Fuego en las Montañas: Noches Prohibidas en la Posada de los Deseos

Por Tonkix
Fuego en las Montañas: Noches Prohibidas en la Posada de los Deseos
**Fuego en las Montañas: Noches Prohibidas en la Posada de los Deseos** El viento aullaba entre los árboles como un animal herido, arrancando gemidos de las ramas retorcidas que se doblaban bajo el peso de la nieve. Clara ajustó más el pañuelo de lana alrededor de su cuello, los dedos entumecidos apretando el volante del coche alquilado mientras los faros cortaban la oscuridad en haces temblorosos. La carretera sinuosa, antes solo una línea tenue en el mapa, ahora parecía un laberinto de hielo y sombras, cada curva una amenaza de derrape. Debería haber llegado antes del anochecer, pero el vuelo se retrasó, la reunión se alargó más de lo previsto, y ahora allí estaba, exhausta, con los hombros rígidos por la tensión y los ojos ardientes de cansancio. — *Refugio de las Estrellas*, mi culo — murmuró, la voz ronca perdiéndose en el rugido del motor. — Debería llamarse *Refugio de la Soledad*. Pero no era soledad lo que buscaba. Era silencio. Era olvidar, aunque fuera por unas noches, el tacto frío del móvil vibrando con mensajes urgentes, el olor a café recalentado en la oficina, la presión constante de ser siempre la mejor, la más rápida, la más implacable. Clara necesitaba aire puro, montañas que no le exigieran nada más que respirar. Y, si era posible, una cama que no crujiera como la de su minúsculo apartamento en São Paulo. El GPS parpadeó, avisando que el destino estaba a quinientos metros. Redujo la velocidad, los neumáticos chirriando sobre la nieve compacta, y entonces, entre la cortina de copos blancos, apareció la posada: una construcción de madera oscura, con amplios balcones y ventanas iluminadas por un brillo ámbar, como si dentro ardiera un fuego eterno. Las luces titilaban, danzando con las sombras de los árboles, y por un instante, Clara tuvo la sensación de estar adentrándose en un cuento de hadas… o en una pesadilla. Estacionó con cuidado, apagó el motor y se quedó allí, inmóvil, escuchando el tic-tac del metal enfriándose. El silencio era tan denso que parecía una presencia física, presionando sus tímpanos. Entonces, un estruendo —un trueno, quizá, o el derrumbe de una rama bajo el peso de la nieve—. Se estremeció, pero no de miedo. Era algo más primitivo, como si el propio aire de la montaña la estuviera llamando. Tomó el bolso de mano del asiento del copiloto y salió, los tacones hundiéndose en la nieve con un sonido amortiguado. El frío la golpeó como una bofetada, robándole el aliento. Clara se ajustó el abrigo de cachemir contra el cuerpo, pero el viento encontró rendijas, deslizándose bajo la tela como dedos helados. Subió los escalones del porche a trompicones, la madera crujiendo bajo sus pies, y empujó la pesada puerta. El calor la envolvió como un abrazo. El olor a leña quemada, a canela y algo más —quizá vino caliente, quizá el perfume antiguo de las paredes de madera— invadió sus fosnasales, aliviando la tensión en sus hombros. Frente a ella, un acogedor vestíbulo se desplegaba: sofás de cuero envejecido, alfombras persas descoloridas, estanterías repletas de libros de lomos gastados. Y, tras el mostrador de recepción, una mujer de cabellos grises recogidos en un moño suelto sonreía, los ojos arrugados llenos de una sabiduría que Clara, en ese momento, envidió. — Bienvenida al *Refugio de las Estrellas*, querida — dijo la mujer, la voz grave y melodiosa. — Usted debe ser Clara. — Sí — respondió ella, aliviada de no tener que explicar nada. — Llegué más tarde de lo esperado. — Las montañas no perdonan los retrasos — rió la mujer, tomando una llave antigua de un gancho en la pared. — Pero la tormenta tampoco perdona a quienes llegan temprano. Por suerte, tenemos una habitación lista para usted. La *Habitación de la Luna*, en el segundo piso. Con vistas a las montañas. Clara tomó la llave, sintiendo el peso del metal frío en su palma. — Gracias. Es… precioso aquí. — Lo es — asintió la mujer, pero sus ojos ya no estaban en Clara. Estaban fijos en algún punto detrás de ella, y una sonrisa diferente, casi cómplice, apareció en sus labios. — Pero creo que va a encontrar algo aún más interesante ahora. Clara se giró, siguiendo la mirada de la recepcionista, y entonces lo vio. Estaba apoyado en el marco de la puerta que llevaba al salón principal, los brazos cruzados sobre el pecho ancho, los hombros demasiado amplios para el espacio reducido. Vestía una camisa de franela roja y negra, las mangas arremangadas hasta los codos, revelando antebrazos musculosos marcados por venas prominentes —manos de quien trabaja con la tierra, con la madera, con el peso de las cosas reales—. Los cabellos oscuros, ligeramente húmedos, caían en mechones rebeldes sobre la frente, y la barba incipiente le daba un aire de salvajismo contenido. Pero fueron los ojos los que la atraparon: verdes, intensos, como si conocieran secretos que ella ni siquiera sospechaba. — Lucas — dijo la mujer tras el mostrador, como si presentara un premio. — Nuestro guía. Él le mostrará los alrededores mañana, si el tiempo lo permite. Lucas no apartó los ojos de Clara. Ni por un segundo. Era una mirada que no pedía permiso, que no se disculpaba por invadir. Una mirada que decía: *Ya te conozco. Y tú también me conoces.* — Encantado, Clara — dijo, la voz ronca, como si hubiera pasado horas gritando contra el viento. Extendió la mano, y ella notó las cicatrices finas en los nudillos, marcas de quien no teme lastimarse. Vaciló por un instante —un instante demasiado largo— antes de estrechar su mano. La piel de él estaba caliente, casi ardiente en contraste con el frío que aún se aferraba a sus dedos. Y entonces, él sonrió. No una sonrisa educada, de esas que se ofrecen a los extraños. Una sonrisa lenta, peligrosa, como si supiera exactamente el efecto que causaba. — Espero que le gusten las montañas — dijo, y había algo en esas palabras, algo que iba más allá del significado literal. — Tienen una manera de… cambiar a las personas. Clara soltó su mano, sintiendo el calor subir por su brazo, quemándole las mejillas. — Yo no vine aquí para cambiar — respondió, más seca de lo que pretendía. Lucas inclinó la cabeza, como si considerara sus palabras. — ¿No? — Dio un paso adelante, acortando la distancia entre ellos. El olor de él la alcanzó: jabón de romero, cuero, humo de leña. — Entonces, ¿para qué vino? Ella abrió la boca para responder, pero las palabras murieron en su garganta. Porque, de repente, ya no estaba segura. No estaba segura de nada, excepto del hecho de que ese hombre la miraba como si ya la hubiera visto desnuda. Como si ya supiera el sonido que haría cuando la tocara. — A descansar — dijo, finalmente, pero hasta a sus propios oídos la respuesta sonó débil. Lucas rio bajito, un sonido que vibró en algún lugar profundo dentro de ella. — Descansar — repitió, como si probara la palabra. — Bueno. Veremos cuánto tiempo aguanta. Y entonces, antes de que ella pudiera responder, se dio la vuelta y desapareció por el pasillo, dejando atrás solo el eco de sus botas en la madera y la promesa de algo que Clara no sabía si estaba preparada para enfrentar. La recepcionista carraspeó, devolviéndola a la realidad. — Le mostraré su habitación — dijo, tomando una linterna. — La luz suele fallar con estas tormentas. Clara asintió, siguiéndola escaleras arriba, pero su mente aún estaba abajo, en el vestíbulo, en el calor de aquella mirada que la había marcado como si fuera tinta fresca. Y, mientras la mujer abría la puerta de la *Habitación de la Luna*, Clara se dio cuenta de que, por primera vez en años, no estaba pensando en el trabajo. Estaba pensando en cómo sería sentir las manos de ese hombre sobre su piel. La *Habitación de la Luna* olía a sábanas recién lavadas y madera envejecida por el tiempo, un aroma que se mezclaba con el perfume discreto de lavanda dejado en las almohadas. Clara pasó los dedos por la colcha de lino bordado, sintiendo la tela suave bajo la piel, mientras la recepcionista encendía las velas dispuestas en el aparador. La luz dorada danzaba en las paredes de piedra, proyectando sombras que parecían susurrar secretos antiguos. — La cena se servirá en media hora — informó la mujer, ajustando el chal sobre sus hombros. — El señor Lucas suele cenar con los huéspedes, si no le importa. Clara vaciló por un segundo, pero asintió. No era como si pudiera negarse. No después de aquella mirada en el vestíbulo, no después de la forma en que su nombre aún quemaba en su lengua. Cuando la puerta se cerró, se acercó a la ventana. Afuera, la tormenta rugía, cubriendo las montañas con un manto blanco y espeso. Los copos de nieve golpeaban el cristal como dedos impacientes, y por un instante, Clara se preguntó si el universo no estaría intentando retenerla allí, como si supiera que ella necesitaba aquello más de lo que imaginaba. Eligió un vestido negro, sencillo, pero que moldeaba su cuerpo de una manera que hacía que sus curvas parecieran una promesa. La tela era ligera, casi transparente en los hombros, y cuando pasó los dedos por el escote, sintió un escalofrío recorrer su columna. No era vanidad. Era estrategia. O quizá solo el deseo de ver si Lucas reaccionaría. Al bajar las escaleras, el olor a carne asada y hierbas frescas la envolvió, mezclado con el aroma terroso del vino que ya respiraba en las copas. El comedor era pequeño, íntimo, con una mesa redonda puesta para dos. Las velas titilaban al ritmo de la corriente de aire que venía de la chimenea, y el fuego crepitaba, lanzando reflejos rojizos sobre la madera oscura. Y entonces lo vio. Lucas estaba de espaldas, ajustando algo en la estantería de vinos, pero aun así, Clara sintió el peso de su presencia. Llevaba una camisa de franela roja, las mangas enrolladas hasta los codos, revelando antebrazos fuertes, marcados por venas que serpenteaban bajo la piel bronceada. Los vaqueros, gastados en las rodillas, moldeaban sus muslos de una manera que le secó la boca. Él se giró cuando ella entró, y por un segundo, ninguno de los dos dijo nada. Solo se miraron, como si estuvieran memorizando cada detalle del otro. — Viniste — dijo él, finalmente, con una sonrisa que no era del todo una sonrisa. Era algo más peligroso. — ¿Esperabas que no viniera? — La esperanza es algo peligroso, Clara. — Tomó una botella de vino, los dedos largos envolviendo el cuello con una familiaridad que la hizo imaginar cómo sería sentir esos dedos en otros lugares. — Pero a mí me gusta correr riesgos. Ella se acercó a la mesa, sintiendo el calor de la chimenea lamer su espalda. — ¿Y qué tipo de riesgo estás corriendo ahora? Lucas sirvió el vino, el líquido rubí deslizándose por la copa como sangre lenta. — El tipo que hace latir el corazón más fuerte. — Deslizó la copa hacia ella, sus dedos rozando los suyos un segundo más de lo necesario. — ¿Lo sientes? Clara llevó el vino a los labios, dejando que el sabor afrutado y ligeramente picante estallara en su lengua. — ¿Sentir qué? — Esa… electricidad. — Se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en la mesa, los ojos nunca dejando los suyos. — Como si en cualquier momento pudiéramos prender fuego. Ella rio, pero el sonido salió tembloroso. — ¿Siempre hablas así con tus huéspedes? — Solo con las que tienen ojos que parecen dos trozos de carbón encendido. — Levantó su propia copa, brindando sin palabras. — Y que tiemblan cuando las toco. Clara tragó saliva. El vino bajó quemando, pero no era el alcohol. Era él. Era la forma en que la miraba, como si pudiera ver a través del vestido, a través de la piel, hasta lo que ni siquiera sabía que deseaba. — ¿Siempre eres tan directo? — preguntó, intentando mantener la voz firme. — La vida es demasiado corta para rodeos. — Cortó un trozo de carne, el jugo escurriendo por el tenedor. — Sobre todo aquí. La montaña no perdona las dudas. — ¿Y qué diría la montaña sobre nosotros dos? Lucas llevó el tenedor a la boca, masticando despacio, como si saboreara cada segundo. — Que estamos jugando con fuego. — Lamió los labios, y Clara siguió el movimiento con los ojos, hipnotizada. — Y que el fuego quema bonito. Ella desvió la mirada, fingiendo interés en la chimenea. Las llamas danzaban, altas y hambrientas, y por un instante, se imaginó en el lugar de la leña, consumida por ese calor. — ¿No tienes miedo de quemarte? — murmuró. — Me gusta el dolor — respondió él, en voz baja. — Hace que uno se sienta vivo. Clara sintió que le faltaba el aire. No era solo el vino, no era solo el calor. Era él. Era la forma en que hablaba, como si cada palabra fuera una caricia. Como si cada mirada fuera una promesa. — ¿Y tú, Clara? — Se levantó, rodeando la mesa con la gracia de un depredador. — ¿Te gusta sentir la piel arder? Ella no respondió. No necesitaba hacerlo. Sus ojos ya lo habían dicho todo. Lucas se detuvo detrás de ella, tan cerca que podía sentir el calor de su cuerpo, pero sin tocarla. Todavía no. — Estás temblando — susurró, la voz ronca contra su oído. — Hace frío. — No. — Pasó los dedos por su brazo, levemente, como si probara su reacción. — Es otra cosa. Clara cerró los ojos cuando él apartó su cabello hacia un lado, exponiendo su nuca. El contacto de sus labios fue suave, casi imperceptible, pero suficiente para hacerla arquear la espalda, involuntariamente. — Lucas… — gimió, su nombre escapando como una súplica. — Shhh. — Le mordisqueó el lóbulo de la oreja, los dientes raspando levemente. — Aún no hemos empezado. Ella se giró, finalmente, y se encontró con él tan cerca que podía ver las motas doradas en sus ojos castaños. Podía sentir el olor a pino y sudor limpio que emanaba de su piel. — ¿Qué quieres de mí? — preguntó, la voz quebrada. Lucas le sujetó el rostro, el pulgar rozando su labio inferior. — Todo. Y entonces, antes de que ella pudiera responder, la besó. No fue un beso gentil. Fue hambriento, urgente, como si hubiera pasado toda la vida esperando ese momento. Clara correspondió con la misma intensidad, las manos agarrando su camisa, acercándolo más. El vino, el fuego, la tormenta afuera—todo desapareció. Solo existía él, su boca, sus manos deslizándose por su espalda, acercándola a su cuerpo. Cuando se apartó, ambos estaban jadeando. — Esto — dijo él, la voz ronca — es solo el comienzo. Clara miró la mesa, los platos a medio terminar, las velas que aún ardían, lentas y persistentes. Y luego a él. — ¿Y qué viene después? Lucas sonrió, una sonrisa lenta y peligrosa. — Después, Clara, vamos a descubrir hasta dónde puede llevarnos este fuego. Y con eso, tomó su mano, los dedos entrelazados con los suyos, y la arrastró fuera de la sala, dejando atrás la cena, la chimenea y cualquier rastro de resistencia que aún pudiera existir. La nieve aún caía en copos perezosos cuando Clara y Lucas regresaron del bosque, las huellas marcadas en la capa blanca que cubría el camino de piedras hacia la posada. El aire gélido quemaba sus pulmones, pero el calor entre ellos era más intenso que cualquier fuego. Clara sentía la piel hormiguear bajo las capas de lana, la sangre latiendo más rápido cada vez que Lucas la miraba con esos ojos oscuros, como si pudiera ver a través de la ropa. — Estás temblando — murmuró él, deteniéndose bajo el porche cubierto de nieve. Su voz era baja, casi un susurro, pero cargaba una promesa que hizo que el estómago de Clara se contrajera. Ella rio, nerviosa, frotándose los brazos. — Es el frío. Lucas no le creyó. O quizá sí, pero no le importaba la mentira. Se inclinó un poco, el aliento cálido rozando su oreja cuando dijo: — Hay una mejor manera de entrar en calor. Clara sintió todo su cuerpo reaccionar a esas palabras, a la proximidad, al olor a pino y tierra que emanaba de él. Tragó saliva, intentando mantener la compostura. — ¿Y cuál sería? Él sonrió, lento, como si supiera exactamente el efecto que causaba. — Las aguas termales. Son privadas, solo para huéspedes. — Hizo una pausa, los dedos rozando levemente su muñeca. — Y yo conozco el camino. La invitación flotaba en el aire, cargada de intenciones. Clara sabía que debería rechazarla. Sabía que cada segundo a su lado era un riesgo, que cada toque, cada mirada, la acercaba más a un precipicio del que no habría retorno. Pero su cuerpo ya había decidido antes de que su mente pudiera protestar. — Iré — dijo, sorprendiéndose a sí misma con la firmeza en su voz. Lucas no sonrió, no celebró. Solo asintió, como si ya supiera que diría que sí. — Entonces vamos. --- Las aguas termales estaban en un pabellón de madera escondido en la parte trasera de la posada, rodeado de árboles cubiertos de nieve. El vapor subía en espirales perezosas, mezclándose con el aire gélido, y el sonido del agua burbujeando era el único ruido además de su respiración. Clara se detuvo en la entrada, de repente consciente de cada latido de su propio corazón. — No tienes que estar nerviosa — dijo Lucas, quitándose las botas con movimientos calmados. — Nadie nos interrumpirá. — No es eso — mintió, quitándose el abrigo con manos que temblaban levemente. Era exactamente eso. Era el hecho de que, una vez dentro de esa agua, no habría más excusas, más barreras. Sería solo ella, él y lo que fuera que sucediera entre ellos. Lucas la observaba, los ojos siguiendo cada movimiento. Cuando ella vaciló, se acercó, las manos grandes envolviendo sus muñecas. — Puedes irte ahora, si quieres. — Su voz era suave, pero había algo detrás de ella, una urgencia contenida. — Pero si te quedas… — No terminó la frase. No necesitaba hacerlo. Clara lo miró, la línea fuerte de su mandíbula, los labios entreabiertos, y supo que no había elección. Ya no. — Me quedo. La sonrisa que él le dedicó entonces fue diferente a todas las demás. Era íntima, casi secreta, como si compartieran algo que nadie más entendía. — Entonces quítate la ropa para mí. No fue una orden. Fue una petición, pero cargada de una autoridad que hizo que su cuerpo obedeciera antes de que su mente pudiera cuestionar. Clara llevó las manos al cierre del suéter, los dedos temblorosos, pero decididos. Lucas no la apuró. Se quedó allí, observando, mientras ella se desnudaba lentamente, prenda por prenda, hasta quedar solo con la lencería de encaje negro—algo que no había planeado usar en ese viaje, pero que ahora agradecía haber metido en el fondo de la maleta. Él soltó un sonido bajo, casi un gruñido, cuando ella finalmente estuvo frente a él, vulnerable bajo su mirada. — Joder, Clara. Ella sintió el rostro arder, pero no apartó los ojos. — Tu turno. Lucas no dudó. Se quitó la camisa en un movimiento fluido, revelando el pecho esculpido, los músculos definidos por el trabajo duro, la piel marcada por cicatrices finas que contaban historias de aventuras en las montañas. Clara tuvo que contenerse para no extender la mano y tocarlo. Cuando él desabrochó el pantalón, dejándolo caer al suelo, vio que no llevaba nada debajo. El aire escapó de sus pulmones en un suspiro. Él rio, bajo y satisfecho, extendiendo la mano. — Ven. El agua estaba perfecta—lo suficientemente caliente para relajar, pero no tanto como para quemar. Clara entró despacio, sintiendo el calor envolver sus piernas, su cintura, hasta que solo su cabeza quedó fuera. Lucas la siguió, su cuerpo grande ocupando espacio, el agua subiendo hasta su pecho. No se acercó de inmediato. Se quedó allí, a unos pasos de distancia, los ojos recorriendo cada centímetro de ella como si memorizara cada curva. — Eres hermosa — dijo, la voz ronca. — Más de lo que imaginaba. Clara sintió el pecho apretarse. — ¿Imaginaste? — Desde el primer segundo en que te vi. — Dio un paso adelante, luego otro, hasta que la distancia entre ellos fuera solo el agua que los separaba. — Imaginé cómo sería tocarte. Besarte. Hacerte gemir mi nombre. Sus palabras la golpearon como un impacto físico. Clara extendió la mano, los dedos rozando su pecho, sintiendo el calor de su piel bajo el agua. — Entonces hazlo. Lucas no necesitó otra invitación. En un movimiento rápido, la atrajo hacia sí, las manos grandes sujetando su cintura, levantándola hasta que quedó sentada en el borde de la piscina natural, las piernas abiertas alrededor de él. Clara jadeó cuando él se encajó entre ellas, la tela fina de su braguita siendo la única barrera entre los dos. — Voy a besarte ahora — advirtió, la voz un gruñido. — Y no voy a parar. Ella no respondió. En cambio, inclinó la cabeza, los labios encontrándose en un beso que comenzó lento, exploratorio, pero pronto se transformó en algo más urgente. Las manos de Lucas se deslizaron por su espalda, acercándola más, mientras su lengua invadía su boca con un hambre que la dejó sin aliento. Clara gimió contra sus labios, las uñas clavándose en sus hombros anchos, sintiendo todo su cuerpo encenderse. Cuando él se apartó, ambos estaban jadeando. — Eso — dijo él, la voz ronca — es solo el comienzo. Clara miró la mesa, los platos a medio terminar, las velas que aún ardían, lentas y persistentes. Y luego a él. — ¿Y qué viene después? Lucas sonrió, una sonrisa lenta y peligrosa. — Después, Clara, vamos a descubrir hasta dónde puede llevarnos este fuego. Y con eso, tomó su mano, los dedos entrelazados con los suyos, y la arrastró fuera de la sala, dejando atrás la cena, la chimenea y cualquier rastro de resistencia que aún pudiera existir. La nieve aún caía en copos perezosos cuando Clara y Lucas regresaron del bosque, las huellas marcadas en la capa blanca que cubría el sendero de piedras hacia la posada. El aire gélido quemaba sus pulmones, pero el calor entre ellos era más intenso que cualquier fuego. Clara sentía la piel hormiguear bajo las capas de lana, la sangre latiendo más rápido cada vez que Lucas la miraba con esos ojos oscuros, como si pudiera ver a través de la ropa. — Estás temblando — murmuró él, deteniéndose bajo el porche cubierto de nieve. Su voz era baja, casi un susurro, pero cargaba una promesa que hizo que el estómago de Clara se contrajera. Ella rio, nerviosa, frotándose los brazos. — Es el frío. Lucas no le creyó. O quizá sí, pero no le importaba la mentira. Se inclinó un poco, el aliento cálido rozando su oreja cuando dijo: — Hay una mejor manera de entrar en calor. Clara sintió todo su cuerpo reaccionar a esas palabras, a la proximidad, al olor a pino y tierra que emanaba de él. Tragó saliva, intentando mantener la compostura. — ¿Y cuál sería? Él sonrió, lento, como si supiera exactamente el efecto que causaba. — Las aguas termales. Son privadas, solo para huéspedes. — Hizo una pausa, los dedos rozando levemente su muñeca. — Y yo conozco el camino. El agua estaba perfecta—lo suficientemente caliente para relajar, pero no tanto como para quemar. Clara entró despacio, sintiendo el calor envolver sus piernas, su cintura, hasta que solo su cabeza quedó fuera. Lucas la siguió, su cuerpo grande ocupando espacio, el agua subiendo hasta su pecho. No se acercó de inmediato. Se quedó allí, a unos pasos de distancia, los ojos recorriendo cada centímetro de ella como si memorizara cada curva. — Eres hermosa — dijo, la voz ronca. — Más de lo que imaginaba. Clara sintió que el pecho se le apretaba. — ¿Imaginaste? — Desde el primer segundo en que te vi. — Dio un paso adelante, luego otro, hasta que la distancia entre ellos fuera solo el agua que los separaba. — Imaginé cómo sería tocarte. Besarte. Hacerte gemir mi nombre. Las palabras de él la golpearon como un impacto físico. Clara extendió la mano, los dedos rozando su pecho, sintiendo el calor de su piel bajo el agua. — Entonces hazlo. Lucas no necesitó otra invitación. En un movimiento rápido, la atrajo hacia sí, las manos grandes sujetando su cintura, levantándola hasta que quedó sentada en el borde de la piscina natural, las piernas abiertas alrededor de él. Clara jadeó cuando él se encajó entre ellas, la tela fina de su braguita siendo la única barrera entre los dos. — Voy a besarte ahora — advirtió, la voz un gruñido. — Y no voy a parar. Ella no respondió. En cambio, inclinó la cabeza, los labios encontrándose en un beso que comenzó lento, exploratorio, pero pronto se transformó en algo más urgente. Las manos de Lucas se deslizaron por su espalda, acercándola más, mientras su lengua invadía su boca con una hambre que la dejó sin aliento. Clara gimió contra sus labios, las uñas clavándose en sus hombros anchos, sintiendo todo su cuerpo encenderse. Cuando él se apartó, ambos estaban jadeando. Lucas no perdió tiempo. Bajó la boca por su cuello, los dientes rozando la piel sensible, mientras las manos se deslizaban hacia sus pechos, apretándolos sobre la tela de la lencería. Clara arqueó la espalda, un sonido estrangulado escapando de su garganta cuando él bajó el sujetador, exponiendo el pezón al aire frío antes de llevárselo a la boca. — Lucas… — gimió, las manos enterradas en su cabello, acercándolo más. Él no respondió con palabras. Solo chupó, mordisqueó, hasta que ella se retorcía contra él, el cuerpo suplicando por más. Cuando finalmente soltó el pecho, dejó un rastro de besos húmedos hasta el otro, repitiendo el mismo tratamiento, mientras los dedos se deslizaban hacia abajo, encontrando el elástico de la braguita. — ¿Puedo? — preguntó, la voz ronca, los dedos ya enganchados en la tela. Clara asintió, incapaz de hablar. Él apartó la braguita a un lado, los dedos encontrándola mojada, caliente, lista. Un gemido bajo escapó de los labios de él cuando sintió cuánto lo deseaba. — Joder, Clara… — La penetró con un dedo, luego dos, mientras su boca volvía a encontrar la suya en un beso desesperado. Clara gimió contra sus labios, las piernas temblando mientras él la tocaba con una habilidad que la dejaba al borde del precipicio. — No puedo… — murmuró, la voz quebrada. — No aguanto… — Sí puedes — susurró él, los dedos moviéndose más rápido, más profundo. — Córrete para mí, Clara. Ahora. Y ella lo hizo. Con un grito ahogado, el cuerpo contrayéndose alrededor de sus dedos, las uñas clavándose en sus hombros mientras la ola de placer la atravesaba. Lucas no se detuvo. Siguió tocándola, prolongando el orgasmo hasta que ella quedó laxa, temblorosa, apoyada en él. Cuando finalmente retiró los dedos, se los llevó a la boca, lamiéndolos lentamente, los ojos fijos en los de ella. — Sabes a pecado. Clara sintió que todo su cuerpo se estremecía de nuevo. Él la atrajo de vuelta al agua, las manos sujetando su rostro, los labios encontrando los suyos en un beso que era a la vez dulce y posesivo. — Esto fue solo el comienzo — murmuró contra su boca. — Falta mucho más. Clara sabía que tenía razón. Y, por primera vez, no tenía miedo de lo que vendría después. La puerta de la habitación se cerró con un clic suave, pero el sonido reverberó en los oídos de Clara como un trueno. El aire allí dentro estaba cargado, denso con el olor a madera quemada de la chimenea y el perfume cítrico del jabón que Lucas había usado en las termas. Apenas tuvo tiempo de respirar antes de que él la girara contra la pared, las manos firmes en sus caderas, el cuerpo caliente presionándola por detrás. — No tienes idea de cuánto he esperado por esto — murmuró, la voz ronca contra la curva de su cuello, los labios encontrando la piel sensible justo debajo de la oreja. Clara arqueó la columna involuntariamente, un gemido bajo escapando de sus labios cuando los dientes de él rozaron allí, seguidos por la lengua húmeda y caliente. Las manos de Lucas se deslizaron hacia adelante, desabrochando la bata de algodón que ella había puesto después del baño, los dedos ágiles apartando la tela hasta que cayó en un montón a sus pies. El aire frío de la habitación contrastó con el calor del cuerpo de él, haciéndola estremecer. — Tan hermosa — susurró él, las manos ahora explorando la piel expuesta, los pulgares trazando círculos lentos sobre los pezones endurecidos. — Cada parte de ti. Clara mordió el labio inferior, intentando contener los sonidos que amenazaban con escapar. Pero cuando los dedos de Lucas bajaron, deslizándose por su vientre tembloroso hasta encontrar el punto húmedo entre sus piernas, ya no pudo contenerse. Un gemido largo y entrecortado escapó, las uñas clavándose en la pared de madera frente a ella. — Eso — murmuró él, aprobando, los dedos moviéndose en círculos lentos y torturantes. — Déjame oírte. Ella obedeció. No había forma de resistirse. Cada toque, cada beso, cada respiración caliente contra su piel la deshacía un poco más. Lucas la giró de frente a él, los ojos oscuros ardiendo con una intensidad que la hizo contener el aliento. Le sujetó el rostro entre las manos, los pulgares acariciando sus mejillas, antes de inclinarse para capturar sus labios en un beso profundo, posesivo. Su lengua exploró su boca con una urgencia que la dejó sin aliento, mientras las manos bajaban de nuevo, ahora agarrando sus muslos y levantándola contra la pared. Clara envolvió las piernas alrededor de su cintura, sintiendo la dureza de su erección presionando exactamente donde más lo necesitaba. Un gemido escapó contra sus labios, y Lucas sonrió contra su boca. — Lo sé — murmuró. — Yo también te deseo. La llevó hasta la cama, depositándola suavemente sobre las sábanas suaves, pero sin apartarse. Se arrodilló entre sus piernas, los ojos recorriendo cada centímetro de su cuerpo como si estuviera memorizándola. Clara sintió que el rostro se le sonrojaba bajo esa mirada, pero no apartó los ojos. No quería perderse ni un segundo de esa noche. Lucas se inclinó hacia adelante, los labios encontrando un pezón, la lengua girando alrededor del pico endurecido antes de succionarlo con fuerza. Clara arqueó la espalda, un sonido gutural escapando de su garganta, las manos agarrando su cabello. Él rio bajito, el aliento caliente contra su piel, antes de repetir el movimiento en el otro pecho, mientras las manos se deslizaban por los costados de su cuerpo, explorando cada curva. — Lucas… — susurró ella, su nombre escapando como una plegaria. Él levantó la cabeza, los labios brillantes, los ojos oscuros fijos en los de ella. — ¿Qué quieres, Clara? — preguntó, la voz ronca, los dedos trazando círculos lentos en la parte interna de sus muslos. — Dímelo. Ella tragó saliva, todo su cuerpo temblando de anticipación. — Te quiero a ti — admitió, la voz quebrada. — Todo de ti. Una sonrisa lenta curvó los labios de él, y se inclinó para besarla de nuevo, las manos ahora explorando con más urgencia. Los dedos encontraron el punto húmedo entre sus piernas, y Clara gimió contra su boca, el cuerpo contorsionándose bajo su toque experto. — Eres tan receptiva — murmuró él, los labios bajando por su cuello, los dientes rozando la clavícula. — Me encanta. Clara no pudo responder. Las sensaciones eran abrumadoras—el calor de su cuerpo, el olor de su piel, el sonido de su respiración acelerada. Agarró sus hombros anchos, las uñas clavándose en la carne mientras él la llevaba cada vez más cerca del límite. — Por favor — suplicó, la voz temblorosa. — Te necesito. Lucas levantó la cabeza, los ojos oscuros brillando con una intensidad que la hizo estremecer. — Lo tendrás — prometió, la voz ronca. — Pero primero, quiero probarte. Antes de que ella pudiera procesar las palabras, él se deslizó por su cuerpo, los labios dejando un rastro de fuego en su piel. Clara contuvo la respiración cuando llegó al ápice de sus muslos, los dedos separándolos suavemente. Sintió el primer contacto de su lengua, un movimiento lento y deliberado que la hizo arquear la espalda, un gemido alto escapando de sus labios. — ¡Lucas! — gritó, las manos agarrando las sábanas. Él no respondió con palabras. En cambio, intensificó el contacto, la lengua moviéndose en círculos rápidos y precisos, los dedos deslizándose dentro de ella mientras los labios succionaban con fuerza. Clara sintió que el orgasmo se acercaba como una ola, todo su cuerpo temblando, los músculos contrayéndose alrededor de sus dedos. — Córrete para mí — ordenó él, la voz ahogada contra su piel. — Ahora. Y ella obedeció. Con un grito estrangulado, el cuerpo arqueándose fuera de la cama, Clara se entregó al placer, las olas de éxtasis atravesándola mientras Lucas seguía devorándola, prolongando el orgasmo hasta que quedó laxa, temblorosa, completamente a su merced. Él se irguió lentamente, los labios brillantes, los ojos oscuros fijos en los de ella mientras se lamía los dedos con una lentitud deliberada. Clara sintió que todo su cuerpo se estremecía de nuevo, la visión de él tan erótica que casi la llevó al límite una vez más. — Eres deliciosa — murmuró, inclinándose para besarla, permitiéndole saborearse a sí misma en sus labios. Clara envolvió los brazos alrededor de su cuello, acercándolo más, el cuerpo aún temblando con los restos del placer. Podía sentir la dureza de su erección presionando contra su muslo, y un deseo renovado la atravesó. — Tu turno — susurró, las manos deslizándose por su pecho, los dedos encontrando el botón del pantalón. Lucas sonrió, los ojos oscuros brillando con una promesa. — Con gusto. Se apartó solo lo suficiente para deshacerse de la ropa, los movimientos rápidos y eficientes. Clara observó, fascinada, mientras se revelaba ante ella—cada músculo esculpido, cada cicatriz que contaba historias de aventuras al aire libre, la erección orgullosamente erguida. Era hermoso. Perfecto. Cuando volvió a la cama, Lucas la atrajo hacia arriba, posicionándola de rodillas frente a él. Clara no dudó. Se inclinó hacia adelante, los labios encontrando la punta de su erección, la lengua girando alrededor con una lentitud deliberada. Lucas gimió, las manos agarrando su cabello, los dedos enredándose en los mechones mientras ella lo llevaba más profundo, los labios cerrándose alrededor de él en un ritmo torturante. — Joder, Clara — gruñó él, la voz tensa. — Eso es tan bueno. Ella sonrió contra él, los ojos levantados para encontrar los suyos mientras seguía succionándolo, las manos deslizándose por la base de su erección, acariciándolo con la misma intensidad con la que él la había tocado. Lucas gimió de nuevo, las caderas moviéndose involuntariamente, empujándose más profundo en su boca. — Basta — ordenó él, la voz ronca, tirando de ella hacia arriba. — Quiero estar dentro de ti cuando me corra. Clara no protestó. Quería lo mismo. Lucas la acostó de espaldas, posicionándose entre sus piernas, la erección presionando contra su entrada húmeda. La miró a los ojos, los dedos entrelazados con los suyos, antes de empujarse dentro con una lentitud agonizante. Clara contuvo la respiración, el cuerpo estirándose para acomodarlo, una sensación de plenitud atravesándola. Lucas gimió, los labios encontrando los suyos en un beso profundo mientras comenzaba a moverse, las caderas empujando en un ritmo lento y deliberado. — Estás tan apretada — murmuró contra su boca. — Tan perfecta. Clara envolvió las piernas alrededor de su cintura, acercándolo más, los gemidos escapando con cada embestida. Lucas aceleró el ritmo, las caderas golpeando contra las de ella con una fuerza que la hacía gritar, el placer acumulándose de nuevo en su vientre. — Lucas, yo… — comenzó, la voz quebrada. — Lo sé — murmuró él, los dedos encontrando el punto sensible entre sus piernas, moviéndose en círculos rápidos mientras seguía moviéndose dentro de ella. — Córrete conmigo. Y ella obedeció. Con un grito estrangulado, el cuerpo contrayéndose alrededor de él, Clara se entregó al placer, las olas de éxtasis atravesándola mientras Lucas la seguía, las caderas empujando con fuerza una última vez antes de correrse con un gemido ronco. Quedaron allí, entrelazados, los cuerpos sudorosos, las respiraciones entrecortadas. Clara sintió el corazón latir descompasado, el cuerpo aún temblando con los restos del placer. Lucas rozó los labios contra su sien, los dedos trazando círculos lentos en su espalda. — Esto fue… — comenzó ella, pero no pudo encontrar las palabras. — Increíble — completó él, la voz ronca. — Y aún no ha terminado. Clara levantó la cabeza, los ojos encontrando los de él. Había una promesa allí, una intensidad que la hizo estremecer. — ¿No? — preguntó, la voz temblorosa. Lucas sonrió, los dedos deslizándose por su cuerpo, reavivando el fuego que ella pensaba que ya se había consumido. — No — murmuró, los labios encontrando los de ella en un beso lento y profundo. — La noche apenas comienza. La habitación estaba sumida en una penumbra dorada, iluminada solo por el brillo tembloroso de las velas que Lucas había encendido antes de tenderla sobre la cama. Las llamas danzaban en las paredes de madera oscura, proyectando sombras que se retorcían como si también fueran parte de esa danza prohibida. El viento aullaba afuera, sacudiendo las ventanas, y el sonido de la tormenta se mezclaba con los suspiros que escapaban de los labios de Clara, ahora entreabiertos, húmedos, ávidos. Apenas se reconocía a sí misma. La mujer que había llegado a esa posada horas antes, exhausta, con los hombros encorvados por el peso de las hojas de cálculo y reuniones interminables, se había disuelto en algo más primitivo, más salvaje. Allí, bajo las manos de Lucas, era solo piel, calor, deseo. Y él, a su vez, parecía haber sido esculpido para ese momento—cada músculo definido por el trabajo al aire libre, cada movimiento preciso, como si supiera exactamente dónde tocar para hacerla arquear la espalda, para arrancarle un gemido ronco. Lucas se apoyó sobre los codos, los brazos fuertes aprisionándola contra el colchón mientras sus cuerpos se encajaban con una naturalidad que la dejaba sin aliento. No tenía prisa. Sus labios recorrieron el cuello de ella, mordisqueando levemente, como si quisiera memorizar cada centímetro de esa piel suave. Clara enredó los dedos en su cabello, acercándolo más, y él rio bajito, el aliento caliente contra su oreja. — Eres hermosa así — murmuró, la voz ronca, los dientes rozando el lóbulo de su oreja. — Deshecha. Mía. Ella se estremeció. No eran las palabras en sí, sino el tono—posesivo, casi animal—lo que la hizo apretar los muslos alrededor de sus caderas. Lucas lo notó y sonrió, lento, antes de deslizar una mano entre sus cuerpos, los dedos encontrando el punto exacto donde más lo necesitaba. Clara gimió, el sonido ahogado contra su hombro, los dientes clavándose en la piel salada. — Por favor — susurró, sin vergüenza, sin orgullo. Solo necesidad. Él no la hizo esperar. Con un movimiento fluido, entró en ella, llenándola de una sola vez, y Clara arqueó la espalda, las uñas arañando su espalda mientras él comenzaba a moverse. No era delicado. No era lento. Era una danza de cuerpos que se reconocían, que se encajaban como si hubieran sido hechos el uno para el otro. Cada embestida la hacía gemir más fuerte, cada respiración entrecortada se mezclaba con el sonido de la tormenta afuera, como si el propio viento estuviera participando de ese momento. — Eso — gruñó Lucas, las caderas golpeando contra las de ella con fuerza. — Córrete para mí, Clara. Ella no necesitaba más incentivo. El placer la atravesó como una corriente eléctrica, haciéndola retorcerse, los músculos internos apretándolo con fuerza mientras el orgasmo la desgarraba por dentro. Lucas no se detuvo. Siguió moviéndose, prolongando cada ola de éxtasis, hasta que ella quedó jadeante, los labios hinchados de tanto morderlos para no gritar. Pero él quería más. Con un movimiento rápido, la volteó boca abajo, tirando de sus caderas hasta que quedó a cuatro patas, las manos apoyadas en el cabecero de la cama. Clara sintió el calor de su cuerpo detrás de ella, la respiración caliente contra su nuca, y entonces él entró en ella de nuevo, más profundo esta vez, arrancándole un grito que resonó en la habitación. — Lucas… — gimió, la voz quebrada. — Lo sé — murmuró él, los dedos apretando la carne de sus caderas. — Yo también. Y entonces la poseyó. No había otra palabra para aquello. Cada embestida era una afirmación, cada toque una promesa. Clara se entregó por completo, dejando que la llevara al límite una vez más, los gemidos mezclándose con el sonido de la madera crujiendo bajo ellos, el viento golpeando las ventanas, la propia sangre latiendo en sus oídos. Cuando el segundo orgasmo la alcanzó, fue como si el mundo entero se disolviera. Se apretó alrededor de él, el cuerpo temblando, y Lucas la sujetó con fuerza, los dientes clavándose en su hombro mientras se corría con un gemido ronco, todo su cuerpo contrayéndose antes de desplomarse sobre ella, los dos cayendo juntos en la cama, sudorosos, jadeantes, saciados. Por ahora. Porque, incluso allí, con los cuerpos aún entrelazados, Clara ya sentía el fuego reavivarse. Lucas rozó los labios contra su sien, los dedos trazando círculos perezosos en su espalda. — Aún no ha terminado — susurró, la voz cargada de promesas. Y Clara, que siempre había sido tan controlada, tan racional, se dio cuenta de que no quería que terminara. Nunca. Lo primero que Clara notó al despertar fue el peso cálido de un brazo masculino rodeando su cintura, la respiración lenta y profunda de Lucas contra su nuca. La luz del amanecer se filtraba por las cortinas entreabiertas, pintando franjas doradas sobre las sábanas arrugadas, sobre la piel aún marcada por los besos de la noche anterior. Cerró los ojos por un instante, dejándose hundir en la sensación de plenitud que la envolvía—el olor a sexo y sudor mezclado con el aroma cítrico del jabón artesanal de la posada, el calor del cuerpo de él pegado al suyo, los latidos fuertes de su corazón resonando contra su espalda. Una sonrisa lenta se dibujó en sus labios. *¿Cómo era posible que algo tan intenso hubiera sucedido en solo una noche?* Lucas se movió detrás de ella, los labios rozando la curva de su hombro en un beso perezoso. Su voz, ronca por el sueño y el deseo saciado, susurró contra su piel: — Buenos días, ejecutiva. Ella rio bajito, girándose lentamente para mirarlo. Los cabellos oscuros de él estaban despeinados, los ojos verdes aún pesados de sueño, pero la sonrisa que le dirigió era puro pecado. Clara pasó los dedos por su pecho desnudo, trazando las líneas de los músculos definidos, sintiendo el leve temblor bajo su toque. — ¿Siempre te despiertas así? — preguntó, la voz aún cargada de la ronquera de la noche anterior. — ¿Así cómo? — murmuró él, acercándola más, hasta que sus piernas se entrelazaron. — Con esa cara de quien ya está listo para volver a empezar. Lucas rio, un sonido grave y delicioso que vibró contra su cuerpo. Sus dedos se deslizaron por el muslo de Clara, subiendo despacio, provocando. — Contigo, siempre estoy listo. Ella arqueó una ceja, desafiante, pero antes de que pudiera responder, él la hizo rodar sobre sí, aprisionándola bajo su peso. La sábana se deslizó, revelando sus pechos, aún sensibles, los pezones endureciéndose bajo su mirada hambrienta. Lucas bajó la cabeza, capturando uno entre sus labios, succionando con una lentitud torturante. Clara gimió, las uñas clavándose en sus hombros. — Eres insaciable — murmuró, pero no había reproche en su voz, solo un deseo que ya comenzaba a arder de nuevo. — Y a ti te encanta — respondió él, levantándose para besarla, la lengua invadiendo su boca con una posesividad que la hizo estremecer. El beso fue largo, profundo, cargado de la urgencia de quien sabe que el tiempo es corto. Cuando Lucas se apartó, los labios de Clara estaban hinchados, los ojos brillando con una mezcla de satisfacción y hambre. — Tengo que irme — dijo él, a regañadientes, pasando el pulgar por su labio inferior. — Tengo un grupo que llevar a una caminata al amanecer. Clara frunció el ceño, sintiendo una punzada de decepción. *¿Ya?* — ¿Ahora? — Desafortunadamente. — La besó en la punta de la nariz. — Pero prometo volver antes del almuerzo. Ella lo observó levantarse, los músculos de su espalda moviéndose bajo la piel bronceada mientras se ponía los vaqueros. Cada movimiento de él era una provocación, un recordatorio de lo que habían compartido. Clara se apoyó en los codos, dejando que la sábana cayera por completo, exponiéndose sin pudor. — ¿Y si no quiero esperar? — preguntó, la voz baja, seductora. Lucas se detuvo, girándose hacia ella con una sonrisa lenta. Sus ojos recorrieron el cuerpo desnudo de Clara, demorándose en sus pechos, en la curva de sus caderas, en las marcas rojizas que sus manos habían dejado la noche anterior. — ¿Estás tratando de hacerme perder el trabajo, ejecutiva? — Tal vez. Él volvió a la cama en dos zancadas, inclinándose sobre ella. Sus dedos se cerraron alrededor de sus muñecas, pero no la detuvo. — Eres una tentación peligrosa — murmuró, besándola de nuevo, más despacio esta vez, como si tuviera todo el tiempo del mundo. — Pero volveré. Y cuando vuelva, me contarás por qué una mujer como tú estaba tan exhausta como para necesitar un refugio en las montañas. Clara sintió un escalofrío en el estómago. *Él lo había notado.* Claro que lo había notado. Lucas no era solo un cuerpo bonito y un amante hábil—era observador, perspicaz. Y ahora, de alguna manera, quería saber más sobre ella. — ¿Y si no quiero contártelo? — desafió, pero su voz traicionó un temblor. Lucas sonrió, los dedos aún jugando entre sus piernas, haciéndola jadear. — Entonces tendré que arrancarte la verdad. Ella rio, pero el sonido se transformó en un gemido cuando él la penetró con dos dedos, curvándolos exactamente de la manera que la hacía perder el aliento. — Eres cruel — logró decir, las uñas clavándose en las sábanas. — Y a ti te encanta — repitió sus palabras, besándola una última vez antes de apartarse, dejándola jadeante e insatisfecha. Clara lo observó terminar de vestirse, el cuerpo aún palpitando con la promesa de lo que estaba por venir. Cuando la puerta se cerró tras él, se dejó caer de nuevo en las almohadas, pasando las manos por el rostro. *¿Qué demonios le estaba pasando?* --- La ducha caliente ayudó a aclarar sus pensamientos, pero no borró la sensación de que algo había cambiado. Clara se envolvió en un albornoz esponjoso, el cabello húmedo cayendo sobre sus hombros, y se acercó a la ventana. Afuera, la tormenta había pasado, dejando el mundo cubierto por un manto blanco y brillante. El sol se reflejaba en la nieve, cegándola por un instante. Respiró hondo, sintiendo el aire gélido quemando sus pulmones. *Era eso.* La claridad que venía con el frío, con la soledad de las montañas. Había huido de São Paulo no solo por cansancio, sino porque algo dentro de ella se estaba rompiendo—el ritmo implacable, las reuniones interminables, la sensación de que se estaba perdiendo en medio de hojas de cálculo y metas. Y entonces, en una noche de tormenta, Lucas había aparecido. Clara sonrió, sacudiendo la cabeza. *Como si el universo hubiera conspirado para ponerlo en su camino.* El sonido de pasos en el pasillo la hizo girarse. Un instante después, la puerta se abrió, y Lucas entró, trayendo consigo el olor a aire libre y pinos. Sus ojos se encontraron con los de ella, y la sonrisa que le dirigió era diferente—más suave, más íntima. — No mentiste — dijo ella, cruzando los brazos. — Volviste antes del almuerzo. — Siempre cumplo mis promesas — respondió él, cerrando la puerta tras de sí. — Y llegó tu equipaje. Pensé que querrías cambiarte de ropa. Clara miró la maleta que él había dejado junto a la cama. *Sí, ropa.* Algo normal, cotidiano. Pero después de la noche que habían tenido, la idea de ponerse unos pantalones de vestir y una blusa de seda parecía absurda. — Gracias — murmuró, acercándose a él. — Pero creo que me quedaré así por ahora. Lucas arqueó una ceja, los ojos recorriendo el albornoz que apenas cubría sus muslos. — ¿Así cómo? Ella no respondió. En cambio, extendió la mano y tiró de su camisa, desabrochando los botones con una lentitud deliberada. Los dedos de Lucas se cerraron alrededor de sus muñecas, pero no la detuvo. — Clara… — Shhh — susurró ella, empujándolo hasta que se sentó en el borde de la cama. — Dijiste que ibas a arrancarme la verdad. Los ojos de él se oscurecieron, el deseo volviendo a arder en sus iris. — ¿Y cómo sugieres que lo haga? Ella sonrió, arrodillándose entre sus piernas, las manos deslizándose hacia la hebilla de su cinturón. — Déjame mostrarte. --- Más tarde, cuando los cuerpos estaban nuevamente saciados y las sábanas aún más arrugadas, Clara descansó la cabeza sobre el pecho de Lucas, escuchando el ritmo constante de su corazón. Él jugaba con un mechón de su cabello, los dedos trazando patrones perezosos en su piel. — Entonces — dijo él, la voz baja —, ¿por qué una ejecutiva exitosa de São Paulo estaba tan exhausta como para necesitar esconderse en las montañas? Clara suspiró, cerrando los ojos. *Era ahora o nunca.* — Porque estaba cansada de ser solo eso. Una ejecutiva. Una máquina de productividad. — Hizo una pausa, sintiendo el peso de la confesión. — Ya no recordaba cómo era sentir algo que no fuera presión, expectativa, exigencia. Lucas permaneció en silencio por un momento, los dedos deteniéndose en su cabello. — ¿Y ahora? Ella levantó la cabeza, encontrando su mirada. — Ahora lo recuerdo. La sonrisa que él le dirigió fue lenta, llena de una comprensión que la hizo sentirse vista de una manera que nunca antes había experimentado. — Bien — murmuró, acercándola para un beso. — Porque no tengo la menor intención de dejar que lo olvides de nuevo. Clara rio, pero el sonido se transformó en un suspiro cuando él la hizo rodar de nuevo sobre la cama, cubriendo su cuerpo con el suyo. — ¿Te quedarás? — preguntó él, los labios rozando los de ella. Ella vaciló solo un segundo antes de responder: — Por ahora. Porque, por primera vez en mucho tiempo, no quería pensar en el futuro. Solo quería sentir—el peso de él sobre ella, el calor de su piel, el fuego que ardía entre los dos. Y, al menos por ahora, eso era suficiente.

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