Llamaradas bajo la Lluvia

Por Tonkix
Llamaradas bajo la Lluvia
**Llamaradas bajo la Lluvia** El bar olía a madera envejecida y alcohol derramado, un perfume denso que se mezclaba con el vapor húmedo traído por la tormenta. Las luces ámbar de las lámparas titilaban en las paredes oscuras, dibujando sombras alargadas que danzaban al ritmo de la lluvia golpeando los cristales. El lugar estaba lleno—cuerpos apretados en los bancos, risas cortando el zumbido de las conversaciones, el tintineo de los vasos como campanas lejanas. Lara eligió un rincón cerca de la ventana, donde la luz era más tenue y el aire, más fresco. El cristal frío contra su sien era un alivio, un contraste con el calor que subía por su cuello. No había planeado detenerse allí. La lluvia había comenzado de repente, gruesa y violenta, convirtiendo las calles en ríos en cuestión de minutos. Su paraguas, olvidado en la oficina, no habría hecho diferencia. Ahora, con la tela de la blusa pegada a los hombros y el cabello oscuro adherido a la nuca, observaba las gotas resbalar por el cristal como lágrimas apresuradas. Lara no era de alterarse fácilmente—años de reuniones con clientes arrogantes y plazos imposibles le habían enseñado a mantener la compostura. Pero había algo en la tormenta, en la forma en que el mundo allá afuera parecía haberse disuelto en agua y caos, que la hacía sentir expuesta. Como si, tras la fachada de profesionalismo, algo más crudo, más urgente, estuviera al acecho. Al otro lado del salón, Daniel la observaba. Él estaba parado en la entrada, sacudiendo las gotas del abrigo de cuero empapado, los dedos aún hormigueando por el shock del frío. El ruido de la puerta al cerrarse tras él fue ahogado por el bullicio, pero Lara alzó los ojos por instinto, como si sintiera el peso de una mirada. Y allí estaba él: alto, los hombros anchos bajo la camiseta negra mojada, el cabello castaño cayendo en mechones húmedos sobre la frente. No era un hombre que pasara desapercibido—había algo salvaje en sus rasgos, una intensidad en los ojos verdes que parecían absorber todo a su alrededor. Pero lo que más llamó su atención fue la forma en que la miraba. No con curiosidad casual, no con el coqueteo calculado de quien ya sabe el efecto que causa. Era algo más profundo, como si estuviera tratando de descifrar un enigma. Daniel no era de quedarse quieto. Viajero por naturaleza, llevaba a la espalda una mochila con una guitarra y pocas mudas de ropa, como si el mundo entero cupiera en unos pocos enseres. Pero en ese momento, con los dedos aún enredados en la correa de la mochila, dudó. Había algo en Lara que lo retenía allí, en la entrada de ese bar abarrotado, mientras la lluvia golpeaba el toldo afuera. Quizá fuera la forma en que sostenía el vaso—los dedos largos, las uñas cortas pintadas de un rojo oscuro, casi negro, como si intentara esconder la vulnerabilidad tras una armadura. O quizá fuera la manera en que miraba la tormenta, como si estuviera esperando algo, o a alguien. Se acercó a la barra, pidiendo un whisky con un gesto rápido. El barman, acostumbrado a los tipos que aparecían en noches como aquella, no hizo preguntas. Daniel tomó un sorbo, sintiendo el líquido quemar su garganta, pero el calor no alivió la tensión que se enroscaba en su pecho. Lara seguía allí, inmóvil, como si el mundo a su alrededor no existiera. Él se preguntó qué estaría pensando. Si estaría tan consciente de su presencia como él lo estaba de la suya. El estruendo de un trueno hizo vibrar levemente el suelo. Lara se estremeció, pero no apartó los ojos de la ventana. Daniel tomó eso como una invitación—o quizá solo como una excusa. Se movió entre las mesas, esquivando hombros y codos, hasta llegar al rincón donde ella estaba. Por un momento, se quedó parado a su lado, observando el reflejo de ambos en el cristal empañado por la lluvia. — La tormenta va a durar toda la noche — dijo, la voz baja, casi perdida en el ruido alrededor. Lara giró la cabeza lentamente, como si despertara de un sueño. Sus ojos, oscuros y profundos, encontraron los de él. Había algo en ellos—una chispa, quizá, o solo el reflejo de las luces del bar. — Parece que sí — respondió, la voz suave, pero firme. Daniel sonrió, una sonrisa lenta, como si supiera algo que ella aún no sabía. Y entonces, sin decir más, se alejó, volviendo a la barra. Pero no antes de lanzar una última mirada hacia ella, una mirada que decía: *Aún no he terminado contigo*. Lara respiró hondo, sintiendo el corazón latir más rápido. La lluvia seguía cayendo afuera, implacable. Y, de alguna manera, sabía que esa noche apenas comenzaba. La lluvia golpeaba las ventanas del bar como dedos impacientes contra un cristal, cada gota un pequeño golpe de ansiedad. Lara mantenía los ojos fijos en el vaso frente a ella, girándolo lentamente entre los dedos, el líquido ámbar reflejando las luces difusas del ambiente. El ruido alrededor—voces mezcladas, risas, el tintineo de botellas—parecía lejano, ahogado por una niebla de expectativa que no lograba explicar. O no quería. Fue entonces cuando ocurrió el accidente. Un empujón brusco, un codo que no vio, y Daniel tropezó hacia adelante, el vaso en su mano inclinándose peligrosamente. Lara reaccionó por instinto, extendiendo la mano para intentar evitar el desastre, pero era demasiado tarde. El líquido oscuro salpicó sobre la mesa, manchando su falda de lino con manchas oscuras que se extendían como tinta sobre papel. Por un segundo, el tiempo pareció congelarse. Ella alzó los ojos, lista para un seco pedido de disculpas, una mirada de irritación—cualquier cosa que justificara la interrupción de ese momento extrañamente íntimo. Pero Daniel no sonreía en señal de disculpa. Estaba riendo. Un sonido bajo, ronco, que parecía venir de algún lugar profundo dentro de él, como si el tropiezo fuera lo más gracioso que le hubiera ocurrido. Y, en lugar de alejarse, se acercó aún más, inclinándose sobre la mesa con una naturalidad que la tomó desprevenida. — Disculpa — dijo, la voz aún cargada de diversión. — Juro que no fue a propósito. Pero, si sirve de consuelo, estás... — hizo una pausa, los ojos recorriendo la mancha oscura en su falda con un interés que no era nada inocente — ...más interesante ahora. Lara arqueó una ceja, pero no pudo contener la sonrisa que se formó en sus labios. Había algo irresistible en la manera en que él no se disculpaba de verdad, como si el accidente fuera solo un pretexto para acercarse más. — ¿Interesante? — repitió, cruzando los brazos sobre el pecho, lo que hizo que el escote del vestido se ajustara de manera sutil, atrayendo la mirada de él por un segundo antes de volver a encontrar sus ojos. — ¿Así es como sueles conquistar a las mujeres? Derramando bebida sobre ellas y diciendo que quedaron más interesantes? Daniel rió de nuevo, esta vez más fuerte, y el sonido vibró en el aire entre ellos, cálido y contagioso. — No — admitió, acercando una silla y sentándose sin esperar una invitación. — Generalmente, solo derramo la bebida sobre mí mismo. Pero tú parecías tan... inalcanzable. Pensé que necesitaba una estrategia mejor. Lara soltó una risa sorprendida, cubriendo la boca con la mano por un instante. Inalcanzable. La palabra resonó en su mente, cargada de ironía. Si él supiera. Si él supiera cómo, en los últimos meses, se había sentido exactamente lo opuesto—como si estuviera hundiéndose en una rutina tan predecible que hasta el aburrimiento se había convertido en un consuelo. Pero allí, con él, la sensación era diferente. Era como si el aire alrededor se hubiera vuelto más denso, más eléctrico, como si cada respiración requiriera un esfuerzo consciente. — ¿Y funcionó? — preguntó, inclinando la cabeza hacia un lado, el cabello oscuro cayendo sobre un hombro. Daniel no respondió de inmediato. En cambio, extendió la mano, los dedos rozando levemente el borde del vaso de ella antes de tomarlo. Sus dedos eran largos, callosos—dedos de músico, pensó, imaginándolos deslizándose sobre las cuerdas de una guitarra, o quizá un piano. Llevó el vaso a los labios, tomando un sorbo lento, los ojos nunca dejando los de ella. — Aún no lo sé — murmuró, devolviendo el vaso a la mesa. — Pero estoy dispuesto a descubrirlo. El ruido de la lluvia pareció aumentar de repente, como si alguien hubiera subido el volumen del mundo allá afuera. Lara sintió el calor subir por el cuello, un rubor que no tenía nada que ver con el alcohol y todo que ver con la manera en que él la miraba—como si fuera la única cosa en el ambiente que valiera la pena observar. Como si, en ese momento, el bar entero hubiera desaparecido, dejando solo a los dos, la mesa entre ellos, y esa tensión creciente que hacía hormiguear su cuerpo. — ¿Siempre eres así? — preguntó, intentando mantener la voz firme, pero fallando miserablemente. — ¿Tan... directo? Daniel se inclinó hacia adelante, apoyando los codos sobre la mesa. El movimiento hizo que la camisa se estirara levemente sobre los hombros, revelando la curva de los músculos bajo la tela fina. — Solo cuando vale la pena — respondió, la voz baja, casi un susurro. — Y tú, Lara... — hizo una pausa, como si saboreara su nombre en la lengua — ...pareces valer mucho la pena. Debería haberse irritado. Debería haber levantado un muro, recordado que no conocía a ese hombre, que él podría ser cualquiera—un músico viajero, como había dicho, alguien que pasaría por la ciudad y desaparecería antes del amanecer. Pero, en cambio, sintió algo dentro de sí ceder, como una cuerda que se aflojaba después de meses de tensión. — No sabes nada de mí — dijo, pero la frase sonó débil, casi un desafío. Daniel sonrió, lento y peligroso. — Sé que te gusta el whisky — dijo, señalando el vaso de ella. — Sé que no te gusta que te toquen sin permiso, porque tus dedos se cerraron cuando tomé tu vaso. — Hizo una pausa, los ojos brillando con malicia. — Y sé que, cuando muerdes el labio así, estás intentando no sonreír. Lara soltó una risa incrédula, cubriendo la boca con la mano. — Eso es ridículo. — ¿Lo es? — preguntó, inclinándose aún más, hasta que pudo sentir el calor del cuerpo de él, el olor a jabón mezclado con algo más oscuro, más masculino. — Entonces demuéstrame que estoy equivocado. Debería haberse alejado. Debería haber dicho algo ingenioso, algo que lo pusiera en su lugar. Pero, en cambio, se encontró inclinándose también, acortando la distancia entre ellos hasta que sus rostros estuvieron a solo unos centímetros de distancia. — ¿Y si no quiero? — murmuró, los ojos fijos en los labios de él. Daniel no respondió. En cambio, extendió la mano nuevamente, pero esta vez no fue hacia el vaso. Sus dedos rozaron levemente el dorso de la mano de ella, un toque tan suave que podría haber sido accidental. Pero no lo era. Lara sintió la piel hormiguear donde él la tocó, una corriente eléctrica que subió por el brazo y se extendió por el cuerpo, dejándola sin aliento. — Entonces tendré que seguir intentando — dijo, la voz ronca, los ojos oscuros fijos en los de ella. El ruido del bar parecía haber desaparecido por completo ahora. Lara solo podía escuchar el sonido de su propia respiración, el latido acelerado del corazón, el susurro de la lluvia afuera—como si el mundo entero se hubiera reducido a ese momento, a esa mesa, a ese hombre que la miraba como si ella fuera la respuesta a una pregunta que ni siquiera sabía que había hecho. No sabía cuánto tiempo permaneció allí, atrapada en esa mirada, en ese toque ligero como una promesa. Pero, cuando finalmente habló, su voz salió más baja de lo que pretendía, cargada de una vulnerabilidad que la sorprendió. — Eres peligroso, Daniel. Él sonrió, una sonrisa lenta, satisfecha. — Y a ti te gusta. Lara no lo negó. En cambio, extendió la mano, los dedos rozando los de él antes de entrelazarlos, un gesto simple, pero que llevaba el peso de una decisión. Daniel apretó su mano de vuelta, el pulgar trazando círculos lentos sobre su piel, y Lara sintió el aire salir de sus pulmones en un suspiro tembloroso. La lluvia seguía cayendo afuera, implacable, pero dentro del bar, entre ellos, algo mucho más intenso comenzaba a formarse—una tormenta de otro tipo, una que prometía consumir todo a su paso. La mano de Lara aún ardía donde los dedos de Daniel la habían tocado, como si él hubiera dejado una marca invisible en su piel. El bar, antes un refugio ruidoso e indistinto, ahora parecía contener solo a los dos—el resto era un borrón de voces ahogadas y luces difusas, como si el mundo se hubiera doblado a su alrededor. Llevó el vaso a los labios, el vino tinto dejando un rastro dulce y ácido en la lengua, pero el sabor no se comparaba con la electricidad que aún vibraba en sus dedos. Daniel la observaba con esa sonrisa perezosa, los ojos oscuros reflejando la luz ámbar de la lámpara sobre ellos. Tenía una manera de inclinar la cabeza que hacía preguntarse a Lara cuántas mujeres ya se habían perdido en ese gesto, en esa forma de escuchar como si cada palabra suya fuera un secreto precioso. — Entonces, arquitecta — dijo, la voz baja, casi un murmullo —, dime qué hace una mujer como tú huyendo de una tormenta en un bar cualquiera. Lara rió, un sonido ligero que la sorprendió incluso a ella. Normalmente, odiaba preguntas como esa, odiaba la sensación de ser desarmada en pequeños pedazos para satisfacer la curiosidad ajena. Pero con Daniel, era diferente. Quizá fuera el vino. Quizá fuera la manera en que la miraba, como si ya supiera que tenía cicatrices y aún así quisiera conocerlas. — No es un bar cualquiera — corrigió, girando el vaso entre los dedos. — Es el único lugar en esta calle que no parece un escenario de película de terror. — Ah, entonces tienes buen gusto. — Y tú tienes talento para hacer preguntas que no quiero responder. Él alzó las cejas, fingiendo ofensa. — Eso es porque aún no me conoces lo suficiente como para mentirme. Lara soltó una risa, más fuerte esta vez, y el sonido pareció sorprenderlo. Él se inclinó un poco más cerca, los codos apoyados en la mesa, y ella sintió su olor—una mezcla de jabón barato, cuero gastado de la chaqueta y algo más profundo, algo que recordaba a tierra mojada y leña quemada. — Está bien — cedió, jugando con el borde del vaso. — Digamos que necesitaba un lugar para pensar. Y la lluvia... bueno, la lluvia siempre me hace sentir como si el mundo se detuviera solo para que yo respire. Daniel la estudió por un momento, como si estuviera decidiendo si le creía. Entonces, sin aviso, extendió la mano y tomó su vaso, los dedos rozando los suyos a propósito. Lara sintió el contacto como un choque, una corriente que subió por el brazo y se extendió por el cuerpo, dejándola momentáneamente sin aliento. — Hablas como si la lluvia fuera una persona — murmuró, los ojos fijos en los de ella mientras llevaba el vaso a los labios. — Alguien que te entiende. Ella tragó saliva. La mano de él aún estaba cerca de la suya, los dedos casi tocándose de nuevo. — Quizá lo sea. — O quizá — devolvió el vaso, los dedos deslizándose lentamente contra los de ella — solo estás acostumbrada a ser la persona que entiende a los demás. Lara no respondió. No podía. Porque él tenía razón, y eso la asustaba más que cualquier tormenta. El ruido alrededor parecía haberse intensificado—risas altas, el tintineo de botellas, el sonido de la lluvia golpeando las ventanas como si quisiera entrar. Pero allí, entre ellos, había un silencio diferente, cargado de algo que no tenía nombre. Daniel se inclinó aún más, la rodilla rozando la de ella bajo la mesa, y Lara no se apartó. — ¿Y tú? — preguntó, la voz más ronca de lo que pretendía. — ¿Qué hace un músico viajero detenerse en una ciudad que claramente no quiere ser encontrada? Él rió, un sonido bajo y vibrante que hizo que su estómago se contrajera. — A veces, las mejores cosas están en los lugares que nadie mira. — Eso no es una respuesta. — Es la única que vas a conseguir por ahora. Debería haberse irritado. Debería haber puesto los ojos en blanco, pedido la cuenta y marchado. Pero en cambio, Lara se encontró inclinándose también, hasta que sus rostros estuvieron a solo unos centímetros de distancia. Podía ver las pequeñas imperfecciones en su piel—una cicatriz fina sobre la ceja, los labios ligeramente agrietados por el viento. Y, Dios, quería tocarlos. — Eres bueno en esto — murmuró. — ¿En qué? — En hacer que la gente quiera más. Él no respondió con palabras. En cambio, extendió la mano y apartó un mechón de cabello que había caído sobre su rostro, los dedos rozando su sien. Lara cerró los ojos por un segundo, sintiendo el calor de su piel contra la suya, el toque ligero como una pregunta. Cuando los abrió, Daniel sonreía, pero ya no era esa sonrisa perezosa de antes. Era algo más peligroso, más hambriento. — ¿Y tú, Lara? — preguntó, la voz casi un susurro. — ¿Tú quieres más? Ella no dudó. — Sí. El aire entre ellos se volvió más denso, cargado de algo que no podía ser ignorado. Daniel se acercó aún más, hasta que sus respiraciones se mezclaron, y Lara sintió el corazón latir tan fuerte que estaba segura de que él podía escucharlo. — Entonces dime una cosa — murmuró, los labios casi tocando los de ella. — ¿Qué haces cuando quieres algo que no deberías? Ella sonrió, lenta y deliberadamente. — Lo tomo. Y entonces, antes de que él pudiera responder, Lara cerró la distancia entre ellos y lo besó. No fue un beso suave. No fue una prueba, una provocación. Fue urgente, casi desesperado, como si ambos supieran que ese momento era una línea tenue entre lo que estaba permitido y lo que era inevitable. Daniel respondió en la misma moneda, las manos sujetando su rostro con una firmeza que la hizo gemir contra su boca, los dedos enredándose en su cabello. El bar alrededor desapareció. La lluvia, el ruido, el mundo—nada más importaba. Lara sintió el sabor del vino en los labios de él, mezclado con algo más primitivo, más intoxicante. Las manos de Daniel se deslizaron hacia su nuca, acercándola más, y ella se dejó llevar, los dedos agarrando el cuello de su chaqueta como si fuera lo único que la mantenía anclada a la realidad. Cuando se separaron, jadeantes, Lara se dio cuenta de que estaba temblando. No de frío. No de miedo. Sino de algo mucho más peligroso: la certeza de que aquello era solo el comienzo. Daniel la observó por un largo momento, los ojos oscuros brillando con una intensidad que la hizo contener la respiración. Entonces, sin decir una palabra, se levantó y le tendió la mano. Lara no lo pensó dos veces. Puso su mano en la de él y se dejó llevar fuera de la silla, los cuerpos pegados mientras la guiaba lejos de la mesa, lejos de las miradas curiosas, lejos de todo lo que no fueran ellos dos. Y cuando la puerta del baño se cerró tras ellos, Lara supo que no había vuelta atrás. El baño del bar era uno de esos espacios estrechos y mal iluminados, con azulejos verdes descoloridos y un espejo agrietado que solo reflejaba fragmentos de lo que ocurría allí dentro. La puerta se cerró con un clic ahogado, y de repente el mundo afuera pareció desaparecer—quedó solo el sonido de la lluvia golpeando la ventana alta, casi un susurro conspirativo, y el ritmo acelerado de sus respiraciones. Lara apenas tuvo tiempo de registrar el ambiente. Daniel la empujó suavemente contra la pared, las manos ya deslizándose por su cintura, acercándola contra sí con una urgencia que hizo que todo su cuerpo se arqueara en respuesta. Los labios de él encontraron los suyos de nuevo, más hambrientos ahora, menos contenidos. El sabor del vino aún persistía, pero era el calor de la boca de Daniel lo que la mareaba, la manera en que su lengua exploraba la suya con una lentitud deliberada, como si quisiera memorizar cada rincón. — *Joder*— murmuró contra sus labios, la voz ronca, las manos subiendo para enredar los dedos en su cabello. — *Quería besarte desde el segundo en que te vi.* Lara rió, pero el sonido se transformó en un gemido cuando él mordisqueó levemente su labio inferior, tirando de él entre los dientes antes de soltarlo. Sus manos, antes vacilantes, ahora se movían con igual voracidad, agarrando los hombros anchos de Daniel, sintiendo la tensión de los músculos bajo la tela fina de la camisa. Deslizó una mano hacia abajo, explorando su pecho, los dedos trazando la línea dura del abdomen hasta encontrar el cinturón de su pantalón. — *Y yo pensando que solo eras otro tipo guapo en un bar*— provocó, la voz baja y jadeante, mientras sus dedos jugaban con el botón de su pantalón. — *Pero eres insistente, ¿no?* Daniel soltó un sonido gutural, algo entre una risa y un gemido, y presionó su cuerpo contra el de ella con más fuerza, haciéndola sentir la evidencia de cuánto la deseaba. — *No tienes idea de cuánto*— susurró, los labios ahora en su cuello, mordisqueando la piel sensible justo debajo de la oreja. — *Pero te lo voy a mostrar.* Sus manos bajaron por su espalda, agarrando sus muslos y levantándola de repente, haciéndola soltar un gritito sorprendido. Instintivamente, envolvió las piernas alrededor de su cintura, los tacones altos golpeando contra la pared mientras Daniel la sostenía con facilidad, como si no pesara nada. El movimiento los acercó aún más, y Lara sintió el calor de su cuerpo a través de la ropa, la dureza presionando exactamente donde más lo necesitaba. — *Daniel*— gimió, los dedos enredándose en su cabello mientras él besaba su cuello, la lengua trazando círculos perezosos sobre la piel expuesta por el escote abierto de la blusa. — *Estamos en un baño de bar.* — *¿Y qué?*— murmuró, los labios subiendo hasta encontrar los suyos de nuevo. — *Nadie va a entrar. Y si entra, tendrá que esperar.* Lara rió, pero el sonido se transformó en un jadeo cuando él mordió su mentón, las manos deslizándose bajo su falda, los dedos encontrando el borde de su tanga. — *Estás loco*— susurró, pero no había reproche en su voz, solo excitación. — *Y a ti te encanta*— respondió, los dedos trazando círculos lentos sobre la tela húmeda, haciéndola retorcerse contra la pared. — *Di que no.* Ella no dijo nada. En cambio, atrajo su cabeza para otro beso, las uñas clavándose en sus hombros mientras los dedos de Daniel finalmente se deslizaban dentro de su tanga, encontrándola caliente y mojada. Lara gimió contra su boca, todo su cuerpo tensándose cuando un dedo largo y hábil comenzó a explorarla con una lentitud torturante. — *Joder*— Daniel maldijo, la voz ronca de deseo. — *Estás empapada.* Lara no pudo responder. Las palabras murieron en su garganta cuando él añadió un segundo dedo, moviéndolos en un ritmo que la hacía ver estrellas. Agarró su cabello con más fuerza, las caderas moviéndose instintivamente contra su mano, buscando más fricción, más presión, más *todo*. El ruido de la lluvia afuera parecía haberse sincronizado con los latidos acelerados de su corazón, un ritmo constante e implacable que la empujaba cada vez más cerca del límite. — *Por favor*— susurró, sin siquiera saber bien qué estaba pidiendo. — *Por favor, no pares.* Daniel no paró. En cambio, aceleró el ritmo, los dedos curvándose dentro de ella mientras el pulgar encontraba el punto exacto que la hacía temblar. Lara sintió el orgasmo acercarse como una ola, todo su cuerpo contrayéndose en anticipación. Pero entonces, de repente, él se detuvo. Abrió los ojos, confundida, el cuerpo aún pulsando de deseo. Daniel la observaba con una sonrisa maliciosa, los dedos aún dentro de ella, pero inmóviles. — *¿Qué...?*— logró decir, la voz temblorosa. — *Quiero que te corras conmigo dentro de ti*— murmuró, los labios rozando su oído. — *No aquí. No así.* Lara sintió un escalofrío recorrer su columna. Sus palabras eran una promesa, una amenaza, una deliciosa provocación. Quería protestar, quería suplicar para que continuara, pero antes de que pudiera decir algo, Daniel retiró los dedos lentamente, llevándolos a sus labios y lamiéndolos con una lentitud deliberada. — *Tienes sabor a pecado*— dijo, la voz ronca. — *Y pienso probar cada centímetro tuyo.* Lara no pudo responder. Todo su cuerpo aún temblaba, el deseo palpitando entre sus piernas como una necesidad física. Daniel la bajó con cuidado, pero no la soltó. En cambio, sostuvo su rostro entre las manos y la besó de nuevo, más suave ahora, como si quisiera calmarla—o quizá solo torturarla un poco más. — *Vámonos de aquí*— murmuró contra sus labios. — *Antes de que pierda el control y te folle contra esta pared.* Lara sintió un calor extenderse por su rostro, pero no era vergüenza. Era anticipación. Asintió, las piernas aún débiles, y dejó que la guiara fuera del baño, de vuelta al bar abarrotado, donde la lluvia seguía cayendo afuera y el mundo parecía esperar por ellos. La lluvia caía en cortinas plateadas cuando empujaron la puerta del bar, el aire húmedo y frío golpeando sus rostros como un llamado. Lara sintió el peso de la mirada de Daniel en su espalda, cálida incluso a través de la humedad, y cuando él entrelazó los dedos con los suyos, un escalofrío recorrió su brazo. No era solo el contraste entre el calor de su cuerpo y el frescor de la noche—era la promesa silenciosa de que, ahora, no habría vuelta atrás. — *Vamos*— dijo, la voz casi perdida en el ruido de la tormenta, pero él la escuchó. O quizá solo entendió el movimiento de sus labios, la forma en que sus ojos brillaban bajo la luz amarilla de los postes. Daniel no respondió. Solo apretó su mano y la arrastró hacia la acera, los pasos apresurados sobre las piedras mojadas. Lara rió, el sonido ahogado por la lluvia, y corrió junto a él, los tacones golpeando el suelo con un ritmo urgente. El agua resbalaba por su cabello, pegando la blusa a su cuerpo, y sabía que él la observaba—sentía el peso de esa mirada como un roce. Cuando tropezó con un charco, Daniel la sujetó por la cintura, acercándola contra sí por un segundo. El contacto fue breve, pero suficiente para que sintiera la rigidez entre sus piernas, el calor incluso a través de la ropa empapada. — *Cuidado*— murmuró, la boca cerca de su oído. — *No quiero que te lastimes antes de llegar a casa.* Lara mordió el labio, sintiendo la sangre pulsar más fuerte. — *¿Y si quiero lastimarme después?* Una sonrisa lenta se dibujó en el rostro de él, los dientes blancos brillando en la penumbra. — *Entonces me aseguraré de que valga la pena.* El edificio de Lara estaba a solo dos cuadras, pero la distancia parecía infinita y, al mismo tiempo, demasiado corta. Cada paso era una tortura, cada gota de lluvia que resbalaba por su cuello un recordatorio de lo vivos que estaban, de lo real que era ese momento. Cuando llegaron a la puerta del edificio, Lara temblaba—no de frío, sino de anticipación. Las manos resbaladizas lucharon con la llave, y Daniel no ayudó. En cambio, se presionó contra su espalda, los labios rozando la curva de su cuello mientras ella intentaba concentrarse. — *Déjame*— susurró, pero no era una petición. Era una orden disfrazada de gentileza. Lara le entregó la llave, sintiendo su aliento cálido en la nuca, y cuando la puerta finalmente se abrió, él la empujó hacia adentro con un movimiento firme, pero sin prisa. El ascensor era estrecho, el espejo empañado por la humedad de sus cuerpos. Lara se apoyó contra la pared, los ojos fijos en Daniel, que la observaba con una intensidad que la hacía sentir desnuda. Él no la tocó. Aún no. Solo permaneció allí, las manos en los bolsillos, como si supiera que el simple hecho de estar cerca de ella ya era una provocación. — *Te gusta hacerme esperar*— dijo, la voz baja, casi un desafío. Daniel inclinó la cabeza, los labios curvándose. — *Me gusta verte perder el control.* El ascensor se detuvo. Lara salió primero, los pasos rápidos por el pasillo, pero Daniel la alcanzó antes de que llegara a la puerta del apartamento. La giró, presionándola contra la pared, y finalmente—*finalmente*—la besó. No fue suave. No fue tímido. Fue un beso hambriento, las lenguas enredándose, los dientes chocando, las manos de él agarrando sus caderas con fuerza suficiente para dejar marcas. Lara gimió contra su boca, las uñas clavándose en sus hombros, y cuando él la soltó, estaba jadeante. — *Abre*— ordenó, la voz ronca. Ella obedeció. La puerta apenas se cerró tras ellos cuando Daniel la empujó contra la pared del recibidor, las manos subiendo por su blusa mojada, arrancándola con un movimiento brusco. El sujetador de encaje negro fue el siguiente, los dedos de él deslizándose por las tiras antes de bajarlo, exponiendo sus pechos. Lara arqueó la espalda, ofreciéndose, y él no resistió. La boca caliente envolvió un pezón, la lengua girando en círculos lentos mientras los dedos apretaban el otro, provocando un gemido alto. — *Joder*— susurró, las manos enterradas en su cabello. — *Eso...* Daniel no la dejó terminar. Levantó la cabeza, los ojos oscuros brillando con algo primitivo. — *Lo sé.* La cargó hasta el sofá, acostándola sobre los cojines antes de arrodillarse entre sus piernas. Las manos de él se deslizaron por sus jeans, los dedos ágiles abriendo el botón, bajando la cremallera. Lara alzó las caderas, ayudándolo a quitar la prenda, y cuando él vio su tanga de encaje—ya húmeda, no solo por la lluvia—gimió. — *Eres hermosa*— dijo, la voz casi reverente. — *Y estás tan mojada.* Lara no tuvo tiempo de responder. Daniel apartó la tanga a un lado y se sumergió, la lengua caliente y húmeda deslizándose por ella en un movimiento largo y lento. Gritó, las manos agarrando su cabello, las caderas moviéndose por instinto. Él no tuvo piedad. Lamió, chupó, mordisqueó, los dedos entrando en ella mientras la boca trabajaba en su clítoris, llevándola al borde del abismo en segundos. — *Daniel, yo... yo voy a*— logró decir, la voz entrecortada. Él se detuvo. Levantó la cabeza, los labios brillantes. — *No todavía.* Lara gimió en protesta, pero él ya estaba de pie, quitándose la camisa mojada con un movimiento rápido. El pecho era musculoso, marcado por algunas cicatrices finas—señales de una vida que ella aún no conocía. Pero no tuvo tiempo de preguntar. Daniel se quitó los pantalones, los bóxers negros revelando una erección impresionante, y cuando se arrodilló entre sus piernas de nuevo, Lara sintió el calor de su cuerpo contra el suyo. — *Protección*— murmuró, la voz débil. Daniel asintió, alcanzando la billetera en el bolsillo de los pantalones descartados. Lara observó mientras se ponía el condón, los músculos de los brazos contrayéndose con el movimiento, y cuando volvió a posicionarse sobre ella, no hubo más palabras. Solo el sonido de la respiración acelerada, el roce de los cuerpos, el gemido bajo cuando finalmente—*finalmente*—la penetró. Fue lento al principio. Deliberadamente lento. Daniel entró centímetro a centímetro, los ojos fijos en los de ella, observando cada reacción. Lara mordió el labio, las uñas clavándose en su espalda, y cuando estuvo completamente dentro, se detuvo. — *Estás apretada*— gruñó. — *Tan apretada que voy a perder la cabeza.* Lara no pudo responder. Solo envolvió las piernas alrededor de su cintura, acercándolo más profundo. Daniel gimió y comenzó a moverse, las caderas golpeando contra las de ella en un ritmo que pronto se volvió frenético. El sofá crujía, la lluvia golpeaba las ventanas, y el sonido de los cuerpos chocando llenaba el apartamento. Lara sintió el orgasmo acercarse, una ola caliente y abrumadora, y cuando Daniel cambió el ángulo, alcanzando ese punto dentro de ella que la hizo ver estrellas, gritó. — *Joder, Lara*— gimió, el ritmo volviéndose errático. — *Córrete para mí.* Ella obedeció. El placer la golpeó como un rayo, el cuerpo temblando, los músculos contrayéndose alrededor de él. Daniel no se detuvo. Siguió moviéndose, prolongando su orgasmo hasta que, con un gruñido ronco, se corrió también, el cuerpo temblando mientras se derramaba dentro de ella. Por un momento, solo hubo el sonido de sus respiraciones jadeantes, el olor a sexo y lluvia en el aire. Daniel se desplomó sobre ella, el peso reconfortante, y Lara pasó los dedos por su cabello húmedo, sintiendo el corazón latir descompasado contra el suyo. — *Eso fue...*— comenzó, pero no terminó. Daniel rió suavemente, besando su cuello. — *Solo el comienzo.* Se levantó, quitándose el condón antes de tomar su mano y llevarla al dormitorio. Lara lo siguió, el cuerpo aún hormigueando, y cuando la acostó en la cama, cubriéndola con su cuerpo de nuevo, supo que la noche estaba lejos de terminar. La lluvia seguía cayendo afuera, pero dentro del apartamento, el fuego que habían encendido ardía más fuerte que nunca. Lo primero que Lara sintió al despertar fue el peso del silencio. No el vacío, no la incomodidad, sino ese tipo de quietud que solo existe después de una tormenta—cuando el aire aún está cargado de electricidad, pero el cielo ya se abre en tonos de perla y oro. La lluvia había cesado. Solo quedaban las últimas gotas resbalando por los cristales, como si el mundo entero estuviera conteniendo la respiración. Se estiró lentamente, los músculos protestando de una manera deliciosa, la piel aún sensible en los lugares donde los dedos de Daniel la habían marcado. La sábana se deslizó por su cuerpo, revelando la curva de sus pechos, las marcas leves de mordiscos en el hombro, el brillo suave del sudor seco en la piel. La habitación olía a sexo y a algo más—el perfume cítrico de su colonia, mezclado con el aroma terroso de la lluvia que aún impregnaba el aire. Fue entonces cuando vio el papel. Estaba doblado por la mitad sobre la mesita de noche, junto al reloj que marcaba las seis y cuarenta y siete. El papel era simple, arrancado de un cuaderno de pentagramas, con la caligrafía inclinada y ligeramente apresurada de Daniel. Lara no lo tomó de inmediato. Se quedó allí, acostada, observándolo como si pudiera adivinar el contenido solo por la forma en que la luz de la mañana lo iluminaba. Había algo íntimo en dejar un mensaje así, algo que iba más allá de las palabras. Era como si él le hubiera susurrado al oído mientras dormía. Finalmente, extendió la mano y lo desdobló. *"La tormenta pasó, pero me llevo el fuego conmigo. Hasta la próxima lluvia."* Las palabras danzaron ante sus ojos, y Lara sintió un calor subir por el pecho, extendiéndose por el cuerpo como si el sol de la mañana se estuviera filtrando en sus venas. Rió en voz baja, pasando los dedos sobre el papel, como si pudiera sentir el calor residual de su mano allí. No era una despedida. No era un adiós. Era una promesa—tan clara como el cielo después del temporal. Se levantó lentamente, los pies descalzos tocando el suelo frío. El apartamento estaba hecho un desastre: ropa esparcida por el suelo, vasos vacíos sobre la mesa de centro, el olor a café quemado aún flotando en la cocina. Pero no había arrepentimiento. Ni una pizca. Solo la sensación de que algo dentro de ella se había reordenado durante la noche, como si las piezas de un rompecabezas finalmente hubieran encontrado su lugar. Fue hasta la ventana y abrió las cortinas. Afuera, la ciudad despertaba lentamente, los techos mojados reflejando la luz dorada, las ramas de los árboles aún goteando. Respiró hondo, sintiendo el aire fresco invadir sus pulmones. Había algo liberador en comenzar el día así—sin prisa, sin planes, solo con el recuerdo del tacto de un hombre al que apenas conocía, pero que parecía conocerla mejor que muchos. Se puso unos jeans y una blusa ligera, recogiendo el cabello en un moño despeinado. Antes de salir, tomó el papel de la encimera y lo guardó en el cajón de la mesita de noche, junto a un libro que estaba leyendo. No era un trofeo. Era un recordatorio. Afuera, el sol ya había secado las aceras, y el aire olía a tierra mojada y asfalto caliente. Lara respiró hondo, sintiendo el peso de la noche anterior transformarse en algo ligero, algo que llevaría consigo como un secreto delicioso. La tormenta había pasado. Pero el fuego? Ah, el fuego aún ardía. Y ella apenas podía esperar por la próxima lluvia.

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