Horas Extras Prohibidas

Por Tonkix
Horas Extras Prohibidas
**Horas Extras Prohibidas** El reloj en la pared de la oficina marcaba las siete y media cuando Clara levantó la vista de la pantalla del ordenador, masajeándose la nuca con los dedos. La luz fría de los monitores se reflejaba en sus gafas de montura fina, resaltando el cansancio que ya se instalaba en las comisuras de sus ojos verdes, pero también la determinación que los hacía brillar. Afuera, la lluvia golpeaba contra los cristales en ráfagas insistentes, un sonido que se mezclaba con el zumbido bajo de los servidores y el ocasional clic de las teclas. La planta estaba casi vacía, excepto por el murmullo lejano de algún compañero del turno de noche, perdido entre pasillos iluminados solo por las luces de emergencia. Se pasó la mano por el cabello castaño, recogido en un moño suelto que ya comenzaba a deshacerse, y suspiró. El informe trimestral no podía esperar. El director había sido claro: debía estar sobre su mesa a las ocho de la mañana siguiente, revisado, formateado e impecable. Clara sabía que era capaz —siempre lo había sido—, pero la presión de la urgencia pesaba sobre sus hombros como un abrigo mojado. Fue entonces cuando escuchó el sonido de pasos en el pasillo, seguidos por una risa baja y familiar. —¿Todavía aquí, *analista*? —La voz de Rafael resonó antes de que apareciera en la puerta de la sala de reuniones, donde Clara se había instalado con su portátil y pilas de papeles. Llevaba dos tazas de café en una bandeja de cartón, el vapor elevándose en espirales perezosas—. ¿O ya estás trabajando en el informe de mañana? Clara sonrió, a pesar de todo. Rafael tenía ese efecto: hacía que hasta el cansancio pareciera menos pesado. Era de esos hombres que parecían haber salido de un anuncio de perfume caro —hombros anchos bajo la camisa social ligeramente arrugada, cabello oscuro siempre un poco rebelde, como si lo hubieran despeinado manos impacientes—. El departamento financiero lo adoraba, no solo por su eficiencia, sino por la manera en que lograba convertir números en historias, gráficos en argumentos irrefutables. Y, por supuesto, por el encanto que desarmaba hasta a los más escépticos. —Si digo que sí, ¿te irás y me dejarás en paz? —bromeó, aceptando la taza que él le ofrecía. Los dedos de ambos se rozaron por un segundo, y Clara sintió un escalofrío subir por su brazo, rápido como un relámpago. Rafael rio, sentándose en la silla junto a ella con la naturalidad de quien ya ocupaba ese espacio desde hacía años—. Ni muerto. El director me llamó hace veinte minutos. Dijo que necesitaba "darte apoyo". —Hizo comillas en el aire con los dedos, la sonrisa ensanchándose—. Traducción: sabe que soy el único que aguanta tus crisis de perfeccionismo. —¿*Crisis de perfeccionismo*? —Clara alzó una ceja, fingiendo indignación—. Solo me gusta hacer las cosas bien. —Y a mí me gusta verte intentarlo. —Sus ojos recorrieron el rostro de ella, deteniéndose en los labios un segundo más de lo profesional—. Sobre todo cuando te muerdes el labio así. Clara sintió el rostro arder. *Mierda.* Realmente hacía eso cuando estaba concentrada. Y Rafael, por supuesto, lo había notado. Antes de que pudiera responder, él se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en la mesa. —Vamos, *analista*. Terminemos esto antes de que la lluvia inunde la ciudad y nos quedemos atrapados aquí hasta el lunes. La oficina, a esa hora, tenía una atmósfera distinta. Las luces principales se habían apagado, dejando solo las lámparas de mesa y el brillo azulado de los monitores. La lluvia seguía cayendo, ahora acompañada por un trueno lejano, y el aroma del café recién hecho se mezclaba con el olor a papel, tinta y —Clara no podía negarlo— el perfume amaderado que emanaba de Rafael. Era una combinación peligrosa. Abrió el archivo del informe en el ordenador, desplazándose hasta la sección que necesitaba revisar—. Bueno. Empecemos por el análisis de flujo de caja. ¿Viste los datos que envió Marcos? —Los vi. —Rafael acercó su silla, la rodilla rozando levemente la de ella. Clara no se apartó—. Pero creo que hay un error en la proyección de ingresos. Mira aquí. Extendió la mano, señalando la pantalla, y Clara se inclinó para seguir su indicación. El movimiento hizo que sus hombros se tocaran, y contuvo la respiración por un instante. Rafael no se movió. En cambio, giró el rostro ligeramente, los labios casi rozando su oreja al hablar: —¿Ves? Aquí, en el tercer trimestre… Clara tragó saliva. Su voz era baja, íntima, como si estuvieran compartiendo un secreto. Y quizá lo hacían. Porque, en ese momento, con la lluvia golpeando los cristales y la oficina vacía a su alrededor, ya no eran solo compañeros trabajando hasta tarde. Había algo más en el aire, algo que hacía latir el corazón más rápido y erizar la piel donde el calor de su cuerpo la tocaba. —Yo… lo veo —murmuró, intentando concentrarse. Pero era difícil, cuando cada terminación nerviosa parecía sintonizada con él. Rafael sonrió, como si supiera exactamente el efecto que causaba—. Perfecto. Entonces corrijamos esto antes de que el director tenga un ataque. Trabajaron en silencio durante unos minutos, los dedos de Clara volando sobre el teclado mientras Rafael revisaba los números en voz alta. Pero la tensión entre ellos no disminuyó. Al contrario: cada vez que sus miradas se cruzaban, cada vez que uno de ellos se inclinaba para tomar un bolígrafo o ajustar la pantalla, había un roce —accidental, quizá, pero cargado de intención. En un momento dado, Clara se levantó para tomar un documento de la impresora. Rafael la observó, los ojos siguiendo el movimiento de sus caderas bajo la falda lápiz, el tejido ajustándose a su cuerpo como una segunda piel. Cuando regresó, él no se contuvo: —Sabes, Clara… —Su voz era un hilo de seda, enredándose a su alrededor—. Si seguimos así, va a ser imposible terminar este informe. Dejó el papel sobre la mesa, los dedos temblando ligeramente—. ¿Y por qué? Rafael se recostó en la silla, los ojos oscuros brillando con algo que ella no lograba descifrar—. Porque cada vez que te inclinas así, olvido lo que estaba haciendo. Clara sintió que le faltaba el aire. No era justo. No podía decir cosas así y esperar que ella siguiera trabajando como si nada estuviera pasando. Pero antes de que pudiera responder, un nuevo trueno retumbó afuera, haciendo parpadear las luces por un segundo. Cuando volvieron, Rafael estaba de pie, tendiéndole la mano. —Vamos. Terminemos esto en la sala de reuniones. Hay más espacio. Clara dudó por un segundo antes de aceptar. Los dedos de él se cerraron alrededor de los suyos, firmes y cálidos, y dejó que la guiara por el pasillo oscuro. La lluvia seguía cayendo, implacable, y la oficina parecía un mundo aparte —un lugar donde las reglas normales no aplicaban. Y, por primera vez esa noche, Clara se preguntó si realmente terminarían el informe. O si, antes de eso, ocurriría algo mucho más interesante. La sala de reuniones era un territorio neutral, pero en ese momento parecía cargada de posibilidades. Las paredes de cristal reflejaban la luz amarillenta de las lámparas de mesa, creando un juego de sombras que danzaba sobre los papeles esparcidos y los rostros de Clara y Rafael. Él soltó su mano solo para acercarle una silla, un gesto anticuado que ella no esperaba, pero que la hizo sonreír mientras se sentaba. El tapizado crujió levemente bajo su peso, y cruzó las piernas, ajustando la falda lápiz que se había subido unos centímetros por encima de las rodillas. Rafael se acomodó a su lado, no en la silla de enfrente, como habría sido profesional, sino junto a ella, de modo que sus brazos casi se tocaban. El aroma del café que había traído aún flotaba en el aire, mezclado con el perfume cítrico que ella usaba y el leve olor a cuero de los muebles. Clara respiró hondo, intentando concentrarse en los números de la pantalla del portátil, pero su proximidad lo hacía casi imposible. —¿Siempre trabajas hasta tan tarde? —preguntó Rafael, inclinándose ligeramente para ver mejor la hoja de cálculo. Su voz era baja, casi un murmullo, como si temiera romper el silencio sagrado de la oficina vacía. —Solo cuando el jefe amenaza con recortar mi bonificación —bromeó, aunque sus dedos se detuvieron sobre el teclado, vacilantes—. ¿Y tú? —Me gusta la paz. —Sonrió, y sus ojos oscuros se encontraron con los de ella un segundo más de lo necesario—. Sin interrupciones, sin reuniones innecesarias. Solo yo, los números y… —hizo una pausa deliberada— …la compañía adecuada. Clara sintió el calor subir por su cuello. Sabía que él estaba coqueteando, pero había algo deliciosamente peligroso en cómo lo hacía: sin prisa, como si tuvieran todo el tiempo del mundo. Como si el informe no fuera urgente, como si la lluvia afuera no estuviera golpeando los cristales con un ritmo insistente. —¿Compañía adecuada? —Arqueó una ceja, fingiendo indiferencia, pero su tono salió más suave de lo que pretendía—. ¿O solo alguien con quien compartir la culpa cuando el informe salga mal? Rafael rio, un sonido grave y ronco que vibró en su pecho y la hizo preguntarse cómo se sentiría contra el suyo. Se acercó un poco más, y ahora podía sentir el calor de su cuerpo irradiando, incluso sin contacto. —¿Siempre piensas lo peor de mí, Clara? —Tomó un bolígrafo de la mesa y lo hizo girar entre los dedos, un gesto casual que, de alguna manera, parecía calculado—. ¿O solo estás tratando de provocarme? —Quizá ambas cosas —admitió, mordisqueando levemente el labio inferior. El movimiento no pasó desapercibido. Los ojos de Rafael descendieron una fracción de segundo antes de volver a los suyos, más intensos. —Ten cuidado con eso —murmuró, inclinándose aún más, hasta que su boca estuvo cerca de su oído—. O empezaré a pensar que quieres que te provoquen. El aire entre ellos parecía más denso, cargado de algo que iba más allá de las palabras. Clara podía sentir su propio corazón latiendo más rápido, la sangre pulsando en las sienes. Debería haberse apartado, debería haber vuelto al trabajo, pero en lugar de eso, dejó que sus rodillas rozaran levemente las de él bajo la mesa. Un toque mínimo, casi imperceptible, pero suficiente para hacer que Rafael contuviera la respiración. —¿Y si quiero? —La pregunta escapó antes de que pudiera contenerse, e inmediatamente Clara sintió el rostro arder. No era del tipo que jugaba ese tipo de juegos, pero algo en Rafael la hacía querer romper sus propias reglas. Él no respondió de inmediato. En cambio, sus dedos se deslizaron por la mesa hasta encontrar los de ella, entrelazándose por un segundo antes de soltarlos. Fue un gesto rápido, casi inocente, pero suficiente para enviar una corriente eléctrica por el cuerpo de Clara. —Entonces —dijo finalmente, su voz ronca—, diría que estamos perdiendo el tiempo con estos números. Clara rio, nerviosa, y empujó el portátil un poco hacia un lado, como si estuviera reorganizando los papeles. Pero el movimiento hizo que su brazo rozara el de él, y no se apartó. En cambio, dejó que la manga de su camisa se deslizara contra su piel, un contacto leve que la hizo estremecer. —¿Siempre eres así? —preguntó, intentando recuperar el control—. ¿Tan… directo? —Solo cuando vale la pena. —Rafael tomó un documento de la pila y fingió examinarlo, pero sus ojos no se apartaban de los de ella—. ¿Y tú, Clara? ¿Siempre eres tan difícil de leer? —Depende de quién lo intente. —Sostuvo su mirada, desafiante, pero su cuerpo traicionaba su confianza. Sus dedos apretaron levemente el borde de la mesa, y se preguntó si él podía escuchar el sonido de su respiración acelerada. Por un momento, ninguno de los dos habló. La lluvia seguía cayendo, un sonido constante que llenaba el silencio entre ellos. Rafael finalmente rompió el contacto visual para mirar por la ventana, donde las luces de la ciudad brillaban a través de la cortina de agua. —¿Sabes lo que pienso? —dijo, volviéndose hacia ella—. Que los dos estamos cansados de fingir que no notamos esto. —¿Esto? —Clara fingió no entender, pero su voz tembló. —Esta… tensión. —Extendió la mano y, con un dedo, trazó una línea imaginaria en el aire entre ellos, como si estuviera dibujando el espacio que los separaba—. Desde que entraste en finanzas, te veo mirando. Y tú me ves mirando de vuelta. Clara no lo negó. No podía. Porque era verdad. Desde que Rafael había sido transferido al departamento, había algo en él —en la forma en que sonreía, en la confianza con que se movía, en el modo en que sus ojos siempre parecían encontrarse con los de ella cuando menos lo esperaba— que la dejaba inquieta. Y ahora, allí, solos en la oficina vacía, era como si todas las barreras que había levantado se estuvieran derrumbando. —¿Y qué quieres hacer al respecto? —preguntó, su voz apenas un susurro. Rafael no respondió con palabras. En cambio, sus dedos encontraron los de ella nuevamente, esta vez no para un toque rápido, sino para entrelazarlos de verdad. El pulgar acarició el dorso de su mano, un movimiento lento y deliberado que hizo que Clara contuviera la respiración. —Quiero descubrir —dijo finalmente— si lo que estoy sintiendo es real. Antes de que pudiera responder, un nuevo trueno resonó afuera, más fuerte que el anterior. Las luces parpadearon nuevamente, y por un segundo, quedaron sumidos en una oscuridad casi completa. Cuando la electricidad volvió, Rafael aún sostenía su mano, sus rostros más cerca que antes. —Clara —murmuró, y la forma en que dijo su nombre, como si fuera algo precioso, hizo que su estómago se contrajera. Debería haber dicho que no. Debería haberle recordado el informe, el trabajo, las consecuencias. Pero cuando él se inclinó, acercándose aún más, no se apartó. En cambio, sus ojos se cerraron ligeramente, y sus labios se entreabrieron, como si estuvieran esperando algo que no se atrevía a nombrar. Y entonces, cuando la boca de Rafael estaba a centímetros de la suya, cuando podía sentir su aliento cálido contra su piel, él se detuvo. —Pero no aquí —dijo, su voz ronca—. No así. Clara abrió los ojos, confundida, pero antes de que pudiera preguntar qué quería decir, Rafael soltó su mano y se levantó, tendiéndole la suya nuevamente. —Vamos a terminar esto en mi oficina. Tiene una máquina de café mejor. Dudó, pero solo por un segundo. Porque, en el fondo, sabía que no era el café lo que él quería. Y, por primera vez esa noche, ella tampoco quería resistirse más. Clara contuvo la respiración cuando Rafael se apartó, como si el aire entre ellos se hubiera vuelto demasiado denso para inhalar. El calor de su mano aún ardía en la suya, un fantasma de contacto que se negaba a desaparecer. Observó, casi hipnotizada, mientras él se levantaba de la silla, el movimiento fluido, los músculos bajo la camisa social contrayéndose de una manera que aceleró su pulso. No miró atrás al dirigirse a la pequeña cocina del piso, pero el silencio que dejó tras de sí estaba cargado de promesas no dichas. La lluvia seguía cayendo afuera, golpeando los cristales de la oficina con una persistencia casi lasciva, como si el propio tiempo conspirara para mantenerlos allí, enredados en ese baile lento y peligroso. Clara pasó los dedos por sus labios, aún sintiendo el hormigueo de la cercanía, el casi-beso que no había sido. El informe, antes una prioridad urgente, ahora parecía un detalle lejano, algo que podía esperar mientras se perdía en esos segundos robados. Cuando Rafael regresó, traía dos tazas humeantes en las manos. El aroma del café recién hecho se mezcló con el olor a papel, tinta y el leve perfume cítrico que ella asociaba con él —algo fresco, con un toque de especias, como bergamota y jengibre—. Colocó una de las tazas frente a ella, pero no se apartó. En cambio, se inclinó ligeramente, apoyando una mano en la superficie de madera, su cuerpo tan cerca que podía sentir el calor irradiando de él, incluso sin contacto. —Negro, sin azúcar —dijo, la voz baja, casi un susurro—. Como te gusta. Clara alzó la vista, sorprendida. No era la primera vez que tomaban café juntos, pero nunca había notado que él prestara atención a algo tan trivial. O quizá no lo fuera. Quizá era solo otra prueba de que Rafael la observaba de una manera que iba más allá de la mera cortesía profesional. —¿Lo recuerdas? —preguntó, tomando la taza. Sus dedos se rozaron al sujetarla, un contacto breve pero suficiente para enviar una corriente eléctrica por su brazo. No retiró la mano. Tampoco él. —Recuerdo más cosas de las que imaginas —respondió, y había algo en la forma en que las palabras salieron, lentas y deliberadas, que hizo que su estómago se contrajera. Rafael se enderezó, pero no se apartó. En cambio, llevó su propia taza a los labios, observándola por encima del borde mientras tomaba un sorbo. El movimiento era casual, pero sus ojos —oscuros, intensos— no dejaban lugar a dudas: nada de eso era accidental. Clara llevó el café a la boca, dejando que el líquido caliente le quemara la garganta, una excusa para ganar tiempo. El sabor era fuerte, ligeramente amargo, pero no le importó. Necesitaba ese ancla, algo que la trajera de vuelta al presente, aunque fuera por un segundo. —¿Y qué más recuerdas? —preguntó finalmente, la voz más ronca de lo que pretendía. Rafael sonrió, un lado de la boca elevándose de una manera que aceleró su corazón. Se acercó nuevamente, apoyando la mano libre en la mesa, lo suficientemente cerca como para sentir el calor de su palma contra el dorso de la suya. No era un toque, no exactamente, pero sí una promesa. —Recuerdo la primera vez que usaste ese vestido azul, el que resalta tus ojos —dijo, la voz baja, casi íntima—. Estabas nerviosa ese día, jugueteando con el collar todo el tiempo. Y recuerdo cómo te mordiste el labio cuando el director te elogió en la reunión. Lo haces cuando intentas no sonreír. Clara sintió el rostro arder. No era justo. ¿Cómo podía recordar detalles así? ¿Cómo podía convertir algo tan simple en algo tan… peligroso? —Me estás observando —acusó, pero no había enojo en su voz. Solo sorpresa. Y algo más, algo que no quería nombrar. —No es observación —corrigió, inclinándose un poco más—. Es atención. Hay diferencia. Debería haberse apartado. Debería haberle recordado que estaban en la oficina, que cualquiera podía entrar, que aquello era una pésima idea. Pero las palabras murieron en su garganta cuando él extendió la mano, los dedos rozando levemente la pulsera fina en su muñeca —un regalo de cumpleaños que usaba casi todos los días. —Y esta pulsera —continuó, la voz aún más baja—. Nunca te la quitas. Clara contuvo la respiración. La pulsera era un detalle tonto, algo que usaba por costumbre, sin pensar. Pero la forma en que él la tocaba, como si fuera algo precioso, le oprimió el pecho. —Es solo una pulsera —murmuró, pero la voz le falló. —No lo es —dijo simplemente. Y entonces, como si se diera cuenta de que había cruzado una línea, se apartó, solo lo suficiente para romper el contacto. Pero la tensión permaneció, vibrando en el aire entre ellos, espesa como la miel. Clara tomó otro sorbo de café, intentando recomponerse. El líquido le quemó la lengua, pero apenas lo sintió. Estaba demasiado ocupada intentando ignorar cómo su cuerpo reaccionaba a su presencia, el modo en que cada terminación nerviosa parecía estar en alerta. —¿Siempre has sido así? —preguntó finalmente, intentando aligerar el ambiente—. ¿Tan… observador? Rafael rio, un sonido bajo y ronco que le hizo dar un vuelco al estómago. —Solo contigo —admitió, y había una sinceridad en esas palabras que la dejó sin aliento. El silencio se extendió entre ellos, cargado de cosas no dichas. Clara miró el informe frente a ella, las páginas esparcidas, los números borrosos bajo la luz amarillenta de la lámpara. Debería volver al trabajo. Debería ser profesional. Pero cuando alzó la vista y encontró la mirada de Rafael, supo que ninguno de los dos quería eso. —¿Y si entra alguien? —preguntó, la voz casi un susurro. Rafael no respondió de inmediato. En cambio, extendió la mano nuevamente, esta vez rozando los nudillos contra su mejilla, un toque ligero, casi imperceptible. Pero fue suficiente para que sintiera el calor extenderse por su cuerpo. —La puerta está cerrada —dijo finalmente—. Y la lluvia afuera garantizará que nadie aparezca. Clara tragó saliva. No era una respuesta. No exactamente. Pero era un permiso. Y, por primera vez esa noche, se dio cuenta de que no quería resistirse más. Rafael se apartó entonces, volviendo a su silla, pero el ambiente entre ellos no se disipó. Al contrario. Ahora, cada movimiento parecía cargado de intención, cada palabra una provocación velada. —Terminemos este informe —dijo, tomando un bolígrafo—. Antes de que olvide que aún tenemos trabajo que hacer. Clara sonrió, sintiendo el desafío en esas palabras. Sabía que no era el informe lo que él quería terminar. Y, por primera vez, ella tampoco. Clara giró el bolígrafo entre los dedos, los ojos fijos en la pantalla del portátil, pero la mente lejos de allí. El aire acondicionado zumbaba suavemente, mezclándose con el sonido lejano de la lluvia golpeando los cristales de la oficina vacía. La luz amarillenta de las lámparas creaba sombras alargadas sobre la mesa, y el olor a café frío se mezclaba con el perfume cítrico de Rafael, que ahora flotaba más fuerte en el ambiente. —Estás demasiado callada —murmuró él, inclinándose ligeramente en la silla, los codos apoyados en la mesa—. ¿Pensando en cómo vas a explicarme por qué estos números no cuadran? Ella alzó la vista, encontrándose con la suya. Los ojos de Rafael brillaban con una malicia que conocía bien, pero que, esa noche, parecía más intensa, como si la oscuridad de la oficina hubiera amplificado cada detalle. Clara sonrió, lenta, deliberada. —Estoy pensando en cómo logras ser tan insoportable y encantador al mismo tiempo. Él rio, un sonido bajo y ronco que reverberó en su pecho. —Es un don. —O una maldición. Rafael se acercó un poco más, los dedos tamborileando sobre la mesa de madera. El movimiento era casual, pero Clara notó cómo sus ojos recorrían el escote discreto de su blusa antes de volver a su rostro. —¿Sabes qué más es una maldición? —preguntó, la voz más grave—. Tener que compartir una sala con alguien tan distracción como tú y aún así intentar mantener la productividad. Ella arqueó una ceja. —¿Distracción? —Sí. —Se recostó, cruzando los brazos—. Tú, esta blusa, la forma en que te muerdes el labio cuando estás concentrada… —Hizo una pausa, como si saboreara las palabras—. No es justo. Clara sintió el calor subir por su cuello. Sabía que él estaba bromeando, provocando, pero la forma en que lo decía, con ese tono de voz, hacía que su cuerpo reaccionara antes de que su mente pudiera protestar. —¿Entonces el problema es mío? —replicó, fingiendo indignación. —No dije eso. —Rafael sonrió, un lado de la boca elevándose—. Solo estoy constatando un hecho. Quizá trabajemos mejor sin tantas… distracciones. Ella soltó una risa, echando la cabeza hacia atrás. —Ah, ¿sí? ¿Y cómo sugieres que resolvamos eso? Él se inclinó hacia adelante, los dedos rozando levemente su muñeca al tomar el informe impreso que estaba entre ellos. El contacto fue rápido, pero suficiente para enviar un escalofrío por su columna. —Quizá deberíamos probar. —¿Probar qué? —Si podemos concentrarnos mejor… en otro lugar. Ella entrecerró los ojos, fingiendo desconfianza, pero su corazón ya latía más rápido. —¿Como dónde? Rafael señaló con la barbilla hacia la mesa de reuniones, al otro lado de la sala. Era más grande, más espaciosa, con sillas de cuero y una vista privilegiada de la ciudad iluminada por la noche lluviosa. Las luces de los edificios distantes se reflejaban en los cristales, creando un juego de sombras y brillos que hacía el ambiente aún más íntimo. —Allí. Menos… personal. Clara mordisqueó el labio inferior, sintiendo el sabor del labial que ya comenzaba a desvanecerse. Sabía que él estaba jugando con ella, pero no podía resistirse. Al fin y al cabo, solo era un juego. Solo una broma. —Está bien —aceptó, levantándose lentamente—. Pero solo si prometes no quejarte cuando demuestre que puedo concentrarme mejor que tú. Rafael rio, levantándose también. Se miraron por un instante, el espacio entre ellos cargado de algo que ninguno de los dos se atrevía a nombrar. —Lo prometo. Se dirigieron hacia la mesa de reuniones, los pasos amortiguados por la gruesa alfombra. Clara sentía la mirada de Rafael en su espalda, como si pudiera ver a través de la tela de su blusa. Cuando llegó a la mesa, se giró, apoyando las manos en el borde de madera pulida. El frío del mueble contrastaba con el calor que se extendía por sus palmas. Rafael se detuvo a unos centímetros de ella, lo suficientemente cerca como para sentir el calor de su cuerpo, pero sin tocarla. Tomó su portátil y lo colocó sobre la mesa, los dedos rozando los suyos un segundo más de lo necesario. —¿Mejor así? —preguntó, la voz baja. Clara asintió, pero no respondió. En cambio, se inclinó ligeramente hacia adelante, fingiendo ajustar la pantalla del ordenador. El movimiento hizo que sus cuerpos casi se tocaran, y escuchó a Rafael contener la respiración por un instante. —Mucho mejor —murmuró. Él rio, pero el sonido salió más ronco que antes. —Eres imposible. —Y a ti te encanta. Rafael no lo negó. En cambio, se acercó aún más, las manos apoyadas en la mesa, una a cada lado de ella, atrapándola entre sus brazos. Clara sintió el aroma de su perfume, mezclado con el olor a café y el leve toque de sudor que la proximidad traía. Su cuerpo no la tocaba, pero la presencia era casi física, como si cada célula suya estuviera sintonizada con la de él. —Me encanta —admitió, la voz un susurro—. Pero esto no está ayudando en nada a nuestra productividad. Clara sonrió, girando el rostro para mirarlo. Sus labios estaban a centímetros de los suyos, tan cerca que podía sentir su aliento cálido contra su piel. —Entonces quizá deberíamos dejar de fingir que esto es por el trabajo. Rafael no respondió con palabras. En cambio, cerró la distancia entre ellos, los labios rozando los suyos en un contacto ligero, casi experimental. Clara sintió todo su cuerpo reaccionar, un escalofrío recorriendo su columna mientras las manos de él se deslizaban por su cintura, acercándola más. Pero entonces, tan rápido como comenzó, se apartó, dejándola jadeante. —Todavía tenemos un informe que terminar —dijo, la voz ronca, los ojos oscuros de deseo. Clara tragó saliva, sintiendo su cuerpo latir con la frustración. Sabía que él estaba jugando con ella, provocando, pero no podía negar que el juego estaba funcionando. —Entonces terminemos pronto —lo desafió, empujándolo ligeramente hacia atrás—. Antes de que olvide que esto sigue siendo una oficina. Rafael rio, pero no retrocedió. En cambio, tomó su mano y la atrajo hacia la mesa, haciéndola sentar en el borde. Clara sintió el frío de la madera contra sus muslos, pero el calor de su cuerpo pronto la calentó cuando él se colocó entre sus piernas, las manos apoyadas en la mesa, una a cada lado de ella. —Última oportunidad —murmuró, los labios casi tocando los suyos nuevamente—. Si quieres que paremos, es ahora. Clara no respondió. En cambio, tomó su rostro entre las manos y lo atrajo hacia un beso, esta vez sin vacilar. Los labios de Rafael eran cálidos, suaves, y cuando su lengua encontró la de ella, gimió suavemente, sintiendo cómo todo su cuerpo se rendía. Las manos de él se deslizaron por su espalda, acercándola más, mientras las suyas se enredaban en su cabello, tirando de él con fuerza. El beso se volvió más intenso, más urgente, como si ambos intentaran compensar semanas de tensión reprimida. Cuando finalmente se separaron, jadeantes, Rafael apoyó la frente contra la de ella, los ojos cerrados. —Esto no debería haber pasado —murmuró. Clara sonrió, pasando los dedos por sus labios hinchados. —Pero pasó. Él abrió los ojos, mirándola con una intensidad que aceleró su corazón. —¿Y ahora? Ella no respondió. En cambio, lo atrajo más cerca, sus labios encontrando los de él nuevamente, mientras las manos de él se deslizaban por sus muslos, acercándola al borde de la mesa. El informe podía esperar. La respiración de Clara aún quemaba en los labios de Rafael cuando él la atrajo hacia sí con más fuerza, como si el simple contacto no fuera suficiente para saciar el hambre que los consumía. Sus manos, antes vacilantes, ahora exploraban con urgencia —una palma cálida deslizándose por la curva de su cintura, los dedos hundiéndose en la tela fina de su blusa, como si quisiera arrancársela de allí—. El aire entre ellos estaba cargado, denso, cada suspiro mezclándose con el olor a café frío y papel, con el perfume cítrico que ella usaba y el leve sudor que ya humedecía su piel. —¿Tienes idea de lo que me haces? —La voz de Rafael era ronca, casi un gruñido, mientras sus labios descendían por su cuello, mordisqueando la piel sensible justo debajo de la oreja. Clara se arqueó contra él, los dedos enredándose en su cabello oscuro, atrayéndolo más cerca. Sintió el calor de su boca contra su clavícula, la lengua trazando un camino húmedo hasta la base de su garganta, donde el pulso latía descontrolado. —¿Yo hago *algo*? —provocó, pero su voz tembló, traicionada por el deseo. Rafael rio suavemente, el sonido vibrando contra su piel antes de apartarse lo suficiente para mirarla. Sus ojos, antes castaños y contenidos, ahora ardían con una intensidad que la hizo contener la respiración. Sin decir nada, tomó su rostro entre las manos y la besó nuevamente, más despacio esta vez, como si quisiera memorizar cada curva, cada textura. Sus dientes rozaron su labio inferior, tirando de él suavemente, y ella gimió, el sonido ahogado contra su boca. La oficina a su alrededor parecía haber desaparecido. Las luces de la ciudad, reflejadas en los altos ventanales, teñían el ambiente de tonos dorados y azules, como si estuvieran dentro de una burbuja de deseo y secretos. Los documentos esparcidos sobre la mesa de reuniones —gráficos, informes, notas garabateadas a toda prisa— eran solo un borrón bajo sus manos. Rafael la levantó con facilidad, sentándola en el borde de la mesa, y Clara abrió las piernas instintivamente, dejando que se acomodara entre ellas. La tela de su falda se subió unos centímetros, revelando la piel suave de sus muslos, y él no perdió tiempo en deslizar las manos por allí, los pulgares trazando círculos lentos y torturadores. —Rafael… —Su nombre escapó de sus labios como una súplica, y él sonrió contra su cuello, los dientes marcándola suavemente. —Dime qué quieres, Clara. —Su voz era un susurro áspero, los dedos apretando su carne con posesividad—. Dime *exactamente* qué quieres. Ella dudó por un segundo, pero el deseo era más fuerte que cualquier pudor. Se inclinó hacia adelante, los labios rozando su oreja mientras susurraba: —Quiero que me toques como si no hubiera un mañana. Rafael no necesitó más incentivo. Con un gemido bajo, la atrajo hacia el borde de la mesa, las manos deslizándose bajo su blusa, quitándosela con un movimiento rápido. El sujetador de encaje negro fue el siguiente en desaparecer, sus dedos trabajando en el cierre con una habilidad que la hizo jadear. Cuando sus pechos quedaron expuestos, no perdió tiempo —sus labios se cerraron alrededor de un pezón, la lengua rodeándolo con una presión que la hizo arquearse, las uñas clavándose en sus hombros. —Joder, Clara… —murmuró, la voz ahogada contra su piel—. Eres aún más deliciosa de lo que imaginé. Ella rio, pero el sonido se transformó en un gemido cuando él mordió suavemente, los dientes marcándola antes de pasar al otro pecho, repitiendo el mismo tratamiento. Sus manos no se detenían —una se deslizó hacia abajo, los dedos encontrando la cremallera de su falda y bajándola con un movimiento rápido. La tela cayó al suelo, dejándola solo con las bragas, los tacones aún puestos. Rafael se apartó por un instante, los ojos recorriendo su cuerpo con una intensidad que la hizo sentir más expuesta que nunca. Pero no había vergüenza, solo una necesidad cruda, un deseo que ardía entre ellos como una llama viva. —Eres hermosa —dijo, la voz ronca, antes de arrodillarse frente a ella. Clara contuvo la respiración cuando él tomó sus muslos, separándolos un poco más, los dedos trazando un camino lento hasta el borde de sus bragas. No se las quitó de inmediato —en cambio, presionó los labios contra la tela húmeda, besándola por encima del encaje, la lengua trazando círculos lentos que la hicieron arquear la espalda y aferrarse al borde de la mesa con fuerza. —Rafael, por favor… —suplicó, la voz quebrada. Él rio, un sonido bajo y satisfecho, antes de finalmente apartar las bragas a un lado, exponiéndola por completo. El primer contacto de su lengua fue casi demasiado —la lamió despacio, de abajo hacia arriba, los dedos apretando sus muslos con la fuerza suficiente para dejar marcas. —Tienes sabor a pecado —murmuró, antes de sumergirse de nuevo, la lengua trabajando en movimientos precisos, alternando entre círculos lentos y succiones que la hacían temblar. Clara sintió que las piernas le flaqueaban, el placer acumulándose en olas cada vez más intensas. Intentó aferrarse, pero Rafael no dio tregua —una mano subió para apretar un pecho, los dedos pellizcando el pezón mientras su boca seguía devorándola. Cuando introdujo un dedo, luego dos, curvándolos dentro de ella mientras su lengua no se detenía, no pudo aguantar más. El orgasmo la golpeó como una ola, el cuerpo entero contrayéndose mientras gritaba su nombre, las uñas clavándose en sus hombros anchos. Rafael no se detuvo hasta que estuvo completamente laxa, los gemidos convirtiéndose en suspiros débiles. Solo entonces se levantó, los labios brillantes, los ojos oscuros de deseo. La atrajo hacia un beso, dejándola saborear su propio gusto en su lengua, y Clara gimió contra su boca, las manos deslizándose por su pecho ancho, sintiendo los músculos tensos bajo la tela de su camisa. —Tu turno —susurró, los dedos ya trabajando en los botones de su camisa, uno a uno. Rafael no protestó. Dejó que lo desnudara, los ojos nunca apartándose de los suyos mientras la camisa caía al suelo, revelando un pecho definido, marcado por algunas cicatrices antiguas y un sendero de vello oscuro que descendía hasta la cintura de sus pantalones. Clara no perdió tiempo —sus dedos se deslizaron por su abdomen, sintiendo los músculos contraerse bajo su tacto, antes de llegar al cinturón. Lo desabrochó con movimientos rápidos, la cremallera bajando con un sonido que pareció resonar en la oficina vacía. Cuando finalmente lo liberó, Rafael soltó un gemido ronco, las caderas moviéndose instintivamente hacia su mano. Clara lo tomó con firmeza, los dedos deslizándose por su longitud cálida y dura, sintiéndolo palpitar contra su palma. Lo acarició despacio, explorando cada centímetro, mientras él cerraba los ojos e inclinaba la cabeza hacia atrás, los labios entreabiertos en un gemido. —Clara… —murmuró, la voz tensa—. Si sigues así, no voy a aguantar. Ella sonrió, maliciosa, e inclinándose hacia adelante, sus labios rozando su oreja. —Entonces no aguantes. Con un gruñido, Rafael la atrajo hacia sí, besándola con fuerza mientras la levantaba nuevamente. Esta vez, la giró de espaldas, presionándola contra la mesa, su cuerpo curvado sobre los documentos esparcidos. Clara sintió el calor de él en su espalda, su erección presionando contra sus nalgas, y se arqueó instintivamente, buscando más contacto. —¿Estás segura? —preguntó, su voz un susurro áspero contra su piel, los dedos trazando un camino lento por su columna. —Absolutamente —respondió, sin vacilar. Rafael no necesitó más. Con un movimiento rápido, bajó sus bragas, dejándolas caer al suelo antes de posicionarse detrás de ella. Clara sintió la punta de él rozando su entrada, y gimió, las uñas clavándose en la madera de la mesa. —Por favor… —suplicó, la voz quebrada. Y entonces entró, despacio al principio, dejándola adaptarse a su tamaño, antes de comenzar a moverse con embestidas profundas y rítmicas. Cada impulso hacía crujir levemente la mesa, los papeles a su alrededor esparciéndose aún más, algunos cayendo al suelo. Clara gritó, el placer mezclándose con la sensación de estar siendo llenada por completo, cada movimiento de él enviando oleadas de calor por su cuerpo. Rafael sujetó sus caderas con fuerza, los dedos marcando su piel mientras aceleraba el ritmo, los gemidos volviéndose más altos, más desesperados. Clara sintió el orgasmo acercándose nuevamente, el cuerpo entero temblando mientras él la penetraba con una urgencia que no dejaba espacio para nada más que el placer. —Córrete para mí —ordenó, la voz ronca, una mano deslizándose hacia adelante, los dedos encontrando su clítoris y trabajando en círculos rápidos. Fue suficiente. Clara gritó, el cuerpo contrayéndose alrededor de él mientras el orgasmo la atravesaba, las olas de placer tan intensas que apenas podía respirar. Rafael no se detuvo —siguió moviéndose, cada embestida más profunda, más desesperada, hasta que él también llegó al límite, el cuerpo entero tensándose antes de derramarse dentro de ella con un gemido ronco. Por unos segundos, el único sonido en la oficina fue el de sus respiraciones entrecortadas, sus corazones latiendo al unísono. Rafael se inclinó sobre ella, los labios encontrando su nuca en un beso suave, antes de apartarse lentamente, dejándola vacía. Clara se giró, sus ojos encontrándose con los de él, y por un instante, ninguno de los dos dijo nada. Entonces, Rafael sonrió, una sonrisa lenta y satisfecha, antes de atraerla hacia un beso lento y profundo. —Creo que el informe tendrá que esperar un poco más —murmuró contra sus labios. Clara rio, el sonido ligero y libre, antes de acurrucarse contra él, los cuerpos aún cálidos y sudorosos. —O quizá… —susurró, los dedos trazando círculos en su pecho— …encontremos una manera de trabajar *y* divertirnos. La mesa de reuniones, antes escenario de una pasión desenfrenada, ahora servía de apoyo para lo que quedaba del informe. Los papeles, antes organizados en pilas meticulosas, estaban esparcidos como confeti tras una fiesta —algunos arrugados, otros con marcas de dedos sudorosos, uno o dos incluso con manchas de café que Rafael juraba eran "pruebas de un trabajo bien hecho". Clara pasó la mano por la superficie de madera fría, sintiendo el contraste entre la lisura del mueble y el calor que aún latía en su piel. El aire acondicionado, ahora en modo silencioso de madrugada, soplaba una brisa ligera sobre sus hombros desnudos, erizándola de una manera que nada tenía que ver con el frío. Rafael estaba sentado a su lado, la camisa social abierta hasta la mitad del pecho, las mangas arremangadas revelando antebrazos aún tensos por el esfuerzo de horas antes. Hojeaba una de las carpetas con una lentitud deliberada, como si cada página fuera un pretexto para rozar sus dedos con los de ella. Clara observaba el movimiento de sus labios —esos labios que habían explorado cada centímetro de su cuerpo— mientras murmuraba números y ajustes, la voz ronca de satisfacción y cansancio. —¿Crees que alguien notará que este gráfico está torcido? —preguntó, señalando una línea que, efectivamente, parecía haber sido trazada por una mano menos estable de lo normal. Rafael se inclinó sobre el papel, el perfume de su champú mezclado con el olor a sudor y sexo aún flotando entre ellos. No respondió de inmediato. En cambio, sus dedos se deslizaron por su muslo, bajo la falda que Clara había vuelto a colocarse en las caderas, pero que aún estaba arrugada, como si hubiera sido usada para algo mucho más interesante que una reunión. —Depende —dijo finalmente, la voz baja y cargada de promesas—. Si alguien pregunta, podemos decir que fue un *error creativo*. Clara rio, el sonido vibrando en su pecho, y empujó su hombro levemente. Pero Rafael no se movió. En cambio, tomó su muñeca y la atrajo más cerca, hasta que sus cuerpos volvieron a encajar, como si hubieran sido hechos para eso. La tela de su camisa rozó sus pezones, aún sensibles, y Clara sintió un escalofrío recorrer su columna. —Estás tratando de distraerme otra vez —acusó, pero no hizo ningún movimiento para apartarse. —Estoy tratando de recordarte lo que viene después —corrigió, los labios rozando su oreja—. Porque, Clara, no he terminado contigo. Ni cerca. Ella debería haberse concentrado. Debería haber tomado el bolígrafo, ajustado los números, hecho cualquier cosa que no implicara derretirse contra él como mantequilla en pan caliente. Pero su cuerpo ya no obedecía a la razón desde hacía horas. En lugar de retroceder, Clara inclinó la cabeza, exponiendo su cuello, y Rafael no perdió tiempo. Sus dientes rozaron la piel suave justo debajo de su oreja, seguidos por una lamida lenta, como si quisiera memorizar su sabor. —Rafael… —su nombre salió como un suspiro, una súplica y una rendición al mismo tiempo. Él rio, bajo y satisfecho, antes de apartarse lo suficiente para mirarla a los ojos. Sus dedos aún estaban en su muslo, trazando círculos perezosos que la hacían querer arquear la espalda e implorar por más. —Ya sé —murmuró—. Pero el informe no se hará solo. Con un esfuerzo visible, Rafael se enderezó y tomó el bolígrafo, pero sus ojos nunca dejaron los de ella. Clara respiró hondo, intentando ignorar cómo su cuerpo reaccionaba a cada movimiento de él, a cada mirada, a cada roce accidental. Tomó una hoja en blanco y comenzó a anotar los últimos ajustes, pero sus manos temblaban levemente. —Estás temblando —observó Rafael, la voz cargada de una satisfacción masculina que hizo que Clara pusiera los ojos en blanco. —Es el aire acondicionado —mintió. —Claro que sí —respondió, sin creer ni por un segundo. Entonces, como si no pudiera evitarlo, se inclinó y besó su hombro, los labios cálidos contra su piel aún húmeda—. ¿Mejor así? Clara no respondió. En cambio, empujó la silla hacia atrás y se levantó, necesitando un momento para recuperar el control. La oficina estaba en silencio, excepto por el zumbido bajo de los ordenadores en modo de espera y el sonido lejano de la lluvia, que ahora caía en un ritmo constante, como si el tiempo se hubiera ralentizado solo para ellos. Caminó hasta la ventana, los tacones haciendo un clic suave en el suelo de madera, y miró hacia la ciudad iluminada. Las luces de los edificios se reflejaban en los charcos, creando un espectáculo de colores difusos que parecía sacado de un sueño. Rafael la observó por un momento, la mirada recorriendo las curvas de su cuerpo, la falda ajustada que apenas cubría lo que él ya conocía tan bien. Entonces, con un suspiro, se levantó y fue hacia ella, deteniéndose justo detrás. Clara sintió su calor antes de que la tocara, y cuando sus manos se posaron en sus caderas, no se resistió. En cambio, se inclinó hacia atrás, apoyando la cabeza en su hombro. —¿Crees que alguien se dio cuenta? —preguntó, mirando las ventanas oscuras de los edificios vecinos—. De que nos quedamos aquí… haciendo esto. Rafael rio, el sonido vibrando contra su espalda. —Si se dieron cuenta, espero que hayan disfrutado del espectáculo. Clara le dio un codazo juguetón, pero no se apartó. En cambio, se giró en sus brazos, los dedos jugando con los botones de su camisa. —¿Y ahora? —preguntó, la voz suave, pero cargada de una pregunta que iba más allá del informe. Rafael tomó su mentón, inclinando su rostro hacia arriba hasta que sus ojos se encontraron. Había algo nuevo allí, algo que no estaba presente antes —una intimidad que iba más allá de lo físico, un reconocimiento mutuo de que algo había cambiado entre ellos. —Ahora —dijo, la voz ronca—, terminamos el informe. Y después… —sus labios rozaron los de ella, un beso ligero, casi casto, pero cargado de promesas— …vemos qué más nos depara esta noche. Clara sonrió, sintiendo el corazón latir más rápido. Sabía que, independientemente de lo que pasara después, esa noche ya había dejado su marca. No era solo el informe lo que había cambiado. Eran ellos. Volvieron a la mesa, pero esta vez, Rafael acercó su silla a la de ella, de modo que sus cuerpos se tocaran con cada movimiento. Clara no se quejó. De hecho, le gustó la proximidad, el modo en que sus rodillas se rozaban bajo la mesa, la forma en que Rafael pasaba los dedos por su brazo cada vez que tenía una duda, como si necesitara ese contacto para concentrarse. —Este número aquí —señaló una celda en la hoja de cálculo—, no coincide con lo que está en el anexo tres. Clara se inclinó para ver, el perfume de su cabello —una mezcla de vainilla y algo más dulce— llegando hasta él. Rafael respiró hondo, intentando ignorar cómo su cuerpo reaccionaba a su cercanía. No era fácil. Especialmente cuando Clara, a propósito o no, rozó sus pechos contra su brazo mientras se estiraba para tomar la carpeta. —Tienes razón —murmuró, los dedos deslizándose sobre el teclado con una lentitud calculada—. Voy a corregirlo. Rafael observó mientras tecleaba, los labios entreabiertos en concentración, la lengua asomando de vez en cuando para humedecerlos. Sabía que debería estar prestando atención a los números, pero era imposible. No cuando cada movimiento de ella era una provocación, un recordatorio de lo que habían compartido y de lo que aún podían compartir. —Listo —anunció Clara finalmente, recostándose en la silla—. Creo que ya está todo. Rafael no respondió de inmediato. En cambio, tomó su mano y entrelazó sus dedos con los de ella, llevándola a sus labios para un beso suave. Clara sintió que el corazón se le aceleraba. —Eres increíble —dijo, la voz baja, sincera—. No solo por esto. Por todo. Clara se sonrojó, algo que rara vez le ocurría, pero que parecía estar convirtiéndose en un hábito esa noche. Desvió la mirada, pero Rafael tomó su mentón, obligándola a mirarlo. —No hagas eso —murmuró—. No te escondas de mí. Ella tragó saliva, sintiendo sus palabras como un contacto físico. Entonces, con un suspiro, se inclinó y lo besó. Fue un beso lento, perezoso, lleno de todo lo que aún no habían dicho. Cuando se separaron, Clara apoyó la frente contra la de él. —¿Y ahora? —preguntó nuevamente, pero esta vez la pregunta era diferente. Era sobre ellos. Sobre lo que vendría después de esa noche. Rafael sonrió, una sonrisa que era a la vez tierna y llena de promesas. —Ahora —dijo—, enviamos el informe. Y después… —sus dedos se deslizaron por su muslo, haciéndola jadear— …vamos a mi casa. O a la tuya. O a cualquier lugar donde podamos seguir con esto sin tener que preocuparnos por plazos. Clara rio, el sonido ligero y feliz, y asintió. —Parece un plan perfecto. Terminaron de revisar los últimos detalles en silencio, pero era un silencio cómodo, lleno de miradas furtivas y sonrisas cómplices. Cuando finalmente enviaron el informe, Clara sintió una oleada de alivio mezclada con una extraña sensación de pérdida. La noche estaba llegando a su fin, pero algo nuevo apenas comenzaba. Rafael se levantó y le tendió la mano. —¿Vamos? Clara tomó su mano sin dudar, dejando que la atrajera hacia sí. Se besaron nuevamente, un beso largo y profundo que hizo desaparecer el mundo a su alrededor. Cuando se separaron, Rafael apoyó la frente contra la de ella, los ojos cerrados como si estuviera memorizando ese momento. —No quiero que esto termine —admitió, la voz baja. Clara sonrió, sintiendo las mismas palabras resonar en su propio pecho. —Entonces no lo dejes —susurró. Y, de la mano, salieron de la oficina, dejando atrás las horas extras prohibidas, pero llevándose algo mucho más valioso: la promesa de que aquello era solo el comienzo.

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