Laberinto de Deseos

Por Tonkix
Laberinto de Deseos
**Laberinto de Deseos** El salón de fiestas del *Grand Miramar* respiraba opulencia como si el propio aire estuviera hecho de oro líquido. Los candelabros de cristal derramaban luz en cascada sobre los invitados, transformando cada movimiento en un destello fugaz, cada risa en un fragmento de joya. El aroma del champán francés, caro y fresco, se mezclaba con el perfume de las flores tropicales dispuestas en arreglos que llegaban a la altura de los hombros—hibiscos rojos como sangre, orquídeas pálidas como piel bajo la luna. Clara ajustó el tirante de su vestido negro, un modelo impecable de corte recto que abrazaba su cuerpo sin atreverse a revelar demasiado. *Discreción*, pensó, era la armadura de los exitosos. Ella no pertenecía a ese lugar. No como los demás. Los hombres de trajes a medida que intercambiaban apretones de mano con sonrisas calculadas, las mujeres de vestidos que costaban más que su salario mensual, luciendo joyas que brillaban como si hubieran capturado estrellas. Clara era una abogada exitosa, sí, pero su mundo estaba hecho de contratos, plazos y cláusulas, no de champán derramado en copas de cristal ni de conversaciones vacías sobre yates y acciones en bolsa. Aun así, allí estaba, porque el socio del bufete había insistido. *«Es importante que te vean, Clara. El networking no es solo trabajo, es arte».* Y arte, aparentemente, era lo que Isabel hacía mejor. Clara la vio antes incluso de saber su nombre. Estaba cerca del balcón, de espaldas al salón, el cabello negro y ondulado cayendo en cascada sobre los hombros desnudos, la piel morena iluminada por la luz ámbar de las lámparas. Llevaba un vestido rojo, no el rojo discreto de las mujeres elegantes, sino un tono profundo, casi escarlata, que se adhería a su cuerpo como una segunda piel. La tela parecía viva, moviéndose con ella cuando se giró para reírse de algo que un hombre a su lado dijo. Clara no escuchó las palabras, pero vio la forma en que Isabel inclinó la cabeza, los labios entreabiertos en una sonrisa que no era para él—era para el mundo, para la noche, para el juego que claramente adoraba jugar. —Estás mirando fijamente. La voz llegó desde atrás, baja y divertida. Clara se giró y encontró a una mujer de cabello rubio platino, ojos verdes afilados como cuchillas, sosteniendo dos copas de champán. Le ofreció una a Clara, quien la aceptó por educación, aunque sabía que no debía beber. No esa noche. No cuando necesitaba mantener el control. —No es verdad —mintió. La rubia rio, un sonido ligero y peligroso. —Sí que lo estás. Y no eres la única. Isabel tiene ese efecto en las personas. Hace que hasta las más… *controladas* pierdan la compostura. Clara frunció levemente el ceño. —¿La conoces? —Todo el mundo aquí conoce a Isabel. O quiere conocerla. —La mujer tomó un sorbo de champán, los ojos verdes fijos en Clara con una intensidad desconcertante—. Es como el mar, ¿sabes? Hermosa, peligrosa, imposible de retener. Y tú… tú pareces el tipo de persona que le gusta construir diques. Antes de que Clara pudiera responder, la multitud se abrió como las aguas del Mar Rojo, e Isabel apareció ante ellas, como si hubiera sido convocada por la conversación. Sus ojos—castaños, profundos, con un brillo ámbar en los bordes—se encontraron con los de Clara, y algo en ellos hizo que el estómago de la abogada se contrajera. —Marina —saludó Isabel a la rubia con un beso en la mejilla, pero sus ojos no dejaron a Clara—. ¿Quién es tu amiga tan seria? —Clara —respondió la rubia, antes de que Clara pudiera abrir la boca—. Abogada. Brillante, según los rumores. Isabel sonrió, y Clara sintió el peso de esa sonrisa como un toque físico. —Abogada —repitió, como si la palabra fuera un manjar raro—. Entonces eres del tipo que le gustan las reglas. —Las reglas existen por una razón —dijo Clara, la voz más firme de lo que se sentía. —Ah, pero las mejores cosas de la vida pasan cuando las rompemos. —Isabel dio un paso adelante, reduciendo la distancia entre ellas a casi nada. Su perfume era cítrico, con un toque de algo más oscuro, como sándalo o ámbar. Clara respiró hondo sin darse cuenta—. Dime, Clara… ¿has roto alguna regla hoy? El aire entre ellas parecía cargado, como si una tormenta estuviera a punto de desatarse. Clara debería haber apartado la mirada. Debería haber dado una excusa educada y alejarse. Pero sus labios se movieron antes de que la razón pudiera detenerlos. —Todavía no. Isabel rio, un sonido bajo y ronco que vibró en el pecho de Clara. —Entonces aún hay esperanza para ti. Marina observaba a las dos con una sonrisa de quien ya sabía cómo terminaría aquello. Isabel extendió la mano, los dedos largos y elegantes, las uñas pintadas de un rojo que combinaba con el vestido. —¿Bailamos? Clara miró la mano ofrecida como si fuera una trampa. Y quizá lo era. Pero, por primera vez en años, no quería escapar. —No bailo —dijo, aunque su voz sonó menos convincente de lo que pretendía. —Hoy bailas. Y antes de que Clara pudiera protestar, Isabel tomó su mano y la arrastró hacia el centro del salón, donde la música—un ritmo sensual de jazz mezclado con algo electrónico—latía como un corazón acelerado. La multitud se abrió para ellas, como si supiera que algo extraordinario estaba a punto de suceder. Clara sintió el calor de la mano de Isabel en la suya, firme y posesiva. Cuando la otra mujer la atrajo hacia sí, sus cuerpos casi tocándose, Clara comprendió que estaba a punto de romper más que una regla esa noche. Y, por primera vez, eso no la asustó ni un poco. El salón giraba en cámara lenta, o quizá era solo Clara quien giraba—el mundo reducido a un borrón de luces doradas y risas ahogadas, mientras los dedos de Isabel se entrelazaban con los suyos con una intimidad que parecía tener siglos. La música, ahora más lenta, las envolvía como un manto de terciopelo, notas graves vibrando bajo la piel de Clara, resonando con el ritmo acelerado de su propio corazón. Nunca había bailado así, nunca había permitido que alguien la guiara con tanta seguridad, como si Isabel supiera exactamente qué movimiento haría que su cuerpo respondiera antes incluso de que ella lo hiciera. —Estás tensa —murmuró Isabel, los labios rozando la oreja de Clara en un susurro que era casi un beso. El aliento cálido le provocó un escalofrío en la espalda, y Clara se odió por no poder controlar la reacción—. Relájate. No es un juicio, abogada. Clara cerró los ojos por un segundo, sintiendo el peso de esas palabras. *Abogada.* Como si Isabel supiera, desde la primera mirada, que ella estaba hecha de reglas y protocolos, de frases medidas y gestos calculados. Pero allí, entre los brazos de esa mujer, las reglas parecían disolverse como azúcar en la lengua. —No estoy acostumbrada a… —comenzó, pero las palabras murieron cuando Isabel la atrajo más cerca, eliminando el espacio entre ellas. El vestido de Isabel, una tela fluida que se movía como agua viva, rozó las piernas de Clara, y ella sintió el calor del cuerpo de la otra incluso a través de las capas de seda. —¿A qué? —provocó Isabel, los dedos deslizándose por la cintura de Clara, trazando círculos lentos que la hacían querer arquearse, aunque no quisiera—. ¿A que te toquen? ¿O a disfrutarlo? Clara tragó saliva. La verdad era que no lo sabía. Años de control, de mantener las manos ocupadas con procesos y contratos, de evitar cualquier contacto que pudiera interpretarse como debilidad—y ahora allí estaba, derritiéndose bajo el toque de una desconocida como si estuviera hecha de cera. Isabel rio bajito, un sonido ronco que vibró contra el cuello de Clara. —Hablas demasiado —dijo, y antes de que Clara pudiera protestar, la mano de Isabel subió, los dedos enredándose en el cabello recogido de Clara, tirando de él con una firmeza que la hizo jadear. No dolió. No exactamente. Pero la presión repentina, el control, la forma en que Isabel inclinó su cabeza hacia atrás, exponiendo su garganta, hizo que algo dentro de ella se retorciera. —Esto es… —Clara intentó encontrar una palabra, pero su mente estaba nublada. El pulgar de Isabel trazaba ahora la línea de su mandíbula, descendiendo lentamente, como si mapeara un territorio desconocido. —Innecesario —completó Isabel, los labios casi tocando los de Clara. Casi—. No necesitas explicar nada. Solo necesitas sentir. Y entonces, como si hubiera esperado una señal que Clara no sabía que había dado, Isabel la besó. No fue un beso suave. No fue una pregunta. Fue una afirmación, caliente y húmeda, la lengua de Isabel invadiendo su boca con una confianza que hizo flaquear las piernas de Clara. Ella se aferró a los hombros de Isabel por instinto, las uñas clavándose en la tela del vestido, e Isabel gimió contra sus labios, un sonido que vibró directamente entre los muslos de Clara. Cuando se separaron, ambas estaban jadeantes, los labios hinchados, los ojos oscuros de deseo. —¿Ves? —susurró Isabel, la voz ronca—. No es tan difícil. Clara no respondió. No podía. Su mente estaba llena de estática, de sensaciones—el sabor de Isabel, dulce y ligeramente alcohólico, como el champán que habían bebido; el aroma de su perfume, algo floral y oscuro, como jazmín a medianoche; la forma en que sus cuerpos encajaban, como si hubieran sido hechos para eso. Isabel sonrió, satisfecha, y la atrajo de nuevo al baile, girándola con una habilidad que hizo reír a Clara, a pesar de todo. —Eres buena en esto —admitió Clara, cuando Isabel la acercó de nuevo contra su cuerpo, una mano posesiva en la base de su columna. —¿En qué? —bromeó Isabel, los labios rozando el lóbulo de la oreja de Clara—. ¿En bailar? ¿O en hacerte perder el control? Clara no tuvo oportunidad de responder. Alguien las rozó, un hombre de traje que murmuró una disculpa apresurada antes de desaparecer entre la multitud. El contacto, por breve que fuera, rompió el hechizo por un segundo, y Clara aprovechó para respirar hondo, intentando recomponerse. Isabel la observó con una sonrisa lenta, como si supiera exactamente lo que estaba pasando dentro de ella. —¿Tienes miedo? —preguntó, los dedos trazando círculos perezosos en la nuca de Clara. —No —mintió Clara. Isabel rio, pero no insistió. En cambio, se inclinó y susurró algo que hizo que el estómago de Clara se contrajera: —Entonces pruébalo. Antes de que Clara pudiera preguntar qué quería decir, Isabel la arrastró fuera de la pista de baile, hacia un rincón más oscuro del salón, donde las luces eran más tenues y el ruido de la fiesta parecía distante. Había un sofá de terciopelo allí, casi escondido por una cortina de cuentas, e Isabel la empujó suavemente contra él, atrapándola entre su cuerpo y el respaldo mullido. —¿Qué estás haciendo? —preguntó Clara, la voz saliendo más baja de lo que pretendía. —Lo que tú quieres que haga —respondió Isabel, las manos deslizándose por los muslos de Clara, levantando levemente la tela del vestido negro que llevaba—. Pero primero, tienes que decírmelo. Clara sintió el corazón latir tan fuerte que tuvo la certeza de que Isabel podía escucharlo. El aire entre ellas estaba cargado, eléctrico, como antes de una tormenta. Sabía que debería detenerse. Sabía que estaba cruzando una línea de la que no habría vuelta atrás. Pero entonces Isabel se inclinó, los labios rozando el cuello de Clara en un beso ligero, y supo que no quería parar. —Tócame —susurró, las palabras escapando antes de que pudiera detenerlas. Isabel sonrió contra su piel, los dientes rozando levemente, e Clara tembló. —¿Dónde? —preguntó Isabel, las manos deteniéndose justo debajo del dobladillo del vestido, los dedos jugando con la piel sensible de la parte interna de los muslos de Clara. —En cualquier parte —admitió Clara, la voz temblorosa—. En todas partes. Isabel no necesitó más incentivo. Las manos subieron, deslizándose bajo el vestido, los dedos cálidos contra la piel desnuda de Clara. Ella gimió cuando Isabel encontró el borde de su ropa interior, trazando el contorno con un toque ligero, casi reverente. —Estás mojada —murmuró Isabel, los labios ahora en el oído de Clara—. ¿Desde cuándo? Clara no respondió. No podía. Su mente estaba vacía de todo, excepto de la sensación de los dedos de Isabel, de la presión suave contra su clítoris, de la forma en que su respiración fallaba con cada movimiento. Isabel rio bajito, un sonido de pura satisfacción femenina, y entonces sus dedos se deslizaron hacia dentro, lentos, deliberados, mientras la otra mano sujetaba a Clara por la cadera, manteniéndola inmóvil. —Isabel… —gimió Clara, las uñas clavándose en los hombros de la otra mujer. —Shhh —susurró Isabel, los labios rozando los de Clara en un beso que era más una promesa que una caricia—. Aquí no. Todavía no. Clara quiso protestar, quiso suplicar, pero entonces Isabel retiró los dedos, dejándola vacía y temblorosa, y la arrastró de vuelta a la pista de baile como si nada hubiera pasado. El contraste entre el calor húmedo entre sus piernas y el aire fresco del salón la dejó mareada, y se aferró a Isabel, los dedos apretando su cintura. —Eres cruel —logró decir, la voz ronca. Isabel sonrió, los ojos brillando con malicia. —Todavía no has visto nada. La música cambió de nuevo, ahora más lenta, más sensual, e Isabel la atrajo más cerca, sus cuerpos moviéndose al unísono, como si hubieran bailado juntos durante años. Clara podía sentir el cuerpo de Isabel contra el suyo, el volumen de los pechos, la presión de los muslos, y sabía que Isabel podía sentir lo mismo—lo excitada que estaba, lo mucho que necesitaba más. —Vámonos de aquí —murmuró Isabel, los labios rozando la sien de Clara—. Antes de que haga algo que nos haga echar. Clara miró a su alrededor, dándose cuenta por primera vez de que algunas personas las observaban, curiosas, quizá incluso envidiosas. Debería importarle. Debería preocuparse por lo que pensarían, por lo que dirían. Pero entonces Isabel tomó su mentón, obligándola a mirarla a los ojos, y Clara supo que no le importaba nada más. —Sí —dijo, la voz firme, a pesar del temblor en sus manos—. Vámonos. La puerta del hotel se cerró tras ellas con un clic suave, ahogado por la música que aún resonaba en sus oídos. El aire nocturno era denso, cargado con la sal del mar y el perfume de las gardenias que adornaban los jardines del hotel. Clara respiró hondo, como si intentara llenar sus pulmones con algo que no fuera el aroma de Isabel—una mezcla de jazmín, sudor limpio y algo más primitivo, algo que hacía que su piel hormigueara. Isabel caminaba delante, los tacones finos hundiéndose levemente en la arena compacta del sendero que llevaba a la playa. La luna llena pintaba su cuerpo de plata, destacando la curva de los hombros, la cintura estrecha, el balanceo de las caderas bajo el vestido ajustado. Clara la seguía, los dedos aún hormigueando con el recuerdo del tacto de esa piel, del calor que irradiaba incluso a través de la tela. —Estás callada —dijo Isabel, sin mirar atrás, la voz baja, casi perdida en el sonido de las olas rompiendo en la arena—. ¿Arrepentida? Clara rio, un sonido corto y sin aliento. —No. Solo… procesando. —¿Procesando qué? —El hecho de que acabo de aceptar salir de una fiesta con una mujer que apenas conozco, para caminar por la playa en medio de la noche. Isabel se detuvo de repente y se giró, los ojos brillando bajo la luz pálida. La brisa despeinaba su cabello, haciéndolo danzar sobre sus hombros como hilos de seda oscura. —¿Y qué más? Clara tragó saliva. El viento traía el olor del mar, mezclado con el aroma dulce y terroso de Isabel, y de repente se sintió mareada, como si hubiera bebido demasiado. O quizá no lo suficiente. —El hecho de que quiero hacer mucho más que caminar. Una sonrisa lenta se dibujó en los labios de Isabel, lenta y peligrosa, como si supiera exactamente el efecto que esas palabras tenían sobre Clara. —Entonces vamos —dijo, extendiendo la mano—. Antes de que cambies de opinión. Clara dudó por un segundo, solo lo suficiente para que Isabel arqueara una ceja, desafiante. Entonces, con un suspiro que era casi un gemido, entrelazó sus dedos con los de ella. La piel de Isabel estaba caliente, casi febril, y Clara sintió un escalofrío subir por su brazo. La arena fría bajo los pies descalzos era un contraste delicioso con el calor que se extendía entre ellas. Clara se quitó los zapatos sin pensar, dejándolos atrás como si fueran una parte de sí misma que ya no necesitaba. Isabel hizo lo mismo, y pronto estaban caminando al borde del agua, las olas lamiendo sus tobillos, la espuma blanca deshaciéndose entre los dedos de los pies. —¿Vienes aquí a menudo? —preguntó Clara, intentando llenar el silencio con algo que no fuera el sonido de su propia respiración acelerada. —A veces. Cuando necesito pensar. O cuando quiero olvidar. —¿Olvidar qué? Isabel se detuvo y se giró hacia el mar, los brazos cruzados sobre el pecho como si intentara protegerse del viento. O de algo más. —Todo. Nada. Depende del día. Clara se acercó, hasta que sus hombros casi se tocaron. Podía sentir el calor del cuerpo de Isabel incluso a través del mínimo espacio entre ellas. —¿Y hoy? ¿Qué quieres olvidar hoy? Isabel rio, un sonido bajo y ronco, y se giró para mirarla. Sus ojos estaban oscuros, casi negros bajo la luz de la luna, y Clara sintió que su corazón latía más fuerte. —Hoy no quiero olvidar nada. El viento sopló con más fuerza, trayendo consigo el olor a sal y algas, y Clara sintió que algo dentro de ella se soltaba, como una cuerda que se rompe. Extendió la mano y tocó el rostro de Isabel, los dedos trazando la línea de la mandíbula, el contorno de los labios. Isabel no se movió, solo observó, los ojos entrecerrados, como si estuviera saboreando cada segundo. —Eres hermosa —murmuró Clara, la voz casi perdida en el sonido de las olas. —No es eso lo que quieres decir. —¿No? —No. Quieres decir que me deseas. Que no puedes dejar de pensar en cómo sería besarme. Tocarme. —Isabel se acercó, hasta que sus labios estuvieron a centímetros de los de Clara—. Probarme. Clara sintió que el aire se le escapaba de los pulmones. Nunca había escuchado a alguien hablar así, con tanta crudeza, tanta certeza. Y, Dios, cómo la excitaba. —Sí —admitió, la voz temblorosa—. Eso es lo que quiero. Isabel sonrió, satisfecha, y tomó el rostro de Clara entre sus manos, los pulgares acariciando sus mejillas. —Entonces pídelo. Clara dudó. Nunca había sido buena pidiendo lo que quería. Siempre había sido la que seguía las reglas, la que esperaba, la que se conformaba con lo que le daban. Pero allí, con el mar rugiendo de fondo y el cuerpo de Isabel tan cerca del suyo, sintió que algo dentro de ella se rompía. —Bésame —susurró. Isabel no necesitó más incentivo. Sus labios se encontraron en un beso lento, profundo, lleno de promesas. Clara sintió el sabor de Isabel—dulce, con un toque de vino y algo más, algo salvaje e indomable. Se aferró a los hombros de Isabel, las uñas clavándose en la tela del vestido, mientras la otra mano se enredaba en su cabello, atrayéndola más cerca. Isabel gimió contra su boca, un sonido bajo y gutural que hizo estremecer a Clara. Sus manos se deslizaron por la espalda de Clara, atrayéndola contra sí, y Clara sintió el cuerpo de Isabel moldearse al suyo, como si estuvieran hechas para encajar. El beso se volvió más urgente, más hambriento, y Clara sintió que sus piernas flaqueaban cuando Isabel mordió su labio inferior, tirando de él suavemente entre los dientes. —Te gusta esto —murmuró Isabel, los labios rozando los de Clara mientras hablaba. —Sí —admitió Clara, la voz ronca. —¿Y esto? —Isabel deslizó la mano por el costado del cuerpo de Clara, los dedos trazando la curva de su cadera antes de aventurarse más abajo, hasta que estuvieron presionados contra su muslo, justo debajo del dobladillo del vestido. Clara tragó saliva, el cuerpo entero temblando con la expectativa. —Sí. Isabel sonrió, triunfal, y la besó de nuevo, más despacio esta vez, como si tuviera todo el tiempo del mundo. Sus manos continuaron explorando, subiendo por el muslo de Clara, los dedos deslizándose bajo la tela del vestido, hasta que estuvieron rozando la piel desnuda de su cintura. —Isabel —gimió Clara, su nombre un ruego, una súplica. —Shhh —susurró Isabel, los labios ahora en el cuello de Clara, besando, mordisqueando, dejando un rastro de fuego en su piel—. Yo sé. Clara sintió los dedos de Isabel moverse más arriba, hasta que estuvieron rozando el borde de su ropa interior. Se arqueó, pidiendo en silencio más, e Isabel rio bajito, el aliento cálido contra su piel. —Tan impaciente —murmuró, los dedos deslizándose dentro de la tela, encontrando el calor húmedo que la esperaba. Clara gimió, el sonido ahogado contra el hombro de Isabel, mientras los dedos de ella comenzaban a moverse en círculos lentos, explorando, provocando. Se aferró a Isabel, las uñas clavándose en su espalda, mientras el placer se extendía por su cuerpo como una ola. —Por favor —susurró, la voz quebrada. Isabel no respondió con palabras. En cambio, la besó de nuevo, profunda y posesivamente, mientras sus dedos aumentaban el ritmo, presionando, acariciando, hasta que Clara se retorcía contra ella, el cuerpo entero temblando con la necesidad de más. —Eres tan hermosa así —murmuró Isabel, los labios contra la oreja de Clara—. Tan entregada. Tan mía. Clara sintió que algo dentro de ella se rompía, como un dique cediendo bajo la presión. Se aferró a Isabel con más fuerza, las caderas moviéndose al compás de los dedos de ella, persiguiendo el placer que se construía dentro de sí. El mar rugía al fondo, las olas rompiendo en la arena, y Clara sintió como si se estuviera disolviendo, como si se estuviera convirtiendo en parte de esa noche, de ese momento, de ese deseo que las consumía. —Isabel —gimió, su nombre un grito ahogado. —Córrete para mí —ordenó Isabel, la voz firme, implacable—. Ahora. Y Clara obedeció. El orgasmo la golpeó como una ola, fuerte y arrolladora, haciendo que su cuerpo entero temblara. Se aferró a Isabel, los dedos clavándose en su piel, mientras el placer la atravesaba, dejándola sin aliento, sin pensamiento, sin nada más que la sensación pura e intensa de estar viva. Cuando finalmente volvió en sí, Clara estaba de rodillas en la arena, el cuerpo aún temblando con los últimos espasmos del placer. Isabel estaba frente a ella, los ojos oscuros brillando con satisfacción, los labios hinchados por los besos. —Vamos a mi habitación —dijo, extendiendo la mano—. Antes de que decida tomarte aquí mismo, en la playa. Clara la miró, el corazón aún latiendo descontroladamente, y supo que no había nada en el mundo que deseara más que seguir a Isabel adondequiera que la llevara. La puerta de la habitación de Isabel se cerró con un clic suave, pero definitivo, como si el mundo exterior hubiera dejado de existir. El aire dentro del espacio era denso, cargado con el olor del mar que aún impregnaba la piel de ambas, mezclado con el perfume cítrico y ligeramente amaderado de Isabel—algo que Clara ya asociaba con el peligro, el deseo, con esa mujer que la miraba como si pudiera devorarla entera. La habitación era un refugio de lujo y sombra. La luz de la luna entraba por las cortinas entreabiertas, dibujando franjas plateadas sobre las sábanas de seda negra, sobre el cuerpo de Isabel cuando se giró hacia Clara. No había prisa ahora. No había más necesidad de contener lo que ambas sabían que sucedería desde la primera mirada en la fiesta. Solo la expectativa, el peso de lo que estaba por venir, el conocimiento de que, allí, las reglas de Clara ya no valían. —Estás temblando —murmuró Isabel, acercándose despacio, como si Clara fuera un animal salvaje a punto de huir. Sus dedos rozaron el brazo desnudo de Clara, trazando un camino lento hasta el hombro, luego el cuello, donde el pulso latía descontrolado. —Es el frío —mintió Clara, la voz saliendo más ronca de lo que pretendía. Isabel sonrió, una sonrisa lenta, conocedora—. No es el frío. Y entonces, sin aviso, sus labios estuvieron sobre los de Clara, cálidos, exigentes. No era un beso suave, de descubrimiento. Era posesión. Era declaración. La lengua de Isabel invadió su boca con una confianza que hizo gemir a Clara, los dedos enredándose en la tela fina del vestido de Isabel, atrayéndola más cerca. El cuerpo de Clara respondió antes de que su mente pudiera protestar, arqueándose contra el de ella, sintiendo el calor, la firmeza, la promesa de todo lo que estaba por venir. Isabel la guió hacia la cama con las manos firmes, pero sin prisa. Cada paso era una provocación, cada toque una pregunta silenciosa: *¿Quieres esto? ¿Me quieres a mí?* Y Clara respondía con el cuerpo, con los labios, con los suspiros que escapaban entre los besos. Cuando la parte posterior de sus rodillas encontró el colchón, se dejó caer, arrastrando a Isabel consigo. El peso del cuerpo de Isabel sobre el suyo era delicioso. Se apoyó en los codos, el cabello oscuro cayendo como una cortina alrededor del rostro de Clara, mientras sus labios descendían por su cuello, mordisqueando, lamiendo, dejando un rastro de fuego. Clara arqueó el cuello, ofreciéndose, e Isabel rio bajito, un sonido oscuro y satisfecho. —Te gusta esto —murmuró contra la piel de Clara, los dientes rozando la clavícula—. Que te toquen así. No era una pregunta. Clara no respondió con palabras. En cambio, sus manos encontraron las caderas de Isabel, atrayéndola hacia abajo, sintiendo el delicioso roce entre ellas. Un gemido escapó de sus labios cuando Isabel se movió contra ella, lenta, deliberada, haciéndola sentir cada centímetro del deseo que las unía. —Isabel… —su nombre salió como un ruego, una súplica. —Shhh —susurró Isabel, deslizando una mano entre ellas, los dedos encontrando la cremallera del vestido de Clara—. Déjame verte. El vestido se abrió con una lentitud torturante, la tela deslizándose por los hombros de Clara, revelando la piel pálida, los pechos pequeños y firmes, los pezones ya rígidos de anticipación. Isabel no apartó la mirada. Sus ojos oscuros recorrieron cada centímetro expuesto, como si memorizara cada detalle, cada curva, cada imperfección. Y entonces, finalmente, su boca estuvo sobre uno de los pezones, succionando con fuerza, mientras la mano libre apretaba el otro, haciendo arquear a Clara con un grito ahogado. —Joder —gimió Clara, los dedos enredándose en el cabello de Isabel, atrayéndola más cerca, queriendo más, necesitando más. Isabel obedeció, pero no de la manera que Clara esperaba. En lugar de continuar, se apartó lo suficiente para mirarla, los labios brillantes, los ojos oscuros llenos de una intensidad que hizo latir más rápido el corazón de Clara. —Eres hermosa —dijo, la voz ronca—. Pero quiero más que eso. Antes de que Clara pudiera preguntar qué quería decir, Isabel se deslizó hacia abajo, los labios trazando un camino húmedo por el estómago de Clara, por la curva de la cadera, hasta llegar al borde de su ropa interior. Sus dedos engancharon el elástico, tirando de él lentamente, revelando la piel suave, el aroma de excitación que ya impregnaba el aire. Clara contuvo la respiración cuando Isabel se detuvo, los labios flotando a centímetros de donde más la deseaba. —Por favor —susurró, sin vergüenza, sin control. Isabel sonrió, una sonrisa perversa, y entonces su boca estuvo sobre ella, cálida, húmeda, implacable. La lengua de Isabel encontró el punto exacto con una precisión que hizo gritar a Clara, las manos aferrándose a las sábanas mientras olas de placer la atravesaban. Nunca la habían tocado así—con tanta confianza, tanta entrega. Cada movimiento de la lengua de Isabel era calculado, cada succión una promesa de más. —Tienes sabor a pecado —murmuró Isabel contra su piel, los dedos uniéndose a la boca, deslizándose dentro de ella con una lentitud que hizo gemir a Clara—. Y quiero devorarte. Clara no pudo responder. Las palabras se perdieron en un enredo de sensaciones, de placer que crecía, que la consumía. Se aferró a Isabel, las uñas clavándose en sus hombros, las caderas moviéndose en un ritmo desesperado, buscando más, siempre más. Isabel no la dejó correrse. Todavía no. Cuando sintió que Clara estaba demasiado cerca, se apartó, los labios brillantes, los dedos aún dentro de ella, moviéndose despacio, torturándola. —No —gimió Clara, frustrada, los ojos abriéndose para mirar a Isabel. —Todavía no —repitió Isabel, la voz firme—. Quiero que recuerdes esto. Que me recuerdes a *mí*. Y entonces se levantó, dejando a Clara jadeante, desesperada, mientras comenzaba a desvestirse. El vestido cayó al suelo con un susurro de tela, revelando el cuerpo de Isabel—curvas generosas, piel dorada por el sol, pechos llenos, los pezones oscuros y rígidos. Clara la observó, hipnotizada, mientras Isabel desabrochaba el pantalón, dejándolo caer también, quedando solo con un tanga de encaje negro que apenas cubría lo que Clara más deseaba ver. —Tu turno —dijo Isabel, acercándose de nuevo, las manos encontrando los pechos de Clara, apretándolos con fuerza—. Muéstrame lo que es mío. Clara no dudó. Con manos temblorosas, se quitó lo que quedaba de su ropa, dejándose expuesta, vulnerable, completamente a merced de Isabel. Y cuando Isabel la atrajo hacia sí, piel contra piel, el calor entre ellas era casi insoportable. —Ahora —susurró Isabel, empujando a Clara de vuelta a la cama, montándose sobre ella, los cuerpos encajando perfectamente—. Córrete para mí. Y Clara obedeció. El orgasmo la golpeó con una fuerza que la dejó sin aire, el cuerpo contorsionándose, los gemidos resonando en la habitación mientras Isabel la observaba, satisfecha, los dedos aún dentro de ella, prolongando el placer hasta que Clara no pudo soportar más. Cuando finalmente dejó de temblar, Clara atrajo a Isabel hacia abajo, besándola con un hambre que no sabía que tenía. Sus dedos encontraron el elástico del tanga de Isabel, tirando de él hacia abajo, desesperada por devolverle lo que había recibido. —No —murmuró Isabel, sujetando sus muñecas—. Todavía no. Clara frunció el ceño, confundida, pero Isabel solo sonrió, deslizándose a un lado, atrayéndola consigo. —Quiero verte —dijo, girando a Clara de espaldas a ella, acomodándose detrás, los pechos presionados contra la espalda de Clara, la mano deslizándose entre sus piernas de nuevo—. Quiero sentirte correrte otra vez. Y otra. Y entonces, mientras la boca de Isabel encontraba el cuello de Clara, sus dedos comenzaron a moverse, lentos, profundos, implacables, y Clara supo que esa noche estaba lejos de terminar. Clara sintió que todo su cuerpo ardía cuando los dedos de Isabel volvieron a invadir su sexo, ahora con una lentitud calculada, como si cada movimiento fuera una pregunta—y ella, una respuesta que no sabía dar con palabras. El aliento de Isabel rozaba su nuca, cálido y húmedo, mientras la otra mano se deslizaba por su vientre, apretándola levemente antes de subir hasta sus pechos, los dedos jugando con los pezones ya rígidos. Un gemido escapó de sus labios sin permiso, y arqueó la espalda, buscando más contacto, más presión, más *cualquier cosa* que pudiera aliviar la tensión que se enroscaba dentro de ella como un hilo a punto de romperse. —¿Te gusta cuando hago esto? —La voz de Isabel era un susurro ronco, los labios rozando la oreja de Clara mientras sus dedos se hundían más profundo, curvándose en un movimiento que hizo estallar estrellas tras los párpados cerrados de Clara—. ¿O prefieres cuando hago *así*? El ritmo cambió. Ya no había lentitud, solo una urgencia implacable, los dedos de Isabel entrando y saliendo con una precisión que le robaba el aire de los pulmones. Clara intentó responder, pero las palabras se perdieron en un enredo de gemidos y súplicas incoherentes. Su mano se aferró a la sábana con fuerza, las uñas clavándose en la tela mientras el placer se acumulaba, una ola a punto de romper. —*Isabel…* —Su nombre salió como una plegaria, un aviso, una rendición. —Shhh —murmuró Isabel, mordisqueando el lóbulo de su oreja—. Yo sé. Yo *sé*. Y entonces, como si hubiera esperado ese preciso momento, Isabel retiró los dedos de repente, dejando a Clara jadeante, el cuerpo entero temblando en protesta. Antes de que pudiera quejarse, sin embargo, sintió que Isabel se movía detrás de ella, el calor de su cuerpo alejándose por un segundo antes de volver—ahora con algo más. La tela del tanga de Isabel rozó sus muslos, y Clara comprendió, con un escalofrío, que se lo había quitado. La piel desnuda de Isabel presionó contra la suya, húmeda y cálida, y el contacto fue tan intenso que Clara casi se corrió allí mismo. —¿Quieres? —preguntó Isabel, la voz baja, los labios ahora en su hombro, los dientes marcando levemente la piel—. ¿Quieres que te muestre lo bueno que es cuando ya no hay más reglas? Clara no necesitaba pensar. Asintió, frenética, las palabras atrapadas en la garganta. —*Dilo.* —*Sí.* —La palabra salió en un suspiro, casi inaudible, pero Isabel la escuchó. Y entonces, sin aviso, Isabel la giró boca abajo, levantando sus caderas con una fuerza que la dejó sin aliento. Clara sintió las manos de Isabel en sus muslos, abriéndola, exponiéndola por completo. Un escalofrío recorrió su espalda cuando sintió el aliento cálido de Isabel entre sus piernas, la lengua deslizándose despacio, explorando cada pliegue con una precisión torturante. —*Joder*— Clara arqueó la espalda, los dedos cerrándose en puños mientras Isabel la lamía con una lentitud deliberada, como si tuviera todo el tiempo del mundo. Cada movimiento de su lengua era una provocación, un recordatorio de que ella estaba al mando, de que Clara no tenía más opción que entregarse. —Tienes sabor a pecado —murmuró Isabel contra su piel, los dedos reemplazando ahora a la lengua, entrando en ella mientras la boca se movía hacia arriba, mordisqueando la parte interna de sus muslos, dejando marcas que Clara sabía que aún estarían allí por la mañana—. Y me encanta pecar. Clara ya no podía pensar. El placer era demasiado, intenso, una presión que crecía y crecía hasta que sintió que iba a explotar. Sus caderas se movían por voluntad propia, buscando más contacto, más fricción, más *ella*. Isabel rio bajito, el sonido vibrando contra su piel, y entonces sus dedos se curvaron dentro de ella, encontrando ese punto que hizo gritar a Clara. —*Isabel, yo no— yo no aguanto—* —Aguanta —ordenó Isabel, la voz firme, los dedos moviéndose más rápido, más profundo—. Vas a correrte cuando yo lo diga. No antes. Clara mordió el labio con fuerza, intentando controlarse, pero era imposible. Cada célula de su cuerpo estaba en llamas, cada nervio a flor de piel, cada respiración un gemido. Isabel la estaba llevando al límite, y sabía que, cuando finalmente cayera, sería desde una altura de la que nunca volvería entera. —*Por favor—* —*Ahora.* La orden fue acompañada de un movimiento preciso de los dedos, y Clara se deshizo. El orgasmo la atravesó como una corriente eléctrica, arrancándole un grito ronco de la garganta mientras su cuerpo se contorsionaba, los músculos contrayéndose en espasmos incontrolables. Isabel no se detuvo. Siguió moviendo los dedos, prolongando el placer hasta que Clara ya no supo dónde terminaba un orgasmo y comenzaba otro. Cuando finalmente dejó de temblar, Clara cayó boca abajo sobre el colchón, el cuerpo laxo, la respiración entrecortada. Isabel se acostó a su lado, atrayéndola hacia sí, los brazos envolviéndola por detrás. Clara podía sentir el corazón de Isabel latiendo contra su espalda, rápido, casi tan acelerado como el suyo. —Fuiste perfecta —murmuró Isabel, besando su hombro—. Pero aún no ha terminado. Clara abrió los ojos, confundida, el cuerpo aún hormigueando. —*¿Qué?* Isabel sonrió contra su piel, los dedos trazando círculos perezosos en su vientre. —Dije que quería verte correrte otra vez. Y otra. Antes de que Clara pudiera protestar—no es que tuviera fuerzas para ello—Isabel la giró boca arriba, los labios encontrando los suyos en un beso lento, profundo, que hizo reaccionar su cuerpo al instante. Las manos de Isabel se deslizaron por sus muslos, abriéndolos con suavidad, y Clara sintió los dedos volver a explorarla, ahora con una familiaridad que la hizo gemir contra la boca de Isabel. —Ahora eres *mía* esta noche —susurró Isabel, los dedos moviéndose en un ritmo que hacía arquear la espalda a Clara, buscando más—. Y no voy a parar hasta que no puedas recordar ni tu propio nombre. Clara cerró los ojos, rindiéndose. Ya no había resistencia, no había control. Solo estaba Isabel, sus dedos, su boca, su cuerpo contra el de ella. Y, por primera vez en su vida, no quería que aquello terminara. La luz de la mañana invadió la habitación como un intruso delicado, filtrada por las cortinas de lino blanco que danzaban con la brisa salada. Clara despertó primero, o quizá fue solo la primera en emerger del letargo en el que sus cuerpos se habían sumergido. Sus músculos protestaron levemente al moverse, un recordatorio suave de cada curva que Isabel había explorado, de cada gemido arrancado de sus labios. A su lado, Isabel aún dormía, la respiración lenta y profunda, el cabello oscuro esparcido sobre la almohada como tinta derramada sobre seda. Clara la observó durante un largo momento, permitiéndose absorber cada detalle: la curva del hombro desnudo, donde la luz de la mañana dibujaba sombras doradas; la línea de la clavícula, marcada por pequeños arañazos—recuerdos de sus propias uñas, clavadas allí en la urgencia del placer. Los labios de Isabel estaban ligeramente entreabiertos, como si aún susurraran promesas inacabadas, y Clara sintió el deseo de besarlos de nuevo, de despertarla con el mismo fuego que las había consumido horas antes. Pero algo la detuvo. No era miedo, ni vacilación. Era solo la conciencia de que el amanecer traía consigo una realidad diferente, una que no podía ignorarse. Se incorporó despacio, apoyándose en los codos, y la sábana se deslizó hasta su cintura, revelando la piel marcada por besos y mordiscos. El aire estaba cargado con el aroma de ambas—sudor, sexo, el perfume cítrico de Isabel mezclado con la sal del mar que aún se adhería a sus cabellos. Clara respiró hondo, sintiendo el peso de la noche en cada fibra de su cuerpo. No había arrepentimiento, pero tampoco ilusiones. Lo que había sucedido entre ellas no era un comienzo, sino un fin en sí mismo, una llama que había ardido con tanta intensidad que no dejó espacio para cenizas. Isabel se movió, las pestañas temblando antes de abrirse lentamente. Los ojos verdes se encontraron con los de Clara, y por un instante, ninguna de las dos habló. Había algo casi solemne en ese silencio, como si ambas supieran que cualquier palabra sería insuficiente para capturar lo que habían compartido. —Buenos días —murmuró Isabel, la voz ronca por el sueño y otras cosas. Su mano se extendió, los dedos rozando la cadera de Clara, como si necesitara confirmar que aún estaba allí, real. Clara sonrió, pero no se acercó. En cambio, se inclinó para tomar el vaso de agua de la mesita de noche, bebiendo un largo sorbo antes de ofrecérselo a Isabel. La otra mujer lo aceptó, los labios tocando el mismo lugar donde los de Clara habían estado, y el gesto pareció cargado de una intimidad que iba más allá de lo físico. —Siempre te despiertas tan temprano? —preguntó Isabel, devolviendo el vaso. —Solo cuando no tengo opción —respondió Clara, dejando el vaso a un lado—. El sol no suele pedir permiso. Isabel rio bajito, el sonido vibrando en el pecho de Clara como un eco de placer. Se sentó, dejando que la sábana cayera por completo, revelando su cuerpo desnudo en toda su gloria. Clara no apartó la mirada, pero tampoco la devoró con la misma hambre de la noche anterior. Había algo diferente ahora, una ternura que no existía antes, mezclada con esa atracción irreprimible. —Estás pensando demasiado —dijo Isabel, inclinándose para besar el hombro de Clara. Sus labios eran cálidos, suaves, y Clara cerró los ojos por un instante, dejándose llevar por la sensación. —No es pensar —corrigió Clara, girándose para mirarla—. Es solo… darme cuenta. Isabel arqueó una ceja, una sonrisa jugando en las comisuras de su boca. —¿Darte cuenta de qué? —De que esto no es algo que vayamos a repetir. Las palabras flotaron entre ellas, pesadas, pero no cargadas de tristeza. Isabel no pareció sorprendida. En cambio, extendió la mano y tomó el mentón de Clara, inclinando su rostro para que sus miradas se encontraran. —¿Quién dijo que quiero repetir? —preguntó, la voz suave, pero firme—. A veces, una noche es exactamente lo que tiene que ser. Perfecta. Inolvidable. Y sin ataduras. Clara sintió un nudo formarse en la garganta, pero no era de dolor. Era algo más complejo, una mezcla de alivio y gratitud. Isabel entendía. Siempre había entendido, desde la primera mirada en la fiesta, cuando Clara aún intentaba convencerse de que podía controlar aquello. —No eres como me imaginaba —admitió Clara, pasando los dedos por el cabello de Isabel, sintiendo la textura sedosa entre ellos. —¿Y cómo me imaginabas? —Alguien que… no sé. Que no aceptaría un final tan fácil. Isabel rio, un sonido rico y profundo. —No es un final, Clara. Es un regalo. Me diste una noche que nunca olvidaré. Y yo te di lo mismo. Eso no es poco. Clara asintió, pero algo dentro de ella aún se rebelaba. No era la idea de no repetir lo que la incomodaba, sino la sensación de que, de alguna manera, Isabel ya se estaba despidiendo. Como si supiera, desde el principio, que aquello no iría más allá de esa noche. —¿Qué vas a hacer ahora? —preguntó Clara, intentando mantener la voz ligera. Isabel se acostó boca arriba, mirando al techo mientras el sol dibujaba patrones dorados en su piel. —Voy a ducharme. Pediré el desayuno. Y después… —hizo una pausa, girándose hacia Clara con una sonrisa pícara— … te llevaré a tomar un café en la playa. Antes de que vuelvas a tu vida de abogada controlada. Clara rio, pero el sonido murió rápido. La mención a su vida real era como un recordatorio de que, fuera de esa habitación, fuera de esa noche, eran dos desconocidas con mundos completamente distintos. —¿Y tú? —preguntó Clara, intentando no dejar traslucir el dejo de melancolía—. ¿Qué harás después de esto? Isabel se acercó, los labios rozando la oreja de Clara mientras susurraba: —Voy a vivir. Como siempre he vivido. Sin planes, sin promesas. Solo… sintiendo. Clara cerró los ojos, dejando que las palabras de Isabel se filtraran en ella. Eso era, ¿no? La diferencia entre ellas. Isabel vivía el momento, sin miedo a lo que viniera después. Clara, en cambio, siempre había necesitado un plan, un control, una certeza. Hasta la noche anterior. —No sé si puedo hacer eso —admitió Clara, la voz casi un susurro. —No tienes que hacerlo. Ya lo hiciste. Esta noche fue tuya. Y nadie puede quitártelo. Clara sintió que las lágrimas le quemaban detrás de los párpados, pero no las dejó caer. En cambio, se inclinó y besó a Isabel, un beso lento, profundo, lleno de todo lo que no podía decirse. Isabel correspondió, las manos deslizándose por el cuerpo de Clara, no con la urgencia de la noche anterior, sino con una ternura que le oprimió el pecho. Cuando se separaron, Isabel sonrió, los dedos trazando el contorno de los labios de Clara. —Vamos a ducharnos —dijo, levantándose y tendiendo la mano—. Antes de que decida que prefiero quedarme aquí contigo. Clara aceptó la mano de Isabel, dejándose llevar fuera de la cama. El baño era espacioso, con una bañera de mármol y una ventana que daba al mar, ahora bañado por la luz de la mañana. Isabel abrió el grifo, dejando que el agua caliente llenara el ambiente de vapor, y entonces se giró hacia Clara, los ojos verdes brillando con una intensidad que no había disminuido. —¿Vienes? —preguntó, entrando en la bañera y extendiendo la mano de nuevo. Clara no dudó. Entró en el agua, sintiendo el calor envolverla, relajando músculos que aún guardaban la memoria de los toques de Isabel. Esta se acercó, sus cuerpos encontrándose bajo el agua, y Clara sintió que la respiración se le aceleraba cuando Isabel la atrajo hacia sí, las piernas entrelazadas, los pechos presionándose. —Dije que te llevaría a tomar café —murmuró Isabel, los labios rozando la sien de Clara—, pero creo que aún no he terminado contigo. Clara rio, pero el sonido se transformó en un gemido cuando las manos de Isabel se deslizaron por su espalda, atrayéndola más cerca. —Eres insaciable —acusó Clara, aunque no había reproche en su voz. —Solo cuando se trata de ti —respondió Isabel, los dientes mordisqueando levemente el labio inferior de Clara. Y entonces no hubo más palabras. Solo el sonido del agua, el vapor elevándose entre ellas, los cuerpos moviéndose en un ritmo lento y sensual, como si tuvieran todo el tiempo del mundo. Isabel besó a Clara con una dulzura que contrastaba con la pasión de la noche anterior, como si quisiera memorizar cada detalle, cada sabor. Clara se dejó llevar, los dedos enterrados en el cabello de Isabel, las caderas moviéndose en respuesta a los toques expertos. Cuando se corrieron, fue casi al mismo tiempo, los cuerpos temblando bajo el agua, los gemidos ahogados contra la piel de la otra. Clara sintió que las piernas le flaqueaban, pero Isabel la sostuvo, manteniéndola en pie, los labios aún pegados a los suyos en un beso que parecía no querer terminar. Cuando finalmente se separaron, Isabel apoyó la frente contra la de Clara, los ojos cerrados. —Esto —susurró— fue una despedida. Clara no respondió. No necesitaba hacerlo. Ambas sabían que era verdad. Después de la ducha, se vistieron en silencio, intercambiando miradas que decían más que cualquier palabra. Isabel eligió un vestido ligero, de lino blanco, que contrastaba con su piel bronceada, y Clara optó por un conjunto de pantalón y blusa de seda, algo que la hacía sentir más cercana a la abogada que era durante el día. Pero, bajo la ropa, su piel aún guardaba las marcas de la noche, recuerdos invisibles de lo que había sucedido. Bajaron a desayunar a la terraza del hotel, donde una mesa estaba puesta con frutas frescas, panes crujientes y café fuerte. El mar brillaba a lo lejos, las olas rompiendo suavemente en la arena, y Clara sintió una extraña paz invadirla. No era felicidad, ni tristeza. Era algo entre ambas, una aceptación. —¿Te vas hoy? —preguntó Isabel, cortando una rodaja de mango. Clara asintió. —Tengo una reunión importante mañana. Debo volver a São Paulo. Isabel no pareció sorprendida. —Y yo tengo una exposición en Barcelona dentro de dos semanas. Pasaré unos días en Lisboa antes. Comieron en silencio por un momento, el sonido de los cubiertos y las olas llenando el espacio entre ellas. —¿Me enviarás un mensaje? —preguntó Clara, sorprendiéndose a sí misma. Isabel sonrió, pero había una sombra de tristeza en sus ojos. —No creo que sea buena idea. Clara asintió, sintiendo que el pecho se le oprimía. Sabía que Isabel tenía razón. Algunas cosas era mejor dejarlas como recuerdos. —Entonces… esto es una despedida —dijo Clara, la voz firme, a pesar de la emoción que la atravesaba. Isabel extendió la mano sobre la mesa, los dedos rozando los de Clara. —No es una despedida. Es un «hasta nunca». Porque, de alguna manera, sé que nuestros caminos no se cruzarán de nuevo. Clara tomó la mano de Isabel, apretándola con fuerza, como si pudiera guardar un poco de esa noche en sus palmas. —Gracias —dijo, la voz quebrada—. Por todo. Isabel sonrió, los ojos verdes brillando. —Gracias a ti. Por haberte permitido. Se levantaron, y Clara sintió el peso de la despedida en cada paso. Isabel la acompañó hasta el vestíbulo del hotel, donde un taxi ya esperaba. Cuando Clara se giró para despedirse, Isabel la atrajo hacia un último beso, largo y profundo, como si quisiera grabar el sabor de Clara en su memoria. —Vete —susurró Isabel, apartándose—. Antes de que cambie de opinión y te lleve de vuelta a la cama. Clara rio, pero había lágrimas en sus ojos. Entró en el taxi, y cuando miró hacia atrás, Isabel aún estaba allí, observándola partir. Levantó la mano en un gesto de despedida, y Clara hizo lo mismo, sabiendo que sería la última vez que se vieran. El taxi se alejó, y Clara apoyó la cabeza en el asiento, cerrando los ojos. No había arrepentimiento. No había promesas rotas. Solo quedaba el recuerdo de una noche que la había marcado para siempre, una pasión que la había consumido por completo y la había dejado diferente. Y, de alguna manera, eso era suficiente.

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