de quien acaba de volver del gimnasio. Se detuvo frente a la puerta del 302, los dedos aún temblorosos al encajar la llave en la cerradura. El metal chirrió levemente, un sonido que resonó en el silencio hueco del espacio estrecho. Fue entonces cuando lo escuchó.
Pasos.
No los pasos apresurados de alguien que baja las escaleras corriendo, ni el arrastrar perezoso de quien lleva bolsas. Eran pasos lentos, deliberados, como si quien los daba estuviera midiendo cada movimiento. Clara giró el rostro despacio, el cabello aún húmedo de la ducha cayendo sobre los hombros, y lo vio.
Lucas.
Estaba parado a pocos metros, la mano apoyada en la pared como si necesitara sostén. Llevaba una camisa negra de mangas largas, los botones superiores abiertos revelando la curva de la clavícula, y pantalones de lino que caían sueltos sobre las caderas. Los ojos —oscuros, casi negros— estaban fijos en ella con una intensidad que hizo vibrar el aire entre ellos. Clara sintió el peso de esa mirada como un toque físico, algo que se deslizaba por su piel, dejando un rastro de calor.
—Hola —dijo él, la voz ronca, como si acabara de despertar. O como si hubiera pasado la noche entera despierto, pensando.
Ella tragó saliva. *Él sabe.* La certeza la golpeó como un puñetazo en el estómago. No había forma de no saberlo. Las paredes delgadas, los gemidos ahogados, la música que ella dejaba sonar tarde en la noche —todo eso era un diálogo silencioso entre ellos, una danza de provocaciones y respuestas. Y ahora, allí, en el pasillo, el juego estaba a punto de cambiar.
—Hola —respondió, intentando sonar casual. Pero su voz salió más baja de lo que pretendía, casi un susurro. Se aclaró la garganta, fingiendo buscar algo en el bolso. —Tú… ¿vives aquí también?
Lucas sonrió. No era una sonrisa amplia, de esas que muestran los dientes, sino algo más contenido, casi peligroso. Como si supiera que ella estaba mintiendo.
—Tercer piso —dijo, señalando hacia arriba con la barbilla. —303.
Clara asintió, como si no supiera exactamente dónde vivía. Como si no hubiera pasado las últimas noches imaginando la disposición de su apartamento, tratando de adivinar dónde estaba la cama, dónde se tocaba cuando la escuchaba gemir al otro lado de la pared.
—Clara —se presentó, extendiendo la mano. —302.
Él miró su mano un segundo más de lo necesario antes de estrecharla. Sus dedos eran largos, callosos en las puntas —dedos de músico, pensó. Y cálidos. Tan cálidos que Clara sintió el calor extenderse por su brazo, subiendo hasta el cuello, haciendo que su piel hormigueara.
—Lucas —dijo él, finalmente soltándola. Pero no antes de pasar el pulgar levemente sobre su muñeca, un gesto casi imperceptible, pero que la hizo contener la respiración.
El pasillo pareció encogerse. El aire se volvió más denso, cargado con el olor de ambos —el perfume de ella, el jabón de él, el sudor recién lavado de dos cuerpos que sabían lo que era el deseo. Clara se apoyó en la puerta, la espalda presionada contra la madera fría, como si necesitara ese contraste para no derretirse allí mismo.
—Tú… —comenzó, pero dudó. *¿Qué decir?* *¿Preguntar si la escuchó?* *¿Si le gustó?* *¿Si también se tocó pensando en ella?*
Lucas inclinó la cabeza, como si leyera sus pensamientos.
—Estaba componiendo —dijo, despacio. —Una canción nueva.
—Ah. —Clara se mordió el labio. —Debe ser… interesante.
Él rio, un sonido bajo y gutural que reverberó en el pecho de ella.
—Sí. Interesante es una palabra.
Silencio. Uno de esos silencios cargados, en los que cada segundo parece durar una eternidad. Clara sintió el corazón latir tan fuerte que tuvo la certeza de que él podía escucharlo. Entonces, de repente, Lucas dio un paso adelante, acortando aún más la distancia entre ellos.
—¿Quieres escuchar? —preguntó, la voz casi un murmullo.
Ella parpadeó.
—¿Qué?
—La canción. —Sonrió, pero sus ojos no dejaban lugar a dudas: no era solo por la canción que la estaba invitando. —Puedo tocar para ti.
Clara sabía que era una excusa. Sabía que, si aceptaba, estaría cruzando una línea de la que no habría vuelta atrás. Pero el deseo ya se había apoderado de ella, cálido y palpitante, y la idea de estar a solas con él, de sentir ese cuerpo cerca del suyo, de escuchar lo que creaba cuando la tensión entre ellos se volvía insoportable… era demasiado.
—Yo… —Respiró hondo. —Me gustaría.
Lucas no dijo nada. Solo extendió la mano, los dedos ligeramente curvados, como si la invitara a bailar. Clara miró esa mano —fuerte, capaz, la mano de un hombre que sabía cómo usar el cuerpo— y sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Entonces, sin pensarlo dos veces, colocó la suya sobre la de él.
El contacto fue eléctrico. Como si una corriente pasara entre ellos, encendiendo cada terminación nerviosa. Lucas cerró los dedos alrededor de los suyos, firme, pero sin apretar, y la atrajo suavemente hacia su apartamento.
El camino hasta la puerta del 303 fue corto, pero pareció durar una vida entera. Clara sentía cada paso como si caminara sobre brasas. El olor de él se hizo más fuerte —madera, cuero, algo dulce y masculino que no lograba identificar, pero que la hacía querer acercarse aún más. Cuando llegaron a la puerta, Lucas dudó por un segundo, como si también estuviera dándose cuenta de que, a partir de ese momento, no habría vuelta atrás.
Entonces abrió la puerta.
El apartamento era más pequeño de lo que había imaginado, pero ordenado con una precisión casi obsesiva. Había un piano de cola negro en el centro de la sala, las teclas brillando bajo la luz tenue que entraba por la ventana. Partituras estaban esparcidas por el suelo, algunas con anotaciones garabateadas a lápiz. El sofá de cuero gastado estaba apoyado contra la pared opuesta, y sobre él descansaba una guitarra, como si la hubieran dejado allí apresuradamente.
—Perdona el desorden —dijo, cerrando la puerta tras ella. El clic de la cerradura sonó como un punto final en algo, como si ahora estuvieran atrapados juntos en ese espacio.
Clara no respondió. Estaba demasiado ocupada absorbiendo todo —el calor del ambiente, el sonido de la respiración de él detrás de ella, la forma en que el silencio entre ellos parecía palpitar. Entonces, sin aviso, Lucas pasó junto a ella, rozando levemente su brazo al acercarse al piano.
—Siéntate —dijo, señalando el sofá.
Ella obedeció, hundiéndose en el cuero suave. El material crujió levemente bajo su peso, un sonido que la hizo retorcerse por dentro. Lucas no se sentó al piano de inmediato. En cambio, se quedó parado junto a él, las manos apoyadas en la tapa pulida, los ojos fijos en ella.
—¿Eres abogada, verdad? —preguntó, de repente.
Clara parpadeó, sorprendida.
—¿Cómo lo sabes?
Él se encogió de hombros, una sonrisa jugando en los labios.
—Te escuché hablando por teléfono el otro día. Algo sobre un juicio.
Ella sintió el rostro calentarse. *Él prestó atención. Escuchó más que solo los gemidos.*
—Sí —confirmó, cruzando las piernas. El movimiento hizo que la tela de la falda subiera un poco, revelando más del muslo. Lucas siguió el gesto con los ojos, y Clara vio su garganta moverse al tragar saliva.
—Y tú… —comenzó, pero dudó. —Eres músico.
—Soy —dijo él, simplemente. Entonces, como si hubiera decidido algo, se sentó al piano. Las teclas crujieron levemente bajo sus dedos.
Clara contuvo la respiración.
Lucas no comenzó a tocar de inmediato. Primero, la miró fijamente, los ojos oscuros ardiendo con una intensidad que la hizo moverse inquieta en el sofá. Luego, lentamente, sus manos se movieron.
La primera nota fue baja, casi un susurro. Una melodía que comenzó suave, pero que pronto cobró cuerpo, llenando el espacio entre ellos como una presencia física. Clara sintió el sonido vibrar en su pecho, en las costillas, como si cada nota fuera un dedo recorriendo su piel. Y entonces, sin aviso, Lucas comenzó a cantar.
Su voz era ronca, profunda, cargada de una emoción que ella no lograba nombrar. Las palabras eran en inglés, algo sobre deseo y paredes delgadas, sobre sonidos que escapaban sin permiso. Clara sintió todo su cuerpo reaccionar —los pezones endureciéndose bajo la blusa, el calor acumulándose entre las piernas, la respiración volviéndose más rápida, más superficial.
No se dio cuenta de que se estaba inclinando hacia adelante hasta que sus manos se apoyaron en el sofá, los dedos clavándose en el cuero. Lucas la observaba mientras cantaba, los ojos nunca dejando los suyos, como si cada palabra fuera una invitación, una provocación.
Y entonces, de repente, se detuvo.
El silencio que siguió fue tan denso que Clara casi gimió. Quería más. Necesitaba más.
—¿Por qué paraste? —preguntó, la voz temblorosa.
Lucas no respondió. En cambio, se levantó del banco del piano y caminó hacia ella. Clara sintió el corazón acelerarse, la sangre latiendo en las sienes. Se detuvo frente a ella, tan cerca que podía sentir el calor de su cuerpo, el olor de su piel mezclado con el perfume de la madera del piano.
—Porque —dijo, la voz un gruñido— no quiero que escuches la música.
Ella frunció el ceño.
—¿No?
—No. —Se inclinó, apoyando las manos en los brazos del sofá, atrapándola entre sus brazos. —Quiero que la *sientas*.
Y entonces, antes de que pudiera responder, la besó.
Los labios de Lucas eran más suaves de lo que Clara había imaginado, pero la urgencia con la que la besaba no dejaba espacio para delicadezas. Era un beso de hambre antigua, de esas que se acumulan en noches de insomnio y suspiros ahogados contra las almohadas. Ella respondió con la misma intensidad, las manos subiendo por sus brazos hasta encontrar los hombros anchos, sintiendo la tensión de los músculos bajo la camisa. El sofá crujió levemente cuando se inclinó aún más, buscando más cercanía, más presión, más *él*.
Lucas gimió contra su boca, un sonido ronco que vibró entre ellos, y Clara sintió todo su cuerpo reaccionar —los pezones endureciéndose bajo la tela fina de la blusa, el calor extendiéndose entre las piernas. Él mordisqueó suavemente su labio inferior antes de apartar el rostro lo suficiente para murmurar:
—No tienes idea de cuánto he querido hacer esto.
—Entonces muéstramelo —lo desafió, la voz más jadeante de lo que pretendía.
Él no necesitó más incentivo. Las manos de Lucas se deslizaron por su espalda, atrayéndola más cerca, mientras su boca bajaba por el cuello, dejando un rastro de besos húmedos y mordiscos que la hicieron arquear el cuerpo. Sintió los dientes de él rozar la piel sensible justo debajo de la oreja y se estremeció, un gemido escapándose antes de que pudiera contenerlo. El sonido resonó en el apartamento, y por un segundo, ambos se quedaron inmóviles.
Las paredes delgadas.
El recuerdo de lo que los separaba —y de lo que los unía— encendió algo aún más salvaje entre ellos. Clara agarró los cabellos de Lucas, atrayéndolo de vuelta a su boca, mientras él la levantaba del sofá con un movimiento fluido. Ella envolvió las piernas alrededor de su cintura, sintiendo la dureza de la erección presionando exactamente donde más lo necesitaba.
—Joder —gruñó él, las manos apretando su trasero mientras la llevaba por el apartamento. —Me vas a matar antes de que termine la noche.
—Mejor morir feliz —respondió ella, riendo bajito, pero la risa se transformó en un suspiro cuando la empujó contra la pared junto al piano.
Su cuerpo se deslizó lentamente hasta que los pies tocaron el suelo, pero Lucas no la soltó. En cambio, sostuvo su rostro entre las manos y la besó de nuevo, esta vez más despacio, como si quisiera memorizar su sabor. Clara sintió sus dedos deslizarse por su brazo, dejando escalofríos a su paso, hasta entrelazarse con los suyos. Él guió su mano hacia abajo, presionándola contra su propia entrepierna, y Clara no necesitó más instrucciones. Lo apretó por encima del jean, escuchándolo maldecir en voz baja contra su boca.
—¿Te gusta provocarme, verdad? —preguntó él, la voz ronca, mientras mordisqueaba su mentón.
—Solo estoy devolviéndote el favor —susurró ella, apretándolo de nuevo.
Lucas gimió, las caderas empujando involuntariamente contra su mano. Entonces, de repente, la soltó, dando un paso atrás. Clara casi protestó, pero él solo sonrió —una sonrisa lenta, peligrosa— y extendió la mano.
—Baila conmigo.
Ella dudó por un segundo, pero el brillo en sus ojos era irresistible. Tomó la mano ofrecida, dejándose atraer hacia el centro de la sala. El apartamento estaba casi a oscuras, iluminado solo por la luz ámbar que se filtraba de la lámpara junto al piano. La música aún resonaba en algún lugar de su memoria —una melodía sensual, sin palabras, pero cargada de promesas.
Lucas la atrajo hacia sí, una mano en su cintura, la otra sosteniendo la suya contra su pecho. Su cuerpo era cálido, firme, y Clara sintió su corazón latir acelerado bajo la palma de su mano. Comenzaron a moverse despacio, casi sin ritmo, como si estuvieran aprendiendo los pasos del otro. Pero pronto el baile se volvió más intenso, los cuerpos pegándose, las caderas rozándose de una manera que hizo que Clara mordiera el labio para no gemir en voz alta.
—¿Sientes eso? —murmuró él, la boca cerca de su oído. —Como si las paredes nos estuvieran escuchando.
Clara se estremeció. Sí, lo sentía. Cada suspiro, cada roce de tela, cada latido de sus corazones parecía amplificado, como si todo el apartamento vibrara con la tensión entre ellos. Inclinó la cabeza hacia atrás, exponiendo el cuello, y Lucas no perdió tiempo —besó la piel sensible, luego la clavícula, mientras sus manos se deslizaban por su espalda, atrayéndola aún más cerca.
—Quería que supieras —dijo él, la voz ronca— cuánto te escuché. Todas las noches.
Clara cerró los ojos, sintiendo su aliento cálido contra la piel. Sus manos subieron por los brazos de Lucas, sintiendo los músculos tensos, hasta encontrar su cuello, atrayéndolo hacia un beso. Esta vez no había prisa. Era un beso lento, profundo, exploratorio, como si tuvieran todo el tiempo del mundo. Pero su cuerpo clamaba por más, y Clara sintió las uñas clavarse levemente en sus hombros cuando él mordió su labio inferior.
—Lucas —gimió, su nombre saliendo como una súplica.
Él respondió atrayéndola con más fuerza, las caderas pegándose a las suyas de una manera que no dejaba dudas sobre lo que quería. Clara sintió la humedad entre las piernas, todo su cuerpo palpitando de deseo. Sus manos se deslizaron hacia abajo, agarrando su trasero, levantándola ligeramente, y ella no resistió —envolvió las piernas alrededor de su cintura de nuevo, sintiendo la erección presionando exactamente donde lo necesitaba.
—Por Dios, Clara —gruñó él, los labios contra su cuello. —Me vas a volver loco.
Ella rio bajito, pero el sonido se transformó en un gemido cuando la empujó contra la pared una vez más, las manos subiendo por su blusa, tirando de ella hacia arriba. Clara levantó los brazos, dejándolo quitársela, y pronto sintió el aire fresco de la noche contra su piel desnuda. Lucas no perdió tiempo —sus labios encontraron un pezón, succionándolo con fuerza, mientras la mano libre apretaba el otro pecho.
Clara arqueó la espalda, las uñas clavándose en sus hombros, el placer tan intenso que casi la hizo perder el equilibrio. Sintió los dientes de él rozar el pezón sensible y gimió en voz alta, sin importarle si el vecino del otro lado de la pared podía escucharlos. Lucas levantó la cabeza, los ojos oscuros de deseo, y por un segundo, solo se miraron, jadeantes.
—Te quiero —dijo él, la voz ronca. —Ahora.
Clara no respondió. En cambio, lo atrajo hacia otro beso, las manos bajando hacia el botón de su jean. Lucas la ayudó, apartándose solo lo suficiente para quitarse la camisa, revelando un pecho musculoso, levemente cubierto por una fina capa de vello. Clara pasó las manos por él, sintiendo la piel cálida, los músculos tensos bajo sus dedos, antes de empujar el jean hacia abajo.
Él pateó la prenda lejos, quedando solo en calzoncillos, la erección evidente bajo la tela fina. Clara se mordió el labio, los ojos fijos en él, antes de arrodillarse lentamente. Lucas gimió cuando ella bajó los calzoncillos, liberándolo, y no dudó —lo envolvió con la mano, sintiendo la textura sedosa y la dureza palpitante, antes de llevarse la punta a la boca.
—Clara —gruñó él, las manos enredándose en su cabello.
Ella no se detuvo. Lo lamió despacio, sintiendo el sabor salado, antes de llevarlo más adentro, las manos trabajando en sincronía con la boca. Lucas gimió en voz alta, las caderas empujando levemente, y Clara sintió el poder de ese momento —él estaba a su merced, y le encantaba.
Pero entonces él la levantó, besándola con una urgencia renovada.
—Basta —murmuró contra su boca. —Necesito estar dentro de ti.
Clara no discutió. Se dejó llevar hasta el sofá, donde Lucas la acostó con cuidado, antes de arrodillarse entre sus piernas. Le bajó las bragas, los dedos rozando la piel sensible de los muslos, y Clara sintió todo su cuerpo temblar de anticipación. Cuando finalmente tocó su clítoris, gimió en voz alta, la espalda arqueándose.
—Tan mojada —murmuró él, los dedos deslizándose con facilidad. —Tan lista.
Clara no podía hablar. Solo podía sentir —sus dedos explorándola, provocándola, hasta que estuvo al borde del abismo. Pero entonces se detuvo, dejándola jadeante, los ojos fijos en los suyos mientras se llevaba los dedos a la boca, lamiéndolos despacio.
—Deliciosa —dijo, la voz ronca.
Ella casi llegó al orgasmo allí mismo.
Lucas se levantó, sacando algo de su billetera antes de volver con ella. Clara lo observó, hipnotizada, mientras se ponía el condón, los movimientos precisos, urgentes. Entonces estuvo sobre ella, el cuerpo cálido presionándola contra el sofá, y Clara abrió las piernas, recibiéndolo.
Por un segundo, solo la miró, los ojos oscuros, intensos.
—¿Estás segura? —preguntó, la voz baja.
Clara respondió atrayéndolo más cerca, los labios encontrando los suyos en un beso desesperado.
—Nunca he estado tan segura en mi vida.
Y entonces la penetró.
Clara gimió en voz alta, las uñas clavándose en su espalda mientras él se movía despacio, dejándola acostumbrarse a la sensación. Pero pronto la lentitud dio paso a algo más salvaje, más urgente, y ella respondió a cada embestida, los cuerpos uniéndose y separándose en un ritmo que hacía temblar las paredes del apartamento.
—Más —pidió, la voz quebrada. —Más fuerte.
Lucas obedeció. Los movimientos se volvieron más profundos, más intensos, y Clara sintió el orgasmo acercarse como una ola. Se aferró a él, los labios encontrando su cuello, mordiéndolo levemente mientras el placer la consumía.
—Joder, Clara —gimió él, la voz ronca. —Voy a correrme.
—Córrete conmigo —susurró ella, sintiendo su propio cuerpo contraerse alrededor de él.
Y entonces sucedió. El orgasmo la golpeó con fuerza, haciéndola arquear la espalda, los gemidos resonando en el apartamento. Lucas la siguió poco después, los movimientos perdiendo el ritmo mientras se enterraba en ella una última vez, el cuerpo temblando.
Por un largo momento, quedaron allí, jadeantes, los cuerpos entrelazados. Clara sintió su corazón latir contra el suyo, rápido, descompasado, y sonrió contra su piel.
Pero entonces, como si de repente recordara dónde estaban, Lucas levantó la cabeza, los ojos encontrando los suyos.
—Las paredes —murmuró, una sonrisa lenta formándose en sus labios.
Clara rio bajito, pero el sonido murió en su garganta cuando él la besó de nuevo, esta vez suave, como si prometiera que aquello era solo el comienzo.
Y, por primera vez en mucho tiempo, le creyó.
Lucas la atrajo hacia el interior del apartamento con un movimiento ágil, las manos firmes en su cintura mientras la puerta se cerraba tras ellos con un clic suave. El espacio era pequeño, iluminado solo por la luz ámbar de una lámpara en el rincón, que proyectaba sombras danzantes sobre las paredes cubiertas de partituras y pósteres de bandas desconocidas. El aire olía a café viejo, madera barnizada y algo más —el perfume masculino de Lucas, una mezcla de sándalo y sudor limpio que la hizo respirar hondo, como si pudiera absorberlo.
—¿Estás segura? —murmuró contra su boca, los dedos ya deslizándose bajo el dobladillo de su blusa, tocando la piel cálida de su cintura.
Clara no respondió con palabras. En cambio, lo atrajo más cerca, los labios encontrando los suyos en un beso hambriento, las manos enredándose en el cabello oscuro y levemente húmedo de su nuca. Sintió el sabor a menta y algo más dulce, quizás el vino que había bebido antes, y gimió bajito cuando sus dientes rozaron su labio inferior.
—Te quiero —susurró, la voz ronca de deseo. —Desde la primera vez que te escuché al otro lado de la pared.
Lucas soltó un sonido gutural, casi un gruñido, y la empujó contra la pared más cercana. Sus manos exploraron su cuerpo con una urgencia que la dejó sin aliento —los dedos trazando el contorno de sus pechos por encima de la tela fina de la blusa, bajando por la curva de su cadera, apretándola contra él para que sintiera la erección rígida contra su muslo.
—No tienes idea de lo que me hiciste —dijo, la voz áspera, los labios deslizándose por su cuello, dejando un rastro de fuego. —Me quedaba despierto, escuchándote tocarte, imaginando cómo sería probarte.
Clara arqueó el cuerpo contra el suyo, las uñas clavándose en sus hombros anchos. La pared fría a su espalda contrastaba con el calor que emanaba del cuerpo de él, y se entregó a la sensación, las caderas moviéndose instintivamente contra las suyas.
—Entonces pruébame —lo desafió, tirando de la blusa por encima de la cabeza y dejándola caer al suelo.
Lucas no perdió tiempo. Sus labios encontraron el valle entre sus pechos, la lengua trazando círculos lentos y húmedos sobre la piel sensible, mientras las manos desabrochaban el sujetador con una destreza que delataba práctica. Cuando la tela cayó, retrocedió por un segundo, los ojos oscuros recorriendo su cuerpo con una intensidad que la hizo estremecer.
—Dios, Clara —murmuró, la voz cargada de admiración. —Eres preciosa.
Ella no tuvo tiempo de responder. Lucas la levantó en brazos con facilidad, llevándola hasta el sofá gastado en el centro de la sala. La acostó sobre los cojines, su cuerpo cubriendo el de ella mientras los labios bajaban por su estómago, dejando besos húmedos y mordiscos leves que la hicieron retorcerse.
—Lucas… —gimió, las manos enredándose en su cabello cuando su boca encontró el pezón sensible, succionándolo con fuerza.
Él rio bajito, el aliento cálido contra su piel.
—Shhh —susurró, los dedos deslizándose dentro de su pantalón, encontrándola ya húmeda, lista. —Las paredes, ¿recuerdas?
Clara mordió el labio para contener un gemido cuando sus dedos comenzaron a moverse en círculos lentos y tortuosos. El placer era casi insoportable, y arqueó el cuerpo contra su mano, las caderas moviéndose al ritmo que él marcaba.
—¿Te gusta? —preguntó él, la voz un susurro ronco contra su oído.
—Sí —jadeó, las uñas clavándose en su espalda. —Más.
Lucas no la hizo esperar. Con un movimiento rápido, le quitó el pantalón, dejándola solo con las bragas, y se arrodilló entre sus piernas. Sus ojos oscuros se encontraron con los de ella por un segundo, como pidiendo permiso, y Clara asintió, las piernas abriéndose instintivamente.
No la provocó esta vez. Su boca bajó sobre ella con una voracidad que la hizo gritar, los labios y la lengua trabajando en un ritmo implacable. Clara agarró su cabello, las caderas moviéndose contra su rostro mientras el placer la consumía, cada toque enviando oleadas de calor por su cuerpo.
—Lucas, yo… —intentó avisar, pero las palabras se perdieron en un gemido cuando la llevó al límite, el orgasmo estallando en oleadas intensas que la dejaron jadeante.
Él no se detuvo. Siguió lamiendo y succionando, prolongando el placer hasta que quedó laxa, los músculos temblorosos. Solo entonces se apartó, los labios brillantes, una sonrisa satisfecha en los labios.
—Deliciosa —murmuró, subiendo por su cuerpo y capturando su boca en un beso profundo.
Clara sintió el sabor de sí misma en sus labios y gimió, las manos deslizándose por su camisa, tirando de ella por encima de la cabeza. Sus cuerpos se acoplaron perfectamente, piel contra piel, y sintió su erección presionando contra su muslo, caliente y dura.
—Tu turno —susurró, empujándolo de espaldas en el sofá y montándolo.
Lucas rio, pero el sonido se transformó en un gemido cuando ella desabrochó su pantalón y liberó su erección, los dedos envolviéndolo con firmeza. Cerró los ojos, la cabeza cayendo hacia atrás mientras ella comenzaba a moverse, las caderas rozando contra las suyas en un ritmo lento y provocador.
—Clara… —gimió, las manos apretando sus caderas. —No voy a durar si sigues así.
Ella sonrió, inclinándose para besarlo, la lengua deslizándose contra la suya mientras los movimientos se volvían más rápidos, más urgentes.
—Entonces no dures —susurró contra sus labios.
Lucas no necesitó más incentivo. Con un movimiento rápido, la volteó de espaldas en el sofá, los cuerpos acoplándose de nuevo. Clara sintió la punta de su erección presionando contra ella y arqueó la espalda, ansiosa.
—Por favor —pidió, las uñas clavándose en sus hombros.
Él no la hizo esperar. Con un solo movimiento, entró en ella, llenándola por completo. Clara gritó, los dedos enredándose en su cabello mientras comenzaba a moverse, las caderas chocando contra las suyas en un ritmo implacable.
—Eres tan estrecha —gimió él, los labios encontrando su cuello, mordisqueando la piel sensible. —Tan perfecta.
Clara no podía responder. El placer era abrumador, cada embestida enviando oleadas de calor por su cuerpo. Envolvió las piernas alrededor de su cintura, atrayéndolo más cerca, más profundo, mientras los gemidos resonaban en el apartamento.
—Más fuerte —pidió, la voz ronca. —Quiero sentirte.
Lucas obedeció. Los movimientos se volvieron más rápidos, más intensos, los cuerpos chocando en un ritmo frenético. Clara sintió el orgasmo acercarse de nuevo, todo su cuerpo temblando mientras él la llevaba al límite.
—Córrete conmigo —susurró él, la voz ronca de deseo.
Y entonces sucedió. El placer la golpeó con fuerza, haciéndola arquear la espalda, los gemidos resonando en el apartamento. Lucas la siguió poco después, los movimientos perdiendo el ritmo mientras se enterraba en ella una última vez, el cuerpo temblando.
Por un largo momento, quedaron allí, jadeantes, los cuerpos entrelazados. Clara sintió su corazón latir contra el suyo, rápido, descompasado, y sonrió contra su piel.
Pero entonces, como si de repente recordara dónde estaban, Lucas levantó la cabeza, los ojos encontrando los suyos.
—Las paredes —murmuró, una sonrisa lenta formándose en sus labios.
Clara rio bajito, pero el sonido murió en su garganta cuando él la besó de nuevo, esta vez suave, como si prometiera que aquello era solo el comienzo.
Y, por primera vez en mucho tiempo, le creyó.
Pero cuando su respiración finalmente se calmó y el sudor comenzó a enfriarse sobre su piel, Clara sintió un frío en el estómago. No era solo el aire de la noche. Era algo más profundo, una pregunta que no sabía cómo responder.
Lucas rodó hacia un lado, atrayéndola contra su pecho, los dedos trazando círculos perezosos en su espalda.
—¿Qué pasa? —preguntó, la voz suave.
Clara dudó. No era el momento para dudas, pero ahí estaban, insistentes.
—¿Y ahora? —murmuró, los dedos jugando con el vello de su pecho.
Lucas suspiró, luego la atrajo más cerca, los labios rozando su sien.
—Ahora —dijo, la voz baja—, vemos qué pasa.
Y aunque las palabras eran simples, Clara sintió su peso. Porque, por primera vez, no se trataba solo de deseo. Era algo más. Algo que ninguno de los dos estaba listo para nombrar.
La luz de la mañana invadió el cuarto de Lucas como un intruso, filtrándose por las cortinas delgadas que apenas disimulaban la crudeza del sol. Clara despertó antes que él, los ojos aún pesados de sueño y de algo más —una mezcla de saciedad e inquietud que se enredaba en su pecho como un hilo de seda demasiado apretado. La sábana estaba enredada a sus pies, y su piel, aún cálida por la noche anterior, ahora sentía el aire fresco del ambiente. A su lado, Lucas respiraba despacio, el brazo echado sobre su cadera en un gesto que parecía a la vez posesivo y casual.
Giró el rostro para observarlo. Las pestañas oscuras rozaban sus mejillas, y la boca, levemente entreabierta, exhalaba un aliento tibio que se mezclaba con el olor a sudor seco y sexo. Clara sintió un escalofrío recorrerle la espalda, no de frío, sino de memoria —los gemidos ahogados contra la almohada, las manos de él sujetando sus muñecas sobre la cabeza, la forma en que la había mirado mientras la penetraba, como si quisiera grabar cada detalle de ella en su retina. Era demasiado. Era poco. Era peligroso.
Con cuidado, se zafó de su abrazo, sentándose en el borde de la cama. El suelo estaba frío bajo sus pies, y el contacto con la madera lisa la hizo estremecer. En el baño, el espejo reflejó a una mujer que apenas reconoció: los labios hinchados, los pezones aún sensibles al roce del aire, el cabello enredado como si hubiera sido jalado por dedos ávidos. Pasó los dedos por su cuello, sintiendo las marcas leves dejadas por los dientes de Lucas, y cerró los ojos. *¿Qué he hecho?*
Cuando volvió al cuarto, él ya estaba despierto, sentado contra el cabezal de la cama, las sábanas subidas hasta la cintura. Sus ojos la siguieron mientras se movía, y había algo en ellos —una intensidad que no era solo deseo, sino también una pregunta silenciosa. Clara dudó, luego tomó su camisa del suelo y se la puso, sintiendo la tela aún impregnada con el olor de ambos.
—Buenos días —dijo, la voz ronca por el sueño y algo más.
Lucas sonrió, una sonrisa lenta y peligrosa que le hizo contraer el estómago.
—Buenos días —respondió, extendiendo la mano. —Ven aquí.
Ella debería negarse. Debería vestirse y marcharse antes de que las cosas se complicaran aún más. Pero sus dedos ya estaban entrelazados con los suyos, atrayéndola de vuelta a la cama, y Clara se dejó caer a su lado, su cuerpo respondiendo antes de que su mente pudiera protestar.
—Estás callada —murmuró él, los labios rozando su oreja mientras la atraía más cerca.
—Estoy pensando —admitió, la respiración acelerándose cuando su mano se deslizó por su muslo desnudo.
—¿En qué?
Clara dudó. *En lo equivocado que está esto. En cómo no debería desearte. En cómo no puedo dejar de desearte.*
—En lo delgadas que son las paredes —dijo finalmente, desviando la mirada hacia el punto donde la pared del cuarto se unía a la de su apartamento. —En cómo todo el edificio probablemente nos escuchó anoche.
Lucas rio, un sonido bajo y vibrante que reverberó contra su pecho.
—¿Crees que me importa?
—A mí me importa.
—¿Por qué? —Inclinó la cabeza, los dedos trazando círculos perezosos en su piel. —¿Te arrepientes?
Clara abrió la boca para decir que sí, que había sido un error, que deberían olvidarlo todo y seguir adelante como si nada hubiera pasado. Pero las palabras murieron en su garganta cuando él la atrajo sobre sí, sus piernas abriéndose naturalmente sobre sus caderas. La sábana se deslizó, revelando su erección matutina, dura e insistente contra su vientre.
—No —susurró, la voz quebrándose. —No me arrepiento.
Lucas sonrió, satisfecho, y la atrajo hacia un beso. Fue lento, profundo, como si tuviera todo el tiempo del mundo para explorar su boca, para memorizar el sabor del desayuno que aún no habían tomado. Cuando se apartó, sus ojos brillaban con algo que iba más allá de la lujuria.
—Entonces, ¿cuál es el problema?
—El problema —dijo ella, las manos apoyadas en su pecho, sintiendo su corazón latir fuerte bajo las palmas— es que esto no debía ser solo una noche.
—¿Quién lo dijo?
—Yo. Tú. La situación.
Lucas sostuvo su rostro entre las manos, obligándola a mirarlo.
—Clara, no soy un niño. No voy a fingir que no te deseo solo porque nos conocimos de una manera… poco convencional. —Hizo una pausa, los pulgares acariciando sus mejillas. —Y tú tampoco eres una niña. Entonces, ¿por qué fingimos que esto es solo sexo?
Ella sintió las lágrimas quemarle los ojos, pero no las dejó caer. Porque él tenía razón. Porque, en el fondo, sabía que no era solo eso. No para ella. No después de la forma en que la había mirado mientras la hacía llegar al orgasmo, como si fuera lo único que importaba en el mundo.
—No lo sé —admitió, la voz quebrándose. —Solo… no quiero salir lastimada.
Lucas la atrajo más cerca, envolviéndola en un abrazo que era a la vez reconfortante y posesivo.
—Yo tampoco quiero lastimarte —murmuró contra su cabello. —Pero no tenemos que decidir nada ahora. Podemos solo… dejar que pase.
Clara cerró los ojos, inhalando su olor —jabón, sudor, sexo. Era tentador. Era aterrador. Era exactamente lo que quería.
—¿Y si nos arrepentimos? —preguntó, la voz ahogada contra su pecho.
—Entonces nos arrepentiremos juntos —respondió él, simple. —Pero no creo que sea el caso.
Ella no respondió. En cambio, lo besó de nuevo, esta vez con más urgencia, como si quisiera demostrarse a sí misma que aún tenía control sobre aquello. Pero cuando sus manos se deslizaron hacia abajo, quitándole la camisa que llevaba puesta y exponiendo sus pechos al aire frío de la mañana, Clara supo que no había control alguno. Solo estaban ellos, y el deseo que ardía entre ambos como una hoguera imposible de apagar.
Lucas la acostó de espaldas, cubriendo su cuerpo con el suyo, y Clara arqueó la espalda cuando tomó un pezón en su boca, succionando con la fuerza suficiente para hacerla gemir. Las paredes eran delgadas. Los vecinos probablemente estaban despertando. Pero en ese momento, nada importaba.
—Lucas… —susurró, las uñas clavándose en sus hombros.
—Shhh —murmuró él, la boca deslizándose hacia el otro pecho. —Déjalos escuchar.
Y ella lo hizo.
Más tarde, cuando los dos estaban acostados lado a lado, exhaustos y satisfechos, Clara notó que ya no había incomodidad entre ellos. Solo una calma extraña, como si hubieran cruzado una línea y descubierto que, del otro lado, no había arrepentimiento, solo alivio.
—¿Qué vas a hacer hoy? —preguntó, los dedos jugando con el vello de su pecho.
—Componer —respondió él, tomando su mano y besando la palma. —Quizás escribir una canción sobre una vecina que me vuelve loco.
Clara rio, pero el corazón le dio un vuelco.
—No te atrevas.
—¿Por qué? —Sonrió, malicioso. —¿No te gustaría ser inmortalizada en una canción?
—Prefiero ser inmortalizada de otras maneras —respondió, montándolo de nuevo.
Lucas gimió, las manos agarrando sus caderas.
—Eso puede arreglarse.
Y así, sin prisa, sin promesas, se perdieron de nuevo —esta vez, con la certeza de que no sería la última.