Horas Extras Prohibidas

Por Tonkix
Horas Extras Prohibidas
**Horas Extras Prohibidas** El reloj de pared de la oficina marcaba las ocho menos veinte cuando Laura apagó el monitor con un suspiro prolongado, los dedos aún flotando sobre el teclado como si se resistieran a abandonar la tarea. La pantalla se oscureció, reflejando su rostro cansado—ojeras suaves bajo los ojos castaños, los labios ligeramente apretados en una línea de concentración que solo se relajaba cuando creía que nadie la observaba. Afuera, la ciudad ya había devorado el sol, y las luces de los edificios vecinos parpadeaban como estrellas artificiales, indiferentes al cansancio de quienes aún quemaban horas extras bajo lámparas fluorescentes. Estiró los brazos por encima de la cabeza, sintiendo cómo crujía la columna en señal de protesta. El blazer gris, que horas antes caía impecable sobre sus hombros, ahora colgaba del respaldo de la silla, víctima del calor sofocante del aire acondicionado desregulado. La blusa de seda, antes tan profesional, se adhería a la piel en puntos estratégicos—entre los senos, en la curva de la espalda—donde el sudor se acumulaba en gotitas traicioneras. Laura pasó los dedos por el cabello recogido en un moño suelto, liberando algunos mechones que cayeron sobre el cuello, y respiró hondo. El olor de la oficina a esa hora era distinto: ya no el aroma del café recién hecho ni el perfume caro, sino algo más crudo, más íntimo—el hedor del papel viejo, de las alfombras calentadas por el sol del día, de su propio cuerpo mezclado con el aire viciado. Fue entonces cuando escuchó los pasos. Lentos, deliberados, resonando por el pasillo vacío como si todo el edificio estuviera desierto. Laura giró en la silla, los tacones altos—que había pateado bajo el escritorio horas antes—ahora olvidados en algún rincón. La puerta de su oficina estaba entreabierta, y por la rendija vio aparecer a Ricardo, una silueta alta recortada contra la penumbra del corredor. Llevaba dos tazas humeantes, y el vapor ascendía en espirales perezosas, disolviéndose en el aire como una invitación. —¿Aún aquí? —Su voz era baja, ronca, como si también hubiera pasado el día entero hablando, negociando, seduciendo sin querer. Ricardo empujó la puerta con la cadera, entrando sin esperar respuesta—. Juraría que ya te habías ido. Laura sonrió, a pesar de todo. Había algo irónico en aquello—Ricardo, el hombre que lograba hacer que hasta una reunión de balances pareciera una charla de bar, preguntando si ella *ya* se había ido. Como si no supiera que, de las dos veces que habían quedado hasta tarde en los últimos meses, ella siempre había sido la última en marcharse. —¿Y dejarte solo con esta pila de informes? —Señaló el escritorio, donde carpetas y hojas de cálculo se amontonaban como una fortaleza de números y plazos—. Ni muerta. Además, el cliente lo quiere para mañana por la mañana. Ricardo dejó una de las tazas en el borde de la mesa, cerca de ella, y se apoyó en la pared con un hombro, cruzando los brazos. El movimiento hizo que la camisa—blanca, impecable a pesar de las horas—se tensara sobre los bíceps, delineando músculos que Laura ya había visto en otras ocasiones, pero nunca tan de cerca, nunca tan *intencionalmente*. Llevaba el mismo perfume de siempre, algo amaderado con un toque de especias, pero ahora, sin el ruido de fondo de la oficina llena, podía percibirlo con más claridad. Era como si hubiera traído un pedazo de la noche al interior de la sala. —Eres una santa —murmuró, pero había un tono en su voz que no encajaba con la palabra. Laura alzó los ojos hacia él, y por un segundo, antes de que desviara la mirada, vio algo que no esperaba: un brillo hambriento, casi depredador, como si ella fuera la última gota de agua en un desierto. Tomó la taza, envolviéndola con ambas manos. El calor se extendió por las palmas, quemando levemente, pero no le importó. Era bueno sentir algo más allá del frío del aire acondicionado, más allá de la rigidez del teclado, más allá del agotamiento que palpitaba en las sienes. —Santo es lo que tú no eres —respondió, y dio un sorbo. El café estaba fuerte, demasiado dulce, exactamente como le gustaba. Ricardo rio, un sonido grave que vibró en su pecho y, de alguna manera, en el de ella también. —Touché. El silencio que siguió no fue incómodo, pero sí cargado. Laura observó mientras Ricardo se acercaba a la ventana, apartando la persiana con los dedos. Afuera, la ciudad latía—luces, movimiento, vida—pero allí dentro, en la oficina vacía, el mundo parecía haberse encogido hasta caber solo en los dos. Él se quedó de espaldas a ella por un momento, los hombros anchos bloqueando parte de la vista, y Laura dejó que su mirada recorriera la línea de la columna, la curva de la cintura, el modo en que el pantalón de vestir moldeaba los muslos. —¿Crees que se darán cuenta? —preguntó Ricardo de repente, volviéndose hacia ella. El brillo de las luces de la calle iluminaba la mitad de su rostro, dejando la otra en sombras. —¿Darse cuenta de qué? —De que nos quedamos hasta tarde. Otra vez. Laura dudó. *Darse cuenta de que nos quedamos hasta tarde* era una cosa. *Darse cuenta de lo que hicimos mientras nos quedábamos hasta tarde* era otra. Pero no dijo eso. En cambio, se encogió de hombros, intentando sonar casual. —Lo dudo. A esta hora, Recursos Humanos ya se fue hace siglos. Y el guardia solo anota quién sale, no quién se queda. Ricardo sonrió, lento, como si ella acabara de confirmar algo que él ya sabía. —Entonces estamos a salvo. La palabra *a salvo* quedó suspendida en el aire entre ellos, cargada de significados. Laura sintió que el corazón se le aceleraba, pero mantuvo la expresión neutra. ¿A salvo de qué? ¿Del juicio? ¿De la tentación? ¿O de algo más peligroso—como la posibilidad de que, si se quedaban allí mucho más tiempo, uno de los dos acabaría cediendo? Tomó otro sorbo de café, sintiendo cómo el líquido le quemaba la lengua. Cuando bajó la taza, Ricardo estaba más cerca. No lo suficiente para tocarla, pero sí lo bastante para que sintiera el calor de su cuerpo, como si el espacio entre ellos se hubiera convertido en una membrana delgada, a punto de romperse. —Deberías irte a casa —dijo, pero la voz le salió más débil de lo que pretendía. —Tú también. —Yo voy. Después de terminar esto. —Yo también. Los dos rieron, pero era una risa nerviosa, cargada de algo que ninguno de los dos se atrevía a nombrar. Ricardo se acercó aún más, hasta que sus rodillas casi rozaron las de ella. Laura no retrocedió. En cambio, inclinó la cabeza hacia atrás, mirándolo desde abajo, los labios entreabiertos. —Me estás distrayendo —murmuró. —¿En serio? —Los ojos de él descendieron hacia su boca, y Laura sintió que el aire se le atascaba en los pulmones—. Qué pena. Debería haberse apartado. Debería haber empujado la silla hacia atrás, tomado la taza y vuelto al trabajo. Pero no hizo nada de eso. En cambio, dejó que el silencio se extendiera, espeso y cargado, hasta que el único sonido en la sala fue el de sus respiraciones—ritmos distintos, pero igualmente acelerados. Y entonces, al otro lado de la oficina, el teléfono de Ricardo vibró sobre la mesa. El ruido fue como un balde de agua fría, rompiendo el hechizo. Los dos parpadearon, como si despertaran de un sueño, y Laura rio, nerviosa, pasando una mano por el rostro. —Será mejor que volvamos al trabajo —dijo, pero no se movió. Ricardo miró el celular, luego a ella. Había algo desafiante en la forma en que sostuvo su mirada, como si dijera *Puedes huir ahora, pero esto no durará para siempre*. —Será lo mejor —asintió, pero no se apartó. En cambio, se inclinó ligeramente hacia adelante, hasta que su boca estuvo cerca de su oído—. Pero antes… —Su voz era un susurro, cálido y peligroso—. ¿Quieres que haga más café? Laura cerró los ojos por un segundo, sintiendo su aliento contra la piel, el olor de su perfume mezclado con el café, el sudor, el deseo. Cuando los abrió, Ricardo seguía allí, esperando. Y supo, con una certeza que quemaba más que el café en la lengua, que esa noche estaba lejos de terminar. Laura aún sentía el sabor del café de la mañana en la lengua—amargo, fuerte, como si hubiera sido preparado para despertar no solo el cuerpo, sino algo más profundo, algo que había estado ignorando durante semanas. La oficina estaba sumida en un silencio pesado, roto solo por el zumbido lejano del aire acondicionado y el clic ocasional del ratón. Las luces fluorescentes habían sido apagadas, quedando solo el brillo azulado de los monitores y la penumbra de las lámparas de mesa, que proyectaban sombras alargadas sobre las paredes blancas. Se frotó los ojos, cansados de tantas horas mirando hojas de cálculo e informes, y se recostó en la silla. La tela de la blusa se adhería levemente a su espalda, húmeda de sudor, y deseó, por un momento, poder aflojar el botón del cuello. Pero no lo hizo. No allí. No con él cerca. Ricardo apareció en la puerta de la sala de reuniones como si hubiera sido convocado por sus pensamientos. Llevaba dos tazas humeantes, el vapor ascendiendo en espirales perezosas, y el aroma del café recién hecho se esparció por el ambiente antes incluso de que cruzara el umbral. Laura alzó la vista, sorprendida, y se encontró con sus ojos—oscuros, casi negros bajo la luz tenue, con un brillo que no supo descifrar. —Traje refuerzos —dijo, la voz baja, como si no quisiera perturbar el silencio sagrado de la oficina vacía—. Este proyecto nos va a matar si no nos mantenemos despiertos. Laura sonrió, aceptando la taza que le tendía. Los dedos de él rozaron los suyos por un instante, solo lo suficiente para que sintiera el calor de su piel, la leve aspereza de las yemas—callos de quien teclea demasiado rápido, de quien sostiene un bolígrafo con demasiada presión. Un escalofrío le recorrió el brazo, tan sutil que casi dudó que hubiera ocurrido. —Gracias —murmuró, llevando la taza a los labios. El café estaba fuerte, casi quemando, pero no le importó. Era mejor que el ardor que comenzaba a extenderse por su pecho. Ricardo se apoyó en la mesa a su lado, cruzando los brazos. La camisa, ya un poco arrugada por el largo día, se ajustaba a sus hombros anchos, y Laura se sorprendió observando cómo la tela se tensaba levemente cuando se movía. No llevaba corbata—debía habérsela quitado horas atrás—, y los dos primeros botones de la camisa estaban desabrochados, revelando un trozo de piel morena y el contorno suave de una cadena fina, casi imperceptible. —¿Siempre haces el café así? —preguntó, intentando sonar casual, pero la voz le salió un poco ronca, como si las palabras se le hubieran atascado en la garganta. —Solo cuando quiero impresionar —respondió, con una sonrisa lenta, perezosa—. Y hoy, Laura, *quiero* impresionar. Ella rio, pero el sonido murió demasiado rápido, ahogado por la tensión que crecía entre ellos. Ricardo no apartó la mirada. Al contrario, se inclinó un poco más, como si quisiera compartir un secreto. —¿Te está gustando? —preguntó, la voz baja, casi un susurro. Laura dudó. No era del café de lo que hablaba. Lo sabía. Y él sabía que ella lo sabía. —Está caliente —respondió, finalmente, eligiendo las palabras con cuidado—. Y fuerte. —Como a ti te gusta. No dijo nada. Solo llevó la taza a los labios nuevamente, sintiendo cómo el líquido le quemaba la garganta, dejando un rastro de fuego. Ricardo la observaba, los ojos fijos en su boca, en cómo los labios se cerraban alrededor del borde de la taza, en el movimiento lento de la garganta cuando tragaba. —Me estás mirando —murmuró, sin apartar los ojos del café. —Sí —admitió, sin rastro de vergüenza—. Es difícil no hacerlo. Laura sintió que el rostro le ardía. No estaba acostumbrada a eso—a la franqueza, a la intensidad. En la oficina, Ricardo siempre era profesional, un colega competente, alguien con quien intercambiaba correos secos y saludos rápidos en el pasillo. Pero allí, en esa sala vacía, con las luces bajas y el peso del silencio alrededor, era otra cosa. Algo peligroso. Algo que la hacía querer inclinarse hacia adelante, solo para ver qué pasaría. —¿Por qué? —preguntó, antes de poder contenerse. Ricardo no respondió de inmediato. En cambio, extendió la mano y tocó levemente su muñeca, los dedos deslizándose por la piel sensible, trazando círculos perezosos. Laura contuvo la respiración. —Porque eres hermosa —dijo, simplemente—. Y porque ya he pasado demasiadas noches imaginando cómo sería tocarte. Las palabras quedaron suspendidas en el aire entre ellos, pesadas, cargadas. Laura sintió que el corazón le latía más rápido, la sangre pulsando en las venas. Debería retroceder. Debería decir algo ingenioso, algo que aliviara la tensión, que los devolviera al terreno seguro de la conversación laboral. Pero no pudo. —¿Y cómo es? —preguntó, la voz casi un susurro. Ricardo sonrió, una sonrisa lenta, llena de promesas. Se acercó aún más, hasta que sus rodillas casi se tocaron, hasta que pudo sentir el calor de su cuerpo irradiando a través de la tela del pantalón. —¿Por qué no lo descubres? Laura no se movió. No retrocedió. En cambio, dejó que su mano se deslizara de la muñeca al codo, los dedos trazando un camino lento, deliberado, por la parte interna de su brazo. Sintió cómo la piel se le erizaba, cómo los vellos se le ponían de punta, como si cada terminación nerviosa despertara de un sueño largo y profundo. —Ricardo… —comenzó, pero la voz le falló. —Shhh —murmuró, inclinándose hacia adelante, hasta que sus labios estuvieron cerca de su oído—. No hace falta que digas nada. Solo siente. Y entonces, antes de que pudiera reaccionar, le quitó la taza con la mano libre y la dejó sobre la mesa. Laura no protestó. No cuando le sostuvo la barbilla con delicadeza, no cuando inclinó su rostro hacia arriba, no cuando sus labios finalmente se encontraron en un beso suave, casi vacilante, como si estuvieran probando el terreno. Fue un beso lento, exploratorio. Los labios de Ricardo eran suaves, cálidos, y Laura sintió el sabor del café mezclado con el suyo—algo dulce y picante, como especias que no podía nombrar. Suspiró contra su boca, y Ricardo aprovechó para profundizar el beso, la lengua deslizándose entre sus labios, provocando, invitando. Laura no se resistió. No quería resistirse. Alzó las manos y las apoyó en su pecho, sintiendo el calor de su piel a través de la tela de la camisa, el ritmo acelerado del corazón latiendo contra las costillas. Ricardo gimió bajito, un sonido ronco, animal, y la atrajo más cerca, hasta que sus cuerpos estuvieron presionados uno contra el otro, hasta que pudo sentir la evidencia de su deseo contra su cadera. Por un momento, Laura olvidó dónde estaban. Olvidó la oficina, el proyecto, las horas extras. Lo olvidó todo, menos la sensación de las manos de Ricardo deslizándose por su espalda, atrayéndola más cerca, como si quisiera fundir sus dos cuerpos en uno solo. Pero entonces, como si un hechizo se hubiera roto, Ricardo se apartó. No mucho. Solo lo suficiente para que pudiera ver la expresión en sus ojos—hambre, deseo, algo más profundo, algo que no se atrevía a nombrar. —Laura… —murmuró, la voz ronca. Ella no respondió. Solo le sostuvo el rostro entre las manos y lo atrajo de vuelta para otro beso, este más urgente, más desesperado. Ricardo correspondió con la misma intensidad, las manos deslizándose hacia abajo, apretando su cintura, atrayéndola para que se pusiera de pie, entre sus piernas. Y entonces, de repente, la soltó. Laura parpadeó, confundida, el cuerpo aún vibrando con el contacto. Ricardo respiraba con dificultad, los ojos oscuros fijos en ella, como si estuviera luchando contra algo dentro de sí. —Deberíamos… deberíamos volver al trabajo —dijo, finalmente, la voz tensa. Laura asintió, pero no se movió. Aún sentía su sabor en la boca, aún sentía el calor de sus manos en la piel. Y, por la forma en que Ricardo la miraba, sabía que él sentía lo mismo. —Sí —asintió, pero la palabra sonó como una pregunta. Ricardo sonrió, una sonrisa lenta, llena de secretos. —Pero no ahora —murmuró, inclinándose hacia adelante hasta que sus labios rozaron su oreja—. Primero, terminemos lo que empezamos. Y, con eso, se apartó, dejándola allí, de pie, con el cuerpo aún hormigueando, el corazón latiendo fuerte, y la certeza de que esa noche estaba lejos de terminar. La sala de reuniones estaba sumida en un silencio denso, roto solo por el crujido de las páginas y el suave clic del ratón de Ricardo. Laura ajustó las gafas, intentando concentrarse en la hoja de cálculo frente a ella, pero los números danzaban ante sus ojos, refractarios, como si supieran que su mente estaba en otro lugar. A su lado, Ricardo tecleaba con una lentitud deliberada, los dedos largos deslizándose sobre el teclado con una precisión casi hipnótica. El aire acondicionado, ajustado a una temperatura demasiado fría, apenas lograba disipar el calor que parecía emanar de los dos, un calor que se enroscaba entre ellos como una tercera presencia en la sala. —Llevas cinco minutos mirando el mismo gráfico —comentó Ricardo, sin apartar los ojos de la pantalla. Su voz era baja, casi un murmullo, pero cargaba un tono de diversión que hizo que Laura alzara la vista bruscamente. —¿Y tú estás contando los segundos? —replicó, arqueando una ceja. La comisura de la boca de Ricardo se curvó en una sonrisa lenta que no llegaba a ser maliciosa, pero sí cargaba una promesa. —Solo estoy observando. Pareces… distraída. Laura soltó una risa corta, fingiendo indiferencia, pero sus dedos la traicionaron al acomodar un mechón de cabello detrás de la oreja. El gesto fue rápido, casi imperceptible, pero Ricardo no lo perdió. Sus ojos siguieron el movimiento, oscuros y atentos, como si cada pequeño detalle de ella fuera una pista que estuviera decidido a descifrar. —Distraída con el trabajo —mintió, pero la voz le salió un poco más ronca de lo que pretendía. Ricardo inclinó la cabeza, como si considerara la respuesta, y luego se acercó un poco más, el brazo rozando el de ella. El contacto fue breve, pero suficiente para hacer que Laura contuviera la respiración. El olor de él—una mezcla de café recién hecho, jabón cítrico y algo más, algo cálido y masculino—le invadió las fosnas nasales, y tuvo que esforzarse para no cerrar los ojos e inhalar hondo. —¿Segura? —preguntó, la voz ahora un susurro que parecía deslizarse sobre su piel—. Porque juraría que estás tan distraída como yo. Laura giró el rostro hacia él, encontrando sus ojos a centímetros de los suyos. La oficina vacía, las luces bajas, el silencio—todo conspiraba para que ese momento pareciera un sueño, algo fuera del tiempo. Podía ver las pequeñas pecas esparcidas por su nariz, las líneas finas alrededor de los ojos cuando sonreía, la forma en que la luz de la pantalla se reflejaba en sus iris oscuros, dándoles un brillo casi líquido. —¿Y con qué *tú* estás distraído? —devolvió, desafiante, pero la pregunta le salió más suave de lo que pretendía, como si ya supiera la respuesta. Ricardo no respondió de inmediato. En cambio, sus ojos descendieron hacia sus labios, demorándose allí un segundo más de lo necesario. Laura sintió que el cuerpo le reaccionaba, un calor líquido extendiéndose por el vientre, y tuvo que morderse el labio inferior para contener un suspiro. Cuando él finalmente habló, su voz estaba aún más grave, cargada de una intención que no dejaba espacio a dudas. —Con la forma en que muerdes el labio cuando intentas concentrarte. Con cómo tiemblan un poco tus dedos cuando crees que nadie te mira. —Hizo una pausa, los ojos volviendo a los de ella—. Con lo mucho que quiero saber si tu piel es tan suave como parece. Laura sintió que el rostro le ardía, pero no apartó la mirada. En cambio, se inclinó ligeramente hacia adelante, reduciendo aún más la distancia entre ellos. El movimiento hizo que sus rodillas se tocaran bajo la mesa, un contacto breve, pero eléctrico. —¿Me estás coqueteando, Ricardo? —preguntó, la voz baja, casi un desafío. —¿Y si lo estoy? —replicó, los labios curvándose en una sonrisa que era pura provocación. —Entonces diría que estás perdiendo el tiempo —murmuró Laura, pero sus ojos la traicionaron, fijándose en la boca de él. Ricardo soltó una risa baja, el sonido vibrando entre ellos como una caricia. Se recostó en la silla, pero no se apartó, los dedos tamborileando levemente sobre la mesa, como si estuviera considerando sus opciones. —¿Perder el tiempo? —repitió, fingiendo ofensa—. Laura, yo nunca pierdo el tiempo en mi vida. Solo estoy… evaluando mis posibilidades. Ella rio, pero el sonido le salió tembloroso, porque la verdad era que también estaba evaluando. Evaluando cuánto quería ceder, cuánto quería inclinarse y cerrar la distancia entre ellos, sentir su sabor de nuevo, dejar que sus manos exploraran lo que sus ojos ya habían mapeado. El aire entre ellos parecía cargado, como antes de una tormenta, y Laura sabía que bastaría un movimiento, una palabra, para que todo se desatara. —¿Y? —preguntó, la voz poco más que un susurro—. ¿Cuáles son tus posibilidades? Ricardo no respondió de inmediato. En cambio, extendió la mano, los dedos rozando levemente el dorso de la de ella, trazando un camino lento hasta la muñeca. Laura no se movió, pero el corazón le dio un vuelco, latiendo tan fuerte que estuvo segura de que él podía oírlo. Cuando finalmente habló, su voz era un gruñido bajo, lleno de promesas. —Mejor de lo que esperaba. El contacto se intensificó, los dedos de él deslizándose hacia arriba, acariciando la piel sensible de su antebrazo, dejando un rastro de fuego a su paso. Laura cerró los ojos por un instante, intentando recuperar el aliento, pero su olor, el calor de su piel, la presión suave de sus dedos—todo conspiraba contra ella. —Ricardo… —comenzó, pero no sabía qué decir. *Para*? *No pares*? *Bésame*? Él pareció entender, porque sus dedos se detuvieron, pero no se apartaron. En cambio, se inclinó hacia adelante, los labios casi tocando su oreja cuando murmuró: —Di que no quieres, y pararé. Laura abrió los ojos, encontrando los de él. La intensidad de su mirada la dejó sin aliento, pero también la hizo sentir poderosa. Porque *quería*. Quería más de lo que él podía imaginar. Quería sus manos en lugares que ningún compañero de trabajo debería tocar. Quería su boca, su piel, su peso sobre ella. Quería todo lo que ese momento prohibido podía ofrecer. Pero antes de que pudiera responder, el teléfono de Ricardo vibró sobre la mesa, el sonido fuerte y estridente cortando la tensión como un cuchillo. Los dos dieron un respingo, sobresaltados, y Laura soltó una risa nerviosa, pasando una mano por el rostro. —Mierda —murmuró Ricardo, tomando el aparato. Miró la pantalla, frunciendo el ceño—. Es el gerente. Quiere una actualización. Laura asintió, intentando ignorar la decepción que se le instaló en el pecho. Se recostó en la silla, cruzando los brazos como si eso pudiera contener el fuego que aún le quemaba bajo la piel. —Mejor responde —dijo, pero la voz le salió un poco temblorosa. Ricardo dudó por un segundo, los ojos aún fijos en ella, como si estuviera considerando ignorar la llamada. Pero entonces suspiró, pasándose una mano por el cabello, y atendió. —Aló? Sí, estoy con Laura. Casi terminamos. Mientras hablaba, Laura observó su perfil, la línea de la mandíbula, la forma en que los músculos del cuello se movían cuando tragaba. Sabía que, si extendía la mano, podría tocarle la garganta, sentir el pulso acelerado bajo la piel. Y, por la forma en que la miraba de reojo, sabía que él también estaba pensando en eso. Cuando Ricardo colgó, el silencio volvió a instalarse entre ellos, pero ahora cargaba una urgencia distinta. Dejó el teléfono a un lado y se volvió hacia ella, los ojos oscuros llenos de una pregunta no dicha. —Quiere que le enviemos lo que tenemos hasta ahora —dijo, la voz ronca—. Pero… Laura no lo dejó terminar. Se inclinó hacia adelante, los dedos rozando su brazo, sintiendo la tensión en los músculos bajo la camisa. —¿Pero qué? —preguntó, la voz un desafío. Ricardo sonrió, lento y peligroso, y se acercó hasta que sus labios estuvieron a centímetros de los de ella. —Pero no he terminado lo que estaba haciendo. Y entonces, antes de que pudiera responder, cerró la distancia, capturando su boca en un beso que no era suave ni vacilante. Era hambriento, posesivo, como si hubiera esperado ese momento mucho más tiempo del que ella imaginaba. Laura gimió contra sus labios, las manos subiendo para agarrar su camisa, atrayéndolo más cerca, como si pudiera fundir sus cuerpos allí mismo, sobre la mesa de reuniones, entre hojas de cálculo e informes. Cuando se apartó, los dos estaban jadeando, los ojos brillando con una mezcla de deseo y algo más—algo que Laura no se atrevió a nombrar. —Ahora sí —murmuró Ricardo, la voz ronca—. Ahora he terminado. Al menos por ahora. Laura sonrió, el cuerpo aún vibrando con el beso, con la promesa de lo que vendría después. —Entonces enviemos ese informe —dijo, pero sus ojos decían otra cosa. Ricardo rio, bajo y satisfecho, y se levantó, tendiéndole la mano. —Vamos. Pero no te acostumbres a la idea de que esto vaya a ser rápido. La mesa de reuniones aún guardaba el calor de los cuerpos que, minutos antes, se habían inclinado sobre ella en busca de respuestas entre números y gráficos. Ahora, sin embargo, los papeles esparcidos parecían testigos silenciosos de algo que se desarrollaba entre ellos, algo que no tenía que ver con plazos ni metas. Ricardo se recostó en la silla, los dedos tamborileando levemente sobre la superficie de madera, como si probara el ritmo de una música que solo él escuchaba. Laura lo observaba por el rabillo del ojo, intentando concentrarse en la pantalla del portátil, pero el aire entre ellos estaba demasiado cargado para ignorarlo. —¿Siempre trabajas así? —preguntó, la voz baja, casi un susurro—. Con este… fuego. Ella alzó la vista, fingiendo no entender. —¿Fuego? —Sí. —Se inclinó hacia adelante, los codos apoyados en la mesa, los dedos entrelazados—. Como si cada hoja de cálculo fuera una batalla por ganar. Como si el mundo fuera a acabarse si ese número no está correcto. Laura rio, pero el sonido le salió más tembloroso de lo que pretendía. —¿Y tú? ¿Trabajas como si estuvieras en un picnic? —Depende. —Los ojos de él brillaron, maliciosos—. Si es un picnic con la persona adecuada, hasta el trabajo se vuelve interesante. Sintió que el calor le subía por el cuello. —¿Y quién sería la persona adecuada, Ricardo? Él no respondió de inmediato. En cambio, se levantó lentamente, rodeando la mesa hasta quedar a su lado. Laura no se movió, pero cada músculo de su cuerpo se tensó, como si anticipara un contacto que aún no llegaba. Ricardo se inclinó, apoyando una mano en la mesa y la otra en el respaldo de su silla, encerrándola entre sus brazos sin tocarla realmente. Su olor—una mezcla de jabón caro y algo más primitivo, como sudor limpio—le invadió el espacio entre ellos. —Tú sabes quién es —murmuró, los labios casi rozando su oreja. Laura contuvo la respiración. —Entonces demuéstralo. Era un desafío. Una invitación. Una línea trazada en la arena, y los dos lo sabían. Ricardo se apartó solo lo suficiente para mirarla a los ojos, oscuros, intensos, como si evaluara hasta dónde estaba dispuesta a llegar. Entonces, sin aviso, le sostuvo la barbilla entre los dedos, inclinando su rostro hacia arriba. —¿Quieres que te lo demuestre? —Su voz era un hilo de seda enrollado en una hoja—. ¿O quieres que te lo muestre? No respondió. No necesitaba. Su cuerpo ya había respondido por ella: los labios entreabiertos, la respiración acelerada, el modo en que los dedos se le clavaban en la tela de la falda, como si necesitara algo a qué aferrarse. Ricardo sonrió, lento, satisfecho, y entonces su boca estuvo sobre la de ella. No fue un beso suave. No fue una petición. Fue una reivindicación, caliente y húmeda, su lengua invadiendo su boca como si ya conociera cada rincón, cada curva. Laura gimió, el sonido ahogado contra sus labios, y sus manos volaron hacia los hombros de Ricardo, atrayéndolo más cerca. Él la levantó de la silla con un movimiento fluido, sentándola en el borde de la mesa, las piernas abriéndose instintivamente para acomodar su cuerpo entre ellas. —Eso —susurró cuando él se apartó por un segundo, los labios rozando su mandíbula, bajando por el cuello—. Eso es lo que quería. Ricardo rio, bajo y ronco, los dientes raspando levemente la piel sensible justo debajo de la oreja. —Aún no has visto nada. Sus manos se deslizaron por sus muslos, empujando la falda hacia arriba hasta que la tela se arremolinó en su cintura. Laura arqueó la espalda cuando sus dedos encontraron el borde de las bragas, trazando círculos perezosos sobre el algodón fino, sintiendo el calor que se acumulaba allí. Estaba mojada. Demasiado mojada para fingir que aquello era solo un juego. —Ricardo… —Su nombre le salió como una petición, una súplica, y él sonrió contra su piel. —¿Qué? —murmuró, los dedos deslizándose dentro de las bragas, encontrando el punto exacto donde más lo necesitaba—. ¿Quieres que pare? —No te atrevas. Él rio, pero obedeció. Sus dedos se movieron con una precisión torturante, deslizándose dentro de ella con una lentitud deliberada, mientras el pulgar presionaba su clítoris en círculos firmes. Laura gimió, las uñas clavándose en sus hombros, las caderas moviéndose en busca de más presión, más fricción, más *cualquier cosa*. La oficina a su alrededor desapareció—no había más paredes de cristal, ni pasillos vacíos, ni el riesgo de que alguien apareciera. Solo existían ellos, la mesa fría contra su espalda, el cuerpo de él presionando contra el suyo, sus dedos trabajando en ella como si tuvieran todo el tiempo del mundo. —Te gusta esto —murmuró, los labios rozando su oreja mientras sus dedos entraban y salían, cada movimiento arrancándole un gemido más alto—. Te gusta que te toquen así, en medio de la oficina, con el riesgo de que nos descubran… Laura se mordió el labio, intentando contener el sonido, pero era imposible. —Cállate y hazme correr. Ricardo rio, pero aceleró el ritmo, los dedos hundiéndose más profundo, el pulgar presionando con más fuerza. Laura sintió que el orgasmo se acercaba como una ola, cada vez más alta, cada vez más inevitable. Se aferró a su camisa con fuerza, las caderas moviéndose contra su mano, buscando el alivio que solo él podía darle. —Así, así —susurró, la voz ronca de deseo—. Córrete para mí, Laura. Quiero sentir cómo aprietas mis dedos. Las palabras fueron suficientes. Laura arqueó la espalda, un gemido largo y bajo escapando de sus labios mientras el placer la atravesaba en oleadas, el cuerpo temblando con la intensidad. Ricardo no se detuvo, los dedos continuando el movimiento hasta que estuvo completamente laxa, los ojos entrecerrados, la respiración entrecortada. Por un momento, ninguno de los dos habló. Laura solo permaneció allí, sentada en la mesa, las piernas aún abiertas, el cuerpo vibrando con los últimos vestigios del orgasmo. Ricardo sacó los dedos de dentro de ella lentamente, llevándoselos a los labios y lamiéndolos con una mirada que prometía mucho más. —Ahora sí —dijo, la voz cargada de satisfacción—. Ahora estás lista para mí. Laura sonrió, aún jadeante, y tiró de su corbata, atrayéndolo más cerca. —Entonces muéstrame qué más sabes hacer. Ricardo no necesitó más incentivo. Con un movimiento rápido, la atrajo hacia el borde de la mesa, las manos firmes en su cintura, y la besó de nuevo, esta vez con una urgencia que dejaba claro que no tenía intención de detenerse allí. Laura sintió el bulto duro de su erección presionando contra su muslo y supo, sin sombra de duda, que la noche estaba lejos de terminar. Y, por primera vez en mucho tiempo, no tenía ninguna prisa. La mesa de reuniones crujió levemente cuando Ricardo la levantó por la cintura, sentándola en el borde frío del tablero de madera. Laura soltó un gemido ahogado contra sus labios, las manos ya desabotonando su camisa con una urgencia que no admitía espera. La tela se deslizó por sus hombros anchos, revelando la piel bronceada, marcada por algunas cicatrices finas—vestigios de aventuras que aún no conocía, pero que ahora tenía toda la intención de explorar. —Estás hermosa así —murmuró, los dedos trazando el contorno del sujetador de encaje que llevaba, ahora húmedo en los puntos donde sus labios habían dejado marcas—. Desaliñada, con los labios hinchados… parece que por fin me perteneces. Laura arqueó la espalda cuando él bajó el tirante, exponiendo sus senos. El aire acondicionado de la oficina estaba al mínimo, pero el calor entre ellos era suficiente para hacer que el ambiente pareciera sofocante. Ricardo no perdió tiempo: se inclinó y capturó un pezón entre los dientes, mordisqueándolo con una presión que la hizo arquear. Su mano libre se deslizó por su muslo, subiendo hasta encontrar el elástico de las bragas, ya empapadas. —Joder— susurró, las uñas clavándose en sus hombros—. Te quiero dentro de mí. Ricardo sonrió contra su piel, la respiración caliente provocando escalofríos. —Paciencia, *cariño*. —La palabra salió cargada de ironía, como si supiera exactamente cuánto odiaba esperar—. Primero, quiero probarte en todos los lugares. Antes de que pudiera protestar, la empujó hacia atrás, acostándola sobre la mesa. Los papeles esparcidos crujieron bajo su cuerpo, y Laura rio, un sonido ronco y deliciosamente indecente. —Cuidado con los informes —provocó, pero la risa murió en su garganta cuando él enganchó los dedos en sus bragas y las bajó con un movimiento lento, deliberado. El aire frío de la oficina contrastó con el calor entre sus piernas, y Laura instintivamente las cerró, pero Ricardo no lo permitió. Sujetándole las rodillas, las abrió, exponiéndola por completo. —No— ordenó, la voz áspera—. Quiero verte. Laura se mordió el labio, sintiendo cómo el rubor le subía por el cuello. Nunca se había sentido tan vulnerable, tan *deseada*. Ricardo no apartó la mirada mientras se arrodillaba entre sus piernas, los dedos trazando círculos perezosos en la parte interna de sus muslos, acercándose al centro sin llegar a tocarlo. —Estás temblando —observó, con una sonrisa satisfecha en los labios. —Cállate y tócame— exigió, la voz quebrada. Él rio, bajo y perverso, y finalmente cedió. La primera lamida fue lenta, casi reverente, como si estuviera saboreando algo raro. Laura arqueó la espalda, los dedos aferrándose a los papeles bajo ella, arrugándolos sin importarle. Ricardo no tenía prisa: exploró cada pliegue, cada punto sensible, hasta que estuvo retorciéndose, los gemidos resonando en la oficina vacía. —Ricardo— gimió, tirándole del cabello—. Por favor. Él alzó la vista, los labios brillantes. —¿Por favor qué? —Te necesito— admitió, sin vergüenza—. Ahora. Ricardo se levantó, los dedos trabajando en el cinturón con una habilidad que delataba práctica. Laura lo observó, hipnotizada, mientras se bajaba el pantalón y el bóxer, liberando su erección. Era más grande de lo que había imaginado, gruesa y palpitante, y por un segundo, dudó. —No te preocupes —murmuró, percibiendo su expresión—. Iré despacio. No tuvo tiempo de responder. Ricardo la atrajo hacia el borde de la mesa nuevamente, posicionándose entre sus piernas. La punta rozó su entrada, y Laura soltó un suspiro tembloroso. —Protección— recordó, de repente. Ricardo maldijo en voz baja, pero no perdió el ritmo. Con una mano, buscó en la cartera y sacó un preservativo, rasgando el envoltorio con los dientes. Laura observó mientras lo desenrollaba sobre sí, el movimiento seguro, casi posesivo. —¿Mejor? —preguntó, la voz ronca. Ella asintió, atrayéndolo más cerca. —Ahora. No necesitó más incentivo. Con un movimiento lento, entró en ella, centímetro a centímetro, hasta que estuvo completamente llena. Laura gimió, las uñas clavándose en su espalda, marcándolo. Ricardo se detuvo por un momento, permitiéndole adaptarse, los ojos fijos en los suyos. —¿Todo bien?— preguntó, la voz tensa. —Más que bien— respondió, levantando las caderas en una invitación silenciosa. Él comenzó a moverse, primero despacio, luego con más fuerza, cada embestida arrancándole un gemido. La mesa crujía bajo ellos, los papeles volando al suelo, olvidados. Laura envolvió las piernas alrededor de su cintura, atrayéndolo más profundo, más rápido. —Eso— susurró, los labios rozando su oreja—. Así. Ricardo aumentó el ritmo, una mano sujetando su cadera con firmeza, la otra enredada en su cabello, echándole la cabeza hacia atrás para exponer el cuello. Mordió la piel sensible, chupando con la fuerza suficiente para dejar una marca, y Laura gimió, sintiendo cómo el orgasmo se acercaba como una ola. —Voy a…— advirtió, la voz quebrada. —Córrete para mí— ordenó, las caderas golpeando contra las de ella con una intensidad que la hizo ver estrellas. Y entonces llegó, el cuerpo entero temblando, los músculos contrayéndose alrededor de él en espasmos deliciosos. Ricardo no se detuvo, prolongando su placer hasta que estuvo laxa, los ojos entrecerrados, la respiración irregular. Solo entonces se permitió soltar, enterrándose en ella una última vez antes de correrse con un gemido ronco, el cuerpo temblando. Por un largo momento, los dos permanecieron inmóviles, solo respirando, los corazones latiendo al unísono. Laura sonrió, satisfecha, y pasó los dedos por su cabello sudado. —Creo que vamos a necesitar una mesa nueva— bromeó. Ricardo rio, bajo y ronco, antes de besarla de nuevo, lento y profundo. —Valió la pena— murmuró contra sus labios. Y cuando finalmente se retiró, dejándola vacía y deseando más, Laura supo que esa no sería la última vez. No con la forma en que la miraba ahora—como si fuera algo precioso, algo *suyo*. —Próxima hora extra— susurró, mientras él la ayudaba a levantarse, los cuerpos aún temblorosos—. Te quiero en mi mesa. Ricardo sonrió, los ojos oscuros llenos de promesas. —Trato hecho. Laura se apoyó en el borde de la mesa, las piernas aún temblorosas, la piel húmeda de sudor y del calor que los dos habían creado entre esas cuatro paredes ahora silenciosas. El aire olía a sexo, a papel viejo y al perfume cítrico de Ricardo, mezclado con el suyo, dulce y ligeramente floral. Respiró hondo, sintiendo el peso de su cuerpo aún resonando dentro de ella, una presencia cálida y palpitante que la hacía querer más, incluso ahora, cuando ya no había nada más que dar. Ricardo se apartó lentamente, como si cada centímetro de distancia doliera, y Laura se mordió el labio al verlo recomponerse. La camisa estaba abierta, los botones perdidos en algún rincón de la oficina, y el pantalón, aunque aún puesto, colgaba bajo en las caderas, revelando la línea oscura de vello que descendía hasta su sexo aún húmedo. Se pasó una mano por el cabello, despeinándolo aún más, y Laura no resistió—extendió la mano y alisó un mechón rebelde, sintiendo su textura suave entre los dedos. —Estás hecho un desastre —murmuró, la voz ronca de tanto gemir. Ricardo sonrió, lento, y le tomó la muñeca, llevando su mano a los labios para besarle la palma. El contacto fue suave, casi reverente, y Laura sintió un escalofrío recorrerle la espalda. —Y tú estás hermosa así —respondió, los ojos oscuros recorriendo su cuerpo—. Desaliñada, satisfecha, con los labios hinchados de tanto besarme. Laura rio, baja, y retiró la mano, pero no antes de pasar el pulgar por su labio inferior, sintiendo la humedad que aún quedaba. Se inclinó hacia adelante, apoyando las manos en la mesa detrás de sí, y Ricardo no perdió tiempo—se acercó, rodeando su cintura con un brazo, atrayéndola contra sí. El contacto fue eléctrico, incluso ahora, cuando los dos ya deberían estar exhaustos. —Deberíamos arreglarnos —dijo, pero no hizo ningún movimiento para apartarse—. Alguien podría aparecer. —Nadie aparece —murmuró Ricardo, rozándole la nariz con el cuello, inhalando su aroma—. No a esta hora. Laura cerró los ojos, dejándose llevar por la sensación de sus labios en la piel, cálidos y húmedos, descendiendo lentamente hasta la clavícula. Sabía que él tenía razón—la oficina estaba vacía, las luces de los pasillos apagadas, y el único sonido era el zumbido bajo del aire acondicionado y sus propias respiraciones entrecortadas. Aun así, había algo deliciosamente prohibido en saber que, en cualquier momento, alguien podría pasar por la puerta de cristal de la sala de reuniones y verlos allí, sucios de placer, los cuerpos marcados por el deseo. —Aun así —insistió, pero su voz no tenía convicción. Ricardo rio contra su piel, y el sonido vibró por todo su cuerpo, haciendo que apretara los muslos. —¿Quieres que pare? —preguntó, la voz baja, desafiante. Laura se mordió el labio, sintiendo cómo el calor se acumulaba entre sus piernas una vez más. Debería decir que sí. Debería levantarse, arreglarse la ropa, fingir que aquello no había pasado—o al menos que no había sido tan intenso. Pero la verdad era que no quería parar. No quería que esa noche terminara. No cuando aún sentía su sabor en la boca, el peso de sus manos en su cuerpo, la promesa de más en los ojos que la observaban con tanta hambre. —No —admitió, finalmente, la voz casi un susurro—. Pero tenemos que ser rápidos. Ricardo sonrió, triunfal, y la sacó de la mesa con un movimiento brusco. Laura soltó un gritito sorprendido, pero no tuvo tiempo de protestar—la giró, presionándola contra la pared junto a la puerta, y capturó su boca en un beso hambriento. Laura gimió contra sus labios, las manos enredándose en su cabello mientras él la levantaba, encajándola contra sí. Envolvió las piernas alrededor de su cintura por instinto, sintiéndolo duro de nuevo, listo para ella. —Rápido, entonces —murmuró, apartándose solo lo suficiente para hablar, los labios rozando los de ella con cada palabra—. Pero no demasiado. Laura rio, pero el sonido se transformó en un gemido cuando la penetró de una sola vez, llenándola con una urgencia que le hizo cerrar los ojos. Se aferró a sus hombros, las uñas clavándose en su piel mientras él la movía contra la pared, cada embestida más profunda que la anterior. El ritmo era implacable, pero no apresurado—Ricardo sabía exactamente lo que hacía, como si hubiera memorizado cada curva, cada reacción de su cuerpo. —Joder, Laura —gimió, la voz ronca, los labios encontrando su cuello una vez más—. Me vuelves loco. No respondió—no podía. Las palabras se perdieron entre los gemidos, el sonido de la piel chocando contra la piel, la fricción deliciosa que la hacía temblar. Sintió que el orgasmo se acercaba, una ola lenta e inevitable, y apretó las piernas alrededor de él, atrayéndolo más profundo, más rápido. —Córrete para mí —ordenó Ricardo, la voz un gruñido bajo—. Ahora. Y Laura obedeció. El placer la golpeó como un rayo, haciéndola arquear la espalda, los dedos enredándose en su cabello mientras su cuerpo se contraía alrededor del suyo. Ricardo gimió, sintiéndola apretarlo, y se enterró en ella una última vez antes de correrse, el cuerpo temblando contra el de ella. Por un largo momento, los dos permanecieron inmóviles, solo respirando, los corazones latiendo al unísono. Laura apoyó la frente en su hombro, sintiendo el sudor escurrir entre sus senos, el cuerpo laxo y saciado. Ricardo la sostuvo con fuerza, como si temiera que pudiera desaparecer, y Laura sonrió contra su piel. —Creo que necesito una ducha —murmuró, finalmente. Ricardo rio, bajo, y la bajó al suelo con cuidado. Laura se apoyó en la pared, las piernas aún inestables, y lo observó mientras tomaba un pañuelo de papel de la mesa. Regresó, limpiándola con movimientos gentiles, casi cariñosos, y Laura sintió un calor diferente extenderse por su pecho—algo más profundo que el deseo, más dulce que la pasión. —Eres hermosa —dijo, simplemente, mientras terminaba de limpiarla. Laura sonrió, tomando el pañuelo de su mano y devolviéndole el favor, pasándolo por su cuerpo con la misma atención. Ricardo cerró los ojos por un instante, dejándose cuidar, y cuando terminó, la atrajo para un beso lento, prolongado, como si tuvieran todo el tiempo del mundo. —Deberíamos irnos —dijo, finalmente, apartándose a regañadientes—. Antes de que alguien aparezca de verdad. Ricardo suspiró, pero asintió, comenzando a vestirse. Laura hizo lo mismo, tomando la blusa que había sido arrojada al suelo y poniéndosela con cuidado. Observó mientras Ricardo abotonaba la camisa, los dedos ágiles, y sintió una punzada de decepción al verlo cubrirse. Había algo deliciosamente erótico en verlo así, medio desnudo, el cuerpo marcado por sus caricias. —¿Qué pasa? —preguntó, notando su mirada. Laura sonrió, maliciosa. —Nada. Solo estaba pensando que te ves bien así, todo desaliñado. Ricardo rio, acercándose y atrayéndola para un último abrazo. —Y tú te ves bien así, toda satisfecha —murmuró, rozándole los labios con la oreja—. Pero creo que me gustará aún más verte así mañana, en la oficina, fingiendo que no pasó nada. Laura se estremeció, imaginando la escena—ella, sentada en su escritorio, respondiendo correos con el recuerdo de su tacto aún fresco en la piel. La idea era excitante, prohibida, y sintió que el deseo despertaba de nuevo, incluso después de todo. —Vas a provocarme —acusó, pero no había enojo en su voz. —Solo un poco —admitió Ricardo, sonriendo—. Hasta la próxima hora extra. Laura rio, pero el sonido murió en su garganta cuando la besó una vez más, lento y profundo, como si estuviera sellando una promesa. Cuando se apartaron, los dos estaban sin aliento, los ojos brillando con la misma anticipación. —Trato hecho —susurró, finalmente. Ricardo sonrió, tomando su mano y entrelazando sus dedos. —Trato hecho. Y, juntos, salieron de la sala de reuniones, dejando atrás el olor a sexo y la promesa de más noches como esa. La oficina estaba vacía, silenciosa, pero Laura sabía que, a partir de ahora, nunca más sería la misma. Ni ella. Ni Ricardo. Y eso, de alguna manera, era aún más excitante que todo lo que habían hecho esa noche.

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