Fuego en las Montañas: Noches Prohibidas en la Posada del Valle

Por Tonkix
Fuego en las Montañas: Noches Prohibidas en la Posada del Valle
**Fuego en las Montañas: Noches Prohibidas en la Posada del Valle** La primera ráfaga de viento golpeó el auto de Clara como un puñetazo helado, haciendo temblar el volante entre sus manos. Los limpiaparabrisas luchaban contra la nieve que caía en láminas gruesas, reduciendo el mundo a un borrón blanco y gris. Apretó los dedos alrededor del volante, los nudillos blancos bajo la luz tenue del tablero. *¿Por qué diablos acepté este trabajo?*, pensó, mordiendo el labio inferior hasta sentir el sabor metálico del labial agrietado. La posada debería estar justo ahí, según el GPS, pero la pantalla del celular parpadeaba, terca, como si el propio valle se negara a revelar sus secretos. Clara soltó un suspiro que empañó el vidrio y, por un instante, dibujó un corazón torcido con el dedo antes de limpiarlo todo con la manga del abrigo. *Patético.* Pero era mejor que admitir que, en los últimos meses, hasta los clichés parecían más reales que su propia escritura. Fue entonces cuando la vio. La Posada del Valle emergió de la tormenta como un espejismo de cuento de hadas: una construcción de piedra y madera, con ventanas iluminadas que derramaban un dorado cálido sobre la nieve. Las luces titilaban, como si alguien hubiera encendido velas en cada rincón, y el techo inclinado parecía un sombrero de bruja cubierto de azúcar. Clara estacionó el auto con un sacudón, el motor tosiendo antes de apagarse. Por un segundo, se quedó allí, escuchando el silencio repentino—solo el viento aullando entre los árboles y el crepitar lejano de una chimenea. El frío la golpeó como una cuchilla al abrir la puerta. Se subió la capucha de la chaqueta sobre la cabeza, pero el viento encontró su cuello, deslizándose bajo el cuello como dedos curiosos. La nieve se pegaba a sus pestañas, derritiéndose en lágrimas frías que resbalaban por sus mejillas. Clara maldijo en voz baja, arrastrando la maleta de ruedas por el sendero de piedras irregulares, cada paso un pequeño desastre. Cuando finalmente llegó a la puerta de la posada, sus manos temblaban tanto que apenas pudo girar el picaporte de hierro. El calor la envolvió como un abrazo. El vestíbulo era un refugio de aromas: canela, madera quemada, algo cítrico y dulce—tal vez naranja o bergamota. Clara cerró los ojos por un segundo, dejando que el olor penetrara en sus pulmones, como si pudiera absorber la tranquilidad del lugar a través del olfato. Cuando los abrió, una mujer de cabellos grises recogidos en un moño suelto sonreía detrás del mostrador de recepción. — Buenas noches, querida. Usted debe ser Clara. — La voz era cálida, como miel derramada sobre pan fresco. — Yo soy Doña Marta. Bienvenida a la Posada del Valle. Clara sonrió, aliviada. — Gracias. El camino… fue un poco complicado. — Me lo imagino. Esta tormenta nos tomó a todos por sorpresa. — Doña Marta deslizó una llave antigua sobre el mostrador, el metal frío tintineando contra el mármol. — Su habitación es la 7, al final del pasillo. Tiene una chimenea encendida y una botella de vino esperándola. — Eso suena… perfecto. — Y lo es. — La mujer le guiñó un ojo. — Disfrútelo. Y si necesita algo, solo llame. Clara arrastró la maleta por el pasillo, los tacones de sus botas hundiéndose en la alfombra mullida. La habitación 7 era exactamente como prometido: una cama con dosel cubierta por una colcha de patchwork, una chimenea crepitando alegremente y, sobre la mesa de noche, una botella de tinto con una nota manuscrita: *"Para calentar las noches frías. — D.M."* Se dejó caer sobre la cama, hundiéndose en el colchón suave, y soltó un gemido bajo. El peso en los hombros parecía un poco más ligero allí. Pero entonces, como si el universo quisiera recordarle que no estaba sola, un sonido atravesó la pared delgada: el crujido de una cama, un suspiro ahogado, el tintineo de copas. Clara frunció el ceño. *Alguien ya está aquí.* --- Al otro lado de la pared, Lucas estiró los brazos por encima de la cabeza, los músculos de la espalda protestando después de horas inclinado sobre bocetos de proyectos. La chimenea en su habitación proyectaba sombras danzantes sobre las paredes de piedra, y el vino que había pedido antes dejaba un sabor a frutas oscuras en la lengua. No había planeado quedarse tanto tiempo en la posada. De hecho, había venido solo para escapar de la oficina, de los plazos imposibles, de las reuniones interminables. Pero algo en ese lugar—el silencio, la nieve, la manera en que la luz de la chimenea hacía que todo pareciera más lento—lo había retenido allí. Y ahora, después de tres días, se sentía casi… humano de nuevo. Un trueno retumbó afuera, haciendo temblar las ventanas. Lucas se levantó, desnudo, y caminó hacia el balcón. La nieve caía en remolinos, cubriendo las montañas como un manto. Respiró hondo, sintiendo el aire gélido quemar sus pulmones. *Esto es vida*, pensó. No esas paredes de vidrio y acero que diseñaba para que otros vivieran, sino *esto*—la naturaleza, el silencio, el fuego. Entonces lo escuchó. Un sonido ahogado, como si alguien estuviera riendo al otro lado de la pared. Lucas inclinó la cabeza, escuchando mejor. Era una risa femenina, ligera, casi musical. Curioso, se acercó a la pared que separaba su habitación de la de Clara. Y entonces, otro sonido: un suspiro más largo, más profundo. Lucas sintió su cuerpo reaccionar antes incluso de darse cuenta. La sangre corrió más rápido, calentándolo de adentro hacia afuera. Cerró los ojos, imaginando—*¿quién estaría allí? ¿Cómo sería ella?*—y cuando los abrió de nuevo, su mano ya se deslizaba por su propio cuerpo, siguiendo el ritmo de los sonidos que venían del otro lado. Pero entonces, como si el destino tuviera un sentido del humor cruel, los sonidos cesaron. Lucas soltó una risa baja, frustrada, y volvió a la cama. *Mañana*, pensó. *Mañana descubro quién es.* Y mientras la tormenta rugía afuera, dos corazones latían más rápido, sin saber que, en pocas horas, el azar los arrojaría uno en los brazos del otro. La mañana llegó lenta, como si el tiempo también se hubiera dejado llevar por el peso de la noche anterior. La tormenta había cedido, pero el cielo aún cargaba nubes densas, grises, que filtraban una luz pálida sobre las montañas. El aire gélido se colaba por las rendijas de las ventanas, trayendo consigo el olor a pino mojado y tierra húmeda. Lucas despertó antes del amanecer, el cuerpo aún vibrando con el recuerdo de los sonidos que lo habían mantenido despierto hasta tarde. Se levantó despacio, como si cualquier movimiento brusco pudiera disipar la imagen que se había formado en su mente—la mujer del otro lado de la pared, sus suspiros, la manera en que su voz parecía enredarse en algo profundo dentro de él. Se dio una ducha rápida, el agua caliente deslizándose por los músculos tensos, y se vistió con una camisa de franela y jeans oscuros, como si pudiera protegerse del frío… o de algo más. Clara, por su parte, había dormido mal. Sueños fragmentados la perseguían—manos que no eran las suyas, voces susurradas, el calor de un cuerpo desconocido presionado contra el suyo. Cuando abrió los ojos, encontró la habitación iluminada por una luz fría, y por un instante, pensó haber escuchado pasos afuera. Pero era solo el viento, golpeando los vidrios como dedos impacientes. Se levantó, se envolvió en la bata mullida de la posada y fue hasta la ventana. Abajo, el valle se extendía como un manto blanco, interrumpido solo por las siluetas oscuras de los árboles. Respiró hondo, sintiendo el aire gélido quemar sus pulmones, y decidió que necesitaba café. Mucho café. El vestíbulo de la Posada del Valle era un refugio de calor y comodidad. Las paredes de madera oscura reflejaban el brillo anaranjado de la chimenea, que crepitaba suavemente, proyectando sombras danzantes sobre los sofás de cuero envejecido. Un aroma a canela y clavo flotaba en el aire, mezclado con el olor a tostadas y café recién hecho. Clara bajó las escaleras despacio, los dedos deslizándose por el pasamanos pulido, los ojos aún pesados de sueño. Cuando llegó al último escalón, se detuvo. Él estaba allí. De espaldas a ella, cerca de la chimenea, sosteniendo una taza humeante entre las manos. Lucas. El hombre que, sin saberlo, había poblado sus noches con fantasías prohibidas. Llevaba una camisa de franela azul oscuro, las mangas arremangadas hasta los codos, revelando antebrazos fuertes, marcados por venas sutiles. Los cabellos castaños, ligeramente despeinados, caían sobre su frente, y ella sintió el impulso de apartarlos con los dedos solo para ver cómo reaccionaba. Pero no se movió. Solo observó. Como si sintiera el peso de su mirada, Lucas se volvió lentamente. Sus ojos se encontraron. Y algo en el aire cambió. Clara sintió el corazón latir más fuerte, como si la hubieran pillado in fraganti. Él la observaba con una intensidad que la hizo contener el aliento—ojos verdes, profundos, que parecían ver más allá de la superficie. Una sonrisa lenta se dibujó en sus labios, como si supiera un secreto. O como si estuviera a punto de descubrirlo. — Buenos días — dijo él, la voz ronca, baja. — Espero que no haya sido la tormenta lo que la mantuvo despierta. Clara dudó por un segundo. *Él sabe.* Pero ¿cómo? A menos que… a menos que él también hubiera escuchado *a ella*. La idea la hizo sonrojar, pero levantó la barbilla, desafiante. — No fue la tormenta — respondió, acercándose. — Pero tal vez algo… o alguien. Lucas arqueó una ceja, intrigado. El juego había comenzado. — ¿Alguien? — repitió, fingiendo inocencia. — ¿Aquí? ¿Además de nosotros dos? Ella sonrió, tomando una taza de café del mostrador y sirviéndose. El líquido caliente le quemó la lengua, pero no le importó. Era bueno sentir algo real. — Tal vez — murmuró, mirándolo por encima del borde de la taza. — O tal vez solo me gusta imaginar cosas. Lucas rió, un sonido grave que reverberó en el pecho de ella. Se acercó, reduciendo la distancia entre los dos, y tomó una botella de vino caliente que humeaba sobre la mesa junto a la chimenea. — ¿Vino? — ofreció, sirviendo dos copas. — Creo que lo necesitamos. El desayuno puede esperar. Clara aceptó la copa, los dedos rozando los de él un segundo más de lo necesario. El contacto le envió un escalofrío por la espalda. — Estoy de acuerdo — dijo, llevando el vino a los labios. El líquido era dulce, con notas de especias, y bajó quemando por la garganta, esparciendo calor por todo el cuerpo. — Pero solo si me cuentas qué *realmente* te mantuvo despierto. Lucas la miró, los ojos brillando con algo peligroso. Se inclinó, tan cerca que ella pudo oler el jabón en su piel, mezclado con el aroma amaderado del vino. — ¿Y si te dijera que fue lo mismo que te mantuvo *a ti* despierta? El corazón de Clara se aceleró. No apartó la mirada. — Diría que estás jugando sucio. — O tal vez — murmuró, la voz casi un susurro — solo estoy siendo honesto. El silencio que siguió fue cargado. El fuego crepitaba, las llamas proyectando reflejos dorados en los ojos de ambos. Clara sintió su cuerpo reaccionar a la proximidad de él—el calor de la chimenea no era nada comparado con el fuego que parecía arder entre ellos. Tomó otro sorbo de vino, dejando que el alcohol la calentara por dentro, y entonces, sin pensar, extendió la mano y tocó su brazo. La franela era suave bajo sus dedos, pero la piel debajo estaba caliente, firme. — ¿Y si te digo que no me importa? — preguntó, la voz baja. Lucas no respondió con palabras. En cambio, tomó su mano, girándola lentamente para exponer su muñeca. Clara contuvo el aliento cuando él llevó los labios hasta allí, depositando un beso suave en la piel sensible. El toque fue ligero, casi casto, pero suficiente para hacer que todo su cuerpo se estremeciera. — Entonces — dijo, levantando los ojos hacia ella — diría que estamos perdiendo el tiempo. Clara sintió que le faltaba el aire. Quería atraerlo hacia sí, quería sentir esos labios en los suyos, quería *todo*. Pero algo la detuvo. Tal vez fuera el miedo a romper el hechizo, o tal vez solo la emoción de prolongar ese momento, de dejar que el deseo creciera hasta volverse insoportable. — Todavía no — susurró, dando un paso atrás. — Veamos hasta dónde nos lleva esto. Lucas sonrió, una sonrisa lenta, depredadora. — Hasta el final, Clara — dijo, levantando la copa en un brindis silencioso. — Hasta el final. Se quedaron allí, cerca de la chimenea, bebiendo vino y conversando como si el mundo exterior no existiera. Hablaban de cosas banales—el clima, la posada, los libros que Clara escribía, los proyectos de arquitectura de Lucas—pero cada palabra estaba cargada de algo más. Cada risa, cada toque casual, cada mirada prolongada parecía una promesa. Cuando la copa de Clara quedó vacía, la dejó sobre la mesa y miró por la ventana. La nieve había dejado de caer, pero el cielo aún estaba cargado, como si más tormenta estuviera por venir. — ¿Qué te parece un paseo? — preguntó Lucas, siguiendo su mirada. — Antes de que el tiempo empeore de nuevo. Clara dudó por un segundo. Un paseo significaba más tiempo juntos, más oportunidades para que el deseo creciera. Pero también significaba espacio para respirar, para pensar. Y ella lo necesitaba. — ¿Por qué no? — respondió, finalmente. — Pero solo si prometes mostrarme el mejor camino. Lucas sonrió, extendiendo la mano. — Lo prometo. Y cuando los dedos de ella se entrelazaron con los suyos, Clara supo que no era solo un paseo lo que él le estaba ofreciendo. Era una elección. Y ella ya había decidido. La noche había caído sobre el Valle como un manto de terciopelo negro, cosido con puntos de luz plateada. La tormenta había dado una tregua, pero el aire aún llevaba la humedad helada de la nieve derretida, mezclada con el olor a pinos y tierra mojada. Clara y Lucas salieron de la posada tomados de la mano, los dedos entrelazados como si ya conocieran el camino del otro desde hacía años. El calor de la chimenea y del vino aún ardía en sus venas, pero ahora era el frío lo que los unía, la necesidad de acercarse para entrar en calor. El sendero de piedras irregulares serpenteaba entre árboles altos, cuyas ramas desnudas se extendían como brazos esqueléticos contra el cielo estrellado. La luna, casi llena, bañaba todo con una luz azulada, transformando la nieve remanente en una alfombra de cristales que crujía bajo sus pasos. Clara respiró hondo, sintiendo el aire cortante llenar sus pulmones. Era como si el mundo hubiera sido lavado, purificado, y ahora solo quedara esa quietud absoluta, rota únicamente por el sonido de sus respiraciones y del viento susurrando entre las hojas secas. — ¿Has caminado aquí de noche? — preguntó Lucas, la voz baja, como si no quisiera perturbar la paz del lugar. — No — admitió Clara, apretando un poco más su mano. — Pero parece que el Valle guarda secretos mejores cuando el sol se pone. Lucas sonrió, los dientes blancos brillando en la oscuridad. — Secretos… o solo verdades que solo aparecen cuando no hay nada más que nos distraiga. Ella lo miró, intrigada. El perfil de Lucas era una línea firme contra el cielo, la nariz recta, la mandíbula marcada, la sombra de la barba incipiente dándole un aire de rebeldía controlada. Parecía un hombre que cargaba el peso de decisiones importantes, pero que, en ese momento, lo había dejado todo atrás. Como ella. — ¿Y qué verdades has encontrado aquí? — preguntó, curiosa. Lucas se detuvo y se volvió hacia ella. El viento despeinó sus cabellos oscuros, haciendo que algunos mechones cayeran sobre su frente. Clara sintió el impulso de apartarlos, de pasar los dedos por esa piel expuesta, pero se contuvo. — Que algunas cosas son más fuertes que la razón — dijo, la voz ronca. — Que el cuerpo sabe lo que quiere mucho antes de que la mente lo entienda. El corazón de Clara se aceleró. Sintió el calor subir por su cuello, a pesar del frío. No era solo el vino, no era solo el aislamiento de la posada. Era él. La manera en que la miraba, como si pudiera ver a través de las capas de palabras no escritas y bloqueos creativos, directo hacia la mujer que intentaba esconder incluso de sí misma. — ¿Y qué quiere tu cuerpo ahora? — preguntó, desafiante. Lucas dio un paso adelante, reduciendo la distancia entre ellos. El olor de él—una mezcla de jabón amaderado, cuero de la chaqueta y algo más primitivo, algo que venía de la piel—invadió sus sentidos. Ella contuvo la respiración. — Lo mismo que el tuyo — murmuró, la mano libre subiendo para acariciar su rostro. El pulgar rozó su labio inferior, lento, deliberado. — Pero no voy a tomar nada que no quieras dar. Ella cerró los ojos por un segundo, sintiendo el toque quemar como una marca. Cuando los abrió de nuevo, había fuego en ellos. — ¿Y si quiero dar? La sonrisa de Lucas se ensanchó, pero no había triunfo en ella. Solo alivio. Como si él también hubiera estado esperando esa respuesta. — Entonces sigamos caminando — dijo, la voz baja. — Antes de que pierda la cabeza aquí mismo. Reanudaron el camino, pero ahora cada paso era una danza. Los cuerpos se rozaban, las manos se encontraban y se separaban, los dedos se entrelazaban y soltaban como si estuvieran probando límites. El sendero los llevó hasta un claro, donde la nieve se había derretido casi por completo, dejando al descubierto un tapiz de musgo y hojas secas. En el centro, una roca grande y plana se erguía como un altar natural, iluminada por la luz de la luna. Lucas se detuvo y se volvió hacia Clara. — Aquí — dijo, señalando la roca. — Es el mejor lugar para ver las estrellas. Ella miró hacia arriba. El cielo era una explosión de luz, millones de puntos brillantes esparcidos como polvo de diamante. Pero Clara no podía concentrarse en las estrellas. No con él allí, tan cerca, el calor de su cuerpo irradiando como una fragua. — Es hermoso — murmuró, pero sus ojos estaban fijos en él. Lucas entendió. Siempre entendía. — Tú eres hermosa — dijo, la voz ronca. — Más que cualquier estrella. Clara sintió el pecho apretarse. No era solo deseo. Era algo más profundo, algo que la asustaba y la atraía en igual medida. Dio un paso adelante, eliminando el espacio entre ellos. El cuerpo de Lucas era una pared sólida, cálida, y ella se apretó contra él, sintiendo cada músculo, cada curva. Él gimió suavemente, las manos subiendo para sujetar su cintura. — Clara… — susurró, como si su nombre fuera una plegaria. Ella no respondió con palabras. En cambio, levantó el rostro y capturó sus labios con los suyos. El beso fue lento al principio, exploratorio. Lucas sabía a vino tinto y especias, y Clara se perdió en él, en la textura de los labios, en la presión suave de los dientes, en la lengua que se enredaba con la suya en una danza antigua. Pero la lentitud no duró. El deseo, hasta entonces contenido, estalló como una llama que encuentra oxígeno. Las manos de Lucas se deslizaron por su espalda, atrayéndola aún más cerca, mientras las suyas se enredaban en sus cabellos, tirando de él hacia abajo, como si quisiera fundir sus dos cuerpos en uno solo. El viento sopló a su alrededor, frío y cortante, pero Clara no lo sintió. El calor de Lucas la envolvía, quemaba, consumía. Arqueó el cuerpo contra el suyo, sintiendo la evidencia de su deseo presionando contra su vientre. Un gemido escapó de sus labios, ahogado por el beso, pero Lucas lo escuchó. Se apartó lo suficiente para mirarla a los ojos, la respiración acelerada. — ¿Estás segura? — preguntó, la voz ronca de necesidad. Clara no dudó. — Más segura que de cualquier cosa en mucho tiempo. Fue suficiente. Lucas la tomó por la cintura y la levantó, sentándola sobre la roca fría. Clara jadeó con el contraste de temperaturas—la piedra helada contra la piel caliente de sus muslos—, pero el escalofrío no duró. Las manos de Lucas estaban por todas partes, deslizándose por sus piernas, atrayéndola hacia el borde de la roca, encajándose entre sus muslos. Ella envolvió las piernas alrededor de su cintura, atrayéndolo más cerca, sintiendo el volumen de su erección presionando exactamente donde más lo necesitaba. — Joder, Clara… — Lucas gimió, enterrando el rostro en su cuello. Los labios encontraron la piel sensible, y comenzó a besarla, a lamerla, a morderla suavemente, arrancándole suspiros. — No tienes idea de lo que me estás haciendo. — Sí la tengo — logró decir, la voz entrecortada. — Porque es lo mismo que tú me estás haciendo a mí. Las manos de Lucas subieron por su blusa, encontrando sus pechos cubiertos solo por el fino tejido del sujetador. Los apretó suavemente, los pulgares rozando los pezones ya duros, y Clara arqueó la espalda, ofreciéndose más. El viento soplaba a su alrededor, llevándose el sonido de sus gemidos ahogados, mezclándolos con el crujido de las hojas. — Necesito tocarte — murmuró Lucas contra su piel. — Necesito sentirte. Clara no necesitó más incentivo. Se inclinó hacia atrás, apoyándose en las manos, y levantó las caderas, permitiéndole bajar sus jeans y sus bragas. El aire frío golpeó su piel expuesta, pero fue reemplazado casi de inmediato por el calor de la boca de Lucas. Él no dudó. Sus labios encontraron el centro de ella, y su lengua comenzó a trabajar con una precisión devastadora. Clara gritó, el sonido resonando en el claro. Sus manos se enredaron en los cabellos de Lucas, atrayéndolo más cerca, mientras sus piernas temblaban con la intensidad de las sensaciones. Él la devoraba como si fuera la última comida en la Tierra, la lengua deslizándose, los labios succionando, los dientes rozando suavemente. Cada movimiento estaba calculado para llevarla al borde del abismo, y Clara se entregó, moviendo las caderas al ritmo que él marcaba. — Lucas… — gimió, el cuerpo entero temblando. — Voy a… — Córrete para mí — ordenó, la voz ronca. — Quiero sentirte. Y ella se corrió. El orgasmo la golpeó como una ola, arrastrándola a un mar de placer. Clara arqueó la espalda, los músculos contrayéndose, los gemidos convirtiéndose en gritos ahogados contra el hombro de Lucas. Él no se detuvo. Siguió lamiéndola, prolongando el placer, hasta que ella no pudo más y empujó su cabeza, riendo y jadeando. — Basta… — logró decir, la voz temblorosa. — No aguanto más. Lucas se levantó, los labios brillantes, los ojos oscuros de deseo. Se inclinó sobre ella, capturando su boca en un beso profundo, dejándola probar su propio sabor. Clara gimió contra sus labios, las manos deslizándose por la chaqueta, empujándola hacia abajo, desesperada por sentir su piel contra la suya. — Te necesito — murmuró, las uñas arañando la tela de su camisa. — Ahora. Lucas no necesitó más incentivo. Se apartó lo suficiente para abrir la cremallera de sus pantalones, liberando la erección que presionaba contra la tela. Clara miró hacia abajo, mordiéndose el labio inferior al ver su tamaño, su grosor, la gota de líquido que brillaba en la punta. Extendió la mano, envolviéndolo con los dedos, sintiendo la textura aterciopelada, la rigidez, el calor. — Joder… — Lucas gimió, las caderas moviéndose involuntariamente contra su mano. — Clara, si sigues así, no voy a aguantar. Ella sonrió, maliciosa, y apretó suavemente. — Entonces no aguantes. Fue suficiente. Lucas la atrajo hacia el borde de la roca, las manos sujetando sus muslos, abriéndola para él. Clara sintió la punta de él presionando contra su entrada, caliente e insistente. Contuvo la respiración, los ojos fijos en los suyos. — ¿Estás segura? — preguntó de nuevo, la voz tensa por el esfuerzo de controlarse. — Sí — susurró. — Por favor. Lucas no dudó más. Con un movimiento lento pero firme, la penetró. Clara gritó, el sonido resonando en el claro. El placer era casi doloroso, la sensación de ser llenada tan completamente, tan perfectamente, que necesitó unos segundos para adaptarse. Lucas se quedó inmóvil, los músculos temblando por el esfuerzo de no moverse, dándole tiempo para acostumbrarse. — ¿Estás bien? — preguntó, la voz ronca. Clara asintió, las uñas clavándose en sus hombros. — Más que bien — logró decir. — Ahora muévete. Lucas no necesitó más incentivo. Comenzó a moverse, lento al principio, cada embestida profunda y deliberada. Clara envolvió las piernas alrededor de su cintura, atrayéndolo más cerca, sintiendo cada centímetro de él deslizarse dentro y fuera, llenándola, completándola. El ritmo fue aumentando gradualmente, los cuerpos chocando con más fuerza, la roca crujiendo bajo ellos. — Más rápido — pidió Clara, la voz entrecortada. — Por favor, Lucas… Él obedeció. Las embestidas se volvieron más rápidas, más profundas, cada una arrancándole un gemido. El sonido de piel contra piel se mezclaba con el viento, los suspiros, los gruñidos de placer que escapaban de los labios de Lucas. Clara sintió el placer crecer de nuevo, una bola de fuego en el vientre, extendiéndose por todo su cuerpo. — Voy a correrme — advirtió, la voz temblorosa. — Córrete conmigo — ordenó Lucas, las caderas moviéndose con más urgencia. — Ahora, Clara. Y ella se corrió. El orgasmo la golpeó como un rayo, el cuerpo entero contrayéndose, los músculos apretando a Lucas con fuerza. Él gimió, el ritmo volviéndose errático, hasta que, con un gruñido profundo, se enterró en ella una última vez y se corrió, el calor extendiéndose dentro de ella. Por unos segundos, no hubo sonido más allá de sus respiraciones jadeantes. Lucas apoyó la frente contra la de ella, los cuerpos aún unidos, los corazones latiendo al mismo ritmo acelerado. Clara pasó los dedos por sus cabellos, sintiendo el sudor en su nuca, el temblor de los músculos. — Esto fue… — comenzó, pero no pudo encontrar las palabras. — Lo sé — murmuró Lucas, besándola suavemente. — Yo también. Se quedaron así por un tiempo, abrazados, escuchando el viento y los sonidos de la noche. Pero entonces, el frío comenzó a filtrarse, y Clara tembló. Lucas se apartó, mirándola con preocupación. — Tienes frío. — Un poco — admitió, sonriendo. Él la ayudó a levantarse, entregándole sus bragas y sus pantalones. Clara se vistió rápidamente, sintiendo la tela fría contra la piel aún sensible. Lucas hizo lo mismo, luego le tendió la mano. — Volvamos — dijo, la voz suave. Clara entrelazó los dedos con los suyos, pero dudó. — ¿Y si alguien nos vio? Lucas sonrió, malicioso. — Que tengan envidia. Comenzaron a caminar de regreso a la posada, los cuerpos aún hormigueando, los labios hinchados, los corazones ligeros. Pero, a medida que se acercaban a las luces de la posada, Clara sintió una punzada de duda. ¿Qué pasaría ahora? ¿Volverían a ser dos extraños que se cruzaron por casualidad, o esa noche sería solo el comienzo? Lucas pareció sentir el cambio en ella. Se detuvo y se volvió, sosteniendo su rostro entre las manos. Lucas sostuvo el rostro de Clara entre sus manos, los pulgares trazando círculos lentos sobre sus mejillas aún sonrojadas por el viento. El aire entre ellos estaba cargado, ya no por el frío de la noche, sino por el calor que se había acumulado desde la primera mirada en el vestíbulo. Inclinó la cabeza, los labios flotando a centímetros de los suyos, como si pidiera permiso sin palabras. — Estás pensando demasiado — murmuró, la voz ronca. — Y no quiero que pienses. Clara sintió su aliento cálido contra su boca, el olor a vino y especias mezclándose con su propio perfume a lavanda y nieve derretida. Debería responder, decir algo inteligente, pero las palabras se perdieron cuando él finalmente la besó. No fue un beso suave, de esos que piden disculpas o prueban terreno. Fue voraz, como si hubiera pasado toda la noche esperando ese momento, y ahora no hubiera más espacio para la vacilación. Las manos de Clara subieron por los brazos de Lucas, sintiendo la firmeza de los músculos bajo la tela de la camisa, mientras él la atraía más cerca, eliminando cualquier distancia que aún quedara entre ellos. Su cuerpo reaccionó al instante, los pezones endureciéndose bajo el sujetador, la piel hormigueando donde él la tocaba. Cuando él mordió suavemente su labio inferior, un gemido escapó de su garganta, perdido en el beso. — Vamos a tu habitación — susurró contra su boca, la voz áspera de deseo. — Antes de que pierda la cabeza aquí mismo. Clara no respondió con palabras. Solo asintió, los dedos entrelazados con los suyos mientras lo arrastraba hacia la posada. El camino hasta la habitación fue una neblina de roces furtivos y miradas que quemaban. En el pasillo, él la empujó contra la pared, las manos deslizándose por su cintura, atrayéndola contra su cuerpo para que sintiera la evidencia de cuánto la deseaba. Clara arqueó la espalda, el calor entre sus piernas intensificándose, mientras él besaba su cuello, los dientes rozando la piel sensible justo debajo de la oreja. — No tienes idea de lo que me estás haciendo — murmuró, la voz ahogada contra su piel. Ella sí tenía idea. Porque sentía lo mismo. Cuando finalmente llegaron a la habitación, Clara apenas tuvo tiempo de cerrar la puerta antes de que Lucas la empujara contra ella, las manos sujetando sus muñecas por encima de la cabeza mientras su boca descendía sobre la suya de nuevo. El beso era desesperado, como si ambos temieran que, si se detenían, el momento se desvaneciera como humo. Pero ya no había vuelta atrás. El deseo que se había acumulado desde el primer sorbo de vino caliente, desde la primera mirada furtiva junto a la chimenea, ahora estallaba en una necesidad primitiva. Lucas soltó sus muñecas solo para quitarle la blusa por encima de la cabeza, los dedos ágiles desabrochando el sujetador con una facilidad que delataba práctica. Cuando la tela cayó al suelo, él retrocedió por un segundo, los ojos oscuros recorriendo su cuerpo con una intensidad que la hizo sentirse expuesta, vulnerable, *deseada*. Cruzó los brazos sobre los pechos por instinto, pero él le sujetó las muñecas de nuevo, tirando de ellas hacia abajo. — No te escondas de mí — dijo, la voz baja, casi una orden. — Eres hermosa. Y entonces se arrodilló frente a ella. Clara contuvo la respiración cuando él desabrochó sus pantalones, bajándolos junto con las bragas, dejándola completamente desnuda ante él. El aire frío de la habitación rozó su piel húmeda, pero el calor del cuerpo de Lucas, tan cerca, la hizo olvidar el frío. Él no la tocó de inmediato. Solo se quedó allí, arrodillado, los ojos fijos entre sus piernas, como si estuviera memorizando cada detalle. — Lucas… — susurró, la voz temblorosa. Él levantó la vista, una sonrisa lenta extendiéndose por su rostro. — Quiero probarte. Y antes de que ella pudiera responder, sujetó sus muslos, abriéndolos ligeramente, y su boca encontró el centro de ella. Clara arqueó la espalda contra la puerta, las manos enredándose en sus cabellos mientras él la lamía con una lentitud torturante. Cada movimiento de su lengua era deliberado, exploratorio, provocador, hasta que ella se retorcía, los gemidos escapando sin control. La sujetaba con firmeza, las manos grandes envolviendo sus nalgas, manteniéndola en su lugar mientras la devoraba, como si no hubiera nada en el mundo que deseara más que ese momento. — Por favor… — suplicó, sin saber muy bien qué pedía. ¿Más? ¿Menos? ¿Que nunca se detuviera? Lucas levantó la cabeza solo lo suficiente para murmurar contra su piel: — ¿Por favor qué? Clara mordió el labio, intentando concentrarse, pero el placer era demasiado. — Te quiero dentro de mí. Él rió suavemente, el aliento cálido contra su carne sensible. — Todavía no. Y entonces volvió a chuparla, más intenso ahora, los dedos uniéndose a su boca, entrando en ella con movimientos lentos y profundos. Clara sintió el orgasmo acercarse como una ola, el cuerpo entero temblando, los músculos contrayéndose en anticipación. Cuando finalmente la llevó al clímax, fue con una precisión cruel, la lengua presionando su clítoris mientras los dedos la llenaban, arrancándole un grito ahogado contra la mano que cubrió su propia boca. Lucas se levantó despacio, los labios brillantes, los ojos oscuros de satisfacción. La atrajo hacia un beso, dejándola probar su propio sabor en su boca, y Clara gimió contra sus labios, el cuerpo aún temblando. — Ahora — susurró, la voz ronca —, ahora voy a follarte. Las palabras le enviaron un escalofrío por la espalda. Lucas la tomó en brazos con facilidad, llevándola hasta la cama, donde la depositó sobre las sábanas frías. Ella lo observó mientras se desvestía, los movimientos rápidos, impacientes, como si no quisiera perder ni un segundo más. La camisa cayó al suelo, revelando un pecho ancho, marcado por algunas cicatrices finas—marcas de una vida vivida, no solo soñada. Clara extendió la mano, trazando una de ellas con los dedos, y él contuvo la respiración. — ¿De dónde vino esto? — preguntó, la voz suave. — De otra vida — respondió, capturando su mano y llevándola a los labios para un beso rápido. — Ahora no es momento de hablar de eso. Ella no insistió. Porque él tenía razón. Ahora no era momento de palabras. Lucas se quitó el resto de la ropa, y Clara no pudo evitar un suspiro al verlo completamente desnudo. Era magnífico—hombros anchos, caderas estrechas, muslos fuertes, y entre ellos, la prueba de que la deseaba tanto como ella a él. Se arrodilló en la cama, atrayéndola hacia sí, las manos deslizándose por sus piernas, abriéndolas de nuevo para él. — ¿Tienes condón? — preguntó, de repente consciente de la realidad invadiendo el momento. Él asintió, alcanzando la billetera en el bolsillo de los pantalones tirados en el suelo. Clara lo observó mientras rasgaba el paquete con los dientes, el movimiento eficiente, casi animal. Cuando finalmente se posicionó entre sus piernas, sintió la punta de él presionando contra su entrada, y arqueó la espalda, impaciente. — Por favor — repitió, la voz un susurro quebrado. Lucas no la hizo esperar. Con un solo movimiento, entró en ella, llenándola por completo, arrancándole un gemido a ambos. Clara clavó las uñas en su espalda, las caderas moviéndose instintivamente para encontrarse con las suyas, mientras él comenzaba a moverse—lento al principio, como si quisiera saborear cada segundo, pero pronto el ritmo se aceleró, impulsado por el deseo que ya no podía contenerse. La cama crujía bajo ellos, el sonido mezclándose con los gemidos ahogados y la respiración entrecortada. Clara envolvió las piernas alrededor de su cintura, atrayéndolo más cerca, más profundo, mientras él la besaba con un hambre que no tenía fin. Cada embestida era más intensa que la anterior, cada toque más desesperado, como si ambos supieran que ese momento era efímero, que la realidad pronto volvería a entrometerse. — Mírame — ordenó, la voz ronca. Clara abrió los ojos, encontrándose con los suyos en la oscuridad. Había algo allí, algo más allá del deseo—una conexión que iba más allá de lo físico, algo que no podía nombrar, pero que sentía con una intensidad casi aterradora. Él le sujetó el rostro, los pulgares acariciando sus mejillas mientras seguía moviéndose dentro de ella, cada vez más rápido, cada vez más profundo, hasta que sintió el orgasmo acercarse de nuevo, más intenso que el primero. — Córrete para mí — murmuró, los labios contra los suyos. — Quiero sentirte. Y ella se corrió. El placer la atravesó como una corriente eléctrica, haciendo que su cuerpo se contorsionara, los músculos apretando a Lucas con fuerza. Él gimió, el ritmo volviéndose errático, hasta que, con un gruñido profundo, se enterró en ella una última vez y se corrió, el calor extendiéndose dentro de ella. Por un largo momento, ninguno de los dos se movió. Solo permanecieron allí, entrelazados, la respiración entrecortada mezclándose en el silencio de la habitación. Clara pasó los dedos por los cabellos húmedos de Lucas, sintiendo el peso de él sobre ella, el calor de su piel, el olor a sexo y sudor mezclado con el perfume de las velas que aún ardían en la mesita de noche. Él levantó la cabeza, mirándola con una expresión que no pudo descifrar. Había satisfacción, sí, pero también algo más—algo que parecía casi… vulnerabilidad. — ¿Estás bien? — preguntó, la voz suave. Clara sonrió, atrayéndolo hacia un beso lento. — Mejor que bien. Lucas rodó hacia un lado, atrayéndola consigo, de modo que ella quedó acostada sobre su pecho. Los dedos de él trazaban círculos perezosos en su espalda, mientras ella escuchaba el ritmo constante de su corazón. — ¿Y ahora? — preguntó, la voz baja. Él no respondió de inmediato. Solo siguió acariciándola, como si quisiera memorizar la textura de su piel. — Ahora — dijo, finalmente —, vemos qué nos trae el amanecer. La habitación olía a cera derretida y piel caliente, un aroma denso que se enredaba en el aire como humo. Clara sintió el peso de Lucas sobre ella, no como una carga, sino como un ancla—algo que la mantenía en el momento, en el ahora, impidiéndole flotar lejos en la corriente del deseo. Las manos de él, antes vacilantes, ahora exploraban su cuerpo con una urgencia que rozaba la devoción, como si cada curva, cada cicatriz, cada poro fuera un territorio por mapear con los labios, la lengua, los dientes. Ella arqueó la espalda cuando él mordió suavemente la piel sensible de su cuello, un gemido escapando entre sus dientes apretados. El sonido pareció inflamarlo aún más. Lucas le sujetó las muñecas por encima de la cabeza con una mano, inmovilizándolas allí mientras la otra se deslizaba entre sus muslos, dedos ágiles encontrando el punto exacto donde el calor se concentraba. Clara gimió más fuerte, el cuerpo retorciéndose bajo su toque, las uñas clavándose en las sábanas ya revueltas. — *Joder*— gruñó contra su boca, la voz ronca de deseo. — Estás tan… mojada. Ella no respondió. No podía. Las palabras se disolvían en la niebla de placer que nublaba su mente. En cambio, lo atrajo hacia un beso hambriento, la lengua invadiendo su boca con la misma voracidad con la que él la tocaba. Lucas gimió, el sonido vibrando contra sus labios, y soltó sus muñecas solo para agarrar sus caderas, levantándola ligeramente para encajarse mejor entre sus piernas. La primera presión fue lenta, deliberada. Clara sintió su cuerpo resistirse por un segundo—no por falta de ganas, sino por la pura incredulidad de que algo tan grande pudiera caber allí. Pero entonces él empujó, centímetro a centímetro, llenándola de una manera que hizo que sus ojos se pusieran en blanco. Mordió su labio inferior, intentando contener el grito que subía por su garganta, pero Lucas no lo permitió. Con un movimiento brusco, le levantó el mentón, obligándola a mirarlo. — No te escondas de mí — ordenó, la voz áspera. — Quiero oírte. Y entonces comenzó a moverse. No hubo delicadeza. Ya no. Lo que había entre ellos ahora era una necesidad cruda, primitiva, como si el cuerpo de uno hubiera sido hecho para el del otro, como si hubieran pasado años esperando ese momento. Lucas embestía con fuerza, cada movimiento arrancándole a Clara un sonido gutural, algo entre un gemido y un sollozo. Ella clavó las uñas en su espalda, sintiendo los músculos contraerse bajo la piel sudorosa, y él gruñó en aprobación, acelerando el ritmo. — Así… — logró susurrar, la voz quebrada. — *Así.* Él obedeció. La cama crujía bajo ellos, un sonido rítmico que se mezclaba con los gemidos ahogados, los suspiros entrecortados, el golpe sordo de los cuerpos chocando. Clara sintió el placer enroscarse en su vientre como un resorte, cada vez más apretado, cada vez más insoportable. Intentó contenerse, prolongar ese instante, pero Lucas no se lo permitió. Con un movimiento calculado, cambió el ángulo, golpeando un punto dentro de ella que la hizo arquear la espalda y gritar, las piernas temblando alrededor de sus caderas. — *Carajo*— maldijo, los dientes apretados. — Vas a hacer que me corra antes de tiempo. Clara rió, un sonido jadeante y delirante, y lo atrajo hacia abajo, mordiendo su hombro con la fuerza suficiente para dejar marca. Lucas gimió, el cuerpo entero estremeciéndose, y entonces ella sintió—él perdió el control. Las embestidas se volvieron erráticas, desesperadas, y supo que estaba cerca. Con un último esfuerzo, Clara envolvió sus caderas con las piernas, atrayéndolo aún más profundo, y susurró en su oído: — Córrete para mí. Fue suficiente. Lucas enterró el rostro en su cuello, el cuerpo entero tensándose mientras un gemido largo y ronco escapaba de su garganta. Clara sintió el calor extenderse dentro de ella, las contracciones rítmicas de su placer prolongando el suyo, y entonces se desplomó contra el colchón, los músculos exhaustos, la piel ardiendo. Por un largo momento, no hubo sonido más allá de sus respiraciones entrecortadas y del viento aullando afuera, golpeando contra las ventanas como si quisiera entrar. La tormenta se había intensificado, truenos retumbando a lo lejos, y Clara pensó, en un destello de lucidez, que el clima afuera reflejaba perfectamente lo que acababa de suceder entre ellos—salvaje, indomable, inevitable. Lucas rodó hacia un lado, atrayéndola consigo, y Clara se acurrucó contra su pecho, escuchando su corazón latir desbocado. Él pasó los dedos por sus cabellos, apartándolos del rostro sudoroso, y besó su frente con una ternura que contrastaba con la ferocidad de minutos antes. — Tú… — comenzó, pero se detuvo, como si las palabras se le hubieran escapado. Clara sonrió, trazando círculos perezosos en su pecho. — ¿Yo qué? Él negó con la cabeza, los labios curvándose en una sonrisa cansada. — Nada. Solo… que valió la pena esperar. Ella no respondió. No era necesario. En cambio, cerró los ojos y dejó que el calor de su cuerpo la envolviera, sabiendo que, por primera vez en mucho tiempo, no estaba sola en esa cama. Y que, sin importar lo que trajera el amanecer, esa noche ya lo había cambiado todo. Afuera, la tormenta seguía rugiendo. Pero allí, entre las sábanas revueltas y el olor a sexo en el aire, solo había silencio—y la promesa silenciosa de que aquello no era el fin. La primera luz de la mañana atravesó las cortinas de lino como una invitación tímida, pintando franjas doradas sobre los cuerpos aún entrelazados. Clara despertó antes que Lucas, las pestañas temblando contra la claridad suave mientras intentaba distinguir los contornos de la habitación—la lámpara de cerámica sobre la mesita de noche, la chaqueta tirada en el respaldo de la silla, la botella de vino vacía en el suelo, testigo silenciosa de la noche anterior. Su cuerpo dolía de una manera agradable, como si cada músculo guardara el recuerdo de los movimientos, los toques, las palabras susurradas contra la piel. Se movió despacio, intentando no despertarlo, pero el brazo de Lucas la atrajo de vuelta con una posesividad somnolienta. Murmuró algo ininteligible, el rostro enterrado en la curva de su cuello, y Clara sonrió, sintiendo su aliento cálido contra la clavícula. El olor de él—jabón de romero mezclado con el sudor seco y el perfume almizclado del sexo—aún impregnaba su piel, y no resistió cuando él la giró para quedar frente a frente, los ojos verdes aún pesados de sueño, pero ya brillando con un destello de malicia. — Buenos días — dijo, la voz ronca, los dedos trazando el contorno de su cadera bajo la sábana. — Buenos días — respondió, pasando la mano por su pecho, sintiendo los latidos lentos, perezosos. — ¿Siempre despiertas así? — ¿Así cómo? — Como si ya estuvieras planeando la próxima ronda. Lucas rió, bajo y gutural, y la atrajo más cerca, hasta que sus cuerpos encajaron perfectamente, como piezas de un rompecabezas que solo ahora tenían sentido. — Solo cuando despierto al lado de alguien que me hace olvidar que el mundo existe. Clara arqueó una ceja, pero no pudo contener la sonrisa. Había algo deliciosamente peligroso en despertar así, sin prisa, sin reglas, sin la necesidad de fingir que esa noche no había sido más que una casualidad. Se estiró, sintiendo la rigidez de los músculos de las piernas, el leve ardor entre los muslos, y se permitió saborear cada sensación. La sábana se deslizó por su cuerpo cuando se sentó, exponiendo su espalda desnuda al aire fresco de la mañana, y Lucas no perdió tiempo—su boca encontró la curva de su columna, besando cada vértebra como si fuera la primera vez. — Si sigues así — murmuró, inclinándose hacia atrás —, vamos a perder el desayuno. — ¿Y qué? — respondió, los dientes rozando suavemente la piel sensible de su cintura. — Ya estoy comiendo. Clara rió, pero la risa se convirtió en un suspiro cuando él la atrajo de vuelta a la cama, rodando sobre ella con una lentitud deliberada. El peso de su cuerpo era reconfortante, familiar de una manera que no esperaba. Las manos de Lucas exploraron su cuerpo como si lo estuviera memorizando—los pezones ya rígidos bajo su toque, la curva de su vientre, la humedad entre sus piernas que él provocó con movimientos circulares de los dedos, lentos y torturantes. — Eres insaciable — susurró, arqueándose contra su mano. — Y a ti te encanta — respondió, antes de capturar su boca en un beso que sabía a promesas y a café aún no tomado. Pero el estómago de Clara rugió, lo suficientemente alto como para romper el hechizo, y ambos rieron, el sonido resonando en la habitación como una confesión. Lucas se apartó a regañadientes, pasando la mano por sus cabellos despeinados. — Está bien, está bien. Desayuno. Pero solo porque necesitas energía para más tarde. — ¿Más tarde? — Clara fingió indignación, pero el brillo en sus ojos la delató. — O ahora mismo, si prefieres. Ella lo empujó en broma, levantándose y tomando la bata mullida colgada detrás de la puerta. La tela suave envolvió su cuerpo, y sintió la mirada de Lucas siguiendo cada movimiento, como si aún la estuviera tocando. — Vístete — ordenó, arrojándole una toalla. — O tendré que desayunar sola. — Eso sería un crimen — refunfuñó, pero obedeció, levantándose y estirando los brazos por encima de la cabeza, los músculos de la espalda contrayéndose bajo la luz de la mañana. Clara lo observó un segundo más de lo debido, antes de girarse y abrir las puertas del balcón. El aire gélido de la montaña invadió la habitación, trayendo consigo el olor a pinos y tierra húmeda. La tormenta de la noche anterior había pasado, dejando el cielo de un azul límpido, sin nubes, y las montañas a lo lejos cubiertas por una capa fina de nieve que brillaba bajo el sol. Era de quitar el aliento. Lucas se acercó por detrás, rodeándola con los brazos y apoyando el mentón en su hombro. — ¿Bonito, no? — Mucho — respondió, pero no estaba mirando el paisaje. Él rió, besando el punto sensible justo debajo de su oreja. — Eres peligrosa, Clara. — Y a ti te gusta. — Más de lo que debería. Se quedaron allí por un momento, en silencio, solo sintiendo el calor del otro contra el frío de la mañana. Entonces, Clara se giró en sus brazos, mirándolo con una seriedad que no había antes. — ¿Qué pasa ahora? — preguntó, la voz baja. Lucas no respondió de inmediato. En cambio, pasó los dedos por su rostro, como si estuviera memorizando cada detalle. — No lo sé. Pero no tiene que ser nada más de lo que ya es. — ¿Y qué es? — Algo bueno. Algo que no necesita etiquetas. Clara sonrió, aliviada. No quería definiciones, no ahora. No cuando todo aún era tan nuevo, tan intenso. En cambio, tomó su mano y lo arrastró hacia el pasillo. — Vamos a desayunar antes de que se enfríe. El comedor de la posada estaba casi vacío, excepto por una pareja de ancianos que tomaba té en un rincón y una mujer leyendo un libro cerca de la ventana. El olor a pan fresco y café recién hecho llenaba el aire, y Clara sintió que se le hacía agua la boca. Se sentaron en una mesa cerca de la chimenea, donde las brasas aún crepitaban, y pidieron una bandeja con frutas, quesos, panes y mermeladas caseras. Lucas sirvió café para ambos, observándola por encima de la taza mientras ella untaba mantequilla en una rebanada de pan integral. — ¿Sobre qué escribes? — preguntó de repente. Clara dudó, sorprendida por la pregunta. — Novelas. Historias de amor, básicamente. — ¿Y por qué estás bloqueada? Ella se encogió de hombros, pero había una sombra en sus ojos. — Porque a veces creo que ya he dicho todo lo que tenía que decir. O que a nadie más le interesa escuchar. — O tal vez solo necesitas una nueva perspectiva — sugirió, robando un trozo de queso de la bandeja. Clara lo observó, curiosa. — ¿Y cuál sería esa perspectiva? — La de alguien que no está buscando el amor, pero que lo encuentra de todos modos. Ella rió, pero el sonido salió un poco tembloroso. — Eso es muy poético para un arquitecto. — Tengo mis momentos. Comieron en silencio por un rato, intercambiando miradas furtivas, sonrisas que decían más que palabras. Clara notó que, por primera vez en meses, no sentía el peso de la página en blanco. Tal vez fuera el aire de la montaña. Tal vez fuera él. Cuando terminaron, Lucas se levantó y le tendió la mano. — ¿Vamos a dar un paseo? Ella aceptó sin dudar, y los dos salieron al jardín de la posada, donde el sol ya calentaba el césped cubierto de escarcha. Las montañas se alzaban a su alrededor, majestuosas y silenciosas, como guardianas de un secreto que solo ellos dos conocían. — ¿Te vas mañana? — preguntó de repente. Lucas se detuvo, mirándola con una intensidad que hizo que su corazón se acelerara. — Sí. Tengo una reunión en São Paulo. — ¿Y después? — Después, no lo sé. Clara asintió, intentando ignorar la punzada de decepción en el pecho. No tenía derecho a esperar nada. Pero entonces él le tomó el rostro entre las manos, los pulgares acariciando sus mejillas. — Pero no quiero que sea un adiós. — ¿Qué quieres, entonces? — Un hasta luego. Ella sonrió, sintiendo que las lágrimas le quemaban los ojos. — Puedo aceptar eso. Y entonces, sin decir nada más, él la atrajo hacia un beso. No había prisa, no había urgencia. Era un beso lento, profundo, que llevaba la promesa de que aquello no era el fin—solo el comienzo de algo que aún no tenía nombre. Cuando se separaron, Clara miró hacia las montañas, sintiendo el viento frío en el rostro, y supo que, de alguna manera, ese lugar siempre formaría parte de ella. Y que, dondequiera que estuviera, una parte de ella siempre le pertenecería a él. Lucas entrelazó los dedos con los suyos, y juntos, regresaron al interior de la posada, dejando que las montañas fueran testigos, en silencio, del inicio de algo que ni el tiempo ni la distancia podrían borrar.

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