Lazos Desatados

Por Tonkix
Lazos Desatados
**Lazos Desatados** La luz de la chimenea danzaba en tonos ámbar sobre la piel de Clara, dibujando sombras movedizas que parecían acariciar cada curva de su cuerpo desnudo bajo la sábana de seda. Estaba acostada de lado, el cabello oscuro esparcido sobre la almohada como tinta derramada, los labios entreabiertos en un suspiro que aún guardaba el calor del último beso. Al otro lado de la cama, Rafael la observaba con esa mirada que ella conocía tan bien—medio depredador, medio devoto—, los dedos trazando círculos perezosos en su cadera, como si memorizara cada centímetro. La habitación olía a sexo y a madera quemada, un perfume íntimo que solo ellos dos reconocían. Las cortinas de terciopelo estaban entreabiertas, dejando entrar el brillo plateado de la luna llena, que bañaba el suelo de mármol con una luz fría, contrastando con el calor húmedo que aún flotaba entre ellos. Rafael se inclinó para tomar la copa de vino de la mesita de noche, el movimiento haciendo que los músculos de su espalda se contrajeran bajo la piel bronceada. Clara siguió el gesto, los ojos fijos en cómo el líquido rubí se deslizaba por su garganta, deseando ser ese vino, ser tragada de la misma manera lenta y deliberada. —Estás pensando en algo —murmuró él, la voz ronca, mientras dejaba la copa de nuevo y se acercaba a ella, los labios rozando el hombro desnudo de Clara—. O en alguien. Ella rió, un sonido bajo y gutural, y se giró para enfrentarlo, los senos presionando contra su pecho. —¿Y si lo estoy? Rafael no respondió de inmediato. En cambio, deslizó la mano por su muslo, los dedos infiltrándose entre sus piernas, encontrándola ya húmeda, caliente. Clara arqueó la espalda con un gemido, los dedos enredándose en su cabello. —Entonces dime —susurró él, la boca ahora en su oído, la lengua trazando el contorno antes de morder el lóbulo con la fuerza suficiente para hacerla estremecer—. ¿Quién es? Clara cerró los ojos, dejando que la sensación la invadiera. No era la primera vez que jugaban con esto, con la idea de otros cuerpos, otras bocas, otras manos. Pero siempre había sido solo eso: un juego, palabras susurradas en la oscuridad. Hasta ahora. —Lucas —admitió, la voz saliendo en un hilo, mientras los dedos de Rafael la penetraban lentamente, explorándola como si fuera la primera vez—. Del trabajo. Ya lo has visto. Rafael se detuvo por un segundo, pero no retiró la mano. En cambio, presionó más profundo, haciendo que Clara gimiera fuerte. —¿El rubio? —Sonó casi divertido, pero había algo más allí, una tensión en la mandíbula, un brillo en los ojos que ella no lograba descifrar—. ¿El que no deja de mirarte como si quisiera devorarte en la mesa de reuniones? Clara mordió su labio, asintiendo. La imagen de Lucas invadió su mente—los hombros anchos, las manos grandes, la forma en que siempre se inclinaba un poco de más cuando hablaba con ella, como si quisiera que sintiera el calor de su cuerpo. Y ella lo sentía. Siempre lo había sentido. —Me besaría aquí —murmuró, llevando la mano de Rafael a su cuello, guiando sus dedos para que apretaran levemente—. Y aquí —la mano descendió hasta sus senos, los pezones ya duros bajo el tacto—. Y después… Hesitó, pero Rafael no la dejó retroceder. —¿Después qué? —Su voz era un gruñido, los dedos ahora moviéndose dentro de ella con más urgencia. —Me empujaría contra la pared de su oficina —susurró Clara, las caderas moviéndose al ritmo de la mano de Rafael—. Y me follaría allí mismo, con la puerta sin llave, mientras todos pasan por el pasillo. Rafael gimió, bajo y gutural, y de repente estaba sobre ella, las rodillas forzando sus piernas a abrirse más, la erección palpitando contra su vientre. —¿Y te gustaría eso? —preguntó, la boca ahora en su pezón, succionando con fuerza—. ¿Ser usada así? ¿Saber que cualquiera podría entrar y verte? Clara no respondió con palabras. En cambio, agarró su cabello y tiró de su cabeza hacia atrás, exponiendo su cuello, donde mordió con la fuerza suficiente para dejar una marca. Rafael siseó, pero no se apartó. En cambio, sujetó sus muñecas y las inmovilizó sobre su cabeza, su cuerpo cubriendo el de ella por completo. —Responde —ordenó, la voz áspera. —Sí —jadeó ella, los ojos oscuros fijos en los suyos—. Me gustaría. Rafael la observó por un largo momento, como si intentara descifrar si hablaba en serio o solo jugaba con él. Pero Clara no estaba jugando. No esta vez. Había algo en la forma en que Lucas la miraba, en cómo la hacía sentir deseada de una manera diferente—más cruda, más urgente. Y Rafael lo sabía. Siempre lo había sabido. —¿Y tú? —preguntó ella, la voz temblorosa, pero firme—. ¿Quién es ella? Rafael no respondió de inmediato. En cambio, soltó sus muñecas y deslizó la mano por su cuerpo, deteniéndose entre sus piernas, los dedos ahora jugando con su clítoris de manera lenta, torturante. —Sofía —admitió, finalmente—. Esa amiga del gimnasio. La morena. Clara sintió un pinchazo de celos, pero también algo más—excitación. Sofía era hermosa, con ese cuerpo esculpido y esa boca carnosa que siempre la había hecho preguntarse cómo sería besarla. Y Rafael también lo sabía. —Ella te chuparía aquí —murmuró Clara, los dedos deslizándose por su pecho, bajando hasta envolver su erección, sintiéndola palpitar en su mano—. Mientras yo miro. Rafael gimió, las caderas moviéndose contra su mano. —¿Y te gustaría eso? —preguntó, repitiendo sus palabras, la voz cargada de deseo. Clara no respondió. En cambio, lo empujó para que quedara de espaldas y se montó sobre él, guiándolo dentro de sí con un movimiento lento, delicioso. Rafael arqueó la espalda, los dedos clavándose en sus muslos. —Me gustaría —susurró, comenzando a moverse, las caderas ondulando en un ritmo que los hacía gemir a ambos—. Pero solo si a ti también te gusta. Rafael la atrajo hacia abajo, capturando su boca en un beso hambriento, las lenguas enredándose mientras sus cuerpos se movían juntos, cada embestida más profunda, más urgente. —Me gustaría —admitió, la voz ronca contra sus labios—. Pero solo si es contigo. Solo si somos nosotros dos. Clara sonrió, los dientes mordisqueando su labio inferior. —Entonces hagámoslo realidad. Y en ese momento, mientras el fuego crepitaba y la luna observaba a través de la ventana, ambos supieron que algo había cambiado. Ya no era solo una fantasía. Era un deseo real, palpitante, que ardía entre ellos como una promesa. Y las promesas, como Clara bien sabía, estaban hechas para cumplirse. El restaurante era uno de esos lugares donde la luz dorada de los candelabros se esparcía como miel derramada sobre las mesas, envolviendo todo en una atmósfera de lujo discreto. Manteles de lino inmaculado, cubiertos de plata que brillaban bajo la penumbra, y el murmullo bajo de las conversaciones mezclándose con el suave tintineo de las copas de vino. Clara había elegido el vestido con cuidado—un tono de rojo tan profundo que parecía absorber la luz a su alrededor, moldeándose a su cuerpo como una segunda piel. El escote generoso dejaba poco a la imaginación, pero era la forma en que se movía en él lo que hacía que los hombres de la mesa de al lado perdieran el hilo de la conversación. Rafael, sentado frente a ella, observaba cada detalle con una sonrisa que no llegaba a tocar sus ojos. Lucas llegó con la puntualidad de quien sabe el efecto que causa. Alto, de hombros anchos bajo el traje bien cortado, el cabello oscuro ligeramente despeinado como si acabara de salir de una sesión de fotos. Cuando sus ojos se encontraron con los de Clara, sonrió—lento, confiado, como si ya supiera lo que vendría después. Rafael extendió la mano primero, saludándolo con un apretón firme, pero fue Clara quien se inclinó para besarle la mejilla, los labios demorándose un segundo más de lo necesario. —Estás deslumbrante —murmuró Lucas, la voz lo suficientemente baja para que solo ella lo escuchara, pero Rafael captó cada sílaba. —Gracias —respondió Clara, pasando la punta de la lengua por su labio inferior antes de apartarse—. Tú tampoco estás nada mal. Rafael sirvió vino en las copas, el líquido rubí escurriéndose como sangre fresca. El primer sorbo fue largo, casi desafiante, mientras sus dedos rozaban los de Clara bajo la mesa. Ella no retrocedió. En cambio, se inclinó ligeramente hacia adelante, dejando que el escote revelara más de lo que ocultaba. —Entonces, Lucas —comenzó ella, la voz suave, casi íntima—, ¿cómo estuvo tu semana? ¿Alguna novedad interesante en el trabajo? Lucas rió, un sonido grave que vibró en el pecho de Rafael como una advertencia. —Nada que se compare con esta noche —respondió, los ojos fijos en ella—. Aunque he pensado mucho en ti. Clara arqueó una ceja, fingiendo sorpresa. —¿Ah, sí? ¿Y qué exactamente pasó por tu cabeza? Rafael carraspeó, cortando la tensión con un gesto casual. —Clara me contó que están trabajando juntos en un proyecto. Debe ser fascinante. —Ah, sí —Lucas desvió la mirada por un instante, como si recordara algo—. Pero confieso que mi mente anda… distraída. Clara rió, un sonido cristalino que hizo que Rafael apretara los dedos alrededor del tenedor. Extendió la mano, tocando levemente la muñeca de Lucas. —¿Distraída con qué? —Con la posibilidad de que esta noche sea aún mejor de lo que imaginé. El aire entre ellos parecía cargado, eléctrico. Rafael observaba, la mandíbula tensa, pero había algo en su mirada—una chispa que no era solo celos. Era excitación. Sabía que Clara estaba jugando, y sabía que ella sabía que a él le gustaba. Era un juego peligroso, pero ninguno de los dos quería detenerse. El camarero llegó con los platos, interrumpiendo el momento. Clara aprovechó para recostarse en la silla, cruzando las piernas de modo que la falda del vestido subiera unos centímetros. Rafael vio cómo la mirada de Lucas descendía, demorándose allí, antes de volver a su rostro. —Eres una provocación andante, ¿sabías? —dijo Lucas, la voz ronca. —Y a ti te encanta que te provoquen —replicó ella, llevando un trozo de comida a la boca con una lentitud deliberada. Rafael sintió el calor subir por su cuello. Sabía que Clara estaba probando límites, y sabía que Lucas estaba más que dispuesto a entrar en el juego. Pero lo que más lo excitaba no era la idea de verla con otro hombre—era la confianza absoluta que ella depositaba en él. La certeza de que, al final, sería él quien la tendría de vuelta. —Los dos son insoportables —murmuró, pero había una sonrisa en sus labios. Clara se volvió hacia él, los ojos brillantes. —Te está gustando, admítelo. —Tal vez —respondió Rafael, inclinándose hacia adelante—. Pero quiero saber hasta dónde vas a llevar esto. Ella sonrió, una sonrisa lenta y peligrosa. —Hasta donde tú me dejes. Lucas rió, levantando su copa. —Creo que voy a disfrutar viendo esto. La cena continuó, cada palabra, cada gesto cargado de una tensión que crecía a cada segundo. Clara rozaba los pies descalzos contra la pierna de Lucas bajo la mesa, mientras Rafael observaba, los dedos tamborileando sobre el mantel como si contara los latidos de su propio corazón. Cuando ella se inclinó para susurrarle algo al oído a Lucas, Rafael vio al otro hombre cerrar los ojos por un instante, como si saboreara cada sílaba. —¿Tienen planes para después de la cena? —preguntó Lucas, mirando de uno a otro. Clara miró a Rafael, esperando. Él sostuvo su mirada, sintiendo el peso de la pregunta. Era el momento. El punto en el que todo podía cambiar. —Depende —dijo, la voz firme—. De lo que ustedes dos tengan en mente. Lucas sonrió, una sonrisa que prometía cosas que Rafael aún no podía nombrar. —Tengo algunas ideas. Clara mordió su labio, los ojos fijos en Rafael. —¿Y tú? Él respiró hondo, sintiendo el peso de la decisión. Pero no había duda. No cuando el deseo ardía así entre ellos. —Vamos a descubrirlo. Y en ese instante, mientras las copas se vaciaban y las miradas se entrelazaban, los tres supieron que la noche apenas comenzaba. La noche aún palpitaba en las venas de Rafael cuando él y Clara regresaron a casa, los cuerpos calientes por el vino y la promesa no dicha. El apartamento estaba sumido en penumbra, iluminado solo por la luz ámbar de los postes que se filtraba por las cortinas entreabiertas. Él la atrajo por la cintura en cuanto la puerta se cerró, los labios encontrando los suyos en un beso lento, profundo, como si quisieran reafirmar algo que las palabras no lograban tocar. Clara gimió contra su boca, las manos deslizándose bajo su camisa, arañando levemente su espalda mientras él la empujaba contra la pared del vestíbulo. —Te gustó provocarlo —murmuró Rafael, los dientes rozando el lóbulo de su oreja—. Dejarme loco viéndote coquetear. Clara rió, un sonido bajo y húmedo, los dedos enredándose en su cabello. —Y a ti te gustó mirar. Él no lo negó. En cambio, mordió su cuello, sintiendo el pulso acelerado bajo su piel. Los celos que habían ardido en su pecho durante la cena ahora se transformaban en algo más peligroso, más dulce: la anticipación de ver hasta dónde podían llegar. Rafael se apartó lo suficiente para mirarla a los ojos, las pupilas dilatadas reflejando el mismo hambre que lo consumía. —Tengo una sorpresa para ti. Clara arqueó una ceja, los labios entreabiertos en una sonrisa curiosa. —¿Otra? Él rió, atrayéndola hacia el sofá. El cuero frío contrastaba con el calor de sus cuerpos cuando ella se sentó a horcajadas sobre él, las piernas abiertas alrededor de sus caderas. Rafael sacó el teléfono del bolsillo, deslizó el dedo por la pantalla y le mostró un mensaje que había recibido antes, mientras ella estaba en el baño del restaurante. *"¿Ya decidieron? Porque estoy loca por ver hasta dónde llevan esto."* El nombre de Sofía brillaba en la parte superior de la conversación. Clara abrió los ojos de par en par, los dedos apretando su brazo. —No lo hiciste. —Lo hice. —Rafael pasó el pulgar por su labio inferior, sintiéndola temblar—. Ya viene en camino. Clara soltó un suspiro tembloroso, pero no había vacilación en su mirada. Solo excitación, la misma que hacía que sus muslos se apretaran contra los de él. Sofía siempre había sido un fantasma entre ellos, una fantasía susurrada en noches de vino y confesiones. Alta, de curvas generosas y una boca que prometía pecados, había sido amiga de la pareja durante años, pero nunca habían cruzado la delgada línea entre la amistad y el deseo. Hasta ahora. —¿Estás seguro? —preguntó Clara, pero su voz ya estaba ronca, las caderas moviéndose en un ritmo lento y provocador sobre él. Rafael le sujetó el rostro entre las manos, besándola con fuerza. —Quiero verte con ella. Quiero ver cómo reaccionas cuando otra mujer te toque. —Deslizó la mano bajo su vestido, los dedos encontrando el encaje húmedo de su tanga—. Quiero saber si gemirás más fuerte que cuando yo te follo. Clara gimió, las caderas arqueándose contra su mano. —¿Y tú? —logró decir, jadeante—. ¿Qué harás mientras yo esté con ella? Rafael sonrió, lento y peligroso. —Miraré. Y después, cuando ella esté mojada y desesperada, decidiré si te dejo probarla o si te follo frente a ella. El sonido que escapó de la garganta de Clara fue casi un sollozo. Lo besó con hambre, las uñas clavándose en sus hombros mientras él la levantaba del sofá y la llevaba al dormitorio. La cama estaba deshecha, las sábanas aún revueltas de la última vez que habían tenido sexo, y Rafael la arrojó sobre ellas con una sonrisa maliciosa. —Quítate el vestido. Clara obedeció, los dedos temblorosos bajando el cierre en la espalda. La tela se deslizó por sus hombros, revelando los senos firmes, los pezones ya duros. Rafael se arrodilló al borde de la cama, atrayéndola hacia él, la boca encontrando uno de ellos mientras la mano se deslizaba entre sus piernas. Estaba empapada, la tanga inútil contra la invasión de sus dedos. —Rafael… —gimió, las uñas arañando las sábanas. —Shhh. —Mordisqueó levemente su pezón, sintiéndola estremecer—. Ya debe estar llegando. Como si el universo lo hubiera escuchado, sonó el timbre. Clara se quedó inmóvil, los ojos muy abiertos. Rafael rió, bajo y satisfecho, antes de levantarse e ir hacia la puerta. Sofía estaba allí, los labios pintados de rojo oscuro, el cabello negro cayendo en ondas sobre sus hombros. Llevaba un vestido negro ajustado que moldeaba cada curva, los tacones altos haciéndola parecer aún más imponente. —Tardaron —dijo, entrando sin esperar invitación. Sus ojos encontraron a Clara, aún semidesnuda en la cama, y una sonrisa lenta se extendió por su rostro—. Ah. Empezaron sin mí. Rafael cerró la puerta, cerrándola con un clic deliberado. Cuando se volvió, Sofía ya estaba junto a la cama, las manos deslizándose por las piernas de Clara, que temblaba bajo su tacto. —Estás hermosa —murmuró Sofía, los dedos trazando círculos en su muslo—. Pero creo que llevas demasiada ropa. Clara miró a Rafael, como si pidiera permiso. Él cruzó los brazos, apoyándose en la pared, los ojos oscuros de deseo. —Quítate la tanga. Sofía rió, un sonido ronco y provocador, mientras ayudaba a Clara a deshacerse de la última prenda. El aire en la habitación parecía más denso, cargado de electricidad. Sofía se arrodilló entre las piernas de Clara, los dedos deslizándose por su piel húmeda, haciéndola arquear la espalda. —¿Puedo? —preguntó, mirando a Rafael. Él asintió, la garganta seca. Sofía no dudó. Su boca encontró el clítoris de Clara en un beso húmedo, la lengua girando en círculos lentos mientras los dedos se deslizaban dentro de ella. Clara gimió, las manos agarrando las sábanas, las caderas moviéndose contra el rostro de Sofía. Rafael observaba, el pene duro dentro del pantalón, el corazón latiendo tan fuerte que podía escucharlo en sus oídos. Ver a Clara retorcerse bajo el tacto de otra mujer era aún más excitante de lo que había imaginado. Se acercó, arrodillándose junto a la cama, los dedos enredándose en el cabello de Sofía. —Chupa sus dedos —ordenó, la voz ronca. Sofía obedeció, sacando los dedos mojados de la vagina de Clara y llevándolos a su propia boca, lamiéndolos con un gemido. Clara observaba, los ojos vidriosos, los labios entreabiertos. —Ahora —dijo Rafael, atrayendo a Sofía hacia arriba—, quiero verlas besarse. Sofía no necesitó más incentivo. Se inclinó sobre Clara, los labios encontrando los suyos en un beso lento, profundo, mientras las manos exploraban los cuerpos una de la otra. Rafael se quitó la camisa, los ojos fijos en la escena, el pene palpitando. Se acercó, tirando de Sofía hacia atrás por el cabello, exponiendo su cuello. —¿Te gusta mirar, verdad? —murmuró, los dientes rozando su piel—. Te gusta ver cómo se moja por ti. Sofía gimió, las caderas moviéndose contra su mano, que se deslizaba bajo su vestido. —Sí… Rafael sonrió, mirando a Clara, que los observaba con los labios hinchados y los senos subiendo y bajando en respiraciones cortas. —¿Y tú? —preguntó, la voz un susurro peligroso—. ¿Quieres que te deje follarla mientras yo miro? ¿O quieres que te folle frente a ella? Clara mordió su labio, los ojos brillando de deseo. —Las dos cosas. Rafael rió, bajo y satisfecho, mientras Sofía se arrodillaba nuevamente entre las piernas de Clara, los dedos reemplazando a su boca. Se acercó, atrayendo a Clara para un beso mientras Sofía la penetraba lentamente, los gemidos de ambas mezclándose en el aire. —Eso —murmuró contra sus labios—. Córrete para ella. Y Clara obedeció, el cuerpo temblando mientras el orgasmo la atravesaba, los gemidos ahogados por la boca de Rafael. Sofía no se detuvo, los dedos continuando el movimiento hasta que Clara quedó jadeante, los ojos vidriosos. Rafael se apartó, atrayendo a Sofía hacia arriba y dándole la vuelta para que quedara de espaldas a él. Con un movimiento rápido, bajó el cierre de su vestido, dejándolo caer al suelo. Sofía no llevaba sujetador, los senos pesados a la vista, los pezones duros. Rafael los apretó con fuerza, haciéndola gemir, mientras su otra mano se deslizaba por su vientre, encontrando su vagina mojada. —Estás empapada —murmuró, los labios en su oído—. ¿Es por ella o por lo que voy a hacerte? Sofía rió, un sonido ronco. —Por las dos. Rafael la empujó sobre la cama, acostándola junto a Clara. Las dos se miraron, los cuerpos desnudos, los labios hinchados. Él se quitó el pantalón, el pene duro saltando libre, y se arrodilló entre ellas. —Ahora —dijo, la voz cargada de deseo—, quiero verlas tocarse mientras yo follo a una de ustedes. Clara y Sofía no dudaron. Sus manos se encontraron, los dedos entrelazándose mientras Sofía atraía a Clara para un beso. Rafael observó por un momento, el pene palpitando, antes de decidir. Agarró a Clara por las caderas, atrayéndola hacia él, y la penetró con un solo movimiento. Ella gritó, las uñas clavándose en la espalda de Sofía mientras Rafael comenzaba a moverse, las caderas golpeando contra las suyas en un ritmo implacable. Sofía observaba, los dedos deslizándose entre sus propias piernas, los gemidos mezclándose con los de Clara. —Joder —gimió Rafael, sintiendo cómo Clara se apretaba alrededor de él—. Las dos son perfectas. Siguió, cada embestida más profunda, más intensa, hasta que Clara se corrió nuevamente, el cuerpo temblando mientras él la seguía, el orgasmo atravesándolo en oleadas. Sofía gimió, los dedos acelerando el ritmo, y Rafael la atrajo hacia arriba, besándola con fuerza mientras ella se corría, los cuerpos retorciéndose juntos. Por un momento, solo se escuchó el sonido de las respiraciones jadeantes, el olor a sexo en el aire, los cuerpos entrelazados. Rafael se acostó entre ellas, atrayendo a Clara contra su pecho mientras Sofía se acurrucaba a su lado, los dedos trazando círculos perezosos en su piel. —Esto fue… —comenzó Clara, pero no terminó la frase. —Increíble —completó Sofía, la voz somnolienta. Rafael rió, besando la parte superior de la cabeza de Clara. —Y aún no termina. Clara levantó la cabeza, los ojos brillando de curiosidad. —¿No? Él sonrió, lento y peligroso. —Todavía tenemos toda la noche. Y aún no he decidido quién será la próxima en correrse. La noche ya había engullido la ciudad cuando Clara y Rafael se despidieron en el vestíbulo del hotel, los labios aún hormigueando por los besos intercambiados en el ascensor. Un acuerdo tácito flotaba entre ellos: aquella sería la noche en que cada uno seguiría su propio deseo, sin culpa, sin preguntas. Solo el placer, crudo y sin ataduras. Rafael apretó su mano una última vez antes de alejarse, el contacto quemando como una promesa. Clara sonrió, los ojos oscuros brillando con algo que él no supo descifrar—si era excitación, desafío o una invitación a mirar. Ella se giró primero, los tacones altos resonando contra el mármol pulido mientras caminaba hacia el bar del hotel, donde Lucas la esperaba. Rafael observó su silueta alejarse, el vestido negro pegado al cuerpo como una segunda piel, el cabello suelto cayendo en ondas sobre su espalda desnuda. Por un segundo, sintió el peso de los celos apretando su pecho, pero entonces recordó sus palabras de antes: *"Quiero verte deseándome, incluso cuando no seas tú quien me toque."* Y así, con un suspiro que era casi un gemido, se giró y se dirigió hacia la habitación donde Sofía lo esperaba. --- La habitación de Clara olía a jazmín y a algo más dulce, como miel derretida. Lucas ya estaba allí, recostado contra el cabecero de la cama, las mangas de la camisa arremangadas hasta los codos, un vaso de whisky en la mano. No dijo nada cuando ella entró, solo levantó el vaso en un brindis silencioso, los ojos recorriendo cada centímetro de su cuerpo con una lentitud deliberada. Clara cerró la puerta tras de sí y, sin prisa, bajó el cierre del vestido, dejándolo caer a sus pies. —Eres aún más hermosa de lo que imaginaba —murmuró él, la voz ronca. Ella sonrió, acercándose lentamente, los senos desnudos rozando el tejido de su camisa cuando se inclinó para besarlo. El sabor del whisky mezclado con el calor de la boca de Lucas era embriagador, y Clara se perdió en el ritmo lento de sus labios, en las manos que se deslizaban por su espalda, atrayéndola más cerca. Cuando él la acostó en la cama, arqueó el cuerpo, sintiendo su peso sobre ella, los dedos explorando cada curva con una familiaridad que la sorprendió. —Ya has hecho esto antes —susurró, las uñas arañando levemente sus hombros. Lucas rió, bajo y peligroso, mordisqueando el lóbulo de su oreja. —No contigo. Y entonces no hubo más palabras. Solo el sonido de la respiración acelerada, el crujido de las sábanas, el gemido ahogado de Clara cuando él la penetró con una lentitud torturante. Cerró los ojos, pero entonces los abrió de repente, como si recordara algo—o a alguien. Por un segundo, imaginó a Rafael al otro lado de la ciudad, haciendo lo mismo con Sofía, y la idea la hizo arder aún más. Lucas notó el cambio, los dedos apretando sus caderas con más fuerza. —¿Pensando en él? —preguntó, la voz un gruñido. Clara no respondió. En cambio, lo atrajo para un beso más profundo, las piernas enredándose en su cintura, exigiendo más. Y Lucas obedeció, moviéndose con una intensidad que la hizo gritar, el placer extendiéndose como fuego por su cuerpo. --- Mientras tanto, en la otra habitación, Rafael apenas había cerrado la puerta cuando Sofía lo empujó contra la pared, las manos ya desabotonando su camisa con una urgencia que lo hizo reír. —¿Ansiosa, no? —provocó, pero la risa murió en su garganta cuando ella mordió su cuello, los dientes lo suficientemente afilados como para dejar una marca. —No tienes idea —murmuró, los labios deslizándose hacia abajo, trazando un camino húmedo hasta su pecho. Rafael cerró los ojos, intentando concentrarse solo en las sensaciones—Sofía arrodillada frente a él, las manos hábiles, la boca caliente y húmeda envolviéndolo con una precisión que lo hizo gemir. Pero entonces, como un relámpago, la imagen de Clara con Lucas invadió su mente, y abrió los ojos de golpe, el cuerpo entero tensándose. —¿Qué pasa? —preguntó Sofía, levantando la vista hacia él, los labios aún alrededor de su pene. —Nada —mintió, atrayéndola hacia arriba—. Solo te quiero a ti ahora. Y era verdad. Pero también era mentira. Porque incluso mientras la besaba, incluso mientras la acostaba en la cama y la penetraba con fuerza, incluso mientras escuchaba sus gemidos mezclándose con los suyos, una parte de él estaba en otra habitación, imaginando a Clara retorciéndose bajo otro hombre. Y eso lo excitaba de una manera que no esperaba. Sofía notó la distracción, los dedos clavándose en su espalda. —Estás pensando en ella —acusó, la voz entrecortada por el placer. Rafael no lo negó. En cambio, aumentó el ritmo, las caderas golpeando contra las suyas con una ferocidad que la hizo arquear la espalda, los labios entreabiertos en un grito mudo. —¿Y tú? —replicó, la voz ronca—. ¿Te gusta saber que ella está haciendo lo mismo? Sofía no respondió. Pero el gemido que escapó de su garganta fue respuesta suficiente. --- Clara se corrió primero. El orgasmo la golpeó como una ola, arrastrándola a un remolino de placer tan intenso que casi perdió el aliento. Lucas no se detuvo, continuando moviéndose dentro de ella con una determinación que la hizo gritar, las uñas clavándose en su espalda. Cuando finalmente él se corrió, fue con un gemido ronco, el cuerpo temblando mientras se derramaba dentro de ella. Por un momento, permanecieron así, jadeantes, los cuerpos aún unidos. Clara cerró los ojos, sintiendo su peso sobre ella, el calor de su piel sudorosa. Entonces, como si despertara de un sueño, lo empujó hacia un lado y se sentó en la cama, los dedos temblorosos pasando por su cabello. —Necesito una ducha —murmuró, más para sí misma que para él. Lucas la observó levantarse, la mirada siguiendo cada movimiento mientras Clara caminaba hacia el baño, las caderas balanceándose levemente. Sabía que ella estaba pensando en Rafael. Y, extrañamente, eso lo excitó aún más. --- Rafael, por su parte, aún no se había corrido. Sofía estaba a cuatro patas en la cama, el cuerpo arqueado mientras él la penetraba por detrás, las manos apretando sus caderas con la fuerza suficiente para dejar marcas. Ella gemía, la voz ronca, los dedos enredándose en las sábanas. Pero Rafael estaba en otro lugar—en ese baño, imaginando a Clara bajo el chorro de agua caliente, los dedos deslizándose entre sus piernas, pensando en él. —Joder —gruñó, aumentando el ritmo, las caderas golpeando contra sus nalgas con una urgencia que rayaba en la violencia. Sofía gimió, el cuerpo temblando cuando el orgasmo la alcanzó, pero Rafael no se detuvo. La atrajo hacia arriba, los cuerpos pegados, los labios encontrando los suyos en un beso hambriento. Entonces, con un movimiento rápido, la dio la vuelta y la penetró nuevamente, los ojos fijos en los suyos mientras se movía. —¿Quieres que me corra pensando en ella? —preguntó, la voz un susurro ronco. Sofía no respondió. Pero el gemido que escapó de sus labios fue respuesta suficiente. Y entonces, finalmente, Rafael se dejó llevar. El orgasmo lo golpeó con una fuerza abrumadora, el cuerpo entero temblando mientras se derramaba dentro de ella. Por un momento, solo hubo el sonido de las respiraciones entrecortadas, el olor a sexo en el aire, los cuerpos entrelazados. Pero entonces, como si despertara de un trance, Rafael se apartó, los ojos buscando el teléfono en la mesita de noche. Necesitaba saber. Necesitaba ver. Y Clara, al otro lado de la ciudad, hizo lo mismo. El teléfono de Rafael vibró en la palma de su mano, la pantalla iluminando la habitación oscura con un brillo azulado. El mensaje de Clara llegó como un suspiro—*"Voy hacia ti"*—y el peso de esas palabras lo golpeó con la misma intensidad del orgasmo que aún palpitaba en sus venas. Se levantó de la cama, el cuerpo aún húmedo por el sudor y el sexo con Sofía, y se puso el pantalón apresuradamente, sin importarle la camisa. Necesitaba salir de allí. La necesitaba a ella. Al otro lado de la ciudad, Clara cerró los ojos por un segundo antes de guardar el teléfono en el bolso. El sabor de Lucas aún estaba en su boca, mezclado con el vino tinto y la sal de las lágrimas que casi se le escaparon cuando él la hizo correrse por segunda vez. Se miró en el espejo del baño del restaurante, los labios hinchados, el cabello ligeramente despeinado, y sonrió. No era arrepentimiento lo que sentía. Era hambre. Hambre de él. El taxi se detuvo frente al edificio de Rafael, y ella pagó la carrera sin esperar el cambio. Las calles estaban vacías, el aire pesado con el olor a lluvia que aún no había caído. Cuando las puertas del ascensor se abrieron en su piso, el corazón le latía tan fuerte que casi rió. *Esto es una locura*, pensó. *Esto es exactamente lo que queremos.* Rafael abrió la puerta antes incluso de que ella tocara el timbre. Sus ojos estaban oscuros, hambrientos, y antes de que Clara pudiera decir algo, la atrajo hacia adentro, cerrando la puerta de un portazo. Su boca encontró la suya con una urgencia que la hizo gemir, las manos de él deslizándose bajo su vestido, arrancando la tanga con un movimiento brusco. —Estás mojada —murmuró contra sus labios, los dedos encontrando el calor entre sus piernas. —Tú estás duro —respondió ella, la voz ronca, mientras sus manos bajaban por su pecho, encontrando su erección aún palpitante bajo la tela del pantalón. No dijeron nada más. No había palabras para lo que sentían en ese momento—solo el sonido de los cuerpos chocando, de las telas siendo rasgadas, de los gemidos ahogados contra la piel del otro. Rafael la empujó contra la pared de la sala, levantando una de sus piernas para encajar las caderas entre las suyas. Clara arqueó la espalda, las uñas clavándose en sus hombros mientras él la penetraba con un solo movimiento, profundo, posesivo. —Joder, Clara —gruñó, los dientes rozando el lóbulo de su oreja—. ¿Te corriste con él? Ella no respondió de inmediato. En cambio, mordió su labio inferior, tirando de él entre los dientes antes de susurrar: —Me corrí dos veces. ¿Y tú? Rafael rió, un sonido bajo y peligroso, y la giró de espaldas, presionándola contra el cristal de la sala. El reflejo de ellos en la superficie oscura era obsceno—ella, con el vestido levantado hasta la cintura, los senos saltando con cada embestida; él, con los músculos de la espalda tensos, los dedos marcando la piel de sus muslos. —Tres —admitió, la voz ronca—. Pero ninguna fue como va a ser ahora. Clara gimió cuando la atrajo hacia el suelo, acostándola sobre la alfombra suave. Rafael se arrodilló entre sus piernas, los ojos fijos en los suyos mientras deslizaba dos dedos dentro de ella, sintiendo lo hinchada, caliente y lista que estaba. Ella arqueó el cuerpo, las manos buscando apoyo en la tela bajo ella. —Rafael… —su nombre escapó de sus labios como una súplica. Él no la hizo esperar. Con un movimiento fluido, reemplazó los dedos con su pene, entrando en ella con una lentitud torturante. Clara gritó, las uñas arañando la alfombra, y él se inclinó para capturar el sonido con su boca, besándola con una ferocidad que la dejó sin aliento. Cada embestida era más profunda que la anterior, cada movimiento de sus caderas la acercaba más al límite. —Eres mía —gruñó, los dientes raspando su cuello—. Incluso cuando no estás conmigo, eres mía. —Y tú eres mío —respondió ella, la voz quebrada, las piernas temblando mientras el orgasmo se acercaba—. Incluso cuando estás con otra. Las palabras fueron como gasolina. Rafael la giró boca abajo, atrayéndola hacia arriba hasta que quedó a cuatro patas, las manos apoyadas en el sofá. La penetró por detrás, una mano sujetando su cadera con fuerza, la otra enredada en su cabello, tirando de su cabeza hacia atrás. —Córrete para mí —ordenó, la voz un susurro áspero—. Córrete sabiendo que ninguno de ellos te hizo sentir así. Y ella se corrió. El orgasmo la golpeó como una ola, el cuerpo entero temblando, los músculos internos apretándolo con una fuerza que lo hizo gemir fuerte. Rafael no se detuvo, continuando moviéndose dentro de ella, prolongando el placer hasta que quedó laxa, sudorosa, jadeante. Solo entonces se permitió correrse. Con un último impulso, se enterró profundo y dejó que el calor se extendiera por él, el cuerpo temblando mientras se derramaba dentro de ella. Por un largo momento, no hubo nada más que el sonido de las respiraciones entrecortadas, el peso de los cuerpos exhaustos, el olor a sexo mezclado con su perfume y su sudor. Clara se giró, acostándose boca arriba sobre la alfombra, los ojos fijos en el techo. Rafael se acostó a su lado, un brazo sobre su pecho, la mano acariciando distraídamente su piel aún sensible. —Esto fue… —comenzó ella, pero no encontró las palabras. —Intenso —completó él, girando la cabeza para besarla en el hombro—. Más intenso que cualquier otra cosa que hayamos hecho. Ella sonrió, girándose para mirarlo. Sus ojos estaban oscuros, pero no había sombra de duda en ellos. Solo deseo. Y algo más—algo que reconoció como lo mismo que ella sentía. —No vamos a poder parar, ¿verdad? —preguntó, la voz suave. Rafael rió, bajo y ronco, y la atrajo más cerca, hasta que quedó acostada sobre él, los cuerpos aún entrelazados. —No —admitió, los dedos trazando círculos perezosos en su espalda—. Y no quiero que paremos. Clara cerró los ojos, sintiendo el corazón de él latir contra el suyo. Había una pregunta flotando en el aire, algo que ninguno de los dos se atrevía a decir en voz alta. *¿Qué viene después?* Pero, por ahora, no importaba. Lo que importaba era el calor de sus cuerpos, el sabor de los besos, la certeza de que, sin importar lo que pasara, siempre volverían el uno al otro. Y entonces, como si supiera exactamente lo que ella estaba pensando, Rafael la giró de espaldas nuevamente, cubriendo su cuerpo con el suyo. —Todavía no hemos terminado —murmuró, la boca descendiendo por su cuello. Clara sonrió, las manos ya buscando su pene, sintiéndolo endurecerse nuevamente contra su palma. —Estaba esperando que dijeras eso. La luz de la mañana se filtraba por las rendijas de la cortina, pintando franjas doradas sobre la piel aún húmeda de Clara. Estaba acostada de lado, el cuerpo desnudo enredado en las sábanas revueltas, el cabello oscuro esparcido sobre la almohada como una mancha de tinta. A su lado, Rafael respiraba lentamente, el pecho subiendo y bajando en un ritmo perezoso, los dedos ligeramente entrelazados con los suyos. La habitación olía a sexo y sudor, a perfume caro y al resto del vino que habían bebido la noche anterior—un aroma que, ahora, parecía cargar el peso de algo nuevo entre ellos. Clara giró el rostro para observarlo. Sus pestañas temblaban, como si estuviera a punto de despertar, pero aún sumido en algún sueño. Sonrió, trazando con la punta del dedo la línea de su clavícula, bajando hasta el pezón, donde la piel se erizó bajo su tacto. Rafael gimió suavemente, los ojos abriéndose despacio, las pupilas aún dilatadas por la oscuridad de la noche. —Buenos días —murmuró ella, la voz ronca por el sueño y por todo lo que habían hecho. Él parpadeó, ajustando la visión, y entonces sonrió, atrayéndola más cerca hasta que sus cuerpos encajaron perfectamente, como piezas de un rompecabezas que solo ellos sabían armar. —Buenos días —respondió, la voz gruesa, aún cargada de deseo—. ¿Dormiste bien? Clara rió, acurrucándose contra él. —Dormir no era exactamente lo que estábamos haciendo. Rafael soltó una risa baja, los dedos deslizándose por su espalda, deteniéndose en la curva de su cintura. —Cierto. Pero ahora que estamos despiertos… —dejó la frase en el aire, los labios rozando su oreja. Ella se estremeció, pero entonces se apartó un poco, apoyándose en un codo. La luz del sol le daba en el rostro, iluminando las pecas esparcidas por su nariz, los labios ligeramente hinchados por los besos. Rafael notó cómo parecía diferente—no exactamente cambiada, pero más… *viva*. Como si la noche hubiera arrancado una capa de algo que los dos ni siquiera sabían que llevaban. —Tenemos que hablar —dijo, pero no había tensión en su voz. Solo curiosidad. Él asintió, sentándose también, las sábanas cayendo hasta su cintura. La habitación estaba cálida, sofocante, y el aire cargaba el peso de todas las cosas que habían sido dichas y hechas allí. Rafael extendió la mano, tomando la suya, entrelazando los dedos como si necesitara ese contacto para anclar la conversación. —Sobre anoche —comenzó, pero Clara negó con la cabeza. —No solo anoche. Sobre todo esto. Sobre lo que queremos. Rafael respiró hondo. Había una pregunta implícita allí, algo que los dos venían evitando desde que habían comenzado a explorar esta nueva dinámica. *¿Fue solo una vez? ¿Es el comienzo de algo más?* Miró a Clara, estudiando su rostro, los ojos castaños que siempre habían sabido leer los suyos antes incluso de que abriera la boca. —Me gustó —admitió, la voz baja—. Más de lo que esperaba. Clara mordió su labio, una sonrisa lenta extendiéndose por su rostro. —A mí también. Pero… —vaciló, buscando las palabras adecuadas—. No fue solo por el sexo. Fue por *nosotros*. Por cómo nos sentimos al vernos el uno al otro con otras personas. Rafael asintió. Sabía exactamente de qué hablaba. Ese momento en que había visto a Clara con Lucas, los cuerpos pegados, sus gemidos mezclándose con los del otro hombre—había sido un puñal en el pecho, sí, pero también una ola de excitación que lo había dejado duro como una roca. Y después, cuando ella lo había observado con Sofía, los ojos brillando de celos y deseo… era como si cada experiencia externa hubiera alimentado el fuego entre ellos, en lugar de apagarlo. —Fue intenso —coincidió—. Y no quiero que esto termine. Clara soltó un suspiro aliviado, como si hubiera temido que él dijera lo contrario. —Yo tampoco. Pero… —los dedos juguetearon con los suyos—. Necesitamos reglas. Límites. Cosas de las que no estamos dispuestos a prescindir. Rafael frunció levemente el ceño. —¿Como qué? —Como… seguridad. Siempre condón, siempre pruebas. —Arqueó una ceja—. No quiero que nos arriesguemos. —Claro —aceptó él, sin dudar—. ¿Y qué más? Clara pensó por un momento, los dedos trazando círculos en el dorso de su mano. —Nada de sentimientos. Si notamos que nos estamos involucrando emocionalmente con alguien, paramos. Esto es solo sobre *nosotros*, sobre lo que sentimos el uno por el otro. Rafael sonrió, inclinándose para besarla en el hombro. —De acuerdo. Y… —vaciló, pero decidió seguir adelante—. Y nada de mentiras. Si alguno de los dos no se siente cómodo con algo, paramos. En el acto. Clara asintió, los ojos brillando. —Exactamente. Y… —mordió su labio, una sonrisa traviesa apareciendo—. Y tenemos que contárnoslo todo. Detalles. Todo lo que sentimos, lo que nos gustó, lo que no. Rafael rió, atrayéndola a su regazo. Ella se acomodó sobre sus piernas, las rodillas dobladas a cada lado de sus caderas, los cuerpos encajando como si hubieran sido hechos el uno para el otro. —¿Quieres que te cuente cómo fue verte con Lucas? —murmuró, los labios rozando su cuello. Clara se estremeció, las manos apoyándose en sus hombros. —Quiero. Y yo quiero contarte cómo fue verte con Sofía. Él gimió suavemente, los dedos apretando su cintura. —¿Te gustó verla tocarme? Clara cerró los ojos por un segundo, recordando la escena—Sofía arrodillada entre sus piernas, los labios rojos envolviendo su pene mientras él la observaba con esos ojos oscuros, llenos de deseo. Había sentido celos, sí, pero también una excitación que la había dejado mojada solo de recordarlo. —Me gustó —admitió, la voz ronca—. ¿Y a ti? ¿Te gustó verme con él? Rafael no respondió de inmediato. En cambio, le sujetó el rostro entre las manos y la besó, lento y profundo, como si quisiera demostrar que, sin importar lo que pasara fuera, en ese momento, solo eran ellos dos. Cuando se apartó, sus labios estaban rojos, los ojos entrecerrados. —Me gustó —dijo, finalmente—. Pero no tanto como me gusta estar contigo. Clara sonrió, el corazón latiendo más rápido. —Bien. Porque a mí tampoco. Permanecieron en silencio por un momento, los cuerpos aún pegados, el calor entre ellos aumentando. Rafael deslizó las manos por su espalda, bajando hasta la curva de sus nalgas, apretando suavemente. —Entonces… —murmuró, los labios rozando su oreja—. ¿Qué hacemos ahora? Clara rió, bajo, e inclinó la cabeza para besarlo nuevamente. —Planeamos la próxima aventura. Rafael gimió, el pene endureciéndose contra su muslo. —¿Ya? —¿Por qué no? —provocó, los dedos deslizándose por su pecho, bajando hasta su abdomen—. Ya rompimos el hielo. Ahora solo es… explorar. Él la atrajo más cerca, hasta que quedó sentada sobre su erección, los cuerpos encajando perfectamente. —¿Y qué tienes en mente? —preguntó, la voz ronca. Clara mordió su labio, pensando. —Tal vez… un club. Algo más público. O… —vaciló, pero decidió seguir adelante—. O tal vez invitemos a alguien aquí. Alguien en quien confiemos. Rafael arqueó una ceja, los dedos apretando su cintura. —¿Tienes a alguien en mente? Clara sonrió, maliciosa. —Tal vez. Él rió, bajo y ronco, y la giró de espaldas, cubriendo su cuerpo con el suyo. —Eres peligrosa —murmuró, los labios descendiendo por su cuello. —Y a ti te encanta —respondió ella, las manos ya buscando su pene, guiándolo dentro de sí. Rafael gimió cuando la penetró, lento y profundo, los cuerpos moviéndose en un ritmo que solo ellos conocían. La cama crujió levemente, las sábanas enredándose alrededor de ellos mientras se entregaban al placer, ahora más intenso que nunca. Porque no se trataba solo del sexo—era la confianza, la complicidad, saber que, sin importar lo que pasara fuera, siempre se tendrían el uno al otro. Y cuando llegaron al clímax, los cuerpos sudorosos, los gemidos mezclándose en el aire, Clara supo que esta era solo la primera de muchas noches. Porque habían encontrado algo raro: una libertad que no los separaba, sino que los unía aún más. Se quedaron allí, entrelazados, mientras el sol ascendía en el cielo, pintando la habitación de dorado. Rafael acariciaba su cabello, los dedos trazando patrones perezosos en su piel. —Entonces… —murmuró, después de un rato—. ¿Cuándo empezamos? Clara rió, girándose para besarlo. —Pronto. Muy pronto. Y, por primera vez en mucho tiempo, ninguno de los dos tenía prisa. Porque ahora tenían todo el tiempo del mundo.

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