Horas Extras Prohibidas

Por Tonkix
Horas Extras Prohibidas
**Horas Extras Prohibidas** El reloj en la pared de la oficina marcaba las ocho menos veinte cuando Lucas por fin levantó la vista de la pantalla del ordenador, frotándose las sienes con un suspiro cansado. El aire acondicionado, ajustado a una temperatura casi glacial durante la jornada laboral, parecía haber sido apagado hacía horas, dejando el ambiente cargado, sofocante, con el olor a café recalentado y papel viejo. Estiró los brazos por encima de la cabeza, la espalda protestando tras horas encorvado sobre hojas de cálculo e informes, y fue entonces cuando escuchó el suave sonido de tacones golpeando el piso de mármol. Mariana apareció en el vano de la puerta de la sala de reuniones, el cabello castaño suelto en ondas desordenadas, como si hubiera pasado las manos por él incontables veces a lo largo del día. Llevaba una taza de café en una mano y una sonrisa que parecía desafiar el cansancio en el rostro. "Pensé que ya te habías ido", dijo, la voz ligera, casi musical, mientras se acercaba a la mesa donde Lucas trabajaba. "Pero vi la luz encendida aquí y pensé: *bueno, si el jefe aún está trabajando, ¿quién soy yo para abandonar el barco?*" Lucas sintió el cuerpo tensarse levemente, como si una corriente eléctrica hubiera recorrido su columna. No era la primera vez que la notaba —desde que Mariana había llegado, tres semanas atrás, como pasante del departamento de marketing, era difícil no hacerlo. Tenía una presencia que llenaba el espacio, no solo por su belleza —los labios llenos, siempre entreabiertos en una sonrisa pícara, los ojos verdes que parecían brillar incluso bajo la luz fría de los fluorescentes—, sino por la forma en que se movía, desinhibida, como si el mundo fuera un escenario y ella, la única actriz. Él, en cambio, era lo opuesto: metódico, contenido, un hombre que prefería el silencio de las madrugadas de trabajo a las risas altas de los after office de la empresa. "Podría decir lo mismo", respondió él, intentando mantener la voz neutra mientras cerraba el portátil con un clic. "Pero alguien tenía que asegurarse de que estos números no llegaran al escritorio del director con errores de tipeo". Señaló con la barbilla la pila de documentos sobre la mesa, algunos con anotaciones a lápiz en los márgenes. Mariana rió, un sonido bajo y ronco que hizo que algo se agitara en el pecho de Lucas. Se apoyó en el borde de la mesa, inclinándose ligeramente hacia adelante, y él no pudo evitar notar cómo la blusa de seda se deslizaba un poco, revelando la curva suave de sus senos. "Ah, entonces eres de esos que creen que el diablo está en los detalles?", lo provocó, los dedos jugando con la asa de la taza. "¿O solo te gusta hacer de héroe solitario?" Él alzó una ceja, sorprendido por la audacia de la pregunta. "Quizá solo no confío en que los pasantes hagan bien el trabajo", replicó, pero había un tono de broma en su voz que no logró disimular. Mariana no se intimidó. En cambio, dio un paso adelante, reduciendo la distancia entre ellos, y dejó la taza sobre la mesa con un suave tintineo. "Bueno, entonces supongo que tendrás que enseñarme cómo se hace", dijo, la voz bajando a un susurro casi conspirativo. "Porque, si vamos a ser los últimos aquí, alguien tiene que asegurarse de que este proyecto no se vaya al garete". Lucas sintió el aire volverse más denso entre ellos, como si las palabras de ella hubieran robado el oxígeno de la sala. Sabía que debería retroceder, mantener la distancia profesional, pero algo en la forma en que Mariana lo miraba —como si ya supiera exactamente lo que él estaba pensando— lo dejaba paralizado. Ella no era como las otras pasantes, tímidas e inseguras. Lo desafiaba, lo provocaba, como si supiera que bajo esa fachada de hombre serio y controlado, había algo más… *salvaje*. "Está bien", aceptó él, finalmente, la voz ronca. "Pero solo si prometes no distraerme". Mariana sonrió, una sonrisa lenta y peligrosa, y se acercó aún más, hasta que pudo sentir el calor de su cuerpo, el perfume dulce y ligeramente cítrico que emanaba de su piel. "Ah, Lucas", murmuró, los labios casi rozando su oreja, "yo no prometo nada". La oficina estaba en silencio ahora, el zumbido de los ordenadores apagados, el crujido de los papeles siendo el único sonido además de la respiración acelerada de ambos. Afuera, la ciudad ya había caído en la oscuridad, las luces de los edificios distantes parpadeando como estrellas artificiales. Estaban solos, completamente solos, y por primera vez en mucho tiempo, Lucas sintió algo que no era solo cansancio o deber: era *expectativa*. Mariana retrocedió un paso, pero mantuvo los ojos fijos en los suyos, como si estuviera evaluando su reacción. "Entonces, jefe", dijo, la voz cargada de una promesa que él aún no lograba descifrar, "¿por dónde empezamos?" Lucas respiró hondo, intentando concentrarse en los números que bailaban en la pantalla frente a él. El informe final del proyecto debía entregarse antes de la medianoche, y cada celda de la hoja de cálculo parecía exigir más atención de la que él podía dar. Pero, por más que lo intentaba, sus pensamientos insistían en volver a la mujer a su lado—Mariana, con su perfume dulce y cítrico, que ahora se mezclaba con el olor a café viejo y papel reciclado de la oficina. Ella estaba inclinada sobre la mesa, los dedos ágiles recorriendo las teclas del portátil, mientras un mechón de cabello castaño oscuro escapaba del moño improvisado y rozaba levemente su hombro. Lucas sintió el calor de ese mínimo contacto, como una chispa que recorrió su piel bajo la tela de la camisa. Ajustó las gafas, intentando ignorar la sensación, pero sus ojos lo traicionaron, desviándose hacia el escote sutil de la blusa de ella—una V discreta que revelaba solo un atisbo de la curva de sus senos, pero suficiente para acelerar su pulso. — ¿Crees que el cliente aprobará esta proyección? —preguntó Mariana, sin levantar la vista de la pantalla, como si no hubiera notado la dirección de su mirada. O, quizá, como si la hubiera notado *demasiado*. — Depende —respondió Lucas, la voz un poco más ronca de lo que pretendía—. Si es un hombre de negocios racional, sí. Si es un romántico, pensará que somos pesimistas. Ella rió, un sonido bajo y musical, y por fin alzó los ojos hacia él. Los labios, pintados de un rojo discreto, se curvaron en una sonrisa que parecía contener algo más que simple diversión. —Y tú, Lucas, ¿eres racional o romántico? La pregunta quedó suspendida entre ellos, cargada de algo que iba más allá de las palabras. Él sostuvo su mirada, sintiendo el peso de esa intimidad repentina. —Solía ser ambas cosas. Ahora… —Hizo una pausa, sin saber cómo terminar la frase. — Ahora? —insistió Mariana, inclinándose un poco más cerca, como si quisiera escucharlo mejor. O como si quisiera que él la escuchara *mejor*. — Ahora solo intento no complicar las cosas. Ella arqueó una ceja, divertida. —Complicar es lo que hace la vida interesante. Antes de que él pudiera responder, la rodilla de ella rozó la suya por debajo de la mesa. Un contacto leve, casi accidental, pero que hizo reaccionar el cuerpo de Lucas como si hubiera sido alcanzado por una corriente eléctrica. Contuvo la respiración, observándola con atención, pero Mariana no se apartó. Al contrario, dejó que el contacto se prolongara, los ojos fijos en los suyos, desafiantes. — Perdón —murmuró ella, sin ningún rastro de arrepentimiento en la voz—. Debe ser difícil trabajar así, tan… cerca. Lucas tragó saliva. —No es tan difícil como parece. — ¿No? —Deslizó la mano sobre la mesa, los dedos rozando levemente los suyos mientras ajustaba la posición del ratón—. Porque yo estoy encontrando *muy* difícil concentrarme. Él debería haberse apartado. Debería haber retrocedido, retomado el profesionalismo, fingido que nada de eso estaba pasando. Pero el calor de su piel contra la suya era irresistible, y la forma en que lo miraba—como si él fuera lo único en el mundo que importaba—lo dejaba sin defensas. — Mariana… —El nombre salió como una advertencia, pero también como una súplica. — Lucas —respondió ella, imitando su tono, pero con una suavidad que lo desarmó—. Estás temblando. No lo había notado, pero era cierto. Sus manos, antes firmes, ahora temblaban levemente sobre el teclado. —Es el aire acondicionado. — ¿En serio? —Se acercó aún más, hasta que sus labios casi tocaron su oreja—. Porque yo estoy *ardiendo*. El aliento cálido de ella hizo que su piel se erizara. Giró la cabeza, encontrándose a centímetros de su rostro, tan cerca que podía ver las pequeñas pecas esparcidas por su nariz, tan cerca que podía oler el aroma a coco de su champú. Mariana no retrocedió. En cambio, sus labios se entreabrieron, como si esperara algo—o como si lo invitara a tomar. — Estás jugando con fuego —murmuró él, la voz ronca. — ¿Y si lo estoy? —Pasó la punta de la lengua por los labios, un gesto lento, deliberado—. ¿Vas a apagarme? Lucas no respondió. En cambio, extendió la mano y tomó su muñeca, no con fuerza, pero con la firmeza suficiente para que ella supiera que él estaba al mando. O al menos intentándolo. Mariana no opuso resistencia. Al contrario, se inclinó aún más, hasta que sus senos rozaron su brazo, un contacto breve, pero suficiente para hacer que su sangre hirviera. — No sabes lo que estás pidiendo —dijo él, pero sus palabras sonaron débiles incluso para sí mismo. — Sé *exactamente* lo que estoy pidiendo —replicó ella, los ojos brillando con una intensidad que lo dejó sin aliento—. Y tú también. Debería haber parado ahí. Debería haberse acordado de que eran colegas, de que la oficina estaba vacía, pero no desierta—alguien podría volver, alguien podría ver. Pero el deseo que lo consumía era más fuerte que cualquier sentido de autopreservación. Con un movimiento rápido, acercó la silla de ella, hasta que sus cuerpos estuvieron casi pegados, y tomó su rostro entre las manos. Mariana no protestó. En cambio, cerró los ojos y suspiró, como si por fin estuviera recibiendo algo que había esperado durante mucho tiempo. — Última oportunidad de retroceder —susurró él, los labios flotando sobre los de ella. — Yo no retrocedo —respondió ella, y entonces lo besó. No fue un beso suave. Fue urgente, hambriento, como si ambos hubieran estado esperando ese momento desde el primer día en que se vieron. Las manos de Lucas se deslizaron hacia su nuca, acercándola más, mientras Mariana enredaba los dedos en la tela de su camisa, como si quisiera arrancársela. El sabor de ella—menta y algo dulce, como frutas maduras—lo dejó mareado, y profundizó el beso, explorando su boca con una voracidad que lo sorprendió. Cuando por fin se separaron, ambos estaban jadeando. Mariana sonrió, los labios hinchados, los ojos oscuros de deseo. —Eso —dijo, la voz temblorosa— fue mejor de lo que imaginaba. Lucas no respondió. En cambio, pasó el pulgar por su labio inferior, sintiendo la suavidad de su piel, antes de inclinarse para besarla de nuevo. Pero, antes de que sus labios se tocaran, Mariana colocó la mano en su pecho, empujándolo levemente. — Espera —murmuró, el pecho subiendo y bajando con la respiración acelerada—. Todavía tenemos trabajo que hacer. Lucas frunció el ceño, confundido. —¿Ahora? — Sí. —Sonrió, maliciosa—. Porque si seguimos así, no quedará ningún informe para entregar mañana. Él soltó una risa baja, frustrado, pero también admirado por su capacidad de mantener el control cuando él ya había perdido el suyo. —Eres cruel. — Soy práctica —corrigió ella, alejándose un poco, pero manteniendo la mano en su pecho, como si quisiera sentir el ritmo acelerado del corazón de Lucas—. Y tú necesitas aprender a serlo también. Él tomó su mano, entrelazando los dedos con los suyos. —¿Y si no quiero ser práctico? Mariana inclinó la cabeza, estudiándolo con una mirada que lo hizo sentir expuesto. —Entonces tendremos que encontrar una manera de hacer ambas cosas. — ¿Ambas cosas? — Trabajar… —comenzó, acercándose de nuevo, hasta que sus labios rozaron su oreja— y divertirnos. Lucas sintió un escalofrío recorrer su columna. —¿Estás sugiriendo que… — Estoy sugiriendo —lo interrumpió, la voz un susurro seductor— que hagamos una pausa. Él arqueó una ceja. —¿Una pausa? — Sí. —Se levantó, tirando de su mano—. Para un café. Lucas se dejó guiar, pero no sin antes lanzar una última mirada a los documentos esparcidos sobre la mesa. —¿Y el informe? Mariana sonrió, arrastrándolo hacia la cocina. —El informe puede esperar. *Nosotros* no. La cocina de la oficina era un espacio pequeño pero acogedor, con paredes de vidrio esmerilado que dejaban pasar solo un brillo difuso de las luces del pasillo. El olor a café recién hecho se mezclaba con el aroma ligeramente dulce del detergente usado para limpiar la encimera, y el zumbido bajo de la máquina de espresso llenaba el silencio. Mariana soltó la mano de Lucas solo para abrir el armario de madera clara, donde las tazas estaban alineadas como soldados en formación. Eligió dos, una blanca con detalles dorados, otra negra y lisa, y las colocó sobre la encimera con un suave tintineo. — ¿Prefieres fuerte o suave? —preguntó, volviéndose hacia él con una sonrisa que parecía llevar una pregunta mucho más íntima. Lucas se apoyó en la encimera, los brazos cruzados, observándola. La luz amarillenta de la lámpara sobre ellos destacaba los contornos de su rostro, la curva de su cuello, la forma en que sus labios se movían al hablar. Sintió el peso de su mirada sobre él, como si cada palabra fuera una caricia. — Fuerte —respondió, la voz ronca—. Siempre fuerte. Mariana arqueó una ceja, como si la respuesta la divirtiera. —Interesante. Yo imaginaba que eras del tipo que le gusta todo en su punto justo. Equilibrado. Controlado. — ¿Y tú? —devolvió él, acercándose un paso—. ¿Del tipo que le gusta arriesgar? Ella rió, un sonido bajo y vibrante que reverberó en su pecho. —Depende del riesgo. —Tomó la cápsula de café y la insertó en la máquina con movimientos precisos, pero deliberadamente lentos—. Hay riesgos que valen la pena. La máquina comenzó a sisear, y el líquido oscuro brotó en la taza blanca, llenando el aire con un aroma más intenso, casi embriagador. Mariana tomó la taza y se la extendió, los dedos rozando los suyos cuando él la aceptó. El contacto fue breve, pero suficiente para enviar una corriente eléctrica por el cuerpo de Lucas. — Cuidado —murmuró, los ojos fijos en los de él—. Está caliente. Él no apartó la mirada. —Me gusta lo caliente. Una sonrisa lenta se extendió por los labios de ella, como si acabara de confirmar algo que ya sospechaba. Mariana tomó su propia taza, la negra, y se la llevó a los labios, soplando el vapor antes de tomar un sorbo. El movimiento fue casual, pero la forma en que cerró los ojos por un instante, como si saboreara algo mucho más allá del café, hizo que la sangre de Lucas hirviera. — ¿Siempre trabajas hasta tarde? —preguntó, apoyándose en la encimera a su lado, los hombros casi tocándose. — Cuando es necesario. —Tomó un sorbo, sintiendo el líquido quemar su lengua de una manera placentera—. ¿Y tú? ¿No tienes miedo de quedarte sola en la oficina de noche? Mariana inclinó la cabeza, estudiándolo con una mirada que parecía desnudarlo. —¿Miedo? No. Curiosidad, quizá. —Giró la taza entre los dedos, el pulgar trazando círculos lentos en el borde—. Sabes, siempre me he preguntado cómo sería trabajar con alguien tan… intenso. — ¿Intenso? —repitió Lucas, la palabra saliendo más áspera de lo que pretendía. — Sí. —Se acercó un poco más, su perfume—algo cítrico y floral—invadió sus sentidos—. Tienes esa aura de quien se toma todo en serio. Como si cada decisión fuera una cuestión de vida o muerte. — ¿Y eso te molesta? — No. —Sonrió, maliciosa—. Me intriga. Él sintió su cuerpo reaccionar a su proximidad, al tono provocador en su voz, a la forma en que parecía jugar con él como si fuera un juego. Y, por primera vez en mucho tiempo, Lucas no quiso ser el jugador más experimentado. Quería ser atrapado. — ¿Y qué más te intriga? —preguntó, la voz baja, casi un susurro. Mariana llevó la taza a los labios nuevamente, pero no bebió. En cambio, mantuvo los ojos fijos en él mientras el vapor subía entre ellos, como una cortina tenue. — La forma en que me miras —dijo, finalmente—. Como si estuvieras tratando de descifrar un enigma. — Quizá lo esté. — ¿Y has descubierto algo? Lucas dudó por un instante, pero la verdad escapó antes de que pudiera contenerla. —Que te gusta jugar con fuego. Ella rió, un sonido que resonó en el pequeño espacio, haciendo vibrar el aire entre ellos. —¿Y tú? —preguntó, acercándose aún más, hasta que sus cuerpos estuvieron a centímetros de distancia—. ¿Te gusta quemarte? Él no respondió. En cambio, extendió la mano y tocó su muñeca, los dedos deslizándose por su piel suave hasta encontrar el punto donde su pulso latía acelerado. Mariana no se apartó. Al contrario, se inclinó hacia adelante, los labios casi rozando su oreja. — Sabes —murmuró—, no suelo hacer pausas sin motivo. Pero hoy… —Hizo una pausa, el aliento cálido contra su piel—. Hoy tengo ganas de romper algunas reglas. Lucas sintió el corazón martillar contra sus costillas. La mano que sostenía la taza tembló levemente, y la colocó sobre la encimera con cuidado, sin apartar los ojos de ella. — ¿Qué tipo de reglas? —preguntó, aunque ya sabía la respuesta. Mariana sonrió, una sonrisa lenta y peligrosa, y se apartó solo lo suficiente para mirarlo. —Las que dicen que no podemos mezclar el trabajo con… el placer. El aire entre ellos parecía cargado de electricidad, como si una sola palabra pudiera detonarlo todo. Lucas sintió el deseo pulsar en sus venas, una necesidad cruda y urgente que ya no podía ignorar. Pero antes de que pudiera actuar, Mariana se apartó, tomando su taza y llevándosela a los labios una vez más. — Vamos a ver si aguantas el calor —dijo, antes de dar un paso atrás, dejándolo allí, con el cuerpo en llamas y la mente llena de posibilidades prohibidas. Y entonces, como si nada hubiera pasado, se dio la vuelta y caminó de regreso a la sala de reuniones, los tacones golpeando el piso de madera con un ritmo que parecía eco de su propio corazón. Lucas respiró hondo, intentando recuperar el control. Pero sabía que ya era demasiado tarde. El juego había comenzado. Y no tenía la menor intención de detenerse. El aire en la oficina estaba denso, cargado con el olor a café recalentado y algo más—algo que venía de ellos, una mezcla de sudor limpio, el perfume cítrico de Mariana y el calor que emanaba de sus cuerpos demasiado cerca. Lucas observaba los labios de ella mientras hablaba, las palabras perdiéndose en el zumbido que llenaba sus oídos. Cada movimiento de su lengua, cada parpadeo lento, cada vez que sus dedos rozaban los suyos al tomar un documento—era demasiado. La contención, antes una armadura, ahora parecía un hilo a punto de romperse. Mariana dejó de hablar de repente, como si sintiera el peso de su mirada. Se volvió lentamente, los ojos oscuros encontrando los suyos, y sonrió—no la sonrisa provocadora de antes, sino algo más vulnerable, más real. Su respiración estaba ligeramente acelerada, los labios entreabiertos, como si también estuviera esperando. Esperando *por él*. — ¿Vas a quedarte ahí parado, Lucas? —Su voz era un susurro ronco, casi un desafío—. ¿O vas a hacer algo al respecto? Fue suficiente. Con un movimiento rápido, cerró la distancia entre ellos, las manos encontrando su cintura con una urgencia que lo sorprendió incluso a él mismo. Mariana no retrocedió. En cambio, se arqueó contra él, los dedos enredándose en el cuello de su camisa, atrayéndolo hacia abajo. Cuando sus labios se encontraron, no hubo vacilación—solo fuego. El beso fue voraz, hambriento, como si ambos hubieran pasado días, semanas, años esperando ese momento. Su lengua exploró la de ella con una posesividad que hizo gemir a Mariana en voz baja, el sonido vibrando contra su boca. Lucas la empujó contra la mesa de reuniones con un golpe sordo, las carpetas y papeles esparciéndose por el suelo sin que ninguno de los dos se inmutara. Sus manos se deslizaron por su espalda, acercándola más, sintiendo el calor de su cuerpo incluso a través de las capas de tela. Mariana correspondió con la misma intensidad, las uñas arañando levemente su nuca, las caderas moviéndose contra las suyas en un ritmo instintivo. — Joder… —murmuró él contra su boca, la voz áspera de deseo—. No tienes idea de cuánto he querido esto. Mariana rió, un sonido bajo y pecaminoso, y mordió su labio inferior antes de atraerlo de vuelta para otro beso. —Ah, creo que sí —susurró, las palabras cálidas contra su piel—. No eres tan bueno ocultándolo como crees. Él no respondió. No con palabras. En cambio, sus manos bajaron hacia sus muslos, levantándola con facilidad hasta que ella estuvo sentada en el borde de la mesa, las piernas abriéndose automáticamente para acomodarlo. Lucas se acomodó entre ellas, su cuerpo presionando el de ella con una necesidad que rayaba en la violencia. Mariana gimió, los dedos enredándose en su cabello, atrayéndolo más cerca. — Eres tan deliciosa… —murmuró, los labios trazando un camino húmedo por su cuello, sintiendo el pulso acelerado bajo su piel—. Tan perfecta. Mariana inclinó la cabeza hacia atrás, dándole mejor acceso, y él no perdió tiempo. Los dientes rozaron su clavícula, seguidos por la lengua, mientras sus manos exploraban cada curva—los senos firmes bajo la tela fina de la blusa, la cintura estrecha, la cadera que se movía buscando más contacto. Ella se arqueó, un suspiro escapando de sus labios entreabiertos. — Lucas… —Su nombre salió como una súplica, y eso lo enloqueció. Con un movimiento rápido, desabotonó su blusa, revelando un sujetador de encaje negro que apenas contenía sus senos. Mariana no protestó, solo lo observó con los ojos entrecerrados, los labios rojos e hinchados por los besos. Él no resistió. Se inclinó y tomó un pezón en su boca a través de la tela, succionando con la fuerza suficiente para hacerla arquear la espalda y gemir en voz alta. — Así… —susurró ella, las manos sujetando su cabeza en su lugar—. Así. Él obedeció, alternando entre sus senos, la lengua y los dientes trabajando en conjunto para arrancarle sonidos cada vez más desesperados. Mientras tanto, una de sus manos se deslizó hacia abajo, encontrando el dobladillo de su falda y subiéndola, revelando los muslos suaves y el encaje negro de sus bragas. Mariana abrió más las piernas, invitándolo a explorar. Lucas no necesitó más estímulo. Sus dedos rozaron la tela húmeda de las bragas, sintiendo el calor que emanaba de ella. Mariana gimió, las caderas moviéndose en busca de más presión. Él sonrió contra su piel, satisfecho con la reacción. — Tan mojada… —murmuró, los dedos deslizándose bajo el encaje, encontrando su centro ya resbaladizo—. Y solo por provocarme. Mariana soltó un suspiro tembloroso cuando la tocó, sus dedos rodeando su clítoris con una presión lenta y deliberada. —No fue solo por provocarte —logró decir, la voz entrecortada—. Fue por desearte. Las palabras lo golpearon como un puñetazo en el estómago. La besó de nuevo, con más urgencia, mientras sus dedos continuaban trabajando, sintiendo cómo temblaba bajo su toque. Mariana se aferró a él, las uñas clavándose en sus hombros, los gemidos ahogados contra su boca. — Lucas, por favor… —suplicó, las caderas moviéndose en un ritmo frenético—. Necesito más. Él no la hizo esperar. Con un movimiento rápido, apartó las bragas a un lado y deslizó un dedo dentro de ella, sintiendo cómo sus paredes internas se contraían a su alrededor. Mariana gimió en voz alta, la cabeza cayendo hacia atrás. Añadió otro dedo, moviéndolos en un ritmo implacable, mientras su boca encontraba de nuevo su cuello, succionando la piel sensible lo suficiente para dejar una marca. — ¿Te gusta esto? —preguntó, la voz ronca—. ¿Te gusta que te toquen así? — Sí… —jadeó ella, las caderas moviéndose al compás de sus dedos—. Más. Él obedeció, aumentando el ritmo, sintiéndola cada vez más cerca del límite. Los gemidos de ella se volvieron más altos, más desesperados, y supo que estaba a punto de correrse. Pero antes de que pudiera llevarla al clímax, Mariana lo sorprendió. Con un movimiento ágil, lo empujó hacia atrás, los ojos brillando con una determinación que lo excitó aún más. Antes de que pudiera reaccionar, ella se bajó de la mesa y lo empujó contra la pared, las manos trabajando rápidamente en su cinturón y la cremallera de su pantalón. — Mi turno —susurró, los labios rozando su oreja mientras sus dedos envolvían su pene, ya duro y palpitante. Lucas gimió, la cabeza golpeando contra la pared, los ojos cerrándose por un momento mientras ella lo acariciaba con una presión perfecta. Cuando abrió los ojos de nuevo, vio que Mariana estaba de rodillas frente a él, los labios entreabiertos, los ojos fijos en los suyos. — No vas a… —comenzó, pero las palabras murieron en su garganta cuando ella lo tomó en su boca. La sensación fue casi demasiado. Su lengua trabajaba en movimientos circulares, los labios apretándolo con una presión deliciosa, mientras las manos sujetaban la base con firmeza. Lucas agarró su cabello, no para controlar, sino para anclarse, las caderas moviéndose instintivamente en busca de más. — Joder, Mariana… —gimió, la voz ronca—. Me vas a matar. Ella sonrió alrededor de él, los ojos brillando con malicia, antes de aumentar el ritmo, llevándolo cada vez más profundo. Sintió el placer acumularse en la base de su columna, la presión creciendo, pero no quería correrse así. No todavía. Con un esfuerzo sobrehumano, la levantó, besándola con un hambre renovada. Mariana correspondió, los brazos envolviendo su cuello, los cuerpos presionándose uno contra el otro. — Te quiero —murmuró él contra su boca—. Ahora. Mariana no respondió con palabras. En cambio, se dio la vuelta, apoyando las manos en la mesa de reuniones y arqueando la espalda, presentándose para él. La visión de su falda levantada, las bragas apartadas, la piel expuesta y lista para él, fue casi demasiado. Lucas no perdió tiempo. Con un movimiento rápido, le quitó las bragas, dejándolas caer al suelo, y se posicionó detrás de ella. Mariana miró por encima del hombro, los ojos oscuros llenos de deseo. — No me hagas esperar —susurró. No lo haría. Con una mano sujetando su cadera y la otra guiándose dentro de ella, la penetró con un movimiento único y firme. Mariana gimió en voz alta, las uñas arañando la mesa, mientras él se enterraba hasta el fondo. Por un momento, se quedó quieto, sintiéndola a su alrededor, apretada y cálida, antes de comenzar a moverse. Sus gemidos se mezclaron con los de él mientras establecía un ritmo implacable, las embestidas profundas y precisas. La mesa crujía bajo ellos, los papeles esparcidos por el suelo, pero a ninguno de los dos le importaba. Lo único que importaba era el placer creciendo entre ellos, la sensación de estar finalmente entregándose a lo que ambos habían deseado durante tanto tiempo. — Más fuerte —pidió Mariana, la voz temblorosa—. Por favor, Lucas. Él obedeció, las manos sujetando sus caderas con fuerza mientras aumentaba el ritmo, las embestidas volviéndose más profundas, más urgentes. Mariana gimió, el cuerpo temblando bajo el suyo, y supo que estaba cerca. — Córrete para mí —ordenó, la voz ronca—. Ahora. Como si las palabras fueran el detonante final, Mariana arqueó la espalda, un grito ahogado escapando de sus labios mientras el orgasmo la atravesaba. Su cuerpo se contrajo alrededor de él, apretándolo de una manera que lo llevó al límite. Con un gemido ronco, Lucas se enterró una última vez, el placer explotando dentro de él mientras se corría, el cuerpo temblando con la intensidad de la liberación. Por un momento, los dos permanecieron inmóviles, los cuerpos aún conectados, la respiración jadeante llenando el silencio de la oficina. Luego, lentamente, Lucas se retiró, atrayendo a Mariana hacia sus brazos y besándola con una ternura que contrastaba con la pasión salvaje de minutos antes. Ella sonrió contra sus labios, los dedos trazando patrones perezosos en su pecho. — Creo que esta mesa va a necesitar una limpieza —murmuró, la voz aún ronca. Lucas rió, el sonido bajo y satisfecho, antes de besarla de nuevo. — Valió la pena. Mariana se apartó lo suficiente para mirarlo, los ojos brillando con una promesa. — Y esto fue solo el comienzo. Él sintió un escalofrío recorrer su columna, la anticipación creciendo de nuevo. Porque ella tenía razón. Era solo el comienzo. La mesa de reuniones aún vibraba bajo el peso de los cuerpos entrelazados, el barniz frío ahora marcado por el calor de las manos, las uñas, los gemidos ahogados contra la piel. Mariana se apartó lo suficiente para deslizar los dedos por la corbata de Lucas, atrayéndolo más cerca con una sonrisa que prometía mucho más de lo que ese primer momento había saciado. El aire entre ellos estaba cargado, denso como el olor a café viejo mezclado con el sudor fresco, el perfume cítrico de ella, el aroma amaderado de su jabón—una combinación que ahora formaba parte del mapa del deseo que comenzaban a trazar juntos. — ¿Crees que solo esta mesa será suficiente? —lo provocó, la voz baja, los labios rozando el lóbulo de su oreja mientras bajaba de la superficie, los tacones altos resonando en el piso de mármol—. ¿O vamos a explorar el resto de esta oficina? Lucas no respondió con palabras. En cambio, la tomó por la cintura y la giró, presionándola contra la pared de vidrio que separaba la sala de reuniones del pasillo. El reflejo de ellos allí era distorsionado, fragmentado—un brazo aquí, una pierna allá, el contorno de sus cuerpos fundiéndose en sombras. Levantó una de sus manos por encima de la cabeza, sujetándola con firmeza, mientras la otra se deslizaba por su muslo, subiendo la falda ajustada hasta revelar el encaje negro de sus medias. — ¿Te gusta que te vean? —murmuró, los dientes rozando su cuello, sintiendo el pulso acelerado bajo su piel—. Porque aquí, en este vidrio, cualquiera que pasara por fuera podría vernos. Mariana arqueó la espalda, presionándose contra él, los senos aplastados contra su pecho. La tela fina de su blusa no hacía nada para ocultar sus pezones endurecidos, y él no resistió: bajó la cabeza y mordió levemente uno de ellos a través de la tela, arrancándole un gemido. — No me importa —susurró, la respiración entrecortada—. Mientras seas tú quien me esté mirando. Él rió, un sonido oscuro y satisfecho, antes de soltar su mano y bajar los dedos por su vientre, deteniéndose en el botón de su falda. Con un movimiento rápido, lo abrió, dejando que la prenda cayera al suelo. Mariana quedó allí, solo con la blusa, las medias y las bragas—una visión que hizo hervir la sangre de Lucas. Se arrodilló frente a ella, los dedos enganchados en el encaje de sus bragas, bajándolas lentamente, como si tuviera todo el tiempo del mundo. El olor de ella lo golpeó primero—cálido, femenino, embriagador. Presionó el rostro contra su vientre, inhalando profundamente, antes de bajar la boca hasta su cadera, dejando un rastro de besos húmedos por su piel sensible. Mariana agarró su cabello, atrayéndolo más cerca, los dedos enredándose en los mechones mientras él llegaba al punto que ella más deseaba. — Lucas… —su nombre salió como un ruego, un gemido, una súplica. Él no la hizo esperar. Con la lengua, separó sus labios, encontrando el punto exacto donde el placer se concentraba. Mariana gimió en voz alta, las piernas temblando, y la sujetó por los muslos, manteniéndola firme mientras exploraba cada pliegue, cada sensación, cada reacción de su cuerpo. Cuando comenzó a retorcerse, introdujo dos dedos, sintiendo cómo sus paredes internas se apretaban a su alrededor, húmedas, ávidas. — Dios, eres tan deliciosa —murmuró contra su piel, la voz ronca de deseo—. Quiero probarte en todos lados. Mariana no pudo responder. El orgasmo la golpeó como una ola, haciendo que arqueara el cuerpo, los dedos enterrándose en sus hombros mientras temblaba. Lucas no se detuvo, prolongando el placer hasta que ella lo empujó suavemente, los ojos entrecerrados, la respiración aún jadeante. — Tu turno —dijo, la voz arrastrada, antes de arrodillarse frente a él. Él no tuvo tiempo de protestar. Con manos ágiles, ella abrió su cinturón, la cremallera, bajando el pantalón y los calzoncillos en un movimiento fluido. Su pene saltó libre, duro, palpitante, y ella lo envolvió con la mano, acariciándolo lentamente antes de llevar la punta a su boca. Lucas gimió, los dedos enredándose en su cabello mientras ella lo tomaba más profundo, su lengua trabajando en movimientos circulares que lo dejaban al borde del abismo. — Joder, Mariana… —gruñó, apartándola antes de perder el control—. No así. No todavía. Ella sonrió, lamiéndose los labios, los ojos brillando con malicia. — Entonces llévame a otro lugar. Él no necesitó más incentivo. Con un movimiento rápido, la levantó en brazos, llevándola hasta su escritorio—una superficie amplia, cubierta de papeles y bolígrafos esparcidos. Lucas la acostó allí, apartando todo con un gesto brusco, antes de posicionarse entre sus piernas. Mariana lo atrajo hacia abajo, besándolo con hambre, las uñas arañando su espalda por encima de la camisa. — ¿Me vas a follar aquí? —preguntó, la voz baja, los labios rozando los suyos—. En mi escritorio, como si yo fuera solo otro ítem en tu lista de tareas. Lucas rió, mordiendo su labio inferior. — No eres nada en mi lista —murmuró, deslizando la mano entre sus cuerpos, guiándose dentro de ella—. Eres lo único que importa ahora. Y entonces la penetró, despacio al principio, sintiendo cada centímetro de ella envolviéndolo, apretado, húmedo, perfecto. Mariana gimió, las uñas clavándose en sus hombros mientras él comenzaba a moverse, cada embestida más profunda, más intensa, más desesperada. Sus piernas se enredaron en su cintura, atrayéndolo más cerca, como si quisiera fundir sus cuerpos en uno solo. — Más fuerte —pidió ella, la voz quebrada—. Por favor, Lucas… Él obedeció. Apoyándose en los brazos, aumentó el ritmo, las caderas golpeando contra las suyas con fuerza, el sonido de la piel chocando resonando en la oficina vacía. Mariana arqueó la espalda, los senos saltando con cada movimiento, y él no resistió: bajó la cabeza y capturó un pezón entre los dientes, mordiendo levemente antes de succionarlo, arrancándole otro gemido. — Así… así… —susurró ella, los dedos enterrándose en su cabello—. No pares… Él no tenía intención de parar. Cada vez que entraba en ella, sentía el placer construyéndose, una presión creciente que amenazaba con explotar en cualquier momento. Pero no quería correrse solo. No esta vez. Deslizó una mano entre sus cuerpos, encontrando su clítoris con los dedos, frotando en círculos firmes mientras continuaba moviéndose. Mariana gritó, el cuerpo entero tensándose, y supo que estaba cerca. Aceleró el ritmo, sintiendo cómo sus paredes internas se contraían a su alrededor, apretándolo de una manera que lo llevó al límite. Con un gemido ronco, Lucas se enterró una última vez, el placer explotando dentro de él mientras se corría, el cuerpo temblando con la intensidad de la liberación. Por un momento, los dos permanecieron inmóviles, los cuerpos aún conectados, la respiración jadeante llenando el silencio de la oficina. Luego, lentamente, Lucas se retiró, atrayendo a Mariana hacia sus brazos y besándola con una ternura que contrastaba con la pasión salvaje de minutos antes. Ella sonrió contra sus labios, los dedos trazando patrones perezosos en su pecho. — Creo que este escritorio va a necesitar una limpieza —murmuró, la voz aún ronca. Lucas rió, el sonido bajo y satisfecho, antes de besarla de nuevo. — Valió la pena. Mariana se apartó lo suficiente para mirarlo, los ojos brillando con una promesa. — Y esto fue solo el comienzo. Él sintió un escalofrío recorrer su columna, la anticipación creciendo de nuevo. Porque ella tenía razón. Era solo el comienzo. Y mientras los dos se vestían en silencio, intercambiando miradas furtivas y sonrisas cómplices, la oficina parecía diferente ahora. Cada sombra, cada rincón, cada superficie llevaba el eco de lo que habían hecho—y la promesa de lo que aún estaba por venir. Lucas ajustó su corbata, lanzando una última mirada a Mariana, que acomodaba su falda con un movimiento lento, deliberado. — Mañana por la noche —dijo, la voz baja, cargada de intención—. A la misma hora. Ella sonrió, los labios aún hinchados por los besos. — Horas extras prohibidas —asintió. Y con eso, los dos salieron de la oficina, dejando atrás un rastro de placer y la certeza de que, muy pronto, volverían a empezar. El aire acondicionado zumbaba bajo, como un suspiro prolongado del propio edificio, mientras Lucas y Mariana se recomponían entre las sombras de la oficina. El olor a café frío se mezclaba con el perfume dulce del sudor y el sexo, un aroma que ahora marcaba ese espacio como suyo—un territorio conquistado, íntimo, prohibido. Las luces de la ciudad, filtradas por las persianas entreabiertas, pintaban franjas doradas sobre la piel aún sensible de Mariana, destacando los arañazos leves en sus hombros, las marcas de los dedos de Lucas en su cintura. Él la observaba mientras abotonaba la camisa, los dedos moviéndose con una lentitud deliberada, como si cada gesto fuera parte de un ritual. Mariana, sentada en el borde de la mesa de reuniones—esa misma que horas antes había servido de apoyo para sus cuerpos entrelazados—, balanceaba las piernas lentamente, los tacones altos colgando de los dedos de sus pies. El vestido, ahora arrugado, apenas cubría sus muslos, y no parecía importarle. De hecho, había algo desafiante en la forma en que lo miraba, como si supiera exactamente el efecto que su desorden causaba en él. — ¿Te está gustando el espectáculo? —preguntó, la voz ronca, los labios curvados en una sonrisa perezosa. Lucas terminó de ajustar el cinturón y se acercó, deteniéndose entre sus piernas. La tela de su falda rozó su pantalón, un recordatorio táctil de lo que había sucedido allí. Tomó su mentón con dos dedos, inclinando su rostro hacia arriba, y la besó lentamente, saboreando el sabor residual de vino y deseo. — Podría pasar la noche entera mirándote —murmuró contra su boca—. Pero me da miedo que, si lo hago, nunca más pueda salir de aquí. Mariana rió, un sonido bajo y vibrante, y envolvió su cuello con los brazos. — ¿Y cuál sería el problema? —lo provocó, mordisqueando su labio inferior—. El edificio está vacío. Nadie nos interrumpirá. — No es solo el edificio —respondió Lucas, pasando la mano por su espalda, sintiendo su piel aún caliente bajo la tela fina—. Es el hecho de que, si no salgo de aquí ahora, voy a terminar arrojándote de vuelta a esa silla y no podremos caminar derecho mañana. Ella arqueó una ceja, los ojos brillando con malicia. — Promesas, promesas… Él gimió, presionando la frente contra la de ella. — Eres imposible. — Y a ti te encanta —replicó ella, atrayéndolo para otro beso, este más profundo, más urgente. Cuando se separaron, ambos estaban jadeando—. Pero estoy de acuerdo. Debemos irnos antes de que la seguridad comience su ronda. Lucas asintió, pero no se movió. En cambio, sus dedos trazaron el contorno de su clavícula, bajando hasta el valle entre sus senos, donde el vestido aún estaba ligeramente abierto. Mariana contuvo la respiración cuando rozó su pezón, ya duro de nuevo, y un escalofrío recorrió su columna. — O —susurró, la voz cargada de sugerencia— podemos dejar que la seguridad nos atrape. Él rió, un sonido oscuro y delicioso, y pellizcó levemente el punto sensible entre su cuello y su hombro. — No me tientes. Mariana se apartó con un suspiro exagerado, deslizándose de la mesa y equilibrándose sobre los tacones. Acomodó el vestido con movimientos lentos, conscientes, sabiendo que sus ojos la seguían. Cuando terminó, se volvió hacia él, los dedos jugando con la correa de su bolso. — Entonces, jefe —dijo, la palabra cargada de ironía—, ¿qué hacemos ahora? Lucas cruzó los brazos, observándola con una intensidad que la hizo sentir desnuda de nuevo. — Ahora —respondió—, salimos de aquí. Como profesionales. Como si nada hubiera pasado. — ¿Y después? — Después —se acercó, la voz baja, casi un susurro—, planeamos la próxima vez. Mariana mordió su labio, conteniendo una sonrisa. — ¿Y cuándo sería esa próxima vez? Lucas fingió pensar, pero sus ojos ya brillaban con la respuesta. — Mañana es viernes. La oficina estará vacía de nuevo. — ¿Horas extras? —preguntó ella, arqueando una ceja. — Horas extras —confirmó él—. Pero esta vez, sin prisa. Ella rió, un sonido que resonó en las paredes vacías de la oficina. — ¿Sin prisa ninguna? — Ninguna —prometió—. Quiero explorar cada centímetro de este lugar contigo. Cada mesa, cada silla, cada sala de reuniones. — ¿Y qué más? — Y —murmuró, los labios rozando su lóbulo— quiero escucharte gritar mi nombre en todas ellas. Ella soltó un gemido bajo, las uñas clavándose en sus brazos. — Me vas a matar. — No —corrigió él, la mano deslizándose hacia la parte posterior de su muslo, atrayéndola contra sí—. Solo estoy asegurándome de que no olvides lo que pasó aquí hoy. Mariana cerró los ojos por un momento, dejándose llevar por la sensación de su cuerpo contra el de él, por la promesa implícita en cada toque. — Como si pudiera olvidar —susurró. Lucas sonrió, satisfecho, y finalmente se apartó, tomando su chaqueta del respaldo de una silla. — Vamos —dijo, extendiendo la mano—. Antes de que cambie de opinión. Ella entrelazó los dedos con los suyos, sintiendo el calor de su palma contra la suya, y juntos caminaron hacia la puerta. Antes de salir, sin embargo, Mariana se detuvo, mirando hacia atrás, hacia la oficina ahora silenciosa, iluminada solo por las luces de la ciudad. — Sabes —dijo, la voz suave—, siempre pensé que este lugar era frío. Impersonal. Lucas apretó su mano. — ¿Y ahora? — Ahora —respondió, volviéndose hacia él con una sonrisa—, es nuestro. Él no dijo nada. Solo la atrajo para un último beso, este rápido, intenso, cargado de todo lo que aún estaba por venir. Cuando se separaron, Mariana respiró hondo, sintiendo el peso del secreto entre ellos—un secreto delicioso, peligroso, que los unía de una manera que ningún contrato de trabajo jamás podría. — Mañana —repitió ella, como una promesa. — Mañana —asintió él. Y con eso, salieron, dejando atrás las sombras de la oficina, pero llevando consigo la certeza de que, muy pronto, volverían. Porque ahora, ese lugar ya no era solo una oficina. Era un playground. Y apenas habían comenzado a jugar.

🔥 Keep the fantasy going

Chat, tease and live out your desires with an AI girlfriend available 24/7 - she is up for anything you imagine.

Meet your AI girlfriend →

Publicidade +18