El Misterio del Piso de Arriba

Por Tonkix
El Misterio del Piso de Arriba
**El Misterio del Piso de Arriba** El apartamento de Lucas olía a café viejo y papel arrugado. Las paredes, pintadas de un gris desvaído que alguna vez fue azul, absorbían el silencio como esponjas, devolviéndolo en ecos ahogados. Le gustaba ese vacío controlado, la manera en que la luz de la tarde se colaba entre las persianas y dibujaba franjas doradas sobre el escritorio, donde pilas de manuscritos se equilibraban como torres a punto de derrumbarse. Escribir era su refugio, su forma de domar el mundo—o al menos de fingir que lo hacía. Aquella tarde, sin embargo, algo diferente sucedió. Un ruido. No era el sonido habitual del edificio—el crujido de las tuberías, el gemido del ascensor al subir, la voz de la administradora discutiendo con el portero por el interfono. Era algo más... orgánico. Un arrastrar de pies descalzos sobre el suelo de madera, seguido de un suspiro largo, casi un lamento. Lucas alzó la vista del teclado, los dedos aún flotando sobre las teclas. El sonido venía del techo, directamente del apartamento sobre el suyo, donde, hasta donde sabía, no vivía nadie desde hacía meses. Frunció el ceño. El edificio era antiguo, uno de esos caserones convertidos en apartamentos en los años 70, con paredes delgadas como papel de seda y aislamiento acústico inexistente. Pero aquel sonido no era de tuberías. Era humano. Demasiado humano. Se levantó, los pies descalzos hundiéndose en la alfombra gastada, y caminó hasta el centro de la sala, como si la posición pudiera ayudarle a descifrar el origen de aquello. Entonces llegó otro ruido—un gemido ahogado, seguido de un golpe sordo, como si algo (o alguien) hubiera caído contra la pared. El corazón de Lucas se aceleró. No era miedo. Era curiosidad. Y algo más, algo que aún no quería nombrar. Se acercó a la ventana y apartó la cortina. Afuera, la ciudad respiraba en tonos sepia, el sol poniente teñía los edificios de un dorado oxidado. El aire estaba pesado, cargado de electricidad, como si una tormenta estuviera a punto de desatarse. Pero no era solo el clima lo que lo inquietaba. Era la sensación de que algo—o alguien—había invadido su territorio privado, ese espacio donde él reinaba solo. Volvió al escritorio, pero no logró concentrarse. Las palabras en la pantalla parecían muertas, sin vida. En cambio, sus oídos se agudizaron, captando cada mínimo sonido proveniente de arriba. Un crujido. Un suspiro. El tintineo de un vaso al ser colocado sobre una superficie de vidrio. Y entonces, el sonido que lo hizo contener la respiración: una risa baja, femenina, cargada de una malicia que no supo descifrar. ¿Quién demonios estaba ahí arriba? Lucas se pasó una mano por el rostro, sintiendo la barba incipiente arañar la palma. Tal vez fuera un nuevo inquilino. O un visitante. O—y esta posibilidad lo hizo tragar saliva—alguien que, como él, prefería la soledad, pero no el silencio absoluto. La idea lo intrigó. Y lo excitó. Se levantó de nuevo y fue a la cocina, donde llenó un vaso de agua. Bebió despacio, los ojos fijos en el techo, como si pudiera ver a través de las capas de concreto y yeso. El apartamento de arriba era un misterio. Nunca lo había visto abierto, nunca se había cruzado con nadie entrando o saliendo. Lo único que sabía era que, de vez en cuando, la luz se encendía y se apagaba, como si alguien pasara por allí solo para dejar una marca, un rastro de presencia. Aquella noche, sin embargo, la presencia era innegable. Se acostó en la cama, pero el sueño no llegó. Se quedó allí, con los ojos abiertos, escuchando. El edificio parecía vivo, palpitando con una energía que no sentía desde hacía años. Y entonces, cuando ya estaba a punto de rendirse, lo escuchó de nuevo. Un gemido. No de dolor. De placer. Lucas sintió el cuerpo reaccionar antes incluso de procesar el sonido. Un calor subió por su vientre, extendiéndose por el pecho, por los muslos. Cerró los ojos, imaginando. Una mujer. Sola. O no. Los gemidos se volvieron más fuertes, más urgentes, entrecortados por palabras que no lograba distinguir. *«Más... por favor... así...»* La voz era ronca, susurrada, como si la persona no quisiera ser escuchada—o quisiera mucho. Se revolvió en la cama, inquieto. No era asunto suyo. No lo era. Pero el cuerpo no mentía. La erección presionaba la tela del bóxer, pidiendo alivio. Dudó. Luego, con un suspiro de rendición, dejó que su mano se deslizara hacia abajo, los dedos cerrándose alrededor del miembro rígido. Imaginó la escena de arriba: una mujer acostada en la cama, las piernas abiertas, los dedos (o los de otra persona) explorando cada centímetro de piel húmeda. Imaginó su boca, entreabierta, los labios mojados, los gemidos escapando como si fueran arrancados a la fuerza. El ritmo de su mano aumentó, siguiendo los sonidos que venían del techo. Cada suspiro, cada jadeo, cada palabra murmurada era un estímulo más. Se vio perdido en la fantasía, imaginándose en el lugar de quienquiera que estuviera arriba, tocando, probando, poseyendo. El orgasmo lo alcanzó con una intensidad inesperada, el cuerpo entero contrayéndose mientras ahogaba un gemido contra la almohada. Cuando volvió en sí, el apartamento de arriba estaba en silencio. Lucas se quedó acostado, jadeante, el sudor enfriándose sobre la piel. El aire estaba cargado, pesado. Se sintió a la vez saciado y hambriento, como si hubiera probado algo prohibido y ahora quisiera más. ¿Más de qué, exactamente? No lo sabía. Pero una cosa era cierta: no podría ignorar lo que estaba pasando arriba. Y, por primera vez en mucho tiempo, no quería hacerlo. El silencio del pasillo se quebró con el crujido de la puerta del ascensor. Lucas alzó la vista del libro que fingía leer—una edición de tapa dura de *El Extranjero*, cuya lomera ya estaba gastada de tanto hojearla sin que una sola línea le llamara la atención. Los pasos eran ligeros, casi imperceptibles, pero el eco en el mármol frío del edificio los amplificaba, convirtiéndolos en algo deliberado, como si cada golpe del tacón fuera una invitación. Ella bajó los últimos escalones de la escalera con una elegancia calculada, las manos sujetando el asa de un bolso de cuero negro que colgaba de su hombro como una segunda piel. El vestido, de un tono profundo de vino, se ceñía a su cuerpo sin esfuerzo, destacando la curva de las caderas y la cintura estrecha. Los cabellos, recogidos en un moño suelto, dejaban escapar mechones oscuros que rozaban la nuca, y Lucas tuvo la impresión de que, si extendiera la mano, sentiría el calor de aquella piel bajo sus dedos. —Disculpe —dijo ella, deteniéndose a medio metro de él. La voz era baja, ronca, como si acabara de despertar o hubiera pasado horas hablando en susurros—. ¿El ascensor está roto otra vez? Lucas cerró el libro con un chasquido suave, el pulgar marcando la página. No era la primera vez que el aparato daba problemas, pero sí la primera que alguien además del administrador parecía importarle. —Parece que sí. Al menos hasta mañana. Ella inclinó la cabeza, evaluándolo con unos ojos que parecían absorber más de lo que revelaban. Eran verdes, pero no un verde cualquiera—más oscuros, como musgo bajo la luz de velas, con reflejos dorados que parpadeaban cuando movía las pupilas. Un color que hacía pensar en bosques cerrados y secretos guardados entre árboles. —¿Vive aquí desde hace mucho tiempo? —preguntó, ajustando el bolso en el hombro. El movimiento hizo que la tela del vestido se tensara sobre los senos, y Lucas desvió la mirada por un segundo, como si lo hubieran pillado en falta. —Unos dos años. —Hizo una pausa, luego añadió—: ¿Es nueva? —Llegué ayer. —Una sonrisa breve, casi imperceptible, tocó sus labios—. Clara. —Lucas. Su nombre quedó flotando entre ellos, ligero como humo. Clara extendió la mano, y cuando Lucas la tomó, sintió su palma más fría de lo que esperaba, los dedos largos envolviendo los suyos con una firmeza que no encajaba con su aparente fragilidad. Había algo deliberado en el gesto, como si estuviera probando hasta dónde podía llegar antes de retroceder. —¿Escribe? —Señaló el libro con un movimiento de la barbilla. —Intento. —Lucas rio, un sonido corto y torpe—. Aunque creo que paso más tiempo mirando por la ventana que poniendo palabras en el papel. Clara alzó una ceja, intrigada. —¿Y qué ve por la ventana? —Nada interesante. —Mintió. En realidad, veía mucho: las luces de los edificios de alrededor parpadeando como estrellas artificiales, las sombras de los vecinos moviéndose tras las cortinas, la manera en que la ciudad parecía contener el aliento por la noche. Pero no se lo diría. No aún. —Qué pena. —Clara retrocedió un paso, como si estuviera a punto de despedirse, pero entonces se detuvo—. A mí me gustan las cosas que no son interesantes a primera vista. A veces son las más reveladoras. Lucas sintió el peso de esas palabras como una invitación. O quizá fuera solo la manera en que lo miraba—como si ya supiera cosas sobre él que él mismo ignoraba. —Vivo en el 302 —dijo, señalando el techo con un gesto vago—. Si necesita azúcar, o un libro mejor que este, ya sabe dónde encontrarme. —Me acordaré. Ella sonrió de nuevo, pero esta vez había un desafío en su mirada. Como si estuviera esperando para ver si él tendría el valor de llamar a su puerta. —Buenas noches, Lucas. —Buenas noches, Clara. Se dio la vuelta y subió las escaleras con pasos que no hacían ruido, como si flotara sobre los escalones. Lucas se quedó quieto, observando hasta que desapareció en el rellano del tercer piso. Solo entonces se dio cuenta de que estaba conteniendo la respiración. El aroma de ella quedó en el aire—una mezcla de jazmín y algo más oscuro, como cuero envejecido o especias que no lograba nombrar. Llevó la mano a la nariz sin pensar, como si pudiera guardar ese perfume en la memoria. Cuando por fin se movió, fue para subir las escaleras tras ella, despacio, como si cada escalón fuera una decisión. En el tercer piso, se detuvo frente a la puerta del 302. La madera era oscura, pulida, con un pomo de latón que brillaba bajo la luz amarillenta del pasillo. Por un segundo, pensó en llamar. En inventar una excusa cualquiera—necesitaba un poco de sal, o una opinión sobre un párrafo que no le salía. Pero no lo hizo. En cambio, apoyó la palma de la mano en la puerta, sintiendo el frío del metal a través de la madera. Imaginó a Clara al otro lado, apoyada en la pared, escuchando sus pasos alejarse. Imaginó que sonreía, como si supiera exactamente lo que él estaba pensando. Y quizá lo supiera. Lucas bajó las escaleras con el corazón latiendo más rápido de lo debido. Cuando llegó a su piso, se detuvo frente a su propia puerta y miró hacia arriba, como si pudiera ver a través del techo, a través de las vigas y el concreto, hasta el apartamento de ella. Escuchó un ruido ahogado proveniente de arriba—un arrastrar de muebles, quizá, o el sonido de un vaso al ser colocado sobre una mesa. Luego, silencio. Entró en su casa, cerró la puerta con llave y se quedó quieto en la oscuridad, escuchando. Nada. Pero sabía que, a partir de entonces, cada sonido que viniera del piso de arriba tendría un nombre. Y un rostro. El ascensor era un cubículo de espejos y silencio, un lugar donde los cuerpos se acercaban sin querer y las palabras morían antes de ser dichas. Lucas ya conocía el ritmo de las puertas de metal, el crujido familiar al cerrarse, el zumbido eléctrico que precedía al movimiento. Pero desde que Clara había llegado, el ascensor se había convertido en otra cosa—un territorio de posibilidades, un espacio donde el simple acto de respirar parecía una confesión. Fue una tarde, cuando el edificio estaba más vacío, que se encontraron allí por primera vez desde el encuentro en la escalera. Lucas volvía de la panadería, la bolsa de papel marrón en la mano exhalando el aroma cálido del pan francés, cuando escuchó sus pasos en el pasillo. No necesitó girarse para saber que era Clara; reconocería ese sonido en cualquier lugar—ligero, pero no frágil, como si cada paso fuera una decisión. La puerta del ascensor ya estaba abierta, esperando, y él entró, presionando el botón del tercer piso sin pensar. Ella apareció en el último momento, como si hubiera calculado el tiempo para que las puertas no se cerraran antes de que pudiera entrar. Llevaba un vestido negro, lo suficientemente ajustado para resaltar la curva de las caderas, la tela demasiado fina para ocultar el contorno de los senos cuando la luz del pasillo incidía sobre ella. Los cabellos, recogidos en un moño suelto, dejaban algunos mechones sueltos en la nuca, y Lucas tuvo que contener el impulso de extender la mano y enrollarlos entre sus dedos. —Buenas tardes —dijo ella, la voz baja, casi un susurro, como si no quisiera perturbar el silencio del ascensor. —Buenas tardes —respondió él, y la palabra salió más ronca de lo que pretendía. Clara presionó el botón del cuarto piso, y el ascensor comenzó a subir con una sacudida. Por un segundo, ninguno de los dos habló. Lucas observó, por el rabillo del ojo, cómo ajustaba la correa del bolso en el hombro, los dedos largos y delicados, las uñas pintadas de un rojo oscuro que combinaba con el labial. Se preguntó si lo hacía a propósito—si elegía colores que dejaran marcas. —Siempre vuelves tarde —comentó ella, rompiendo el silencio. —Trabajo mejor de noche —dijo, y como la frase sonó demasiado seca, añadió—: ¿Y tú? —Depende. —Inclinó la cabeza, como si evaluara cuánto debía revelar—. A veces necesito ruido. A veces, silencio. El ascensor se detuvo en el tercer piso, y Lucas dudó antes de salir. No quería que ese momento terminara, pero tampoco sabía cómo prolongarlo. Entonces, cuando las puertas comenzaron a cerrarse, extendió la mano y las detuvo, mirándola. —Si necesitas silencio... —comenzó, y dejó la frase en el aire, como si lo demás fuera obvio. Clara sonrió, una sonrisa lenta, casi imperceptible, pero suficiente para hacer que el estómago de Lucas se contrajera. —Me acordaré —dijo, y entonces las puertas se cerraron entre ellos. --- Los encuentros siguientes fueron así: breves, cargados, llenos de cosas no dichas. En el pasillo, en el ascensor, en la lavandería del edificio—cada vez que se cruzaban, había ese momento de reconocimiento, como si los dos estuvieran esperando por aquello sin admitirlo. Clara comenzó a aparecer con más frecuencia, como si supiera exactamente cuándo Lucas estaría saliendo o volviendo. Y él, a su vez, empezó a prestar atención a sus horarios, ajustando sus propios movimientos para aumentar las posibilidades de un encuentro. Una mañana, la encontró en el vestíbulo, a punto de salir. Llevaba un abrigo largo, de lana gris, que le llegaba hasta las rodillas, y botas de tacón alto que hacían eco en el mármol. Lucas estaba en sudadera y chanclas, el cabello aún despeinado de sueño, pero al verla, se sintió expuesto, como si ella pudiera ver a través de la ropa holgada. —¿Vas a trabajar? —preguntó, solo para decir algo. —Sí —respondió, ajustando la bufanda en el cuello—. ¿Y tú? —Solo a buscar café. Ella miró la taza vacía en su mano, luego su rostro, como si evaluara si estaba mintiendo. —El café es bueno —dijo, al fin—. Pero a veces lo que uno necesita es otra cosa. Lucas sintió el calor subir por el cuello. No era una pregunta, pero tampoco una afirmación. Era una invitación, o una provocación—no estaba seguro. —¿Y qué necesitas tú? —se atrevió a preguntar. Clara sonrió, pero no respondió. En cambio, abrió la puerta del edificio y dejó que el viento frío de la mañana entrara, levantando el dobladillo de su abrigo. Por un segundo, Lucas vio la piel desnuda de sus muslos, el contorno de las medias negras que subían hasta la mitad de las piernas, y tuvo que desviar la mirada antes de que el deseo se hiciera evidente. —Hasta luego, Lucas —dijo, y salió, dejándolo parado allí, con la taza vacía en la mano y el cuerpo palpitante. --- En el ascensor, las cosas se volvieron más intensas. Empezaron a tocarse sin querer—o quizá a propósito. Una vez, cuando el ascensor se detuvo bruscamente entre dos pisos, Clara perdió el equilibrio y se apoyó en él, las manos en su pecho. Él la sujetó por la cintura por instinto, y los dos se quedaron así un segundo más de lo debido, los cuerpos pegados, la respiración acelerada. Cuando el ascensor volvió a funcionar, Clara se apartó despacio, como si no quisiera romper el contacto. —Perdón —murmuró, pero no parecía arrepentida. —No tienes que disculparte —dijo él, y la voz le salió más grave de lo que pretendía. Otra vez, entró en el ascensor y la encontró de espaldas, mirando el espejo. Llevaba un vestido ajustado, de tirantes finos, que dejaba los hombros al descubierto, y Lucas no pudo evitarlo: sus ojos recorrieron la curva de su columna, la línea delicada de la nuca, el punto donde la piel se encontraba con la tela. Cuando ella se giró, no apartó la mirada. —¿Te gusta lo que ves? —preguntó, sin malicia, pero tampoco sin recato. —Me gusta —admitió, porque mentir sería inútil. Clara sonrió, satisfecha, y presionó el botón del cuarto piso. —Entonces quizá un día veas más. --- Las miradas se volvieron más osadas, las palabras más ambiguas. Una tarde, cuando se encontraron en el pasillo, Clara llevaba una bolsa de compras en la mano, y algo dentro llamó la atención de Lucas: el cuello de una botella de vino, el verde oscuro del vidrio. —¿Cena? —preguntó, señalando la bolsa con la cabeza. —Quizá —respondió—. O quizá solo una copa. —¿Sola? —Depende. —¿De qué? —De quién llame a mi puerta. Lucas sintió el corazón acelerarse. Era la primera vez que ella dejaba tan claro que la decisión era suya. Podría haber dicho algo, haber hecho una invitación directa, pero en cambio, solo asintió, como si supiera que ese juego aún no había terminado. —Voy a pensarlo —dijo, y pasó junto a ella, sintiendo su perfume—algo floral, con un toque de especias—quedar en el aire incluso después de alejarse. --- Aquella noche, Lucas no pudo escribir. Se quedó sentado frente a la pantalla del ordenador, pero las palabras no llegaban. En cambio, su mente estaba en el piso de arriba, imaginando a Clara en su apartamento, quizá bebiendo vino, quizá esperando. Se levantó, fue hasta la ventana y miró la calle, pero no vio nada más que su propio reflejo. Entonces, escuchó. Un sonido ahogado, como si algo hubiera caído al suelo. Luego, pasos—ligeros, pero distintos—seguidos del ruido de una puerta abriéndose y cerrándose. Lucas se acercó a la pared que separaba los apartamentos, apoyó el oído contra ella y se quedó allí, inmóvil, escuchando. Nada. Pero sabía que ella estaba allí. Y sabía que, tarde o temprano, uno de los dos no resistiría. El trueno cortó el silencio como una cuchilla, rasgando el cielo en dos. Lucas alzó la vista de la pantalla del ordenador, donde las palabras se negaban a llegar, y vio el reflejo del relámpago danzar en las paredes del apartamento. La luz blanca, casi fantasmal, iluminó por un instante el vaso de whisky medio lleno sobre la mesa, el cuaderno de notas abierto con garabatos de frases inconclusas, la sombra alargada de su propia figura contra la pared. Suspiró, pasando los dedos por el cabello, y se levantó, atraído por el sonido de la lluvia golpeando contra la ventana como dedos impacientes. El edificio parecía respirar diferente aquella noche. Las tuberías gemían con el viento, las paredes crujían, y desde algún lugar lejano llegaba el eco de una música ahogada—quizá del apartamento de Clara. Lucas apoyó la frente contra el cristal frío, sintiendo el contraste entre el calor de su cuerpo y la humedad gélida que se filtraba por los marcos. Afuera, la ciudad era un borrón de luces difusas, los faros de los coches arrastrándose como luciérnagas perdidas en la cortina de agua. Y entonces, otro trueno, más cercano, sacudiendo los cristales. Fue entonces cuando lo escuchó. Un golpe sordo, como si algo pesado hubiera sido derribado en el piso de arriba. Luego, pasos apresurados, el sonido de una puerta cerrándose con fuerza. Lucas frunció el ceño. No era el tipo de ruido que se hacía sin querer—era el sonido de alguien corriendo, quizá asustado. Dudó por un segundo, pero la curiosidad venció. Tomó el móvil, iluminó la pantalla para ver la hora—las doce y veinte—y caminó hasta la puerta del apartamento, descalzo, los pies hundiéndose en la alfombra mullida. En el pasillo, el aire estaba cargado de electricidad estática. Las lámparas parpadearon, amenazando con apagarse, y por un momento se quedó inmóvil, escuchando el edificio gemir bajo la tormenta. Entonces, lo escuchó de nuevo: pasos. No en el piso de arriba, sino bajando las escaleras. Rápidos, casi desesperados. Lucas se acercó a la barandilla y miró hacia abajo, pero la oscuridad del vestíbulo lo engullía todo. Un segundo después, sin embargo, la luz del ascensor se encendió, y la vio. Clara. Estaba parada en medio del pasillo, empapada, los cabellos oscuros pegados al rostro y al cuello, la blusa blanca adherida al cuerpo como una segunda piel, lo suficientemente transparente para revelar el contorno del sujetador de encaje negro debajo. Las manos le temblaban ligeramente mientras intentaba abrir la puerta de su apartamento—el de al lado del suyo—pero la llave no entraba en la cerradura. Lucas sintió el aire quedarse atrapado en la garganta. No era solo la lluvia lo que la dejaba así. Había algo más: los hombros tensos, la respiración acelerada, los labios entreabiertos como si estuviera a punto de llorar. —¿Clara? —La voz le salió ronca, casi un susurro. Ella se giró bruscamente, los ojos muy abiertos, y por un segundo pareció no reconocerlo. Entonces, el alivio cruzó su rostro como un relámpago. —Lucas... —Su nombre salió en un hilo de voz, quebrado—. Yo... no puedo abrir la puerta. Él no lo pensó. Atravesó el pasillo en tres zancadas y tomó la llave de su mano, sintiendo el frío de su piel mojada contra la suya. Los dedos de Clara estaban helados, casi entumecidos. —Déjame intentarlo. La cerradura cedió con un clic suave, y empujó la puerta, pero Clara no entró. Se quedó allí parada, las manos apretando los brazos como si intentara protegerse de algo—o de sí misma. Lucas dudó, luego tocó suavemente su hombro. —Estás temblando. —Yo... no esperaba que lloviera así. —Su voz era un murmullo, casi inaudible bajo el ruido de la tormenta—. Salí a comprar vino y... y cuando me di cuenta, estaba en medio del temporal. Era mentira. Él sabía que era mentira. La forma en que evitaba su mirada, la tensión en los músculos del cuello, la manera en que los dedos se crispaban contra su propia piel—todo gritaba que había algo más. Pero no preguntó. En cambio, le tomó la muñeca con delicadeza y la atrajo hacia su apartamento. —Entra. Te daré una toalla. Clara no opuso resistencia. Dejó que la guiara por el pasillo estrecho, los pies descalzos dejando huellas mojadas en el suelo de madera. Cuando llegaron a la sala, Lucas encendió la lámpara de pie, bañando el ambiente en una luz ámbar, cálida. El contraste con la tormenta afuera era casi irreal. Ella se quedó parada en medio de la sala, las manos apretando los codos, los ojos recorriendo el espacio—los libros apilados, el escritorio con el ordenador abierto, la botella de whisky medio vacía. Entonces, sus ojos se encontraron con los de él. —¿Estabas escribiendo? —Intentándolo. —Lucas tomó una toalla del armario y se acercó a ella—. No está dando muy buen resultado. —¿Por qué? —Porque mi mente está en otro lugar. —Se detuvo frente a ella, lo suficientemente cerca como para oler la lluvia mezclada con su perfume—floral, con ese toque de especias que ya conocía—. En el piso de arriba, para ser exactos. Clara no apartó la mirada. Los labios se entreabrieron, como si fuera a decir algo, pero en cambio, solo asintió. Lucas alzó la toalla y, con movimientos lentos, comenzó a secarle el cabello, los dedos rozando suavemente su frente, sus sienes, su nuca. Clara cerró los ojos por un instante, dejando escapar un suspiro bajo. Cuando los abrió de nuevo, había algo salvaje en ellos. —Escuchas los ruidos de mi apartamento. No era una pregunta. —A veces. —Pasó la toalla por sus hombros, sintiendo la piel húmeda bajo la tela—. Sonidos que no logro descifrar. —¿Y qué crees que significan? Lucas sonrió, una sonrisa lenta, peligrosa. —Que no eres tan reservada como pareces. Clara rio, un sonido corto, casi ahogado. —O que tengo una vida mucho más interesante que la tuya. —Es posible. —Dejó caer la toalla sobre sus hombros y le tomó el rostro entre las manos, los pulgares trazando el contorno de sus labios—. Pero prefiero pensar que es una invitación. Ella no retrocedió. En cambio, se inclinó hacia adelante, los labios casi tocando los suyos. —¿Y si lo es? —Entonces la acepto. El beso fue como la tormenta afuera—violento, inevitable, lleno de relámpagos. Clara se aferró a su camisa con fuerza, atrayéndolo más cerca, mientras él la empujaba contra la pared, las manos deslizándose por su espalda mojada, sintiendo la curva de su columna, la tensión de los músculos bajo la piel. Ella le mordió el labio inferior, un gemido bajo escapando de su garganta, y Lucas respondió con un gruñido, las manos bajando hasta su cintura, apretándola contra sí. —No tienes idea de cuánto he querido esto —murmuró contra su boca, los dientes rozando la piel sensible de su cuello. —La tengo. —Clara le subió la camisa, los dedos trazando líneas de fuego sobre su pecho desnudo—. Porque yo también lo he querido. La blusa de ella ya estaba en el suelo cuando la llevó hasta el sofá, acostándola sobre los cojines. Clara arqueó la espalda cuando las manos de Lucas encontraron el cierre del sujetador, los dedos deslizándose bajo la tela para acariciar sus senos, los pezones ya duros bajo su tacto. Ella gimió, los dedos enredándose en su cabello, atrayéndolo hacia abajo, hacia otro beso—este más lento, más profundo, como si tuvieran todo el tiempo del mundo. Pero el tiempo no era algo que tuvieran. Lucas bajó los labios por su cuello, por su clavícula, hasta llegar a sus senos, tomando un pezón en la boca mientras su mano se deslizaba dentro de sus vaqueros, encontrando la humedad entre sus piernas. Clara jadeó, las uñas clavándose en sus hombros. —Dios, Lucas... —Ya sé. —Sonrió contra su piel, los dedos moviéndose en círculos lentos, provocadores—. Yo también estoy loco por ti. Ella lo atrajo de vuelta para un beso, las piernas abriéndose más, invitándolo a ir más allá. Y él fue. Bajó la boca por su cuerpo, quitándole los vaqueros mojados, las manos sujetando sus muslos con firmeza mientras su lengua encontraba el centro de su placer. Ella gritó, el cuerpo entero contrayéndose, los dedos enredándose en su cabello con fuerza suficiente para doler. —No pares —suplicó, la voz ronca—. Por favor, no pares. Lucas no paró. No hasta sentir su cuerpo estremecerse bajo su boca, hasta escuchar su nombre salir de sus labios en un gemido quebrado. Solo entonces se incorporó, los labios brillantes, los ojos oscuros de deseo. Clara lo atrajo hacia arriba, besándolo con un hambre que lo dejó sin aliento. Sus manos encontraron la cremallera de sus pantalones, bajándola con urgencia, y cuando por fin entró en ella, fue como si el mundo entero se redujera a ese momento—al calor húmedo, al ritmo de sus cuerpos moviéndose juntos, a los suspiros y gemidos que se mezclaban con el sonido de la lluvia afuera. Llegaron al clímax casi al mismo tiempo, Clara apretándose contra él, las uñas marcando su espalda mientras él hundía el rostro en su cuello, el cuerpo entero temblando con la fuerza del orgasmo. Por un largo momento, no hubo nada más que el sonido de sus respiraciones entrecortadas, el corazón latiendo con fuerza, la lluvia golpeando contra la ventana. Entonces, Clara se movió, los dedos trazando círculos perezosos en su pecho. —Esto... —murmuró, la voz aún temblorosa— fue mejor de lo que imaginé. Lucas rio, bajo, y besó la parte superior de su cabeza. —Todavía no ha terminado. Clara alzó los ojos, una sonrisa maliciosa en los labios. —¿Ah, no? —No. —La volteó boca abajo, las manos deslizándose por su espalda, sintiendo la curva de su columna, la suavidad de su piel—. Porque aún no he explorado cada centímetro de ti. Y cuando la tormenta finalmente amainó, horas después, seguían allí—juntos, entrelazados, los cuerpos marcados por el deseo, la mente de Lucas ya maquinando cómo sería el próximo encuentro. Porque ahora que habían empezado, no había vuelta atrás. La primera vez había sido solo el comienzo. Como un libro que se abre en cualquier página y, de repente, ya no se puede soltar, Clara y Lucas descubrieron que el deseo no se agotaba—solo se transformaba, adquiría nuevas formas, nuevos sabores. Los encuentros comenzaron a ocurrir con la regularidad de un ritual, cada uno más intenso que el anterior, como si el cuerpo de él ya supiera lo que el de ella quería antes incluso de que ella misma lo supiera. Siempre era así: un roce casual en el ascensor, una mirada prolongada en el pasillo, una nota dejada bajo la puerta con una hora y una dirección—a veces su apartamento, a veces un hotel discreto en el centro, otras veces el propio apartamento de ella, cuando el silencio de la noche garantizaba que nadie los escucharía. A Clara le gustaba variar. Decía que la imprevisibilidad mantenía el fuego encendido, que la expectativa era tan deliciosa como el acto en sí. Aquella tarde, Lucas llegó a casa con una bolsa de compras y una sonrisa que no podía disimular. Dentro, había un frasco de aceite de almendras, un par de esposas de terciopelo negro y un libro de poemas eróticos que había encontrado por casualidad en una librería de viejo. No sabía si a ella le gustaría, pero la idea de explorar aquello juntos lo excitaba de una manera que casi dolía. Cuando sonó el interfono, ya estaba esperando. —Sube —dijo, la voz ronca, y colgó antes de que ella pudiera responder. Clara entró como una brisa cálida, los cabellos aún húmedos por la fina lluvia que había caído antes, el perfume a jazmín y algo más oscuro, más animal, envolviéndolo antes incluso de que cerrara la puerta. Llevaba un vestido negro, ajustado, que moldeaba cada curva como si hubiera sido cosido para ella. Los tacones altos resonaron contra el suelo de madera, y Lucas sintió todo su cuerpo tensarse. —Me miras como si quisieras devorarme —murmuró, dejando caer el bolso en el sofá con un gesto deliberadamente lento. —Porque es exactamente lo que quiero hacer. Ella rio, un sonido bajo y gutural, y se acercó, los dedos deslizándose por su pecho hasta encontrar el botón de su camisa. —Entonces hazlo. No hubo prisa. Esta vez, no. Lucas la atrajo hacia sí, las manos demasiado grandes para su cintura estrecha, y la besó como si tuviera todo el tiempo del mundo. Su lengua encontró la de ella, cálida y ávida, y probó el sabor del vino tinto y algo más dulce, como miel derretida. Cuando se separaron, sus labios estaban rojos, hinchados, y sus ojos brillaban con una promesa que él ya conocía. —Te traje algo —dijo, tomando la bolsa. Clara arqueó una ceja, intrigada, y revisó los objetos con curiosidad. Cuando vio las esposas, una sonrisa lenta se extendió por su rostro. —¿Te gusta jugar, escritor? —Solo si a ti también. Tomó las esposas, pasando el pulgar por el terciopelo suave, y luego las colocó sobre la mesa de centro, junto al frasco de aceite. —Después. Primero, quiero otra cosa. Antes de que él pudiera preguntar, se arrodilló frente a él, las manos ya trabajando en su cinturón, en la cremallera, liberándolo con una urgencia que hizo que la sangre le latiera con fuerza. Cuando sus labios lo envolvieron, Lucas gimió, los dedos enredándose en su cabello oscuro, tirando de él lo suficiente para hacerla sisear. Clara sabía exactamente qué hacer—cuándo acelerar, cuándo desacelerar, cuándo usar la lengua, los dientes, la garganta. Sintió que las piernas le flaqueaban, la respiración se le volvía un jadeo entrecortado, y tuvo que apoyarse en la pared para no caer. —Joder... —murmuró, la voz ronca—. Me vas a matar. Ella soltó una risa ahogada, el aliento cálido contra su piel sensible, y luego se apartó, dejándolo al borde del abismo. —Todavía no. Lucas la levantó, besándola con un hambre que no podía controlar, y la empujó contra la pared. El vestido subió con facilidad, revelando la piel desnuda debajo—ninguna braga, solo ella, húmeda, lista. La alzó, sus piernas envolviendo su cintura, y la penetró con un solo movimiento, profundo, posesivo. Clara gimió, las uñas clavándose en sus hombros, y él comenzó a moverse, cada embestida más fuerte que la anterior, como si quisiera marcarla por dentro. —Más —susurró, la voz quebrada—. Más fuerte. Él obedeció. La noche cayó sin que se dieran cuenta. Cuando finalmente se detuvieron, exhaustos y sudorosos, estaban en el suelo, entre cojines y mantas arrojadas apresuradamente, el cuerpo de ella enredado en el suyo como si fuera parte de su propia piel. Lucas trazaba círculos perezosos en su espalda, sintiendo su respiración calmarse, su corazón latir al unísono con el suyo. —Eres peligrosa —murmuró, besando su hombro. —Y a ti te encanta. Él no lo negó. En los días siguientes, los encuentros se volvieron más audaces. Clara le enseñó a usar las esposas, a atarla al cabecero de la cama, a dejarla a merced de sus dedos, su boca, su lengua hasta que ella suplicara por alivio. Lucas descubrió que le encantaba verla así—vulnerable, entregada, los labios entreabiertos en gemidos que no podía contener. Y cuando era él quien estaba atado, las manos de ella explorando cada centímetro de su cuerpo con una precisión que lo volvía loco, entendía el poder que había en rendirse. Una noche, después de horas de juegos que los dejaron marcados y exhaustos, Clara se levantó de la cama y fue hasta su bolso. Sacó de allí un pequeño objeto negro, liso, con un mango curvo. —¿Has usado uno de estos? —preguntó, girándolo entre sus dedos. Lucas sintió su cuerpo reaccionar al instante. —No. —Entonces hoy es tu día de suerte. Volvió a la cama, sonriendo con malicia, y le enseñó a usarlo. Primero en ella, luego en él, y después en los dos al mismo tiempo, sus cuerpos moviéndose en una danza que no tenía principio ni fin. Cuando llegaron al clímax, fue como si el mundo entero temblara—un terremoto de placer que los dejó tendidos en el suelo, jadeantes, los cuerpos cubiertos de sudor y marcas de uñas. —Eres una bruja —murmuró Lucas, atrayéndola más cerca. —Y tú eres mi aplicado aprendiz. Él rio, pero había algo en su voz que lo hizo detenerse. Un tono diferente, casi melancólico. —¿Qué pasa? Clara dudó, los dedos jugando con su cabello. —Nada. Solo estaba pensando que... esto no puede durar para siempre. Lucas sintió un apretón en el pecho. —¿Por qué no? No respondió. En cambio, lo besó con una intensidad que decía más que las palabras. Y cuando se apartó, sus ojos brillaban con una emoción que él no logró descifrar. —Disfrutemos mientras dure —susurró. Y así lo hicieron. Pero aquella noche, mientras Clara dormía entre sus brazos, Lucas no pudo conciliar el sueño. Había algo en el aire, una tensión que no sabía nombrar. Como si, en cualquier momento, el hechizo pudiera romperse. Y por primera vez, se preguntó qué pasaría después. La madrugada se extendía como un velo húmedo sobre la ciudad, y el apartamento de Lucas estaba sumido en un silencio denso, roto solo por el ritmo irregular de la respiración de Clara. La observaba mientras dormía, las pestañas oscuras proyectando sombras delicadas sobre sus pómulos, los labios entreabiertos como si guardaran secretos incluso en reposo. La sábana se había deslizado hasta su cintura, revelando la curva suave de sus hombros, las marcas rojizas que sus propias manos habían dejado horas antes. Había algo sagrado en ese momento—como si el tiempo se hubiera detenido para permitirle memorizar cada detalle. Pero el tiempo no se detiene. Nunca. El primer indicio de que algo andaba mal llegó con el olor a café. Clara se había despertado antes que él, como siempre, y ahora se movía por la cocina con la eficiencia silenciosa de quien ya estaba acostumbrada a irse. Lucas escuchó el tintineo de la taza contra el platillo, el silbido bajo de la cafetera, y supo, incluso antes de abrir los ojos por completo, que esa mañana sería diferente. Cuando se levantó, la encontró sentada a la mesa de la sala, vestida con una blusa de seda que no reconoció—algo nuevo, quizá comprado para la ocasión. La tela azul marino resaltaba el tono cálido de su piel, y los cabellos, aún húmedos por la ducha, caían en ondas sueltas sobre sus hombros. Sostenía la taza con ambas manos, como si buscara calor, aunque el apartamento estaba sofocante. —Buenos días —dijo, acercándose despacio. Clara alzó la vista, y por un instante, Lucas vio algo cruzar su rostro—algo como alivio, o quizá arrepentimiento. Pero entonces sonrió, de esa manera que siempre lo desarmaba, y le tendió la mano. —¿Dormiste mal? —No pude pegar ojo después de que te dormiste. Ella rio bajito, un sonido que vibró contra su piel cuando se inclinó para besarla. —Mentiroso. Roncas. —Solo cuando estoy exhausto de tanto satisfacerte. Clara mordió el labio, pero la sonrisa no llegó a sus ojos. —Traje algo para ti —dijo, tomando la bolsa de compras. Lucas frunció el ceño. —¿Qué es? —Una llamada. Anoche. Después de que te dormiste. —¿De quién? —De la inmobiliaria. El apartamento que estaba esperando... por fin quedó disponible. Sintió el suelo moverse bajo sus pies, como si todo el edificio hubiera sido sacudido por un temblor. No era posible. No después de todo. —No me dijiste que estabas buscando otro lugar. —No te he dicho muchas cosas, Lucas. —¿Por qué? Suspiró, pasando los dedos por el borde de la taza. —Porque sabía que esto iba a pasar. Que iba a doler. Y no quería arruinar lo que teníamos. —¿Entonces es eso? ¿Te vas? —No tengo opción. —Siempre tenemos opción. Clara cerró los ojos por un instante, como si sus palabras la hubieran herido. Cuando los abrió de nuevo, había una resolución en ellos que nunca había visto antes. —No lo entiendes. No soy como tú. No puedo simplemente... quedarme. —¿Por qué no? —Porque no pertenezco a ningún lugar, Lucas. Así es mi vida. Me mudo, empiezo de nuevo, sigo adelante. Así son las cosas. —¿Y nosotros? —Su voz salió más áspera de lo que pretendía—. ¿Qué somos entonces? ¿Un pasatiempo? ¿Una distracción mientras haces las maletas? Clara se levantó bruscamente, derribando la silla en el proceso. El ruido resonó en el apartamento, demasiado fuerte, como un grito. —No te atrevas a menospreciar lo que vivimos. No te atrevas. Lucas también se levantó, los puños apretados a los lados. —Entonces explícamelo. Explícame cómo es posible que algo tan intenso, tan... real, simplemente termine porque tú decidiste que es hora de irte. —No es una decisión. Es una necesidad. —¿Necesidad de qué? —¡De sobrevivir! —Su voz se quebró, y por un segundo, Lucas vio la fachada desmoronarse—. No puedo apegarme, Lucas. No puedo permitirme eso. —¿Por qué no? —Porque las personas que amo... desaparecen. Se van. Y no puedo soportar la idea de que un día tú también me mires como si fuera una carga. Las palabras quedaron suspendidas entre ellos, pesadas, cargadas de un dolor antiguo que Lucas no conocía. Dio un paso adelante, extendiendo la mano para tocar su rostro. —Yo nunca te vería así. —No lo sabes. —Sí lo sé. Clara cerró los ojos, inclinándose contra su palma. Por un momento, Lucas pensó que cedería, que se dejaría convencer de quedarse. Pero entonces se apartó, con un movimiento firme, y tomó el bolso que estaba sobre el sofá. —Ya hice la reserva para la mudanza. Vienen mañana. —¿Mañana? —Sí. —¿Y no pensaste en decírmelo antes? —No quería que intentaras convencerme de quedarme. —¿Y si lo intento de todos modos? Clara sonrió, pero era una sonrisa triste, el tipo de sonrisa que precede a un adiós. —Puedes intentarlo. Pero no servirá de nada. Lucas sintió que la rabia crecía dentro de él, mezclada con un dolor que no sabía nombrar. Quería gritar, quería sacudirla, quería hacerla entender que lo que tenían era más que un romance pasajero. Pero en cambio, se quedó allí, quieto, mientras ella caminaba hacia la puerta. —Clara. Ella se detuvo, pero no se giró. —No voy a decir adiós. —¿Entonces qué vas a decir? —Que nunca te olvidaré. Que lo que vivimos fue real. Que yo... —Su voz se quebró—. Que ojalá las cosas fueran diferentes. Y entonces se fue. La puerta se cerró con un clic suave, y de repente, el apartamento pareció más grande, más frío. Lucas se quedó allí, inmóvil, escuchando el sonido de sus pasos alejándose por el pasillo, el crujido del ascensor, el silencio que se instaló después. No sabía cuánto tiempo pasó así, solo mirando la puerta, como si esperara que ella volviera. Pero no volvió. Al día siguiente, Lucas escuchó los ruidos en el piso de arriba—pasos apresurados, voces ahogadas, el sonido de muebles siendo arrastrados. Subió las escaleras despacio, como si caminara hacia un patíbulo. Cuando llegó al apartamento de Clara, la puerta estaba abierta, y dos hombres uniformizados cargaban una caja hacia afuera. —Oigan —llamó, intentando sonar casual—. ¿Saben a dónde llevan sus cosas? Uno de los hombres se encogió de hombros. —A algún lugar en el centro. Ella no lo dijo. Lucas asintió, sintiendo el pecho apretarse. Entró en el apartamento, o en lo que quedaba de él. Las paredes estaban desnudas, los armarios vacíos, el aroma de ella—aquel perfume a jazmín y algo más oscuro, más íntimo—aún flotaba en el aire, pero ya comenzaba a disiparse. Caminó hasta la ventana, donde antes había un sillón, y miró hacia la calle de abajo. Era allí donde se habían besado por primera vez, bajo la luz tenue de un farol, mientras la lluvia golpeaba contra el cristal. —¿Me extrañarás? La voz de Clara llegó desde atrás, suave, casi un susurro. Lucas se giró lentamente. Ella estaba parada en la puerta, vestida con vaqueros y una camiseta sencilla, el cabello recogido en un moño desordenado. Parecía más joven así, más vulnerable. —Todos los días —respondió. Clara entró en el apartamento, cerrando la puerta tras de sí. Por un momento, solo se miraron, como si estuvieran grabándose el uno al otro en la memoria. —Te dejé algo —dijo al fin, señalando la mesa de centro. Lucas se acercó y vio un sobre blanco, con su nombre escrito en su elegante caligrafía. Lo tomó, sintiendo el peso del papel entre sus dedos. —¿Qué es? —Abre después de que me vaya. Quiso protestar, quiso exigirle que se quedara, que explicara, que le diera algo a lo que aferrarse. Pero en cambio, solo asintió. Clara se acercó, colocando la mano sobre su pecho, justo donde latía su corazón. —Estarás bien —murmuró. —¿Y tú? No respondió. En cambio, lo besó—un beso lento, profundo, lleno de todo lo que no podían decir. Cuando se apartó, había lágrimas en sus ojos. —Tengo que irme. Lucas le tomó el rostro entre las manos, como si pudiera retenerla allí solo con la fuerza de su voluntad. —Te amo —susurró. Clara cerró los ojos, como si esas palabras la hubieran herido. —No digas eso. —¿Por qué? —Porque lo hace todo más difícil. —No debería ser fácil. —No —dijo, triste—. No debería. Y entonces, con una última mirada, se dio la vuelta y salió del apartamento. Lucas se quedó allí, escuchando el sonido de sus pasos alejarse, el ruido del ascensor bajando, el silencio que se instaló después. Solo cuando estuvo seguro de que se había ido abrió el sobre. Dentro, había una llave—pequeña, dorada, con un número grabado: *407*. Y una nota, escrita a mano: *«Si algún día me necesitas, ya sabes dónde encontrarme. Pero no esperes demasiado. No suelo quedarme en el mismo lugar por mucho tiempo.»* Lucas cerró los dedos alrededor de la llave, sintiendo el metal frío contra su palma. Sabía que no iría tras ella. No ahora. Quizá nunca. Pero también sabía que, dondequiera que ella estuviera, una parte de él siempre estaría con ella. Y eso, al menos, era suficiente.

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