Fuego en el Ascensor
Por Tonkix

**Fuego en el Ascensor**
El edificio de vidrio y acero reflejaba el cielo del atardecer, teñido de naranja y púrpura como un hematoma elegante. En su interior, el aire acondicionado mantenía la temperatura en exactos 22 grados, pero Clara sentía el sudor resbalar entre sus senos, pegando la tela de la blusa a su cuerpo. El traje sastre gris plomo, elegido esa mañana con la precisión de una armadura, ahora parecía una segunda piel—demasiado ajustado, demasiado caliente, revelando más de lo que ella hubiera querido. Los tacones de aguja, antes símbolo de poder, martilleaban el piso de mármol como pequeños golpes de advertencia.
Apretó el botón del ascensor con la punta del dedo índice, la uña roja contrastando con el metal frío. El panel se encendió en azul, y las puertas se abrieron con un suspiro mecánico. El espacio ya estaba ocupado: una mujer de blazer azul marino sostenía una carpeta contra el pecho como si fuera un escudo, un pasante de gafas torcidas tecleaba frenéticamente en su celular, y un hombre mayor, con la corbata floja, miraba hacia el techo como si rezara por su liberación.
Clara entró, deslizándose hacia el rincón izquierdo. El olor a perfume caro mezclado con el sudor nervioso de los demás la envolvió. Cruzó los brazos, intentando ocupar menos espacio, pero el traje sastre no se lo permitía. La tela de la falda subió unos centímetros cuando se apoyó contra la pared, y la bajó con un movimiento rápido, irritada consigo misma.
Fue entonces cuando él entró.
Daniel atravesó las puertas con la naturalidad de quien sabe que todas las miradas se posan en él. El traje negro, impecable, caía como si hubiera sido cosido a su cuerpo—hombros anchos, cintura estrecha, piernas largas que se movían con la confianza de quien domina el espacio. La corbata, de un tono profundo de vino, destacaba contra la camisa blanca como una invitación. Pero eran los ojos lo que llamaba la atención: verdes, intensos, con un dejo de ironía que parecía decir *sé exactamente lo que estás pensando*.
Apretó el botón de la planta baja sin mirar el panel, como si ya supiera que el ascensor estaba lleno. El pasante se encogió aún más, la mujer del blazer ajustó su postura, y el hombre mayor finalmente desvió los ojos del techo para mirar a Daniel con una expresión que oscilaba entre la admiración y el resentimiento.
Clara sintió el aire volverse más denso.
Daniel se colocó a su lado, tan cerca que el calor de su cuerpo atravesó la tela fina del traje sastre. Ella contuvo la respiración. El ascensor cerró las puertas con un *clank* metálico, y el movimiento de descenso comenzó, suave, casi imperceptible. Por un segundo, nadie habló. El único sonido era el zumbido eléctrico del mecanismo y el ritmo acelerado de su propio corazón, latiendo contra las costillas como si quisiera escapar.
—Disculpe —murmuró él, la voz baja, ronca, como si acabara de despertar.
Ella giró la cabeza, encontrando esos ojos verdes a centímetros de los suyos. Su aliento olía a menta y algo más—whisky, quizá, o simplemente el calor de la tarde.
—¿Por qué? —preguntó Clara, sorprendida por el tono firme de su propia voz.
—Por el espacio. —Una sonrisa lenta se dibujó en sus labios—. Parece que estamos disputando el mismo centímetro cuadrado.
Ella rió, un sonido breve, casi involuntario. El pasante tosió, incómodo. La mujer del blazer lanzó una mirada de reproche, como si estuvieran cometiendo un crimen al hablar en lugar de quedarse en silencio, como buenos profesionales.
—No es culpa suya —dijo Clara, bajando la voz para que solo él pudiera oírla—. El ascensor es demasiado pequeño para tanta… presencia.
Daniel inclinó la cabeza, como si evaluara la respuesta. Sus dedos rozaron levemente el dorso de su mano, un toque accidental, pero que envió una descarga eléctrica por el brazo de Clara. Ella no se apartó.
—Presencia —repitió él, saboreando la palabra—. Me gusta.
El ascensor se detuvo en el décimo piso. Las puertas se abrieron, pero nadie entró. Nadie salió. Un silencio extraño se instaló, como si el tiempo hubiera contenido la respiración. Clara sintió el peso de la mirada de Daniel sobre ella, quemando como un rayo de sol concentrado.
—¿Siempre trabajas hasta tan tarde? —preguntó él, la voz aún más baja, casi un susurro.
—Solo cuando el trabajo lo exige —respondió ella, sosteniendo su mirada.
—¿Y qué hace una ejecutiva como tú cuando no está exigiendo nada?
Ella sonrió, sintiendo el calor subir por su cuello.
—Depende de quién lo pida.
Las puertas comenzaron a cerrarse de nuevo, pero antes de que lo hicieran por completo, el ascensor dio una sacudida brusca. Las luces parpadearon, y el zumbido eléctrico cesó de repente, dejándolos en la oscuridad por una fracción de segundo. Cuando las luces de emergencia se encendieron, en un tono rojizo y fantasmal, el ascensor estaba detenido.
Y ellos, atrapados.
El ascensor dio otra sacudida, como si todo el edificio hubiera contenido el aliento, y luego se detuvo. El silencio que siguió fue denso, cargado de algo que no era solo el zumbido muerto de los motores. Clara sintió el aire enrarecido, como si el oxígeno hubiera sido succionado por esa interrupción brusca. A su lado, Daniel no se movió, pero ella notó la tensión en sus hombros, la forma en que sus dedos se cerraron levemente alrededor del asa de su maletín de cuero.
—Mierda —murmuró alguien detrás de ellos, una voz masculina, ronca de irritación.
Clara giró la cabeza lo justo para ver a los otros tres ocupantes del ascensor: una mujer de blazer gris, aferrando su bolso como si fuera un escudo; un joven de traje mal ajustado, los ojos muy abiertos fijos en el panel digital que ahora mostraba un «ERROR» parpadeante; y un señor de gafas, la frente arrugada mientras apretaba repetidamente el botón de la planta baja, como si la insistencia pudiera hacer que el aparato obedeciera.
Nadie habló. El ascensor parecía más pequeño ahora, las paredes de acero inoxidable reflejando sus rostros en tonos distorsionados por la luz de emergencia. Clara sintió el calor antes incluso de darse cuenta de dónde venía. El cuerpo de Daniel estaba allí, a centímetros del suyo, y la proximidad repentina era como una corriente eléctrica de bajo voltaje—suficiente para erizarle los vellos de los brazos, pero no lo bastante para ser peligrosa. Respiró hondo, y el perfume de él invadió sus sentidos: algo amaderado, con un toque de bergamota y cuero, mezclado con el olor sutil de sudor limpio, de ese tipo que solo aparece después de un día entero de reuniones bajo luces artificiales.
—Debe ser solo un problema técnico —dijo Daniel, la voz calmada, casi casual, como si estuvieran comentando el clima. Pero había un hilo de tensión en esas palabras, algo que Clara captó al instante. Se giró ligeramente hacia ella, y sus ojos—oscuros, casi negros bajo esa iluminación rojiza—encontraron los suyos—. Ya ha pasado antes. En media hora, como máximo, alguien se dará cuenta.
Clara asintió, pero no pudo evitar que su mirada se deslizara hacia la boca de él. Los labios estaban bien dibujados, el inferior ligeramente más lleno, y por un segundo se preguntó cómo sería sentirlos contra los suyos. La idea la hizo sonrojar, y desvió la mirada, fingiendo interés en el panel roto.
—Media hora es demasiado tiempo —refunfuñó la mujer del blazer gris, apretando aún más el bolso contra su pecho—. Tengo una cena en veinte minutos.
—Y yo una presentación en quince —añadió el joven, pasando la mano por su cabello ya despeinado.
Clara sintió un pinchazo de irritación. No por la espera, sino por la forma en que esos dos estaban convirtiendo una situación incómoda en algo aún más claustrofóbico. Ella quería silencio. Quería que Daniel volviera a mirarla de esa manera, como si estuvieran solos allí dentro, como si el mundo exterior hubiera dejado de existir.
—Tranquilícense —dijo el señor de gafas, la voz tranquila, casi paternal—. Si no lo resuelven en media hora, se activará el mantenimiento. Es solo cuestión de tiempo.
Daniel inclinó la cabeza, como si estuviera de acuerdo, pero Clara notó que no estaba realmente escuchando. Sus ojos estaban fijos en ella, y había algo depredador en la forma en que la observaba. Sintió el peso de esa mirada como una caricia, deslizándose por su rostro, por su cuello, deteniéndose un instante en la curva de sus senos, antes de volver a encontrarse con sus ojos.
—¿Estás bien? —preguntó él, la voz baja, casi íntima, como si solo ellos dos pudieran oír.
Clara tragó saliva. El aire parecía más caliente ahora, o quizá fuera solo el calor que emanaba del cuerpo de él, atravesando la tela fina del traje sastre. Quería acercarse, quería sentir ese calor contra su piel, pero no podía. No allí. No con esa gente alrededor.
—Estoy —respondió, y su voz salió más ronca de lo que pretendía—. Solo… no me gustan los espacios cerrados.
Daniel sonrió, una sonrisa lenta, conocedora—. Mentira.
Ella frunció el ceño, pero no lo negó. No podía. Porque él tenía razón. No era el espacio cerrado lo que la incomodaba. Era su presencia, la forma en que su cuerpo reaccionaba sin permiso, como si cada terminación nerviosa estuviera sintonizada solo con él.
—¿Y tú? —devolvió ella, intentando recuperar el control—. ¿Te está gustando la situación?
Él rio bajito, un sonido grave que vibró en su pecho y se extendió por el de ella—. Más de lo que debería.
El ascensor tembló de nuevo, una sacudida leve, como si estuviera intentando recordar cómo moverse. Las luces parpadearon, y por un segundo todo quedó a oscuras. Clara sintió el corazón acelerarse, pero antes de que pudiera entrar en pánico, la iluminación de emergencia volvió, más débil, más roja.
—Esto no es normal —murmuró el joven del traje, mirando hacia el techo como si esperara que algo cayera sobre él.
—Quizá sea solo un cortocircuito —sugirió el señor de gafas.
Daniel no dijo nada. En cambio, se movió ligeramente, y su brazo rozó el de ella. Fue un contacto mínimo, casi accidental, pero Clara sintió como si una descarga eléctrica hubiera recorrido su cuerpo. Contuvo la respiración, y por un instante sus ojos se encontraron. Había algo allí, algo que iba más allá de la simple atracción. Era como si los dos supieran, sin necesidad de decirlo, que aquello no terminaría allí.
—Estás temblando —murmuró Daniel, tan bajo que solo ella pudo oír.
Clara no se había dado cuenta, pero era cierto. Sus manos estaban ligeramente temblorosas, y las apretó contra los muslos, intentando disimular.
—No es verdad —mintió.
Él sonrió de nuevo, y esta vez había algo peligroso en esa sonrisa—. Sí que lo estás.
Ella abrió la boca para responder, pero fue interrumpida por el sonido de un teléfono sonando. La mujer del blazer gris contestó con un suspiro irritado, alejándose hacia un rincón del ascensor.
—Sí, cariño, estoy atrapada en el ascensor… No, no sé cuánto tardará… Sí, yo también te quiero.
Clara aprovechó la distracción para acercarse un poco más a Daniel. No mucho, solo lo suficiente para que sus hombros se tocaran. Él no se apartó. En cambio, se inclinó ligeramente hacia ella, y sintió su aliento cálido contra la oreja.
—¿Sabes lo que pienso? —susurró.
—¿Qué? —preguntó ella, la voz casi un soplo.
—Que te está gustando esto tanto como a mí.
Clara sintió el rostro arder. No era una pregunta, era una constatación, y lo peor era que él tenía razón. Le estaba gustando. Le gustaba la tensión, el peligro, la forma en que el cuerpo de él parecía atraer al suyo como un imán.
—Eres arrogante —dijo, pero no había convicción en esas palabras.
—Y a ti te encanta —replicó él, los labios casi rozando el lóbulo de su oreja.
Ella debería haberse apartado. Debería haber dicho algo ingenioso, algo que pusiera a ese hombre en su lugar. Pero no hizo nada de eso. En cambio, giró ligeramente el rostro hasta que sus rostros quedaron a centímetros de distancia, y sostuvo su mirada.
—Quizá —admitió.
Daniel sonrió, satisfecho, y por un segundo Clara pensó que la besaría allí mismo, delante de todos. Pero no lo hizo. En cambio, se apartó lo justo para que el momento pasara, dejándola con una sensación de vacío, de algo inacabado.
El ascensor tembló de nuevo, y esta vez el panel digital parpadeó, como si intentara comunicarse. El joven del traje se adelantó, apretando botones al azar.
—¡Funcionó! —exclamó, cuando las luces principales volvieron a encenderse.
Clara sintió una punzada de decepción. No quería que aquello terminara. Todavía no.
Pero las puertas no se abrieron. El ascensor siguió detenido, y el «ERROR» en el panel volvió a parpadear, ahora acompañado por un pitido irritante.
—Mierda —murmuró el joven, retrocediendo.
Daniel suspiró, pasando la mano por su cabello—. Parece que tendremos que esperar.
Clara lo miró, y por primera vez desde que habían quedado atrapados, vio algo más que confianza en su rostro. Había una sombra de impaciencia, quizá incluso de frustración. Y entonces lo entendió: él tampoco quería que aquello terminara.
—Qué bien —dijo, y su voz salió más suave de lo que pretendía.
Daniel la miró, y por un segundo el mundo a su alrededor pareció desaparecer. No había ascensor, no había otras personas, no había todo el edificio allá afuera. Solo ellos dos, atrapados en ese espacio mínimo, con la tensión creciendo entre ellos como una tormenta a punto de estallar.
Y entonces, como si supiera exactamente lo que ella estaba pensando, Daniel se acercó de nuevo, y sus dedos rozaron levemente los de ella.
Clara no se apartó.
El ascensor tembló de nuevo, una sacudida brusca que hizo que Clara perdiera el equilibrio por un segundo. Sus tacones altos—aquellos que había elegido esa mañana con la intención de intimidar a cualquier cliente que dudara de su competencia—vacilaron en el piso metálico. Un brazo fuerte la sujetó por la cintura antes de que pudiera desequilibrarse por completo, y el olor de Daniel invadió sus sentidos: una mezcla de cuero envejecido, especias cálidas y algo más primitivo, como el aroma de la piel calentada por el sol.
—Disculpa —murmuró él, la voz baja, casi ronca, como si las palabras tuvieran que atravesar una garganta repentinamente seca. Sus dedos aún estaban en contacto con la curva de su cintura, quemando a través de la tela fina de la blusa de seda. Clara contuvo la respiración cuando la soltó, pero no antes de que sus cuerpos se alinearan por un instante, lo suficiente para sentir la firmeza de su pecho contra el suyo, el ritmo acelerado de su propio pulso resonando en el espacio mínimo entre ellos.
—No fue nada —respondió, intentando sonar indiferente, pero el temblor en su voz la delató. Se giró ligeramente, como si fuera a ajustar la correa del bolso, y sus dedos rozaron los de él por accidente—o quizá no tan accidentalmente. Una descarga eléctrica recorrió su brazo, bajando por su columna en una ola de calor que la hizo apretar los muslos discretamente. Daniel no se apartó.
El ascensor seguía detenido, el aire acondicionado fallando en disipar el calor que ahora parecía emanar de ambos. Las otras personas en el cubículo—un hombre de traje gris con un periódico doblado bajo el brazo, una mujer de gafas que tecleaba frenéticamente en su móvil—parecían ajenas a la tensión que se enroscaba entre Clara y Daniel como un hilo invisible, cada vez más apretado. Pero Clara sabía que él lo sentía. Podía verlo en la forma en que los músculos de su mandíbula se contraían, en cómo sus ojos, oscuros como café fuerte, no se apartaban de los suyos por más de un segundo.
—¿Estás bien? —preguntó Daniel, inclinándose un poco hacia ella, como si fuera a compartir un secreto. Su aliento era cálido, mentolado, y Clara imaginó por un segundo cómo sería sentir ese soplo contra la piel sensible de su cuello, detrás de la oreja, bajando por la clavícula…
—Estoy —mintió, porque la verdad era que no lo estaba. Todo su cuerpo parecía haber sido conectado a una corriente eléctrica, cada terminación nerviosa vibrando en alerta. Cuando él se movió de nuevo, esta vez para ajustarse la corbata, su codo rozó su brazo, y Clara tuvo que morderse el labio para contener un suspiro.
Daniel lo notó. Claro que lo notó. Sus labios se curvaron en una sonrisa lenta, depredadora, como si ella acabara de ofrecerle algo deliciosamente prohibido.
—¿Segura? —insistió, la voz un murmullo que solo ella podía oír—. Porque pareces… un poco tensa.
Clara alzó la barbilla, desafiándolo—. Y a ti parece que te gusta.
La sonrisa de él se ensanchó, y antes de que ella pudiera reaccionar, sus dedos se deslizaron por el costado de su mano, un toque tan leve que podría confundirse con un accidente. Pero no lo era. Clara sabía que no lo era. El contacto fue breve, casi imperceptible, pero suficiente para que un escalofrío recorriera su piel, dejándola con la sensación de que cada centímetro de su cuerpo estaba vivo, palpitante, pidiendo más.
—¿Quizá me gusta? —admitió, y sus ojos bajaron por un segundo hacia sus labios, antes de volver a encontrarse con los suyos—. O quizá solo me gusta verte sonrojar.
Clara sintió el calor subir por su cuello, quemándole las mejillas. No era justo. Él estaba jugando sucio, usando ese tono de voz, esa mirada, ese maldito olor que la hacía querer acercarse aún más. Debería haberse apartado. Debería haber cruzado los brazos, desviado la mirada, fingido que no estaba afectada. Pero no podía.
En cambio, se inclinó ligeramente hacia adelante, reduciendo aún más la distancia entre ellos, y susurró: —No tienes idea de lo que estoy pensando ahora.
Los ojos de Daniel se oscurecieron, y por un segundo, Clara tuvo la impresión de que iba a besarla allí mismo, delante de todos. Pero entonces el ascensor dio otra sacudida, y el panel de control parpadeó, las luces titilando como si estuvieran a punto de apagarse. El hombre del traje gris carraspeó, impaciente, y la mujer de gafas finalmente alzó la vista del móvil, frunciendo el ceño.
—Esto está tardando demasiado —refunfuñó, como si los dos fueran los únicos responsables del retraso.
Daniel no apartó los ojos de Clara—. La paciencia es una virtud —dijo, pero su voz estaba cargada de algo que no tenía nada que ver con la virtud.
Clara se mordió el labio inferior, sintiendo el sabor metálico del pintalabios. Había algo deliciosamente peligroso en estar atrapada allí, en ese espacio estrecho, con un hombre que la miraba como si quisiera devorarla. Y lo peor—o lo mejor—era que ella quería ser devorada.
El ascensor dio otro tirón, esta vez más fuerte, y las luces se apagaron por una fracción de segundo antes de volver. La mujer de gafas soltó un gritito ahogado, y el hombre del traje gris maldijo en voz baja.
—Esto no es normal —murmuró, como si alguien allí necesitara que se lo dijeran.
Daniel finalmente apartó la mirada de Clara, pero no antes de pasar el pulgar por el dorso de su mano, un gesto tan rápido y sutil que nadie más podría haberlo notado. Excepto ella. Y ese pequeño toque fue suficiente para dejarla aún más consciente de cada centímetro de su cuerpo, de cómo el aire entre ellos parecía cargado, como si una chispa bastara para incendiarlo todo.
—No se preocupen —dijo Daniel, dirigiéndose al grupo, pero sus ojos volvieron a Clara—. Creo que pronto saldremos de aquí.
Y entonces, como si sus palabras fueran un presagio, el ascensor gimió, los engranajes crujieron, y el cubículo comenzó a moverse de nuevo. Pero Clara apenas lo notó. Porque en ese momento, con el cuerpo aún hormigueando por el contacto de Daniel, supo que la verdadera prisión no era el ascensor.
Era ella. Atrapada en esa mirada, en ese deseo que crecía a cada segundo, sin saber cómo—o si—podría escapar.
El ascensor seguía inmóvil, suspendido entre pisos como un secreto mal guardado. El zumbido de las luces fluorescentes parecía más fuerte ahora, llenando el silencio que se había instalado entre los cinco cuerpos atrapados en ese espacio estrecho. Clara sentía el peso de la mirada de Daniel incluso antes de girar el rostro para encontrarse con él. Cuando lo hizo, fue como si el aire entre ellos se condensara, espeso y eléctrico.
Él estaba a menos de medio metro de distancia, pero la proximidad parecía una ilusión—como si, en realidad, estuvieran separados por kilómetros de deseo no dicho. Sus ojos, oscuros y escrutadores, no se apartaban de los suyos. Había algo depredador en ellos, una intensidad que la hacía preguntarse si él podía ver más allá de la fachada de ejecutiva controlada que presentaba al mundo. Clara sostuvo su mirada, desafiándolo sin palabras, y vio la comisura de la boca de Daniel curvarse en una sonrisa lenta, casi imperceptible.
—¿Estás pensando lo mismo que yo? —su voz era baja, un murmullo que solo ella podría oír por encima del murmullo nervioso de los otros pasajeros.
Clara alzó una ceja, fingiendo indiferencia, pero el calor que subió por su cuello la delató.
—Depende —respondió, manteniendo el tono ligero—. ¿Sueles tener pensamientos inapropiados en ascensores llenos?
Daniel rio, un sonido grave y ronco que reverberó en su pecho y hizo que los dedos de Clara se contrajeran levemente. Se inclinó un poco más, lo suficiente para que el olor de su colonia—algo amaderado, con un toque de especias—invadiera el espacio entre ellos.
—¿Inapropiados? —repitió, como si la palabra fuera nueva para él—. Yo diría… *oportunos*. Después de todo, ¿cuándo más tendremos una excusa para estar tan cerca así?
Clara sintió su aliento cálido rozar su oreja y reprimió un escalofrío. Era ridículo cómo ese hombre lograba desestabilizarla con tan poco. Debería estar irritada con la situación, con el retraso, con la incomodidad de estar atrapada allí. Pero todo lo que podía sentir era el pulso acelerado, la forma en que su cuerpo parecía inclinarse imperceptiblemente hacia el de él, como atraído por un imán.
—¿Siempre eres así? —preguntó, intentando sonar casual, pero su voz salió más entrecortada de lo que pretendía.
—¿Así cómo?
—Tan… *directo*.
Daniel sonrió, y esta vez no había forma de ocultar la malicia en sus ojos.
—Solo cuando vale la pena.
Ella debería haber respondido algo ingenioso, algo que lo pusiera en su lugar. Pero las palabras murieron en su garganta cuando él se acercó aún más, la tela de su chaqueta rozando su brazo. El ascensor parecía más pequeño ahora, como si las paredes se estuvieran cerrando a su alrededor, aislándolos del mundo exterior.
—Clara —murmuró, y la forma en que su nombre sonó en sus labios, como una caricia, hizo que su estómago se contrajera—. Estás sonrojada.
Ella se llevó la mano al rostro, como si pudiera ocultar el calor que subía por sus mejillas, pero sabía que era demasiado tarde. Daniel observaba cada una de sus reacciones con una atención casi clínica, como si estuviera memorizando cada detalle.
—No es verdad —mintió, pero su voz sonó débil.
—Sí que lo estás —insistió, y entonces, antes de que ella pudiera protestar, se inclinó hasta que sus labios casi tocaron su oreja—. Y es lo más delicioso que he visto hoy.
Clara contuvo la respiración. El mundo a su alrededor parecía haber desaparecido—los otros pasajeros, el ruido del edificio, incluso el hecho de que estaban atrapados en un ascensor. Solo existían ellos dos, y ese momento suspendido en el tiempo.
—Me encanta provocarte —acusó, pero no había ira en su voz, solo un desafío.
—Me gusta —admitió Daniel, sin ningún remordimiento—. Pero solo porque a ti te gusta que te provoquen.
Ella abrió la boca para replicar, pero las palabras se perdieron cuando él rozó los dedos en su muñeca, un toque ligero como una pluma, pero que la hizo estremecer. Clara miró hacia abajo, hacia donde su mano descansaba ahora sobre la de él, y sintió el corazón latir tan fuerte que tuvo la certeza de que él podía oírlo.
—¿Qué estás haciendo? —preguntó, pero era más una súplica que una pregunta.
—Probando límites —respondió, la voz ronca—. Y parece que los tuyos son mucho más flexibles de lo que te gustaría admitir.
Clara debería haberse apartado. Debería haber recordado que estaban en un espacio público, que cualquiera podía ver, que apenas conocía a ese hombre. Pero la verdad era que no quería apartarse. No cuando cada célula de su cuerpo parecía gritar pidiendo más.
Daniel notó su vacilación y aprovechó. Se inclinó hasta que sus labios casi tocaron su oreja de nuevo, y esta vez, cuando habló, su voz fue un susurro tan bajo que ella tuvo que esforzarse para oír.
—Podría besarte ahora —dijo—. Podría empujarte contra esa pared, sentir tu cuerpo contra el mío, y nadie aquí tendría el valor de detenernos.
Ella tragó saliva, sintiendo la garganta seca. Las palabras de él eran una promesa, una amenaza, una tentación que no sabía si podría resistir.
—Pero no lo haré —continuó, y Clara sintió una punzada de decepción mezclada con alivio—. Porque cuando finalmente te bese, Clara, quiero que sea en un lugar donde pueda hacer mucho más que solo eso.
Ella se mordió el labio inferior, sintiendo el sabor metálico del pintalabios. Sus ojos se encontraron con los de él de nuevo, y lo que vio allí—deseo, control, un hambre que reflejaba la suya—hizo que todo su cuerpo se incendiara.
—Eres peligroso —murmuró, pero no había miedo en sus palabras, solo una constatación.
Daniel sonrió, lento y satisfecho.
—Y a ti te encanta.
Antes de que ella pudiera responder, el ascensor dio otra sacudida, y las luces parpadearon. El grupo a su alrededor murmuró aliviado, pero Clara apenas lo notó. Porque en ese momento, con el cuerpo aún hormigueando por el contacto de Daniel, por el calor de sus palabras, supo que no importaba lo que pasara después.
Ya estaba perdida.
El ascensor tembló una última vez, como si despertara de un sueño profundo, y las puertas se abrieron con un suspiro metálico. El aire acondicionado del pasillo invadió el espacio confinado, trayendo una frescura que contrastaba con el calor que aún ardía entre Clara y Daniel. Las otras personas salieron apresuradas, aliviadas, murmurando sobre el susto, sobre el tiempo perdido, sobre reuniones pospuestas. Pero Clara apenas las escuchó. Sus sentidos estaban fijos en un solo punto: la presión de los dedos de Daniel entrelazados con los suyos, firmes, posesivos, como si él ya supiera que ella no resistiría.
Él no esperó. En cuanto el último desconocido pasó por la puerta, Daniel la arrastró hacia afuera con un movimiento decidido, pero sin prisa, como si el mundo entero se hubiera detenido para darles ese momento. Clara se dejó guiar, los tacones altos resonando en el mármol pulido del pasillo vacío. El edificio, a esa hora, ya estaba casi desierto—solo algunas luces encendidas en los pisos superiores, el zumbido lejano de una máquina de café, el silencio cómplice de las oficinas cerradas.
Daniel la llevó a un rincón donde la iluminación era más tenue, un recoveco entre dos puertas de madera oscura, un lugar que parecía hecho para secretos. Antes de que ella pudiera recuperar el aliento, la empujó contra la pared, sus manos grandes envolviendo su rostro con una urgencia que desmentía el control que había mostrado hasta entonces. Clara sintió el peso de su cuerpo contra el suyo, la rigidez del traje contrastando con la suavidad de su blusa de seda, y entonces—finalmente—los labios de Daniel encontraron los suyos.
No fue un beso delicado. No fue una pregunta, ni una petición. Fue una afirmación, una reivindicación, como si él hubiera estado esperando por eso desde la primera mirada intercambiada en el ascensor. La boca de Daniel era cálida, exigente, y Clara respondió con la misma moneda, sus manos subiendo para agarrar sus hombros anchos, atrayéndolo más cerca, como si pudiera fundirse con él allí mismo. El sabor de él era a café fuerte y algo más oscuro, algo que no podía nombrar, pero que la hizo gemir suavemente contra sus labios.
—No tienes idea de cuánto he querido hacer esto —murmuró Daniel, apartándose solo lo suficiente para hablar, la voz ronca, los dedos ahora deslizándose por su cuello, trazando la línea de la clavícula como si memorizara cada centímetro—. Desde que te vi entrar en ese ascensor, toda compuesta, con este traje sastre que parece hecho para ser arrancado…
Clara rio, un sonido bajo y entrecortado, y lo atrajo más cerca, las uñas clavándose en sus hombros—. Eres un cliché andante —provocó, pero sus manos ya estaban desabotonando su chaqueta, los dedos temblorosos de anticipación.
—Y a ti te encanta —respondió, capturando su boca de nuevo, esta vez más lento, más profundo, como si quisiera saborear cada segundo. La lengua de Daniel exploró la suya con una precisión que hizo que Clara arqueara la espalda, presionándose contra él, sintiendo la evidencia de su deseo contra su vientre. El roce de las telas—el lino del traje, la seda de la blusa—solo aumentaba la tensión, como si cada capa entre ellos fuera una barrera más que superar.
Daniel no perdió tiempo. Sus manos bajaron hasta su falda, subiéndola con un movimiento rápido, los dedos encontrando la piel desnuda de su muslo. Clara jadeó cuando la tocó, el pulgar trazando círculos lentos y provocadores en la parte interna de su pierna, cada vez más cerca de donde más lo necesitaba—. ¿Estás mojada? —susurró contra su oído, los dientes rozando el lóbulo, haciéndola estremecer.
—Averígualo —lo desafió, la voz quebrada.
Él no necesitó más incentivo. Con una sonrisa depredadora, Daniel deslizó la mano dentro de sus bragas, los dedos encontrando la humedad que ya resbalaba entre sus piernas. Clara gimió en voz alta, el sonido ahogado contra su hombro, las uñas clavándose en su espalda ancha—. Joder, Clara… —gruñó, el pulgar presionando su clítoris mientras un dedo, luego dos, entraban en ella con una lentitud torturante—. Eres aún mejor de lo que imaginé.
Ella no pudo responder. El placer era demasiado intenso, la sensación de sus dedos dentro de ella, moviéndose en un ritmo que la hacía perder el control. Clara se aferró a él, las piernas temblando, la respiración entrecortada—. Daniel… —logró decir, su nombre una súplica, una rendición.
Él sabía exactamente lo que estaba haciendo. Con la mano libre, bajó su blusa, exponiendo el sujetador de encaje negro, y bajó la cabeza para capturar un pezón entre los dientes, mordisqueándolo a través de la tela fina. Clara gritó, el sonido resonando en el pasillo vacío, y Daniel sonrió contra su piel, su aliento cálido haciéndola estremecer—. Shhh… —murmuró, pero no había gentileza en su voz, solo una orden disfrazada de consejo—. No querrás que alguien nos escuche, ¿verdad?
Clara no le importaba. En ese momento, no había nada más que su toque, el calor de su cuerpo, la presión de sus dedos dentro de ella, moviéndose cada vez más rápido, cada vez más profundo. Estaba cerca, tan cerca, el orgasmo construyéndose como una ola a punto de romper—. Daniel, voy a… —logró decir, la voz entrecortada.
—Córrete para mí —ordenó, su boca ahora en su oído, los dientes mordisqueando el lóbulo mientras sus dedos trabajaban con una precisión implacable—. Quiero sentir cómo aprietas mis dedos.
Fue suficiente. Clara se corrió con un grito ahogado, todo su cuerpo convulsionando, las paredes internas apretándose alrededor de sus dedos en espasmos deliciosos. Daniel no se detuvo, prolongando el placer hasta que ella quedó laxa en sus brazos, la respiración aún acelerada, el cuerpo cubierto por una fina capa de sudor.
Cuando finalmente abrió los ojos, encontró su mirada—oscura, hambrienta, aún llena de promesas. Daniel sacó los dedos de dentro de ella lentamente, llevándoselos a la boca y lamiéndolos con una lentitud deliberada, los ojos nunca dejando los suyos—. Sabes a pecado —murmuró, la voz ronca.
Clara sintió su cuerpo reaccionar de nuevo, una nueva ola de deseo recorriéndola. No estaba satisfecha. Ni cerca de estarlo—. Tu oficina —dijo, la voz firme a pesar del temblor en sus piernas—. Ahora.
Daniel no discutió. Con un movimiento rápido, la tomó en brazos, sus piernas envolviendo su cintura, y la llevó por el pasillo como si no pesara nada. Clara rio, sorprendida, y enterró el rostro en su cuello, inhalando el olor a colonia cara y sudor limpio—. Eres llena de sorpresas —murmuró contra su piel, los dientes rozando su yugular.
—Tú aún no has visto nada —respondió, la voz cargada de promesas.
Las puertas de su oficina estaban sin llave. Daniel las cerró de una patada al entrar, y Clara apenas tuvo tiempo de registrar la decoración elegante—paredes de vidrio, muebles de diseño, una vista deslumbrante de la ciudad de noche—antes de que él la arrojara sobre el escritorio de madera pulida. Los papeles volaron, los objetos cayeron al suelo con estrépito, pero a ninguno de los dos le importó.
Daniel se desabotonó la camisa con movimientos rápidos, revelando un pecho musculoso, marcado por algunas cicatrices finas que Clara quería explorar con la lengua. Pero antes de que pudiera moverse, él ya estaba sobre ella, las manos subiendo su falda, rasgando sus bragas de encaje con un movimiento brusco—. Estas me las quedo —dijo, metiendo el trozo de tela en el bolsillo de su chaqueta con una sonrisa maliciosa.
Clara no tuvo tiempo de protestar. Daniel abrió sus piernas con las rodillas, su boca bajando para besar la parte interna de su muslo, los dientes dejando marcas rojas en la piel sensible—. Ahora eres mía —murmuró, la voz vibrando contra su piel—. Y voy a probarte en todos lados.
Antes de que pudiera responder, su boca encontró su sexo, la lengua cálida y húmeda lamiéndola con una voracidad que la hizo arquear la espalda, las manos agarrando su cabello. Clara gritó, el sonido resonando en la oficina vacía, pero no le importó. En ese momento, no había nada más que el placer, la boca de Daniel devorándola, sus dedos entrando en ella de nuevo, preparándola para lo que vendría después.
—Daniel, por favor… —suplicó, las palabras saliendo en un hilo de voz—. Te necesito dentro de mí.
Él alzó la cabeza, los labios brillando con su humedad, los ojos oscuros de deseo—. ¿Estás segura? —preguntó, la voz ronca, pero Clara sabía que no era una pregunta de verdad. Era solo una formalidad, un juego.
—Sí —respondió, sin dudar—. Ahora.
Daniel no necesitó más incentivo. Con un movimiento rápido, se desabrochó el pantalón, liberando su erección, dura y pesada. Clara se mordió el labio al verlo, todo su cuerpo hormigueando de anticipación. Él no usó condón—no había ninguno a mano, y ninguno de los dos parecía dispuesto a esperar. En cambio, Daniel sujetó la base de su miembro con una mano, guiándolo hacia ella con la otra, entrando lentamente, centímetro a centímetro, hasta estar completamente enterrado.
Clara gritó, el placer mezclado con un pinchazo de dolor, pero era un dolor bueno, un dolor que la hacía querer más. Daniel se detuvo por un momento, dándole tiempo para adaptarse, los ojos fijos en los suyos—. ¿Estás bien? —preguntó, la voz tensa de control.
—No pares —respondió, las uñas clavándose en su espalda—. Por favor, no pares.
Él no paró. Con un gemido ronco, comenzó a moverse, sus caderas golpeando contra las de ella en un ritmo implacable, cada embestida más profunda, más intensa que la anterior. Clara envolvió las piernas alrededor de su cintura, atrayéndolo más cerca, sintiéndolo llenarla por completo, la fricción deliciosa haciéndola ver estrellas.
—Estás tan apretada —gruñó, su boca encontrando la de ella en un beso salvaje, su lengua invadiéndola de la misma forma en que su miembro la invadía—. Joder, Clara…
Ella no podía responder. El placer era demasiado, la sensación de él dentro de ella, la presión de su cuerpo contra el suyo, el sonido de la piel golpeando contra la piel llenando la oficina. Clara sintió el orgasmo acercarse de nuevo, más intenso esta vez, una ola que amenazaba con arrastrarla.
—Córrete conmigo —ordenó Daniel, sus dedos encontrando su clítoris, frotándolo en círculos rápidos mientras seguía embistiéndola—. Ahora, Clara.
Fue suficiente. Con un grito, se corrió, todo su cuerpo convulsionando, las paredes internas apretándose alrededor de él en espasmos deliciosos. Daniel la siguió segundos después, enterrándose profundamente y corriéndose con un gemido ronco, el calor de su semen llenándola de una forma que la hizo estremecer.
Por un largo momento, ninguno de los dos se movió. Daniel estaba apoyado sobre los codos, la respiración pesada, el cuerpo aún presionado contra el de ella. Clara sintió su corazón latir contra el suyo, los dos desacelerando juntos, como si estuvieran sincronizados.
—Esto fue… —comenzó, pero no pudo terminar la frase.
—Solo el comienzo —completó Daniel, la voz aún ronca, sus labios encontrando los de ella en un beso suave, casi reverente.
Clara sonrió contra su boca, sintiendo su cuerpo aún hormiguear, aún vivo—. Tienes razón —murmuró—. Pero ahora tengo que irme.
Daniel frunció el ceño, pero no la soltó—. ¿Quedarte? —sugirió, sus dedos trazando círculos perezosos en su piel.
—No puedo —respondió, aunque cada fibra de su cuerpo gritaba que se quedara—. Pero esto… —hizo un gesto entre los dos— …no ha terminado.
Daniel sonrió, lento y satisfecho—. Lo sé.
Clara se levantó lentamente, arreglando su falda, sintiendo el líquido de él resbalando entre sus piernas, un recuerdo cálido y pegajoso de lo que habían hecho. Daniel observó cada uno de sus movimientos, los ojos oscuros siguiéndola como si no quisiera perderla de vista.
—Mi número —dijo, tomando una tarjeta de visita del escritorio y garabateando algo en el reverso—. Llámame.
Clara tomó la tarjeta, sus dedos rozando los de él. El papel estaba caliente, como si guardara el calor de su cuerpo—. Lo prometo —susurró, y había algo en su voz, una urgencia, una promesa, que hizo que el corazón de Daniel latiera más rápido.
Ella se giró para irse, pero antes de que pudiera dar el primer paso, él la atrajo de vuelta, sus manos grandes envolviendo su rostro—. Clara —dijo, la voz ronca—. Esto no fue solo hoy.
Ella sonrió, los ojos brillantes—. Lo sé.
Y entonces, finalmente, se soltó y caminó hacia la puerta, los tacones resonando en el piso de mármol. Daniel se quedó parado en medio de la oficina, semidesnudo de la cintura para arriba, observándola hasta que desapareció en el pasillo. Solo entonces respiró hondo, pasando la mano por su cabello, sintiendo su cuerpo aún pulsar, insatisfecho.
Clara entró en el ascensor y apretó el botón de la planta baja, recostándose contra la pared de espejos. El reflejo mostraba a una mujer diferente de la que había subido horas antes—los labios hinchados, el cabello despeinado, los ojos brillando con una satisfacción que iba más allá de lo físico. Sonrió para sí misma, pasando los dedos por sus labios, como si pudiera guardar allí el sabor de él.
El ascensor bajó en silencio, pero dentro de ella todo era ruido. El corazón le latía con fuerza, la piel le hormigueaba, el recuerdo de sus manos, de su boca, de su cuerpo, aún la quemaba por dentro. Cuando las puertas se abrieron en la planta baja, salió con pasos firmes, pero por dentro estaba temblando.
El aire de la noche la recibió con una brisa fresca, pero apenas lo sintió. Estaba demasiado ocupada imaginando la próxima vez. Y, por la sonrisa que no podía borrar, sabía que no tardaría mucho.