Llamaradas de Medianoche

Por Tonkix
Llamaradas de Medianoche
**Llamaradas de Medianoche** El aire acondicionado del taxi soplaba frío contra la piel de Ana, pero el calor que subía por sus muslos venía de dentro, un fuego lento que comenzaba en el vientre y se extendía como mercurio líquido. Ajustó el vestido negro —aquel que moldeaba cada curva sin necesidad de mucho, la tela tan fina que parecía una segunda piel— y observó la ciudad pasar por la ventana. Los edificios del centro de São Paulo se alzaban como gigantes de vidrio y acero, sus fachadas reflejando las luces de neón que parpadeaban en tonos de rubí y zafiro. Era una noche de viernes, de esas en las que la ciudad respiraba promesas. El conductor detuvo el auto frente a un edificio antiguo, reformado con una elegancia que solo el dinero podía comprar. La entrada del loft era discreta: una puerta de hierro negro con un portero de traje impecable que la saludó por su nombre antes incluso de que mostrara la invitación. Ana sonrió, acostumbrada a ese tipo de deferencia. Abogada de un bufete renombrado, habituada a negociar contratos millonarios y a desarmar adversarios con una mirada, conocía el peso de su propio nombre. Pero allí, esa noche, no era la Dra. Ana Vasconcelos quien entraba en el ascensor privado. Era solo Ana —una mujer que había decidido, por primera vez en meses, dejar la armadura en el perchero y permitirse ser vista. Las puertas se abrieron a un salón amplio, donde el techo alto se perdía entre vigas de madera oscura y lámparas de cristal que arrojaban una luz dorada sobre los invitados. El ambiente olía a perfume caro, a whisky envejecido en barricas de roble y a algo más sutil, casi imperceptible: el aroma de cuerpos calentados por la música y el alcohol. Una banda de jazz tocaba en un rincón, las notas del saxofón deslizándose entre las conversaciones como humo. Ana aceptó una copa de champán de un camarero de guantes blancos y dejó que el líquido burbujeante le quemara la garganta, dulce y ácido a la vez. No estaba allí para trabajar. No esa noche. — Dra. Vasconcelos, qué grata sorpresa. La voz llegó desde atrás, masculina, con un tono de diversión que hizo acelerar su pulso antes incluso de que se diera la vuelta. Cuando lo hizo, encontró a un hombre alto, de hombros anchos bajo un blazer azul marino que combinaba con sus ojos —un azul profundo, casi índigo, como el mar al atardecer. Él sonreía, no con la arrogancia de quien sabe que es observado, sino con la confianza serena de quien no necesita demostrar nada. — Lucas Montenegro —extendió la mano, y el contacto fue breve, pero suficiente para que ella sintiera el calor de su palma contra la suya—. Arquitecto. Y, aparentemente, su admirador. Ana arqueó una ceja, pero no resistió la sonrisa que se formó en sus labios. — ¿Admirador? ¿Debería preocuparme? — Depende. —Inclinó la cabeza, los ojos recorriéndola de arriba abajo con una lentitud deliberada—. ¿Suele frecuentar fiestas como esta a menudo, o fue suerte mía? — ¿Suerte? —Rió, un sonido bajo y melodioso—. Yo diría que fue planeación. O quizá destino. — Prefiero la segunda opción. La forma en que lo dijo, como si cada palabra fuera una invitación, hizo que algo se contrajera dentro de ella. Ana llevó la copa a los labios nuevamente, observándolo por encima del borde. Lucas no era el tipo de hombre que pasaba desapercibido —su rostro tenía ángulos marcados, la mandíbula cuadrada suavizada por una barba incipiente que le daba un aire de rebeldía contenida. Pero eran los ojos lo que atrapaba la atención: oscuros, intensos, como si supieran algo que ella aún no había descubierto. — ¿Y usted? —preguntó ella, devolviendo el juego—. ¿Está aquí por planeación o destino? — Digamos que me gusta estar en el lugar correcto en el momento correcto. —Se acercó un paso, lo suficiente para que ella sintiera el aroma de su colonia —algo amaderado, con notas de sándalo y un toque de especias—. Y usted, Ana, parece ser exactamente el tipo de sorpresa que vale la pena esperar. Ella no retrocedió. En cambio, dejó que la proximidad entre ellos se volviera algo palpable, un espacio cargado de electricidad. El salón a su alrededor parecía desvanecerse, las voces convirtiéndose en un murmullo lejano, la música en un telón de fondo para el ritmo acelerado de su propia respiración. — ¿Siempre es tan directo? —preguntó, la voz un poco más ronca de lo que pretendía. — Solo cuando creo que vale la pena. La sonrisa de él era peligrosa. Ana sabía que debería alejarse, que ese juego de seducción era arriesgado, especialmente con un hombre como Lucas —demasiado seguro, demasiado encantador, el tipo que sabía exactamente el efecto que causaba en las mujeres. Pero había algo en su mirada, una promesa silenciosa de que él no era solo uno más en la multitud. — ¿Y qué le hace pensar que yo valgo la pena? —desafió, inclinando el cuerpo ligeramente hacia adelante. Lucas no respondió de inmediato. En cambio, extendió la mano y rozó los dedos por su muñeca, un toque ligero, casi imperceptible, pero que hizo arder su piel. — Porque no me mira como las demás mujeres —dijo él, la voz baja, casi un susurro—. Usted me evalúa. Y eso, Ana, es mucho más interesante. Ella debería haberse alejado. Debería haber dicho algo ingenioso, algo que lo pusiera en su lugar. Pero las palabras murieron en su garganta cuando él se acercó aún más, el aliento caliente contra su oreja. — Y a mí me encantan los buenos desafíos. El aire entre ellos estaba cargado, lo suficientemente denso como para cortarlo con un cuchillo. Ana sintió su cuerpo reaccionar —los pezones endureciéndose bajo la tela fina del vestido, el calor acumulándose entre las piernas. Sabía que, si se quedaba allí un segundo más, perdería el control. Y, por primera vez en mucho tiempo, no estaba segura de querer resistirse. — ¿Bailamos? —preguntó él, extendiendo la mano. Ana dudó por un instante. Bailar era íntimo. Bailar era ceder. Pero cuando sus dedos se entrelazaron con los de él, supo que ya había cruzado una línea de la que no habría retorno. Y, curiosamente, no le importó en absoluto. Ana dejó que Lucas la guiara hacia la pista de baile, pero el movimiento de la multitud los empujó cerca de la barra antes de que pudieran alcanzarla. El loft estaba más lleno ahora, cuerpos rozándose al ritmo de la música electrónica, luces estroboscópicas cortando la penumbra en destellos azules y dorados. El aire olía a perfume caro, sudor y el toque cítrico del gin que se derramaba por los bordes de los vasos. Sintió el calor de la mano de él aún envolviendo la suya, los dedos largos y firmes, como si ya supiera exactamente dónde quería tocarla. — ¿Bailas tan bien como discutes? —preguntó Lucas, inclinándose para que sus palabras no se perdieran en el sonido grave del ritmo. Ana alzó una ceja, pero no retiró la mano. En cambio, dejó que él la acercara más, hasta que sus cuerpos estuvieran separados solo por la fina capa de tela de sus vestidos —el de ella, un tono vino que realzaba el bronce de su piel; el de él, una camisa negra que moldeaba sus hombros anchos y el pecho definido. — Depende —respondió ella, la voz baja, casi un desafío—. ¿Aguantas el ritmo? Él sonrió, lento, como si ya supiera la respuesta. Con la mano libre, tomó dos vasos de whisky de la barra, ofreciéndole uno. Ana lo aceptó, los dedos rozando los de él un segundo más de lo necesario. El primer sorbo le quemó la garganta, pero no apartó la mirada. — Me gustan las mujeres que saben lo que quieren —dijo Lucas, acercándose aún más, hasta que su boca estuvo casi pegada a su sien—. Y tú, Ana, ¿sabes lo que quieres? Ella sintió su aliento caliente contra la piel, el aroma del alcohol y algo más, algo masculino y limpio, como madera recién cortada. No era solo el whisky lo que la hacía sentir mareada. Era él. La forma en que sus ojos oscuros la recorrían, como si ya la estuviera desnudando mentalmente. Como si cada palabra fuera una invitación. — Tal vez —murmuró, girando el vaso entre los dedos—. Pero prefiero descubrirlo. Lucas rió, un sonido grave y ronco que vibró en su pecho y resonó en el de ella. Dejó el vaso en la barra y, sin aviso, tomó su mentón entre el pulgar y el índice, inclinando su rostro hacia arriba. Ana no se resistió. No cuando él estaba tan cerca que podía contar las pequeñas pecas en su nariz. No cuando sus labios estaban entreabiertos, húmedos, tentadores. — Entonces descubrámoslo juntos —susurró él, antes de soltar su mentón y retroceder solo lo suficiente para que ella sintiera la ausencia del contacto como una pérdida. Ana exhaló, temblorosa. La barra estaba llena, pero de repente parecía que solo existían ellos dos allí, en una burbuja de calor y expectativa. Llevó el vaso a los labios nuevamente, observándolo por encima del borde. Lucas no apartó la mirada. La estudiaba como si fuera un rompecabezas que estaba decidido a resolver. — ¿Siempre eres así? —preguntó ella, inclinando la cabeza—. Tan... directo. — Solo cuando vale la pena —respondió él, pasando la lengua por los dientes en un gesto deliberadamente lento—. Y tú, Ana, vales mucho la pena. Ella rió, pero el sonido salió más jadeante de lo que pretendía. Había algo en Lucas que la desarmaba. No era solo la confianza, ni el encanto fácil. Era la forma en que la miraba, como si ya supiera que ella iba a ceder. Como si ya supiera que ella *quería* ceder. — Eres peligroso —dijo ella, bajando la voz. — Y a ti te gusta. No era una pregunta. Ana no lo negó. A su alrededor, la fiesta continuaba, pero el mundo parecía haberse reducido a los pocos centímetros que separaban sus cuerpos. Lucas extendió la mano nuevamente, esta vez no para atraerla, sino para trazar una línea lenta desde su hombro hasta su muñeca, los dedos rozando la piel expuesta por el escote del vestido. Ana sintió un escalofrío recorrer su columna, los pezones endureciéndose bajo la tela. — Estás temblando —observó él, la voz ronca. — Es el aire acondicionado —mintió ella. Lucas sonrió, sabiendo que era mentira. Se acercó más, hasta que sus labios estuvieron casi pegados a su oreja. — No es el aire acondicionado —susurró—. Eres tú. Somos *nosotros*. Ana cerró los ojos por un segundo, sintiendo el calor del cuerpo de él contra el suyo. Cuando los abrió nuevamente, Lucas estaba mirando su boca. Sabía lo que él quería. Sabía lo que *ella* quería. Pero algo la detenía —un último resquicio de control, quizá, o el miedo a que, una vez que comenzaran, no hubiera vuelta atrás. — ¿Qué estás esperando? —preguntó él, como si leyera sus pensamientos. Ana no respondió. En cambio, se inclinó hacia adelante y rozó sus labios con los de él, solo un toque ligero, casi casto. Pero fue suficiente para hacer que el cuerpo de Lucas se tensara, sus dedos apretando su muñeca con más fuerza. — Eso —murmuró él, la voz áspera— es un comienzo. Ella sonrió contra su boca, luego se apartó solo lo suficiente para mirarlo a los ojos. — Un comienzo —repitió, como si estuviera probando la palabra. Lucas no la dejó alejarse más. Con un movimiento rápido, la atrajo contra sí, una mano en su cintura, la otra enredada en los cabellos de su nuca. Ana no se resistió. No cuando la besó como si ya la conociera, como si ya supiera exactamente lo que la haría gemir. Y ella gimió. Un sonido bajo, perdido entre sus labios, pero que hizo que Lucas la apretara aún más, como si quisiera absorber cada reacción suya. El beso fue largo, húmedo, lleno de promesas no dichas. Ana sintió el sabor del whisky en su lengua, mezclado con algo más dulce, algo que era solo Lucas. Cuando él finalmente se apartó, sus labios estaban hinchados, los ojos oscuros de deseo. — Vámonos de aquí —dijo él, la voz ronca. Ana no dudó. No cuando él tomó su mano y la arrastró hacia la salida, no cuando el aire frío de la noche golpeó su rostro, no cuando la empujó contra la pared del edificio, las manos en sus caderas, la boca encontrando la suya nuevamente en un beso hambriento. — Sí —susurró ella contra sus labios—. Vámonos. La calle los recibió como un escenario secreto, iluminado por faroles de luz dorada que dibujaban sombras largas sobre el asfalto mojado. El aire nocturno traía el olor de la lluvia reciente, mezclado con el aroma dulce de las flores de ipê que caían de los árboles como confeti natural. Ana respiró hondo, sintiendo el frescor invadir sus pulmones, mientras Lucas aún sostenía su mano, los dedos entrelazados con una familiaridad que sorprendía por su intensidad. No la soltó ni cuando cruzaron la calle, ni cuando el viento despeinó sus cabellos, haciéndolos pegarse a sus labios pintados de rojo. — ¿Sabes que esta ciudad tiene más secretos que edificios, verdad? —murmuró Lucas, inclinándose ligeramente para que sus palabras llegaran solo a ella. Su voz era baja, casi un susurro conspirativo, como si compartiera algo prohibido. Ana sonrió, sintiendo el calor de su palma contra la suya. — ¿Y tú los conoces todos? — Algunos. —Se detuvo de repente, girándose para mirarla. La luz de un farol iluminaba la mitad de su rostro, dejando la otra en penumbra, como si la noche lo reclamara—. Pero estoy más interesado en descubrir los tuyos. Ella rió, un sonido ligero que se perdió en el ruido lejano de un auto pasando. — Mis secretos no son tan interesantes como los de la ciudad. — Eso es lo que tú crees. —Lucas dio un paso adelante, acortando la distancia entre ellos. Ana sintió el aroma de su perfume, algo amaderado con un toque de especias, mezclado con el leve olor a whisky que aún flotaba en su aliento—. Apuesto a que tienes al menos uno que no le has contado a nadie. Ana alzó una ceja, desafiante. — ¿Y si lo tengo? — Entonces quiero ser el primero en escucharlo. —Llevó la mano libre a su rostro, rozando los nudillos a lo largo de su mandíbula. El contacto fue ligero, casi imperceptible, pero suficiente para hacer arder su piel—. Pero no aquí. No en medio de la calle. Ella tragó saliva, sintiendo su cuerpo reaccionar a la proximidad de él, a la promesa implícita en cada palabra. — ¿Y dónde, entonces? Lucas sonrió, una sonrisa lenta y peligrosa. — Donde tú quieras. Ana miró a su alrededor, como si la ciudad pudiera darle una respuesta. A la izquierda, una plaza con bancos de madera y una fuente antigua, cuyas aguas brillaban bajo la luz de la luna. A la derecha, un callejón estrecho, iluminado solo por una lámpara amarillenta, donde las sombras danzaban como amantes furtivos. Dudó por un segundo, pero algo en la mirada de Lucas la hizo decidir. — Por allí. —Señaló hacia el callejón, sintiendo el corazón acelerarse. No era un lugar romántico, pero era íntimo. Y, en ese momento, era exactamente lo que quería. Lucas no cuestionó. Solo apretó su mano y la guió hacia el pasaje estrecho, donde el sonido de la ciudad parecía amortiguado, como si estuvieran en un mundo aparte. El suelo de adoquines estaba húmedo, reflejando la luz de la única lámpara, y las paredes de los edificios antiguos parecían susurrar historias de encuentros clandestinos. Ana se apoyó en una de ellas, sintiendo el frío de la piedra a través de la tela fina de su vestido. Lucas se detuvo frente a ella, las manos apoyadas en la pared, una a cada lado de su cabeza, aprisionándola sin tocarla. — Estás llena de sorpresas, Ana —murmuró, los ojos fijos en los de ella—. Primero, la fiesta. Ahora, un callejón oscuro. — Tal vez solo me gustan los lugares donde nadie puede vernos —respondió ella, la voz un poco temblorosa. — ¿Y qué harías si alguien nos viera? —Se acercó aún más, los labios casi rozando los de ella. Ana podía sentir el calor de su cuerpo, la tensión que emanaba en oleadas. — Depende. —Alzó el mentón, desafiándolo—. ¿A ti te importaría? Lucas rió bajito, un sonido que vibró contra su piel. — No. Pero no te compartiría con nadie. Antes de que ella pudiera responder, cerró la distancia entre ellos, capturando sus labios en un beso que ya no era vacilante. Era hambriento, posesivo, como si hubiera esperado toda la vida por ese momento. Ana correspondió con la misma intensidad, las manos subiendo hacia sus hombros, atrayéndolo más cerca. El sabor del whisky aún estaba allí, pero ahora mezclado con el sabor único de Lucas, algo que no podía definir, pero que la hacía querer más. Él la empujó contra la pared con más fuerza, una mano deslizándose por su cintura, atrayéndola contra su cuerpo. Ana sintió la rigidez de su excitación contra su vientre, y un gemido escapó de sus labios. Lucas aprovechó el momento para profundizar el beso, la lengua explorando la suya con una urgencia que la dejó sin aliento. Sus manos recorrieron su espalda, bajando hasta la curva de sus caderas, apretándola con una fuerza que rozaba la violencia, pero que ella recibía como un regalo. — No tienes idea de lo que me haces —murmuró contra su boca, los labios rozando los de ella con cada palabra. — Entonces muéstramelo —pidió ella, la voz ronca de deseo. Lucas no necesitó más incentivo. Sus manos subieron por su cuerpo, levantando el vestido hasta que sus dedos encontraron la piel desnuda de sus muslos. Ana tembló cuando la tocó, los dedos callosos contrastando con la suavidad de su piel. De repente, la alzó, sus piernas envolviendo su cintura, y la presionó contra la pared con más fuerza. Ana sintió su peso, la solidez del cuerpo masculino contra el suyo, y arqueó la espalda, buscando más contacto. — Joder, Ana —gimió él, la boca bajando por su cuello, mordisqueando, lamiendo, dejando un rastro de fuego en su piel—. Eres tan deliciosa. Ella no respondió. No podía. Las palabras se perdieron en un gemido cuando él mordió suavemente el lóbulo de su oreja, los dientes raspando la piel sensible. Sus manos estaban por todas partes, explorando, apretando, como si quisiera memorizar cada curva de su cuerpo. Ana se aferró a él, las uñas clavándose en su espalda ancha, sintiendo la camisa fina bajo sus dedos. Quería arrancársela, quería sentir su piel contra la suya, pero el callejón no era el lugar. — Lucas —susurró ella, su nombre una súplica. Él se detuvo por un segundo, los ojos oscuros fijos en los de ella. — ¿Qué? — Llévame a algún lugar. —No necesitaba explicarse. Él lo sabía. Lucas la bajó con cuidado, pero no la soltó. En cambio, tomó su mano nuevamente y la arrastró fuera del callejón, de vuelta a la calle iluminada. El contraste entre la oscuridad íntima y la luz pública hizo parpadear a Ana, pero Lucas no se detuvo. La guió con determinación, sus pasos largos, como si supiera exactamente adónde iban. Ana no preguntó. No le importaba. El único pensamiento en su mente era que, adondequiera que la llevara, lo seguiría. Porque, en ese momento, no había nada más importante que lo que estaba a punto de suceder entre ellos. Y cuando se detuvo frente a un edificio elegante, con una puerta de hierro forjado y un portero que los saludó con un gesto discreto, Ana supo que la noche apenas comenzaba. La puerta del apartamento se cerró con un clic suave, pero el sonido resonó como un disparo en la quietud del espacio. Ana apenas tuvo tiempo de absorber los detalles del ambiente —paredes de hormigón visto, muebles de líneas limpias, una pared entera de vidrio revelando la ciudad iluminada como un tapiz de estrellas— porque Lucas ya la presionaba contra la superficie fría de la puerta, sus manos calientes deslizándose por los costados de su cuerpo mientras sus labios encontraban los de ella en un beso que no pedía permiso, solo tomaba. El sabor del vino aún persistía en sus lenguas, mezclado con el sabor único de él, algo salado y masculino que la hizo gemir contra su boca. Las manos de Ana subieron instintivamente, enredándose en los cabellos oscuros de Lucas, atrayéndolo más cerca como si pudiera fundir sus cuerpos allí mismo. Él rió bajito, un sonido ronco y satisfecho, antes de mordisquear su labio inferior y tirar de él entre los dientes. — No tienes idea de cuánto he querido esto —murmuró él, la voz áspera contra la piel sensible de su cuello, donde sus labios ahora trazaban un camino de fuego—. Desde el primer segundo en que te vi en esa fiesta, con ese vestido que parecía hecho para ser arrancado. Ana arqueó el cuerpo contra el de él, sintiendo la dureza de su excitación presionando su cadera. Sus palabras la encendieron, y respondió con un tirón de su camisa, los botones cediendo con un chasquido satisfactorio. — Entonces deja de hablar y haz algo —lo desafió, los ojos entrecerrados mientras observaba los músculos definidos de su pecho revelarse bajo la tela rasgada. Lucas no necesitó más incentivo. Con un movimiento rápido, la alzó por las caderas, sus piernas envolviendo su cintura mientras la llevaba por el apartamento. Ana rió, un sonido jadeante y deliciosamente descontrolado, pero la risa murió en su garganta cuando la depositó sobre la isla de la cocina, el mármol frío contrastando con el calor que emanaba de su cuerpo. Se colocó entre sus piernas, las manos firmes en sus muslos, y la atrajo hacia el borde hasta que no hubo espacio entre ellos. — Eres hermosa —dijo él, los dedos trazando el contorno del escote de su vestido, tirando de la tela hacia abajo hasta que sus pechos saltaron libres—. Pero quiero verte entera. Ana no protestó cuando él bajó las tiras del vestido, dejándolo caer en un montón de seda a sus pies. Estaba solo en bragas ahora, el aire fresco de la noche acariciando su piel expuesta, pero el fuego en los ojos de Lucas la mantenía caliente. Él se inclinó, capturando un pezón entre sus labios, y ella arqueó la espalda con un gemido, las uñas clavándose en sus hombros. — Joder —gruñó él, la boca aún ocupada mientras una mano se deslizaba entre sus piernas, los dedos presionando contra la tela húmeda de sus bragas—. Estás empapada. Ana mordió el labio, tratando de contener el temblor que recorría su cuerpo. No era tímida, pero la intensidad con la que la miraba, como si pudiera devorarla entera, la hacía sentir vulnerable de una manera que no esperaba. — No dejes de mirarme así —pidió ella, la voz quebrada. — ¿Así cómo? —Alzó la cabeza, los labios brillantes, los ojos oscuros llenos de promesas. — Como si fuera tuya. Lucas sonrió, una sonrisa lenta y peligrosa, antes de arrodillarse frente a ella. Con un movimiento rápido, apartó las bragas a un lado, exponiéndola por completo, y Ana sintió que el aire se le escapaba cuando él se inclinó hacia adelante, la lengua caliente y húmeda deslizándose sobre su clítoris en un movimiento lento y deliberado. — Eres *mía* —murmuró él, el aliento caliente contra su piel sensible—. Al menos por esta noche. Ana no tuvo tiempo de responder. Sus labios se cerraron alrededor del punto más sensible, succionando con una presión que la hizo gritar, las manos agarrando sus cabellos con fuerza. Él no se detuvo, no redujo el ritmo, los dedos uniéndose a su boca mientras la exploraba con una precisión que la dejaba al borde del abismo. Podía sentir el orgasmo construyéndose, una ola caliente y abrumadora, pero antes de que pudiera llegar al clímax, Lucas se apartó, dejándola jadeante y frustrada. — No —protestó ella, la voz ronca—. No pares. Él rió, levantándose y atrayéndola para ponerse de pie. Su cuerpo temblaba, la piel erizada, pero no le dio tiempo para recuperarse. Con un movimiento rápido, la giró de espaldas, presionándola contra la isla de mármol, las manos firmes en sus caderas. — Yo decido cuándo te corres —dijo él, la voz un susurro áspero en su oído mientras su miembro duro presionaba contra sus nalgas—. Y quiero sentirte correrte en mí. Ana gimió, su cuerpo respondiendo instintivamente al tono autoritario de él. Podía sentir la punta de su miembro deslizándose entre sus piernas, provocándola, pero sin entrar. Él estaba jugando con ella, y ella odiaba y amaba eso al mismo tiempo. — Lucas —suplicó, empujando las caderas hacia atrás, tratando de forzarlo a entrar. Él rió nuevamente, el sonido vibrando contra su piel mientras una mano se deslizaba entre sus piernas, los dedos encontrando su clítoris y frotando en círculos lentos y tortuosos. — ¿Qué quieres, Ana? —preguntó él, la voz baja y provocadora—. Dilo. Ella mordió el labio, tratando de resistirse, pero el placer era demasiado. — Te quiero dentro de mí —admitió, las palabras saliendo en un susurro desesperado. Lucas no necesitó más. Con un movimiento rápido, la alzó nuevamente, llevándola por el apartamento hasta el dormitorio. Ana apenas tuvo tiempo de registrar la cama enorme, las sábanas de seda oscura, antes de que él la depositara sobre el colchón, su cuerpo cubriendo el de ella en un instante. Lo atrajo hacia abajo, besándolo con un hambre que reflejaba la suya, las lenguas enredándose mientras sus manos exploraban cada centímetro de piel expuesta. Él estaba desnudo ahora, el cuerpo musculoso y caliente contra el de ella, y Ana no podía decidir por dónde tocarlo primero. Pasó las uñas por su espalda, sintiendo los músculos contraerse bajo su tacto, antes de bajar hasta sus nalgas, atrayéndolo más cerca. — Condón —murmuró él contra sus labios, extendiendo la mano hacia la mesa de noche. Ana lo observó mientras rasgaba el paquete con los dientes y desenrollaba el látex sobre su miembro, los movimientos rápidos y eficientes. Mordió el labio, anticipando el momento en que finalmente la llenaría, pero cuando él volvió a ella, no fue como esperaba. En lugar de entrar en ella de una vez, Lucas la giró boca abajo, levantando sus caderas hasta que estuvo a cuatro patas, las manos apoyadas en el colchón. Se colocó detrás de ella, la punta de su miembro deslizándose entre sus piernas, provocándola nuevamente. — Lucas —gimió, empujando las caderas hacia atrás, tratando de forzarlo a entrar. Él rió, una mano firme en su cadera mientras la otra se deslizaba por su columna, los dedos trazando patrones lentos y tortuosos. — Paciencia —murmuró, inclinándose hacia adelante y mordisqueando su hombro. Ana gimió, el cuerpo temblando de anticipación. Podía sentir la humedad entre sus piernas, la necesidad pulsando dentro de ella, pero él insistía en provocarla. — Por favor —susurró, la voz quebrada. Él no resistió más. Con un movimiento rápido, la penetró, llenándola por completo en un solo empuje. Ana gritó, el placer tan intenso que casi la hizo derrumbarse, pero él la sostuvo firme, las manos en sus caderas mientras comenzaba a moverse. Cada embestida era profunda, deliberada, y Ana podía sentir cada centímetro de él dentro de ella, llenándola de una manera que la dejaba sin aliento. Empujó las caderas hacia atrás, encontrando sus movimientos, sus gemidos mezclándose con los gruñidos roncos de él. El sonido de la piel chocando contra la piel llenaba la habitación, mezclado con el sonido de sus cuerpos moviéndose juntos, cada vez más rápido, cada vez más intenso. Lucas se inclinó hacia adelante, una mano deslizándose entre sus piernas, los dedos encontrando su clítoris y frotando en círculos rápidos. Ana sintió el orgasmo construyéndose nuevamente, una ola caliente y abrumadora que amenazaba con consumirla. — Córrete para mí —ordenó él, la voz áspera en su oído—. Ahora. Y ella obedeció. Con un grito, se deshizo, el placer explotando dentro de ella mientras su cuerpo se contraía alrededor de él. Lucas no se detuvo, continuando moviéndose dentro de ella mientras cabalgaba las olas del orgasmo, cada embestida prolongando el placer hasta que él también alcanzó el clímax, su cuerpo tensándose mientras se corría con un gemido ronco. Por un momento, no hubo nada más que el sonido de sus respiraciones jadeantes y el peso del cuerpo de él contra el de ella. Ana podía sentir su corazón latiendo contra su espalda, el sudor de sus cuerpos mezclándose, y supo que esa noche estaba lejos de terminar. Lucas se apartó lentamente, atrayéndola hacia abajo hasta que estuvieron acostados de lado, los cuerpos entrelazados. Apartó los cabellos de su rostro, los labios encontrando los de ella en un beso lento y profundo. — Esto fue solo el comienzo —murmuró él, la voz aún ronca de deseo. Ana sonrió, el cuerpo aún vibrando con los restos del placer. — Entonces muéstrame el resto. Ana sintió el cuerpo de él aún palpitando dentro de ella, la respiración caliente contra su nuca, los brazos fuertes envolviéndola como si Lucas temiera que pudiera desvanecerse en el aire. Pero ella no quería ir a ningún lado. Cada terminación nerviosa aún vibraba, el eco del orgasmo reverberando en ondas lentas, como el rescoldo de una tormenta que hubiera dejado el mundo más vivo, más intenso. Él la atrajo más cerca, los labios rozando la curva de su hombro, los dientes mordisqueando suavemente la piel sensible, y ella arqueó la espalda, un gemido bajo escapando de sus labios entreabiertos. — Eres increíble —la voz de él era un susurro ronco, las palabras perdiéndose entre los mechones de cabello que se pegaban a su piel sudorosa—. Sabía que sería así. Ana giró el rostro hacia él, los ojos oscuros encontrando los suyos, brillantes bajo la luz tenue de la lámpara. Había algo allí, algo más allá del deseo, una chispa que ardía más profundo que la lujuria. Levantó la mano, los dedos trazando el contorno de su mandíbula, sintiendo la aspereza de la barba incipiente, el calor de su piel. — No tienes idea de lo que está por venir —murmuró ella, la voz cargada de promesas. Lucas sonrió, lento y peligroso, los dedos deslizándose por su brazo hasta entrelazarse con los suyos. La atrajo hacia arriba, invirtiendo las posiciones con una facilidad que delataba su fuerza, hasta que Ana estuvo encima, las rodillas apoyadas en el colchón, las manos sobre su pecho. El cuerpo de él era una obra de arte bajo ella: músculos definidos, la piel marcada por cicatrices finas, como mapas de batallas antiguas. Se inclinó hacia adelante, los labios rozando los de él en un beso que comenzó suave, pero pronto se volvió voraz, lenguas enredándose, dientes chocando suavemente. — Muéstrame —ordenó él, la voz áspera, las manos deslizándose por su espalda, las uñas raspando ligeramente su piel, provocando escalofríos que descendían por su columna—. Muéstrame lo que quieres. Ana no necesitó más incentivo. Se irguió, las manos apoyadas en su pecho, sintiendo el corazón latir fuerte bajo sus palmas. Lentamente, comenzó a moverse, las caderas balanceándose en un ritmo que hizo que los ojos de Lucas se cerraran por un instante, los labios abriéndose en un gemido bajo. Le encantaba eso —el poder de hacerlo perder el control, de ver el deseo nublando sus ojos, la respiración volviéndose más rápida, más superficial. Las manos de él subieron, agarrando sus caderas, guiándola, pero ella resistió, manteniendo el ritmo tortuoso, cada movimiento calculado para prolongar el placer, para hacerlo suplicar. — Ana… —su nombre salió como una súplica, los dedos de él clavándose en su carne con fuerza suficiente para dejar marcas—. Joder, Ana… Ella sonrió, inclinándose hacia adelante, los senos rozando su pecho, los pezones duros arañando su piel. Los labios encontraron el lóbulo de su oreja, mordisqueando suavemente antes de susurrar: — ¿Qué quieres, Lucas? Dilo. Él gimió, las manos subiendo para agarrar sus senos, los pulgares rodeando los pezones, provocándola hasta que arqueó la espalda, un suspiro escapando de sus labios. Pero ella no se detuvo. Continuó moviéndose, cada embestida más profunda, más intensa, hasta que ambos estuvieron jadeantes, el sudor escurriendo entre sus cuerpos, el aire cargado con el olor a sexo y deseo. — Te quiero a ti —admitió él finalmente, la voz quebrada, los ojos oscuros fijos en los de ella—. Toda. Ahora. Ana no se resistió. Se irguió, las manos apoyadas en sus rodillas, y cambió el ángulo, descendiendo con fuerza, sintiéndolo llenarla por completo. Un grito escapó de sus labios, los dedos clavándose en los músculos de su pecho mientras el placer la atravesaba como un rayo. Lucas gimió, las manos agarrando sus caderas con fuerza, guiándola en un ritmo frenético, cada movimiento más urgente, más desesperado. Sintió su cuerpo tensarse bajo ella, los músculos contraerse, la respiración volviéndose un gruñido bajo. — Así —susurró ella, la voz ronca, los ojos fijos en los de él—. Córrete para mí. Fue como si las palabras fueran el detonante. Lucas gimió, el cuerpo arqueándose hacia arriba, los dedos clavándose en su carne con fuerza mientras se entregaba, el placer explotando dentro de él. Ana sintió cada pulsación, cada espasmo, y eso fue suficiente para llevarla consigo. Con un grito, se deshizo, el orgasmo arrastrándola como un tsunami, el cuerpo temblando, los músculos contrayéndose alrededor de él mientras cabalgaba las últimas olas de placer. Por un largo momento, no hubo nada más que el sonido de sus respiraciones entrecortadas, el peso de sus cuerpos entrelazados, el calor húmedo de la piel contra la piel. Ana se desplomó sobre él, los labios encontrando los suyos en un beso lento, profundo, lleno de una ternura que sorprendió a ambos. Lucas la envolvió en sus brazos, atrayéndola más cerca, como si quisiera fundir sus cuerpos en uno solo. — Esto fue… —comenzó él, pero las palabras murieron en sus labios, incapaces de capturar lo que acababa de suceder. Ana sonrió contra su piel, los dedos trazando círculos perezosos en su pecho. — Lo sé. Permanecieron así por un tiempo, solo sintiendo el ritmo de sus corazones desacelerándose, el calor de sus cuerpos mezclándose. Pero el deseo, como una llama que se negaba a apagarse, pronto volvió a arder. Lucas rodó hacia un lado, llevándola consigo, hasta que estuvieron frente a frente, los cuerpos aún entrelazados. Sus ojos recorrieron el cuerpo de ella, deteniéndose en las marcas rojas dejadas por sus dedos, en los labios hinchados, en los senos que subían y bajaban con la respiración acelerada. — Todavía no ha terminado —murmuró él, la voz cargada de promesas. Ana sintió un escalofrío recorrer su columna, los labios curvándose en una sonrisa lenta. — Cuento con eso. Sus manos se deslizaron por su espalda, atrayéndola más cerca, hasta que no hubo espacio entre ellos. Los labios se encontraron en un beso que comenzó suave, pero pronto se volvió más urgente, más hambriento. Ana sintió su cuerpo reaccionar nuevamente, la erección presionando contra su muslo, y un gemido bajo escapó de sus labios. — Eres insaciable —susurró ella, los dedos deslizándose por su pecho, bajando hasta envolver su miembro duro, sintiéndolo palpitar bajo su tacto. — Solo contigo —respondió él, besándola mientras el agua seguía cayendo sobre ellos. Y entonces, sin más palabras, la atrajo hacia arriba, invirtiendo las posiciones una vez más, hasta que Ana estuvo a cuatro patas, las manos apoyadas en el colchón, la espalda arqueada. Se colocó detrás de ella, los dedos deslizándose entre sus piernas, sintiendo la humedad que aún escurría, su cuerpo respondiendo al instante al contacto. Ana gimió, empujando las caderas hacia atrás, buscando más contacto. — Por favor —susurró ella, la voz quebrada. Lucas no la hizo esperar. Con un movimiento rápido, la penetró, los cuerpos chocando con fuerza, un gemido ronco escapando de sus labios. Ana gritó, los dedos agarrando las sábanas mientras él comenzaba a moverse, cada embestida más profunda, más intensa, el sonido de la piel chocando resonando en la habitación. Sus manos agarraron sus caderas con fuerza, atrayéndola hacia atrás con cada movimiento, el ritmo volviéndose más frenético, más desesperado. Ana sintió el placer creciendo dentro de ella, una ola que amenazaba con tragársela por completo. Los gemidos escapaban de sus labios sin control, el cuerpo moviéndose al mismo ritmo que el de él, cada embestida acercándola más al límite. Lucas se inclinó sobre ella, los labios encontrando la curva de su cuello, los dientes mordisqueando suavemente la piel sensible. — Córrete para mí —ordenó él, la voz ronca, los dedos deslizándose entre sus piernas, encontrando el punto que la haría deshacerse. Ana no se resistió. Con un grito, se deshizo, el orgasmo arrastrándola como una ola, el cuerpo temblando, los músculos contrayéndose alrededor de él mientras cabalgaba las olas de placer. Lucas gimió, sintiendo su cuerpo apretarlo, y eso fue suficiente para llevarlo consigo. Con un gruñido bajo, se enterró profundo, el placer explotando dentro de él mientras se entregaba, el cuerpo temblando con la fuerza del clímax. Se desplomaron sobre la cama, los cuerpos entrelazados, las respiraciones aún jadeantes. Lucas la atrajo más cerca, los labios encontrando los de ella en un beso lento, lleno de una ternura que contrastaba con la intensidad de lo que acababa de suceder. — No quiero que esto termine —murmuró él, los dedos trazando círculos perezosos en su espalda. Ana sonrió, los ojos cerrados, el cuerpo aún vibrando con los restos del placer. — Entonces no lo dejes. Y, mientras la noche avanzaba, los dos sabían que esa no sería la última vez. Había algo entre ellos, algo que iba más allá de lo físico, algo que los atraía el uno hacia el otro como un imán. Y cuando el primer rayo de sol comenzó a filtrarse por las cortinas, aún estaban entrelazados, los cuerpos exhaustos, pero la mente ya planeando el próximo encuentro. La primera luz del amanecer se filtraba por las rendijas de las cortinas pesadas, pintando franjas doradas sobre la piel aún caliente de Ana. Se despertó lentamente, como si emergiera de un sueño profundo, los sentidos ajustándose poco a poco a la realidad. El peso del brazo de Lucas alrededor de su cintura era real, el calor de su cuerpo contra su espalda, innegable. El aroma de él —una mezcla de sándalo, sudor y algo indescriptiblemente masculino— aún impregnaba el aire, y respiró hondo, saboreando cada partícula. Las sábanas de algodón egipcio estaban enredadas entre ellos, testigos silenciosos de la noche anterior. Ana se movió ligeramente, sintiendo su cuerpo protestar de una manera deliciosamente dolorida. Cada músculo parecía recordar lo que había sucedido: las manos de Lucas deslizándose por su piel, los dientes marcando suavemente su hombro, los gemidos ahogados contra la almohada. Un escalofrío recorrió su columna, y sonrió, los labios aún hinchados por los besos. Lucas murmuró algo incomprensible contra su nuca, los labios rozando la piel sensible. Ana sintió su aliento cálido, húmedo, y un nuevo calor se extendió por su vientre. La atrajo más cerca, como si incluso dormido supiera que ella estaba allí, como si su cuerpo la reconociera instintivamente. Sus dedos se enredaron con los de ella, entrelazándose de una manera que parecía más íntima que cualquier toque de la noche anterior. — Buenos días —susurró, girándose lentamente para mirarlo. Los ojos de Lucas estaban entreabiertos, los párpados pesados de sueño, pero la sonrisa que se dibujó en su rostro era lenta, perezosa, llena de promesas. No respondió con palabras. En cambio, se inclinó hacia adelante y capturó sus labios en un beso suave, casi reverente. Ana suspiró contra su boca, sintiendo el sabor del sueño y del deseo residual. Las manos de Lucas se deslizaron por su espalda, bajando hasta la curva de sus caderas, atrayéndola más cerca, como si aún no fuera suficiente. — ¿Llevas mucho tiempo despierta? —preguntó él, la voz ronca de sueño, los dedos trazando círculos lentos en su piel. — Solo unos minutos —mintió, porque la verdad era que ya llevaba un rato allí, observándolo dormir, memorizando cada detalle: la manera en que sus pestañas oscuras descansaban sobre sus mejillas, la sombra de barba que comenzaba a aparecer, la línea firme de su mandíbula. Era extraño cómo alguien podía ser al mismo tiempo tan familiar y tan desconocido. Lucas rió bajito, como si supiera que mentía. — Me miras como si quisieras devorarme otra vez. Ana se sonrojó, pero no apartó la mirada. — ¿Y si quiero? Él gimió, un sonido bajo y gutural, y la atrajo sobre sí, de modo que ella quedó montada en sus caderas. La luz de la mañana iluminaba su cuerpo, destacando cada músculo definido, cada pequeña cicatriz, cada marca que la noche anterior había dejado. Ana pasó los dedos por su pecho, sintiendo el corazón latir fuerte bajo su palma. — Eres hermosa —murmuró él, los ojos oscuros recorriendo cada centímetro de ella, como si estuviera grabando la imagen en su memoria—. Pero ya lo sabía. Ana inclinó la cabeza, los cabellos cayendo en cascada sobre sus hombros. — ¿Y qué más sabías? — Que ibas a ser así —respondió él, las manos subiendo por sus muslos, apretando suavemente—. Que ibas a ser fuego puro. Ella rió, un sonido ligero y musical, e inclinó el cuerpo para besarlo nuevamente. Esta vez, el beso fue más profundo, más urgente, como si el simple contacto de los labios pudiera reavivar todo lo que había sucedido la noche anterior. Lucas gimió contra su boca, las manos agarrando sus caderas con fuerza, atrayéndola hacia abajo, de modo que sintió su erección matutina presionando contra su vientre. Ana se apartó solo lo suficiente para respirar. — ¿Tenemos tiempo? Lucas miró el reloj en la mesa de noche, los números digitales parpadeando en rojo. — El suficiente. Y entonces no hubo más palabras. Solo toques, suspiros, el sonido de la piel contra la piel. Ana se irguió sobre él, las rodillas hundiéndose en el colchón, y descendió lentamente, sintiendo cada centímetro de él llenándola. Los dos gimieron al unísono, un sonido que resonó en la habitación silenciosa. Lucas tomó sus senos, los pulgares rodeando los pezones ya duros, mientras Ana comenzaba a moverse, primero lentamente, luego con más urgencia, las caderas ondulando en un ritmo que hacía que ambos perdieran el aliento. El sol ya había subido más en el cielo, y la luz ahora bañaba toda la cama, iluminando cada gota de sudor, cada temblor, cada expresión de placer que cruzaba sus rostros. Ana sintió el orgasmo acercándose, una ola lenta e inexorable, e inclinó el cuerpo hacia adelante, capturando los labios de Lucas en un beso desesperado. Él la sostuvo con fuerza, los dedos clavándose en su carne mientras su propio clímax lo alcanzaba, un gemido ronco escapando de su garganta. Se desplomaron juntos, los cuerpos aún unidos, las respiraciones jadeantes mezclándose. Ana descansó la cabeza en su pecho, escuchando el corazón latir acelerado, sintiendo el sudor secarse en su piel. Lucas pasó los dedos por su cabello, tirando suavemente de él, como si quisiera asegurarse de que era real. — Necesito una ducha —murmuró ella después de un rato, pero no hizo ademán de moverse. — Yo también —respondió él, pero tampoco se movió. En cambio, permanecieron allí, entrelazados, disfrutando del silencio cómodo, el peso de sus cuerpos el uno contra el otro, la sensación de que, incluso exhaustos, no querían separarse. Fue Lucas quien finalmente rompió el hechizo. — ¿Tienes algún compromiso hoy? Ana pensó por un momento. — Nada que no pueda cancelarse. — Entonces quédate. Ella alzó la cabeza para mirarlo, una sonrisa jugando en sus labios. — ¿Eso es una invitación? — Es una orden —respondió él, atrayéndola para otro beso. Y Ana no discutió. --- El baño de Lucas era tan impresionante como el resto del apartamento: paredes de mármol negro, una bañera de inmersión lo suficientemente grande para dos, y una ducha de vidrio con múltiples chorros. Ana entró primero, abriendo el agua y ajustando la temperatura hasta que el vapor comenzó a subir, empañando los espejos. Lucas la siguió, envolviéndola por la cintura y atrayéndola contra sí, las manos deslizándose por su vientre mientras el agua caliente caía sobre ambos. — ¿Tienes idea de cuánto te deseo otra vez? —murmuró contra su oído, los dientes mordisqueando suavemente el lóbulo. Ana rió, girándose para mirarlo. — Creo que tengo una idea. Él la empujó contra la pared de la ducha, las manos sujetando sus muñecas por encima de su cabeza, los cuerpos mojados deslizándose uno contra el otro. El agua escurría por los cabellos de Lucas, goteando de sus pestañas, y Ana no pudo resistirse: se inclinó y lamió una gota que resbalaba por su pecho, sintiendo el sabor salado de su piel. Lucas gimió, un sonido que resonó en el baño, y la soltó solo para tomar el jabón líquido. Vertió una cantidad generosa en la palma de su mano y comenzó a lavar su cuerpo con movimientos lentos, deliberados, como si estuviera memorizando cada curva. Ana cerró los ojos, dejándose llevar por la sensación de sus manos deslizándose por sus senos, su vientre, sus muslos. Cuando sus dedos encontraron el centro de ella, arqueó la espalda, un suspiro escapando de sus labios. — Eres insaciable —murmuró ella, pero no había reproche en su voz, solo deseo. — Solo contigo —respondió él, besándola mientras el agua seguía cayendo sobre ellos. Se lavaron lentamente, explorando cada centímetro el uno del otro, como si la ducha fuera solo una extensión de la noche anterior. Cuando finalmente salieron, envueltos en toallas suaves, el apartamento ya estaba bañado por la luz clara de la mañana. Lucas preparó café mientras Ana se secaba, los cabellos aún húmedos cayendo en ondas sobre sus hombros. Se acercó a él por detrás, envolviéndolo con los brazos y apoyando el mentón en su hombro. — ¿Qué tienes para el desayuno? —preguntó, los labios rozando su piel. — Además de ti? —bromeó él, girándose para besarla. Ana rió, pero no se apartó. — Hablo en serio. — Yo también —respondió él, los ojos oscuros brillando—. Pero si insistes, tengo pan, huevos, frutas... y un poco de miel. — ¿Miel? —alzó una ceja. — Sí. —Tomó el frasco de miel de la despensa y lo sostuvo entre los dedos, una sonrisa maliciosa en los labios—. ¿Quieres probar? Ana no respondió. En cambio, tomó el frasco de su mano y lo colocó sobre la encimera. Luego, lo atrajo por la toalla, llevándolo de vuelta al dormitorio. --- Mucho más tarde, se sentaron finalmente a la mesa de la cocina, Ana usando una de las camisas de Lucas —que le llegaba hasta las rodillas— y él solo con un short de algodón. El desayuno era sencillo: huevos revueltos, tostadas, frutas cortadas y, por supuesto, la miel. Ana sumergió el dedo en el frasco y se lo llevó a los labios, lamiéndolo lentamente, los ojos fijos en Lucas. — Me vas a matar —murmuró él, la voz ronca. Ella rió, pero no se detuvo. En cambio, se inclinó sobre la mesa y le ofreció el dedo melado. Lucas no dudó: tomó su muñeca y se llevó el dedo a la boca, succionándolo lentamente, los ojos nunca dejando los de ella. — Delicioso —murmuró, soltándola. Ana sintió el calor extenderse por su cuerpo, pero se obligó a concentrarse en el desayuno. Comieron en silencio por unos minutos, intercambiando miradas cómplices, sonrisas que decían más que palabras. — Entonces —comenzó ella, después de un rato—. ¿Qué sigue ahora? Lucas dejó la taza de café sobre la mesa y extendió la mano, tomando la de ella. — Ahora, vemos adónde nos lleva esto. Ana entrelazó los dedos con los de él, sintiendo la firmeza de su apretón. — ¿Y si no nos lleva a ningún lado? — No lo creo —respondió él, levantándose y atrayéndola hacia sí—. ¿Sientes esto, verdad? —Colocó su mano sobre su propio pecho, donde el corazón latía fuerte—. No es solo química. No es solo deseo. Es más. Ana lo miró, los ojos buscando los de él, como si pudiera encontrar la respuesta allí. Y tal vez la encontró. Porque lo sentía. Lo sentía en la forma en que su cuerpo respondía al de él, en la forma en que sus palabras la hacían sentir vista, en la forma en que, incluso después de una noche entera, aún quería más. — Lo siento —admitió, finalmente. Lucas sonrió, una sonrisa lenta y satisfecha, y la atrajo para un beso. — Entonces no lo desperdiciemos. Y Ana supo, en ese momento, que él tenía razón. Esa noche no había sido el final. Era solo el comienzo.

🔥 Keep the fantasy going

Chat, tease and live out your desires with an AI girlfriend available 24/7 - she is up for anything you imagine.

Meet your AI girlfriend →

Publicidade +18