Horas Extras en el Silencio de la Oficina
Por Tonkix

**Horas Extras en el Silencio de la Oficina**
El reloj en la pared de la oficina marcaba las 20:47 cuando Clara levantó la vista de la pantalla, frotándose la nuca con los dedos helados. La luz azulada se reflejaba en sus gafas de montura fina, iluminando el cansancio que ya comenzaba a marcar sus párpados. Afuera, la ciudad respiraba en tonos de neón y sombras, las luces de los edificios distantes parpadeando como estrellas atrapadas en el concreto. Soltó un suspiro largo, sintiendo el peso de las últimas semanas—noches en vela, informes interminables, la presión constante de la dirección. Pero allí, en ese silencio roto solo por el zumbido del aire acondicionado, había algo casi íntimo en la soledad compartida.
Rafael apareció en el vano de la puerta como si hubiera sido conjurado por sus pensamientos. Traía dos tazas de café humeante, el vapor danzando entre ellos antes de disiparse en el aire climatizado. El aroma fuerte de los granos tostados invadió el espacio, mezclándose con el perfume discreto de Clara, algo floral y ligeramente cítrico, que él ya había notado antes, en los pasillos durante las reuniones.
—Creí que podrías necesitar esto —dijo, extendiendo una de las tazas—. ¿O prefieres que me la lleve y finja que nunca la ofrecí?
Clara sonrió, aceptando la bebida con un gesto lento, los dedos rozando los de él un segundo más de lo necesario. El contacto fue breve, casi imperceptible, pero suficiente para que ambos sintieran el calor subir por el brazo.
—Eres un salvador —respondió ella, llevando la taza a los labios. El líquido le quemó la lengua, pero no le importó. Necesitaba ese ardor para mantenerse despierta—. No sé cómo logras trabajar hasta tarde y aún tener energía para ser amable.
Rafael rio, un sonido grave y ronco que resonó en las paredes vacías. Se apoyó en el borde de su escritorio, cruzando los brazos sobre el pecho. La camisa de vestir, ahora ligeramente arrugada, se ajustaba a sus hombros anchos, y Clara notó, no por primera vez, cómo los primeros botones abiertos revelaban la base del cuello, donde una vena latía lentamente.
—La amabilidad es estrategia —bromeó, inclinando la cabeza—. Si soy un idiota, no vas a querer ayudarme a terminar este proyecto a tiempo, y entonces me despiden. Y nadie quiere ver a un consultor desempleado.
—Ah, entonces es puro interés —provocó ella, arqueando una ceja—. ¿Debo sentirme ofendida?
—No. Debes sentirte impresionada por mi honestidad.
La oficina estaba casi toda apagada, excepto por las luces de emergencia y el brillo de las pantallas de los ordenadores. Los cubículos, antes llenos de voces y teclados, ahora parecían cuevas oscuras, y las salas de reuniones, con sus paredes de vidrio, solo los reflejaban a ellos, como si fueran los últimos habitantes de un mundo en suspenso. Rafael miró alrededor, absorbiendo la quietud.
—Es extraño, ¿no? —murmuró—. La oficina vacía tiene algo de… voyeurístico. Como si estuviéramos invadiendo un lugar que no nos pertenece.
Clara siguió su mirada, observando los escritorios vacíos, los post-its olvidados, los vasos de café a medio terminar dejados atrás. Había algo erótico en eso, en la idea de un espacio normalmente ocupado por decenas de personas, ahora entregado solo a ellos. Sintió un escalofrío recorrer su espalda.
—O como si fuéramos los únicos que quedamos —respondió ella, bajando la voz casi a un susurro—. Como si el mundo ahí fuera se hubiera detenido y solo nosotros dos siguiéramos aquí.
Rafael la miró, los ojos oscuros fijos en los suyos. Por un momento, ninguno de los dos habló. El aire entre ellos parecía cargado, como antes de una tormenta, y Clara sintió el peso de esa proximidad, la manera en que el cuerpo de él ocupaba el espacio junto al suyo, la forma en que su perfume—algo amaderado, con un toque de cuero—se mezclaba con el de ella.
—Entonces aprovechemos que somos los últimos —dijo él, finalmente, rompiendo el silencio—. Antes de que el mundo vuelva a girar.
Clara asintió, pero no se movió. Había algo en su tono, en la manera en que las palabras sonaron como una invitación, que la hizo dudar. Sabía que deberían volver al trabajo, que el informe debía entregarse por la mañana, pero en ese instante, con las luces de la ciudad titilando afuera y el calor del café aún quemándole la mano, todo lo que quería era quedarse allí, suspendida en ese umbral entre lo profesional y lo personal.
Rafael se apartó del escritorio con un movimiento lento, como si estuviera probando cuánto lo dejaría acercarse. Tomó el control del aire acondicionado y ajustó la temperatura, haciendo que una ráfaga de aire más cálido circulara por el ambiente.
—¿Tienes frío? —preguntó, aunque sabía que no era eso.
Clara negó con la cabeza, pero no dijo nada. Solo observó mientras él se acercaba de nuevo, esta vez deteniéndose tan cerca que podía sentir el calor del cuerpo de él irradiando contra el suyo. Por un segundo, pensó en retroceder, en volver a la seguridad de su escritorio, pero algo la mantuvo en su lugar.
—Clara —murmuró él, y el sonido de su nombre en sus labios fue casi una caricia.
Ella levantó la vista, encontrándose con los ojos de él. Había algo allí, una pregunta que ninguno de los dos se atrevía a hacer en voz alta. La oficina, antes solo un escenario, ahora parecía latir a su alrededor, cada sombra, cada superficie, cada rincón vacío cargado de posibilidades.
—¿Sí? —respondió ella, la voz saliendo más baja de lo que pretendía.
Rafael sonrió, una sonrisa lenta y deliberada, como si supiera exactamente el efecto que estaba causando en ella.
—Terminemos este proyecto antes de que haga algo de lo que ambos nos arrepintamos.
Clara sintió el corazón latir más fuerte, pero no retrocedió. En cambio, se volvió hacia el ordenador, ajustando las gafas con un gesto que sabía era seductor sin necesidad de intención.
—Entonces será mejor que empecemos pronto —dijo, haciendo clic en el teclado con dedos que temblaban levemente—. Porque no estoy segura de querer que te arrepientas.
El aire entre ellos se volvió aún más denso, cargado de algo que ninguno de los dos se atrevía a nombrar. Rafael se acercó al escritorio de ella, acercando una silla para sentarse a su lado. La proximidad era casi insoportable, los brazos casi rozándose, las rodillas tan cerca que Clara podía sentir el calor de la pierna de él incluso a través de la tela del pantalón.
—Vamos —dijo él, la voz ronca—. Terminemos esto.
Y así, bajo las luces de la ciudad que nunca dormía, volvieron al trabajo, cada clic del ratón, cada respiración, cada mirada furtiva cargada de una tensión que crecía a cada segundo, como una cuerda estirada a punto de romperse.
El reloj en la pared marcaba veinte para las nueve cuando Clara empujó la silla hacia atrás con un suspiro, estirando los brazos por encima de la cabeza. El movimiento levantó ligeramente la blusa de seda, revelando un destello de la piel suave de su cintura, y Rafael no apartó los ojos a tiempo. La tela volvió a ajustarse a su cuerpo como una segunda piel, pero la imagen ya estaba grabada: el contorno suave de las costillas, la curva sutil de la cadera, la manera en que el aire parecía pegarse a ella.
—¿Café? —preguntó, la voz ligeramente ronca por el cansancio, pero aún firme—. ¿O eres de esos que trabajan mejor con adrenalina pura?
Rafael sonrió, levantándose también. La oficina estaba casi toda apagada, excepto por las lámparas de la sala de reuniones donde trabajaban, y la luz amarillenta creaba sombras largas en las paredes.
—La adrenalina está sobrevalorada —dijo, siguiéndola hasta la pequeña cocina al final del pasillo—. Prefiero algo que me mantenga despierto sin dejarme las manos temblorosas.
Clara rio, un sonido bajo y musical que reverberó en el espacio vacío. Tomó dos tazas del armario, los dedos rozando la porcelana fría antes de colocarlas bajo la máquina de café. El aroma fuerte y amargo comenzó a extenderse, mezclándose con el olor a papel, tinta y el perfume sutil de ella—algo cítrico, con un toque de vainilla que parecía pegarse al aire.
—¿Entonces eres de los que necesitan estímulos externos? —provocó, girándose para mirarlo mientras la máquina gorgoteaba.
Rafael se apoyó en la encimera, cruzando los brazos. La postura era casual, pero sus ojos no. Recorrieron el rostro de ella con una intensidad que hizo que Clara contuviera la respiración por un segundo: la mandíbula definida, los labios llenos, la manera en que el cabello castaño caía en ondas sueltas sobre los hombros, sujeto solo por una pinza que parecía a punto de ceder.
—Depende del estímulo —respondió, la voz más baja ahora, casi un murmullo.
Ella apartó la mirada primero, tomando las tazas y entregándole una. Los dedos se tocaron por un instante, y el contacto fue como una chispa—breve, pero suficiente para dejar un rastro de calor. Clara llevó la taza a los labios, observándolo por encima del borde. Rafael no bebió. En cambio, mantuvo los ojos fijos en ella, como si estuviera esperando algo.
—Eres muy buena en lo que haces —dijo él, finalmente, rompiendo el silencio—. La forma en que organizaste esos informes, cómo anticipas los problemas… Es impresionante.
Clara sintió el elogio como un toque físico, algo que se extendía por su pecho y bajaba hasta el estómago. Sonrió, pero había un rastro de vulnerabilidad allí, algo que no solía mostrar.
—Gracias. Pero tú tampoco estás nada mal. —Inclinó la cabeza, estudiándolo—. Sobre todo para alguien que llegó hace dos semanas y ya logró volver loca a la mitad de la oficina.
Rafael rio, un sonido grave y ronco que hizo que algo dentro de ella se contrajera.
—¿Solo la mitad?
—Bueno, la otra mitad aún se está recuperando del shock de tener a alguien que sabe lo que hace.
Él dio un paso adelante, acortando la distancia entre ellos. La encimera detrás de Clara no dejaba mucho espacio para retroceder, y ella no lo intentó. En cambio, levantó la barbilla, desafiándolo a acercarse más.
—¿Y tú? —preguntó, la voz casi un susurro—. ¿En qué mitad estás?
Clara no respondió de inmediato. Llevó la taza a los labios de nuevo, pero no bebió. Solo dejó que el vapor caliente acariciara su rostro, ganando tiempo. Cuando finalmente habló, sus palabras fueron cuidadosas, medidas.
—Todavía lo estoy decidiendo.
Rafael sonrió, lento y peligroso. Extendió la mano, tomando un mechón de su cabello entre los dedos, enredándolo lentamente. El toque fue ligero, casi casual, pero el gesto llevaba una intimidad que hizo que el aire entre ellos se volviera más denso.
—Entonces tengo una oportunidad —murmuró.
Clara sintió el corazón latir más fuerte. Debería haber retrocedido. Debería haber reído, hecho un chiste, cualquier cosa para aliviar la tensión. Pero no hizo nada de eso. En cambio, se inclinó ligeramente hacia adelante, los labios entreabiertos, el aliento caliente mezclándose con el de él.
—Tal vez —dijo, la voz casi inaudible.
Por un segundo, ninguno de los dos se movió. El mundo parecía haberse detenido: el zumbido lejano del aire acondicionado, el tictac del reloj, incluso la ciudad afuera, con sus faros parpadeando a través de las ventanas. Solo existían ellos, el calor de los cuerpos tan cerca, la promesa de algo que ninguno de los dos se atrevía a nombrar.
Entonces, Rafael soltó el mechón de cabello y retrocedió, rompiendo el hechizo. Clara exhaló, dándose cuenta solo entonces de que había contenido la respiración. Él tomó su taza, finalmente dando un sorbo al café, los ojos nunca dejando los de ella.
—Mejor volvemos —dijo, la voz volviendo al tono profesional, pero con un rastro de algo más, algo que no podía ocultar—. Aún tenemos trabajo por hacer.
Clara asintió, pero no se movió de inmediato. Necesitó un segundo para recomponerse, para ajustarse las gafas en la nariz y fingir que no sentía el cuerpo entero vibrando, como si cada terminación nerviosa estuviera despierta y alerta.
—Sí —aceptó, finalmente—. Terminemos esto.
Caminaron de regreso a la sala de reuniones en silencio, pero el aire entre ellos ahora era diferente. Más pesado. Más vivo. Cada paso resonaba en el suelo de madera, cada respiración parecía más alta, más consciente. Cuando llegaron a la mesa, Clara se sentó, pero Rafael no ocupó la silla a su lado. En cambio, se acercó por detrás, inclinándose sobre su hombro para señalar algo en la pantalla del ordenador.
—Aquí —dijo, el aliento caliente rozando su oreja—. Este dato necesita ajustarse.
Clara sintió todo su cuerpo reaccionar al contacto. Los dedos le temblaban levemente al mover el ratón, y sabía que él lo notaba. Sabía que lo estaba haciendo a propósito, probando los límites, viendo hasta dónde podía llegar sin que ninguno de los dos dijera nada.
—¿Así? —preguntó, la voz un poco más aguda de lo que le hubiera gustado.
Rafael no respondió de inmediato. En cambio, se inclinó más, los labios casi tocando la piel sensible de su cuello. Clara cerró los ojos por un segundo, sintiendo el calor de él, el olor a café y algo más—algo masculino, amaderado, que la hacía querer girarse y acercarlo más.
—Perfecto —murmuró él, finalmente, apartándose con un movimiento lento y deliberado.
Clara respiró hondo, intentando ignorar el hormigueo en la piel donde él había estado. Hizo clic en el teclado, pero las palabras en la pantalla parecían borrosas, indistintas. Todo en lo que podía pensar era en la manera en que la miraba, como si estuviera a punto de devorarla allí mismo, sobre la mesa de reuniones.
—¿Estás bien? —preguntó Rafael, la voz cargada de una falsa inocencia.
Clara se giró hacia él, los ojos oscuros brillando con algo que no era solo cansancio.
—Estoy —mintió.
Él sonrió, sabiendo que mentía. Y entonces, sin decir nada más, volvió a su silla, dejando a Clara con la sensación de que algo había cambiado entre ellos—algo que no podría deshacerse.
El silencio que siguió fue cargado, eléctrico. Cada movimiento, cada respiración, parecía amplificado. Clara tecleó algo en el ordenador, pero no podía concentrarse. Los números en la pantalla bailaban, y lo único en lo que podía pensar era en la proximidad de él, en la manera en que sus miradas se encontraban y se demoraban, en la tensión que crecía a cada segundo, como un hilo estirado a punto de romperse.
Rafael se movió en la silla, cruzando las piernas. El movimiento hizo que la tela del pantalón se ajustara a los muslos, y Clara no pudo evitar una mirada rápida, apreciativa. Cuando levantó la vista, se encontró con los ojos de él—oscuros, intensos, llenos de una pregunta que ninguno de los dos estaba listo para responder.
—Clara —comenzó él, la voz ronca.
Pero ella lo interrumpió antes de que pudiera continuar.
—Tenemos que terminar esto —dijo, la voz firme, pero los dedos aún temblando levemente en el teclado—. Antes de que hagamos alguna tontería.
Rafael no respondió. Solo asintió, los ojos nunca dejando los de ella.
Y así, bajo las luces artificiales de la oficina, volvieron al trabajo, cada clic del ratón, cada página pasada, cada suspiro contenido cargando la promesa de algo que estaba por venir.
La sala de reuniones estaba sumida en un silencio denso, roto solo por el crujido de los papeles y el zumbido bajo del aire acondicionado. Las luces de la ciudad, afuera, pintaban el cristal de las ventanas en tonos de azul y naranja, como si el mismo cielo estuviera en combustión lenta. Clara ajustó las gafas en la nariz, intentando concentrarse en la hoja de cálculo frente a ella, pero la presencia de Rafael a su lado era una distracción constante: el olor de su colonia, algo cítrico y amaderado, mezclado con el calor de su cuerpo, tan cerca que podía sentir el leve roce de la tela de su camisa contra su brazo.
Estaban inclinados sobre la mesa de reuniones, los documentos esparcidos entre ellos como un campo minado. Cada vez que uno de los dos se inclinaba para señalar algo, el espacio entre ellos se reducía, y el aire parecía más espeso, cargado de una electricidad que hacía erizarse los vellos de los brazos de Clara.
—Aquí —dijo Rafael, señalando una línea en la hoja de cálculo—. Los números no coinciden con el informe anterior.
Clara se acercó, el hombro rozando el de él. El contacto fue breve, casi imperceptible, pero suficiente para que ambos sintieran el escalofrío. Contuvo la respiración por un segundo, los dedos flotando sobre el teclado del portátil.
—Tienes razón —murmuró, intentando ignorar cómo el cuerpo de él parecía reaccionar a la proximidad, la manera en que los músculos del brazo se tensaban bajo la manga de la camisa—. Debe ser un error de escritura.
Rafael no se movió. Solo permaneció allí, los ojos fijos en la pantalla, pero Clara podría jurar que él era consciente de cada centímetro de piel expuesta entre ellos: el pulso de ella, donde la vena latía más rápido, el cuello, donde un mechón de cabello se había escapado del moño y ahora rozaba el cuello de la blusa.
—Voy a corregirlo —dijo, la voz un poco más baja de lo que pretendía.
Los dedos de Rafael se deslizaron sobre la mesa, cerca de los de ella. No era un toque intencional, pero tampoco completamente accidental. El costado de su mano rozó la de ella, y Clara sintió el calor extenderse por su brazo, subiendo hasta el rostro. No se apartó. En cambio, dejó que sus dedos se detuvieran un segundo más de lo necesario, como si estuviera probando el límite.
Rafael giró el rostro lentamente, los labios entreabiertos. El aire entre ellos parecía vibrar.
—Clara —comenzó, la voz ronca, como si las palabras tuvieran que atravesar una barrera de deseo antes de salir.
Ella levantó la vista, encontrándose con los ojos de él. Había algo allí, algo crudo y urgente, que hizo que su estómago se contrajera. Pero entonces, como si despertara de un sueño, parpadeó y se apartó ligeramente, cruzando los brazos sobre el pecho.
—Tenemos que terminar esto —dijo, la voz firme, pero el tono traicionando la tensión que aún la recorría—. Antes de que crucemos la línea.
Rafael no respondió de inmediato. Solo la observó por un largo momento, los ojos oscuros recorriendo su rostro, como si estuviera memorizando cada detalle. Luego, con un movimiento lento, se recostó en la silla, rompiendo el contacto.
—Tienes razón —murmuró, pasando la mano por el cabello—. Pero es difícil mantener el enfoque cuando estás así.
Clara sintió el rostro enrojecer.
—¿Así cómo?
—Así —repitió él, la voz baja, casi un susurro—. Con esa blusa que marca cada curva, ese olor a vainilla que queda en el aire cuando pasas, esas gafas que te dan un aire de profesora traviesa.
Ella rio, pero el sonido salió estrangulado, porque la imagen que las palabras de él pintaron en su mente era peligrosamente vívida.
—Rafael…
—Ya sé, ya sé —interrumpió él, levantando las manos en señal de rendición—. Las horas extras son para trabajar.
Pero la sonrisa que le lanzó era todo menos profesional. Era el tipo de sonrisa que prometía cosas, que hacía latir el corazón más rápido y dejaba la respiración atrapada en la garganta.
Volvieron a los documentos, pero la tensión no disminuyó. Cada vez que uno de los dos se movía, el otro reaccionaba: un suspiro contenido, un ajuste en la postura, una mirada furtiva. Clara sentía todo su cuerpo en alerta, como si estuviera esperando algo, aunque no supiera exactamente qué.
Entonces, cuando Rafael extendió la mano para tomar un bolígrafo al mismo tiempo que ella, los dedos se tocaron de nuevo. Esta vez, no fue un roce accidental. Fue deliberado. Clara no retiró la mano. Rafael tampoco.
Por un segundo, permanecieron así, los dedos entrelazados sobre la mesa, el aire entre ellos tan cargado que parecía a punto de estallar. Clara podía sentir el calor de la piel de él, la textura ligeramente áspera de las yemas de sus dedos, la manera en que su pulgar, sin querer—o quizá queriendo—, acariciaba el dorso de su mano.
—Esto es una pésima idea —murmuró, pero no se apartó.
—Probablemente —coincidió él, la voz baja, los ojos fijos en los de ella—. Pero ¿desde cuándo seguimos las reglas?
Clara sintió todo su cuerpo hormiguear. Sabía que debería apartarse, que debería volver al trabajo, que debería mantener la profesionalidad. Pero la verdad era que no quería. No en ese momento. No con él.
Y entonces, como si hubiera leído sus pensamientos, Rafael se inclinó hacia adelante, los labios casi tocando su oreja.
—¿Qué tal un descanso? —susurró—. Solo para aclarar las ideas.
Clara tragó saliva, el corazón latiendo tan fuerte que estaba segura de que él podía escucharlo.
—¿Qué tipo de descanso? —preguntó, la voz quebrada.
Rafael sonrió, lento y peligroso.
—Creo que lo sabes.
Y antes de que ella pudiera responder, se levantó, extendiendo la mano hacia ella. Clara miró esos dedos largos, la palma abierta, y supo que, si aceptaba, no habría vuelta atrás.
Pero, en ese momento, no quería volver.
Clara dudó solo un segundo antes de colocar su mano en la de él. La piel de Rafael estaba caliente, los dedos firmes al envolver los suyos, y ese simple contacto envió una corriente eléctrica por su brazo, bajando por su columna hasta alojarse entre sus piernas. Él la atrajo con suavidad, pero con una determinación que no dejaba espacio para dudas: ella estaba eligiendo *esto*. Eligiendo *a él*.
La sala de reuniones estaba al final del pasillo, una de esas salas acristaladas que reflejaban las luces de la ciudad como estrellas caídas al suelo. Rafael abrió la puerta y le hizo un gesto para que entrara primero, una media sonrisa jugando en sus labios. Clara pasó junto a él, consciente de cómo sus ojos la seguían, de la manera en que su respiración parecía contenerse por un instante cuando ella rozó su cuerpo al pasar.
El sofá de cuero negro, amplio y acogedor, ocupaba un rincón de la sala. Rafael cerró la puerta tras ellos—no la trabó, pero el sonido del pestillo resonó como un punto final en cualquier posibilidad de retorno. Clara se sentó primero, las piernas cruzadas, las manos apoyadas en las rodillas. Él se acomodó a su lado, no tan cerca como para ser invasivo, pero lo suficientemente cerca como para que ella sintiera el calor de su cuerpo irradiando, para que el perfume amaderado de su colonia se mezclara con el olor a cuero y papel viejo de la oficina.
—Entonces —comenzó él, recostándose con un aire de falsa casualidad—, ¿cuál es el veredicto? ¿Realmente necesitamos este descanso?
Clara rio, un sonido bajo y nervioso que traicionó su intento de parecer indiferente.
—Tú lo sugeriste. Pensé que tenías un plan.
—Ah, lo tengo —murmuró Rafael, los ojos oscuros fijos en ella—. Pero primero, quiero saber qué *necesitas tú*.
La pregunta quedó suspendida en el aire, cargada de significados. Clara sintió la garganta seca. Podría haber respondido con una broma, con un comentario profesional, con cualquier cosa que aliviara la tensión. Pero no lo hizo.
—No sé —admitió, la voz más suave de lo que pretendía—. Tal vez… algo que me haga olvidar que estamos en el trabajo.
Rafael sonrió, lento, como si ella le hubiera dado la respuesta que él quería.
—Eso puedo proporcionarlo.
Se inclinó un poco más, los codos apoyados en las rodillas, los dedos entrelazados. Clara observó cómo los músculos de sus antebrazos se movían bajo la manga de la camisa, la manera en que las venas se marcaban levemente—detalles que, hasta entonces, nunca había notado. O quizá los había notado, pero nunca se había atrevido a admitir.
—¿Siempre eres así? —preguntó, intentando mantener la conversación ligera, pero fallando—. ¿Tan… seguro?
—Solo cuando estoy seguro —respondió él, la voz baja—. Y ahora, Clara, estoy seguro de algunas cosas.
—¿Como qué?
—Como el hecho de que estás tan curiosa como yo. —Se acercó más, la rodilla rozando la de ella—. Que sientes el mismo calor que yo cuando nos tocamos. Y que, si te besara ahora, no me detendrías.
El corazón de ella se aceleró. Las palabras de él eran una provocación, un desafío, y lo sabía. Pero también sabía que tenía razón.
—Eres muy engreído —murmuró, pero no se apartó.
—No es engreimiento. Es observación. —Rafael levantó la mano, los dedos rozando levemente su brazo, trazando un camino lento desde el codo hasta la muñeca. Clara contuvo la respiración—. Por ejemplo, noté que contienes el aliento cuando me acerco. Que tus labios se entreabren cuando crees que no estoy mirando. Que tus pupilas se dilatan cuando digo algo que te excita.
Debería haberse sentido expuesta. Vulnerable. Pero, en cambio, se sintió *viva*, como si cada terminación nerviosa de su cuerpo estuviera encendida, esperando el próximo toque.
—¿Y qué más observaste? —preguntó, la voz casi un susurro.
Rafael sonrió, satisfecho por haber mordido el anzuelo.
—Que te gusta fingir que no quieres esto. —Sus dedos subieron por su brazo, deteniéndose en la curva del hombro—. Pero tu cuerpo te delata.
Clara tragó saliva. *Quería* negar. Quería decir que estaba equivocado, que ella era profesional, que esto era una locura. Pero la verdad era que no podía pensar en nada más que en esos dedos, en ese calor, en esa voz ronca que parecía reverberar dentro de ella.
—Tal vez solo estoy… —comenzó, pero las palabras murieron cuando Rafael se inclinó aún más, los labios casi tocando los suyos.
—Tal vez solo tienes miedo —completó él, el aliento caliente contra su boca—. Pero no tienes por qué.
Y entonces, antes de que ella pudiera responder, cerró la distancia.
No fue un beso suave. No fue una petición. Fue una afirmación, una declaración de que, sí, estaban haciendo esto, y que no había vuelta atrás. Los labios de él eran firmes, exigentes, y Clara respondió con la misma hambre, las manos subiendo para agarrar su camisa, acercándolo más. Rafael gimió bajito contra su boca, un sonido que hizo arder el cuerpo de ella, y en un movimiento rápido, la atrajo hacia su regazo, las piernas de ella abriéndose para acomodarlo entre ellas.
Clara arqueó la espalda cuando él profundizó el beso, la lengua explorando la suya con una intimidad que la hizo temblar. Las manos de él se deslizaron por su espalda, acercándola contra sí, y sintió la prueba de su deseo presionando contra su muslo—duro, insistente. Un calor húmedo se acumuló entre sus piernas, y se movió contra él, instintivamente, buscando alivio para la presión que crecía dentro de sí.
Rafael interrumpió el beso con un suspiro ronco, los labios recorriendo su mandíbula, bajando por el cuello.
—Joder, Clara —murmuró, los dientes rozando la piel sensible justo debajo de su oreja—. No tienes idea de lo que me haces.
Ella hizo un sonido que era mitad risa, mitad gemido.
—Creo que tengo una idea.
Él rio, bajo y peligroso, y entonces sus manos estaban en sus caderas, acercándola más, haciéndola sentir cada centímetro de él.
—Entonces dime —susurró, los labios contra su oído—. ¿Qué quieres?
Clara dudó solo un segundo. Pero entonces, con una valentía que no sabía que tenía, tomó su rostro entre las manos y lo besó de nuevo, más despacio esta vez, más profundo, dejando que sus acciones hablaran por sí mismas.
Y Rafael entendió.
Las manos de él se deslizaron bajo su blusa, los dedos calientes contra la piel desnuda de su espalda, y Clara jadeó contra su boca. Él la atrajo más cerca, hasta que estuvo prácticamente montada sobre él, los cuerpos alineados de una manera que no dejaba dudas sobre lo que vendría después.
—Rafael… —murmuró ella, su nombre saliendo como una súplica.
—Ya sé —respondió él, la voz ronca—. Yo también.
Y entonces, con un movimiento rápido, la recostó en el sofá, cubriendo su cuerpo con el suyo, y Clara supo que no había vuelta atrás.
No es que quisiera volver.
El sofá de cuero sintético crujió suavemente bajo el peso de ambos, un sonido casi imperceptible en el silencio de la oficina, pero que pareció resonar entre ellos como una invitación. Rafael no esperó más. Con un movimiento fluido, la recostó sobre los cojines suaves, su cuerpo cubriendo el de ella en un ajuste perfecto, como si hubieran sido hechos para esto. Clara sintió su peso, la firmeza de los músculos bajo la camisa de vestir, la presión deliciosa entre sus piernas—y gimió bajito, los dedos enredándose en la tela de su camisa, acercándolo más.
Los labios de Rafael encontraron los suyos de nuevo, pero esta vez no hubo vacilación. Fue un beso hambriento, urgente, los dientes rozando levemente, la lengua explorando con una intimidad que la hizo arquear la espalda, buscando más contacto. Él mordisqueó su labio inferior, tirando de él suavemente antes de volver a devorarla, como si no pudiera saciarse. Clara respondió con la misma hambre, las uñas arañando levemente su nuca, sintiendo los mechones cortos de su cabello rozando contra la piel sensible de sus dedos.
—No tienes idea de cuánto he querido esto —murmuró él contra su boca, la voz ronca, las palabras perdiéndose entre los besos.
—Yo también —admitió Clara, sorprendida por su propia audacia—. Desde que entraste en esa sala de reuniones el primer día.
Rafael rio bajito, un sonido oscuro y satisfecho, y deslizó una mano por su muslo, levantando la falda lápiz hasta la cintura. Los dedos encontraron la piel desnuda sobre las medias, y trazó círculos perezosos allí, como si tuviera todo el tiempo del mundo. Clara se estremeció, las caderas moviéndose instintivamente contra su mano, buscando más presión.
—Deliciosa —susurró, los labios ahora en su cuello, succionando levemente, dejando una marca que solo ellos verían—. Tan deliciosa que casi no pude concentrarme en nada hoy.
Ella rio, pero el sonido se transformó en un gemido cuando él mordió suavemente la curva de su hombro. La mano libre de Rafael se deslizó bajo su blusa, los dedos calientes contra el encaje del sujetador, apretando suavemente el pezón ya endurecido. Clara jadeó, todo su cuerpo respondiendo a ese toque, la humedad acumulándose entre sus piernas.
—Rafael… —gimió, su nombre una súplica.
—¿Qué? —provocó él, los labios ahora en su oído, el aliento caliente haciéndole cosquillas—. ¿Quieres que pare?
—No te atrevas.
Él rio de nuevo, pero obedeció. Con un movimiento rápido, subió su blusa, exponiendo el sujetador de encaje negro. Rafael no perdió tiempo: bajó la cabeza y tomó un pezón en su boca, la lengua rodeando el pico duro sobre la tela fina. Clara gimió fuerte, las manos enredándose en su cabello, manteniéndolo allí mientras chupaba, mordisqueaba, lamía, cada movimiento enviando oleadas de placer directamente al centro de sus piernas.
—Dios —murmuró, las caderas moviéndose solas, buscando alivio.
Rafael levantó la cabeza, los labios brillantes, los ojos oscuros de deseo.
—Todavía no —dijo, la voz ronca—. Quiero probarte en todos lados.
Antes de que ella pudiera responder, la atrajo hacia arriba, haciéndola sentar en el sofá, y se arrodilló entre sus piernas. Clara sintió el corazón acelerarse cuando deslizó las manos por sus muslos, empujando la falda aún más hacia arriba, exponiendo las medias y las bragas de encaje negro debajo. Rafael la miró, una sonrisa lenta extendiéndose por su rostro.
—Hermosa —murmuró, los dedos trazando el contorno de las bragas—. Tan mojada ya.
Clara mordió su labio, avergonzada y excitada al mismo tiempo. Rafael no esperó más: con un movimiento rápido, rasgó las medias por la mitad, exponiendo la piel desnuda de sus muslos y las bragas húmedas. Ella jadeó, pero no tuvo tiempo de protestar, porque él ya estaba apartando la tela a un lado y hundiendo la cabeza entre sus piernas.
La primera lamida fue lenta, deliberada, la lengua caliente y húmeda deslizándose desde el clítoris hasta la entrada, haciéndola temblar. Clara gimió fuerte, las manos agarrándose a los cojines del sofá, las caderas moviéndose instintivamente contra su boca. Rafael la sujetó con firmeza, las manos en sus caderas, manteniéndola en su lugar mientras su lengua trabajaba, explorando cada pliegue, cada punto sensible, hasta que ella estuvo jadeante, los gemidos convirtiéndose en súplicas incoherentes.
—Rafael… por favor… —murmuró, los dedos enredándose en su cabello.
Él levantó la cabeza solo lo suficiente para mirarla, los labios brillantes, los ojos oscuros de deseo.
—¿Por favor qué? —provocó, los dedos deslizándose dentro de ella, uno, luego dos, moviéndose en un ritmo lento y torturante.
—Te quiero —admitió, la voz temblorosa—. Dentro de mí.
Rafael no necesitó escucharlo dos veces. Con un movimiento rápido, se levantó, atrayéndola consigo, y la llevó hasta la mesa de reuniones más cercana. Clara sintió el frío del tablero de vidrio contra su espalda cuando la recostó allí, los papeles esparcidos volando al suelo en un ruido ahogado. Rafael no se inmutó: ya estaba desabotonando el pantalón, los ojos fijos en ella, observando cada reacción mientras se retorcía sobre la mesa, las piernas abiertas, la falda aún arremolinada en la cintura.
—¿Tienes idea de cuánto he querido follarte aquí? —preguntó, la voz ronca, mientras bajaba el pantalón, liberando su erección dura y palpitante.
Clara tragó saliva, los ojos fijos en él, todo su cuerpo temblando de anticipación.
—Muestra —desafió, abriendo más las piernas.
Rafael no dudó. Con un gemido ronco, se posicionó entre sus muslos, la punta de su erección rozando su entrada húmeda. Clara jadeó, los dedos agarrándose a los bordes de la mesa, las caderas levantándose instintivamente, buscando más contacto.
—Joder, Clara —murmuró, los dedos apretando la carne de sus muslos—. Me vas a matar.
Y entonces, con un movimiento lento y deliberado, la penetró.
El gemido que escapó de los labios de Clara fue fuerte, casi un grito, todo su cuerpo arqueándose contra la mesa mientras él la llenaba, centímetro a centímetro, hasta estar completamente dentro de ella. Rafael se detuvo por un segundo, los ojos cerrados, la respiración pesada, como si estuviera conteniéndose para no perder el control allí mismo.
—Tan apretada —murmuró, los dedos apretando sus caderas—. Tan perfecta.
Clara no pudo responder. El placer era demasiado intenso, la sensación de tenerlo dentro de ella, llenándola de una manera que la hacía sentir completa. Se movió primero, las caderas levantándose, buscando más, y Rafael entendió el mensaje. Con un gemido ronco, comenzó a moverse, las caderas golpeando contra las de ella en un ritmo lento y profundo, cada embestida arrancando un gemido de sus labios.
La mesa crujió bajo ellos, el sonido mezclándose con los gemidos y la respiración entrecortada, creando una sinfonía de placer que resonaba en las paredes vacías de la oficina. Rafael se inclinó sobre ella, capturando sus labios en un beso hambriento mientras seguía moviéndose, cada embestida más profunda, más intensa, hasta que Clara se retorcía bajo él, los gemidos convirtiéndose en súplicas incoherentes.
—Rafael… voy a… —murmuró, los dedos agarrándose a sus hombros, las uñas clavándose en su piel.
—Córrete para mí —ordenó él, la voz ronca, las caderas acelerando el ritmo—. Quiero sentirte.
Y Clara obedeció. Con un grito ahogado, todo su cuerpo se contrajo alrededor de él, el orgasmo atravesándola en oleadas intensas, dejándola sin aliento. Rafael no se detuvo: siguió moviéndose, prolongando su placer hasta que, con un gemido ronco, él también se corrió, el cuerpo temblando mientras se derramaba dentro de ella.
Por un momento, los dos permanecieron allí, jadeantes, los cuerpos aún unidos, la respiración pesada llenando el silencio de la oficina. Rafael se inclinó para besarla de nuevo, un beso lento, dulce, lleno de promesas no dichas.
—Todavía no termina —murmuró contra sus labios, los dedos trazando círculos perezosos en la piel sudorosa de su espalda.
Clara sonrió, sintiendo el cuerpo aún hormigueando, el deseo ya comenzando a reavivarse.
—¿No?
—No —confirmó él, los ojos oscuros de deseo—. Aún tenemos toda la oficina por explorar.
Y con un movimiento rápido, la atrajo hacia arriba, haciéndola sentar en el borde de la mesa, los cuerpos aún conectados, los labios encontrándose de nuevo en un beso que prometía mucho más.
La mesa de caoba aún guardaba el calor de los cuerpos entrelazados, el barniz pulido reflejando el brillo difuso de las luces de la ciudad que se filtraban por las persianas entreabiertas. Clara deslizó los dedos por la superficie, sintiendo la textura lisa bajo las yemas, mientras Rafael se recostaba hacia atrás, los músculos de la espalda definidos bajo la camisa arrugada—ahora desabotonada hasta la mitad del pecho, revelando la piel marcada por arañazos leves, testigos mudos de la urgencia con la que se habían entregado. El aire acondicionado zumbaba bajo, mezclándose con el sonido distante de un coche acelerando en la avenida, pero dentro de la sala, el único ruido era el de su respiración, aún irregular, como si el cuerpo se negara a creer que el deseo había sido, al menos por ahora, saciado.
—Vas a volver a dejarme con hambre —murmuró, girándose para mirarlo. Los labios estaban hinchados, el pintalabios corrido, y el cabello, antes recogido en un moño impecable, ahora caía en mechones húmedos sobre los hombros. Rafael sonrió, esa sonrisa lenta y peligrosa que ella ya había aprendido a reconocer como preludio de algo más.
—Esa es la idea —respondió, extendiendo la mano para atraerla de nuevo contra sí. Clara no se resistió. El contacto de los cuerpos desnudos, aún húmedos de sudor, le provocó un escalofrío que recorrió su columna. Él la envolvió con los brazos, los dedos trazando patrones perezosos en la curva de su cintura, como si memorizara cada centímetro—. Pero creo que, por hoy, ya hemos abusado suficiente de las mesas de la empresa.
Ella rio, un sonido bajo y ronco, y mordisqueó suavemente el lóbulo de su oreja—. ¿Abusado? Yo diría que fuimos *eficientes*.
—Eficientes *y* creativos —completó Rafael, inclinando la cabeza para capturar sus labios en un beso suave, casi casto, si no fuera por la lengua que se deslizó entre ellos, lenta y deliberada. Clara gimió contra su boca, el cuerpo reaccionando al instante, pero Rafael se apartó con un suspiro teatral—. Lamentablemente, si seguimos así, vamos a terminar durmiendo aquí. Y mañana, el equipo de limpieza va a tener *mucho* que explicar.
Clara miró alrededor, notando por primera vez las señales de la noche que habían pasado: los papeles esparcidos por el suelo, la silla volcada de lado, el vaso de café frío olvidado en el borde de la mesa. Una risa escapó de ella, genuina y ligera—. Dios, si la señora Marta nos viera ahora, le daría un infarto.
—O nos daría un aumento —bromeó Rafael, ayudándola a levantarse. El movimiento hizo que sus cuerpos se rozaran de nuevo, y Clara sintió su miembro, aún semiduro, presionando contra su muslo. Arqueó una ceja, desafiante—. No me mires así, o terminaremos durmiendo aquí de verdad.
—Promesas, promesas —provocó ella, pero se apartó, recogiendo las bragas del suelo y deslizándolas por sus piernas. La tela de encaje negro estaba húmeda, pegándose a la piel, y Rafael observó cada movimiento con ojos oscuros, hambrientos. Clara sabía que él se estaba conteniendo, y eso la excitaba tanto como su toque.
Se vistieron en silencio, intercambiando miradas cómplices mientras ajustaban la ropa. Clara pasó los dedos por su cabello, intentando domar los mechones rebeldes, pero desistió cuando Rafael se acercó por detrás y apartó sus manos, reemplazándolas con las suyas. Sus dedos eran más firmes, más seguros, y cerró los ojos cuando inclinó la cabeza para besar la curva de su cuello, los labios calientes contra la piel sensible.
—Vas a dejarme toda marcada —murmuró, pero no hizo nada para detenerlo.
—Mejor —respondió él, la voz ronca—. Así, mañana, cuando estés en la reunión con el cliente, te acordarás de mí.
Clara se giró en sus brazos, los ojos brillando—. Como si pudiera olvidarme.
Rafael sonrió, pero había algo más serio detrás de esa sonrisa. Tomó su rostro entre las manos, los pulgares acariciando sus mejillas—. Clara… esto fue… —Hizo una pausa, buscando la palabra adecuada—. Inesperado.
—¿Inesperado bueno? —preguntó ella, bromeando, pero con un dejo de vulnerabilidad en la voz.
—El mejor tipo de inesperado —respondió él, y la sinceridad en esas palabras la hizo sonreír. Rafael se inclinó para besarla de nuevo, un beso lento y profundo, como si quisiera sellar algo entre ellos. Cuando se apartó, sus ojos estaban más oscuros, más intensos—. Pero no tiene que ser solo hoy.
Clara sintió el corazón acelerarse—. ¿No?
—No —confirmó él, la voz baja—. Me gustó esto. Me gustaste *tú*. Y si quieres repetir… bueno, creo que podemos encontrar más proyectos urgentes que requieran horas extras.
Ella rio, pero había algo cálido y líquido extendiéndose por su pecho, algo que iba más allá del deseo—. ¿Estás sugiriendo que convirtamos la oficina en nuestro… *patio de juegos* particular?
—Estoy sugiriendo que exploremos todas las posibilidades —corrigió Rafael, los dedos deslizándose hacia su nuca, atrayéndola para otro beso. Esta vez, fue más rápido, más urgente, como si no pudiera contenerse—. Y si eso incluye mesas, sofás, ascensores e incluso el archivo, estoy dentro.
Clara mordió su labio inferior, sintiendo el cuerpo reaccionar a la idea—. Eres peligroso.
—Y a ti te encanta —murmuró él contra sus labios.
Ella no lo negó.
El reloj en la pared marcaba casi la medianoche cuando finalmente se despidieron. Clara se calzó los zapatos de tacón, sintiendo el peso del cansancio en los huesos, pero un cansancio bueno, de esos que dejan el cuerpo ligero y la mente alerta. Rafael la acompañó hasta la puerta de la oficina, la mano apoyada en su espalda baja, como si no quisiera perder el contacto.
—¿Mañana? —preguntó él, cuando llegaron al ascensor.
Clara lo miró, los ojos brillando bajo la luz fría del pasillo—. Mañana —confirmó—. Pero esta vez, yo elijo el lugar.
Rafael rio, un sonido bajo y satisfecho, y la atrajo para un último beso, largo y lento, como si quisiera asegurarse de que no olvidaría su sabor hasta el día siguiente. Cuando las puertas del ascensor se abrieron, Clara entró, girándose para mirarlo mientras las puertas se cerraban. Rafael levantó la mano en un gesto de despedida, la sonrisa aún en los labios, y ella sintió algo apretarse en el pecho.
El ascensor bajó, alejándola de ese piso, de ese momento, pero Clara sabía que no se estaba yendo de verdad. Solo estaba guardando eso—esos toques, esos susurros, ese calor—para la próxima vez.
Y, por primera vez en mucho tiempo, apenas podía esperar a que llegara el mañana.