Labios Prohibidos en la Fiesta de las Máscaras
Por Tonkix
**Labios Prohibidos en la Fiesta de las Máscaras**
El salón respiraba lujo como si el propio aire estuviera hecho de oro líquido. Los candelabros de cristal, colgados como constelaciones atrapadas en el techo, proyectaban prismas de luz que danzaban sobre los invitados, transformando cada movimiento en un espectáculo de destellos y sombras. El murmullo de las conversaciones se mezclaba con el sonido grave de la música electrónica, un ritmo hipnótico que parecía latir al compás de los corazones acelerados. Era una de esas fiestas donde el dinero no solo hablaba, sino que también seducía: vestidos de seda que se deslizaban como agua sobre la piel, trajes a medida que moldeaban cuerpos como esculturas vivas, perfumes caros que se entrelazaban en el aire, creando una neblina casi tangible de deseo y poder.
Clara estaba parada cerca de una de las columnas de mármol, los dedos apretando levemente el pie de la copa de champán. No era su ambiente natural. Abogada de un bufete tradicional, acostumbrada a negociar contratos y descubrir mentiras en los tribunales, allí se sentía como una intrusa en un baile de máscaras, incluso sin llevar una. Su vestido negro, sencillo y elegante, era una armadura discreta, pero los tacones altos, que rara vez usaba, ya comenzaban a lastimarle los pies. Había aceptado la invitación por insistencia de una clienta, una socialité que adoraba exhibir sus conexiones, pero ahora se arrepentía. O tal vez no. Porque, entre todos esos rostros desconocidos, había uno que captaba su atención como un imán.
Al otro lado del salón, sobre un pequeño escenario elevado, Sofía giraba los botones de la mesa de sonido con la precisión de una cirujana y la sensualidad de una diosa. La DJ no solo controlaba la música, sino que la poseía. Sus dedos largos y ágiles se deslizaban sobre los controles, mientras su cuerpo se movía a un ritmo propio, independiente del compás, como si cada nota fuera una extensión de su piel. Llevaba un top de cuero negro que dejaba los hombros al descubierto, los brazos tatuados brillando bajo las luces estroboscópicas. Los labios, pintados de rojo oscuro, se curvaban en una sonrisa maliciosa cada vez que miraba a la multitud, como si supiera un secreto que todos allí deseaban descubrir.
Clara no podía apartar los ojos.
No era solo la confianza de Sofía, o la manera en que parecía dominar el espacio sin esfuerzo. Era algo más profundo, algo que Clara sentía como un cosquilleo en la nuca, un calor que le subía por la espalda cada vez que esos ojos oscuros, casi negros, se cruzaban con los suyos. Sofía no la miraba como los otros hombres en la fiesta, con esa mezcla de curiosidad y posesión que Clara conocía tan bien. No. Sofía la observaba como si estuviera descifrando un enigma, como si cada detalle de Clara fuera una pista de algo que solo ella podía resolver.
—Estás mirando fijamente.
La voz llegó desde atrás, baja y divertida. Clara se giró, sorprendida, y encontró los ojos verdes de Marcela, una compañera de la facultad a la que no veía desde hacía años. Marcela sonrió, inclinando la cabeza hacia un lado, el cabello rubio cayendo sobre un hombro.
—No es que te culpe —continuó, siguiendo la mirada de Clara hasta el escenario—. Sofía tiene ese efecto en las personas. Especialmente en las que no están acostumbradas a ser notadas.
Clara sintió que el rostro se le calentaba.
—No estoy mirando fijamente.
Marcela rio, un sonido ligero y cristalino.
—Claro que no. Solo estás… *analizando* su actuación. Como haría una buena abogada.
Clara tomó un sorbo de champán, intentando disimular la incomodidad. No era mentira que Sofía la intrigaba. Había algo en la manera en que la DJ se movía, como si el mundo entero fuera su patio de juegos, que hacía que Clara se sintiera al mismo tiempo fascinada y amenazada. Como si, al acercarse demasiado, pudiera terminar quemada.
—¿La conoces? —preguntó, intentando sonar casual.
—Todo el mundo conoce a Sofía —respondió Marcela, encogiéndose de hombros—. Es una leyenda en las fiestas de la alta sociedad. Dicen que ha tenido affaires con la mitad de las mujeres aquí.
Clara arqueó una ceja.
—¿Y la otra mitad está en la fila?
Marcela volvió a reír, pero sus ojos brillaron con algo que Clara no logró descifrar.
—Tal vez. Pero Sofía no es del tipo que repite. Le gusta cazar, no ser cazada.
Clara no respondió. No necesitaba hacerlo. Las palabras de Marcela resonaron en su mente como una advertencia, pero también como un desafío. Ella no era del tipo que perseguía a nadie, nunca lo había sido. Pero, por primera vez en mucho tiempo, sintió el deseo de ser la excepción.
Desde el escenario, Sofía levantó los ojos y, por un instante, sus miradas se encontraron. No fue casualidad. Clara lo sintió en la piel, como si un hilo invisible las arrastrara la una hacia la otra. Sofía sonrió, lenta y deliberadamente, y entonces, con un movimiento casi imperceptible, inclinó la cabeza hacia la cabina de DJ, como si dijera: *Ven a mí*.
Clara sintió que el corazón le latía más fuerte.
No era una pregunta. Era una invitación.
Y, por primera vez esa noche, se preguntó si tendría el valor de aceptarla.
Clara respiró hondo, sintiendo el peso de la invitación quemándole la piel como una marca. El aire del salón parecía más denso ahora, cargado con el aroma de perfume caro y el sudor dulce de las personas que bailaban bajo las luces estroboscópicas. La bebida en su mano—un *sidecar* con un toque de naranja amarga—había dejado un rastro de calor en el fondo de la garganta, un fuego lento que se extendía por el pecho y descendía, vacilante, hasta los muslos. No era solo el alcohol. Era la promesa de algo que no se atrevía a nombrar.
Se movió entre los cuerpos que se contorsionaban al ritmo de la música, los tacones altos hundiéndose levemente en la alfombra gruesa. Cada paso era una decisión. Cada mirada que desviaba de los otros invitados, una confirmación. No era una mujer acostumbrada a ser audaz, pero allí, esa noche, algo en ella se había soltado—como si la máscara de raso negro que llevaba no cubriera solo los ojos, sino también las capas de cautela que siempre la envolvían.
La cabina de la DJ era un escenario dentro del escenario, lo suficientemente elevada como para que Sofía pudiera ver todo, y para que todos la vieran. Clara se detuvo a unos pasos de distancia, los dedos apretando la copa de cristal. Sofía estaba de espaldas, los auriculares colgando de un hombro, el cuerpo inclinado sobre los controles como si estuvieran en una danza privada. El vestido ajustado, negro y brillante, se ceñía a las curvas de sus caderas, y la luz azulada de los equipos proyectaba reflejos metálicos en su piel morena. El cabello, recogido en un moño alto, dejaba el cuello al descubierto, e Clara imaginó cómo sería pasar los labios por allí, sentir el sabor salado del sudor mezclado con el perfume floral que emanaba de ella.
Como si sintiera el peso de su mirada, Sofía se giró lentamente. Sus ojos encontraron los de Clara casi de inmediato, como si supiera exactamente dónde estaba. Una sonrisa lenta se dibujó en sus labios pintados de rojo oscuro, un tono que recordaba al vino derramado. No dijo nada. Solo levantó una ceja, como si preguntara: *¿Tardaste?*.
Clara sintió que el rostro se le calentaba, pero no apartó la mirada. En cambio, llevó la copa a los labios y tomó un sorbo largo, dejando que el alcohol le diera valor. Sofía siguió el movimiento, los ojos siguiendo la línea de la garganta de Clara cuando tragó. Entonces, con una lentitud deliberada, la DJ se quitó los auriculares del hombro y los dejó caer sobre la consola. El sonido de la fiesta seguía latiendo, pero entre ellas, en ese pequeño espacio, solo había silencio cargado de expectativa.
—Viniste —dijo Sofía, la voz baja, casi perdida en el ritmo de la música, pero Clara escuchó cada sílaba como si hubiera sido susurrada directamente en su oído.
—Me llamaste —respondió Clara, sorprendida por la firmeza en su propia voz.
Sofía rio, un sonido cálido y ronco que hizo que el estómago de Clara se contrajera—. No te llamé. Te *desafié*. —Inclinó la cabeza, los ojos recorriendo a Clara de arriba abajo, como si la estuviera desnudando mentalmente—. Y aceptaste.
Clara no lo negó. No había cómo negarlo. La tensión entre ellas era palpable, una corriente eléctrica que parecía conectar sus cuerpos incluso a distancia. Dio un paso adelante, luego otro, hasta que sus caderas rozaron levemente el costado de la cabina. El contacto fue mínimo, pero suficiente para enviar un escalofrío por su columna.
—¿Qué quieres que haga ahora? —preguntó Clara, la voz un poco más ronca de lo que pretendía.
Sofía sonrió, satisfecha—. Quédate aquí. —Señaló el espacio a su lado, donde una pequeña plataforma se elevaba junto a los controles—. Y mírame.
Clara vaciló por un segundo, pero luego subió, sintiendo la mirada de Sofía seguir cada movimiento. La DJ se volvió hacia los equipos, los dedos deslizándose sobre los botones con precisión. La música cambió, un ritmo más lento, más sensual, como si estuviera ajustando el compás para combinar con la energía entre ellas. Clara observaba, fascinada, la manera en que Sofía se movía—las caderas balanceándose levemente, los labios entreabiertos mientras murmuraba algo para sí misma, tal vez contando los compases.
Entonces, sin aviso, Sofía extendió la mano y tomó la copa de Clara, llevándola a sus labios. No bebió. Solo rozó los labios contra el cristal, los ojos fijos en los de Clara, antes de devolvérsela. El gesto fue tan íntimo que Clara sintió que todo su cuerpo reaccionaba, el calor concentrándose entre las piernas.
—Estás nerviosa —constató Sofía, no como una pregunta, sino como una afirmación.
—Un poco —admitió Clara.
—¿Por qué?
—Porque yo no hago esto. —Clara hizo un gesto vago entre ellas—. Esto. *A ti*.
Sofía volvió a reír, pero esta vez había algo más suave en su tono—. ¿Y qué es exactamente *esto*?
Clara no respondió de inmediato. En cambio, dejó que su mirada recorriera a Sofía—los hombros al descubierto por el vestido, la curva de los senos, la manera en que sus dedos tamborileaban sobre la consola, como si estuviera impaciente—. Algo que no debería querer —dijo, finalmente.
Sofía dejó de tocar los controles por un instante, los ojos oscuros fijos en Clara—. ¿Y quién dijo que no deberías?
Clara no tenía respuesta para eso. O, si la tenía, no quería decirla en voz alta. En cambio, extendió la mano y tocó levemente la muñeca de Sofía, sintiendo el pulso acelerado bajo la piel—. ¿Sientes esto? —preguntó, la voz casi un susurro.
Sofía no se apartó. En cambio, giró la mano, entrelazando los dedos con los de Clara. El contacto fue breve, pero intenso, como una descarga—. Lo siento —dijo, la voz baja—. ¿Y tú?
Clara no necesitó responder. Su cuerpo ya lo había hecho. La respiración acelerada, la piel erizada, el calor que se extendía bajo el vestido. Sofía sonrió, como si supiera exactamente el efecto que tenía sobre ella.
—Eres hermosa cuando tienes miedo —murmuró, inclinándose un poco más cerca—. Pero quiero verte sin él.
Clara sintió que el corazón se le aceleraba—. ¿Y cómo lo haces?
Sofía no respondió con palabras. En cambio, bajó el volumen de la música, dejándola más alta, más envolvente. Entonces, sin aviso, atrajo a Clara hacia sí, los cuerpos chocando levemente. Clara instintivamente colocó las manos en la cintura de Sofía, sintiendo el calor de ella a través de la tela fina del vestido.
—Baila conmigo —susurró Sofía, los labios casi tocando la oreja de Clara.
No era una petición. Era una orden.
Y Clara, por primera vez esa noche, no pensó en negarse.
El salón giraba a su alrededor como un remolino de luces doradas y risas ahogadas, pero Clara apenas lo percibía. Los pies se movían por instinto, guiados por la presión firme de los dedos de Sofía en su muñeca, un toque que quemaba a través de la piel como una marca. La música seguía latiendo al fondo, ahora más distante, como si el mundo se hubiera reducido a ese pasillo estrecho entre las cortinas de terciopelo y la pared revestida de espejos antiguos. El reflejo de las dos temblaba en las superficies pulidas: Clara, alta y esbelta, el cabello castaño recogido en un moño impecable que comenzaba a deshacerse en las sienes; Sofía, con sus rizos rebeldes escapando de la máscara negra, los labios entreabiertos en una sonrisa que prometía cosas que Clara aún no se atrevía a nombrar.
—Estás temblando —murmuró Sofía, deteniéndose de repente. La espalda de Clara encontró la pared fría, un contraste delicioso con el calor que le subía por el cuello. La DJ se inclinó, tan cerca que Clara podía sentir el perfume dulce y cítrico de su champú mezclado con el olor a sudor y alcohol de la fiesta—. O es el aire acondicionado, o soy yo.
Clara tragó saliva. Las palabras se negaban a salir, atrapadas en la garganta como si tuvieran miedo de ser escuchadas. Pero los ojos, ah, los ojos no mentían. Recorrieron el rostro de Sofía, deteniéndose en la curva de la mandíbula, en el brillo húmedo de los labios pintados de rojo oscuro, en la manera en que la luz de los candelabros se reflejaba en sus iris castaños, haciéndolos parecer hechos de ámbar líquido.
—Tal vez seas tú —admitió, finalmente, la voz poco más que un susurro.
Sofía rio bajito, un sonido ronco que vibró contra la clavícula de Clara—. *¿Tal vez?* —Los dedos, antes solo sujetando la muñeca, se deslizaron ahora hacia la palma de la mano, trazando círculos lentos y deliberados—. Me gusta cuando dudas. Hace que todo sea más… interesante.
Clara sintió que todo su cuerpo reaccionaba a ese toque. Los pezones se endurecieron bajo la tela del vestido, presionando contra el sujetador de encaje como si suplicaran atención. La humedad entre las piernas era una traición silenciosa, algo que no podía controlar, sin importar cuánto lo intentara. Sofía lo notó—por supuesto que lo notó. Los labios se curvaron en una sonrisa satisfecha, los ojos entrecerrados como los de una depredadora que acababa de olfatear a su presa.
—Eres abogada, ¿no? —preguntó, cambiando de tema de repente, como si no estuvieran al borde de algo peligroso—. Debes ser buena leyendo entre líneas.
—Yo… sí —logró decir Clara, la mente aún turbia—. ¿Por qué?
Sofía se acercó más, hasta que sus cuerpos casi se tocaron. El vestido ajustado de Clara rozó contra la tela ligera de la blusa de Sofía, y el contacto fue suficiente para hacer que ambas respiraran hondo—. Porque estoy diciendo una cosa con la boca —susurró, los labios rozando la oreja de Clara—, pero mi cuerpo está diciendo otra.
Clara cerró los ojos por un segundo, intentando concentrarse. Pero era imposible. Cada palabra de Sofía era una caricia, cada sílaba una invitación. Cuando abrió los ojos de nuevo, encontró la mirada de la DJ fija en ella, intensa, hambrienta.
—¿Y qué está diciendo tu cuerpo? —preguntó, la voz temblorosa.
Sofía no respondió de inmediato. En cambio, llevó la mano de Clara hasta su propia cintura, presionándola allí, contra el calor de la piel bajo la tela fina. Clara sintió cómo los músculos se contraían bajo sus dedos, el ritmo acelerado de la respiración de Sofía, y supo, sin sombra de duda, que no era la única afectada.
—Que quiero besarte —dijo Sofía, finalmente, los labios tan cerca que Clara podía sentir el aliento cálido contra su boca—. Pero no aquí. No así.
Clara jadeó—. Entonces… ¿dónde?
Sofía sonrió, una sonrisa lenta y peligrosa, y retrocedió solo lo suficiente para mirar a su alrededor. El rincón donde estaban era discreto, pero no lo bastante. Se oían risas provenientes del salón, el tintineo de copas, el sonido amortiguado de tacones altos contra el mármol. Sofía inclinó la cabeza, como si estuviera evaluando algo, y entonces sus ojos brillaron con una idea.
—Hay una terraza en la parte de atrás —murmuró—. Nadie va allí. Es… más privado.
Clara sintió que el corazón le latía tan fuerte que tuvo la certeza de que Sofía podía oírlo—. ¿Ya has llevado a otras personas allí?
La pregunta se le escapó antes de que pudiera contenerse, y Clara se arrepintió al instante. Pero Sofía no pareció ofendida. De hecho, rio, un sonido bajo e íntimo.
—No —dijo, pasando los dedos por el brazo de Clara, dejando un rastro de fuego en su piel—. Pero siempre quise.
Clara debería decir que no. Debería alejarse, volver a la fiesta, fingir que nada de eso había pasado. Pero la verdad era que no quería. Ya no. Ese fuego inesperado que Sofía había encendido en ella ardía con una intensidad que nunca antes había sentido, y la idea de apagarlo era insoportable.
—Llévame allí —pidió, la voz firme, a pesar del temblor en las manos.
Sofía no necesitó más incentivo. Con un movimiento rápido, entrelazó sus dedos con los de Clara y la arrastró lejos de la pared, guiándola entre los invitados como si fueran dos sombras deslizándose por la noche. Clara apenas notaba las miradas curiosas, los susurros, la música que ahora parecía venir de muy lejos. Lo único que importaba era la presión de los dedos de Sofía en los suyos, el calor que se extendía entre ellas, la promesa de lo que estaba por venir.
La terraza era exactamente como Sofía la había descrito: aislada, iluminada solo por la luz plateada de la luna y las estrellas que punteaban el cielo. Las puertas de cristal se cerraron tras ellas con un clic suave, amortiguando los sonidos de la fiesta y dejándolas solas en un mundo aparte. El aire estaba fresco, pero Clara apenas lo sintió. El calor del cuerpo de Sofía a su lado era más que suficiente para mantenerla caliente.
—¿Ves? —murmuró Sofía, soltando la mano de Clara para apoyarse en la barandilla de hierro—. No hay nadie aquí, solo nosotras.
Clara miró a su alrededor. La terraza era pequeña, rodeada de macetas con plantas exuberantes que creaban una barrera natural de privacidad. La ciudad se extendía bajo ellas, un mar de luces parpadeantes, pero allí arriba era como si estuvieran suspendidas en el tiempo, en un lugar donde las reglas de la fiesta no aplicaban.
—Es hermoso —dijo, la voz suave.
Sofía se giró hacia ella, los ojos brillando en la penumbra—. Tú también.
Clara sintió que el rostro se le calentaba—. No tienes que…
—No es un cumplido vacío —interrumpió Sofía, acercándose de nuevo—. Es un hecho. Eres hermosa, Clara. Y quiero besarte hasta que lo creas.
Las palabras flotaron entre ellas, cargadas de una promesa que hizo estremecer el cuerpo de Clara. Debería retroceder. Debería mantener la distancia, al menos por ahora. Pero la verdad era que ya no quería resistirse. No cuando Sofía estaba allí, tan cerca, tan real, tan *deseable*.
—Entonces hazlo —susurró, sin apartar la mirada.
Sofía no dudó. Con un movimiento fluido, tomó el rostro de Clara entre las manos, los pulgares acariciando sus mejillas con una ternura que contrastaba con la urgencia en sus ojos. Clara cerró los ojos, esperando el beso, pero este no llegó. En cambio, sintió los labios de Sofía rozar su frente, luego la punta de la nariz, la curva de la mandíbula—cada toque ligero como una pluma, pero cargado de una intensidad que la dejaba sin aliento.
—Sofía… —murmuró, impaciente.
—Shh —susurró Sofía, los labios finalmente encontrando los de Clara en un beso suave, casi vacilante—. Quiero saborearte.
Y entonces, como si hubiera esperado ese momento toda la noche, Clara se entregó. Los labios se abrieron bajo los de Sofía, permitiendo que la lengua de la DJ explorara su boca con una lentitud torturante. El sabor a vino y menta invadió sus sentidos, mezclado con el aroma de la piel de Sofía, algo dulce e intoxicante. Clara gimió bajito, las manos subiendo para sujetar la cintura de la DJ, atrayéndola más cerca, como si quisiera fundir sus cuerpos en uno solo.
Sofía respondió con un gemido ronco, las manos deslizándose por el cuello de Clara, por los hombros, bajando por la espalda hasta encontrar la curva de su trasero, apretándolo con una posesividad que hizo que Clara se arqueara contra ella. El beso se volvió más profundo, más urgente, las lenguas entrelazándose en un ritmo que imitaba algo mucho más íntimo. Clara sintió que todo su cuerpo ardía, la humedad entre las piernas volviéndose casi insoportable.
—¿Tienes idea de lo que me haces? —murmuró Sofía contra sus labios, los dedos ahora jugando con el tirante del vestido de Clara, bajándolo levemente—. ¿De cuánto te deseo?
Clara no pudo responder. Las palabras se perdieron en algún lugar entre el deseo y la necesidad, reemplazadas por un gemido cuando los labios de Sofía encontraron su cuello, succionando la piel sensible con una presión que rozaba el dolor, pero que era demasiado deliciosa para detener.
—Por favor —logró decir, la voz quebrada—. Necesito…
—¿Qué? —preguntó Sofía, los dientes rozando la clavícula de Clara—. Dímelo.
Clara vaciló. Nunca había sido así, tan abierta, tan *necesitada*. Pero algo en Sofía la hacía querer entregarse por completo, sin reservas.
—A ti —confesó, finalmente—. Solo a ti.
Sofía sonrió contra su piel, una sonrisa triunfal, y entonces sus manos estaban por todas partes—en los senos de Clara, apretándolos por encima del vestido, en las caderas, atrayéndola más cerca hasta que Clara pudo sentir la dureza de los pezones de Sofía contra los suyos. La fricción era casi insoportable, pero Clara no quería que parara. Nunca.
—Entonces déjame darte lo que quieres —susurró Sofía, la voz ronca de deseo—. Déjame mostrarte lo bueno que es cuando ya no hay miedo.
Clara asintió, sin palabras, y entonces los labios de Sofía volvieron a los suyos, en un beso que era a la vez una promesa y una rendición. Las manos de la DJ se deslizaron hacia abajo, encontrando el dobladillo del vestido de Clara, y entonces—
Un sonido ahogado de risas proveniente del salón las hizo congelarse. Clara abrió los ojos, el corazón acelerado, pero Sofía solo rio bajito, los labios aún cerca de los suyos.
—Tranquila —murmuró—. No pueden vernos.
Pero Clara sabía que no era solo eso. Era el miedo a ser descubiertas, a que alguien las viera allí, escondidas en la oscuridad. Y, sin embargo, había algo excitante en eso también, en la idea de que, en cualquier momento, alguien podría aparecer y verlas juntas, cuerpos entrelazados, labios unidos.
Sofía notó su vacilación y tomó el mentón de Clara, obligándola a mirarla a los ojos.
—¿Confías en mí? —preguntó, la voz suave, pero firme.
Clara respiró hondo. Y entonces, sin pensarlo dos veces, asintió.
—Entonces déjame llevarte a algún lugar donde nadie pueda interrumpirnos —dijo Sofía, los dedos deslizándose por la mano de Clara, entrelazándose con los suyos una vez más—. Porque no quiero compartirte con nadie más esta noche.
Clara sintió un escalofrío recorrerle la columna. La terraza ya no era suficiente. Quería más. Mucho más.
—Llévame —pidió, la voz firme, sin sombra de duda.
Sofía sonrió, una sonrisa que prometía placeres que Clara aún no podía imaginar, y entonces la arrastró de vuelta al interior, dejando atrás la noche, las estrellas y cualquier rastro de vacilación.
El pasillo era estrecho, iluminado solo por pequeñas lámparas doradas que se reflejaban en los espejos de marco antiguo. Sofía caminaba delante, los tacones golpeando levemente contra el mármol, la mano firme arrastrando a Clara tras de sí. El aire estaba cargado con el aroma de perfume caro y cera de vela, mezclado con el sudor discreto de la fiesta que quedaba atrás. Clara sentía el corazón martillearle en el pecho, cada paso resonando como un tambor de anticipación.
—Aquí —murmuró Sofía, deteniéndose frente a una puerta de vidrio esmerilado. La empujó con el hombro, revelando una terraza que parecía suspendida en el tiempo.
La noche las recibió con una brisa fresca, cargada de jazmín y salitre. La luna, casi llena, bañaba el espacio en plata líquida, dibujando sombras largas sobre las piedras del suelo. Había macetas con plantas exóticas, sillas de hierro forjado cubiertas con cojines de terciopelo, y una pequeña fuente en un rincón, cuyo agua murmuraba bajito, como un secreto. El ruido de la fiesta llegaba amortiguado, un zumbido lejano que apenas competía con el silencio íntimo de ese refugio.
Clara respiró hondo, los dedos aún entrelazados con los de Sofía. La abogada, acostumbrada a controlar cada palabra, cada gesto, se sintió extrañamente vulnerable allí, bajo el cielo abierto. Pero la vulnerabilidad tenía un sabor dulce, casi embriagador.
—Nadie viene aquí —dijo Sofía, cerrando la puerta tras ellas—. Es mi escondite favorito.
—¿Traes a mucha gente aquí? —preguntó Clara, antes de poder contenerse.
Sofía rio, un sonido bajo y ronco, y se acercó. El calor de su cuerpo irradiaba incluso a través de la tela fina de los vestidos.
—Solo a quien quiero que vea lo que yo veo —respondió, los ojos oscuros fijos en los de Clara—. Y créeme, no son muchas.
Clara tragó saliva. La tensión entre ellas era palpable, un hilo tenso a punto de romperse. Sofía levantó la mano, los dedos rozando el rostro de Clara, trazando la línea de la mandíbula con una delicadeza que contrastaba con la urgencia que ambas sentían.
—Eres hermosa —susurró—. Pero creo que ya lo sabes.
Clara sintió que el rostro se le calentaba. No estaba acostumbrada a elogios así, tan crudos, tan directos. Pero antes de que pudiera responder, Sofía acortó la distancia entre ellas, los labios encontrando los suyos en un beso suave, casi vacilante.
Fue como si un fósforo se hubiera encendido dentro de ella. Clara cerró los ojos, dejándose llevar por la presión suave de la boca de Sofía, por el sabor a vino tinto y menta que aún persistía allí. Los dedos de Sofía se deslizaron hacia la nuca de Clara, atrayéndola más cerca, profundizando el beso. La lengua de Sofía era cálida, insistente, explorando con una confianza que hizo gemir bajito a Clara contra sus labios.
—Tienes sabor a pecado —murmuró Sofía, apartándose solo lo suficiente para hablar, los labios aún rozando los de Clara—. Y me encanta pecar.
Clara no respondió. No podía. En cambio, atrajo a Sofía de vuelta, besándola con un hambre que sorprendió incluso a sí misma. Las manos de Sofía se deslizaron por su espalda, bajando el cierre del vestido lentamente, mientras los labios descendían por el cuello de Clara, dejando un rastro de fuego en su piel.
—Quiero tocarte —susurró Sofía, los dientes rozando el lóbulo de la oreja de Clara—. ¿Puedo?
Clara asintió, las palabras atrapadas en la garganta. Sofía no esperó más confirmación. Con un movimiento fluido, bajó el vestido de Clara por los hombros, dejándolo caer en un montón a sus pies. Clara quedó allí, de pie solo con la lencería negra de encaje, los pezones ya rígidos bajo la tela fina, la piel erizada por el aire nocturno.
Sofía la observó por un momento, los ojos oscuros recorriendo cada curva, cada detalle. Luego, sin prisa, desabotonó su propia blusa, revelando un sujetador de encaje rojo que apenas contenía sus senos generosos. Clara sintió que la boca se le secaba. Sofía era aún más deslumbrante de lo que había imaginado.
—Eres perfecta —logró decir Clara, la voz ronca.
Sofía sonrió, acercándose de nuevo. Sus manos encontraron la cintura de Clara, atrayéndola cerca, piel contra piel. El contacto fue eléctrico. Clara se arqueó contra Sofía, sintiendo los senos presionados contra los suyos, los pezones rozándose a través del encaje.
—Quiero sentirte —murmuró Sofía, los labios descendiendo por el cuello de Clara, dejando besos húmedos y mordiscos suaves—. Toda tú.
Clara gimió cuando los dedos de Sofía encontraron el cierre del sujetador, abriéndolo con una habilidad que delataba práctica. El aire fresco tocó sus senos, pero fue el calor de la boca de Sofía lo que la hizo jadear. La DJ envolvió un pezón con los labios, succionándolo lentamente, la lengua girando en círculos lentos y torturantes. Clara enredó los dedos en el cabello de Sofía, atrayéndola más cerca, necesitando más.
—Por favor —susurró, la voz quebrada.
Sofía rio bajito, el aliento cálido contra la piel mojada de Clara.
—¿Por favor, qué?
—No pares.
Sofía obedeció. Sus labios descendieron, besando el vientre de Clara, los dedos enganchándose en la tanga de encaje y bajándola. Clara la pateó a un lado, quedando completamente desnuda ante Sofía, bajo la luz de la luna. No había vergüenza, solo deseo, puro y arrollador.
Sofía se arrodilló frente a ella, los ojos oscuros fijos en los de Clara mientras los dedos se deslizaban por sus muslos, abriéndolos lentamente. Clara sintió el aire fresco tocar su intimidad, pero fue el aliento cálido de Sofía lo que la hizo estremecer.
—Eres tan hermosa aquí —murmuró Sofía, los dedos trazando círculos perezosos en la parte interna de los muslos de Clara—. Tan mojada.
Clara no pudo responder. Los dedos de Sofía la exploraban ahora con más audacia, deslizándose entre sus pliegues, encontrando el punto que la hizo arquear la espalda y gemir fuerte. Sofía sonrió, satisfecha, y entonces su boca reemplazó a los dedos, la lengua cálida y húmeda deslizándose sobre Clara en movimientos lentos y deliberados.
—Ah, Dios —gimió Clara, las manos agarrando el cabello de Sofía con fuerza—. Eso… eso es…
—¿Bueno? —preguntó Sofía, apartándose solo lo suficiente para hablar, la lengua aún provocando.
—Perfecto —logró decir Clara, antes de que Sofía volviera a devorarla.
Los gemidos de Clara resonaban en la terraza, mezclándose con el sonido de la fuente y el murmullo lejano de la fiesta. Sofía no tenía prisa, explorando cada centímetro de ella con una paciencia que rozaba la crueldad. Clara se sentía al borde de un precipicio, el cuerpo entero temblando, los músculos tensos mientras Sofía la llevaba cada vez más alto.
—Yo… no aguanto más —susurró Clara, la voz entrecortada.
Sofía levantó los ojos, los labios brillantes, el rostro iluminado por la luna.
—Entonces córrete para mí —ordenó, la voz ronca—. Quiero ver.
Y Clara obedeció. Con un grito ahogado, el orgasmo la atravesó como una ola, dejándola temblorosa, las rodillas débiles. Sofía la sostuvo, besándola de nuevo, dejando que Clara probara su propio sabor en los labios de ella.
—Eres aún más hermosa cuando te corres —murmuró Sofía, los dedos aún jugando entre las piernas de Clara, prolongando el placer.
Clara respiró hondo, intentando recuperar el aliento. Pero entonces sus ojos encontraron los de Sofía, y vio el mismo hambre allí, la misma necesidad urgente. Sin decir una palabra, Clara empujó suavemente a Sofía contra la pared de la terraza, los dedos ya trabajando en el cierre de su falda.
—Ahora es mi turno —susurró Clara, los labios encontrando los de Sofía en un beso voraz.
Sofía gimió cuando las manos de Clara se deslizaron dentro de su tanga, encontrándola tan mojada como ella misma lo había estado. Clara sonrió contra los labios de Sofía, sintiendo el poder de ese momento.
—¿Te gusta esto? —preguntó, los dedos deslizándose lentamente, provocando.
—Sí —gimió Sofía, las caderas moviéndose contra la mano de Clara—. Más.
Clara obedeció, aumentando el ritmo, sintiendo cómo Sofía temblaba bajo su toque. Los gemidos de Sofía eran música para sus oídos, cada suspiro una confirmación de que lo estaba haciendo bien. Cuando Sofía se corrió, fue con un grito ahogado, el cuerpo entero contorsionándose contra el de Clara.
Por un momento, se quedaron allí, abrazadas, los cuerpos sudorosos y saciados, los latidos del corazón volviendo poco a poco a la normalidad. Pero entonces Sofía levantó los ojos, una sonrisa pícara en los labios.
—Esto fue solo el comienzo —murmuró, los dedos trazando círculos perezosos en la espalda de Clara—. Todavía tengo mucho que mostrarte.
Clara sintió un escalofrío recorrerle la columna. Sabía que Sofía tenía razón. Esa noche estaba lejos de terminar.
Y, de repente, la terraza ya no parecía suficiente.
La puerta del cuarto se cerró con un clic suave, amortiguando el latido lejano de la música de la fiesta. El ambiente era un refugio de lujo discreto: paredes revestidas de seda gris, una cama king-size con sábanas de algodón egipcio tan suaves que Clara sintió la textura antes incluso de tocarlas, y una ventana entreabierta que dejaba entrar el brillo plateado de la luna y el murmullo amortiguado de las risas de los invitados abajo. Sofía encendió una lámpara de pie, ajustando la intensidad hasta que la luz se volvió una invitación dorada, lo suficientemente cálida como para derretir cualquier resistencia.
Clara no tuvo tiempo de observar más. Sofía la atrajo del brazo, girándola contra la pared con una urgencia que hizo vibrar todo su cuerpo. Los labios se encontraron de nuevo, pero esta vez no hubo vacilación—solo hambre. La boca de Sofía era exigente, explorando la suya con una mezcla de dulzura y voracidad, mientras sus manos bajaban por su espalda, bajando el cierre del vestido lentamente, mientras los labios descendían por el cuello de Clara, dejando un rastro de fuego en su piel.
—Ni idea tienes de cuánto deseé esto —murmuró Sofía contra su boca, los dientes rozando el labio inferior de Clara antes de mordisquearlo suavemente—. Desde la primera vez que te vi en esa fiesta, parada como una estatua, toda seria, con ese vestido que parecía hecho para que te lo arrancara.
Clara rio, pero el sonido se transformó en un gemido cuando Sofía deslizó la mano bajo la tela de su vestido, los dedos cálidos encontrando la piel desnuda de su muslo.
—Estaba tratando de no mirarte —confesó, la voz ronca—. Pero tú… tú no dejas que nadie no te mire.
Sofía sonrió, una sonrisa lenta y peligrosa, mientras sus dedos subían más alto, trazando círculos perezosos en la parte interna del muslo de Clara.
—¿Y ahora? —preguntó, la voz un susurro seductor—. ¿Aún estás tratando de no mirar?
Clara no respondió con palabras. En cambio, tomó el rostro de Sofía entre las manos y la besó con una intensidad que hizo gemir a la otra mujer contra sus labios. Las manos de Sofía se movieron con más audacia, bajando el cierre del vestido de Clara, dejando que la tela cayera en ondas alrededor de sus pies. Por un momento, se sintió expuesta—no solo físicamente, sino de una manera más profunda, como si cada capa que se quitaba fuera una barrera derrumbándose entre ellas.
Pero entonces Sofía la atrajo hacia la cama, acostándola sobre las sábanas frescas, y cualquier inseguridad se disipó. Los ojos de Sofía recorrieron su cuerpo con una admiración que hizo que Clara se sintiera deseada de una manera que nunca antes había experimentado.
—Eres hermosa —murmuró Sofía, los dedos trazando el contorno de sus senos, bajando por el vientre, deteniéndose justo encima del elástico de su tanga—. Cada centímetro tuyo.
Clara arqueó la espalda cuando Sofía finalmente la tocó donde más lo deseaba, los dedos deslizándose bajo la tela, encontrándola ya mojada, lista. Un gemido escapó de sus labios cuando Sofía comenzó a provocarla, los dedos moviéndose en círculos lentos, explorando cada pliegue con una paciencia que la volvía loca.
—Por favor —susurró Clara, las uñas clavándose en los hombros de Sofía—. No me hagas esperar.
Sofía rio bajito, pero obedeció. Sus dedos se movieron más rápido, más profundo, mientras su boca descendía para capturar un pezón entre los labios, succionándolo con una intensidad que hizo arquear aún más a Clara. El placer era casi insoportable—una ola que crecía dentro de ella, amenazando con tragársela por completo.
—Córrete para mí —ordenó Sofía, la voz ronca, los dedos acelerando aún más—. Quiero sentirte.
Y Clara obedeció. El orgasmo la golpeó como una tormenta, sacudiendo todo su cuerpo, haciéndola gritar el nombre de Sofía mientras se retorcía bajo su toque. Sofía no se detuvo, prolongando el placer hasta que Clara quedó jadeante, los ojos cerrados, el cuerpo entero temblando.
Cuando finalmente abrió los ojos, encontró a Sofía mirándola con una expresión de satisfacción casi felina.
—Ahora es mi turno —murmuró Sofía, quitándose el vestido con un movimiento fluido, revelando un cuerpo esculpido, cubierto solo por una lencería de encaje negro que apenas ocultaba su excitación.
Clara se incorporó, atrayendo a Sofía hacia sí, las manos deslizándose por su espalda, bajando hasta encontrar el cierre del sujetador. Con un movimiento rápido, lo soltó, dejando los senos de Sofía libres para sus labios y sus manos. Sofía gimió cuando Clara comenzó a explorarla, los dedos trazando círculos alrededor de los pezones, la boca siguiendo el mismo camino, succionando, mordisqueando, provocando.
—Eres cruel —susurró Sofía, los dedos enredándose en el cabello de Clara.
—Te gusta —respondió Clara, la voz llena de malicia, antes de descender aún más, los labios trazando un camino húmedo por el vientre de Sofía, deteniéndose solo cuando llegó al elástico de su tanga.
Sofía no necesitó pedirlo. Clara la bajó, revelándola por completo, y entonces su boca estuvo allí, explorando, probando, haciendo gemir y retorcerse a Sofía bajo su toque. Los dedos de Sofía se enredaron en las sábanas mientras Clara la llevaba al límite, su lengua trabajando en movimientos precisos, implacables.
—Sofía… —gimió Sofía, el cuerpo entero temblando—. Voy a…
Y entonces se corrió, el cuerpo arqueándose contra la boca de Clara, los gemidos llenando la habitación mientras el placer la consumía. Clara no se detuvo hasta que Sofía estuvo completamente saciada, los dedos aún dentro de ella, prolongando cada ola de placer.
Cuando finalmente se apartó, Sofía la atrajo hacia arriba, besándola con una pasión que hizo sentir a Clara como si se estuviera derritiendo.
—Eres increíble —murmuró Sofía contra sus labios.
Clara sonrió, sintiendo el cuerpo de Sofía aún temblando contra el suyo.
—Y tú aún no has visto nada.
Sofía rio, pero el sonido se transformó en un gemido cuando Clara la giró de espaldas, presionándola contra las sábanas, los cuerpos encajando perfectamente. Las manos de Clara se deslizaron por las caderas de Sofía, atrayéndola más cerca, mientras sus labios encontraban el cuello de ella, mordisqueando, succionando, dejando marcas que ambas sabían que serían visibles al día siguiente.
—Te quiero de nuevo —susurró Clara, los dedos deslizándose entre las piernas de Sofía, encontrándola aún mojada, lista.
Sofía gimió, las caderas moviéndose contra la mano de Clara.
—Entonces tómame.
Y Clara obedeció. Esta vez no hubo prisa, solo la exploración lenta y deliciosa de dos cuerpos que se conocían cada vez más. Cada toque, cada beso, cada suspiro era una promesa—una promesa de que esa noche no sería la última.
Pero mientras los cuerpos se entrelazaban, los gemidos mezclándose con los sonidos amortiguados de la fiesta afuera, una pregunta flotaba en el aire, silenciosa e inevitable: ¿qué pasaría cuando saliera el sol y las máscaras cayeran?
El primer rayo de sol atravesó las cortinas pesadas de la habitación, pintando franjas doradas sobre la piel aún húmeda de Sofía. Estaba acostada boca abajo, el cabello oscuro esparcido sobre la almohada como tinta derramada, un brazo colgando perezosamente fuera de la cama. Clara, recostada contra el cabezal, observaba el juego de luz sobre su espalda, las marcas rojizas que sus labios habían dejado allí—pequeños mapas de una noche que ninguna de las dos quería olvidar.
El aire olía a sexo y perfume caro, ese aroma cítrico que Sofía usaba y que ahora parecía impregnado en cada centímetro de la habitación. Clara respiró hondo, sintiendo el peso del agotamiento delicioso en los músculos, pero también una inquietud nueva, algo que latía más fuerte que el cansancio. Era el deseo de prolongar ese momento, de no dejar que la mañana robara lo que la noche había construido.
Sofía se movió, girando el rostro hacia ella con una sonrisa lenta, los ojos aún medio cerrados. La luz de la mañana revelaba detalles que la oscuridad había ocultado: las pecas casi imperceptibles en la nariz, la cicatriz fina sobre la ceja izquierda, el modo en que los labios se curvaban naturalmente, como si estuvieran siempre al borde de un secreto.
—Me estás mirando como si fuera un desayuno —murmuró Sofía, la voz ronca por el sueño y por horas de gemidos ahogados.
Clara rio, pasando los dedos por su cabello, enrollando un mechón alrededor del índice.
—Tal vez tengo hambre.
Sofía se apoyó en los codos, la sábana deslizándose hasta la cintura, dejando al descubierto los senos aún marcados por los chupetones que Clara le había dejado. No parecía importarle. De hecho, parecía gustarle la idea de llevar las pruebas de esa noche.
—Entonces cómeme —dijo, acercándose lo suficiente para que Clara sintiera su aliento cálido contra los labios—. Otra vez.
Pero antes de que Clara pudiera responder, el sonido lejano de voces y risas resonó en el pasillo. La fiesta aún no había terminado, o tal vez ya estaba recomenzando con los invitados que habían resistido hasta el amanecer. Sofía suspiró, dejando caer la frente contra el hombro de Clara.
—Mierda. Van a empezar a buscar las habitaciones libres.
Clara pasó la mano por su espalda, sintiendo cómo la piel se erizaba bajo su toque.
—Tenemos tiempo.
Sofía levantó la cabeza, los ojos oscuros brillando con una mezcla de diversión y desafío.
—¿Tiempo para qué? ¿Para retenerme aquí y hacerme olvidar que el mundo existe?
—Exactamente.
Sofía rio, pero entonces se apartó, sentándose en la cama y estirando los brazos por encima de la cabeza. El movimiento hizo que los músculos de su espalda se estiraran, y Clara no resistió: se inclinó y besó la curva de su columna, sintiendo el sabor salado de su piel.
—Eres peligrosa —murmuró Sofía, girándose hacia ella con una sonrisa perezosa—. Pero me gusta.
Clara tomó su rostro entre las manos, besándola lentamente, saboreando el momento. Cuando se apartó, Sofía tenía los labios entreabiertos, los ojos entrecerrados, como si estuviera lista para ser arrastrada de vuelta a la cama.
—Tenemos que irnos de aquí —dijo Clara, pero no hizo ningún movimiento para levantarse.
—Lo sé. —Sofía mordió su labio inferior, como si estuviera considerando ignorar la realidad por unos minutos más—. Pero antes… dame tu teléfono.
Clara arqueó una ceja.
—¿No me vas a dejar escapar tan fácil, eh?
—Nunca.
El tono era ligero, pero había una seriedad detrás de las palabras que hizo acelerar el corazón de Clara. Extendió la mano hacia la mesa de noche, tomó el celular y escribió su número antes de entregárselo a Sofía.
—No me mandes mensaje solo dentro de tres días, ¿eh? —bromeó Clara, aunque la pregunta llevaba un dejo de vulnerabilidad.
Sofía escribió algo en el aparato, y segundos después, el celular de Clara vibró en el bolsillo del vestido, tirado en el suelo junto a la cama. Lo tomó, leyendo el mensaje en la pantalla:
*"Ya te extraño. Y ni siquiera he salido de la cama todavía.""
Clara sonrió, guardando el teléfono en el bolsillo.
—Eso es un golpe bajo.
—Yo juego para ganar —respondió Sofía, levantándose y tomando su tanga descartada en el suelo. Se la puso con una lentitud deliberada, los ojos fijos en Clara mientras la tela se deslizaba por sus muslos—. Y siempre gano.
Clara observó cada movimiento, sintiendo cómo su cuerpo reaccionaba incluso después de horas de placer. Sofía sabía exactamente lo que estaba haciendo—provocando, probando, dejando claro que aquello no era un adiós.
Cuando Sofía terminó de vestirse, Clara hizo lo mismo, tomando el vestido y deslizándolo por su cuerpo. La tela aún estaba arrugada, pero no le importaba. De hecho, le gustaba la idea de llevar las marcas de esa noche.
Sofía se acercó, ajustando el tirante del vestido de Clara con los dedos, los nudillos rozando levemente su hombro.
—Estás hermosa —murmuró—. Incluso después de que te haya destruido.
Clara rio, tomando la muñeca de Sofía y besando la palma de su mano.
—No me destruiste. Solo me mostraste de lo que soy capaz.
Sofía sonrió, esa sonrisa que Clara ya sabía que perseguiría sus pensamientos en los días siguientes.
—Entonces esto es solo el comienzo.
Salieron de la habitación juntas, los dedos entrelazados, como si no quisieran separarse ni por un segundo. El pasillo estaba vacío, pero el sonido de la fiesta aún resonaba abajo, un latido electrónico amortiguado mezclado con risas y conversaciones. Clara sintió una punzada de arrepentimiento por tener que volver a la realidad, pero entonces Sofía apretó su mano, y el sentimiento se disipó.
—¿Te vas ahora? —preguntó Clara, deteniéndose frente a la escalera que llevaba al salón.
Sofía negó con la cabeza.
—Todavía no. Me quedaré hasta el final. —Se inclinó, besando a Clara suavemente en los labios—. Pero te mandaré un mensaje en cuanto llegue a casa.
Clara asintió, sintiendo el sabor de Sofía en su boca.
—¿Lo prometes?
—Lo prometo.
Se miraron por un segundo más, como si estuvieran memorizando los detalles una de la otra. Entonces Sofía soltó su mano y bajó las escaleras, el cuerpo moviéndose con esa confianza natural que Clara tanto admiraba.
Clara se quedó allí un momento, observándola desaparecer entre la multitud. Cuando finalmente se giró para irse, su celular vibró de nuevo. Lo tomó, sonriendo al ver el mensaje:
*"Si no me respondes, apareceré en tu oficina mañana. Y no me iré hasta que me beses de nuevo.""
Clara escribió una respuesta, los dedos temblando levemente:
*"No puedo esperar.""
Y entonces, con el sol ya alto en el cielo y el corazón latiendo más fuerte de lo que debería, salió de la fiesta, sabiendo que esa noche lo había cambiado todo. No era un adiós. Era una invitación.
Y Clara tenía la intención de aceptarla.