Horas Extras Prohibidas

Por Tonkix
**Horas Extras Prohibidas** El edificio de *Global Solutions* era uno de esos rascacielos de vidrio y acero que reflejaban el cielo gris de São Paulo, como si toda la ciudad estuviera atrapada en un espejo. Dentro, el aire acondicionado zumbaba suavemente, manteniendo la temperatura en exactos 22 grados, un frío calculado para mantener las mentes afiladas y los cuerpos alerta. Pero esa noche, el clima afuera no seguía reglas. La lluvia caía en cortinas gruesas, golpeando contra las ventanas con una furia que parecía desafiar la estructura de concreto. Laura ajustó los lentes de montura fina sobre su nariz, los dedos tamborileando levemente sobre el teclado. El informe trimestral debía entregarse antes de la medianoche, y aún tenía tres hojas de cálculo por revisar. La luz fría del monitor iluminaba su rostro, resaltando los labios ligeramente apretados en concentración, el cabello castaño recogido en un moño suelto que dejaba algunos mechones sueltos, pegados a la nuca por el sudor nervioso. Era así: meticulosa hasta el agotamiento, la analista que nunca dejaba escapar un detalle, la empleada a la que los colegas llamaban *robot* cuando creían que no escuchaba. Al otro lado de la sala, Rafael observaba el movimiento de las gotas en la ventana, las manos metidas en los bolsillos del pantalón de vestir. Era nuevo allí, contratado para reestructurar el departamento de finanzas, y desde el primer día, Laura había sido la única que no se dejó impresionar por su sonrisa fácil o por la manera despreocupada con que se aflojaba la corbata al final de la jornada. A él le gustaba eso. Le gustaba la forma en que ella alzaba la barbilla cuando discrepaba de algo, cómo sus ojos verdes —casi ámbar bajo la luz artificial— se entrecerraban cuando estaba a punto de soltar una respuesta mordaz. — Todavía estás aquí. La voz de él la hizo levantar la vista. Rafael estaba parado junto a su escritorio, las mangas de la camisa blanca arremangadas hasta los codos, revelando antebrazos fuertes, marcados por venas discretas. El aroma de su colonia —algo cítrico, con un toque de especias— se mezclaba con el olor del café viejo que aún flotaba en el aire. — Y tú también —respondió ella, sin apartar la mirada de la pantalla—. No es todos los días que un gerente se queda hasta tarde para revisar números. — No es todos los días que una analista se ofrece a quedarse hasta tarde *con* el gerente —replicó él, una sonrisa jugando en sus labios. Laura sintió el rostro calentarse, pero mantuvo la expresión neutra. — No me ofrecí. Solo cumplo con lo que me piden. — Y lo haces muy bien —Rafael se inclinó levemente sobre el escritorio, apoyando las manos en la superficie. El movimiento acortó la distancia entre ellos, y Laura pudo ver detalles que normalmente ignoraba: la sombra de barba incipiente, la forma en que los primeros botones de la camisa estaban desabrochados, revelando un trozo de piel morena—. Pero admite, Laura. Te gustan los desafíos. Ella finalmente lo miró, sosteniendo su mirada. — Y a ti te gusta suponer cosas. La sonrisa de él se ensanchó, como si ella acabara de confirmar algo que él ya sabía. — Touché. Un trueno retumbó afuera, haciendo parpadear las luces por un segundo. Laura miró hacia la ventana, donde la lluvia ahora caía en diagonal, impulsada por el viento. El edificio parecía un barco en alta mar, balanceándose bajo la tormenta. — Esto no pinta bien —murmuró, más para sí misma. Rafael siguió su mirada. — El pronóstico decía que iba a llover, pero no así. — No es solo la lluvia. El sistema de seguridad del edificio suele apagar los ascensores durante tormentas fuertes. Si se va la luz… — Nos quedaremos atrapados aquí —completó él, cruzando los brazos—. Qué conveniente. Laura frunció el ceño. — ¿Conveniente para quién? — Para quien disfruta de compañía inesperada —se encogió de hombros, como si la idea no le molestara en lo más mínimo. Ella puso los ojos en blanco, pero no pudo evitar una sonrisa. — Eres insoportable. — Y a ti te encanta. Antes de que pudiera responder, las luces parpadearon de nuevo, esta vez por más tiempo. El aire acondicionado emitió un zumbido extraño y se detuvo. En segundos, el silencio se instaló, roto solo por el sonido de la lluvia y el viento. — Mierda —murmuró Laura, levantándose rápidamente. Se acercó a la ventana, presionando las manos contra el vidrio frío. Abajo, las calles estaban inundadas, los faros de los autos formando manchas difusas en la oscuridad—. Se fue la luz. Y los generadores de emergencia no encendieron. Rafael se acercó, quedando a su lado. — Probablemente están sobrecargados. Este edificio es viejo. — Viejo y mal mantenido —asintió ella, sintiendo el calor del cuerpo de él irradiando contra el suyo—. Tendremos que esperar a que pase la tormenta. — O a que alguien note que estamos aquí. Laura miró su reloj de pulsera. — Son casi las diez de la noche. El equipo de limpieza ya se fue, y el guardia nocturno solo hace rondas cada dos horas. — Entonces tenemos tiempo —dijo Rafael, la voz baja, casi íntima. Ella se volvió hacia él, los brazos cruzados sobre el pecho. — ¿Tiempo para qué? Él no respondió de inmediato. En cambio, sus ojos recorrieron su rostro, deteniéndose en los labios antes de volver a encontrar los suyos. — Para terminar el informe. O… —hizo una pausa, la sonrisa regresando— …para descubrir si eres tan buena improvisando como siguiendo las reglas. Laura sintió un escalofrío recorrerle la espalda, no por el frío que comenzaba a instalarse en la oficina, sino por la forma en que él la miraba. Como si ya supiera lo que ella quería, incluso antes de que lo admitiera. — Eres peligroso, Rafael —dijo, la voz más ronca de lo que pretendía. — Y a ti te gusta el peligro —respondió él, extendiendo la mano para apartar un mechón de cabello que caía sobre su rostro. El contacto fue leve, casi casual, pero Laura sintió el calor de sus dedos quemándole la piel. Debería haberse apartado. Debería haber vuelto al escritorio, terminado el informe e ignorado la forma en que su corazón latía acelerado. Pero no se movió. Afuera, la lluvia seguía cayendo, aislándolos del mundo. Y allí, en el silencio de la oficina oscura, con solo el tenue brillo de los monitores iluminando sus rostros, Laura supo que algo había cambiado. Algo sin retorno. Laura no se apartó. Ni cuando Rafael dejó que sus dedos resbalaran por el contorno de su mandíbula, ni cuando su pulgar rozó su labio inferior, lento, como si estuviera probando el límite de lo que podía hacer antes de que ella retrocediera. Pero ella no retrocedió. En cambio, inclinó el rostro, solo lo suficiente para que el contacto se convirtiera en algo más—una promesa, una invitación. Él sonrió, satisfecho, y retrocedió un paso, volviendo a la mesa de reuniones donde los informes esparcidos esperaban. Pero el espacio entre ellos ya no era el mismo. El aire parecía más denso, cargado con el peso de lo que había sido dicho sin palabras. — Terminemos esto pronto —dijo Rafael, acercando la silla junto a la de ella—. Antes de que se vaya la luz del todo y tengamos que trabajar a oscuras. Laura rió, un sonido bajo y ronco, y se sentó, ajustando la falda lápiz que se había subido unos centímetros por encima de las rodillas. Notó cómo la mirada de él descendía por sus piernas antes de obligarse a volver a la pantalla del portátil. Pero el calor de su presencia a su lado era imposible de ignorar. Cada vez que él se inclinaba para señalar algo en el informe, su brazo rozaba el de ella, y podía oler su perfume masculino—algo amaderado, con un toque de especias que le secaba la boca. — ¿Siempre trabajas hasta tan tarde? —preguntó él, la voz más cerca de lo necesario. — Solo cuando el plazo es imposible —respondió ella, intentando concentrarse en las hojas de cálculo—. Y cuando el nuevo gerente decide que necesita todo para ayer. — Ah, ¿entonces la culpa es mía? —Arqueó una ceja, fingiendo indignación. — Totalmente. —Laura giró el rostro hacia él, los labios curvándose en una sonrisa provocadora—. Llegaste con esa energía de "vamos a revolucionar todo" y ahora estamos aquí, a las diez de la noche, con medio edificio vacío. — Y a ti te encanta —murmuró él, acercándose más—. Si no, ya te habrías ido. Ella debería haberlo negado. Debería haber dicho que estaba allí solo por profesionalismo, por sentido de responsabilidad. Pero la verdad era que, en los últimos días, desde que Rafael había asumido el cargo, había estado inventando excusas para quedarse después del horario. Para verlo trabajar, para escucharlo dar órdenes con esa voz calma y autoritaria, para sentir la forma en que la miraba cuando creía que ella no se daba cuenta. — Tal vez —admitió, bajando los ojos hacia sus labios—. O tal vez solo me gusta verte ahogarte en trabajo. Rafael rió, un sonido profundo que vibró en su pecho y le hizo contraer algo dentro. Se inclinó aún más, hasta que su boca estuvo a centímetros de su oreja. — Cuidado, Laura. Si sigues provocándome, voy a empezar a pensar que quieres algo más que estos informes. Ella tragó saliva, sintiendo el calor subir por su cuello. La sala estaba en silencio, excepto por el sonido de la lluvia golpeando las ventanas y el zumbido bajo de las computadoras. La oficina, antes un espacio familiar, ahora parecía un territorio nuevo, lleno de posibilidades peligrosas. — ¿Y si quiero? —susurró, girando el rostro hasta que sus labios casi se tocaron. Rafael no respondió de inmediato. En cambio, dejó que sus dedos resbalaran por su brazo, trazando un camino lento hasta su muñeca, donde el latido acelerado delataba cuánto la afectaba. Tomó su mano, girándola para exponer la palma, y depositó un beso allí, los labios cálidos contra la piel sensible. — Entonces tendremos que descubrirlo —dijo, la voz ronca—. Pero no aquí. Laura sintió que el corazón se le aceleraba. Él tenía razón. Cualquiera podía entrar—el guardia haciendo su ronda, un colega que hubiera olvidado algo. Pero la idea de que los atraparan, de tener que contenerse, solo aumentaba la excitación. — ¿Dónde, entonces? —preguntó, desafiándolo con la mirada. Rafael sonrió, lento y peligroso, y la tomó de la mano. Ella lo siguió, los tacones hundiéndose en la alfombra suave, hasta que la guió detrás de uno de los divisores de la sala de reuniones, un espacio semiprivado donde se guardaban los archivos antiguos. — Aquí —murmuró, empujándola contra la pared—. Nadie viene aquí después de las siete. Laura arqueó la espalda cuando él presionó su cuerpo contra el de ella, las manos deslizándose por su cintura, acercándola más. Podía sentir su erección contra su cadera, dura e insistente, y un gemido bajo escapó de sus labios antes de que pudiera contenerse. — Rafael… —susurró, pero él la silenció con un beso. No fue suave. No fue vacilante. Fue un beso hambriento, como si hubiera estado esperando esto durante días—y tal vez así fuera. Su lengua invadió su boca, explorando, exigiendo, mientras sus manos apretaban sus muslos, levantándola un poco, encajándola mejor contra él. Laura enredó los dedos en su cabello, acercándolo más, sintiendo el sabor del café que él había tomado antes mezclado con algo más primitivo, más masculino. Mordió su labio inferior, arrancándole un gruñido bajo, y él respondió apretando su trasero, haciéndola gemir contra su boca. — Joder, Laura —gruñó, apartándose solo lo suficiente para respirar—. Vas a matarme antes de que empecemos. Ella rió, un sonido jadeante, y pasó los dedos por su pecho, sintiendo los músculos definidos bajo la camisa de vestir. — Entonces vamos al grano. Rafael no necesitó más incentivo. La giró de espaldas, empujándola contra la pared, y subió su falda, las manos grandes explorando la piel expuesta de sus muslos. Laura tembló cuando sus dedos rozaron el encaje de su tanga, ya húmeda, ya lista. — Tan mojada —murmuró, la voz ronca de deseo—. Y ni siquiera hemos empezado bien. Ella gimió cuando él apartó la tela y deslizó un dedo dentro de ella, lento, deliberado. Laura arqueó la espalda, las uñas clavándose en la pared, mientras él añadía otro dedo, estirándola, preparándola. — Rafael, por favor… —suplicó, la voz quebrada. Él rió, bajo y satisfecho, y besó su cuello, los dientes raspando la piel sensible. — ¿Por favor qué? —provocó, moviendo los dedos más rápido—. ¿Quieres que pare? — No te atrevas —jadeó, sintiendo el orgasmo acercarse. Pero él se detuvo. Sacó los dedos de dentro de ella, dejándola vacía, desesperada, y se los llevó a la boca, lamiéndolos lentamente, los ojos fijos en los suyos. — Deliciosa —murmuró—. Pero quiero probarte de otra manera. Laura no tuvo tiempo de responder. Rafael la tomó en brazos, sus piernas envolviendo su cintura, y la llevó hasta la mesa más cercana, acostándola sobre los informes esparcidos. Se arrodilló entre sus piernas, apartando su tanga a un lado, y antes de que ella pudiera protestar, su boca estaba sobre ella. Laura arqueó la espalda, un grito ahogado escapando de sus labios mientras su lengua la exploraba, lenta y meticulosa. Chupó su clítoris, haciéndola temblar, y luego se sumergió de nuevo, como si no pudiera saciarse. Sus manos se enredaron en su cabello, acercándolo más, mientras el placer se acumulaba en olas cada vez más intensas. — Rafael… voy a… —gimió, sintiendo el orgasmo acercarse. Pero él se detuvo de nuevo, levantándose con una sonrisa diabólica. — Todavía no. Laura gimió de frustración, pero antes de que pudiera protestar, él la levantó, besándola con fuerza, dejándola saborearse a sí misma en su lengua. — Te quiero a ti —susurró contra sus labios—. Ahora. Rafael no necesitó que se lo dijeran dos veces. La giró de espaldas, empujándola contra la mesa, y subió su falda hasta la cintura. Laura escuchó el sonido de su cremallera abriéndose, y luego sintió la punta de su miembro rozando su entrada, caliente y duro. — Última oportunidad para echarte atrás —murmuró, la voz tensa. Laura lo miró por encima del hombro, los ojos oscuros de deseo. — Si paras ahora, te despido. Él rió, un sonido ronco, y entonces la penetró de una vez, llenándola por completo. Laura gimió, las uñas clavándose en la madera de la mesa, mientras él comenzaba a moverse, lento al principio, pero ganando velocidad con cada embestida. — Joder, estás tan apretada —gruñó, las manos sujetando sus caderas con fuerza. Laura no podía responder. El placer era demasiado intenso, cada movimiento de él acercándola más al límite. Empujó las caderas hacia atrás, encontrando sus embestidas, sintiéndolo cada vez más profundo. — Más rápido —suplicó, la voz quebrada. Rafael obedeció. La sujetó con más fuerza, los movimientos volviéndose más urgentes, más desesperados. Laura sintió el orgasmo acercarse, una ola caliente y abrumadora, y cuando él alcanzó entre sus piernas para frotar su clítoris, se corrió, gritando su nombre mientras su cuerpo temblaba. Rafael no se detuvo. Siguió moviéndose, persiguiendo su propio placer, hasta que, con un gruñido bajo, se corrió dentro de ella, el cuerpo temblando mientras se vaciaba. Por un momento, los dos se quedaron allí, jadeantes, los cuerpos aún unidos. Laura podía sentir el corazón de él latiendo contra su espalda, rápido y descompasado, igual que el suyo. Entonces, Rafael se apartó, levantándola y girándola para mirarlo. Tomó su rostro entre las manos y la besó, lento y profundo, como si aún no estuviera satisfecho. — Esto fue… —comenzó ella, pero no pudo terminar. — Solo el comienzo —completó él, la sonrisa pícara de vuelta. Laura lo miró, sintiendo el cuerpo aún hormigueando, el deseo ya comenzando a reavivarse. — ¿Y ahora? Rafael ajustó su ropa, los ojos nunca dejando los de ella. — Ahora, terminamos esos informes. —Hizo una pausa, la sonrisa ensanchándose—. Después, te muestro lo que más podemos hacer en la oficina. Laura rió, sintiendo el calor extenderse por su cuerpo de nuevo. — Eres insaciable. — Y a ti te encanta —respondió él, atrayéndola para otro beso. Afuera, la lluvia seguía cayendo, aislándolos del mundo. Y allí, entre informes y promesas susurradas, Laura supo que nada volvería a ser como antes. La lluvia golpeaba las ventanas de la oficina como dedos impacientes contra un cristal, cada gota un recordatorio de que el mundo afuera se había disuelto en un borrón gris y húmedo. El aire acondicionado, ahora apagado, había dejado el ambiente sofocante, cargado con el olor a papel viejo, café recalentado y—sutil, casi imperceptible—el perfume cítrico de Laura, mezclado con el leve sudor de la noche prolongada. Estaba inclinada sobre el informe, los dedos tamborileando sobre la mesa mientras revisaba los números por décima vez, los lentes de montura fina resbalando por su nariz. La luz de la lámpara de mesa bañaba su rostro en un halo dorado, resaltando la curva de su labio inferior, mordisqueado sin que se diera cuenta. Rafael la observaba de reojo, los codos apoyados en la mesa, los dedos entrelazados bajo el mentón. Había algo hipnótico en la forma en que fruncía el ceño al concentrarse, como si cada línea del documento exigiera no solo su atención, sino su alma. Ya había visto mujeres hermosas antes—mujeres que sabían exactamente el efecto que causaban, que usaban la oficina como escenario para juegos calculados. Pero Laura no era así. Era *real*, con las uñas mordidas hasta la carne, el cabello recogido en un moño desordenado que dejaba mechones sueltos en la nuca, la blusa ligeramente arrugada de quien ha pasado horas sentada sin preocuparse por las apariencias. Y eso, por alguna razón, lo volvía loco. — Estás mirando otra vez —murmuró ella, sin levantar la vista del papel. — Estoy admirando —corrigió él, la voz baja, casi un ronroneo—. Es diferente. Laura finalmente alzó el rostro, los ojos oscuros encontrando los suyos. Había un desafío allí, pero también algo más, una chispa que ella no sabía nombrar. O no quería. — ¿Admirando qué? — Tu capacidad para hacer que hasta un informe de inventario parezca interesante. Ella rió, un sonido corto y sincero que le apretó el pecho. — Eres un pésimo mentiroso. — No estoy mintiendo. —Rafael se inclinó hacia adelante, los dedos rozando el dorso de su mano sobre la mesa. Un toque ligero, casi accidental—. Tienes esa cosa… esa *presencia*. Como si el mundo entero se detuviera cuando estás concentrada. Laura sintió el calor subir por su cuello. Era ridículo cómo un cumplido tan simple podía desestabilizarla. Apartó la mano, fingiendo ajustarse los lentes. — Estás intentando distraerme. — ¿Está funcionando? — Lamentablemente. Él sonrió, satisfecho, y empujó la taza de café hacia ella. — Toma. Necesitas cafeína. O azúcar. O ambas cosas. Laura tomó la taza, los dedos rozando los de él por un instante. El café estaba tibio, pero lo bebió de todos modos, el líquido amargo quemándole la lengua. Rafael la observaba, los ojos fijos en la forma en que su manzana de Adán se movía al tragar, en la curva del cuello expuesto por el cuello de la blusa. Se preguntó cómo sería besar ese punto, sentir su pulso acelerarse bajo sus labios. Fue entonces cuando sucedió. Un espasmo en el brazo de Laura—un movimiento brusco, quizá por el cansancio, quizá por la tensión que vibraba entre ellos—hizo que la taza temblara. El café se derramó en un chorro oscuro, manchando la tela clara de su vestido en una mancha irregular que se extendía como tinta en el agua. — ¡Mierda! —Laura saltó de la silla, alejándose de la mesa como si el líquido pudiera quemarla de verdad—. Mierda, mierda, mierda. Rafael ya estaba de pie, tomando servilletas del dispensador sobre la mesa de reuniones. Se acercó a ella con la calma de quien ya sabía que el accidente era inevitable, como si lo hubiera estado esperando todo el tiempo. — Tranquila. No es nada que no se pueda limpiar. — Esto va a manchar —refunfuñó ella, intentando alejar la tela de su cuerpo, pero el vestido ya se había pegado a la piel húmeda del muslo—. Y huele a café viejo. — Mejor oler a café que a desesperación —bromeó, pero Laura no rió. Estaba demasiado ocupada tratando de no pensar en el hecho de que Rafael estaba ahora a centímetros de ella, los dedos sosteniendo la servilleta con una precisión que rayaba en la lentitud deliberada. Comenzó a limpiar la mancha, los movimientos circulares y cuidadosos, como si estuviera puliendo algo frágil. La tela del vestido era fina, casi transparente donde el café la había empapado, y Rafael podía ver el contorno del encaje de su tanga debajo. Tragó saliva, los dedos temblando levemente. — Estás empeorando —murmuró Laura, pero no se apartó. — Estoy intentando no empeorar —corrigió él, la voz ronca—. Pero estás… mojada. Las palabras flotaron entre ellos, cargadas de un doble sentido que ninguno de los dos se atrevió a ignorar. Laura sintió que le faltaba el aire. La oficina, de repente, parecía más pequeña, las paredes cerrándose a su alrededor como si el propio edificio estuviera conspirando para acercarlos. Rafael siguió limpiando, pero ahora sus dedos ya no se conformaban con la tela. Rozaron la piel desnuda de la parte interna de sus muslos, solo un toque, solo lo suficiente para sentir el calor que emanaba de allí. Laura contuvo la respiración. Podía escuchar su sonido, rápido y superficial, como si estuviera tratando de no hacer ruido. — Rafael… — ¿Qué? —Alzó la vista, encontrando sus ojos. Había algo depredador en su mirada, algo que Laura nunca había visto antes. O quizá siempre había estado allí, y ella simplemente no había querido reconocerlo. — Estás… No terminó la frase. No era necesario. — ¿Estoy qué? —Se acercó más, los labios casi tocando su oreja—. ¿Tocándote? Laura cerró los ojos. El aroma de él—jabón caro mezclado con algo más primitivo, algo como sudor limpio y deseo—invadió sus fosnas nasales. Debería haberlo empujado. Debería haberse apartado, ajustado el vestido, vuelto al informe como si nada hubiera pasado. Pero sus músculos no obedecían. — Sí —susurró. Rafael sonrió contra su piel, los dientes rozando levemente el lóbulo de su oreja. — Y a ti te gusta. No era una pregunta. Laura no respondió. En cambio, inclinó la cabeza hacia un lado, dándole más acceso. Rafael no perdió tiempo. Sus labios se deslizaron por su cuello en un rastro húmedo y lento, mientras sus manos subían por el vestido, los dedos enredándose en el encaje de su tanga. Ella gimió bajito, el sonido ahogado contra su hombro. — Rafael, no podemos… — ¿No podemos qué? —Mordisqueó su clavícula, los dedos encontrando el elástico de la tanga—. ¿Quedarnos aquí? ¿Hacer ruido? —Su voz era un susurro áspero—. ¿O admitir que tú quieres esto tanto como yo? Laura no tenía respuesta. O la tenía, pero no podía formularla. No cuando sus dedos ya estaban deslizándose dentro de ella, lentos, exploratorios, como si estuvieran memorizando cada centímetro. Se aferró a sus hombros, las uñas clavándose en la tela de su camisa, y soltó un suspiro tembloroso. — Esto es una locura. — La mejor locura que he vivido —murmuró él, besándola de nuevo, esta vez en la boca, los labios cálidos y exigentes. Laura correspondió, la lengua enredándose con la suya, el cuerpo arqueándose contra la mano que la penetraba con una precisión enloquecedora. Y entonces, tan repentinamente como había comenzado, Rafael se detuvo. Laura abrió los ojos, confundida, el pecho agitado. — ¿Qué…? Él sonrió, una sonrisa lenta y peligrosa, mientras retiraba los dedos de dentro de ella. Laura sintió el vacío como una pérdida, una protesta silenciosa que resonó entre sus piernas. — No aquí —dijo él, la voz ronca—. No así. — ¿Por qué? —Apenas reconoció su propia voz, tan cargada de deseo. Rafael tomó su rostro entre las manos, los pulgares acariciando sus mejillas. — Porque cuando te tenga de verdad, Laura, no será en medio de una sala de reuniones con el riesgo de que alguien entre. —Presionó los labios contra los suyos, un beso rápido, casi casto—. Será en algún lugar donde pueda escucharte gritar mi nombre sin miedo. Laura sintió que todo su cuerpo temblaba. El deseo, antes contenido, ahora pulsaba en cada nervio, una necesidad casi dolorosa. — ¿Y dónde sería eso? —preguntó, la voz temblorosa. Rafael sonrió, los ojos oscuros brillando con promesas. — Ya lo verás. Y entonces, con un último beso robado, se apartó, dejándola allí, temblorosa, mojada y completamente perdida. Afuera, la lluvia seguía cayendo, implacable. Dentro de la oficina, el aire estaba cargado de electricidad. Y Laura supo, con una certeza que quemaba más que cualquier deseo, que nada volvería a ser como antes. La lluvia golpeaba las ventanas de la sala de reuniones como dedos impacientes, un ritmo constante que parecía eco del latido acelerado en el pecho de Laura. La oficina estaba sumida en penumbra, iluminada solo por la luz fría de los monitores y el destello intermitente de los relámpagos que rasgaban el cielo. Aún podía sentir el calor residual de los labios de Rafael en los suyos, el sabor del café mezclado con el deseo no saciado, la promesa flotando en el aire como una amenaza deliciosa. Rafael cerró la puerta tras de sí con un clic suave, el sonido reverberando en el silencio cargado. Cuando se volvió, sus ojos encontraron los de ella, oscuros, intensos, como si pudieran ver a través de la ropa, de la piel, directo al lugar donde el fuego ya ardía. Laura no apartó la mirada. No quería. El desafío estaba allí, estampado en la forma en que él mordisqueaba el labio inferior, en la manera en que sus dedos se flexionaban levemente, como si ya estuvieran imaginando el peso de su cuerpo bajo ellos. — ¿Me vas a dejar así? —La voz de Laura salió más ronca de lo que pretendía, un hilo de provocación en cada sílaba—. Mojada, temblorosa… y sola. Rafael sonrió, lento, peligroso. Un paso. Luego otro. El espacio entre ellos se reducía, y con él, la capacidad de Laura para pensar en algo que no fuera la forma en que la tela de su camisa se tensaba sobre sus hombros, cómo los botones parecían a punto de ceder bajo la presión de su pecho. — ¿Sola? —Se detuvo a centímetros de ella, el calor de su cuerpo irradiando como un horno—. No parece que estés sola. Sus manos encontraron su cintura, atrayéndola con firmeza hasta que sus cuerpos chocaron. Ella soltó un suspiro entrecortado, los dedos enredándose instintivamente en su corbata, acercándolo más. El primer beso no fue suave. Fue hambre pura, dientes rozando labios, lenguas enredándose en una danza antigua y urgente. Rafael gimió contra su boca, un sonido gutural que vibró a través de Laura, haciendo que sus rodillas flaquearan. — Joder, Laura… —Se apartó solo lo suficiente para murmurar contra su piel, los labios trazando un camino húmedo por su mandíbula, su cuello, hasta la clavícula expuesta por el escote del vestido—. No tienes idea de lo que quiero hacerte. — Entonces muéstramelo. —Las palabras salieron en un susurro jadeante, pero cargadas de una audacia que sorprendió incluso a ella misma. Laura arqueó el cuerpo contra el de él, sintiendo la evidencia de su deseo presionando contra su vientre—. Aquí. Ahora. Rafael no necesitó más estímulo. Con un movimiento rápido, la levantó por las caderas, sentándola sobre la mesa de reuniones. Papeles volaron, bolígrafos rodaron al suelo, pero a ninguno de los dos le importó. Sus manos se deslizaron por los muslos de Laura, empujando el vestido hacia arriba hasta que la tela se acumuló en su cintura. Ella tembló cuando sus dedos fríos tocaron la piel sensible de la parte interna de sus piernas, trazando círculos lentos, provocadores. — Ábrete para mí —ordenó, la voz áspera, los ojos fijos en los de ella mientras sus dedos se acercaban al centro de su deseo. Laura obedeció, las piernas abriéndose en una invitación silenciosa, los tacones altos clavándose en el borde de la mesa. Rafael sonrió, satisfecho, y entonces sus dedos encontraron el tejido húmedo de su tanga—. Carajo… estás empapada. Laura mordió el labio para contener un gemido cuando él apartó la tela a un lado, exponiéndola por completo. El aire frío de la sala contrastaba con el calor de su toque, y arqueó la espalda cuando el pulgar de Rafael encontró su clítoris, presionando con una precisión que la hizo jadear. — Rafael… —Su nombre salió como una súplica, las uñas clavándose en la madera de la mesa—. Por favor. — ¿Por favor qué? —Se inclinó sobre ella, los labios rozando su oreja mientras sus dedos continuaban su trabajo lento, torturador—. ¿Quieres que pare? ¿O quieres que te haga correrte aquí mismo, con el riesgo de que alguien nos escuche? Laura gimió, todo su cuerpo tensándose. La idea de que los atraparan, de que alguien golpeara la puerta y los encontrara así, solo aumentaba la excitación. Se aferró a su nuca, acercándolo para un beso hambriento, las lenguas enredándose mientras sus dedos se hundían dentro de ella, primero uno, luego dos, estirándola, preparándola. — Te quiero… —Jadeó cuando él curvó los dedos, encontrando ese punto sensible que la hizo ver estrellas—. Te quiero a ti. Entero. Rafael soltó un gruñido bajo, los labios descendiendo por su cuello, mordisqueando, chupando, dejando marcas que tendría que ocultar al día siguiente. Sus manos trabajaban con una habilidad que hacía preguntarse a Laura cuántas veces había imaginado esto, cuántas noches había pasado fantaseando con tenerla así, entregada, temblorosa, completamente a su merced. — Lo tendrás —prometió, la voz un rugido—. Pero primero, quiero probarte. Antes de que Laura pudiera reaccionar, Rafael bajó de la mesa, arrodillándose entre sus piernas. Con un movimiento rápido, apartó su tanga a un lado y enterró el rostro entre sus muslos. Laura soltó un grito ahogado, las manos volando hacia su cabello, tirando de él mientras su lengua la exploraba con una voracidad que la hizo olvidar dónde estaban. Lamió, chupó, mordisqueó, cada movimiento calculado para llevarla al borde del abismo. — Rafael… voy a… —intentó avisar, pero las palabras se perdieron en un gemido cuando él succionó su clítoris con fuerza, los dedos aún trabajando dentro de ella. El orgasmo la golpeó como una ola, todo su cuerpo convulsionando, las piernas temblando mientras intentaba contener los sonidos que amenazaban con escapar. Rafael no se detuvo, prolongando el placer hasta que quedó laxa, jadeante, los dedos aún dentro de ella mientras lamía cada gota. Cuando finalmente se levantó, los labios brillantes, los ojos oscuros de satisfacción, Laura apenas podía respirar. Rafael se inclinó sobre ella, los labios encontrando los suyos en un beso profundo, dejándola saborearse a sí misma en su boca. — Deliciosa —murmuró, la voz ronca—. Pero aún no he terminado contigo. Laura sonrió, débil, pero decidida. Con un movimiento rápido, lo empujó hacia atrás, haciéndolo sentar en una de las sillas de la sala de reuniones. Él arqueó una ceja, intrigado, pero no se resistió cuando ella se arrodilló entre sus piernas, las manos deslizándose por su muslo hasta encontrar la cremallera de su pantalón. — Ahora es mi turno —dijo, los dedos ya trabajando para liberar su erección. Rafael gimió cuando lo envolvió con la mano, la piel caliente y sedosa bajo sus dedos—. De dejarte tan desesperado como tú me dejaste a mí. Rafael no respondió. No era necesario. Sus ojos, fijos en ella mientras Laura se inclinaba, lo decían todo. Cuando su lengua trazó un camino lento por la longitud de su miembro, él soltó un improperio bajo, las manos enredándose en los brazos de la silla. Laura sonrió, satisfecha, y entonces lo llevó a su boca, los labios cerrándose alrededor de él mientras sus manos trabajaban al unísono. — Joder, Laura… —Rafael arqueó las caderas, empujándose más profundo, pero ella lo controló con facilidad, los dedos apretando la base mientras succionaba con fuerza. Estaba cerca, podía sentirlo en el temblor de sus muslos, en la forma en que sus gemidos se volvían más urgentes—. Para… no quiero correrme así. Laura lo soltó con un chasquido húmedo, los labios hinchados, los ojos brillando con malicia. — ¿No? —Se levantó, limpiándose la boca con el dorso de la mano antes de girarse, apoyando las manos en la mesa y arqueando la espalda—. Entonces dime cómo lo quieres. Rafael no necesitó más invitación. En un movimiento rápido, se levantó, empujándola contra él, su erección presionando contra sus nalgas. Laura gimió cuando él apartó su cabello del cuello, los dientes rozando la piel sensible antes de morder con la fuerza suficiente para dejar una marca. — Te quiero dentro de mí —susurró, la voz áspera—. Quiero sentirte apretarme mientras me corro. Quiero escucharte gritar mi nombre. Laura se volvió en sus brazos, los labios encontrando los suyos en un beso desesperado. Las manos de Rafael se deslizaron hacia abajo, levantando su vestido hasta que quedó enrollado en su cintura. Con un movimiento rápido, la levantó, sentándola sobre la mesa de nuevo, sus piernas envolviendo su cintura. — Condón —logró decir Laura entre besos, la mente nublada por el deseo—. En mi bolso. Rafael no perdió tiempo. Tomó su bolso, rebuscando hasta encontrar el paquete plateado. Laura lo observó, hipnotizada, mientras él rasgaba el envoltorio con los dientes y desenrollaba el preservativo sobre sí mismo. Cuando volvió hacia ella, los ojos ardiendo de lujuria, Laura no se resistió. Lo atrajo hacia sí, las uñas clavándose en su espalda mientras él alineaba su entrada. — Ahora —susurró, la voz quebrada—. Por favor. Rafael no la hizo esperar. Con un solo movimiento, la penetró, llenándola por completo. Laura soltó un grito ahogado, las uñas clavándose en sus hombros mientras su cuerpo se ajustaba a la invasión. Rafael se quedó quieto por un momento, los labios presionados contra su frente, la respiración irregular. — ¿Estás bien? —preguntó, la voz tensa. Laura asintió, las piernas apretando su cintura. — No pares —suplicó, la voz temblorosa—. No te atrevas a parar. Rafael obedeció. Con un gemido, comenzó a moverse, las embestidas lentas al principio, pero ganando velocidad y fuerza con cada envite. La mesa crujía bajo ellos, el sonido mezclándose con los gemidos de Laura y los gruñidos de Rafael. Ella se aferró a él, los labios encontrando los suyos en besos desesperados, las lenguas enredándose mientras sus cuerpos se movían en una danza primitiva. — Más fuerte —pidió Laura, la voz ronca—. Por favor, Rafael… Él no dudó. Sus manos encontraron sus caderas, atrayéndola hacia abajo con cada embestida, hundiéndose tan profundo que Laura sintió como si estuviera tocando su alma. El orgasmo la golpeó de improviso, todo su cuerpo convulsionando mientras olas de placer la atravesaban. Rafael no se detuvo, prolongando su clímax hasta que quedó laxa, jadeante, los dedos aún clavados en él. — Ahora es mi turno —murmuró, la voz un rugido. Con un movimiento rápido, la sacó de la mesa, girándola de espaldas hacia él. Laura apoyó las manos en la superficie fría, arqueando la espalda mientras Rafael la penetraba de nuevo, las embestidas ahora brutales, desesperadas. Podía sentir su cuerpo temblar, el control desvaneciéndose con cada movimiento. — Córrete para mí —pidió ella, la voz un susurro ronco—. Quiero sentirte. Rafael gimió, las manos apretando sus caderas con fuerza suficiente para dejar marcas. Con un último empujón, se hundió profundamente, todo su cuerpo tensándose mientras el orgasmo lo atravesaba. Laura sintió cada pulsación dentro de ella, cada temblor, cada respiración entrecortada contra su piel. Por un momento, ninguno de los dos se movió. El único sonido en la sala era el de sus respiraciones jadeantes y el tamborileo constante de la lluvia. Rafael apoyó la frente contra su espalda, los labios rozando su piel sudorosa. — Carajo… —murmuró, la voz ronca—. Esto fue… — Intenso —completó Laura, una sonrisa cansada curvando sus labios. — Solo el comienzo —respondió él, la sonrisa pícara de vuelta. Laura lo miró, sintiendo su cuerpo aún hormigueando, el deseo ya comenzando a reavivarse. — ¿Y ahora? Rafael ajustó su ropa, los ojos nunca dejando los de ella. — Ahora, terminamos esos informes. —Hizo una pausa, la sonrisa ensanchándose—. Después, te muestro lo que más podemos hacer en la oficina. Laura rió, sintiendo el calor extenderse por su cuerpo de nuevo. — Eres insaciable. — Y a ti te encanta —respondió él, atrayéndola para otro beso. Afuera, la lluvia seguía cayendo, aislándolos del mundo. Y allí, entre informes y promesas susurradas, Laura supo que nada volvería a ser como antes. La sala de archivos olía a papel viejo y polvo, un aroma seco que contrastaba con el calor húmedo de sus cuerpos. Los estantes altos, repletos de carpetas y cajas de documentos, creaban un laberinto de sombras, iluminado solo por la luz tenue de una lámpara de mesa en un rincón. Rafael cerró la puerta con un clic suave, el sonido resonando como un juramento. Laura ya estaba contra él antes de que se diera la vuelta, sus manos deslizándose bajo su camisa, las uñas arañando levemente la piel cálida de su espalda. — ¿Estás segura? —murmuró, los labios rozando su cuello mientras sus manos apretaban su cintura. La pregunta no era sobre consentimiento, sino sobre lo que vendría después. Sobre el peso de esa decisión. Laura no respondió con palabras. En cambio, tiró de su camisa hacia arriba, los dedos trazando los contornos de los músculos de su abdomen antes de bajar hacia su cinturón. La tela de su pantalón ya estaba tensa, y sonrió al sentir la evidencia de su deseo contra su palma. — No quiero estar segura de nada —susurró, la voz ronca—. Solo te quiero a ti. Rafael gimió bajito, las manos deslizándose hacia abajo, agarrando sus muslos y levantándola con facilidad. Laura envolvió las piernas alrededor de su cintura, los tacones altos golpeando la parte posterior de sus piernas mientras la llevaba hacia la mesa más cercana. La superficie de madera estaba fría contra sus nalgas cuando la sentó, pero el calor de su cuerpo pronto calentó su piel. — Te tendré así —dijo, la voz áspera, mientras desabotonaba su blusa con dedos ágiles. La tela se abrió, revelando el sujetador de encaje negro, los pezones ya rígidos bajo la tela fina. Rafael no perdió tiempo. Se inclinó hacia adelante, su boca encontrando uno de sus senos, la lengua rodeando el pezón antes de succionarlo con fuerza. Laura arqueó la espalda, un gemido escapando de sus labios mientras sus manos exploraban su cuerpo. Sus dedos se deslizaron hacia abajo, encontrando la cremallera de su falda y bajándola con un movimiento rápido. La falda cayó al suelo, dejándola solo con la lencería y los tacones, expuesta y temblorosa. — Eres hermosa —murmuró, los labios trazando un camino de besos por su estómago, bajando hasta el borde de su tanga—. Tan hermosa que duele. Laura tomó su cabeza, los dedos enredándose en su cabello oscuro mientras él la besaba a través de la tela fina. El calor de su boca era casi insoportable, y se retorció, las piernas abriéndose instintivamente. — Rafael… —gimió, su nombre una súplica. Él no necesitó más incentivo. Con un movimiento rápido, apartó su tanga a un lado, exponiéndola por completo. Su lengua la encontró, cálida y húmeda, explorando con una lentitud agonizante. Laura se aferró al borde de la mesa, los nudillos volviéndose blancos mientras él la provocaba, los labios y la lengua trabajando en un ritmo que la llevaba al borde del abismo. — Por favor —suplicó, la voz quebrada—. No me hagas esperar. Rafael alzó la cabeza, los ojos oscuros brillando con una mezcla de deseo y diversión. — Eres impaciente —murmuró, pero obedeció. Se levantó, desabotonando su pantalón y liberando su erección, ya dolorosamente rígida. Laura no perdió tiempo. Bajó de la mesa, empujándolo suavemente hacia atrás hasta que quedó apoyado contra uno de los estantes. Sus manos lo envolvieron, los dedos deslizándose arriba y abajo en un ritmo lento y deliberado. — Tú también —susurró, los labios rozando su oreja mientras lo acariciaba—. Y me gusta. Rafael gimió, las manos agarrando sus caderas con fuerza. Laura sonrió, sabiendo que tenía el control ahora. Con un movimiento fluido, se arrodilló frente a él, su boca reemplazando sus manos. Su lengua rodeó la punta antes de tomarlo por completo, los labios cerrándose alrededor de él con una presión que lo hizo arquear la espalda. — Laura —gruñó, su nombre una advertencia y una súplica al mismo tiempo. Ella no se detuvo. Continuó, los movimientos de su boca y su mano sincronizados, hasta que él tiró de su cabello con fuerza, apartándola. — Basta —dijo, la voz ronca—. Te quiero dentro de mí. Laura se levantó, los labios hinchados y los ojos brillantes. Rafael la giró, empujándola contra el estante, las manos deslizándose por su espalda hasta alcanzar el cierre de su sujetador. Con un movimiento rápido, lo abrió, dejándolo caer al suelo. Sus manos cubrieron sus senos, los pulgares rodeando sus pezones mientras su boca encontraba su cuello, mordisqueando y besando. — Te quiero así —murmuró, la voz baja y urgente—. Pero primero, te quiero de otra manera. Antes de que pudiera preguntar qué quería decir, Rafael la tomó en brazos de nuevo, llevándola hasta un rincón de la sala donde una pila de cajas formaba un espacio estrecho. La colocó de pie, dándole la vuelta de espaldas a él, y la empujó suavemente hacia adelante hasta que sus manos estuvieron apoyadas en la pared. — Confía en mí —susurró, los labios rozando su oreja mientras sus manos se deslizaban por sus muslos, levantándola ligeramente. Laura obedeció, los dedos curvándose contra la pared fría mientras él la posicionaba. La punta de su miembro presionó contra ella, y mordió el labio, anticipando el momento. Rafael no la hizo esperar. Con un movimiento lento y deliberado, la penetró, llenándola por completo. — Dios —gimió, las uñas arañando la pared mientras él comenzaba a moverse. Rafael estableció un ritmo implacable, las manos sujetando sus caderas con fuerza mientras la penetraba. Cada movimiento enviaba olas de placer por su cuerpo, sus gemidos mezclándose con sus gruñidos. Laura sintió el orgasmo acercarse, la presión creciendo dentro de ella como una tormenta a punto de estallar. — Rafael —jadeó, su nombre una súplica—. Voy a… — Espera —ordenó, la voz áspera—. Espera por mí. Laura intentó obedecer, pero el placer era demasiado. Con un grito ahogado, se deshizo, su cuerpo temblando mientras el orgasmo la atravesaba. Rafael la sujetó con fuerza, los movimientos volviéndose más rápidos y urgentes hasta que él también alcanzó el clímax, su nombre un gemido ronco en sus labios. Por un momento, se quedaron allí, los cuerpos unidos, la respiración pesada resonando en el silencio de la sala. Laura sintió el corazón de él latiendo contra su espalda, el calor de su cuerpo envolviéndola como un manto. Lentamente, Rafael la soltó, ayudándola a girarse y atrayéndola hacia sus brazos. — Esto fue… —comenzó, pero las palabras le fallaron. — Increíble —completó él, los labios encontrando los suyos en un beso lento y profundo. Laura se perdió en el beso, el sabor de él mezclándose con el suyo propio. Cuando finalmente se apartó, estaba sin aliento, los ojos encontrando los de él. — ¿Y ahora? —preguntó, la voz aún temblorosa. Rafael sonrió, una sonrisa lenta y peligrosa que hizo que su corazón se acelerara. — Ahora, empezamos de nuevo. Y antes de que pudiera responder, la tomó en sus brazos, llevándola de vuelta a la mesa, donde su juego estaba lejos de terminar. El despertador sonó a las seis y media, un sonido estridente que cortó el silencio del apartamento de Laura como una cuchilla. Extendió el brazo, tanteando la mesita de noche hasta encontrar el celular, los dedos aún entumecidos por el sueño. Al apagar la alarma, un gemido escapó de sus labios—no por el cansancio, sino por el recuerdo inmediato y vívido de la noche anterior. Cada músculo de su cuerpo parecía marcado, como si Rafael hubiera dejado huellas dactilares invisibles en su piel. La luz grisácea de la mañana se filtraba por las rendijas de la cortina, iluminando la ropa esparcida por el suelo: el vestido arrugado, la tanga de encaje negro enredada en la pata de la silla, los zapatos de tacón abandonados cerca de la puerta. Se sentó lentamente, la sábana deslizándose hasta su cintura, y pasó los dedos por sus labios, aún hinchados por los besos. El sabor de él persistía, una mezcla de café, whisky y algo más primitivo, algo que no podía nombrar. En el baño, el espejo reflejó a una mujer diferente. Sus ojos brillaban con una intensidad que no reconocía, las mejillas sonrojadas incluso sin maquillaje. Laura abrió la ducha y dejó que el agua caliente cayera sobre sus hombros, tratando de lavar la sensación de que, de alguna manera, todos en la oficina lo sabrían. Pero el jabón no borraba los recuerdos—el toque de las manos de Rafael en su muslo, la presión de sus dedos en sus caderas, la forma en que había susurrado su nombre como si fuera una plegaria. Se vistió con cuidado, eligiendo un traje sastre azul marino que sabía que a él le gustaba—ajustado en la cintura, la falda un poco más corta de lo habitual. Al recogerse el cabello en un moño suelto, dejó algunos mechones sueltos, como si el viento (o dedos impacientes) los hubiera despeinado. Antes de salir, roció un poco del perfume que él había elogiado una vez, aquel con notas de vainilla y ámbar, y se sonrió a sí misma en el espejo. *Hoy*, pensó, *no seré solo la analista dedicada. Seré la mujer que él no puede sacar de sus pensamientos.* --- El ascensor del edificio comercial estaba lleno cuando las puertas se abrieron en la planta baja. Laura entró en el último momento, apretujándose entre un hombre de traje gris y una mujer con una carpeta llena de papeles. El aire estaba cargado con el olor a café recién hecho y perfume caro, pero ella solo podía sentir su propio corazón latiendo fuerte, como si supiera que Rafael estaba allí antes de verlo. Estaba de espaldas, cerca del panel de botones, vistiendo un saco negro que moldeaba sus hombros anchos. Laura observó la línea de su nuca, donde algunos mechones de cabello oscuro escapaban del orden perfecto, y recordó cómo los había mordisqueado allí, en la oscuridad de la sala de archivos. Un calor subió por su espalda, y mordió su labio inferior, tratando de controlarse. Fue entonces cuando Rafael se volvió. Sus ojos se encontraron con los de ella al instante, como si fueran atraídos por un imán. Por un segundo, el mundo alrededor pareció desaparecer—el murmullo de las conversaciones, el tintineo de las llaves, el crujido del ascensor subiendo. Solo estaban ellos dos, y el recuerdo de la noche anterior pulsando entre sus cuerpos, tangible como un cable eléctrico. Laura sonrió, una sonrisa lenta y cómplice, y Rafael inclinó levemente la cabeza, los labios curvándose en respuesta. Era un gesto casi imperceptible, pero cargado de promesas. *Me has echado de menos*, decía su mirada. *Yo también*, respondía la de ella. Alguien detrás de ella tosió, y la realidad volvió a imponerse. El ascensor se detuvo en el tercer piso, y más personas entraron, empujando a Laura más cerca de Rafael. Por un momento, sus cuerpos se rozaron—su brazo contra el de ella, su aliento cálido cerca de su oreja. Contuvo la respiración, sintiendo el aroma de su jabón, mezclado con el perfume amaderado que ya asociaba con noches de placer. — Buenos días —murmuró él, la voz lo suficientemente baja para que solo ella lo escuchara. — Buenos días —respondió ella, y había un mundo entero en ese simple intercambio. El ascensor siguió subiendo, y Laura notó que estaba conteniendo el aliento. Cuando las puertas se abrieron en el décimo piso, salió primero, sintiendo su mirada quemándole la espalda. Pero antes de que pudiera alejarse, Rafael tomó su muñeca por un segundo—solo el tiempo suficiente para pasar el pulgar por la parte interna de su muñeca, donde la piel era más fina, más sensible. — No llegues tarde a la reunión de las nueve —dijo, lo suficientemente alto para que los demás escucharan. Pero sus ojos decían otra cosa: *Te veo en cinco minutos. En el baño. En mi oficina. En cualquier lugar donde pueda tocarte de nuevo.* Laura asintió, tragando saliva, y siguió por el pasillo, consciente de que cada paso hacía que la tela de su vestido rozara entre sus muslos, recordándole cómo la había tocado allí la noche anterior. --- La reunión de las nueve fue un borrón. Laura se sentó a la mesa de conferencias, los dedos tamborileando sobre la carpeta de documentos mientras Rafael presentaba los nuevos proyectos. Apenas escuchaba las palabras—estaba demasiado ocupada observando la forma en que la luz de la mañana iluminaba el contorno de su mandíbula, cómo sus manos se movían con precisión al señalar la pantalla, cómo sus labios se curvaban cuando hacía un chiste interno con el departamento de marketing. En un momento dado, sus ojos se encontraron por encima de la mesa, y Laura sintió que el rostro se le calentaba. Rafael sostuvo su mirada un segundo más de lo necesario, y entonces, deliberadamente, pasó la lengua por su labio inferior. Fue un gesto rápido, casi imperceptible, pero que hizo que su estómago se contrajera. Cuando terminó la reunión, se levantó deprisa, necesitando aire. En el pasillo, Rafael la alcanzó en tres zancadas. — Laura —la llamó, la voz baja—. Necesito que revises los datos del informe de la filial de São Paulo. ¿Puedes venir a mi oficina? Asintió, sintiendo que el corazón se le aceleraba. *Sí*, pensó. *Cualquier cosa, con tal de poder tocarte de nuevo.* Su oficina estaba exactamente como la recordaba—escritorio de caoba, estanterías llenas de libros de administración, la ventana con vista a la ciudad. Pero ahora había algo diferente en el aire, una tensión que hacía que su piel hormigueara. Rafael cerró la puerta tras ella y, antes de que pudiera decir nada, la empujó contra la pared. — Estás tratando de matarme —murmuró, los labios rozando su oreja—. Con este vestido. Este perfume. Laura rió, un sonido bajo y ronco, y pasó las manos por su pecho. — Y tú estás tratando de distraerme del trabajo. — ¿Funcionó? No respondió. En cambio, lo atrajo para un beso, las manos enredándose en su cabello mientras sentía su cuerpo masculino presionando contra el suyo. Rafael gimió contra su boca, las manos deslizándose por su cintura, acercándola más. — Tenemos que ser rápidos —susurró, pero no había convicción en su voz. — Entonces no perdamos tiempo —respondió él, y la levantó en brazos, sentándola en el borde del escritorio. Laura abrió las piernas instintivamente, y Rafael se encajó entre ellas, las manos subiendo por su falda hasta encontrar el encaje de su tanga. Mordió el labio cuando la tocó por encima de la tela, un gemido escapando antes de que pudiera contenerse. — Shhh —murmuró, los dedos deslizándose bajo el encaje, encontrándola ya mojada—. Alguien podría escuchar. Laura arqueó la espalda, las uñas clavándose en sus hombros. — Entonces no pares. Rafael no paró. La besó con fuerza mientras sus dedos trabajaban, lentos e implacables, hasta que estuvo jadeante, las caderas moviéndose contra su mano. Cuando se corrió, fue con un gemido ahogado contra su pecho, el cuerpo temblando. — Eso —susurró él, besándola de nuevo—. Fue solo el comienzo. Laura sonrió, aún sin aliento, y lo empujó hacia atrás, haciéndolo sentar en la silla de su oficina. Con un movimiento fluido, se arrodilló entre sus piernas, las manos trabajando en su cinturón. — Tu turno —dijo, los ojos brillando. Rafael no protestó. --- Más tarde, cuando finalmente salieron de su oficina—Laura con los labios hinchados y el cabello un poco despeinado, Rafael con la corbata floja y una sonrisa satisfecha—, se encontraron de nuevo en el ascensor. Esta vez, estaban solos. Laura se apoyó contra la pared de espejos, observando a Rafael apretar el botón de la planta baja. Cuando las puertas se cerraron, se volvió hacia ella, los ojos oscuros de deseo. — Esta noche —dijo, la voz ronca—. Mi apartamento. Ocho en punto. Laura sonrió, sintiendo que su cuerpo ya anticipaba lo que vendría. — No llegaré tarde. Las puertas se abrieron en la planta baja, y salieron uno al lado del otro, los dedos rozándose levemente. No necesitaban palabras. Después de la noche anterior, después de esa mañana, sabían que nada volvería a ser como antes. Y, en el fondo, ninguno de los dos quería que lo fuera.

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