Fuego en el Ascensor
Por Tonkix

**Fuego en el Ascensor**
El edificio de vidrio y acero reflejaba las últimas luces del atardecer, un espectáculo de tonos anaranjados que se filtraban por las ventanas del vestíbulo, tiñendo el mármol pulido de dorado. El aire acondicionado mantenía la temperatura agradable, pero el peso del día aún se adhería a la piel de Lara como una fina película de sudor, ese cansancio dulce que llegaba después de horas inclinada sobre hojas de cálculo y negociaciones. Ajustó la correa del bolso en el hombro, los tacones de aguja resonando en el piso con precisión militar, cada paso una afirmación de control. El traje sastre gris plomo, cortado a medida, se moldeaba a su cuerpo como una segunda piel: la chaqueta ajustada realzaba su cintura fina, la falda lápiz abrazaba las curvas de sus caderas y descendía hasta las rodillas, donde las piernas, torneadas por años de trote matutino, se encontraban en un equilibrio perfecto entre elegancia y provocación.
El ascensor llegó con un *ding* suave, las puertas de metal cepillado abriéndose como cortinas en un escenario. Lara entró sin prisa, los dedos rozando el botón del piso 12 un segundo más de lo necesario, como si el simple gesto pudiera posponer el momento en que tendría que enfrentar el silencio de su apartamento. El espacio estaba casi lleno: tres hombres de traje, una mujer con una credencial de pasante, un guardia de seguridad de mediana edad que ya conocía de vista. Se posicionó cerca del panel, la espalda erguida, los ojos fijos en el visor digital que marcaba los pisos con una lentitud exasperante. El perfume que usaba, algo cítrico con notas de vainilla y ámbar, se esparció por el ambiente cerrado, mezclándose con el olor a café viejo y papel impreso que siempre parecía impregnar los ascensores de edificios comerciales.
Fue entonces cuando lo notó.
No de inmediato, claro. Primero, fue solo una sensación, como el calor de un cuerpo muy cercano, aunque hubiera espacio entre ellos. Después, llegó la mirada. No una de esas miradas obvias, descaradas, que ella estaba acostumbrada a ignorar con un levantamiento de ceja. Esta era diferente. Discreta. Casi imperceptible. Él estaba de pie a su izquierda, un poco atrás, las manos metidas en los bolsillos de un pantalón de lino beige que caía perfectamente sobre sus caderas estrechas. La camisa de vestir, abierta en el cuello, dejaba ver un trozo de piel bronceada y el contorno de una cadena fina de plata. El cabello castaño oscuro, ligeramente despeinado, como si hubiera pasado los dedos por él una docena de veces a lo largo del día, caía sobre la frente en mechones rebeldes. Pero fueron los ojos los que la atraparon: verdes, intensos, con ese brillo de quien sabe exactamente lo que quiere y no tiene prisa por conseguirlo.
Daniel.
Lo reconoció de inmediato. Ya lo había visto antes, en los pasillos, en la cafetería de la planta baja, una o dos veces en el vestíbulo del octavo piso, donde estaba la oficina de arquitectura en la que trabajaba. Nunca habían intercambiado más que un saludo educado, pero ahora, allí, en el espacio confinado del ascensor, algo cambiaba. Él la observaba como si estuviera memorizando cada detalle: el modo en que la tela de la chaqueta se tensaba sobre sus hombros cuando se movía, la manera en que los labios, pintados de un rojo discreto, se entreabrían cuando respiraba hondo, como si el aire estuviera enrarecido. Lara sintió el peso de esa mirada como una caricia, lenta y deliberada, descendiendo por su cuello, por sus senos, por la curva de su cintura hasta detenerse donde terminaba la falda y comenzaban los muslos.
— *¿Siempre usas ese perfume?* La voz de él era baja, casi un susurro, pero ella lo escuchó perfectamente. No era una pregunta en realidad, era una invitación.
Lara giró el rostro lentamente, encontrando sus ojos. Una sonrisa casi imperceptible jugueteó en las comisuras de los labios de él.
— *Solo cuando quiero que me recuerden.*
Daniel inclinó la cabeza levemente, como si evaluara la respuesta. El ascensor se detuvo en el quinto piso, y la pasante salió, dejando más espacio entre los cuerpos. Él se acercó un paso, no lo suficiente para tocarla, pero sí para que ella sintiera el calor que emanaba de él, el olor a jabón mezclado con algo más primitivo: sudor limpio, tal vez, o simplemente el aroma del deseo.
— *¿Y funciona?* La pregunta quedó suspendida entre ellos, cargada de algo que ninguno de los dos se atrevía a nombrar.
Lara no respondió. En cambio, dejó que sus ojos recorrieran el cuerpo de él con la misma audacia con que él había hecho con el suyo: el pecho amplio bajo la camisa, los brazos definidos, las manos grandes, de dedos largos. Cuando volvió a mirarlo, había un desafío en su mirada.
— *Depende. ¿Sueles recordar las cosas que ves?*
El ascensor dio una sacudida suave, como si todo el edificio hubiera contenido la respiración. Daniel sonrió, una sonrisa lenta, depredadora.
— *Solo las que valen la pena.*
El visor digital parpadeó, pasando del 7 al 8. Lara sintió que el corazón se le aceleraba, pero mantuvo la expresión impasible. El juego había comenzado, y no tenía la menor intención de perder.
Las puertas se abrieron en el octavo piso, y él salió sin prisa, lanzándole una última mirada por encima del hombro.
— *Hasta la próxima, ejecutiva.*
Ella no respondió. Pero cuando las puertas se cerraron, dejándola sola con el eco de esas palabras, Lara notó que sus manos temblaban levemente.
Y que, por primera vez en mucho tiempo, estaba ansiosa por que el ascensor se detuviera de nuevo.
El ascensor dio una sacudida más violenta que la anterior, como si algo se hubiera roto en las entrañas del edificio. Las luces parpadearon, un zumbido agudo cortó el aire, y entonces… silencio. El visor digital se congeló en el número 8, los números rojos titilando como un latido irregular. Lara sintió que el estómago se le caía, no por el miedo, sino por la súbita conciencia de que estaba atrapada. Atrapada con él.
El espacio, ya apretado antes, pareció encogerse aún más. El perfume de Daniel —algo cítrico y amaderado, con un toque de cuero caro— invadió sus fosnas cuando él se movió, ajustando la postura. No necesitaba mirar para saber que la observaba. Podía sentir el peso de esa mirada, como una caricia lenta sobre la piel.
— *Mierda.* La voz vino de algún lugar detrás de ella, un hombre de traje gris que tecleaba frenéticamente en su celular. — *¿Alguien sabe cuánto suele durar esto?*
Nadie respondió. Lara mantuvo los ojos fijos en el panel de las puertas, como si la fuerza de su voluntad pudiera abrirlas. Pero entonces, una nueva sacudida, más pequeña, casi imperceptible, hizo que su hombro rozara el de Daniel. Un contacto mínimo, pero suficiente para que una corriente eléctrica recorriera su brazo, descendiendo por la columna hasta alojarse en la base del vientre.
Giró el rostro, solo lo suficiente para encontrarlo. Él ya no sonreía. Sus ojos, oscuros e intensos, estaban fijos en ella con una expresión que Lara no logró descifrar: hambre, tal vez, o algo más primitivo. El aire entre ellos parecía más denso, cargado de una tensión que hacía fallar su respiración.
— *Al menos la compañía es interesante*, murmuró él, tan bajo que solo ella pudo escucharlo.
Lara arqueó una ceja, intentando mantener la compostura. — *¿Siempre haces comentarios así a mujeres atrapadas en ascensores?*
— *Solo a las que valen la pena.*
Ella debería haber puesto los ojos en blanco. Debería haberlo ignorado. Pero algo en la forma en que lo dijo —lento, deliberado, como si cada palabra fuera una promesa— hizo que un calor se extendiera por su pecho. El ascensor se balanceó de nuevo, y esta vez no pudo evitarlo: su cuerpo se inclinó levemente contra el de él, buscando equilibrio. La mano de Daniel encontró su cintura, firme, caliente, los dedos cerrándose alrededor de la tela fina de su traje sastre.
— *Cuidado*, susurró él, la boca tan cerca de su oreja que sintió el aliento caliente contra la piel. — *No quiero que te caigas.*
Lara tragó saliva. — *No me estoy cayendo.*
— *Todavía.*
El ascensor dio otra sacudida, más fuerte, y esta vez no hubo forma de evitarlo: sus cuerpos chocaron, pecho contra pecho, cadera contra cadera. Por un segundo, Lara olvidó respirar. Podía sentir cada línea del cuerpo de él, la solidez de los músculos bajo la camisa, la presión del muslo entre los suyos. Daniel no se apartó. Al contrario, su mano se deslizó por su espalda, acercándola más, como si el movimiento fuera instintivo.
— *Esto es innecesario*, logró decir, pero su voz salió más jadeante de lo que pretendía.
— *¿Ah, sí?* Los labios de él rozaron la curva de su mandíbula, un toque ligero, casi imperceptible. — *Parece que el ascensor no está de acuerdo.*
Lara debería haberse apartado. Debería haber recordado que estaban en un espacio público, rodeados de extraños. Pero el olor de él la envolvía, el calor de su cuerpo la quemaba a través de la ropa, y cuando inclinó la cabeza, acercando su boca a la de ella, no movió un músculo. Solo esperó.
— *Voy a besarte*, advirtió él, como si pidiera permiso. O como si la desafiara a impedírselo.
Lara no dijo nada. Pero cuando los labios de él finalmente tocaron los suyos, no se resistió. Fue un beso suave, casi vacilante, como si estuviera probando el terreno. Pero entonces ella abrió la boca, dejando que su lengua encontrara la de él, y el beso se volvió hambriento, desesperado. Daniel la presionó contra la pared del ascensor, una mano sosteniendo su mentón, la otra enredada en su cabello, tirando de él lo suficiente para hacerla gemir contra sus labios.
El sonido pareció despertarla. Lara se apartó bruscamente, el pecho agitado, los labios hinchados. Los otros pasajeros aún estaban allí, algunos mirando al suelo, otros fingiendo no notar. Pero no le importaba. Lo único que importaba era la forma en que Daniel la miraba, como si quisiera devorarla allí mismo.
— *Eso fue un error*, murmuró, pero no había convicción en su voz.
— *¿Lo fue?* Él sonrió, lento, depredador. — *Yo no me arrepiento de nada.*
El ascensor dio otra sacudida, y esta vez las luces se apagaron por un segundo entero, sumiéndolos en la oscuridad. Lara sintió que el pánico le subía por la garganta, pero entonces la mano de Daniel encontró la suya en la oscuridad, los dedos entrelazados con fuerza.
— *Tranquila*, susurró él. — *Ya va a pasar.*
Y pasó. Las luces volvieron, débiles, pero suficientes para iluminar el rostro de él, tan cerca del suyo que podía ver las pequeñas imperfecciones: una cicatriz casi invisible en la comisura de la boca, los poros de la piel, la sombra de barba que comenzaba a aparecer. Lara sintió un deseo casi irresistible de trazar cada detalle con los dedos.
— *¿Qué me estás haciendo?*, preguntó, más para sí misma que para él.
Daniel no respondió. Solo llevó su mano a los labios, besando la palma con una lentitud deliberada. — *Lo mismo que tú me estás haciendo a mí.*
El ascensor dio una última sacudida, y esta vez el panel digital parpadeó, mostrando el número 9. Las puertas se abrieron con un *ding* suave, y el mundo afuera pareció de repente muy real, muy normal. Lara se apartó, acomodando el traje sastre con manos que temblaban levemente. Daniel no intentó detenerla. Solo la observó, los ojos oscuros ardiendo con algo que ella no se atrevió a nombrar.
— *Hasta la próxima*, dijo él, como si fuera una promesa.
Lara no respondió. Pero cuando las puertas comenzaron a cerrarse, extendió la mano, impidiendo que se cerraran por completo. Daniel alzó una ceja, esperando.
— *Olvidaste decirme tu piso*, dijo ella, la voz firme, a pesar del corazón martilleándole en el pecho.
Él sonrió, lento, como si supiera exactamente lo que ella estaba haciendo. — *El mismo que el tuyo.*
Las puertas se cerraron entre ellos. Y Lara se quedó allí, sola, con la certeza de que nada sería como antes.
El ascensor seguía detenido, suspendido entre pisos como un secreto mal guardado. El aire acondicionado zumbaba bajo, insuficiente para disipar el calor que se acumulaba entre los cuerpos atrapados. Lara sentía el peso de las miradas de los otros pasajeros: una pareja de pasantes susurrando entre sí, una mujer de mediana edad con el ceño fruncido de preocupación, un hombre de traje que tecleaba furiosamente en su celular, ajeno a todo. Pero ninguno de ellos importaba. No cuando Daniel aún la observaba con esa media sonrisa perezosa, como si ya supiera lo que vendría después.
Él se movió primero.
Con la naturalidad de quien no tiene nada que esconder, Daniel sacó el celular del bolsillo interno de su saco, la pantalla iluminando su rostro por un segundo antes de inclinarse levemente hacia Lara. El movimiento fue sutil, casi imperceptible, pero suficiente para que su perfume —algo amaderado, con un toque de especias— se mezclara con el olor del cuero de su traje sastre. Lara contuvo la respiración cuando los dedos de él rozaron levemente la tela de su falda, un contacto rápido, accidental, pero que dejó un rastro de fuego en su piel.
— *¿Crees que esto es obra del universo o solo una mala jugada para hacernos hablar?* Su voz era baja, un murmullo ronco que solo ella podía escuchar, los labios casi rozando el lóbulo de su oreja.
Lara sintió el aliento caliente contra la piel y reprimió un escalofrío. Giró el rostro lentamente, los ojos encontrando los de él en un juego de provocación. La comisura de su boca se alzó en una sonrisa lenta, peligrosa.
— *Si es el universo, tiene un sentido del humor muy peculiar.*
Daniel rio, un sonido grave que vibró en su pecho y pareció resonar en el de ella. Se acercó un poco más, el hombro rozando el suyo, la cadera casi tocando la de ella. Lara no se apartó. En cambio, se inclinó levemente hacia atrás, como si desafiara al mínimo espacio entre ellos a desaparecer por completo.
— *O tal vez sabe que necesitábamos un empujoncito.* Los dedos de él se deslizaron por su brazo, una caricia disfrazada de casualidad, pero que quemó como una marca. — *¿Siempre eres así, tan… controlada, en el trabajo?*
Lara arqueó una ceja, fingiendo indignación. — *¿Así cómo?*
— *Como si estuvieras a punto de explotar.* Él inclinó la cabeza, los ojos recorriendo su cuerpo con una lentitud deliberada. — *O como si estuvieras esperando a que alguien te desarme.*
Ella soltó una risa baja, el sonido cargado de promesas. — *¿Y tú te ofreces para el trabajo?*
— *Solo si lo pides con educación.*
El ascensor dio una sacudida, como si protestara por la tensión que crecía entre ellos. Lara aprovechó el movimiento para acercarse aún más, los labios casi tocando su mandíbula cuando habló: — *¿Y si no lo pido?*
Daniel no respondió de inmediato. En cambio, alzó la mano y, con la punta de los dedos, apartó un mechón de cabello que caía sobre su hombro, el toque ligero como una pluma, pero suficiente para acelerar su pulso. — *Entonces tendré que convencerte.*
El aire entre ellos parecía crepitar. Lara podía sentir el calor del cuerpo de él, la forma en que los músculos de su brazo se tensaban bajo la tela de la camisa, el modo en que sus ojos oscuros la devoraban sin prisa. Sabía que los otros pasajeros estaban allí, que podían escuchar, que podían ver. Pero, en ese momento, no le importaba. Era como si el mundo se hubiera reducido a ese cubículo de metal, a ese juego peligroso de provocaciones.
— *¿Y cómo lo harías?* Su voz salió más ronca de lo que pretendía, delatando el deseo que ya no podía ocultar.
Daniel sonrió, lento, como si tuviera todo el tiempo del mundo. — *Primero, te diría que estás hermosa hoy.* Los dedos de él se deslizaron por su brazo, deteniéndose en su muñeca, donde el latido acelerado era una confesión. — *Después, te preguntaría si sientes lo mismo que yo cuando nos rozamos.* El pulgar de él acarició la piel sensible de la parte interna de su muñeca, y Lara tuvo que morderse el labio para no gemir. — *Y entonces…*
— *¿Entonces?* Apenas reconoció su propia voz, tan cargada de anticipación.
— *Entonces te besaría.* Su mano subió hasta su codo, acercándola un poco más, hasta que sus cuerpos encajaron como piezas de un rompecabezas. — *Pero solo si me dejas.*
Lara sintió el calor subir por su cuello, las mejillas ardiendo. Pero no retrocedió. En cambio, alzó el mentón, desafiándolo. — *¿Y si no te dejo?*
Él rio, bajo y peligroso. — *Entonces tendré que besarte de todos modos.*
El ascensor dio otra sacudida, más fuerte esta vez, y las luces parpadearon por un segundo. Alguien detrás de ellos soltó un suspiro de alivio, pero Lara apenas lo escuchó. Estaba atrapada en la intensidad de la mirada de Daniel, en la promesa implícita en cada palabra, en cada toque. Él se inclinó más, los labios casi tocando los suyos cuando murmuró: — *Última oportunidad, Lara.*
Ella no respondió con palabras. En cambio, cerró la distancia entre ellos, los labios encontrándose en un beso que comenzó suave, casi vacilante, pero que rápidamente se transformó en algo más urgente, más exigente. Daniel gimió bajito contra su boca, las manos deslizándose hacia su cintura, acercándola con una fuerza que la hizo arquear el cuerpo. Lara correspondió, los dedos enredándose en la tela de su camisa, acercándolo más, como si pudiera fundirlos allí mismo.
El mundo a su alrededor desapareció. No había más ascensor, no había más personas, no había más reglas. Solo el calor de los cuerpos, el sabor del beso, la forma en que las manos de él exploraban sus curvas con una familiaridad que parecía antigua, como si ya hubieran hecho esto mil veces antes.
Cuando se separaron, jadeantes, Lara notó que los otros pasajeros los observaban con una mezcla de shock y fascinación. Pero no le importó. Sus labios estaban hinchados, su cuerpo vibraba, y el deseo ardía más fuerte que nunca.
Daniel sonrió, satisfecho, los ojos oscuros brillando con una promesa. — *Esto fue solo el comienzo.*
Lara no respondió. Solo sostuvo su mirada, los dedos aún apretando su camisa, como si no quisiera soltarlo. Y cuando el ascensor finalmente dio señales de vida, las puertas abriéndose con un *ding* suave, supo que nada sería como antes.
Pero, por ahora, solo había una pregunta que importaba: *¿qué vendría después?*
El *ding* del ascensor resonó como un veredicto, rompiendo el hechizo, pero no la promesa que aún ardía entre ellos. Las puertas se abrieron con un suspiro metálico, revelando el pasillo iluminado por lámparas frías, el mundo afuera tan indiferente como antes. Lara soltó la camisa de Daniel lentamente, los dedos deslizándose por la trama de la tela como si se resistieran a dejarlo ir. Él, a su vez, retrocedió medio paso, pero no sin antes rozar los nudillos contra la curva de su cintura, un toque tan ligero que podría haber sido accidental… si no fuera por el modo en que sus ojos se oscurecieron al hacerlo.
Los otros pasajeros salieron primero, algunos lanzando miradas de reojo, otros fingiendo no haber visto nada. Lara ajustó la correa de su bolso en el hombro, enderezó los hombros y siguió, los tacones altos resonando contra el piso de mármol con precisión calculada. Daniel caminaba a su lado, las manos en los bolsillos, postura relajada, como si no acabara de devorar la boca de una desconocida en un ascensor lleno. La indiferencia era una máscara perfecta… hasta que sus brazos se rozaron en el pasillo estrecho, y Lara sintió el calor de él atravesando la seda de su blusa, un recordatorio silencioso de lo que aún estaba por venir.
— *¿Siempre sales del trabajo tan tarde?* preguntó él, la voz baja, casual, como si estuvieran hablando del clima.
Lara sonrió, una comisura de sus labios alzándose. — *Solo cuando tengo motivos para quedarme.*
Daniel rio, un sonido grave y ronco que vibró en el aire entre ellos. — *¿Y hoy hubo un motivo?*
Ella lo miró, los ojos verdes brillando con una provocación deliberada. — *Tal vez. Aún no lo he decidido.*
Giraron en una esquina, dejando atrás el flujo de personas que se dispersaban por las oficinas. El pasillo frente a ellos estaba vacío, las puertas de vidrio esmerilado de las salas de reuniones reflejando solo la luz pálida de las lámparas. Lara disminuyó el paso, como si buscara algo en su bolso, y Daniel acompañó el ritmo, su cuerpo acercándose de nuevo, como atraído por un imán.
— *¿Siempre eres así?* murmuró él, el aliento caliente contra su oreja. — *¿O solo conmigo?*
Lara giró el rostro, los labios casi tocando los de él. — *Depende. ¿Siempre eres tan insistente?*
— *Solo cuando vale la pena.*
Ella no respondió. En cambio, lo empujó suavemente contra la pared, los dedos cerrándose en el cuello de su camisa. El beso que siguió no fue suave ni vacilante. Fue hambriento, como si los minutos en el ascensor hubieran sido solo un aperitivo, y ahora estuvieran listos para el plato principal. Daniel gimió contra su boca, las manos deslizándose por su espalda, acercándola, como si quisiera fundirla a su propio cuerpo. El traje sastre ajustado no ofrecía mucha resistencia, y ella sintió el calor de sus palmas a través de la tela, quemándola incluso allí, en medio del pasillo.
— *Dios, Lara…* murmuró él, la voz ronca, los labios descendiendo por su cuello, mordisqueando la piel sensible justo debajo de la oreja. — *¿Tienes idea de lo que me haces?*
Ella arqueó el cuerpo, los dedos enredándose en su cabello oscuro. — *Muestra.*
Daniel no necesitó más incentivo. Con un movimiento rápido, la giró, presionándola contra la pared opuesta, las manos explorando cada curva con una urgencia que rozaba la devoción. Lara suspiró cuando los dedos de él encontraron el botón de su falda, desabrochándolo con una destreza que delataba práctica. La tela se deslizó por sus muslos, acumulándose en sus tobillos, y el aire frío del pasillo contrastó con el calor que emanaba del cuerpo de Daniel, ahora pegado al suyo.
— *Eres hermosa* —susurró él, los labios trazando un camino de besos por su clavícula, descendiendo hasta el valle entre sus senos. — *Pero ya lo sabía.*
Lara rio, un sonido bajo y jadeante, las uñas clavándose en sus hombros. — *Y tú eres un mentiroso. No sabías nada hasta hoy.*
— *Entonces déjame demostrarte que digo la verdad.*
Las manos de él subieron por sus muslos, los dedos enredándose en el encaje de su tanga, apartándola a un lado con una lentitud torturante. Lara mordió su labio inferior cuando él la tocó, el pulgar encontrando el punto exacto donde más lo necesitaba, moviéndose en círculos perezosos que la hicieron arquear la espalda, las caderas moviéndose instintivamente contra su mano.
— *Daniel…* —gimió, su nombre saliendo como una súplica.
— *Eso* —murmuró él, la voz áspera de deseo. — *Dime lo que quieres.*
Lara no respondió con palabras. En cambio, lo atrajo para otro beso, las lenguas enredándose mientras ella desabotonaba su camisa con manos temblorosas. La tela se abrió, revelando el pecho musculoso, la piel caliente bajo sus dedos. Lo exploró con avidez, las uñas arañando levemente sus pezones, haciéndolo sisear entre dientes.
— *Joder…* Daniel sujetó sus muñecas, inmovilizándolas sobre su cabeza con una mano mientras la otra continuaba su trabajo entre sus piernas. — *Me vas a matar.*
— *Solo si te detienes* —jadeó ella, las caderas moviéndose contra su mano, buscando más presión, más fricción.
Él rio, un sonido oscuro y satisfecho, y soltó sus muñecas solo para acercarla más, los labios encontrando los suyos de nuevo. El beso fue salvaje, desesperado, como si ambos supieran que ese momento era robado, que en cualquier instante alguien podría aparecer en el pasillo y poner fin a esa locura. Pero, por ahora, no había nada más que ellos: el calor de los cuerpos, el sonido de las respiraciones entrecortadas, el modo en que sus dedos la hacían temblar.
— *Necesitamos un lugar más privado* —murmuró él contra su boca, los dientes mordisqueando su labio inferior. — *Antes de que pierda el control aquí mismo.*
Lara no respondió. Solo tomó su mano y lo arrastró por el pasillo, los tacones resonando en el piso vacío. Pasaron junto a puertas cerradas, salas iluminadas solo por la luz de la luna que entraba por las ventanas, hasta que encontró una que estaba entreabierta. Con un empujón suave, la puerta se abrió, revelando una sala de reuniones oscura, la mesa larga y pulida reflejando sus siluetas en la penumbra.
Daniel cerró la puerta con llave tras de sí, el clic de la cerradura resonando como un presagio. Lara se volvió hacia él, los ojos brillando en la oscuridad, el cuerpo aún vibrando con lo que él le había hecho en el pasillo. Él no perdió tiempo. En dos pasos, estuvo frente a ella, las manos tomando su cintura y levantándola sobre la mesa con una facilidad que la hizo jadear.
— *Ahora* —dijo él, la voz ronca, los labios descendiendo por su cuello mientras sus manos exploraban cada centímetro de piel expuesta—, *vamos a ver si eres tan buena como prometiste.*
Lara sonrió, acercándolo más, los dedos enredándose en su cinturón. — *¿Y tú, Daniel?* —susurró, los labios rozando su oreja. — *¿Serás capaz de seguirme el ritmo?*
Daniel no esperó respuesta. Sus manos ya se deslizaban por su espalda, acercándola con una urgencia que hacía crepitar el aire entre ellos. Lara sintió el calor de su cuerpo a través de la tela fina de su blusa, la rigidez del cinturón contra su vientre, y un escalofrío recorrió su columna cuando sus labios encontraron los suyos en un beso voraz. Ya no había espacio para provocaciones, solo necesidad.
La mesa de reuniones estaba fría bajo sus muslos cuando él la levantó, sentándola en el borde con un movimiento decidido. Sus piernas se abrieron instintivamente, envolviendo sus caderas mientras él se acomodaba entre ellas, la presión exacta para hacer que su cuerpo se arqueara. Lara soltó un gemido bajo contra su boca, los dedos clavándose en sus hombros anchos, sintiendo la tensión de los músculos bajo la camisa.
— *No tienes idea de cuánto deseé esto* —murmuró él, los labios descendiendo por su mandíbula, mordisqueando la piel sensible de su cuello. — *Desde el primer segundo en que te vi en ese ascensor, apretada en ese traje sastre, preguntándome cómo sería verte sin él.*
Lara rio, un sonido ronco y entrecortado, mientras sus manos se deslizaban hacia los botones de su camisa. Uno a uno, los abrió, revelando el pecho definido, la piel caliente bajo sus dedos. — *¿Y ahora que lo sabes?* —provocó, quitándole la camisa por los hombros, dejándola caer al suelo.
— *Ahora sé que eres aún mejor* —respondió él, la voz áspera, las manos subiendo por sus muslos, empujando la falda ajustada hasta su cintura. La tela se amontonó en sus caderas, dejando al descubierto el encaje negro de su tanga, ya húmeda de anticipación. Daniel no resistió. Sus dedos trazaron el contorno del elástico, sintiendo el calor que emanaba de allí, y Lara se estremeció, los labios entreabriéndose en un suspiro.
— *Dios* —gimió él, presionando la palma de su mano contra ella, sintiéndola palpitar bajo su toque. — *Estás tan lista.*
Ella no lo negó. En cambio, lo atrajo más cerca, las uñas arañando levemente su espalda mientras sus labios se encontraban de nuevo. El beso era hambriento, lenguas enredándose, dientes mordisqueando, como si quisieran devorarse el uno al otro allí mismo. Daniel la empujó hacia atrás, acostándola sobre la mesa, el vidrio frío contrastando con el fuego que ardía entre ellos.
Lara se apoyó en los codos, observando mientras él se arrodillaba entre sus piernas, los ojos oscuros fijos en ella con una intensidad que la hizo contener la respiración. No dijo nada. Solo tomó sus tobillos, colocándolos sobre sus hombros, e inclinó la cabeza hacia adelante, los labios rozando la parte interna de su muslo en un beso ligero, casi reverente.
— *Daniel…* —susurró ella, su nombre saliendo como un ruego.
Él sonrió contra su piel, los dientes arrastrándose levemente antes de que su lengua trazara un camino húmedo hasta el centro de ella. Lara arqueó la espalda, un gemido escapando de sus labios cuando la tocó por primera vez, la lengua caliente e insistente, explorando cada pliegue con una precisión que la hizo temblar. Sus dedos se enredaron en su cabello, acercándolo más, mientras el placer se acumulaba en olas cada vez más intensas.
— *Así…* —jadeó ella, las piernas temblando. — *No pares.*
Él no paró. Daniel la devoró como si fuera lo último que haría en la vida, alternando entre movimientos lentos y profundos y toques rápidos y ligeros, llevándola al borde del abismo antes de retroceder, solo para comenzar de nuevo. Lara mordió su labio inferior, intentando contener los sonidos que amenazaban con escapar, pero era imposible. Cada vez que su lengua la tocaba, un nuevo gemido escapaba, resonando en la sala vacía.
— *Te gusta verme así* —murmuró él, levantándose por un instante, los labios brillantes. — *Deshecha.*
— *Sí* —admitió ella, la voz temblorosa. — *Pero quiero más.*
Daniel no necesitó más incentivo. Con un movimiento fluido, se levantó, desabotonando el pantalón con una mano mientras la otra se deslizaba dentro de su tanga, dos dedos hundiéndose profundamente. Lara gritó, su cuerpo contrayéndose alrededor de él, la sensación casi demasiado para soportar.
— *Por favor* —suplicó ella, los ojos entrecerrados, las uñas clavándose en la madera de la mesa.
Él no la hizo esperar. Con un movimiento rápido, se quitó el pantalón y los calzoncillos, liberándose, la erección pesada y palpitante. Lara lo observó, los labios entreabriéndose en anticipación, mientras él rasgaba el envoltorio de un preservativo con los dientes y lo desenrollaba sobre sí con una eficiencia que la excitó aún más.
— *¿Estás segura?* —preguntó él, la voz ronca, los ojos quemando los suyos.
En respuesta, Lara se sentó, acercándolo a ella, los labios pegándose a los suyos en un beso hambriento. — *Nunca he estado tan segura en mi vida* —susurró contra su boca.
Daniel no necesitó escucharlo dos veces. Con un movimiento rápido, la acercó al borde de la mesa, sus piernas envolviendo su cintura, y entró en ella de un solo empujón. Lara echó la cabeza hacia atrás, un gemido largo y gutural escapando de su garganta mientras él la llenaba por completo, cada centímetro de él estirándola de una forma deliciosamente dolorosa.
— *Joder* —gimió él, los dedos clavándose en sus caderas. — *Estás tan apretada.*
Lara no respondió. No podía. Solo se aferró a él, las uñas marcando su espalda mientras él comenzaba a moverse, cada embestida más profunda, más intensa que la anterior. La mesa crujía bajo ellos, el sonido mezclándose con sus gemidos, el sonido húmedo de sus cuerpos encontrándose, el ritmo acelerado de sus respiraciones.
Daniel la acercó más, una mano sosteniendo su nuca mientras la otra se deslizaba entre sus cuerpos, encontrando el punto exacto que la haría perder el control. Lara sintió que el placer se acumulaba, una presión insoportable que amenazaba con estallar en cualquier momento.
— *Córrete para mí* —ordenó él, la voz áspera, los movimientos volviéndose más rápidos, más urgentes.
Y ella obedeció. Con un grito ahogado contra su hombro, Lara se deshizo, el cuerpo temblando en espasmos mientras el orgasmo la atravesaba como una ola. Daniel no se detuvo. Siguió moviéndose, prolongando su placer hasta que sus propios gemidos se volvieron más fuertes, más desesperados, y la sostuvo con fuerza mientras encontraba su propia liberación.
Por un largo momento, los dos se quedaron allí, jadeantes, los cuerpos aún unidos, la respiración pesada llenando el silencio de la sala. Lara apoyó la frente en su hombro, sintiendo el sudor escurrir entre sus senos, el corazón latiendo tan fuerte que parecía que iba a salírsele del pecho.
Daniel besó su cuello, los labios suaves contra la piel húmeda. — *Eso fue…* —comenzó, pero no terminó la frase.
— *Sí* —asintió ella, sabiendo exactamente lo que quería decir.
Se separaron lentamente, su cuerpo protestando por la ausencia de él. Lara se deslizó de la mesa, las piernas temblorosas, y se apoyó en la superficie fría mientras observaba a Daniel deshacerse del preservativo. Él se volvió hacia ella, los ojos aún oscuros de deseo, y la atrajo para un beso lento, profundo, como si quisieran memorizar el sabor del otro.
— *Aún no ha terminado* —murmuró él contra sus labios.
Lara sonrió, los dedos trazando el contorno de su pecho. — *Espero que no.*
Daniel la levantó en brazos, cargándola hasta el sofá de cuero en el rincón de la sala, donde la acostó con cuidado, cubriendo su cuerpo con el suyo. Las prendas que aún quedaban fueron arrancadas sin ceremonia, y la noche se extendió ante ellos, llena de posibilidades.
Pero mientras los primeros rayos de sol comenzaban a filtrarse por las persianas, Lara supo que esa no sería la última vez. Y, por el brillo en los ojos de Daniel, él también lo sabía.
El sofá de cuero crujió suavemente bajo el peso de los cuerpos entrelazados, un sonido ahogado que se mezclaba con los suspiros y el ritmo acelerado de las respiraciones. Lara arqueó la espalda cuando Daniel encontró el punto exacto entre sus muslos, los dedos ágiles deslizándose con una precisión que la hacía morderse el labio inferior para contener un gemido. El cuero frío contrastaba con el calor de su piel, marcada por pequeñas mordidas y arañazos que contaban la historia de la noche en un lenguaje silencioso. Él la observaba con una intensidad casi depredadora, como si cada reacción de ella fuera un mapa que quisiera memorizar.
— *¿Te gusta cuando hago esto?* —murmuró él, los labios rozando el lóbulo de su oreja mientras sus dedos continuaban el movimiento circular, lento, deliberado.
Lara no respondió con palabras. En cambio, enredó las piernas alrededor de su cintura, acercándolo más, hasta que no hubiera espacio entre los dos. El cuerpo de Daniel reaccionó al instante, la erección presionando contra su vientre, dura e insistente. Ella sonrió, satisfecha con el poder que tenía sobre él, aunque fuera solo por un instante. Deslizó la mano entre los dos, envolviéndolo con firmeza, sintiéndolo palpitar bajo su toque.
— *Me gusta cuando pierdes el control* —susurró ella, la voz ronca por el cansancio y el placer.
Daniel no necesitó más incentivo. Con un movimiento rápido, la volteó boca abajo, acercándola al borde del sofá hasta que sus pies tocaron el suelo. Lara apoyó las manos en el asiento, sintiendo el cuero deslizarse bajo sus dedos mientras él se posicionaba detrás de ella. El primer empujón fue profundo, llenándola de una sola vez, y no pudo contener el gemido que escapó de sus labios. Él sujetó sus caderas con fuerza, las uñas dejando marcas tenues en su piel suave, y comenzó a moverse en un ritmo implacable, cada embestida arrancándole un sonido nuevo, más urgente.
El sonido de los cuerpos chocando resonaba en la sala vacía, mezclándose con el crujido del sofá y la respiración entrecortada de ambos. Lara sentía cada centímetro de él dentro de sí, cada movimiento enviando olas de placer que se extendían por su cuerpo como fuego. Se apoyó en una mano, usando la otra para tocarse, los dedos encontrando el punto que la haría desmoronarse. Daniel lo notó y aceleró el ritmo, las caderas golpeando contra ella con una fuerza que la hacía gritar.
— *Córrete para mí* —ordenó él, la voz ronca de deseo.
Ella obedeció. El orgasmo la golpeó como una ola, haciendo que su cuerpo temblara mientras olas de placer la atravesaban. Daniel no se detuvo, continuando moviéndose dentro de ella hasta que sintió sus músculos contraerse a su alrededor, apretándolo de una forma que lo llevó al límite. Con un gemido gutural, se retiró en el último momento, derramándose sobre su espalda, las gotas calientes marcando su piel como un sello.
Por unos segundos, el único sonido en la sala fue el de sus respiraciones entrecortadas. Lara se dejó caer sobre el sofá, el cuerpo laxo y satisfecho, mientras Daniel se acostaba a su lado, acercándola. Ella se acurrucó contra él, sintiendo el sudor que cubría la piel de ambos mezclarse, el olor a sexo y cuero impregnando el aire. Él apartó un mechón de cabello húmedo de su rostro, los dedos trazando el contorno de su mejilla con una ternura inesperada.
— *Eres increíble* —murmuró él, la voz aún cargada de deseo.
Lara sonrió, girándose para besarlo. El sabor de ambos se mezclaba en sus labios, salado y dulce al mismo tiempo. Pasó la mano por su pecho, sintiendo los latidos acelerados de su corazón bajo la piel.
— *Tú también* —respondió ella, los dedos descendiendo hasta encontrar su erección, aún sorprendentemente dura.
Daniel rio bajito, capturando su mano antes de que pudiera comenzar algo nuevo.
— *Necesitamos un descanso, o me voy a desmayar* —bromeó, besando la palma de su mano.
Lara hizo un mohín, pero no insistió. En cambio, se acurrucó más cerca, apoyando la cabeza en su hombro. El silencio que siguió era cómodo, lleno solo por el sonido de las respiraciones calmándose y el leve crujido del sofá cuando uno de ellos se movía. Afuera, el cielo comenzaba a clarear, los primeros rayos de sol filtrándose por las rendijas de las persianas y pintando franjas doradas en el suelo.
— *¿Qué hora es?* —preguntó ella, finalmente rompiendo el silencio.
Daniel estiró el brazo para tomar el reloj, que había sido arrojado al suelo junto con el resto de la ropa.
— *Casi las seis* —respondió, colocándose el reloj en la muñeca.
Lara suspiró, sintiendo el peso de la realidad comenzando a infiltrarse entre ellos. La noche había sido intensa, llena de pasión y descubrimientos, pero ahora el amanecer traía consigo la promesa de un retorno a la normalidad. Se sentó, pasando las manos por su cabello enredado, tratando de darle algún sentido a su apariencia. Daniel la observaba, los ojos siguiendo cada movimiento con una intensidad que la hacía sentir expuesta, incluso después de todo lo que habían compartido.
— *Tengo que irme* —dijo ella, finalmente, levantándose del sofá.
Daniel no intentó detenerla. En cambio, también se levantó, recogiendo la ropa esparcida por el suelo y comenzando a vestirse. Lara hizo lo mismo, los movimientos rápidos y eficientes, como si intentara recuperar algún control sobre la situación. Tomó su traje sastre del suelo, sacudiéndolo para quitar las arrugas antes de ponérselo. La tela aún estaba ligeramente húmeda en algunos puntos, y hizo una mueca al sentir la incomodidad.
— *Voy a necesitar una ducha* —murmuró, más para sí misma que para él.
Daniel se acercó, ajustando la corbata con movimientos precisos. Se detuvo detrás de ella, los dedos rozando levemente la piel expuesta de su cuello antes de atraerla para un beso suave.
— *Estás hermosa* —dijo él, la voz baja y ronca. — *Incluso así.*
Lara sonrió, girándose para mirarlo. Estaba guapo, incluso con la camisa arrugada y el cabello despeinado. Extendió la mano, alisando la tela de su camisa con los dedos.
— *Tú también* —respondió ella, sinceramente.
Por un momento, los dos se quedaron allí, mirándose, como si intentaran memorizar cada detalle. Lara sabía que, en unas horas, estaría de vuelta en su rutina, respondiendo correos y asistiendo a reuniones, mientras Daniel estaría en su oficina, dibujando planos y coordinando proyectos. Pero, en ese instante, nada de eso importaba. Lo que importaba era la conexión que habían compartido, la intensidad de la noche que los había unido de una forma que ninguno de los dos esperaba.
Daniel rompió el silencio primero, inclinándose para besarla de nuevo. Esta vez, el beso fue lento, profundo, como si intentara transmitir todo lo que no podía decir con palabras. Lara correspondió, los labios moviéndose contra los suyos con una urgencia que ya no era física, sino emocional. Cuando se separaron, sintió una punzada de tristeza, sabiendo que ese momento estaba llegando a su fin.
— *Tengo que irme* —repitió ella, esta vez con más firmeza.
Daniel asintió, dando un paso atrás. Lara tomó su bolso, que había quedado en el suelo cerca de la puerta, y lo colgó del hombro. Antes de salir, se volvió hacia él, los ojos brillando con una mezcla de satisfacción y algo más, algo que ninguno de los dos se atrevía a nombrar.
— *Fue… increíble* —dijo ella, finalmente, eligiendo la palabra con cuidado.
Daniel sonrió, una sonrisa lenta y llena de promesas.
— *Fue solo el comienzo* —respondió él.
Lara le devolvió la sonrisa, sintiendo un escalofrío recorrer su columna. Sabía que él tenía razón. Esa noche había sido solo el primer capítulo de algo que prometía ser intenso, irresistible. Con una última mirada, abrió la puerta de la sala de reuniones y salió al pasillo vacío, los tacones resonando en el piso de mármol.
Al llegar a su oficina, Lara se quitó los zapatos y se sentó en la silla, encendiendo la computadora con un suspiro. La pantalla se iluminó, mostrando docenas de correos sin leer, pero apenas los vio. En cambio, sus pensamientos estaban con Daniel, con la noche que habían compartido, con la promesa de algo más. Pasó los dedos por sus labios, aún hinchados por los besos, y sonrió.
Mientras tanto, Daniel bajaba las escaleras del edificio, las manos en los bolsillos y una sonrisa satisfecha en el rostro. El aire de la mañana estaba fresco, pero apenas lo sentía. Todo lo que podía pensar era en Lara, en la forma en que se entregaba, en la pasión que ardía entre ellos. Sabía que no sería fácil conciliar esa atracción con la rutina de trabajo, pero también sabía que no podía simplemente ignorarla.
Al llegar a la calle, se detuvo por un momento, mirando hacia el edificio donde habían pasado la noche. Las ventanas reflejaban el cielo claro de la mañana, y se preguntó en cuál de ellas estaría la oficina de Lara. Con una última sonrisa, se dio la vuelta y comenzó a caminar, sabiendo que esa no sería la última vez que se verían.
Y mientras el sol salía sobre la ciudad, Lara y Daniel seguían sus caminos, cada uno llevando consigo el recuerdo de la noche que habían compartido y la certeza de que algo irresistible había comenzado entre ellos.