Fuego en las Montañas: Noches Prohibidas en la Posada de los Deseos

Por Tonkix
Fuego en las Montañas: Noches Prohibidas en la Posada de los Deseos
**Fuego en las Montañas: Noches Prohibidas en la Posada de los Deseos** La carretera serpenteaba entre las montañas como una cinta oscura desenrollada sobre el verde profundo, y Clara apretaba el volante con manos que ya no temblaban de miedo, sino de anticipación. El GPS había dejado de funcionar kilómetros atrás, devorado por la niebla que se enredaba en los árboles como dedos espectrales. Bajó la ventanilla, dejando que el aire húmedo y frío invadiera el coche, cargado con el olor a tierra mojada y pinos. Respiró hondo, sintiendo cómo el peso de los últimos meses se disolvía en la brisa—o quizá fuera solo el cansancio alcanzándola por fin. Había elegido aquel lugar por casualidad, o quizá por desesperación. Una posada perdida en los confines de Minas Gerais, donde internet era una leyenda y el silencio, moneda corriente. *Posada de la Neblina*, decía el letrero de madera rústica, casi escondido entre helechos gigantes. El nombre le iba: la niebla flotaba baja, envolviendo las construcciones de piedra y madera como un velo tímido. Clara estacionó el coche frente a la recepción, un chalé de techo inclinado cubierto de musgo, y apagó el motor. El silencio que siguió fue tan absoluto que pudo escuchar su propio corazón latir, lento y pesado. Al abrir la puerta, el suelo de piedras irregulares crujió bajo sus botas. El aire estaba más denso allí, cargado con el aroma de leña quemada y algo dulce—miel, quizá, o el perfume de las flores silvestres que trepaban por las paredes de la posada. Estiró los brazos, sintiendo cómo los músculos de la espalda protestaban después de horas sentada, y miró alrededor. No había nadie. Solo el sonido lejano de agua corriendo, un arroyo escondido entre los árboles, y el susurro de las hojas al viento. —*Llegaste.* La voz vino de detrás de ella, grave y suave como terciopelo oscuro. Clara se giró y encontró a un hombre apoyado en el marco de la puerta de la recepción, los brazos cruzados sobre el pecho ancho. Llevaba una camisa a cuadros descolorida, las mangas arremangadas hasta los codos, revelando antebrazos musculosos marcados por venas prominentes. El cabello castaño oscuro caía en ondas ligeramente húmedas sobre la frente, como si acabara de salir de la lluvia, y los ojos—Dios, los ojos—eran de un verde tan profundo que parecían absorber la luz a su alrededor. La observaban con una intensidad desconcertante, como si ya la conocieran. —Rafael —dijo, extendiendo la mano. El apretón fue firme, cálido, y Clara sintió un escalofrío subir por su columna cuando los dedos de él rozaron la parte interna de su muñeca—. El dueño de la posada. Y tu guía, si lo necesitas. —Clara —respondió ella, intentando sonar casual, pero la voz le salió más ronca de lo que pretendía—. Escritora. —Ah. —Una sonrisa lenta se dibujó en su rostro, revelando dientes blancos y ligeramente torcidos, lo que solo aumentaba su encanto—. Entonces es por eso que elegiste este lugar. Silencio para pensar. O para huir. Ella rio, sorprendida por su perspicacia. —Un poco de ambos. Rafael inclinó la cabeza, los ojos recorriendo su rostro con una curiosidad que rayaba en la osadía. —¿Y está funcionando? —Todavía no lo sé. Acabo de llegar. —Entonces vamos a ver si puedo ayudar. —Se apartó de la puerta, haciendo un gesto para que lo siguiera—. Primero, café. Fuerte, como debe ser. Después, si quieres, te muestro los alrededores. La niebla está baja hoy, pero se pueden ver las cascadas. Clara dudó por un segundo antes de entrar. El interior de la posada era aún más acogedor de lo que había imaginado: paredes de piedra vista, alfombras de lana esparcidas por el suelo, una chimenea crepitando en un rincón. El olor a café recién hecho se mezclaba con el de canela y madera quemada, y sintió cómo la tensión en sus hombros comenzaba a disiparse. —Siéntate —Rafael señaló un sillón de cuero gastado cerca de la chimenea—. Voy por el café. Ella obedeció, hundiéndose en el asiento mullido, y lo observó mientras se movía por la cocina abierta. Había algo en su forma de comportarse—una confianza tranquila, como si el mundo entero girara a su ritmo. Sirvió el café en dos tazas de cerámica rústica, el vapor elevándose en espirales perezosas, y le entregó una. —Cuidado. Quema. Clara sopló la superficie oscura antes de llevar la taza a los labios. El primer sorbo fue una explosión de sabores: amargo, intenso, con un toque de algo dulce que no logró identificar. Cerró los ojos por un instante, saboreando la sensación. —Es increíble. —Hecho con granos de la región. —Rafael se sentó en el sillón de al lado, estirando las piernas largas hacia el fuego—. Aquí, todo sabe a tierra. Ella lo observó por encima del borde de la taza. Estaba lo suficientemente cerca como para ver las pequeñas cicatrices en los nudillos, señales de una vida al aire libre, y la forma en que la luz de la chimenea danzaba en los mechones de su barba incipiente. Había algo salvaje en él, algo que encajaba con las montañas que los rodeaban. —¿Y tú? —preguntó Clara, intentando mantener la conversación ligera—. ¿Siempre has vivido aquí? —Nací y crecí. —Tomó un sorbo de café, los ojos fijos en ella—. Las montañas tienen ese efecto. O las amas, o huyes. —Y tú las amas. —Más que a nada. —La respuesta fue simple, pero cargada de una convicción que hizo que Clara sintiera un calor inesperado en el pecho—. Aquí las cosas son reales. El viento, la lluvia, el fuego. No hay espacio para mentiras. Ella desvió la mirada, de repente consciente de la proximidad entre ellos. El sillón era pequeño, y sus rodillas casi se tocaban. Cuando volvió a mirarlo, Rafael sonreía, como si supiera exactamente el efecto que sus palabras tenían en ella. —Entonces —dijo, dejando la taza sobre la mesa de centro—, ¿quieres explorar los alrededores hoy? ¿O prefieres descansar? Clara dudó. Una parte de ella quería encerrarse en la habitación, abrir el portátil e intentar escribir algo—cualquier cosa—que no fuera sobre la forma en que sus ojos parecían quemarle la piel. Pero la otra parte, la que había pasado meses encerrada en un apartamento minúsculo en São Paulo, asfixiada por plazos y bloqueos creativos, ansiaba el aire libre. —Explorar —decidió. Rafael asintió, satisfecho. —Perfecto. Voy por las botas. —Se levantó, pero se detuvo antes de alejarse, inclinándose ligeramente hacia ella—. Solo una cosa, Clara. —¿Qué? —No te pierdas. Las palabras fueron dichas en un tono casual, pero había algo detrás de ellas—una promesa, quizá, o una advertencia. Sintió que el corazón se le aceleraba. —¿Y si me pierdo? La sonrisa de él se ensanchó, lenta y peligrosa. —Entonces espero que te guste que te encuentren. Y con eso, desapareció por el pasillo, dejándola sola con el fuego, el café y la certeza de que aquel viaje sería muy, muy distinto a lo que había imaginado. El sendero serpenteaba entre helechos altos y troncos cubiertos de musgo, el suelo húmedo cediendo levemente bajo las botas de Clara. El aire olía a tierra mojada y resina, mezclado con el perfume dulce de las flores silvestres que se aferraban a las piedras como si temieran caer. Rafael caminaba delante, los hombros anchos cortando la niebla baja que se enredaba entre los árboles, los pasos firmes, seguros. De vez en cuando, miraba hacia atrás, los ojos oscuros brillando bajo la luz filtrada por las copas, como si supiera exactamente dónde pisar—y exactamente dónde estaba ella. —¿Vienes seguido por aquí? —preguntó Clara, intentando ignorar cómo el viento le devolvía su voz, grave, casi íntima. —Solo cuando necesito recordar que el mundo es más grande que cuatro paredes. —Se detuvo, esperando a que lo alcanzara—. ¿Y tú? ¿Cuántas historias has dejado de escribir porque el silencio de la ciudad te asfixiaba? Ella rio, sorprendida. —¿Cómo sabes que es el silencio? —Porque siempre es el silencio. O el ruido de más. —Extendió la mano, señalando un claro más adelante—. Allí. Las flores de maracuyá salvaje solo se abren al atardecer. Si nos apuramos, aún llegamos a verlas. Clara siguió su gesto, pero sus ojos traicionaron su curiosidad y se posaron en su garganta, donde una vena latía bajo la piel bronceada. Rafael lo notó. No dijo nada. Solo sonrió, lento, como si supiera que ella estaba contando los segundos hasta que volviera a hablar. El claro era un círculo de luz dorada, los pétalos blancos de las flores abriéndose en cámara lenta, como si bailaran para el sol que se hundía tras las montañas. Clara se arrodilló, pasando los dedos sobre uno de ellos, sintiendo la textura aterciopelada. —Son… —comenzó, pero las palabras murieron cuando Rafael se agachó a su lado, tan cerca que el calor de su cuerpo atravesaba la tela de la camisa. —Efímeras —completó él, la voz baja—. Duran una noche. Después se marchitan. —Como algunos encuentros. Él no respondió de inmediato. En cambio, extendió la mano y tocó uno de los pétalos, rozándolo con la punta de los dedos antes de girar la muñeca y ofrecerle la flor. —Algunos encuentros están hechos para durar solo una noche —dijo, por fin—. Otros… bueno. Otros son como estas montañas. Están aquí mucho antes de que lleguemos y seguirán mucho después de que nos hayamos ido. Clara tomó la flor, los dedos rozando los de él. La piel de Rafael era áspera, callosa por el trabajo, pero el contacto fue ligero, casi reverente. Llevó el pétalo a la nariz, inhalando el perfume dulce y ligeramente cítrico, pero lo que realmente sintió fue su olor—madera quemada, sudor limpio, algo salvaje que le hizo contraer el estómago. —¿Y nosotros? —preguntó, sin apartar los ojos de los suyos—. ¿Somos efímeros o montañas? Rafael inclinó la cabeza, estudiándola como si fuera un enigma que estuviera decidido a descifrar. —Todavía no lo he decidido. Antes de que pudiera responder, un trueno retumbó a lo lejos, bajo y amenazador. El cielo, que minutos antes era un manto de oro y púrpura, se oscureció de repente, las nubes cerrándose como cortinas. Rafael alzó la vista, frunciendo el ceño. —Mierda. Tendremos que refugiarnos. —¿Dónde? —Hay una cabaña no muy lejos de aquí. —Se levantó, extendiendo la mano para ayudarla—. Pero tenemos que correr. Clara aceptó el gesto, pero en cuanto se puso de pie, la primera gota de lluvia le cayó en la mejilla, fría e inesperada. Luego otra. Y otra. En segundos, la lluvia arreció, gruesa y pesada, empapándolos al instante. Rafael maldijo en voz baja y le apretó la mano con más fuerza, arrastrándola por el sendero. —¡Por aquí! Ella corrió, los pies resbalando en el barro, el corazón latiendo fuerte no solo por el esfuerzo, sino por su cercanía. El bosque, antes silencioso, rugía ahora con el sonido de la tormenta, las ramas balanceándose como si intentaran expulsarlos. Clara rio, sin aliento, sintiendo la adrenalina correr por sus venas. —¡Dijiste que no estaba lejos! —¡Y no lo está! —Rafael gritó por encima del viento, volviéndose hacia ella con una sonrisa salvaje—. ¡Pero la lluvia no estaba en el guión! La cabaña apareció de repente, una construcción rústica de madera oscura, casi camuflada entre los árboles. Rafael empujó la puerta, que crujió en los goznes oxidados, y arrastró a Clara al interior antes de que la tormenta los engullera. El interior era pequeño, húmedo, pero seco. Una mesa de madera tosca, un banco, una chimenea apagada y, en un rincón, un colchón viejo cubierto por una manta de lana. Clara sacudió el cabello, esparciendo gotas de agua por el aire, y volvió a reír, el sonido resonando en el espacio estrecho. —Esto es… —comenzó, pero se detuvo cuando vio a Rafael quitarse la camisa mojada, revelando el torso esculpido, los músculos definidos brillando bajo la luz tenue que entraba por la ventana sucia. —¿Íntimo? —completó él, arrojando la camisa sobre el banco—. Iba a decir *acogedor*, pero tu versión es mejor. Ella tragó saliva. La cabaña de repente parecía más pequeña, el aire más denso. Rafael se acercó a la chimenea y comenzó a juntar ramitas, los movimientos precisos, eficientes. Clara observó su espalda, la curva de la columna, la forma en que los hombros se movían bajo la piel. —¿Sabes encender fuego? —preguntó, intentando sonar casual. —Es una de mis especialidades. —La miró por encima del hombro, los ojos oscuros brillando con algo que no logró descifrar—. Pero necesito ayuda. —¿Qué? —Sostén esto. —Le entregó un puñado de ramitas y se arrodilló frente a la chimenea, soplando suavemente las brasas que comenzaban a formarse. Clara se arrodilló a su lado, las rodillas rozando las de él, y sintió el calor de su cuerpo mezclarse con el suyo. —¿Así? —preguntó, extendiendo las ramitas. —Perfecto. —Tomó una de ellas, los dedos rozando los suyos, y la colocó sobre las llamas—. Ahora solo hay que esperar. El fuego crepitó, proyectando sombras danzantes sobre las paredes de madera. Clara se sentó sobre los talones, consciente de que la camisa mojada se le pegaba al cuerpo, delineando cada curva. Rafael no apartó la mirada. En cambio, extendió la mano y tocó el cuello de su camisa, los dedos cálidos contra la piel helada. —Estás temblando. —Estoy bien. —Mentira. —Tiró de su camisa hacia abajo, los dedos deslizándose por su hombro, dejando un rastro de fuego—. Déjame ayudar. Antes de que pudiera protestar, Rafael se acercó y le tomó el rostro entre las manos, los pulgares acariciando sus mejillas. Clara contuvo la respiración. El contacto era suave, pero cargado de una intensidad que la hizo cerrar los ojos. —Rafael… —Shh. —Inclinó la cabeza, los labios flotando sobre los suyos, tan cerca que podía sentir su aliento cálido—. Solo un poco de calor. Y entonces la besó. No fue un beso suave. Fue hambriento, desesperado, como si hubiera estado esperando ese momento desde que la vio por primera vez. Clara respondió con la misma moneda, las manos subiendo hacia su cabello, atrayéndolo más cerca. El sabor de él era a café y algo más oscuro, más peligroso, y gimió contra su boca, sintiendo cómo todo su cuerpo se incendiaba. Rafael la empujó suavemente contra el suelo de madera, su cuerpo cubriendo el de ella, las manos explorando cada centímetro de piel expuesta. Clara arqueó la espalda, sintiendo su peso, la dureza entre sus piernas presionando contra ella. —Joder —murmuró él, apartándose solo lo suficiente para mirarla a los ojos—. Eres hermosa. Clara no respondió. En cambio, le quitó la camisa, arrancándosela por la cabeza y arrojándola a un lado. Rafael rio, bajo y ronco, y volvió a besarla, las manos deslizándose hacia abajo, desabrochando sus pantalones con una urgencia que la hizo temblar. —Espera —susurró ella, jadeante—. ¿Aquí? —Aquí —confirmó él, los labios trazando un camino de besos por su cuello—. Ahora. Y entonces no hubo más palabras. Solo el sonido de la lluvia golpeando el techo de zinc, el crepitar del fuego, los gemidos ahogados mientras Rafael exploraba cada centímetro de su cuerpo, las manos callosas dejando marcas invisibles en su piel. Clara se perdió en él, en el calor, en el olor, en la sensación de que, en ese momento, nada más existía aparte de aquella cabaña, de aquel hombre, de aquel fuego que ardía entre ellos. Cuando finalmente se entregaron, fue con un grito ahogado contra su hombro, los cuerpos empapados de sudor y lluvia, la respiración entrecortada. Rafael se desplomó sobre ella, el peso reconfortante, los labios encontrando los suyos en un beso lento, perezoso. —Esto —murmuró, rozándole la nariz con el suyo— fue solo el principio. Clara sonrió, pasando los dedos por su cabello húmedo. —¿Lo prometes? Rafael no respondió. Solo la besó de nuevo, mientras la tormenta rugía afuera, como si supiera que, dentro de aquella cabaña, algo mucho más salvaje había sido liberado. La noche había caído sobre la Posada de la Neblina como un manto de terciopelo negro, bordado solo por el brillo plateado de las estrellas y el murmullo lejano del viento entre los árboles. Clara salió al porche de madera, los pies descalzos hundiéndose ligeramente en las tablas frías, una copa de vino tinto olvidada entre los dedos. El aire estaba cargado con el perfume húmedo de la tierra después de la lluvia, mezclado con el olor a leña quemándose en la chimenea de la sala principal. Respiró hondo, sintiendo el peso de aquellas montañas, la vastedad del cielo, la soledad que, por primera vez en meses, no la oprimía. Fue entonces cuando lo vio. Rafael estaba apoyado en la barandilla, los brazos cruzados sobre el pecho ancho, el contorno de su cuerpo delineado por la luz ámbar que se filtraba por las ventanas de la posada. No se giró de inmediato, como si supiera que ella lo observaba, como si esperara a que tomara la iniciativa. Clara dudó por un segundo, el corazón latiendo más rápido de lo que debería, antes de acercarse. —No sabía que los astrónomos aficionados frecuentaban porches de posadas —dijo, la voz ligera, pero con un temblor casi imperceptible. Rafael sonrió, lento, los dientes blancos brillando en la penumbra. —Depende de la compañía. —Finalmente se giró, los ojos oscuros capturando la luz de las estrellas como si estuvieran hechos de la misma materia—. Y del licor. Alzó una botellita de vidrio oscuro, el líquido ámbar en su interior reflejando la luz de la luna. Clara arqueó una ceja. —¿Eso es…? —Catuaba. Hecho aquí mismo, en la región. —Giró la botella entre los dedos, el movimiento hipnótico—. Dicen que tiene propiedades… estimulantes. Clara rio, un sonido bajo y ronco que pareció vibrar en el aire entre ellos. —¿Y tú crees en esas cosas? —No hace daño probar. —Le tendió la botella, los dedos rozando los suyos un segundo más de lo necesario—. A menos que tengas miedo. Ella tomó la botella, el vidrio frío contrastando con el calor de su piel. El primer sorbo le quemó la garganta como fuego líquido, dulce y picante al mismo tiempo, dejando un rastro de calor que bajó hasta el estómago y se extendió en oleadas lentas por su cuerpo. Cerró los ojos por un instante, sintiendo cómo el sabor se demoraba en su lengua. —Fuerte —murmuró, devolviéndole la botella. Rafael se la llevó a los labios, los ojos fijos en los de ella mientras bebía. Clara observó cómo trabajaba su garganta, la nuez de Adán subiendo y bajando, y sintió una oleada de calor subir por sus propias piernas. —¿Te gustó? —preguntó él, la voz más ronca que antes. —Depende. —Se acercó, hasta que sus cuerpos casi se tocaron, pero no del todo—. ¿Qué más tienes para mostrarme? Él rio, un sonido profundo que vibró en su pecho y pareció resonar en el de ella. —Paciencia, escritora. —Inclinó la cabeza, los labios casi rozando su oreja—. Las mejores cosas de aquí son como este licor: lentas, intensas… y dejan un sabor que no se va fácil. Clara se estremeció. El aire entre ellos estaba cargado, eléctrico, como si la tormenta de la noche anterior aún flotara sobre ellos, invisible pero presente. Se apoyó en la barandilla, las manos apretando la madera, y miró al cielo. Las estrellas parecían más cercanas allí, como si pudieran tocarse. —¿Vienes aquí a menudo? —preguntó, intentando distraerse de la tensión que crecía en su vientre. —Solo cuando necesito recordar que el mundo es más grande que uno. —Rafael se acercó más, el brazo rozando el suyo—. ¿Y tú? ¿Qué te trajo a estas montañas? Clara dudó. Normalmente, odiaba esa pregunta, odiaba la idea de tener que explicar su falta de inspiración, su bloqueo, la sensación de que las palabras se habían agotado. Pero allí, con él, parecía distinto. —Necesitaba silencio —admitió—. Y algo que me sacara de mi cabeza. —¿Y está funcionando? Ella lo miró, los ojos oscuros, la sonrisa enigmática. —Todavía no lo sé. Rafael sonrió, como si esa respuesta fuera exactamente lo que esperaba. Tomó la botella de catuaba y sirvió un poco en un vaso de vidrio que había traído, ofreciéndoselo. —Entonces vamos a ver si esto ayuda. Clara tomó el vaso, los dedos rozando los de él nuevamente. Esta vez, no se apartó. El licor bajó más suave, pero el calor persistió, extendiéndose por sus venas como miel caliente. Lamió los labios, sintiendo el regusto, y vio cómo los ojos de Rafael se oscurecían. —Eres peligrosa, ¿sabes? —murmuró él, la voz baja, casi un susurro. —¿Por qué? —Porque sabes exactamente lo que estás haciendo. Ella rio, un sonido que salió más provocador de lo que pretendía. —¿Y qué estoy haciendo? Él se acercó aún más, hasta que sus cuerpos se tocaron, el calor de él atravesando la fina capa de tela de su blusa. Rafael inclinó la cabeza, los labios a centímetros de los suyos, pero sin besarla. Todavía no. —Volviéndome loco —susurró. Clara sintió su aliento cálido contra su boca, el olor a licor y algo más, algo salvaje y masculino. Cerró los ojos por un segundo, sintiendo cómo el deseo crecía dentro de ella, una presión casi insoportable. Cuando los abrió, Rafael la miraba con una intensidad que la hizo contener la respiración. —Entonces bésame —dijo, la voz casi una súplica. Él sonrió, lento, los dedos subiendo para acariciarle el rostro, el pulgar rozando su labio inferior. —Todavía no. Antes de que pudiera protestar, se apartó, tomando la botella y sirviendo un poco más del licor en su propio vaso. Clara sintió el aire frío de la noche reemplazar el calor de su cuerpo y se estremeció. —¿Por qué no? —preguntó, la voz un poco más áspera que antes. —Porque quiero que me lo pidas de nuevo. —Llevó el vaso a los labios, los ojos nunca dejando los de ella—. Y esta vez, quiero que sea imposible decir que no. Clara sintió que el corazón le latía más fuerte. Había algo en su juego, en la forma en que la provocaba, como si supiera exactamente cuánto lo deseaba. Se acercó, hasta que sus cuerpos volvieron a tocarse, y esta vez fue ella quien rozó los labios contra su oreja. —¿Y si no te lo pido? —susurró. Rafael rio, bajo y ronco, y pasó el brazo alrededor de su cintura, atrayéndola contra sí. Clara sintió cada centímetro de su cuerpo, duro y cálido, y un escalofrío le recorrió la espalda. —Entonces tendré que convencerte. Inclinó la cabeza, los labios encontrando los de ella en un beso lento, exploratorio. Clara gimió en voz baja, las manos subiendo para enredarse en su cabello, atrayéndolo más cerca. El sabor del licor aún estaba en sus bocas, dulce y ardiente, y el beso se profundizó, las lenguas encontrándose en un ritmo que hizo crecer aún más el deseo. Cuando él se apartó, Clara estaba jadeante, los labios hinchados, los ojos brillantes. —Eso —murmuró— fue un buen comienzo. Rafael sonrió, los dedos trazando un camino lento por su brazo, dejando escalofríos a su paso. —Todavía no hemos terminado. Tomó su mano y la llevó hasta la botella de catuaba, sirviendo un poco más del licor en su vaso. Clara bebió, sintiendo cómo el calor se extendía por su cuerpo, dejándola ligera, casi mareada. Rafael observaba cada uno de sus movimientos, los ojos oscuros y hambrientos. —Sabes —dijo, la voz baja—, que este licor no es lo único que calienta en estas montañas. Clara sonrió, sintiendo cómo el deseo palpitaba entre sus piernas. —¿Qué más calienta? Él se acercó, los labios rozando su cuello, el aliento cálido contra su piel. —Esto. Ella inclinó la cabeza hacia atrás, dándole más acceso, y Rafael no perdió tiempo. Sus labios trazaron un camino de besos lentos y húmedos por su cuello, los dientes rozando levemente la piel sensible, haciéndola estremecer. Clara gimió, las manos apretando sus hombros, sintiendo los músculos tensos bajo sus dedos. —Rafael… —susurró, su nombre sonando como una plegaria. Él se detuvo por un instante, los labios a centímetros de su piel, y la miró con una sonrisa peligrosa. —¿Sí? —No pares. Él rio, bajo y satisfecho, y volvió a besarla, esta vez bajando hasta la clavícula, la lengua trazando círculos lentos y provocadores. Clara sintió cómo el deseo crecía dentro de ella, una presión casi insoportable, y sus manos se deslizaron hacia abajo, hasta encontrar el cinturón de su pantalón. Rafael gimió contra su piel, el sonido vibrando en su pecho. —Clara… —Shhh —susurró ella, los dedos ya trabajando en el botón de su pantalón—. Dije que no pararas. Él la dejó hacer, los ojos oscuros fijos en los de ella mientras ella abría la cremallera y deslizaba la mano hacia dentro, encontrándolo duro y cálido. Rafael cerró los ojos por un segundo, la respiración escapando en un silbido bajo, antes de volver a besarla con una urgencia renovada. —Vas a matarme —murmuró contra sus labios. Clara sonrió, apretándolo suavemente, sintiendo cómo palpitaba en su mano. —Solo si tú me matas primero. Rafael rio, pero el sonido se transformó en un gemido cuando ella comenzó a mover la mano, lenta y deliberadamente. La atrajo más cerca, los cuerpos pegados, y Clara sintió su calor contra su vientre, la dureza presionándola de una manera que la hizo gemir. —Tenemos que entrar —dijo él, la voz ronca de deseo. Clara no respondió. En cambio, lo besó de nuevo, las manos explorando cada centímetro de él que podía alcanzar, mientras las suyas se deslizaban bajo su blusa, los dedos callosos dejando rastros de fuego en su piel. —Ahora —susurró contra sus labios. Rafael no necesitó más incentivo. La tomó en brazos con facilidad, sus piernas envolviendo su cintura, y la llevó al interior de la posada, los labios nunca dejando los suyos. Clara sintió que el mundo giraba a su alrededor, el calor de su cuerpo, el olor a madera y licor, la sensación de que, si la soltaba, caería en un abismo sin fin. Y entonces, de repente, estaban en su habitación, la puerta cerrándose tras ellos con un clic suave. Rafael la depositó en el suelo, pero no la soltó, las manos aún explorando su cuerpo como si fuera la primera vez. —No tienes idea —murmuró, los labios contra su cuello— de cuánto te deseo. Clara sonrió, atrayéndolo más cerca. —Entonces muéstramelo. Y Rafael no perdió tiempo. Sus manos se deslizaron hacia abajo, quitándole la blusa por encima de la cabeza, los labios siguiendo el camino de sus dedos, besando cada centímetro de piel expuesta. Clara gimió, arqueándose contra él, sintiendo cómo el deseo crecía aún más, una presión casi insoportable entre sus piernas. —Rafael… —susurró, las uñas clavándose en sus hombros. Él la miró, los ojos oscuros y hambrientos, antes de tomarla en brazos de nuevo y llevarla hasta la cama. Clara cayó sobre las sábanas suaves, su cuerpo cubriendo el de ella, y por primera vez en mucho tiempo, sintió que no necesitaba pensar, no necesitaba escribir, no necesitaba ser nada más que lo que era en ese momento: una mujer perdida en el deseo, en el calor, en la promesa de una noche que apenas comenzaba. Y cuando Rafael se inclinó para besarla de nuevo, Clara supo que, fuera lo que fuera lo que sucediera después, aquella noche sería inolvidable. La luz de las velas titilaba, danzando en las paredes de madera oscura de la habitación como sombras vivas, mientras Clara y Rafael se miraban sobre la mesa puesta para dos. La cena había sido una sinfonía de sabores—el vino tinto, robusto, dejaba un rastro dulce en sus labios; la carne jugosa se derretía en la lengua, y el pan de maíz, aún caliente, desprendía un aroma a tierra y fuego. Pero nada de eso se comparaba con el sabor que Clara sentía ahora, al observar a Rafael llevarse la copa a los labios, los ojos nunca apartándose de los suyos. —Estás callada —murmuró él, inclinándose hacia adelante, los codos apoyados en la mesa. El movimiento hizo que la camisa de lino se tensara sobre sus hombros, revelando la curva de los músculos bajo la tela. Clara sonrió, jugando con el tenedor entre los dedos. —Estoy escuchando. —¿El qué? —El silencio. —Alzó la vista, encontrándose con la suya—. Está lleno de cosas no dichas. Rafael rio en voz baja, un sonido ronco que vibró en el pecho de Clara como un llamado. Se levantó lentamente, rodeando la mesa hasta quedar detrás de ella. Las manos se posaron en sus hombros, los pulgares presionando levemente la base del cuello, donde el pulso latía acelerado. —Entonces démosle voz —susurró, los labios casi tocando su oreja. Clara cerró los ojos, sintiendo el calor de su cuerpo infiltrándose en el suyo, el aliento cálido contra la piel sensible. Cuando Rafael deslizó las manos por sus brazos, arrastrando las uñas levemente, un escalofrío le recorrió la columna. Se recostó contra él, los pechos presionando contra el respaldo de la silla, los pezones ya rígidos bajo la tela fina del vestido. —Te gusta provocar —dijo, la voz como un hilo de seda. —Y a ti te gusta que te provoquen. Sus manos bajaron, delineando la curva de sus pechos, los dedos rozando levemente antes de continuar hacia la cintura. Clara contuvo la respiración cuando él la atrajo para ponerse de pie, el cuerpo pegado al suyo, la erección ya evidente contra su espalda. —Rafael… —Shh. —Apartó su cabello hacia un lado, exponiendo su cuello—. Déjame mostrarte cómo el silencio puede ser fuerte. Los labios de él tocaron la piel justo debajo de la oreja, un beso suave que se transformó en una mordida delicada. Clara gimió, las manos agarrando el borde de la mesa mientras él exploraba cada centímetro de su cuello, la lengua caliente trazando caminos húmedos. Cuando Rafael llegó a la clavícula, tiró del escote del vestido hacia abajo con los dientes, exponiendo la parte superior de sus pechos. —Hermosa —murmuró, soplando aire caliente sobre la piel expuesta. Clara arqueó la espalda, ofreciéndose. Él no necesitó más incentivo. Las manos grandes se deslizaron dentro del vestido, empujando la tela hacia abajo hasta que sus pechos saltaron libres, los pezones rosados y duros. Rafael los tomó, apretando suavemente, haciendo rodar los botones entre sus dedos hasta que Clara soltó un gemido más fuerte. —Eso —susurró él, la voz ronca de deseo—. Déjame oírte. Ella se giró en sus brazos, los labios buscando los suyos en un beso hambriento. La boca de Rafael era cálida, exigente, la lengua invadiendo la suya con una urgencia que hizo que el cuerpo de Clara se derritiera. Sus manos bajaron por su espalda, agarrando sus nalgas y atrayéndola contra sí, frotando su erección contra su vientre. —Te necesito —murmuró Clara contra sus labios, las uñas clavándose en sus brazos musculosos. Rafael no respondió con palabras. En cambio, la tomó en brazos con facilidad, sus piernas envolviendo su cintura mientras la llevaba hasta la cama. Clara cayó sobre las sábanas suaves, su cuerpo cubriendo el de ella en un instante. Las manos de Rafael eran firmes, posesivas, quitándole el vestido hasta que quedó solo con las bragas, la tela de encaje ya húmeda de deseo. Él se apartó por un segundo, los ojos oscuros recorriendo cada curva de su cuerpo, como si quisiera memorizar cada detalle. —Perfecta —dijo, la voz áspera. Clara extendió la mano, atrayéndolo de vuelta hacia sí. Los besos recomenzaron, más intensos, más desesperados. Rafael bajó, los labios dejando un rastro de fuego por su cuello, sus pechos, su vientre. Cuando llegó al ombligo, se detuvo, la lengua jugando con la piel sensible antes de morderla levemente. —Rafael, por favor… Él sonrió contra su piel, los dedos enganchándose en sus bragas y tirando de ellas hacia abajo. Clara levantó las caderas, ayudándolo, el corazón latiendo tan fuerte que estaba segura de que él podía escucharlo. Cuando quedó completamente desnuda, Rafael se arrodilló entre sus piernas, los ojos fijos en el centro de su deseo. —Tan mojada —murmuró, pasando un dedo por su hendidura, recogiendo la humedad antes de llevárselo a la boca—. Y tan dulce. Clara gimió, las manos agarrando las sábanas. Rafael no la hizo esperar. Se inclinó, la lengua reemplazando al dedo, lamiéndola lentamente, como si tuviera todo el tiempo del mundo. Clara arqueó la espalda, las caderas moviéndose por sí solas, buscando más contacto, más presión. —Así… —jadeó, las piernas temblando—. No pares… Rafael obedeció, la lengua trabajando en círculos lentos y torturadores alrededor de su clítoris, los dedos entrando en ella en un ritmo que la hacía ver estrellas. Clara sintió que el orgasmo se acercaba, una ola caliente y arrolladora, pero antes de que pudiera llegar al clímax, Rafael se apartó, dejándola jadeante y frustrada. —No… —protestó, la voz quebrada. Él rio, bajo y satisfecho, mientras se quitaba la camisa, revelando el torso esculpido, los músculos definidos brillando bajo la luz de las velas. Clara extendió la mano, pasando los dedos por su pecho, sintiendo el calor de su piel, los latidos acelerados. —Quiero que estés dentro de mí —susurró, atrayéndolo más cerca. Rafael no necesitó más invitación. Se quitó los pantalones y el bóxer en un movimiento rápido, la erección saltando libre, gruesa y palpitante. Clara mordió el labio, los ojos fijos en él mientras Rafael tomaba un preservativo de la mesita de noche y lo desenrollaba con manos hábiles. —¿Estás segura? —preguntó, la voz cargada de deseo, pero aún atento. Clara sonrió, atrayéndolo sobre ella. —Más que nunca. Rafael se posicionó entre sus piernas, la punta de su erección rozando su entrada húmeda. Clara gimió, las caderas levantándose en una invitación silenciosa. Él entró lentamente, centímetro a centímetro, llenándola de una manera que la hizo gritar su nombre. —Joder, Clara… —gimió él, los dedos clavándose en sus caderas—. Estás tan apretada… Ella no respondió. No podía. Las palabras se habían perdido en algún lugar entre el placer y la sensación abrumadora de tenerlo dentro de sí. Rafael comenzó a moverse, primero despacio, las caderas balanceándose en un ritmo torturante, luego más rápido, más profundo, cada embestida arrancándole gemidos más fuertes a Clara. La tormenta afuera había comenzado, el viento aullando contra las ventanas, la lluvia golpeando el techo como un tambor. Pero dentro de la habitación, el único sonido que importaba era el de los cuerpos chocando, los gemidos entrecortados, la respiración acelerada. —Rafael… —jadeó Clara, las uñas arañando su espalda—. Voy a… —Córrete para mí —ordenó él, la voz ronca, las caderas golpeando con más fuerza—. Quiero sentir cómo me aprietas mientras te lleno. Las palabras fueron demasiado. Clara sintió que el orgasmo la golpeaba como un rayo, el cuerpo entero temblando, los músculos internos apretándolo con fuerza. Rafael gimió, los movimientos volviéndose erráticos antes de que él también llegara al clímax, el cuerpo tenso sobre el de ella mientras se derramaba dentro del preservativo. Por un momento, no hubo nada más que el sonido de sus respiraciones entrecortadas, el olor a sexo y sudor mezclado con el aroma de las velas. Rafael se desplomó sobre ella, el peso de su cuerpo cálido y reconfortante, los labios encontrando los suyos en un beso lento y profundo. —Esto fue… —comenzó Clara, pero las palabras le fallaron. —Solo el comienzo —completó Rafael, rodando hacia un lado y atrayéndola hacia sus brazos. Afuera, la tormenta continuaba, pero dentro de la habitación, el fuego entre ellos ardía aún más fuerte. Clara se acurrucó contra su pecho, escuchando el corazón latir en un ritmo acelerado, sabiendo que aquella noche estaba lejos de terminar. Y cuando Rafael comenzó a besarle el hombro, bajando por su brazo hasta llegar a los dedos, supo que el próximo acto de aquella pasión prohibida estaba a punto de comenzar. La noche ya había engullido las montañas cuando Rafael se levantó de la cama, la sábana deslizándose de su cuerpo como seda líquida. Clara lo observó, aún empapada de placer, la piel erizada por el aire fresco que invadía la habitación. Él le tendió la mano, los dedos callosos rozando los suyos con una lentitud deliberada. —Ven conmigo —susurró, la voz ronca de deseo. Ella no preguntó adónde. No necesitaba hacerlo. La confianza entre ellos ya era un hilo invisible, arrastrándola fuera de la cama, fuera de aquella burbuja de calor donde se habían perdido. Rafael tomó una bata de felpa del perchero y se la colocó sobre los hombros, los dedos demorándose más de lo necesario en la curva de su cuello. Clara se estremeció, no por el frío, sino por la promesa tácita en su toque. El porche trasero de la posada se abría a la oscuridad del bosque, pero Rafael la guió por un sendero estrecho de piedras, iluminado solo por la luz plateada de la luna. El aire estaba denso con el olor a tierra mojada y pinos, y el sonido lejano de un arroyo serpenteaba entre los árboles. Clara respiró hondo, sintiendo cómo el aroma fresco invadía sus pulmones, mezclándose con el recuerdo del cuerpo de Rafael contra el suyo. —¿Adónde vamos? —murmuró, aunque ya sabía la respuesta. —A un lugar donde el agua lava más que el sudor —respondió él, girándose hacia ella con una sonrisa que era puro pecado—. Donde podemos hacer ruido sin que nadie nos escuche. Las palabras le enviaron un escalofrío por la columna. Mordió su labio inferior, sintiendo cómo el calor se acumulaba entre sus piernas nuevamente, como si su cuerpo ya supiera lo que su mente aún intentaba adivinar. El sendero terminaba en un claro escondido, donde una bañera de hidromasaje de madera oscura humeaba bajo el cielo estrellado. El agua burbujeaba suavemente, iluminada por pequeñas velas flotantes que danzaban en la superficie como luciérnagas. A su alrededor, el silencio de la montaña solo era interrumpido por el siseo de los chorros y el susurro de las hojas. Clara se detuvo al borde, los dedos de los pies hundiéndose en la hierba húmeda. —Planeaste esto —lo acusó, pero no había enojo en su voz, solo una excitación creciente. —Quizá —admitió Rafael, acercándose por detrás—. O quizá solo sabía que, tarde o temprano, necesitaríamos un lugar así. Ella rio, un sonido que salió más provocador de lo que pretendía. —El café puede esperar. —Rafael se acercó aún más, hasta que sus cuerpos se tocaron, el calor de él atravesando la fina capa de tela de la bata—. Yo no. Antes de que pudiera responder, la levantó en brazos, cargándola escaleras arriba como si no pesara nada. Clara envolvió su cuello con los brazos, sintiendo el calor de su piel a través de la franela, el ritmo acelerado de su corazón. —Eres insaciable —susurró, mordisqueándole el lóbulo de la oreja. —Solo contigo —respondió él, pateando la puerta del cuarto para cerrarla. El baño era pequeño pero acogedor, con azulejos rústicos y una bañera profunda que ya comenzaba a llenarse con agua caliente. Rafael la depositó en el suelo solo el tiempo suficiente para quitarse la camisa, revelando el torso esculpido, las cicatrices finas que contaban historias de aventuras en las montañas. Clara deslizó las manos por su pecho, sintiendo cómo los músculos se contraían bajo sus dedos, su respiración volviéndose más pesada. —Quítate eso —ordenó él, tirando del cinturón de la bata. Clara obedeció, dejando que la seda se deslizara por sus hombros y cayera a sus pies. Quedó desnuda ante él, los pechos pesados, los pezones ya duros de anticipación. Rafael la observó con ojos hambrientos, como si quisiera memorizar cada curva, cada sombra de su cuerpo. —Hermosa —murmuró, antes de arrodillarse frente a ella. Clara contuvo la respiración cuando él le besó el vientre, las manos grandes envolviendo sus muslos, los pulgares trazando círculos lentos en su piel sensible. Cuando su boca encontró el centro de su deseo, gritó, los dedos enredándose en su cabello, atrayéndolo más cerca. El agua de la bañera seguía llenándose, el vapor elevándose en espirales perezosas, pero a ninguno de los dos les importó. Rafael la devoraba con una urgencia que rayaba en la adoración, la lengua trabajando en movimientos precisos, los dedos explorándola por dentro hasta que Clara no pudo contenerse más. Se corrió con un grito ahogado, las piernas temblando, el cuerpo arqueándose contra la pared. Antes de que pudiera recuperar el aliento, Rafael se levantó y la alzó de nuevo, esta vez colocándola dentro de la bañera. El agua caliente la envolvió como un abrazo, y suspiró, relajándose contra su pecho mientras él se acomodaba detrás de ella, las piernas fuertes envolviendo las suyas. —Todavía crees que soy insaciable? —preguntó él, mordisqueándole el hombro. Clara giró la cabeza, capturando sus labios en un beso lento y profundo. —Espero que nunca te sacies —respondió, antes de girarse completamente, montándose sobre él. El agua se derramó cuando lo guió dentro de sí, los dos gimiendo al unísono. Rafael le sujetó las caderas, controlando el ritmo, pero Clara no quería ser controlada. Quería dominar, sentir cada centímetro de él, que la recordara, incluso cuando estuviera lejos, de cómo era ser deseada así. Los movimientos se volvieron más rápidos, más urgentes, el agua salpicando a su alrededor, los cuerpos resbaladizos de jabón y sudor. Rafael enterró el rostro entre sus pechos, los dientes rozando un pezón mientras ella cabalgaba sobre él, los gemidos mezclándose con el sonido del agua y el vapor. —Clara… —gimió él, los dedos clavándose en su carne—. Joder, Clara… Ella no respondió con palabras. En cambio, se apretó alrededor de él, sintiendo cómo palpitaba dentro de sí, el orgasmo de Rafael desencadenando el suyo propio. Se corrieron juntos, los cuerpos temblando, las respiraciones fundiéndose en un solo sonido. Por un largo momento, no hubo nada más que el silencio roto solo por el goteo del agua y el sonido de sus corazones desacelerándose. Rafael la atrajo más cerca, besándole la sien, la mejilla, los labios. —Quédate —pidió él, la voz ronca—. Unos días más. O para siempre. Clara sonrió, trazando el contorno de su mandíbula con los dedos. —¿Y si digo que necesito volver a la ciudad? —Iré tras de ti. —Le sujetó el rostro entre las manos, los ojos oscuros llenos de una determinación que la hizo estremecer—. No voy a dejar que escapes. Ella rio, pero había algo serio en su tono. —¿Y si no quiero que me dejes escapar? Rafael no respondió con palabras. En cambio, la besó de nuevo, un beso lento, profundo, lleno de promesas no dichas. Y Clara supo, en ese instante, que no solo estaba dejando atrás el bloqueo creativo que la había llevado hasta allí. Estaba dejando atrás a la mujer que tenía miedo de permitirse sentir. Cuando finalmente se separaron, Rafael la ayudó a salir de la bañera, envolviéndola en una toalla suave. El sol ya había subido más alto en el cielo, bañando la habitación en una luz dorada, y el aroma a café recién hecho se mezclaba ahora con el olor a jabón y sexo. —Vamos a desayunar —dijo él, poniéndose unos pantalones de chándal—. Después, te llevaré a conocer un lugar. Clara arqueó una ceja. —¿Otra cabaña en el bosque? —Mejor. —Sonrió, esa sonrisa enigmática que la había hecho perder la cabeza desde el primer día—. Un lugar donde el sol sale primero en las montañas. Ella no preguntó más. En cambio, se puso un suéter grueso y unos jeans, dejando que el cabello húmedo cayera suelto sobre sus hombros. Cuando bajaron las escaleras, la mesa estaba puesta para dos, con pan de queso humeante, mermelada de jabuticaba y una jarra de café fuerte. Rafael le retiró la silla, y Clara se sentó, sintiendo el calor del fuego de la chimenea a sus espaldas. Él sirvió el café en dos tazas de barro, el líquido oscuro y aromático, y cuando sus dedos se rozaron al pasarle la taza, Clara sintió un escalofrío recorrerle la columna. —¿Por qué brindamos? —preguntó, alzando la taza. Rafael sostuvo su mirada, los ojos oscuros brillando con algo que iba más allá del deseo. —Por el fuego que no se apaga —respondió, chocando su taza contra la de ella. Clara sonrió, y por primera vez en mucho tiempo, no había dudas en su corazón. Solo la certeza de que, dondequiera que aquel camino la llevara, no estaría sola. Y las montañas, silenciosas y eternas, fueron testigos del inicio de algo que ardería mucho más fuerte que cualquier chimenea. La primera luz de la mañana se filtraba por las cortinas de lino crudo, tejiendo hilos dorados sobre el cuerpo desnudo de Clara. Se despertó lentamente, como si emergiera de un sueño profundo, los músculos aún lánguidos, la piel sensibilizada por el toque persistente de Rafael. La sábana de algodón egipcio se deslizó de sus hombros cuando se estiró, sintiendo el peso delicioso del agotamiento entre los muslos, el recuerdo de los gemidos resonando en sus oídos como una melodía secreta. La habitación olía a sexo y madera quemada, la chimenea ahora reducida a brasas rojizas que proyectaban un brillo ámbar sobre las paredes de piedra. Clara se giró hacia un lado, esperando encontrar a Rafael allí, pero la cama estaba vacía, la almohada aún marcada por la huella de su cabeza, la sábana fría donde antes había estado su cuerpo. Un escalofrío le recorrió la espalda, no de frío, sino de una ausencia que ya dolía. Fue entonces cuando vio la nota. Estaba doblada junto a la lámpara, un trozo de papel artesanal con el borde irregular, como si hubiera sido arrancado de un cuaderno de apuntes. Clara se sentó, tirando de la sábana para cubrirse los pechos, y la desdobló con dedos temblorosos. La caligrafía de Rafael era inclinada, firme, cada letra dibujada con la misma precisión con la que la había tocado la noche anterior. *"Clara, Si despiertas antes de que vuelva, no te asustes. Fui a buscar leña para la chimenea —el frío de la montaña no perdona, y quiero que despiertes abrigada. Pero no solo por el fuego. Anoche fue más de lo que esperaba. Más de lo que merecía. Me hiciste sentir cosas que creía que no existían fuera de los libros que escribes. Y eso me asusta. Vuelvo antes del desayuno. ¿Me esperas? R."* Leyó y releyó las palabras, el corazón latiéndole con fuerza contra las costillas. La nota no era solo una promesa; era una confesión. Rafael, el hombre que la había desafiado con miradas y susurros, que la había hecho perder el control entre sábanas y agua caliente, estaba allí, desnudo en sus palabras, tan vulnerable como ella se había sentido la noche anterior. Clara dejó caer el papel sobre su regazo y miró por la ventana. Afuera, la niebla aún envolvía las montañas en un abrazo etéreo, pero el sol ya comenzaba a disiparla, revelando el verde profundo de los árboles y el gris de las rocas cubiertas de musgo. El mundo parecía nuevo, como si la tormenta de la noche anterior hubiera lavado no solo la tierra, sino también las incertidumbres que llevaba consigo. Se levantó lentamente, los pies descalzos hundiéndose en la alfombra mullida. El aire gélido de la mañana le endureció los pezones, pero el calor residual entre sus piernas era más fuerte, un recordatorio constante de lo que habían compartido. Tomó la bata de seda que había dejado sobre el sillón —un regalo de una amiga, *

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