Luces del Amanecer Ardiente

Por Tonkix
Luces del Amanecer Ardiente
**El pasillo del hospital estaba en silencio, iluminado solo por las luces de emergencia que proyectaban un resplandor azulado sobre las paredes blancas. Era madrugada, y el turno de noche siempre traía una quietud distinta, como si el mundo exterior se hubiera detenido para dar espacio al cansancio y a los secretos que solo la oscuridad permitía. Clara ajustó el estetoscopio alrededor de su cuello, sintiendo el peso del agotamiento en los hombros tras horas de guardia. Pero había algo en el aire esa noche que la mantenía alerta, una energía que no lograba explicar. Su paciente en la habitación 312 era nuevo, trasladado esa misma tarde. Lucas Viana, según el historial, un accidente de moto que lo había dejado con algunas costillas fracturadas y una luxación en el hombro. Nada grave, pero suficiente para mantenerlo internado unos días. Cuando Clara entró en la habitación por primera vez, él estaba dormido, su cuerpo grande y musculoso parcialmente cubierto por la sábana fina del hospital. Incluso en la penumbra, era imposible no notar cómo la luz de la luna que entraba por la ventana delineaba los contornos de su pecho, los brazos definidos a pesar de los vendajes. Se acercó despacio, verificando los signos vitales en el monitor junto a la cama. El ritmo cardíaco estaba estable, pero algo en su respiración parecía diferente, más profunda, como si estuviera soñando con algo intenso. Clara se inclinó para ajustar el suero, y fue entonces cuando él abrió los ojos. Eran verdes, sorprendentemente claros, y la miraron con una intensidad que la hizo contener el aliento. —Disculpe, no quería despertarlo —murmuró, retrocediendo un paso. —No hay problema —su voz era ronca, pero firme—. Ya era hora de despertar de todos modos. —Intentó moverse, pero una mueca de dolor lo hizo desistir. Clara extendió la mano instintivamente, tocando su brazo—. No fuerces. Las costillas aún están sensibles. Lucas miró la mano de ella sobre su piel, luego su rostro. —¿Eres la enfermera de noche? —preguntó, como si confirmara algo que ya sabía. —Clara —respondió ella, retirando la mano lentamente—. Voy a cuidarte hasta el amanecer. Él sonrió, una sonrisa lenta y peligrosa. —Entonces creo que voy a disfrutar mi estadía aquí. La habitación parecía más pequeña con él despierto. Clara se ocupó de revisar los medicamentos, pero sentía el peso de su mirada sobre ella, como si cada uno de sus movimientos fuera observado, analizado. Cuando finalmente se giró para salir, Lucas la llamó. —Clara. Ella se detuvo en la puerta, mirando hacia atrás. —¿Siempre trabajas de noche? —A veces. Me gusta el silencio. —Yo también —dijo él, y había algo en su manera de hablar que hizo que su estómago se contrajera—. Pero creo que esta noche va a ser diferente. Ella no respondió, solo cerró la puerta tras de sí, pero el eco de esas palabras la acompañó por el pasillo. --- Las horas pasaron lentamente. Clara hizo sus rondas por las otras habitaciones, revisando pacientes, ajustando sueros, cambiando vendajes. Pero su mente siempre volvía a la 312. Había algo en Lucas que la atraía de una forma que no podía ignorar. Tal vez fuera la manera en que la miraba, como si viera más allá del uniforme blanco y la placa. O tal vez fuera cómo su cuerpo reaccionaba a su presencia, un calor que se extendía por su piel cada vez que sus miradas se encontraban. Cuando regresó a su habitación, ya pasaban de las tres de la madrugada. Lucas estaba despierto, sentado en la cama con el control del televisor en la mano, pero sin prestar atención a la pantalla. —¿No puedes dormir? —preguntó ella, acercándose. —No mucho —admitió—. El dolor molesta un poco. Clara tomó el historial, revisando la última dosis de analgésico. —Puedo darte un poco más, si lo necesitas. —No es solo el dolor —murmuró, y sus ojos se encontraron con los de ella con una intensidad que la hizo contener la respiración—. Eres tú. Ella sintió que el corazón se le aceleraba. —¿Qué quieres decir? —Desde que entraste aquí, no puedo dejar de pensar en cómo sería tocarte. Las palabras flotaron en el aire entre ellos, pesadas, cargadas de una promesa que Clara sabía que no debería aceptar. Pero su cuerpo ya respondía, los pezones endureciéndose bajo la tela fina del sujetador, un calor húmedo acumulándose entre sus piernas. —Lucas… —comenzó, pero la voz le salió débil, vacilante. —Dime que tú no sientes esto también —insistió él, la voz baja, casi un susurro—. Dime que no estás imaginando cómo sería si te arrastrara a esta cama ahora. Debería haber rechazado. Debería haber salido de la habitación y llamado a otra enfermera para que se hiciera cargo. Pero las palabras murieron en su garganta cuando él extendió la mano, los dedos rozando levemente el dorso de la suya. El contacto fue eléctrico, una corriente que recorrió su brazo y se instaló en el centro de su cuerpo, haciéndola estremecer. —No puedo —murmuró, pero no se apartó. —Puedes —respondió él, atrayéndola suavemente hacia sí—. Nadie lo sabrá. Y entonces, antes de que pudiera pensarlo mejor, Clara se encontró inclinándose sobre él, los labios encontrándose en un beso que comenzó vacilante y pronto se transformó en algo hambriento, desesperado. La lengua de él invadió su boca con una urgencia que la hizo gemir, sus manos deslizándose por su espalda, atrayéndola más cerca hasta que estuvo casi encima de él. —Joder, Clara —gimió él contra sus labios, las manos apretando su cintura con fuerza—. Sabía que ibas a ser así. Ella no respondió, perdida en el calor del momento, en el sabor de él, en la sensación de sus manos grandes explorando su cuerpo por encima del uniforme. Cuando él tiró de la blusa para sacarla del pantalón, los dedos rozando la piel desnuda de su vientre, no lo detuvo. En cambio, se arqueó contra él, sintiendo la erección presionando contra su muslo a través de la sábana fina. —Necesito tocarte —murmuró él, los labios descendiendo por su cuello, mordisqueando la piel sensible—. Necesito sentirte. Clara cerró los ojos, dejando que las sensaciones la dominaran. Las manos de él se deslizaron hacia abajo, desabrochando su pantalón con una destreza que la hizo suspirar. Cuando los dedos encontraron la tela húmeda de su tanga, gimió en voz alta, el sonido resonando en la habitación silenciosa. —Tan mojada —susurró él, los dedos deslizándose bajo el elástico, encontrando el punto que la hacía temblar—. Joder, Clara. No podía pensar. Cada toque, cada movimiento de sus dedos la acercaba más al límite, el cuerpo entero temblando con la intensidad del placer. Cuando él la atrajo para sentarse a horcajadas sobre su regazo, la sábana resbalando para revelar su erección dura y palpitante, no se resistió. En cambio, se montó sobre él, sintiéndolo presionar contra ella, la tela fina de la tanga siendo la única barrera entre ellos. —Te quiero —gimió él, las manos apretando sus nalgas con fuerza—. Ahora. Clara vaciló solo un segundo antes de apartar la tanga a un lado, guiándolo dentro de sí con un movimiento lento, torturante. La sensación de plenitud fue inmediata, intensa, y echó la cabeza hacia atrás con un gemido fuerte, las uñas clavándose en sus hombros. —Eso es —gruñó él, las manos sujetando sus caderas con fuerza mientras la guiaba en movimientos lentos, profundos—. Joder, eres increíble. No podía hablar, perdida en la sensación de él dentro de sí, llenándola de una manera que la hacía temblar. Cada embestida era más intensa que la anterior, el ritmo aumentando poco a poco, los cuerpos moviéndose en perfecta sincronía. Clara sentía el placer creciendo dentro de sí, una ola que amenazaba con arrastrarla por completo. —Lucas… —gimió, los dedos enredándose en su cabello, atrayéndolo más cerca—. Voy a… —Córrete para mí —ordenó él, la voz ronca de deseo—. Quiero sentirte apretando alrededor de mí. Las palabras fueron suficientes para empujarla más allá del límite. Clara se arqueó contra él, el cuerpo entero temblando mientras el orgasmo la atravesaba en olas intensas, cada una más fuerte que la anterior. Lucas gimió en voz alta, las manos apretando sus caderas con fuerza mientras él también llegaba al clímax, el cuerpo tenso bajo el de ella. Durante unos segundos, ninguno de los dos se movió, los cuerpos aún unidos, la respiración pesada llenando la habitación. Clara apoyó la frente en su hombro, sintiendo el corazón latir acelerado contra su pecho. —Eso fue… —comenzó, pero no pudo terminar. —Increíble —completó él, los dedos trazando círculos perezosos en su espalda—. Y no ha terminado. Ella levantó la cabeza, sorprendida. —¿Qué? Lucas sonrió, una sonrisa lenta y peligrosa. —Aún tenemos horas hasta el amanecer. Y entonces, antes de que pudiera responder, la atrajo para otro beso, las manos ya explorando su cuerpo de nuevo, como si el primer round hubiera sido solo el comienzo. --- El sol comenzaba a salir cuando Clara finalmente salió de la habitación 312, el cuerpo aún hormigueando con los recuerdos de la noche. Ajustó el uniforme, intentando ignorar el calor que aún ardía entre sus piernas, el sabor de él aún presente en sus labios. Al pasar por el puesto de enfermería, una de sus compañeras la miró con curiosidad. —Pareces… diferente. Clara sonrió, pero no respondió. Había algo en el aire, una sensación de que esa noche había sido solo el comienzo de algo mucho más grande. Y cuando miró hacia atrás, hacia la puerta de la habitación 312, supo que no sería la última vez que vería a Lucas Viana. Al fin y al cabo, aún le quedaban unos días de hospitalización por delante.

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