El Toque del Azar
Por Tonkix

**El Toque del Azar**
La lluvia caía en cortinas pesadas sobre la ciudad, transformando las calles en espejos oscuros que reflejaban las luces de los faroles y los faros de los coches. Clara ajustó la bufanda alrededor de su cuello, maldiciendo mentalmente el pronóstico del tiempo que había prometido cielo despejado. El taxi que había llamado hacía diez minutos aún no aparecía, y comenzaba a perder la paciencia. Con un suspiro, decidió caminar hasta la parada de autobús más cercana, aunque sabía que llegaría empapada.
Fue entonces cuando lo vio. Un hombre parado bajo el toldo de una tienda cerrada, el móvil en la mano, pareciendo tan perdido como ella. Él alzó la vista, como si sintiera su mirada, y por un instante, el tiempo pareció congelarse. Era alto, con hombros anchos que llenaban el abrigo oscuro, y su rostro estaba marcado por una barba corta y bien cuidada. Sus ojos, incluso a la distancia, tenían un tono profundo de verde, como hojas mojadas por la lluvia.
—¿Estás esperando a alguien? —preguntó ella, acercándose un poco más de lo que la prudencia recomendaría. La voz le salió más suave de lo que pretendía, casi ahogada por el ruido del agua golpeando el asfalto.
Él sonrió, una esquina de su boca elevándose de forma casi imperceptible. —Un taxi. Pero parece que se ha rendido conmigo. —La voz era grave, con un leve acento que ella no logró identificar. —¿Y tú?
—Lo mismo. —Clara se encogió de hombros, intentando ignorar el frío que comenzaba a colarse bajo su abrigo. —Creo que tendremos que compartir un paraguas imaginario.
Él rio, un sonido cálido que contrastaba con el clima gélido. —O podemos esperar juntos. El toldo es lo suficientemente grande para dos.
Ella dudó por un segundo, pero la invitación era demasiado tentadora para rechazarla. Se acercó, sintiendo el calor de su cuerpo incluso antes de estar uno al lado del otro. El aroma de su colonia —algo amaderado, con un toque cítrico— invadió sus sentidos, haciendo que contuviera la respiración por un instante.
—Me llamo Clara —dijo ella, extendiendo la mano.
—Daniel. —Él tomó su mano, pero en lugar de un apretón rápido, sus dedos se demoraron un poco más de lo necesario, como si estuvieran memorizando la textura de su piel.
El silencio que siguió no era incómodo, pero estaba cargado de algo que ninguno de los dos se atrevía a nombrar. Clara observó las gotas de lluvia deslizándose por el cristal del escaparate detrás de ellos, creando patrones efímeros que pronto se desvanecían. Sintió el peso de su mirada sobre ella y, cuando finalmente se giró para enfrentarlo, encontró aquellos ojos verdes fijos en ella, intensos, casi hambrientos.
—¿Siempre miras así a los desconocidos? —lo provocó, intentando aliviar la tensión que crecía entre ellos.
—Solo a los que aparecen frente a mí como un regalo inesperado —respondió él, la voz baja, casi un murmullo. —¿Y tú? ¿Siempre aceptas invitaciones de hombres que encuentras en la calle?
—Solo cuando tienen ojos verdes y una sonrisa que hace que mi estómago dé vueltas.
Daniel soltó una risa suave, pero sus ojos no se apartaron de los de ella. —Entonces somos dos afortunados.
La lluvia pareció aumentar de intensidad, como si el cielo quisiera poner a prueba su determinación. Clara sintió el aire entre ellos cargarse de electricidad, algo casi palpable que hacía que su piel hormigueara. Cuando Daniel dio un paso adelante, reduciendo aún más la distancia entre ellos, ella no retrocedió. En cambio, inclinó ligeramente la cabeza hacia atrás, como si lo invitara a acercarse aún más.
—Clara —susurró él, y el sonido de su nombre en sus labios le envió un escalofrío por la espalda—, no suelo hacer esto.
—¿Hacer qué? —preguntó ella, aunque sabía exactamente de qué estaba hablando.
—Esto. —Levantó la mano, vacilante, y rozó los nudillos contra el costado de su rostro, trazando una línea lenta desde la sien hasta la barbilla. —Tocar a alguien que acabo de conocer como si ya la conociera desde hace años.
Ella cerró los ojos por un instante, saboreando la sensación. Cuando los abrió de nuevo, lo encontró observándola con una expresión que mezclaba deseo y vulnerabilidad. —Entonces no pares.
Daniel no necesitó más incentivo. Su mano se deslizó hacia la nuca de ella, atrayéndola suavemente hacia sí, mientras la otra mano rodeaba su cintura, pegando sus cuerpos. Cuando sus labios se encontraron, fue como si se rompiera un dique. El beso comenzó suave, exploratorio, pero pronto se volvió más urgente, más profundo. Clara entrelazó los dedos en su cabello, atrayéndolo más cerca, mientras sus lenguas danzaban en un ritmo que imitaba lo que sus cuerpos pronto harían.
La lluvia seguía cayendo, pero a ninguno de los dos parecía importarle. Daniel la presionó contra la pared de la tienda, su cuerpo moldeándose al de ella de una forma que hacía que su corazón latiera desbocado. Una de sus manos se deslizó por su muslo, levantándolo ligeramente, mientras la otra exploraba las curvas de su cadera, como si quisiera memorizar cada centímetro.
—Tenemos que salir de aquí —murmuró contra sus labios, la voz ronca de deseo. —Antes de que pierda el control aquí mismo.
Clara asintió, pero no pudo resistirse a mordisquear su labio inferior antes de apartarse. —Mi apartamento está a dos manzanas de aquí.
Daniel no dudó. Tomó su mano y, juntos, salieron corriendo bajo la lluvia, los cuerpos pegados, las risas mezclándose con el sonido de las gotas golpeando el suelo. El camino hasta el edificio de Clara pareció una eternidad y, al mismo tiempo, un instante. Cuando finalmente llegaron a la puerta de su apartamento, ambos estaban empapados, pero el fuego que ardía entre ellos era más fuerte que cualquier frío.
En cuanto la puerta se cerró tras ellos, Daniel la empujó contra la pared del vestíbulo, sus manos ya explorando su cuerpo por debajo del abrigo mojado. Clara gimió cuando él encontró sus pechos, los pulgares rozando los pezones ya endurecidos por el deseo. Ella arqueó la espalda, ofreciéndose más, mientras sus propias manos se deslizaban por debajo de su abrigo, sintiendo los músculos definidos de su espalda.
—Eres hermosa —murmuró él, besando su cuello, los dientes rozando levemente la piel sensible. —Tan hermosa que duele.
Clara gimió cuando él mordisqueó suavemente el lóbulo de su oreja, sus manos ahora desabotonando su blusa con una urgencia que la excitaba aún más. —Entonces hazme doler también —susurró, tirando de su camisa para sacarla del pantalón, sus uñas arañando levemente la piel cálida de su abdomen.
Daniel no necesitó más incentivo. Con un movimiento rápido, la tomó en brazos, llevándola hasta el sofá de la sala. La acostó con cuidado, sus ojos nunca dejando los de ella mientras se deshacía del abrigo y la camisa, revelando un torso musculoso y bronceado. Clara mordió su labio inferior al verlo, sintiendo un calor líquido extenderse entre sus piernas.
—Eres perfecto —murmuró, extendiendo la mano para tocarlo, trazando los contornos de su pecho, los dedos deslizándose por los músculos definidos.
—Y tú eres deliciosa —respondió él, sus ojos oscureciéndose de deseo mientras observaba sus manos explorando su cuerpo. —Pero necesito probarlo.
Antes de que ella pudiera responder, Daniel bajó la cabeza, capturando un pezón entre sus labios, su lengua girando en círculos lentos y tortuosos. Clara arqueó la espalda, un gemido escapando de sus labios mientras sus manos se enredaban en su cabello, atrayéndolo más cerca. Él alternaba entre succionar y mordisquear, sus manos deslizándose por su piel, explorando cada curva como si fuera la primera vez.
Cuando finalmente descendió, besando un camino húmedo por su vientre, Clara ya estaba jadeante, su cuerpo temblando de anticipación. Daniel la miró, los ojos ardiendo de deseo, mientras sus manos se deslizaban por la cintura de su pantalón, bajándolo junto con las bragas de encaje. Clara levantó las caderas, ayudándolo a deshacerse de las prendas, y cuando las arrojó a un lado, estaba completamente desnuda ante él.
—Tan hermosa —murmuró de nuevo, sus ojos recorriendo su cuerpo con una intensidad que la hacía sentirse deseada como nunca antes. —Y toda mía.
Clara gimió cuando él separó sus piernas, su boca descendiendo en un beso caliente y húmedo que la hizo arquear la espalda, un grito de placer escapando de sus labios. Daniel no tuvo prisa, su lengua explorando cada pliegue, cada centímetro sensible, mientras sus manos sujetaban sus caderas, manteniéndola inmóvil. Clara se retorcía bajo él, sus gemidos volviéndose más altos, más desesperados, mientras el placer se acumulaba en su vientre, listo para estallar.
—Daniel, por favor —suplicó, sus uñas clavándose en el sofá. —Te necesito.
Él alzó la cabeza, los labios brillando con sus jugos, y sonrió, una sonrisa lenta y peligrosa. —¿Qué necesitas, Clara?
—A ti. Dentro de mí. Ahora.
Daniel no necesitó escucharlo dos veces. Se levantó rápidamente, deshaciéndose de los pantalones y los calzoncillos, revelando un miembro duro y listo para ella. Clara mordió su labio al verlo, su cuerpo palpitando de deseo. Él se arrodilló entre sus piernas de nuevo, pero esta vez, en lugar de su boca, fue su miembro el que presionó contra su entrada, provocándola, haciéndola gemir de frustración.
—Daniel —gimió ella, intentando atraerlo hacia su interior.
—Paciencia —murmuró, besándola suavemente en los labios. —Quiero saborear cada segundo.
Y entonces, con un movimiento lento y deliberado, la penetró, llenándola por completo, haciéndola gritar de placer. Clara envolvió las piernas alrededor de su cintura, atrayéndolo más cerca, mientras él comenzaba a moverse, estableciendo un ritmo que pronto se volvió frenético. Cada embestida la acercaba más al límite, cada roce de sus cuerpos enviaba oleadas de placer por su columna.
Daniel sujetó sus caderas, cambiando el ángulo para que cada movimiento alcanzara ese punto sensible dentro de ella, haciéndola gritar su nombre. Clara sentía el orgasmo acercándose, una ola gigante a punto de romper, y cuando finalmente la alcanzó, fue como si todo su cuerpo explotara en luz. Arqueó la espalda, sus músculos contrayéndose alrededor de él mientras oleadas de placer la recorrían.
Daniel gimió al sentir sus espasmos, su propio control desvaneciéndose mientras la seguía en el clímax, su cuerpo temblando mientras encontraba su propia liberación. Se desplomó sobre ella, ambos jadeantes, sus cuerpos aún unidos, sus corazones latiendo al unísono.
Por un largo momento, ninguno de los dos habló. Solo permanecieron allí, recuperando el aliento, sus cuerpos aún temblando con los restos del placer. Finalmente, Daniel alzó la cabeza, besándola suavemente en los labios.
—Esto fue... —comenzó, pero no logró encontrar las palabras.
—Increíble —completó Clara por él, sonriendo. —E inesperado.
—El mejor tipo de sorpresa —murmuró él, rodando hacia un lado y atrayéndola hacia sí, envolviéndola en sus brazos.
Clara se acurrucó contra él, sintiendo el calor de su cuerpo, el ritmo constante de su corazón. La lluvia aún golpeaba contra la ventana, pero allí, entre sus brazos, se sentía segura, cálida, completa.
—Quédate —susurró, sin saber de dónde habían salido las palabras, pero sabiendo que eran ciertas.
Daniel besó la parte superior de su cabeza, apretándola más contra sí. —No iría a ningún lado.
Y así, bajo el sonido de la lluvia y el calor de los cuerpos entrelazados, se quedaron dormidos, sin saber qué traería el mañana, pero seguros de que esa noche sería solo el comienzo de algo extraordinario.