Llamaradas en la Penumbra
Por Tonkix

**Llamaradas en la Penumbra**
La terraza se extendía como un sueño suspendido entre el cielo y la ciudad, un escenario de mármol negro y vidrio ahumado donde la noche se refractaba en mil fragmentos dorados. Las paredes, altas y sin adornos, absorbían la luz de las velas dispuestas en candelabros de cristal, haciéndolas titilar como estrellas atrapadas en la tierra. El aire olía a cera derretida, a champán caro y a un perfume floral que se insinuaba entre los invitados—algo entre jazmín y ámbar, lo suficientemente dulce como para dejar un rastro en la memoria.
Clara estaba parada cerca de la ventana, los dedos largos y pálidos envolviendo una copa de cristal que apenas había tocado. El vestido negro, de corte impecable, se moldeaba a su cuerpo como una segunda piel, pero ella parecía incómoda dentro de él, como si la seda fuera una armadura que no le pertenecía. Los cabellos castaños, recogidos en un moño bajo, dejaban al descubierto la nuca delicada, donde un mechón rebelde escapaba, danzando cada vez que giraba el rostro para observar a la multitud. Abogada de un bufete renombrado, acostumbrada a dominar salas de audiencias con su voz calma y precisa, allí era solo una más al margen, observando el espectáculo ajeno.
Al otro lado del salón, Sofía reinaba.
La anfitriona se movía entre los invitados con la gracia de quien nació para ser admirada. Vestía un mono de seda roja, tan vivo como las llamas de las velas, que se deslizaba sobre su cuerpo como agua, delineando curvas que Clara intentaba—y fallaba—no seguir con la mirada. Los cabellos rubios, sueltos en ondas despreocupadas, capturaban la luz con cada movimiento, y el collar de oro, fino como un hilo de luna, descansaba entre sus senos, brillando con cada respiración. Sofía era una artista, pintora de telas que oscilaban entre lo abstracto y lo visceral, y su presencia allí no era menos una obra de arte: calculada, seductora, imposible de ignorar.
—Estás mirando demasiado, *querida*.
La voz llegó desde atrás, baja y divertida. Clara se giró y encontró los ojos de Daniel, un colega de trabajo, que sonreía con ese aire de quien sabe demasiado. Él sostenía un vaso de whisky, los dedos bronceados contrastando con el líquido ámbar.
—No sé de qué hablas —respondió ella, llevando la copa a los labios en un gesto automático. El champán estaba tibio, casi intacto.
Daniel rió, un sonido suave que se perdió en el murmullo de la fiesta.
—Claro que lo sabes. Estás prácticamente *quemando* agujeros en la pobre mujer. —Inclinó la cabeza en dirección a Sofía, que en ese momento reía en voz alta, echando la cabeza hacia atrás mientras un hombre de traje blanco gesticulaba animadamente—. Es hermosa, ¿verdad? Pero cuidado. Sofía no es del tipo que se deja atrapar.
Clara sintió el calor subir por el cuello. No era la primera vez que Daniel hacía insinuaciones sobre su sexualidad, pero nunca con tanta claridad.
—No estoy intentando atrapar a nadie —murmuró, desviando la mirada—. Solo estoy… observando.
—Observando. —Daniel repitió la palabra como si fuera un secreto delicioso—. Qué eufemismo tan interesante.
Antes de que Clara pudiera responder, una mujer de vestido esmeralda se acercó, arrastrando a Daniel del brazo.
—¿Vamos a bailar, *amor*? —ronroneó, lanzando una mirada curiosa a Clara—. ¿O vas a quedarte aquí filosofando sobre la observación?
Daniel le guiñó un ojo a Clara, como si compartieran una broma interna, y se dejó llevar. Clara se quedó sola de nuevo, agradecida por la interrupción, pero ahora más consciente de su propio cuerpo—del peso de la copa en la mano, de la tela del vestido rozando sus muslos, de cómo sus pezones se habían endurecido bajo el sujetador de encaje.
Fue entonces cuando Sofía la miró.
No fue casualidad. No fue una de esas miradas distraídas que se pierden entre la multitud. Fue un *encuentro*, deliberado, como si Sofía hubiera sentido el peso de la atención de Clara y decidido responder. Los ojos verdes, intensos como esmeraldas bajo la luz de las velas, se clavaron en los suyos, y por un segundo el mundo pareció contener solo a las dos. Clara sintió el aire quedarse atrapado en sus pulmones. Sofía sonrió—una sonrisa lenta, conocedora, como si supiera exactamente el efecto que causaba.
Y entonces, como si nada hubiera pasado, Sofía se volvió hacia el grupo que la rodeaba, dejando a Clara con la sensación de haber sido tocada.
La fiesta continuó. Risas, música, el tintineo de las copas. Clara intentó concentrarse en otra cosa—en los cuadros abstractos colgados en las paredes, en las esculturas de bronce que parecían danzar bajo la luz dorada, en cómo el viento nocturno hacía ondear las cortinas de seda como agua. Pero sus ojos insistían en volver a Sofía. Cada vez que lo hacían, la encontraban mirándola de vuelta.
Era enloquecedor.
En cierto momento, Sofía se desprendió del grupo y caminó hacia la terraza. Clara siguió su movimiento, hipnotizada. Cuando Sofía desapareció entre las puertas de vidrio, algo dentro de ella—algo que había reprimido durante años—despertó. No era solo curiosidad. No era solo deseo. Era *necesidad*.
Y entonces, como guiada por un hilo invisible, Clara la siguió.
La terraza era más pequeña de lo que había imaginado, un rincón íntimo con vista a la ciudad iluminada. Sofía estaba de espaldas, los codos apoyados en la barandilla de hierro forjado, el viento jugando con los mechones de su cabello. El aroma a jazmín era más fuerte allí, mezclado con el fresco perfume de la noche.
—Has venido —dijo Sofía, sin girarse.
Clara dudó. La voz de Sofía era más grave de lo que esperaba, con un timbre ronco que hizo que su piel se erizara.
—¿Cómo sabes que era yo?
Sofía finalmente se giró. La sonrisa que le dirigió era diferente a la que mostraba a los invitados. Menos performática. Más peligrosa.
—Porque estaba esperando.
El corazón de Clara latió tan fuerte que tuvo la certeza de que Sofía podía escucharlo. Las palabras le fallaron. Todo lo que pudo hacer fue sostener la mirada de la otra, sintiendo el peso de esa confesión flotar entre ellas como una promesa.
Y entonces, desde el salón, la música cambió. Una melodía lenta, sensual, invadió el espacio, y Sofía extendió la mano.
—¿Bailamos?
Clara miró la mano ofrecida—los dedos largos, las uñas pintadas de rojo oscuro, el anillo de plata en el índice. No era una invitación. Era un desafío.
Y, por primera vez esa noche, no pensó en retroceder.
La mano de Sofía aún flotaba en el aire entre ellas, la invitación pendiendo como un hilo de seda estirado hasta casi romperse. Clara respiró hondo, sintiendo el peso de la decisión incluso antes de mover el cuerpo. El salón detrás de ellas era un remolino de risas ahogadas y telas que se rozaban unas con otras, pero allí, en la penumbra de la terraza, el mundo parecía haberse encogido hasta caber solo en las dos. Levantó la mano lentamente, como si el gesto pudiera romper el hechizo, y sus dedos rozaron los de Sofía.
Un escalofrío le recorrió el brazo. La piel de la otra estaba caliente, casi febril, y Clara se preguntó si así era como ardía el primer contacto—no con fuego, sino con algo que se extendía bajo la piel, lento e inexorable. Sofía cerró los dedos alrededor de los suyos, firme pero sin prisa, y la atrajo hacia adentro con un movimiento fluido, como si ya estuvieran bailando antes incluso de que sonara la música.
El salón estaba más denso ahora, el aire cargado de perfume caro y el sudor dulce de cuerpos que se movían juntos. Las luces indirectas pintaban todo en tonos ámbar y rubí, transformando a los invitados en siluetas ondulantes, sombras que se fundían y separaban al ritmo de la melodía. Clara sintió la mirada de Sofía sobre ella incluso antes de verla—una presencia casi táctil, como si dedos invisibles recorrieran su espalda, sus hombros, la curva del cuello. Cuando finalmente se giró, encontró esos ojos oscuros fijos en ella, una sonrisa jugando en sus labios.
—Bailas como si tuvieras miedo de pisar a alguien —murmuró Sofía, inclinándose para que sus palabras no se perdieran en la música. Su aliento olía a champán y a algo más, algo cítrico y cálido, como bergamota quemada.
Clara sintió el rostro arder. No era cierto—ella no bailaba mal, solo con cuidado, como hacía con todo en la vida. Pero la forma en que Sofía la observaba, como si pudiera desmontarla pieza por pieza solo con la mirada, la hacía consciente de cada movimiento, de cada respiración.
—Y tú bailas como si supieras que todos te están mirando —respondió, sorprendida por su propia audacia.
Sofía rió, un sonido bajo y vibrante que hizo que Clara se preguntara si así sonaba el placer—. Quizá porque lo hacen. —Giró lentamente, las caderas siguiendo el ritmo de la música, y por un instante Clara perdió el hilo de la conversación, hipnotizada por la forma en que el vestido negro se moldeaba al cuerpo de Sofía, por la manera en que la luz acariciaba la curva de su hombro desnudo—. Pero tú, Clara… —Sofía se acercó de nuevo, la voz bajando a un susurro—. Tú bailas como si no quisieras que nadie te viera.
Clara tragó saliva. No era eso. O quizá lo era, en parte. No estaba acostumbrada a ser el centro de atención, mucho menos de alguien como Sofía—alguien que parecía salida de un cuadro, con esos labios rojos y esa manera de saber exactamente el efecto que causaba. Pero antes de que pudiera responder, Sofía se alejó, dejando un vacío repentino en el espacio entre ellas.
—Espera aquí —dijo, y desapareció entre la multitud.
Clara se quedó quieta, sintiéndose extrañamente expuesta sin la presencia de la otra. Los invitados a su alrededor bailaban, conversaban, reían, pero ninguno parecía notar su existencia. Era como si, sin Sofía, se hubiera vuelto invisible. O quizá era lo contrario—quizá era Sofía quien la hacía visible, quien la sacaba de la penumbra en la que solía esconderse.
Los minutos se alargaron. Clara observó las manos de los demás, las copas que entrechocaban, las sonrisas intercambiadas como monedas. Entonces, de repente, Sofía estaba de vuelta, sosteniendo dos copas de champán. El líquido dorado brillaba bajo la luz de las velas, y Clara notó cómo los dedos de Sofía envolvían el cristal con una familiaridad casi íntima.
—Para ti —dijo Sofía, ofreciéndole una de las copas—. El champán aquí es francés. Pero no le digas a nadie que te lo dije.
Clara aceptó la bebida, los dedos rozando los de Sofía un segundo más de lo necesario—. ¿Y por qué no?
—Porque la mitad de la gente en esta fiesta pagaría una fortuna solo por decir que tomó lo mismo que yo. —Sofía llevó la copa a los labios, pero no bebió. En cambio, mantuvo la mirada fija en Clara por encima del borde—. Y la otra mitad pagaría por saber lo que realmente pienso de ellas.
Clara rió, sorprendida por la facilidad con que Sofía la hacía olvidar su propia timidez—. ¿Y qué piensas de ellas?
—Que son predecibles. —Sofía finalmente tomó un sorbo, dejando una marca roja en el cristal—. Pero tú… —Inclinó la cabeza, como si evaluara una obra de arte—. Tú eres un misterio.
—No lo soy —protestó Clara, aunque las palabras sonaron débiles incluso para ella.
—Ah, sí lo eres. —Sofía se acercó, tan cerca que Clara podía sentir el calor de su cuerpo a través de la tela fina del vestido—. Miras a la gente como si intentaras descifrarla. Como si cada una fuera un caso por resolver.
Clara sintió el corazón acelerarse. Era cierto, en parte. Pasaba los días analizando contratos, pruebas, argumentos—diseccionando palabras hasta encontrar la verdad escondida entre ellas. Pero nunca había pensado que alguien pudiera hacer lo mismo con ella.
—¿Y qué has descubierto de mí? —preguntó, desafiándola.
Sofía sonrió, lenta y peligrosa—. Que te gusta observar. Que prefieres quedarte en los bordes, donde nadie puede tocarte. —Levantó la mano, como si fuera a tocar el rostro de Clara, pero se detuvo en el aire, los dedos flotando a centímetros de su piel—. Pero que, a veces, cuando crees que nadie te ve… dejas escapar lo que realmente quieres.
Clara contuvo la respiración. No era posible. Sofía no podía saberlo. Nadie lo sabía. Siempre había sido cuidadosa, siempre había mantenido las apariencias, los límites, las reglas. Pero allí, bajo esa mirada que parecía ver a través de ella, se sentía desnuda.
—¿Y qué es lo que quiero? —murmuró, casi sin voz.
Sofía no respondió de inmediato. En cambio, se inclinó hacia adelante, tan cerca que Clara sintió su aliento cálido contra la oreja.
—Quieres que alguien te saque de ahí —susurró—. Que te arrastre al centro de la pista. Que te haga olvidar todas las razones por las que crees que no deberías.
Clara cerró los ojos por un instante, sintiendo todo su cuerpo reaccionar a esas palabras. Cuando los abrió de nuevo, Sofía se estaba alejando, pero la sonrisa en sus labios decía que sabía exactamente el efecto que había causado.
—Bebe —dijo, señalando la copa de Clara—. Antes de que se enfríe.
Clara obedeció, más por necesidad de hacer algo con las manos que por sed. El champán estaba helado, con burbujas que estallaban contra el paladar, pero el calor que se extendía por su cuerpo no tenía nada que ver con la bebida. Sofía la observaba, los ojos oscuros brillando con una satisfacción casi felina.
—¿Mejor? —preguntó.
Clara asintió, aunque no estaba segura de qué estaba respondiendo. ¿Mejor? Sí. ¿Más segura? De ninguna manera.
—Eres peligrosa —dejó escapar, antes de poder contenerse.
Sofía rió, un sonido bajo y ronco que hizo que Clara se preguntara cómo sería escucharlo en otros contextos—más íntimos, más urgentes—. Solo para quien tiene miedo de quemarse.
Y entonces, como si hubiera ensayado el movimiento, Sofía levantó la mano y pasó el pulgar por el labio inferior de Clara, lenta y deliberadamente. El contacto fue breve, casi casto, pero Clara sintió como si una corriente eléctrica hubiera recorrido todo su cuerpo.
—Tienes el labial corrido —murmuró Sofía, pero sus ojos decían otra cosa. Decían *quiero probarte*.
Clara no pudo responder. La música parecía más alta de repente, los cuerpos a su alrededor más cercanos, el aire más denso. Sofía aún la observaba, esperando, como si supiera que Clara estaba al borde de algo—de un precipicio, de una decisión.
Y entonces, del otro lado del salón, alguien llamó a Sofía por su nombre. Una mujer de vestido plateado saludaba, la sonrisa demasiado amplia, los ojos demasiado curiosos.
Sofía dudó por un instante, como si estuviera a punto de ignorar el llamado. Pero entonces suspiró, casi imperceptiblemente, y retrocedió un paso.
—Tengo que ir —dijo, pero su mano encontró la de Clara una vez más, apretándola suavemente—. No desaparezcas.
Clara observó mientras Sofía se alejaba, el vestido negro ondeando alrededor de sus piernas como una segunda piel. La mujer de vestido plateado la envolvió en un abrazo, riendo por algo que dijo, pero Sofía no apartó los ojos de Clara. No hasta que la multitud las separó para siempre.
Y entonces, sola de nuevo, Clara llevó los dedos a los labios, donde el toque de Sofía aún ardía.
La noche estaba lejos de terminar.
La música latía baja, un ritmo que parecía brotar del suelo y enroscarse en las piernas, en las caderas, como una serpiente lenta e hipnótica. Era algo entre el jazz y lo electrónico, un compás que no pedía pasos definidos, sino entrega—cuerpos que se dejaban llevar, que se acercaban hasta que la distancia entre ellos se volviera solo un recuerdo. Clara sintió el calor incluso antes de verla llegar. Un hormigueo en la nuca, un escalofrío que le recorrió la espalda, como si el propio ambiente se hubiera espesado a su alrededor.
Sofía emergió entre la multitud como si saliera de una niebla, los ojos oscuros brillando bajo la luz ámbar de las velas. No dijo nada. Solo extendió la mano, los dedos largos y elegantes, la palma ligeramente húmeda—o quizá era impresión de Clara, que ya sentía el sudor brotar entre los senos, en la espalda, en la curva de la cintura donde el vestido de seda se pegaba a la piel. Cuando sus dedos se tocaron, fue como si una corriente eléctrica le recorriera el brazo a Clara, directo al vientre. Dudó por un segundo, pero la sonrisa de Sofía era una invitación imposible de rechazar.
—¿Bailas? —La voz de Sofía era baja, casi tragada por la música, pero Clara escuchó cada sílaba como si fueran palabras susurradas contra su boca.
Asintió, porque las palabras parecían haberse disuelto en su garganta. Sofía la atrajo con suavidad, guiándola hacia el centro de la pista, donde los cuerpos se movían en un enredo de sombras y luces doradas. No había coreografía, solo instinto. Las caderas de Sofía se acoplaron a las de Clara como si hubieran sido hechas para eso, y de repente ya no había espacio entre ellas. La tela del vestido negro de Sofía rozaba el de Clara, un roce suave que hacía que la piel le cosquilleara.
Clara cerró los ojos por un instante, dejándose llevar. La mano de Sofía se deslizó por su espalda, bajando despacio, hasta encontrar la curva de la cintura. Los dedos presionaron levemente, como si probaran, como si preguntaran: *¿hasta dónde vas a llegar?* Clara se arqueó involuntariamente, sintiendo el calor de la palma de Sofía quemar a través de la tela fina. Cuando abrió los ojos, encontró la mirada de la otra—intensa, hambrienta, como si pudiera devorarla allí mismo, en medio de esa multitud.
—Estás temblando —murmuró Sofía, la boca tan cerca del oído de Clara que sintió el aliento cálido, húmedo, contra la piel sensible.
—No es cierto —mintió Clara, pero su voz salió temblorosa, delatándola.
Sofía rió bajito, un sonido que vibró en el pecho de Clara, resonando en algún lugar profundo dentro de ella.
—Mentirosa.
La música cambió. Algo más lento, más grave, con un bajo que parecía latir al ritmo del corazón de Clara. Sofía la atrajo más cerca, hasta que sus cuerpos estuvieron pegados, hasta que Clara pudo sentir cada curva, cada respiración irregular. Los senos de Sofía presionaban los suyos, suaves y firmes al mismo tiempo, y Clara tuvo que morderse el labio para no gemir. No aquí. No todavía.
—Sabes —susurró Sofía, los labios rozando la oreja de Clara—, pasé toda la noche imaginando cómo sería tocarte.
Clara sintió el rostro arder. Las palabras eran simples, pero la forma en que Sofía las dijo, con esa voz ronca, cargada de promesas, hizo que su estómago se contrajera.
—¿Y? —logró preguntar, apenas reconociendo su propia voz.
—Todavía no me decido. —Los dedos de Sofía se deslizaron por el costado del cuerpo de Clara, trazando un camino lento, deliberado, hasta la curva de la cadera—. Quizá necesite más… *material* para evaluar.
Clara tragó saliva. El calor entre sus piernas era casi insoportable, un latido constante que pedía alivio. Sabía que debería retroceder, que debería mantener algún control, pero su cuerpo no obedecía. En cambio, sus caderas se movieron por cuenta propia, buscando el contacto, buscando más.
A Sofía le gustó eso.
—Eso me gustó.
Su mano subió entonces, deslizándose por la espalda de Clara, hasta encontrar la nuca. Los dedos se enredaron en los cabellos cortos, tirando levemente, obligando a Clara a inclinar la cabeza hacia atrás. Los labios de Sofía rozaron su cuello, cálidos, húmedos, dejando un rastro de besos que bajaban despacio, como si saborearan cada centímetro de piel.
—Hueles a jazmín —murmuró Sofía contra su clavícula—. Y a algo más… dulce.
Clara no pudo responder. Su respiración estaba acelerada, los pezones duros bajo el vestido, pidiendo ser tocados. Cuando Sofía finalmente levantó la cabeza, sus ojos estaban oscuros, casi negros, y Clara supo que no había vuelta atrás.
—¿Vamos a algún lugar más… *privado*? —La pregunta fue hecha con una sonrisa, pero Clara sintió el peso detrás de ella. Una elección. Una puerta abriéndose.
No dudó.
—Sí.
Sofía no soltó su mano. En cambio, entrelazó los dedos con los de Clara, atrayéndola fuera de la pista de baile, entre los cuerpos que se movían como sombras. Clara sintió miradas sobre ellas—algunas curiosas, otras envidiosas—, pero no le importó. Todo lo que importaba era la presión de los dedos de Sofía contra los suyos, el calor que se extendía por su cuerpo, la promesa de lo que estaba por venir.
Atravesaron la multitud, pasando junto a grupos que reían en voz alta, junto a parejas que se besaban sin pudor, hasta llegar a una puerta de vidrio que daba a una terraza. El aire afuera era fresco, pero Clara apenas lo sintió. Su cuerpo estaba en llamas.
Sofía cerró la puerta tras ellas, aislándolas del ruido, de la música, del mundo. La terraza era pequeña, casi íntima, con un sofá bajo y cojines esparcidos por el suelo. La luz de la luna se filtraba a través de las cortinas ligeras, bañando todo en un brillo plateado.
Clara se giró hacia Sofía, pero antes de que pudiera decir algo, la otra mujer la empujó suavemente contra la pared. No fue un movimiento brusco, pero sí lo suficientemente firme como para dejar claro quién estaba al mando.
—Quiero probarte —dijo Sofía, la voz ronca, los labios tan cerca de los de Clara que podía sentir el sabor del champán en su aliento—. Cada parte de ti.
Clara no pudo responder. Tenía la boca seca, el corazón latiendo tan fuerte que estaba segura de que Sofía podía escucharlo. Cuando los labios de Sofía finalmente encontraron los suyos, fue como si se rompiera un dique. El beso comenzó vacilante, casi tímido, pero pronto se convirtió en algo voraz, hambriento. Las lenguas se enredaron, los dientes rozaron, y Clara sintió las manos de Sofía levantarle el vestido, los dedos deslizándose por el muslo, subiendo, subiendo…
—Sofía —gimió contra la boca de la otra, el nombre escapando como una súplica.
—Shhh —susurró Sofía, mordisqueando el labio inferior de Clara—. Todavía no.
Y entonces, antes de que Clara pudiera protestar, Sofía se arrodilló frente a ella.
La terraza era un refugio de penumbra y aire fresco, cortado solo por el brillo difuso de las luces de la ciudad que se colaban entre las cortinas de voil. El espacio, estrecho e íntimo, parecía haber sido esculpido para momentos como ese—un rincón donde la noche podía ser tocada, donde el mundo de afuera dejaba de existir. Sofía guió a Clara por los hombros, los dedos firmes pero gentiles, hasta que su espalda encontró la barandilla de mármol frío. El contraste entre el calor de la piel de Clara y la superficie helada le provocó un escalofrío que le recorrió la espalda, pero no tuvo tiempo de pensar en ello. Los labios de Sofía ya estaban sobre los suyos de nuevo, ahora más urgentes, como si el beso en la fiesta hubiera sido solo un preludio de lo que vendría.
Clara sintió el peso del cuerpo de Sofía contra el suyo, la presión de los senos moldeándose a los suyos, la cadera encajando en el espacio entre sus muslos. Las manos de Sofía se deslizaron por su espalda, atrayéndola más cerca, mientras los dedos de Clara, antes vacilantes, ahora se enredaban en los cabellos sueltos de la otra, tirando levemente, como si quisiera probar que también podía tomar el control. El gemido bajo que escapó de la garganta de Sofía fue suficiente para hacer que Clara perdiera el poco control que le quedaba.
—Eres tan… —murmuró Sofía contra sus labios, la voz quebrada por la respiración entrecortada—. Tan *receptiva*.
Clara no respondió con palabras. En cambio, mordió el labio inferior de Sofía, tirando de él lentamente entre los dientes, sintiendo el sabor salado de su piel mezclado con el perfume dulce que emanaba de ella. Sofía gimió, un sonido gutural que vibró contra la boca de Clara, y sus manos bajaron hasta el dobladillo del vestido, levantándolo con una lentitud torturante. La tela subió por los muslos, revelando la piel erizada, los músculos tensos bajo el toque exploratorio de los dedos de Sofía.
—¿Te gusta que te toquen así? —preguntó Sofía, los labios rozando la oreja de Clara mientras sus dedos trazaban círculos perezosos en la parte interna del muslo—. ¿O prefieres que sea más fuerte?
Clara tragó saliva. Las palabras le fallaron, pero su cuerpo respondió por ella: las piernas se abrieron un poco más, las caderas se inclinaron hacia adelante, buscando el contacto. Sofía rió bajito, un sonido lleno de promesas, y entonces su mano subió, deslizándose por debajo del encaje de la braguita. Clara arqueó la espalda contra la barandilla, los dedos clavándose en los hombros de Sofía, mientras un gemido escapaba de sus labios entreabiertos.
—*Joder* —susurró Sofía, los dedos encontrando la humedad que ya escurría entre las piernas de Clara—. Estás *empapada*.
Clara sintió el rostro arder, pero no había vergüenza, solo un deseo crudo que la consumía. Tiró de Sofía para acercarla, los labios pegados a los suyos en un beso hambriento, mientras las manos de la otra trabajaban con una precisión enloquecedora. Cada movimiento de los dedos—ora lentos, ora rápidos—era una tortura deliciosa, una danza que la hacía temblar y gemir contra la boca de Sofía.
—Quiero… —comenzó Clara, pero las palabras murieron en su garganta cuando Sofía introdujo dos dedos dentro de ella, despacio, sintiendo cada centímetro ser llenado. El placer era tan intenso que casi perdió el equilibrio, pero Sofía la sostuvo firme, la mano libre envolviendo su cintura mientras la otra continuaba con el ritmo implacable.
—¿Qué quieres? —provocó Sofía, los labios rozando el cuello de Clara, los dientes mordisqueando la piel sensible justo debajo de la oreja—. Dímelo.
Clara intentó concentrarse, pero era difícil formar pensamientos coherentes con los dedos de Sofía dentro de ella, moviéndose en un ritmo que le hacía ver estrellas. Se aferró a los cabellos de Sofía con más fuerza, atrayéndola para un beso desesperado, mientras sus caderas se movían al compás de los dedos que la penetraban.
—Quiero… —intentó de nuevo, la voz temblorosa—. Quiero que no pares.
Sofía rió, un sonido bajo y satisfecho, y entonces sus dedos aceleraron, curvándose levemente, encontrando ese punto que hizo que Clara arqueara la espalda y soltara un gemido alto, casi un grito. El sonido resonó en la terraza, mezclándose con el ruido lejano de la ciudad, y Sofía cubrió su boca con la suya, tragándose los sonidos de placer mientras continuaba moviéndola hacia el límite.
—Eso —susurró Sofía, la voz ronca—. Córrete para mí.
Y Clara obedeció. El orgasmo la golpeó como una ola, haciendo que su cuerpo temblara violentamente mientras los dedos de Sofía la mantenían en su lugar, prolongando cada espasmo, cada temblor. Se aferró a Sofía como si fuera lo único que la mantenía en pie, los labios pegados a los suyos, los gemidos ahogados contra su boca.
Cuando finalmente bajó del clímax, Clara estaba jadeante, el cuerpo laxo en los brazos de Sofía. Pero antes de que pudiera recuperar el aliento, Sofía la giró bruscamente, presionándola contra la barandilla, las manos ahora en sus caderas, atrayéndola hacia atrás hasta que sus nalgas se acoplaron contra su cuerpo.
—Mi turno —murmuró Sofía, los labios rozando la nuca de Clara mientras sus manos se deslizaban por el vestido, ahora arrugado y levantado hasta la cintura.
Clara sintió los dedos de Sofía explorar su piel, bajando por la curva de la espalda, por las nalgas, hasta encontrar el elástico de la braguita. Con un movimiento rápido, Sofía la bajó, dejándola caer a sus pies. Clara no tuvo tiempo de reaccionar—los dedos de Sofía ya estaban entre sus piernas de nuevo, esta vez por detrás, explorándola con una intimidad que la hizo gemir en voz alta.
—Eres *hermosa* así —susurró Sofía, los labios rozando la oreja de Clara mientras sus dedos trabajaban en un ritmo implacable—. Toda mojada, toda mía.
Clara no pudo responder. Su cuerpo estaba en llamas, cada toque de Sofía enviando nuevas oleadas de placer a través de ella. Se apoyó en la barandilla, los dedos aferrándose al mármol frío, mientras Sofía la penetraba con los dedos, la otra mano envolviendo su seno por encima del vestido, apretándolo con fuerza.
—Sofía… —gimió, el nombre escapando como una súplica.
—¿Qué? —provocó Sofía, los dedos acelerando—. ¿Quieres más?
Clara asintió, incapaz de hablar, y Sofía rió bajito antes de atraerla hacia atrás, presionándola contra su propio cuerpo. Clara sintió la dureza de los pezones de Sofía a través de la tela fina del vestido, sintió el calor entre sus piernas, y supo que no era la única afectada.
—Quiero sentirte —logró decir Clara, la voz ronca—. Toda.
Sofía no respondió con palabras. En cambio, giró a Clara de nuevo, empujándola suavemente contra la pared junto a la puerta de la terraza. Sus labios encontraron los de Clara en un beso voraz, mientras sus manos bajaban hasta el dobladillo de su propio vestido, levantándolo con un movimiento rápido. Clara sintió la tela deslizarse hacia arriba, revelando las piernas largas de Sofía, la curva de sus caderas, y entonces—*joder*—la ausencia de bragas.
—Tú… —comenzó Clara, pero las palabras murieron cuando Sofía tomó su mano y la guió entre sus piernas.
—Tócame —ordenó Sofía, la voz un susurro ronco.
Clara no dudó. Sus dedos encontraron la humedad cálida, deslizándose con facilidad, explorando cada pliegue, cada centímetro sensible. Sofía gimió contra su boca, las caderas moviéndose al compás de los dedos de Clara, y entonces, de repente, agarró la muñeca de Clara, deteniendo sus movimientos.
—Espera —dijo Sofía, la respiración entrecortada—. Quiero más.
Antes de que Clara pudiera preguntar qué quería decir, Sofía se arrodilló frente a ella, los labios rozando la parte interna del muslo, subiendo, subiendo… Clara sintió el aliento cálido contra su piel, y entonces—*Dios*—la lengua de Sofía encontró su clítoris, lamiéndolo con una lentitud deliberada.
—*Joder* —gimió Clara, las manos enredándose en los cabellos de Sofía, atrayéndola más cerca.
Sofía no se hizo de rogar. Su lengua trabajaba con una precisión enloquecedora, alternando entre movimientos circulares y chupadas leves, mientras sus dedos la penetraban de nuevo, moviéndose en un ritmo que hacía que Clara viera estrellas. El placer era tan intenso que apenas podía mantenerse en pie, las rodillas temblando, el cuerpo entero tenso mientras se acercaba a otro orgasmo.
—Sofía… voy a… —logró decir, la voz quebrada.
Sofía no se detuvo. En cambio, aceleró los movimientos, la lengua y los dedos trabajando en perfecta armonía, hasta que Clara no aguantó más. El segundo orgasmo la golpeó con fuerza, haciendo que su cuerpo temblara violentamente mientras se aferraba a los cabellos de Sofía, los gemidos resonando en la terraza.
Cuando finalmente bajó del clímax, Clara estaba exhausta, el cuerpo laxo contra la pared. Sofía se levantó lentamente, los labios brillantes, los ojos oscuros de deseo.
—Todavía no hemos terminado —murmuró, los labios rozando los de Clara en un beso suave.
Clara sintió el sabor de sí misma en la boca de Sofía, y el deseo que ya había sido saciado regresó con fuerza total. Agarró el rostro de Sofía, atrayéndola para un beso profundo, mientras sus manos bajaban hasta el dobladillo del vestido de la otra, levantándolo con urgencia.
—Te quiero —susurró Clara contra sus labios—. Ahora.
Sofía sonrió, una sonrisa llena de promesas, y entonces tomó la mano de Clara, guiándola hacia el interior de la cobertura.
—Entonces vamos a algún lugar más cómodo.
La puerta del cuarto de huéspedes se cerró tras ellas con un clic suave, el sonido ahogado por el ritmo acelerado de sus respiraciones. El ambiente era un refugio de penumbra dorada, iluminado solo por la luz difusa que se filtraba por las cortinas entreabiertas, tiñendo las paredes de tonos ámbar y ocre. Sofía no soltó la mano de Clara, guiándola hasta el centro de la habitación con pasos lentos, deliberados, como si cada movimiento fuera parte de una danza ya ensayada. El colchón suave cedió bajo el peso de sus rodillas cuando se arrodillaron frente a frente, los cuerpos tan cerca que Clara podía sentir el calor emanando de la piel de Sofía, mezclado con el aroma dulce del champán y el perfume cítrico que parecía adherirse a ella como una segunda piel.
—Eres hermosa —murmuró Sofía, los dedos trazando el contorno de la mandíbula de Clara con una delicadeza que contrastaba con la urgencia de minutos antes—. Pero quiero verte más.
Clara tembló cuando las manos de Sofía se deslizaron hacia los pequeños botones del vestido, los dedos ágiles trabajando con una lentitud torturante. Cada toque enviaba chispas por su piel, como si los botones fueran interruptores de un circuito eléctrico que solo Sofía sabía activar. La tela de seda se deslizó de los hombros de Clara, revelando primero la curva suave de sus clavículas, luego el valle entre sus senos, aún cubiertos por el sujetador de encaje negro. Sofía no apresuró el proceso. En cambio, se inclinó para depositar un beso húmedo en el punto donde el cuello de Clara latía, la lengua trazando un camino lento hasta la oreja.
—¿Te gusta que te admiren? —preguntó, la voz ronca, mientras los dedos enganchaban las tiras del vestido, bajándolas con un movimiento fluido.
Clara no respondió. No podía. Tenía la garganta seca, el aire atrapado en los pulmones mientras el vestido caía en un susurro de seda a sus pies, dejándola solo con el encaje y la vulnerabilidad de estar casi desnuda frente a alguien que la miraba como si quisiera devorarla. Sofía retrocedió un paso, los ojos recorriendo cada centímetro de piel expuesta, como si memorizara cada peca, cada curva, cada temblor involuntario. El silencio entre ellas era denso, cargado de expectativa, hasta que Sofía extendió la mano y rozó los nudillos sobre el pezón de Clara, ya duro bajo la tela fina del sujetador.
—Responde —insistió, la voz baja, casi una orden.
—Sí —logró articular Clara, la palabra saliendo como un suspiro—. Me gusta.
Sofía sonrió, satisfecha, y entonces sus manos estuvieron sobre Clara de nuevo, esta vez atrayéndola más cerca, hasta que sus cuerpos se pegaron por completo. El contraste entre el encaje y la piel desnuda era intoxicante, y Clara gimió cuando Sofía apretó sus caderas, los dedos clavándose en la carne como si quisiera marcarla. La boca de Sofía encontró la suya en un beso hambriento, la lengua invadiendo con una urgencia que dejaba claro que la paciencia tenía límites. Clara respondió con la misma intensidad, las manos deslizándose por la espalda de Sofía, sintiendo la musculatura tensa bajo el vestido ajustado, los botones presionando contra su palma.
—Quítatelo —pidió Clara entre besos, tirando de la tela del vestido de Sofía con una impaciencia que la sorprendió—. Quiero sentirte.
Sofía no dudó. Se apartó lo suficiente para sacarse el vestido por la cabeza, arrojándolo al suelo sin ceremonia. Debajo, llevaba solo una braguita de encaje negro, tan fina que Clara podía ver el contorno oscuro del vello púbico. La visión la dejó sin aliento. Sofía era aún más hermosa de lo que había imaginado—los senos firmes, los pezones rosados y duros, el vientre ligeramente definido, los muslos fuertes. Clara extendió la mano, vacilante, pero Sofía la atrajo de vuelta, guiando sus dedos hacia sus propios senos.
—Tócame —ordenó, la voz ronca—. Como quieras.
Clara obedeció. Primero, con la punta de los dedos, trazando círculos lentos alrededor de los pezones, sintiéndolos endurecerse aún más bajo su toque. Después, con las palmas de las manos, apretando los senos con una presión que hizo que Sofía arqueara la espalda y soltara un gemido bajo. El sonido era como gasolina para el fuego que ya ardía dentro de Clara. Se inclinó hacia adelante, capturando un pezón entre los labios, succionándolo con fuerza mientras las manos de Sofía se enredaban en sus cabellos, atrayéndola más cerca.
—Así, justo así —susurró Sofía, la cabeza echada hacia atrás.
Clara alternó entre los senos, lamiendo, mordisqueando, succionando, mientras sus manos bajaban por el cuerpo de Sofía, explorando cada curva, cada recoveco. Cuando llegó a la braguita, enganchó los dedos en el encaje y la bajó con un movimiento rápido, dejando a Sofía completamente desnuda frente a ella. Por un instante, Clara solo la observó, maravillada. El cuerpo de Sofía era una obra de arte—las caderas anchas, los muslos fuertes, el sexo húmedo y brillante bajo la luz dorada. Sin pensarlo, Clara se arrodilló, las manos sujetando los muslos de Sofía con firmeza mientras inclinaba la cabeza.
El primer contacto de la lengua fue vacilante, casi reverente. Sofía gimió, los dedos apretando los cabellos de Clara con la fuerza suficiente para causar un dolor placentero. Animada, Clara exploró con más audacia, la lengua deslizándose entre los labios, encontrando el clítoris hinchado y rodeándolo con movimientos lentos y deliberados. El sabor de Sofía era salado y dulce a la vez, una combinación embriagadora que hacía que Clara quisiera más. Aumentó el ritmo, alternando entre chupadas leves y lamidas más firmes, mientras una de sus manos se deslizaba hacia el interior de los muslos de Sofía, los dedos encontrando la entrada húmeda y resbaladiza.
—Eso —jadeó Sofía, las piernas temblando—. No pares.
Clara no tenía intención de parar. Introdujo un dedo, luego dos, sintiendo las paredes internas de Sofía apretarse alrededor de ellos mientras su lengua continuaba trabajando en el clítoris. El cuerpo de Sofía se retorcía bajo su toque, los gemidos volviéndose más altos, más urgentes, hasta que, con un grito ahogado, llegó al clímax, los músculos contrayéndose en espasmos mientras Clara continuaba lamiéndola, prolongando el placer hasta que Sofía la atrajo hacia arriba con manos temblorosas.
—Basta —murmuró, la voz ronca—. Te quiero ahora.
Clara no necesitó más incentivo. Se acostó en la cama, atrayendo a Sofía sobre ella, las piernas entrelazándose mientras se besaban con un hambre renovada. Sofía se posicionó entre los muslos de Clara, los dedos encontrando su sexo húmedo y resbaladizo, deslizándose dentro con facilidad. Clara arqueó la espalda, un gemido escapando de sus labios cuando Sofía comenzó a mover los dedos en un ritmo lento y torturante.
—Estás tan mojada —susurró Sofía contra su boca, los dientes mordisqueando el labio inferior de Clara—. Quiero sentirte correrte en mis dedos.
Clara gimió, las palabras sucias de Sofía enviando una ola de calor por su cuerpo. Agarró las caderas de Sofía, atrayéndola más cerca, sintiendo el clítoris de la otra rozar el suyo con cada movimiento. Las manos de Sofía estaban por todas partes—en sus senos, en su cuello, entre sus piernas—mientras los cuerpos se movían en un ritmo primitivo, cada toque, cada beso, cada gemido aumentando la tensión entre ellas.
—Voy a correrme —advirtió Clara, la voz temblorosa.
—Córrete para mí —ordenó Sofía, los dedos acelerando el ritmo—. Ahora.
El orgasmo la golpeó como una ola, haciendo que todo su cuerpo se contrajera mientras oleadas de placer la recorrían. Sofía no se detuvo, continuando con el movimiento de los dedos hasta que Clara estuvo completamente exhausta, el cuerpo laxo y saciado contra las sábanas. Cuando finalmente retiró la mano, se llevó los dedos a la boca, lamiéndolos con una mirada de satisfacción que hizo que Clara temblara.
—Eres deliciosa —murmuró, inclinándose para besar a Clara de nuevo, compartiendo el sabor de su propio placer.
Clara correspondió al beso, las manos deslizándose por el cuerpo de Sofía, sintiendo los temblores postorgasmo aún sacudiendo sus miembros. Pero Sofía no estaba satisfecha. Con un movimiento rápido, giró a Clara boca abajo, levantando sus caderas hasta que quedó a cuatro patas, las nalgas expuestas. Clara sintió el aire frío contra su piel húmeda y tembló, pero antes de que pudiera reaccionar, Sofía estaba detrás de ella, los dedos encontrando de nuevo su sexo.
—Una vez más —susurró Sofía, la voz ronca de deseo—. Quiero sentirte correrte otra vez.
Clara gimió cuando los dedos de Sofía entraron en ella de nuevo, el ritmo ahora más intenso, más urgente. La otra mano de Sofía se deslizó entre sus piernas, los dedos encontrando el clítoris y masajeándolo en círculos rápidos. El placer era casi insoportable, una mezcla de dolor y éxtasis que hacía que su cuerpo temblara. Se aferró a las sábanas con fuerza, los gemidos volviéndose más altos, más desesperados, hasta que otro orgasmo la golpeó, más intenso que el primero, dejándola sin aliento.
Sofía no se detuvo hasta que Clara estuvo completamente exhausta, el cuerpo laxo contra el colchón. Entonces, con un suspiro satisfecho, se acostó a su lado, atrayéndola cerca, los cuerpos entrelazados. Clara apoyó la cabeza en el pecho de Sofía, escuchando el ritmo acelerado de su corazón, sintiendo el calor de su piel contra la suya.
—Eso fue… —comenzó Clara, pero las palabras le fallaron.
—Increíble —completó Sofía, besando la parte superior de su cabeza—. Y aún no hemos terminado.
Clara sonrió, sintiendo el cuerpo de Sofía moverse bajo el suyo, los dedos trazando círculos perezosos en su espalda. El amanecer estaba cerca, pero ninguna de las dos tenía prisa. Había algo entre ellas ahora, algo que iba más allá de la pasión de esa noche. Y Clara supo, con una certeza que venía del fondo de su ser, que esto era solo el comienzo.
La primera luz de la mañana se filtraba por las cortinas entreabiertas, pintando franjas doradas sobre la piel aún húmeda de Clara. Se despertó lentamente, como si emergiera de un sueño líquido, los sentidos volviendo poco a poco a la superficie. El peso del brazo de Sofía sobre su cintura era real, el calor de su cuerpo contra su espalda, innegable. El olor a sexo y sudor mezclado con el perfume cítrico que Sofía usaba impregnaba las sábanas, un aroma que ahora llevaba el peso de una noche entera de descubrimientos.
Clara se giró con cuidado, no queriendo despertarla, pero los ojos de Sofía ya estaban abiertos, oscuros y brillantes como café recién hecho. Una sonrisa lenta se dibujó en sus labios, de esa manera que hacía que Clara sintiera que estaba siendo desvelada, capa por capa.
—Buenos días —murmuró Sofía, la voz ronca por el sueño y por horas de placer. Sus dedos trazaron una línea perezosa desde el hombro de Clara hasta la cadera, como si estuviera recordando el mapa de su cuerpo.
—Buenos días —respondió Clara, la voz aún cargada de una timidez que contrastaba con la intimidad que habían compartido. Se acercó, rozando los labios de Sofía con los suyos en un beso suave, casi reverente. El sabor del champán de la noche anterior aún persistía, mezclado con el sabor único de Sofía, algo dulce y ligeramente salado.
Sofía rió bajito, mordisqueando el labio inferior de Clara antes de alejarse.
—¿Tienes hambre?
—Mucha.
—Perfecto. —Sofía se estiró, las sábanas deslizándose y revelando sus senos desnudos, los pezones aún rosados y sensibles. Clara no pudo evitar mirarla fijamente, el recuerdo del toque de Sofía sobre ellos haciendo que su piel hormigueara—. Porque tengo intención de alimentarte. Y después, quién sabe, volver a devorarte.
Clara sintió el rostro arder, pero no apartó la mirada. Había algo liberador en estar allí, desnuda y vulnerable, sin máscaras ni reservas. Extendió la mano, acariciando la curva de la cadera de Sofía, sintiendo la piel suave bajo las yemas de los dedos.
—¿Siempre eres así? —preguntó, la voz baja.
—¿Así cómo?
—Tan… directa.
Sofía inclinó la cabeza, considerando la pregunta.
—Solo cuando quiero algo. Y te quiero a ti, Clara. No solo ahora. No solo esta noche.
Las palabras flotaron en el aire entre ellas, cargadas de una promesa que hizo que el corazón de Clara latiera más rápido. No respondió con palabras. En cambio, atrajo a Sofía para otro beso, más profundo esta vez, las lenguas encontrándose en un ritmo lento y exploratorio. Sofía gimió contra su boca, las manos enredándose en los cabellos de Clara, atrayéndola más cerca.
Cuando se separaron, ambas estaban jadeantes.
—Desayuno —dijo Sofía, con una sonrisa que prometía mucho más que comida—. En la terraza.
Clara asintió, observando mientras Sofía se levantaba, el cuerpo desnudo iluminado por la luz de la mañana. Era una visión: las curvas generosas, la piel dorada, la forma en que se movía con una confianza que Clara envidiaba y deseaba al mismo tiempo. Sofía tomó una bata de seda que estaba sobre una silla y se la puso, la tela deslizándose sobre su cuerpo como agua.
—Ponte algo cómodo —dijo, lanzando una mirada por encima del hombro mientras caminaba hacia la puerta—. O no. A mí no me importa.
Clara rió, sintiendo una ola de audacia apoderarse de ella. Se levantó, los músculos levemente doloridos, pero de una manera deliciosa, como si cada parte de su cuerpo hubiera sido marcada por la noche anterior. Tomó una camiseta de Sofía que estaba en el suelo y se la puso, el algodón suave contra la piel sensible. El olor de Sofía estaba impregnado en la tela, y respiró hondo, sintiéndose envuelta por él.
La terraza era un refugio de luz y aire fresco. El sol de la mañana aún no quemaba, pero calentaba, y la brisa traía el olor del mar, mezclado con el aroma del café y los panes recién horneados. Sofía había preparado una mesa con frutas frescas, croissants, mermeladas y una jarra de jugo de naranja. Incluso había un ramo de flores silvestres en un jarrón de cristal, como si hubiera pensado en cada detalle.
—¿Preparaste todo esto? —preguntó Clara, sorprendida.
—Pedí servicio a la habitación —admitió Sofía, con una sonrisa pícara—. Pero elegí cada cosa. Incluidas las flores.
Clara se acercó a la mesa, pasando los dedos por los pétalos suaves de una rosa. Sofía le acercó una silla, y Clara se sentó, sintiendo el sol acariciar su piel. Sofía sirvió café en dos tazas de porcelana, el vapor elevándose en espirales delicadas.
—¿Leche? ¿Azúcar?
—Solo un poco de leche —respondió Clara, observando cómo Sofía añadía el líquido blanco al café oscuro, creando un remolino de tonos.
Comieron en silencio por unos minutos, las miradas encontrándose de vez en cuando, sonrisas cómplices intercambiadas entre mordiscos a un croissant mantecoso. Clara nunca se había sentido tan cómoda con alguien tan rápido. Era como si Sofía hubiera desbloqueado una parte de ella que había estado escondida durante años, una parte que anhelaba conexión, toque, pasión.
—¿En qué piensas? —preguntó Sofía, inclinándose hacia adelante, los codos apoyados en la mesa.
—En lo mucho que esto parece… correcto —admitió Clara, las palabras saliendo antes de que pudiera filtrarlas—. Como si hubiera estado esperando esto toda la vida.
Sofía extendió la mano, tomando la de Clara sobre la mesa. Sus dedos se entrelazaron, y Clara sintió un escalofrío recorrer su espalda.
—Yo también —dijo Sofía, la voz suave—. Supe que eras diferente en el momento en que te vi en esa fiesta. Había algo en ti… algo que me atrajo como un imán.
—¿Y ahora?
—Ahora sé que no voy a dejarte escapar —respondió Sofía, levantándose y rodeando la mesa. Se arrodilló junto a la silla de Clara, los ojos fijos en los suyos—. Quiero más, Clara. Más mañanas como esta. Más noches como la de ayer. Quiero conocerte, explorarte, hacerte mía de todas las formas posibles.
Las palabras de Sofía eran una promesa, una declaración, y Clara sintió que algo dentro de ella se abría por completo. Tomó el rostro de Sofía entre sus manos, atrayéndola para un beso lento y profundo, las lenguas danzando en un ritmo que ya les era familiar.
—Yo también quiero —susurró Clara contra los labios de Sofía—. Lo quiero todo.
Sofía sonrió, los ojos brillando con una mezcla de deseo y algo más profundo, algo que Clara aún no tenía nombre para darle.
—Entonces empecemos ahora —dijo, levantándose y tomando a Clara de la mano—. Pero primero, tengo una idea mejor que el desayuno.
Clara rió, dejándose llevar de vuelta al interior del apartamento, donde la luz de la mañana se filtraba por las cortinas, iluminando el camino hacia la cama. Sofía la empujó suavemente contra el colchón, la bata de seda deslizándose de sus hombros mientras se inclinaba sobre Clara.
—Dije que aún no habíamos terminado —murmuró Sofía, los labios rozando el cuello de Clara, bajando hacia sus senos.
Clara arqueó la espalda, sintiendo el calor extenderse por su cuerpo. Enredó los dedos en los cabellos de Sofía, atrayéndola más cerca, mientras los labios y la lengua de Sofía trabajaban en su piel, dejando un rastro de fuego por donde pasaban.
—Te quiero —gimió Clara, las palabras saliendo entrecortadas—. Ahora.
Sofía no necesitó más incentivo. Se posicionó entre las piernas de Clara, los dedos trazando círculos lentos y torturantes en su entrada, haciéndola gemir y retorcerse. Cuando finalmente la penetró, Clara arqueó la espalda, un grito ahogado escapando de sus labios.
—Eso —susurró Sofía, los dedos moviéndose en un ritmo implacable—. Córrete para mí, Clara.
Y Clara obedeció. El orgasmo la golpeó con una intensidad abrumadora, haciendo que su cuerpo temblara y su visión se nublara. Sofía no se detuvo hasta que Clara estuvo completamente exhausta, el cuerpo laxo y saciado contra las sábanas.
Cuando finalmente se acostó a su lado, atrayéndola cerca, Clara supo que algo había cambiado para siempre. No era solo deseo. No era solo pasión. Era algo más profundo, algo que las unía de una manera que nunca antes había experimentado.
—No quiero que esto termine —admitió Clara, la voz baja.
Sofía besó su frente, los brazos envolviéndola con fuerza.
—No terminará —prometió—. Esto es solo el comienzo.
Y Clara le creyó. Porque, por primera vez en mucho tiempo, sentía que había encontrado algo real. Algo por lo que valía la pena luchar. Algo por lo que valía la pena vivir.