El Último Toque de la Noche
Por Tonkix

**El Último Toque de la Noche**
La clínica de masajes *Equilibrio* estaba casi vacía cuando Clara apagó las luces de la recepción. El reloj de la pared marcaba las diez menos veinte, y el silencio de la noche envolvía el ambiente como un manto. Le encantaban esos momentos, cuando el último cliente se iba y el espacio se volvía solo suyo, lleno de promesas de tranquilidad. Pero hoy, algo parecía diferente.
Escuchó el sonido de la puerta al abrirse y, por reflejo, ajustó la bata blanca sobre su cuerpo. Era él. Daniel. La última cita del día, como siempre. Un hombre de presencia imponente, con hombros anchos y manos que parecían hechas para sostener, no solo para apretar. Entró con esa sonrisa discreta, la misma que hacía que Clara contuviera la respiración cada vez que lo veía.
— Buenas noches, Clara —dijo él, con una voz grave y serena, como si supiera exactamente el efecto que causaba.
— Buenas noches, Daniel. Puede acomodarse en la sala tres, por favor —respondió ella, intentando mantener un tono profesional, pero sintiendo el calor subir por su cuello.
Él asintió y siguió por el pasillo estrecho, dejando atrás el aroma a sándalo y algo más, algo que Clara no lograba definir, pero que la hacía imaginar cómo sería sentir ese olor mezclado con el suyo.
Respiró hondo antes de entrar en la sala. La luz tenue de las lámparas creaba sombras danzantes en las paredes, y el aceite de masaje ya estaba tibio, listo para usarse. Daniel estaba acostado boca abajo en la camilla, la toalla blanca cubriendo solo lo necesario. Clara se mordió el labio al ver la piel expuesta, los músculos definidos de su espalda, la curva suave de su columna.
— Hoy trabajaremos un poco más la zona lumbar, si estás de acuerdo —dijo ella, acercándose y dejando las manos suspendidas sobre él, sin tocar.
— Estoy de acuerdo con todo lo que sugieras —respondió él, girando el rostro para mirarla. Sus ojos oscuros se encontraron con los de ella, y Clara sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
Comenzó despacio, esparciendo el aceite en sus manos antes de deslizarlas sobre los hombros de Daniel. Los músculos estaban tensos, pero no más que los suyos propios. Cada toque era calculado, profesional, pero había algo diferente esa noche. Tal vez fuera el cansancio del día, o el hecho de estar solos en el silencio de la clínica. O tal vez fuera solo él.
— Estás más tensa que de costumbre —comentó Daniel, con la voz amortiguada por el rostro presionado contra la camilla.
— Es solo el fin de la jornada —mintió ella, pero sus manos traicionaron la verdad, moviéndose con más firmeza, como si quisieran demostrar algo.
Él soltó un gemido bajo cuando los pulgares de Clara presionaron un punto específico en su espalda, y el sonido reverberó en el cuerpo de ella, haciéndola apretar los muslos. *Esto no es profesional*, pensó, pero no se detuvo. No quería detenerse.
— Clara… —murmuró él, girándose de repente, la toalla resbalando un poco más. Sus ojos estaban oscuros, intensos—. No vine solo por el masaje.
Ella tragó saliva, las manos aún suspendidas sobre su piel. El aire entre ellos parecía cargado, como antes de una tormenta. *Él también lo siente*, pensó, y ese pensamiento la excitó aún más.
— ¿Qué viniste a hacer aquí, entonces? —preguntó, con la voz más ronca de lo que pretendía.
Daniel se sentó lentamente, la toalla cayendo por completo, revelando su cuerpo desnudo y listo. Clara no apartó la mirada. No podía. No quería.
— Vine porque no puedo dejar de pensar en ti —confesó él, extendiendo la mano para acariciar su rostro—. En cómo sería sentir tus manos sobre mí sin nada entre nosotros.
Clara cerró los ojos por un segundo, sintiendo el calor de su mano contra su piel. Cuando los abrió de nuevo, no había más dudas. Se acercó, dejando que sus cuerpos se encontraran, y el beso fue inevitable. Cálido, urgente, lleno de todo lo que habían reprimido durante tanto tiempo.
Las manos de Daniel se deslizaron por su cuerpo, quitándole la bata con una prisa que la hizo reír contra sus labios. Clara correspondió, explorando cada centímetro de su piel expuesta, sintiendo los músculos contraerse bajo sus dedos. Ya no había masaje, ya no había profesionalismo. Solo estaban ellos, el calor, el deseo.
— Te deseo —susurró él, mordisqueando el lóbulo de su oreja, haciéndola arquear la espalda.
— Entonces tómame —respondió ella, atrayéndolo más cerca, hasta que no hubo espacio entre sus cuerpos.
La camilla crujió levemente cuando Daniel la acostó sobre ella, cubriéndola con su peso. Clara envolvió las piernas alrededor de su cintura, sintiendo la prueba de su deseo presionando contra ella. Los besos se volvieron más profundos, las manos más audaces, explorando, provocando, llevándolos cada vez más cerca del límite.
— Eres hermosa —murmuró él, deslizando los labios por su cuello, bajando hasta sus pechos, donde dejó marcas de su paso.
Clara gimió, enredando los dedos en su cabello, atrayéndolo más cerca. Quería más. Necesitaba más. Y Daniel parecía dispuesto a darle todo lo que pedía.
Sus manos encontraron el camino entre sus piernas, y Clara arqueó el cuerpo, ofreciéndose sin reservas. Sus dedos eran hábiles, conocedores, como si supieran exactamente dónde tocar para hacerla perder el control. Ella mordió el labio para no gritar, pero el sonido escapó de todos modos, resonando en la sala vacía.
— Por favor —suplicó ella, con la voz temblorosa de deseo—. Te necesito.
Daniel no necesitó más incentivo. Con un movimiento rápido, la penetró, y el gemido que escapó de los labios de Clara fue de alivio y placer. Sus cuerpos se movieron en sincronía, como si siempre hubieran sido hechos el uno para el otro. Cada embestida era más profunda, más intensa, llevándolos cada vez más alto.
Clara sintió el orgasmo acercarse, una ola de placer que amenazaba con arrastrarla por completo. Se aferró a Daniel, las uñas clavándose en su espalda, y él gimió en respuesta, acelerando el ritmo.
— Córrete para mí —susurró él, con la voz ronca de deseo—. Quiero sentirte.
Y así lo hizo. El placer la golpeó como un rayo, haciéndola gritar su nombre mientras su cuerpo temblaba bajo el de él. Daniel la siguió poco después, hundiéndose profundamente en ella mientras encontraba su propia liberación.
Por un momento, no hubo sonido alguno en la sala, solo la respiración agitada de ambos y el corazón latiendo acelerado. Clara sintió los brazos de Daniel rodeándola, atrayéndola más cerca, como si no quisiera soltarla.
— Esto fue… —comenzó ella, pero no encontró las palabras.
— Perfecto —completó él, besándola suavemente en los labios—. Y no quiero que sea solo hoy.
Clara sonrió, sintiendo el calor extenderse por su pecho. Ella tampoco quería que fuera solo hoy. Pero, por ahora, estaba satisfecha de quedarse allí, entre sus brazos, sintiendo el peso delicioso de esa noche.
Cuando finalmente se levantaron, el reloj marcaba casi las once. Clara se puso la bata de nuevo, pero la sonrisa en su rostro no tenía nada de profesional. Daniel se acercó, atrayéndola para un último beso.
— ¿Hasta la próxima semana? —preguntó él, con los ojos brillando de promesas.
— Hasta la próxima semana —respondió ella, sabiendo que, a partir de entonces, las noches en la clínica *Equilibrio* nunca más serían las mismas.