El Misterio del Piso de Arriba

Por Tonkix
El Misterio del Piso de Arriba
**El Misterio del Piso de Arriba** El apartamento de Lucas olía a café viejo y papel arrugado, una mezcla que, para él, era el aroma de la soledad domesticada. Las paredes de su estudio, cubiertas de libros y notas pegadas con cinta adhesiva, absorbían el silencio de las mañanas como esponjas, devolviéndolo en ecos ahogados cuando caía la noche. Escribía bajo la luz de una lámpara de mesa, el resplandor amarillento recortando su rostro en sombras que acentuaban las arrugas alrededor de los ojos—marcas de noches mal dormidas y pensamientos que se empeñaban en no convertirse en palabras. Era un hombre de rutinas precisas: se despertaba con el sol golpeando la ventana del dormitorio, preparaba el café en la cafetera italiana que silbaba como un gato irritado, y pasaba las primeras horas de la mañana garabateando ideas en cuadernos de tapa dura. Por la tarde, leía en voz alta para sí mismo, como si probara el peso de cada frase en el aire. Pero últimamente, algo había cambiado. No eran las palabras las que lo distraían, sino los sonidos que venían del techo. Primero, fueron los pasos. Ligeros, casi imperceptibles, como si alguien caminara sobre algodón. Pero Lucas conocía el ritmo del edificio—el señor Almeida, del 302, arrastraba los pies como si llevara plomo en los zapatos; la señora Marta, del 201, tenía una forma de golpear los tacones que hacía tintinear la lámpara del salón. Esos pasos, sin embargo, eran diferentes. Eran rápidos, casi danzantes, como si la persona de arriba estuviera siempre apurada, pero sin prisa de verdad. A veces, se detenían de repente, como si su dueño hubiera recordado algo importante. Otras veces, aceleraban, como si huyeran de algo. Después, llegaron los susurros. No eran voces claras, sino fragmentos de sonido que se colaban por las grietas del techo, mezclándose con el zumbido de la nevera y el silbido del calefactor. Lucas inclinaba la cabeza para escuchar mejor, los dedos quietos sobre el teclado del portátil. Una risa ahogada. Un suspiro. El roce de tela contra tela, como si alguien se estuviera desvistiendo—o vistiendo—con prisa. Cerró los ojos e imaginó: manos deslizándose sobre una piel cálida, labios rozando una oreja, palabras dichas en tono de secreto. —*¿Te gusta esto?*—murmuró para sí mismo, repitiendo lo que creía haber oído, la voz ronca de quien no ha hablado en horas. La curiosidad lo consumía. En los últimos días, Lucas había abandonado la novela que intentaba escribir—una historia sobre un hombre que se enamoraba de la sombra de una mujer—y comenzado a anotar los horarios de los sonidos. *23:47: pasos rápidos, como si alguien corriera descalzo. 00:12: risa contenida, quizá de una mujer. 01:05: silencio repentino, como si hubieran contenido la respiración.* Dibujaba mapas mentales del apartamento de arriba, intentando adivinar dónde quedaba el dormitorio, la sala, la cocina. Imaginaba a una mujer de cabellos oscuros, quizá pelirroja, moviéndose en la penumbra como una aparición. O a un hombre alto, de manos grandes, que la observaba desde lejos, esperando el momento adecuado para acercarse. Aquella noche, el edificio estaba más silencioso que de costumbre. La lluvia golpeaba las ventanas con una monotonía persistente, y el viento hacía ondear las cortinas como fantasmas perezosos. Lucas había terminado una botella de vino tinto—un hábito reciente, que lo ayudaba a dormir—y ahora estaba acostado en el sofá, los ojos fijos en el techo. Las grietas en el yeso formaban dibujos que nunca antes había notado: una espiral aquí, una línea sinuosa allá, como venas bajo la piel pálida del apartamento. Entonces, lo escuchó. Un arrastre de muebles. Un golpe sordo, como si algo pesado hubiera caído. Y después, el sonido que lo hizo contener la respiración: un gemido. No de dolor, no de susto—de placer. Bajo, contenido, pero inconfundible. Lucas se incorporó de golpe, el corazón latiendo con fuerza contra las costillas. El sonido llegó de nuevo, más largo esta vez, como si alguien intentara ahogar un suspiro entre los dientes. Se levantó, los pies descalzos hundiéndose en la alfombra mullida. Se acercó a la pared que dividía su apartamento del pasillo del piso de arriba, apoyando la oreja contra el papel pintado frío. El gemido llegó otra vez, acompañado de un murmullo que no logró descifrar. *Por favor. Así. No pares.* Las palabras eran indistintas, pero el tono era claro: deseo. Lucas sintió la sangre pulsar en las sienes. Una parte de él quería alejarse, volver al sofá, fingir que no había oído nada. Pero otra parte—aquella que lo hacía pasar noches en vela escribiendo sobre pasiones prohibidas—lo impulsaba hacia adelante. Subió de puntillas hasta la puerta del apartamento, la abrió despacio y asomó la cabeza al pasillo vacío. La luz amarillenta de los fluorescentes parpadeaba, como si el edificio contuviera la respiración junto a él. El ascensor estaba detenido en el tercer piso. Lucas dudó un segundo antes de decidir subir por las escaleras. Los escalones de mármol estaban fríos bajo sus pies, y el pasamanos de hierro crujía con cada paso. Cuando llegó al cuarto piso, se detuvo frente a la puerta del apartamento 401, el único además del suyo. El nombre en la placa estaba borroso, como si alguien hubiera raspado las letras a propósito. Llevó la mano al timbre, pero no lo presionó. En cambio, apoyó la palma contra la madera de la puerta, sintiendo la textura áspera bajo los dedos. Por un momento, creyó escuchar pasos al otro lado, como si alguien estuviera allí, tan cerca como él. Entonces, el sonido de una cerradura girando. Lucas retrocedió instintivamente, el corazón desbocado. La puerta se abrió apenas unos centímetros, revelando una rendija de oscuridad. Contuvo la respiración, esperando. Nada. Ningún movimiento, ningún sonido. Solo el olor a algo dulce y ligeramente metálico—perfume de mujer, quizá, mezclado con el aroma de cera de vela. —¿Quién está ahí?—susurró una voz femenina del otro lado, tan baja que casi no la escuchó. Lucas abrió la boca para responder, pero las palabras murieron en su garganta. La puerta se cerró con un clic suave, y él se quedó allí, parado en el pasillo, sintiendo el peso del silencio caer sobre él como una manta pesada. Cuando volvió a su apartamento, la sensación de que algo—o alguien—lo observaba no lo abandonó. Aquella noche, soñó con pasos en el techo. Y con una mujer que nunca mostraba el rostro. El ascensor olía a cuero envejecido y metal frío, un aroma que Lucas ya conocía de memoria—como conocía cada crujido de las puertas, cada sacudida de los engranajes gastados. Entró en el cubículo estrecho con la prisa de quien no quiere perder el horario, pero el peso del libro de tapa dura en su mano lo hizo aminorar el paso. *Drácula*, edición de bolsillo con páginas amarillentas, un hallazgo en la librería de viejo de la esquina. Lo hojeó distraídamente, el pulgar rozando los bordes ásperos del papel, mientras las puertas se cerraban con un suspiro neumático. Fue entonces cuando la vio. Estaba en el rincón opuesto, tan inmóvil que podría haber sido una estatua de no ser por el tenue brillo de la luz amarillenta reflejándose en sus cabellos—una cascada de hebras oscuras, casi negras, que caían en ondas desordenadas sobre los hombros. Llevaba un vestido verde musgo, ajustado en la cintura y suelto en las caderas, como si hubiera sido cosido para el cuerpo de otra persona, o quizá para el suyo, pero en otra vida. La tela parecía respirar junto a ella, subiendo y bajando al ritmo lento de su respiración. Lucas contuvo la suya por un segundo, dos, tres—el tiempo suficiente para que ella levantara los ojos. Sus miradas se encontraron. No fue una mirada casual, de esas que se cruzan por educación y se olvidan al instante siguiente. Fue algo más denso, más húmedo, como si los ojos de ella fueran dos charcos de miel oscura donde él se hundió sin aviso. Las pupilas de ella se dilataron, solo un poco, pero lo suficiente para que Lucas sintiera el calor subirle por el cuello. Ella no sonrió de inmediato. Primero, solo lo observó, con una intensidad que lo hizo sentirse desnudo, como si pudiera ver más allá de la camisa de algodón, más allá de la piel, hasta los pensamientos que había tenido en las últimas noches—aquellos en los que imaginaba manos desconocidas recorriendo el techo de su habitación, dedos presionando el suelo sobre su cama. —Buenas noches—dijo ella, por fin. La voz era baja, ronca, como si acabara de despertar o acabara de gemir. Lucas tragó saliva. —Buenas noches—respondió, y odió el tono ligeramente ronco de su propia voz, como si hubiera pasado la madrugada gritando. Intentó recomponerse, pero el ascensor dio una sacudida y perdió el equilibrio, el libro escapándose de sus manos. Antes de que pudiera agacharse, ella ya estaba allí, en cuclillas, los dedos largos y pálidos sosteniendo la tapa con una delicadeza que contrastaba con la urgencia de sus gestos. —*Drácula*—murmuró, pasando el pulgar sobre el título en relieve—. ¿Le gustan las historias de terror? —Me gustan las historias que no dejan dormir—dijo Lucas, e inmediatamente se arrepintió. Sonó pretencioso, o peor, cliché. Pero ella sonrió. No una sonrisa educada, de esas que se ofrecen por cortesía. Una sonrisa lenta, que comenzó en los labios y se extendió por el rostro como tinta en el agua, llegando hasta los ojos. Y entonces, como si acabara de recordar algo, se levantó despacio, tendiéndole el libro. —Clara—dijo, como si el nombre lo explicara todo. —Lucas. Sus dedos se tocaron un segundo más de lo necesario. La piel de ella estaba fría, a pesar del calor húmedo del ascensor, y Lucas sintió un escalofrío subirle por el brazo, como si hubiera tocado algo vivo y peligroso. Ella no retiró la mano de inmediato. En cambio, inclinó levemente la cabeza, como si estuviera escuchando algo más allá de las paredes metálicas. —¿Vive en el tercer piso, verdad?—preguntó, aunque no había ningún tono de pregunta en su voz. Era una afirmación, como si ya lo supiera. —Sí. ¿Y tú…? —Encima de ti. El ascensor se detuvo con una sacudida. Las puertas se abrieron en el segundo piso, pero ninguno de los dos se movió. Lucas sintió el peso de la mirada de ella sobre sí, como si estuviera esperando que dijera algo, o quizá que hiciera algo. ¿Pero qué? ¿Pedirle que subiera? ¿Invitarla a un café? ¿Besarla allí mismo, contra la pared fría del ascensor? Antes de que pudiera decidir, ella dio un paso adelante, pasando junto a él con una proximidad que hizo crepitar el aire entre los dos. Su perfume lo golpeó como una ola—algo floral, pero con un fondo terroso, como jazmín mezclado con tierra mojada. Él giró el rostro instintivamente, siguiendo el movimiento de su cuerpo, y por un segundo, sus ojos se encontraron de nuevo. Esta vez, ella no sonrió. Solo lo observó, con una expresión que no logró descifrar—¿curiosidad? ¿Deseo? ¿O algo más oscuro, como una advertencia? —Hasta luego, Lucas—dijo, y entonces salió del ascensor. Él se quedó parado, aturdido, mientras las puertas se cerraban de nuevo. Solo cuando el cubículo comenzó a subir notó que ella no había presionado el botón de su piso. Y que, a pesar de haber dicho «hasta luego», no había dejado ninguna pista de adónde iba. En el tercer piso, las puertas se abrieron al pasillo vacío. Lucas salió despacio, los pasos resonando en el mármol frío. El apartamento de ella quedaba justo encima del suyo. Miró hacia el techo, como si pudiera ver a través de las capas de concreto y madera, como si pudiera verla allí, parada en la oscuridad, escuchando sus pasos. Y entonces, del piso de arriba, llegó un sonido. No era un paso, no exactamente. Era más como un deslizamiento, algo arrastrándose levemente por el suelo. El sonido fue seguido por un silencio tan denso que Lucas contuvo la respiración. Cuando por fin exhaló, sintió el aire caliente golpear sus labios, y se dio cuenta de que estaba sonriendo. La noche apenas comenzaba. La lavandería estaba en el sótano del edificio, un espacio húmedo iluminado por lámparas fluorescentes que zumbaban suavemente, como insectos atrapados en vidrio. El olor a detergente y suavizante se mezclaba con el aroma metálico de las máquinas, creando una atmósfera que, para Lucas, siempre había tenido algo de clínico, casi aséptico. Pero aquella tarde, el aire parecía diferente. Más denso. O quizá solo era él, con los sentidos agudizados por la expectativa, por el recuerdo de la sonrisa de Clara en el ascensor, de la forma en que sus ojos se habían demorado en los suyos antes de que las puertas se cerraran. Había bajado con un cesto de ropa sucia, una excusa endeble para deambular por el edificio como un fantasma curioso. No esperaba encontrarla allí. No de verdad. Pero cuando la puerta de la lavandería se abrió con un crujido, allí estaba ella, inclinada sobre una de las máquinas, los dedos largos ajustando el selector de temperatura. El cabello castaño caía en ondas sueltas sobre los hombros, y la blusa fina de punto, ligeramente húmeda, se pegaba a su espalda en algunos puntos, como si hubiera salido de la lluvia sin importarle. Lucas se detuvo en el umbral, el cesto de mimbre apoyado en la cadera. Clara no se volvió de inmediato. Quizá había oído sus pasos, o quizá solo presintiera su presencia, como él había presentido la suya en la oscuridad del pasillo. Cuando por fin alzó los ojos, había algo desafiante en la forma en que sostuvo su mirada, como si dijera: *Sabía que vendrías*. —¿Necesitas ayuda con eso?—La voz de él salió más ronca de lo que pretendía, pero ella no pareció notarlo. O, si lo notó, no le importó. Clara inclinó la cabeza, una sonrisa lenta dibujándose en sus labios.—Depende. ¿Sueles ser útil, o solo bonito de ver? —Puedo ser ambas cosas. —Hum.—Se apartó de la máquina, dejando la tapa abierta, y caminó hacia donde él estaba. Cada paso era una provocación, las caderas balanceándose levemente, como si bailara al compás de una música que solo ella escuchaba. Se detuvo a menos de un metro de distancia, lo suficientemente cerca como para que él sintiera el calor de su cuerpo, el perfume cítrico mezclado con el olor a ropa limpia.—Entonces demuéstralo. Lucas no necesitó más incentivo. Dejó el cesto en el suelo y se acercó a las bolsas de lona que ella había dejado cerca de la secadora. Había tres, pesadas, llenas de ropa doblada con cuidado. Cuando se agachó para recogerlas, los dedos rozaron los suyos por accidente—o no. Clara no retrocedió. En cambio, sus dedos se demoraron en los de él, como si probaran la textura de su piel, la temperatura. —Lavas mucha ropa de una vez—comentó, levantando una de las bolsas. El peso era sorprendente, y fingió forcejear con ella, dejando que su brazo rozara el de Clara. —Tengo una relación complicada con la limpieza—dijo ella, observándolo con esos ojos verdes que parecían absorber la luz de la lavandería y devolverla en tonos más oscuros, más profundos—. A veces, creo que lavo las cosas solo para tener una excusa para tocarlas. Lucas sintió el aire atascarse en su garganta.—¿Y qué tocas cuando lavas? Ella rio suavemente, un sonido que vibró en el pecho de él.—Todo. Sábanas. Toallas. Ropa interior.—Hizo una pausa, los labios curvándose en una sonrisa maliciosa—. Sobre todo la interior. Él tragó saliva.—¿Y qué sientes cuando tocas? —Calor.—Se acercó aún más, hasta que sus cuerpos casi se tocaron—. Humedad.—Sus dedos se deslizaron por el brazo de él, ligeros como alas de mariposa, y se detuvieron en su muñeca, donde la vena latía con fuerza—. Presión. Lucas dejó caer las bolsas al suelo con un golpe sordo. La ropa se esparció, algunas prendas cayendo en cascada, y no le importó. No cuando Clara estaba allí, tan cerca que podía contar las pecas en su nariz, sentir su aliento cálido contra su propia boca. —Te gusta jugar con fuego—murmuró. —Y a ti te gusta quemarte. Ella no se equivocaba. Había algo en Clara que lo atraía de una forma que no podía explicar—no era solo belleza, ni solo misterio. Era la manera en que lo miraba, como si ya supiera lo que él quería antes de que él mismo lo admitiera. Como si supiera que, bajo la superficie de hombre tranquilo y controlado, había un pozo de deseo que apenas se atrevía a explorar. —¿Por qué el piso de arriba?—preguntó de repente, la voz más baja, casi un susurro—. ¿Por qué elegiste ese apartamento? Clara no respondió de inmediato. En cambio, se apartó un poco, recogiendo una de las prendas que habían caído—una braguita de encaje negro, tan fina que parecía hecha de humo. La extendió entre los dedos, observándola con una expresión que mezclaba curiosidad y posesión. —Porque me gustan las cosas que están fuera de alcance—dijo finalmente, doblando la prenda con cuidado y colocándola de nuevo en la bolsa—. Y porque me gusta saber que, abajo, alguien está escuchando. Lucas sintió el corazón latir más fuerte.—¿Y qué quieres que escuche? Ella se volvió hacia él, los ojos brillando con algo que podía ser diversión, o desafío, o ambos.—Todo. Por un momento, ninguno de los dos se movió. El zumbido de las lámparas parecía más fuerte, el olor a detergente más intenso. Entonces, Clara extendió la mano y tocó su rostro, los dedos deslizándose por la línea de la mandíbula, como si memorizara la textura de su piel, la aspereza de la barba incipiente. —Eres escritor—dijo, como si eso lo explicara todo—. Debes gustarte las historias. —Me gustan las buenas historias. —¿Y si te digo que la mía es peligrosa? —Entonces diría que estoy dispuesto a correr el riesgo. Ella sonrió, pero había algo triste en esa sonrisa, como si supiera algo que él aún no entendía.—Ten cuidado con lo que deseas, Lucas. A veces, las cosas que queremos son las que más nos destruyen. Antes de que él pudiera responder, ella se apartó, recogiendo las bolsas del suelo con una facilidad que desmentía su peso.—Tengo que irme. Tengo cosas que lavar. —Déjame ayudarte—insistió, tomando una de las bolsas antes de que ella pudiera protestar. Sus dedos se tocaron de nuevo, y esta vez no fue un accidente. —Está bien—aceptó, tras una pausa—. Pero solo porque lo pediste con educación. Subieron juntos en el ascensor, las bolsas entre ellos como una barrera frágil. Clara presionó el botón del quinto piso, pero no el de su propio apartamento. Lucas no preguntó por qué. Había algo deliberado en cada gesto de ella, en cada palabra no dicha, y empezaba a entender que, con Clara, era mejor dejar las preguntas para después. Cuando las puertas se abrieron, ella salió primero, pero se detuvo en el pasillo, volviéndose hacia él con una mirada que parecía una promesa. —Mañana—dijo—. A medianoche. Mi apartamento. —¿Por qué a medianoche? —Porque es la hora en que los monstruos salen a jugar. Y entonces se fue, dejándolo parado en el pasillo, con el eco de sus palabras resonando en su mente como una invitación—o una advertencia. Lucas miró hacia el techo, como si pudiera ver a través de él, como si pudiera ver a Clara parada en la oscuridad, esperando. Y, por primera vez, no estuvo seguro de querer descubrir qué había allí arriba. Pero sabía que iría. El viento aullaba contra las ventanas como un animal enjaulado, arañando los cristales con garras invisibles. Lucas estaba sentado a su mesa de trabajo, el cuaderno abierto ante sí, la pluma suspendida sobre la página en blanco. Las palabras no llegaban. No aquella noche. No con el cielo desplomándose afuera, los relámpagos rasgando la oscuridad en destellos azulados que iluminaban el apartamento por segundos fugaces, como si el propio tiempo dudara. Se levantó, fue a la cocina, se sirvió un whisky. El líquido ámbar le quemó la garganta, pero no lo suficiente para ahogar la inquietud que lo consumía desde el encuentro en la lavandería. Clara. Su nombre resonaba en su mente como un mantra, una sílaba cargada de promesas y peligros. *Mañana. A medianoche.* Miró el reloj. Faltaban tres horas. Un estruendo sacudió el edificio. Las luces parpadearon, una, dos veces, antes de apagarse por completo, sumiendo todo en una oscuridad espesa, casi palpable. El silencio que siguió solo fue interrumpido por el repiqueteo frenético de la lluvia en el alféizar de la ventana. Lucas buscó a tientas su móvil, encendió la linterna. La luz tenue apenas iluminaba sus pies descalzos sobre el suelo frío. Fue entonces cuando lo escuchó. Tres golpes en la puerta. Secos. Urgentes. Dudó. No esperaba a nadie. No aquella noche, no con el edificio a oscuras, los pasillos convertidos en laberintos de sombras. Los golpes sonaron de nuevo, más insistentes. Lucas cruzó la sala, el corazón latiendo más rápido de lo debido. Abrió la puerta. Clara estaba allí, empapada. El agua le resbalaba por los cabellos oscuros, pegándolos al rostro, a los hombros. La blusa blanca, ahora transparente, se adhería a su cuerpo como una segunda piel, revelando el contorno de los pezones endurecidos por el frío. Temblaba, pero no de miedo. Había algo más en sus ojos—una chispa, un desafío. —Se fue la luz—dijo, la voz baja, ronca—. Y yo… no puedo encender las velas. Lucas no respondió de inmediato. La luz del móvil iluminaba su rostro en ángulos extraños, destacando la mandíbula tensa, los labios entreabiertos. Podía olerla—lluvia mezclada con algo dulce, como jazmín y piel caliente. El perfume lo envolvió, embriagador. —Entra—dijo, por fin, apartándose para dejarla pasar. Clara dudó un segundo, como si evaluara las consecuencias de cruzar ese umbral. Entonces, con un movimiento fluido, entró. La puerta se cerró tras ella con un clic suave, aislándolos del mundo exterior. El apartamento estaba sumido en una penumbra azulada, los únicos puntos de luz siendo la linterna del móvil y los destellos intermitentes de los relámpagos. Lucas la observó mientras se quitaba los zapatos mojados, dejándolos cerca de la puerta. Los pies descalzos dejaban marcas húmedas en el suelo. Se volvió hacia él, los brazos cruzados sobre el pecho, como si intentara contener el temblor. —¿Tienes velas?—preguntó. —En el armario de la cocina. Pero no sé si servirán de mucho. —¿Por qué? —Porque el problema no es la luz. Es la oscuridad. Clara sonrió, una sonrisa lenta, peligrosa.—¿Le tienes miedo a la oscuridad, Lucas? —No. Pero le tengo miedo a lo que esconde. Ella dio un paso hacia él. La blusa pegada a su cuerpo delineaba cada curva, cada sombra. Él podía ver el contorno de los pezones, rígidos bajo la tela fina, y la forma en que su respiración hacía subir y bajar los pechos, rápidos, superficiales. —¿Y qué crees que esconde la oscuridad?—murmuró, la voz casi un susurro. —Cosas que es mejor no ver. —O cosas que *quieres* ver, pero no te atreves. Él no respondió. No necesitaba hacerlo. El aire entre ellos estaba cargado, eléctrico, como la atmósfera antes de una tormenta. Clara dio otro paso, ahora tan cerca que podía sentir el calor de su cuerpo, su aliento cálido contra su rostro. —Estás temblando—dijo. —No es de frío. —¿Entonces de qué? Ella no respondió. En cambio, alzó la mano y tocó su rostro, los dedos fríos deslizándose por la mandíbula, por el cuello, hasta posarse sobre su pecho, donde el corazón latía desbocado. Lucas contuvo la respiración. —¿Sientes esto?—preguntó. —¿El qué? —La tensión. Como si en cualquier momento algo fuera a… *estallar*. Él tragó saliva.—La siento. Clara inclinó la cabeza, los labios entreabiertos, los ojos fijos en los suyos.—¿Y si te dijera que quiero que estalle? Lucas no pensó. No había espacio para pensamientos. Tomó su rostro entre las manos, los pulgares acariciando sus pómulos, sintiendo la piel suave, húmeda. Clara cerró los ojos, un suspiro escapando de sus labios. —Entonces diría que estás jugando con fuego—murmuró. —¿Y si *quiero* quemarme? La besó. No hubo vacilación. No hubo duda. Los labios de ella eran suaves, cálidos, y cuando la atrajo hacia sí, sintió su cuerpo ceder, moldearse al suyo como si hubieran sido hechos para encajar. Clara gimió contra su boca, un sonido bajo, gutural, y sus manos subieron hacia sus cabellos, acercándolo más, más profundo. El beso se volvió voraz. Su lengua exploró la de él con una urgencia que lo dejó mareado, los dientes chocando, los labios moviéndose en un ritmo frenético, como si intentaran devorarse el uno al otro. Lucas la empujó contra la pared, su cuerpo presionando el de ella, sintiendo cada curva, cada temblor. Las manos de ella se deslizaron por su espalda, las uñas arañando levemente la piel bajo la camisa, dejando marcas que sabía que arderían después. —Joder—gruñó, apartándose solo lo suficiente para recuperar el aliento—. Me vas a matar. Clara sonrió, los labios hinchados, los ojos oscuros brillando con una malicia que nunca antes había visto.—Solo si me lo pides con educación. La besó de nuevo, esta vez más despacio, saboreándola. Su sabor era embriagador—dulce, con un toque de algo metálico, como vino y tormenta. Sus manos bajaron por su cuerpo, explorando, memorizando. Tomó sus pechos por encima de la blusa mojada, los pulgares rozando los pezones, sintiéndolos endurecer aún más bajo su tacto. Clara arqueó la espalda, un gemido escapando de su garganta. —Lucas…—susurró, su nombre sonando como una plegaria. Él no respondió. En cambio, le subió la blusa, arrancándosela con un movimiento rápido. La tela cayó al suelo con un sonido húmedo. Clara estaba desnuda de la cintura para arriba, los pechos al descubierto, la piel pálida contrastando con la oscuridad circundante. Bajó la cabeza, capturando un pezón entre los labios, succionándolo con fuerza. Clara gimió, las manos aferrando sus cabellos, acercándolo más. —Eso…—jadeó—. Eso, joder… Alternó entre sus pechos, lamiendo, mordisqueando, sintiendo su cuerpo temblar bajo sus manos. Entonces, sin aviso, la levantó en brazos, sus piernas envolviendo su cintura. Clara rio, un sonido bajo y ronco, mientras la llevaba hasta el sofá. La acostó con cuidado, los ojos nunca dejando los suyos, observando cada reacción, cada temblor. —Eres hermosa—murmuró, la voz ronca de deseo. Clara sonrió, los dedos trazando el contorno de sus labios.—Y tú hablas demasiado. Él rio, pero el sonido murió en su garganta cuando ella le subió la camisa, arrancándosela con la misma urgencia con que él le había quitado la suya. Sus cuerpos se encontraron de nuevo, piel contra piel, cálida, húmeda. Lucas besó su cuello, sintiendo el pulso acelerado bajo sus labios, bajando hasta la clavícula, los pechos, el estómago. Se detuvo allí, los dedos enganchados en la cintura de su pantalón. —¿Puedo?—preguntó, la voz un susurro. Clara asintió, los ojos oscuros fijos en los suyos.—Por favor. Le desabrochó el pantalón, bajándolo junto con las bragas, revelando su cuerpo por completo. Clara estaba desnuda ante él, expuesta, vulnerable, y sin embargo había algo poderoso en su postura, como si supiera exactamente el efecto que tenía sobre él. Lucas se arrodilló entre sus piernas, los dedos trazando un camino lento por el interior de su muslo, sintiendo cómo se le erizaba la piel bajo su tacto. —Eres perfecta—murmuró, antes de bajar la cabeza y probarla. Clara arqueó la espalda, un grito ahogado escapando de sus labios cuando su lengua encontró su clítoris. La lamió despacio, saboreándola, sintiendo el sabor salado y dulce de su excitación. Sus manos se aferraron a sus cabellos, acercándolo más, más profundo, mientras la exploraba con la boca, los dedos entrando y saliendo en un ritmo lento, torturante. —Lucas…—gimió, el cuerpo temblando—. Voy a… —Córrete para mí—ordenó, la voz ronca—. Ahora. Y ella obedeció. El orgasmo la golpeó con fuerza, su cuerpo contorsionándose, los músculos apretándose alrededor de sus dedos. Lucas no se detuvo, prolongando el placer hasta que quedó jadeante, los ojos cerrados, la respiración irregular. Cuando por fin se apartó, Clara estaba laxa, los labios entreabiertos, el pecho subiendo y bajando rápidamente. Él se levantó, quitándose el pantalón y los calzoncillos, liberando su erección, que latía de deseo. Clara abrió los ojos, una sonrisa perezosa en los labios, y extendió la mano, envolviéndolo con los dedos. —Tu turno—murmuró. Él gimió cuando ella comenzó a acariciarlo, los movimientos lentos, deliberados. Pero no era suficiente. No después de todo. Tomó su muñeca, apartando su mano. —Te necesito—dijo, la voz áspera—. Ahora. Clara asintió, atrayéndolo hacia ella. Lucas se posicionó entre sus piernas, sintiendo su humedad, su calor. La besó de nuevo, devorándola, mientras se hundía en ella con un solo movimiento. Los dos gimieron al unísono. Clara estaba apretada, cálida, y la sensación de estar dentro de ella era casi demasiado. Lucas se detuvo un segundo, dejándola adaptarse, los ojos fijos en los suyos, observando cada reacción. —¿Estás bien?—preguntó, la voz tensa. Clara sonrió, las uñas clavándose en su espalda.—Mejor que nunca. Y entonces comenzó a moverse. Sus cuerpos se encontraron en un ritmo primitivo, desesperado. Cada embestida arrancaba un gemido de sus labios, cada movimiento hacía crujir el sofá bajo ellos. Lucas la besó de nuevo, tragándose los sonidos que ella hacía, sintiendo cómo el placer crecía dentro de él como una ola a punto de romper. —Más fuerte—pidió, la voz ronca—. Por favor… Él obedeció. Aumentó el ritmo, las caderas golpeando contra las suyas con fuerza, los cuerpos chocando en un frenesí de deseo. Clara gritó, su cuerpo arqueándose, los músculos apretándose alrededor de él mientras otro orgasmo la atravesaba. La sensación fue demasiado. Lucas no pudo contenerse. Con un gruñido, se hundió en ella una última vez, el placer estallando en olas que lo dejaron sin aliento. Quedaron allí, entrelazados, los cuerpos sudorosos, jadeantes. La lluvia seguía cayendo afuera, el viento aullando contra las ventanas, pero dentro del apartamento, el mundo parecía haberse detenido. Lucas besó el hombro de Clara, sintiendo el sabor salado de su piel. —Esto fue…—comenzó, pero no logró terminar la frase. —¿Inesperado?—completó ella, una sonrisa en los labios. —Iba a decir *intenso*. Clara rio, un sonido suave, musical.—También. Él rodó hacia un lado, atrayéndola contra sí, los cuerpos aún conectados. Clara se acurrucó contra él, la cabeza apoyada en su pecho, escuchando su corazón latir desbocado. —¿Y ahora?—preguntó, la voz baja. Clara alzó la cabeza, los ojos oscuros encontrando los suyos.—Ahora la noche apenas comienza. Y, en la oscuridad, Lucas sonrió. Porque, de repente, tuvo la certeza de una cosa: el misterio del piso de arriba apenas comenzaba. El cuerpo de Clara se arqueó contra el suyo, la piel aún húmeda del primer beso, los labios entreabiertos en un suspiro que se perdió entre el ruido de la lluvia y el trueno lejano. Lucas no necesitó más invitación. Sus manos, antes vacilantes, ahora se deslizaban con urgencia por sus curvas, como si cada centímetro fuera un mapa que ya conocía de memoria. Clara respondió con la misma hambre, los dedos clavándose en sus hombros, las uñas dejando marcas que ardían más que cualquier caricia. —¿Tienes idea de cuánto he querido esto?—murmuró contra su cuello, los dientes rozando la piel sensible justo debajo de la oreja. Clara rio, un sonido ronco, casi peligroso.—¿Desde que me viste en el ascensor?—Tiró de su cabeza hacia atrás, obligándolo a mirarla a los ojos—. ¿O desde que empezaste a escuchar mis pasos en medio de la noche? Lucas no respondió. No necesitaba hacerlo. La verdad estaba escrita en la forma en que sus cuerpos encajaban, en la manera en que ella se movía contra él, como si ya supiera exactamente qué lo haría perder el control. La empujó contra la pared, las manos bajando por sus caderas, atrayéndola más cerca, hasta que no hubo espacio entre ellos. La tela fina de su camisón era una barrera ridícula, y se la arrancó con un solo movimiento, dejándola desnuda bajo la luz tenue de las velas que él había encendido apresuradamente. Ella no protestó. Al contrario, sus dedos ya trabajaban en los botones de su camisa, desabrochándolos con una lentitud torturante. Cuando por fin la camisa cayó al suelo, Clara presionó las palmas contra su pecho, explorando cada músculo, cada cicatriz, como si estuviera memorizándolo. Lucas contuvo la respiración cuando ella se inclinó hacia adelante, los labios rozando su pezón antes de mordisquearlo suavemente. —Joder—gimió, las manos enredándose en sus cabellos. Clara sonrió, satisfecha, y continuó su exploración, bajando con besos húmedos por su abdomen, hasta llegar a la hebilla de su cinturón. Sus dedos trabajaron con precisión, y pronto el pantalón de Lucas estaba en el suelo, junto con los calzoncillos. Estaba duro, palpitante, y cuando ella lo envolvió con la mano, casi perdió el equilibrio. —Eres peligrosa—murmuró. —Y a ti te encanta—respondió, antes de arrodillarse ante él. El primer contacto de su lengua fue como una descarga eléctrica. Lucas cerró los ojos, las manos buscando apoyo en la pared tras ella, los dedos enredándose en sus cabellos mientras lo tomaba en su boca, lenta, deliberadamente. Podía sentir cada movimiento, cada succión, cada vez que lo llevaba más profundo, hasta que sus gemidos se mezclaron con el sonido de la lluvia golpeando las ventanas. —Clara…—advirtió, la voz temblorosa. Ella no se detuvo. Al contrario, aceleró el ritmo, las manos trabajando en conjunto con su boca, hasta que no pudo aguantar más. Con un gruñido, la levantó, besándola con una ferocidad que los hizo tropezar hacia el sofá. Clara cayó de espaldas, riendo, pero la risa murió en su garganta cuando Lucas se arrodilló entre sus piernas, las manos apoyadas en sus muslos, abriéndola para él. —Ahora es mi turno—dijo, antes de sumergirse. El primer contacto de su lengua la hizo arquear la espalda, un gemido escapando de sus labios. Lucas no tuvo prisa. La exploró con la boca, saboreándola, provocándola, hasta que Clara se retorcía bajo él, las manos tirando de sus cabellos, las caderas moviéndose en un ritmo desesperado. —Lucas… por favor…—suplicó, la voz quebrada. Él sonrió contra su piel, antes de levantarse y atraerla hacia sí. Clara lo besó con hambre, el sabor de ella aún en sus labios, y entonces lo empujó de vuelta contra el sofá, montándolo con una confianza que lo excitó aún más. Se inclinó, tomándolo dentro de sí con un movimiento fluido, y los dos gimieron al unísono. —Dios—susurró él, las manos apretando sus caderas. Clara comenzó a moverse, lenta al principio, pero pronto acelerando el ritmo, cada movimiento más intenso que el anterior. Lucas la observaba, fascinado. Era hermosa así, los cabellos cayendo sobre los hombros, los labios entreabiertos, los ojos oscuros fijos en los suyos. Podía sentir el placer creciendo dentro de sí, una presión que amenazaba con estallar en cualquier momento, pero no quería que terminara. Todavía no. Con un movimiento rápido, la volteó, colocándola a cuatro patas en el sofá. Clara lo miró por encima del hombro, una sonrisa provocadora en los labios. —¿Te gusta controlar, escritor?—preguntó, la voz desafiante. Lucas no respondió. En cambio, la penetró con fuerza, arrancándole un grito de sorpresa y placer. Se movió con urgencia, cada embestida más profunda que la anterior, las manos sujetando sus caderas con firmeza. Clara respondió con la misma intensidad, empujándose contra él, los gemidos convirtiéndose en palabras inconexas. —Más…—pidió, la voz ronca—. Más fuerte… Lucas obedeció. La sujetó por los cabellos, tirando de ella hacia atrás mientras seguía moviéndose dentro de ella, cada embestida arrancándole un gemido más alto, más desesperado. Podía sentir el orgasmo acercándose, una ola que amenazaba con arrastrarlo, pero se contuvo, queriendo prolongar ese momento, esa sensación de plenitud. —Córrete para mí—ordenó, la voz ronca. Clara obedeció. Con un grito, se deshizo en espasmos, el cuerpo temblando bajo él. La sensación fue demasiado. Lucas no pudo contenerse. Con un gruñido, se hundió en ella una última vez, el placer estallando en olas que lo dejaron sin aliento. Cayeron juntos en el sofá, los cuerpos sudorosos, jadeantes. La lluvia seguía cayendo afuera, el viento aullando contra las ventanas, pero dentro del apartamento, el mundo parecía haberse detenido. Lucas besó el hombro de Clara, sintiendo el sabor salado de su piel. —Esto fue…—comenzó, pero no logró terminar la frase. —¿Intenso?—completó ella, una sonrisa en los labios. —Mucho más que eso—respondió, atrayéndola más cerca. Clara se acurrucó contra él, la cabeza apoyada en su pecho, escuchando su corazón latir desbocado. Por un momento, ninguno de los dos habló. El silencio entre ellos era cómodo, cargado de algo que iba más allá del placer físico. Pero entonces, Clara se movió, los dedos trazando círculos perezosos en su pecho. —¿Todavía quieres saber sobre el piso de arriba?—preguntó, la voz baja. Lucas dudó. Parte de él quería preguntar, quería entender qué había detrás de ese misterio, de esa mujer que parecía saber más de lo que dejaba ver. Pero otra parte, la parte que aún estaba ebria de placer, prefería no saber. Al menos, no ahora. —Mañana—respondió, besando su frente—. Hoy solo te quiero a ti. Clara sonrió, pero sus ojos oscuros guardaban algo que él no logró descifrar. Se levantó, los movimientos gráciles, y caminó hacia la mesa de centro, donde había dejado su bolso. Cuando volvió al sofá, sostenía un pequeño objeto metálico en las manos. —Entonces, escritor—dijo, sosteniéndolo entre los dedos—, ¿qué tal si exploramos un poco más? Lucas miró el objeto, reconociéndolo como un vibrador. Su cuerpo reaccionó al instante, el deseo volviendo con fuerza. —Estás llena de sorpresas—murmuró, atrayéndola de vuelta a sus brazos. Clara rio, un sonido suave, musical.—No tienes idea. Y, en la oscuridad, Lucas comprendió que ella tenía razón. El misterio del piso de arriba apenas comenzaba. Y apenas podía esperar para descubrir qué más escondía Clara. El despertador de Lucas sonó a las siete de la mañana, un zumbido irritante que cortó el silencio como una cuchilla. Extendió el brazo, tanteando la mesita de noche hasta encontrar el botón, pero antes de que pudiera apagarlo, una mano delicada cubrió la suya. Los dedos de Clara eran fríos, contrastando con el calor de su cuerpo bajo las sábanas. —Todavía no—murmuró, la voz ronca de sueño y de algo más, algo que hacía acelerar la sangre de Lucas incluso después de todo lo que habían hecho la noche anterior. Él se volvió hacia ella, esperando encontrar esos ojos oscuros que lo habían hipnotizado desde el primer encuentro en el ascensor. Pero Clara ya estaba sentada en el borde de la cama, la espalda desnuda vuelta hacia él, los cabellos castaños cayendo en ondas sueltas sobre los hombros. La luz de la mañana entraba por la ventana entreabierta, pintando su piel de dorado y revelando marcas que él sabía habían sido dejadas por sus propias manos. —¿Tienes que irte?—preguntó, intentando no dejar traslucir la punzada de decepción que sentía. Clara inclinó la cabeza, como si estuviera escuchando algo más allá de las paredes del apartamento. Entonces, sin responder, se levantó. Lucas no pudo evitarlo: sus ojos siguieron el contorno de sus curvas, la forma en que sus caderas se movían con una gracia casi felina, como si cada paso estuviera calculado para volverlo loco. Se puso la braguita, deslizándola por sus piernas largas, y luego la blusa, que apenas cubría sus pechos antes de abrocharse con una lentitud deliberada. —Me estás provocando—dijo, la voz gruesa. Ella sonrió, pero no era la misma sonrisa enigmática de la noche anterior. Había algo melancólico en ella, como si supiera algo que él aún no comprendía. —Quizá—respondió, por fin mirándolo—. O quizá solo me gusta verte así.

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