Llamaradas de Medianoche
Por Tonkix

**Llamaradas de Medianoche**
El salón de fiestas del Grand Hotel Aurora respiraba opulencia, un escenario de mármol negro y cristales que reflejaban la luz dorada de los candelabros como estrellas caídas del cielo. El aire llevaba el perfume dulzón de rosas blancas dispuestas en arreglos monumentales, mezclado con el aroma sutil de champán y cuero italiano de los zapatos que se deslizaban sobre el piso pulido. Lucas ajustó la pajarita—negra, como el resto de su atuendo—y observó el ambiente con la mirada calculadora de quien diseña espacios, pero también con la discreción de quien prefiere pasar desapercibido.
No era hombre de fiestas. Prefería el silencio de los croquis, la soledad de las obras, la compañía de los números que se alineaban perfectamente en sus maquetas. Pero aquella noche era diferente: el evento celebraba la inauguración de un nuevo complejo arquitectónico en la costa, un proyecto suyo, y rechazar la invitación habría sido como negar su propio trabajo. Así que allí estaba, entre sonrisas forzadas y apretones de mano firmes, intentando ignorar la sensación de que cada mirada dirigida hacia él era un juicio.
Fue entonces cuando la vio.
Clara atravesaba el salón como si el espacio hubiera sido diseñado para ella—y quizá lo había sido. El vestido rojo, ajustado como una segunda piel, moldeaba las curvas de su cuerpo con la precisión de un boceto perfecto, la tela brillando bajo las luces como si estuviera en llamas. Los cabellos oscuros, sueltos en ondas rebeldes, se balanceaban con cada paso, y el labial del mismo color del vestido parecía una invitación escrita en su boca. Llevaba una cámara profesional colgando del cuello, pero no era la máquina lo que llamaba la atención, sino la manera en que sus ojos—verdes, intensos—recorrían el ambiente con una curiosidad voraz, como si estuviera cazando algo.
O alguien.
Lucas sintió el peso de aquella mirada antes incluso de girarse. Cuando lo hizo, la encontró parada a pocos metros, los labios entreabiertos en una sonrisa que no era exactamente para él, pero que lo golpeó como un puñetazo en el pecho. Ella levantó la cámara, ajustó el enfoque, y el flash lo cegó por un segundo—tiempo suficiente para que él notara que no era una fotografía cualquiera. Era un desafío.
—¿Arquitectura o arquitecto? —La voz de ella era ronca, como si hubiera pasado la noche anterior gritando en un concierto de rock, pero llevaba una suavidad que contrastaba con la audacia del tono.
Lucas parpadeó, aún recuperándose del destello. —Ambos, supongo.
Clara bajó la cámara, dejándola colgar entre sus senos, y dio un paso adelante. El tacón alto—finísimo, mortal—se hundió en la alfombra persa con un sonido amortiguado. —Entonces tú eres el responsable de ese monstruo de vidrio y acero en la costa. —Inclinó la cabeza, los ojos brillando con una ironía que él no supo descifrar. —He oído que es frío. Calculador.
—¿Y tú eres la periodista que va a escribir sobre eso?
—Tal vez. —Extendió la mano, los dedos largos y uñas pintadas de un rojo oscuro. —Clara Viana. ¿Y tú eres...?
—Lucas. —Tomó su mano, y el contacto fue como una descarga eléctrica. La piel de ella estaba caliente, casi febril, y por un instante, se preguntó si ella habría sentido lo mismo. —Lucas Almeida.
*—Almeida...* —Repitió el apellido como si estuviera degustando un vino caro. —Suena a tradiciones antiguas. Pero tú no pareces el tipo que gusta de tradiciones.
—¿Y qué tipo parezco?
Clara sonrió, lenta y deliberadamente, como si supiera que aquella pregunta era una trampa. —El tipo que gusta de romper reglas. —Se acercó más, lo suficiente para que él sintiera el calor de su cuerpo a través de la tela fina del vestido. —¿O me equivoco?
Lucas no respondió. No necesitaba hacerlo. El aire entre ellos ya estaba cargado de algo más que palabras, una tensión que vibraba como las cuerdas de un violín a punto de ser tocado. Observó la manera en que los labios de ella se movían al hablar, la forma en que la lengua pasaba rápidamente sobre el labio inferior, como si estuviera saboreando su propio deseo. Y entonces, sin aviso, ella se apartó, dejando un rastro de perfume—algo cítrico, con un toque de vainilla y algo más oscuro, como ámbar.
—Voy a tomar algo —anunció, como si la conversación no hubiera acabado de incendiar el ambiente. —¿Vienes?
Lucas dudó. Sabía que debería mantener las distancias. Sabía que Clara no era el tipo de mujer que se conformaba con una noche. Pero cuando ella miró por encima del hombro, los ojos verdes brillando con una promesa maliciosa, supo que ya estaba perdido.
—Claro —respondió, y la siguió hasta el bar, donde el champán helado y las palabras susurradas serían solo el comienzo.
El bar del hotel era uno de esos espacios diseñados para seducir: luz ámbar filtrada por globos de vidrio esmerilado, sillones de cuero suave que se hundían bajo el peso de los cuerpos relajados, el tintineo cristalino de las copas mezclándose con el murmullo de las conversaciones. Clara se deslizó hacia uno de los taburetes altos, las piernas largas cruzándose con una naturalidad que hizo contener la respiración a Lucas. El vestido negro, ajustado en la cintura y suelto en los muslos, subió unos centímetros cuando se acomodó, revelando la piel dorada bajo la luz tenue. Él se sentó a su lado, lo suficientemente cerca para sentir el calor que emanaba de ella, pero sin invadir su espacio—todavía.
—¿Champán? —preguntó, levantando una copa ya llena hacia él. El líquido dorado brillaba bajo la luz, las burbujas danzando como pequeños fuegos artificiales.
—Solo si prometes no derramarlo sobre mí —respondió Lucas, aceptando la copa. Los dedos de ambos se rozaron por un segundo, y sintió el choque eléctrico de aquella piel contra la suya.
Clara rio, un sonido bajo y ronco que vibró en el pecho de él. —¿Y si quiero?
Él llevó la copa a los labios, sin apartar los ojos de los suyos. El champán estaba helado, pero el sabor era demasiado dulce, casi empalagoso. O quizá era solo su presencia, la forma en que su mirada verde se clavaba en la suya, como si estuviera leyendo cada pensamiento prohibido que cruzaba por su mente.
—Eres peligrosa —murmuró, inclinándose ligeramente hacia adelante. El perfume de ella lo envolvió de nuevo, cítrico y cálido, con ese toque de ámbar que parecía hecho para adherirse a la piel.
—Y a ti te gusta —replicó, pasando la lengua por el labio inferior. Un gesto lento, deliberado. —O no estarías aquí.
Lucas no lo negó. No podía. La verdad era que, desde el momento en que la había visto al otro lado del salón, algo en él se había retorcido, un hambre que no tenía nada que ver con la comida. Observó la forma en que ella sostenía la copa, los dedos largos y elegantes, las uñas pintadas de un rojo oscuro que combinaba con el labial. Cuando llevó la bebida a la boca, él siguió el movimiento, imaginando cómo sería sentir aquellos labios en otros lugares.
—¿Qué hace una periodista en una fiesta de arquitectos? —preguntó, intentando desviar el rumbo de sus propios pensamientos. —Además de provocarme, claro.
Clara sonrió, inclinando la cabeza. —Cubriendo el evento. Pero confieso que me interesan más las historias que ocurren *fuera* del guión. —Se acercó, la voz bajando a un susurro. —Como la tuya, por ejemplo.
—La mía no es tan interesante.
—Mentiroso. —Tocó la rodilla de él con la punta de los dedos, un contacto ligero, casi casual, pero que hizo tensar el cuerpo de Lucas. —Estás aquí solo. Sin acompañante. Sin colegas pegados a tu brazo. Solo tú, un traje que costó más que mi alquiler, y esa manera de intentar, *muy* discretamente, no mirarme.
Él rio, sorprendido. —Eres observadora.
—Es mi trabajo. —Deslizó la mano por la rodilla de él, subiendo unos centímetros por el muslo. —Y mi hobby.
Lucas contuvo la respiración. La palma de ella estaba caliente, incluso a través de la tela del pantalón. Podría haberla detenido allí, apartar su mano con un gesto educado, mantener la distancia que siempre lo había definido. Pero entonces Clara se inclinó más, los labios casi rozando su oreja cuando habló:
—Dime una cosa, arquitecto… ¿siempre sigues las reglas? ¿O a veces te gusta romperlas?
La pregunta quedó suspendida entre ellos, cargada de insinuaciones. Lucas sintió la sangre latir más rápido, el calor extendiéndose por su cuerpo. Giró el rostro, encontrando los ojos de ella a centímetros de los suyos. El verde de sus iris parecía más oscuro ahora, casi negro, como si la pupila hubiera devorado el color.
—Depende —respondió, la voz ronca. —¿Quién propone romperlas?
Clara sonrió, una sonrisa lenta y peligrosa. —Yo. —Apartó la mano del muslo de él, pero solo para tomar la copa de champán y dar un largo trago. Cuando volvió a hablar, su voz era más baja, más íntima. —Y tú vas a aceptar.
No era una pregunta.
Lucas no respondió. En cambio, extendió la mano y tocó su muñeca, los dedos deslizándose por la piel suave hasta encontrar el punto donde el latido acelerado pulsaba bajo la superficie. Clara no se movió. Solo lo observó, los labios entreabiertos, la respiración ligeramente irregular.
—Eres muy segura de ti misma —murmuró.
—Y tú eres muy bueno fingiendo que no estás afectado. —Inclinó la cabeza, los ojos brillando con desafío. —Pero vi cómo me miraste cuando entré. Como si quisieras desnudarme allí mismo, frente a todos.
Un músculo se contrajo en la mandíbula de Lucas. No lo negó. No podía. La verdad era que, desde el primer segundo, había imaginado exactamente eso—Clara contra una pared, el vestido rasgado, las piernas enredadas en su cintura. Apretó su muñeca, no con fuerza, pero lo suficiente para que ella sintiera la presión de sus dedos.
—Cuidado —advirtió, la voz baja. —O empezaré a pensar que quieres lo mismo.
Clara no se intimidó. En cambio, soltó una risa suave y se acercó aún más, hasta que sus labios casi tocaron los de él. Su aliento olía a champán y algo más dulce, como miel.
—¿Y si quiero?
El aire entre ellos se volvió denso, cargado de electricidad. Lucas sintió todo su cuerpo reaccionar, la piel hormigueando, el deseo enroscándose en la base de la columna. Podría haberla besado allí mismo, en el bar, frente a todos. Podría haberla atraído contra su cuerpo y dejar que sus manos exploraran cada curva, cada centímetro de piel expuesta. Pero algo lo detuvo—quizá el último resquicio de cautela, quizá el placer de prolongar el juego.
En lugar de eso, soltó su muñeca y se recostó en el taburete, una sonrisa lenta extendiéndose por su rostro.
—Entonces tendrás que convencerme.
Clara arqueó una ceja, claramente sorprendida. Pero el desafío solo pareció excitarla más. Se apartó, cruzando las piernas de nuevo, el vestido deslizándose un poco más por el muslo. Tomó la copa y dio otro sorbo, los ojos nunca dejando los de él.
—Está bien —dijo, la voz suave. —Pero no digas que no te avisé.
Lucas sintió todo su cuerpo tensarse. Había algo en esas palabras, en la forma en que las pronunció, que lo hizo imaginar todas las posibilidades—Clara de rodillas frente a él, Clara gimiendo su nombre, Clara arrastrándolo a un rincón oscuro y no dejándolo salir hasta que ambos estuvieran exhaustos.
—Cuento con ello —respondió, la voz baja.
Por un momento, solo se miraron, el silencio entre ellos cargado de promesas. Entonces Clara se deslizó del taburete, el movimiento fluido, elegante. Alisó el vestido con las manos, como si se estuviera preparando para algo.
—Vamos a dar un paseo —sugirió, extendiendo la mano. —La terraza tiene una vista preciosa.
Lucas miró su mano, luego su rostro. Los labios aún estaban húmedos del champán, ligeramente entreabiertos. Sabía que, si aceptaba, no habría vuelta atrás. Pero ¿cuándo había deseado tanto algo que no pudiera tener?
Tomó su mano, sintiendo la suavidad de su piel, la firmeza del apretón.
—Vamos.
La mano de Clara estaba caliente, casi febril, como si el deseo que ardía entre ellos ya se hubiera infiltrado en su piel. Lucas sintió el calor subir por su brazo, un contraste delicioso con la brisa ligera que los recibió al salir del salón principal. El pasillo del hotel era un túnel de luz dorada y sombras suaves, el murmullo amortiguado de la fiesta quedando atrás a medida que se acercaban a las puertas de vidrio que llevaban a la terraza.
—¿Has estado aquí antes? —preguntó Clara, la voz baja, como si no quisiera romper el hechizo que los envolvía.
—No —admitió, los dedos apretando ligeramente los de ella. —Pero tengo la sensación de que recordaré esta noche por mucho tiempo.
Ella rio, un sonido ligero y musical, y lo arrastró hacia afuera con un movimiento decidido. El aire nocturno los envolvió de inmediato, fresco y cargado con el aroma de jazmín y concreto calentado por el sol del día. La ciudad se extendía ante ellos, un mar de luces titilantes que se perdía en el horizonte, como estrellas caídas atrapadas en la tierra. La terraza era amplia, con sofás de mimbre dispuestos en pequeños grupos, pero Clara no se detuvo allí. Lo guió hacia el borde, donde la balaustrada de hierro forjado dibujaba arabescos contra el cielo oscuro.
—Mira —murmuró, inclinándose ligeramente hacia adelante, los codos apoyados en el metal frío. —Desde aquí se ve el río.
Lucas se acercó, el hombro rozando el de ella, y siguió el dedo que señalaba una franja plateada serpenteando entre los edificios. El agua reflejaba las luces del puente, temblando como mercurio líquido. Respiró hondo, sintiendo el peso de la noche en el pecho, el peso de ella a su lado.
—Es hermoso —dijo, pero no estaba mirando el río.
Clara giró el rostro hacia él, los labios entreabiertos, los ojos brillando bajo la luz ámbar de los faroles. Había algo depredador en su mirada, algo que hacía latir más rápido la sangre de Lucas. No dijo nada. Solo levantó la mano y tocó su rostro, los dedos deslizándose por la mandíbula, luego por el labio inferior, como si estuviera memorizando la textura.
—Eres tan callado —murmuró. —Pero tus ojos... lo dicen todo.
Él contuvo la respiración cuando ella se acercó aún más, el cuerpo casi pegado al suyo. El vestido de ella, una tela oscura que parecía absorber la luz, rozaba las piernas de Lucas, y podía sentir el calor que emanaba de ella, como si estuviera a punto de prenderse fuego.
—¿Qué dicen? —preguntó, la voz ronca.
Clara sonrió, una sonrisa lenta, peligrosa.
—Que quieres besarme.
No era una pregunta. Era una constatación, y la forma en que lo dijo, con tanta certeza, hizo que algo dentro de él se rompiera. Lucas tomó su nuca con una mano, los dedos enredándose en los mechones suaves de su cabello, y la atrajo hacia sí. Los labios de Clara se abrieron en un suspiro cuando la besó, y el sabor a champán y algo más dulce, algo exclusivamente suyo, estalló en su boca.
Ella respondió con la misma hambre, las manos agarrando las solapas de su chaqueta, atrayéndolo más cerca, como si quisiera fundir sus cuerpos. El beso era profundo, húmedo, los dientes chocando levemente, las lenguas enredándose en una danza que hacía que el deseo se enroscara en la base de la columna de Lucas. La empujó contra la balaustrada, el metal frío presionando su espalda, y Clara gimió contra su boca, un sonido que vibró directamente en su miembro.
—Joder —gruñó, apartándose solo lo suficiente para respirar. —Me vas a matar.
Ella rio, jadeante, los labios hinchados, los ojos entrecerrados.
—Todavía no —susurró, pasando la lengua por el labio inferior. —Pero estoy pensando en todas las formas de dejarte sin aliento.
Lucas no pudo evitarlo. La besó de nuevo, más urgente esta vez, las manos descendiendo por su cuerpo, sintiendo las curvas bajo el vestido. Clara arqueó la espalda, presionando los senos contra su pecho, y él gimió al sentir los pezones duros a través de la tela fina. La mano de ella se deslizó entre ellos, encontrando el bulto en su pantalón, y apretó levemente, arrancándole un suspiro ronco de la garganta.
—Alguien podría vernos —murmuró, pero no hizo ningún movimiento para apartarse.
—¿Y qué? —respondió, los dedos trabajando en la cremallera de su pantalón con una destreza que lo dejó aún más duro. —¿Desde cuándo te importa eso?
A él no le importaba. No en ese momento. No cuando ella lo tocaba de esa manera, no cuando su perfume lo envolvía, no cuando toda la ciudad parecía haber desaparecido, dejando solo a los dos, el calor, el deseo.
Pero entonces un sonido de pasos resonó en la terraza, y Clara se quedó inmóvil, la mano aún dentro de su pantalón. Lucas miró por encima del hombro y vio una silueta acercándose, una mujer con un abrigo largo que parecía estar buscando algo. Clara soltó una risa baja, maliciosa, y tiró de su mano.
—Vamos —susurró, arrastrándolo lejos del borde. —Conozco un lugar mejor.
Él la siguió sin dudar, los dedos entrelazados con los de ella mientras lo guiaba por un camino estrecho entre las plantas ornamentales, donde la luz de los faroles apenas llegaba. El rincón estaba escondido, protegido por un muro bajo de piedra y un enredo de enredaderas que creaban una cortina natural. Clara lo empujó contra la pared, los labios encontrando los suyos de nuevo, y esta vez no hubo nada más que urgencia, la necesidad cruda que los consumía.
Las manos de Lucas se deslizaron hacia abajo, agarrando sus muslos y levantándola, encajándola entre sus piernas. Clara gimió cuando la presionó contra la pared, el vestido subiendo hasta la cintura, revelando la piel suave de sus piernas. Envolvió sus caderas con los muslos, y Lucas sintió el calor de ella incluso a través de la tela de su pantalón.
—Joder, Clara —gruñó, mordiendo su labio inferior. —No tienes idea de lo que me haces.
—Claro que la tengo —respondió, la voz entrecortada, mientras las manos de él exploraban su cuerpo, apretando, acariciando. —Porque es lo mismo que tú me haces a mí.
Él no aguantaba más. Necesitaba sentirla, necesitaba escucharla gemir, necesitaba saber si ella estaba tan perdida como él. Con un movimiento rápido, la giró, presionándola contra la pared, las manos sujetando sus muñecas por encima de la cabeza. Clara arqueó la espalda, el vestido subiendo aún más, y él no resistió. Deslizó la mano por debajo de la tela, encontrando el encaje de su tanga, ya húmeda.
—Lucas... —gimió, su nombre una súplica.
Él no respondió con palabras. Solo apartó el encaje y deslizó un dedo dentro de ella, sintiendo el calor apretado, húmedo. Clara soltó un grito ahogado, las caderas moviéndose contra su mano, buscando más. Lucas añadió otro dedo, curvándolos lentamente, mientras su boca encontraba su cuello, mordisqueando, lamiendo, sintiendo el pulso acelerado bajo la piel.
—Eres tan deliciosa —murmuró contra su piel, los dedos trabajando en un ritmo lento, torturante. —Tan húmeda.
Clara gimió, las uñas clavándose en sus muñecas, el cuerpo temblando.
—No pares —suplicó, la voz quebrada. —Por favor, no pares.
Él no paró. Aumentó el ritmo, sintiendo cómo se apretaba alrededor de sus dedos, su cuerpo contorsionándose contra la pared. Cuando ella llegó al clímax, fue con un grito ahogado, los músculos contrayéndose en oleadas, las piernas temblando. Lucas no retiró los dedos, prolongando su placer, sintiendo cada espasmo, cada temblor.
Cuando finalmente se relajó, él la soltó, pero solo para bajar la cremallera de su pantalón, liberando su miembro duro, palpitante. Clara lo miró, los ojos oscuros de deseo, y mordió su labio.
—Ahora —susurró, atrayéndolo más cerca.
Lucas no necesitó más incentivo. La levantó de nuevo, las manos sujetando sus muslos, y la penetró con un movimiento único, profundo. Clara gimió, los brazos envolviendo su cuello, las piernas apretando su cintura. Él la sujetó contra la pared, las caderas moviéndose en embestidas cortas, brutales, sintiendo cada centímetro de ella alrededor de su miembro.
—Mierda —gruñó, la frente apoyada en la de ella. —Estás tan apretada.
Clara respondió con un gemido, los labios encontrando los suyos en un beso desesperado. Sus manos se deslizaron hacia abajo, agarrando sus nalgas, atrayéndolo más profundo, más fuerte. Lucas obedeció, aumentando el ritmo, sintiendo el placer enroscándose en la base de su columna, la presión creciendo, creciendo...
—Córrete conmigo —pidió, la voz ronca, los dientes mordiendo su labio. —Ahora.
Él no pudo resistir. Con un último impulso, se corrió, el cuerpo entero tensándose, el placer estallando en oleadas que lo dejaron sin aliento. Clara lo acompañó, su cuerpo apretándose alrededor del suyo, los gemidos mezclándose con los suyos.
Por un momento, no hubo nada más que el sonido de sus respiraciones jadeantes, los corazones latiendo con fuerza, la brisa nocturna acariciando su piel sudorosa. Entonces Clara rio, un sonido ligero, satisfecho, y besó la comisura de su boca.
—Eso fue... —comenzó, pero no terminó.
—Increíble —completó Lucas, la voz aún ronca.
Ella sonrió, los ojos brillando.
—Y aún no ha terminado.
Él la soltó lentamente, ayudándola a equilibrarse cuando sus pies tocaron el suelo. Clara alisó el vestido, pero la tela estaba arrugada, el maquillaje ligeramente corrido, los labios hinchados. Estaba hermosa.
—El ascensor privado —dijo, extendiendo la mano de nuevo. —Vamos a ver hasta dónde nos lleva esto.
Lucas tomó su mano, sintiendo el calor, la promesa. No tenía idea de lo que vendría después, pero una cosa era segura: no quería que aquella noche terminara.
El ascensor privado subió en silencio, un capullo de acero y espejos que reflejaba solo el brillo dorado de las luces indirectas. Clara entró primero, los tacones altos resonando en el piso de mármol negro, y Lucas la siguió, sintiendo el peso del momento como una corriente eléctrica recorriendo su columna. La puerta se cerró con un *clic* suave, y el espacio entre ellos pareció encogerse, como si el propio aire estuviera cargado de algo más denso, más urgente.
Ella se volvió hacia él, los labios entreabiertos en una sonrisa que era a la vez invitación y desafío. El vestido negro, antes impecable, ahora mostraba las marcas de la noche—el escote un poco más bajo, la falda ligeramente arrugada donde las manos de él habían explorado. Lucas no resistió. En un paso, acortó la distancia, las manos encontrando su cintura con una familiaridad que los sorprendió. Clara arqueó la espalda al contacto, los dedos de él deslizándose por la seda hasta encontrar la piel cálida debajo.
—Estás temblando —murmuró, la voz ronca, mientras los labios rozaban su mandíbula.
—Es por ti —respondió, la respiración ya irregular. —Tú me haces perder el control.
Ella rio, un sonido bajo y vibrante, y lo atrajo más cerca, las uñas pintadas de rojo clavándose levemente en sus hombros. El ascensor se balanceó suavemente, subiendo, y el movimiento hizo que sus cuerpos se apretaran aún más. Lucas sintió el calor de ella a través de la tela fina del vestido, el perfume mezclado con el olor a sudor y deseo, y algo dentro de él se quebró—o quizá fue el último resquicio de contención.
Las manos de Clara descendieron por su pecho, desabotonando la camisa con una prisa que no ocultaba la impaciencia. Cada botón abierto revelaba más de su piel, y ella no perdió tiempo en explorar, los dedos trazando líneas de fuego sobre los músculos definidos, los pezones ya rígidos bajo el contacto. Lucas gimió cuando ella inclinó la cabeza y mordió levemente su cuello, los dientes lo suficientemente afilados como para dejar una marca.
—Te gusta dejar marcas —susurró, la voz áspera.
—Solo donde puedas esconderlas —respondió, lamiendo el punto que había mordido antes de tirar de su camisa por los hombros, dejándola caer al suelo del ascensor.
El espejo detrás de ellos reflejaba la escena en fragmentos—el brillo de los ojos de ella, la curva de su espalda, la forma en que sus cuerpos encajaban como piezas de un rompecabezas perfecto. Clara deslizó las manos hacia su cinturón, los dedos ágiles desabrochándolo con una destreza que delataba práctica. Él contuvo la respiración cuando ella bajó la cremallera, su erección saltando libre, ya dura, ya palpitante.
—Joder —murmuró, los ojos cerrándose por un segundo cuando ella lo envolvió con la mano, el contacto firme, posesivo.
Clara no dijo nada. Solo sonrió, esa sonrisa que prometía placer y perdición, y se arrodilló frente a él. El ascensor se detuvo con un suave sacudón, las puertas abriéndose a un pasillo vacío, pero ninguno de los dos se movió. Ella lo miró desde abajo, los ojos oscuros brillando bajo la luz dorada, y entonces lo llevó a su boca, la lengua cálida y húmeda deslizándose por la punta antes de tragárselo entero.
Lucas tuvo que apoyarse en la pared de espejos, los dedos clavándose en el mármol frío mientras ella lo trabajaba con una lentitud torturante. Cada movimiento de su cabeza, cada succión, cada vez que su garganta se cerraba alrededor de él, era una ola de placer que lo dejaba al borde del abismo. Intentó aguantar, intentó prolongarlo, pero Clara conocía su cuerpo mejor que él mismo. Cuando apretó la base con una mano y aceleró el ritmo, no tuvo opción.
—Clara… voy a—
Ella no se detuvo. Solo gimió, el sonido vibrando contra él, y lo llevó más profundo, hasta que Lucas no pudo contenerse más. El orgasmo lo golpeó como un rayo, el cuerpo entero contrayéndose mientras se derramaba en su boca, los gemidos resonando en el espacio confinado del ascensor. Clara tragó cada gota, lamiendo los labios cuando finalmente lo soltó, los ojos fijos en los de él con una satisfacción casi felina.
—Eso fue… —comenzó, la voz fallando.
—Solo el comienzo —completó, levantándose con un movimiento fluido, los tacones resonando en el suelo.
Las puertas del ascensor seguían abiertas, pero ninguno de los dos hizo ademán de salir. Clara se acercó de nuevo, presionando su cuerpo contra el de él, los senos aplastados contra su pecho desnudo. Tomó su mano y la llevó hacia abajo, guiándola bajo la falda de su vestido, donde no había nada más que piel cálida y húmeda.
—¿Ves lo que me haces? —susurró, los labios rozando su oreja mientras los dedos de él encontraban el centro de su placer, ya empapado, ya palpitante.
Lucas no respondió. Solo la besó, la lengua invadiendo su boca con la misma urgencia con la que sus dedos la penetraban, primero uno, luego dos, mientras el pulgar circulaba su clítoris con una presión perfecta. Clara gimió contra su boca, las uñas clavándose en sus hombros, el cuerpo arqueándose para encontrar cada movimiento. El ascensor, olvidado, permanecía detenido, las puertas abiertas a un pasillo que podría ser invadido en cualquier momento.
Pero a ellos no les importaba.
Lucas la empujó contra la pared de espejos, el reflejo de ambos distorsionado por la pasión, y Clara levantó una pierna, enganchándola en su cintura. Él no necesitó más incentivo. Con un movimiento brusco, rasgó su tanga—un trozo de encaje que cayó al suelo sin ceremonia—y la penetró con un único impulso, profundo, posesivo.
—*Mierda*— gritó, la cabeza golpeando contra el espejo mientras él se enterraba hasta el fondo, su cuerpo apretándose alrededor del suyo como un puño.
Lucas no le dio tiempo a acostumbrarse. Comenzó a moverse con una ferocidad que lo sorprendió incluso a él mismo, cada embestida más fuerte, más rápida, las caderas chocando contra las de ella con un ritmo que resonaba en los oídos de ambos. Clara se aferró a él, los dientes mordiendo su labio inferior para contener los gemidos, pero era inútil. El placer era abrumador, cada embestida arrancándole sonidos que no podía controlar.
—Más fuerte —pidió, la voz quebrada. —Por favor, Lucas, *más fuerte*.
Él obedeció. La sujetó por las caderas, levantándola un poco más, y la folló con una intensidad que hizo temblar los espejos. Clara se corrió primero, el cuerpo entero contrayéndose, los músculos internos apretándolo en espasmos que lo llevaron al límite. Lucas la sostuvo con fuerza, enterrando el rostro en su cuello mientras el orgasmo lo atravesaba, caliente y violento, dejándolo sin aliento.
Por un momento, solo hubo el sonido de sus respiraciones entrecortadas, el olor a sexo en el aire, el peso de sus cuerpos sudorosos presionados uno contra el otro. Clara rio bajito, un sonido satisfecho, y besó su hombro, los labios húmedos.
—Todavía no ha terminado —murmuró, los dedos trazando círculos perezosos en su espalda.
Lucas levantó la cabeza, los ojos encontrando los de ella. El ascensor seguía detenido, las puertas abiertas, y el pasillo frente a ellos parecía una invitación—o una trampa.
—Tu suite —dijo, como si leyera sus pensamientos. —Vamos a ver qué más tienes para mostrarme.
Él la soltó lentamente, ayudándola a equilibrarse cuando sus pies tocaron el suelo. Clara alisó el vestido, pero la tela estaba irreconocible—arrugada, húmeda, el escote torcido. No le importó. Solo tomó su mano y lo arrastró fuera del ascensor, los tacones resonando en el silencio del pasillo.
Lucas no miró atrás. Sabía que, si lo hacía, vería el reflejo de lo que habían dejado atrás—ropa esparcida, marcas de uñas en el espejo, el rastro de una pasión que no podía ser contenida.
Y, por primera vez en aquella noche, no quería contener nada.
La puerta de la suite se cerró con un *clic* suave, pero el sonido reverberó entre ellos como una invitación definitiva. La habitación estaba bañada por la luz ámbar de las lámparas, las sombras danzando en las paredes como ecos de lo que ya habían vivido. Clara soltó la mano de Lucas por un instante, solo lo suficiente para girar sobre los tacones y enfrentarlo, los labios entreabiertos, los ojos brillando con un hambre que no se saciaba.
—¿Tienes idea de lo que me has hecho? —preguntó, la voz ronca, mientras deslizaba los dedos por su propio cuerpo, alisando el vestido arrugado como si pudiera borrar las marcas de la urgencia anterior. Pero no quería borrarlas. Quería multiplicarlas.
Lucas no respondió. Se acercó despacio, como si temiera asustarla, pero Clara rio bajito y lo atrajo por la corbata, deshaciendo el nudo con movimientos precisos. La tela se deslizó entre sus dedos, y la dejó caer al suelo antes de presionar las palmas contra su pecho, sintiendo el ritmo acelerado de su corazón bajo la camisa.
—No hace falta que seas gentil —murmuró, los dientes rozando el lóbulo de su oreja. —No ahora.
Él tomó su rostro entre las manos, los pulgares trazando la línea de su mandíbula, y la besó con una intensidad que hizo arquear a Clara. No era un beso de disculpas, ni de vacilación. Era posesión. Era promesa. Cuando se apartó, los labios de ella estaban hinchados, los ojos entrecerrados.
—Entonces dime qué quieres —susurró, la voz áspera.
Clara sonrió, lenta, peligrosa. Deslizó las manos por sus hombros, empujando la chaqueta hacia abajo, y luego desabotonó la camisa con una lentitud deliberada, exponiendo la piel cálida, los músculos definidos. Cada botón abierto era una invitación, cada centímetro revelado una provocación.
—Quiero que me toques como si no hubiera un mañana —dijo, los dedos trazando el contorno de su abdomen. —Quiero que me hagas gritar. Quiero que me muestres lo que más escondes detrás de esa fachada de hombre controlado.
Lucas tomó sus muñecas, atrayéndola contra sí con un movimiento brusco. El vestido se subió por los muslos de Clara cuando la levantó, sus piernas envolviendo su cintura. Ella rio, el sonido ahogado contra su cuello, y mordió levemente, arrancándole un gemido ronco.
—Ten cuidado con lo que pides —murmuró, caminando hacia la cama. —Podrías arrepentirte.
—Dudo —desafió, los labios encontrando los suyos de nuevo.
La cama los recibió con un suspiro de sábanas suaves. Lucas la acostó con cuidado, pero Clara no quería cuidado. Lo atrajo sobre sí, las uñas clavándose en su espalda mientras él se acomodaba entre sus piernas. El vestido, ya rasgado en algunos puntos, cedió aún más bajo el peso de sus cuerpos, la tela fina no siendo rival para la urgencia que los consumía.
—Quítatelo —ordenó, tirando de su camisa. Lucas obedeció, arrancándola con movimientos rápidos antes de volver a besarla, las manos explorando cada curva, cada rincón. Clara se arqueó contra él, las caderas moviéndose en un ritmo instintivo, buscando alivio para la presión que crecía dentro de sí.
—Eres hermosa —murmuró, los labios descendiendo por su cuello, por la clavícula, hasta encontrar el valle entre sus senos. —Tan hermosa que duele.
Clara enredó los dedos en su cabello, atrayéndolo más cerca, guiándolo hacia donde más lo necesitaba. Lucas no dudó. Sus labios se cerraron sobre un pezón, la lengua rodeándolo, los dientes mordisqueando levemente, y Clara gimió fuerte, el sonido resonando en la habitación. Sentía cada toque como una descarga eléctrica, cada caricia como una promesa de más.
—Más —pidió, la voz entrecortada. —No pares.
Él no paró. Bajó aún más, los labios dejando un rastro húmedo por su vientre, por sus muslos, hasta que el vestido no fue más que un montón de tela inútil a los pies de la cama. Clara estaba desnuda, expuesta, y por primera vez en aquella noche, no había vergüenza, solo deseo. Lucas la observó por un instante, los ojos oscuros de lujuria, antes de inclinarse y besar el interior de su muslo.
—Tienes sabor a pecado —susurró, el aliento caliente contra su piel sensible.
Clara se arqueó, las manos buscando algo a qué aferrarse, pero no había nada más que las sábanas y el cuerpo de él. Cuando la lengua de Lucas encontró su centro, gritó, el sonido ahogado contra su propio brazo. Él no tuvo piedad. Exploró cada pliegue, cada punto sensible, con una precisión que la hizo temblar, las caderas moviéndose sin control.
—Lucas… por favor… —suplicó, la voz quebrada. —Te necesito.
Él levantó la cabeza, los labios brillantes, los ojos oscuros de deseo. Con un movimiento rápido, se quitó el resto de la ropa, revelando un cuerpo esculpido, marcado por cicatrices finas y músculos definidos. Clara lo observó, los labios entreabiertos, y extendió la mano, atrayéndolo sobre sí.
—Ahora —ordenó, las piernas envolviendo su cintura.
Lucas no necesitó más incentivo. Con un único movimiento, entró en ella, llenándola de una manera que la hizo arquear la espalda, los dedos clavándose en sus hombros. Clara gimió, el sonido mezclándose con el suspiro ronco de Lucas, y por un instante, ambos se quedaron inmóviles, saboreando la sensación de estar finalmente unidos.
—Eres… —comenzó, pero las palabras se perdieron en un gemido cuando ella se movió, las caderas levantándose para encontrarlo.
No hubo más palabras. Solo cuerpos moviéndose en un ritmo antiguo, cada embestida más profunda, más intensa, más desesperada. Clara sentía el placer creciendo dentro de sí como una ola, cada vez más alta, cada vez más cerca de romper. Lucas la observaba, los ojos fijos en los de ella, como si pudiera ver cada sensación reflejada en su mirada.
—Córrete para mí —ordenó, la voz ronca, las manos sujetando sus caderas con fuerza.
Clara no pudo resistir. Con un grito, el orgasmo la golpeó, el cuerpo temblando, los músculos contrayéndose alrededor de él. Lucas no se detuvo. Siguió moviéndose, prolongando su placer, hasta que su propio cuerpo lo traicionó, y con un gemido ronco, se derramó dentro de ella, los cuerpos pegados, los suspiros mezclándose en el aire.
Por un largo momento, no hubo nada más que el sonido de sus respiraciones entrecortadas, los corazones latiendo al unísono. Clara pasó los dedos por la espalda sudorosa de Lucas, sintiendo los músculos temblar bajo su toque. Él levantó la cabeza, los ojos encontrando los de ella, y la besó lentamente, como si aún no pudiera creer que ella era real.
—Todavía no ha terminado —murmuró, los labios rozando los de él.
Lucas sonrió, una sonrisa lenta, peligrosa.
—Lo sé.
Y entonces, comenzó todo de nuevo.
La luz del amanecer se filtraba por las cortinas entreabiertas, pintando la habitación en tonos de oro pálido y rosa suave. Clara despertó primero, sintiendo el peso cálido del cuerpo de Lucas a su lado, el brazo de él rodeando su cintura como si temiera que desapareciera con el amanecer. Por un instante, se quedó inmóvil, absorbiendo la sensación de su piel contra la suya, el ritmo lento de su respiración en su espalda, el olor a sexo y sudor mezclado con el aroma cítrico del jabón del hotel.
Se giró despacio, con cuidado de no despertarlo, y estudió su rostro a media luz. Los rasgos de Lucas, antes tan controlados y precisos, estaban relajados en el sueño, los labios ligeramente entreabiertos, las cejas oscuras suavizadas por el cansancio placentero. Clara sonrió, pasando la punta de los dedos por la línea de su mandíbula, sintiendo la aspereza de la barba incipiente. Él murmuró algo ininteligible y la atrajo más cerca, como si incluso inconsciente necesitara el contacto.
El toque la hizo estremecer, no de frío, sino de una nostalgia anticipada. Sabía que aquel momento era efímero, una chispa que había ardido con demasiada intensidad para durar. Y sin embargo, no podía arrepentirse. Cada segundo, cada gemido, cada escalofrío había sido real, tangible, como si toda la noche hubiera sido esculpida para ellos.
Lucas despertó poco a poco, los ojos parpadeando contra la claridad. Cuando la vio allí, tan cerca, una sonrisa lenta se dibujó en su rostro, perezosa y satisfecha.
—Buenos días —murmuró, la voz ronca por el sueño y por todo lo que habían hecho.
—Todavía no es de día —respondió Clara, inclinándose para besar la comisura de su boca. —Pero está amaneciendo.
Él la atrajo sobre sí, las manos deslizándose por su espalda hasta envolver su nuca, guiándola hacia un beso más profundo. El sabor de él era diferente por la mañana, más dulce, menos urgente, pero no menos intenso. Clara suspiró contra sus labios, sintiendo su cuerpo reaccionar al contacto, la rigidez familiar presionando contra su muslo.
—Eres insaciable —rio, mordisqueando su labio inferior.
—Solo cuando se trata de ti —respondió Lucas, las manos descendiendo para apretar sus nalgas. —Y aun así, no es suficiente.
Clara se incorporó sobre las rodillas, dejando que la luz del sol bañara su cuerpo desnudo. Los ojos de Lucas la recorrieron con una admiración que iba más allá del deseo, como si ella fuera algo raro, algo que temía no volver a ver. Se inclinó hacia adelante, apoyando las manos en su pecho, sintiendo el corazón latir fuerte bajo su palma.
—Tenemos que irnos —dijo, aunque cada fibra de su ser se resistía a la idea.
—Ya lo sé —asintió Lucas, pero no la soltó. En cambio, la atrajo hacia abajo, rodando hasta que ella quedó debajo de él, los cuerpos encajando con una familiaridad que los hizo gemir al unísono. —Pero no ahora.
Se amaron despacio esta vez, sin prisa, como si el tiempo se hubiera estirado para acomodar cada caricia, cada suspiro. Lucas exploró cada centímetro de ella con la boca, como si quisiera memorizar el sabor de su piel, la textura de sus pezones, la humedad entre sus piernas. Clara se arqueó contra él, las uñas clavándose en las sábanas, los gemidos volviéndose más fuertes a medida que el placer se acumulaba, lento e inexorable.
Cuando finalmente la penetró, fue con una lentitud torturante, los ojos fijos en los de ella, como si quisiera grabar cada expresión, cada temblor. Clara envolvió las piernas alrededor de su cintura, atrayéndolo más profundo, más fuerte, hasta que los movimientos se volvieron frenéticos, los cuerpos chocando en una danza antigua y salvaje.
—No pares —suplicó, la voz quebrada. —Por favor, no pares.
Él no paró. La llevó al límite una, dos, tres veces, hasta que ella estuvo tan sensible que cada toque era casi insoportable. Y entonces, cuando pensó que no aguantaría más, la giró boca abajo, levantando sus caderas y entrando en ella por detrás con una embestida profunda que la hizo gritar.
—Así —susurró, la voz ronca, las manos sujetando sus caderas con fuerza. —Córrete para mí otra vez.
Y ella se corrió, el orgasmo arrasándola como una ola, dejándola sin aliento, sin fuerzas, solo con la sensación de él dentro de ella, llenándola, marcándola. Lucas la siguió poco después, el cuerpo temblando, su nombre escapando de sus labios como una plegaria.
Permanecieron así por un largo rato, los cuerpos entrelazados, las respiraciones calmándose poco a poco. Clara podía sentir el corazón de él latiendo contra su espalda, el sudor de ambos mezclándose, el olor a sexo impregnando el aire. Era intoxicante, y por un momento, deseó poder congelar el tiempo, quedarse allí para siempre.
Pero el sol ya había subido más alto en el cielo, y la realidad comenzaba a filtrarse entre ellos, como la luz que se extendía por la habitación. Lucas besó su hombro, los labios demorándose en su piel antes de apartarse.
—Tengo que irme —murmuró Clara, aunque no hizo ningún movimiento para levantarse.
—Ya lo sé —repitió, pero su voz estaba cargada de algo que ella no logró descifrar.
Se giró para enfrentarlo, los dedos trazando el contorno de su rostro. Los ojos de Lucas estaban oscuros, intensos, como si estuviera intentando memorizar cada detalle de ella también.
—¿Qué pasa? —preguntó, sintiendo un nudo en el pecho.
Él dudó por un instante, como si estuviera eligiendo las palabras con cuidado.
—No quiero que esto termine —admitió, finalmente.
Clara sonrió, pero era una sonrisa triste, cargada de una melancolía que no podía ocultar.
—Yo tampoco —confesó. —Pero creo que ya terminó.
Lucas tomó su rostro entre las manos, los pulgares acariciando sus mejillas.
—No tiene por qué ser así —dijo, la voz baja, urgente. —Podemos intentarlo.
Clara cerró los ojos, sintiendo las lágrimas quemando detrás de sus párpados. Quería decir que sí. Quería creer que algo tan intenso podría durar, que podrían construir algo más allá de aquella noche. Pero la vida no funcionaba así. Ella lo sabía. Él también.
—Lucas —susurró, abriendo los ojos para encontrar los de él. —Fue perfecto. Pero la perfección no está hecha para durar.
Él no respondió de inmediato, pero el apretón de sus manos en su rostro se intensificó, como si quisiera retenerla allí, como si pudiera evitar que se alejara.
—Entonces hagamos que dure —insistió. —Al menos un poco más.
Clara sonrió, pero era una sonrisa frágil, llena de una tristeza que no podía alejar.
—Sabes que no podemos.
Lucas suspiró, los hombros cayendo ligeramente, como si el peso de esas palabras lo hubiera golpeado. La atrajo hacia sí, enterrando el rostro en su cuello, inhalando el aroma de su piel una última vez.
—No te olvidaré —murmuró, la voz ahogada contra su piel.
—Ni yo —respondió Clara, las manos deslizándose por su cabello, sujetándolo con fuerza, como si pudiera guardar ese momento dentro de sí.
Permanecieron así por unos minutos más, hasta que el sonido del teléfono de Clara vibrando en la mesita de noche los devolvió a la realidad. Ella se apartó lentamente, tomando el aparato y leyendo el mensaje en la pantalla. Era de la redacción, recordándole el plazo para el artículo sobre la fiesta.
—Tengo que irme —dijo, la voz más firme ahora, como si hubiera encontrado una fuerza que no sabía que tenía.
Lucas asintió, pero no dijo nada. La observó mientras se levantaba y comenzaba a vestirse, los movimientos ágiles, eficientes, como si estuviera intentando distraerse de lo que estaba por venir. Clara tomó el vestido del suelo, sacudiéndolo antes de ponérselo, evitando mirarlo.
—Clara —la llamó, cuando ella ya tenía la mano en el picaporte de la puerta.
Ella se giró, el corazón latiendo fuerte en el pecho.
—Gracias —dijo, simplemente.
Clara sonrió, una sonrisa genuina esta vez, llena de una gratitud que no necesitaba palabras.
—Gracias a ti —respondió.
Y entonces, antes de que él pudiera decir algo más, abrió la puerta y salió, dejando atrás no solo la habitación, sino una parte de sí misma que sabía que nunca recuperaría.
Lucas se quedó quieto por un largo rato, escuchando el sonido de sus pasos alejándose por el pasillo. Cuando ya no pudo oírlos, se acostó de nuevo en la cama, atrayendo su almohada hacia sí, inhalando el perfume que aún quedaba en ella.
Sabía que ella tenía razón. Sabía que aquella noche era todo lo que tendrían. Pero eso no hacía las cosas más fáciles.
Con un suspiro, se levantó y fue hasta la ventana, corriendo las cortinas para mirar la ciudad que despertaba. El sol ya estaba alto, bañando todo con una luz dorada que parecía burlarse de la oscuridad de la noche anterior.
Lucas cerró los ojos, dejando que el recuerdo de ella lo envolviera una última vez. El sabor de sus labios, el sonido de sus gemidos, la sensación de su cuerpo contra el suyo. Lo guardaría todo, como un tesoro, algo para ser revisitado en los momentos de soledad, cuando el recuerdo fuera todo lo que quedara.
Y entonces, porque no había nada más que hacer, se vistió, tomó las llaves y salió de la habitación, dejando atrás no solo el hotel, sino una parte de sí mismo que sabía que nunca volvería a ser la misma.
Afuera, la ciudad seguía su ritmo, indiferente a la noche que acababa de pasar. Clara ya estaba lejos, mezclada entre la multitud, pero en algún lugar, Lucas lo sabía, ella también llevaba el recuerdo de aquella noche, como un secreto, como una promesa no cumplida.
Y quizá, en otra vida, se encontrarían de nuevo. Pero en esta, en ese momento, todo lo que quedaba era el eco de una pasión que había ardido con la intensidad de las llamaradas de medianoche.