El Beso Robado a la Sombra del Matrimonio

Por Tonkix
El Beso Robado a la Sombra del Matrimonio
**El Beso Robado a la Sombra del Matrimonio** La casa de los Vasconcelos olía a jazmín y cera de muebles antiguos, un perfume que Laura conocía de memoria, pero que esa noche parecía cargado de algo nuevo—o quizá fuera solo el vino tinto, corpulento y ligeramente astringente, deslizándose por su garganta mientras observaba el comedor con una mirada que oscilaba entre el aburrimiento y la expectativa. La mesa estaba puesta con la porcelana de la abuela de Ricardo, los cubiertos de plata pulidos hasta reflejar las llamas de las velas, y el cristal de las copas titilaba bajo la luz amarillenta de la lámpara. Todo impecable, como siempre. Todo *perfecto*, como ella detestaba. —Estás preciosa hoy. La voz de Ricardo llegó por detrás, acompañada del leve roce de sus dedos en la curva de su hombro. Laura no se giró. Mantuvo los ojos fijos en la puerta del comedor, donde Daniel aún no había aparecido, y forzó una sonrisa que sabía convincente. —Gracias. Tú tampoco estás nada mal. Era cierto. Ricardo llevaba un blazer de lino azul marino que resaltaba sus hombros anchos y el bronceado de quien pasaba los fines de semana en el club, y el perfume—algo cítrico y caro—se mezclaba con el olor a cuero del sillón donde se sentó, cruzando las piernas con la confianza de quien nunca dudó de sí mismo. Pero Laura conocía cada matiz de ese gesto, cada microexpresión que precedía un suspiro de impaciencia, y sabía que, bajo la fachada de marido atento, él ya estaba calculando cuánto tiempo más tendría que soportar esa noche antes de escapar al despacho con un whisky y el móvil. —Daniel dijo que llegaría un poco tarde. Algún problema en el trabajo. Laura levantó la copa, girando el vino lentamente. —Siempre tiene problemas en el trabajo. Ricardo rio, un sonido corto y sin humor. —Es el precio de ser el mejor. Tú sabes cómo es. *Sí*, ella lo sabía. Sabía cómo era Daniel desde antes de que Ricardo siquiera notara su existencia—desde aquellas fiestas en la facultad, cuando aparecía con una camisa arrugada y una sonrisa de quien sabía demasiados secretos, y Laura, ebria de ron y juventud, reía de chistes que solo ella entendía. Sabía cómo sus ojos, verdes como musgo después de la lluvia, la seguían cuando bailaba, y cómo él nunca la tocaba, no en esa época, porque Ricardo ya la miraba como si fuera suya. Sabía, también, cómo Daniel había desaparecido de sus vidas en los primeros años de matrimonio, como si hubiera entendido que su presencia era un riesgo—para ella, para Ricardo, para la ilusión de felicidad que ambos insistían en mantener. Y ahora él estaba volviendo. Sonó el timbre. Laura no se movió. Ricardo se levantó, ajustándose la corbata con un gesto automático, y fue hasta la puerta. Ella escuchó el sonido de las voces mezclándose en el vestíbulo—Ricardo, alto y efusivo, como siempre que quería impresionar; Daniel, más bajo, con esa cadencia perezosa que hacía que las palabras sonaran como una invitación. Después, los pasos acercándose, y entonces él estaba allí, parado en el marco del comedor, con las manos en los bolsillos de un pantalón de sarga oscura y una camisa blanca que se ajustaba a su pecho ancho sin esfuerzo. —Laura. Su nombre en la boca de él fue como un fósforo encendido en la oscuridad. No un saludo, no una pregunta—solo el reconocimiento de algo que ambos sabían que aún estaba ahí, latiendo bajo la superficie. —Daniel. Ella se levantó, porque era lo esperado, y le tendió la mano. Él la sostuvo un segundo más de lo necesario, los dedos cálidos envolviendo los suyos, y Laura sintió el calor subir por su brazo, como si él hubiera dejado una marca invisible en su piel. Cuando se inclinó para besar su mejilla, el olor de él la golpeó de lleno—sándalo, cuero envejecido y algo más, algo salvaje y masculino que no lograba nombrar. Fue rápido, solo un roce de labios en su mejilla, pero suficiente para que contuviera la respiración. —Estás diferente —murmuró él, los labios aún cerca de su oído. —Tú también. Era mentira. Daniel estaba exactamente como ella lo recordaba—el mismo cabello castaño ligeramente despeinado, la misma barba incipiente que le daba un aire de quien acababa de salir de la cama, los mismos ojos que parecían ver a través de ella. La diferencia estaba en ella, en cómo su cuerpo reaccionaba a su presencia ahora, como si cada célula estuviera en alerta, esperando el próximo roce, la próxima palabra. —¿Vamos a cenar? —preguntó Ricardo, ya sentándose a la mesa—. Tengo hambre. Daniel se apartó, pero sus ojos permanecieron en los de ella un instante, como si dijeran: *más tarde*. La cena fue una danza de gestos ensayados. Ricardo habló del nuevo proyecto de la constructora, de los planes para las vacaciones en Buzios, de cómo el mercado inmobiliario estaba loco. Daniel asentía, hacía preguntas, reía en los momentos adecuados, pero Laura notaba cómo la observaba cuando creía que nadie miraba—cómo sus ojos se deslizaban por el escote de su vestido, por la curva de su cuello, por sus labios entreabiertos cuando llevaba la copa a la boca. Y ella, a su vez, le permitía observarla, porque había algo embriagador en ser deseada así, en saber que, bajo esa mesa impecable, se estaba jugando un juego, y que los dos eran los únicos que conocían las reglas. —Laura, no estás comiendo —comentó Ricardo, frunciendo el ceño. —No tengo hambre. Era cierto. Su estómago estaba revuelto, no por nerviosismo, sino por una anticipación que se enroscaba en sus entrañas como una serpiente. Apartó el plato y se recostó en la silla, cruzando las piernas de modo que la falda del vestido subiera unos centímetros más de lo decente. Daniel siguió el movimiento con los ojos, y Laura vio su nuez de Adán moverse al tragar saliva. —Siempre has tenido un apetito selectivo —dijo él, la voz baja, casi un susurro. Ricardo no notó la tensión en la frase. O, si la notó, no le dio importancia. —Vive de café y ensalada. No sé cómo no se consume. —Algunas cosas no necesitan ser alimentadas para sobrevivir —respondió Daniel, los ojos aún fijos en ella. Laura sonrió, lenta y deliberadamente, y llevó la copa a los labios otra vez. —Es cierto. El resto de la cena transcurrió en una neblina de conversaciones superficiales y miradas furtivas. Cuando llegó el postre—un mousse de chocolate que Laura apenas probó—Ricardo recibió una llamada urgente y se levantó de la mesa, murmurando disculpas mientras se alejaba hacia el despacho. En cuanto desapareció por el pasillo, el silencio entre Laura y Daniel se volvió palpable, cargado de todo lo que no se decía. —Él no ha cambiado nada —comentó Daniel, rompiendo el hielo. —Tú tampoco. —Yo sí he cambiado. Solo que no donde importa. Ella alzó una ceja. —¿Y dónde sería? —En lo que a ti respecta. Las palabras flotaron entre ellos, pesadas y peligrosas. Laura debería haber dicho algo—cualquier cosa—para aliviar la tensión, para recordarle que Ricardo era su marido, que estaban jugando con fuego. Pero en lugar de eso, se inclinó ligeramente hacia adelante, dejando que el escote del vestido se abriera un poco más. —Siempre supiste decir las cosas adecuadas. Daniel sonrió, una sonrisa lenta y peligrosa. —No es difícil cuando la verdad es obvia. Ella debería haber parado ahí. Debería haberse levantado, recogido la mesa, fingido que nada de eso estaba pasando. Pero entonces Daniel extendió la mano sobre el mantel de lino blanco y rozó sus dedos con los de ella, un toque casi imperceptible, pero que la hizo estremecer. —Laura… —No. La palabra salió más cortante de lo que pretendía. Retiró la mano, pero no se apartó. No del todo. —No podemos. —¿Por qué? —Porque él es mi marido. —¿Y qué? Ella cerró los ojos un segundo, sintiendo el peso de esa pregunta. *¿Y qué?* ¿Cómo explicar que, sí, Ricardo era su marido, pero que su matrimonio se había convertido en una sucesión de días iguales, de noches vacías, de caricias que no significaban nada? ¿Cómo decir que, por más que lo intentara, no lograba recordar la última vez que él la había mirado como Daniel la miraba ahora—como si ella fuera lo único en el mundo que importaba? —Porque está mal. Daniel rio, un sonido bajo y sin humor. —¿Desde cuándo te importa lo que está bien? Antes de que pudiera responder, Ricardo regresó al comedor, el móvil aún en la mano. —Perdonen, chicos. Tuve que resolver algo. Daniel, ¿te quedas a tomar una copa? Daniel miró a Laura, como pidiendo permiso. Ella no dijo nada, pero su silencio fue respuesta suficiente. —Claro —dijo él, por fin—. Una copa suena bien. Mientras Ricardo se alejaba para buscar la botella de coñac, Daniel se inclinó hacia ella, la voz un susurro ronco. —Esto no ha terminado. Laura no respondió. No necesitaba hacerlo. Porque los dos sabían que él tenía razón. La lluvia golpeaba contra las ventanas como dedos impacientes, insistentes, mientras Laura observaba el coche de Daniel estacionarse en la entrada del garaje. El sonido del motor se mezclaba con el repiqueteo de las gotas, un ritmo irregular que parecía ecoar los latidos acelerados de su pecho. Se abrazó a sí misma, no por el frío, sino por algo más profundo, una corriente eléctrica que recorría su piel desde que él había llamado, horas antes, con esa voz demasiado calmada, demasiado casual: *«Ricardo me pidió que revisara esa gotera en el techo del cuarto de huéspedes. ¿Puedo pasar esta tarde?»* Claro que podía. Claro que ella diría que sí. La puerta se abrió sin que tuviera que bajar las escaleras. Daniel entró sacudiendo el paraguas, los hombros anchos ocupando el espacio de una manera que parecía deliberada, como si supiera que ella lo observaba desde la sala. Gotas de agua resbalaban por los mechones oscuros de su cabello, cayendo sobre el cuello de la camisa, que había arremangado hasta los codos, revelando antebrazos fuertes, venas ligeramente marcadas. Laura tragó saliva. —Estás empapado —dijo, la voz más ronca de lo que pretendía. Él sonrió, esa sonrisa lenta que siempre la desarmaba, y cerró el paraguas con un chasquido seco. —No es nada que un café no solucione. Lo guió hasta la cocina, consciente de cada paso, de cómo la tela fina del vestido se movía contra sus muslos. El olor a lluvia y cuero mojado invadió el ambiente, mezclándose con el aroma del café que había preparado minutos antes. Daniel se apoyó en la encimera, los ojos recorriendo el espacio con una familiaridad que la incomodaba y excitaba en igual medida. —Recuerdas dónde está todo —comentó, tendiéndole una taza. —¿Hace mucho que no vengo? —preguntó él, aceptando el café, los dedos rozando los suyos un segundo más de lo necesario. Laura desvió la mirada, fingiendo buscar algo en el armario. —Hace. Desde... desde antes del matrimonio, creo. —Ah. —Tomó un sorbo, los labios curvándose sobre el borde de la taza—. Entonces hace unos tres años. Tres años. Tres años de cenas familiares en las que se obligaba a no mirarlo demasiado, de fiestas en las que intercambiaban sonrisas educadas mientras Ricardo parloteaba sobre trabajo o fútbol. Tres años fingiendo que no sentía el calor de ese recuerdo antiguo, de esa noche en que casi— —Laura. Se giró demasiado rápido, derribando una cuchara de madera al suelo. Daniel se agachó para recogerla en el mismo instante, y cuando sus dedos se tocaron, fue como si una chispa hubiera saltado entre ellos. Él no se apartó. Ella tampoco. —Gracias —murmuró, la voz casi un susurro. —De nada. —Se levantó despacio, los ojos oscuros fijos en los de ella—. Pero sabes que no vine solo a arreglar una gotera, ¿verdad? El aire pareció espesarse, cargado de algo que no era solo deseo, sino una especie de reconocimiento. Laura sintió el peso de esa pregunta, de esa verdad que ambos habían enterrado bajo capas de negación. Podría mentir. Podría fingir indignación, preguntar qué quería decir con eso, mantener la farsa de que solo eran amigos, cuñados, personas civilizadas. Pero no lo hizo. —Lo sé —admitió, y el alivio que vio pasar por el rostro de él fue casi tan intenso como la culpa que la atravesó después. Daniel dejó la taza sobre la encimera con un clic suave. —Entonces, ¿por qué me dejaste entrar? —Porque quería que vinieras —dijo, y las palabras sonaron como una confesión robada. Él dio un paso adelante, luego otro, hasta que el espacio entre ellos fuera apenas suficiente para que sintiera el calor de su cuerpo, el olor de su piel mezclado con el perfume cítrico que siempre usaba. Laura no retrocedió. No cuando levantó la mano y apartó un mechón de cabello que había caído sobre su rostro, no cuando sus dedos se deslizaron por la línea de su mandíbula, no cuando inclinó la cabeza, acercándose como si fuera a besarla. —¿Tienes idea de lo que me haces? —murmuró, la voz áspera. Laura pasó los dedos por su cabello húmedo, atrayéndolo de vuelta hacia sí. —Creo que tengo una noción. Él rio bajito, un sonido que vibró en su pecho, y entonces— —¿Dónde está la escalera del ático? Laura parpadeó, confundida, el momento rompiéndose como vidrio bajo sus pies. Daniel se apartó con una sonrisa torcida, como si supiera exactamente el efecto que había causado. —La gotera, ¿recuerdas? —dijo, señalando el techo—. Necesito echar un vistazo. Ella soltó el aire que no sabía que estaba conteniendo, tratando de ignorar la decepción que ardía en su pecho. —Por allí —señaló, indicando el pasillo—. Voy a buscar una linterna. Él la siguió, los pasos resonando en el suelo de madera, y cuando se giró para entregarle la linterna, sus cuerpos casi chocaron. Daniel la sujetó por los hombros, firme, y por un instante pensó que la atraería hacia sí. Pero solo sonrió, esa maldita sonrisa que prometía más de lo que podía dar. —Tú primero. Laura subió las escaleras delante de él, dolorosamente consciente de cómo el vestido se ajustaba a su cuerpo, de cómo sus ojos debían estar recorriendo sus piernas, su espalda, la curva de sus caderas. El ático era pequeño, sofocante, iluminado solo por la luz tenue que entraba por los tragaluces. La lluvia golpeaba contra el cristal, creando un ritmo hipnótico, y el aire olía a madera vieja y polvo. —Allí —señaló hacia un rincón donde una mancha oscura se extendía por el techo. Daniel se acercó, examinando la zona con una concentración exagerada. Laura se quedó cerca de la entrada, observándolo, el corazón latiendo tan fuerte que estaba segura de que él podía oírlo. —No es nada grave —dijo él, por fin, volviéndose hacia ella—. Solo necesita un poco de sellador. Lo tengo en el coche. —Ah. —Iré a buscarlo. Pasó junto a ella, rozando su brazo al bajar las escaleras. Laura lo siguió, sintiéndose ridícula por estar tan afectada por algo tan simple. Pero entonces, al llegar al piso de abajo, Daniel se detuvo de repente, girándose tan rápido que casi chocó contra él. —Laura. —¿Qué? No respondió. Solo la miró, los ojos oscuros ardiendo con algo que no se atrevió a nombrar. Y entonces, sin aviso, la empujó suavemente contra la pared, una mano en su cintura, la otra sujetando su mentón, inclinando su rostro hacia arriba. —No aguanto más —confesó, la voz ronca—. No aguanto más fingir que no quiero esto. Y antes de que pudiera responder, antes de que pudiera siquiera respirar, la besó. No fue un beso suave, vacilante. Fue hambriento, urgente, como si hubiera pasado años esperando ese momento y no pudiera perder un segundo más. Laura gimió contra sus labios, las manos aferrándose a su camisa, atrayéndolo más cerca, como si pudiera fundir sus cuerpos allí mismo. Daniel la presionó contra la pared, un muslo insinuándose entre los suyos, y ella arqueó la espalda, sintiendo su calor, su dureza, la prueba de que aquello no era solo cosa de ella. —Joder —murmuró él, apartándose solo lo suficiente para respirar, los labios rozando los suyos—. No tienes idea de cuánto tiempo he esperado por esto. Laura pasó los dedos por su cabello húmedo, atrayéndolo de vuelta hacia sí. —Entonces no pares. Él no paró. La besó de nuevo, más profundo, las manos descendiendo por su espalda, apretando su cintura, atrayéndola contra sí de una manera que no dejaba dudas sobre lo que quería. Laura sintió todo su cuerpo hormiguear, una presión creciendo entre sus piernas, una necesidad que no sentía desde hacía años—no así, no con esa intensidad. Pero entonces, tan repentinamente como había comenzado, Daniel se apartó. Respiraba con dificultad, los labios hinchados, los ojos oscuros de deseo. —No aquí —dijo, la voz ronca—. No así. Laura tardó un segundo en entender. Cuando lo hizo, sintió una ola de frustración mezclada con algo más peligroso: esperanza. —¿Cuándo, entonces? Él sonrió, una sonrisa lenta, perversa. —Pronto. Y entonces, como si nada hubiera pasado, se giró y caminó hacia la puerta principal, dejándola allí, apoyada contra la pared, el cuerpo aún vibrando, la mente ya imaginando todas las formas en que aquello podía salir mal. Y todas las formas en que valdría la pena. La lluvia golpeaba contra las ventanas como dedos impacientes, insistentes, como si quisiera entrar. Laura observaba las gotas resbalar por el cristal, dibujando caminos tortuosos que se cruzaban y se perdían, mientras el viento aullaba afuera, doblando los árboles del jardín en reverencias forzadas. El temporal había comenzado de repente, como si el cielo hubiera guardado toda su furia para ese momento exacto. Daniel estaba sentado en el sofá, los codos apoyados en las rodillas, los dedos entrelazados, los ojos fijos en la chimenea apagada. El silencio entre ellos no era incómodo—estaba cargado, eléctrico, como el aire antes de un relámpago. —¿Crees que durará mucho? —preguntó Laura, rompiendo el hechizo. Su voz sonó más baja de lo que pretendía, casi ahogada por el ruido de la lluvia. Daniel alzó los ojos, demorándose en ella un segundo más de lo debido. Estaba de pie, cerca de la ventana, los brazos cruzados sobre el pecho como si intentara protegerse del frío que no existía. O quizá del calor que crecía entre ellos. —¿El temporal? —Sonrió, un extremo de la boca levantándose—. ¿O el matrimonio? Ella rio, pero fue un sonido corto, sin alegría. Se giró hacia él, los dedos jugando con el tirante fino de la blusa de seda que llevaba, como si no supiera qué hacer con las manos. —Los dos. Daniel se recostó en el sofá, estirando los brazos sobre el respaldo como si estuviera en casa. Como si ese fuera su lugar. Como si siempre lo hubiera sido. —El temporal pasa. —Inclinó la cabeza, los ojos oscuros estudiándola—. El matrimonio... depende de quién lleve las riendas. Laura sintió un escalofrío recorrerle la espalda. No era el tipo de conversación que se tenía con el mejor amigo del marido. No era el tipo de conversación que se tenía con nadie, en realidad. Pero allí estaban, bailando alrededor de lo que realmente querían decir, como siempre hacían. —¿Y si las riendas ya no están en manos de quien deberían? —Se acercó, despacio, como si temiera asustarlo. O asustarse a sí misma. Daniel no se movió, pero sus ojos la siguieron, intensos, hambrientos. Cuando se detuvo frente a él, lo suficientemente cerca para sentir el calor de su cuerpo, él alzó la mano y le tocó la muñeca. Un gesto simple, casi inocente. Casi. —Entonces alguien tiene que recuperarlas. Laura contuvo la respiración. El roce de él era ligero, pero quemaba. Miró los dedos de él en su piel, luego su rostro, los labios entreabiertos, la mandíbula tensa. Él estaba tan cerca. Tan peligrosamente cerca. —¿Y si no quiero? Daniel sonrió, una sonrisa lenta, llena de promesas no dichas. —Mentira. Ella debería haberse apartado. Debería haber reído, cambiado de tema, fingido que no entendía. Pero no hizo nada de eso. En lugar de eso, se inclinó un poco más, hasta que sus rodillas rozaron las de él, hasta que el olor de él—la colonia amaderada mezclada con el sudor leve de la noche—le llenó las fosas nasales y la dejó mareada. —¿Siempre supiste lo que yo quería? —Siempre. —Su voz era un susurro ronco—. Desde la primera vez que te vi, en aquella cena, con ese vestido negro que parecía pintado sobre ti. Estabas tan hermosa que dolía. Laura sintió el corazón latir más fuerte. Era incorrecto. Todo aquello era incorrecto. Pero Dios, qué bien sonaba. —Y nunca dijiste nada. —Yo era el mejor amigo de tu marido. —Pasó el pulgar por la parte interna de su muñeca, un movimiento circular, hipnótico—. Y tú eras su esposa. —¿Y ahora? —Ahora... —Daniel la atrajo suavemente, hasta que estuvo sentada a su lado, los cuerpos casi tocándose—. Ahora ya no sé qué soy. Laura cerró los ojos un segundo. Cuando los abrió, él la miraba como si quisiera memorizar cada detalle de su rostro. Como si ella fuera algo precioso, algo que temiera perder. —Yo tampoco sé quién soy —confesó—. A veces, cuando él me toca, yo... siento como si estuviera traicionándome a mí misma. Daniel no dijo nada. Solo le sostuvo el rostro entre las manos, los pulgares acariciando sus mejillas, los dedos enredándose en los mechones sueltos de su cabello. Laura se inclinó hacia él, sin pensar, sin resistirse. Los labios de él estaban a centímetros de los suyos. Podía sentir su aliento cálido, el olor a whisky que había bebido antes. —Laura... —No. —Sacudió la cabeza, pero no se apartó—. No digas que está mal. No ahora. —Iba a decir que eres hermosa. —Sonrió, triste—. Que nunca he querido algo tanto en mi vida como te quiero a ti ahora. Ella no pudo evitarlo. Se inclinó más, hasta que sus labios rozaron los de él. Un toque ligero, vacilante. Un casi-beso. Daniel gimió bajito, un sonido que vino del fondo de su garganta, y por un segundo, pensó que la atraería hacia sí, la besaría de verdad, la devoraría. Pero entonces se apartó, los dedos aún en su rostro, pero el cuerpo rígido, como si luchara contra algo dentro de sí. —No podemos. —¿Por qué? —Su voz salió temblorosa, frustrada. —Porque si empezamos, no podremos parar. —Cerró los ojos, respirando hondo—. Y no quiero que sea así. No aquí. No ahora. Laura sintió las lágrimas quemarle detrás de los ojos. No eran lágrimas de tristeza. Eran lágrimas de rabia, de deseo, de algo que no sabía nombrar. Se levantó, apartándose de él, y caminó hasta la chimenea, las manos temblorosas. —¿Entonces cuándo? Daniel permaneció en silencio un largo momento. Cuando habló, su voz estaba cargada de algo que ella no logró descifrar. —Cuando estemos listos para asumir las consecuencias. Ella se giró hacia él, los brazos cruzados sobre el pecho, como si pudiera protegerse de la verdad de sus palabras. —¿Y si ya estoy lista? Él la miró, los ojos oscuros, intensos, llenos de un hambre que reconocía porque era la misma que ardía dentro de ella. —Entonces sabes dónde encontrarme. La lluvia seguía cayendo afuera, implacable, como si el mundo entero intentara lavar lo que fuera que estuviera pasando entre ellos. Laura se quedó allí, quieta, el corazón latiendo tan fuerte que estaba segura de que él podía oírlo. Daniel se levantó, despacio, y caminó hasta la puerta. —Me iré antes de que pare la lluvia. —Se detuvo en el umbral, mirándola por encima del hombro—. Antes de que haga algo de lo que los dos nos arrepintamos. Laura no dijo nada. Solo lo observó ponerse el abrigo, abrir la puerta y salir a la noche lluviosa. Cuando la puerta se cerró tras él, soltó el aire que ni siquiera sabía que estaba conteniendo. Y entonces, sola en la sala, con el olor de él aún en el aire, pasó los dedos por sus labios, como si pudiera guardar el sabor del casi-beso para siempre. O como si pudiera convencerse de que, la próxima vez, no habría casi nada. El restaurante era uno de esos lugares que solo conocían los locales, escondido al final de un camino de tierra, rodeado de árboles que filtraban la luz del sol en manchas doradas sobre las mesas de madera rústica. Laura había elegido la hora con cuidado: lo suficientemente tarde para que los turistas ya se hubieran ido, lo suficientemente temprano para que las parejas de la ciudad no llegaran a cenar. Solo ella, Daniel, y el sonido lejano de los cubiertos siendo colocados en la cocina. Llegó primero, como siempre. El vestido de lino beige se ajustaba a su cuerpo con una simplicidad engañosa, el escote demasiado discreto para ser inocente, los botones delanteros fáciles de desabrochar si las manos adecuadas estaban sobre ellos. Pidió una copa de vino blanco y fingió leer el menú mientras observaba la puerta, los dedos tamborileando levemente sobre el mantel de lino. Los nervios no eran miedo. Era anticipación. Daniel apareció diez minutos después, vestido con una camisa azul claro que resaltaba el tono de sus ojos, los primeros botones abiertos como si él también supiera que ese encuentro no terminaría en un simple almuerzo. Se detuvo en la entrada, buscándola, y cuando sus miradas se encontraron, Laura sintió el mismo choque eléctrico de siempre—como si, incluso después de semanas de mensajes susurrados y encuentros robados, aún no se hubieran acostumbrado a esa atracción. —Estás preciosa —dijo él, sentándose frente a ella. La voz era baja, íntima, como si ya estuvieran acostados en la misma cama. —Tú también. —Laura sonrió, girando el tallo de la copa entre los dedos—. Aunque creo que ya lo sabías. Daniel rio, un sonido ronco que hizo que algo dentro de ella se contrajera. Extendió la mano sobre la mesa, los dedos rozando los de ella un segundo antes de retroceder, como si recordara dónde estaban. —No voy a fingir que no pasé toda la mañana pensando en cómo te quedaría este vestido. Ella mordió el labio inferior, sintiendo el calor subir por su cuello. —¿Y en qué más pensaste? Él se inclinó hacia adelante, los ojos fijos en los de ella. —En lo fácil que sería acercar esta silla. En cómo quedarían tus labios si los mordiera. En cuántas veces tendría que besarte para borrar el recuerdo de cualquier otro hombre. Laura contuvo la respiración. El aire entre ellos estaba cargado de promesas. El camarero apareció en ese momento, salvándolos de sí mismos o posponiendo lo inevitable—ella no sabía cuál de las dos cosas. Pidieron la comida, pero ninguno de los dos tenía hambre de lo que estaba en el menú. —Reservaste una mesa en el rincón —comentó Daniel, mirando alrededor—. ¿Para que nadie nos viera? —Para que nadie nos interrumpiera —corrigió ella, pasando la punta del dedo por el borde de la copa—. Ya no quiero casi. Él sostuvo su mirada, la expresión seria. —Yo tampoco. El silencio que siguió no era incómodo. Era el tipo de silencio que precede a una caída, cuando ya sabes que vas a saltar, pero aún estás reuniendo valor. Laura observó a Daniel llevar la copa a los labios, la garganta trabajando al tragar, e imaginó cómo sería sentir ese movimiento contra su piel. Imaginó sus manos, grandes y cálidas, deslizándose por sus muslos bajo la mesa. Imaginó el peso de su cuerpo sobre el suyo, la presión de sus caderas entre sus piernas. —Laura. Parpadeó, volviendo al presente. —¿Qué? —No estás comiendo. —No tengo hambre. —Apartó el plato—. Al menos, no de comida. Daniel soltó una risa baja, pero sus ojos se oscurecieron. Extendió la mano de nuevo, esta vez sin retroceder. Sus dedos rozaron su muñeca, trazando círculos lentos sobre la piel sensible, y Laura sintió el roce como una corriente eléctrica descendiendo por su columna. —¿Qué quieres, entonces? —preguntó él, la voz ronca. Ella no respondió con palabras. En cambio, se inclinó hacia adelante, los labios entreabiertos, y dejó que él leyera la respuesta en sus ojos. Daniel no dudó. Se levantó, atrayéndola de la mano con una urgencia que hizo que su corazón se acelerara. Laura apenas tuvo tiempo de tomar su bolso antes de que él la guiara fuera del restaurante, pasando por la cocina y saliendo por la puerta trasera, donde el aire estaba más fresco y el sonido de la ciudad parecía lejano. Había un pequeño jardín allí, rodeado de arbustos altos, y antes de que pudiera decir algo, él la presionó contra la pared de ladrillos, las manos sujetando su rostro como si fuera algo precioso. —He esperado tanto por esto —murmuró, la respiración cálida contra sus labios. —Entonces no esperes más. Daniel no necesitó otra invitación. La besó como si estuviera muriendo de sed, como si ella fuera lo único capaz de saciarlo. Laura gimió contra su boca, los dedos enredándose en su camisa, atrayéndolo más cerca. El beso no era gentil. Era hambriento, desesperado, lleno de años de deseo reprimido. Su lengua exploró la de ella con una posesividad que la hizo temblar, y cuando él mordió su labio inferior, sintió el sabor metálico de la sangre mezclado con el vino. —Joder —gruñó él, apartándose solo lo suficiente para respirar—. ¿Tienes idea de lo que me haces? Laura no respondió. En cambio, atrajo su cabeza de vuelta hacia la suya, besándolo con aún más intensidad. Sus manos se deslizaron por su cuerpo, apretando su cintura, atrayéndola contra él para que sintiera lo mucho que la deseaba. Ella arqueó la espalda contra él, el calor entre sus piernas insoportable, y cuando sus dedos encontraron el botón de su vestido, no lo detuvo. El primer botón se abrió con un chasquido suave. Luego el segundo. El aire fresco tocó su piel, pero el calor de su cuerpo la mantenía cálida. Cuando el vestido se abrió por completo, revelando el sujetador de encaje negro debajo, Daniel soltó un gemido ronco. —Planeaste esto —acusó, los dedos trazando el contorno de la tela. —He esperado años por esto —corrigió ella, sacando su camisa de los pantalones—. ¿Crees que iba a dejar algo al azar? Daniel no respondió. En cambio, la besó de nuevo, las manos deslizándose por su espalda para desabrochar el sujetador. La tela cayó al suelo, y ella sintió el aire fresco contra los pezones endurecidos. Él no perdió tiempo. Su boca descendió por su cuello, mordisqueando, lamiendo, hasta que encontró un pecho y lo tomó entre los labios. Laura arqueó la espalda contra él, los dedos enredándose en su cabello, atrayéndolo más cerca mientras chupaba y mordía, alternando entre placer y dolor. —Daniel —gimió, su nombre una plegaria y una maldición al mismo tiempo. Él alzó la cabeza, los ojos oscuros de deseo. —Di que eres mía. Laura vaciló un segundo. No por duda, sino porque las palabras llevaban un peso que no estaba lista para asumir. Pero entonces él mordió su pezón de nuevo, y cualquier resistencia se desvaneció. —Soy tuya —susurró, atrayéndolo de vuelta para un beso. Daniel gimió contra su boca, las manos descendiendo hacia sus muslos, levantando el vestido hasta que la tela se acumuló en su cintura. Él la alzó contra la pared, sus piernas envolviendo sus caderas, y Laura sintió su dureza presionando exactamente donde más lo necesitaba. Gimió, moviéndose contra él, buscando alivio para la presión que crecía dentro de ella. —Joder, Laura —gruñó él, los dedos apretando su trasero—. Vas a hacer que me corra solo con esto. —Entonces córrete —lo desafió, mordiendo su labio—. Pero no sin mí. Daniel no necesitó más incentivo. Con un movimiento rápido, apartó su tanga a un lado y deslizó dos dedos dentro, sintiendo lo mojada que estaba. Laura gimió, la cabeza cayendo hacia atrás contra la pared mientras él la penetraba con los dedos, el pulgar rodeando su clítoris con una precisión que la hizo ver estrellas. —Estás tan lista —murmuró, la voz ronca de deseo—. Tan mojada para mí. —Daniel, por favor —suplicó, las uñas clavándose en sus hombros. Él no la hizo esperar. Con un movimiento rápido, abrió la cremallera de sus pantalones y liberó su miembro, grueso y duro, la punta ya brillante de excitación. Laura mordió el labio, anticipando el momento en que la llenaría, pero antes de que pudiera decir algo, él la atrajo hacia abajo, entrando en ella con un solo movimiento. Ella gritó, el sonido ahogado contra su hombro mientras su cuerpo se ajustaba a la invasión. Daniel gimió, las manos apretando sus caderas con fuerza suficiente para dejar marcas. —Dios —gruñó—. Estás tan apretada. Laura no respondió. Estaba demasiado ocupada sintiéndolo dentro de ella, llenándola de una manera que no sabía que necesitaba. Él comenzó a moverse, lento al principio, pero pronto los movimientos se volvieron más rápidos, más desesperados, cada embestida arrancando un gemido de sus labios. —Más fuerte —pidió, las uñas clavándose en su espalda. Daniel obedeció, aumentando el ritmo hasta que la pared detrás de ella temblaba con la fuerza de sus movimientos. Laura sintió el orgasmo acercarse, una presión insoportable que amenazaba con estallar en cualquier momento. —Córrete para mí —ordenó él, la voz ronca—. Quiero sentirte apretando mi polla. Las palabras fueron suficientes. Laura arqueó la espalda contra él, el cuerpo entero contrayéndose mientras el orgasmo la atravesaba en olas de placer. Daniel gimió, sintiéndola apretarse alrededor de él, y con unas pocas embestidas más, se corrió también, el cuerpo temblando mientras se vaciaba dentro de ella. Por un momento, los dos se quedaron allí, jadeantes, los cuerpos aún unidos. Laura apoyó la frente en su hombro, sintiendo el corazón latir desbocado contra el suyo. —Eso fue... —comenzó, pero no logró terminar. —Ya lo sé —murmuró Daniel, besando su cuello—. Yo también lo sentí. Se separaron despacio, los cuerpos reacios a apartarse. Laura ajustó el vestido, sintiendo su semen resbalar por sus muslos, un recordatorio físico de lo que acababa de suceder. Daniel la observó, los ojos oscuros de satisfacción. —Eso no fue suficiente —dijo, atrayéndola para otro beso—. No para mí. Laura sonrió, sintiendo lo mismo. —Ni para mí. Él le sostuvo el rostro entre las manos, los pulgares acariciando sus mejillas. —Entonces encontremos un lugar donde podamos hacer esto bien. Ella asintió, el corazón acelerándose de nuevo. —¿Dónde? Daniel sonrió, una sonrisa peligrosa y llena de promesas. —Conozco un hotelito fuera de la ciudad. Reservado bajo un nombre falso. Laura sintió un escalofrío recorrer su columna. —¿Cuándo? —Ahora. Ella no dudó. —Vamos. El taxi los dejó frente a una fachada discreta, una casa antigua con ventanas de vidrio esmerilado y un letrero de latón que decía simplemente *Posada de las Acacias*. Daniel pagó al conductor con billetes arrugados, sin mirar atrás, mientras Laura ajustaba el abrigo fino sobre los hombros, sintiendo el aire húmedo de la noche pegarse a su piel. El lugar olía a lluvia reciente y a madera envejecida, un perfume que se mezclaba con el olor de su propio cuerpo, aún caliente del deseo no saciado en el coche. La recepción era una habitación estrecha, iluminada por una lámpara de mesa que proyectaba sombras doradas sobre el mostrador de caoba. El recepcionista, un hombre de mediana edad con ojos somnolientos, apenas levantó la vista del libro cuando Daniel anunció el nombre falso: *Sr. y Sra. Almeida*. Laura sintió el estómago contraerse. Almeida. Un apellido cualquiera, tan lejano al suyo como era posible. Eso eran ahora—dos personas inventadas, dos cuerpos que se escabullían lejos de la vida real. La llave era pesada, antigua, con un llavero de metal grabado con el número 7. La habitación estaba en el segundo piso, al final de un pasillo estrecho cubierto con una alfombra gastada que amortiguaba sus pasos. Daniel abrió la puerta y la dejó entrar primero. El ambiente era pequeño pero impecable: una cama de hierro con sábanas blancas e inmaculadas, un sillón de terciopelo verde oscuro en un rincón, una lámpara en la mesita de noche que proyectaba un círculo de luz ámbar sobre la mesa auxiliar. Había un espejo enmarcado en la pared opuesta, reflejando la imagen de los dos—ella, con los labios aún hinchados de los besos en el coche, él, con la camisa ligeramente arrugada, el cabello despeinado por sus manos. Laura dejó caer el bolso al suelo con un golpe sordo. El sonido resonó en el silencio de la habitación, cargado de una tensión que parecía vibrar en el aire. Daniel cerró la puerta tras de sí y giró la llave dos veces, el clic metálico sonando como una sentencia. Cuando se giró, sus ojos se encontraron con los de ella, oscuros, hambrientos. No dijeron nada. No necesitaban hacerlo. Se acercó despacio, como si temiera que pudiera desaparecer si avanzaba demasiado rápido. Laura no se movió. Sintió el calor de su cuerpo antes de que la tocara, su respiración cálida contra su cuello cuando se inclinó para murmurar: —¿Tienes idea de cuánto he esperado por esto? Su voz era ronca, casi un susurro, pero cargada de una urgencia que hizo que sus rodillas flaquearan. Ella negó con la cabeza, incapaz de hablar. Daniel le sostuvo el rostro entre las manos, los pulgares trazando el contorno de sus labios, y entonces la besó—no con la prisa del coche, no con la vacilación de los encuentros anteriores, sino con una voracidad que la dejó sin aliento. Su lengua invadió su boca, exigente, posesiva, y Laura gimió contra sus labios, las manos aferrándose a su camisa con fuerza, como si quisiera rasgarla. Daniel la empujó contra la pared, su cuerpo presionando el de ella con una intensidad que la hizo arquear la espalda. Una de sus manos se deslizó por su muslo, levantando la falda del vestido hasta que la tela se acumuló en su cintura. Sus dedos encontraron el encaje de su tanga, ya húmeda, y él soltó un gruñido bajo, satisfecho. —Joder, Laura... —Su voz era un rugido—. Estás empapada. Ella mordió el labio inferior, sintiendo el rostro arder. No era solo deseo—era vergüenza, culpa, la sensación de estar haciendo algo prohibido, algo que no podía deshacerse. Pero su cuerpo no mentía. Los pezones estaban duros bajo el sujetador, la piel erizada en anticipación. Cuando Daniel metió dos dedos bajo el encaje y los deslizó dentro, Laura dejó escapar un gemido alto, las uñas clavándose en sus hombros. —Así... —murmuró él, moviendo los dedos con una lentitud torturante—. Así es como quiero escucharte. Laura cerró los ojos un segundo. Cuando los abrió, él la miraba como si quisiera memorizar cada detalle de su rostro. Como si ella fuera algo precioso, algo que temiera perder. —No podemos. La palabra salió más cortante de lo que pretendía. Retiró la mano, pero no se apartó. No del todo. —¿Por qué? —Porque él es mi marido. —¿Y qué? Ella cerró los ojos un momento, sintiendo el peso de esa pregunta. *¿Y qué?* ¿Cómo explicar que, sí, Ricardo era su marido, pero que su matrimonio se había convertido en una sucesión de días iguales, de noches vacías, de caricias que no significaban nada? ¿Cómo decir que, por más que lo intentara, no lograba recordar la última vez que él la había mirado como Daniel la miraba ahora—como si ella fuera lo único en el mundo que importaba? —Porque está mal. Daniel rio, un sonido bajo y sin humor. —¿Desde cuándo te importa lo que está bien? Antes de que pudiera responder, la empujó suavemente contra la pared, una mano en su cintura, la otra sujetando su mentón, inclinando su rostro hacia arriba. —No aguanto más —confesó, la voz ronca—. No aguanto más fingir que no quiero esto. Y antes de que pudiera responder, antes de que pudiera siquiera respirar, la besó. No fue un beso suave, vacilante. Fue hambriento, urgente, como si hubiera pasado años esperando ese momento y no pudiera perder un segundo más. Laura gimió contra sus labios, las manos aferrándose a su camisa, atrayéndolo más cerca, como si pudiera fundir sus cuerpos allí mismo. Daniel la presionó contra la pared, un muslo insinuándose entre los suyos, y ella arqueó la espalda, sintiendo su calor, su dureza, la prueba de que aquello no era solo cosa de ella. —Joder —murmuró él, apartándose solo lo suficiente para respirar, los labios rozando los suyos—. No tienes idea de cuánto tiempo he esperado por esto. Laura pasó los dedos por su cabello húmedo, atrayéndolo de vuelta hacia sí. —Entonces no pares. Él no paró. La besó de nuevo, más profundo, las manos descendiendo por su espalda, apretando su cintura, atrayéndola contra sí de una manera que no dejaba dudas sobre lo que quería. Laura sintió todo su cuerpo hormiguear, una presión creciendo entre sus piernas, una necesidad que no sentía desde hacía años—no así, no con esa intensidad. Pero entonces, tan repentinamente como había comenzado, Daniel se apartó. Respiraba con dificultad, los labios hinchados, los ojos oscuros de deseo. —No aquí —dijo, la voz ronca—. No así. Laura tardó un segundo en entender. Cuando lo hizo, sintió una ola de frustración mezclada con algo más peligroso: esperanza. —¿Cuándo, entonces? Él sonrió, una sonrisa lenta, perversa. —Pronto. Y entonces, como si nada hubiera pasado, se giró y caminó hacia la puerta principal, dejándola allí, apoyada contra la pared, el cuerpo aún vibrando, la mente ya imaginando todas las formas en que aquello podía salir mal. Y todas las formas en que valdría la pena. El reloj en la pared del apartamento vacío marcaba las once y cuarenta y cinco cuando Laura giró la llave en la cerradura, el sonido metálico resonando en el pasillo estrecho. El lugar olía a pintura fresca y polvo, un espacio aún no habitado, pero ya cargado de la promesa de secretos. Entró despacio, los tacones hundiéndose en la alfombra suave, y cerró la puerta tras de sí con un clic suave. La penumbra solo era cortada por la luz amarillenta de un farol en la calle, que se filtraba por las rendijas de la persiana, dibujando franjas doradas sobre el suelo de madera clara. Daniel ya estaba allí. La esperaba apoyado en la pared opuesta, los brazos cruzados, la camisa blanca abierta en el cuello revelando la piel bronceada de su pecho. Cuando sus miradas se encontraron, algo eléctrico recorrió el aire entre ellos, como si el propio apartamento estuviera conteniendo la respiración. Laura sintió el peso del vestido pegado a su cuerpo, la tela demasiado fina para contener el calor que subía por su piel. Él no dijo nada. Solo extendió la mano, los dedos largos e invitadores, y ella caminó hacia él sin dudar. —Has venido —murmuró, atrayéndola hacia sí. —Dije que vendría. Sus labios se encontraron antes de que pudiera terminar la frase, un beso profundo, lento, como si tuvieran todo el tiempo del mundo. Pero el tiempo, Laura lo sabía, era exactamente lo que no tenían. El marido volvería en menos de doce horas, y cada segundo allí era un riesgo calculado, una apuesta contra la realidad. Daniel la empujó suavemente contra la pared, las manos deslizándose por las curvas de su vestido, subiéndolo hasta que sus dedos encontraron la piel desnuda de sus muslos. —¿Tienes idea de lo que me haces? —susurró contra su boca, los dientes rozando su labio inferior. Laura arqueó la espalda, sintiendo su cuerpo presionar el de ella, duro y cálido. No respondió. No necesitaba hacerlo. Sus uñas se clavaron en sus hombros, atrayéndolo más cerca, como si pudiera fundirse con él allí mismo, desaparecer dentro de ese deseo que los consumía. Daniel gimió bajo, el sonido vibrando contra su garganta, y entonces sus manos estaban por todas partes—deslizándose por su espalda, sujetando sus caderas, levantándola hasta que sus piernas se enredaron en su cintura. —Te necesito —admitió, la voz ronca—. Ahora. Él no la hizo esperar. Con un movimiento rápido, Daniel la llevó hasta el centro de la sala, donde un colchón improvisado los esperaba, cubierto con sábanas limpias y una manta doblada al pie. La acostó con cuidado, como si estuviera hecha de cristal, pero Laura no quería cuidado. Lo atrajo hacia abajo, los labios buscando los suyos con una urgencia que no admitía gentileza. Sus manos trabajaron rápido, quitándole el vestido en un movimiento fluido, dejándola solo con la lencería negra, la tela de encaje contrastando con su piel pálida. —Hermosa —murmuró, los dedos trazando el contorno de sus pechos por encima del sujetador—. Tan hermosa que duele. Laura cerró los ojos, sintiendo su toque quemar a través de la tela fina. Arqueó el cuerpo, pidiendo más, y Daniel entendió. Con un movimiento hábil, desabrochó el sujetador, liberando sus pechos, y tomó uno entre los labios, succionando con fuerza suficiente para arrancarle un gemido. Sus manos se enredaron en su cabello, atrayéndolo más cerca, mientras sus piernas se abrían instintivamente, invitándolo a explorar más. Él no se hizo de rogar. Sus dedos se deslizaron por su vientre, deteniéndose solo para jugar con el elástico de su tanga antes de bajarla, dejándola completamente desnuda. Laura sintió el aire frío de la noche tocar su piel húmeda, pero el calor de su cuerpo pronto la calentó de nuevo. Daniel se arrodilló entre sus piernas, los ojos oscuros fijos en los suyos mientras sus dedos encontraban el centro de su placer, deslizándose con una lentitud torturante. —Por favor... —suplicó, la voz quebrada. Él sonrió, una sonrisa perversa y satisfecha, y entonces bajó la cabeza, reemplazando los dedos con su boca. Laura arqueó la espalda, las manos aferrándose a las sábanas mientras su lengua trabajaba en círculos lentos, explorando cada pliegue, cada punto sensible. Sintió el placer acumularse dentro de sí, una ola a punto de romper, pero Daniel se detuvo en el último segundo, dejándola al borde del abismo. —Todavía no —dijo, subiendo por su cuerpo, los labios húmedos contra los suyos—. Quiero sentirte correrte conmigo dentro. Laura no protestó. Lo ayudó a quitarse la camisa, los dedos trazando los músculos definidos de su espalda, sintiendo su piel caliente bajo las yemas. Daniel se quitó los pantalones con un movimiento rápido, y entonces estuvo desnudo sobre ella, el peso de su cuerpo presionándola contra el colchón. Laura envolvió sus piernas alrededor de su cintura, sintiendo su erección rozar su entrada, provocadora, implacable. —¿Estás segura? —preguntó, los ojos oscuros fijos en los de ella. Ella no respondió con palabras. En cambio, lo atrajo hacia abajo, capturando sus labios en un beso hambriento mientras se posicionaba, guiándolo dentro de sí con un movimiento lento y deliberado. Daniel gimió contra su boca, el sonido ahogado mientras se enterraba por completo, llenándola de una manera que hacía temblar todo su cuerpo. —Dios —susurró, comenzando a moverse—. Eres perfecta. Laura cerró los ojos, sintiendo cada embestida, cada movimiento de sus caderas contra las suyas. El placer era casi insoportable, una mezcla de dolor y éxtasis que la dejaba sin aliento. Clavó las uñas en su espalda, marcándolo, mientras los gemidos escapaban de sus labios sin control. Daniel aceleró el ritmo, los movimientos volviéndose más urgentes, más desesperados, como si supiera que el tiempo se les agotaba. Y se les agotaba. Laura sintió el orgasmo acercarse, una ola caliente y avasalladora que comenzó en su vientre y se extendió por todo su cuerpo. Arqueó la espalda, los labios entreabiertos en un grito silencioso, y Daniel la acompañó, enterrándose profundo una última vez antes de correrse con un gemido ronco, el cuerpo temblando sobre el de ella. Por un momento, no hubo nada más que el sonido de sus respiraciones jadeantes, de los corazones latiendo al unísono. Laura pasó los dedos por su cabello húmedo, sintiendo el sudor en su piel, el olor a sexo en el aire. Era embriagador. Era peligroso. Daniel se apoyó en los codos, mirándola con una expresión que mezclaba satisfacción y algo más—algo que Laura no logró descifrar. —Esto fue... —comenzó, pero se detuvo, como si las palabras no fueran suficientes. —Ya lo sé —murmuró, atrayéndolo para otro beso. Pero el beso fue interrumpido por el sonido lejano de un teléfono vibrando. Laura se quedó helada, el corazón acelerándose. Daniel se apartó despacio, tomando el aparato del bolsillo de los pantalones tirados en el suelo. La pantalla iluminó su rostro con un brillo azulado, y Laura vio su expresión cambiar. —Es él —dijo Daniel, la voz baja. Laura sintió un nudo formarse en el estómago. El marido. El avión de él aterrizaría en pocas horas, y ella aún estaba allí, desnuda, sudada, con el sabor de otro hombre en la boca. —Tengo que irme —susurró, sentándose bruscamente. Daniel no la detuvo. Solo asintió, los ojos oscuros observando mientras se vestía apresuradamente, los dedos temblorosos abotonando el vestido de cualquier manera. Laura evitó mirarlo mientras se calzaba los zapatos, sintiendo el peso de la culpa comenzar a infiltrarse entre el placer y la adrenalina. —Laura —la llamó, cuando ya tenía la mano en el picaporte. Ella se giró. Daniel estaba de pie, desnudo, el cuerpo aún marcado por sus manos, por sus dientes. Parecía una estatua esculpida en el pecado, y por un segundo, Laura quiso volver atrás, arrancarse la ropa de nuevo y perderse en él una última vez. —Esto no ha terminado —dijo, la voz firme. Ella sonrió, pero la sonrisa no llegó a sus ojos. —No —coincidió—. No ha terminado. Y entonces salió, dejando atrás el apartamento vacío, el olor a sexo en el aire, y la certeza de que, a partir de ese momento, nada volvería a ser simple. El taxi la esperaba en la esquina, el conductor impaciente tamborileando los dedos en el volante. Laura subió sin mirar atrás, dando la dirección de su casa con una voz que apenas reconoció como suya. Mientras el coche se alejaba, apoyó la frente en la ventana fría, sintiendo el vidrio helado contra su piel caliente. El marido estaría en casa pronto. Tendría que lavar el olor de Daniel de su cuerpo, borrar los rastros de la traición antes de que él llegara. Pero algunas cosas no podían lavarse. Algunas memorias quedaban grabadas en la piel, en los huesos, en la memoria. Laura cerró los ojos, sintiendo el peso de lo que había hecho. Y por primera vez, se preguntó si valdría la pena. El taxi dobló la esquina, y no tuvo respuesta.

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