Fuego en las Montañas: Noches Prohibidas en la Posada de los Deseos

Por Tonkix
Fuego en las Montañas: Noches Prohibidas en la Posada de los Deseos
**Fuego en las Montañas: Noches Prohibidas en la Posada de los Deseos** El viento cortaba las montañas como una hoja afilada e implacable, arrastrando consigo el aroma a pinos y tierra húmeda. Clara apretó el abrigo de lana contra su cuerpo, los dedos entumecidos sobre el volante mientras la carretera sinuosa se desplegaba frente a ella, serpenteando entre abismos cubiertos de niebla. El GPS parpadeaba, inseguro, como si hasta la tecnología dudara ante aquella vastedad salvaje. Había conducido durante horas, huyendo de la ciudad, de los plazos ajustados, de las reuniones interminables que le chupaban la energía como vampiros. *Refugio de las Nubes*, decía el letrero de madera rústica, casi devorado por la vegetación. Un nombre demasiado poético para alguien como ella, que hacía años no sabía lo que era la paz. La posada apareció de repente, acurrucada entre rocas cubiertas de musgo y árboles centenarios. Una construcción de piedra y madera, con balcones que se asomaban al valle como brazos abiertos. Las luces doradas de las ventanas titilaban, invitadoras, y Clara sintió un peso desprenderse de sus hombros. *Aquí*, pensó. *Aquí, por fin*. Estacionó el coche con un suspiro, los músculos de la espalda protestando después de horas en la misma posición. El aire gélido invadió el interior del vehículo cuando abrió la puerta, y ella tembló, no solo por el frío, sino por la quietud. No había bocinas, ni voces ahogadas por el concreto, ni el zumbido constante de las computadoras. Solo el silencio, roto por el susurro de las hojas y el murmullo lejano de un arroyo. Cerró los ojos por un instante, dejando que el sonido la envolviera, como si pudiera lavarla por dentro. Fue el olor a leña quemada lo que la trajo de vuelta. Clara siguió el aroma hasta la entrada de la posada, donde una pesada puerta de roble se abrió antes incluso de que tocara el timbre. Y entonces él estaba allí. Lucas. No era alto, pero había algo en su postura—hombros anchos, pecho firme bajo la camisa de franela a cuadros, las mangas arremangadas revelando antebrazos fuertes, marcados por venas que contaban historias de trabajo duro. El cabello oscuro, ligeramente despeinado, caía sobre la frente en mechones rebeldes, y los ojos... ah, los ojos. Verdes como el bosque después de la lluvia, pero con un brillo que parecía quemar. La observaba con una intensidad que la hizo contener la respiración, como si ya la conociera, como si supiera exactamente lo que escondía tras la fachada de ejecutiva competente. — Bienvenida, Clara —dijo él, la voz grave, con un acento que ella no logró identificar. No era exactamente de la región, pero tampoco de ningún lugar que conociera. Era una voz que parecía haber sido moldeada por el viento de las montañas, áspera y suave al mismo tiempo. — Gracias —logró responder, sorprendida por el leve temblor en su propia voz—. Yo... hice la reserva por la web. Lucas sonrió, y algo en ese gesto—lento, deliberado—hizo que su estómago se contrajera. — Lo sé. Estaba esperándote. Las palabras flotaron en el aire entre ellos, cargadas de un significado que Clara no se atrevió a descifrar. Él dio un paso al costado, invitándola a entrar, y ella pasó junto a él, consciente del calor que emanaba de su cuerpo, del olor a jabón y cuero y algo más primitivo, como tierra mojada y fuego. El interior de la posada era aún más acogedor de lo que las fotos habían sugerido. Una chimenea crepitaba en el centro de la sala principal, proyectando sombras danzantes sobre las paredes de piedra. Alfombras persas cubrían el suelo de madera, y sillones de cuero gastado invitaban al descanso. Pero lo que llamó su atención fue la vista. Una pared entera de vidrio se abría al valle, donde la niebla se enroscaba entre los árboles como humo. Era de quitar el aliento. — Vaya —murmuró, acercándose al cristal—. Es hermoso. — Espera a verlo de mañana —dijo Lucas, deteniéndose a su lado. Tan cerca que ella podía sentir el calor de su cuerpo, incluso sin tocarlo—. Cuando sale el sol, parece que el mundo entero está ardiendo. Clara tragó saliva. Había algo peligroso en la manera en que él hablaba, como si cada palabra fuera una promesa. O una amenaza. — ¿Trabajas aquí? —preguntó, intentando sonar casual. — Soy el guía local —respondió él, los ojos verdes fijos en ella—. Y el responsable de asegurarme de que los huéspedes no se pierdan. Literalmente. Ella rio, pero el sonido salió extraño, como si su garganta estuviera apretada. — ¿Y si me pierdo? La sonrisa de Lucas se ensanchó, lenta, depredadora. — Entonces tendré que encontrarte. El silencio que siguió estaba cargado de algo que Clara no logró nombrar. Él lo rompió primero, girándose para tomar su maleta. — Voy a mostrarte tu habitación. Debes estar cansada. — Lo estoy —admitió, siguiéndolo por la escalera de madera que crujía bajo sus pies—. Mucho. — Entonces te dejaré descansar —dijo él, deteniéndose frente a una puerta de madera oscura—. Pero si necesitas algo... —Le entregó la llave, los dedos rozando los suyos un segundo más de lo necesario—. Estoy siempre cerca. Clara asintió, sintiendo el peso de esa mirada incluso después de que él se alejara. Entró en la habitación y cerró la puerta, apoyándose en ella con un suspiro. El ambiente era sencillo pero acogedor: una cama con dosel y sábanas blancas, una chimenea ya encendida, una ventana que daba al bosque. Se acercó, tocando el cristal frío con la punta de los dedos. Abajo, entre los árboles, vio a Lucas caminando hacia el granero, la luz del atardecer bañando su espalda en dorado. Él se detuvo por un instante, como si sintiera su mirada, y miró hacia arriba. Incluso a la distancia, Clara pudo ver la sonrisa que le lanzó antes de desaparecer entre las sombras. Y entonces, por primera vez en años, sintió algo que no era cansancio, ni estrés, ni la presión constante de ser siempre la mejor. Era deseo. Y eso la asustó más que cualquier reunión de directivos. La mesa estaba puesta como una invitación al pecado. Mantel de lino blanco, platos de cerámica rústica que parecían moldeados por las propias manos de quien los hizo, cubiertos de plata opaca que brillaban bajo la luz trémula de las velas. El salón de la posada era pequeño, íntimo, con ventanas altas que dejaban entrever la negrura de la noche afuera, donde el viento aullaba como un animal enjaulado. Clara entró despacio, los tacones hundiéndose levemente en la alfombra mullida, el vestido negro—sencillo, pero que abrazaba sus curvas como una segunda piel—rozando contra la piel recién hidratada. Había elegido ese vestido sin pensar, pero ahora, bajo la mirada de Lucas, se sentía como si hubiera planeado cada detalle. Él estaba de pie junto a la chimenea, una mano apoyada en la repisa de piedra, la otra sosteniendo una copa de vino tinto que giraba lentamente, como si estuviera leyendo los mensajes que dejaba el líquido en las paredes del cristal. Llevaba una camisa de lino crudo, abierta en el cuello, las mangas dobladas hasta los codos, revelando antebrazos fuertes, marcados por venas que Clara imaginó trazando con la punta de los dedos. Cuando la vio, sus labios se curvaron en una sonrisa lenta, perezosa, como si ya supiera lo que vendría después. — Viniste —dijo él, la voz baja, ronca, como si hubiera pasado horas gritando en silencio. Clara alzó una ceja, desafiante. — Parecías tan seguro de que no vendría. — No. —Dio un paso adelante, la luz de las llamas danzando en sus ojos oscuros—. Estaba seguro de que vendrías. Solo no sabía si tendrías el valor de admitirte a ti misma el porqué. Ella abrió la boca para replicar, pero las palabras murieron en su garganta cuando él se acercó, ofreciéndole la copa. El gesto fue casual, pero sus dedos rozaron los suyos a propósito, un toque deliberado, electrizante. Clara sintió el calor subir por su brazo, extenderse por su pecho, bajar hasta su vientre. Aceptó la copa, los labios tocando el cristal en el mismo lugar donde habían estado los de él. — ¿Y cuál sería el motivo, según tú? —preguntó, intentando sonar indiferente, pero la voz le salió más jadeante de lo que pretendía. Lucas no respondió de inmediato. En cambio, se inclinó ligeramente, lo suficiente para que ella sintiera su aroma—madera quemada, jabón de romero, algo más primitivo, masculino, que hizo que sus pezones se endurecieran bajo la tela fina del vestido. Cuando habló, fue casi un susurro, como si compartiera un secreto: — Porque pasaste toda la tarde pensando en cómo mis dedos rozaron los tuyos cuando te entregué la llave. Porque miraste mi boca cuando sonreí. Porque, cuando dije que estaría siempre cerca, imaginaste exactamente lo que eso podría significar. Clara tragó saliva. El vino bajó quemando, dulce y potente, como un presagio. Debería negarlo. Debería reír, hacer un chiste, cambiar de tema. Pero algo en la intensidad de esa mirada, en la manera en que él la desnudaba sin siquiera tocarla, le impedía mentir. — ¿Y tú? —devolvió, la voz firme ahora—. ¿Pasaste el día pensando en cómo sería verme sentada a tu mesa, o fue solo una distracción para no tener que lidiar con huéspedes aburridos? Él rio, un sonido profundo, gutural, que vibró en el aire entre ellos. — Ah, Clara. —Se acercó más, la rodilla rozando la suya bajo la mesa—. No tengo huéspedes aburridos. Solo te tengo a ti. La cena fue servida en silencio, pero no era un silencio incómodo. Estaba cargado, como el aire antes de una tormenta. El primer plato llegó: una sopa de calabaza con jengibre, humeante, perfumada. Clara hundió la cuchara, llevándosela a los labios, y Lucas la observó con una atención casi depredadora. Cuando ella gimió bajito—un sonido involuntario, de placer puro—, él sonrió, satisfecho. — ¿Te gusta? — Es deliciosa —admitió, lamiéndose los labios—. Pero creo que ya lo sabías. — Sabía que te gustaría. —Llevó su propia cuchara a la boca, los ojos nunca dejando los de ella—. Hay cosas que uno simplemente sabe. El segundo plato fue traído por una mujer de mediana edad, de sonrisa discreta, que apenas los miró antes de desaparecer nuevamente. Un filete de trucha, acompañado de puré de castañas y una salsa de vino de Oporto que brillaba bajo la luz de las velas. Clara cortó un trozo, llevándoselo a la boca, y el sabor estalló en su lengua—rico, complejo, casi pecaminoso. Cerró los ojos por un segundo, saboreando, y cuando los abrió, encontró a Lucas observándola con una expresión que rayaba en el hambre. — Me estás mirando como si yo fuera el plato principal —murmuró, sin poder evitar una sonrisa. — ¿Y si te dijera que es exactamente eso lo que eres? Clara sintió el rostro arder, pero no apartó la mirada. En cambio, tomó la copa de vino y dio un largo trago, dejando que el alcohol quemara su garganta, calmara sus nervios. — Diría que eres muy seguro de ti mismo. — Y a ti te gusta eso. No era una pregunta. Era una constatación. Y ella no podía negarlo. — Tal vez —admitió, jugando con el tenedor—. O tal vez solo me gusta verte intentarlo. Lucas rio de nuevo, un sonido que hizo que algo dentro de ella se contrajera. Se inclinó hacia adelante, los codos apoyados en la mesa, los dedos entrelazados como si se estuviera conteniendo para no extender la mano y tocarla. — Clara —dijo, la voz baja, casi un gruñido—. No estoy intentando. Estoy esperando. — ¿Esperando qué? — A que dejes de fingir que no quieres lo mismo que yo. El viento afuera aulló más fuerte, como si hiciera eco de sus palabras. Clara sintió el corazón latir más rápido, la sangre pulsar en sus venas. Debería levantarse. Debería irse. Pero el vino, el calor de la chimenea, la manera en que él la miraba—como si ella fuera la única mujer en el mundo—todo conspiraba para mantenerla allí. — ¿Y si digo que no sé lo que quiero? —preguntó, desafiante. Lucas sonrió, lento, peligroso. — Entonces tendré que mostrártelo. Se levantó, rodeó la mesa y se detuvo a su lado. Clara contuvo la respiración cuando él se inclinó, los labios casi tocando su oreja. — Termina de cenar —susurró—. Después, te llevaré a un lugar donde el viento no nos moleste. Y entonces, antes de que ella pudiera responder, se alejó, volviendo a su lugar como si nada hubiera pasado. Clara miró su plato, el apetito repentinamente distinto. Ya no era hambre de comida. Era hambre de él. Y, por primera vez en mucho tiempo, no estaba segura de poder esperar hasta el final de la cena. El bosque nevado los envolvió en un silencio espeso, roto solo por el crujido de las ramas bajo las botas y el soplo helado que escapaba entre los labios de Clara. Lo seguía a Lucas por un sendero estrecho, las manos metidas en los bolsillos del abrigo de lana, los ojos fijos en su espalda ancha, cubierta por una chaqueta impermeable que parecía moldeada a su cuerpo. El aire olía a pino y tierra húmeda, y cada respiración le quemaba ligeramente los pulmones, como si el invierno tuviera dientes y los clavara despacio. — Cuidado con esa piedra —advirtió él, girándose solo lo suficiente para que ella viera su sonrisa de medio lado—. No quiero que te tuerzas el tobillo antes de llegar. Clara alzó una ceja, divertida. — ¿Estás preocupado por mí o por la posibilidad de tener que cargarme de vuelta? Lucas rio, un sonido grave que se perdió entre los árboles. — Por las dos cosas. Pero principalmente por lo segundo. Pareces ligera, pero apuesto a que pesas más de lo que parece. Ella resopló, fingiendo indignación. — ¿Eso es un halago o una provocación? — ¿Por qué no las dos? —Extendió la mano, ayudándola a rodear un tramo resbaladizo. Sus dedos eran cálidos, incluso a través de los guantes, y Clara sintió el calor subir por su brazo, como si el contacto hubiera dejado una marca invisible—. Además, me gustan los desafíos. Ella no respondió, pero el rubor en sus mejillas no tenía nada que ver con el frío. El sendero se abrió de repente, revelando un claro donde una pequeña cabaña de madera se acurrucaba entre los árboles. El techo estaba cubierto de nieve, y un hilo de humo escapaba de la chimenea, dibujando espirales en el aire gélido. Clara se detuvo, sorprendida. — ¿Qué es esto? — El ofuro —respondió Lucas, quitándose los guantes y guardándolos en el bolsillo—. Un baño caliente, solo para nosotros. Pensé que después de horas en el frío, merecías relajarte. Clara dudó. La idea de desnudarse frente a él, aunque fuera solo para un baño, hacía que su estómago se contrajera en anticipación. Pero el viento cortante y la promesa de calor eran demasiado tentadores. — ¿Y tú? —preguntó, intentando sonar casual. — Yo ya conozco el lugar —dijo él, con una sonrisa que no revelaba nada—. Pero si quieres compañía, no voy a negarme. Ella rio, nerviosa. — Qué gracioso. No pareces el tipo de hombre que rechaza nada. — Depende de lo que se ofrezca. El aire entre ellos se cargó, y Clara desvió la mirada primero, fingiendo interés en la cabaña. Pero por dentro, algo se agitaba, una mezcla de curiosidad y miedo a lo que podría pasar si cedía. — Está bien —dijo, finalmente—. Pero solo porque tengo los dedos congelados. Lucas no respondió. Solo abrió la puerta de madera, dejando que el calor y el vapor la envolvieran antes incluso de que entrara. El interior de la cabaña era pequeño pero acogedor. Una chimenea crepitaba en un rincón, proyectando reflejos dorados sobre las paredes de troncos pulidos. En el centro, una bañera de madera oscura, lo suficientemente grande para dos personas, rebosaba de agua humeante. Pétalos de flores secas flotaban en la superficie, y el aroma a hierbas—lavanda, tal vez, o algo más cítrico—se mezclaba con el vapor, creando un perfume que hacía que la cabeza de Clara diera vueltas. — ¿Cómo hiciste esto? —preguntó, quitándose el abrigo y colgándolo en un gancho de la pared. — Magia —respondió Lucas, cerrando la puerta tras de sí—. O un sistema de calefacción muy eficiente. Tú eliges en qué prefieres creer. Clara rio, pero el sonido murió en su garganta cuando él comenzó a desabotonarse la chaqueta. Los movimientos eran lentos, deliberados, como si supiera exactamente el efecto que causaba en ella. Se dio la vuelta, fingiendo arreglarse el cabello, pero sus ojos no podían evitar seguir, en el reflejo del cristal empañado de la ventana, el momento en que la camisa se abría, revelando la piel morena y los músculos definidos de los hombros. — ¿Vas a entrar así? —La voz de él estaba más cerca de lo que esperaba, y Clara dio un respingo cuando sintió su aliento caliente en la nuca. — Yo... —Tragó saliva—. No traje traje de baño. — Yo tampoco. El silencio que siguió fue tan denso que Clara casi pudo escuchar los latidos de su propio corazón. Se giró lentamente, los ojos encontrando los de él. Lucas ya no sonreía. Su expresión era seria, intensa, como si estuviera esperando algo—un permiso, tal vez, o una señal de que ella estaba lista. — No tienes que apresurarte —murmuró, como si leyera sus pensamientos—. El agua seguirá caliente el tiempo que necesites. Clara asintió, pero sus manos ya estaban en el botón de los vaqueros, los dedos temblorosos. Se desvistió rápidamente, como si al quitarse la ropa pudiera también quitarse la vergüenza, la duda, el miedo a que, una vez desnuda, él viera todo lo que intentaba esconder. Cuando finalmente se giró hacia la bañera, solo le quedaba la lencería—un conjunto de encaje negro que había elegido esa mañana sin ninguna razón especial, pero que ahora parecía hecho para ese momento. Lucas no dijo nada. Solo la observó, los ojos recorriendo cada curva, cada línea de su cuerpo, como si estuviera memorizándola. Luego, con un movimiento fluido, se quitó los pantalones y entró en el agua, hundiéndose hasta los hombros con un suspiro satisfecho. — Ven —llamó, extendiendo la mano. Clara dudó por un segundo antes de acercarse. El agua estaba deliciosamente caliente, casi escaldante, y cuando se hundió hasta el cuello, sintió que sus músculos se relajaban al instante. El vapor se alzaba a su alrededor, envolviéndolos en una niebla íntima, como si el mundo exterior hubiera dejado de existir. Por un rato, ninguno de los dos habló. Clara cerró los ojos, dejando que el calor penetrara en sus huesos, mientras Lucas se recostaba en el borde de la bañera, los brazos extendidos a lo largo de la madera. Podía sentir su mirada sobre ella, pero no le importaba. Había algo liberador en estar allí, desnuda y vulnerable, sin tener que fingir que no deseaba lo que estaba pasando. — Eres hermosa —dijo él, de repente. Clara abrió los ojos. Lucas la observaba con una intensidad que la hizo contener la respiración. — Ni siquiera me has visto bien —murmuró, intentando aliviar la tensión. — He visto suficiente. Ella rio, pero el sonido salió débil, casi inaudible. Entonces, sin pensar, extendió la mano y tocó su rodilla bajo el agua. La piel era suave, cálida, y sintió el músculo contraerse bajo sus dedos. — ¿Y tú? —preguntó, la voz más baja de lo que pretendía—. ¿También eres hermoso? Lucas no respondió. En cambio, tomó su mano y la atrajo, haciendo que Clara se deslizara por el agua hasta quedar entre sus piernas. El movimiento fue tan rápido que no tuvo tiempo de protestar—no es que quisiera. Cuando se dio cuenta, estaba sentada sobre él, los cuerpos casi tocándose, separados solo por la fina capa de agua y el encaje de la lencería. — ¿Por qué no lo descubres? —susurró, los labios tan cerca de los de ella que Clara podía saborear su aliento cálido. No necesitó más incentivo. Sus manos se deslizaron por los hombros de él, sintiendo la textura de su piel, los contornos de sus músculos, la cicatriz fina justo debajo de la clavícula—un secreto que quería descubrir. Lucas gimió bajito cuando los dedos de ella rozaron sus pezones, y Clara sonrió, satisfecha con la reacción. — ¿Te gusta esto? —preguntó, repitiendo el movimiento. — Sabes que sí. Se inclinó, los labios rozando su oreja. — ¿Y esto? Lucas respiró hondo, las manos apretando su cintura. — Clara... — ¿Qué? —Mordisqueó el lóbulo de su oreja, sintiéndolo estremecer—. ¿No te gusta? — Me gusta demasiado —admitió, la voz ronca—. Es eso lo que me asusta. Ella se apartó lo suficiente para mirarlo a los ojos. Había algo allí, una vulnerabilidad que no esperaba, como si, detrás de la confianza, hubiera una parte de él que aún dudaba. — ¿Por qué? —preguntó, suavemente. Lucas dudó. Luego, con un suspiro, tomó su rostro entre las manos. — Porque no quiero que esto termine. Las palabras flotaron entre ellos, cargadas de significado. Clara sintió que el corazón se le encogía, pero antes de que pudiera responder, Lucas la atrajo para un beso. Esta vez, no había vacilación, no había juego. Era un beso hambriento, desesperado, como si los dos supieran que ese momento era demasiado frágil para durar. Las manos de él se deslizaron por su espalda, atrayéndola más cerca, y Clara sintió la erección presionando contra su vientre, separada solo por el encaje fino de su ropa interior. Gimió contra sus labios, su cuerpo respondiendo por instinto, las piernas abriéndose un poco más, como si supiera exactamente lo que quería. Lucas interrumpió el beso, los labios descendiendo por su cuello, dejando un rastro de fuego en la piel sensible. Clara arqueó la espalda, ofreciéndose, y él no perdió tiempo. Los dientes rozaron su clavícula, la lengua trazó círculos lentos alrededor de su pezón, incluso a través de la tela mojada de la lencería. — Lucas... —susurró, las uñas clavándose en sus hombros. — ¿Qué? —murmuró, la boca aún ocupada—. ¿Quieres que pare? — No. —La palabra salió como un gemido—. Por favor, no pares. Él rio bajito, el sonido vibrando contra su piel. — Entonces dime lo que quieres. Clara dudó. Nunca había sido buena pidiendo lo que deseaba, pero allí, en ese momento, con el cuerpo en llamas y la mente nublada por el placer, las palabras vinieron sin esfuerzo. — Quiero que me toques —dijo, la voz temblorosa—. Que me hagas sentir... todo. Lucas no necesitó más incentivo. Sus manos se deslizaron por su cintura, apartando la ropa interior a un lado, y entonces sus dedos encontraron el punto exacto donde Clara más lo necesitaba. Ella jadeó, las caderas moviéndose por instinto, buscando más presión, más fricción. — ¿Así? —preguntó él, los dedos circulando despacio, torturándola. — Más —pidió, la voz casi un sollozo. Lucas obedeció, aumentando el ritmo, y Clara sintió que el placer se enroscaba dentro de ella, un resorte a punto de soltarse. Pero antes de que pudiera llegar al clímax, él se detuvo, retirando la mano. — Todavía no —dijo, la voz ronca—. Quiero que llegues conmigo. Clara abrió los ojos, confundida, pero antes de que pudiera protestar, Lucas la levantó, sentándola en el borde de la bañera. El agua resbaló por su cuerpo, dejándola expuesta, vulnerable. Él se arrodilló en el agua, las manos sujetando sus muslos con firmeza, y entonces, sin aviso, su boca reemplazó a sus dedos. Clara gritó, el sonido resonando en la cabaña, las manos enredándose en su cabello. Lucas no tuvo piedad. Su lengua exploraba, provocaba, llevándola cada vez más alto, hasta que no pudo pensar en nada más que en el placer que se acumulaba entre sus piernas. — Lucas, yo... —intentó avisar, pero las palabras se perdieron en un gemido cuando él la penetró con dos dedos, curvándolos en el ángulo perfecto. El orgasmo la golpeó como una ola, rompiéndola en mil pedazos, y Clara se aferró a él, los músculos temblando, el cuerpo entero rindiéndose al placer. Lucas no se detuvo hasta que estuvo completamente exhausta, sus gemidos transformándose en suspiros débiles. Cuando finalmente se apartó, la atrajo de vuelta al agua, envolviéndola en un abrazo apretado. Clara apoyó la cabeza en su hombro, el corazón aún acelerado, la piel hormigueando. — Eso fue... —comenzó, pero no encontró las palabras. — Solo el principio —completó Lucas, besando su sien. Clara sonrió, pero por dentro, algo la incomodaba. Porque ahora, después de probar lo que él podía ofrecerle, sabía que no sería suficiente. Quería más. Quería todo. Y, por primera vez, no estaba segura de que Lucas estuviera dispuesto a darlo. La noche había caído sobre el Refugio de las Nubes como un manto pesado, cargado de promesas no dichas. Clara pasó los dedos por su cabello aún húmedo del baño, el vapor del ofuro aún adherido a su piel como una segunda tela, fina e invisible. La habitación estaba sumida en silencio, solo el crepitar lejano de la chimenea en la sala principal resonaba entre las paredes de madera. Se puso el camisón de seda negro que había traído en la maleta—un impulso, una esperanza—y calzó las zapatillas mullidas, sintiendo el contraste entre el frío del suelo y el calor que aún latía entre sus piernas. No había planeado aquello. O tal vez, en el fondo, sí. El pasillo estaba vacío, iluminado solo por las lámparas de queroseno que colgaban del techo, proyectando sombras danzantes en las paredes. El aire olía a pino y a algo más—humo de leña, quizá, o el perfume de su propio deseo, ardiendo lento como brasas bajo cenizas. Clara se detuvo frente a la puerta de Lucas. Por un segundo, dudó. ¿Qué diría? *Vine a buscar lo que empezaste.* *Quiero terminar lo que el agua caliente dejó inconcluso.* Pero las palabras eran innecesarias. Él lo sabría. Ambos lo sabían. Alzó la mano y golpeó. Tres toques suaves, como si probara la solidez de la madera. O su propia valentía. La puerta se abrió casi de inmediato, como si él hubiera estado esperando. Lucas estaba descalzo, vistiendo solo unos pantalones de chándal grises que caían bajos en sus caderas, revelando el V definido de los músculos que descendían hacia su entrepierna. El pecho desnudo brillaba bajo la luz ámbar de la lámpara, gotas de agua aún adheridas al vello oscuro de su torso, como si acabara de salir de la ducha. El olor a jabón masculino y a algo más primitivo—sudor limpio, piel caliente—invadió sus sentidos. Tragó saliva. — Viniste —dijo él, la voz ronca, como si las palabras hubieran sido arrancadas de algún lugar profundo. No era una pregunta. Era un reconocimiento. Clara entró sin responder, los pies hundiéndose en la alfombra mullida. La habitación de Lucas era más pequeña que la suya, pero más viva—ropa tirada sobre la silla, una botella de coñac medio vacía en la mesita de noche, el fuego de la chimenea crepitando alto, como si alguien acabara de avivarlo. La cama estaba deshecha, las sábanas arrugadas, y por un instante imaginó a Lucas allí, solo, tocándose mientras pensaba en ella. — No podía esperar —admitió, girándose para enfrentarlo. El camisón se deslizaba por sus hombros, demasiado fino para ocultar los pezones ya endurecidos—. No después de anoche. Lucas cerró la puerta con un clic suave y se apoyó en ella, los brazos cruzados sobre el pecho. Sus ojos recorrieron el cuerpo de Clara con una lentitud deliberada, como si memorizara cada curva, cada sombra. Sintió el peso de esa mirada como un toque físico, una caricia que dejaba rastros de fuego en su piel. — Estás temblando —murmuró. — Hace frío. — No hace. Ella rio, un sonido bajo y nervioso. —No, no hace. Él se acercó, despacio, como si temiera asustarla. Pero Clara no retrocedió. Cuando sus manos grandes rodearon su cintura, soltó un suspiro que no sabía que estaba conteniendo. El calor de su cuerpo atravesaba la seda, quemándola. Lucas inclinó la cabeza, los labios rozando su oreja. — ¿Qué quieres, Clara? La pregunta era simple, pero llevaba el peso de todo lo no dicho. Cerró los ojos, sintiendo su aliento cálido contra la piel. — A ti —susurró—. Solo a ti. Él no necesitó más. Las manos de Lucas se deslizaron por su espalda, atrayéndola contra sí con una urgencia que desmentía su calma aparente. Clara se arqueó, sintiendo su rigidez contra su vientre, y un gemido escapó de sus labios cuando él mordisqueó suavemente el lóbulo de su oreja. Su cuerpo respondió al instante, las caderas moviéndose por cuenta propia, buscando contacto, fricción, alivio. — Paciencia —murmuró él, pero sus propias manos lo traicionaban, deslizándose hacia abajo, agarrando sus nalgas y apretando con fuerza—. Tenemos toda la noche. — No quiero paciencia —replicó, las uñas clavándose en sus hombros—. Quiero que estés dentro de mí. Ahora. Lucas rio, un sonido oscuro y satisfecho, y entonces la empujó contra la pared. El impacto le sacó el aire de los pulmones, pero antes de que pudiera recuperarlo, su boca estaba sobre la suya, voraz, exigente. Su lengua invadió, explorando, dominando, mientras sus manos le subían el camisón, exponiéndola. El aire frío de la noche rozó su piel desnuda, pero el calor de su cuerpo lo reemplazó enseguida, quemándola. Ella se aferró a su cabello, atrayéndolo más cerca, mientras él bajaba los labios por su cuello, por sus pechos, mordisqueando, lamiendo, hasta que sus pezones estuvieron duros y doloridos. Cuando cerró la boca sobre uno de ellos, succionando con fuerza, Clara gimió alto, las piernas flaqueando. Lucas la sostuvo, una mano entre sus muslos, los dedos rozando la humedad que ya resbalaba por ellos. — Tan mojada —susurró, la voz cargada de deseo—. ¿Ya estabas así antes de venir aquí? — Desde ayer —admitió, jadeante—. Desde que me tocaste en el ofuro. Él gruñó, un sonido animal, y entonces la levantó en el aire. Clara envolvió las piernas alrededor de su cintura, sintiendo la dureza de su erección presionando exactamente donde más lo necesitaba. Lucas la llevó hasta la cama y la depositó sobre las sábanas, su cuerpo cubriendo el de ella en un movimiento fluido. Por un instante, solo la observó, los ojos oscuros brillando a la luz de la chimenea. — Eres hermosa —dijo, la voz ronca—. Pero así, con los labios hinchados y la piel marcada por mis dientes... eres irresistible. Clara extendió la mano, atrayéndolo hacia abajo, y él no se resistió. Sus cuerpos encajaron a la perfección, como si hubieran sido hechos el uno para el otro. Sintió su peso, la fuerza contenida en los músculos que temblaban bajo sus manos, y supo que él se estaba conteniendo. Por ella. Para ella. — No te contengas —susurró, mordiendo su labio inferior—. Aguanto. Lucas gimió, las caderas moviéndose contra las de ella en un ritmo lento y torturante. —No tienes idea de lo que estás pidiendo. — Entonces muéstramelo. Él no necesitó más incentivo. Con un movimiento rápido, Lucas la volteó boca abajo y levantó sus caderas, dejándola de rodillas, las manos apoyadas en el cabecero de la cama. Clara arqueó la espalda, ofreciéndose, y escuchó el sonido de sus pantalones siendo bajados apresuradamente. La tela rozó sus nalgas, y entonces él estaba allí, la punta de su erección rozando su entrada, húmeda y lista. — Última oportunidad —dijo, la voz tensa—. Si dices que no, paro. Clara miró por encima del hombro, encontrando sus ojos. —Si paras ahora, te mato. Lucas rio, pero el sonido se transformó en un gemido cuando la penetró de un solo movimiento, enterrándose hasta el fondo. Clara gritó, el placer mezclado con un dolor momentáneo, pero pronto su cuerpo se ajustó, envolviéndolo, apretándolo. Él se quedó quieto por un instante, los dedos clavados en sus caderas, como si necesitara controlarse. — Joder —gruñó—. Estás tan apretada. Clara movió las caderas, incitándolo. —Y tú eres demasiado grande para quedarte quieto. Él no necesitó más. Lucas comenzó a moverse, primero despacio, cada embestida profunda y deliberada, como si quisiera memorizar la sensación. Pero pronto el ritmo aumentó, los cuerpos chocando uno contra el otro, la cama crujiendo bajo ellos. Clara hundió el rostro en la almohada, ahogando los gemidos, pero Lucas le tiró del cabello, obligándola a arquear la espalda. — No te escondas —ordenó, la voz ronca—. Quiero oírte. Ella obedeció, dejando que los sonidos escaparan libremente, mezclándose con sus gruñidos, con el sonido de la piel chocando, con el crepitar de la chimenea. El placer crecía dentro de ella, una ola que amenazaba con romper en cualquier momento, pero se contenía, queriendo prolongar ese instante, esa sensación de estar completa, llena, poseída. Lucas cambió el ángulo, alcanzando un punto que hizo estallar estrellas tras sus párpados. Clara gritó, los dedos arañando las sábanas. — Así, así —murmuró él, acelerando el ritmo—. Córrete para mí, Clara. Córrete conmigo. No pudo resistirse. El orgasmo la golpeó como un rayo, desgarrándola de dentro hacia fuera, haciendo que todo su cuerpo temblara. Lucas la sostuvo con fuerza, continuando sus movimientos, prolongando el placer hasta que él también llegó al límite, enterrándose profundamente y soltando un gemido ronco contra su nuca. Por un largo momento, los dos permanecieron así, jadeantes, los cuerpos sudorosos pegados el uno al otro. Clara sintió el corazón de él latiendo contra su espalda, tan rápido como el suyo. Cuando Lucas finalmente se apartó, cayó de costado, los músculos relajados, la mente flotando en una neblina de satisfacción. Él se acostó a su lado, atrayéndola hacia sí, y Clara se acurrucó contra su pecho, escuchando el sonido de su respiración calmándose. El fuego en la chimenea aún crepitaba, proyectando sombras danzantes por la habitación, y el olor a sexo y sudor flotaba en el aire, embriagador. — Eso fue... —comenzó, pero las palabras le fallaron. — Mejor que en el ofuro —completó Lucas, besando la parte superior de su cabeza. Clara sonrió, pero algo dentro de ella se retorció. Porque ahora, después de tenerlo así, sabía que no sería suficiente. Quería más. Quería todo. Y, por primera vez, no estaba segura de que Lucas estuviera dispuesto a dárselo. Él se giró hacia un lado, alcanzando la botella de coñac en la mesita de noche. Sirvió dos copas y le ofreció una. Clara se apoyó en un codo, observándolo mientras bebía, los músculos de su brazo moviéndose bajo la piel dorada. Había algo diferente en él ahora—una vulnerabilidad que no había estado allí antes. — ¿En qué piensas? —preguntó, tomando un sorbo del líquido ámbar, que le quemó la garganta de una manera agradable. Lucas dudó, los ojos fijos en el fuego. —En lo complicado que esto hace las cosas. Clara sintió un frío en el estómago. —¿Complicado? Él se giró hacia ella, la expresión indescifrable. —Te vas mañana. — ¿Y? — Y yo no soy el tipo de hombre que sigue a las mujeres a la gran ciudad. Ella rio, pero el sonido salió forzado. —¿Quién dijo que quiero que me sigas? Lucas no respondió. Solo extendió la mano, atrayéndola de vuelta a sus brazos. Clara se dejó envolver, pero la duda ya se había instalado, como una semilla plantada en la oscuridad. ¿Y si, después de esta noche, no hubiera nada más? ¿Y si el fuego que los consumía ahora no fuera más que cenizas por la mañana? El coñac aún le quemaba la garganta cuando Lucas la atrajo de vuelta a las sábanas, pero ahora el fuego era otro—más profundo, más voraz. Clara sintió el peso de su cuerpo sobre el suyo, la piel caliente contra la suya, los músculos tensos como cuerdas de violín a punto de vibrar. Él no dijo nada. Solo la miró, los ojos oscuros reflejando las llamas de la chimenea, y entonces su boca encontró la suya con un hambre que no dejaba espacio para dudas. Los labios de Lucas eran exigentes, pero no brutales. Había una precisión en cada movimiento, como si supiera exactamente dónde tocar para hacerla arquear la espalda, dónde presionar para arrancarle un gemido ahogado contra su boca. Clara respondió con la misma intensidad, las uñas clavándose en sus hombros anchos, atrayéndolo más cerca, como si pudiera fundir sus cuerpos en uno solo. El sabor del coñac aún danzaba entre ellos, mezclado con el salado de la piel sudada, el olor a madera quemada y el perfume dulzón de su propio deseo. — Eres hermosa así —murmuró contra su cuello, los dientes rozando la piel sensible justo debajo de la oreja—. Desaliñada. Sin defensas. Clara rio, pero el sonido se transformó en un suspiro cuando su mano se deslizó entre sus cuerpos, encontrando el punto exacto donde más lo necesitaba. Los dedos de Lucas eran hábiles, circulando, presionando, hasta que no pudo contener los sonidos que escapaban de su garganta. Él sonrió contra su piel, satisfecho, y entonces su boca reemplazó a sus dedos, la lengua cálida y húmeda provocando oleadas de placer que la hicieron aferrarse a las sábanas con fuerza. — Lucas... —gimió, su nombre saliendo como una súplica. Él alzó la cabeza, los labios brillantes, los ojos entrecerrados. —Dime lo que quieres. Clara dudó. No era de las que pedían. Pero algo en ese momento, en la manera en que él la miraba, como si fuera lo único que importaba, la hizo querer entregarse por completo. — Te quiero a ti —susurró, la voz ronca—. Todo de ti. Lucas no necesitó más incentivo. Con un movimiento fluido, la volteó boca abajo y levantó sus caderas, dejándola de rodillas, las manos apoyadas en el cabecero de la cama. Clara sintió el aire frío de la noche contra su piel expuesta, pero entonces él estaba allí, cubriéndola con su cuerpo, su erección presionando contra ella de una manera que la hizo morderse el labio para no suplicar. — ¿Estás segura? —preguntó, la voz tensa, los dedos trazando círculos perezosos en la base de su columna. Clara asintió, las palabras atrapadas en su garganta. Él no las necesitaba. En cambio, empujó sus caderas hacia atrás, invitándolo, y Lucas no se resistió. Con un gemido ahogado, la penetró despacio, centímetro a centímetro, hasta estar completamente dentro de ella. El placer fue casi insoportable. Clara arqueó la espalda, los dedos aferrándose a la madera del cabecero con fuerza, mientras Lucas comenzaba a moverse, cada embestida profunda y deliberada. No tenía prisa. Era como si quisiera memorizar cada reacción de ella, cada sonido, cada temblor. Y Clara se entregó a eso, dejando que la llevara al límite, y luego más allá. — ¿Te gusta así? —preguntó él, la voz un gruñido contra su oreja, mientras una de sus manos se deslizaba hacia adelante, encontrando el punto que hacía que sus músculos se contrajeran alrededor de él. — Sí —gimió, la palabra entrecortada—. Más. Lucas obedeció. Aumentó el ritmo, las embestidas volviéndose más rápidas, más intensas, hasta que el sonido de sus cuerpos chocando resonó en la habitación, mezclándose con sus gemidos y sus gruñidos bajos. Sintió que el orgasmo se acercaba, una ola cálida y abrumadora, y entonces él estaba allí, arrastrándola consigo. — Córrete para mí —ordenó, la voz áspera, y Clara no pudo resistirse. El placer la golpeó como un rayo, haciendo que todo su cuerpo temblara mientras oleadas de éxtasis la recorrían. Lucas la sostuvo con fuerza, continuando sus movimientos dentro de ella hasta que su propio cuerpo se estremeció, su nombre escapando de sus labios en un gemido ronco. Por un momento, no hubo nada más que el sonido de sus respiraciones jadeantes y el crepitar del fuego en la chimenea. Luego, Lucas salió de ella, acostándose a su lado y atrayéndola hacia sus brazos. Clara se acurrucó contra su pecho, sintiendo su corazón latir acelerado bajo su mejilla. — Eso fue... —comenzó, pero las palabras le fallaron. — Lo sé —murmuró él, besando su frente. Permanecieron así por un rato, en silencio, solo sintiendo la presencia del otro. Pero entonces Clara se movió, girándose para mirarlo. — ¿Qué pasa? —preguntó Lucas, los dedos trazando patrones perezosos en su espalda. — Nada —mintió, pero él la conocía demasiado bien ahora. La volteó boca arriba, inmovilizándola bajo su cuerpo una vez más, los ojos oscuros fijos en los suyos. — Habla. Clara dudó, pero entonces decidió que no había más espacio para mentiras entre ellos. — No quiero que esto termine. Lucas no respondió de inmediato. Solo la observó, como si intentara descifrar algo en su rostro. Luego, con un suspiro, se giró hacia un lado, atrayéndola sobre él. — Yo tampoco —admitió, finalmente—. Pero te vas mañana. Clara no dijo nada. Sabía que él tenía razón. Pero eso no hacía las cosas más fáciles. — ¿Y si no es el final? —preguntó, la voz suave, casi tímida. Lucas cerró los ojos por un momento, como si estuviera considerando sus palabras. Cuando los abrió de nuevo, había algo nuevo en su mirada—algo que Clara no logró descifrar. — Entonces lo descubriremos —dijo, atrayéndola para un beso lento y profundo. Y, por ahora, era suficiente. El primer rayo de sol atravesó la cortina entreabierta como una hoja dorada, cortando la penumbra de la habitación y posándose sobre las sábanas arrugadas. Clara abrió los ojos lentamente, sintiendo el peso cálido del brazo de Lucas aún rodeando su cintura, su respiración lenta y profunda contra su nuca. Por un momento, se quedó quieta, absorbiendo la textura áspera del vello de su pecho contra su espalda, el olor a madera quemada y sudor seco que impregnaba las sábanas, el sonido amortiguado del viento afuera, como si el mundo entero aún durmiera bajo un manto de nieve. Pero el reloj en la mesita de noche no mentía: seis y media. Su vuelo salía a las diez, y el trayecto hasta el aeropuerto tomaría casi dos horas. Con cuidado para no despertarlo, se deslizó fuera de la cama, los pies descalzos hundiéndose en la alfombra mullida. El aire gélido de la mañana le erizó la piel, y se envolvió en la bata de Lucas, que aún conservaba su calor y el aroma cítrico de su jabón. Al acercarse a la ventana, apartó la cortina lo suficiente para echar un vistazo afuera: la montaña estaba envuelta en niebla, pero el cielo comenzaba a aclararse en tonos de rosa y naranja, como si alguien hubiera pasado un pincel de acuarela sobre el horizonte. — ¿Te vas así? La voz de Lucas, ronca de sueño, hizo que su corazón diera un salto. Se giró y lo encontró apoyado en un codo, el cabello despeinado cayendo sobre su frente, los ojos entrecerrados pero atentos. Había algo depredador en la manera en que la observaba, como si aún no hubiera decidido si dejarla ir o arrastrarla de vuelta a la cama. — No quería despertarte —dijo, apretando la bata contra su cuerpo. — Mentira. —Sonrió, lento y peligroso—. Querías dejarme aquí, solo, con el recuerdo de tu olor en las sábanas. Clara sintió que el rostro le ardía. Era exactamente eso. No quería compartir la despedida, no quería ver su expresión cuando dijera adiós. Pero Lucas ya se estaba levantando, desnudo, los músculos de su espalda moviéndose bajo la piel bronceada mientras se estiraba. Desvió la mirada, pero no lo suficientemente rápido: vio la marca de sus dientes en su hombro, las uñas de ella arañando sus muslos, las pruebas de una noche que no terminaría con el amanecer. — Necesito ducharme —murmuró, intentando sonar práctica. — ¿Necesitas? —Dio un paso hacia ella, y Clara retrocedió hasta sentir la pared fría contra su espalda—. ¿O solo estás intentando huir? — Lucas... — Shhh. —Le tomó el rostro entre las manos, el pulgar rozando su labio inferior—. Lo sé. Tienes un avión que tomar. Una oficina esperando. Una vida que no me incluye a mí, un guía de montaña con manos callosas y un gusto por el coñac barato. Ella rio, pero el sonido salió estrangulado. —No es eso. — Entonces, ¿qué es? Clara cerró los ojos. No quería decirlo. No quería que él supiera que, por primera vez en años, tenía miedo de algo que no fuera un informe atrasado o una reunión con inversores. Miedo a que, al salir de esa habitación, todo aquello se convirtiera en otro recuerdo bonito, pero vacío. — Solo... no quiero que esto sea un adiós. Lucas no respondió. En cambio, se inclinó y besó su frente, luego su nariz, luego sus labios, lento, como si estuviera memorizando el contorno de su boca. Cuando se apartó, sus ojos estaban serios. — Entonces no lo sea. Ella no entendió hasta que él se giró y tomó algo del cajón de la mesita de noche: un pequeño cuaderno de notas y un bolígrafo. Se lo extendió en silencio. Clara dudó, pero luego abrió el cuaderno y escribió su nombre, seguido de un número de teléfono. Cuando terminó, arrancó la hoja y la dobló por la mitad, sin saber qué hacer con ella. — Déjala aquí —dijo él, tomando el papel y colocándolo sobre la mesita—. Cuando quiera encontrarte, te llamaré. — ¿Y si quiero encontrarte antes? Lucas sonrió, pero había una sombra detrás de esa sonrisa. —Entonces sabes dónde encontrarme. El baño estaba frío, el azulejo helado bajo sus pies. Clara abrió la ducha y dejó que el agua caliente corriera por su cuerpo, intentando lavar la sensación de que estaba cometiendo un error. Pero no importaba cuántas veces pasara el jabón por su piel, aún sentía su tacto en cada centímetro—en las marcas de sus dedos en sus caderas, en el latido entre sus piernas, en el sabor salado que aún persistía en su boca. Cuando salió, envuelta en una toalla, Lucas ya estaba vestido, con una camisa de franela y unos vaqueros gastados. Estaba de espaldas, mirando por la ventana, pero se giró al escucharla. — ¿Tu maleta está lista? Ella asintió, señalando la pequeña valija junto a la puerta. Él la tomó sin decir nada y la llevó hasta la puerta de la habitación, pero antes de abrirla, se detuvo. — Clara. Ella alzó los ojos, y lo que vio en su rostro la hizo contener la respiración. No era tristeza, ni resignación. Era algo más peligroso: esperanza. — No me olvides. Las palabras flotaron entre ellos, pesadas. Clara sintió un nudo en la garganta, pero forzó una sonrisa. — Imposible. Él abrió la puerta, y el pasillo de la posada estaba silencioso, solo el sonido lejano de una tetera silbando en la cocina. Lucas la acompañó hasta la recepción, donde la dueña de la posada, una mujer de cabello gris y mirada perspicaz, ya esperaba con un desayuno envuelto en papel aluminio. — Para el camino —dijo, entregándole el paquete a Clara con una sonrisa cómplice. Clara agradeció, evitando mirar a Lucas. Sabía que, si lo hacía, no podría irse de allí. El coche de alquiler estaba cubierto por una fina capa de nieve, y tardó unos minutos en limpiarlo, las manos temblando de frío. Cuando finalmente encendió el motor, Lucas aún estaba parado en la puerta de la posada, los brazos cruzados, el viento despeinando su cabello. Bajó la ventanilla. — ¿Vas a quedarte ahí hasta que desaparezca de tu vista? — Tal vez. Ella rio, pero el sonido salió quebrado. —Entonces tardaré. Él no respondió. Solo permaneció allí, inmóvil, mientras ella engranaba la marcha y comenzaba a descender por la carretera sinuosa. En el retrovisor, lo vio hacerse más pequeño, hasta convertirse en un punto oscuro contra la fachada de madera de la posada. Y entonces, al doblar la primera curva, desapareció. El trayecto hasta el aeropuerto fue una nebulosa de pensamientos confusos. Encendió la radio, pero la apagó después de unos minutos, incapaz de soportar la música alegre. En cambio, dejó que el silencio llenara el coche, interrumpido solo por el crujido de los neumáticos en la nieve y el sonido de su propia respiración. Cuando llegó al estacionamiento del aeropuerto, ya casi era la hora del check-in. Tomó la maleta y el desayuno olvidado en el asiento del pasajero, pero al cerrar el coche, algo llamó su atención: un trozo de papel atrapado bajo el limpiaparabrisas. Con el corazón acelerado, lo sacó. Era una hoja arrancada del mismo cuaderno donde había escrito su número. En letras grandes e irregulares, Lucas había escrito: **"No fue un adiós. Fue un 'hasta luego'."** Y debajo, en letras más pequeñas: **"Llámame cuando llegues. O antes. O nunca. Pero sabe que te estaré esperando."** Clara apretó el papel contra su pecho, sintiendo las lágrimas calientes resbalar por su rostro. No era el final. Ni siquiera era un adiós. Era una promesa—una promesa de fuego, de montañas, de noches prohibidas que aún estaban por venir. Y, por primera vez en mucho tiempo, creyó en las promesas.

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