Llamaradas del Recomienzo
Por Tonkix

**Llamaradas del Recomienzo**
El viento aullaba entre los árboles como un animal herido, arrastrando hojas y ramas contra el parabrisas del coche. Clara apretó el volante con más fuerza, los nudillos blancos bajo la luz pálida de los faros. La lluvia caía en cortinas gruesas, borrando la carretera sinuosa que serpenteaba por la sierra, y los limpiaparabrisas apenas lograban seguir el ritmo. Debería haber revisado el pronóstico del tiempo antes de salir de São Paulo, pero la discusión con Rafael aún resonaba en su mente, una cacofonía de palabras duras y silencios más afilados que cuchillas.
— *Siempre antepones el trabajo a todo, Clara. Incluso a nosotros.*
La voz de él, baja y cargada de decepción, había sido el detonante. No es que ella no lo supiera. No es que no hubiera pasado noches en vela, inclinada sobre proyectos, mientras él la esperaba en la cama con esa mirada de quien ya sabía que sería ignorado. Pero escucharlo en voz alta, en medio de una reunión con clientes, con los ojos de todos sobre ellos, había sido demasiado. Había salido de la oficina sin mirar atrás, tomado la primera carretera que vio, como si pudiera dejar atrás no solo a Rafael, sino a la mujer en la que se había convertido a su lado.
La posada apareció como un fantasma entre la niebla, una construcción de piedra y madera envejecida, con balcones que se asomaban al valle como brazos abiertos. El letrero de hierro forjado, oxidado por el tiempo, se balanceaba con el viento: *Refugio de las Aguas*. Clara estacionó el coche de cualquier manera, el motor aún rugiendo cuando bajó, la lluvia empapando su abrigo de lana en segundos. El olor a tierra mojada y pinos invadió sus fosnasales, mezclado con el aroma lejano de leña quemada. Alguien, en algún lugar, estaba abrigado. Alguien estaba caliente.
Corrió hasta la puerta, los tacones hundiéndose en el lodo, y empujó la madera pesada. El calor la golpeó como un bofetón, denso y reconfortante, cargado con el perfume de canela y vino tinto. El salón era amplio, con vigas expuestas en el techo y alfombras persas esparcidas por el suelo de tablones anchos. Una chimenea crepitaba en el rincón, las llamas danzando como lenguas ávidas, y Clara sintió el frío en los huesos comenzar a disiparse. Por un momento, cerró los ojos y respiró hondo, dejando que el silencio de la sierra llenara el espacio que las palabras de Rafael habían dejado vacío.
— Buenas noches.
La voz llegó desde detrás del mostrador de madera oscura, donde una mujer de cabellos grises recogidos en un moño suelto la observaba con una sonrisa amable. Llevaba un delantal de lino sobre un vestido de lana, y sus manos, arrugadas por el tiempo, sostenían una taza humeante.
— Disculpe el desorden — dijo Clara, pasando la mano por los cabellos húmedos, consciente de que debía estar hecha un desastre. — La tormenta me sorprendió.
— No se preocupe, querida. La sierra tiene esas cosas. — La mujer dejó la taza sobre el mostrador y tomó una toalla limpia, tendiéndosela. — Soy Doña Marta, la dueña de la posada. Usted es la primera huésped de la noche. Los demás debieron tener más juicio.
Clara rió, un sonido corto y aliviado, y secó su rostro con la toalla. — Clara. Clara Vasconcelos.
— Bienvenida, Clara. — Doña Marta inclinó la cabeza, los ojos astutos recorriendo su rostro. — ¿Quiere una habitación? La tormenta no da señales de que vaya a pasar pronto.
— Por favor. — Clara se quitó el abrigo empapado, colgándolo en un perchero de hierro junto a la chimenea. El calor de las llamas ahora lamía su espalda, y ella tembló, no de frío, sino de algo más profundo, un recuerdo que insistía en aflorar. — Solo por una noche. Mañana temprano continúo el viaje.
Doña Marta asintió y tomó un libro de registros de cuero gastado. — Tenemos una habitación en el segundo piso, con vista al valle. Es la más silenciosa. — Hizo una pausa, como si eligiera las palabras. — Si necesita algo, cualquier cosa, solo llame. A veces, la sierra trae personas que necesitan más que una cama para dormir.
Clara alzó una ceja, pero no preguntó. No era asunto suyo. Firmó el libro con manos firmes, ignorando el temblor en sus dedos, y le entregó la tarjeta de crédito. Doña Marta procesó el pago en un anticuado terminal, los dedos ágiles a pesar de la edad.
— La cena se sirve a las ocho, si quiere bajar. Hoy hay estofado de cordero y pan casero. — La mujer le entregó la llave, un trozo de metal pesado atado a una etiqueta de cuero. — Habitación 12. Suba las escaleras, gire a la derecha. Y tenga cuidado con los escalones, están resbaladizos por la humedad.
Clara agradeció y subió, los pasos amortiguados por la gruesa alfombra. El pasillo era estrecho, iluminado por lámparas de vidrio esmerilado que proyectaban sombras alargadas en las paredes. La habitación 12 estaba al final, y cuando giró la llave en la cerradura, la puerta se abrió con un suave crujido.
El ambiente era más pequeño de lo que esperaba, pero acogedor. Una cama de hierro forjado, cubierta por una colcha de patchwork en tonos rojos y dorados, dominaba el espacio. A su lado, un sillón de terciopelo desgastado invitaba al descanso, y una amplia ventana ofrecía una vista desolada de la tormenta, los árboles balanceándose como espectros en la oscuridad. Clara dejó el bolso sobre la cama y se acercó al cristal, presionando la palma de la mano contra el frío. Afuera, el mundo parecía haberse detenido, como si la sierra contuviera el aliento.
Se quitó los zapatos, los pies hundiéndose en la mullida alfombra, y soltó el aire lentamente. Necesitaba un baño. Necesitaba lavar la carretera, la discusión, el peso de meses de silencio. El baño era pequeño pero impecable, con azulejos hidráulicos en patrones geométricos y una bañera profunda que prometía alivio. Clara abrió el grifo, dejando que el agua caliente llenara el ambiente de vapor, y se quitó la ropa, prenda por prenda, como si se despojara de una armadura.
El primer contacto del agua con su piel fue casi doloroso, un contraste violento entre el calor y el frío que aún habitaba su cuerpo. Cerró los ojos y dejó que el agua corriera por su rostro, por sus hombros, por sus senos, como si pudiera arrastrar no solo la suciedad, sino los recuerdos que insistían en adherirse a ella. Rafael. Siempre Rafael. La manera en que la miraba cuando creía que ella no lo veía, como si fuera un enigma que nunca podría descifrar. La forma en que sus manos temblaban cuando la tocaba, como si temiera romperla. El modo en que la había dejado, sin explicaciones, sin despedidas, solo una nota sobre la mesa de la cocina: *Necesito tiempo.*
¿Tiempo para qué? ¿Para darse cuenta de que no la amaba? ¿Para encontrar el valor de decírselo a la cara? Clara se hundió en la bañera, el agua cubriendo sus hombros, y soltó un suspiro tembloroso. No quería pensar en él. No ahora. No cuando estaba a punto de derrumbarse.
Pero el cuerpo tiene sus propios recuerdos.
Pasó los dedos por los pezones, ya endurecidos por el frío y el agua, y un escalofrío recorrió su columna. No era solo la temperatura. Era el recuerdo de su toque, la manera en que Rafael la exploraba con las manos, como si cada centímetro de su piel fuera un territorio por conquistar. Clara mordió el labio y deslizó la mano entre sus piernas, los dedos encontrando el calor húmedo que nada tenía que ver con la bañera. Gimió bajito, el sonido ahogado por el ruido del agua, y se permitió un momento de debilidad. Solo uno. Solo para aliviar la tensión.
Pero el alivio no llegó.
En su lugar, el deseo se enroscó más profundo, una serpiente lista para atacar. Clara abrió los ojos y respiró hondo, intentando recomponerse. No podía dejarse llevar. No aquí. No ahora. Con un esfuerzo, se levantó, el agua escurriendo por su cuerpo en arroyos, y tomó la toalla. Necesitaba vestirse. Necesitaba bajar a cenar. Necesitaba fingir que todo estaba bien.
Pero cuando abrió la puerta del baño, envuelta solo en la toalla, el olor a leña quemada y algo más —algo masculino, algo familiar— invadió sus fosnasales. Y entonces lo escuchó.
Una respiración.
No la suya.
Clara se quedó helada, el corazón latiendo tan fuerte que tuvo la certeza de que quienquiera que estuviera allí podría escucharlo. Lentamente, se giró.
Y allí estaba él.
Rafael.
De pie en medio de la habitación, como si el tiempo no hubiera pasado. Como si los meses de silencio no hubieran existido. Sus ojos oscuros la recorrieron de la cabeza a los pies, deteniéndose en los lugares donde la toalla apenas la cubría, y Clara sintió que el aire le faltaba.
Estaba más delgado. Las ojeras bajo sus ojos eran profundas, como si él tampoco hubiera dormido bien. La camisa de lino, ligeramente arrugada, estaba abierta en el cuello, revelando la piel bronceada de su garganta, la misma garganta que ella solía besar cuando él la abrazaba por detrás, despertándola antes del amanecer.
— Clara — dijo, la voz ronca.
Y entonces, como si el mundo hubiera dejado de girar, ella lo comprendió.
Él no estaba sorprendido.
La estaba esperando.
Clara sintió el peso de la mirada de Rafael como una mano deslizándose por su columna, lenta, deliberada. La toalla de lino húmedo se adhería a su piel, pero no era el frío de la tormenta lo que la hacía temblar. Era él. Siempre él. Incluso cuando no estaba allí, incluso cuando intentaba enterrar cada recuerdo bajo capas de trabajo y noches de insomnio, Rafael encontraba la manera de volver, como el humo que se filtra por las grietas.
— No deberías estar aquí — dijo, la voz saliendo más baja de lo que pretendía.
Rafael no se movió. Solo inclinó levemente la cabeza, como si evaluara cada centímetro de ella, cada gota de agua que resbalaba de sus cabellos mojados y se perdía en el valle entre sus senos. El fuego de la chimenea crepitaba detrás de él, proyectando sombras danzantes sobre su rostro, acentuando la línea de la mandíbula, la curva de los labios que ella conocía tan bien. Labios que alguna vez le habían susurrado su nombre en noches de pasión, que habían mordisqueado su piel hasta dejarla marcada.
— Yo llegué primero — respondió, finalmente, la voz grave, casi un gruñido. — Pero creo que los dos sabemos que no es de eso de lo que estamos hablando.
Clara apretó los dedos alrededor de la toalla, sintiendo el tejido áspero contra las palmas. Quería gritar, quería preguntarle por qué había desaparecido, por qué la había dejado sola con la oficina, con las cuentas, con el silencio ensordecedor que siguió a aquella última discusión. Pero las palabras murieron en su garganta cuando Rafael dio un paso adelante, y luego otro, hasta que el calor del fuego se mezcló con el calor que emanaba de él, un calor que ella conocía, que le hacía recordar noches en las que sus cuerpos se enredaban bajo sábanas arrugadas, sudorosas, desesperadas.
— ¿Qué haces aquí, Rafael? — insistió, pero su voz falló, traicionada por el recuerdo de su olor: jabón de romero y algo más primitivo, masculino, que hacía que su estómago se contrajera.
Él se detuvo a pocos centímetros de ella, lo suficientemente cerca como para que Clara pudiera ver las pequeñas cicatrices en sus dedos —una en la articulación del índice, de cuando se cortó la mano arreglando la ventana del estudio; otra en el dorso de la mano izquierda, de un accidente de infancia que nunca explicó del todo. Conocía cada una de ellas, como conocía el sabor salado de su piel después de una noche de amor.
— Lo mismo que tú — murmuró, los ojos oscuros fijos en los suyos. — Huyendo.
Huyendo. La palabra resonó entre ellos, cargada de significados. Clara quiso reír, quiso decir que no estaba huyendo de nada, que había venido a la sierra solo para terminar el proyecto de la posada, que la tormenta la había sorprendido. Pero la verdad era que había elegido ese lugar precisamente por ser aislado, por ser el tipo de refugio donde nadie la encontraría. Donde *él* no la encontraría.
Y, sin embargo, allí estaba Rafael, como si el destino se hubiera reído de la ironía.
— No estoy huyendo de ti — mintió, pero el temblor en su voz la delató.
Rafael sonrió, una sonrisa lenta, peligrosa, que hizo que algo se apretara dentro de ella. Extendió la mano, vacilante, y por un segundo Clara pensó que iba a tocar su rostro. Pero sus dedos se detuvieron a centímetros de su piel, flotando en el aire como si él también luchara contra el impulso.
— ¿No? — preguntó, la voz baja, íntima. — Entonces, ¿por qué estás temblando?
Clara no respondió. No podía. Porque la verdad era que estaba temblando, sí, pero no de miedo. Era deseo, puro y simple, ese tipo de deseo que quema más que cualquier fuego. Miró hacia abajo, hacia donde la toalla apenas cubría sus muslos, y vio que sus pezones estaban rígidos, visibles bajo el tejido fino. Rafael siguió su mirada, y ella escuchó su respiración hacerse más pesada.
— Clara… — comenzó, pero fue interrumpido por el sonido de pasos en el pasillo.
Los dos se apartaron bruscamente, como si los hubieran sorprendido haciendo algo prohibido. La dueña de la posada, una mujer de cabellos grises y sonrisa acogedora, apareció en la puerta, llevando una bandeja con dos copas de vino.
— ¡Ah, disculpen! — dijo, deteniéndose al ver la tensión en el aire. — No sabía que ya se conocían. Rafael, no me dijiste que tu *esposa* estaba llegando.
Clara sintió que el rostro le ardía. Rafael, por su parte, no corrigió a la mujer. Solo lanzó una mirada rápida a Clara, una mirada que decía más que cualquier palabra: *Los dos sabemos que esto es mentira, pero vamos a dejarlo así por ahora.*
— Gracias, Doña Marta — dijo, tomando las dos copas y entregándole una a Clara. — La tormenta está empeorando. Creo que vamos a necesitar más vino.
Doña Marta sonrió, ajena a la corriente eléctrica que recorría el ambiente.
— Claro, claro. Voy a preparar la cena. Los dos deben estar hambrientos después de este viaje.
En cuanto salió, Clara llevó la copa a los labios, más para tener algo a qué aferrarse que por ganas de beber. El vino era dulce, intenso, y bajó quemando por su garganta, esparciendo calor por su cuerpo. Rafael la observaba por encima del borde de su propia copa, los ojos oscuros brillando a la luz del fuego.
— ¿Esposa? — murmuró, finalmente, incapaz de contener la ironía.
— Ella lo supuso — respondió, encogiéndose de hombros. — No creí necesario corregirla.
Clara quiso argumentar, quiso decir que aquello era ridículo, que ya no eran nada el uno para el otro. Pero las palabras murieron cuando Rafael se acercó nuevamente, esta vez sin vacilar. Extendió la mano y enredó un mechón de su cabello mojado entre los dedos, tirando de él levemente, como hacía cuando quería que lo mirara.
— Estás hermosa — dijo, la voz ronca. — Incluso empapada, incluso enojada conmigo.
Clara sintió que el aire le faltaba. Era injusto. Era tan injusto que él aún tuviera ese poder sobre ella, que una simple palabra, un toque, bastara para hacerla olvidar todo lo demás. Cerró los ojos por un segundo, intentando recomponerse, pero cuando los abrió nuevamente, Rafael estaba aún más cerca, el aliento cálido contra su rostro.
— No hagas eso — susurró.
— ¿Hacer qué?
— No me mires así.
— ¿Cómo?
— Como si aún fuéramos nosotros.
Rafael soltó un suspiro, pero no se apartó. En cambio, sus dedos se deslizaron de su cabello a su nuca, acariciando la piel sensible allí, haciéndola estremecer.
— Clara — murmuró —, *aún somos* nosotros. Solo que rotos.
Ella quiso negar, quiso empujarlo lejos y decir que no, que eran solo dos personas que alguna vez se amaron y ahora no tenían nada. Pero la verdad era que, incluso rotos, incluso con todas las heridas abiertas, aún encajaban. Como piezas de un rompecabezas que el tiempo y el orgullo habían separado, pero que, ahora, ante el fuego y el vino y la tormenta afuera, parecían imposibles de ignorar.
— Te odio — dijo, pero la frase sonó falsa incluso para sus propios oídos.
Rafael sonrió, triste.
— No, no me odias.
Y entonces, antes de que ella pudiera responder, antes de que pudiera decir algo, se inclinó y rozó sus labios con los de ella. No fue un beso. Fue solo un toque, ligero como una promesa, pero suficiente para hacerla sentir que el suelo se movía bajo sus pies.
Cuando se apartó, sus ojos estaban oscuros, hambrientos.
— La cena estará lista en media hora — dijo, la voz áspera. — Creo que los dos necesitamos un baño caliente antes.
Clara no respondió. Solo se aferró a la toalla con más fuerza y salió de la habitación, sintiendo el peso de la mirada de Rafael en su espalda todo el tiempo.
Y supo, con una certeza que la aterrorizaba, que esa noche estaba lejos de terminar.
La lluvia golpeaba contra las ventanas de la posada como dedos impacientes, insistentes, exigiendo entrada. El salón, antes iluminado solo por la chimenea, ahora titilaba bajo la luz amarillenta de las lámparas, las sombras danzando en las paredes de madera envejecida como espectros de un pasado que ambos intentaban —y fallaban— olvidar. Clara bajó las escaleras lentamente, los pies descalzos hundiéndose en la mullida alfombra, la bata de seda azul marino pegada al cuerpo aún húmedo del baño. La tela susurraba contra su piel, un recordatorio constante de que estaba desnuda debajo, de que cada movimiento era una provocación.
Rafael ya estaba en la mesa, los codos apoyados en el mantel de lino, los dedos enroscados alrededor de una copa de vino tinto. El líquido oscuro reflejaba la luz de las velas, titilando como sangre viva. Alzó la vista cuando ella se acercó, y por un segundo, Clara vio algo crudo y expuesto en sus ojos —no solo deseo, sino una vulnerabilidad que siempre había intentado ocultar. La camisa blanca, abierta en el cuello, dejaba ver la base de su garganta, donde una vena latía, lenta y constante, como un metrónomo marcando el tiempo que los separaba.
— Te demoraste — dijo, la voz baja, ronca. No era una acusación, sino una constatación, como si supiera exactamente lo que ella había estado haciendo en el baño, los dedos deslizándose entre sus piernas mientras el agua caliente corría por su cuerpo.
— Tuve que asegurarme de estar presentable — respondió Clara, arrastrando la silla frente a él. El metal chirrió contra el piso de madera, un sonido agudo que cortó el silencio cargado. — Al fin y al cabo, no es todos los días que ceno con mi ex.
Rafael sonrió, pero no había humor en el gesto. Solo una tristeza antigua, como si las palabras de ella hubieran reabierto una herida que creía cicatrizada.
— *Ex* — repitió, girando la copa entre los dedos. — Esa palabra siempre sonó extraña saliendo de tu boca.
— ¿Y cómo prefieres que te llame? — Inclinó la cabeza, los cabellos aún húmedos cayendo sobre un hombro. — ¿Socio? ¿Colega de oficina? O quizá… — dejó la frase en el aire, los labios curvándose en una sonrisa que no llegaba a los ojos — …el hombre que me dejó sin explicación.
Él suspiró, pasando la mano por el rostro. La barba incipiente raspó su palma, un sonido áspero que le recordó a Clara cómo se sentía contra su piel, áspera y caliente.
— Ya te lo dije. Tuve miedo.
— ¿Miedo de qué? — La pregunta salió más cortante de lo que pretendía, pero el vino ya comenzaba a soltarle la lengua, a aflojar las amarras del orgullo.
— De no ser suficiente. — Rafael la miró entonces, los ojos oscuros como la noche afuera. — Eres brillante, Clara. Siempre lo has sido. Y yo… yo solo podía pensar que, tarde o temprano, te darías cuenta de que merecías a alguien mejor. Alguien que no te arrastrara a mi caos.
Ella rió, un sonido corto y sin alegría.
— Tu caos siempre fue la parte que más amé.
El aire entre ellos se espesó, cargado de cosas no dichas. Clara extendió la mano hacia la botella de vino, pero Rafael fue más rápido, tomándola antes de que pudiera tocar el vidrio. Sus dedos rozaron los de ella, un contacto breve, eléctrico, y sintió el calor subir por su brazo, quemando como una marca.
— Déjame servir — murmuró, la voz gruesa.
Clara no apartó la mirada mientras él llenaba su copa, el líquido rubí escurriendo como miel lenta. Cuando finalmente retiró la botella, sus dedos permanecieron allí, flotando sobre la mesa, demasiado cerca de los suyos. Podía sentir su olor —jabón, vino, el perfume amaderado que siempre usaba y que, incluso después de meses, aún hacía que su estómago se contrajera.
— ¿Recuerdas la primera vez que bebimos juntos? — preguntó Rafael, rompiendo el silencio. — Fue en esa bodega en Bento Gonçalves. Derramaste vino en mi camisa blanca y te reíste como si fuera lo más gracioso del mundo.
Clara llevó la copa a los labios, el sabor afrutado explotando en su lengua.
— Y tú te quitaste la camisa en el acto, como si no te importara. Como si no fuera a quedarme mirando tu pecho el resto de la noche.
— Te quedaste.
— Me quedé. — Tomó otro sorbo, sintiendo el calor esparcirse por su cuerpo. — Y después, cuando volvimos al hotel, me empujaste contra la pared y me besaste como si te estuvieras muriendo de sed.
Rafael cerró los ojos por un segundo, como si el recuerdo doliera.
— Recuerdo cada detalle. La forma en que gemiste cuando te toqué. El sonido de tu respiración cuando entré en ti. — Abrió los ojos, y el deseo en ellos era tan intenso que Clara sintió que su cuerpo respondía, los pezones endureciéndose bajo la bata, el calor acumulándose entre sus piernas. — El sabor de tu piel.
Tragó saliva, los dedos apretando el tallo de la copa.
— ¿Por qué haces esto?
— ¿Hacer qué?
— Recordar. Como si no hubiera dolido cuando te fuiste.
Rafael se inclinó hacia adelante, los codos sobre la mesa, los ojos fijos en los de ella.
— Porque nunca dejé de pensar en ti, Clara. Ni por un segundo. Y ahora, aquí, con esta tormenta afuera y este fuego adentro… — hizo un gesto hacia la chimenea, donde las llamas danzaban, hambrientas — …no puedo seguir fingiendo que no te deseo.
El corazón de Clara latió con fuerza, tan alto que tuvo la certeza de que él podía escucharlo. Quería levantarse, quería huir, quería gritar que no tenía derecho a decir esas cosas después de tanto tiempo. Pero en lugar de eso, se inclinó también, hasta que sus rostros estuvieron a centímetros de distancia, hasta que pudo sentir su aliento cálido contra sus labios.
— Entonces demuéstralo — desafió, la voz un susurro. — Demuestra que aún me deseas.
Rafael no se movió. Por un segundo, pensó que retrocedería, que recordaría todas las razones por las que no deberían hacer esto. Pero entonces, con un gemido bajo, tomó su rostro entre las manos y la besó.
No fue un beso suave. No fue una promesa. Fue necesidad pura, desesperada, los labios de él presionando los suyos con una urgencia que hizo que Clara abriera la boca, recibiéndolo, dejando que su lengua explorara, reclamara. Soltó la copa, el vino derramándose sobre la mesa, pero a ninguno de los dos le importó. Rafael la atrajo más cerca, una mano deslizándose hacia su nuca, los dedos enredándose en su cabello, mientras la otra bajaba por su espalda, arrastrando la bata hacia abajo, exponiendo la curva de sus hombros.
— Rafael… — gimió contra su boca, el cuerpo arqueándose hacia el de él.
Él se apartó solo lo suficiente para mirarla, los ojos oscuros de deseo.
— ¿Tienes idea de lo que quiero hacerte ahora?
Clara mordió el labio inferior, sintiendo su propio cuerpo pulsar.
— Dímelo.
— Quiero acostarte sobre esta mesa — murmuró, la voz ronca, los dedos trazando círculos perezosos en la base de su columna. — Quiero desnudarte lentamente, quitarte esta bata como si fuera un regalo. Quiero lamer cada centímetro de tu piel, desde el cuello hasta los dedos de los pies, hasta que estés tan mojada que me supliques que te folle.
Clara se estremeció, el calor entre sus piernas intensificándose.
— ¿Y después?
— Después — rozó los labios contra el lóbulo de su oreja, haciéndola temblar — te voy a follar aquí mismo, con las piernas abiertas, tus gemidos resonando por toda esta posada vacía. Voy a hacerte correr tantas veces que mañana no podrás caminar bien.
Ella soltó un suspiro tembloroso, las manos deslizándose por su pecho, sintiendo los músculos tensos bajo la camisa.
— ¿Y si no quiero esperar hasta después?
Rafael sonrió, una sonrisa lenta y peligrosa.
— Entonces tendrás que convencerme.
Clara no vaciló. Con un movimiento rápido, se quitó la bata, dejándola caer de sus hombros, exponiéndose por completo. El aire frío de la sala rozó su piel, haciendo que los pezones se endurecieran aún más, pero el calor de la mirada de Rafael fue suficiente para mantenerla caliente.
— Joder — murmuró, los ojos recorriendo su cuerpo como una caricia. — Eres aún más hermosa de lo que recordaba.
Ella se acercó, montándose en su regazo, las piernas abiertas sobre las de él. La tela de sus pantalones rozó su intimidad, y gimió, las caderas moviéndose instintivamente.
— ¿Convencido? — preguntó, la voz entrecortada.
Rafael tomó sus caderas, atrayéndola más cerca, hasta que pudo sentir su erección presionando contra ella.
— Casi — respondió, antes de capturar su boca nuevamente.
El beso fue más intenso esta vez, más desesperado, como si ambos supieran que estaban al borde de algo irreversible. Clara se frotó contra él, la fricción provocando oleadas de placer que recorrían su cuerpo. Rafael gimió, las manos apretando su cintura, los dedos clavándose en su piel.
— Clara… — murmuró contra sus labios, la voz cargada de advertencia.
— Lo sé — respondió, los dedos deslizándose hacia el dobladillo de su camisa, tirando de ella hacia arriba. — Yo tampoco quiero esperar más.
Y entonces, con un movimiento rápido, lo empujó contra la silla, las manos explorando su pecho desnudo, los músculos definidos, la piel caliente bajo sus dedos. Rafael la observaba con los ojos entrecerrados, la respiración acelerada, mientras ella bajaba los labios por su cuello, dejando un rastro de besos húmedos.
— Me vas a matar — gimió, las manos enredándose en su cabello.
— No antes de hacerte correr — respondió, los dedos deslizándose hacia el botón de sus pantalones.
Pero antes de que pudiera desabrocharlos, un trueno retumbó afuera, tan fuerte que hizo temblar las ventanas. Clara se quedó helada, los ojos muy abiertos, y Rafael soltó una risa baja, ronca.
— La tormenta no nos va a dejar en paz, ¿verdad?
Ella negó con la cabeza, una sonrisa lenta formándose en sus labios.
— No. Pero quizá podamos usarla a nuestro favor.
Rafael la atrajo para otro beso, las manos deslizándose por su espalda, atrayéndola más cerca.
— Entonces vamos a tu habitación — murmuró contra su boca. — Antes de que pierda el control aquí mismo.
Clara asintió, pero antes de que pudiera levantarse, Rafael la detuvo, los ojos ardiendo en los suyos.
— Solo una cosa — dijo, la voz seria. — Si lo hacemos, no hay vuelta atrás. No esta vez.
Ella sostuvo su mirada, el corazón latiendo con fuerza.
— Lo sé.
Y entonces, sin más palabras, la atrajo fuera de la silla, las manos firmes en su cintura, mientras la tormenta afuera rugía, como si aprobara su decisión.
Clara dejó que Rafael la guiara por el salón de la posada, los dedos entrelazados con los suyos como si temieran soltarse. La lluvia golpeaba las ventanas en ráfagas furiosas, y el fuego de la chimenea crepitaba, proyectando sombras danzantes sobre las paredes de madera envejecida. El vino aún quemaba en sus venas, pero no era solo el alcohol lo que la mareaba —era él. La proximidad, el olor a cedro y cuero de la chaqueta que llevaba puesta, la forma en que sus ojos oscuros la devoraban incluso cuando intentaba apartar la mirada.
Se detuvieron frente a la escalera que llevaba a las habitaciones, los escalones crujiendo bajo el peso de algo más grande que solo sus cuerpos. Rafael soltó su mano, pasando los dedos por su cabello en un gesto que ella conocía bien —una señal de que las palabras se le atascaban en la garganta.
— ¿Me vas a decir qué pasó realmente? — Clara cruzó los brazos, como si pudiera protegerse de lo que vendría. — ¿O vas a seguir evadiendo hasta que deje de preguntar?
Él exhaló, largo y pesado, como si cargara el peso del mundo sobre los hombros.
— Ya te lo dije. No funcionó. Queríamos cosas distintas.
— *Mentira.* — La palabra salió afilada, cortando el aire entre ellos. — Desapareciste de la oficina, Rafael. No atendiste mis llamadas, no respondiste mis correos. Y cuando finalmente apareciste, fue solo para firmar los papeles de la sociedad como si fuera una desconocida. — Dio un paso adelante, los tacones golpeando el piso de madera. — Así que dime la verdad. ¿Qué hice mal?
Él cerró los ojos por un segundo, como si sus palabras fueran golpes físicos.
— *Tú no hiciste nada.* — Su voz salió ronca, casi quebrada. — Fui yo. Yo no pude.
— ¿No pudiste qué?
— *Ser el hombre que merecías.*
La confesión flotó entre ellos, densa como el humo de la chimenea. Clara sintió que el pecho se le apretaba, pero no era solo dolor —había algo más, algo cálido y pulsante, como si el propio aire a su alrededor se hubiera cargado de electricidad.
— ¿De qué estás hablando? — Disminuyó la distancia entre los dos, hasta que sus cuerpos casi se tocaron. — Siempre fuiste más que suficiente. Siempre.
Rafael negó con la cabeza, los labios apretados en una línea fina.
— No cuando se trataba de ti. — Alzó la mano, como si fuera a tocar su rostro, pero vaciló, los dedos flotando en el aire. — Te veía crecer, Clara. Proyectos más grandes, clientes importantes, viajes al extranjero. ¿Y yo? Yo estaba estancado en el mismo lugar, con miedo de arrastrarte hacia abajo. Con miedo de que, un día, despertaras y te dieras cuenta de que podías tener a alguien mejor.
Las palabras cayeron sobre ella como una cascada, y Clara sintió que el suelo se movía bajo sus pies. No era rabia lo que la dominaba ahora —era algo más profundo, más visceral. Una comprensión dolorosa de que, detrás de todo ese orgullo herido, había un hombre que la amaba lo suficiente como para dejarla ir.
— Eres un idiota — susurró, la voz quebrada. — Un idiota hermoso, terco y cobarde.
Él soltó una risa amarga.
— Lo sé.
— ¿Me dejaste porque *me amabas*?
Rafael no respondió. No necesitaba hacerlo. La forma en que sus ojos brillaron, el modo en que su respiración se volvió más pesada, todo decía lo que las palabras no podían.
Clara no pensó. No calculó. Solo actuó.
Tomó la solapa de su chaqueta y lo atrajo hacia sí, pegando sus labios a los de él en un beso que no pedía permiso. Era hambre, era rabia, era alivio —todo mezclado en un solo gesto desesperado. Rafael se quedó helado por un segundo, sorprendido, pero entonces sus manos encontraron su cintura, atrayéndola con fuerza contra su cuerpo, como si temiera que pudiera desaparecer.
El beso se profundizó, lenguas enredándose, dientes chocando levemente. Clara sintió el sabor del vino y de algo más —algo salvaje, algo que siempre había estado entre ellos, incluso cuando intentaban negarlo. Sus manos se deslizaron hacia su cabello, tirando de él levemente, arrancándole un gemido ronco de la garganta.
— Clara… — murmuró contra su boca, la voz cargada de advertencia.
— Cállate — ordenó, mordisqueando su labio inferior. — Y bésame de vuelta.
Él obedeció.
Las manos de Rafael bajaron por su espalda, apretándola contra sí, y Clara sintió la prueba de su deseo presionando contra su vientre. Un escalofrío recorrió su columna, y gimió bajito, los dedos enredándose en su camisa, tirando de ella para sacarla del pantalón.
— No tienes idea de lo que estás haciendo — gruñó, pero no la detuvo.
— Sí la tengo — susurró, los labios rozando su oreja. — Estoy recordándote lo que perdimos.
Rafael soltó un sonido gutural, casi animal, y entonces sus manos estuvieron por todas partes —en sus caderas, subiendo por su espalda, atrayéndola con una urgencia que hacía que el corazón de Clara latiera desbocado. La empujó contra la pared junto a la escalera, su cuerpo presionando el de ella, y Clara sintió cada músculo rígido, cada respiración entrecortada, como si él se estuviera conteniendo por un hilo.
— Te deseaba tanto — confesó, la voz ronca, los labios bajando por su cuello, dejando un rastro de fuego. — Incluso cuando intenté olvidarte. Incluso cuando me dije que era mejor así.
Clara arqueó el cuerpo contra el de él, las uñas clavándose en sus hombros.
— Entonces deja de intentarlo.
Él no necesitó más incentivo.
Las manos de Rafael se deslizaron hacia abajo, tomando su muslo y levantándolo, encajándola en su cadera. Clara gimió fuerte cuando sintió su erección presionando exactamente donde más lo necesitaba, y sus dedos se enredaron en su cabello, atrayéndolo para otro beso hambriento.
— Joder — maldijo, apartándose solo lo suficiente para respirar. — No podemos hacer esto aquí.
— ¿Por qué no? — desafió, los labios hinchados, los ojos entrecerrados de deseo.
— Porque si no te llevo a una habitación ahora, te voy a follar contra esta pared.
Las palabras enviaron una ola de calor directo a su vientre. Mordió el labio, sintiendo todo su cuerpo pulsar.
— Entonces llévame.
Rafael no vaciló.
La tomó en brazos con un movimiento rápido, las manos firmes bajo sus muslos, y Clara envolvió las piernas alrededor de su cintura, los brazos alrededor de su cuello. Subieron las escaleras así, besándose como si el mundo fuera a acabarse, como si cada segundo fuera el último.
Cuando llegaron al pasillo de las habitaciones, Rafael la presionó contra la pared nuevamente, los labios bajando por su cuello, mordisqueando, lamiendo, mientras sus manos exploraban cada curva. Clara arqueó la espalda, ofreciéndose a él, y Rafael soltó un gemido bajo, casi doloroso.
— ¿Cuál es tu habitación? — preguntó, la voz ronca de deseo.
Ella señaló hacia la puerta al final del pasillo, los dedos temblando.
— La última.
Él no perdió tiempo.
Con Clara aún en brazos, Rafael caminó hasta la puerta, pateándola para abrirla. La habitación estaba iluminada solo por la tenue luz de una lámpara, el fuego de la chimenea reflejándose en las paredes de madera oscura. La dejó de pie solo el tiempo suficiente para cerrar la puerta con llave, y entonces sus manos estuvieron sobre ella nuevamente, atrayéndola para otro beso.
Clara sintió que el mundo giraba cuando él la empujó hacia la cama, los cuerpos cayendo juntos sobre el colchón mullido. Rafael se cernió sobre ella, los ojos oscuros ardiendo con una intensidad que la hizo estremecer.
— Última oportunidad — murmuró, los labios rozando los suyos. — Si lo hacemos, no hay vuelta atrás.
Clara sonrió, lenta y peligrosamente, y lo atrajo hacia abajo, sintiendo su peso sobre ella, el calor de su piel, la promesa de lo que estaba por venir.
— Lo sé. — Envolvió las piernas alrededor de su cintura, atrayéndolo más cerca. — Y no quiero que la haya.
La respiración de Rafael era cálida contra el cuello de Clara, los labios trazando una línea lenta y húmeda hasta la clavícula, mientras las manos se deslizaban por su espalda, atrayéndola contra su cuerpo rígido. El colchón se hundía bajo el peso de ambos, la sábana de algodón suave rozando su piel sensible, cada movimiento una invitación a más. Ella arqueó la espalda, sintiendo la tela de su camisa contra los pezones endurecidos, un contraste áspero que la hizo gemir bajito.
— No tienes idea de cuánto he esperado esto — murmuró, la voz ronca, los dedos enganchándose en el dobladillo de su blusa y subiéndola con urgencia. Clara levantó los brazos, permitiendo que la desvistiera, los ojos fijos en los de él mientras el aire frío de la noche tocaba su piel expuesta. Rafael no apartó la mirada, ni siquiera cuando sus manos se deslizaron por sus senos, los pulgares rodeando los pezones hasta que ella mordió el labio inferior, conteniendo un suspiro.
— Sí la tengo — respondió, la voz temblorosa, extendiendo la mano para desabotonar su camisa. — Porque yo también he esperado.
Los botones cedieron uno a uno, revelando el pecho ancho, la piel marcada por cicatrices antiguas y el vello leve que ella conocía tan bien. Clara pasó las uñas por los músculos definidos, sintiendo cómo su cuerpo temblaba bajo su toque. Rafael tomó su muñeca, guiándola hacia abajo, hasta que sus dedos encontraron el cinturón. Ella sonrió, maliciosa, y lo desabrochó con movimientos lentos, deliberados, los ojos nunca dejando los suyos.
— ¿Impaciente? — provocó, bajando la cremallera del pantalón con un sonido que resonó en el silencio de la habitación.
— Desde que te vi en el salón — admitió, la voz un gruñido bajo mientras ella empujaba el pantalón hacia abajo, liberando la erección que ya presionaba contra la tela de los calzoncillos. Clara envolvió los dedos alrededor de él, sintiendo el calor pulsante, la textura sedosa de la piel estirada. Rafael gimió, las caderas moviéndose instintivamente, buscando más contacto.
— Entonces demuéstramelo — susurró, soltándolo solo para empujarlo de espaldas sobre la cama. Rafael cayó con un gruñido, los ojos oscuros siguiendo cada movimiento de ella mientras Clara se arrodillaba entre sus piernas. No se quitó las bragas, pero las apartó, exponiéndose, y entonces se inclinó, los labios rozando la punta de él antes de tomarlo por completo en su boca.
El sonido que escapó de la garganta de Rafael fue algo entre un gemido y una maldición, las manos enredándose en su cabello. Clara lo provocó con la lengua, los labios, los dientes, sintiendo cómo crecía aún más contra el paladar. Le encantaba el poder que tenía sobre él en ese momento, la forma en que los músculos de sus muslos se contraían, cómo sus dedos apretaban sus mechones con fuerza suficiente para doler. Pero no se detuvo. No hasta que Rafael la levantó con un movimiento brusco, los labios pegándose a los suyos en un beso hambriento.
— Basta — gruñó, volteándolos en la cama hasta que ella quedó debajo de él. — Quiero estar dentro de ti cuando me corra.
Clara no discutió. No había espacio para palabras, solo para el sonido de los cuerpos encontrándose, para el roce de la piel, para el olor a sudor y deseo mezclado con el aroma del vino que aún flotaba entre ellos. Rafael deslizó la mano entre sus piernas, los dedos encontrándola mojada, lista. Ella gimió, arqueándose contra su palma, las uñas clavándose en sus hombros anchos.
— Por favor — pidió, la voz quebrada, las caderas moviéndose en busca de alivio.
Rafael no la hizo esperar. Con un movimiento fluido, la penetró, llenándola por completo, los dos soltando un suspiro simultáneo. Clara envolvió las piernas alrededor de su cintura, atrayéndolo más profundo, mientras Rafael comenzaba a moverse, lento al principio, cada embestida una tortura deliciosa. Sintió cada centímetro de él, la forma en que la estiraba, cómo sus cuerpos encajaban perfectamente, como si nunca hubieran estado separados.
— Más rápido — suplicó, las uñas arañando su espalda.
Rafael obedeció, acelerando el ritmo, las caderas golpeando contra las de ella con fuerza suficiente para hacer crujir la cama. Clara cerró los ojos, perdida en la sensación, en el calor que se extendía por su vientre, en los sonidos húmedos de los cuerpos uniéndose. Pero Rafael tomó su mentón, obligándola a mirarlo.
— Quiero verte — murmuró, la voz áspera. — Quiero ver tu rostro cuando te corras.
Clara no pudo responder. El placer era demasiado, una ola creciente que amenazaba con tragársela. Se aferró a él, las uñas clavándose en su carne, los gemidos convirtiéndose en gritos ahogados contra su hombro. Rafael no se detuvo, no redujo el ritmo, cada embestida más profunda, más urgente, hasta que sintió que todo su cuerpo se contraía, el orgasmo estallando en oleadas que la dejaron temblorosa, los músculos internos apretándolo con fuerza.
— Joder — gimió Rafael, los movimientos volviéndose erráticos mientras la seguía, el cuerpo tenso sobre el de ella antes de desplomarse, su peso presionándola contra el colchón. Los dos permanecieron así, jadeantes, los corazones latiendo al unísono, la piel cubierta por una fina capa de sudor.
Por un momento, no hubo nada más que el sonido de sus respiraciones entrecortadas y el crepitar de la chimenea. Entonces Rafael se movió, saliendo de ella con cuidado, pero sin apartarse. Se giró de lado, atrayéndola contra su pecho, los dedos trazando círculos perezosos en su espalda.
— Esto fue… — comenzó, pero Clara lo interrumpió con un beso suave.
— Lo sé.
No necesitaba palabras. Su cuerpo aún temblaba, la piel caliente bajo sus labios mientras besaba su pecho, su cuello, su mandíbula. Rafael la dejó explorar, los dedos enredándose en su cabello, guiándola hacia donde quería ser tocado. Clara sonrió contra su piel, sintiendo cómo se endurecía nuevamente contra su muslo.
— ¿Otra vez? — preguntó, maliciosa, los dedos deslizándose por su abdomen.
Rafael la atrajo hacia arriba, invirtiendo las posiciones hasta que ella quedó montada sobre él, los senos balanceándose con el movimiento. Tomó sus caderas, los ojos ardiendo con una intensidad que la hizo estremecer.
— Cuantas veces aguantes — respondió, atrayéndola hacia abajo, llenándola una vez más.
Clara echó la cabeza hacia atrás, los cabellos cayendo en ondas sobre sus hombros, mientras comenzaba a moverse, lenta al principio, sintiendo cada centímetro de él dentro de sí. Rafael la observaba, las manos subiendo para apretar sus senos, los pulgares jugando con sus pezones hasta que gimió, acelerando el ritmo.
La noche era de ellos. Y no tenían prisa.
La primera luz del amanecer se filtraba por las cortinas de lino, pintando la habitación en tonos ámbar y rosa pálido. Clara despertó lentamente, como si emergiera de un sueño profundo, los músculos aún relajados por el agotamiento placentero de la noche. El cuerpo de Rafael estaba cálido contra el suyo, un brazo pesando posesivamente sobre su cintura, la respiración lenta y regular contra su nuca. Cerró los ojos por un instante, dejándose hundir en la sensación de seguridad, de pertenencia. La tormenta había pasado, pero algo dentro de ella aún crepitaba, como brasas bajo cenizas.
Rafael se movió detrás de ella, los labios rozando la curva de su hombro antes de murmurar, la voz ronca de sueño y deseo:
— Estás despierta.
No era una pregunta. Clara sonrió, girándose para mirarlo. Su rostro estaba cerca, los ojos aún entrecerrados, pero el brillo en ellos era inconfundible —algo entre ternura y hambre. Alzó la mano, trazando el contorno de su mandíbula, sintiendo la aspereza de la barba incipiente contra sus dedos.
— ¿Cómo no estarlo? — respondió, la voz baja, casi un susurro. — Roncas.
Él rió, un sonido grave y vibrante que reverberó por su cuerpo. Con un movimiento rápido, rodó sobre ella, aprisionándola entre sus brazos, el peso deliciosamente familiar.
— Mentira. Eres tú la que no puede quedarse quieta.
Clara arqueó una ceja, pero no lo negó. En cambio, enredó las piernas en las de él, atrayéndolo más cerca, hasta que la evidencia de su excitación matutina presionó contra su vientre. Rafael gimió, bajando la cabeza para capturar sus labios en un beso lento, profundo, como si tuvieran todo el tiempo del mundo. Y, por primera vez en meses, Clara creyó que lo tenían.
La lluvia había cesado, pero el aire aún cargaba la humedad de la noche, mezclada con el olor a leña quemada y el perfume cítrico del jabón que habían usado en el baño compartido horas antes. Las manos de Rafael se deslizaron por su espalda, bajando hasta sus nalgas, apretándola contra él con una urgencia que desmentía la lentitud del beso. Clara mordió su labio inferior, atrayéndolo hacia sí con un gemido.
— Necesitamos hablar — murmuró contra su boca, pero no hizo ademán de apartarse.
— Después — respondió Clara, las uñas clavándose en sus hombros. — Mucho después.
Rafael no necesitó más incentivo. Con un movimiento fluido, se incorporó sobre las rodillas, atrayéndola para que se sentara sobre él, los cuerpos alineados de una forma que hizo que ambos suspiraran. Clara sostuvo su rostro entre las manos, besándolo con un hambre que no tenía fin, como si pudiera absorberlo por completo. Rafael respondió con la misma intensidad, las manos explorando cada curva, cada cicatriz, cada parte de ella que había extrañado sin admitirlo.
Cuando se separaron para respirar, Clara apoyó la frente contra la de él, los ojos cerrados.
— Te amo — dijo, simple, directa. Las palabras salieron sin vacilar, como si siempre hubieran estado allí, esperando ser dichas.
Rafael tomó su rostro entre las manos, los pulgares acariciando sus pómulos.
— Yo también te amo. Más de lo que debería. Más de lo que creí posible.
Clara sonrió, una sonrisa que iluminó toda la habitación.
— Entonces demuéstramelo.
Y él lo hizo.
Esta vez, no hubo prisa. No hubo sombras del pasado, ni fantasmas de orgullo o miedo. Rafael la acostó de espaldas, cubriendo su cuerpo con el suyo, los movimientos lentos, deliberados, como si estuviera memorizando cada reacción, cada temblor. La besó de la frente a los pies, demorándose en los lugares que sabía que la dejaban sin aliento —el hueco entre sus senos, la curva de su cadera, la parte interna de sus muslos. Clara se arqueó hacia él, las manos aferrándose a las sábanas, los gemidos volviéndose más fuertes a medida que su boca la llevaba al borde del precipicio.
— Rafael… por favor — suplicó, la voz quebrada.
Él alzó la cabeza, los labios húmedos, los ojos oscuros de deseo.
— ¿Qué quieres?
— A ti. Dentro de mí.
Rafael no la hizo esperar. Con un movimiento suave, entró en ella, llenándola de una forma que hizo que ambos gimieran al unísono. Clara envolvió las piernas alrededor de su cintura, atrayéndolo más profundo, más cerca, como si pudiera fundir sus cuerpos en uno solo. Rafael comenzó a moverse, cada embestida lenta y profunda, los ojos fijos en los de ella, como si pudiera ver su alma.
— Nunca más — murmuró, la voz ronca. — Nunca más te dejaré.
Clara tomó su rostro entre las manos, besándolo con una pasión que trascendía lo físico.
— Nunca más — prometió.
El ritmo aumentó, los cuerpos moviéndose en perfecta sincronía, como si siempre hubieran sido hechos el uno para el otro. Clara sintió el calor extenderse por su vientre, las piernas temblando, el placer acumulándose hasta volverse insoportable. Rafael la observaba, los dedos entrelazados con los suyos, las frentes pegadas.
— Ven conmigo — susurró.
Y ella vino.
El orgasmo la golpeó como una ola, arrastrándola a un mar de sensaciones, los gemidos ahogados contra su hombro. Rafael la siguió segundos después, hundiendo el rostro en su cuello, el cuerpo estremeciéndose con la fuerza de la liberación. Por un largo momento, permanecieron así, inmóviles, los corazones latiendo al unísono, la respiración calmándose poco a poco.
Cuando Rafael finalmente se movió, fue para acostarse a su lado, atrayéndola contra su pecho. Clara se acurrucó contra él, la cabeza apoyada en su pecho, escuchando el ritmo constante de su corazón.
— ¿Y ahora? — preguntó, trazando círculos perezosos en su piel.
Rafael besó la parte superior de su cabeza.
— Ahora, recomenzamos. Desde cero. O desde donde nos quedamos. No importa.
Clara alzó la cabeza, mirándolo.
— ¿Y la oficina?
— La oficina es nuestra. Juntos. Como siempre debió ser.
Ella sonrió, sintiendo una ligereza que no había sentido en meses.
— ¿Y el miedo?
Rafael tomó su mentón, inclinando su rostro para que lo mirara.
— El miedo existirá. Siempre existirá. Pero ya no nos controlará.
Clara asintió, los ojos brillantes. No eran lágrimas de tristeza, sino de alivio, de esperanza. Se acercó, besándolo con una ternura que hizo que su pecho doliera.
— Entonces recomenzamos — susurró.
Rafael la atrajo más cerca, envolviéndola en sus brazos.
— Recomenzamos.
Afuera, el sol ya había ascendido en el cielo, bañando la sierra en una luz dorada. La tormenta había pasado, dejando atrás solo la promesa de un nuevo comienzo. Y, en los brazos del otro, Clara y Rafael supieron que, esta vez, nada los separaría.